Hacia la unión con Dios

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Los servicios en la parroquia

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 23, 2019

Son 2 cosas distintas la vocación (el llamado que Dios hace en esta vida para servirlo y como medio de santificación) y algunos servicios (ministerios) que se pueden prestar en la Iglesia voluntariamente.

El pueblo de Dios está estructurado según la situación del fiel o, lo que es lo mismo, según su condición de vida. Si nos acogemos a esa estructura, no hay sino 3 vocaciones en la Iglesia Católica:

  1. Ministros sagrados o clérigos (obispos, presbíteros y diáconos)
  2. Vida consagrada (algunos son sacerdotes religiosos)
  3. Seglares

En cambio, los demás son servicios: lectores, animadores del canto, ministros de la comunión, directores de comunidades parroquiales, acólitos, catequistas, miembros de las distintas pastorales (familiar, social, litúrgica y otras), etc.

Las normas y el proceso de discernimiento se aplican a la vocación, a la que todo fiel debe responder para salvarse, para santificarse y para ser feliz.

Por el contrario, los servicios son absolutamente voluntarios y, por consiguiente, no existe la más mínima obligación de prestarlos: todos se pueden realizar libremente; asimismo, todos —sin excepción— tienen la libertad de aceptarlos o rechazarlos, cuando se los ofrecen. Debe enfatizarse que las razones para no prestar un servicio no tienen que ser importantes: el simple hecho de no querer hacerlo es suficiente. ¿Por qué? Porque las obligaciones de un cristiano son únicamente las siguientes:

  • Cumplir los 10 Mandamientos de la Ley de Dios y los 5 de la Santa Madre Iglesia
  • Practicar las Obras de Misericordia: 7 espirituales y 7 corporales
  • Seguir el espíritu de los Consejos evangélicos (los que viven los religiosos): Humildad (que es el espíritu, el alma del consejo evangélico de la obediencia), Desprendimiento (que es el espíritu, la esencia del consejo evangélico de la pobreza) y Pureza (que es el espíritu, la sustancia del consejo evangélico de la castidad)
  • Buscar la vocación (casado, vida consagrada o vida sacerdotal) y poner todos los medios para llevarla a cabo, con la gracia de Dios.

Todo lo demás es voluntario: de libre elección o aceptación, y no existe ni la más mínima falta de amor para con el Señor el hecho de no aceptarlos o de no ofrecerse para prestar esos servicios, aun cuando las razones sean banales, superficiales, triviales, insignificantes, insustanciales…, o como las quieran denominar.

En consecuencia, no es necesario hacer discernimiento para decidir si alguien debe continuar ejerciendo un ministerio. El simple hecho de no querer hacierlo es suficiente —a los ojos de Dios— para dejar de hacerlo.

Vivimos en la libertad de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

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¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2018

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tu deseos. Cierra tus ojos del alma y dime con calma: “Jesús yo en ti confío”.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en Mí. Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en ti”. Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices: “Jesús yo confío en ti”, no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo, YO TE AMO. Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos del alma y confía.

Continúa diciéndome a toda hora: “Jesús yo confío en ti”. Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. Las fuerzas de la oscuridad quieren eso: agitarte, angustiarte, quitarte la paz. Confía solo en Mí, abandónate en Mí. Así que no te preocupes, echa en Mí todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre: “Jesús yo confío en ti” y verás grandes milagros. Te lo prometo por Mi AMOR.

 

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¿Opinar? ¿Obedecer?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2016

Sí; opinar es algo bueno: se generan ideas que enriquecen las posibilidades. Además, es un derecho: todos podemos expresar nuestras ideas. Hasta en muchos periódicos hay una sección que se llama Opinión.

Hubo una época en la que se hablaba de materias opinables y de temas que no admitían posibilidad de opinión. Se decía: “Usted puede opinar sobre política, economía, etc., pero no sobre moral, sobre lo que expresa el Magisterio de la Iglesia, sobre lo que dice el Papa.

Hoy ya no es así. Basta que el Papa escriba o diga algo, para que, lanza en ristre, le lluevan desde todos los ámbitos, no solo opiniones contrarias, sino críticas que ponen en tela de juicio la autoridad máxima de la Iglesia fundada por Jesucristo, y hasta censuras y reprobaciones que rayan en la ofensa y en la burla. Y, la mayoría de las veces tergiversando el mensaje.

Papa Juan Pablo IIPasó con Su Santidad Juan Pablo II. No bien dijo que el Cielo y el Infierno no eran lugares sino estados, cuando la mayoría de los medios de comunicación gritaban con ánimo exacerbado que “¡El Papa dijo que no existen ni el Cielo ni el Infierno!”, “¡Cambió la doctrina de la Iglesia!”. Otros se atrevían a más: “¡Por fin un cambio en la Iglesia!… Y no faltó quien aseverara que “la Iglesia se empezó a desboronar”…

Después de la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis de Su Santidad Benedicto XVI, no ocurrió lo contrario: tanto desde fuera como Papa Benedicto XVIdesde adentro de la Iglesia, todos se creen con el derecho a opinar, cuando no de criticar y hasta de ridiculizar a la Cabeza visible de Cristo.

Y ahora, que Su Santidad Francisco firmó el documento postsinodal sobre la Familia, ocurre lo mismo…Papa Francisco

¿No radica la esencia de la salvación en la obediencia? «Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud». (Rm 5, 19)

San Pablo también pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz». (Flp 2, 5-8)

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen». (Hb 5, 8-19)

De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «los obedeció». (Lc 2, 51)

¿A quién seguimos?, ¿no es a ese Jesús?

 

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¿Libertad religiosa?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2015

DUDH

La libertad religiosa es un derecho fundamental que se refiere a la opción de cada ser humano de elegir libremente su religión, de no elegir ninguna (irreligión), o de no creer o validar la existencia de un Dios (ateísmo y agnosticismo), y ejercer dicha creencia públicamente, sin ser víctima de opresión, discriminación o intento de cambiarla a la fuerza.

Este concepto va más allá de la tolerancia religiosa, que consiste en el simple respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias. También abarca el reconocimiento de inmunidad política a quienes profesan religiones distintas a la admitida oficialmente. Y permite, como una concesión gratuita, el ejercicio de profesar cualquier religión, es decir, la libertad de culto.

En las democracias modernas generalmente el Estado dice garantizar la libertad religiosa a todos sus ciudadanos; pero las situaciones de discriminación religiosa o intolerancia religiosa siguen siendo muy frecuentes en muchas partes del mundo, registrándose casos de preferencia de una religión sobre otras, intolerancia y persecución a ciertos credos, hasta con el homicidio, inclusive.

La libertad religiosa es reconocida por el derecho internacional en varios documentos, como el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos; el art. 27 de este mismo pacto garantiza a las minorías religiosas el derecho a confesar y practicar su religión. De la misma forma lo hace la Convención de los Derechos del Niño, en su art. 14, y el artículo 9 de la Convención Europea de Derechos Humanos.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el citado artículo 18, indica:

«Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.»

¿Libertad de culto?

Pero las medidas tomadas en algunos países de Europa —prohibir el uso de los símbolos religiosos de determinadas religiones, para no vulnerar los derechos de los otros— reabre el debate sobre la libertad de cultos y sobre el laicismo:

¿Qué es más libertad de culto: impedir a todos los ciudadanos usar símbolos religiosos o permitirlos todos, en una apertura de mente y de conciencia respetuosa de los derechos de los demás?

La noción del laicismo que se tiene en Francia desde tiempos de la Revolución francesa consiste en que el Estado se defiende de las religiones. Es una posición distinta la norteamericana, laica, en la que el Estado defiende las religiones de la intromisión del mismo Estado.

La posición francesa es laicista y puede llevar a un fundamentalismo laico, que pretende excluir la religión de todo lo público. Esto es lo que han criticado algunos pensadores, como Danièle Hervieu- Leger, que proponen “deslaicizar la laicidad” para abrirse a la situación multicultural y plurirreligiosa del mundo actual. La posición norteamericana es más laica pues pretende que todas las religiones expresen y vivan su fe, sin que el Estado intervenga en ellas, siempre y cuando actúen dentro de los límites de la ley y no caigan en hechos contrarios al Derecho. Así, incluso, se reconocen lo que podríamos llamar seudorreligiones.

En muchos países, en este punto se ha seguido la opción norteamericana: igualdad de todas las religiones ante la ley y posibilidad del uso y manifestación de símbolos religiosos en público, como lo vemos con los símbolos cristianos, católicos, Hare Krishna, Israelitas del Nuevo Pacto Universal, etc., etc., etc.

En cambio, en todos los sitios públicos de varios países de Europa (colegios, universidades, entre otros) está prohibido poner una Cruz cristiana, la Estrella de David judía o la Estrella y la Luna creciente del Islam…, adoptando la posición intolerante y coercitiva de Francia, ¡el país de los Derechos Humanos!

 

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El hombre más feliz de la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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Ciclo B, IX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

La libertad de los hijos de Dios

 

En la primera lectura se nos recuerda un mandato del Señor: guardar su día, santificándolo y descansando, con el fin de recordar que fuimos esclavos del pecado, y que ahora somos libres.

Pero resulta ahora que hay, aun entre nuestros hermanos en la fe, quienes quieren privarnos de esa libertad: nos exigen que cumplamos lo que ellos creen que debemos hacer: critican al Papa y a las autoridades eclesiales, piensan que nuestras oraciones son vacías, se escandalizan porque tenemos imágenes, deploran nuestra devoción a la Santísima Virgen, creen que falta mucha alegría en el rito católico, critican el que hagamos la señal de la Cruz…

Y entre los mismos católicos, hay quienes forman grupos, aislándose de los demás porque, según sus pobres criterios, no viven bien la fe. Si no hablan mal de los demás grupos, no les aprueban sus modos de orar, su carisma, o sus servicios, sin ocultar el hecho de creerse mejores, etc.

Para prevenir eso, Jesús nos enseñó que el distintivo del cristiano es el amor: en esto conocerán los demás que somos cristianos: en que nos amamos los unos a los otros, no en que nos criticamos exterior ni interiormente.

Efectivamente, en el Evangelio de hoy, Jesús afirmo: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Es como si dijera: las normas se hicieron para el bien del hombre, no para someterlo.

Asimismo, retó a los fariseos que lo molestaban: «¿Qué está permitido?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo, morir?». ¡Amar!

A nosotros esas críticas no nos importan, como les dice hoy san Pablo a los corintios, aunque «nos aprietan por todos lados, no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan…»; porque lo único que buscamos es amar, porque somos libres: ha brillado en nosotros la gloria de Dios, reflejada en Cristo, una fuerza extraordinaria, que es de Dios y no proviene de nosotros.

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Ciclo C, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2012

La misión de los hijos

Para no repetir las mismas lecturas de los años A y B, hoy la Iglesia nos invita a reflexionar sobre el llamado que hace Dios a los hijos de una pareja de esposos.

En la primera lectura, se nos narra la historia de Ana, que quedó embarazada milagrosamente, y dio a luz un niño a quien llamó Samuel. Cuando dejó de amamantarlo, se lo llevó para presentarlo en la Casa del Señor, y presentó al niño, todavía pequeño, al sacerdote Elí, diciéndole: «Ahora yo se lo ofrezco al Señor para que le sirva toda su vida: él está cedido al Señor.»

En el Evangelio, se nos cuenta cómo el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. Seguros de que estaba con la caravana de vuelta, caminaron todo un día. Después se pusieron a buscarlo entre sus parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en su búsqueda. Al tercer día lo hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su inteligencia y de sus respuestas.

Sus padres se emocionaron mucho al verlo; su madre le decía: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado muy angustiados mientras te buscábamos.» Él les contestó: «¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que yo debo estar donde mi Padre?».

Quizá como ellos, nosotros no comprendemos esta respuesta. Es que Dios, en su infinita sabiduría, ha trazado un plan para cada ser humano, desde la eternidad.

Y así lo hace con cada hijo, que tiene que buscar y encontrar la misión para la que fue creado y con la que encontrará la felicidad. Es su vocación: el llamado que Dios le hace a cada uno de sus hijos. Porque, como lo explica san Juan, en la segunda lectura, no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos.

Por eso, los padres deben ayudar a sus hijos a encontrar su propia vocación, poniendo todos los medios que estén a su alcance: orando por ellos, ofreciendo algún sacrificio por esa intención y respetando su decisión.

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Ciclo B, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2012

La verdad que nos libera

Testigo es la persona que da testimonio de algo o lo atestigua, o quien tiene directo y verdadero conocimiento de algo.

Jesús, en el Evangelio de hoy, le dijo eso a Pilato, precisamente: «Para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad». Él es, pues, el único que posee directo y verdadero conocimiento de la verdad.

Él, es, por consiguiente, quien nos puede guiar a la posesión total de esa verdad que tanto ha inquietado a nuestras almas; efectivamente, todo ser humano se pregunta quién es, de dónde viene, que vino a hacer en esta tierra…, y mil cosas más: por qué existe el sufrimiento, por qué hay personas que tienen tantos bienes y otros no, por qué unos se enferman y otros no, etc.

Pero ese conocimiento de la verdad es producto de su esencia: Él es Dios; y es el Rey: « Yo soy rey. […] Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Y esto lo proclama el libro de Daniel: «Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.»

Y, ¿por qué es Rey? La respuesta está en el Apocalipsis: «Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su Sangre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Miren: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso”.»

Y ha convertido a algunos en un reino y los ha hecho sacerdotes de su Padre.

¿A quiénes? Él mismo responde: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Si escuchamos su voz, somos de la verdad; ¡la que nos hará libres!

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`Me duele la Iglesia´, respuesta al artículo del padre Llano

Posted by pablofranciscomaurino en julio 17, 2012

El reverendo padre Alfonso Llano Escobar, S. J., en su columna: Un alto en el camino de: El Tiempo, escribió el siguiente artículo:

Me duele la Iglesia

Sí, me duele la Iglesia y, porque la amo, me duelen más tantas debilidades de la Iglesia oficial: el Papa, el Vaticano, Roma.

No la ataco. ¡Dios me libre! La quiero, como a madre, la deseo santa, abierta al mundo, humana, con sentido común, no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Tantos amigos me piden te diga lo que ellos piensan, con el deseo firme y sincero de volver a ella. Pero, que aterrice, que no se calle, que se actualice, que oiga el clamor de sus hijos, deseosos de ver en ella la presencia del Dios humano, que tanta falta les hace.

Trataré de presentar algunas de las confidencias que me hacen a diario, y me piden que te musite unas cuantas inquietudes a ver si encuentran solución, y ven una Iglesia renovada, abierta, con los ojos puestos en el cielo pero con los pies bien asentados en la tierra.

¿Por qué te opones, querida Iglesia, a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Por qué no dejar que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

¿Por qué excomulgas, sabiendo que con cada excomunión te ganas un enemigo mortal? La excomunión de Miguel Cerulario (siglo XI) dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Con la excomunión de Lutero (siglo XVI) nació el Protestantismo. La excomunión de los masones engendró una Masonería enemiga de tu misión apostólica. La excomunión del Modernismo dio origen a todo el espíritu anticlerical del siglo XX. La excomunión del Liberalismo dio origen a un liberalismo radical, y así por el estilo.

Iglesia querida, ¿por qué no oyes el clamor de miles de sacerdotes, que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, incompatible, en muchos casos, con el amor y con los justos afectos del corazón?

¿Por qué no oyes, santa Iglesia, el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, que, al iniciar un segundo matrimonio, se ven obligados a llevar un catolicismo de ‘segundo orden’, sin poder comulgar ni practicar una vida cristiana normal, que no comprenden, ante el hecho de que muchos sacerdotes que dejan su sacerdocio pueden recuperar una vida normal de creyentes de ‘primer orden’? ¿Por qué, Señor, estas diferencias, por qué?

¿Por qué elevas a los altares a tantos hombres y mujeres que no significan una invitación a llevar una vida ejemplar, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, así haya pertenecido a la Iglesia luterana; Elizabeth Kübler Rosse, la Madre Teresa de Calcuta y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad?

No entiendo por qué tus clérigos usan tantos títulos ceremoniosos, como Monseñor, Su Reverencia, Su Excelencia, Su Eminencia, Su Santidad. ¿Dónde queda la humildad de tu Maestro, que abrió senderos de sencillez y fraternidad?

Santa Iglesia: ¿por qué no derribas los muros del Vaticano y te abres al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy?

Iglesia querida: no te pongas de espaldas al mundo, no pierdas la dimensión humana que Dios asumió al encarnarse en Jesús: sé humana, sé sencilla, sé aterrizada en tus documentos y mensajes de fe: deja ese estilo esotérico y señorial que te aleja de nosotros y te hace distante e incomprensible.

Marcha, codo a codo, con nosotros, danos tus mensajes de verdad y de amor, pero escucha, también, nuestras quejas, que salen sinceras del fondo del corazón.

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Respuesta:

Reverendo padre:

Alfonso Llano Escobar, S. J.

Columna: Un alto en el camino (1º de julio de 2012).

El Tiempo.

Como me llamaste madre, yo te digo:

Querido hijo: ¿te duele la Iglesia? ¿Acaso no sabes que tú eres Iglesia? «Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él» (1Co 12, 27). Si lo que llamas Iglesia oficial tiene tantas debilidades, el Papa, el Vaticano, Roma, esas son tus debilidades.

Dices que no me atacas —«¡Dios me libre!»—, que me quieres, como a madre: 1) santa, 2) abierta al mundo, 3) humana, 4) con sentido común, 5) no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Y yo te digo que 1) soy santa, porque quien me fundó es el Santo, aunque todos mis hijos —como tú— todavía no lo sean, pues están pendientes todavía de criticar sin ver sus propios defectos, de corregir y no de corregirse, de criticar en vez de amar;

2) estoy abierta al mundo desde mi fundación: quien me busca me encuentra, a todos les ofrezco los medios para salvarse;

3) no hay nada más humano que la Iglesia, pues no ha habido institución que haya hecho más servicios de caridad en el mundo, y nadie propicia más el bienestar temporal y eterno;

4) tener sentido común, hijo mío, no consiste en pedirle al Espíritu Santo que se adecúe a los criterios mundanos sino pedirle al mundo que se adecúe a los criterios de quien lo construyó, de quien sabe para qué lo hizo y cómo hacerlo feliz;

5) por eso mismo, lo que tú llamas: estar cerrada sobre mí misma, de espaldas a la realidad es en verdad amor: yo cuido de mis hijos, para que no solamente sean felices en la vida eterna sino todo lo que puedan en esta.

Nunca me he opuesto al avance científico: muéstrame un solo documento oficial en el que yo —como Iglesia— lo haya hecho (no me hables de opiniones de alguno de mis hijos que, como tú, solo me critican): ¿oponerme yo a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Cuándo he impedido que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

Cuando excomulgo, lo hago para protegerte del mal, aun sabiendo que con cada excomunión me puedo ganar un enemigo (no mortal, como dices, porque nadie puede acabar con la Iglesia de Jesucristo: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella» [Mt 16, 18]). Además, debo ser fiel a mi fundador, Jesucristo: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad» (Mt 18, 15-17). No me importa excomulgar a quien dices, con tal de salvarte del error, ese sí, fatal.

Hijo querido, no te preocupes más por el clamor de esos miles (?) de sacerdotes que dices que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, pues tú conoces mejor que muchos los temas de la sexualidad del ser humano: sabes que el hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

Te pido que estudies lo que escribieron —para tu bien— mis últimos papas sobre el asunto del celibato sacerdotal:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/?s=El+celibato+sacerdotal+seg%C3%BAn+los+%C3%BAltimos+papas

Querido hijo mío Alfonso: yo sí oigo el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, y me duele su situación más que a ti, puesto que me preocupa su salvación eterna; recuerda lo que santa Teresa de Jesús dijo: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada».

Por eso, al iniciar un segundo matrimonio, ellos no pueden comulgar, pues no practican una vida cristiana normal: ellos mismos escogen vivir eso que tú llamas creyentes de «segundo orden». Son ellos los que hacen las diferencias a las que tú te refieres. ¿Por qué? Porque fueron libres al prometer fidelidad hasta la muerte; nadie los obligó (ni a los sacerdotes se les obliga a vivir el celibato; ellos lo eligen, como viste más arriba). El riesgo de que el matrimonio fracase existía y corrieron libremente ese riesgo. ¿Por qué no lo pensaron mejor? Yo los valoro tanto que sé que pueden cumplir lo que prometen o no prometer lo que no pueden cumplir. Son seres humanos libres, hechos a imagen y semejanza de Dios.

Elevo a los altares a tantos hombres y mujeres que precisamente significan una invitación a llevar una vida ejemplar, la que les consigue el fin último del hombre: la realización personal: la felicidad auténtica, ¡la eterna!, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, Elizabeth Kübler Rosse y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad, pero que no sé si se salvaron o no, no sé si lograron esa plena realización personal; es que para ti quiero lo mejor, no apenas lo bueno. A la Madre Teresa de Calcuta ya la beatifiqué y va camino de ser canonizada (infórmate mejor, hijo mío querido).

No es fraternidad ni humildad desconocer que Dios hace diferencias, y a unos da un cargo o responsabilidad más elevado que a otros; además, tú aprendiste que hay personas que tienen más edad, dignidad o que ejercen funciones de gobierno u oficio de mayor respeto, como tú, a quien Dios elevó la dignidad altísima del sacerdocio ministerial sagrado. Es el respeto de los fieles por lo sagrado (y por los humanos consagrados) y no la exigencia de los clérigos los que dan esos títulos a los que te refieres. Por eso, mi encabezado de esta carta dice: Reverendo padre (y lo puse a pesar de ser tu madre).

No sé cuáles son los muros del Vaticano que dices que hay que derribar: ¿No estoy abierta al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy? ¿No lo he hecho siempre?

Aunque digas lo contrario, marcho, codo a codo, contigo y con todos mis hijos, dándoles mis mensajes de verdad y de amor y, aunque digas lo contrario, escucho tus quejas, esas que te salen sinceras del fondo del corazón, como sale sincero, del fondo de mi corazón, este grito: ¡Qué triste es para una madre tener que defenderse de uno de sus hijos!

La Iglesia, tu madre, que tanto te ama.

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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‘Nadie se muere la víspera’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2011

 

Por supuesto que nadie se muere la víspera: todos mueren el día de su muerte, pero esta frase que tanto se repite da a entender que existe una fecha exacta en la que cada ser humano morirá, y que no es adelantable ni postergable. Por extensión, muchas personas la aplican a todo acontecimiento: todo está predeterminado.

Entre los no cristianos, se habla del destino. Los católicos —obviamente— no creen en el destino, pero sí hay algunos que dicen esa frase explicando que Dios tiene establecidas las fechas de la muerte y de todos los sucesos de la vida, y que nada ni nadie puede cambiarlas.

Tal vez esos cristianos católicos han olvidado que uno de los mayores regalos que ha recibido el ser humano de parte de Dios es su libertad, y que Dios no puede dar algo para quitarlo después. Por eso, cualquier hombre puede matar a otro cuando lo desee, y Dios no intervendrá en esa decisión ni en esa acción, a no ser que, por su inmensa misericordia, determine que conviene evitar el suceso, cosa que hará solamente en ocasiones especiales.

Otro aspecto en el que Dios es inmutable son las leyes que asignó a la naturaleza; Él, en su infinita sabiduría, creó el cosmos y lo puso a funcionar con determinadas leyes: la trayectoria de los astros, las catástrofes naturales, los cambios climáticos…; todo eso puede ocasionar muertes y desastres, dependiendo de las circunstancias, el día y la hora. Además, los accidentes, las guerras, las mutaciones genéticas, las enfermedades, epidemias, etc., pueden producir cambios en la historia, tanto en la pérdida de vidas como en su calidad. El azar impuesto por Dios en el cosmos y en la naturaleza humana incide en el devenir humano.

También puede tratarse de católicos que tienen marcada tendencia a ser exageradamente providencialistas: todo sucede, según ellos, por disposición de la Divina Providencia. Debe tenerse en cuenta que, si bien Dios interviene eventualmente en la historia del hombre para su bien y guiado por su infinita sabiduría, los acontecimientos que vive son el resultado de circunstancias adicionales: el pecado original que dejó al ser humano con la propensión al mal, las tentaciones del maligno, las positivas insinuaciones del Espíritu Santo y de los ángeles y la ayuda de la gracia divina…; y, sobre todo, su libertad individual.

O quizá esos católicos no leyeron en la Biblia las ocasiones en las que Dios cambió sus planes, bien para castigar, bien para dar o negar dones a determinadas personas… Baste recordar la promesa que le hiciera a Moisés de disfrutar de la tierra prometida, la cual solo atisbó desde lejos unos momentos antes de su muerte…

En resumen, el ser humano es libre: podemos cambiar nuestro destino para bien o para mal; la ley del azar impuesta por Dios en el universo determina muchos de los acontecimientos que nos acaecen; y Dios interviene esporádicamente para propiciar nuestro bien.

Por lo tanto, sí se puede morir la víspera: la vida, según la inteligencia cristiana, es toda una aventura.

 

 

 

 

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Ciclo C, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

Purificar los apegos

 

En el libro de la Sabiduría se nos enseña que el hombre es infinitamente menos sabio que Dios y que, por lo tanto, todo juicio que haga de la realidad siempre será inexacto. Dios, por el contrario, lo conoce todo en su perfecta dimensión. Además, se pone de manifiesto que sus intenciones son más altas que las del ser humano, el cual sólo puede ir creciendo con la ayuda del Espíritu Santo.

Uno de los aspectos de la sabiduría divina fue siempre la alta dignidad del hombre, para el que no estaba planeada la esclavitud. Sin embargo, nuestra pequeñez de miras sólo comenzó a vislumbrar que la libertad es un derecho de todo hijo de Dios, cuando el Espíritu Santo, por intermedio de san Pablo, empezó a explicarlo en su carta a Filemón, como nos lo muestra la segunda lectura.

¡Cuántas no serán las verdades que están todavía ocultas a nuestros ojos!

Si meditamos el Evangelio de hoy, por ejemplo, el Espíritu Santo nos ayudará a desentrañar uno de los misterios más útiles de la doctrina cristiana: el ser humano llegará a ser totalmente santo, como nos lo pide Dios, cuando, libre de apegos, lo ame sobre todas las cosas. De hecho, nada impuro entrará en el Reino de los Cielos; mientras estemos apegados a las criaturas no podremos amar totalmente al Creador.

Eso es lo que hoy nos enseña Jesús: que la criatura no puede preferir las cosas, los otros hombres, las ideas propias o a sí mismo más que a Dios. Y la experiencia nos muestra que muchas veces Dios está en un segundo lugar.

¿Acaso no preferimos a las cosas cuando descuidamos la Eucaristía o la oración o la confesión, porque «tenemos mucho trabajo»? ¿Quién puede decir que ama más a Dios que a sus seres queridos si, en caso de que mueran, llora desconsolado, sin aceptar la voluntad de Dios, olvidando que Él es la misma sabiduría y el mismo Amor, y que si lo permitió es para nuestro bien, aunque no lo entendamos? ¿No es verdad que a veces nos desalentamos porque Dios no nos concede lo que le pedimos?

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La homosexualidad en la Biblia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2010

 

Dios fue quien nos hizo. Él es quien sabe lo que está bien y lo que está mal, y nos lo enseña:

«No te acostarás con varón como con mujer: es una abominación.» (Lv 18, 22)

«Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío.» (Rm 1, 27)

«¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios.» (1Co 6, 9-10)

Para quien crea que la Biblia es la Palabra de Dios, estas frases son contundentes.

Por eso es imposible pensar que el homosexual nace así. ¿Acaso Dios hace a algunos homosexuales, para luego castigarlos? ¿Sería justo? Un ser que no es justo, no es perfecto y, por lo tanto, no sería Dios.

Como se ha demostrado científicamente, el sexo cromosómico o genético, el sexo gonadal (gónada significa glándula sexual), el sexo embrionario o de las vías genitales y por último, el sexo fenotípico o genital de los homosexuales es masculino o femenino, nunca neutro o intermedio.

Pueden existir factores —psicológicos, principalmente— que favorezcan la tendencia, pero nunca puede afirmarse que el ser humano está programado genéticamente para ser homosexual: siempre será un ser libre; y con esa libertad, si sienten inclinación afectiva por personas del mismo sexo, pueden evitar las relaciones homosexuales, que son antifisiológicas y no naturales.

Además, esta inclinación se puede superar; basta que, junto con la comprensión, el apoyo y la ayuda profesional necesaria, reciban la instrucción adecuada para lograrlo.

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Ciclo C, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 31, 2010

El Espíritu Santo, ¿actúa hoy?

 

El Espíritu Santo guió la pluma de los escritores del Antiguo Testamento, descendió sobre la Virgen María para hacerla Madre de Dios, llegó a los apóstoles a través de Jesús para perdonar los pecados y para darles poder de consagrar, y los invadió el día de Pentecostés, haciendo de ellos hombres completamente diferentes: hablaban la lengua de los que los oían, enseñaban la Buena Noticia por todas partes, oraban y se reunían para partir el pan, ofrecían sus sacrificios y hasta la vida, si fuera necesario, por el amor del Dios que nos creó y nos salvó…

Hoy, día en que ese mismo Espíritu Santo vuelve sobre su Iglesia para purificarla y para infundirle de nuevo el empuje de los primeros tiempos, ¿cómo estamos reaccionando? ¿Por qué a nosotros no nos infunde el mismo brío?

Porque Dios ama la libertad. Porque el ser humano puede decir que no a Dios.

Y porque el pecado es como el fango que dificulta el caminar: es necesario que desechemos de nuestras vidas los apetitos desordenados y amemos directamente a Dios, al Amor mismo.

Hagámonos unas preguntas: ¿Qué es realmente lo que amamos? ¿Dónde están nuestros intereses? ¿Por qué cosas nos esforzamos? ¿A qué le dedicamos más tiempo durante el día, durante la semana? ¿Verdad que no es siempre a Dios? ¿Verdad que el hogar, el afán por las comodidades, por el dinero o por el «qué dirán» y otras muchas cosas son, a veces, nuestros verdaderos tesoros?

Mientras tanto, el mundo necesita de amor. Todos los creados por el Padre, redimidos por el Hijo y empujados por el Espíritu Santo tenemos ese amor, único capaz de saciar de felicidad al mundo. Nadie más puede.

¿Dejaremos que el mundo se siga destruyendo? Tenemos la posibilidad de ayudar al Espíritu Santo en su tarea de santificación del mundo. Es un plan magistral, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios. Solo debemos ponernos a su servicio, dejarnos guiar por el Amor, que vive en nosotros, para hacer el milagro.

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Ciclo C, III domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2010

La verdadera libertad

 

Los nazarenos debieron quedar estupefactos cuando Jesús leyó el pasaje: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista», y peor quedarían cuando dijo que esa Escritura se estaba cumpliendo en ese momento.

¿Quién era él para hacer esa afirmación tan atrevida? ¿Se creía tan importante como para ser el Enviado descrito por el profeta Isaías?

Su infinita humildad hizo que no realizara los signos y milagros que en otras regiones demostraron que el Espíritu del Señor sí estaba sobre Él.

Ese es el estilo de la sabiduría: quieta, callada y ocultamente, sin que se sepa, llega a los humildes —no a los sumisos, como se acostumbra a definir hoy esa virtud—, a quienes obran en concordancia con el conocimiento propio, a quienes saben que nada es suyo (que todo es prestado por Dios), a los pobres.

La pobreza no es no tener sino saber que nada es propio. A estos llega el Mensaje de Dios, la Noticia de su salvación, por la Cruz de Cristo.

También llegó a los cautivos, que saben ahora que existe la auténtica libertad: la emancipación de las malas inclinaciones, de las dependencias, de las esclavitudes…

El hombre está oprimido por ellas, y la manera más fácil de liberarse es seguir el camino que Cristo ya recorrió: darse a los demás, si es necesario hasta el dolor, y hasta la muerte, aunque no creamos tener suficiente para dar, ya que Él nos prestará lo que tengamos que dar.

Y, además, llegó a todos los ciegos… A nosotros, por ejemplo, que olvidamos a menudo que Él está con nosotros, y que debemos cumplir la misión que nos corresponde en este mundo.

¿Qué nos detiene para convertirnos por fin en parte del Cuerpo de Cristo, el único hombre que ha sido verdaderamente libre, el Único que nos llevará a la auténtica libertad, que tanto perseguimos?

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Pensamientos sobre el sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2009

Frases adaptadas del libro:

Para sufrir menos…, para sufrir mejor*

De: Novello Pederzini

Editorial Católica Sin Fronteras

 

  • Hasta de los detalles más pequeños de tu vida está pendiente tu Padre–Dios: «¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre de ustedes. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo» (Mt 10, 29-31).

 

  • Dios te trata con la ternura y el respeto que un padre siente por su hijo: «Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos» (Hb 12, 7a).

 

  • Dios no permite pruebas o tentaciones superiores a tus fuerzas: «Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerza para superarla» (1Co 10, 13b).

 

  • Todo es querido o permitido por Dios, para tu bien.

 

  • Tan solo del pecado no es Dios la causa directa; el pecado nace del hombre, de su libertad. Pero Dios se sirve incluso de las malas acciones y del pecado para realizar sus designios de bondad y de salvación.

 

  • Aunque no sepas la razón, cada sufrimiento está planeado o permitido por Dios para tu felicidad.

 

  • ¿Podemos dudar de que Dios tenga la inteligencia necesaria para conocer lo que te conviene y lo que te perjudica?

 

  • Dios sabe más que tú. Y te ama más de lo que tú puedas amarte o de lo que te puedes imaginar.

 

  • Todo cuanto ocurre en ti o en torno a ti, especialmente cuando el mal te aflige, todo sucede por voluntad o por permisión de Dios.

 

  • Todo cuanto pasa, aun los más mínimos detalles, es lo más conveniente y lo mejor para ti, aun cuando sea contrario a los puntos de vista más prudentes.

 

  • Si has sido elegido por Dios a seguir un camino de especial sufrimiento, debes saber que ese es el camino de los predilectos de su Corazón: estás destinado a realizar, con Él, un designio más alto de salvación para ti y para el mundo. ¡Ayúdalo a reparar! ¡Ayúdalo a salvar almas! ¡Ayúdalo a instaurar su Reino de amor, de paz y de alegría en el mundo!

 

  • Si te niegas a recibir de sus manos las tribulaciones a las que has sido destinado, obras en contra de tus mejores intereses.

 

  • Lo mejor es lo que Él ha querido para ti, no lo que tú piensas con tu inteligencia, demasiado limitada.

 

  • Ve en todas las personas y en todos los acontecimientos unos mensajeros providenciales de la voluntad de Dios.

 

  • No son las adversidades las que te hacen desgraciado; es tu falta de docilidad, que nace de una voluntad todavía rebelde contra la infinita sabiduría divina.

 

  • Saborea y ama tu sufrimiento, lleva con alegría la cruz que te corresponde: Él se ha convertido en tu compañero de camino y lleva el peso del dolor contigo.

 

  • La única admirable sensatez en esta vida está encerrada todavía —y para siempre— en el «¡fiat!» que pronunció la Virgen María: «¡Hágase en mí según tu palabra!».

 

  • Fuimos hechos para el Cielo: para gozar de la belleza, la bondad y la sabiduría de Dios; pero en la tierra nos apegamos a las cosas, a las personas y especialmente a nosotros mismos. Si no amamos a Dios por encima de todas las criaturas, todavía no podemos dejarnos amar de Él; necesitamos purificarnos. Es entonces cuando interviene el Señor y permite lo que nosotros llamamos desventura; permite que nuestros ídolos sean destrozados, que encontremos amargura y desilusión donde creíamos saborear la dulzura del placer y del gozo. Y así nos hacemos cada vez más susceptibles del amor de Dios.

 

  • «Los sufrimientos de la vida presente no se pueden comparar con la Gloria que nos espera y que ha de manifestarse». (Rm 8, 18)

 

  • La verdadera alegría nace cuando has renunciado a discutir, a cuestionar o a poner en tela de juicio los acontecimientos, convencido de que todo cuanto sucede es para tu bien, y que todo está previsto, dispuesto, asegurado, en conformidad con un plan que tiene un final feliz, aunque a ti no te lo parezca.

 

  • En la generosa y amante adhesión a la voluntad de Dios, en el esfuerzo de amar la cruz y el dolor como la cosa que mejor realiza en ti el plan divino, se halla el suave secreto de la paz y la serenidad.

 

  • La Fe en el amor que Dios te tiene: he aquí la fuente de toda aceptación, de todo equilibrio y progreso espiritual, de toda paz, siempre, y especialmente en aquellos momentos en que nos asaltan el sufrimiento y la prueba.

 

  • Dios te ama, te ama personalmente; sabe tu nombre, tu persona, tu pasado, tu presente y tu porvenir. Conoce tu temperamento, tus cualidades, tus defectos, tus méritos y tus pecados. Te conoce en cada una de tus facetas íntimas más secretas. Conoce —lo ha dicho Él— el número de cabellos de tu cabeza…

 

  • En ti pensaba en su agonía; aquella sangre la derramó por ti…

 

  • Para ti, precisamente para ti, de una manera especial, te ha preparado una eternidad de gozo. Allá arriba hay un puesto reservado que te espera: tu puesto. Nadie ocupará la porción de Paraíso celosamente destinada para ti, si tú quieres conquistarla.

 

  • El Señor es un Dios amoroso, dulcemente inclinado hacia ti, que eres un tesoro que lo atrae sobre la tierra, como si no existiera otro objeto de su atención y de su interés.

 

  • Habitúate a la percepción de esta presencia constante, aun cuando no la sientas de una manera dulce e inmediata. Porque, a veces, se oculta el Señor, se hace esperar y buscar; permite la oscuridad y la tormenta; y tú tienes la impresión de que Él te ha abandonado. Pero su mirada permanece constantemente fija en ti y no te abandona ni un solo instante; ni siquiera cuando tú lo traicionas y lo ofendes: es la mirada dulcísima de una madre, que te sigue, te abre el camino, te protege, te acaricia, te sonríe, te consuela…

 

  • Cuando el dolor, la prueba, el sufrimiento, se presenten en el horizonte, has de saber aceptarlo de su mano como un don preparado, pensado, dosificado para ti. No debe preocuparte el porqué de lo que Él ha decidido y realizado en ti. Para ti debe ser suficiente saber que Él lo ha querido; lo ha querido para ti; y lo ha querido porque, conociéndote y amándote, no encontró mejor camino para la realización de su designio amoroso en tu persona. Arrójate en sus brazos.

 

  • No temas nada y nada desees desmedidamente, sino sólo lo que Él quiere y tal como Él lo quiere.

 

  • Presta especial atención a la llamada precisa e insistente, por tu nombre, cuando te invita a sufrir. Se trata de una invitación de confianza, de predilección, de amor extraordinario. Te llama, quiere tu colaboración a su acción; te honra al contar con tu contribución personal. Se trata de una alianza, casi de un contrato de trabajo, para una gran realización en la que todos tienen su parte preciosa e insustituible.

 

  • Arrójate en los brazos de Dios, di con prontitud el propio «fiat», ten como norma habitual de vida el «No se haga mi voluntad, sino la tuya», renuncia a toda discusión estéril, acepta todo de la mano amorosa del Señor como lo mejor y lo más conveniente para ti…

 

  • Quien te tiende la mano es el mismo Jesús, que ha sufrido antes y más que tú; que ha sufrido por ti.

 

  • A cada una de tus cruces, Él responde con una ayuda. A cada uno de tus dolores, por humanamente insoportablemente que sea, corresponde una gracia suya particular. Y, si cada pequeña cruz es un fragmento de su Cruz, tú debes aceptarla y vivirla con Él, con amor intenso, con adhesión perfecta a sus arcanos designios, con firme convicción de recibir de Él la fuerza indispensable.

 

  • Después de pecar suele quedar en el alma una vaga inquietud, la angustia, el temor de que Dios se comportará con cierta distancia, privándola de su tierna familiaridad. Nada más equivocado: Dios nos ama porque es bueno, no por que lo seamos nosotros. Y no desea de nosotros sino que creamos firmemente en su amor. Si estás arrepentido y le has pedido perdón (los pecados mortales en la confesión), Él lo ha olvidado todo y para siempre.

 

  • Deja solo a los paganos la preocupación del mañana. Vive el presente, solo el presente: es lo que Dios quiere cada instante para ti; es lo mejor para ti: Dios así lo ha previsto. El mañana ya tendrá sus penas o alegrías: «No se preocupen por el día de mañana, pues a cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 34)

 

  • Todas las dificultades, las dudas, los temores de cualquier clase y gravedad sobre tu futuro, deben servir únicamente para hacerte perder toda confianza en ti mismo, y despertarte una ilimitada confianza en Él, cuya bondad y poder superan todas tus miserias y todos tus cálculos.

 

  • Para tu afán de hoy existe una Providencia particular, suficiente, proporcionada. Para tu preocupación de mañana, de igual manera, habrá otra Providencia particular, suficiente, proporcionada.

 

  • Aprende a gustar cada una de las pequeñas y grandes alegrías que el presente te reserva. Y si estás llamado a sufrir, estima en todo su valor, con cuidadoso empeño, el dolor de ese instante: es esa cruz particular, y de ese determinado instante, la que el Señor te ha confiado; y te asegura su ayuda para llevarla. Aprovecha, vive el instante presente, que para ti es la manifestación de la presencia divina.

 

  • Habla poco con las criaturas y mucho con Dios: no disminuyas el mérito de tus sufrimientos contando lo que sufres. No eches a perder su perfume y su valor confiándolo al juicio y a la compasión de quien está a tu lado. Silencia con empeño hasta las más pequeñas mortificaciones, porque cuando se mantienen secretas por amor son flores fragantes cuyo aroma solo Dios aspira.

 

  • Sufre amando a Dios con todas tus fuerzas: es el medio más poderoso y eficaz para llegar pronto y fácilmente a la más íntima unión con el Señor, a la más alta santidad, a la más intensa paz del alma. Di: «Porque te amo, Dios mío, sufro todo por ti». Santo no es el que hace milagros, el que tiene éxtasis, sino el que hace más actos de amor a Dios a lo largo del día.

 

  • Esta vida es, como dijo santa Teresa, «solo una mala noche en una mala posada».

 

  • Tu puesto está allá arriba. El Señor te ha precedido y te ha preparado un puesto; Él mismo nos lo dijo: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar» (Jn 14, 2). Un puesto como tú lo deseas, como lo has buscado siempre, sin encontrarlo jamás aquí abajo. 

 

  • Las bellezas terrenas son solo una pequeña muestra de la infinita belleza que observarás en Dios. Toda la infinita sabiduría de Dios se volcará en ti. Toda la bondad que ves aquí no es nada comparada con el infinito amor que recibirás de Dios. Aquí abajo se nos da el anticipo, la figura, la sombra; en el Paraíso, la dulce e inacabable realidad. 

 

  • Cuando los místicos han vislumbrado algún pálido reflejo, han expresado un entusiasmo indescriptible, como en esta expresión de Pascal: «Alegría, alegría…, lloro de alegría». Un llanto de alegría que se da con solo pensar en la auténtica alegría que nos espera: la alegría de ser, para siempre, felices en los brazos de Dios.

 

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*Este libro se puede adquirir en:

Comunicaciones Sin Fronteras:
       Bogotá, Colombia: Cra. 13 nº 43A-16. Tels.: 2323362 ó 2883278.
       Quito, Ecuador: Calle Mejía y Venezuela Tel.: 2586616
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Peleas

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2008

 Evita las peleas:

 

sé tú esclavo del Amor

 

y de su Madre,

 

y deja en libertad

 

a todos los demás.

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Dios, siendo tan bueno, ¿cómo pudo crear el infierno?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 29, 2008

 No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia:

«Y, al salir, verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí. El gusano que los devora no morirá, y el fuego que los quema no se apagará, y todos se sentirán horrorizados al verlos. (Is 66, 24)

«Ya tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus bodegas, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.» (Mt 3, 12)

El mismo Jesús señala la existencia del infierno:

«Pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.» (Mc 9, 47-48)

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«Dirá después a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!”» (Mt 25, 41)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles; éstos recogerán de su Reino todos los escándalos y también los que obraban el mal, y los arrojarán en el horno ardiente. Allí no habrá más que llanto y rechinar de dientes.» (Mt 13, 41-42)

«Así pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 13, 49-50)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

«El patrón de ese servidor vendrá en el día que no lo espera y a la hora que menos piensa. Le quitará el puesto y lo mandará donde los hipócritas: allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 24, 50-51)

Y Pablo reafirma lo que será el infierno:

«Serán condenados a la perdición eterna, lejos del rostro del Señor y de su Gloria irresistible.» (2Ts 1, 9)

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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