Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, X domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Un nuevo parentesco

«Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.» Esta frase de Jesús cambia todo: se acaba la era material, se inicia la espiritual; se inicia el cristianismo, acaba el judaísmo; cesan los signos, Dios está verdaderamente presente; ya no hay sombras, se evidencia la realidad; el nuevo parentesco espiritual se alza por encima del material.

Y todo este cambio lo produce Dios en nuestras vidas, para devolvernos las capacidades que teníamos antes del pecado original, como nos lo narra la primera lectura. Efectivamente, lo que ocurrió en el Paraíso, cuando el ser humano representado en Adán y Eva decidió volverse contra Dios, causó un daño en nuestras habilidades: desde entonces nos queda difícil percibir las realidades espirituales, como que nos limitamos a ver únicamente lo material…

Por eso, en la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que por el Bautismo los cristianos ya no ponemos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas.

Y, cuando escribe que «no ponemos nuestra atención en las cosas visibles», lo que quiere es destacar qué es lo que realmente nos importa más: los mundanos se fijan (fijan su atención) en las cosas que se ven, mientras que los espirituales contemplan lo invisible, lo que dura, lo que vale la pena.

Asimismo, habla de lo que nosotros consideramos «nuestra casa». Dice: sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los Cielos. El cristiano, pues, concentra su atención en la vida eterna.

Pero la actitud de Cristo provoca en sus parientes y en todos los demás la idea de que estaba loco, pues decían: «Está fuera de sí.»

Y, nosotros, ¿consideramos también locura este nuevo orden de ideas? O, por el contrario, ¿nos interesamos y vivimos —como Él y sus discípulos— en el mundo espiritual?, ¿nos alegramos al oír decir que estamos tan locos como Jesús?

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Santa Catalina de Siena y la locura de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2011

Santa Catalina penetró como pocos en los abismos de la bondad de Dios. Contemplando el misterio de la providencia inefable, su corazón se dilataba según las medidas del Corazón de Cristo. Permanecía, sin duda, en su cuerpo, pero le parecía estar fuera de él, por el arrebato que en ella producía el exceso de la divina caridad. ¿No es acaso excesiva dicha condescendencia, no hay cierta locura en el amor de Dios?

«¡Oh inefable y dulcísima Caridad! ¿Quién no se inflamará ante tanto amor? ¿Qué corazón resistirá sin desfallecer? Diríase, oh Abismo de caridad, que pierdes la cordura por tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas, siendo nuestro Dios… Tú, que eres la vida, fuente de toda vida y sin la cual todo muere, ¿por qué, pues, estás tan loco de amor? ¿Por qué te apasionas con tu criatura, haciendo de ella tu complacencia y delicias?»

Tales acentos aparecen no sólo en las páginas de su escrito, el Diálogo, sino en sus cartas y elevaciones. En una de estas últimas leemos: «¡Oh Trinidad eterna, Trinidad eterna; oh Fuego y Abismo de caridad; oh Loco de tu criatura!… ¡Oh Trinidad eterna, Loco de amor!». La criatura, a la que había hecho a imagen y semejanza suya, lo ha enajenado: «Loco de tu misma hechura». 

La Locura de Dios. Nos enardece este pensamiento. Un primer síntoma de esa locura es el hecho mismo de la creación del ser humano. Catalina no acaba de admirarse viendo cómo Dios no nos creó por ningún otro motivo que no fuese el fuego gratuito de su caridad. Conocía, por cierto, las iniquidades que íbamos a cometer, pero «Tú hiciste como si no lo vieras, antes fijaste la mirada en la belleza de tu criatura, de la que Tú, como loco y ebrio de amor, te enamoraste, y por amor la sacaste de ti, dándole el ser a imagen y semejanza tuya».

Transida la Santa de fuego, sangre y amor, sus palabras, que brotan con una vehemencia sobrecogedora, llevan el signo inequívoco de la belleza y de la poesía, estremeciendo las fibras más recónditas del corazón. Nuestro Dios es un Dios loco, loco de amor. ¿Acaso precisaba de nosotros? Él es la vida indeficiente y de nada necesita. Con todo, se comporta como si no pudiese vivir sin nosotros. Ya esto parecía excesivo.

Pero la locura de Dios no se clausura en la creación. Quedaba todavía por realizar su gesto más enajenado, la Encarnación del Verbo.

«¿Cómo has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu hechura, te complaciste y te deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salud. Ella te huye, y Tú la vas buscando. Ella se aleja, y Tú te acercas. Ya más cerca no podías llegar al vestirte de su humanidad. Y yo, ¿qué diré? Gritaré como Jeremías: ¡Ah, ah! (Jer 1, 6). No sé decir otra cosa; porque la lengua, finita, no puede expresar el afecto del alma que te desea infinitamente… ¿Qué viste? Vi los arcanos de Dios. Pero, ¿qué digo? Nada puedo decir, porque los sentidos son torpes. Diré solamente que mi alma ha gustado y ha visto el abismo de la suma y eterna Providencia»

Tenemos un Padre divino que ha perdido la razón. Nada le podíamos añadir a su grandeza, ningún mal le podíamos hacer con nuestro pecado, y, sin embargo, para que no nos perdiéramos, hace justicia sobre el Cuerpo de su propio Hijo. «¡Señor, parece que enloqueces!» El Hijo, por su parte, tan enamorado y loco como su Padre, corrió por el camino de la obediencia, hasta dejarse clavar en la Cruz. Algo increíble. Porque «yo soy el ladrón y Tú eres el ajusticiado en lugar de mí». La Cruz es el acto de la locura total. De ella «está suspenso aquel a quien su amor y no los tres clavos retienen en ella fijo y fuerte, Cristo, il Pazzo d’amore (el Loco de amor)».

«Pero no le bastó esta locura, sino que se quiso quedar, todo él, Dios y hombre, envuelto en la blancura del pan». La Encarnación, el Calvario, la Eucaristía, ¿no es acaso la locura total?

La misericordia de Dios, tal como la ha ejercido, está en el telón de fondo de esta locura ininterrumpida. Se ha dicho que el mejor título que le convendría al Diálogo sería: «Libro de la misericordia». Porque todo su contenido se resume en las palabras: «Quiero hacer misericordia al mundo». El amor loco no se rinde, ni aun ante el rebelde. Así le canta Catalina:

«¡Oh misericordia que procede de tu Divinidad, Padre eterno, y que gobierna por tu poder el mundo entero! Por tu misericordia hemos sido creados, por tu misericordia hemos sido recreados en la Sangre de tu Hijo; tu misericordia nos conserva; tu misericordia ha puesto a tu Hijo en agonía y lo ha abandonado sobre el leño de la Cruz… ¡Oh loco de amor! ¿No era bastante haberte encarnado, sino que además has querido morir… Y tu misericordia ha hecho más todavía: te has quedado como alimento. ¡Oh misericordia! ¡Mi corazón se hace todo fuego pensando en ti! De cualquier lado que mi espíritu se vuelva y se revuelva no encuentra sino misericordia…»

Alfredo Sáenz, S. J.

 

Si a todo esto añadimos la misericordia de Dios, al instituir el Sacramento del perdón, podemos quedar abismados de la infinita locura del amor de Dios: la confesión es un tribunal en el que un reo se declara culpable y, a diferencia de lo que ocurre con la justicia humana, ¡el juez nos perdona! ¿Qué más podemos pedir?

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El error que cometió san Pablo

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2008

Hablaba san Pablo a los atenienses en el areópago, acerca del “Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él” (Hch 17, 24) y, saltándose el relato de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor, les predicó la Resurrección de Jesucristo.

Cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros le decían: “Sobre esto te escucharemos en otra ocasión”. (Hch 17, 32)

Este fracaso de san Pablo nos da una lección clara acerca de la importancia de la predicación de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Efectivamente, sabemos que luego el Apóstol se dirigió a predicar en Corinto. Y es a los corintios, precisamente, a quienes les dice en su primera carta: “Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Co 2, 2). Se ve, pues, que san Pablo aprendió la lección.

Y nosotros, ¿aprendimos esta lección?

Poco a poco, en los tiempos modernos, se incrementa el discurso de la Resurrección de Cristo y decrece con él la predicación de la Cruz de Cristo. Poco a poco se retiran de los templos las imágenes de Cristo crucificado y se colocan las de Cristo resucitado. Es evidente que se quiere enseñar la virtud teologal de la Esperanza, proclamar el bienestar de la resurrección, el fin maravilloso que nos espera; pero parece que se nos están olvidando los medios para conseguirlo: la sabiduría de la Cruz.

Sabiduría, dice el Diccionario, es “Conducta prudente en la vida”, es decir, el adecuado modo de vivir para conseguir la felicidad, la suerte de los bienaventurados en el Cielo. La misma sabiduría que enseñaban los apóstoles: “Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Co 2, 7).

Y ¿dónde está esa sabiduría divina? En la Cruz de Cristo; nos lo dice claramente el Apóstol: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Porque […] los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1, 20. 22-24a).

Pero el versículo continúa: “escándalo para los judíos, locura para los gentiles”. Escándalo para algunos que creen que el cristianismo es llegar al Cielo sin pasar por la cruz; locura para quienes piensan todavía que es posible pasar esta vida sin cruz.

¡No! ¡Necesitamos pasar por la Cruz para purificarnos, y así poder entrar en el Cielo, es decir, conseguir la felicidad! Y, ¿cómo lo sabemos? Porque no ignoramos que a la gloria eterna “no entrará cosa impura” (Ap 21, 27).

¡Dejémonos purificar! No cometamos más el error de san Pablo; corrijámonos como él lo hizo. Amemos la Cruz; Dios la permite porque nos ama como hijos: “Vosotros sufrís, pero es para vuestro bien, y Dios os trata como a hijos” (Hb 12, 7a).

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

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¿Debemos hacernos la señal de la cruz?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2008

 Algunos cristianos piensan que no se deben santiguar ni hacer la señal de la Cruz, porque dicen que la Cruz es señal de muerte, y que Cristo no está muerto, está vivo, está resucitado.

Veamos algunos apartes del la Biblia, para saber si estos cristianos aciertan:

Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba. (Col 1, 20)

Ustedes estaban muertos por sus pecados, y su misma persona no estaba circuncidada, pero Dios los hizo revivir junto a Cristo: ¡nos perdonó todas nuestras faltas! Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la cruz y lo suprimió. Les quitó su poder a las autoridades del mundo superior, las humilló ante la faz del mundo y las llevó como prisioneros en el cortejo triunfal de su cruz. (Col 2, 13-15)

Destruyó el odio en la cruz, y habiendo reunido a los dos pueblos, los reconcilió con Dios por medio de la misma cruz. (Ef 2, 16)

O sea, que Jesús nos reconcilió por medio de la cruz. Pero hay más: lo que engrandeció a Jesucristo fue la cruz:

Se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 8-11)

Desdichadamente, muchos no quieren a la cruz «porque —dicen ellos— la Cruz es señal de muerte, y Cristo está vivo, está resucitado»:

Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando. (Flp 3, 18)

Pablo llora por eso. Es más: dice que lo único que lo enorgullece es la cruz de Cristo:

En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. (Ga 6, 14)

A pesar de que dice en otra parte que vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado, Pablo no quiere sentirse orgulloso sino únicamente de la cruz de Cristo.

Levantemos la mirada hacia Jesús, que dirige esta competición de la fe y la lleva a su término. Él escogió la cruz en vez de la felicidad que se le ofrecía; no tuvo miedo a la humillación y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. (He 12, 2)

Es la cruz la que lo llevó a la derecha de Dios. Y también es la cruz la que deben cargar los que desean seguirlo:

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. (Mt 16, 24; Mc 8, 34)

Aunque para algunos, la cruz resulta una locura:

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. ¡Y no con discursos sofisticados! Pues entonces la cruz de Cristo ya no tendría sentido. Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios. Ya lo dijo la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la pericia de los instruidos. Sabios, entendidos, teóricos de este mundo: ¡cómo quedan puestos! ¿Y la sabiduría de este mundo? Dios la dejó como loca. Pues el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios cuando ponía por obra su sabiduría; entonces a Dios le pareció bien salvar a los creyentes con esta locura que predicamos. Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros predicamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. (1Co 1, 17-25)

Llama mucho la atención estas palabras de Pablo, en las que dice que él predica a un Mesías crucificado; no dice «a un Mesías resucitado», sino «a un Mesías crucificado». Y luego, para dar a entender cómo el hombre con su supuesta sabiduría nunca alcanzará la sabiduría de Dios, afirma que hasta la debilidad de Dios es más fuerte: la cruz de Cristo.

Pedro, por su parte, confirma esa doctrina:

Él cargó con nuestros pecados en el madero de la cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empezáramos una vida santa. Y por su suplicio han sido sanados. (1Pe 2, 24)

Sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado.

Sin la cruz, Aquél que es la vida no hubiera sido clavado en le leño. Si no hubiese sido clavado, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no podríamos disfrutar del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado…

Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

La glorificación de Cristo pasa a través del suplicio de la cruz y la antítesis sufrimiento–glorificación se hace fundamental en la historia de la redención: Cristo, encarnado en su realidad concreta humano–divina, se somete voluntariamente a la humillante condición de esclavo (la cruz, del latín «crux», es decir, tormento, estaba reservada a los esclavos), y el infame suplicio se transforma en gloria imperecedera. Por eso la cruz es el símbolo y el compendio del cristianismo:

«Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tendrá por él vida eterna». (Jn 3, 14-15)

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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