Hacia la unión con Dios

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‘Dicen tantas cosas; ya no saben qué decirʼ

Posted by pablofranciscomaurino en junio 21, 2020

 

 

 

Al ver tantos videos y leer tantos artículos que hay en las redes sociales, provoca evocar el título de la canción: “Dicen tantas cosas; ya no saben qué decir”.

Hay sacerdotes que dan su opinión sobre temas doctrinales, sin estar de acuerdo con la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia; otros opinan sobre temas espirituales, sin tener en cuenta las enseñanzas de los Padres de la Iglesia o de los santos Doctores de la Iglesia; y también están quienes hablan de temas litúrgicos, sin seguir los lineamientos de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos… “Dicen tantas cosas; ya no saben qué decir”.

Por eso, no conviene ver esos videos ni leer esos escritos: deberíamos ir siempre a las fuentes:

1) El Catecismo de la Iglesia Católica

2) La Biblia

3) El Código de Derecho Canónico

4) Los documentos oficiales de la Iglesia: los del Concilio Vaticano II, las Cartas y Encíclicas de los papas (principalmente los últimos), los documentos de las Congregaciones del Vaticano, Asambleas episcopales y Sínodos…

5) La Liturgia

6) La Patrística (los escritos de los Padres de la Iglesia)

7) La teología espiritual (mística)

8) Los escritos de los Doctores de la Iglesia

9) La historia de la Iglesia y las vidas y obras de los santos

Concentrémonos en amar cada vez más a Jesús y aprovechemos mejor el tiempo, estudiando nuestra Fe, tal y como se acaba de explicar, en vez de ver videos o leer mensajes en los que se dan opiniones personales.

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Resurrección del Señor*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2020

¡Hoy es el día que hizo el Señor! ¡Gocémonos y alegrémonos en él! ¡Oh Cristo! ¡Que en tu Resurrección se alegren cielos y tierra! Ante todo, lo que Cristo hace al resucitar, es ofrecer a su Padre el homenaje de su gratitud: ¡Padre! ¡He resucitado! Y la Iglesia da también gracias a Dios porque con la victoria de su Hijo nos volvió a abrir el camino del Cielo, rogándole que secunde nuestros esfuerzos, para que podamos alcanzar el supremo bien por que anhelamos.

Para lo cual es menester que, así como los judíos comían el Cordero Pascual con pan sin levadura, así nosotros también comamos el Cordero de Dios con los ázimos de una vida pura y santa, es decir, exenta de todo fermento de pecado.

Celebremos con santo júbilo este día en que Jesús nos ha devuelto la vida resucitando; y si queremos celebrarlo para siempre en el Cielo, vivamos una vida enteramente nueva.

Animémonos hoy y cobremos nuevos alientos; muy breve será el penar y eterno será el gozar. ¡Qué pronto se pasaron los dolores y humillaciones de la Pasión! Y, en cambio, ¡cuán grande y cuán imperecedera la gloria que con ellos se granjeó!

«Vemos a Jesús —dice el Apóstol— coronado de gloria y de honor por causa de su Cruz y su Pasión, y el instrumento que parecía ser para eterno agravio, se ha trocado en signo de gloria; el que se decía haber muerto para siempre como un reprobado de los hombres y maldito, es ahora y será siempre bendito y querido como nadie pudiera sospechar. Porque Jesucristo se ha enseñoreado suavísimamente de los humanos corazones; y no domó al mundo con el yerro sino con el madero. Se viene cum-herido la profecía que pronunciara días antes de morir en el afame patíbulo: «Yo, cuando fuere elevado sobre la tierra en la Cruz, todo lo atraeré a mí ».

Verdaderamente, Señor, traxisti, Domine omnia ad Te: atrajiste todas las cosas a Ti, «Tú eres el Rey y centro de todos los corazones», y en ti tienen clavados sus ojos todos los seres. ¡Quédate con nosotros, Señor!, porque se hace tarde. Enfervoriza nuestras almas como lo hiciste con las de aquellos discípulos de Emaús. Acrecienta nuestra fe en este misterio, quicio y fundamento de nuestra sacrosanta religión, para que no nos tengas que reprender y decir lo que a ellos: «Oh necios y tardos de corazón para creer», sino más bien: «Dichosos de los que, sin haber visto, creyeron».

Regocijémonos todos en el Señor, tanto más cuanto que su triunfo y su Resurrección son también triunfo y resurrección nuestra, lo mismo que todos los misterios de su vida y de su muerte santísimas, en virtud del dogma consolador de la Comunión de los Santos.

Y no sólo el hombre sino que la creación entera parece alegrarse y saltar de júbilo en este venturoso día palpitando al unísono con el Creador victorioso y triunfante.

«Que en tu Resurrección, oh Cristo, se alegren cielos y tierra» y canten en tu loor el Aleluya perenne, pues a todos nos diste esperanzas tan consoladoras y certeras de una mejor vida e inmortal en aquel Cielo nuevo y Tierra nueva que tú formarás después que pase esta caduca vida. «Creo, Señor, en la resurrección de la carne y en la vida perdurable. Amén.»

 

*Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 

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Secularización de la Iglesia*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 18, 2020

 

1.Teología de la secularización

 

Secularización, una mala palabra

Por los años sesenta y setenta fueron muchos los teólogos católicos que se entusiasmaron, más o menos, con la teología de la secularización y que emplearon, más o menos, sus categorías mentales, manteniéndose unos, más o menos, en la fe de la Iglesia, y alejándose otros, más o menos, de la visión bíblica y tradicional.

Los hombres adámicos, en el planteamiento bíblico y tradicional de la Iglesia, somos seculares, mundanos, tremendamente seculares y secularizados y sujetos, por lazos invisibles eficacísimos, a los pensamientos y costumbres del siglo. ¿Querrán que nos secularicemos más todavía? ¿Convendrá expresar la conveniente renovación de la Iglesia y de la liturgia, de los sacerdotes, religiosos y laicos en términos de secularización? Es ésa una opción verbal, a mi juicio, muy desafortunada. Y hoy, por cierto, en buena parte ya olvidada, gracias a Dios. ¿Quién sigue hoy tratando el tema de la secularización y de la desacralización de las entidades cristianas? La substancia de la secularización sigue pujante en la Iglesia, sin duda, pero ya las palabras se han desvanecido en gran manera… ¿Cómo iban a durar, siendo tan contrarias a la Biblia y a la tradición eclesial?

Algo semejante pasó en esos mismos años, y en forma vinculada con la secularización, con el tema de la encarnación de los cristianos, y concretamente de sacerdotes y religiosos. Por supuesto que también este lenguaje admite un recto sentido, como el que le daba, por ejemplo, el Cardenal Suhard cuando escribía: «La ley esencial del apostolado es la encarnación» (Dios, Iglesia, Sacerdocio, 113). Pero Cristo dice que el hombre adámico es carne, y que la carne es débil, y que lo que nace de la carne es carne. Y San Pablo le dice al hombre carnal que no es ya deudor de vivir según la carne, sino que, habiendo recibido el Espíritu, venga a ser hombre espiritual. Y los Padres lo mismo: dicen que el Hijo de Dios, siendo espiritual, se hizo carne en la encarnación, para que los hijos de los hombres, que somos carnales, vengamos a ser espirituales. Veinte siglos llevamos hablando así, ¿y ahora vienen con que la renovación del hombre carnal se va a conseguir encarnándose? Somos carnales ¿y hemos de encarnarnos más aún? Es ésta una terminología ajena a la Escritura y a la tradición; más aún, contraria a ellas. ¿Cómo pensar que pueda ser conveniente y grata a Dios? También aquí hay que reconocer que pasó la moda, con el favor de Dios, y es de esperar que de ella no quede huella alguna.

Guardemos fidelidad al lenguaje de la Escritura y de la tradición cristiana. Los autores ascéticos y místicos, concretamente, han sido siempre los que han mantenido mayor fidelidad al lenguaje original de la Revelación y de los Padres. A veces, es cierto, son felices algunos neologismos; pero alejarse de una palabra usada en la Revelación y en la tradición para irse a su contraria -secularización, encarnación- es sin duda un mal paso. Y no sólo por los equívocos que inevitablemente suscita, sino también por las alergias que así se despiertan hacia las sagradas palabras de la Biblia y de la tradición cristiana. En efecto, cuando está de moda encarnarse y acentuar la secularización del cristianismo, hagan la prueba ustedes de hablar según el Nuevo Testamento del «hombre espiritual», o intenten con él exhortar a los cristianos para que no se configuren a «este siglo», sino que, como «peregrinos», sepan afirmar en este mundo su «ciudadanía celestial»… Hagan la prueba. Las alergias que se suscitan ¿son algo bueno? ¿Dan lugar a algo positivo?

 

Teología de la secularización

Dentro de la tendencia secularizadora se dan posiciones muy diversas, que no pueden ser objeto de una crítica común y unívoca (+H. Lübbe, La secolarizzazione, storia e analisi di un concetto). Se trata, como decimos, de una tendencia, que según los autores se presenta con premisas ideológicas diversas, y con inclinaciones operativas moderadas o radicales.

Sin mayores pretensiones clasificatorias, creo que en el pensamiento de la secularización se pueden distinguir varios elementos. Ante todo, señalaré tres aspectos de la tendencia secularizadora que no ofrece especiales problemas doctrinales.

-1. La sana secularización, entendida como una desacralización de lo indebidamente sacralizado, es una tendencia que trata al mismo tiempo de purificar lo sagrado de aplicaciones indebidas al campo secular, y de afirmar la justa autonomía secular de las realidades temporales, según la enseñanza del concilio Vaticano II (GS 36). En esto los problemas son únicamente prudenciales, a la hora de aplicar ese criterio en cada caso.

-2. El rechazo de ciertas formas históricas concretas de lo sagrado, y la promoción de otras formas nuevas que se consideran más adecuadas, puede ser igualmente una tendencia legítima e incluso necesaria. Como lo anterior, afecta a cuestiones prudenciales, no doctrinales.

-3. Una cierta ocultación de los signos sagrados es considerada por algunos hoy como conveniente en ambientes modernos secularizados. La sensibilidad de los pueblos, las circunstancias políticas o culturales, pueden aconsejar considerables atenuaciones de lo sagrado. De hecho, cuando la Iglesia en los primeros siglos estaba proscrita, la expresión visible de lo sagrado era muy leve. También ésta es cuestión prudencial, aunque como implica a veces ciertos planteamientos doctrinales, la estudiaremos en seguida con atención.

-4. En los países ricos de Occidente la secularización puede entenderse simplemente como una pérdida o debilitación de la sensibilidad para lo sagrado. Se trata de un fenómeno ya muy estudiado y conocido, que afecta poco o nada a los países que son más pobres y de formas tradicionales.

En la teología de la secularización hay a veces también otros elementos doctrinalmente falsos, que implican una determinada filosofía y teología.

-1. Algunos consideran que, a diferencia de las sacralidades paganas o judías, la sacralidad cristiana es puramente interior. Éste es un error teológico, un mal entendimiento de la verdadera naturaleza de lo sagrado cristiano. Y de este error se siguen en la práctica dos actitudes falsas, una más moderada, otra más radical:

-Se piensa que la apariencia sensible de lo sagrado debe asemejarse lo más posible a lo profano, y esto lo mismo en personas, lugares, celebraciones o cosas. La distinción sería motivo de separación. A mayor semejanza en las formas exteriores, mayor unión, mayor facilidad de acceso a los hombres.

-Se estima que se debe quitar de lo sagrado cristiano toda significación sensible peculiar. No un cáliz, sino un vaso. No un templo, sino una sala de reunión. Nada de fiestas peculiarmente religiosas, ni de vestimentas litúrgicas, ni de hábitos religiosos. Todo lo sagrado-sensible sería una paganización o judaización del Evangelio genuino.

-2. Algunos, llevando secularización y desacralización más allá de su extremo, llegan a negar la misma existencia de lo sagrado cristiano. Éstos ya no pretenden una ocultación prudente de lo sagrado, una atenuación o eliminación de sus significaciones sensibles, una renovación oportuna de sus formas históricas concretas, no. Estos simplemente niegan la existencia misma de lo sagrado-cristiano en cuanto tal.

Estos elementos del movimiento teológico secularizador se dan, como hemos dicho, en fórmulas y proporciones muy diversas, según los asuntos, autores y grupos.

 

Analfabetismo del lenguaje simbólico

Lo sagrado implica un lenguaje simbólico, no-verbal, hoy casi ignorado por el hombre occidental moderno, desarraigado voluntariamente de sus tradiciones, decididamente analfabeto para este lenguaje. Hoy es posible en una boda ver al novio, ante el altar, con las manos en los bolsillos, o un invitado con zapatillas de hacer deporte. El lenguaje del saludo, de los gestos, del luto o de la celebración festiva, con sus formas tradicionales, ésta o las otras -un lenguaje si no es tradicional es insignificante- viene a ser positivamente ignorado, no tanto por la gente sencilla, sino sobre todo por la más ilustrada. Lógicamente, este analfabetismo se refleja también en los cristianos, aunque mucho menos en la gente popular.

Hoy es posible ver, incluso en buenos cristianos, actitudes que en otro tiempo sólo con intención sacrílega podrían ser tenidas. Recuerdo haber visto, durante un concierto lleno de gente en la iglesia, un grupo de jóvenes de buena presencia que estaban sentados sobre el altar. Con ocasión de un retiro a sacerdotes, vi a un piadoso cura que tomaba la mesita de la credencia, y después de dejar en el suelo cuidadosamente el cáliz, el leccionario, etc., me la puso con una silla para la predicación. También vi en una ocasión utilizar una Biblia grande, del siglo pasado, para elevar el asiento de la banqueta de un armonio… A una señora amiga que visitaba a un enfermo, el capellán del hospital le explicaba dónde tomar el autobús de regreso en una cercana plaza sirviéndose de una cajita redonda que sacó del bolsillo de su bata blanca: una cajita en la que estaba Cristo. Éstas y otras formas de insensibilidad ante los objetos, personas, lugares o gestos sagrados difícilmente pueden recibir una evaluación positiva. Constituyen indudablemente un empobrecimiento.

Pablo VI hablaba de «la pérdida o atenuación del sentido de lo sagrado» (Sacerdotalis cælibatus 24-6-1967, 49) ¿De dónde procede este subdesarrollo espiritual, qué significa, qué importancia tiene? Puede ser falta de fe: a quien nada le dice Dios, nada le dicen los signos sagrados. Pero también puede ser simplemente, como indicaba antes, una forma de pobreza cultural, un analfabetismo del lenguaje simbólico. Hoy en Occidente se tiende a disociar espíritu y cuerpo, palabra y gesto, condición personal y modos de vestir, en suma, interior y exterior. Si en su expresión subjetiva y espontánea se sobrevalora la individualidad, se rompen las formas comunitarias objetivas, elaboradas en una tradición social de siglos, y en las que reside precisamente la expresión simbólica. Y ya se comprende que los que son analfabetos para todo lenguaje simbólico adolecen también de analfabetismo ante el lenguaje de lo sagrado.

Pues bien, no parece que la sistemática supresión o atenuación extrema de los signos sagrados sea la mejor manera de reeducar una sensibilidad simbólica atrofiada. Por el contrario, la pedagogía pastoral debe optar más bien, como dispuso el concilio Vaticano II, por la catequesis litúrgica (SC 14-20, 35), es decir, en un sentido amplio, por una alfabetización conveniente que enseñe a leer los signos sagrados.

Tampoco parecen ir muy acertados los que confían mucho en el cambio de los signos concretos. Aparte de que esto trae consigo una variabilidad que afecta gravemente la naturaleza ritual de lo sagrado, tal confianza se diría algo ingenua. Para el analfabeto resultan igualmente ilegibles todos los estilos de escritura; simplemente, no sabe leer. Habría que enseñarle. Por lo demás, es indudable que la sensibilidad para lo sagrado está más viva en el pueblo sencillo que en aquellos otros, más cultivados, a quienes correspondería realizar esta instrucción litúrgica y espiritual.

La pérdida o atenuación del sentido de lo sagrado es, sin duda, una enfermedad espiritual grave, que tiene importantes consecuencias en la vida espiritual cristiana. No conviene, pues, ignorarla o aceptarla pasivamente, como si fuera irremediable -una presunta exigencia de nuestro tiempo-. El sentido de lo sagrado, y en general, la sensibilidad simbólica, es un valor propio de la naturaleza humana. Por eso únicamente puede experimentar disminuciones temporales, para resurgir después, quizá con más fuerza, purificado de connotaciones inconvenientes. Ahora bien, la gracia debe proteger todos los valores de la naturaleza, especialmente aquéllos que están decaídos y aquéllos que tienen una relación más íntima con lo religioso, como es el caso de lo sagrado.

 

Negación del sagrado cristiano en cuanto tal

Aparte de expresiones desafortunadas, como las que recordaba antes de Congar y Manaranche, Thils y Martimort, que, sin pretenderlo en realidad, negaban lo sagrado cristiano, otros autores hay que lo niegan abiertamente. Y, concretamente, en los años de la gran crisis secularista, la Conferencia Episcopal Alemana se veía obligada a denunciar esta posición teológica y pastoral: «Dicen que el mundo entero está ya santificado de alguna manera y puesto al servicio de Dios, y que no necesita de un ámbito especialmente santificado y consagrado a Dios» (El ministerio sacerdotal 90). La misma Iglesia, entendida como «sacramento universal de salvación», distinta del mundo, luz, fermento, sal de la humanidad, sería, pues, una concepción triunfalista, falsa, inadmisible. No hay propiamente distinción entre Iglesia y mundo, entre sagrado y profano, entre pagano y cristiano, y menos aún entre sacerdote y laico.

Volveremos sobre este tema al estudiar la secularización de la misión y el cristianismo anónimo.

 

Tendencia de lo sagrado a la manifestación

Lo sagrado hace visible lo invisible. Puesto que pertenece a la naturaleza de lo sagrado hacer visible la gracia invisible, el creyente procura que lo sagrado se vea, se oiga, se distinga, y sea un signo claro, bello, provocador, atrayente, expresivo. No pretende en principio ocultar lo sagrado, o atenuar lo más posible su significación sensible. Por el contrario, en principio trata de que sea manifiesto y bien visible. Y así el templo tiene una forma peculiar, diversa de las casas seculares. También el sacerdote o el religioso, por su especial consagración, presentan una figura que hace visible su condición de ministros y testigos del Señor. El sonido de las campanas da forma sonora al mundo de la gracia. El canto religioso no es simplemente una melodía secular a la que se le ha aplicado una letra piadosa, sino que posee una expresividad especial. Las fiestas colectivas o familiares, bautizos y bodas, comuniones y funerales, que jalonan la vida humana, tienen también en el mundo cristiano formas sagradas peculiares.

La religiosidad católica, popular y tradicional, tanto en Oriente como en Occidente, ha entendido y vivido siempre con toda sencillez estas realidades, dando al mundo invisible de la gracia la configuración visible de un mundo popular católico, con cruces y campanas, danzas y cantos, calendarios y fiestas, procesiones, cofradías, peregrinaciones, sacramentales, ermitas y santuarios, y costumbres de toda clase, que llegan a afectar hasta ciertas comidas, postres y dulces. Contrapuesto en esto al protestantismo, resulta así el catolicismo, tanto en lo psicológico como en lo estrictamente religioso, sumamente sano, vital y eficaz, hermoso y convincente.

Ya he señalado que el Catolicismo es, con la Ortodoxia, la forma de cristianismo más próxima a las religiosidades naturales, marcadas todas ellas por un profundo, aunque no sea exacto, sentido de lo sagrado. La religiosidad sagrada corresponde, sin duda, a la misma naturaleza del hombre, que por los sentidos llega al conocimiento intelectual. Y es plenamente conforme con la exigencia universal de la psicología humana, que tiende a exteriorizar la interioridad. Es verdad que una cierta disociación entre interioridad y exterioridad es hoy en muchas partes de Occidente síntoma y causa de una enfermedad mental colectiva. Pero también es verdad que la misma ciencia moderna de Occidente confirma las intuiciones antiguas, mejor conservadas, por lo demás, en el Oriente, respecto a la profundidad de la relación psicosomática. Los avances de la psicología profunda acerca de la génesis de las expresiones colectivas, la fenomenología religiosa en general, lo mismo que el yoga, no hacen sino afirmar de modo convergente la íntima unión que debe haber entre la interioridad y la exterioridad del hombre. Hoy nadie puede afirmar seriamente que «da lo mismo» que las mujeres de la India conserven el sari y el talante femenino tradicional o que vistan pantalones vaqueros y masquen chicle. ¿Qué más da?… Igualmente, tampoco parece serio decir que «da lo mismo» que sacerdotes, religiosos y religiosas vistan significando o no su condición personal, especialmente sagrada. ¿Qué importancia tiene? Se trata sólo de exterioridades… Ni puede decirse con verdad que la música o la arquitectura para el culto religioso no tienen por qué pretender unas formas peculiares, ansiosas de manifestar al Santo. En efecto, las coordenadas sagradas del mundo cristiano deben afirmarse con amor y fidelidad, sabiendo que todas esas formas sagradas comunitarias al mismo tiempo que expresan el mundo de la fe, lo inducen eficacísimamente en las personas y pueblos.

En fin, frente a todo esto, ya conocemos cuál es la doctrina y la práctica secular de la Iglesia en lo referente a lo sagrado. La Iglesia antigua tuvo que pronunciarse ante el fenómeno iconoclasta, hostil a toda representación visible del invisible mundo de la gracia (Niceno II, 787; Trento 1563; Prof. fidei 1743: Dz 600, 1823, 2532). Y la Iglesia actual, ante desafíos semejantes, se ha pronunciado ya en muchas ocasiones sobre el tema, principalmente en el concilio Vaticano II (SC). El Papa Pablo VI señaló en varias ocasiones el error de quienes pretenden, «contra la tradición bimilenaria de la Iglesia, la desaparición del carácter sagrado de lugares, tiempos y personas» (15-10-1967). Y veinte años después del Concilio, el Sínodo Episcopal de 1985 apreciaba que, «no obstante el secularismo, existen signos de una vuelta a lo sagrado».

No podría ser de otro modo, perteneciendo lo sagrado en modo tan profundo y universal a la naturaleza humana y a la economía eclesial de la gracia. Es indudable que, frente a otras confesiones cristianas, la Iglesia Católica es la que da más forma visible, social, sagrada, al mundo invisible de la gracia de Cristo. Ella es también la que más asume las formas religiosas naturales, la que más seriamente vive la ley fundamental de la encarnación. Y lo hace con toda conciencia, para que «conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve al amor de lo invisible» (Pref. Iº Navidad). En este sentido, es la Iglesia Católica la más eficazmente misionera, la que más acoge el sentido sagrado de las religiosidades naturales, purificando y elevando ese sentido en el Espíritu Santo.

 

La ocultación de lo sagrado

Hemos afirmado que la naturaleza misma teológica de lo sagrado le hace tender a ser visible y audible. Otra cosa distinta es que en determinadas circunstancias puede ser prudente la atenuación o la ocultación de lo sagrado. Y esto no solamente en guerras o persecuciones, sino en ciertas situaciones sociales o culturales. Sin embargo, el velamiento de lo sagrado puede tener consecuencias tan importantes para la evangelización del mundo y para la vida espiritual de los cristianos -favorables o desventajosas-, que habrá de ser determinada con sumo cuidado y medida:

-La autorización de la Jerarquía apostólica, en ciertos casos requerida por la ley, vendrá aconsejada por la prudencia cuando se trate de velar durablemente signos sagrados importantes.

-La ocultación de lo sagrado puede ser conveniente si hay peligro para las cosas o las personas: «No déis lo sagrado a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen, y además se vuelvan y os destrocen» (Mt 7,6).

-La caridad pastoral puede llevar a la atenuación de ciertas formas sagradas, como cuando un sacerdote confiesa a un alejado paseando por una plaza; o incluso puede conducir a suprimirlas: por ejemplo, en un barrio anticristiano se suspende una procesión acostumbrada porque iba siendo entendida como una provocación.

-La obediencia a las normas de la Iglesia sobre lo sagrado no sería perfecta sin la virtud de la epiqueya, que nos inclina en ocasiones a apartarnos prudentemente de la letra de la ley, para mejor cumplir su espíritu (STh II-II,120). Los cristianos respetamos las normas eclesiales, pero no somos siervos, somos hijos, y sabemos que «el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27).

Es preciso reconocer, sin embargo, que a veces la disminución o supresión de los signos sagrados es inconveniente y arbitraria, y procede de premisas falsas. Algunos parten de que el hombre moderno no tiene capacidad para lo sagrado. Pero tal capacidad existe, aunque en muchos casos esté atrofiada, y lo que necesita es suscitación y desarrollo. Algunos, por otra parte, olvidan que ciertas leyes de la Iglesia relativas a lo sagrado exigen gravemente la obediencia, y que ciertas disminuciones o supresiones de lo sagrado no quedan bajo el arbitrio prudencial privado. Otros hay también que al parecer ignoran que en ciertas materias -por ejemplo, los signos de veneración ante la eucaristía- no-significar la fe en la forma mandada o acostumbrada puede equivaler en la práctica a significar-que-no hay fe en tal misterio, a decir que en el Sagrario no hay nada especial -y esto aunque tal contrasignificación sea ajena a su personal intención-. Algunos, en fin, suprimen ciertos signos sagrados por cobardía, por temor a persecuciones -a veces muy sutiles- que no se deberían evitar, por miedo a confesar abiertamente a Cristo ante los hombres (Mt 10,33).

El Santo se acerca a los hombres y nos muestra su rostro en lo sagrado. El Invisible se hace así visible. El Altísimo se hace accesible en la sagrada Humanidad de Cristo, y en las múltiples sacralidades derivadas de Él en su Cuerpo eclesial. Cuidemos, pues, con toda solicitud los caminos sagrados por los que el Espíritu se nos manifiesta y comunica, y por los que nosotros salimos a su encuentro. Son avenidas de gracia. Que no se obstruyan esos caminos, que no desaparezcan, que no se apodere de ellos la maleza. La religiosidad popular de los pequeños sería con ello la más afectada. Tenía toda la razón el cardenal Daniélou cuando afirmaba que «una cierta resacralización es indispensable para que haya un cristianismo popular» (Desacralización 70).

 

Secularización de sacerdotes y religiosos

El intento de secularizar la vida de sacerdotes y religiosos comienza, como siempre, por el esperpento semántico: se trata de renovar la vida y el apostolado de los ministros sagrados y de los religiosos de vida consagrada acentuando en ellos la secularidad y la des-sacralización. Para ello, dejando de lado la teología católica de lo sagrado, se concibe lo sagrado en forma judía o pagana, en la que predomina el aspecto de casta separada, y se procede en seguida, lógicamente, a eliminar la sacralidad de la vida sacerdotal o religiosa.

Tal intento tuvo su ímpetu explícito más fuerte hace veinte años, aunque sus efectos duran todavía. Es la época en que profesores alemanes, holandeses y belgas propugnan la secularización profunda de la figura del sacerdote en el Congreso de Lucerna (setiembre 1967). El Concilio Pastoral Holandés llega a muy curiosas conclusiones sobre la vida sacerdotal («Documentation Catholique» 67,1970, 174-176). El movimiento sacerdotal Échanges et dialogue, en la asamblea de Dijon, concluye que «es necesario suprimir toda distinción entre sacerdote y laico». «Todos somos laicos y todos somos sacerdotes», «Considerar al sacerdote como una persona sagrada es una alienación» («Le Monde» 14-4-1970). Prácticamente en todas las Iglesias locales de Occidente hubo movimientos y asambleas de esta misma orientación -Priestergruppen, Septuagint, Sacerdotes para el Tercer Mundo-, más o menos moderadas o radicales.

Por esos años se celebró en España la Asamblea conjunta Obispos-Sacerdotes (1971). Pude conocerla bastante, pues yo era subdirector del Secretariado Nacional del Clero hasta poco antes de su celebración. Podemos recordar de ella, por ejemplo, lo que dijo la Ponencia primera sobre secularización y neosacralismo (1.2.1: pg. 17-19); la Ponencia segunda sobre el estatuto social del sacerdote (2.1.1: 197-198) y la «inserción del presbítero en la sociedad mediante el trabajo» civil (269), o los planteamientos de la Ponencia sexta sobre la actitud del presbítero ante el mundo (1.5.4: 482), y la espiritualidad de encarnación (2.4: 484-487). La cuidada edición de la BAC no incluyó el Documento de la Sagrada Congregación sobre la Doctrina de la Fe acerca de las conclusiones de la Asamblea Conjunta («Ecclesia» 32,1972, 540-550).

El discurso secularista, según transcribo de diversas publicaciones, venía por aquellos años a ser éste: En el Antiguo Testamento «los levitas fueron separados del resto del pueblo, y la familia de Aarón del resto de los levitas. Por el contrario, el autor de los Hebreos pone toda la insistencia en que [el Pontífice] sea enteramente semejante a los hombres. La separación, por tanto, no pertenece a la noción del verdadero sacerdocio que se instaura en Cristo; como tampoco pertenece a nuestro sacerdocio cristiano el concepto de casta aparte, y todo lo que venga a representar un grupo diferenciado». Según esto, «se rechaza todo privilegio, toda distinción; y se acepta la condición difícil y humillante de los humanos».

Esto es lo que hizo Jesús, que «no usó una lengua escolástica, no vistió de una manera rara, ni se educó en un ambiente distante y distinto. El ministro de la Iglesia no puede ser un señor que, a semejanza de las castas sagradas del mundo pagano, hable un idioma mental diferente, vista un traje diferente, tenga una sensibilidad extraña y distante. Para poder transformar el mundo, unido al Pueblo de Dios, tiene que ser fermento en la masa».

Por tanto, «hay que pasar del régimen de separación dominante, que recuerda más una estructura pre-evangélica (de casta sagrada separada del pueblo impuro) a un régimen de presencia evangélica. No hay razón teológica que impida que la vida del ministro eclesial participe de las formas de existencia del Pueblo de Dios en el mundo. La estructura de separación de una casta sacerdotal está justificada en el eón pre-pascual, en que la existencia humana (trabajo, vida social) estaba bajo la maldición radical de Dios. Esta situación del ser en el mundo está radicalmente superada por el Acontecimiento Pascual. Por ello no hay más que razones prácticas pastorales que puedan delimitar -en casos particulares- las formas existenciales de ser en el mundo del sacerdote ministerial cristiano. La única razón teológica de separación es la separación del pecado: pero ésa la tiene todo el pueblo cristiano».

Aplicando estos criterios a cuestiones concretas de la vida de los presbíteros, habrá que afirmar que si bien «a nivel individual no es necesario que todos y cada uno realicen este tipo de presencia por el trabajo civil, sin embargo, a nivel de grupo es verdaderamente necesaria una abundante presencia por el trabajo civil. Si no el grupo vuelve a ser un separado. Pues le falta una de las formas esenciales del ser en el mundo del hombre: el trabajo de producción social dentro de la circulación económica de bienes y servicios: elemento básico del tejido relacional de la estructura socio-política radical del hombre. El servicio evangélico, por su esencial naturaleza gratuita, está fuera de esa circulación, aunque incida en ella iluminando su sentido último».

En esta secularización de la vida del sacerdote, según tendencias más o menos radicales, se propugnaba, pues, la inserción del clero en el mundo secular por el trabajo civil, el compromiso político, el matrimonio optativo, el ocio y las diversiones, el vestido y la casa, y todo el conjunto de su vida. Y el planteamiento, mutatis mutandi, venía a ser el mismo para la vida de los religiosos y religiosas. En esos años, rápidamente, fueron desapareciendo sotanas y hábitos, que fueron sustituídos por algún leve distintivo, pronto llamado, por la misma lógica secularizante, a desaparecer también. Vimos religiosos taxistas, sacerdotes repartidores de gaseosas, etc. Los seminaristas pasaron de los Seminarios a viviendas normales de ambientes populares, y lo mismo los religiosos dejaron en muchos casos sus conventos para vivir «como los seglares». Eran años, precisamente, en que muchas familias religiosas hubieron de celebrar sus capítulos extraordinarios posconciliares. Las secularizaciones existenciales se desarrollaron entre sacerdotes y religiosos aceleradamente, y en poco tiempo las secularizaciones canónicas se contaron en muchas decenas de miles.

En aquellos años, casi todas las revistas y editoriales se pusieron al servicio del impulso secularista, y difundieron textos que en todos los tonos -crítico, histórico, filosófico, sociológico, ascético o incluso heroico y lírico- propugnaban la teología de la secularización. Pues bien, los intentos de renovar el ministerio sagrado o la vida de laicos y religiosos mediante la secularización van errados.

1.-Son contrarios a la orientación bíblica y tradicional, pues ignoran que Cristo formó en torno a sí un «grupo diferenciado» de hombres que, antes, «eran pescadores [de peces]. Y Jesús les dijo: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”. Y ellos, al instante, dejando las redes, le siguieron» (Mc 1,16-18). En la historia de la Iglesia este modelo de vita apostólica es el que ha determinado -como «grupo diferenciado», desde luego- no sólo la vida religiosa, sino también la vida del clero que, en el triple ministerio, también se ha configurado por los tres consejos evangélicos (PO 15-17, Pastores dabo vobis 27-30).

2.-Desfiguran la verdadera sacralidad cristiana, dándole rasgos paganos o judíos, para poder más cómodamente repudiarla. Lo que la teología de la secularización dice de lo sagrado no suele tener que ver apenas nada con lo sagrado-cristiano.

3.-Hacen caricatura odiosa de la verdadera condición sagrada de religiosos y sacerdotes, como si por ella viniera a constituirse una casta aparte, privilegiada y al mismo tiempo alienada, separada, y más aún, enclaustrada en una separación dominante, diferenciada del pueblo impuro laical. ¿A qué vienen todas estas palabras alergizantes, que no hacen sino impedir sobre el tema un discurso teológico sereno, a la luz de Dios? ¿Y qué tienen que ver todos esos términos odiosos con la vida del cura de Ars o con la figura de la madre Teresa de Calcuta, y con tantos buenos sacerdotes y religiosos del pasado y del presente?

Es un engaño. Nos han querido hacer creer que los religiosos y sacerdotes tradicionales (sagrados), son seres alienados, carentes de sana secularidad, alejados de un mundo que condenan sin entenderlo, y que no pueden salvar porque de él están distantes y ajenos. Nos han asegurado que de este modo quedan fríos, estériles, aislados, condenados a un estado de infantilismo crónico, y situados así al borde de extinción, entre otras cosas por falta previsible de vocaciones.

Es falso. Es todo lo contrario. El fraile, el cura y la monjita tradicionales dieron, dan y darán innumerables figuras de personas activas, alegres, que se mueven perfectamente en el mundo, que convencen a un concejal, que consiguen rebajas del constructor, que, sin complejo alguno, llaman a conversión a la adúltera, al borracho o al ricachón, que hacen un acueducto o que montan una granja de pollos para financiar un hogar de huérfanos, que sacan dinero de no se sabe ni dónde -aunque al parecer no roban-, que no tienen crisis de identidad y que suscitan vocaciones jóvenes, llenas de cariño y respeto hacia los curas y religiosos mayores. Como debe ser.

A quienes vemos muy perdidos en el mundo es precisamente a los curas, frailes y religiosas de estilo más secularizado. Éstos son los que, al no acabar de creer en su condición sagrada y en su sagrada misión, se ven insignificantes, y discurren vagamente, sin pescar ni peces ni hombres, por un mundo que les mira con recelo. Éstos son los que, jugando a ser iguales, ven perturbada por una ideología artificial su relación con los fieles cristianos y con los que no tienen fe. Inevitablemente problematizados en su falsa posición, son frágiles e inestables, pasan por crisis periódicas, se ven estériles, no suscitan vocaciones que prolonguen su secularismo, ya no ilusionado y heroico, sino desencantado siempre, y a veces aburguesado. Éstos siguen moviéndose por cierta inercia, sobre todo en innumerables reuniones y asambleas, con carpetas bajo el brazo llenas de materiales de trabajo. Pero son ya movimientos sin sentido, previos a la extinción definitiva. Son los sacerdotes, profetas y profetisas que «vagan sin sentido por el país» (Jer 14,18). Sintiendo hacia ellos verdadero cariño y comprensión, es preciso hablarles con cierta dureza, a ver si reaccionan, pues, prolongando el equívoco demasiado, obstruyen el surgimiento de vocaciones sacerdotales y religiosas, con gran daño de la Iglesia.

Pablo VI, ante el empeño secularizador de la vida y ministerio de los sacerdotes, ve la urgencia de defender la visión bíblica y tradicional impulsada por el Vaticano II. Y así señala «el inconveniente, hoy muy extendido, de querer hacer del sacerdote un hombre como otro cualquiera en su modo de vestir, en la profesión profana, en la asistencia a los espectáculos, en la experiencia mundana, en el compromiso social y político, en la formación de una familia propia con renuncia al celibato. Se habla de querer integrar al sacerdote en la sociedad. ¿Es así como debe entenderse el significado de la palabra magistral de Jesús, que nos quiere en el mundo, pero no del mundo? ¿No ha llamado y escogido Él a sus discípulos, a aquellos que debían extender y continuar el anuncio del reino de Dios, distinguiéndolos, más aún, separándolos del modo común de vivir, y pidiéndoles que lo dejaran todo para seguirlo solamente a Él? Todo el Evangelio habla de esta cualificación, de esta especialización de los discípulos que deberían ser después los Apóstoles. Jesús los ha separado, no sin un sacrificio radical por parte de ellos, de sus ocupaciones ordinarias, de sus intereses legítimos y normales, de su asimilación al ambiente social, de sus afectos sacrosantos, y los ha querido consagrados a Él, con un don completo, con un compromiso sin retorno, contando, eso sí, con su libre y espontánea respuesta, pero pidiéndoles por adelantado una total renuncia, una inmolación heroica. Escuchemos de nuevo el inventario de nuestras renuncias de los labios mismos de Jesús: “Todo aquel que dejare su casa, sus hermanos o hermanas, a su padre o a su madre, a la esposa, los hijos o sus campos por mi nombre”… Y los discípulos tenían conciencia de esta su personal y paradójica condición; Pedro dice: “He aquí que nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido a ti”» (17-2-1969).

 

Secularización de los laicos

«El caracter secular -enseñó el concilio Vaticano II- es propio y peculiar de los laicos» (LG 31). Y en este sentido, puede hablarse, como lo hace José Luis Illanes, de La secularidad como elemento especificador de la condición laical. La teología de la secularización, sin embargo, orienta la vida laical por vías secularistas muy diversas a las del pensamiento católico genuino.

En efecto, la Biblia, la tradición, la experiencia nos enseñan que el peligro fundamental de los seglares cristianos es precisamente secularizarse, mundanizarse, asumir, casi sin darse cuenta, los pensamientos y costumbres del mundo, y contra esto ha luchado siempre la verdadera ascesis laical cristiana. Por eso, convencer a los seglares cristianos de que deben secularizar más sus vidas viene a ser como persuadir a las piedras para que sigan la fuerza de la gravedad: no son precisos muchos argumentos. El Nuevo Testamento, por el contrario, habla de la vocación celestial de los cristianos (Heb 3,1), que no son ya hombres terrenos, sino que por Cristo, el nuevo Adán, han venido a ser hombres celestiales (1Cor 15,45; +47-48; Jn 6,33.38). Y del mismo modo insiste en que los cristianos -también los laicos, por supuesto-, al igual que Cristo (Jn 8,23), no son del mundo (15,19), sino que están en él «como forasteros y extranjeros» (1Pe 2,11). Ésta fue siempre la orientación del pensamiento bíblico y de la espiritualidad tradicional. Puede y debe haber en esa orientación desarrollos enriquecedores, pero siempre que sean homogéneos. Lo fueron en la doctrina del Vaticano II, pero no en la teología de la secularización de los años postconciliares.

Así las cosas, como advierte el cardenal Ratzinger, «muchos católicos, en estos años, se han abierto sin filtros ni frenos al mundo y a su cultura, al tiempo que se interrogaban sobre las bases mismas del depositum fidei, que para muchos habían dejado de ser claras» (Informe sobre la fe 42). Entre los laicos secularizados, los ejercicios espirituales suscitan alergia, y se apasionan en cambio por los ejercicios corporales de todo tipo, en los que gastan sin cuidado tiempo, dinero y energías. Desde que los teólogos de la secularización glorificaron sus ocupaciones seculares, y les hicieron ver que «todo es oración» -cosa que ignoraban- ya no tienen tiempo para la oración, y tampoco para los sacramentos. Igualmente la glorificación crística, aunque anónima, del mundo presente, todo él asumido por Cristo en la encarnación, les ha hecho ver supérfluo el apostolado. Aceptada ya, hace cincuenta o cien años, la secularización de la vida política, tampoco han creído necesario empeñarse demasiado en «insertar el Evangelio en las realidades temporales». Y por lo demás, cosa curiosa, ese apasionado «ser en el mundo» de los seglares secularizados no les da de sí para tener hijos. Países cristianos, como España e Italia, por ejemplo, afectados por la mentalidad secularista, son, en datos de 1993, los países del mundo con menos hijos…

Es cierto que la secularización de sacerdotes y religiosos ha producido los efectos negativos más espectaculares; pero no es menos grave la secularización de los seglares, ya que en muchos casos les ha llevado simplemente a la apostasía. Cuando los cristianos, en «el tiempo de nuestra peregrinación», no quieren seguir siendo «peregrinos y forasteros» en este mundo (1Pe 1,17; 2,11); cuando, dejándose de misticismos escatológicos, no quieren ya ser «ciudadanos del cielo» (Flp 3,20; +Ef 2,19), sino que prefieren y tienen a gala ser miembros bien arraigados de este mundo secular, se acabó la vida cristiana, al secularizarse la vida secular. ¿Quién habrá que piense todavía en el empeño ascendente de la consecratio mundi, tarea de los laicos, en expresión del Vaticano II (LG 34)? Eso podría hacerlo un pueblo cristiano que sea genus electum, regale sacerdotium, gens sancta (1Pe 2,9), pero no un pueblo secular secularizado.

El movimiento descendente, propio de la secularización, se manifiesta gráficamente, por ejemplo, en la cuestión del vestido femenino. Cuando las religiosas se visten como las seglares, las seglares se visten como las paganas, sin decencia. Todo va hacia abajo. Es la decadencia peculiar de la secularización. Lo sagrado levanta lo secular, lo secularizado lo hunde hacia abajo. Pablo VI, tan sensible a estas cuestiones, pudo comprender y denunciar estas miserias con toda lucidez:

«Hemos sido quizá demasiado débiles e imprudentes en esta actitud a la que nos invita la escuela del cristianismo moderno: el reconocimiento del mundo profano en sus derechos y en sus valores; la simpatía incluso y la admiración que le son debidas. Hemos andado frecuentemente en la práctica fuera del signo. El contenido llamado permisivo de nuestro juicio moral y de nuestra conducta práctica; la transigencia hacia la experiencia del mal, con el sofisticado pretexto de querer conocerlo para sabernos defender luego de él…; el laicismo que, queriendo señalar los límites de determinadas competencias específicas, se impone como autosuficiente, y pasa a la negación de otros valores y realidades; la renuncia ambigua y quizá hipócrita a los signos exteriores de la propia identidad religiosa, etc., han insinuado en muchos la cómoda persuasión de que hoy aun el que es cristiano debe asimilarse a la masa humana como es, sin tomarse el cuidado de marcar por su propia cuenta alguna distinción, y sin pretender, nosotros cristianos, tener algo propio y original que pueda frente a los otros aportar alguna saludable ventaja.

«Hemos andado fuera del signo en el conformismo con la mentalidad y con las costumbres del mundo profano. Volvamos a escuchar la apelación del apóstol Pablo a los primeros cristianos: “No queráis conformaros al siglo presente, sino transformáos con la renovación de vuestro espíritu” (Rm 12,2); y el apóstol Pedro: “Como hijos de obediencia, no os conforméis a los deseos de cuando errábais en la ignorancia” (1Pe 1,14). Se nos exige una diferencia entre la vida cristiana y la profana y pagana que nos asedia; una originalidad, un estilo propio. Digámoslo claramente: una libertad propia para vivir según las exigencias del Evangelio». Es necesaria hoy una ascesis fuerte, «tanto más oportuna hoy cuanto mayor es el asedio, el asalto del siglo amorfo o corrompido que nos circunda. Defenderse, preservarse, como quien vive en un ambiente de epidemia» (21-11-1973).

Secularización de las obras de caridad

Desde hace años, organizaciones católicas de caridad plantean sus actividades y campañas sin apenas hacer mención del nombre de Dios y de su Cristo. Denuncian con datos e imágenes terribles la miseria que abruma a muchos hombres, y exhortan enérgicamente a la ayuda económica. Nos aseguran que «la solución está en compartir». No se fían de planteamientos más espirituales, que estiman evasivos. Van directamente al grano: «Caritas. Trabajamos por la justicia». Se permiten incluso ironías sobre la virtualidad de justicia que pueda haber en la caridad, y parecen preferir el simple amor secular a la caridad sobrenatural: «El amor es de Dios… La caridad… de la señora condesa».

Estos slógans -son ejemplos tomados de España- se van repitiendo demasiadas veces, mientras que el 95 % del dinero que reúnen estas organizaciones no procede de ambientes seculares, en los que tanto dinero corre y se malgasta, sino -cosa curiosa- de las misas parroquiales, es decir, de lo que los ministros sagrados del Señor recogemos cuando el pueblo consagrado se reúne a celebrar los sagrados misterios. De ahí vienen tanto el dinero como las personas que, con gran generosidad, prestan su ayuda a estas organizaciones de la caridad secularizada. De ahí, precisamente, vienen: del nombre sagrado de Jesús, que esas organizaciones silencian con demasiada frecuencia.

Se podrá objetar señalando los grandes bienes realizados por Caritas y otras organizaciones católicas asistenciales: «por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16). Pero la respuesta es fácil. A pesar de sus planteamientos secularizados, hay en esas entidades indudable savia implícita de cristianismo, y de ahí viene el fruto. Y más aún de los muchos buenos cristianos, bien explícitos, que, orando y trabajando, se empeñan en esas obras. Y aún hay que decir otra cosa: más fruto harían trabajando desde planteamientos explícitamente cristianos. Más fruto material, y también espiritual y apostólico. Cristo quiere que nuestras «buenas obras» sean hechas de tal modo que los hombres, viéndolas, «glorifiquen al Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Y obrando así lograremos que «esta obra de caridad que hacemos para gloria del mismo Señor», efectivamente «produzca acción de gracias a Dios» (2Cor 8,19; 9,11).

Para los cristianos, pretender solucionar las consecuencias del pecado sin denunciar el pecado que está en su causa, el olvido de Dios y el culto a la criatura -es decir, sin predicar el Evangelio al mismo tiempo, aunque sea en alusiones breves, pero altamente significativas-, es un fraude. Sin Cristo no hay solución ni salvación. Sin Él se ponen remedios mínimos a miserias máximas, tranquilizando así engañosamente las conciencias. «Manos Unidas», en 1995, con su mejor voluntad, reunió en España 5.573 millones de pesetas para los países pobres. ¿Eso es mucho o poco?… Equivale a 143 pesetas por habitante, más o menos actualmente una taza de café. Pero solamente en juegos de azar los españoles (en 1992) gastan 3,2 billones (exactamente, según datos del Ministerio del Interior, 3.184.270 millones), 80.752 por habitante… ¡Remedios mínimos para miserias enormes! Otro impulso formidable llegarían a tener esas mismas organizaciones si, fieles a la tradición asistencial cristiana, argumentasen desde Cristo crucificado, que dió su vida por nosotros, que nos mandó hacer lo mismo, y que nos anunció la suerte eterna de quienes saben o no saben compadecerse de los necesitados (Mt 25,41-46).

Y otra cosa: ¿Por qué obras católicas de caridad, que desarrollan campañas formidables en favor de parados y emigrantes, pobres y marginados, no despliegan campañas semejantes -con trípticos y carteles, cuñas radiofónicas, guiones pedagógicos para las escuelas, artículos en la prensa y murales en las calles- contra el aborto, es decir, en favor de los seres humanos que van a ser asesinados en el seno de sus madres? ¿No entra en su vocación la defensa de estos oprimidos indefensos? ¡Remedios nulos para miserias máximas!

La caridad secularizada ha de ser mirada con todo respeto y simpatía, sin duda, pero sin ignorar que es débil, incompleta, sujeta en buena parte a la moda, tremendamente deficitaria. No puede ni compararse con la caridad religiosa, explícitamente relacionada con el amor de Cristo, es decir, con la Cruz. Da de sí el precio de una taza de café o el paso de un verano entre los miserables de un país hundido en la pobreza. Pero no puede dar de sí, por ejemplo, lo que cientos de miles de sacerdotes y de religiosos, consagrados a Cristo, han hecho y hacen calladamente, entregando sus vidas durante varios decenios al servicio de pobres y enfermos, sin que las cámaras de televisión que siguen entre los indígenas a un cantante famoso se interesen por ellos, como es lógico.

Cuando Jesucristo trata de los abismos que separan a ricos de pobres, y que ocasionan entre ellos el odio, lo hace siempre con un trasfondo netamente religioso (parábola de Lázaro, Lc 16,19-31; acreedor duro y cruel, Mt 18,21-35; juicio final, 25,31-46), y con una inspiración netamente doxológica: «para que viendo los hombres vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (5,16). Sabe que lo que está en juego siempre de forma decisiva es la actitud del hombre ante Dios.

Y lo mismo hace San Pablo cuando, por ejemplo, organiza la gran colecta en favor de los fieles de Jerusalén (2Cor 8-9). El motivo-motor fundamental que pone es Cristo, que «siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza» (8,9). Y la finalidad pretendida que señala es doble, pues «el ministerio de este servicio (diakonía tês leitourgías) no sólo remedia la pobreza de los santos [fin próximo], sino que hace rebosar en ellos copiosa acción de gracias (eucharistiôn) a Dios [fin último]» (9,12). De este modo, toda la actividad de caritas eclesial, teniendo a Cristo como «alfa y omega» (Apoc 1,8), une caridad y justicia, amor a Dios y amor al hermano, ayuda material y culto litúrgico. Con toda razón la Iglesia antigua recogía las ofrendas para los pobres dentro de la misa, en el ofertorio de la eucaristía.

La solución está en Cristo: sólo en su Espíritu se abre de verdad el corazón del hombre a sus hermanos necesitados. Así lo entendieron las organizaciones caritativas de la tradición cristiana y otras actuales, como Ayuda a la Iglesia necesitada. Y eso es lo que Juan Pablo II repite una y otra vez: «Sólo una Iglesia que adore y ore, puede mostrarse suficientemente sensible a las necesidades del enfermo, del que sufre, del solitario y del pobre, donde quiera que esté» (13-9-1983).

En uno de sus grandes discursos de Ginebra (15-6-1982) decía: «no hay religión auténtica sin preocupación por la justicia», y añadía: «no hay justicia sin amor, sin caridad». Y en seguida ascendía a la fuente, Cristo Salvador: «Esta Eucaristía nos ilumina sobre la fuente del amor y de la justicia, para nosotros los creyentes. El amor viene no sólamente del ejemplo de Cristo, sino también de la caridad (agápe) que procede del Padre, que se manifiesta en el Hijo y que se difunde por el Espíritu Santo. Dios es amor, ésta es nuestra fe. Pero para que los hombres tengan acceso a esta justicia, es decir, a esta santidad que viene de Dios, y a su amor, hizo falta que el pecado, el muro del orgullo, del egoísmo y del odio, fuese abolido por el sacrificio del Justo, por el amor del Hijo. La Misa nos hace participar, en el plano sacramental, de esta liberación. Debemos volvernos hacia la fuente, debemos convertirnos. No hay religión cristiana auténtica, no hay justicia ni caridad cristianas sin esta conversión, que es ruptura con el pecado, adhesión a su sacrificio y comunión de su Cuerpo entregado, de su Sangre derramada. Sólo a este precio los cristianos adquieren el dinamismo del Evangelio para hacer un mundo nuevo, y se convierten progresivamente como en ostensorios de Dios, de su amor trinitario, a través de luchas no violentas por el reino de la justicia».

Los pobres, sin emplear palabras tan altas, saben por instinto que eso es así. Ellos extienden su mano pidiendo «por el amor de Dios», intuyendo que no hay argumento más fuerte, y no se sitúan allí donde más corre el dinero, en tiendas y almacenes, discotecas o restaurantes, estadios o bancos, sino en la puerta de las iglesias, lugares sagrados de Cristo. Ellos saben -o sabían, pues también en Occidente se han secularizado- que es verdad lo que se atrevió a decir Juan Pablo II en medio de las terribles miserias de la India: «La religión es la fuente principal del compromiso social para con la justicia» (2-2-86). No hay que secularizar el compromiso por la justicia y el servicio a los pobres. Si en ese campo se quiere hacer algo en serio, hay que acentuar profundamente la religiosidad de ese compromiso y de ese servicio, siguiendo así las enseñanzas de Cristo, de San Pablo y de toda la tradición cristiana.

Secularización de la acción pastoral y misionera

He aquí una parábola. Unos hombres de buena voluntad fueron a prestar su ayuda a los habitantes de un país que, por caminar siempre sobre las manos, cabeza abajo, con los pies por alto, se veían aquejados de innumerables males. Unos tenían las manos deformadas, otros sufrían dolores terribles en la columna vertebral, algunos padecían de agudas jaquecas o trastornos visuales, y por supuesto, todos pasaban grandes miserias, pues no podían trabajar sino poco y mal. Así las cosas, los hombres de buena voluntad se pusieron a la obra con todo empeño: repartieron medicinas, dieron masajes, aplicaron corrientes terápicas, y consiguieron ayudas económicas que remediaran las necesidades más urgentes. Pero lo que nunca hicieron, quizá por respeto a la tradición local de los nativos, fue advertirles que el hombre está hecho para caminar con los pies, llevando en alto la cabeza, y que haciendo así, muchos de los males que padecían se sanarían en seguida.

¿Qué pensar de esos hombres de buena voluntad?… Convendría hacer la pregunta a quienes secularizan su actividad pastoral y misionera. Al tiempo que ayudan a esos hombres cabeza-abajo en sus incontables miserias, ¿cómo no les dicen que se pongan cabeza-arriba? No se entiende.

-Combatir no el pecado, sino las consecuencias del pecado. San Pablo, al comienzo de su carta a los Romanos, describe minuciosamente las innumerables miserias del hombre: odio, avaricia, mentira, fornicación, violencia, etc., y afirma que todo eso procede de que el hombre «cambió la verdad de Dios por la mentira, y adoró y sirvió a la criatura en lugar del Creador» (Rm 1,18-32). Todos, pues, pecaron, y todos quedaron privados de la gloria de Dios, y hundidos en las consecuencias de sus propios pecados. Pero ahora, a todos se les ofrece una salvación por gracia de Dios, «por la redención de Cristo Jesús» (3,23-24). Ateniéndose a estas verdades, los misioneros de la Iglesia han ido al mundo, ante todo, a combatir el pecado, anunciando y comunicando a Cristo Salvador, el único que quita el pecado del mundo, y con ello, han trabajado siempre cuanto han podido para ayudar al mundo -enfermos, pobres y drogadictos, niños y ancianos desamparados, ignorancia y miseria- a soportar el peso de las consecuencias del pecado. Así las cosas, la caridad secularizada de una actividad apostólica que se limita básicamente a remediar las consecuencias del pecado, trivializa la naturaleza de los males del mundo, ignorando la esclavitud del Maligno y la necesidad de la gracia de Cristo, hace en realidad muy poco para subsanar las miserias temporales, y falsifica gravemente la misión de la Iglesia en el mundo. De este modo, dice Juan Pablo II, se falsea «el significado profundo y completo de la evangelización, que es ante todo anuncio de la Buena Nueva de Cristo Salvador» (25-1-1979).

«Es imprescindible -sigue diciendo- que la Iglesia, desde una posición de pobreza y libertad respecto de los poderes de este mundo, anuncie con valentía la verdad de Jesucristo, firmemente convencida de la fuerza transformadora del mensaje cristiano que, con la fuerza del Espíritu de Dios, es capaz de transformar moralmente los corazones, camino para renovar las estructuras» (30-7-1984). «Y no se diga que la evangelización deberá seguir al proceso de humanización. El verdadero apóstol del Evangelio es el que va humanizando y evangelizando al mismo tiempo, en la certeza de que quien evangeliza, también humaniza» (7-7-1980).

-Predicar valores, sin predicar a Jesús, el Salvador. Es puro pelagianismo, como luego veremos, proponer valores morales enseñados por Cristo -verdad, libertad, justicia, amor al prójimo, unidad y paz-, en el sentido en que el mundo los entiende, y sin afirmar a Cristo, como único Salvador que hace posible vivir por su Espíritu Santo ésos y todos los demás valores. Los cristianos somos apostólicos, y con los Apóstoles hemos de afirmar -como ellos, con palabra y sangre- que Cristo mismo es «la verdad», y que sin Él se pierde el hombre en cientos de errores cambiantes (Jn 14,6); que sólo Cristo «nos ha hecho libres» (Gál 5,1); que sólo Cristo nos puede dar «la justicia que procede de Dios» (Flp 3,9); que sólo Cristo puede difundir en nuestros corazones la caridad de Dios, por el Espíritu Santo que nos comunica (Rm 5,5); que sólo Cristo es capaz de reunir a todos los hombres que andan dispersos, pues para eso dio su vida en la cruz (Jn 11,52); y en fin, que solamente Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14). Eso es predicar el Evangelio.

Ya lo dijo bien claro Juan XXIII en el discurso de apertura del concilio Vaticano II: «El gran problema planteado al mundo sigue en pie tras casi dos mil años. Cristo radiante siempre en el centro de la historia y de la vida. Los hombres están con Él y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin Él o contra Él y deliberadamente contra su Iglesia, con la consiguiente confusión y aspereza en las relaciones humanas y con persistentes peligros de guerras fratricidas» (11-10-1962). Y después del Concilio decía lo mismo Pablo VI: «Un humanismo verdadero, sin Cristo, no existe. Y nosotros suplicamos a Dios y os rogamos a todos vosotros, hombres de nuestro tiempo, que os ahorréis la experiencia fatal de un humanismo sin Cristo. Sería suficiente una simple reflexión sobre la experiencia histórica de ayer y de hoy para convenceros de que las virtudes humanas desarrolladas sin el carisma cristiano pueden degenerar en los vicios que las contradicen. El hombre que se hace gigante sin la animación espiritual, cristiana, se derrumba por su propio peso. Carece de la fuerza moral que le hace hombre de verdad; carece de la capacidad de juzgar acerca de la jerarquía de valores; carece de razones transcendentales que motiven de modo estable estas virtudes; y carece, en definitiva, de la verdadera conciencia de sí mismo, de la vida, de sus porqués y de su destino» (disc. Navidad 1969).

-Ausencia de persecución del mundo. La secularización de la actividad pastoral y misionera se inscribe en el marco de la reconciliación de la Iglesia con el mundo. Ya no hay persecuciones. Ni mártires tampoco, claro. Si luchamos contra las consecuencias del pecado, pero no contra el pecado, los cristianos tendremos la aprobación del mundo -entre otras cosas porque ya no seremos cristianos-. El mundo no tiene ningún inconveniente en que cuidemos leprosos, atendamos ancianos desamparados o recojamos drogadictos, y no nos perseguirá si nos limitamos a eso. Tampoco nos perseguirá si nos limitamos a predicar valores de paz, solidaridad, justicia, pues eso es lo que hacen todos: marxistas y liberales, masones, budistas y ecologistas. La persecución, en cambio, será inevitable cuando digamos al mundo que todos esos valores no pueden ser vividos por los hombres si rechazan a Cristo Salvador, y que todos ellos están en Él cifrados y posibilitados.

Por eso, pasar de un cristianismo secularizado al sagrado cristianismo bíblico y tradicional, supone pasar de la complicidad pacífica con el mundo a la humillación y a los dolores de la persecución; significa salir de la parálisis misionera y del apostolado infecundo, al florecimiento de una acción apostólica más fuerte que el mundo, pues está realizada en la potencia del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra.

Secularización de la liturgia

Pablo VI denunció muy pronto los intentos de quienes querían «desacralizar la liturgia y, con ella, como consecuencia necesaria, la misma religión cristiana» (19-4-1967), y lo mismo hizo Juan Pablo II, concretamente en su carta Dominicae Cenae (24-2-1980, 8). Pero la secularización de la liturgia venía exigida por el impulso secularizador de todo lo cristiano, y todavía había de dar muchos pasos, como hace notar el cardenal Ratzinger:

«Ha habido años -dice- en que los fieles, al prepararse para asistir a un rito, a la misma Misa, se preguntaban de qué modo se desencadenaría aquel día la creatividad del celebrante… Lo cual -recuerda- estaba en abierta contradicción con la advertencia insólitamente severa y solemne del Concilio (+SC 22,3). La liturgia no vive de sorpresas simpáticas, de ocurrencias cautivadoras, sino de repeticiones solemnes. No debe expresar la actualidad, el momento efímero, sino el misterio de lo Sagrado. Muchos han pensado y dicho que la liturgia debe ser hecha por toda la comunidad para que sea verdaderamente suya… De este modo se ha dispersado el proprium litúrgico, que no proviene de lo que nosotros hacemos, sino del hecho de que aquí acontece Algo que todos nosotros juntos somos incapaces de hacer… Para el católico, la liturgia es el hogar común, la fuente misma de su identidad: también por esta razón debe estar predeterminada y ser imperturbable, para que a través del rito [sagrado] se manifieste la Santidad de Dios» (Informe sobre la fe 138-139). Y entre otras consecuencias, ésta: «no más música sacra, sino sólo música al uso, cancioncillas, melodías fáciles, cosas corrientes… Una Iglesia que sólo hace música corriente cae en la ineptitud y se hace ella misma inepta. La Iglesia tiene el deber de ser también ciudad de gloria, ámbito en que se recogen y elevan a Dios las voces más profundas de la humanidad. La Iglesia no puede contentarse sólo con lo ordinario, con lo acostumbrado; debe despertar las voces del cosmos, glorificando al Creador y descubriendo al mismo cosmos su magnificencia, haciéndolo hermoso, habitable y humano» (140-142).

El Sínodo de 1985, veinte años después del Concilio, afirmaba que «precisamente la liturgia debe fomentar el sentido de lo sagrado y hacerlo resplandecer» (II,A,1; II,B,b,1). Pero todavía, al menos en los países ricos descristianizados, el pueblo fiel ha de sufrir en la liturgia muchas amarguras y decepciones… Ha de ver reducida la eucaristía a la trivialidad de un banquete entre amigos. Ha de ver suprimida de la liturgia el silencio, la adoración y la sagrada belleza sobrehumana…

«Nos han quitado la belleza sagrada de la liturgia», me decía uno. Y es verdad. La secularización de la liturgia es un robo, un atropello. Lo explica bien el cardenal Ratzinger: «Para un cierto neoclericalismo moderno el problema de la gente consistiría en sentirse oprimida por los tabúes sacrales. Pero esto, en todo caso, es un problema de clérigos en crisis. El drama de nuestros contemporáneos es, por el contrario, tener que vivir en una profanidad sin esperanza. La exigencia que hoy se respira no es la de una liturgia secularizada, sino, muy al contrario, la de un nuevo encuentro con lo sagrado a través de un culto que permita reconocer la presencia del Eterno» (144).

La secularización de todo lo cristiano

No sería difícil continuar este análisis mostrando el rostro demacrado de la secularización en la educación familiar, en los colegios religiosos y en las Universidades católicas, en tantos Seminarios y Noviciados, en la condición misma del pensamiento filosófico y teológico, en la catequesis -«la catastrófica falta de éxito de la catequesis moderna es demasiado evidente»; Card. Ratzinger, «30 Días» 5-1990-. Pero sería una labor muy triste, y probablemente innecesaria, creo yo, con todo lo que ya va dicho y descrito.

Más útil nos será, en cambio, analizar detenidamente el trasfondo de la secularización moderna del cristianismo. ¿Qué hay detrás de ese empeño insensato? ¿De dónde procede esa falsificación del cristianismo?

 

2.Trasfondo de la secularización

Las raíces de la secularización del cristianismo están ocultas, son numerosas y entrecruzadas unas con otras. No es fácil tarea describirlas. Pero lo intentaré, aunque sea a una escala modesta, que espero sea suficiente.

 

La conexión protestante

La visión secularizada del mundo presente queda bastante próxima a los planteamientos luteranos, y no es, por tanto, extraño que los teóricos principales de la teología de la secularización hayan sido en nuestro tiempo protestantes.

 

-Secularización del mundo.

Como observa Fabio Giardini, concretamente «para Gogarten, el cristiano (protestante) debe cumplir la misión de custodiar al mundo en su esencial profanidad o secularidad, sin arrogarse de ningún modo la misión de salvarlo; cosa que sólo Dios puede hacer y hará solo al fin de los tiempos, sin llamar al hombre para que colabore mediante sus obras con Él. Cuando el creyente se comporta así hacia el mundo secularizado, también su fe se conserva pura, no se contamina, pues, mezclándose en la profanidad del mundo, que Dios confía a la sola razón. Y es así como la fe permanece solo fe y el mundo solo mundo.

«En otras palabras [tomadas de Gogarten]: “la fe cristiana y la cultura (secularizada) no deben obrar juntas, de modo que la cultura sea recristianizada. Al contrario, la fe cumple su deber haciendo permanecer secular la cultura”. El absoluto respeto que el cristianismo (protestante) debe, pues, tener hacia el mundo secularizado» le lleva así a la «ratificación solemne de la total separación entre la fe y el mundo. En conformidad con el principio luterano de la “división (Unterscheidung) de los dos reinos”, el del mundo y el de Dios» (Cristianesimo e secolarizzazione a confronto 201-202). Las cosas del mundo -la ciencia y la técnica, el arte y la política- deben ser gobernadas sin más por la razón del hombre, sin tutelas ni imposiciones de la fe; en tanto que las cosas del mundo íntimo espiritual debe ser regidas por la fe, sin intromisiones de la razón. Sólo así podrán desarrollarse con fuerza y pureza tanto la razón, que bajo el influjo de la fe se mantendría en un infantilismo crónico, como la fe, que haciéndose demasiado racional se extraviaría.

Recordemos en esto que para Lutero la razón no era sino «la ramera del diablo». «La razón está llena del diablo y no hace otra cosa que apartar a los hombres de la fe» (WA 46,393, 8). Entre una y otra no hay conciliación posible. Y así Lutero confiesa: «Yo mantengo una doctrina que repudia la razón, es decir, que es supra, ultra, extra, contra rationem» (47,845, 33). Este disociación esquizoide entre fe y razón explica a la vez la tendencia protestante hacia el fideísmo, y su tolerancia frente al mundo secular, que debe abandonarse a la guía de la sola razón.Y explica también que, por ejemplo, no haya ningún inconveniente en que una misma persona presida la Iglesia anglicana y, al mismo tiempo, el reino secular y la masonería. El reino de la fe y el reino de la razón se rigen por normas diversas o a veces contrarias.

La Iglesia de Cristo ve las cosas de modo muy diverso. Está muy lejos de esas dicotomías separantes, y tiene siempre un sentido integrador de naturaleza y gracia. La razón debe servir a la fe, sin dominarla, y la filosofía racional debe crecer ayudada por la fe, aunque ateniéndose a sí misma. La teología católica no ha de ser fideísmo, sola fides, sino que debe ser ratio fide illustrata (Dz 2829, 3031-3043). Y el mundo secular de ningún modo debe ser regido por la sola ratio, y en este sentido, abandonado a sí mismo, a sus propias luces y fuerzas, sino que personas y pueblos, instituciones y culturas deben ser cristianizados bajo el Evangelio de la gracia.

Esta visión católica es, como observa Giardini, mucho más optimista y comprometida. En efecto, los católicos, como los protestantes, deben respetar y apreciar la secularidad del mundo; pero los católicos «en vez de abandonarlo, como intentan hacer los protestantes, a su pura secularidad, se sumergen en ella como la levadura que hace fermentar toda la masa, y lo salvan y santifican desde dentro, sin alterar su esencial secularidad, después de haber sido ellos mismos salvados y santificados interiormente por la gracia de Cristo Salvador». Y recuerda que en esto consiste la consecratio mundi de que hablaba Pío XII -y afirmada, como misión de los laicos, por el Vaticano II (LG 34)-. Los católicos, efectivamente, dice Giardini, deben «hacer que todos los valores profanos y seculares del mundo y de la vida terrena converjan y concurran, junto a los valores sagrados y sobrenaturales, a la perfección integral de la humanidad y a la construcción completa del Reino de Dios» (208-209). Por supuesto que en ello hay riesgos para la fe, pero mucho más graves son los que proceden de un mundo cerrado a la fe y a la gracia en su propia secularidad. Lo que parece increíble es que la teología de la secularización pretendiera tener su origen en el espíritu del Vaticano II, que continuamente está insistiendo, sobre todo al hablar del laicado, en la necesidad de impregnar de Evangelio todo el mundo secular.

-Secularización de la Iglesia

Lutero desacralizó en buena medida el misterio de la Iglesia, negando algunos sacramentos y rechazando la presencia real de Cristo en la eucaristía. Acabó con la vida consagrada de los religiosos, pues en los votos que obraban esa consagración peculiar él no veía sino cadenas, ataduras incompatibles con la libertad evangélica de los hijos de Dios, que han de estar siempre abiertos al Espíritu imprevisible. Y también desacralizó profundamente la figura del sacerdote, al negar la ordenación sacramental que le sella con un carácter sagrado, dándole una nueva y permanente configuración a Cristo maestro-pastor-sacerdote. Él entendía solamente que era la comunidad quien nombraba para su servicio un pastor (Pfarrer), y que el nombramiento era siempre rescindible, de modo que el pastor podía volver a ser en cualquier momento un laico más. Trento hubo de condenar estos errores (Dz 1774).

Por otra parte, ya en referencia a tiempos más modernos, no pocos autores han señalado la conexión existente entre el protestantismo radical y el secularismo moderno. Uno y otro consideran que la fe sólo podrá ser pura fe en la medida en que el mundo permanezca sólo mundo. Autores protestantes modernos han afirmado esta tesis luterana clásica en clave mental renovada. La fe se contamina inevitablemente cuando por las formas sagradas sensibles es sumergida en la profanidad del mundo. Y esta desviación de la pureza espiritual del Evangelio vendría plasmada en la Iglesia Católica, la cual no se daría cuenta de que un deber fundamental del cristianismo es precisamente mantener al mundo en su profanidad, libre de toda alienación, también de la posible alienación religiosa.

Precisando un poco más, quizá el itinerario ideológico haya sido éste: el secularismo filosófico de Hegel (+1831), Comte (+1857) o Feuerbach (+1872), activa en el campo protestante su antigua tendencia secularista, y da lugar a una amplia corriente de pensamiento -Barth, Bultmann, Tillich, Bonhoeffer, Robinson, van Buren, Michalson, Winter, Cox, Hamilton, Altizer, Sölle (+Grand’Maison 111-123; Lübbe)-, que finalmente, aunque de modo más difuso, afecta a un buen número de teólogos católicos.

Nestorianismo, para empezar

La secularización de los cristianos procede de la secularización de la misma figura de Cristo. Ya vimos más arriba que todo cristiano, y el sacerdote de un modo peculiar, ha de configurarse «ad imaginem Christi». Ahora bien ¿cuál es la imagen de Cristo? En la cristología antigua se distinguen ya dos tendencias: la alejandrina, que parte del Verbo hacia el hombre, y que pone en la humanidad de Cristo cuantas perfecciones son compatibles con la condición humana y con su misión redentora; y la antioquena, que parte del hombre hacia el Verbo, y admite en Jesús cuantas imperfecciones de la condición humana son compatibles con su santidad personal, ateniéndose al principio de encarnación humillada (kenosis). Las dos tendencias son ortodoxas y complementarias. Ahora bien, la primera tendencia, llevada al extremo, degeneró en la herejía monofisita, en la que la divinidad de Cristo venía a desvanecer la realidad de su humanidad; fue condenada en Calcedonia (451). La segunda llevó a la herejía nestoriana, que sólo veía en Cristo un hombre, un hombre elegido, pero no más que un hombre; fue condenada en el concilio de Efeso (431).

La tendencia nestoriana está bien reflejada en este texto del antioqueno Teodoro de Mopsuestia (+428), cuya cristología fue condenada en el concilio II de Constantinopla (553): «Uno es el Dios Verbo y otro Cristo, el cual sufrió las molestias de las pasiones del alma y de los deseos de la carne, que poco a poco se fue apartando de lo malo y así mejoró por el progreso de sus obras, y por su conducta se hizo irreprochable, que como puro hombre fue bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y fue hecho digno de la filiación divina; y que a semejanza de una imagen imperial, es adorado como efigie de Dios Verbo, y que después de la resurrección se convirtió en inmutable en sus pensamientos y absolutamente impecable» (Dz 434).

¿No tienen estas palabras sobre Cristo un acento muy moderno? En efecto, la tendencia nestoriana fue renovada por el seminestorianismo de Lutero, y grandemente amplificada por el protestantismo liberal más reciente, que veía en Jesucristo sólo un hombre elegido por Dios, y capaz de algún modo de revelarle. Para éstos, hubo realmente en Cristo esa concupiscencia que, aunque no es pecado, procede del pecado y al pecado inclina (Dz 1515). El mismo Oscar Cullmann piensa que sin esa inclinación al mal y esa dificultad para el bien, aunque se reconozca que no pecó nunca de hecho (Jn 8,46), Cristo no hubiera sido «absolutamente humano», no se habría hecho por nosotros pecado (2Cor 5,21) y maldición (Gál 3,13), ni podría decirse que fue «tentado en todo (kata panta) a semejanza nuestra» (Heb 4,15).

Por eso, más bien, cuando vemos a Cristo tentado, «se trata verdaderamente de esa tentación general, debida a nuestra debilidad humana, y a la que todos nosotros estamos expuestos por el sólo hecho de que somos hombres. La expresión como nosotros no es una pura fórmula, tiene un sentido profundo. Esta declaración de la epístola a los Hebreos, que sobrepasa el testimonio de los Sinópticos, es quizá la afirmación más atrevida de todo el Nuevo Testamento sobre el carácter absolutamente humano de Jesús» (Christologie 84). Esta misma orientación ha tenido expresiones literarias de gran éxito, como aquella de Niko Kazantzakis, La última tentación, que nos muestra un Cristo enamorado de la Magdalena, realmente tentado a formar una familia normal, abandonando su misión, a la que finalmente, con gran esfuerzo, se mantiene fiel. También la Virgen es objeto en esta novela -y en tantas otras obras- de una humanización nestoriana: es una mujer muy humana que, en cierta ocasión, nos es presentada «con expresión feroz», a punto de maldecir a su hijo.

Pues bien, la desmitificación nestoriana de la humanidad de Cristo trae consigo una desmitificación secularizadora de toda la Iglesia, y de todo lo que hay en la Iglesia. Los teólogos de la secularización ven, efectivamente, la Iglesia con ojos nestorianos: es una sociedad ante todo humana, dudosamente fundada por Cristo, que en todo caso debe principalmente sus formas a los condicionamientos de época. La Iglesia, pues, sus dogmas y maneras litúrgicas, su teología y sus ministerios, sus sacramentos y todo, debe ser desmitificada: es la única manera de que continuamente vaya siendo purificada de tantos lastres y excrecencias como se le van formando al paso de los siglos. Debe ser desmitificada también su historia, evitando todo triunfalismo, y teniendo el coraje y la humildad de ver que muchas veces se ha equivocado, y que más veces aún «ha perdido el tren de la historia», o lo ha tomado en el último instante, para su desprestigio. En lo referente, por ejemplo, a la vida sacerdotal o a la historia de la vida religiosa…

No sigo: nestorianismo cristológico y eclesiológico total.

Pelagianismo, para seguir

Las conexiones históricas entre nestorianos y pelagianos son bien conocidas. Se sabe, concretamente, cómo los pelagianos se vieron defendidos y acogidos por Nestorio y por su maestro, Teodoro de Mopsuestia. Y es que la cristología nestoriana, dejando a Cristo en puro hombre, se vincula bien con la negación pelagiana del pecado original, y la no necesidad de la gracia. Todo entonces iba unido: devaluación de Cristo, negación de la necesidad absoluta de su gracia, optimismo antropológico, admiración del mundo secular. Y también ahora, como vamos viendo, asoma algo de todo ello en la teología de la secularización.

En el Nuevo Testamento, pensar «según los hombres» (Mt 16,23) o «vivir a lo humano» (1Cor 3,3), tiene una significación netamente peyorativa: es algo carnal, o incluso a veces diabólico (Mt 16,23). Por el contrario, el pelagianismo de la secularización trae consigo la devaluación de Cristo y de su gracia, y al mismo tiempo la exaltación del hombre, de los valores humanos, y del mundo secular -o también de las religiones no cristianas-. Veámoslo todo junto en un ejemplo. Hace poco el director de una revista italiana misionera decía que «la Iglesia, en efecto, no está al servicio de sí misma, sino de aquel Reino de Dios que es justicia, paz y liberación, que es el único absoluto. Ni el cristianismo histórico ni la Iglesia, podríamos llegar a afirmar ni siquiera Cristo mismo, son unos absolutos». Los valores, justicia, paz, liberación, ahí está lo absoluto. Eso es lo que la evangelización secularizada debe predicar con todo empeño. Cristo, la fe en Cristo, la Iglesia, todo eso es algo relativo, que vale en cuanto muestre eficacia para suscitar entre los hombres aquellos valores. Devaluación nestoriana de Cristo y de su Iglesia, y proposición pelagiana de valores éticos, como si el hombre, sin la gracia de Cristo, pudiera realizarlos: es el ambiente espiritual de la teología de la secularización. En otro lugar hemos caracterizado con más detenimiento el pelagianismo actual en sus modos vigentes (+J. Rivera-J.M. Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, 211-218).

El pelagianismo -y a su modo el semipelagianismo- pone la iniciativa de la vida cristiana en el pensamiento humano, y la clave decisiva de su realización en la voluntad humana; es decir, se centra en la fuerza del hombre. Una sobreestima, por ejemplo, del pensamiento teológico, aunque no sea fiel a Biblia, Tradición y Magisterio apostólico, es netamente una forma de pelagianismo. Una sobrevaloración de ideologías y planes humanos, con desmedro de la oración contemplativa y suplicante y de la docilidad al Espíritu Santo, es pelagianismo, o es al menos voluntarismo semipelagiano. «Cambiaremos esto y lo otro, le daremos ésta y aquella forma, y todo reflorecerá de nuevo maravillosamente». Todo esto es la negación pura y simple del cristianismo, que es siempre protagonismo del Espíritu Santo y docilidad receptiva de la Iglesia, la esposa fiel del Señor, que se deja querer, iluminar y mover.

Sólo un ejemplo de conmovedora necedad, tomado de una revista misionera española. Vean el entusiasmo con que un liturgista pastoral pone su esperanza en sus propias ideas o las de su grupo: «En la actualidad -dice con ferviente autoadmiración- celebramos la eucaristía como un intento de inculturación desde el punto de vista de la Iglesia panameña, que quiere recoger y poner de manifiesto toda nuestra grandeza cultural, acompañada y enriquecida por nuestra profunda espiritualidad que, en definitiva, marca el ritmo de la asimilación del Evangelio y nuestra conversión a él». Y sigue el párrafo con una encendida descripción relativa a tambores y demás artilugios. Puro pelagianismo. Apoyado en la «grandeza cultural» y en la «profunda espiritualidad» de los suyos, ya está ese hombre pensando que con esos modos y maneras se van a llenar los templos a rebosar. Pero de ahí no sale nada. No puede salir nada: «Lo que nace de la carne es carne» (Jn 3,6). «El espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada» (6,63).

En general, como ya ha sido señalado por muchos, la euforia postconciliar de la que vamos saliendo -por el puro fracaso y agotamiento, más que por otra cosa- tuvo muy marcados rasgos pelagianos y semipelagianos. Y así nos fue. Que Dios nos perdone. Y que ahora, viéndonos humillados, se compadezca de nosotros y nos dé su gracia… Si se hojean las revistas y publicaciones de aquellos años sesenta y setenta, en las que continuamente se estaba hablando de que «antes» -pobrecitos, los antiguos- se pensaba y se hacía así, mientras que «ahora» en cambio…; si se oye el gloriosismo con que se ensalzaba a este «joven» obispo o a aquel otro teólogo, lleno de ideas «nuevas»; si se recuerda cómo los secularistas aseguraban a todo el pueblo cristiano, y en especial a sacerdotes y religiosos, una espectacular renovación en clave de secularización acentuada de tales y cuáles formas de su estilo vital y operativo, es preciso reconocer que aquellos años apestaban a pelagianismo. Abundaban las contraposiciones: «antes», esto y lo otro, en cambio «ahora», etc., con menosprecio y muchas veces falsificación de lo anterior. Y cuando alguno, rompiendo con la tradición, tiraba por su camino ideológico, algunos -los estimados más prudentes- le consideraban «demasiado avanzado». Es decir, no le reprochaban por ir en la falsa dirección, sino sólo por ir hacia allá demasiado deprisa. Daban, pues, estos moderados por seguro que la verdad y lo bueno estaban en la dirección señalada por los «progresistas».

En fin, de aquella gente, mucho más hábil para ver la paja en el ojo de los antiguos que la viga en el propio, no podía salir nada bueno. Sencillamente, «porque Dios resiste a los soberbios, y da su gracia a los humildes» (Sant 4,6; 5,6; 1Pe 5,5). Y el pelagianismo o el semipelagianismo es pura soberbia, confianza del hombre en el hombre, entusiasmo por el valor salvífico de sus ideas o de sus modos y maneras. Y, en efecto, no salió nada bueno. Nada.

De esas actitudes no podía venir sino frustración y decadencia. Es el Espíritu Santo el único que puede renovar la Iglesia y el mundo. Y nosotros con Él, pero si no olvidamos que sus modos y maneras no son los nuestros; nosotros con Él, si continuamente buscamos a la luz de la Biblia y de la tradición, interpretados sobre todo por el Magisterio apostólico, cuál será su pensamiento y voluntad. Pues, ¿a quién de nosotros, por ejemplo, se le hubiera ocurrido organizar la salvación de la humanidad por la Cruz del Calvario? Nosotros, indudablemente, tenemos fuerza en el Espíritu divino para renovar la Iglesia y el mundo, pero sólo si, con inmensa humildad y compunción, estamos mucho más prontos a reconocer nuestras propias culpas que las de nuestros antepasados; sólo si estamos incondicionalmente abiertos a «los pensamientos y caminos de Dios», que no son los de los hombres (+Is 55,8; Mt 16,23).

Igualitarismos y otras psicologías enfermas

En realidad, antes de señalar herejías teológicas, como nestorianismos y pelagianismos, tendría que referirme a otras enfermedades mentales en cierto modo previas, pues pertenecen al mismo orden natural, y están así entre los præambula fidei. En este sentido, una de las enfermedades mentales de hoy, con carácter de epidemia, es la mentalidad igualitaria, que lleva en sí muchos componentes diversos y que, como sabemos, se difunde universalmente a partir de la Revolución francesa. Es de suyo distinta de la orientación política democrática, perfectamente legítima si reconoce la soberanía de Dios. La mentalidad igualitaria, por el contrario, implica una profunda distorsión del orden natural, una gran ceguera para todos los valores de la Revelación y de la gracia, y lleva en sí una sorda exigencia de eliminar lo sagrado, lo distinto, lo superior, lo que manifiesta autoridad…

 

-Alergia a la autoridad.

Alergia a ver en el sacerdote, dentro del pueblo de Dios, una autoridad real, una especial participación en la autoridad apostólica, una potenciación especial de santificación al servicio de los hombres. (Todos los cristianos somos iguales, y en el orden de la santidad o de la santificación, más todavía). Alergia a la Iglesia entendida como «sacramento universal de salvación». (No tenemos el monopolio de la verdad ni de la salvación). Alergia a la autoridad de los padres sobre los hijos. Alergia a la idea de obediencia, y a la misma palabra, en cualquiera de sus versiones, cívica o eclesial, familiar o escolar… Todo eso, por supuesto, está latente en la secularización del sacerdote y del religioso. Y también del laico.

Pero, como hemos dicho (Rivera-Iraburu), «el igualitarismo moderno, de inspiración atea, es contrario no sólo a la Revelación, sino también a la naturaleza. Es una ideología falsa que sólamente haciendo violencia a la realidad de las cosas puede afirmarse. Sabemos científicamente que, por ejemplo, en cualquier asociación de vivientes -una manada de lobos- domina la confusión y la ineficacia hasta que en ella se establece una estructuración jerárquica, que implica relaciones desiguales. Pues bien, la autoridad [que en su misma etimología, auctor, augere, está diciendo ser una fuerza impulsora y acrecentadora] -la jerarquía, la desigualdad-que es natural entre los animales [como no sea en un cardumen de anchoas, o en otros vivientes mínimos], sigue siendo natural entre los hombres. Ciertamente en las sociedades humanas habrá que distinguir -no así en las animales- desigualdades justas, procedentes de Dios, conformes a la naturaleza, y desigualdades injustas, nacidas de la maldad de los hombres: habrá, pues, que afirmar las primeras y combatir las segundas. Pero en todo caso debe quedar claro que el principio igualitario, en cuanto tal, es injusto, es violento, es contrario a la naturaleza» (Síntesis de espiritualidad católica 25).

Cuando un cristiano se considera y dice igual a un pagano, cuando un ministro sagrado se estima y se confiesa uno más entre los hermanos laicos, cuando se ve la Iglesia como algo valioso pero no necesario, se está pervirtiendo, con falsa humildad, toda una economía eclesial de gracia santificante. Y ese crimen tan grande, y tan lesivo para el apostolado y la vida de la Iglesia, viene a ser cometido con buena conciencia por aquél que tiene el nous podrido con el virus igualitario. Es un virus que deja ciegos y sordos a quienes lo padecen. Pero no mudos…

 

-La aversión al héroe.

La aversión generalizada al héroe, al santo, al hombre eminente o excelente (eminere, excellere: que sobresale por encima del nivel medio notablemente) implica una perversión de un sentimiento natural. Lo natural, ante el hombre admirable, es gozar en su conocimiento, pretender con entusiasmo su imitación, y decirse: «Éste no es como todos, es distinto, es mucho mejor». Pero para el igualitario resulta odioso. Enrique Heine, aunque admirador de la Revolución francesa, no sin humor decía en 1828, en Cuadros de viaje: «han querido establecer la igualdad de todos cortando las cabezas de los que a toda costa se empeñaban en sobresalir».

El hombre de sentimientos igualitarios ve con aprensión al héroe, y sólo le perdona si muestra algún rasgo vulgar o negativo. Apreciará a aquel santo que fue un gran pecador -no le hace ninguna gracia María, la Llena de Gracia-. Sentirá simpatía por el militar heróico con la condición de que confiese que en la guerra experimenta un miedo atroz, o que siente gusto en matar. Verá con buenos ojos al científico famoso que anda en bicicleta o va a comprar al mercado. Algún pecado, alguna manía, algún rasgo vulgar debe adornar al hombre eminente: algo que al igualitario le permita decirse con alivio y satisfacción: «Es como todos, es igual que nosotros»… Por lo demás, el atractivo que a veces experimenta el igualitario es hacia hombres decadentes, que se confiesan atados a la droga o mujeriegos, o sin principio moral alguno o dispuestos a triunfar a costa de lo que sea. Hacia éstos siente una atracción morbosa, llena de admiración y respeto. Podría hablarse aquí de una admiración descendente. Aquí entra la exaltación estética del antihéroe, concepto y término antes inexistentes.

En esta enferma lógica psicológica habrá que inscribir la tendencia a secularizar la figura de Cristo, de María, de los santos… y de los sacerdotes, religiosos y laicos. -Distinto y separado, semejante y unido.

Una visión del mundo jerárquica, es decir, verdadera, considera las diferencias del cosmos como algo natural, exigido por la misma naturaleza, y como algo que ayuda a la unión. Si juntamos unos cuantos lobos, no hay paz, ni caza ni reproducción hasta que se establece entre ellos el orden de una jerarquía. Esto es algo natural. En un campo de hierba, por ejemplo, donde cada brizna es semejante a su vecina y yuxtapuesta a ella hay poca unión, y puede arrancarse una hierba sin que esto afecte a su vecina lo más mínimo. En un árbol, en cambio, todas las partes son distintas y, por eso mismo, están trabadas orgánicamente entre sí. Y no podríamos lesionar una parte sin afectar al resto.

Pues bien, el secularismo es igualitario, y piensa, o quizá mejor siente -porque no piensa con la cabeza, sino con el corazón o con el hígado-, que un sacerdote o un religioso distinto, necesariamente, por serlo, ha de verse separado del pueblo. La vida de unos laicos cristianos, si es distinta de la de los mundanos contemporáneos, llevará inevitablemente al ghetto, a la separación. Y se acabó entonces la encarnación y la posibilidad de salvar. Pero la experiencia, en cambio, nos dice con fuertes voces todo lo contrario. Cristianos bien distintos del mundo han estado muy cerca de los hombres, y han procurado con gran eficacia su bien.

Podemos comprobar esto en los primeros cristianos, que respecto de los hombres mundanos (topikós), eran muy distintos (utopikós), y por eso mismo resultaban muy atractivos. Un texto de los Hechos lo expresa muy bien: «Se reunían en el pórtico de Salomón [formaban comunidad], nadie de los otros se atrevía a unirse a ellos [comunidad diferenciada], pero el pueblo los tenía en gran estima [atracción], y crecían más y más los creyentes [crecimiento de la comunidad]» (Hch 5,13-14). ¿Desde cuándo se ha visto que el pueblo cristiano más secularizado y asemejado a la gente del mundo resulte más atractivo? Muy iguales y semejantes son entre sí los mundanos, y muy separados y distantes e insolidarios viven entre sí. En realidad la gente mundana está harta de sí misma. Lo que busca es otra cosa, otra vida, más verdadera, más noble, más coherente y armoniosa. El pueblo cristiano, cuando se seculariza, defrauda terriblemente al pueblo mundano, dejándolo irremisiblemente atado a sí mismo, sin salida.

¿Desde cuándo una liturgia secularizada resulta más atractiva para la gente? Cuando un cristiano entra en el ámbito de una liturgia sagrada («La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo»…) se siente introducido en un ambiente nuevo, distinto, fascinante, más alto y santo. Cuando, gracias a un sacerdote campechano y simpático, se encuentra una liturgia secularizada, que no le ofrece sino aquello que le rodea siempre («Buenas tardes. ¿Calor, eh?»), termina marchándose a casa. Las estadísticas de los últimos decenios señalan que la mayoría de los cristianos ya no van a misa, ni se confiesan, y que en muchos países los practicantes son una minoría ínfima. ¿Se puede afirmar que la secularización de la liturgia ha tenido en esto algún influjo, o es éste un juicio temerario, y se trata de una pura coincidencia?

¿Desde cuándo un centro parroquial secularizado atrae más a los muchachos? Se quitó el crucifijo, la imagen de la Virgen y de Santa Teresita, y se pusieron unos posters de paisajes, de motocicletas potentísimas y de cantantes de moda. Antes aquello estaba lleno de muchachos. Ahora ya no va nadie. ¿Significa esto algo?

¿Desde cuándo la figura secularizada del sacerdote o religioso o religiosa resulta más atractiva para suscitar vocaciones consagradas que la figura tradicional, sagrada y distinta, de los que, dejándolo todo, le siguen al Señor? ¿Desde cuándo los consagrados secularizados resultan más próximos a la gente? Es una realidad innegable que los seminarios y noviciados más secularizados se han quedado desiertos, han pasado de mil a cuatro, de cien a uno o a ninguno, y que los únicos seminarios y noviciados que florecen en vocaciones son los que prosiguen la línea tradicional sagrada de la Iglesia. Y es una realidad que los curas y frailes tradicionales, es decir, sagrados, para entrar en temas religiosos tenían y tienen una relación con la gente -con justos y pecadores- mucho más fácil y eficaz que la que tienen sus hermanos de estilo secularizado.

¿Desde cuándo los curas y religiosos, saliendo de casas parroquiales y conventos, y alojándose en viviendas normales, resultan más próximos y acogedores para la gente? Esto podrá ser conveniente cuando convenga. Pero la experiencia, practicado eso como principio y en general, dice otra cosa bien distinta. A la casa parroquial y al convento llegan con toda naturalidad pobres y emigrantes, gitanos, muchachos aburridos y personas en crisis. Allá van todos, precisamente porque es un lugar sagrado, y por tanto asequible y acogedor para todos -como lo es, y más aún, el templo, lugar más sagrado todavía, y por tanto aún más abierto y acogedor para cualquiera-. Por el contrario, la vivienda secular es mucho más cerrada en sí misma. Vale, por ejemplo, para poder ver largamente la televisión sin interrupciones y para cosas semejantes, pero, en general, para la atención pastoral, muestra muchos más inconvenientes que ventajas. Por allí no aparece nadie. La gente teme que les abra la puerta un señor o una señora, de los que no queda claro si es seglar, cura, fraile o monja, y le diga, sin abrir del todo la puerta: «¿Qué desea usted?»…

No sabemos hasta cuándo la mentalidad igualitaria y nestoriana mantendrá vigente la trampa mental distinto/separado y semejante/unido, pero sería deseable que todas esas engañosas pedanterías terminaran de una vez.

 

-Normales y corrientes.

Algunos psicólogos suelen distinguir, según el grado de madurez de la persona y de la adaptación social, entre hombres normales, corrientes y neuróticos.

El hombre normal es el que vive con fidelidad a su propio ser. La mayoría de los psicólogos actuales no caracterizan la persona en función de sus tareas o situaciones vitales o ambientales, sino en relación a la profundidad de su propio ser, es decir, en términos de autenticidad (authentikós: que tiene autoridad, o si se quiere, que es dueño de sí mismo). El hombre normal es raro, en el sentido de infrecuente, y muchas veces también en el sentido de diverso de la masa general alienada y manipulada. En el fondo, el hombre normal es el que vive en fidelidad a su propia norma ontológica, es decir, a su propio ser.

El hombre corriente está alejado de la fidelidad debida a su propio ser, pero está adaptado al medio como pez al agua. Fiel a su vocación igualitaria, es igual a todos: uno más.

El hombre neurótico, por último, no logra adaptar su vida ni a su propio ser ni al medio circundante. Rechaza la existencia del hombre corriente, quizá porque no es capaz de vivirla, pero no llega tampoco a ser normal.

Los psicólogos, sobre todo los que estudian la psicología social, nos aseguran que los hombres normales son muy pocos, que los neuróticos son muchos, y que los más numerosos son los hombres corrientes, es decir, aquellos que renunciaron a vivir desde la originalidad de su propio ser, aceptando asumir la imagen falsa que por mil medios de manipulación social se les impone. Pues bien, el cristiano -sacerdote, religioso o laico- no está llamado a ser neurótico ni corriente: su vocación es ser normal, es decir, conforme a la norma, que es Cristo, el nuevo Adán. Esto le llevará sin duda a ser distinto de los mundanos, pero por eso mismo más próximo y solidario, y también más atractivo. ¿Será por esto menos secular?

 

-Mercantilmente valiosos.

Hace años Erich Fromm intentó una tipificación caracteriológica que, a diferencia de otras ya clásicas -Jung, Kretschmer, Sheldon-, tenía un fundamento psicosocial muy interesante. Y así vino a caracterizar la personalidad de orientación productiva, afirmativa y creativa, o más bien receptiva, pasiva y guiada desde fuera; o la explotadora, propia de aventureros y emprendedores, o la acumulativa, conservadora y propietaria. Pero, a su juicio, la más característica de nuestro tiempo es la personalidad de orientación mercantil, entendiendo por ella «la orientación del carácter que está arraigada en el experimentarse a uno mismo como una mercancía, y al propio valor como un valor de cambio» (Ética y psicoanálisis 82). Desde luego, sólo la descristianización puede haber hecho posible esta mentalidad en Occidente, cuya historia cristiana es tan diversa de tal orientación.

«En vista de que el hombre se experimenta a sí mismo como vendedor y al mismo tiempo como mercancía, su autoestimación depende de condiciones fuera de su control. Si tiene éxito, es valioso, si no lo tiene, carece de valor. El grado de inseguridad resultante de esta orientación difícilmente podrá ser sobreestimado. Si uno siente que su propio valer no está constituido, en primera instancia, por las cualidades humanas que uno posee, sino que depende del éxito que se logre en un mercado de competencia cuyas condiciones están constantemente sujetas a variación, la autoestimación es también fluctuante y constante la necesidad de ser confirmada por otros. De aquí que el individuo se sienta impulsado a luchar inflexiblemente por el éxito, y que cualquier revés sea una grave amenaza a la estimación propia; sentimientos de desamparo, de inseguridad e inferioridad son el resultado. Si las vicisitudes del mercado son los jueces que deciden el valor de cada uno, se destruye el sentido de la dignidad y del orgullo» (86).

En otro tiempo quizá, un político rechazado por el pueblo, se retiraba pensando: «Este pueblo prefiere la comodidad al honor». Hoy es más frecuente que se retire pensando: «No me aprecian, soy un fracasado». Sólo un cuadro firmísimo de valores puede liberar a la persona de una captación mercantil de sí misma. Por eso hoy es más frecuente que el fracaso social lleve a subestimarse, a menospreciar la propia profesión y a abandonarla. ¿No explica esto en buena parte el abandono de decenas de miles de sacerdotes y religiosos? «El mundo nos rechaza, nos considera inútiles: no valemos para nada»… La orientación mercantilista, es cierto, al comprobar una baja de estimación en la bolsa mundana de valores, puede llevar también a otra conclusión: «Se hace urgente un cambio de imagen: ésta no vende». ¿No explica esto en buena parte las ansias secularizadoras de algunos sectores clericales y religiosos de hace unos años?…

Por esa lógica, Cristo, al verse rechazado por el mundo, habría dudado de su mensaje, del modo de transmitirlo, de la oportunidad de su estilo de vida -pobreza, celibato, ruptura con el mundo-, y se habría puesto a la búsqueda angustiada de su propia identidad mesiánica. O pensemos en San Pablo. Tras el fracaso completo sufrido en Atenas, el centro intelectual del mundo antiguo, ¿se imaginan a un San Pablo dudando de su mensaje, de su formulación, o de su propia identidad de apóstol? Yendo al grano: ¿podemos creer que, después de veinte siglos de tradición católica, de un siglo de encíclicas sacerdotales y de un Vaticano II, puede un sacerdote situarse a la búsqueda de su identidad sacerdotal, poniendo en duda angustiadamente su estatuto social de vida y todo lo demás, si no se siente devaluado por la sociedad, y si no está profundamente afectado de esa mentalidad que Fromm califica de mercantil, según la cual la persona se estima a sí misma como un valor de cambio? O los religiosos: ¿desde cuándo aquellos que, en palabras del Concilio, «no sólo están muertos al pecado, sino que también han renunciado al mundo, y viven únicamente para Dios» (PC 5a), han de vacilar en el aprecio de su propia identidad al verse subestimados por el mundo, pensando en modificarla cuanto sea preciso para sobrevivir? El mundo siente odio por los religiosos tradicionales, pero por los religiosos secularistas no siente sino desprecio, y ni siquiera se molesta en perseguirlos: sabe que ellos solos se extinguirán. No se siente respeto sino hacia quien se respeta a sí mismo. ¿Y qué es mejor, ser odiados o ser despreciados? ¿En qué situación surgen más vocaciones?

A los secularistas posconciliares se dirige el cardenal Ratzinger, en buena parte, cuando dice: «Hoy más que nunca, el cristiano debe tener conciencia clara de pertenecer a una minoría, y de estar enfrentado con lo que aparece como bueno, evidente y lógico a los ojos del espíritu del mundo, como lo llama el Nuevo Testamento. Entre los deberes más urgentes del cristiano está la recuperación de la capacidad de oponerse a muchas tendencias de la cultura ambiente, renunciando a una demasiado eufórica solidaridad posconciliar» (Informe 125-126).

 

Humanismo a la baja

El componente nestoriano, unido al difuso igualitarismo vigente, conduce a un humanismo a la baja. Haré la descripción de esta actitud dibujando «del natural». En efecto, para ser verdaderamente humano debe el corazón sentir una inclinación, y mejor si es una inclinación fuerte, a la violencia y la fornicación, a la venganza y a la prepotencia de las riquezas. El hombre perfecto, el Cristo católico, en quien no hay pecado original ni verdadera inclinación al mal, la Virgen santa e inmaculada, apenas serían humanos. Y el ministro sagrado, el religioso consagrado, el laico santo, que están «muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,11), serían hombres deshumanizados, apenas humanos. El santo Cura de Ars, que apenas come y duerme, que no busca diversiones, ni éxitos, ni comodidades, que está apasionadamente enamorado de Dios y de los hombres, que apenas siente ya en sí inclinación a mal alguno, apenas sería humano. Verdaderamente humano sería, en cambio, el cura borracho de Graham Green, el de El poder y la gloria, que muy a la contra de todas sus inclinaciones, permanece en su ministerio.

Es muy notable esta inversión tan sorprendentemente peyorativa del término humano. Algunos autores, como Julián Marías, han hablado de ello muchas veces, pero no les hacen ningún caso. Implica en Occidente un cambio cultural antropológico de incalculables consecuencias sociales y pedagógicas, políticas y religiosas. La antropología católica ha pensado siempre justamente lo contrario: que el hombre adámico pecador, habiendo desfigurado tanto en sí por el pecado la imagen de Dios, se ha deshumanizado, apenas es hombre; y que en Cristo, restaurando esa imagen, «seré de verdad hombre», como decía San Ignacio de Antioquía (Romanos 6,2). En efecto, el hombre más humano es el que más se asemeja a Cristo, el nuevo Adán, que, como dice el Concilio, «entró como hombre perfecto en la historia del mundo» (GS 38a). Y «el que sigue a Cristo, hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre» (LG 41a).

Pero ya se ve que esta visión apenas es compatible con la mentalidad actual, en la que triunfa el igualitarismo nestoriano. Hace poco le oímos decir a un ministro socialista que «la perfección es fascista» (!)…

 

Menosprecio de lo sagrado y de la Iglesia

El menosprecio de la Iglesia, de lo sagrado, de su tradición de pensamiento y costumbres, adquiere entre los cristianos secularistas tantas formas que uno siente cansancio de sólo pensar en caracterizarlas. La Iglesia es la tonta de la historia, la última que se entera de la verdad, la que ha perdido ya tantos trenes, por no subirse a ellos a tiempo, la culpable de tantos oscurantismos y esclavitudes, la…

 

-La visión peyorativa de lo sagrado

La mejor manera de devaluar lo sagrado cristiano es dar de él una visión caricaturizada y lamentable. El ministerio litúrgico de los sacerdotes no les hace sino «funcionarios del culto». La bendición de los campos, una costumbre católica sagrada y santa, es pura superstición. La sagrada vida tradicional de los religiosos no hace sino hombres pálidos y escrupulosos, insanos y estériles, por falta de la imprescindible y sana secularidad, personalidades frágiles e hipócritas, distantes y hieráticas, etc. Es preciso, desde luego, acabar con todo eso. Es preciso renovar la vieja Iglesia, abriéndola en personas e instituciones, pensamiento y costumbres, al aire nuevo del mundo secular.

Hace veinte años estuvo, por ejemplo, de moda en ambientes secularistas caricaturizar lo sagrado cristiano. Aquí les ofrezco, por ejemplo, un texto increíble del famoso padre Chenu: «La consagración… es sustraer una realidad de su finalidad inmediata tal como las leyes de su naturaleza lo determinan, leyes de su naturaleza física, de su estructura psicológica, de su compromiso social, de la libre disposición de sí misma, si se trata de una persona libre. Es una alienación, en el mejor (o en el peor) sentido de la palabra, para transferirla a quien es dueño supremo, fuente de todo ser y fin de toda perfección… Frente a lo sagrado, lo profano. Es profana la realidad -objeto, acto, persona, grupo- que conserva en su existencia, en su realización concreta, en sus fines, la consistencia de su naturaleza» (Los laicos 1002-1004).

A la luz de tan lamentable definición, todos desearán ser profanos y seculares, pues todos quieren conservar la «consistencia» de su naturaleza; y nadie querrá ser ministro sagrado o religioso de vida consagrada, pues nadie desea verse «sustraído y alienado» de su condición natural. Pero tómense, sin ir más lejos, los textos del Vaticano II, del Derecho Canónico o de los Rituales litúrgicos, analícese con cuidado qué sentido da la Iglesia a los términos sagrado y consagrado, cientos de veces empleados, y véase si el concepto de Chenu sobre lo sagrado tiene algo que ver con la teología de la Iglesia católica sobre lo sagrado. No tiene nada que ver. ¿Por qué, entonces, para qué Chenu emplea un concepto de sagrado que quizá fuera aceptado por Durkheim, pero que nada tiene que ver con lo sagrado-cristiano? ¿Y cómo es posible que ese planteamiento resulte tolerable si no es en el marco ambiental de una euforia secularista?

No hay en lo sagrado-cristiano sustracción de la criatura respecto de su fin natural, sino elevación. Cristo, el Sagrado supremo, no se sustrajo a fin natural alguno. Se sustrajo de ciertos oficios o estados de vida concretos -política, matrimonio-, pero está en lo humano tomar un camino y dejar otro. El fin natural del hombre es glorificar a Dios y amar a sus hermanos, y a eso se dedicó Cristo con fuerzas más que naturales. El agua bautismal sigue lavando, pero su eficacia natural es elevada por el Espíritu a una purificación más alta. Las velas siguen cumpliendo su fin natural de iluminar, pero las que son litúrgicas lo hacen en honor de Dios y de la asamblea santa. El templo sigue albergando gente, como toda casa, pero con un fin altísimo. El ministro sagrado o el religioso de vida consagrada no es sustraído de ningún fin natural humano: come y duerme, estudia y trabaja, viaja y sirve a Dios y al prójimo: «conservan [y de modo eminente] en su existencia, en su realización concreta, en sus fines, la consistencia de su naturaleza».

Un cáliz sigue sirviendo para que en él se beba, pero en él se bebe la sangre de Cristo. No se sustrae por tanto a ningún fin natural. Si se retira de otros usos, es por especial respeto a la sangre de Cristo. Un ministro sagrado, de modo semejante, es dedicado al servicio de Dios y de los hombres, y es retirado habitualmente de otras ocupaciones humanas, por nobles que sean; pero esto no es sino por la limitación de la condición humana, para que pueda así entregarse entero (+1Cor 7,32ss), y buscando también la significación más enérgica de las realidades que trata de manifestar y comunicar. Sólo hay una excepción: la transubstanciación eucarística sustrae, es verdad, el pan de su ser y eficacia naturales… ¿A qué viene, pues, el texto de Chenu y de tantos otros? Los que hablan del mundo secular con inmenso respeto, suelen faltarle el respeto a la Iglesia con insufrible frecuencia. Es algo correlativo.

 

-Falsificación de la historia de la Iglesia.

No nos extraña que el mundo falsifique la historia, y que haga ver que en los siglos colocados bajo el influjo de la Iglesia no hubo más que oscurantismo y esclavitud. No nos choca, por ejemplo, que siendo en la Edad Media los monjes los hombres más cultos, ascéticos y respetados, aparezcan en las películas como bufones que no piensan más que en comer a dentelladas una pata de cordero, y que no sirven más que para hacer de estribo al caballero que sube a su caballo. El principio laico exaltado sobre el anacrónico principio religioso. Lo que resulta lamentable es que éstos y tantos otros planteamientos falsos sean aceptados y difundidos por los católicos secularistas, que padecen sin duda una visión nestoriana de la Iglesia y de su historia, como ya lo vimos más arriba. Esto les obliga a operar una gran falsificación de la historia de la Iglesia, creando en los cristianos un profundo malestar hacia ella -lo hemos visto, por ejemplo, en las celebraciones del V Centenario de la evangelización de América-. Pero veamos aquí solamente tres ejemplos.

-1. La esclavitud. El milenio medieval cristiano suele ser presentado como una sociedad brutal, de señores y de esclavos. Hasta que con el Renacimiento, la Ilustración y el Liberalismo, recuperaron los oprimidos su libertad. Pero la realidad histórica es distinta; o digamos mejor, contraria. La esclavitud fue común a todos los pueblos antiguos, por vez primera desapareció de la sociedad en el milenio cristiano medieval, reapareció tímidamente en el Renacimiento -aún había cristianismo-, y se multiplicó monstruosamente, en América, en tiempos de la Ilustración y del Liberalismo. Ofrezco de ello datos y estadísticas en los Hechos de los apóstoles de América (416-429). Cuatro quintos del total de esclavos pasados al Nuevo Mundo fueron transportados entre 1700 y mediados del siglo XIX, cuando ya los políticos no consultaban a los teólogos, como lo hacían en el XVI. De modo semejante, durante los siglos XVI y XVII hubo todavía escrúpulos teóricos y numerosas leyes y obras buenas en favor de los indios. Pero a éstos se les fue oscureciendo el panorama en el XVII, cuando los ministros reales eran ilustrados y masones. Y en el XIX, cuando el cristianismo no tenía ya influjo alguno en la política, cuando reinaba el capitalismo salvaje de un liberalismo sin freno, fueron entonces los mayores atropellos y exterminios de los indios en América del Norte, y aunque con algo menos de dureza, también en el Centro y en el Sur (+Hechos de los apóstoles de América 548-549).

-2. Los laicos. Otra historia falsificada. Los laicos, al decir de los mundanos y de los cristianos secularistas de hoy, en la antigüedad y en la edad media no eran nada, y lo más que pretendían era imitar a los monjes. Es en la época moderna cuando levantan cabeza y, cobrando conciencia de su vocación y dignidad, llegan a su mayoría de edad… Bien; en todo lo que se diga hay algo de verdad, pero recordemos: San Pablo decía «sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1Cor 4,16; 11,1), y lo mismo enseñaba San Pedro (+1Pe 5,3); y a los que tomaban en serio tales exhortaciones, no les iba mal en el camino de la santidad.

Pues bien, de modo semejante, los laicos medievales mejores imitaban a los monjes y al clero más ejemplar -escaso entonces, por desgracia-, y tampoco les iba demasiado mal. En la Edad Media, efectivamente, son muchos los santos laicos. Un reciente estudio «permite contar un 25 % de laicos entre los santos reconocidos por la Iglesia entre 1198 y 1304, porcentaje que se eleva al 27 % entre 1303 y 1431)» (Karl Suso Frank, DSp 12,1125, citando a A. Vauchez, La sainteté en Occident aux derniers siècles du moyen âge, París 1981, 310-315). Eso era cuando los laicos imitaban a los monjes y frailes, y no se hablaba de «la teología y espiritualidad del laicado», sino del evangelio y de la ascesis cristiana. ¿Crecerá ahora el número y la proporción de santos laicos?…

-3. Los políticos. En lo que se refiere al poder político, suele considerarse que los gobernantes de la época moderna, ilustrada y liberal, fueron quienes iniciaron la actividad política entendida como servicio al pueblo. Antes de ellos sólo habría tiranía y arbitrariedad oscurantista. Ahora bien, si consideramos el tema sin prejuicios, comprobamos que en la Edad Media, cuando todavía no se hablaba del «compromiso temporal» y de otros temas semejantes, hay en las familias reales de la cristiandad europea un número sorprendente de santos o beatos. Y observamos también que los políticos católicos de los últimos siglos no muestran, ni de lejos, una ejemplaridad semejante.

Recordaremos sólamente algunos nombres. En Bohemia, Sta. Ludmila (+920) y su nieto S.Wenceslao (+935). En Inglaterra, S. Edgar (+975), S. Eduardo (978), S. Eduardo el Confesor (+1066). En Rusia, S. Wlodimiro (1015). En Noruega, S. Olaf II (+1030). En Hungría, S. Emerico (+1031), su padre S. Esteban (+1038), S. Ladislao (+1095), Sta. Isabel (+1231), Sta. Margarita (+1270), Bta. Inés (+1283). En Germania, el emperador S. Enrique (1024) y su esposa Sta. Cunegunda (+1033). En Dinamarca, S. Canuto II (+1086). En España, S. Fernando III (1252). En Francia, su primo S. Luis (+1270) y la hermana de éste, Bta. Isabel (+1270). En Portugal, Sta. Isabel (+1336). En Polonia, las beatas Cunegunda (+1292) y Yolanda (+1298), Sta. Eduwigis (+1399). Y también son muchos los santos o beatos medievales de familias nobles: conde Gerardo de Aurillac (+999), Teobaldo de Champagne (+1066), S. Jacinto de Polonia (+1257), Sta. Matilde de Hackeborn (+1299), Sta. Brígida de Suecia (+1373), su hija Sta. Catalina (+1381), etc. Éste es un dato de gran importancia.

Puede decirse, pues, que en cada siglo de la Edad Media -a diferencia de la época actual- hubo varios gobernantes cristianos realmente santos, que pudieron ser puestos por la Iglesia como ejemplos para el pueblo y para todos los demás príncipes.

Pues bien, esta perfección de los laicos santos medievales se produce cuando el hogar cristiano piadoso guarda todavía la debida homogeneidad con el monasterio y el convento, donde los religiosos tratan de vivir plenamente las normas del Evangelio. Y no sólo es el hogar: todo el mundo medieval produce muchas formas de vida -fiestas y lutos, iniciación de caballeros, unción de reyes y reinas, esponsales y bodas, entierros, gremios y hermandades, diezmos y bendiciones, campanas y procesiones- sumamente variadasy coloridas, que crean en toda la vida profana una atmósfera sagrada, de intensa significación religiosa (J. Huizinga, El otoño de la Edad Media). Por lo demás, si muchas veces los hijos de reyes y de nobles son entregados a los monasterios para recibir allí una educación integral, nada tiene de extraño que, al llegar al matrimonio, formen hogares de ambiente austero y piadoso, con capilla doméstica, y confesores y preceptores religiosos. Como también es normal que en ocasiones se retiren a un monasterio al final de sus vidas -que es lo que todavía hizo Carlos I de España a mediados del XVI-.

Pero en fin, seguir hablando de estos temas es para los católicos denigrantes del milenio medieval cristiano y partidarios de la secularización liberal moderna una verdadera provocación. Es demasiado. Lo dejo, pues. Ya queda dicho.

 

Admiración por el mundo secular

El poderoso movimiento histórico de reconciliación de la Iglesia con el mundo cumple ya dos o tres siglos de existencia, y en ellos ha tenido diversas expresiones históricas, políticas y teológicas. La sociedad civil, desde hace más de un siglo, había sido progresivamente secularizada por la secularización del poder político. Fue ésta la obra del liberalismo nacido de la Ilustración. Esta laicización halló una resistencia tenaz en el pueblo sencillo y en los santos que ahora vamos canonizando, como San Ezequiel Moreno (+1906), pero terminó por imponerse. El cristianismo protestante, por su parte, ya estaba por ese tiempo secularizado, también en sus pastores. La Iglesia católica, quedaba, pues, como el Templo espiritual que, todavía enhiesto en los países de antigua cristiandad, debía ser abatido. Pues bien, el empeño para secularizar la Iglesia fue encabezado por el modernismo en su momento, y se prolongó hace unos pocos decenios en lo que vino a llamarse teología de la secularización.

Los modernistas fomentan, por ejemplo, una fuerte desacralización del ministerio sacerdotal, que no tendría una realidad sacramental de origen, ni debería entenderse, según ellos, como una actualización de la misión y de la autoridad apostólica, sino más bien como un función de organización comunitaria, y que debería desvincularse ya del celibato. Por otra parte, dicen, todo el régimen de la Iglesia, principalmente en lo disciplinar y dogmático, «ha de conciliarse por dentro y por fuera con la conciencia moderna» (+1907, dec. Lamentabili; enc. Pascendi).

En la primera mitad del siglo XX, la Iglesia supera estos embates, afirmándose en la Escritura y la tradición, es decir, en la roca de la fe. A los intentos, por ejemplo, de secularización del sacerdocio ministerial responde con las grandiosas encíclicas sacerdotales, que constituyen el más alto corpus doctrinal y espiritual sobre el sacerdocio que ha conocido la Iglesia.

Es después del concilio Vaticano II cuando el impulso secularizador de la Iglesia toda, y especialmente, claro está, de sacerdotes y religiosos, cobra una fuerza renovada. El marco espiritual en el que se produce es el de un verdadero entusiasmo por el mundo moderno. Y este entusiasmo de los cristianos por el siglo se produce precisamente cuando en el mundo crece más y más el ateísmo, la disgregación social, la angustia vital neurótica, el divorcio, la droga, el aborto, el suicidio; cuando en el mundo desfallece totalmente la filosofía y el arte; cuando el mundo conoce regímenes y guerras que han producido cientos y cientos de millones de muertos, como nunca antes en la historia. No hay en esto paradoja inexplicable, sino íntima relación causal. Allí donde los cristianos admiran el mundo secular, el mundo se pudre, porque se han podrido los cristianos.

Hoy ese entusiasmo está ya muy apagado, y prevalece más bien el desencanto y la frustración. Por eso para poder evocar lo que fue aquella admiración por el mundo secular, si no se fue testigo directo, conviene hojear las revistas católicas de los años 60 y 70. Jacques Maritain en Le Paysan de la Garonne, concretamente en el título A genoux devant le monde, señaló muy pronto esa euforia «cristiana» ante el mundo, esa veneración respetuosa hacia lo secular. Y más recientemente, en 1984, también el cardenal Ratzinger la ha descrito con gran lucidez (Informe sobre la fe).

En estos años, los años precisamente de la teología de la secularización, sólo era posible hablar del mundo en términos positivos. No se podía, por ejemplo, ni mencionar a la Iglesia militante. ¿Militante contra qué, contra quién? ¿Acaso estamos en guerra? ¿Se pretende quizá que volvamos a creer que estamos en el mundo como «ovejas entre lobos» (Mt 10,16), que vivimos «en medio de una generación mala y perversa» (Flp 2,15), y que «el mundo entero está en poder del Malo» (1Jn 5,19; +Jn 4,5-6)? ¿Quién puede atreverse a hablar mal del mundo? ¿Quién osa hablar de misiones, afirmando que el mundo necesita absolutamente de la gracia de Cristo para salvarse? ¡Pero si la renovación de la Iglesia y su rejuvenecimiento han de venir precisamente de una mayor asimilación del mundo secular!

Los secularistas lo ven todo al revés, al revés que la Biblia y la tradición. No ven que lo nuevo en este mundo, lo único realmente nuevo, es siempre la Iglesia: Cristo, el Espíritu Santo, el matrimonio monógamo, sacramental, la Humanæ vitæ, el celibato, el perdón de las ofensas, toda la tradición de pensamiento y de costumbres cristianas, toda la limpia alegría de las fiestas populares cristianas; y que cuanto más fiel sea la Iglesia a su tradición, y más libre se mantenga del mundo secular, será más hermosa y vital, más creativa y apostólica, más atractiva y fascinante. ¡El mundo -así ha sido siempre- la necesita libre y santa! Y cuando, repasando la historia, vemos ciertas manchas en la Iglesia, siempre éstas se explican por excesiva secularización, contagios del mundo de la época.

Lo ven todo al revés. Es decir, no ven que lo viejo es el mundo, todo lo que la Biblia llama «el siglo»: el olvido de Dios y la arrogancia humana, el consumismo y la fornicación, la poligamia simultánea o sucesiva, la violencia y la trivialización miserable de la vida, la guerra, la anticoncepción, el lujo y el aborto, los filósofos completamente perdidos de la verdad, que sólo difunden dudas y mentiras; todo eso es mundano, secular, viejo, gastado, indeciblemente repetido, aunque cambien las versiones. ¿Secularizando más -¡más todavía-! su pensamiento y estilo de vida es como el pueblo cristiano, en sus diversos estamentos, se va a renovar?

Biblia. La atmósfera mental de la teología de la secularización, con todo su optimismo hacia el mundo, es diametralmente opuesta a la Escritura. En ésta el mundo se halla dominado por una fuerza satánica de pecado que tira de él hacia abajo, y solamente es Cristo, con su Iglesia, quien puede alzar y dignificar el mundo, ayudándole a pasar de la mentira a la verdad, de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la esclavitud a la libertad. Esta visión puede fundamentarse en cientos y cientos de textos de la Escritura, sumamente explícitos, mientras que la teología de la secularización apenas hallará uno, y mal interpretado, para fundamentar en la Escritura sus eufóricas consideraciones sobre lo secular. Los secularistas admiradores de este mundo ¿creerán que a las torvas afirmaciones de la Escritura -«el mundo entero está bajo el poder del Malo» (1Jn 5,19)- preferiremos sus encendidas elegías teilhardianas, ésas que ellos consideran más positivas, y más apreciadoras de la obra de la creación? Se equivocan. Pensamos seguir obstinadamente aferrados a la visión bíblica y tradicional. Es la verdad de Cristo.

Tradición. Y si nos asomamos a la tradición de los Padres hallamos lo mismo. Para ellos, por ejemplo, para el alejandrino Clemente (+214?), un converso que conocía bien el mundo, la vida sagrada en el Evangelio es la perenne juventud de la humanidad (Pedagogo I,15-2), y la Iglesia es por eso el pueblo nuevo, el pueblo joven (I,14,5; 19,4), en tanto que la vida mundana y secular es lo viejo, lo tremendamente gastado, más aún, como él dice, «la antigua locura» (I,20,2).

Los santos, otro lugar teológico fundamental. Los santos, los únicos que alcanzan a ver bien el mundo en su verdadera realidad, porque lo ven por los ojos de Cristo, es decir, tal como lo ve Dios, se quedan espantados al ver el mundo: lo que la gente piensa, lo que hace, lo que pretende, lo que olvida, lo que siente, lo que instituye y legisla, aquello para lo que la gente tiene tiempo, interés, dinero, y aquello para lo que no tiene nada de eso. Viendo el mundo secular tienen la impresión, muy bien fundada, de que están todos locos. Y de que son además locos peligrosos.

A Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, el mundo entero le parecía una farsa de locos, en la que ella misma había vivido enredada tanto tiempo. Pensando en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (Vida 20,26). Desengañada del engaño generalizado entre los hijos del siglo, «ríese de sí, del tiempo en que tenía en algo los dineros y la codicia de ellos» (20,27). Y volviendo los ojos a los que todavía están sumergidos en la mentira y el desamor, se lamenta: «No hay ya quien viva, viendo por vista de ojos el gran engaño en que andamos y la ceguera que traemos» (21,4). Ella, que era tan sociable y amistosa, sentía a veces como casi insoportable la vanidad del mundo: «¡Oh, qué es un alma que se ve aquí [en esta contemplación de la verdad de Dios y del mundo] haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver esta farsa de esta vida tan mal concertada» (21,6). Como en los hombres mundanos la razón «está ciega, quedan como locos que buscan la muerte… ¡Oh, ceguedad tan grande, Dios mío!; ¡oh qué incurable locura, que sirvamos al demonio con lo que nos dais Vos, Dios mío!» (Exclamaciones 12).

Cuando los cristianos hablamos al mundo con este lenguaje, pueden suceder dos cosas: que el mundo crea y se convierta, o que el mundo nos rechace y nos persiga. En todo caso, ciertamente, no se quedará indiferente, como cuando le hablan los secularistas. Es decir, con los tradicionales prosigue la eterna aventura de la evangelización; con los de la secularización en cambio no. Cuando los atenienses escucharon la predicación de San Pablo, «unos creyeron lo que les decía, y otros rehusaron creer» (Hch 28,24). Normal.

Conviene, en fin, ver claramente que el optimismo secularista sobre el mundo no es sino una variante del pelagianismo. En efecto, si el pelagiano no cree en un pecado original que enferme al hombre, y que sea insuperable para el hombre, tampoco cree en un pecado del mundo, que no pueda ser superado por las mismas fuerzas del mundo secular. En este sentido la teología secularista no quiere dramatismos en la consideración del mundo presente. Ella ve el mundo no como un lugar de perdición, sino más bien, como un campo neutro, en el que si no faltan los males, tampoco faltan los bienes, que en sí mismos tienen fuerza para ir venciendo los males: «hay que ser optimistas». Dentro de la misma lógica, ve también con gran optimismo la virtualidad salvífica de las religiones no cristianas, algunas de las cuales, al menos en determinados países, tendrían mayor poder de salvación que el mismo cristianismo. Todo lo cual suele ser dicho con hermosas y persuasivas palabras, que con humildad y esperanza aparentes, cantan la bondad de Dios que, desde la encarnación de Cristo -precisan los secularistas más piadosos-, está actuando ya en toda la creación.

De todo lo cual, lamentablemente, no estaban enterados ni Cristo ni los Apóstoles, sujetos todavía a una visión soteriológica sumamente negativa: «Id a todo el mundo, y predicad el Evangelio a toda criatura; el que crea… el que no crea…» (Mc 16,15-16). De cuántos trabajos se habrían librado los Apóstoles si hubieran conocido esa teología nueva… San Pablo, por ejemplo, les decía a los cristianos -y el pobre lo decía convencido- que anteriormente todos habían estado muertos, sujetos al pecado y al Demonio; pero que ahora, por Cristo, habían sido liberados. Y eso mismo que decía a los efesios (2,1-6) o a los gálatas y romanos, lo decía incluso a los judíos, sus hermanos, que habían estado auxiliados nada menos que por la excelsa religiosidad de la Antigua Alianza, establecida por el mismo Dios vivo y verdadero. Y por supuesto diría, entonces y hoy, lo mismo a esos hindúes y budistas, animistas y ecologistas, tan admirados hoy por aquellos misioneros que han secularizado su misión.

Si guardamos respeto a la verdad, no podemos menos de reconocer que hoy la visión pelagiana, en estos temas, está bastante más extendida que la fe católica.

Dudando de Cristo Salvador

San Pedro, ante el Sanedrín, confiesa su fe en el nombre de Jesús, el único Salvador del mundo: «En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, al que debamos invocar para salvarnos» (Hch 4,12). Ésta es la convicción unánime de la Escritura, los Padres, la Liturgia: ésta es la fe de la Iglesia. Pero algunos hoy no tienen esto tan claro…

La revista «30Días» informó recientemente sobre la cuestión (marzo y junio 1989). Paul F. Knitter, ex misionero verbita norteamericano, pone en duda esa unicidad de Cristo Salvador (No other name?, y con J. Hick, The Myth of Christian Uniqueness, Toward a Pluralistic Theology of Religions; ambos libros publicados por Orbis Press, de Maryknoll, New York 1985 y 1987). «La promesa fundamental del pluralismo unitivo es que todas las religiones son, o pueden ser, igualmente válidas… Esto, sin embargo, abre la posibilidad de que Jesucristo sea uno de tantos en el mundo de los salvadores y reveladores. Un reconocimiento de este tipo es inadmisible para los cristianos. ¿O lo es?»… También el jesuita indio, Michael Amaladoss, uno de los cuatro asistentes generales de la Compañía de Jesús, se hace la misma pregunta: «En el actual contexto de pluralismo religioso ¿tiene aún sentido proclamar a Cristo como el único nombre en el que todos hallan la salvación e invitar a todos los hombres a convertirse en sus discípulos?» (Vidyajyoti, 1985). Raimundo Pannikar, nacido de padre indio y madre española, lo tiene más claro (The unknown Christ of Hinduism): Jesús de Nazaret es único, pero el Cristo-Logos, que es superior, puede aparecer de distintas formas, todas ellas reales, en otras religiones y figuras históricas.

Si el mundo no es tan malo como decían Cristo y los apóstoles y la tradición cristiana, si más bien es un campo neutro en el que las propias fuerzas humanas pueden ir produciendo salvación; o bien, si el mundo es malo, pero puede obtener la salvación del Cristo cristiano tanto como del Cristo budista o de otras religiones ¿en qué queda la acción misionera de la Iglesia? La respuesta es clara: una especie de evangelización secularizada cambiará la predicación de la fe en Cristo por la promoción social de la justicia y el fomento de los valores humanos universales. Ya veíamos esta orientación al considerar el fondo pelagiano de la teología de la secularización.

Hoy en el mundo, mientras que cada año el budismo crece un 10 por ciento, el hinduismo un 13, y el Islam un 16 por ciento, el cristianismo crece el 1,5 por ciento -porcentaje inferior al aumento anual de la población mundial-… Después de ese colosal impulso misionero iniciado en el siglo XVI, que en el XIX se renueva en un formidable despliegue, ¿cómo ha podido llegar la Iglesia a una cuasi paralización de su expansión misionera? ¿Cómo explicar esta brusca disminución de conversiones? Sería bueno preguntarlo, por ejemplo, a los teólogos de la secularización, tan distantes de los planteamientos bíblicos y tradicionales de la Iglesia, tan admiradores del mundo secular, y tan respetuosos ante las virtualidades salvíficas de las religiones no cristianas. Aunque quizá ellos nos remitieran al teólogo jesuita Karl Rahner. De su cristología, sumamente ambigua, y de su teoría de los cristianos anónimos, pueden derivarse perfectamente, en formas radicalizadas, los escritos antes aludidos que ponen en duda o niegan la unicidad de la salvación por Cristo y por su Iglesia.

En efecto, el «suicidio de la misión», como dice Juan Bautista Mondin, comienza al final de los años sesenta, en la teoría con la teología de los cristianos anónimos de Rahner, que trae consigo una reformulación de la función salvífica de las religiones no cristianas, y en la práctica con la sustitución de la evangelización por la humanización y la promoción social. Entendámonos: sigue habiendo, por supuesto, muchos misioneros bíblicos y tradicionales, que perseveran en el anuncio de Cristo Salvador, uniendo su ministerio muchas veces -como se ha hecho siempre en las misiones católicas-con una labor de asistencia y promoción. Pero son muchos los misioneros que abandonaron más o menos la misión evangelizadora: ya no centran su actividad en la lucha contra el pecado, sino contra las consecuencias del pecado. De hecho, como dice Juan Pablo II, «la misión específica ad gentes parece que se va parando, y no ciertamente en sintonía con las indicaciones del concilio y del magisterio posterior» (Redemptoris missio 2, 1990). «Es signo de una crisis de fe» (ib.).

Nunca la Iglesia ha desconocido, tampoco en tiempos de los apóstoles, que «en cualquier nación, el que teme a Dios y practica la justicia, le es grato» (Hch 10,35). Nunca la Iglesia ha dudado de la posible «salvación de los infieles», consciente, eso sí, de que todos los que se salvan se salvan por Jesucristo y por mediación, visible o invisible, de su Iglesia, «sacramento universal de salvación», que diariamente ofrece en la eucaristía la sangre de Cristo, «por vosotros [los cristianos] y por todos los hombres». No está aquí la cuestión. El problema surge cuando se ve en Cristo y en su Iglesia categorías salvíficas transcendentales, que admiten realizaciones históricas diversas, en las distintas religiones. Aunque, para ser exactos, más que un problema eso es, simplemente, el abandono de la fe cristiana.

«No hay otro nombre…», afirma San Pedro. Y lo reafirma hoy con singular fuerza Juan Pablo II, su actual sucesor (Redemptoris missio 4-11). Es la verdad que proclama San Pablo, haciendo un eco del Shema de Israel (Dt 6,4), cuando afirma: «Aunque algunos sean llamados dioses, ya en el cielo, ya en la tierra [el césar, por ejemplo] -y de hecho hay numerosos dioses y numerosos señores-, para nosotros no hay más que un Dios Padre, de quien procede el universo y a quien estamos destinados nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe el universo y por quien existimos nosotros» (1Cor 8,5-6).

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Santa María, Madre de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 31, 2019

Entre todos los dogmas marianos, ninguno tan inculcado y tan venerado por la Liturgia sagrada como el de la Maternidad de la beatísima Virgen María, por ser el principal y la raíz de todas las prerrogativas que la distinguen y la elevaan sobre las demás criaturas.

Pero como de María numquam satis (de María nunca es suficiente), ha querido la Iglesia afirmarlo aún más explícitamente y dejar un monumento vivo del Concilio de Éfeso, en el que los Padres, reunidos en la ciudad mariana por excelencia bajo la presidencia de san Cirilo de Alejandría, legado del Papa san Celestino, declararon anatema al patriarca Nestorio y definieron la divina Maternidad de la Virgen María, proclamándola Teotocos Deípara (Madre de Dios), por ser Madre de Cristo, el cual es Dios a la vez que hombre.

De donde se desprende para la Virgen Madre «una dignidad casi infinita» (S. Tomás), pudiéndola llamar de algún modo los Santos Padres como el complemento de la Trinidad, su instrumento y cooperadora en la magna obra de la Encarnación y de la Redención.

Pero al ser María Madre del Hijo de Dios por naturaleza, es también Madre de los hijos de Dios por adopción y por gracia. Este aspecto tenía menor relieve en la Liturgia; de ahí que ahora insista en él la Iglesia, por ser uno de los mayores consuelos que puede tener el hombre huérfano y pecador. María es Madre de todos los cristianos en el orden sobrenatural, por serlo de Cristo, el cual se declaró a boca llena nuestro hermano mayor, dispuesto a compartir su herencia con nosotros y su divina filiación; lo es por su cooperación en nuestro rescate, y mejor que Eva merece ser llamada «Madre de todos los vivientes»; lo es también por su amor y maternal solicitud; y finalmente, a título de donación, por habérsela dado Jesús agonizante al Discípulo amado, y en él, a todos los señalados con el sello de Cristo. Celebremos, pues, con regocijo la Maternidad de la bienaventurada Virgen María. ¡Oh María, monstra te ese Matrem! (muéstrate como nuestra Madre) y muéstrense los redimidos hijos tuyos carísimos, hijos dignos de tan santa excelsa Madre, para que merezcan disfrutar un día de tu vista y del calor de tu regazo.

*Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 

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‘Tenga cuidado, padre’

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 7, 2018

 

La siguiente es una conversación entre alguien a quien le gusta el sarcasmo y su párroco.

 

—¡Lo felicito, padre!

—¿Por qué, hijo?

—Es que usted hace mejor algunas cosas de la Liturgia de la Misa…

—Ah…

—De verdad, padre: usted sabe más que la tal Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos. Yo realmente lo admiro mucho. ¿Me firmaría un autógrafo?

—…Bueno, hijo…

—Pero tenga cuidado, padre.

—¿Y eso por qué, hijo?

—Es que de pronto pisa toda la humildad que se le cayó al piso…

 

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Por qué algunos salmos tienen doble numeración

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 10, 2017

En la mayor parte de las Biblias, algunos salmos aparecen con dos números (uno de ellos normalmente entre paréntesis).

¿De dónde procede esta doble numeración? Para explicarlo, debemos hacer una obligada referencia histórica que dé cuenta del origen de las dos versiones del Salterio:

1) El texto original hebreo y arameo de la Biblia que llegó hasta nosotros, fue transmitido por los masoretas (es decir los “gramáticos” encargados de los textos sagrados para fijar su interpretación y conservar su pureza según la “masora” o doctrina crítica de los rabinos acerca de la Escritura). De allí recibe el nombre de Texto Masorético. Este texto hebreo y arameo es sustancialmente igual al que salió de las manos de los autores inspirados.

2) Hacia mediados del siglo II a.C. se hizo la traducción del texto al griego, versión conocida como “de los LXX” o septuaginta, por haber sido compuesta -según la tradición- por setenta (o setenta y dos) sabios.

3) Por su parte, a fines del siglo IV, San Jerónimo recibió del papa el encargo de traducir la Biblia al latín, y la hizo sobre la traducción griega de los LXX o Septuaginta, que recibió el nombre de Biblia Vulgata (para el vulgo: para todos); es la Biblia oficial de la Iglesia hasta nuestros días: en todos los documentos oficiales de la Iglesia se cita esta versión de la Biblia.

Como todos los textos litúrgicos provienen de la organización del texto en la Vulgata, en la liturgia se usa la numeración Septuaginta/Vulgata de los salmos, mientras que en todo lo demás, se usa la numeración hebrea.
En los dos casos hay 150 salmos, pero hay uniones y divisiones de textos en medio, de modo que no resultan numeraciones homogéneas. Así que:

  • Siempre hay 150 salmos
  • Todo lo que tiene relación con la liturgia se numera según la tradición Septuaginta/Vulgata
  • Para todos los demás usos, se utiliza la numeración hebrea
  • En la tradición Septuaginta/Vulgata, el Salmo 9 y el 10 del hebreo forman uno solo, por lo tanto, a partir del 11, todos los salmos tienen un número menos que en la numeración hebrea:
  •  el 11 es 10, el 12 es 11, el 51 es 50 etc… hasta el salmo 146 (es decir: 147 del hebreo), que se divide en dos, por tanto la segunda parte del 146 se llama 147, y como el hebreo no divide ese salmo, desde el 148 las dos numeraciones se igualan, y siguen igual hasta el 150.

Pero hay un pequeño problema más en medio:

Resulta que el salmo griego 113, que debería ser el 114 hebreo, también une dos salmos, el 114 y el 115, así que allí comienza una distancia de dos números en cada salmo, pero enseguida se subsana el problema, porque el griego divide en dos el salmo 116 hebreo (es decir, el 114 griego), así que de nuevo recobra la diferencia de 1 salmo, que se mantiene hasta el 148.

Así, por ejemplo, si vemos: salmo 119 (118) significa: el salmo 119 de la numeración hebrea, que es 118 en la griega/vulgata (el número menor siempre es el de la traducción griega/vulgata).

 

Ahora bien, a veces no se citan las dos cifras sino sólo una y entonces tendremos presente lo siguiente:

Si está en un libro litúrgico (un misal, un breviario, un calendario litúrgico, un escrito sobre las lecturas de la misa, etc.) la numeración es la griego/vulgata; en cualquier otro caso se tratará casi sempre de la numeración hebrea. Por supuesto que si tenemos dudas, lo único que nos quedará por hacer es ir a la Biblia y mirar cuál salmo es el que concretamente se está queriendo citar.

 

La diferencia de numeración de los salmos, como se ha explicado, surge al confrontar el texto hebreo por un lado, con las versiones griega y latina por otro, como se muestra en este cuadro:

Numeración griega corresponde a hebreo
1…8 1…8 iguales
9 9+10 comienza la diferencia de 1
10 11
11…112 12…113 mantiene la diferencia de 1 (el hebreo numera con 1 más)
113 114+115 comienza la diferencia de 2
114 116/1ª parte
115 116/2ª parte
116 117 se volvió a la diferencia de 1 en favor del hebreo
117…145 118…146
146 147/1ª parte
147 147/2ª parte quedan igualadas las numeraciones
148…150 148…150 iguales

 

Fuentes:

http://oblatosgrancanariaosb.blogspot.com.co/2011/03/por-que-los-salmos-tienen-doble.html

http://www.labibliaonline.com.ar/WebSites/LaBiblia/Revista.nsf/Indice/DobleNumeracionDeLosSalmos?OpenDocument

http://www.eltestigofiel.org/dialogo/publicaciones.php?ide=134

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Características de las celebraciones eucarísticas

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2017

Las celebraciones eucarísticas, en su orden de precedencia, son:

 

I. Domingos y solemnidades

 

II. Fiestas

 

III. Ferias privilegiadas

 

IV. Memorias obligatorias

 

V. Memorias libres / Misas votivas / Ferias

 

En la Eucaristía se diferencian así:

 

I.            Los domingos y las solemnidades tienen:

A.          Oraciones propias

B.          Gloria

C.          Credo

D.         2 lecturas y salmo propios

E.          Evangelio propio

 

II.          Las fiestas tienen:

A.          Oraciones propias

B.          Gloria

C.          1 lectura y salmo propios

D.         Evangelio propio

 

III.        Las ferias privilegiadas:

A.          Oraciones propias

B.          1 lectura y salmo propios

C.          Evangelio propio

IV.        Las memorias obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

V.          Las memorias libres las elige el sacerdote, por motivos pastorales (no personales). Si las elige, se hacen como las obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

VI.        Las misas votivas las elige el sacerdote, por motivos pastorales (no personales). Si las elige, se hacen como las obligatorias:

A.          Oraciones propias o del común

B.          Si no tienen lecturas, salmo ni Evangelio propios, se pueden escoger del común o hacer las del día

 

VII.      Ferias:

A.          Oraciones del domingo anterior u otras cualesquiera del misal, según las necesidades pastorales

B.          Lectura, salmo y Evangelio del día

 

Cuando una Fiesta del Señor o de la Virgen cae en domingo, se hacen las 3 lecturas que están en el leccionario, pero cuando cae entre semana, se escoge una de las 2 lecturas antes del Evangelio.

 

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Celebrar bien la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2016

 

Presentación

 

La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

He aquí algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

 

Obediencia

 «Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

¿Qué tal está nuestra disposición para llevar a la práctica esos detalles pequeños que se recomiendan para las celebraciones de la Eucaristía?

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]

 

Sobre la actuación del pueblo

  • El pueblo está de pie a la entrada del sacerdote–presidente, como señal de respeto y acogida.
  •  Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[11]
  • Durante la lectura del Evangelio, los presentes se vuelven hacia el ambón para manifestar su especial reverencia a esta lectura culminante.[12]
  • Al finalizar la lectura del Evangelio, el sacerdote dice: «Palabra del Señor» y el pueblo responde: «Gloria a ti, Señor Jesús» (antes se respondía: «Te alabamos Señor»), para adherirnos mejor a las mismísimas palabras de Cristo.
  • A la homilía no se conteste: «Amén» ni «Así sea».
  • «El dinero, así como otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa eucarística.»[13]
  • Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso (antes se decía: «Señor mío y Dios mío…», oración que pueden recitar mentalmente los fieles que lo deseen), porque la aclamación vendrá enseguida.
  • La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[14]

Es que la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”… hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él…”] debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[15].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[16]

  • Durante el rezo del Padre Nuestro, solamente el presidente levanta las manos. No es litúrgico que los fieles lo hagan, ni que se cojan de las manos (este es más signo de hermandad que de nuestra condición de hijos).
  •  La oración de la paz («Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles…») es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).
  • «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[17], sin moverse de su puesto.[18]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[19]

  • Mientras el sacerdote comulga, los fieles deben permanecer de pie (aunque, como signo externo de adoración, pueden estar de rodillas), y pasarán a comulgar después de que consuma ambas especies.
  • «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[20] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).
  • «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[21]
  • Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).
  • No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[22] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[23], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[24]
  • Durante la comunión de los fieles se pueden entonar cantos apropiados.

«Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[25]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa (por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado).

  • La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza (no se arrodilla), en señal de humildad.
  • Por su significado, espérese de pie a que el sacerdote salga.
  • No inicien los fieles oraciones en voz alta inmediatamente después de terminada la celebración; espérese un poco para que, quienes lo deseen, continúen su acción de gracias.

 

Posturas durante la Celebración Eucarística

 

Ritos iniciales (de pie)

Signación: «En el nombre del Padre, y…»

Saludo

Acto penitencial

Gloria (si lo hay)

Oración colecta: «…y es Dios por los siglos de los siglos. Amén».

 

Liturgia de la Palabra

Primera lectura (sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Salmo (sentados)

Segunda lectura (si la hay, sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Aleluya (si lo hay, de pie)

Evangelio (de pie)

Se contesta al final: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Homilía (si la hay, sentados)

Credo (si lo hay, de pie)

En donde dice: «y por obra del Espíritu Santo… y se hizo hombre», se hace una inclinación de la cabeza (en la Anunciación del Señor [marzo 25] y en la Natividad del Señor [diciembre 25] se ponen de rodillas).

Oración de los fieles (si la hay, de pie)

 

Liturgia eucarística

Procesión con las ofrendas (si la hay, sentados)

Presentación del pan y del vino (sentados)

Lavabo (sentados)

Oración sobre las ofrendas (de pie)[26]

Plegaria eucarística

Diálogo introductorio al prefacio (de pie)

Prefacio (de pie)

Santo (de pie)

Consagración del pan y del vino (de rodillas desde que el sacerdote coloca ambas manos sobre las ofrendas hasta el final de la consagración; luego, de pie)

(Cuando la salud, la estrechez del lugar, la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable impidan a los fieles arrodillarse, deben hacer una inclinación profunda)[27]

Conclusión (de pie)

 

Rito de la comunión

Oración del Señor o Padrenuestro (de pie)

Rito de la paz (de pie)

Fracción del Pan  (de pie)

Comunión (de pie)

Silencio después de la comunión (sentados)

Oración después de la comunión (de pie)

 

Rito de conclusión

Bendición (de pie [inclinada la cabeza si hay oración sobre el pueblo])

Despedida (de pie)

 

Significado de las posturas

De pie: significa prestar atención, alegría y prontitud a la acción

Sentados: significa escucha atenta, contemplación

De rodillas: significa oración, actitud de penitencia, adoración y súplica

 

Actos de reverencia

Genuflexión. Consiste en doblar la rodilla, bajándola hasta el suelo. Se hace al pasar frente al sagrario (lugar donde se guarda a Cristo sacramentado) o frente del Santísimo Sacramento cuando esté expuesto en la custodia (pieza de oro, plata u otro metal, en que se expone el Santísimo Sacramento a la pública veneración) sobre el altar. No es necesario santiguarse ni inclinarse.  No es obligatorio hacer la genuflexión para pasar a comulgar.

Si en el altar no está Jesús sacramentado, y se pasa entre el altar y el sagrario, se hace la genuflexión dirigiéndose hacia el sagrario.

Inclinación de la cabeza. Se hace al pasar frente a las imágenes —especialmente ante los crucifijos— y ante el sacerdote que preside la celebración, si hay que pasar por delante de él.

Inclinación del cuerpo. No está previsto que el pueblo ejecute este acto en la celebración de la Eucaristía.

 

Sobre el oficio de los animadores del canto

 

Aspectos generales

  • El día domingo y las solemnidades son los apropiados para la interpretación de cantos más festivos y más conocidos por la asamblea.

Los demás días se podría omitir el canto del Aleluya, reservándolo para el domingo, por su significado; a cambio, se puede cantar un verso interleccional.

Igualmente, podría suprimirse el canto del «Señor ten piedad» y el del «Cordero de Dios»; también se puede suprimir el canto durante la presentación de ofrendas, dando así más importancia al silencio en ese momento.

  • Cuando está establecido un coro o un cantante idóneo, será éste quien entone los cantos apropiados para cada momento de la celebración.
  • La nueva Ordenación General del Misal Romano no permite la sustitución de cantos o himnos por otros que no digan lo mismo; se refiere al «Cordero de Dios» y a las demás partes de la Misa.[28]
  • Recuérdese que el canto gregoriano es el más propio de la liturgia romana.[29]
  • «En tiempo de Cuaresma […] se permiten los instrumentos musicales solo para sostener el canto, como corresponde al carácter penitencial de este tiempo»[30], salvo el cuarto domingo de Cuaresma, «Lætare».

Asimismo, en el tiempo de Adviento «deben usarse con moderación los instrumentos musicales»[31], salvo el tercer domingo.

  • Durante el tiempo de Cuaresma no se debe cantar el «Aleluya», salvo en las solemnidades.

 

Aspectos particulares

  • El canto de entrada tiene que estar acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico y debe ser un texto aprobado por la Conferencia Episcopal.[32]
  • Se recomienda que se cante el salmo responsorial.[33]
  • «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”… hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él…”] no se deben ejecutar cantos».[34] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[35] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[36]
  • Antes de iniciar el canto: «Cordero de Dios…» debe esperarse un poco para que los fieles se den la paz.[37]

A propósito: existen cantos para la paz, distintos del «Cordero de Dios…», los cuales —en ningún caso— lo reemplazan.

  • Se inicia el canto de la comunión después de que el sacerdote comulgue el Cuerpo de Cristo.

Durante la comunión es bueno escoger no solamente cantos eucarísticos, sino aquellos que expresen la participación en la mesa del Señor. Además, el canto de la comunión debe tener índole comunitaria.[38]

  • Después de la comunión, permítase un espacio de tiempo en silencio para la oración.
  • No es litúrgico incluir cantos de carácter popular (como los villancicos, por ejemplo) dentro de la celebración de la Eucaristía. Estos se pueden cantar después de la Misa. Tampoco conviene incluir en el repertorio letras totalmente profanas, sin contenido doctrinal religioso.

 

Cualidades de este ministerio

  • No solamente es necesario que los cantores tengan las cualidades técnicas para interpretar con gusto y armonía los cantos litúrgicos, sino que deben conocer cuáles corresponden a las diferentes partes de la celebración eucarística: los cantos de entrada, los del momento penitencial, gloria, cantos entre las lecturas, aclamación al Evangelio, profesión de Fe, procesión de ofrendas, santo, Padre Nuestro, momento de la paz, Cordero de Dios, cantos para la comunión, cantos de despedida.
  • Los cantores deben conocer también los cantos que se emplean para los diferentes tiempos del año litúrgico, los de los sacramentos, los que se hacen en honor de la Virgen María, los que se emplean para misas de difuntos, entre otros.
  • Debe recordarse que el oficio se llama Animación del canto, no se trata de un simple «coro».[39]

 

Sobre el oficio del lector

 

Aspectos prácticos

  • El lugar para proclamar las lecturas es el ambón; los fieles escogidos como lectores no deben leer desde su puesto.
  • Es importante que el lector «permita que quien preside la celebración y la asamblea se acomoden en su puesto, se sienten y, cuando haya silencio, empiece a proclamar».[40]

 No se lea lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[41] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?».[42]

El sacerdote, al finalizar la lectura del Evangelio, levanta el leccionario para decir: «Palabra del Señor»; esto no lo hace quien proclama las otras lecturas: debe dejarse el leccionario en el atril.

  • El lector debe leer pausadamente, articulando con la debida distinción las vocales, consonantes y sílabas de las palabras para hacer plenamente inteligible lo que se lee.
  • El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca (la cuarta es la medida de la mano abierta y extendida desde el extremo del pulgar al del meñique). Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.
  • «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[43]
  • «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[44]
  • Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[45]
  • «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[46] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[47], ya que es a todas luces un texto muy diverso.
  • El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el Aleluya debe cantarse; si no, se omite el versículo.[48]
  • Se recomienda que el salmo se cante. «Si no es posible cantar el salmo, éste debe recitarse del modo más apto en vistas a favorecer la meditación de la Palabra de Dios».[49]
  • La lectura del Evangelio está reservada al diácono o al sacerdote, lo mismo que la homilía.[50] La homilía nunca la hará un laico[51]. Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.»[52]

 

Cualidades de este ministerio

  • «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[53]
  • La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.
  • La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.
  • «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[54]
  • Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[55] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[56]
  • Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

 

Sobre el oficio del acólito

 

Antes de comenzar

  • Es muy importante que el acólito llegue a la iglesia con anticipación para verificar que todo lo necesario para la misa esté listo: el Misal, el leccionario abierto en la página que corresponde a las lecturas del día, los micrófonos funcionando, el cáliz y las vinajeras en la credencia (mesa o repisa que se pone inmediata al altar, a fin de tener a mano lo necesario: vasos sagrados, vinajeras, patena de los fieles, etc.); en fin, revisar que el trabajo del sacristán haya sido bien hecho. Además, conviene que se lave las manos.

 

Aspectos prácticos

  • Después de entrar con el sacerdote, ubicarse en un lugar discreto con la vista puesta en el celebrante (no en el pueblo), conservar la mayor compostura posible y evitar todo movimiento que distraiga la participación de los fieles (no estar pasando de un lado a otro del altar, ni siquiera para tocar la campana).
  • El acólito no debe sentarse en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.
  • Sobre el altar no se debe colocar el cáliz ni el copón hasta que no haya terminado la liturgia de la Palabra.
  • Recuérdese que en la presentación de ofrendas se entregan al sacerdote las vinajeras sobre su bandeja, para que él mismo se surta del vino y agua. Es ideal mantener la bandeja en la mano (a veces, por comodidad, se prefiere colocarlas en el extremo del altar).
  • El lavabo no debe omitirse. Hágase por fuera del altar (es importante no incomodar al sacerdote colocando muy alta la vasija donde se recibe el agua).
  • La campana debe tocarse con moderación: un solo toque cuando el sacerdote pone las manos sobre las ofrendas, tres toques durante la elevación de la Hostia consagrada y tres toques durante la elevación del Vino consagrado (no se toca durante la adoración, cuando el sacerdote hace la genuflexión).
  • El acólito no debe transportar el copón con las Hostias consagradas del sagrario al altar ni viceversa. Solamente el sacerdote o el diácono pueden hacerlo.
  • Al usar la patena de los fieles para recoger las migajas que caen durante la comunión del pueblo, es bueno retirarla cuando alguien desee recibirla en las manos.

 

Cualidades de este ministerio

  • La finalidad de este ministerio está descrita en el boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal Actualidad litúrgica, nº 25 (cf.):
  1. Prestan un servicio desinteresado
  2. Han de formarse en la responsabilidad que han adquirido
  3. Deben dar testimonio de vida cristiana

 

Nota:

  •  «Como es sabido, las funciones que la mujer puede ejercer en la asamblea litúrgica son varias; entre ellas la lectura de la Palabra de Dios y la proclamación de las intenciones en la oración de los fieles. No están permitidas a las mujeres las funciones de servicio al altar».[57] Sin embargo, la carta de 1994 de la Congregación para el culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos amplió la norma: con la autorización pública del obispo del lugar podrán prestar ese servicio.*

 

Sobre el oficio del ministro extraordinario de la comunión

 

Aspectos generales

  • «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[58]
  • «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[59] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[60] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[61] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[62]
  • «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[63]
  • «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[64] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[65] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

  • «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[66]

 

Aspectos prácticos

  • El ministro extraordinario de la comunión debe subir al presbiterio después que el celebrante haya comulgado.[67]
  • El ministro extraordinario de la comunión «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”. […] Ninguna otra fórmula cabe acá»[68]; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.

También se le debe dar tiempo suficiente al comulgante para que pueda contestar: “Amén”, antes de colocar la Hostia consagrada en su boca.

  • Los fieles no pueden tomar por sí solos la Eucaristía, ya que el Cuerpo y la Sangre del Señor no se toma, sino que se recibe, ni siquiera en el caso de monjas, monjes o seminaristas (los concelebrantes, en cambio, sí lo toman porque ellos mismos lo han consagrado y, como consagrantes, son también figura de Cristo).[69]
  • El ministro extraordinario de la comunión estará bien presentado (sin trajes deportivos, como sudaderas o pantalonetas) y muy limpio.
  • El ministro extraordinario de la comunión se lavará las manos antes y después de repartir la comunión.

 

Cualidades de este ministerio

  • Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:
  1. Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.
  2. Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.
  3. Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.
  4. Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.
  5. Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.
  6. Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.

 

 Sobre el oficio del ministro ordenado

 

Aspectos generales

  •  Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[70]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[71]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[72].

  • Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.
  • Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.
  • «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[73]
  • No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

  • Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).
  • El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[74] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[75] y después de la comunión.
  • «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[76]
  • «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[77]
  • «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[78]
  • «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[79]
  • «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[80]

 

Aspectos particulares

  •  «Antes de ponerse el alba, si no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito».[81] «El sacerdote que se reviste con la casulla, conforme a las rúbricas, no deje de ponerse la estola.»[82]
  • Es bueno que el ministro ordenado que va a celebrar la Eucaristía verifique que el sacristán haya cumplido sus labores (ver indicaciones sobre el oficio del sacristán al final de este documento).
  • «Tanto el que preside como la asamblea deben distinguirse por la puntualidad para comenzar a la hora exacta».[83] Del mismo modo, recuérdese que el tiempo del que se dispone entre semana es menor: una celebración de la Eucaristía mayor de media hora es excesiva para muchos fieles, que deben trabajar.
  •  Cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[84]

 Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

  • «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[85], y corresponde al sacerdote o al diácono.[86]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[87]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[88]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción o el empleo del tiempo de la homilía para otras cosas totalmente distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[89]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

  • El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[90]
  • Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[91]
  •  La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[92]
  • «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[93]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[94]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[95]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[96]

  • Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.
  •  El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[97]

 «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[98]

  • «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[99]

 Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[100]

  • Como se dijo para los ministros extraordinarios de la comunión, el sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.
  • «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[101] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[102]
  • Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[103]
  •  Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[104] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[105]
  • Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.

 

Sobre el oficio del sacristán

 

Aspectos prácticos[106]

  • Barrer bien la alfombra y tapetes del presbiterio.
  • Cambiar el conopeo del sagrario de acuerdo con el color que indique el Ordo*.
  • Sobre el altar no se debe disponer absolutamente nada, fuera del mantel siempre blanco[107] (verificar que esté completamente limpio).
  • En el lugar de la proclamación de la Palabra, el paño que lo cubre debe estar limpio. Colocar el Leccionario correspondiente según el Ordo* y el micrófono bien instalado, verificando que tenga buen sonido.
  • En la sede presidencial, colocar el libro de la sede o Misal Romano, la lista con las intenciones de la semana y el micrófono bien instalado, verificando que tenga buen sonido.
  • En la credencia, colocar el cáliz, la patena–copón, pan suficiente para la comunión de los fieles (si se requiere) y pan para el sacerdote–presidente, las vinajeras con agua y vino suficientes, el corporal, el purificador, el platillo y la jarra para el lavabo con agua suficiente, el manutergio limpio, la patena para la comunión de los fieles, la caja con la llave del Sagrario y el libro de la oración universal (o de los fieles). A un lado de la credencia, colocar la campanilla.
  • En la sacristía, disponer bien la casulla y estola de acuerdo con el color litúrgico del día (según el Ordo*), el cíngulo y el alba. No puede olvidarse de limpiar el polvo de la mesa antes de colocar estas vestiduras litúrgicas. Igual cuidado debe tener con los muebles de la sacristía y del presbiterio.

Conviene observar silencio en la sacristía antes de iniciar la celebración.[108]

  • Verificar que las flores estén siempre en buen estado y que nunca se coloquen sobre el altar.[109]

Recuérdese que «en tiempo de Cuaresma queda prohibido adornar con flores el altar» —salvo el 4º domingo, «Lætare»— y que «deben usarse con moderación» en el tiempo de Adviento.[110]

  • Antes de dar comienzo a la celebración, abrirá las puertas de la iglesia, tocará las campanas (media hora antes, al cuarto de hora y a la hora exacta), encenderá las luces y los cirios, prenderá el equipo de sonido y se cerciorará de su buen funcionamiento.
  • Al final de la celebración, deberá: recoger la colecta en una sola canastilla y entregársela al párroco, dejar todo en su puesto, apagar el equipo de sonido, las luces y los cirios, cerrar las puertas de la sacristía y de la iglesia.

 

Cualidades del sacristán

  • «Silentium et modestiam in sacristia et secretario observare curet: que cuide el silencio y la modestia, tanto en la sacristía como en el “secretario” (la sala donde en días solemnes se revisten los ministros sagrados e inician la procesión de entrada)».[111]
  • Su compostura se notará especialmente en los actos de reverencia al pasar delante del altar o de las imágenes sagradas (genuflexiones al pasar ante el sagrario o ante Santísimo expuesto en la Custodia, inclinación de la cabeza ante los crucifijos e imágenes…).
  • Del sacristán depende que la iglesia, con todos sus locales, aparezca ante los fieles como un espacio limpio, agradable, acogedor, preparado en las mejores condiciones, tanto en cuanto a iluminación, como a temperatura (ventanas abiertas o cerradas) y sonoridad.[112]

 

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NOTAS:

[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

[11] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[12] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 133

[13] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 70

[14] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[15] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[16] Ídem

[17] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[18] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[19] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[20] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[22] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[23] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[24] Cf. Ídem.

[25] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

[26] Esta norma era distinta: se permanecía sentados hasta después de la respuesta al «Orad hermanos…», con el fin de diferenciar la preparación de la Eucaristía de la liturgia eucarística propiamente dicha.

Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43, 146

[27] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43

[28] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 366

[29] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 41

[30] Ordo, Calendario Litúrgico para la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Conferencia      Episcopal de Colombia, Departamento de Liturgia.

[31] Ídem

Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 313

[32] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[33] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[34] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[35] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

  1. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[36] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[37] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 31

[38] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 86

[39] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[40] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 21

[41] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[42] Cf. Ídem

[43] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[44] Ídem

[45] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[46] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[47] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[48] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[49] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[50] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2-3

[51] Cf. La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.64

[52] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 65

[53] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[54] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[55] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[56] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

[57] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 18;

  1. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Liturgicæ instaurationes, 7

* Hasta la fecha no ha habido autorización pública de ningún obispo colombiano

[58] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[59] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

  1. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;
  2. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[60] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[61] Ídem

[62] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[63] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[64] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[65] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[66] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[67] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162 (antes se establecía que subieran al altar durante la fracción del Pan)

[68] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 12

[69] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 160

[70] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[71] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[72] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[73] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[74] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[75] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[76] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

  1. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[77] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[78] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[79] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[80] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[81] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 122

[82] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 123

[83] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 33, p. 12

[84] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[85] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

  1. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[86] Cf. Ídem

[87] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[88] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[89] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[90] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[91] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

  1. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[92] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[93] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[94] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[95] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[96] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[97] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[98] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[99] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[100] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[101] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[102] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[103] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[104] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[105] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

[106] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 32, pp. 25-28

* Si hay memoria(s) libre(s), preguntar al sacerdote si celebrará alguna o si prefiere la feria

[107] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 117; 306

[108] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 45

[109] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 305

[110] Ordo, Calendario Litúrgico para la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Conferencia Episcopal de Colombia, Departamento de Liturgia.

[111] Ceremonial de Obispos, 37

[112] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 32, p. 6

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¿La comunión de rodillas y en la boca?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 26, 2016

En una entrevista concedida a la edición italiana del ‘L’Osservatore Romano’, monseñor Guido Marini responde a quienes se preguntan esto:

“No hay que olvidar que la distribución de la comunión en la mano sigue siendo todavía, desde el punto de vista jurídico, un indulto a la ley universal, concedido por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo hayan pedido […] La norma [es] válida para toda la Iglesia”.

Esta modalidad de distribución del Sacramento, dice, sin quitar nada a la otra, subraya mejor la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ayuda a la devoción de los fieles, introduce con más facilidad en el sentido del misterio. Aspecto que en nuestro tiempo, pastoralmente hablando, es urgente subrayar y recuperar”.

A quienes acusan de querer imponer modelos preconciliares, el maestro de las celebraciones litúrgicas explica que “términos como ‘preconciliar’ y ‘postconciliar’ me parece que pertenecen a un lenguaje que ya ha sido superado y, si se utilizan con el objetivo de indicar una discontinuidad en el camino de la Iglesia, considero que son equivocados y típicos de visiones ideológicas muy reductivas”.

“Hay ‘cosas antiguas y cosas nuevas’ que pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre y como tales deben ser consideradas. Quien es sabio sabe encontrar en su tesoro tanto unas como otras, sin tener otros criterios que no sean evangélicos y eclesiales”.

“No todo lo que es nuevo es verdadero, como tampoco lo es todo lo antiguo. La verdad atraviesa lo antiguo y lo nuevo y a ella debemos tender sin prejuicios”.

“La Iglesia vive según esa ley de la continuidad, en virtud de la cual, conoce un desarrollo arraigado en la tradición. Lo importante es que todo esté orientado a una celebración litúrgica que sea verdaderamente la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado, que se hace presente en su Iglesia, reactualizando el misterio de la salvación y llamándonos, según la lógica de una auténtica y activa participación, a compartir hasta sus últimas consecuencias su misma vida, que es vida de don de amor al Padre y a los hermanos, vida de santidad”.

 

Explicación

La norma es comulgar de rodillas y en la boca. La autorización a hacerlo de pie y en la mano es una excepción a la regla.

 

Nadie se equivoca obedeciendo

Este axioma es válido: si la Iglesia local (una arquidiócesis o diócesis) o regional (la Conferencia Episcopal de un país o zona geográfica) tiene el permiso de la Congregación para el Culto divino y Disciplina de los Sacramentos para establecer que se puede recibir la comunión de pie y en la mano, los feligreses pueden hacerlo, pues están obrando de acuerdo con la excepción permitida. Oren mucho —eso sí—, para que las autoridades siempre establezcan lo que el Señor quiere.

Pero si prefieren cumplir la norma universal establecida, comulguen en la boca y de rodillas.

 

Ningún sacerdote, obispo o Conferencia Episcopal tiene potestad para prohibir la norma

Jamás autorizó la Santa Sede a Conferencia Episcopal alguna prohibir comulgar de rodillas y en la boca. Comulgar de rodillas es un derecho del fiel que sólo puede ser suprimido por el Papa. Nadie puede prohibir comulgar rodillas y en la boca, porque es un derecho del fiel y porque en definitiva es lo que sugiere la Santa Sede como una mejor forma de comulgar.

Si alguna vez un sacerdote dice lo contrario, debemos corregirlo fraternalmente, rezando antes por él. Si ha propagado el error públicamente, por ejemplo en una Misa o en el boletín parroquial, debe informarse ala Ordinario (el Obispo o Arzobispo).

El Ordenamiento del Misal Romano dice: “Después el sacerdote toma la patena o el copón, y se aproxima a los que van a comulgar, quienes de ordinario se acercan procesionalmente. No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia Episcopal. Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, establecida por las mismas normas.”

“Notitiæ”, la publicación oficial de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su edición de noviembre-diciembre de 2002 (Nº 436), dice: “Aun en aquellos países donde esta Congregación ha aprobado la legislación local que establece el permanecer de pie como la postura para recibir la Sagrada Comunión, de acuerdo con las adaptaciones permitidas a las Conferencias Episcopales por la Instrucción General del Misal Romano n. 160, § 2, lo ha hecho con la condición de que a los comulgantes que prefieren arrodillarse no les será negada la Sagrada Comunión.”

“La Congregación está de hecho preocupada por el número de quejas similares que ha recibido desde varios lugares en los últimos meses, y considera que cualquier negativa de dar la Sagrada Comunión a un miembro de la feligresía, fundamentada en que se encuentra de rodillas para recibirla, es una grave violación a uno de los derechos más básicos del feligrés cristiano, a saber, el de ser ayudado por sus Pastores por medio de los Sacramentos” (Código de Derecho Canónico, canon 213).

“En vista de la ley que establece que ‘los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos’ (Código de Derecho Canónico, canon 843, § 1), no debe negarse la Sagrada Comunión a ningún católico durante la Santa Misa, excepto en casos que pongan en peligro de grave escándalo a otros creyentes, como el pecador público o la obstinación en la herejía o el cisma, públicamente profesado o declarado.”

 

Sobre el cuidado de las partículas de la Hostia consagrada

San Efrén dice: “Comed este pan y no piséis sus migas, […] una partícula de sus migas puede santificar a miles de miles y es suficiente para dar vida a todos los que la comen.” (Serm. in hebd. s., 4, 4.).

Este texto es comentado por el Papa Pablo VI: “Consta que los fieles creían, y con razón, que pecaban, como nos recuerda Orígenes, si, habiendo recibido el Cuerpo del Señor, y conservándolo con todo cuidado y veneración, algún fragmento caía por negligencia.” (Mysterium Fidei, 32.)

Recordando que Jesús está entero en cada partícula y que cada partícula merece el respeto como Rey del Universo y la reverencia como Amor de los Amores, la comunión en la mano no es ideal por varias razones:

Mayor posibilidad de maltrato a la Eucaristía:

  1. Mayor posibilidad de secuestro de Jesús (llevarse la Hostia a casa) y de robo para sectas satánicas y misas negras
  2. Posibilidad de que se comparta con alguien (caso de una madre que da a su hijita)
  3. Pérdida de partículas en la mano (a veces ni siquiera se pone cuidado en esto)
  4. Pérdida de partículas en los dedos que la llevan a la boca
  5. Nadie se lava las manos inmediatamente para evitar posibilidad de que hayan quedado partículas, cosa que sí hace (o debiera hacer) el sacerdote
  6. Riesgo de pérdida de partículas y de no alcanzar una Hostia que se cae porque la mano obliga a poner la patena más abajo (a veces, incluso no se usa la bandeja o patena a pesar de lo prescrito por la Santa Sede)
  7. Mayor riesgo de pérdida de partículas al hacerse dos trayectos en vez de uno: del sacerdote a la mano y de la mano a la boca

Falta de respeto y pérdida del sentido de lo sagrado:

  1. La Hostia consagrada es tocada por manos no consagradas: en lo posible, Jesús debe ser tocado únicamente por manos consagradas (es lo que prefiere la Iglesia)
  2. No considerarse digno de tocar a Cristo muestra respeto, como la hemorroísa, que apenas se dignó a tocar los flecos de su manto, mientras todos los demás lo empujaban
  3. Casi la totalidad de quienes comulgan en la mano no hacen la debida reverencia solicitada por la Santa Sede en el Misal (al menos una inclinación de cabeza); al hacerlo de rodillas, ya se está dando una mejor forma de respeto por la divinidad
  4. Algunos llevan la Hostia a la boca con la misma mano en que se depositó directamente a la boca, mostrando así que no fueron preparados o no comprendieron la norma correcta

Desidia y falta de control de abusos: la mayoría de quienes comulgan en la mano lo hacen de espaldas al sacerdote camino a su banco sin seguir los lineamientos de comulgar frente al Sacerdote

 

La comunión en la mano también es un acto antiecuménico

Nuestros hermanos orientales (ortodoxos) no comulgan en la mano; respetan en grado sumo al Santísimo Sacramento.

 

¿Es una pérdida de tiempo?

Antes los fieles que comulgaban de rodillas rodeaban el altar y el sacerdote iba de fiel en fiel en un semicírculo: mientras se iba un fiel se acercaba otro y para cuando el sacerdote regresaba de la “ronda” ya estaba bien ubicado y listo para comulgar. Este sistema era mucho más rápido que recibir la comunión de pie.

Y aun si no se hiciera este cambio —u otro—, la demora en la distribución no debe ser considerada una desventaja: da más tiempo para rezar fervorosamente, para prepararse mejor para comulgar y para agradecer mejor semejante visita.

A Dios se le debe todo el tiempo que sea necesario.

 

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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Tiempo Pascual*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2014

 

1.- Exposición dogmática

 

La Iglesia, que nos recuerda cada año en su Liturgia los sucesos de la vida del Salvador, de los cuales nos invita a participar, celebra en las fiestas pascuales el aniversario del triunfo de Jesús, vencedor de la muerte. He aquí, en frase de Bossuet, el aconte­cimiento central de toda la historia. Hacia él converge todo en la vida de Cristo, siendo también el punto culminante de la vida de la Iglesia en su ciclo litúrgico[1].

La resurrección del Salvador es el suceso más glorioso de su existencia, la prueba más fehaciente de su divinidad y la base inconmovible de toda nuestra fe[2]. La Pascua de Cristo, o su paso de la muerte a la vida y de la tierra al Cielo, es, en efecto, la consagración de la victoria definitiva que ha ganado contra el demonio, la carne y el mundo[3]. Para eso se encarnó el Verbo, para eso sufrió, para eso murió. De derecho, también nosotros hemos resucitado con Él; mas, de hecho, la virtud de este misterio va obrando en los fieles durante el curso entero de su vida y especialmente en las fiestas pascuales, a fin de hacerlos pasar del pecado a la gracia, y algún día, de la gracia a la gloria[4]. Por eso el martirologio romano proclama «la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo Solemnidad de las Solemnidades y nuestra Pascua».

Esta fórmula corresponde a la que nos anunciaba el Naci­miento del Mesías, porque el ciclo del Natalicio, aun cuando cronológicamente venga primero, lógicamente depende del de Pascua. Dios se hizo hombre (Navidad) con la única mira de hacernos dioses (Pascua). En la encarnación el alma de Jesús nacía a la vida divina, gozando de la visión beatífica; y en su Resurrección, su mismo Cuerpo entra en la gloria del Padre. Pues así como en Navidad teníamos que nacer con Jesús a su nueva vida, así en Pascua, nuestras almas han de imitar la vida gloriosa, que hoy inaugura[5]. Por eso la Semana pascual era la fiesta de los bautizados, y la Iglesia, concentrando todo su cariño de madre sobre aquellos que san Pablo llama «los recién nacidos», los robustecía, dándoles durante siete días seguidos, además de la Eucaristía[6], instrucciones acerca de la Resurrección, tipo de nuestra vida sobrenatural. También nos recuerda muy especial­mente el Tiempo Pascual, durante los 40 días que siguen a la Resurrección, a Jesús fundando su Iglesia.

Al ciclo de la Encarnación, en que hemos adorado al Hijo de Dios revestido de nuestra humanidad, corresponde el ciclo de la Redención, en que, por su inmolación, nos comunica su divinidad. Los tiempos deCuaresma y de Pasión son tiempos de lucha y de victoria. El tiempo Pascual glorifica esa vida divina, que compenetra y transfigura la santa humanidad de Cristo en su Resurrección y Ascensión. El tiempo de Pentecostés nos muestra al Espíritu Santo fomentando esa vida divina en nuestras almas, y nos prepara a la resurrección futura, que se manifestará también en nuestros cuerpos. Antes, pues, todos recibían los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía el día de Pascua, o bien el de Pentecostés, porque ellos les recor­daban anualmente el doble aniversario del triunfo de Cristo y de su místico Cuerpo[7].

El ciclo Pascual evoca anualmente el recuerdo de nuestro Bautismo, de nuestra Confirmación y Comunión, el cual debería penetrarnos siempre más y más de esa vida nueva, que sólo alcanzará cabal perfección el día del postrer advenimiento de Jesús.

El tiempo Pascual es una imagen del Cielo, una irradiación de la Pascua eterna, principal objetivo de nuestra actual existencia.

Y la Iglesia, que lloraba en el Tiempo de Pasión por su Jesús y por los pecadores, tiene ahora un doble motivo por el cual alegrarse, pues Jesús ha resucitado y, además, le han nacido nume­rosos hijos. Ese júbilo es como un gusto anticipado de nuestra resurrección y de nuestra entrada en la Patria celestial, adonde el Maestro se ha ido para prepararnos un lugar, al cual tendrá a bien conducirnos el Espíritu Santo, que Él nos envía.

 

2.- Exposición histórica

 

La liturgia del tiempo Pascual nos invita a seguir hasta la Ascensión a Jesús en sus distintas apariciones del Sepulcro, de Emaús, del Cenáculo y de Galilea. Lo vemos poniendo los cimientos de su Iglesia y preparando a sus discípulos al misterio de su Ascensión a los cielos.

En la mañana del domingo, antes del amanecer, María Magdalena y otras dos santas mujeres se fueron al sepulcro, adonde llegaron a la salida del sol. Era el primer día de la semana judía, era el domingo de Pascua. Un ángel acababa de rodar la gran losa que cerraba el sepulcro y los guardias, des­pavoridos, habían huido de allí. La Magdalena, al ver abierto el sepulcro, vuelve presurosa a Jerusalén para avisar de ello a Pedro y a Juan; y mientras tanto, el Ángel anuncia a las otras dos mujeres que Cristo ha resu­citado. Los dos Apóstoles corren en seguida al sepul­cro de Jesús, y comprueban que el Maestro ha desaparecido.

María Magdalena, yendo de nuevo al sepulcro, ve por vez primera a Cristo resucitado. Al atardecer del día, los dos discípulos que van camino de Emaús, ven también al Señor, y volviéndose inmediatamente a Jerusalén a comunicarlo a los Apóstoles, les dicen éstos que el Salvador se ha aparecido a Pedro. En la misma tarde, Cristo se manifiesta a sus discípulos congregados en el Cenáculo. Ocho días después, se les aparece de nuevo y convence a Tomás, que dudaba de la verdad de su Resurrección.

Después de la Octava de Pascua, los discípulos se volvieron a Galilea, y un día en que siete de ellos pescan en el lago de Genesaret, Jesús se les aparece de nuevo.

También se aparece a más de 500 discípulos suyos en una montaña que Él de antemano les había señalado. Tal vez fue en el Tabor, o bien en alguna de los colinas de junto al lago, como la de las Bienaventuranzas.

 

3.- Exposición litúrgica

 

El tiempo Pascual, que empieza la noche del Sábado Santo y termina con la solemnidad de Pentecostés, viene a ser como un día de fiesta no interrumpida, en la cual se celebran uno tras otro los misterios de la Resurrección y Ascensión del Salvador y la venida del Espíritu Santo a la Iglesia. La fecha de la Pascua, de la que dependen todas las demás fiestas movibles, fue objeto de decretos conciliares muy solemnes. Habiendo muerto Jesús y resucitado por la Pascua judía, y debiendo reemplazar la celebración de estos misterios a los ritos mosaicos, que no eran sino figura de ellos, la Iglesia conservó para la fiesta Pascual la manera de contar de los judíos. Entre el año lunar, del que ellos se valían, y el año solar con el que ahora nos guiamos, hay una diferencia de 11 días; de donde resulta que el día de la Pascua oscila entre el 22 de Marzo y el 25 de Abril. Por donde el Concilio Niceno decretó que la Pascua se había de cele­brar siempre el domingo después de la luna llena que sigue al 21 de Marzo.

En el tiempo Pascual, la Iglesia adorna sus templos con toda la magnificencia que le es posible y el órgano deja oír sus armo­niosos acordes. Ciertas oraciones, como la antífona Regina Coeli, se rezan de pie, cual conviene a triunfadores; y en todos esos 50 días la Iglesia no ayuna, porque tiene consigo al Esposo[8]. Introitos, antífonas, versillos, responsos, todos van seguidos del grito entusiasta, desde el Sábado Santo: «¡Aleluya, aleluya, aleluya!».

El Cirio pascual, símbolo de la presencia visible de Jesús, nos alumbra todo este tiempo con su radiante llama, y se emplean ornamentos blancos, símbolo de júbilo y de pureza. «Mostrad en vuestra vida la inocencia significada por la blancura de vuestros vestidos». Así hablaba san Agustín a los neófitos, revestidos de blancas túnicas durante toda la octava pascual; y esa misma recomendación nos sigue haciendo la santa madre Iglesia.

Mientras duraba el tiempo Pascual la Iglesia no admitía antaño fiestas ordinarias de santos, para no distraer la atención de los fieles de la contemplación de Cristo triunfador, y todavía hoy se suprimen los sufragios.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 

 

[1] La Misa, memorial de la rasión de Jesús y de su Resurrección, ha sido como el grano de mostaza del que procede toda la liturgia católica.»(Dom Cabrol). Habiendo Cristo resucitado en domingo, desde ese día empezó a sustituir al sábado, celebrándose en él oficialmente el Sacrificio cristiano. En consecuencia de eso, el aniversario de la Resurrección se celebró desde entonces el domingo que venía tras de la Pascua judía. La preparación de esta festividad era la Cua­resma. La fiesta se alargaba durante todo el Tiempo pascual, y en el de Pentecostés se venían a cosechar sus sazonados frutos. Así que, la semana, el año cristiano y el culto católico gravitan en torno del misterio pascual.

 

[2]«Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Co 15, 14).

 

[3]Habéis sido resucitados con Él en el Bautismo por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos» (Col 2, 12).

 

[4]Dios nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo (1Co 15, 57.) Nos ha hecho resucitar con Cristo, y nos ha sentado con Él en los cielos.» (Ef. 2, 6.)

 

[5] «Tú que, nacido de la Virgen, naces ahora del sepulcro» (Himno de Maitines). Nació de María Virgen como salió del sepulcro sellado.

 

[6] Durante toda la octava Pascual asistían los padres con sus hijos a la Misa y comulgaban en ella, siendo esto una norma general; así que unos y otros comulgaban la semana entera, siendo esto raro en aquellos tiempos.

 

[7] Así como la liturgia cuaresmal estaba destinada de un modo peculiar a la recepción de los Sacramentos de muertos, la liturgia pascual hacía participar en los Sacramentos de vivos. Hasta el siglo XII, en todas las catedrales de occidente, los parvulitos, después de haber recibido el Bautismo en la noche del sábado, recibían inmediatamente la Confirmación y la Eucaristía, que es prenda segura da la vida eterna. Ya dijo Jesús: «Al que comiere mi Carne, yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 54).

 

[8] El domingo nos recuerda cada semana el tiempo Pascual; y por eso se con­serva esta práctica de no ayunar ningún domingo del año.

 

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Laudes matutinas y Vísperas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 10, 2013

La Liturgia de las Horas u Oficio Divino

 

Cómo celebrar bien Laudes matutinas y Vísperas

 

Conformación[1]:

 

Invocación inicial                                                                        (de pie)

Himno                                                                                                  (de pie)

Salmodia                                                                                            (sentados)

Lectura breve                                                                                (sentados)

Silencio meditativo                                                                         (sentados)

Responsorio                                                                                       (de pie)

Cántico evangélico                                                                    (de pie)

Preces                                                                                                  (de pie)

Padre nuestro y Oración                                                               (de pie)

Conclusión                                                                                     (de pie)

 

 

Modo de unirlas con la Misa[2]

Cuando las Laudes matutinas se celebran con la Eucaristía, la acción litúrgica puede comenzar por las Laudes: Invocación inicial e Himno (los días de feria), o por la Misa: canto de entrada con procesión y saludo del presidente (los días festivos). Según el caso, se omite, pues, uno u otro de los ritos iniciales.

A continuación se prosigue con la salmodia de las Laudes con sus antífonas, como de costumbre. Después de la salmodia, omitido el acto penitencial (y, según la oportunidad también el Señor, ten piedad,) se dice, si lo prescriben las rúbricas, el Gloria, y el presidente reza la Colecta de la Misa. Después se continúa con la Liturgia de la Palabra, como de costumbre.

La oración de los fieles de la Misa se hace en su lugar y según la forma acostumbrada. Pero los días de feria, en su lugar, se pueden decir las preces matutinas de las Laudes.

Después de la comunión, se dice el cántico de Zacarías, con su antífona. Seguidamente, se dice la Oración para después de la comunión y lo demás de la Misa, como de costumbre.

 

Algunas indicaciones[3]

 

– Durante la invocación inicial todos se santiguan mientras se dice: «Dios mío, ven en mi auxilio…».

 

– En la salmodia no se lee el número del salmo ni el título ni la sentencia (la frase que está debajo del título, a la derecha). En cambio, durante el tiempo ordinario, si se prefiere, se toma esta sentencia bíblica o patrística en lugar de las antífonas.

– Hay varios modos de salmodiar:

  • Al unísono, en un solo coro (una sola voz, al tiempo todos).
  • Cada uno reza una estrofa (este modo se puede hacer cuando el grupo es pequeño).
  • Alternando a dos coros o parte de la asamblea, o entre un solista y después la asamblea o por secciones de bancas.
  • En forma responsorial, como suele acontecer en la celebración eucarística: el salmista enuncia la antífona, la asamblea la repite y la va intercalando entre estrofa y estrofa.
  • Proclamado por uno o dos solistas.

 

– En la lectura breve no se anuncia: «Lectura del profeta…» o «de la carta…»; tampoco se dice al terminar: «Palabra de Dios».

 

– Al comenzar a recitar el cántico evangélico, todos se santiguan, por la dignidad con la que se proclama el evangelio (este cántico se convierte en la cima y el grado más elevado de la Liturgia de las Horas).

 

– Las preces, tanto en Laudes como en Vísperas, contemplan tres posibilidades de respuesta:

  • La que aparece insinuada como frase de respuesta.
  • La segunda parte de cada una de las preces.
  • Hacer una pausa de silencio después de cada una de las preces.

En Laudes se pueden añadir preces de invocación (que conserven el estilo que se trae).

En Vísperas se pueden añadir preces de intercesión (petición).

 

– Antes de la oración final o conclusiva no se dice: «Oremos» ni «Oración…», porque la invitación a orar ya se hizo al comienzo, en el encabezamiento de las preces.

 

 


[1] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 41-54

[2] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 94

[3] Cf. Actualidad Litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 27

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¿Cambio litúrgico?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2012

 

¿Qué está ocurriendo con la Liturgia? Hace poco quedó claro que nunca se abolió la Eucaristía en latín; el Papa volvió a celebrar la Misa unido a la Asamblea, cara a Dios; ya salió la nueva edición del Misal, con varios cambios, entre ellos el de la fórmula de la consagración: “que será entregado por vosotros y por muchos”; el Arzobispo Albert Malcolm Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, afirmó que recibir la comunión en la mano debilita la devoción al Santísimo, que esta costumbre fue introducida “de manera abusiva y precipitada” y, en todos estos casos, se ha enfatizado que el Concilio Vaticano II nunca legitimó esos cambios.

Prueba de este viraje es la Instrucción Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Esta Instrucción fue preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe. El mismo Pontífice la aprobó el año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

A pesar de que el numeral 183 de esta Instrucción afirma: “Es una tarea gravísima para todos y cada uno”, al observar celebrar a los sacerdotes, se comprueba con tristeza que son muchas las recomendaciones de esta Instrucción que todavía no se siguen.

La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho.” (Lc 16, 10).

Esta obediencia nos llevará a comprender mejor las celebraciones litúrgicas terrenales que son, como la describió en el siglo VI el Pseudo Dionisio Areopagita, figura de la Liturgia  celestial.

Y desde allá, desde el Cielo, la Jerarquía celeste contemplará cada vez más complacida a la Jerarquía terrestre —la eclesiástica— celebrar la adoración, glorificación, bendición, honra, alabanza, agradecimiento y amor que, como criaturas, le debemos a Dios: con la alteza, la delicadeza, el respeto, la gravedad, la compostura, la galanura y la elegancia que corresponden a la majestad del Creador, Señor y Dueño del universo.

 

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El oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 27, 2012


La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

He aquí algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

Obediencia

 

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]

Aspectos generales

 

  • Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[11]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[12]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[13].

  • Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.
  • Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.
  • «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[14]
  • No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

  • Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).
  • El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[15] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[16] y después de la comunión.
  • «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[17]
  • «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[18]
  • «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[19]
  • «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[20]
  • «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[21]

Aspectos particulares

Ritos iniciales

 

  • Si se hace canto de entrada, no se recite la antífona; recuérdese que la antífona de entrada es el reemplazo del canto. Por eso, cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[22] Obsérvese lo mismo para la antífona de la comunión.

 

à      No se permita que el acólito se siente en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.

  • Alístense tanto el misal como el leccionario antes de la celebración (hacerlo después de la entrada, no solo da la impresión de improvisación y falta de preparación por parte del sacerdote, sino que es falta de cortesía con el pueblo hacerlo esperar).

Oraciones

  • Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

Lecturas

¨    «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[23]

¨    La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.

¨    La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.

¨    «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[24]

¨    Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[25] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[26]

¨    Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

q  Su compostura se notará especialmente en los actos de reverencia (genuflexiones al pasar ante el sagrario o ante Santísimo expuesto en la Custodia, inclinación de la cabeza ante el sacerdote–presidente, los crucifijos e imágenes…). Por esto mismo, no es necesario hacer inclinaciones de la cabeza al llegar al ambón o al retirarse: ni dirigidos hacia el sagrario ni, mucho menos, hacia el leccionario o ambón.

¨      Instrúyase a los lectores que no se debe leer lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase con sencillez: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[27] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?»,[28] ni tampoco hacer la entonación que se suele hacer por un altoparlante solicitando a alguien en un aeropuerto o supermercado.

¨    El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca. Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.

¨      «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[29]

¨      «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[30]

¨      Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[31]

¨      «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[32] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[33], ya que es a todas luces un texto muy diverso.

Evangelio

¨      El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el canto debe hacerse; si no, se omite el versículo.[34]

  • El Evangelio debe proclamarse en el ambón, lugar destinado precisamente para proclamar la Palabra de Dios; no en la sede, desde donde solamente se realizan los ritos iniciales, la homilía y el rito de conclusión. Para entender esto, recuérdese que después del sagrario —si lo hay— el lugar de mayor importancia es el altar, al que lo sigue el ambón y, por último, la sede.
  • Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos —incluyendo quien proclama— se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[35]

 

  • Por esto mismo, es redundante santiguarse antes o después de la homilía (además, así se da la impresión de la no basta la bendición inicial).

Homilía

  • «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[36], y corresponde al sacerdote o al diácono.[37]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[38]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[39]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción, la repetición de lo proclamado en las lecturas u otras cosas distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[40]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

Oración universal

  • El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[41]

Presentación de ofrendas

  • Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[42]

 

Plegaria Eucarística

 

  • «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[43]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[44]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[45]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[46]

  • La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[47]
  • Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso. El sacerdote, por lo tanto, no invite a decir «Señor mío y Dios mío…», oración que se recitaba antes de la reforma, porque la aclamación vendrá enseguida.
  • La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[48]

Es que la Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[49].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[50]

Þ  «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística no se deben ejecutar cantos».[51] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[52] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[53]

  • Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.

 

Rito de la comunión

 

  • La oración de la paz es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).
  • El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[54]

 

  • «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[55]

«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[56]

 

  • Instrúyase a los feligreses que «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[57], sin moverse de su puesto.[58]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[59]

v  «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[60]

v  «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[61] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[62] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[63] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[64]

v  «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[65]

v  «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[66] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[67] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

v  «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[68]

v  Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:

  1. Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.
  2. Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.
  3. Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.
  4. Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.
  5. Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.
  6. Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.

 

  • Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[69]
  • El sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.
  • «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[70] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).
  • «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[71]
  • Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).
  • No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[72] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[73], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[74]
  • «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[75] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[76]
  • «Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[77]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles —o a veces el mismo sacerdote— pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa, razón por la cual está en el misal, para hacerse después de terminada la liturgia eucarística. Por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado.

  • Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[78]

 

  • Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[79] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[80]
  • La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza, en señal de humildad (no se arrodilla).

Rito de conclusión

  • Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.

 


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[13] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[14] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[15] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[16] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[17] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[18] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[19] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[20] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[21] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[22] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[23] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[24] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[25] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[26] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

[27] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[28] Cf. Ídem

[29] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[30] Ídem

[31] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[32] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[33] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[34] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[35] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[36] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[37] Cf. Ídem

[38] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[39] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[40] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[41] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[42] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

cf. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[43] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[44] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[45] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[46] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[47] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[48] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[49] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[50] Ídem

[51] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[52] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[53] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[54] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[55] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[56] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[57] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[58] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[59] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[60] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[61] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

cf. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;

cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[62] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[63] Ídem

[64] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[65] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[66] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[67] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[68] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[69] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[70] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[71] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[72] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[73] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[74] Cf. Ídem.

[75] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[76] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[77] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

[78] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[79] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[80] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

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Tiempo Ordinario después de Epifanía*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 6, 2011

1.- Exposición dogmática

En el Tiempo después de Epifanía la divinidad de Jesús continúa afirmándose, y los que hablan v actúan no son ya los ángeles del Gloria in excelsis, ni la estrella de los Magos, ni siquiera la voz de Dios Padre y la aparición del Espíritu Santo, como en el Bautismo de nuestro Señor, sino que es Cristo mismo. Éste exigirá, como veremos en el Ciclo Pascual, la entera sumisión de nuestro espíritu y de nuestro corazón a su doctrina y a las normas de vida que nos dictará. Ya desde ahora, sus palabras y sus obras revelan al Verbo divino.

Las palabras de Cristo son la expresión directa y sensible del pensamiento de Dios. «Las cosas que Yo digo las digo como el Padre me las ha dictado» (Jn 12, 50); y así como las sagradas Especies son objeto de nuestras adoraciones, por encerrar en sí la divinidad, también la doctrina de Jesús reclama de nosotros rendida fe y respeto, pues son como una partecita de la verdad eterna. El que con frialdad recibe la divina palabra no es menos culpable que el que deja caer por el suelo el Cuerpo del Hijo de Dios[1]. Lo que san Pablo decía de la Eucaristía: «quien come el Cuerpo del Señor indignamente come su propio juicio», Jesús lo afirma de su sagrada palabra: «El que n0 recibe mis palabras, la palabra misma que Yo he anunciado lo juzgará en el postrero día», porque desecharla es lo mismo que desechar al Verbo divino que en esta forma se nos manifiesta.

Pero Cristo no se contentó con «decir la verdad»; sino que quiso «hacer la verdad» (Jn 3, 21). Y en efecto, poseyendo como posee la naturaleza del Padre, no sólo su doctrina es la suya, sino que también es suya su omnipotencia. «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino aquello que ve hacer al Padre, porque todo lo que el Padre hace, lo hace también el Hijo»; y por eso, sus milagros lo mismo que sus palabras son una manifestación de la divinidad. «Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de Mí» (Jn 10, 25).

Un puro hombre no podría hablar ni obrar como Jesús, si no fuese también Dios; por eso declara a renglón seguido: «Si Yo no hubiese venido y les hubiera hablado, no habrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado». «Si no hubiese hecho entre ellos obras, que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; mas ahora no tienen excusa de su pecado».

Estas dos frases resumen todo el Tiempo ordinario después de Epifanía.

 

2.- Exposición histórica

En tiempo de nuestro Señor, Palestina estaba dividida en cua­tro provincias: al este del Jordán, Perea; al sudoeste, Judea; al sur, Samaria; al Norte, Ga­lilea. Y principalmente en esta última región donde vivieron las tribus de Aser, de Neftalí, de Zabulón y de Isacar, fue donde ocurrieron los sucesos narrados en los evangelios de los domingos de esta parte del Tiempo Ordinario.

En Caná obró Jesús su pri­mer milagro. Luego, y ya de vuelta para Judea, predicó en la sina­goga de Nazaret la sublime doctrina que «dejó maravi­llados a los oyentes». Estando también en Galilea, curó Jesús al leproso; pero el centro de sus predicaciones y de sus prodigios lo puso en Cafarnaum, lugar distante de Na­zaret como un día de camino. Después del Sermón de la Montaña, que la tradición más corriente dice ser el monte de Kouroun-Hattin, al noroeste de Tiberíades, el Señor bajó a Cafarnaum, curando allí al siervo del centurión.

La parábola del sembrador la predicó Jesús desde una barca a las orillas del lago, que debe su nombre de Genesaret, o sea, valle de las flores, a la florida llanura que lo circunda. Se la pudieron sugerir las fértiles colmas que van de Cafarnaum a Corozaín.

Entonces precisamente sucedió que cierta tarde, tras de esta continua predicación, el Salvador, no pudiendo alcanzar reposo, hubo de atravesar el lago, e irse a Gerza, lugar de la Perca situado en el litoral opuesto.

El mar de Tiberíades formado por las aguas del Jordán, está expuesto a repentinas y furiosas borrascas, y al sobrevenir una de ellas, fue cuando quiso Jesús demostrar a sus apóstoles cómo era Dios, serenando por arte milagroso la mar bravía.

 

3.- Exposición litúrgica

El Tiempo Ordinario después de Epifanía empieza el día siguiente al Bautismo de Jesús, y va hasta el día antes del Miércoles de Ceniza.

La fiesta de Navidad cae en día fijo, por lo que da al Ciclo del Natalicio cierta estabilidad. No así el Ciclo Pascual que, estando a merced de los cambios lunares, es necesariamente movible. Y por eso, cuando la fiesta de Resurrección —que puede caer entre el 22 de marzo y el 25 de abril— se celebra pronto, esta primera parte del Tiempo Ordinario se abrevia, razón por la cual puede durar entre 5 y 9 semanas.

El color verde —símbolo de la esperanza— es el propio del Tiempo Ordinario, tanto antes como después del ciclo Cuaresma–Pascua. Y en efecto, el color verde es el que predomina en la naturaleza. San Pablo dice que el que rompe el surco debe hacerlo con la esperanza de recoger frutos. Y así también, en este Tiempo Ordinario, el campo de la Iglesia sembrado con la doctrina y las obras de Jesús, se cubre de verdes cañas, que permiten esperar mies abundante. Su nota característica es también una santa alegría, la alegría de poseer en la persona de Cristo a un Dios «poderoso en obras y en palabras».

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] San Cesáreo de Arlés, Serm. 100

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La eficacia del silencio

Posted by pablofranciscomaurino en enero 21, 2011

En teología, en filosofía, en doctrina y hasta en aspectos litúrgicos se viven a diario discusiones en todos los niveles: laicos que comienzan a estudiar, laicos que ya llevan haciéndolo bastante tiempo, diáconos, presbíteros y hasta obispos.

Esto sucede también a la hora de hacer apostolado: ¡Cuántas veces —por ejemplo— ese noble afán apostólico se convierte en contiendas, disputas, rivalidades, competencias por «tener» la verdad! Y, en vez de apostolado, se abre la puerta para la desunión, para las faltas de caridad y hasta para el pecado.

Los mismos medios de comunicación no están exentos de este defecto; ni siquiera los medios de comunicación cristianos. En la televisión, por ejemplo, es frecuente, en los programas no católicos dedicados a la difusión de la doctrina cristiana, que se critique tanto al catolicismo, como a los católicos.

Pero aun dentro de la Iglesia Católica se ven actitudes semejantes: en vez de procurar la unión y estimular las virtudes, se resaltan a veces los defectos. En vez de proponer soluciones eficaces, se critican abierta y públicamente los errores, supuestos o reales.

Pareciera que los cristianos no hubiéramos oído ni leído lo que nos dijo aquél a quien seguimos: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros» (Jn 13, 35).

Pareciera que se nos olvidó que Jesús nos enseñó: «Si tu hermano ha pecado, vete a hablar con él a solas para reprochárselo. Si te escucha, has ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo una o dos personas más, de modo que el caso se decida por la palabra de dos o tres testigos. Si se niega a escucharlos, informa a la asamblea.» (Mt 18, 15-17). Estos hermanos escritores u oradores hacen primero el último paso: le informan al mundo los desperfectos de los demás.

Pareciera que se nos olvidó que el Espíritu Santo actúa eficazmente en el alma cuando cumplimos la doctrina del amor: orar por los equivocados y por los pecadores, unirnos a la Cruz redentora de Cristo ofreciendo nuestros Ighlesisacrificios por ellos y no dejar de hablarles con cariño y con prudencia.

Pero con frecuencia se nos olvidan tanto el cariño de hermanos como la prudencia del Espíritu Santo. Y por eso la labor que pretendíamos hacer no es eficaz. Y por eso crecen las divisiones y el desamor. Y por eso se opaca y se nubla la doctrina de la Iglesia Católica. Y por eso triunfa el demonio.

En cambio, obtendremos resultados eficaces si oramos, si confiamos más en los méritos de Cristo que en nuestro poder de convicción y si ofrecemos nuestros sufrimientos por los miembros de la Iglesia, a la manera de san Pablo: «Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

El silencio de Cristo en su juicio y en su pasión nos pareció absurdo, pero el Amor que destiló dio resultados. Lo propio de los cristianos es callar cuando queramos hablar mal de los demás y, más bien, hablar con Nuestro Padre para que los ayude y nos ayude.

Amémonos unos a otros como él nos amó: no criticándonos ni enfatizando errores o defectos sin caridad, sino dándolo todo, muriendo a nuestros egoísmos y a nuestras soberbias por nuestros hermanos, para que seamos uno, como Él y el Padre. Y así brillará en nosotros la luz del Espíritu Santo.

 

 

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Tiempo ordinario después de Pentecostés*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 21, 2010

 

1.- Exposición dogmática 

Después del reinado del Padre sobre el pueblo de Dios, que nos recuerda el Tiempo de Adviento; después del reinado del Hijo, que comienza en su nacimiento, o sea, en Navidad, para consumarse en su Ascensión, y que nos recuerda a su vez el Tiempo de Navidad y el Tiempo Pascual, la liturgia celebra y se manifiesta desde Pentecostés hasta el fin de los siglos.

Así como el Padre se sirvió del pueblo hebreo para preparar la Redención del mundo; y el Verbo asumió la naturaleza humana e hizo de ella el instrumento de nuestra redención, así también el Espíritu Santo hace efectiva la redención en la Iglesia. El sacerdocio, la Misa y los Sacramentos son otros tantos cauces oficiales, por donde nos trae la doctrina del Salvador y nos aplica sus méritos.

El Papa está al frente de toda la jerarquía eclesiástica, como la Eucaristía está sobre todos los demás Sacramentos. Y así el rei­nado del Espíritu Santo se manifiesta visiblemente por la Iglesia romana, en medio de la cual está el Santísimo Sacramento, despi­diendo efluvios de luz y de amor.

Si el Espíritu es el alma que vivifica a esa Iglesia[1], Cristo escondido en la Hostia sagrada es el corazón, de donde se reparte la sangre por las venas, o sea, por el canal de los Sacramentos, a todos los miembros; san Pedro y sus sucesores con todos los obispos, son la cabeza de donde parten las fibras nerviosas que mandan a todo el cuerpo: y ese cuerpo místico lo formamos todos los cristianos.

«Formamos un solo cuerpo, dice san Pablo, porque hemos sido bautizados en un solo Espíritu» (1Co 10), y «todos participamos del mismo pan (Ib. 10, 17). Lo somos también porque hemos sido convertidos por Cristo resucitado en corderos y ovejas de un mismo Pastor, cabeza visible de la Iglesia[2].

La acción del Espíritu Santo y la acción de Cristo en el Sacra­mento se unen hasta el punto de que los Libros Santos llegan a afirmar indiferentemente que «somos santificados en el Espí­ritu Santo» (1Co 6) o «en Cristo» (Ib. 1 1), y que así como el Espíritu Santo es vida, así también Jesús es «pan de vida». La acción de ambas divinas Personas se ejerce mediante la Iglesia.

Merced al ciclo litúrgico, Cristo revive en cierto modo cada año sobre el altar como en otra Palestina, toda su vida en el mismo orden en que antaño se realizara. O sea que ahora somos nosotros los que en unión con Cristo realizamos en cierto modo sus miste­rios, y de ahí también que el tiempo después de Pentecostés esté dedicado más especialmente al ciclo santoral, a la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo, al hacernos echar una ojeada retrospectiva a la vida del Salvador, que se termina en este ciclo, nos repite por boca de los evangelistas y de los Apóstoles, cuyos escritos Él inspiró, todas las enseñanzas del Maestro, proyectando sobre ellas nuevos fulgores. Esas Epístolas nos hablan precisamente de los frutos de santidad, que el Espíritu Santo produce en las almas, y asistimos durante todo ese tiempo a la magnífica floración de santidad, que no cesa de reproducir imágenes vivas de Cristo en todos los siglos y en todos los países.

Sol divino, radiante al despuntar en la mañana de Navidad, majestuoso al transponerse pálido el Viernes Santo, Jesús ha reco­rrido su carrera de gigante: y durante la larga noche que precede a su venida y la que le sigue, María, luna mística y los santos, a manera de estrellas de mil vistosos cambiantes brillan en el firmamento de la Iglesia, y nos son propuestos como dechados de vida. Y así, nuestra alma, después de haber copiado a Jesús mismo, podrá también copiarlo en sus miembros, los cuales vivieron la vida de su Cabeza.

Si en Adviento se celebra la gran festividad de la Inmaculada Concepción, en este tiempo de Pentecostés se celebra la de su Asunción a los cielos.

Los ángeles tienen su fiesta en este mismo período del año, así como el Bautista y los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo, y la turba magna de Todos los Santos a la que honramos en todos estos seis meses, y especialmente el día 1° de noviembre. En ese mes se celebran asimismo la Conmemoración de los fieles Difun­tos y la Dedicación de las iglesias.

Si la solemnidad del Corpus Christi, que viene en pos de Pente­costés y va seguida de la de los Príncipes de los Apóstoles, nos recuerda que son el Espíritu Santo, el Santísimo Sacramento y la Iglesia los que santifican a los fieles , la solemnidad de la Santísima Trinidad, la del Sagrado Corazón y la memoria del santísimo rosario —que obedecen todas a una misma necesidad— nos muestran que esa santificación se obra mediante la doctrina del Salvador y la aplicación a las almas de sus infinitos merecimientos.

Así, durante esta segunda parte del año eclesiástico, la Iglesia es la continuadora de la obra de la Redención de Cristo que ya había sido preparada y reali­zada en la primera parte del ciclo litúrgico.

«Si en esa primera parte no hubiere conseguido el cristiano que su vida sea un fiel trasunto de la vida de Cristo, en esta segunda encontrará seguramente valiosísimos auxilios, fervorosos alientos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El misterio de la Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia y el poder del Corazón de Jesús, las grandezas de María y su acción en la Iglesia y en las almas aparecerán en toda su plenitud, produ­ciendo en él nuevos efectos. El alma siente más íntimamente en las vidas de los santos, tan variadas y tan ricas en ese tiempo, el lazo que le une a ellos en Jesucristo, por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, que ha de seguir a esta vida de prueba se revela a ellos en la fiesta de Todos los Santos, y entonces com­prende mejor la esencia de esa misteriosa dicha, que consiste en la luz y en el amor.

« Unido cada vez más estrechamente a la Santa Iglesia, que es la Esposa de Aquél a quien ama, va siguiendo el cristiano todas las fases de su existencia en el correr de los tiempos, lo compa­dece en sus dolores, triunfa con Él en su triunfo, y ve sin flaquear un momento, a ese mundo que camina a su fin, porque sabe muy bien que el Señor está cerca».

 

2.- Exposición histórica

Desde Pentecostés, en que la Iglesia nació, viene ésta reproduciendo siglo tras siglo, la vida de Cristo, cuyo místico cuerpo es.

Jesús, desde el día en que nació, se vio perseguido y hubo de huir a Egipto, mientras se perpetraba la horrible matanza de los Inocentes. También la Iglesia sufrió durante cuatro siglos recias persecuciones, teniéndose que ocultar en las Catacumbas o en el desierto.

Jesús adolescente se retira a Nazaret, y allí pasa los años largos y floridos de su vida en el recogimiento y la oración. Y la Iglesia, desde Constantino, disfrutó de una era de paz. Entonces surgieron por doquier catedrales y abadías en que resonaran día y noche las divinas alabanzas, y cuyos obispos, abades, sacerdotes y reli­giosos se oponen por el estudio y un celo infatigable al avance de la herejía y al violento empuje de la barbarie.

Jesús, el divino misionero, enviado por el Padre a las apar­tadas regiones de este planeta, comienza a los treinta años su vida de apostolado; y la Iglesia, desde el siglo XVI, debe resistir a los embates del paganismo renaciente, y desparramar por todos los nuevos mundos entonces descubiertos la semilla del Evangelio de Cristo. De su fecundo seno saldrán sin cesar nuevas milicias, y nutridas falanges de apóstoles y esforzados misioneros que anuncien la Buena Nueva al mundo entero.

Por fin Jesús termina su vida con el sacrificio del Gólgota, seguido muy pronto del triunfo de su Resurrección; y la Iglesia, lo mismo que su divina Cabeza, se verá entonces vencida y cla­vada en cruz, aunque ella ganará la victoria decisiva. «El cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo mismo que el cuerpo humano, fue en un tiempo joven, aunque al fin del mundo tendrá una apariencia de caducidad» (San Agustín).

Las fiestas de Santos abundan más después de Pentecostés, que es la más larga entre todas las épocas litúrgicas, pudiendo empezar hacia el 10 de mayo y terminar el 3 de diciembre.

3.- Exposición litúrgica

Durante el primer período del año eclesiástico (Adviento-Pentecostés) la Iglesia ha reconstituido la trama entera de la vida de Cristo, para trazar en el segundo (Pentecostés-Adviento) la vida de la Iglesia, la cual procura reproducir en sus santos las virtudes del Maestro. Por eso, los domingos que siguen a Pentecostés se veían como agrupados en torno de algu­nos santos más importantes, llamándose en la antigüedad sema­nas después de San Pedro, o de los Santos Apóstoles; Semanas después de San Lorenzo, Semanas del Séptimo mes (Septiembre) y Semanas después de San Miguel. Pero, con el tiempo, reparando más bien en la acción del Espíritu Santo en las almas, esos domingos recibieron su antigua denominación, que es sin duda más lógica, de domingos del tiempo ordinario.

Esta segunda parte del año, sin someter de nuevo su liturgia al orden cronológico de la primera, es sin embargo, eco suyo fidelísimo, porque ahonda más y más en las enseñanzas del Señor, dejándose guiar por las necesidades de nuestra inteligencia y de nuestro corazón. De ahí que en tiempos antiguos se leyeran por orden las Epístolas de san Pablo, como también los Evangelios de san Marcos y de san Lucas. Aún queda en el Misal algún rastro de aquel orden.

Con todo eso, aún se advierte cierto lógico plan en la enseñanza que se nos da en las misas dominicales del Tiempo que sigue a Pentecostés.

El primero de todos los dogmas es el de la Santísima Trinidad, y es el que el Espíritu Santo recuerda antes que ningún otro a la Iglesia, habiendo de enseñarlo a todas las naciones, al bautizarlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y así, el domingo después de Pentecostés coincide con la Fiesta de la Santísima Trinidad.

El segundo dogma es el de la Encarnación que nos será recor­dado hasta el fin de los siglos por la presencia de Jesús en la Eucaristía. Y la segunda solemnidad de este tiempo es la del Santísimo Sacramento.

El tercer dogma es el de la Iglesia, cuya alma es el Espíritu Santo; de ahí que todos los domingos encierren alusiones al Espíritu Santo y a la gracia que en las almas produce, para hacer de ellas esposas de Cristo.

Como esta serie de domingos viene también a representar los siglos por que atravesará la Iglesia, se pueden ver en ellos alusiones a las distintas edades del mundo. Y así, los últimos domingos hablan claramente de la conversión de los judíos y de las grandes pruebas por que se distinguirá el fin de los tiempos.

El tiempo ordinario está sobre todo consagrado a la Iglesia. De ahí que aparezcan más de relieve las figuras de los santos, de esos «otros Cristos», que el Espíritu Divino ha ido labrando desde el día de Pentecostés, en que fue enviado al mundo con la alta misión de santificar las almas y recoger los frutos de la reden­ción obrada por Jesús. Los Santos son el comentario vivo de la palabra del Maestro, realizando ellos en el curso de la semana lo que el Espíritu Santo ha tenido a bien enseñarnos el domingo. El ciclo santoral se despliega libremente en este tiempo litúrgico del año, y hasta hace que resalte el valor del ciclo temporal, del que depende.

En efecto, durante este tiempo vemos desfilar, una tras otra las fiestas de la Natividad de María Santísima y su Asunción a los cielos en cuerpo y alma; la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y la memoria de los santos ángeles custodios; la doble natividad de san Juan Bautista, primero en la tierra y después en el cielo el día de su degollación; la de los Príncipes de los Apóstoles, san Pedro y san Pablo; la de Todos los Santos, la Conmemoración de todos los fieles Difuntos y el Aniversario de la Dedicación de las prin­cipales iglesias figurando la reunión de las almas, que un día habrán de integrar esa «turba magna» de que hablaba san Juan, llamada la celestial Jerusalén.

Y precisamente, para indicar esta esperanza certera, se reviste el sacerdote durante todo este tiempo con los verdes ornamentos que la simbolizan[3]. El color verde significa el trabajo de la gra­cia en las almas, y por eso los antiguos con frecuencia vestían a la Virgen y a los santos con ropas verdes. También sobre los fúnebres monumentos solían pintar un ramito verde, símbolo de la inmortalidad y de la resurrección futura, a las cuales nos lleva como de la mano el tiempo santo de Pentecostés.

La fiesta de Pascua es movible, y por eso el tiempo ordinario retoma el conteo de las semanas que se dieron después de Epifanía, haciendo que terminen con la semana 34, inmediatamente antes de Adviento aunque para ello algunas veces se pierda una semana.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] «El Espíritu es en toda la Iglesia lo que el alma es todos los miembros del cuerpo» San Agustín.

[2] «La unidad del cuerpo místico es producida por el cuerpo verdadero sacramentalmente recibido» (Santo Tomás). 

[3] El color verde, que en la naturaleza vegetal es indicio de vida, se estilaba antaño para los ángeles, los cuales aparecían con doble aureola verde, o bien revestidos de ese color, porque, según la expresión del Areopagita «éstos tienen algo de juvenil». Pero los tejidos de oro pueden suplir a los verdes (Decreto 20, noviembre de 1885).

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El espíritu de la liturgia*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2010

El sacerdote en la Praeparatio y en la Acción de Gracias de la Santa Misa

 

1. La oración íntima y personal de Jesús

Para el sacerdote, dar fruto en la vida y en el ministerio depende de la unión con Dios, unión que está en la base también del hecho de que los fieles se dirijan a él para que rece por ellos. Jesucristo confió a aquellos que lo seguían más de cerca una palabra que aclara el sentido de todo el bien que habrían hecho: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El mismo Señor Jesús, en el contexto de los muchos milagros realizados por él, estableció un tiempo para estar solo, para dedicar a la oración a su Padre celestial. Para Jesús, la oración oficial de la liturgia era soportada por una vida interior, en la cual la reserva apoyaba esa intimidad que nutre la oración personal. Las dimensiones eclesial y comunitaria se refuerzan por una relación personal similar con Dios, que cada fiel espera poder profundizar.

La búsqueda de Dios, que da significado a la vida de los que lo aman, sirve de recuerdo cotidiano del hecho de que toda bendición proviene y al mismo tiempo dirige hacia el Dios omnipotente. La Sagrada Escritura describe de forma vívida el alimento que Jesús tomaba de su vida de oración escondida: “él se retiraba a lugares desiertos para orar” (Lc 5,16). Del mismo modo, notamos la importancia de los distintos momentos del día, por el hecho de que Jesús se muestra particularmente atento al silencio de la oración, en la que busca la voluntad del Padre. Momentos similares animan un especial recogimiento y una cercanía ininterrumpida: “Por la mañana se alzó cuando aún estaba oscuro y, tras salir de casa, se retiró a un lugar desierto y allí rezaba” (Mc 1,35); “Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (Mt 14,23).

2. La oración íntima y personal del sacerdote

El sacerdote, consciente de participar en la obra de Cristo, se esfuerza por seguir su ejemplo, por guiar el santo pueblo de Dios al Padre, a través de Cristo en el Espíritu Santo. Él sabe muy bien que, dado que sus defectos dañan la credibilidad de su testimonio, debe pedir con no menor urgencia a Dios que infunda en él las virtudes propias de su estado. Parte de la homilía propuesta en el rito de ordenación del presbítero instruye a aquel que va a ser ordenado de esta forma: “Así continuarás la obra de santificación de Cristo. A través de tu ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque está unido al sacrificio de Cristo, es ofrecido a través de sus manos en el nombre de la Iglesia de forma incruenta sobre el altar, en la celebración de los sagrados misterios. Reconoce lo que haces, imita a aquel que tocas, para que celebrando el misterio de la muerte y resurrección del Señor, puedas mortificar en ti mismo todos los vicios y prepararte a caminar en una vida nueva” [1].

Se ve, por ello, que el motivo de una particular preparación del sacerdote antes de la Misa y el agradecimiento después de ella reside en el beneficio para la Iglesia entera, porque el sacerdote que santifica al pueblo cristiano necesita él en primer lugar ser colmado por el espíritu de santidad. Siempre es de ayuda al sacerdote haber tomado un momento para considerar los textos que rezará durante la Misa, sea en el día en el que participará la asamblea, sea cuando falta esta. Oportunas reflexiones previas sobre los textos pueden estimular un deseo más profundo de Dios. La preparación textual constituye una preparación litúrgica coherente para la Santa Misa, no en último término porque está basada en la Sagrada Escritura. Un sacerdote que cultiva el silencio personal en el tiempo que precede y que sigue a la Santa Misa, con su misma disposición animará el espíritu de meditación.

Un sacerdote en atención pastoral podría tener que luchar para establecer el silencio deseable en toda sacristía, especialmente si se presenta la necesidad de tener que recibir en ella a los fieles. Pero precisamente para él en particular, los textos de preparación antes de la Misa y de agradecimiento después de ésta pueden ser rezados en cualquier momento. Éstos reconocen también las limitaciones de tiempo y por ello se presentan como un apoyo espiritual más que como una imposición de obligación al sacerdote que intenta celebrar la Misa del modo más reverente posible. Debe señalarse que la ligera categoría [blanda rubrica] que se encuentra bajo los títulos de la Praeparatio ad Missam y de la Gratiarum Actio en el Misal de 1962 reconoce estas exigencias concretas del sacerdote [2]. Ningún acto de amor, por definición, es apresurado. Habiendo ofrecido el supremo sacrificio del amor de Cristo, es de esperar que un sacerdote sea movido a hacer lo que sea posible para encontrar un tiempo, aunque sea breve, para una acción de gracias después de la Misa. Y se sentirá reforzado por haberlo hecho.

La preparación de un sacerdote para la Misa será ulteriormente apoyada por el ciclo de la Liturgia de las Horas, que enriquece la vida de todo sacerdote. La antigua sabiduría del Ritus Servandus in Celebratione Missae, que se encuentra aún en la primera parte del Misal de 1962, presume la importancia intrínseca del Oficio Divino para la vida interior del presbítero. Ésta establecía que los Maitines (actual Oficio de Lectura, n.d.t.) y las Laudes debían haberse completado antes de la celebración. También debe decirse que el contexto de esa prescripción secular no podía tener presente la Misa de la tarde [3].

Dado que la Misa se celebra actualmente en cualquier hora del día litúrgico, ya no se aplica esta norma de modo restrictivo, sin embargo los Principios y Normas para la Liturgia de las Horas explican atentamente la conexión entre la celebración de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas: “Cristo ha mandado: ‘Hay que rezar siempre sin descanso’” (Lc 18,1). Por ello la Iglesia, obedeciendo fielmente a este mandato, no cesa nunca de elevar oraciones y nos exhorta con estas palabras: ‘Por medio de él (Jesús) ofrecemos continuamente un sacrificio de alabanza a Dios’ (Hb 13,15). A este precepto la Iglesia responde no solo celebrando la Eucaristía, sino también de otras formas, y especialmente con la Liturgia de las Horas, la cual, entre las demás acciones litúrgicas, tiene como característica, por antigua tradición cristiana, santificar todo el transcurso del día y de la noche” [4].

3. La Praeparatio ad Missam

3.1. La comparación de los textos ofrecidos para la Praeparatio muestran que las mismas oraciones están incluidas en las dos formas del Rito Romano, aunque hayan sido reducidas a cuatro en el Missale Romanum de 1970. En este, encontramos la oración Ad Mensam de san Ambrosio; la Omnipotens sempiterne Deus, ecce accedo de santo Tomás de Aquino; una oración a la Beata Virgen María, O Mater pietatis et misericordiae; y la Fórmula de Intención Ego volo celebrare Missam [5]. A raíz de una primera reforma de las indulgencias hecha después del Concilio Vaticano II y publicada en el Enchiridion de las Indulgencias de 1968, no se mencionan las indulgencias que fueron unidas a la recitación de estas oraciones por Pío IX, cuyos detalles habían sido publicados en el Misal de 1962.

3.2. Amplios textos adornan ese Misal, La antífona Ne reminiscaris pide a Dios que sea misericordioso a pesar de nuestros pecados y de los de aquellos que nos han precedido. Esta va seguida por los salmos 83, 84, 85, 115 y 129. El Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison y el Pater noster, cuyas dos últimas líneas forman el inicio de una serie de versículos, son seguidos por un número de colectas breves. En algunos manuales devocionales estas siete colectas se atribuyeron a san Ambrosio y asignadas a los diversos días de la semana. Sea como sea, por la forma como están colocadas en el Misal, se considera que deben decirse sucesivamente bajo una única conclusión. Todas, excepto la séptima, se concentran sobre la obra de santificación del Espíritu Santo. La séptima colecta es seguida por una doxología más larga que concluye la serie. La primera colecta reza para que el Espíritu Santo resplandezca en nuestros corazones, para que podamos celebrar dignamente los santos misterios. La segunda pide que podamos amar a Dios perfectamente y alabarlo dignamente. La tercera, que podamos servir a Dios en la castidad y pureza de espíritu, mientras que la cuarta implora al Paráclito que ilumine nuestras mentes. La quinta pide la fuerza del Espíritu Santo para expulsar las fuerzas del enemigo. La sexta colecta pide la sabiduría y la consolación, y la última pide a Dios que nos purifique y que haga de nosotros el lugar de su morada.

3.3. La extensa Oratio Sacerdotis ante Missam está dividida en el Misal en siete partes, una por cada día de la semana, y forma una meditación orante sobre la imitación de las virtudes de Cristo, Sumo Sacerdote. Su significado es tan confortante como exigente. La relevancia de sus diversos temas es adecuada a su estilo literario, que es insistente e íntimo. El domingo, el sacerdote pide al Espíritu Santo que le enseñe a tratar los santos misterios con reverencia, honor, devoción e íntimo temor. El lunes, se concentra sobre su necesidad de castidad perfecta, mientras que el martes, el sacerdote reconoce su propia indignidad al celebrar la Misa y, mientras proclama su fe en que Dios puede suplir cuanto le falta, pide percibir su presencia mientras celebra y también ser rodeado por los ángeles. El miércoles sale a la luz el elenco de las necesidades sociales de las personas por las cuales Cristo derramó su Sangre. El jueves, el sacerdote, mientras mendiga la misericordia divina, recuerda cómo la providencia socorre la fragilidad humana: “Tu amas todo lo que existe, y no desprecias nada de cuanto has hecho” [6]. El viernes, el sacerdote reza especialmente por los difuntos y el sábado reflexiona sobre el gran don del Santísimo Sacramento y suplica que éste le pueda conducir a ver a Dios cara a cara.

3.4. El Ad Mensam de san Ambrosio pide que el Cuerpo y la Sangre de Cristo puedan perdonar al sacerdote sus pecados y protegerlo de sus enemigos. La Oración de santo Tomás de Aquino, en cambio, pide que el poder curador del Santísimo Sacramento pueda preparar al sacerdote a la visión eterna de Dios. En la Oración a la Beata Virgen María, el sacerdote reza no sólo por sí mismo, sino por todos sus hermanos que celebran la Misa ese día en todo el mundo. Siguen oraciones a san José, a todos los ángeles y santos y finalmente una oración al santo en honor del cual será celebrada la Misa. La Fórmula de Intención recuerda al sacerdote la intención de la Iglesia respecto a la celebración de la Misa, así como su papel dentro de la misma. El sacerdote no opera solo. Lo que él realiza ha sido entregado por Cristo a su Iglesia, confirmado por el Magisterio y apoyado por la Tradición. El sacerdote hace presente el Cuerpo y Sangre de Cristo. Él sigue el rito de la santa Iglesia católica. Su objetivo es el de alabar a Dios y a la Iglesia celeste, mientras reza por la terrena, y en particular por todos aquellos que se han encomendado a sus oraciones, como también por el bienestar de toda la Iglesia católica. Después, al rezar por todos los fieles, el sacerdote pide que el Señor le conceda a él y a todos alegría con paz, cambio de vida, un espacio de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo y la perseverancia en las buenas obras.

4. La Gratiarum Actio post Missam

4.1. El cuerpo de textos que forma el agradecimiento tras la Misa muestra amor, humildad y fe que se exaltan en el don sublime de la Santísima Eucaristía. El Missale Romanum de 2002 contiene la Oración Universal atribuida al papa Clemente XI y el Ave María. Además, en común con el Misal de 1962, contiene la Oración de santo Tomás de Aquino; las Aspiraciones al Santísimo Redentor o Anima Christi; la Ofrenda de sí o Suscipe; la Oración ante Nuestro Señor Jesucristo crucificado o En Ego; y la Oración a la Beata Virgen María. A estos textos en el Misal de 1962 se anexaban las indulgencias de los papas Pío X, XI y XII, mientras que algunos textos del Missale Romanum de 2002 han sido incluidos también en el Enchiridion de las Indulgencias.

4.2. En el Misal de 1962, una antífona precede al Benedicite (cf. Dn 3,56-58) y al Salmo 150. Observando la misma estructura de la Preparación a la Misa, el Kyrie eleison y algunos versículos abren el camino a algunas colectas. La primera de ellas reza para que, como los tres jóvenes fueron sacados ilesos de las llamas, así puedan los siervos del Señor evitar las heridas del pecado. La segunda colecta pide que las obras buenas que Dios ha comenzado en sus siervos puedan llegar a su cumplimiento, mientras que la tercera, que tiene un tema semejante a la primera, es una oración a san Lorenzo, diácono y mártir, a quien se halló vencedor en el sufrimiento. Las devociones que el sacerdote puede recitar pro opportunitate poseen expresiones semejantes a las peticiones de protección en nuestro viaje hacia el Cielo. Tras la oración de santo Tomás hay otra (alia oratio) y el himno métrico Adoro Te, sigue la amada oración del Anima Christi. El Suscipe y el En Ego preceden a otra oración que pide que la Pasión de Cristo sea la fuerza del sacerdote, su defensa y gloria eterna. Antes de las oraciones a san José y al santo en honor del cual se ha celebrado la Misa, la Oración a la Beata Virgen María ofrece a Jesús, que ha sido recibido en la Santísima Eucaristía, a la Virgen Madre, para que Ella pueda volver a ofrecerlo en el supremo acto de adoración (latreia), o culto perfecto, a la Santísima Trinidad.

5. Conclusión

El Ordenamiento General del Misal Romano establece: “Es por ello de suma importancia que la celebración de la Misa, o Cena del Señor, esté ordenada de tal forma que los sagrados ministros y los fieles, participando en ella cada uno según su propio orden y grado, traigan abundancia de los frutos por los que Cristo instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre y lo ha confiado, como memorial de su Pasión y resurrección, a la Iglesia, su amadísima esposa” [7]. La preparación del sacerdote a la Misa y al acto de acción de gracias sucesivo se completan mutuamente. Estos nutren la reverencia en los corazones y en las mentes de los fieles que son ayudados a participar con mayor intensidad en la liturgia celebrada por un sacerdote que se ha beneficiado de la oportunidad de recogimiento. Lo que anima la preparación previa promueve también la acción de gracias sucesiva a la Misa. Ambas guían continuamente a la Iglesia hacia y desde el Sacrificio eucarístico que celebra y hace presente los frutos del misterio pascual hasta que Cristo vuelva en el fin de los tiempos

Por el padre Paul Gunter, OSB

Profesor del Pontificio Instituto Litúrgico de Roma y

Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

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Notas

1) Pontificale Romanum, “De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum”, cap. 2, n. 151: Munere item sanctificandi in Christo fungéris. Ministério enim tuo sacrifícium spirituále fidélium perficiétur, Christi sacrifício coniúnctum, quod una cum iis per manus tuas super altáre incruénter in celebratióne mysteriórum offerétur. Agnósce ergo quod agis, imitáre quod tracta, quátenus mortis et resurrectiónis Dómini mystérium célebrans, membra tua a vítiis ómnibus mortificáre et in novitáte vitæ ambuláre stúdeas.

2) La expresión Praeparatio ad Missam impresa en negro está seguida por otra: pro opportunitate sacerdotis facienda escrita en rojo, lo que califica los textos como recursos facultativos que el sacerdote puede usar según las circunstancias.

3) Sacerdos celebraturus Missam […] saltem Matutino cum Laudibus absoluto.

4) Institutio Generalis de Liturgia Horarum, cap. 1, n. 10.

5) Missale Romanum, editio typica tertia 2002, nn. 1289-1291.

6) Sb 11,24 forma el introito del Miércoles de Ceniza, tanto en la forma ordinaria como en la extraordinaria del Rito Romano.

7) Institutio Generalis Missalis Romani, 2002, n. 17.

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Observancia de las normas litúrgicas y ars celebrandi*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2010

 

Con motivo de la coincidencia, en 2009-2010, de diversos aniversarios: el 150° de la muerte del Santo Cura de Ars (1859), el 40° de la promulgación del Misal de Pablo VI (1969) y el 440° del Misal de san Pío V (1570), que en la edición aprobada por el beato Juan XXIII (1962) representa la forma extraordinaria del Rito Romano [1], es perfecta la oportunidad de poner en claro la peculiar dignidad del sacerdocio ordenado, profundizando en la teología y la espiritualidad de la Santa Misa, particularmente en la perspectiva del ministro que la celebra.

1. La situación en el posconcilio

El Concilio Vaticano II ordenó una reforma general de la sagrada liturgia [2]. Esta fue efectuada, tras la clausura del Concilio, por una comisión comúnmente llamada, por brevedad, el Consilium [3]. Es sabido que la reforma litúrgica fue desde el inicio objeto de críticas, a veces radicales, como de exaltaciones, en ciertos casos excesivas. No es nuestra intención detenernos en este problema. Podemos decir en cambio que se está generalmente de acuerdo en observar un fuerte aumento de los abusos en el campo celebrativo después del Concilio.

También el Magisterio reciente ha tomado nota de la situación y en muchos casos ha llamado a la estricta observancia de las normas y de las indicaciones litúrgicas. Por otra parte, las leyes litúrgicas establecidas para la forma ordinaria (o de Pablo VI) –la que, excepciones aparte, se celebra siempre y en todas partes en la Iglesia de hoy– son mucho más “abiertas” respecto al pasado. Estas permiten muchas excepciones y diversas aplicaciones, y prevén también múltiples formularios para los diversos ritos (la pluriformidad incluso aumenta en el paso de la editio typica latina a las versiones nacionales). A pesar de ello, un gran número de sacerdotes considera que tiene que ampliar ulteriormente el espacio dejado a la “creatividad”, que se expresa sobre todo con el frecuente cambio de palabras o de frases enteras respecto a las fijadas en los libros litúrgicos, con la inserción de “ritos” nuevos y a menudo extraños completamente a la tradición litúrgica y teológica de la Iglesia e incluso con el uso de vestimentas, vasos sagrados y adornos no siempre adecuados y, en algunos casos, cayendo incluso en el ridículo. El liturgista Cesare Giraudo ha resumido la situación con estas palabras:

“Si antes [de la reforma litúrgica] había fijación, esclerosis de formas, innaturalidad, que hacían la liturgia de entonces una “liturgia de hierro”, hoy hay naturalidad y espontaneísmo, sin duda sinceros, pero a menudo sobreentendidas, malentendidas, que hacen –o al menos corren en riesgo de hacer– de la liturgia una “liturgia de caucho”, resbaladiza, escurridiza, jabonosa, que a veces se expresa en una ostentosa liberación de toda normativa escrita. […] Esta espontaneidad mal entendida, que se identifica de hecho con la improvisación, la facilonería, la superficialidad, el permisivismo, es el nuevo “criterio” que fascina a innumerables agentes pastorales, sacerdotes y laicos. […] Por no hablar también de aquellos sacerdotes que, a veces y en algunos lugares, se arrogan el derecho de utilizar plegarias eucarísticas salvajes, o de componer acá o allá su texto o partes de él” [4].

El papa Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, manifestó su disgusto por los abusos litúrgicos que tienen lugar a menudo, particularmente en la celebración de la Santa Misa, en cuanto que “la Eucaristía es un don demasiado grande, para soportar ambigüedades y disminuciones” [5]. Y añadió:

“Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las «formas» adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios” [6].

 

2. Causas y efectos del fenómeno

El fenómeno de la “desobediencia litúrgica” se ha extendido de tal forma, por número y en ciertos casos también por gravedad, que se ha formado en muchos una mentalidad por la cual en la liturgia, salvando las palabras de la consagración eucarística, se podrían aportar todas las modificaciones consideradas “pastoralmente” oportunas por el sacerdote o por la comunidad. Esta situación indujo al mismo Juan Pablo II a pedir a la Congregación para el Culto Divino que preparase una Instrucción disciplinar sobre la Celebración de la Eucaristía, publicada con el título de Redemptionis Sacramentum el 25 de marzo de 2004. En la citación antes reproducida de la Ecclesia de Eucharistia, se indicaba en la reacción al formalismo una de las causas de la “desobediencia litúrgica” de nuestro tiempo. La Redemptionis Sacramentum señala otras causas, entre ellas un falso concepto de libertad [7] y la ignorancia. Esta última en particular se refiere no sólo al conocimiento de las normas, sino también a una comprensión deficiente del valor histórico y teológico de muchos textos eucológicos y ritos: “Los abusos encuentran, finalmente, muy a menudo fundamento en la ignorancia, ya que por lo general se rechaza aquello de lo que no se capta el sentido más profundo, ni se conoce su antigüedad” [8].

Introduciendo el tema de la fidelidad a las normas en una comprensión teológica e histórica, además de en el contexto de la eclesiología de comunión, la Instrucción afirma:

“El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande ‘para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal’. […] Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la ‘secularización’.

Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia” [9].

Particularmente significativo en este texto es la llamada al derecho de los fieles de tener la liturgia celebrada según las normas universales de la Iglesia, además de subrayar el hecho de que las transformaciones y modificaciones de la liturgia – aunque se hagan por motivos “pastorales” – no tienen en realidad un efecto positivo en este campo; al contrario confunden, turban, cansan y pueden incluso hacer alejarse a los fieles de la práctica religiosa.

 

3. El ars celebrandi

He aquí los motivos por los cuales el Magisterio en las últimas cuatro décadas ha recordado varias veces a los sacerdotes en la importancia del ars celebrandi, el cual –si bien no consiste sólo en la perfecta ejecución de los ritos de acuerdo con los libros, sino también y sobre todo en el espíritu de fe y adoración con los que éstos se celebran– no se puede sin embargo realizar si se aleja de las normas fijadas para la celebración [10]. Así lo expresa por ejemplo el Santo Padre Benedicto XVI:

“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).” [11].

Recordando estos aspectos, no se debe caer en el error de olvidar los frutos positivos producidos por el movimiento de renovación litúrgica. El problema señalado, con todo, subsiste y es importante que la solución al mismo parta de los sacerdotes, los cuales deben empeñarse ante todo en conocer de manera profundizada los libros litúrgicos, y también a poner fielmente en práctica sus prescripciones. Sólo el conocimiento de las leyes litúrgicas y el deseo de atenerse estrictamente a ellas impedirá ulteriores abusos e “innovaciones” arbitrarias que, si en el momento pueden quizás emocionar a los presentes, en realidad acaban pronto por cansar y defraudar. Salvadas las mejores intenciones de quien las comete, después de cuarenta años de “desobediencia litúrgica” no construye de hecho mejores comunidades cristianas, sino que al contrario pone en peligro la solidez de su fe y de su pertenencia a la unidad de la Iglesia católica. No se puede utilizar el carácter más “abierto” de las nuevas normas litúrgicas como pretexto para desnaturalizar el culto público de la Iglesia:

“Las nuevas normas han simplificado en mucho las fórmulas, los gestos, los actos litúrgicos […]. Pero tampoco en este campo se debe ir más allá de lo establecido: de hecho, haciendo así, se despojaría a la liturgia de los signos sagrados y de su belleza, que son necesarios, para que se realice verdaderamente en la comunidad cristiana el misterio de la salvación y se comprenda también bajo el velo de las realidades visibles, a través de una catequesis apropiada. La reforma litúrgica de hecho no es sinónimo de desacralización, ni quiere ser motivo para ese fenómeno que llaman la secularización del mundo. Es necesario por ello conservar en los ritos dignidad, seriedad, sacralidad” [12].

Entre las gracias que esperamos poder obtener de la celebración del Año Sacerdotal está por tanto también la de una verdadera renovación litúrgica en el seno de la Iglesia, para que la sagrada liturgia sea comprendida y vivida por lo que esta es en realidad: el culto público e íntegro del Cuerpo Místico de Cristo, Cabeza y miembros, culto de adoración que glorifica a Dios y santifica a los hombres [13].

Por Mauro Gagliardi. ROMA

Notas

[1] Cf. M. Gagliardi, “El sacerdote en la Celebración eucarística”, Zenit 12.11.2009: http://www.zenit.org/article-33257?l=spanish

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 21.

[3] Abreviación de Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia.

[4] C. Giraudo, “La costituzione ‘Sacrosanctum Concilium’: il primo grande dono del Vaticano II”, en La Civiltà Cattolica (2003/IV), pp. 532; 531.

[5] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 10.

[6] Ibid., n. 52. Cf. también Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 28.

[7] “No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo”: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum, n. 7.

[8] Ibid., n. 9.

[9] Ibid., nn. 11-12.

[10] Sagrada Congregación de los Ritos, Eucharisticum Mysterium, n. 20: “Para favorecer el correcto desarrollo de la celebración sagrada y la participación activa de los fieles, los ministros no deben limitarse a llevar a cabo su servicio con exactitud, según las leyes litúrgicas, sino que deben comportarse de forma que inculquen, por medio de éste, el sentido de las cosas sagradas”.

[11] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 38. Véase el n. 40 desarrolla adecuadamente el concepto.

[12] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Liturgicae instaurationes, n. 1. El texto continua: “La eficacia de las acciones litúrgicas no está en la búsqueda continua de novedades rituales, o de simplificaciones ulteriores, sino en la profundización de la palabra de Dios y del misterio celebrado, cuya presencia está asegurada por la observancia de los ritos de la Iglesia y no de los impuestos por el gusto personal de cada sacerdote. Téngase presente, además, que la imposición de reconstrucciones personales de los ritos sagrados por parte del sacerdote ofende la dignidad de los fieles y abre el camino al individualismo y al personalismo en la celebración de acciones que directamente pertenecen a toda la Iglesia”.

[13] Cf. Pío XII, Mediator Dei, I, 1; Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7.

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El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

Por don Juan Silvestre, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

 

1. Eucaristía, Iglesia y María: relación con el sacerdote

“Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia” [1]. Estas palabras del venerable Juan Pablo II constituyen un marco adecuado y nos introducen en el tema que trataremos de desarrollar brevemente en este artículo: El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística.

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección del Señor, “se realiza la obra de nuestra redención” [2] y de ahí se pueda afirmar que “hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia” [3]. En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, “en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz” [4]. La Eucaristía precede cronológica y ontológicamente la Iglesia y de este modo se comprueba una vez más que el Señor nos ha “amado primero”.

Al mismo tiempo, Jesús ha perpetuado su entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. En aquella “hora”, Jesús anticipa su muerte y su Resurrección. De ahí que podamos afirmar que “en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual” [5]. Todo el Triduum paschale está como incluido, anticipado y “concentrado” para siempre en el don eucarístico. Por eso, todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad que participa en ella, vuelve a la “hora” de la Cruz y de la glorificación, vuelve espiritualmente al lugar y a la hora Santa de la redención [6]. En la Eucaristía nos adentramos en el acto oblativo de Jesús y así, participando en su entrega, en su cuerpo y su sangre, nos unimos a Dios [7].

En este “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. “Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro” [8]. En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel “¡He aquí a tu hijo!” del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros “¡He aquí a tu Madre!” (Jn 19,26.27).

“Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado” [9]. Por eso “vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. (…) María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía” [10]. La presencia de la Santísima Virgen en la celebración eucarística ordinaria y habitual será el punto que trataremos de desarrollar.

La recomendación de la celebración cotidiana de la Santa Misa, aún cuando no hubiera participación de fieles, deriva por una parte valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y “además está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación” [11]. En este camino de conformación y transformación, el encuentro del sacerdote con María en la Santa Misa cobra una importancia particular. En realidad, “por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” [12].

 

2. En la Misa de Pablo VI

Su maternal presencia la experimentamos en dos momentos significativos de la celebración eucarística según el Misal romano en su editio typica tertia, expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino: el Confiteor del acto penitencial y la Plegaria eucarística.

2.1. El Confiteor.  En el camino hacia el Señor nos damos cuenta de nuestra propia indignidad. El hombre antes Dios se siente pecador y de sus labios brota espontáneamente la confesión de la miseria propia. Se hace necesario pedir a lo largo de la celebración que el mismo Dios nos transforme y acepte que participemos en esa actio Dei que configura la liturgia. De hecho, el espíritu de conversión continua es una de las condiciones personales que hace posible la actuosa participacitio de los fieles y del mismo sacerdote celebrante. “No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida (…). Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” [13].

El acto penitencial, que “se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad” [14] facilita que nos conformemos a los sentimientos de Cristo, que pongamos los medios para hacer posible aquel “estar con Dios” y a la vez nos “fuerza” a salir de nosotros mismos, nos mueve a rezar con y por los otros: no estamos solos. Por la comunión de los santos ayudamos y nos sentimos ayudados y sostenidos los unos por los otros. Es en este contexto donde encontramos una de las modalidades de la oración litúrgica mariana, la que se presenta como recuerdo de la intercesión de Santa María en el Confiteor. Como recordaba Pablo VI “el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora del pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado” [15].

El Confiteor, genuina fórmula de confesión, se encuentra con diversas redacciones a partir del siglo IX en ámbito monástico. De ahí pasará a las iglesias del clero secular y lo encontramos como un elemento fijo en el Ordo de la Curia papal anterior a 1227 [16].

“Ideo precor beatam Mariam semper Virginem”. “Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, (…) que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

Ella, en comunión con Cristo, único mediador, reza al Padre por todos los fieles, sus hijos. Como recuerda el Concilio “la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” [17].

Santa María “cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” [18]. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. “De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo” [19]. Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” [20].

2.2. La Plegaria Eucarística. Por lo que se refiere a la memoria de María en las Plegarias eucarísticas del Misal Romano “dicha memoria cotidiana, por su colocación en el centro del santo Sacrificio, debe ser tenida como una forma particularmente expresiva del culto que la Iglesia rinde a la Bendita del Altísimo (cfr. Lc 1, 28)” [21].

Este recuerdo de Santa María se manifiesta de dos modos: su presencia en la Encarnación y su intercesión en la gloria. Acerca del primer punto podemos recordar que el “sí” de María es la puerta por la que Dios se encarna, entra en el mundo. De este modo, María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, y por tanto de nuestra salvación. “La Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio” [22].

Así lo encontramos expresado por ejemplo en el prefacio de la Plegaria eucarística II, que se remonta a la Traditio apostolica, y en el Post-sanctus de la IV. Las dos expresiones son muy semejantes:

“tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor” (PE II)

“El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen” (PE IV)

En el contexto de la Plegaria eucarística esta confesión de fe destaca la cooperación de Santa María en el misterio de la Encarnación y su vínculo con Cristo, así como la acción del Espíritu Santo. Con ella se trata de presentar la Eucaristía como presencia verdadera y auténtica del Verbo encarnado que ha sufrido y ha sido glorificado. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y a la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.

Como señala Juan Pablo II, “María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” [23]. María aparece así ligada a la relación Encarnación-Eucaristía.

Por otra parte, la presencia de Santa María en la Plegaria eucarística, también nos presenta su intercesión en la gloria. Su recuerdo en la Comunión de los Santos es típico del Canon romano y se encuentra en las otras Plegarias del Misal romano, en sintonía con las Anáforas orientales. “La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las Plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor” [24].

La memoria de Santa María en el Canon romano se enriqueció con títulos solemnes que recuerdan la proclamación del dogma de la Maternidad divina en el Concilio de Éfeso (431) y probablemente expresiones que se recogen en las homilías de los Papas [25]. La mención solemne del Canon romano reza: “in primis gloriosae semper virginis Mariae Genetricis Dei, et Domini nostri Iesu Christi” veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor” (Canon Romano).

Santa María es exaltada con los títulos de gloriosa y semper Virgo, como la llama San Epifanio [26]. Por otra parte, la expresión utilizada, “Genetrix Dei” es utilizada con frecuencia por los Padres latinos, especialmente por san Ambrosio. Su inclusión en el Canon romano es anterior al Papa León Magno, y muy probablemente fue introducida antes del Concilio de Éfeso [27]. Finalmente es recordada como la primera entre todos los santos.

El significado de esta mención y recuerdo puede ser triple [28]: primero porque la Iglesia haciendo memoria de Santa María entra en comunión con Ella; en segundo lugar su recuerdo es lógico pues deriva de la condición de santidad y gloria propia de la Madre de Dios [29]; finalmente por la intercesión, que por medio de ella, se pide a Dios [30]: “por sus méritos y oraciones [de Santa María y de los santos] concédenos [Señor] en todo tu protección”.

En un contexto similar al del Canon romano, si bien con pequeñas variaciones, se encuentra la petición a Santa María y a los santos para alcanzar la vida eterna: “así con María, la Virgen Madre de Dios, (…) merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (PE II)

“con María, la Virgen Madre de Dios, (…) por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda” (PE III) [31]

“Padre de bondad, que todos tus hijos nos reunamos en la heredad de tu reino, con María, la Virgen Madre de Dios (…) y allí, junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte,

te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro… (PE IV)

3. En la Misa de san Pío V

Finalmente, en el Misal romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, expresión extraordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino, encontramos mencionada a Santa María en otros dos momentos de la celebración eucarística. Por una parte, en la súplica a la Santísima Trinidad que reza el sacerdote después del Lavabo y pone fin al rito ofertorial.

En esta oración se lee: “Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus ob memoriam passionis…; et in honorem beatae Mariae semper Virginis…”

Esta oración resume las intenciones y los frutos del sacrificio como un epílogo del ofertorio. Efectivamente después de recordar que la ofrenda se hace en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor aparecen mencionados la Santísima Virgen y los santos San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. La mención de María se sitúa en el contexto de aquella veneración que la Santa Iglesia, con amor especial, le tributa por el lazo indisoluble que existe entre Ella y la obra salvífica de su Hijo. Al mismo tiempo, en Ella admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención [32]. En esta oración se recuerda que “en la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María” [33].

La mención a María la encontramos también en el embolismo Líbera nos después del Pater noster. Allí se recoge:

“Líbera nos, quaesumus Domine, ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuris: et intercedente beata et gloriosa semper Virgine Dei Genitrice Maria (…) da propitius pacem in diebus nostris…”

Una vez más, también esta oración manifiesta esa perfecta unidad que existe entre la Lex orandi y la Lex credendi, pues “la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el misterio pascual” [34]. De hecho, esta oración nos muestra que “por el carácter de intercesión, que se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la historia de la Iglesia y del mundo” [35].

4. Conclusión

Al acabar este breve recorrido por el Ordo Missae jalonado por significativos encuentros con Santa María podemos afirmar con uno de los grandes santos de nuestro tiempo: “Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (…) Ésta es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En este insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El trato con Jesús en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre” [36].

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1 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 53.

2 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.

3 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 21.

4 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 14.

5 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 5.

6 Cfr. JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 4.

7 Cfr. BENEDICTO XVI, enc. Deus caritas est, n. 13.

8 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

9 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

10 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

11 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.

12 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

13 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.

14 Institutio Generalis Missalis Romani, n. 55.

15 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57.

16 V. RAFFA, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: della storia e della teologia alla pastorale pratica, Roma 2003, p. 272-274.

17 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 60.

18 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.

19 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

20 CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18.

21 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 10.

22 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

23 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 55.

24 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

25 Cf. S. MEO, “La formula mariana Gloriosa semper Virgo Maria Genitrix Dei et Domini nostri Iesu Christi nel Canone romano e presso due Pontefici del V secolo” in PONTIFICIA ACADEMIA MARIANA INTERNATIONALIS, De primordiis cultus mariani, Acta Congressus Mariologici-mariani in Lusitania anno 1967 celebrati, vol. II, Romae 1970, pp. 439-458.

26 Cfr. M. RIGHETTI, Historia de la liturgia I, Madrid 1956, p. 334.

27 M. AUGE, L’anno liturgico: è Cristo stesso presente nella sua Chiesa, Città del Vaticano 2009, p. 247

28 Cfr. J. CASTELLANO, “In comunione con la Beata Vergine Maria. Varietà di espressioni della preghiera liturgica mariana”, Rivista liturgica 75 (1988) 59.

29 “La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

30 “La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la Llena de gracia (Lc 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

31 “La reciente plegaria eucarística III que expresa con intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir con la Madre la herencia de hijos: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, 10)

32 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum concilium, n. 102.

33 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 58.

34 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 34.

35 JUAN PABLO II, enc. Redemptoris mater, n. 40.

36 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Virgen del Pilar. Libro de Aragón, Madrid 1976, p. 99.

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La formación doctrinal

Posted by pablofranciscomaurino en abril 24, 2009

Así como una persona cualquiera debe formarse durante unos dieciocho años para poder ejercer una profesión, un católico debe hacer algo parecido:

Primero, hay que leer, meditar y estudiar los libros que san Juan Pablo II llamó los libros de cabecera de un católico, de cualquier católico:

1) el Catecismo de la Iglesia Católica,

2) la Biblia y

3) el Código de Derecho Canónico.

Al terminar esta primera fase, habremos recibido la formación básica (algo similar a la primaria).

En segundo lugar, se deben estudiar:

1) los documentos oficiales de la Iglesia: los del Concilio Vaticano II, las Cartas y Encíclicas de los papas (principalmente los más recientes), los documentos de las Congregaciones del Vaticano, Asambleas episcopales y Sínodos…,

2) la Liturgia y

3) la Patrística (los escritos de los Padres de la Iglesia).

Con esta segunda fase, se llega a ser medianamente formado (se equipara al bachillerato).

Y, por último, se deben continuar los estudios con:

1) la teología espiritual (mística),

2) los escritos de los Doctores de la Iglesia y

3) las vidas y obras de los santos.

Una vez culminados estos estudios, digámoslo así, termina la formación universitaria.

Sin embargo, la persona que llega a este nivel no tiene todavía la capacidad para evaluar, la facultad de discernir si algo (apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes, nuevas formas de espiritualidad, etc.) está de acuerdo con la doctrina de la Iglesia o no. Es decir, no está especializado.

Para eso hace falta lo que hoy llaman la maestría y el doctorado, por una parte; y por otra, la ayuda eficaz e inequívoca del Espíritu Santo, requisitos que solo llena el Magisterio de la Iglesia: únicamente la autoridad competente de la Iglesia es capaz de aprobar o desaprobar cualquiera de esas cosas.

Es esa autoridad competente la que también, por eso mismo, autoriza las obras espirituales (libros, folletos, novenas, oraciones…). Por eso, cada vez que vayamos a comprarlas, es necesario que busquemos la aprobación eclesiástica: el Nihil obstat (no hay óbice, nada obsta, nada es contrario a la fe) y el Imprimatur (puede imprimirse), firmado por lo menos por un Obispo.

Aquí hay que agregar que, aunque estén aprobadas por la Iglesia, las revelaciones privadas no son necesarias, pues el Magisterio simplemente certifica que nada nuevo hay en ellas.

En consecuencia, lo único verdaderamente necesario para el cristiano es la Revelación Universal, contenida en La Tradición de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras, es decir, lo que enseña oficialmente el Magisterio de la Iglesia (ni siquiera lo que opine un sacerdote, por más santo que parezca).

He aquí lo que dice el Magisterio en el nº 10 del Compendio del Catecismo:

“¿Qué valor tienen las revelaciones privadas?

El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo.”

Y en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 67:

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

Hay, sin embargo, personas que ni siquiera han terminado sus estudios básicos y se animan a aprobar revelaciones privadas porque, según su propio criterio (!?), son buenas o se ajustan a la doctrina católica.

La Iglesia ni siquiera obliga a ninguno de sus hijos a creer en las revelaciones privadas aprobadas por ella: cada fiel es libre de creerlas o no. Es más: una aprobación significa que esa revelación privada es probable, no indudable. Lo único que está haciendo la Iglesia es informando que en ella no hay nada contrario a la fe y a las costumbres: que los fieles pueden leerlas sin peligro para sus almas.

En cuanto a los mensajes que son auténticos, ¿para qué los envían Dios, la Santísima Virgen, los ángeles o los santos? Lo hacen para atraer a los que están alejados de la fe; no son para los que ya están más maduros. Son como el kínder y la transición, antes de la primaria: con ellas Dios, su Santísima Madre, los ángeles o los santos llaman a iniciar el camino; pero el camino hay que seguirlo, no quedarse en el comienzo.

Lamentablemente, hay católicos que pierden el tiempo que deberían invertir en la formación que se describió más arriba, y lo ocupan leyendo escritos, oyendo prédicas o viendo videos sobre apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes y nuevas formas de espiritualidad…

  

 

 

 

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Instrucción Redemptionis Sacramentum*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

(selección de los números más importantes)

 

[183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.

 [51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.

[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante de la liturgia de la palabra», en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia. Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.

[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia, «la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la celebración, aunque sin poder concelebrar».

[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.

[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.

[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante. Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia. Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla, de la forma acostumbrada.

[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi». De donde el nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son el Obispo, el presbítero y el diácono, a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia, y se realiza el signo del sacramento.

[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum.

[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto, este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»; con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.

[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

Esta Instrucción, preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo Pontífice la aprobó el día 19 del mes de marzo, solemnidad de San José, del año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

En Roma, en la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo del 2004.

Francis Card. Arinze
Prefecto

Domenico Sorrentino
Arzobispo Secretario

   

 

 

 

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La Liturgia de las Horas

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cómo celebrar bien

Laudes matutinas y Vísperas

 

Conformación[1]:

 

Invocación inicial                                                        (de pie)

Himno                                                                          (de pie)

Salmodia                                                                     (sentados)

Lectura breve                                                             (sentados)

Silencio meditativo                                             (sentados)

Responsorio                                                        (de pie)

Cántico evangélico                                                     (de pie)

Preces                                                                         (de pie)

Padre nuestro y Oración                                     (de pie)

Conclusión                                                                  (de pie)

 

 

Modo de unirlas con la Misa[2]

 

Cuando las Laudes matutinas se celebran con la Eucaristía, la acción litúrgica puede comenzar por las Laudes: Invocación inicial e Himno (los días de feria), o por la Misa: canto de entrada con procesión y saludo del presidente (los días festivos). Según el caso, se omite, pues, uno u otro de los ritos iniciales.

A continuación se prosigue con la salmodia de las Laudes con sus antífonas, como de costumbre. Después de la salmodia, omitido el acto penitencial (y, según la oportunidad también el Señor, ten piedad,) se dice, si lo prescriben las rúbricas, el Gloria, y el presidente reza la Colecta de la Misa. Después se continúa con la Liturgia de la Palabra, como de costumbre.

La oración de los fieles de la Misa se hace en su lugar y según la forma acostumbrada. Pero los días de feria, en su lugar, se pueden decir las preces matutinas de las Laudes.

Después de la comunión, se dice el cántico de Zacarías, con su antífona. Seguidamente, se dice la Oración para después de la comunión y lo demás de la Misa, como de costumbre.

 

Algunas indicaciones[3]

 

v Durante la invocación inicial todos se santiguan mientras se dice: «Dios mío, ven en mi auxilio…».

 

v En la salmodia no se lee el número del salmo ni el título ni la sentencia (la frase que está debajo del título, a la derecha). En cambio, durante el tiempo ordinario, si se prefiere, se toma esta sentencia bíblica o patrística en lugar de las antífonas.

Hay varios modos de salmodiar:

Ø Al unísono, en un solo coro (una sola voz, al tiempo todos).

Ø Cada uno reza una estrofa (este modo se puede hacer cuando el grupo es pequeño).

Ø Alternando a dos coros o parte de la asamblea, o entre un solista y después la asamblea o por secciones de bancas.

Ø En forma responsorial, como suele acontecer en la celebración eucarística: el salmista enuncia la antífona, la asamblea la repite y la va intercalando entre estrofa y estrofa.

Ø Proclamado por uno o dos solistas.

 

v En la lectura breve no se anuncia: «Lectura del profeta…» o «de la carta…»; tampoco se dice al terminar: «Palabra de Dios».

 

v Al comenzar a recitar el cántico evangélico, todos se santiguan, por la dignidad con la que se proclama el evangelio (este cántico se convierte en la cima y el grado más elevado de la Liturgia de las Horas).

 

v Las preces, tanto en Laudes como en Vísperas, contemplan tres posibilidades de respuesta:

Ø La que aparece insinuada como frase de respuesta.

Ø La segunda parte de cada una de las preces.

Ø Hacer una pausa de silencio después de cada una de las preces.

En Laudes se pueden añadir preces de invocación (que conserven el estilo que se trae).

En Vísperas se pueden añadir preces de intercesión (petición).

 

v Antes de la oración final o conclusiva no se dice: «Oremos» ni «Oración…», porque la invitación a orar ya se hizo al comienzo, en el encabezamiento de las preces.

 

 


[1] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 41-54

[2] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 94

[3] Cf. Actualidad Litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 27

  

  

 

 

 

 

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Ciclo B, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 23, 2008

¿Qué nos anuncia Juan?

 

Dice el Evangelio de hoy que vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan el Bautista. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz, para que todos creyeran por él. Aunque no fuera él la luz, le tocaba dar testimonio de la luz.

Enseñaba que así como brotan de la tierra las semillas o como aparecen las plantas en el jardín, así el Señor hará brotar la justicia a la vista de todas las naciones. Decía: ¡El Espíritu del Señor está sobre mí! Sepan que el Señor me ha ungido. Me ha enviado con un buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar un año feliz lleno de los favores del Señor, y el día del desquite de nuestro Dios. Me envió para consolar a los que lloran.

¡Es todo lo que esperamos!… ¿Será posible que se nos dé?

Sí. Es posible, si seguimos las indicaciones que nos da hoy san Pablo:

Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos. No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal, dondequiera que lo encuentren. Que el Dios de la paz los haga santos en toda su persona. Que se digne guardarlos sin reproche, en su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. El que los llamó es fiel, y así lo hará.

¿Tenemos esa fe? ¿Oramos así? ¿Confiamos en el Señor, que nos ayudará a ser santos, viviendo lo que nos enseña la Iglesia que fundó Jesucristo para lograrlo?

Él está aquí para ayudarnos a lograrlo, y a veces se nos olvida; lo decía Juan: «En medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia.»

Y sabemos que lo que Jesús promete lo cumple. Confiémosle en la oración todos nuestros anhelos, para que podamos exclamar con Isaías: «Salto de alegría delante del Señor, y mi alma se alegra en mi Dios».

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