Hacia la unión con Dios

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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Súplica por un alma en tentación*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2012


¡Oh Padre amadísimo, Dios infinitamente bueno!, ve aquí a tu Hijo Jesucristo que poniéndose entre tu justicia divina y los pecados de las almas, implora perdón.

¡Oh Dios de misericordia!, apiádate de la debilidad humana, ilumina los espíritus oscurecidos para que no se dejen engañar y caigan en los más terribles pecados…, da fuerza a las almas para rechazar los peligros que les presenta el enemigo de su salvación y para que vuelvan a emprender con nuevo vigor el camino de la virtud.

¡Oh Padre Eterno!, mira los padecimientos que Jesucristo, tu Divino Hijo, sufrió durante la pasión; velo delante de ti, presentándose como Víctima para obtener luz, fuerza, perdón y misericordia en favor de las almas.

Dios Santísimo, en cuya presencia ni los ángeles ni los santos son dignos de permanecer, perdona todos los pecados que se cometen por pensamiento y por deseo. ¡Recibe como expiación de estas ofensas la cabeza traspasada de espinas de tu Divino Hijo! ¡Recibe la Sangre purísima que de ella sale con tanta abundancia!… Purifica los espíritus manchados… ilumina los entendimientos oscurecidos, y que esta Sangre divina sea su fuerza y su vida!

Recibe, ¡oh Padre Santísimo!, los sufrimientos y los méritos de todas las almas que, unidos a los méritos y sufrimientos de Jesucristo, se ofrecen a Ti, con Él y por Él para que perdones al mundo.

¡Oh Dios de misericordia y amor!, sé la fortaleza de los débiles, la luz de los ciegos y el amor de todas las almas.

¡Dios de amor! ¡Padre de bondad!, por los méritos, los ruegos y sufrimientos de tu Hijo muy amado, da luz a esta alma para que llegue a rechazar el mal y abrace con decisión tu Voluntad Santísima. No permitas que sea causa de tanto daño para ella y para otras almas inocentes y puras.

(Compuesta por el Señor)

 

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Ciclo A, V domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 30, 2011

El sacerdocio común de los fieles

Hoy la Iglesia nos enseña que todos nosotros somos un pueblo de sacerdotes. Es que, además del sacerdocio ministerial (obispos, presbíteros y diáconos), está el sacerdocio común de los fieles.

Todos los bautizados poseen las prerrogativas y los deberes de ese sacerdocio.

Como piedras vivas, como dice san Pedro, edifiquémonos y pasemos a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús, que es piedra angular escogida y preciosa; quien se afirme en ella no quedará defraudado.

Y, ¿cuáles son esos sacrificios espirituales que podemos ofrecer a Dios? Nuestras oraciones, las penas y trabajos diarios; el ayudar a nuestros parientes, amigos y conocidos en su camino hacia la perfección, cuando tengamos oportunidad de hacerlo (hacer apostolado); enseñar la doctrina de la Iglesia… Todo para la gloria de Dios y por la salvación de las almas.

Somos una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas; pues Él nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable.

Y ese sacerdocio está establecido por Dios para que seamos una sola cosa con Él, como Él está en el Padre y el Padre está en Él.

Lo dijo claramente: el que crea en Él, hará las mismas obras que Él hace, y las hará aún mayores: los ciegos para las cosas del espíritu comenzarán a ver esas realidades espirituales, los sordos empezarán a oír acerca del amor que Dios promete a los que lo escuchan, los paralíticos se encaminarán hacia la santidad, los muertos resucitarán a la vida de la gracia… ¡Seremos testigos del poder de Dios!

En la época de los primeros cristianos, la Palabra de Dios se difundía, y el número de los discípulos en Jerusalén aumentaba considerablemente. Nosotros, si ejercemos ese sacerdocio con los sacrificios espirituales, podremos ver lo mismo.

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Ciclo A, IV domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2011

La ceguera

Los hombres vemos las apariencias, pero Dios ve el corazón. Así eligió Dios a David, de cuya descendencia nacería Jesús, el Redentor esperado por los judíos: aunque nadie esperaba que él fuera el elegido, Dios se fijó en su corazón.

Y es del corazón de donde salen los actos de los que tienen la facultad de la vista, de los que tienen luz: bondad, justicia y verdad, como nos dice hoy san Pablo.

Pero también del corazón nacen los actos de la ceguera o de la oscuridad: la soberbia, la codicia, la ira, la envidia, la gula, la lujuria y la pereza.

Si en otro tiempo éramos tinieblas, y ahora somos luz en el Señor, ¿buscamos lo que agrada al Señor? ¿O tomamos parte en las obras de las tinieblas, donde no hay nada que cosechar?

Y, si vemos esas obras oscuras, ¿las denunciamos?

Despertemos, no durmamos más, levantémonos de entre los muertos, y la luz de Cristo brillará sobre nosotros.

No sigamos ciegos, con esa ceguera —peor que la física— que nos hace preguntarnos siempre que vemos a los enfermos o a los que les va mal: «¿Quién habrá pecado: ellos o sus padres?».

Nos creemos buenos; y nos creemos con muy buena vista y con la autoridad para decir quién obra bien y quién no. Decimos que vemos, y esa es la prueba de nuestro pecado.

El ciego del Evangelio fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente con los ojos del cuerpo. Pero comenzó a ver con los ojos del alma cuando dijo: «Creo, Señor», y se arrodilló ante Jesús.

¿Vemos con los ojos del alma a todos los que, después de vivir mal, creen ahora en Jesús y lo adoran? ¿O los criticamos? ¡Cómo se enjuicia a todos los que se portaron mal en el pasado y quieren ahora iniciar una nueva vida, una vida de bondad, de verdad! No los dejan en paz. ¿Qué dirá Jesús de esta actitud?

Esa es una obra de la oscuridad, de la ceguera. Seamos luz para todos.

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II domingo después de Navidad

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2009

Y la Palabra se hizo carne

 

Este domingo —que no se celebra sino en algunos lugares del mundo— es una continuación de los misterios que acabamos de celebrar: el Altísimo, el Invisible, la Luz verdadera, la Luz que ilumina a todo hombre, llegaba al mundo.

Ya estaba en el mundo, este mundo que se hizo por esa Luz, este mundo que no la recibió. Vino a su propia casa, y los suyos no la recibieron; pero a todos los que la recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios.

Y, ¿cuál es esa Luz? La sabiduría: Salí, dice la primera lectura, de la boca del Altísimo, y como una niebla cubrí la tierra. Mi morada está en lo más alto del Cielo, mi trono en la columna de nube, pero eché raíces en el pueblo glorificado por el Señor —nosotros—, en su dominio, que es su herencia.

He aquí la Sabiduría encarnada, el Hijo de Dios. Quien lo sigue, no yerra: es decir, sabe vivir.

Por eso, san Pablo no puede menos que gritar: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en el Cielo, en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales, pues aprendimos a vivir!

Pero hay que tener en cuenta que Cristo–Dios nos eligió antes de crear el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha, tal y como veía san Pablo a los efesios: viviendo, en Cristo Jesús, la fe y el amor para con todos. ¿Vivimos así? ¿Qué nos falta?

Casi siempre, lo que nos falta es abandonarnos a sus designios, dejar que Él haga sus planes con nosotros, pues Él es la Sabiduría en sí mismo.

Comenzamos y proseguimos solos nuestros propios planes, en vez de consultar en la oración lo que la Sabiduría infinita quiere, para que se realice en nosotros lo que nos tiene preparado.

San Juan pronostica en el Evangelio de hoy que quienes la sigan —a la Sabiduría— van a recibir su plenitud. Plenitud de amor, de paz y de alegría. ¿Qué más queremos?

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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Ciclo B, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 23, 2008

¿Qué nos anuncia Juan?

 

Dice el Evangelio de hoy que vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan el Bautista. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz, para que todos creyeran por él. Aunque no fuera él la luz, le tocaba dar testimonio de la luz.

Enseñaba que así como brotan de la tierra las semillas o como aparecen las plantas en el jardín, así el Señor hará brotar la justicia a la vista de todas las naciones. Decía: ¡El Espíritu del Señor está sobre mí! Sepan que el Señor me ha ungido. Me ha enviado con un buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar un año feliz lleno de los favores del Señor, y el día del desquite de nuestro Dios. Me envió para consolar a los que lloran.

¡Es todo lo que esperamos!… ¿Será posible que se nos dé?

Sí. Es posible, si seguimos las indicaciones que nos da hoy san Pablo:

Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos. No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal, dondequiera que lo encuentren. Que el Dios de la paz los haga santos en toda su persona. Que se digne guardarlos sin reproche, en su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. El que los llamó es fiel, y así lo hará.

¿Tenemos esa fe? ¿Oramos así? ¿Confiamos en el Señor, que nos ayudará a ser santos, viviendo lo que nos enseña la Iglesia que fundó Jesucristo para lograrlo?

Él está aquí para ayudarnos a lograrlo, y a veces se nos olvida; lo decía Juan: «En medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia.»

Y sabemos que lo que Jesús promete lo cumple. Confiémosle en la oración todos nuestros anhelos, para que podamos exclamar con Isaías: «Salto de alegría delante del Señor, y mi alma se alegra en mi Dios».

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