Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, IX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

La libertad de los hijos de Dios

 

En la primera lectura se nos recuerda un mandato del Señor: guardar su día, santificándolo y descansando, con el fin de recordar que fuimos esclavos del pecado, y que ahora somos libres.

Pero resulta ahora que hay, aun entre nuestros hermanos en la fe, quienes quieren privarnos de esa libertad: nos exigen que cumplamos lo que ellos creen que debemos hacer: critican al Papa y a las autoridades eclesiales, piensan que nuestras oraciones son vacías, se escandalizan porque tenemos imágenes, deploran nuestra devoción a la Santísima Virgen, creen que falta mucha alegría en el rito católico, critican el que hagamos la señal de la Cruz…

Y entre los mismos católicos, hay quienes forman grupos, aislándose de los demás porque, según sus pobres criterios, no viven bien la fe. Si no hablan mal de los demás grupos, no les aprueban sus modos de orar, su carisma, o sus servicios, sin ocultar el hecho de creerse mejores, etc.

Para prevenir eso, Jesús nos enseñó que el distintivo del cristiano es el amor: en esto conocerán los demás que somos cristianos: en que nos amamos los unos a los otros, no en que nos criticamos exterior ni interiormente.

Efectivamente, en el Evangelio de hoy, Jesús afirmo: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Es como si dijera: las normas se hicieron para el bien del hombre, no para someterlo.

Asimismo, retó a los fariseos que lo molestaban: «¿Qué está permitido?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo, morir?». ¡Amar!

A nosotros esas críticas no nos importan, como les dice hoy san Pablo a los corintios, aunque «nos aprietan por todos lados, no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan…»; porque lo único que buscamos es amar, porque somos libres: ha brillado en nosotros la gloria de Dios, reflejada en Cristo, una fuerza extraordinaria, que es de Dios y no proviene de nosotros.

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‘Nadie se muere la víspera’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2011

 

Por supuesto que nadie se muere la víspera: todos mueren el día de su muerte, pero esta frase que tanto se repite da a entender que existe una fecha exacta en la que cada ser humano morirá, y que no es adelantable ni postergable. Por extensión, muchas personas la aplican a todo acontecimiento: todo está predeterminado.

Entre los no cristianos, se habla del destino. Los católicos —obviamente— no creen en el destino, pero sí hay algunos que dicen esa frase explicando que Dios tiene establecidas las fechas de la muerte y de todos los sucesos de la vida, y que nada ni nadie puede cambiarlas.

Tal vez esos cristianos católicos han olvidado que uno de los mayores regalos que ha recibido el ser humano de parte de Dios es su libertad, y que Dios no puede dar algo para quitarlo después. Por eso, cualquier hombre puede matar a otro cuando lo desee, y Dios no intervendrá en esa decisión ni en esa acción, a no ser que, por su inmensa misericordia, determine que conviene evitar el suceso, cosa que hará solamente en ocasiones especiales.

Otro aspecto en el que Dios es inmutable son las leyes que asignó a la naturaleza; Él, en su infinita sabiduría, creó el cosmos y lo puso a funcionar con determinadas leyes: la trayectoria de los astros, las catástrofes naturales, los cambios climáticos…; todo eso puede ocasionar muertes y desastres, dependiendo de las circunstancias, el día y la hora. Además, los accidentes, las guerras, las mutaciones genéticas, las enfermedades, epidemias, etc., pueden producir cambios en la historia, tanto en la pérdida de vidas como en su calidad. El azar impuesto por Dios en el cosmos y en la naturaleza humana incide en el devenir humano.

También puede tratarse de católicos que tienen marcada tendencia a ser exageradamente providencialistas: todo sucede, según ellos, por disposición de la Divina Providencia. Debe tenerse en cuenta que, si bien Dios interviene eventualmente en la historia del hombre para su bien y guiado por su infinita sabiduría, los acontecimientos que vive son el resultado de circunstancias adicionales: el pecado original que dejó al ser humano con la propensión al mal, las tentaciones del maligno, las positivas insinuaciones del Espíritu Santo y de los ángeles y la ayuda de la gracia divina…; y, sobre todo, su libertad individual.

O quizá esos católicos no leyeron en la Biblia las ocasiones en las que Dios cambió sus planes, bien para castigar, bien para dar o negar dones a determinadas personas… Baste recordar la promesa que le hiciera a Moisés de disfrutar de la tierra prometida, la cual solo atisbó desde lejos unos momentos antes de su muerte…

En resumen, el ser humano es libre: podemos cambiar nuestro destino para bien o para mal; la ley del azar impuesta por Dios en el universo determina muchos de los acontecimientos que nos acaecen; y Dios interviene esporádicamente para propiciar nuestro bien.

Por lo tanto, sí se puede morir la víspera: la vida, según la inteligencia cristiana, es toda una aventura.

 

 

 

 

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