Hacia la unión con Dios

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Noviembre 9 (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

DECICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Templos de Dios

El Papa san Silvestre consagró este templo el 9 de noviembre del año 324. Es la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica. En su frontis tiene esta leyenda: “Madre y Cabeza de toda las iglesias de la ciudad y del mundo”.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos prepara para entender que el templo —todo templo— es la figura de Cristo, que saneará y vivificará las aguas, los peces que contienen y las plantas de sus riberas, que producirán frutos comestibles y tendrán hojas medicinales; con esto significa que quien se acerca a Cristo quedará lleno de salud y de vida: bienestar creciente y vida eterna y feliz.

Para lograr eso, debemos percatarnos de una realidad más profunda: que somos templos de Dios y que el Espíritu Santo habita en nosotros, como lo escribió san Pablo a los Corintios.

Les añade que si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá; y eso fue lo que enseñó Cristo Jesús cuando, haciendo un azote de cordeles, echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas, y a los que vendían palomas les dijo: «¡No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre!»

Es que la casa de Dios —nosotros— debe ser santa. Así lo expresa la beata Isabel de la Trinidad:

«¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme totalmente de mí, para establecerme en ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti. […] Pacifica mi alma: haz de ella tu cielo, tu morada predilecta, el lugar de tu descanso.»

Si permanecemos así: santos, como dignos templos de Dios, al final de nuestras vidas podremos experimentar lo que ya vivió Jesús y que quiso significar cuando les dijo a los judíos: «Destruid este templo y lo levantaré en 3 días»: la dicha de la resurrección a la verdadera vida, a la bienaventuranza, a la felicidad eterna.

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El Credo Mariano, de san Gabriel de la Dolorosa

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 25, 2014

 

1 Creo, como revelaste a santa Brígida, que eres la reina del cielo, madre de misericordia, el gozo y el camino de los pecadores hacia Dios, y que nadie hay tan maldito que, mientras viva, le falte tu misericordia, y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 

2 Creo que Tú eres la madre de todos los hombres y que, en san Juan, a todos los recibiste por hijos según la voluntad de Jesús.

 

3 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida, madre de todos los pecadores que desean enmendarse, y que suplicas misericordia para el alma pecadora.

 

4 Creo que Tú eres nuestra vida.

Digo con san Bernardino de Siena que todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo que hayan sido hechas sólo por Dios (incluyendo a Jesús); y, después de Dios, te llamaré, con san Agustín, la única esperanza de los pecadores.

Te creo, tal como te vio santa Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que Tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

 

5 Por ti recibimos el inestimable don de la santa perseverancia.

Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome Tú no temeré, conduciéndome Tú no me cansaré, con tu favor llegaré a ti.

 

6 Creo que Tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a santa Brígida, que Tú, como madre, los asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a san Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte.

 

7 Tú eres la esperanza de todos, especialmente, de los pecadores; Tú, la ciudad de refugio, y en particular de los privados de todo socorro.

 

8 Tú eres la protectora de los condenados, la esperanza de los desesperados; y, tal como oyó santa Brígida que Jesús te decía: “Sería misericordioso incluso con el demonio si me lo pidiere con humildad”, creo que no rechazas al pecador por fétido que sea; y si te suplicare, te diré con san Bernardo, Tú lo arrancarás del abismo de la desesperación, con mano piadosa.

 

9 Creo que quieres ayudar al que te invoca, y que eres la salvación de los que te invocan, y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos.

 

10 Creo, como hiciste saber a santa Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno.

Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda; y que aquél a quien tú quieres, se salvará.

 

11 Creo, como dijiste a santa Brígida que, cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas.

 

12 Confieso con san Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió del Cielo, y te fue impuesto por orden divina.

Reconozco, con san Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que san Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído.

 

13 Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad.

Y con tu san Buenaventura confieso que no se puede devotamente pronunciar tu Nombre sin utilidad del que lo pronuncie.

Y creo lo que dijiste a santa Brígida: que nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu Nombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio.

 

14 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las gracias que Dios nos da pasan por tus manos; que todas las misericordias dispensadas a los hombres nos vienen por tu mediación; y que nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta.

Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria.

 

15 Creo que eres la cooperadora de nuestra justificación: reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; colaboradora de la redención, la salvadora del mundo.

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no son recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tiene acceso a la salvación; y que nadie se salvará si no es por ti.

 

16 Creo que Dios ha dispuesto no conceder nada si no es por ti; que nuestra salvación está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que en vano reza a los santos aquél a quien tú no ayudas; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin ellos; y que si tú callas, nadie ayudará, nadie pedirá; orando tú, todos ayudarán y orarán.

Y finalmente, te digo con santo Tomás: eres toda esperanza de vida; y con san Agustín: Sólo Tú y únicamente Tú confesamos que se preocupa en el Cielo de nosotros.

 

17 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que, quien te encuentra, encuentra todo bien.

 

18 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los santos juntos; y confieso con san Juan Damasceno que puedes ciertamente salvarnos a todos.

Creo que eres la abogada que no rehúsa defender las causas de los pobres miserables.

Te diré, con san Andrés Cretense: “Salve divina reconciliación de los hombres”.

Y con san Germán: “tu defensa es inagotable”.

 

19 Te contemplo como la pacificadora entre Dios y los pecadores, te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombres, y especialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a santa Catalina de Siena.

Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a santa Brígida: Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como san Epifanio, “toda ojos”; confirmado por lo que entendió santa Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo: “Madre, pídeme lo que quieras”, contestaste: “Pido misericordia para los miserables”.

 

20 Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice san Buenaventura.

Y así como los cuerpos celestes y terrestres son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de ti, de la divina misericordia, según revelaste a santa Brígida.

Por lo que, con san Buenaventura, creo que contra ti, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican.

Por tanto, estoy persuadido como el mismo santo, de que quien obra en obsequio tuyo, lejos está de la perdición.

Yo creo con san Hilario que sucederá que, por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti, jamás perecerá para siempre.

 

21 [Creo] con san Buenaventura que quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación.

 

22 La devoción a Vos, creo con san Efrén, que es pasaje para el Cielo.

Creo con san Anselmo que aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el “¡ay!” eterno [la condenación].

Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios concede sólo a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.

Por lo que, con san Antonino, concluiré: así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos, defendiéndolos, se salvarán y alcanzarán la Gloria.

 

23 Creo, como revelaste a santa Brígida, que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, y todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, a toda hora serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con san Alfonso, “grandemente felices y afortunados son tus devotos”.

San Bernardino asegura que especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio; así como lo que santa Brígida escuchó que decía Jesús: “Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio”.

 

24 Creo que Tú, estando para subir al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

Creo también, como prometiste al Papa Juan XXII, que los inscritos [en la, cofradía del] Carmen, en el sábado después de su muerte serán liberados del purgatorio.

Pero más felices son tus devotos, porque se les abrirá la puerta del cielo. Tú eres: la apertura de la Jerusalén celestial, puerta del cielo, feliz puerta del cielo, vehículo que conduce al cielo.

 

25 Creo que tu poder actúa en la Jerusalén [celestial] ordenando lo que quieres, e introduciendo allí a los que quieres.

Por ti se abrió el cielo, y se vació el infierno; fue instaurada la Jerusalén celestial.

Y has dado la vida a los miserables que esperaban la condenación (san Bernardo).

 

26 Creo que quienes obran según Tú, no pecarán; los que te descubren, tendrán la vida eterna.

Te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a santa María Magdalena de Pazzi.

Por tanto, como san Bernardo, diré que tu devoción es certísimo signo para conseguir la vida eterna; y con el beato Alano, que practicar esta devoción [saludarla siempre con el Ave], es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.

Y concluiré, con el Abad Guerrico que quien te sirve, está tan seguro del Paraíso, como si ya estuviera en él.

 

27 Creo con san Antonino que no hay entre todos los santos quien se compadezca en las enfermedades como tú, beatísima Virgen María.

Tú, das mucho más de lo que se te pide. Donde hay miseria allí acudes, allá corres y socorres con tu misericordia. Tú siempre miras en derredor tuyo buscando a quien salvar.

Te diré con el abad de Celles: Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar.

Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: “Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia”.

Sostengo con san Fulgencio que el cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si Tú no los sostuvieses con tus ruegos.

 

28 Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles; y tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Creo que lo próximo a ser Dios, es ser la Madre de Dios.

Y, por consiguiente: no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios (Alberto Magno).

 

29 Creo que vuestra dignidad de Madre de Dios es infinita y única en su género y que ninguna criatura puede subir más alto.

Y confieso con san Buenaventura que ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a una pura criatura: es la más grande [gracia] que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo más espacioso; pero no puede hacer nada mayor que la Madre de Dios.

 

30 Creo que por ti ha sido hecho todo el universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios.

Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

 

31 Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidos a todas las criaturas; y creo al Señor, que reveló a santa Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los ángeles.

Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza.

 

32 Creo que fuiste niña, pero de la niñez sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.

 

33 Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo.

 

34 Creo, con san Alberto Magno, que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después ofreciste a Él todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;

y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José.

Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito, incluso a la dignidad de Madre de Dios.

 

35 Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que,

a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste.

Y, como dijiste a la benedictina santa Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

 

36 Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a santa Brígida, que, mereciste ser destinada a la Maternidad divina, porque pensaste y supiste que, por ti, no eras nada ni tenías nada.

 

37 Creo que por tu humildad ocultaste a san José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Santa Isabel, y siempre elegiste el último lugar.

 

38 Creo, según dijiste a santa Brígida, que tenías de ti misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada eras ni tenías, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador.

 

39 Y confieso con san Bernardino de Siena, que no existió criatura alguna que se haya humillado más que Tú. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya.

 

40 Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante; y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo.

 

41 Creo que sólo tú cumpliste el precepto: “amarás al Señor […]”, y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

 

42 Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a Sta. Brígida, sólo pensabas en Dios, y nada te agradaba sino Dios.

 

43 Creo con Suárez, Ruperto, san Bernardino y san Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma velaba. Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: “Yo duermo, pero mi corazón vela”.

Creo que, mientras vivías en la tierra, permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto.

Y que estabas tan llena de una caridad tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, de forma que heriste y robaste el divino Corazón.

 

44 Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [se te pueda igualar]…

 

45 Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que Tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado con el amor que nos tienes a cada uno de nosotros.

 

46 Te diré con san Agustín: tu fe abrió el cielo cuando asentiste al ángel anunciador.

 

47 Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste.

Te llamaré, con san Cirilo: cetro de la fe ortodoxa.

 

48 Creo que eres la Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

Creo que fuiste mortificadísima.

Creo lo que dicen de ti san Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan mortificada de los ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

 

49 Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración.

Creo lo que dijiste a santa Brígida: todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada te reservaste salvo un ligero alimento, y el vestido.

Creo que despreciabas las riquezas humanas.

Creo firmemente que hiciste voto de pobreza.

 

 

 

ESTUDIO DEL CREDO MARIANO[1]

 

Esbozo metodológico para una Mariología experiencial

 

 1.- Un texto mariano singular

El año 1896 el Ven. P. Germán de san Estanislao, CP publicaba la primera edición de los Escritos de san Gabriel de la Dolorosa[2]. Era una sencilla colección de cartas familiares con algún que otro texto menor de naturaleza ascética. Pero aquella edición contenía una verdadera joya. Era una composición del Santo que no llevaba título alguno[3], pero que entre sus devotos es conocido como el Credo de María. A la muerte de su autor desapareció ese escrito suyo[4]. Lo habían sustraído los devotos para conservarlo como reliquia. Así desapareció el manuscrito del Credo. Pero cuando se realizó la perquisición de los escritos para el proceso de beatificación, el devoto poseedor del Símbolo entregó cuidadosamente su preciada reliquia. Inmediatamente fue transcrito en el convento de los Santos Juan y Pablo de Roma, debidamente autenticado, y sometido a revisión canónica. El texto fue añadido al dossier de los escritos gabrielinos el 1 de diciembre de 1894. El 4 de junio de 1895 se expedía el decreto de la revisión realizada[5]. La edición de1896 era parcial y deficiente. Se realizaron varias otras más completas[6], pero la edición crítica se ha hecho esperar hasta el año 1986[7] .

El Símbolo fue compuesto en el último período de la vida de San Gabriel entre los años 1860‑1861[8] Consta de siete partes, de siete artículos cada una[9]. La composición del Credo fue una forma de cumplir el voto que había hecho de difundir la devoción a los Dolores de Maria. El autógrafo es un texto incompleto[10]. A pesar del juicio altamente favorable que mereció el escrito a los miembros de la revisión canónica, no ha sido valorizado como notable pieza mariológica hasta tiempos muy recientes[11].

De este Credo o Símbolo mariano se ha dicho que es “una colección de alabanzas a María”[12]. Se ha notado que es “el testimonio más hermoso de la devoción de san Gabriel a la Virgen”[13] . El P. Cavatassi llega a afirmar que “es un texto que toca los vértices más elevados de la piedad mariana occidental, y en la Historia de la Iglesia tiene sólo un precedente análogo en el celebérrimo Hymnos Acáthistos de las Iglesias Orientales”[14].

2.- El autor

El Credo no podía ser sino obra de un gran devoto de María. Y San Gabriel lo fue[15]. A esta su piedad mariana se había atribuido ya en vida, toda su santidad.[16]: El oficio litúrgico del santo se hacía eco de esta persuasión universal: “La Virgen Dolorosa fue para él —en cierta medida— el sentido de toda su vida, y la maestra de toda su santidad, hasta el punto de que los contemporáneos lo tuvieron como suscitado por Dios con el fin de que la devoción a la Dolorosa recibiera un singular desarrollo gracias a su ejemplo “.

En este marianismo singular de San Gabriel influyó mucho —sin duda— el marco histórico del siglo XIX, con el mensaje de sus grandes apariciones marianas, y de la definición dogmática de la Inmaculada (8.12.1854)[17].

La devoción a María le venía a San Gabriel de lejos. En su casa era muy venerada una imagen de la Dolorosa. Al quedarse huérfano de madre a la edad de tres años, la Virgen empieza a hacer las veces de madre. En Spoleto, a donde se traslada su familia en 1841, hay muchos lugares de gran renombre mariano. En la catedral se venera una antiquísima Santa Icone. Los PP. Servitas fomentan la devoción a la Dolorosa. Los Hermanos de La Salle, en cuyo colegio estudia Gabriel, forman su corazón en un gran amor a la Virgen. En el liceo de los PP. Jesuitas conoce la Congregación Mañana y se hace inmediatamente socio. Uno de los profesores que tuvo en el liceo jesuita le escribió desde Roma una carta donde se contenían frases de exhortación mariana como las siguientes: “Este año es el triunfo de María Inmaculada. Procúrate una imagen que represente este singularísimo privilegio, colócala en la pared de tu habitación, arrodíllate a sus pies y con gran efecto, pon toda tu alma y este asunto [el de la vocación] en sus manos. Pídele, insiste para que te dirija amorosamente, te ilumine y te preserve de los engaños del demonio. Pídele continuamente perdón de tus infidelidades. Recuérdale que Ella es tu Madre; que tú no eres tuyo sino de Ella, y que como cosa suya disponga de ti y te ponga en el camino que te lleve al paraíso. ¡Oh qué buena y amante es María!”

Una obra de santidad tan perfecta como la que realizó la Virgen en san Gabriel no podía permanecer oculta bajo el celemín de una historia sin memoria. Ella, que cantó en su Magnificat la gloria futura con que Dios la había de recompensar, proporcionó también a su devoto un renombre singular. “Desde su beatificación y canonización —escribió Juan XXIII— aquel joven brilla en la Iglesia como una nueva estrella, enseña con un ejemplo a los fieles y protege con su intercesión a sus devotos”[18].

La gloria póstuma de san Gabriel es un fenómeno bien llamativo. La canonización del santo pasionista desencadenó en la Iglesia un anhelo imitativo de su santidad que se ha eclipsado tras el Vaticano II, pero a lo largo de la primera mitad del siglo XX fue uno de los fenómenos más influyentes en el fomento de la piedad mariana de la juventud. Y hay que reconocer que su ejemplaridad fue extraordinariamente benéfica para la Iglesia[19]. El marianismo juvenil de la primera mitad del siglo XX se nutría de la lectura de san Gabriel, porque en él veía plasmado el mejor modelo de una piedad mariana seriamente vivida y dotada de un singular valor cristocéntrico[20]. “Ad Jesum per Mariam”.

 

3.- La cima de una experiencia mariana única

La composición del Credo Mariano señala en la vida de san Gabriel la cima de una experiencia mariana muy singular que empezó con su vocación. La llamada a la vida religiosa la recibió Gabriel en una manera milagrosa, cuando en la octava de la Asunción (22.8.1856) oyó que la sagrada imagen lo interpelaba claramente con estas palabras: “¡Francisco! ¿Qué haces en el mundo? El mundo no es para ti. ¡Sigue tu vocación!”. La llamada divina le llegaba de labios de María. Desde aquel momento la experiencia vocacional dejaba su vida marcada para siempre con un auténtico sello de marianismo. La Virgen que lo llamaba a la vida religiosa sería la que le ayudaría a mantenerse perseverante en ella, y lograr un nivel de heroico radicalismo.

El día 6 de septiembre del mismo año 1856 abandonó Spoleto para ingresar en la Congregación Pasionista. Al día siguiente llegó a Loreto. Allí pasó el día 8, solemne fiesta de la Natividad de María. En aquel santuario mariano y en tan solemne fiesta reflexionó sobre lo vivido desde la milagrosa llamada y decidió responder con toda generosidad a la Virgen en la nueva vida que iba a emprender. En el Noviciado cambia su nombre de bautismo (Francisco) toma el de Gabriel, en recuerdo del arcángel que anunció a María su divina maternidad. Como apellido religioso, escogió un título mariano —el más vinculado con la espiritualidad de la Congregación en que va a ingresar— la Dolorosa. Desde entonces la historia le conocerá con este nombre doblemente mariano, Gabriel de la Dolorosa. La vestición del hábito tiene lugar el día de los Dolores de María (21 de septiembre).

Una fuerte convicción guió a Gabriel desde su Noviciado, a lo largo de toda su existencia religiosa: que María es el medio imprescindible para llegar a Jesús y ser llevado por él a la Trinidad.

Desde esta inquebrantable persuasión, se empleó a fondo para hacer de su vida una imitación perfecta de la Virgen. Leyó lo mejor de la espiritualidad mariana que encontró en el Noviciado Pero, sobre todo, se entregó al fiel cumplimiento de sus obligaciones de clérigo pasionista. Para él la meta de la santidad y la mediación mariana para alcanzarla fueron consideradas como un todo inseparable. El no disoció existencialmente a María de Jesús ni de la Trinidad. Ya estaba diseñado el proyecto sobrenatural de Gabriel. La santidad del joven pasionista será toda ella obra de María. Así lo afirma la colecta de su fiesta: “¡Oh Dios, que, por medio de María, has honrado a san Gabriel con la gloria de la santidad y de los milagros!”. Pero fue un proceso lento y paulatino. Conforme alcanzaba las metas de la marianización de su vida, sintió anhelos de nuevas entregas. Hizo voto de promover la devoción a los Dolores de María. Quiso grabar sobre su pecho el nombre de María. En este ambiente, y cuando su experiencia mariana llegaba a la cumbre, decidió componer el Credo Mariano.

 

4.- El contexto místico-mariano del Credo

La vida mística de san Gabriel se inicia cuando a los 18 años de su vida, tiene la milagrosa locución del icono mariano de Spoleto. Por la conexión inseparable que suele mediar entre las locuciones y las visiones, es muy probable que aquella locución de tan decisivo influjo en la vida del joven Possenti se viera acompañada de una visión de la Virgen. Este episodio marca el inicio de la vida mística de san Gabriel. Esta iniciación primera se completó luego con la difícil y precoz entrada en la pasividad mística. Estos hechos son de gran importancia en el itinerario espiritual de san Gabriel hacia la redacción del Credo.

Cuando ingresó en el Noviciado, fuertemente impresionado por la llamada de la Virgen, y aborreciendo su vida mundana precedente, que le hizo desoír tres veces la llamada divina, le embargó un fuerte anhelo de expiar sus pecados y darse a una vida de penitencia en la nueva vida que emprendía con la toma de hábito. Esto explica el fuerte sentido ascético de los primeros tiempos de su vida religiosa.

Para confirmar el voluntarismo de los primeros tiempos de su itinerario espiritual basta leer los propósitos compuestos en los primeros años de su vida religiosa. En cuarenta resoluciones había condensado toda la espiritualidad del Ejercicio de perfección y virtudes cristianas del jesuita P. Rodríguez, uno de los autores más puramente ascéticos de la literatura espiritual moderna. Pero la espiritualidad de la Congregación en cuyo seno ingresaba era de orientación mística y tendía a la pasividad desde una actitud de entera sumisión al divino querer. No le fue fácil a san Gabriel dar aquel viraje. El terrible conflicto interior producido por este cambio tuvo —sin duda— su repercusión en el colapso de su salud, que degeneró en la tisis pulmonar que acabó con sus días.

¿Cómo se verificó en san Gabriel este decisivo cambio? De una manera sencilla. Fue la total entrega a María y su actuación maternal la que facilitó en su espíritu la adopción de las disposiciones propias de la contemplación infusa y la subordinación de todos sus anhelos al simplicísimo y místico deseo de no querer sino lo que Dios quería. A partir de esta evolución el absoluto de san Gabriel es el querer de Dios. Las palabras que cierran su última carta son éstas: “Dios lo quiere así; así lo quiero también yo”. Este difícil y doloroso cambio evidencia hasta qué punto es la Virgen María, la Madre de la mística cristiana, la que lleva a las almas —mediante la acción del Espíritu que en ella habita plenamente— a morir a lo natural y renacer a lo místico sobrenatural que se manifiesta en la vida según el Espíritu.

En esta etapa mística que empieza de manos de la Virgen tiene lugar —sin duda— el conjunto de experiencias marianas que lo inspiraron a componer su Credo.

5.- El contenido

 

La impresión primera que produce la lectura es que el texto es algo inconexo, por la yuxtaposición de proposiciones sueltas[21]. Según la edición crítica, el texto tenía una articulación en siete partes de siete artículos cada una, siguiendo el esquema de los siete dolores de la Virgen

Analicemos al detalle el contenido del Credo.

 

-La Divina Maternidad

La fe en el misterio mariano fundamental, que es la divina maternidad de María, aparece formulada de la siguiente forma:

Creo que la dignidad de ser Madre de Dios es, en su género, infinita. Y que su estado fue sumo, que sólo puede darse a las criaturas puras. Y confieso con san Buenaventura que: Ser Madre de Dios es la máxima gracia concedible a simples criaturas: es la mayor que Dios puede otorgar. Dios puede hacer un mundo mayor, un cielo mayor; pero no puede hacer nada mayor que a la Madre de Dios.

Creo que lo inmediato a ser Dios, es ser la Madre de Dios. Y, por consiguiente, “no podrías estar más unida a Dios, a no ser que te hicieras Dios” (san Alberto Magno), y que tan excelsa es tu perfección que sólo a Dios está reservado conocerla.

Como se ve, no se describe la esencia del dogma sino que se desarrollan algunas derivaciones doctrinales acerca del gran misterio. Llama la atención —sin embargo— la sobriedad y la finura de los enunciados, lo mismo que la seguridad doctrinal que su autor posee.

 

La plenitud de gracia

De la divina maternidad se deriva la plenitud de Gracia que María posee. Gabriel resume así dicha verdad:

Creo que Dios te ha dotado, en grado sumo, de todas las gracias y dones generales y particulares concedidas a todas las criaturas.

 

-La relación con los ángeles y el cosmos

En dos sencillos enunciados recoge la doctrina mariana sobre el particular:

Creo que tu grandeza es superior a la de todos los Santos y Ángeles.

Creo que por ti ha sido hecho todo el Universo; y que por tu disposición se mantiene el mundo, al que también tú fundaste, desde el principio, con Dios. Y que por tu amor no destruyó Dios al hombre después del pecado.

La vida histórica de María

Hay un amplio desarrollo de la vida histórica de María en el Credo.

Señalamos los puntos esenciales. Empieza con la imposición del nombre de María, cuyo origen y sentido detalla conforme a los libros de piedad mariana del tiempo[22]. Igualmente, se detiene en describir la belleza de María[23] .Toca también el tema la virginidad de María cuyo sentido y valor ensalza[24]. De la niñez de María recuerda su inocencia[25].

-La vida teologal de la Virgen

Singular importancia da el santo en su Credo a la vida teologal de la Virgen.

 

De la fe de María afirma:

Te diré con san Agustín: “Tu fe abrió el Cielo cuando asentiste al ángel anunciador”.

Creo, con Suárez, que tuviste más fe que todos los hombres y ángeles juntos; y que cuando los discípulos dudaban, tú no dudaste. Te llamaré, con san Cirilo: Cetro de la fe ortodoxa.

 

En cuanto a la esperanza afirma:

Creo que eres Madre de la Santa Esperanza; y el modelo de la confianza en Dios.

 

Donde se detiene con mayor interés es en el amor de María, a Dios y al prójimo:

Sobre el amor de Dios confiesa:

Creo que sólo tú cumpliste el precepto: Amarás al Señor…; y que tú, desde el primer momento de tu vida, superaste el amor de todos los ángeles y hombres hacia Dios; y que los benditos serafines podían bajar a aprender de tu corazón la manera de amar a Dios.

Creo que era tan grande el fuego que en ti ardía hacia Dios que, colocados juntos el cielo y la tierra, se habrían consumido en un instante. Y que todos los ardores de los serafines eran una leve brisa en comparación contigo

Creo —con san Buenaventura— que con semejante fuego divino jamás fuiste tentada; y que, en una palabra, como revelaste a santa Brígida, sólo pensabas en Dios, y que nada te agradaba sino Dios.

Creo que, mientras vivías en la tierra permanecías constantemente amando a Dios; y que jamás hiciste cosa alguna que no fuera de su gusto. Y que estabas tan llena de caridad, tal y tan grande como pueda percibir una criatura en la tierra, que heriste y robaste el divino Corazón.

En cuanto al amor al prójimo dice:

Creo que amaste tanto al prójimo que no ha habido ni habrá nadie que lo haya amado tanto; por lo que no hay en el mundo criatura que [que se te pueda igualar] … Y que si se unieran el amor que todas las madres tienen a sus hijos, todos los esposos a sus esposas y todos los santos y ángeles a sus devotos, no alcanzan al amor que tú tienes a una sola alma; y que el amor que todas las madres han sentido por sus hijos es una sombra comparado al amor que nos tienes a cada uno de nosotros

Creo lo que dijiste a santa Brígida: “Todo lo que pudiste tener lo diste a los necesitados, y nada reservaste salvo alimento y ropa austeros”.

-Las virtudes de María

Particular atención dedica a las virtudes de la Virgen.

Ante todo enuncia el principio de que la vida virtuosa de María no estuvo exenta de esfuerzo:

Creo lo que revelaste a la benedictina santa Isabel: que no tuviste ninguna virtud sin fatiga y oración

 

En este ejercicio de las virtudes se fija, en primer lugar, en el desprendimiento de los bienes terrenos[26]. Le sigue la atracción por la vida contemplativa[27], el amor a la humildad[28], la mortificación[29].

 

-Asunción y Coronación

El curso de la vida histórica de María lo cierra el Credo con la mención de la Asunción y de la coronación de María[30].

-Títulos marianos

Entre los atributos de María, menciona el Credo la maternidad espiritual de María[31], la corredención[32], y la Mediación universal[33]. María es contemplada también como pacificadora[34] y la que trae la reconciliación de todos[35]. Es también el principio universal de salvación[36]. Además, María escucha toda plegaria[37].

-Madre de misericordia

El atributo que más exalta el santo es el de la misericordia de la Virgen[38]. Por eso es proclamada como la esperanza de la salvación[39]. María es también confesada como madre de la perseverancia[40], y camino seguro de santidad[41].

Para el final de la vida, la Virgen es consuelo de los agonizantes[42]. En el Purgatorio, María es intercesora poderosa para obtener de Dios la pronta salida del mismo[43].

Por fin , la devoción a María es prenda segura de salvación[44].

Este es en síntesis, el contenido del Credo mariano de San Gabriel.

 

 

6.- Un Credo muy singular

 

El texto gabrielino se denomina Credo por la frecuencia de la expresión: “creo” y equivalentes[45].

El Credo Mariano —llamado también Símbolo— es una larga lista de proposiciones teológicas relativas a la Virgen.

Es fácil relacionar el texto con las fórmulas de fe que se han elaborado en la Iglesia desde los primeros siglos cristianos hasta nuestros días, con el fin de ofrecer a los fieles un resumen de lo más esencial de la fe común de la Iglesia.

El Símbolo de san Gabriel constituye una variedad interesante dentro del género literario de los credos y confesiones de fe. Su peculiaridad primera está en el carácter personal y no público/oficial de su credo. Responde a la imagen interior que se había formado de la Virgen, cuyos títulos y grandezas resume en forma de enunciados cortos estructurados a modo de un género intermedio entre el credo y el elogio devoto. Son verdaderamente una confesión, en la que se exterioriza la interior convicción en alabanza amorosa de la Virgen. De ahí que el Símbolo no conste de enunciados de “mínimos” como suelen serlo los credos oficiales que recogen, a modo de artículos de contenido esencial, lo que en todas partes, y siempre se ha creído en la Iglesia universal. El Símbolo mariano de san Gabriel no tiene el valor dogmático de las confesiones de fe infalible, ni tiene la pretensión de elaborar un credo comparable con dichos símbolos. Es una serie de enunciados que expresan las convicciones personales del santo, en las que atribuye a la Madre de Dios todo lo mejor que un devoto puede pensar como digno de la más excelente criatura. Entre lo esencial y universal —lo que es obligatorio para todos—, y la piedad singular que acepta con asentimiento de fe determinados enunciados, hay una gama amplísima de matices en las verdades mariológicas.

La segunda característica del Credo gabrielino es su temática original. Es un credo mariológico. Prescindiendo de todo aquello que es exclusivo de la Divinidad (naturaleza divina, persona del Verbo), y rechazando lo que no es compatible con el estricto dogma católico, san Gabriel atribuye a María todos aquellos privilegios que la piedad de los santos Padres[46], los doctores[47], los santos[48], los teólogos[49], las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas[50], y la devoción popular atribuye a María.

Como en siglos pasados, los individuos y las colectividades confesaban como de fe y hacían voto de defender hasta la sangre verdades como la Concepción Inmaculada de María, su Asunción a los cielos o, en la actualidad, muchos devotos de la Virgen la creen mediadora de todas las gracias, corredentora, etc., san Gabriel fue enunciando en hermosas proposiciones la rica doctrina patrística y de tos autores marianos antiguos y modernos, hasta el más cercano a su siglo, san Alfonso María de Ligorio. Para evitar en un texto muy largo la monotonía de la expresión creo, utiliza fórmulas variadas que en su espíritu equivalen a una verdadera confesión de fe, de tipo personal. Se trata de una profesión de fe muy singular[51].

La concentración en el misterio de la Virgen matiza su fe con el referente mariano. El Credo se centra en lo divino de María, que constituye el verdadero objeto de la fe. Al mismo tiempo, subraya lo mariano de Dios en la historia de la salvación .Como la humanidad pregnante de la Madre envuelve el ser humano de del Hijo de Dios, así, la confesión de fe mariana incluye la fe en el Hijo divino. La concentración mariana no es exclusión cristológica o trinitaria del misterio de Jesús.

7.- Lo incomunicable de la experiencia personal de la fe

 

El Credo Mariano surge en la vida de Gabriel como un acto de personalización de los credos dogmáticos oficiales, en una vivencia desde la peculiaridad de su experiencia mariana. Por eso, para entender el género literario tan especial de su Credo hay que distinguir entre los actos de fe íntimos y personales, y las confesiones de fe públicas, oficiales y colectivas.

La fe es un acto siempre personal de adhesión a la verdad revelada. Este acto no recibe una formulación particular, toda vez que acontece en el ámbito de la intimidad personal. La formulación explícita se hace necesaria cuando en la profesión de la fe coinciden varias personas, las cuales expresan externamente la común creencia. Así han surgido en la Iglesia las profesiones de fe comunitarias. Esta fe común y colectiva se expresa, a su vez, en diversidad de formulaciones de géneros literarios diversos. Se dan fórmulas simples y fórmulas más desarrolladas, pero con una intención igualmente universal de expresar toda la fe. A veces las confesiones de fe se centran en algunos aspectos más concretos que forman como una unidad homogénea. Tal es el caso del Quicumque, centrado en el dogma trinitario, o las confesiones neotestamentarias de tipo formalmente cristológico.

Las confesiones de fe, generalmente, recogen aquellas verdades fundamentales que son de fe para todos los creyentes. Pero hay casos en los cuales, personas aisladas o grupos de personas pronuncian un acto de fe sobre verdades no definidas, y que —por tanto— no se imponen como de fe. Tal fue el caso de los que profesaban creer en la concepción inmaculada de María antes de la definición del 8.12.1854 o su Asunción. En esos casos se llegó a veces hasta actos de fe con un compromiso de martirio, como en los votos de sangre. Esta lista de verdades no conoce límites. Cuantas verdades no entran en conflicto con la revelación, y son aceptadas como piadosas creencias pueden ser elevadas a actos personales de fe. Se pude creen en la corredención mariana, en su mediación universal, en la impecabilidad de María, en la ciencia beatifica de la Virgen etc., etc.

En estos actos individuales de fe en verdades que no se imponen como de fe, es de suma importancia determinar la fuente íntima de donde brota la necesidad de formular en forma personal una realidad objetiva y común como es la fe codificada en fórmulas universales y colectivas.

Esa fuente oculta es la vivencia personal única, y al modo propio de la unicidad irrepetible de cada existencia personal. Nadie vive igual que otro su fe. Pero ¿quién la concientiza en esa dimensión de la unicidad e irrepetibilidad de la persona? ¿Y quién logra dar una forma personal a las vivencias incomunicables de la experiencia mística mariana?

El siglo de san Gabriel fue un siglo de grandes vivencias marianas. Pero sólo él se lanzó a expresar en un credo lo que sentía y vivía de la Virgen en su existencia personal.

8.- El motivo formal de fe en el Credo Mariano

 

¿Cuál es el motivo formal por el cual Gabriel cree en las verdades marinas de su Credo? ¿Dónde se da en tales enunciados devotos la condición de verdades reveladas necesaria para que sobre esos enunciados se apoye un acto de fe?

¿Cómo encaja este texto de las profesiones de fe? ¿Cómo se entiende la fe en los enunciados del Credo Mariano de San Gabriel?. ¿Con qué base dogmática cuenta el santo al pronunciar sobre tan numerosos y diversos aspectos del misterio de María una afirmación de fe?¿Cuál es la base mística o teológica en que se sustentan las creencias profesadas por el santo como enunciados de fe?

El Credo Mariano de San Gabriel pertenece al orden de credos de temática unificada, desde la perspectiva del misterio mariano. Es —además— una profesión de fe estrictamente personal[52], que versa sobre verdades aún no presentadas por la Iglesia como de fe divina. Estas profesiones están condicionadas por unas opciones personales de muy diferente motivación. No es una profesión de algunas pocas verdades aisladas comúnmente tenidas como de fe entre las personas piadosas y con la perspectiva de próxima definición de fe, al menos, de una posibilidad de semejante definibilidad. Es un credo universal en el cual el misterio mariano se mira en los contenidos muy detallados y especificados. En este credo está fuertemente presente la convicción de realizar un acto explícito de fe. Para ello es necesario poseer un marco de referencias de pertenencia a la fe lo suficientemente seguro como para aventurarse a expresar la creencia en términos de fe. En este aspecto, el Credo se sitúa en la franja piadosa de la credulidad que —sin ser de objetos definidos— posee una suficiente garantía como para asentar sorbe ella una afirmación de fe. Podría pensarse que el Credo no supera ese nivel de numerosos devotos de María que asienten a todas las verdades marianas que se encuentran expuestas en los libros de piedad mariana. Ciertamente, este motivo no está ausente en su texto. Pero, tratándose un santo cuyas virtudes heroicas han sido reconocidas por la Iglesia, el nivel espiritual en que vive el contenido del Credo es el orden superior de lo místico y no una simple credulidad devota que se queda con lo mejor de las enseñanzas piadosas sobre la Virgen.

Para convenirse de ello es menester insistir en la metodología que rige esta selección de verdades marianas. Ya se ha dicho que el santo leyó todo lo que en la biblioteca del teologado había de literatura mariana. Más aún, el propio director de los teólogos había compuesto un tratado de mariología. Por tanto, el ambiente de estudios era de un cierto rigor y exigencia técnica en Mariología[53].

Prescindiendo de los contenidos, veamos algunos aceptos de su metodología.

Todos los enunciados están justificados por algún razonamiento teológico o la autoridad de algún autor famoso. En la selección de los enunciados, san Gabriel prefiere los testimonios basados en santos que se han distinguido por su ciencia —doctores— y su preferencia mariana: san Bernardo, san Buenaventura, etc.

En segundo lugar, vienen los grandes teólogos que han formulado con particular desarrollo la fe mariana. Tal es el caso de Guerrico, el abad de Celles Raimundo Jordán, Suárez.

Junto a los doctores, los teólogos y los santos, vienen las personas dotadas del carisma de revelaciones privadas. Son las más numerosas. santa Brígida, santa Matilde, santa Gertrudis, santa Isabel, OSB. Esta preferencia da a entender con qué instinto espiritual realizaba la selección de las proposiciones. Era la congenialidad de su mundo mariano interior, con las afirmaciones de las personas que sentían lo mismo que él. Era un criterio de congenialidad espiritual.

Este instinto de congenialidad lo guió en el intento original de reducir a síntesis todas las verdades marianas que ocupan la franja de la pía credulidad que separa la mariología crítica de un Windenfeld, y la fría teología mariana especulativa.

Se podría decir formalmente que el ámbito teológico del Credo es la piedad popular marina. Su fundamento está en la vivencia personal del que ha compuesto el Credo.

9.- Carácter estrictamente personal

 

¿Con qué finalidad lo compuso el santo? El hecho de haber querido escribirlo con su sangre y llevar un trozo del mismo sobre el corazón denota su finalidad estrictamente personal. Esto crea —como ya hemos dicho— una variante muy original entre las confesiones de fe utilizadas en la Iglesia con una finalidad estrictamente colectiva y grupal, y las expresiones de fe personal que dan salida a las convicciones no impuestas como de fe dogmática. En este sentido, la composición del Credo tenía en san Gabriel una doble finalidad. En primer lugar debió de sentir una presión interior que lo llevó a dar expresión al mundo de convicciones interiores sobre las maravillas del misterio mariano. Es sabido que la intensidad de las vivencias interiores busca su salida expresiva en muy variadas formas. Una de ellas es la escritura. La pérdida de cuaderno autobiográfico del santo, quemado por expresa petición del mismo, poco antes de morir, encuentra una compensación en este texto en que es muy fácil seguir sus preferencias espirituales. No habla, p. e., de la Inmaculada, siendo así que conoció su definición dogmática cuando tenía 16 años. Tampoco habla de la Asunción, cuya fiesta se celebraba en la Congregación pasionista con gran solemnidad, precedida de una cuarentena de prácticas piadosas. La preferencia por el motivo de la misericordia debía de recordarle su conversión por la llamada de María en una locución sobrenatural el 22 de agosto de 1856. La insistencia en el motivo de las virtudes de María tiene su razón de ser en una práctica marina de tipo seriamente imitativo.

Otra motivación importante a la hora de pasar al papel sus convicciones de fe sobre la Virgen fue la de tener a mano un resumen de todos los títulos y grandezas de María. En este sentido, lo había precedido su propio Director Espiritual, autor de una devota mariología que recogía gran número de textos patrísticos sobre la Virgen.

Pero tal vez el principal móvil interior que lo lanzó a componer su Credo no tenía una explicación a nivel de conciencia clara. Era un impulso más fuerte que él. Era un fuego interior que no podía retener sin darle salida al exterior con la forma de un texto escrito. Con fuerza análoga los grandes artistas se ven impulsados a crear. Un parecido impulso interior incoercible llevó también a los autores inspirados a componer sus textos, cuyo sentido se descubriría en la recepción de la comunidad creyente a la cual destinaba tales escritos. En otras palabras, el impulso interior que llevó a san Gabriel a redactar su Credo tenía mucho que ver con su misión de suscitar de la devoción[54] mariana en el siglo XX. Con razón este siglo ha sido llamado saeculum marianum; y san Gabriel fue uno de los santos que más decisivamente influyeron para que en él se viviera tan intensamente la piedad mariana, especialmente en la juventud[55]. La redacción de su Credo tenía mucho que ver con esa su misión de santo mariano, suscitador de la piedad mariana en los jóvenes de la primera mitad del siglo XX. La redacción del Credo era un efecto primero de aquel voto suyo especial, de propagar la devoción a los Dolores de la Virgen que se ha mencionado ya. Para propagarla tenía que conocerla. Para hablar de la Virgen, tenía que tener a mano un bosquejo completo de los títulos y grandezas de María. Así nació el Credo Mariano.

9.- Actualidad del Credo

¿Qué lugar ocupa en la mariología actual la síntesis personal de san Gabriel en su Credo Mariano? El editor crítico y comentarista del mismo se inclina a creer que el Santo pertenece –teológicamente- a la corriente que en el Vaticano II se llamó maximalista, pero “con tanto equilibrio y tacto, con tal apertura a la armonía de los dogmas, con tal atracción por el misterio de Dios, con tal adhesión a Cristo, y con tal atención al pensamiento de la Iglesia, que parece anticiparse a los nuevos tiempos y a la nueva teología mariana[56]

El enfoque del B. Juan XXIII en punto al marianismo del santo pasionista –según las palabras pronunciadas en el centenario de su muerte- mira más al testimonio de una piedad mariana autenticada por la práctica de las virtudes[57] .Sin embrago, ni la clasificación del Santo entre los mariólogos maximalistas, ni su reducción al rango de un puro testimonio mariano confirmado por la vida virtuosa hacen justicia a la imagen mariológica del santo que emerge de su Credo Mariano. La verdad es que el Creo ofrece auténticas aportaciones en el campo estrictamente teológico.

En primer lugar estamos ante un tipo nuevo de credo o profesión de fe.

Este Credo es una profesión de fe viva y personal. Nada tiene de convencional, sino que es de gran originalidad. Tampoco es colectivo. Es individual, de uso privado, no destinado a la publicidad. Por esto mismo, no es oficial a ningún nivel eclesiástico. No tenía investidura alguna para darle tal rango. No es genérico ni de tenor esencial al modo de de todos los credos desde el Símbolo Apostólico hasta el reciente “Ad tuendam fidem” de Juan Pablo II. Es un Credo amplio, desarrollado, minucioso, detallado hasta la minucia. En este campo de las formulaciones de la fe San Gabriel testimonia la originalidad de una fe personalizada, vivida desde la unicidad irrepetible de todo creyente. No hay dos fieles que crean del mismo modo. San Gabriel es un santo mariano de características únicas. Y también lo es su Credo. La fe es una realidad de todos, mas cada uno la vive, y la formula al modo propio. Así es también la Mariología

El Credo de San Gabriel da actualidad al hecho vaticinado por Jeremías (31,34), de una palabra interior presente en el corazón de todos. Confirma la enseñanza de Jesús, de que todos serán instruidos personalmente por el Espíritu (Jn. 6,45) y por tanto, cada uno posee un modo íntimo de creer personal y único dentro del marco de la misma fe de la Iglesia. Junto a los credos oficiales y colectivos, hay modos de creer personales, y el credo de san Gabriel es una muestra de esa fe personal e íntima.

Aun siendo tan interesante y tan vital este aspecto de las formulaciones personales de la fe, no es la aportación más válida del Credo Mariano de San Gabriel. Más allá de todo lo personal de semejante Credo, hay también aportaciones de orden objetivo y metodológico en el ámbito de la Mariología[58], y también de la ciencia teológica en general. En el orden de Mariología el Credo de San Gabriel no se sitúa en el ámbito dogmática, que se impone como de fe a todo creyente, y consta de los cuatro dogmas marianos de la Inmaculada Concepción, la Divina Maternidad, la perpetua virginidad, y la Asunción corporal cielo. El Credo Mariano no es de finalidad dogmática. ¿Pertenecerá, entonces, al orden de la Mariología científica que profundiza los contenidos de la dogmática mariana?. Tampoco parece ser el caso. El Credo Mariano no tiene el aire de una Mariología científica racional y abstracta, que desarrolla sistemáticamente y en forma rigurosa lo implícito de los cuatro dogmas marianos. Su inspiración es otra. Den efecto, junto a la Mariología dogmática y la sistemática, Junto a ellas, hay una Mariología que ofrece sus contenidos doctrinales por el despliegue interno de los datos marianos concientizados por vía mística, mediante la actuación de los dones intelectuales del Espíritu santo. Esta es una verdadera Mariología y -como tal- es también susceptible de una expresión y exposición sistemática analógica a la racional/científica, pero desde una metodología diferente. Es la Mariología mística de base experimental[59].

Esta es la Mariología que en el curso de los siglos ha hecho progresar el dogma mariano, más que la racional/científica. Es la que ha llevado al progreso dogmática que ha culminado en las grandes definiciones, como la Inmaculada y la Asunción, y quizás también la misma maternidad divina de María[60]. Marín-Sola expuso la teoría del doble progreso de la teología y del dogma, por vía intelectual, y por vía donal o de experiencia mística. El Credo de san Gabriel codifica las leyes y la metodología de esta vía del progreso de la Mariología por vía vivencial y mística. Con todo lo imperfecto e incompleto que resultó su Credo, y -a pesar de su deficiente realización- no hay duda que en la Mariología ha creado un género literario único.

A. M. Artola, CP.

Profesor de Sagrada Escritura

En el Seminario “Redemptoris Mater”

CALLAO-LIMA

Texto en el idioma original (italiano)

 

 

Contenuti del Simbolo

 

1 – Credo [o Maria] come rivelaste a S. Brigida:

Quod es regina caeli, Mater misericordiae, iustorum gaudium et aditus peccatorum ad Deum;

e che: Nullus est adeo maledictus, qui quamdiu vivit,careat tua misericordia;

e che: Nullus est ita abiectus a Deo, qui si te invocaverit, non revertatur ad Deum et habiturus sit

misericordiam;et miser erit qui ad misericordem, cum possit,non accedit.

2 – Credo che: voi siate la madre di tutti gli uomini,

e che in Giovanni li riceveste tutti per figli, giusta la volontà di Gesù.

3 – Credo che voi siate quale alla vostra Brigida vi dichiaraste:

Quasi mater omnium peccatorum volentium se emendare;

e che: Clamas pro anima peccatrice: “Miserere mei”.

4 – Credo che: Voi siate la nostra vita.

Dico con S. Bernardino da Siena che: Omnes indulgentias factas in veteri Testamento,

non ambigo Deum fecisse solum (non escluso Gesù),

et, post Deum, spes unica peccatorum, vi dirò con S. Agostino.

Vi credo quale vi vide S. Geltrude, col manto aperto in cui stavano rifugiate molte fiere, leoni, orsi, tigri, e che voi non solo non li cacciavate, ma con gran pietà gli accoglievate ed accarezzevate.

5 – Per voi, noi riceviamo il dono inestimabile della S. Perseveranza:

Te sequens non deviam, te rogans non desperabo, te tenente non corruam, te protegente non metuam,

te duce non faticabor, te propitia perveniam ad te.

6 – Voi siete il respiro dei cristiani ed il loro aiuto, massime in morte, conforme diceste a S. Brigida:

Quod tu ut mater occurris eis in morte, ut ipsi consolationem et refrigerium habeant,

e che: Non est tuum – come diceste a S. Giovanni di Dio –

quod non est tuum, in mortis hora, tuos devotos derelinquere.

7 – Voi siete la speranza di tutti, massime dei peccatori;

Tu civitas refugii,

e di quelli specialmente che son privi d’ogni soccorso.

8 – Voi siete: Protectrix damnatorum, spes desperatorum;

e come intese S. Brigida che vi diceva Gesù che:

Etiam diabolo misericordiam exhiberes, si humiliter peteret;

Tu peccatorem quantumcumque foetidum non horres;

si ad te suspiraverit – vi dirò con S. Bernardo –

tu illum a desperationis barathro pia manu retrahis.

9 – Credo che: voi voliate ad aiutare chi vi invoca;

e che siate: Salus te invocantium;

e che: Plus vis tu facere nobis bonum, quam nos

accipere concupiscimus.

10 – Credo, come voi significaste a S. Geltrude, che:

aprite il manto per accogliere tutti quelli che a voi ricorrono, e che gli Angeli attendono a difendere

i vostri devoti dalle infestazioni dell’inferno.

Voi preoccupate quei che vi cercano, ed anche non richiesta, correte pronta in aiuto;

e che: Quern tu vis, salvus erit.

11 – Credo, come diceste a S. Brigida, che:

Daemones audientes Mariam, statim relinquunt animam.

12 – Confesso con S. Epifanio, Antonino ed altri,che il vostro Nome

scese dal Cielo e fu imposto per divina ordinazione.

Riconosco con S. Antonio da Padova nel Nome vostro

le stesse dolcezze che S. Bernardo considera nel Nome di Gesù:

Nomen tuum, o Maria, iubilus in corde, mel in ore, in aure melos.

13 – Credo che, dopo il Nome di Gesù, [Non] sit aliud nomen

unde tantum gratiae, spei et suavitatis piae mentes concipiant.

E col vostro S. Bonaventura confesso che:

Nomen tuum devote nominari non potest sine nominantis utilitate.

E credo ciò che diceste a S. Brigida, che:

Nullus est in hac vita tarn frigidus ab amore Dei, qui, si invocaverit Nomen tuum cum proposito poenitendi, statim diabolus ab ipso non discedat.

14 – Credo che: la vostra intercessione sia moralmente necessaria per la nostra salute;

che tutte le grazie che Dio ci dispensa passino per [le] vostre mani;

e che tutte le misericordie che si sono dispensate agli uomini,

tutte sono venute per mezzo vostro;

e che: Nullus potest caelum intrare, nisi per te transeat tamquam per portam;

credo che la vostra intercessione sia non solo a noi utile, ma necessaria, moralmente.

15 – Credo che: voi siate la Cooperatrice di nostra giustificazione;

homninum Reparatricem;

salutis hominum auctricem;

totius bumani generis reparatricem;

adiutri[cem] redemptionis;

mundi salvatricem.

Che nel mare di questa terra restan sommersi tutti quei

che non si troveranno ricevuti nella vostra nave;

e per conseguenza credo che:

Nemini, nisi per te, pateat aditus ad salutem,

e che: Nemo est qui salvus fiat, nisi per te.

16 – Credo che:

Deus decrevit nihil dare nisi per te;

che: salus nostra in manu tua est,

e che: qui petit sine te, sine alis tentat volare;

credo altresì che: frustra alios Sanctos oraret quem tu non adiuvares,

e che: quod possunt omnes isti tecum, tu sola potes sine illis omnibus,

e che: te tacente, nullus iuvabit, nullus orabit;

te orante, omnes iuvabant et orabunt.

E finalmente vi dico con S. Tommaso: Omnis spes vitae;

e vi dico con S. Agostino: Unam ac te solam pro nobis in Caelo fatemur esse sollicitam.

17 – Credo che: voi siate la tesoreria di Gesù,

e che: Nemo donum Dei suscipit nisi per te;

e che: Inventa te, invenitur omne bonum.

18 – Credo che: Unum suspirium tuum plus potest quam omnium Sanctorum simul suffragia,

e confesso con S. Giovanni Damasceno che: Potes quidem omnes salvare.

Vi credo che siate quell’Avv[ocata] che non ricusate difendere le cause dei più miserabili.

Vi dirò con S. Andrea Cretense: Salve, divina hominum reconciliatio.

E con S. Germano: Non est satietas defensionis tuae.

19 – Vi ravviso per la Paciera tra peccatori e Dio,

e vi credo per quell’esca dolcissima creata da Dio

Per prender gli uomini e specialmente i peccatori per tirarli a lui,

come E[gli] stesso lo rivelò a S. Caterina da Siena;

ed in conseguenza: Sicut magnes attrahit ferrum,sic tu attrahis dura corda, come diceste a S. Brigida.

Voi siete tutt’occhi per compatire e soccorrere le nostre miserie,

onde vi dirò con S. Epifanio multoculam”;

e ciò lo conferma quel che intese S. Brigida, quando voi richiesta da Gesù:

Mater, pete quid vis a me, voi rispondeste: Misericordiam peto pro miseris.

20 – Credo che quell’innata misericordia delle vostre materne viscere che aveste pellegrina ancora su questa terra verso dei miseri, sia superata in grandezza adesso che regnate in cielo, in quel modo che il sole supera in grandezza di splendore la luna, mi dice S. Bonav[entura].

E che siccome i corpi celesti e terreni sono illuminati dal sole, così non vi e nel mondo chi per vostro mezzo non partecipi della divina misericordia, come rivelaste a S. Brigida;

onde credo con S. Bonav[entura] che: In te, Domina,peccant non solum qui tibi iniuriam irrogant,

sed etiam qui te non rogant.

Onde è che mi persuado col medesimo Santo che: Qui praestat in obsequio tuo, procul fiet a perditione;

e ciò credo con S. Ilario che avverrà: Quantumcumque quis fuerit peccator, si [tui djevotus extiterit,

numquam in aeternum peri[bi]t.

21 – Con S. Bonav[entura]: Qui neglexerit te, morietur in peccatis suis

Qui non invocat te in hac vita, non pervenient ad regnum Dei;

.. .a quibus averteris vultum tuum, non erit spes ad salutem.

22 – La vostra devozione credo con S. Efrem che sia Charta libertatis.

Credo con S. Anselmo che: Aeternum “vae” non sentiet ille pro quo semel tu oraveris.

E che la vostra devozione è avere certe armi di salute, che Iddio non concede

se non a coloro che Egli vuol salvi, come m’assicura il Damasceno.

Onde concluderò con S. Antonino: Sicut impossibile est ut illi a quibus tu oculos tuae misericordiae avertis,

salventur, ita necessarium quod hi, ad quos convertis oculos tuos pro eis advocans, salventur et glorificentur.

23 – Credo, come già rivelaste a S. Brigida:

esser voi la Madre di tutte le anime purganti, mentre tutte le pene che esse meritano per le colpe commesse

in vita, in ogni ora per le vostre preghiere sono in qualche modo mitigate.

Troppo dunque felici e fortunati, vi dirò con S. Alfonso, sono i vostri devoti,

[e l’unica volta in cui S. Alfonso è citato esplicitamente nel Simbolo]

mentre ci assicura S. Bernardino che: A tormentis purgatorii liberas maxime devotos tuos,

conforme a ciò che intese S. Brigida che vi diceva Gesù: Tu es Mater mea, tu Mater misericordiae,

tu consolatio eorum qui sunt in purgatorio.

24 – Credo che Voi, stando per andare al Paradiso domandaste, e senza dubbio otteneste,

di potervi condurre con voi tutte le anime che si trovavano in purg[atorio].

Credo altresì, come prometteste al Papa Giovanni XXII, che gli ascritti al Carmine,

nel sabato dopo la morte sarebbero liberati dal purg[atorio].

Ma più felici sono i vostri devoti, poiché: Porta caeli reserabitur eis.

Voi siete: Reseramentum caelestis Jerusalem, sIanua caeli, 6Felix caeli porta, 7Vehiculum ad caelum.

25 – Credo che: ln Jerusalem potestas tua imperando quod vis et quos vis introducendo.

Per te caelum apertum est, infernus evacuatus, instaurata caelestis Jerusalem,

miseris damnationem expectantibus vita data est. S. Bern[ardo].

26 – Credo che: Qui operantur in te non peccabunt, qui elucidant te vitam aeternam habebunt;

e vi riconosco per quella celeste nocchiera, che conducete all’eterno porto i vostri devoti ricoverati nella

navicella della vostra protezione, come mostraste a S. M[aria] Maddalena dei Pazzi;

onde la vostra devozione, dirò con S. Bernardo, certissimum est signum salutis aeternae consequendae,

e col B. Alano: Habens devotionem hanc (salutandi saepe cum Ave) (8), signum est praedestinationis

permagnum ad gloriam.

Onde concluderò con Guerrico Abate: Qui tibi famulatur, ita securus est de Paradiso, ac si esset in Paradiso.

27 – Credo con S. Antonino che: Non reperitur aliquis Sanctorum, ita compati in infirmitatibus,

sicut tu, Beatissima Virgo Maria.

Date più di quel che vi si chiede. Voi, ubicumque fuerit miseria, tua curris et succurris misericordia.

Tu semper circuis quaerens quem salves.

Saepe, vi dirò coll’Abate di Celles, quos iustitia Filii tui potest damnare,tu Mater misericordiae liberas.

Onde credo ciò che il Signore disse a S. Brigida: Nisi praeces tuae intervenirent, non esset spes misericordiae.

Onde tengo con S. Fulgenzio che: Caelum et terra iamdudum ruissent si tu tuis precibus non sustentasses.

28 – Credo che la vostra altezza sia superiore a tutti i Santi ed Angeli;

e che: Tanta est perfectio tua, ut soli Deo cognoscenda reservetur.

Credo che: Immediate post esse Deum, est esse Matrem Dei; e che in conseguenza: Magis Deo coniungi non

potuisti, nisi fieres Deus (Alber[to] Magno).

29 – Credo che Dignitas Matris Dei, suo genere est infinita,

e che il vostro stato fu sommo, quae purae creaturae dari possit.

E confesso con S. Bonaventura che: Esse Matrem Dei, est gratia maxima purae creaturae conferibilis: ipsa est quam maiorem facere non potest Deus. Maiorem mundum facere potest Deus, maius caelum, maiorem quam Matrem Dei facere non potest.

30 – Credo quod propter te totus mundus factus est,

e che: Tua dispositione perseverat mundus quem et tu cum Deo ab initio fundasti,.

e che per amor tuo non distrusse Iddio l’uomo dopo il peccato.

31 – Credo che Iddio vi abbia dotata in sommo grado di tutte le grazie e doni generali e particolari

conferiti a tutte le creature;

e credo al Signore che rivelò a S. Brigida che la vostra bellezza superò la bellezza di tutti gli uomini

e degli Angeli.

Credo che la vostra bellezza fugava moti impuri ed ingeriva purità.

32 – Credo che foste bambina, ma di essa [aveste] solo1’innocenza e non già il difetto d’incapacità.

Foste Vergine prima, nell’atto e dopo il parto; senza la sterilità foste madre, ma Vergine.

Nella vita attiva operavate, ma senza che 1’operare vi distogliesse dall’unione con Dio;

nella contemplativa stavate raccolta in Dio, ma senza negligenza alcuna dei vostri doveri.

33 – A voi toccò la morte, ma senza le sue angustie e senza la corruzione del corpo.

34 – Credo, con S. Alberto Magno, che foste la prima che, senza consiglio e senza esempio di altri,

offriste a Dio la vostra verginità; e poi gli donaste tutte le Vergini che vi hanno imitato,

e che di esse ne siate la gonfaloniera;

e che per voi si mantenne vergine il vostro purissimo Sposo Giuseppe,

e che sareste stata pronta per conservare la verginità a rinunziare, col divino beneplacito,

anche la dignità di Madre di Dio.

35 – Credo, come fu rivelato a S. Matilde, quod ita modeste de te sentiebas, ut cum tot gratias haberes,

nulli te praetulisti;

e come diceste a S. Elisabetta benedettina, tengo per fermo quod te repu[ta]bas vilissimam

et gratia Dei indignam.

36 – Credo, o Madre mia, giusta voi lo esprimeste a S. Brig[ida], quod promeruisti Maternitatem Dei,

quia cogitasti et scivisti nihil a te esse et habere.

37 –Credo che per la vostra umiltà celaste a S. Giuseppe la divina Maternità, ad onta che il manifestarlo

pareva necessario.

Serviste a S. Elisabetta, 3e sempre vi eleggeste l’ultimo posto.

38 – Credo, secondo diceste a S. Brig[ida], essere di si basso concetto presso voi stessa, eo quod cogitasti et

scivisti nihil a te esse et habere, et ideo noluisti laudem tuam, sed solum Datoris et Creatoris.

39 – E confesso con S. Bernardino da Siena,1che non vi sia stata creatura che più si sia umiliata di voi,

e che nel mondo non vi è di umiltà neppure il minimo grado a confronto della vostra umiltà.

40 – Credo essere stato tanto il fuoco di cui voi ardevate verso Dio che, posto in quello tutto il cielo e la terra

in un momento si sarebbero consumati;

e che al vostro confronto eran aure fresche tutti gli ardori dei Serafini.

41 – Credo che voi sola perfettamente adempiste il precetto: Diliges Dominum…,

e che voi, nel primo momento del viver vostro, avanzaste 1’amore di tutti gli Angeli e uomini verso Dio;

e che i beati Serafini potevano scendere ad imparare nel vostro cuore il modo di amare Dio.

42 – Credo che per un tal fuoco divino — con S. Bonav[entura] — che giammai foste tentata,

e che, in una parola, come già rivelaste a S. Brigida: Nihil nisi Deum cogitabas, nulla tibi nisi Deus placuerunt.

43 – Credo con il Suarez, Ruperto, S. Bernardino, S. Ambrogio, che: Cum quiesceret corpus tuum,

vigilabat animus,

e che a voi il sonno non impediva [di] amare Iddio.

Onde a voi ancora appartiene quell’Ego dormio et cor meum vigilat,

e che, in una parola, mentre viveste in terra, continuamente stavate amando Dio;

e che giammai faceste se non quello che conosceste esser di suo gusto,

e che foste sì riempita di tanta carità, qualis et quanta percipi potest a pura creatura in terra,

in modo che vulnerasti et rapuisti divinum Cor.

44 – Credo che voi talmente amaste il prossimo, che […]

non vi e stato né vi sarà chi più di voi lo abbia amato,

e per conseguenza non vi è al mondo creatura che

45 – E che se si unisse 1’amore che tutte le madri portano ai figli, tutti gli sposi alle loro spose e tutti i Santi

ed Angeli ai loro devoti, non giunge all’amore che voi portate ad un’anima sola;

e che 1’amore che tutte le madri han portato ai loro figli, è un’ombra a paragone dell’amore che ad uno solo

di noi ci portate.

46 – Vi dirò con S. Agostino: Fides tua Caelum aperuit cum Angelo nuntianti consensit.

47 – Credo, col Suarez, che ayeste più fede che tutti gli uomini ed Angeli,

e che, etiam discipulis dubitantibus, non dubitasti.

Onde dirò con S. Cirillo: Sceptrum orthodoxae fidei.

48 – Credo che voi siate Mater Sanctae Spei,

ed il tipo della confidenza in Dio.

Voi foste mortificatissima.

Credo a ciò che di voi S. Epifanio e il Damasceno ci dicono, che foste sì mortificata negli occhi, che li

tenevate sempre bassi e giammai li fissavate in alcuno.

49 – Credo ciò che voi rivelaste a S. Elisabetta benedettina:

che non aveste alcuna virtù senza fatica ed orazione.

Credo ciò che diceste a S. Brigida: Omnia quae potuisti habere, dedisti indigentibus

nihilque nisi cibum tenuem et vestitum reservasti,

Credo che mundanae divitiae velut lutum tibi vilescebant.

Credo fermamente che faceste voto di povertà.

 


[1] Texto leído el 6 de diciembre de 2004, en el XXI Congreso Mariológico Internacional de Roma (4-8 diciembre del 2004) con el título de La fe, forma radical de acogida a la acción divina en la Historia. El “Credo Mariano” de San Gabriel de la Dolorosa.

[2] Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata, della Congregazione dei Passionisti, per cura del P. Germano di S.Stanislao, della stessa Congregazione, Milano, 1896, 125-131)

[3] No es uniforme la terminología que se utiliza para designar el escrito de san Gabriel. El original no llevaba título alguno. El confesor del santo -Ven. P. Norberto Casinelli- habla de Símbolo della Madonna. En el texto presentado a la revisión canónica de los escritos el Ven. P. Germán le puso como título Symbolus Marianus. Con este título se subrayaba el sentido de contraseña o distintivo mariano. Pero el uso posterior ha preferido el neutro symbolum que se utiliza para designar Íos simbolos de fe en la terminología eclesiástica. ( v.g. Symbolum Apostolorum etc.).Luego el uso ha preferido este último sentido, de ahí la variante de Credo Mariano .Este Credo ha entrado a formar parte de las prácticas piadosas marianas. Así el agustino P. Valerio Rodrigo lo incluyó entre las devociones mañanas en su devocionario LUZ Y CONSUELO DEL ALMA (Madrid,1955) como la primera dichas prácticas, con el título de Símbolo Mariano (pp.354‑357)

[4] En la deposición procesal para la canonización de Gabriel, su director espiritual el Ven. Norberto de Santa María recordaba sencillamente lo siguiente: “Había compuesto para sí un símbolo que llama Símbolo de la Virgen, símbolo que bien guardado, lo llevaba pendiente del cuello con protestas de devoción a su querida Reina y Señora. Si mal no recuerdo, cuando lo compuso y trataba de copiado para colgársela al cuello, me suplicó e importunó para que le permitiese escribirlo con su propia sangre. No le concedí el permiso, por eso lo escribió con tinta. Siento de veras no poder dar a conocer el contenido de tal símbolo, porque no lo recuerdo. A su muerte no se le pudo encontrar, ni siquiera, por cuanto recuerdo, cuando se quitó el hábito, porque quizá había encontrado modo de destruirlo, para que no fuese visto por ninguno de los que debían cuidado”. (Deposición canónica del Ven. Norberto, en FONTI storico-biografiche di san Gabriele dell´Addolorata, Edizione critica a cura di NATALE CAVATASSI, C.P. e FABIANO GIORGINI, C.P. Edizioni ”Eco” 1969,p.133, línea 20.

[5] No se recuperó todo el texto. Una parte de las hojas del cuadernillo que llevaba sobre el pecho, fue arrancada. Tal vez era la parte más importante, pues probablemente contendía los artículos sobre los Dolores de María (.Cf. N. CAVATASSI; Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104)

[6] Ver la historia de estas ediciones en N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata en SAN GABRIELE DELL’ADDOLORATA E IL SUO TEMPO .Studi, Ricerche, Documenti. Editrice”Eco”103-105., San Gabriele ,Teramo,19861,pp.122‑150.

[7]N.CAVATASSI,San Gabríele dell’Addolorata e il suo Tempo.Studi, Ricerche, Documenti, Editrice Eco, San Gabriele ,Teramo, 19861, pp. 122‑150.

[8] Probablemente se escribió a fines de 1861.Las pistas cronológicas son las siguientes. El voto de propagar la devoción a los Dolores se coloca por los años 1860-6l. Inmediatamente después de emitir este voto, el Santo procedió a redactar el texto. La negativa del permiso para copiarla en limpio con la propia sangre debe datarse de la última época de la vida del Santo (1861).Por ello, la fecha más probable corresponde a los meses entre final de 1860 y todo el año 1861.Por entornes el santo estaba cursando la última etapa de los estudios de Teología.

[9] Las siete partes las ha dividido el P. Cavatassi en la edición crítica del Símbolo, de la siguiente forma: 1‑Privilegios marianos;¸II-Las virtudes de la Virgen;III‑La maternidad espiritual de María: IV‑La maternidad espiritual que se extiende a las almas del purgatorio; V‑La mediación de las gracias; VI‑La devoción a María, garantía de salvación; VI ‑Las actitudes interiores de María

[10] La idea de perfeccionar el texto en una redacción definitiva que llevaría cabo cuando la escribiese con su sangre, le impidió dejar el Credo en redacción completa. Con frecuencia deja espacios en blanco con la idea de completar más tarde el párrafo introduciendo las citas escogidas. Hay señales de que trabajaba con papelitos sueltos –a modo de fichas- donde tenía copiados los textos que luego incluiría en el lugar apropiado. Así, en la pg.3 hay un espacio libre de dos o tres líneas, que dejó en blanco para añadir alguna idea. Toda la página cuatro está en blanco. La quinta sólo contiene un artículo incompleto. La octava y la novena tienen también espacios en blanco. La décima sólo lleva escrita una mitad. La undécima está en blanco. La duodécima lleva sólo la dirección del P. Norberto -y de otra mano-. De la decimotercera y decimocuarta sólo quedan algunos rasgos. La decimoquinta y décimosexta, están escritas en caligrafía más cuidada, eran las que llevaba en una bolsita sobre su pecho. Contenían 14 artículos. Un parte de esta hoja está quedó intencionadamente recortada. Con toda probabilidad, a la muerte del santo, alguien la sustrajo pro devoción, y no la restituyó nunca. El editor piensa que esta parte que falta correspondería a la sección dedicada los Dolores de María. (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.104).

[11] Los estudios se han publicado en las Actas de dos congresos de estudios gabrielistas tenidos en Isola del gran Sasso en los años 1984 y 1985 (San Gabriele dell’Adídolorata e ii suo tempo Studi, Ricerche, Documentazione) editados en los años 1986‑1987 respectivamente.

[12] Stanislao BATTISTELLI, C.P.,S. Gabriele dell`Addolorata.San Gabriel, 10 ed. 1970,p. 138.En la primera edición de 1896 llevaba como subtítulo: “Corona di elogi alla Madre diu Dio” (Lettere ed altri scritti Spirituali del Ven. Servo di Dio Gabriele dell`Addolorata…, p 125)

[13] Fusto POZZI, CP. S. Gabriele dell`Addolorata .S. Gabriele, 1974, p. 206

[14] N.CAVATASSI, San Gabriele e il suo tempo,p.113

 

[15] San Gabriel de la Dolorosa (en el siglo Francisco Possenti), nació en Asís (Italia) el 1 de marzo de 1838.Huérfano de madre a los cuatro años, en 1844 empieza la enseñanza primaria en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Después de su primera comunión (1850) frecuenta el liceo de los Jesuitas de Spoleto. A raíz de un a primera enfermedad grave, piensa en hacerse religioso, pero no lleva a la práctica su piadosa decisión. En una segunda enfermedad decide entrar entre los jesuitas, sin poner por obra su buen deseo. El 22 de agosto de 1856,octava de la Asunción, en la solemne procesión de la Santa Icone de Spoleto, la Virgen le llama a la vida religiosa. Dejando su vida mundana, pide ingresar entre los pasionistas. Entra en el Noviciado de Morravalle (Italia) el 9 de septiembre de 1856. Viste el hábito el 21 de septiembre del mismo año, y el 22 de septiembre de 1857 emite la profesión religiosa. A los 24 años de edad muere en el convento pasionista de Isola del Gran Sasso el 27 de febrero de 1862 .Se introduce su causa de canonización en 1891.En 1908 es beatificado, viviendo todavía su Director espiritual el P. Norberto de Santa María. El 13 de mayo de 1920 es canonizado.”Difícilmente se hallará una existencia más enraizada en la devoción a María, más unida en sus destinos a la Santísima Virgen, y más en íntima dependencia de su protección verdaderamente materna ” (Cf. Benito del MORAL, Almas marianas Madrid 1954, p. 19).

[16] « A la intervención maternal de Nuestra Señora hay que atribuir en Gabriel, desde su actuación vocacional hasta su popularidad de Santo Taumaturgo” E. S. GIBERT, Sobre las cumbre del Gran Sasso, Madrid 1973, 47, nota 68.

[17] Cuando nació Gabriel en 1838, hacía sólo ocho años que había tenido lugar en París la aparición de la Milagrosa. Contaba cuatro años de edad, cuando en 1842, acontecía en Roma la sensacional conversión del judío Alfonso María de Ratisbona. En 1846 ‑ Gabriel contaba a razón ocho años de edad ‑ toda Europa se sorprende con la visión de la Virgen de La Saleta cuyos destinatarios eran Maximino y Melania. Gabriel tenía dieciséis años cuando el B. Pío IX definió la Inmaculada Concepción. Poco después, en Lourdes se dejaba ver la Inmaculada Concepción. El mismo año de su muerte –1862- el 18 de enero tenía lugar la aprobación oficial de las apariciones de Lourdes. Este ambiente mariano favoreció la eclosión de genios religiosos profundamente influenciados por la acción de la Virgen María. San Gabriel de la Dolorosa fue uno de ellos.

Los tres últimos años de su vida transcurrieron en un convento de larga historia mariana. Isola del Gran Sasso poseía un convento fundado por San Francisco, donde se dio culto a la Inmaculada antes que en ningún otro lugar de Italia.

[18] Este estudiante pasionista fue el primer santo joven canonizado en la Iglesia después de la triada jesuita de San Luis, San Estanislao y San Juan Berchmans. Hacía varios siglos que no subían a los altares jóvenes que ofrecieran el modelo de continuidad con la santidad joven de tiempos antiguos. Y ese ejemplo era necesario. San Gabriel abre la serie. Cuando el fue beatificado en 1908 todavía no se había introducido la causa de Teresita de Lisieux. San Gabriel fue canonizado en 1920 y la santa de Lisieux no era todavía beata. La glorificación del joven santo pasionista provocó un numeroso ejército de émulos. El año 1923 tenía Jugar la beatificación de Teresita; el año 1925 su canonización. Luego ha venido la pléyade de santos jóvenes que es la gloria del presente siglo.

[19]Desde la beatificación en 1908, fue grande el influjo de Gabriel en las Casas de Formación. No había en aquellos años Noviciado, Escolasticado, Seminario, o internado católico donde no se leyera la biografía de San Gabriel. Los hermanos de La Salle lo consideraban como un aventajado ejemplar de la educación impartida en sus colegios. Los jesuitas propagaban su conocimiento como antiguo discípulo del Liceo de Spoleto. San Gabriel se convirtió en el modelo de los jóvenes aspirantes al sacerdocio en la difícil etapa de su formación.

[20] El concepto que de san Gabriel se tenía en la Iglesia preconciliar se transparenta bien en un detalle del año 1962 en que se abrió el Vaticano II. El mismo día en que se celebraba el centenario de la muerte del Santo (27 de febrero) Juan XXIII presidió una sesión de la comisión Central Preparatoria del Concilio. El papa aprovechó la coincidencia para hablar así a los miembros de la Comisión: “En este sencillo acto de nuestra presencia entusiasta en la continuación de la preparación del Concilio, deseamos encontrar nuevos auspicios de fervor al conmemorar hoy el centenario de la muerte de la selecta flor de la Congregación de los Padres Pasionistas, San Gabriel de la Dolorosa que San Pío X y Benedicto XV ofrecieron a la veneración de la Iglesia universal” (Ecclesia, 1962, vol. I, p,299).

[21] Esta falta de conexión se debe al hecho de que el Santo no pudo realzar la refundición definitiva de sus textos

[22] Confieso con S. Epifanio, Antonino y otros, que tu Nombre descendió Cielo, y te fue impuesto por orden divina. Reconozco, con S. Antonio de Padua, en tu Nombre las dulzuras que S. Bernardo aprecia en el Nombre de Jesús: tu nombre, María, es júbilo en el corazón, miel en la boca, y música en el oído

               

Creo que después del Nombre de Jesús no existe otro nombre del que la mente conciba tanta gracia, esperanza y piadosa suavidad. Y con vuestro San Buenaventura confieso que no se pude devotamente

pronunciar tu nombe sin utilidad del que lo lo pronuncie. Y creo lo que dijiste a Sta. Brígida, que: Nadie en esta vida hay tan frío en amor de Dios que, si invocare tu ombre con propósito de arrepentimiento, no se aparte de él inmediatamente el demonio

[23] Y creo al Señor, que reveló a Sta. Brígida que tu belleza superó a la belleza de todos los hombres y de todos los Ángeles. Creo que tu belleza repelía movimientos impuros e inducía pureza

[24] Creo, con S. Alberto Magno,que fuiste la primera que, sin el consejo ni el ejemplo de otros, ofreciste a Dios tu virginidad; y después le ofreciste todas las mujeres que te han imitado; y que luego fuiste su portaestandarte;y que por ti se conservó virgen tu purísimo esposo José. Y que te mantuviste dispuesta a renunciar, para conservar tu virginidad, con el divino beneplácito incluso a la dignidad de Madre de Dios . Fuiste virgen antes, durante y después del parto; sin esterilidad fuiste madre, pero virgen.

[25] Creo que fuiste niña, pero de ella sólo tenías la inocencia, no el defecto de incapacidad.

[26] Creo que considerabas las riquezas mundanas como vil barro

[27] En la vida activa trabajabas, pero sin que el trabajo te apartara de la unión con Dios; en la contemplativa estabas recogida en Dios, pero sin ninguna negligencia acerca de tus deberes.          Creo con Suárez, Ruperto, S. Bernardino y S. Ambrosio que: incluso cuando tu cuerpo descansaba, tu alma vigilaba.     Y que el sueño no te impedía amar a Dios; por lo que también te pertenece aquello de: Yo duermo, pero mi corazón vela

[28] Creo, según fue revelado a Sta. Matilde, que te sentías tan modesta que, a pesar de poseer todas las gracias, a nadie te preferiste. Y, como dijiste a la benedictina Sta. Isabel, tengo por seguro que te considerabas muy humilde e indigna de la gracia de Dios.

Creo, oh Madre mía, según lo expusiste a Sta. Brígida, que, si mereciste ser destinada a la Maternidad divina, ni pensaste ni supiste serlo por ti

Creo que por tu humildad ocultaste a S. José la divina Maternidad, con vergüenza incluso de considerarlo necesario. Serviste a Isabel, y siempre elegiste allí el último lugar

Creo, según dijiste a Sta. Brígida, que tenías de tí misma un concepto tan bajo, porque pensaste y supiste que nada se te debía, y por ello no quisiste tu alabanza, sino sólo la del Dador y Creador

Y confieso con S. Bernardino de Siena,que no existió criatura alguna que se haya humillado más

que tú.. Y que en todo el mundo no existe ni siquiera el más insignificante grado de humildad comparada con la tuya

[29] Creo que fuiste ¿mortificadísima.Creo lo que dicen de ti S. Epifanio y el Damasceno: que fuiste tan sacrificada de ojos que los tenías siempre bajos, y que jamás los fijaste en nadie.

[30] Te afectó la muerte, pero sin sus angustias y sin la corrupción del cuerpo Creo [¡oh María!], como revelaste a Sta. Brígida: Que eres Reina del cielo

[31] Creo quetú eres la madre de todos los hombres y que, en Juan, a todos recibiste por hijos según la voluntad de Jesús

 

 

[32] Creo que tú eres la Cooperadora de nuestra justificación: Reparadora de los hombres; autora de la salvación de los hombres; reparadora de todo el género humano; ayuda para nuestra redención;

[33] Creo que Dios ha dispuesto no dar nada sino es por ti; que: nuestra salva-ción está en tus manos; y que quien pida sin ti, intenta volar sin alas; creo también que: en vano reza a los Santos aquél a quien tú no ayudes; y que todo lo que éstos puedan contigo, tú sola lo puedes sin todos ellos; y que si tú callas ayudará, nadie orará; orando tú, todos ayudarán y orarán. Y finalmente, te digo con Sto. Tomás: Toda esperanza de vida; te preocupas por nosotros

 Creo que tu intercesión es moralmente necesaria para nuestra salvación; que todas las misericordias dispensadas a los hombres, todas vienen por tu mediación; y que Nadie puede entrar en el Cielo si no es a través de ti, que eres la puerta .

 Creo que tu intercesión no sólo nos es útil, sino que también moralmente necesaria

 Creo que tú eres la tesorera de Jesús, y que : Nadie recibe los dones de Dios a no ser por ti; y que: El que te encuentra, encuentra todo bien.

 Creo que un solo suspiro tuyo tiene más poder que los sufragios de todos los Santos juntos; y confieso con S. Juan Damasceno que: Puedes cierta-mente salvarnos a todos.

 Creo que eres aquella Abogada que no rehusa defender las causas de los pobres miserables. Y con San Germán:Tu defensa es inagotable.

 Creo lo que el Señor dijo a Sta. Brígida: Si no intercediesen tus ruegos, no existiría la esperanza de la misericordia.

Sostengo con S. Fulgencio que: El cielo y la tierra ya se hubieran derrumbado si tu no los sostuvieses con tus ruegos.

[34] Te contemplo como la Pacificadora entre Dios y los pecadores.

[35] Te diré, con S. Andrés Cretense: Salve divina reconciliación de los hombres (XVIII,4)

[36] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. Por lo que, con S. Antonino, concluiré: Así como es imposible que se salve aquél de quien retires tus ojos misericordiosos, así es necesario que a quienes vuelves tus ojos por ellos invocantes, se salvarán y glorificarán

 Creo que: Tu poder en Jerusalén dispone lo que deseas introduciendo a los que quieres.

 Por ti está el cielo abierto, y el infierno vacío, instaurada la Jerusalén celestial, se ha dado la vida a los míseros que esperaban la condenación.

[37] Creo que quieres ayudar al que te invoca; das mucho más de lo que se te pide.

Tú, acudes y socorres a donde se encuentre la miseria. Tú siempre miras a tu alrededor buscando a quien salvar.

[38]Creo, como revelaste a Sta. Brígida: Que eres […] el camino de los pecadores hacia Dios;

 y que nadie hay tan malo que, mientras viva, le falte tu misericordia;y que nadie está tan alejado de Dios que, si te invocare, no vuelva a Dios y encuentre misericordia; y desgraciado quien, pudiendo, no vuelva hacia el misericordioso.

 Creo que eres, tal como declaraste a tu Brígida:Madre de todos los pecadores que desean enmendarse;

 y que suplicas “Misericordia” para el alma pecadora )

 Creo que tú eres nuestra vida. Digo con S. Bernardino de Siena que: Todas las misericordias hechas en el Antiguo Testamento no dudo hayan sido hechas sólo por Dios (sin excluir a Jesús); y te llamaré, con S. Agustín,después de Dios, esperanza única de los pecadores

 Te creo tal como te vio Sta. Gertrudis, con el manto abierto, dentro del cual se refugiaban muchas fieras, leones, osos, tigres, y que tú no los echaste, sino que los acogías y acariciabas con gran piedad.

Tú eres la esperanza de todos; especialmente, de los pecadores: Tu, ciudad de reugio, y en particular de los privados de todo socorro .Tú eres: Protectora de los condenados, esperanza de los desesperados;y tal como entendió Sta. Brígida, que Jesús te decía: sería misericordioso incluso con el demonio, si me lo pidiere con humildad; que no rechazas al pecador aunque apeste, si te suplicara –te diré con S. Bernardo,tu le arrancarás del abismo de la desesperación con mano piadosa

 Te considero como el cebo dulcísimo creado por Dios para pescar a los hombre, y espe-cialmente a los pecadores, y atraerlos a Él, como Él mismo reveló a Sta. Ca-talina de Siena. Y, por consiguiente, así como el imán atrae al hierro, así tú atraes a los corazones duros, tal como dijiste a Sta. Brígida.

Tú eres toda ojos para compadecer y socorrer nuestras miserias, por lo que te llamaré como S.Epifanio, “todaojos”; confirmado por lo que entendió Sta. Brígida cuando tú, a petición de Jesús que te dijo Madre, pídeme lo que quieras, contestaste: Pido misericordia para los miserables.

Creo que aquella misericordia innata de tus maternales entrañas que tenías, cuando aún peregrinabas en esta tierra, hacia los miserables, está superada grandemente ahora que reinas en el Cielo, del mismo modo que el sol supera en grandeza al resplandor de la luna, según dice S. Buenaventura. Y así como los cuerpos celestes y terrenos son iluminados por el sol, así no existe en el mundo quien no participe, por medio de tí, de la divina misericordia, según revelaste a Sta. Brígida. Por lo que, con :S. Buenaventura, creo que: Contra Tí, Señor, pecan no sólo los que te ofenden, sino también los que no te suplican. De ahí que coincido con el mismo Santo en que: El que obra en tu obsequio, lejos está de la perdición.

Yo creo con S. Hilario que sucederá que: Por muy pecador que alguien sea, si se mantiene devoto a ti jamás perecerá para siempre.

Creo con S. Antonino que: no hay entre todos los Santos quien se compadezca en las enfermedades

como tú, Beatísima Virgen María. Tu, te diré con el Abad de Celles, Madre de misericordia, acostumbras salvar a aquellos tus hijos a los que la justicia podría condenar

Creo, como hiciste saber a Sta. Gertrudis, que abres el manto para acoger a todos los que recurren a ti, y que los Ángeles atienden y defienden a los que te son devotos contra los ataques del infierno. Te preocupas por los que te buscan, y aún sin pedírtelo, acudes solícita en su ayuda.; y que aquél a quien tú quieres, se salvará .

[Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. (XV)

[39] [Creo] que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti. . Con S. Buenaventura: Quien te abandone, morirá en sus pecados. Quien no te invoca en esta vida, no alcanzará el reino de Dios; de quienes apartares tu rostro, no serás esperanza de salvación

Creo que:los que obran según tú no pecarán, los que de descubren tendrán la vida eterna.

Y te reconozco como la celestial timonera que conduces al puerto eterno a tus devotos, rescatados en la navecilla de tu protección, como enseñaste a Sta. María Magdalena de Pazzi.

Y concluiré, con el Abad Guerrico: Quien te sirve, está tan seguro del Paraíso como si ya estuviera en él.

Creo, como dijiste a Sta. Brígida, que cuando los demonios oyen a María, dejan inmediatamente a las almas y que eres la salvación de los que te invocan; y que deseas hacernos el bien mucho más de lo que nosotros lo deseamos

Creo que en el océano de esta tierra quedan sumergidos todos los que no sean recibidos en tu nave; que nadie, si no es por ti, tenga acceso a la salvación;y que nadie se salvará si no es por ti.

[40] Por ti recibimos el inestimable don de la Santa Perseverancia.

[41] Siguiéndote no erraré, rogándote no desesperaré, teniéndote no me caeré, protegiéndome tú no temeré, conduciéndome tú no cansaré, con tu favor llegaré a ti

[42] Creo que tú eres la vida de los cristianos y su ayuda, sobre todo a la hora de la muerte, según dijiste a Sta. Brígida: Que tú, como madre, les asistes en la muerte, para que reciban consuelo y alivio; y que, como dijiste a S. Juan de Dios, no es propio de ti abandonar a tus devotos en la hora de la muerte

[43] Creo, como revelaste a Sta. Brígida: que tú eres la Madre de todas las almas del purgatorio, aunque todas las penas que merecen por los pecados cometidos en vida, en cualquier momento serán mitigadas de algún modo por tus oraciones.

Así que diré, con S. Alfonso, que felices y afortunados son tus devotos [es la única vez que se cita expresamente a S. Alfonso en el Símbolo]. Y S. Bernardino asegura que: Especialmente libras a tus devotos de las penas del purgatorio. Así como lo que Sta. Brígida enscuchó que decía Jesús: Tú eres mi Madre, Madre de misericordia, consuelo de los que están en el purgatorio (XXIII)

 

 Creo que tú, próxima a encaminarte al Paraíso, pediste y sin duda conseguiste, poder llevarte contigo a todas las almas que se hallaban en el purgatorio.

 Creo también que , como prometiste al Papa Juan XXII que los inscitos [en la , cofradía del] Carmen,

en el sábado después de su muetre serán liberados del purgatorio.Pero más felices son tus devotos,

porque: Les está reservada la puerta del cielo.

 Tú eres: la garantía de la Jerusalén celestial, Puerta del cielo,Feliz puerta del cielo, Vehículo que conduce al cielo

[44] Creo con S. Anselmo que: Aquel por quien tú ruegues una vez, no sentirá el eterno “¡ay de ti!”. Y que tu devoción tiene unas armas de salvación que Dios sólo concede a quienes quiere salvar, como asegura el Damasceno.Por lo que, como S. Bernardo, diré que tu devoción es ciertísimo signo para conseguir la vida eterna;

 y con el Beato Alano: Practicar esta devoción ( saludarla siempre con el Ave), es una magnífica señal de predestinación para la Gloria.)

[45] La palabra “creo” aparece 53 veces. Es por mucho la fórmula más frecuente. La expresión “confieso” como sinónimo de la precedente, se utiliza 5 veces…El circunloquio ”Os diré”, con igual sentido que las voces anteriores, se repite 5 veces. ”Vos sois”, en sentido asertivo, 4 veces. “Digo”, como afirmación de fe, 3 veces, lo mismo que “Os creo”. “Reconozco, 2 veces. “Concluiré” en el sentido de una conclusión teológica, se cita dos veces. Una sola vez aparecen usadas las expresiones:”Tengo (sostengo),”Tengo seguro (fermo)”,”Estoy persuadido” “Os contemplo (vi ravviso), “Me asegura”;”Creo al Señor que reveló”

[46] Entre los Padres aparecen citados en el Credo: Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, Andrés de Creta, Epifanio, Cirilo de Alejandría, Germán de Constantinopla, Fulgencio de Ruspe, Juan Damasceno, Efrén de Nisibe. m

[47] Además de los citados en la nota anterior, están: San Bernardo, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Antonio de Padua, San Alfonso de Ligorio.

[48] san Bernardino de Siena, San Antonino de Florencia, San Juan de Dios. B. Alain de la Roche.

[49] Guerrico, Ruperto de Deutz, Bernardino de Bustis, Ricardo de San Lorenzo, Conrado de Sajonia, Juan XXII, Raimundo Jordán, Justino de Miechow, Luis de Blois, Francisco Suárez,

[50] Santa Brígida, Santa Matilde, Santa Gertrudis, Santa Isabel de Schônau, OSB, Santa Catalina de Siena, Santa María Magdalena de`Pazzi.

[51] El segundo caso de un “credo” personal es el que se encuentra entre los escritos del místico lasalliano H. Estanislao José .En un texto titulado “Mi Credo” expresa sus convicciones personales sobre la acción de Dios en su vida, y la presencia de María en la misma. Es un escrito bien articulado de30 puntos. En él ocupa la Virgen un puesto relevante, mas no es un credo de tipo teológico, sino existencial y personal, al estilo de la confianza que en Dios ponían los personajes de AT como Abrahán., y os piadosos salmistas.(Cf. Ginés de María, FSC, Hermano Estanislao José. Un joven heroico desconocido, Madrid, 1983,p. 104-107).)

[52] El autor de la edición crítica excluye toda finalidad de difusión pública del escrito gabrielino (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p. 115

[53] El editor crítico del Credo niega explícitamente que se den contactos literarios entre la Mariología del P. Norberto y el Credo de San Gabriel (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata…,p.106).Pero no se puede excluir unba inspiración común.Sin duda, el santo se violanzado a compoenr su credo, sigyiuendo el ejemplo del Director del Teologado.

[54] El editor crítico del Credo cree que la conservación y publicación del Credo se relacionan implícitamente con el voto de propagar la devoción a al Virgen (Cf. N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p.115)

[55] Cuando fue beatificado en 1908, no había ningún joven de los tiempos modernos elevado a la gloria de los altares. Sólo se recordaban los ejemplos de san Luis, san Estanislao y san Juan Berchmans. Cuando Gabriel fue canonizado en 1920, Teresita de Lisieux no había sido beatificada. El fervor por la santidad joven que se encendió a principios de siglo y caldeó los corazones de los jóvenes en período de formación, tuvo su mejor modelo en san Gabriel de la Dolorosa’

[56] N.CAVATASSI, N. CAVATASSI, Il “Simbolo Mariano” di S. Gabriele dell`Addolorata …,p. 113.

[57] Con motivo del primer centenario de la muerte de san Gabriel (1862‑1962) el Papa Juan XXIII escribió al P. General de los Pasionistas una carta ‑ la Sanctitatis Altrix‑ en que subrayaba el carácter práctico de la piedad mariana del santo:”:”Resplande­ció en san Gabriel un‑a singular devoción a la Virgen Maria, y este amor no fue en él un entusiasmo

probado con las obras.”. (Ecclesia, 1962, vol. I, p. 297)

[58] El Credo de San Gabriel es un Símbolo Mariano. Por ello, su aportación original está en el campo de la Mariología.,

[59] “Hay, pues, dos fuentes del dogma y del desarrollo dogmático: una fuente derivada y conceptual, que son las fórmulas reveladas; otra fuente primordial y real, que es la misma Divinidad. […]. Correlativamente a estas dos fuentes deben existir y existen dos vías diferentes de percibir, juzgar y desarrollar el dogma. La primera es la vía de los enunciados o fórmulas reveladas, comparándolas entre sí o con los enunciados de la razón, que es en lo que consiste la vía de raciocinio. La segunda es la vía de la Divinidad misma, con la cual entramos en contacto inmediato por los hábitos de la fe, de la gracia, de las virtudes y dones, que constituye la vía afectiva. […]. De estas dos vías, la primera es la vía de la razón; la segunda, es la vía del corazón. La primera es la vía de la lógica; la segunda es la vía experimental o, como hoy suele decirse, la vía vital. La primera es la vía de la Teología especulativa, de la Ciencia de los sabios; la segunda es la vía de la Teología mística, o de la Ciencia de los Santos“. (F. MARÍN SOLA; La evolución homogénea del Dogma Católico. Edic de E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, pp. 403-404).

[60] “Ni la Inmaculada, ni la perpetua virginidad de María, ni la exención de toda culpa actual hubieran sido propuestas como dogmas, de no haber mediado ese sentido de la fe y la experiencia de los santos […]Los dogmas todos referentes a María tienen por fuente su digna maternidad divina; y los requisitos o postulados de la “digna maternidad” se perciben mejor con el amante y vivo corazón del hijo que con la fría y seca razón lógica del sabio” (F. MARÍN SOLA, La evolución homogénea del Dogma Católico. Edición del P. E. SAURAS, OP, BAC 84, Madrid, l952, p.-405).

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Por las ramas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2011

Son muchos los que olvidan la esencia del cristianismo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 34-35).

Pero, ¡cuántos hay que creen que ser cristianos consiste en asistir a la Eucaristía todos los días, rezar el Rosario, visitar al Santísimo Sacramento, hacer muchas horas de oración…! Otros creen que ser cristianos es pertenecer a un grupo de oración, asistir a congresos de alabanza o de adoración, vivir determinada espiritualidad… Olvidan que todos estos actos son medios para llenarse del amor de Dios, y así repartir ese amor a todos los que viven a su alrededor.

También están los que creen que Dios los escogió para corregir a los demás: se la pasan escribiendo cartas o artículos agresivos a cuantas personas o entidades defienden un criterio o conducta contrarias a la Fe. Olvidan que la verdad sin caridad no es verdad.

Hay quienes creen que la esencia de la vida cristiana consiste en saber mucho: leen libros, se aprenden los versículos y los capítulos de la Biblia para defender cualquier criterio, asisten a cuanta predicación pueden, toman cursos, estudian teología… Olvidan que, aunque es importante conocer nuestra doctrina, el cristiano no se distingue por saber, sino por amar.

Y, por último, pululan cada vez más los que concentran su atención en las cosas periféricas de la Fe cristiana, descuidando su esencia: creen que Satanás está en todas partes o que la Virgen se aparece en todas partes o que el Señor se la pasa haciendo manifestaciones extraordinarias… Y se olvidan que la Iglesia, como Madre que es, tiene un Magisterio que nos informa lo que está correcto y lo que no; para que nos despreocupemos de todas esas cosas, y nos concentremos en lo más importante: en amar.

¿Queremos saber qué tan buenos seguidores de Cristo somos? Preguntémosle a quienes conviven con nosotros qué reciben de nosotros; si ellos nos dicen que somos los que les damos amor, los que trabajamos por su felicidad, los que dejando a un lado nuestro egoísmo nos ocupamos por su bienestar…, sabremos que somos buenos cristianos.

Pero si ellos notan que lo que nosotros queremos es que nos amen, que nos respeten, que nos valoren, que nos tengan en cuenta…, podremos deducir con ello cuán egoístas somos. Y el egoísmo es lo contrario del amor; es decir, es lo contrario del cristianismo.

 

 

 

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Ciclo A, La Sagrada Familia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 29, 2010

Un hogar como el de Nazaret

«El que respeta a su padre obtiene el perdón de sus pecados; el que honra a su madre se prepara un tesoro. Sus propios hijos serán la alegría del que respeta a su padre; el día en que le implore, el Señor lo atenderá.» Así comienza la liturgia del día de hoy, al ofrecernos el ejemplo de la Sagrada Familia para nuestras familias.

Y las promesas continúan en el texto de la primera lectura.

¿Hacemos todo lo que hoy nos dice san Pablo en nuestras familias? ¿Nos tratamos con compasión tierna, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia? ¿Nos soportamos y perdonamos unos a otros si alguno tiene motivo de queja contra otro? Todo lo que, en el hogar, decimos o hacemos, ¿lo hacemos en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él?

La segunda lectura nos da las reglas para hacer de la nuestra una familia feliz:

  • Maridos que amen a sus esposas en una entrega total, sin reservas egoístas, como Cristo amó a su esposa (hasta la muerte) y no les amarguen la vida.
  • Y si así actúan los maridos, las esposas, con un marido que las ama como Cristo amó a la Iglesia, se someterán a él como conviene entre cristianos.
  • Hijos que obedezcan a sus padres en todo, porque eso es lo correcto entre cristianos.
  • Padres que no sean pesados con sus hijos, para que no se desanimen.

Así nuestro hogar será como el de aquella hermosa morada de Nazaret, en donde vivía un Niño–Dios, lleno de amor por los hombres, que se derretía en detalles y trabajos con su Madre y con su padre adoptivo; una Madre tan excelsa, que estaba sin la más pequeña mancha de pecado y que, por lo tanto, amaba —y ama a sus hijos— con un amor que ninguna criatura puede alcanzar, y que se desvive para hacer la misión que su Hijo le confió: ser nuestra Madre; y, por último, José, un padre honesto, casto, trabajador, amoroso y respetuoso como ninguno…

¿Quién no querría un hogar así?

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La dignidad de la mujer*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 5, 2009

CARTA APOSTÓLICA
MULIERIS DIGNITATEM
DEL SUMO PONTÍFICE
JUAN PABLO II
SOBRE LA DIGNIDAD Y LA VOCACIÓN
DE LA MUJER
CON OCASIÓN DEL AÑO MARIANO

 

Venerables Hermanos,
amadísimos hijos e hijas,
salud y Bendición Apostólica

I

INTRODUCCIÓN

Un signo de los tiempos

1. LA DIGNIDAD DE LA MUJER y su vocación, objeto constante de la reflexión humana y cristiana, ha asumido en estos últimos años una importancia muy particular. Esto lo demuestran, entre otras cosas, las intervenciones del Magisterio de la Iglesia, reflejadas en varios documentos del Concilio Vaticano II, que en el Mensaje final afirma: «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga».(1) Las palabras de este Mensaje resumen lo que ya se había expresado en el Magisterio conciliar, especialmente en la Constitución Pastoral Gaudium et spes(2) y en el Decreto Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares.(3)

Tomas de posición similares se habían manifestado ya en el período preconciliar, por ejemplo, en varios discursos del Papa Pío XII (4) y en la Encíclica Pacem in terris del Papa Juan XXIII.(5) Después del Concilio Vaticano II, mi predecesor Pablo VI expresó también el alcance de este «signo de los tiempos», atribuyendo el título de Doctoras de la Iglesia a Santa Teresa de Jesús y a Santa Catalina de Siena,(6) y además instituyendo, a petición de la Asamblea del Sínodo de los Obispos en 1971, una Comisión especial cuya finalidad era el estudio de los problemas contemporáneos en relación con la «efectiva promoción de la dignidad y de la responsabilidad de las mujeres».7 Pablo VI, en uno de sus discursos, decía entre otras cosas: «En efecto, en el cristianismo, más que en cualquier otra religión, la mujer tiene desde los orígenes un estatuto especial de dignidad, del cual el Nuevo Testamento da testimonio en no pocos de sus importantes aspectos (…); es evidente que la mujer está llamada a formar parte de la estructura viva y operante del Cristianismo de un modo tan prominente que acaso no se hayan todavía puesto en evidencia todas sus virtualidades».(8)

Los Padres de la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos (octubre de 1987), que fue dedicada a «la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo a los veinte años del Concilio Vaticano II», se ocuparon nuevamente de la dignidad y de la vocación de la mujer. Entre otras cosas, abogaron por la profundización de los fundamentos antropológicos y teológicos necesarios para resolver los problemas referentes al significado y dignidad del ser mujer y del ser hombre. Se trata de comprender la razón y las consecuencias de la decisión del Creador que ha hecho que el ser humano pueda existir sólo como mujer o como varón. Solamente partiendo de estos fundamentos, que permiten descubrir la profundidad de la dignidad y vocación de la mujer, es posible hablar de la presencia activa que desempeña en la Iglesia y en la sociedad.

Esto es lo que deseo tratar en el presente Documento. La Exhortación postsinodal, que se hará pública después de éste, presentará las propuestas de carácter pastoral sobre el cometido de la mujer en la Iglesia y en la sociedad, sobre las que los Padres sinodales han hecho importantes consideraciones, teniendo también en cuenta los testimonios de los Auditores seglares —tanto mujeres como hombres— provenientes de las Iglesias particulares de todos los continentes.

El Año Mariano

2. El último Sínodo se ha desarrollado durante el Año Mariano, lo cual ofrece un particular impulso para afrontar este tema, como lo indica también la Encíclica Redemptoris Mater.(9) Esta Encíclica desarrolla y actualiza la enseñanza del Concilio Vaticano II contenida en el capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia. Dicho capítulo lleva un título significativo: «La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia». María —esta «mujer» de la Biblia (cf. Gén 3, 15; Jn 2, 4; 19, 26)— pertenece íntimamente al misterio salvífico de Cristo y por esto está presente también de un modo especial en el misterio de la Iglesia. Puesto que «la Iglesia es en Cristo como un sacramento (…) de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»,(10) la presencia especial de la Madre de Dios en el Misterio de la Iglesia nos hace pensar en el vínculo excepcional entre esta «mujer» y toda la familia humana. Se trata aquí de todos y cada uno de los hijos e hijas del género humano, en los que, en el transcurso de las generaciones, se realiza aquella herencia fundamental de la humanidad entera, unida al misterio del principio bíblico: «creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gén 1, 27).(11)

Esta eterna verdad sobre el ser humano,hombre y mujer —verdad que está también impresa de modo inmutable en la experiencia de todos— constituye en nuestros días el misterio que sólo en el «Verbo encarnado encuentra verdadera luz (…). Cristo desvela plenamente el hombre al hombre y le hace consciente de su altísima vocación», como enseña el Concilio.(12) En este «desvelar el hombre al hombre» ¿no se debe quizás descubrir un puesto particular para aquella «mujer» que fue la Madre de Cristo? El mensaje de Cristo, contenido en el Evangelio, que tiene como fondo toda la Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, ¿no puede quizá decir mucho a la Iglesia y a la humanidad sobre la dignidad y la vocación de la mujer?

Precisamente ésta quiere ser la trama del presente Documento, que se sitúa en el más amplio contexto del Año Mariano, mientras nos encaminamos hacia el final del segundo milenio del nacimiento de Cristo y el inicio del tercero. Por otra parte, me ha parecido lo más conveniente dar a este documento el estilo y el carácter de una meditación.

II

MUJER – MADRE DE DIOS
(THEOTÓKOS)

Unión con Dios

3. «Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer». Con estas palabras de la Carta a los Gálatas (4, 4) el apóstol Pablo relaciona entre sí los momentos principales que determinan de modo esencial el cumplimiento del misterio «preestablecido en Dios» (cf. Ef 1,9). El Hijo,Verbo consubstancial al Padre, nace como hombre de una mujer cuando llega «la plenitud de los tiempos». Este acontecimiento nos lleva al punto clave en la historia del hombre en la tierra, entendida como historia de la salvación. Es significativo que el Apóstol no llama a la Madre de Cristo con el nombre propio de «María», sino que la llama «mujer», lo cual establece una concordancia con las palabras del Protoevangelio en el Libro del Génesis (cf. 3, 15). Precisamente aquella «mujer» está presente en el acontecimiento salvífico central, que decide la «plenitud de los tiempos» y que se realiza en ella y por medio de ella.

De esta manera inicia el acontecimiento central, acontecimiento clave en la historia de la salvación: la Pascua del Señor. Sin embargo, quizás vale la pena considerarlo a partir de la historia espiritual del hombre entendida de un modo más amplio, como se manifiesta a través de las diversas religiones del mundo. Citamos aquí las palabras del Concilio Vaticano II: «Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana que, ayer como hoy, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y el fin de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué es el pecado? ¿Cuál es el origen y el fin del dolor? ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte, el juicio y cuál la retribución después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?».(13) «Ya desde la antigüedad y hasta nuestros días se encuentra en los distintos pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que se halla presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre».(14)

Desde la perspectiva de este vasto panorama, que pone en evidencia las aspiraciones del espíritu humano a la búsqueda de Dios —a veces casi como «caminando a tientas» (cf. Act 17, 27)—, la «plenitud de los tiempos», de la que habla Pablo en su Carta, pone de relieve la respuesta de Dios mismo «en el cual vivimos, nos movemos y existimos» (cf. Act 17, 28). Este es el Dios que «muchas veces y de muchos modos habló en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (cf. Heb 1, 1-2). El envío de este Hijo, consubstancial al Padre, como hombre «nacido de mujer», constituye el punto culminante y definitivo de la autorrevelación de Dios a la humanidad. Esta autorrevelación posee un carácter salvífico, como enseña en otro lugar el Concilio Vaticano II: «Quiso Dios con su bondad y sabiduría revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9): por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18;2 Pe 1, 4)».(15)

La mujer se encuentra en el corazón mismo de este acontecimiento salvífico. La autorrevelación de Dios, que es la inescrutable unidad de la Trinidad, está contenida, en sus líneas fundamentales, en la anunciación de Nazaret. «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo». «¿Cómo será esto puesto que no conozco varón?» «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios (…) ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1, 31. 37).(16)

Es fácil recordar este acontecimiento en la perspectiva de la historia de Israel —el pueblo elegido del cual es hija María—, aunque también es fácil recordarlo en la perspectiva de todos aquellos caminos en los que la humanidad desde siempre busca una respuesta a las preguntas fundamentales y, a la vez, definitivas que más le angustian. ¿No se encuentra quizás en la Anunciación de Nazaret el comienzo de aquella respuesta definitiva, mediante la cual Dios mismo sale al encuentro de las inquietudes del corazón del hombre?(17) Aquí no se trata solamente de palabras reveladas por Dios a través de los Profetas, sino que con la respuesta de María realmente «el Verbo se hace carne» (cf. Jn 1, 14).De esta manera, María alcanza tal unión con Dios que supera todas las expectativas del espíritu humano. Supera incluso las expectativas de todo Israel y, en particular, de las hijas del pueblo elegido, las cuales, basándose en la promesa, podían esperar que una de ellas llegaría a ser un día madre del Mesías. Sin embargo, ¿quién podía suponer que el Mesías prometido sería el «Hijo del Altísimo»? Esto era algo difícilmente imaginable según la fe monoteísta veterotestamentaria. Solamente en virtud del Espíritu Santo, que «extendió su sombra» sobre ella, María pudo aceptar lo que era «imposible para los hombres, pero posible para Dios» (cf. Mc 10, 27).

Theotókos

4. De esta manera «la plenitud de los tiempos» manifiesta la dignidad extraordinaria de la «mujer». Esta dignidad consiste, por una parte, en la elevación sobrenatural a la unión con Dios en Jesucristo, que determina la finalidad tan profunda de la existencia de cada hombre tanto sobre la tierra como en la eternidad. Desde este punto de vista, la «mujer» es la representante y arquetipo de todo el género humano, es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de Nazaret pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio sólo de la «mujer», de María, esto es, la unión entre madre e hijo. En efecto, la Virgen de Nazaret se convierte en la Madre de Dios.

Esta verdad, asumida desde el principio por la fe cristiana, tuvo una formulación solemne en el Concilio de Efeso (a. 431).(18) En contraposición a Nestorio, que consideraba a María exclusivamente como madre de Jesús-hombre, este Concilio puso de relieve el significado esencial de la maternidad de la Virgen María. En el momento de la Anunciación, pronunciando su «fiat», María concibió un hombre que era Hijo de Dios, consubstancial al Padre. Por consiguiente, es verdaderamente la Madre de Dios, puesto que la maternidad abarca toda la persona y no sólo el cuerpo, así como tampoco la «naturaleza» humana. De este modo, el nombre «Theotókos» —Madre de Dios— viene a ser el nombre propio de la unión con Dios, concedido a la Virgen María.

La unión particular de la «Theotókos» con Dios, —que realiza del modo más eminente la predestinación sobrenatural a la unión con el Padre concedida a todos los hombres («filii in Filio»)— es pura gracia y, como tal, un don del Espíritu. Sin embargo, y mediante una respuesta desde la fe, María expresa al mismo tiempo su libre voluntad y, por consiguiente, la participación plena del «yo» personal y femenino en el hecho de la encarnación. Con su «fiat» María se convirtió en el sujeto auténtico de aquella unión con Dios que se realizó en el Misterio de la encarnación del Verbo consubstancial al Padre. Toda la acción de Dios en la historia de los hombres respeta siempre la voluntad libre del «yo» humano. Lo mismo acontece en la anunciación de Nazaret.

«Servir quiere decir reinar»

5. Este acontecimiento posee un claro carácter interpersonal: es un diálogo. No lo comprendemos plenamente si no situamos toda la conversación entre el ángel y María en el saludo: «llena de gracia».(19) Todo el diálogo de la anunciación revela la dimensión esencial del acontecimiento: la dimensión sobrenatural (***). Pero la gracia no prescinde nunca de la naturaleza ni la anula, antes bien la perfecciona y la ennoblece. Por lo tanto, aquella «plenitud de gracia» concedida a la Virgen de Nazaret, en previsión de que llegaría a ser «Theotókos», significa al mismo tiempo la plenitud de la perfección de lo «que es característico de la mujer», de «lo que es femenino». Nos encontramos aquí, en cierto sentido, en el punto culminante, el arquetipo de la dignidad personal de la mujer.

Cuando María, la «llena de gracia», responde a las palabras del mensajero celestial con su «fiat», siente la necesidad de expresar su relación personal ante el don que le ha sido revelado diciendo: «He aquí la esclava del Señor» (Lc 1, 38). A esta frase no se la puede privar ni disminuir de su sentido profundo, sacándola artificialmente del contexto del acontecimiento y de todo el contenido de la verdad revelada sobre Dios y sobre el hombre. En la expresión «esclava del Señor» se deja traslucir toda la conciencia que María tiene de ser criatura en relación con Dios. Sin embargo, la palabra «esclava», que encontramos hacia el final del diálogo de la Anunciación, se encuadra en la perspectiva de la historia de la Madre y del Hijo. De hecho, este Hijo, que es el verdadero y consubstancial «Hijo del Altísimo», dirá muchas veces de sí mismo, especialmente en el momento culminante de su misión: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10, 45).

Cristo es siempre consciente de ser el «Siervo del Señor», según la profecía de Isaías (cf. 42, 1; 49, 3. 6; 52, 13), en la cual se encierra el contenido esencial de su misión mesiánica: la conciencia de ser el Redentor del mundo. María, desde el primer momento de su maternidad divina, de su unión con el Hijo que «el Padre ha enviado al mundo, para que el mundo se salve por él» (cf. Jn 3, 17), se inserta en el servicio mesiánico de Cristo.(20) Precisamente este servicio constituye el fundamento mismo de aquel Reino, en el cual «servir» (…) quiere decir «reinar».(21) Cristo, «Siervo del Señor», manifestará a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se relaciona directamente la vocación de cada hombre.

De esta manera, considerando la realidad mujer-Madre de Dios, entramos del modo más oportuno en la presente meditación del Año Mariano. Esta realidad determina también el horizonte esencial de la reflexión sobre la dignidad y sobre la vocación de la mujer. Al pensar, decir o hacer algo en orden a la dignidad y vocación de la mujer, no se deben separar de esta perspectiva el pensamiento, el corazón y las obras. La dignidad de cada hombre y su vocación correspondiente encuentran su realización definitiva en la unión con Dios. María —la mujer de la Biblia— es la expresión más completa de esta dignidad y de esta vocación. En efecto, cada hombre —varón o mujer— creado a imagen y semejanza de Dios, no puede llegar a realizarse fuera de la dimensión de esta imagen y semejanza.

III

IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS

Libro del Génesis

6. Hemos de situarnos en el contexto de aquel «principio» bíblico según el cual la verdad revelada sobre el hombre como «imagen y semejanza de Dios» constituye la base inmutable de toda la antropología cristiana.(22) «Creó pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó» (Gén 1, 27 ). Este conciso fragmento contiene las verdades antropológicas fundamentales: el hombre es el ápice de todo lo creado en el mundo visible, y el género humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona todo la obra de la creación; ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios. Esta imagen y semejanza con Dios, esencial al ser humano, es transmitida a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gén 1, 28). El Creador confía el «dominio» de la tierra al género humano, a todas las personas, tanto hombres como mujeres, que reciben su dignidad y vocación de aquel «principio» común.

En el Génesis encontramos aún otra descripción de la creación del hombre —varón y mujer (cf. 2, 18-25)— de la que nos ocuparemos a continuación. Sin embargo, ya desde ahora, conviene afirmar que de la reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre —ya sea hombre o mujer— es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal. Lo que hace al hombre semejante a Dios es el hecho de que —a diferencia del mundo de los seres vivientes, incluso los dotados de sentidos (animalia)— sea también un ser racional (animal rationale).(23) Gracias a esta propiedad, el hombre y la mujer pueden «dominar» a las demás criaturas del mundo visible (cf. Gén 1, 28).

En la segunda descripción de la creación del hombre (cf. Gén 2, 18-25) el lenguaje con el que se expresa la verdad sobre la creación del hombre, y especialmente de la mujer, es diverso, y en cierto sentido menos preciso; es, podríamos decir, más descriptivo y metafórico, más cercano al lenguaje de los mitos conocidos en aquel tiempo. Sin embargo, no existe una contradicción esencial entre los dos textos. El texto del Génesis 2, 18-25 ayuda a la comprensión de lo que encontramos en el fragmento conciso del Génesis 1, 27-28 y, al mismo tiempo, si se leen juntos, nos ayudan a comprender de un modo todavía más profundo la verdad fundamental, encerrada en el mismo, sobre el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, como hombre y mujer.

En la descripción del Génesis (2, 18-25) la mujer es creada por Dios «de la costilla» del hombre y es puesta como otro «yo», es decir, como un interlocutor junto al hombre, el cual se siente solo en el mundo de las criaturas animadas que lo circunda y no halla en ninguna de ellas una «ayuda» adecuada a él. La mujer, llamada así a la existencia, es reconocida inmediatamente por el hombre como «carne de su carne y hueso de sus huesos» (cf. Gén 2, 25) y por eso es llamada «mujer». En el lenguaje bíblico este nombre indica la identidad esencial con el hombre: ‘is – issah, cosa que, por lo general, las lenguas modernas, desgraciadamente, no logran expresar. «Esta será llamada mujer (‘issah), porque del varón (‘is) ha sido tomada» (Gén 2, 25).

El texto bíblico proporciona bases suficientes para reconocer la igualdad esencial entre el hombre y la mujer desde el punto de vista de su humanidad.(24) Ambos desde el comienzo son personas, a diferencia de los demás seres vivientes del mundo que los circunda. La mujer es otro «yo» en la humanidad común. Desde el principio aparecen como «unidad de los dos», y esto significa la superación de la soledad original, en la que el hombre no encontraba «una ayuda que fuese semejante a él» (Gén 2, 20). ¿Se trata aquí solamente de la «ayuda» en orden a la acción, a «someter la tierra» (cf. Gén 1, 28)? Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella «una sola carne» y abandonando por esto a «su padre y a su madre» (cf. Gén 2, 24). La descripción «bíblica» habla, por consiguiente, de la institución del matrimonio por parte de Dios en el contexto de la creación del hombre y de la mujer, como condición indispensable para la transmisión de la vida a las nuevas generaciones de los hombres, a la que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla» (Gén 1, 28).

Persona – Comunión – Don

7. Penetrando con el pensamiento el conjunto de la descripción del Libro del Génesis 2, 18-25, e interpretándola a la luz de la verdad sobre la imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26-27), podemos comprender mejor en qué consiste el carácter personal del ser humano, gracias al cual ambos —hombre y mujer— son semejantes a Dios. En efecto, cada hombre es imagen de Dios como criatura racional y libre, capaz de conocerlo y amarlo. Leemos además que el hombre no puede existir «solo» (cf. Gén 2, 18); puede existir solamente como «unidad de los dos» y, por consiguiente, en relación con otra persona humana. Se trata de una relación recíproca, del hombre con la mujer y de la mujer con el hombre. Ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta también existir en relación al otro «yo». Esto es preludio de la definitiva autorrevelación de Dios, Uno y Trino: unidad viviente en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Al comienzo de la Biblia no se dice esto de modo directo. El Antiguo Testamento es, sobre todo, la revelación de la verdad acerca de la unicidad y unidad de Dios. En esta verdad fundamental sobre Dios, el Nuevo Testamento introducirá la revelación del inescrutable misterio de su vida íntima. Dios, que se deja conocer por los hombres por medio de Cristo, es unidad en la Trinidad: es unidad en la comunión. De este modo se proyecta también una nueva luz sobre aquella semejanza e imagen de Dios en el hombre de la que habla el Libro del Génesis. El hecho de que el ser humano, creado como hombre y mujer, sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios como ser racional y libre; significa además que el hombre y la mujer, creados como «unidad de los dos» en su común humanidad, están llamados a vivir una comunión de amor y, de este modo, reflejar en el mundo la comunión de amor que se da en Dios, por la que las tres Personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo —un solo Dios en la unidad de la divinidad— existen como personas por las inexcrutables relaciones divinas. Solamente así se hace comprensible la verdad de que Dios en sí mismo es amor (cf. 1 Jn 4, 16).

La imagen y semejanza de Dios en el hombre, creado como hombre y mujer (por la analogía que se presupone entre el Creador y la criatura), expresa también, por consiguiente, la «unidad de los dos» en la común humanidad. Esta «unidad de los dos», que es signo de la comunión interpersonal, indica que en la creación del hombre se da también una cierta semejanza con la comunión divina («communio»). Esta semejanza se da como cualidad del ser personal de ambos, del hombre y de la mujer, y al mismo tiempo como una llamada y tarea. Sobre la imagen y semejanza de Dios, que el género humano lleva consigo desde el «principio», se halla el fundamento de todo el «ethos» humano. El Antiguo y el Nuevo Testamento desarrollarán este «ethos», cuyo vértice es el mandamiento del amor .(25)

En la «unidad de los dos» el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir «uno al lado del otro», o simplemente «juntos», sino que son llamados también a existir recíprocamente, «el uno para el otro».

De esta manera se explica también el significado de aquella «ayuda» de la que se habla en el Génesis 2, 18-25: «Voy a hacerle una ayuda adecuada». El contexto bíblico permite entenderlo también en el sentido de que la mujer debe «ayudar» al hombre, así como éste debe ayudar a aquella; en primer lugar por el hecho mismo de «ser persona humana», lo cual les permite, en cierto sentido, descubrir y confirmar siempre el sentido integral de su propia humanidad. Se entiende fácilmente que —desde esta perspectiva fundamental— se trata de una «ayuda» de ambas partes, que ha de ser «ayuda» recíproca. Humanidad significa llamada a la comunión interpersonal. El texto del Génesis 2, 18-25 indica que el matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental de esta llamada. Pero no es la única. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el principio del ser recíproco «para» el otro en la «comunión» interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo «masculino» y de lo «femenino». Los textos bíblicos, comenzando por el Génesis, nos permiten encontrar constantemente el terreno sobre el que radica la verdad sobre el hombre, terreno sólido e inviolable en medio de tantos cambios de la existencia humana.

Esta verdad concierne también a la historia de la salvación. A este respecto es particularmente significativa una afirmación del Concilio Vaticano II. En el capítulo sobre la «comunidad de los hombres», de la Constitución pastoral Gaudium et spes, leemos: «El Señor, cuando ruega al Padre que “todos sean uno, como nosotros también somos uno” (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».(26)

Con estas palabras el texto conciliar presenta sintéticamente el conjunto de la verdad sobre el hombre y sobre la mujer (verdad que se delinea ya en los primeros capítulos del Libro del Génesis) como estructura de la antropología bíblica y cristiana. El ser humano —ya sea hombre o mujer— es el único ser entre las criaturas del mundo visible que Dios Creador «ha amado por sí mismo»; es, por consiguiente, una persona. El ser persona significa tender a su realización (el texto conciliar habla de «encontrar su propia plenitud»), cosa que no puede llevar a cabo si no es «en la entrega sincera de sí mismo a los demás». El modelo de esta interpretación de la persona es Dios mismo como Trinidad, como comunión de Personas. Decir que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de este Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir «para» los demás, a convertirse en un don.

Esto concierne a cada ser humano, tanto mujer como hombre, los cuales lo llevan a cabo según su propia peculiaridad. En el ámbito de la presente meditación acerca de la dignidad y vocación de la mujer, esta verdad sobre el ser humano constituye el punto de partida indispensable. Ya el Libro del Génesis permite captar, como un primer esbozo, este carácter esponsal de la relación entre las personas, sobre el que se desarrollará a su vez la verdad sobre la maternidad, así como sobre la virginidad, como dos dimensiones particulares de la vocación de la mujer a la luz de la Revelación divina. Estas dos dimensiones encontrarán su expresión más elevada en el cumplimiento de la «plenitud de los tiempos» (cf. Gál 4, 4), esto es, en la figura de la «mujer» de Nazaret: Madre-Virgen.

Antropomorfismo del lenguaje bíblico

8. La presentación del hombre como «imagen y semejanza de Dios», así como aparece inmediatamente al comienzo de la Sagrada Escritura, reviste también otro significado. Este hecho constituye la clave para comprender la Revelación bíblica como manifestación de Dios sobre sí mismo. Hablando de sí, ya sea «por medio de los profetas, ya sea por medio del Hijo» hecho hombre (cf. Heb 1, 1-2), Dios habla un lenguaje humano, usa conceptos e imágenes humanas. Si este modo de expresarse está caracterizado por un cierto antropomorfismo, su razón está en el hecho de que el hombre es «semejante» a Dios, esto es, creado a su imagen y semejanza. Consiguientemente, también Dios es, en cierta medida, «semejante» al hombre y, precisamente basándose en esta similitud, puede llegar a ser conocido por los hombres. Al mismo tiempo, el lenguaje de la Biblia es suficientemente preciso para mostrar los límites de la «semejanza», los límites de la «analogía». En efecto, la revelación bíblica afirma que si bien es verdadera la «semejanza» del hombre con Dios, es aún más esencialmente verdadera la «no-semejanza»,(27) que distingue toda la creación del Creador. En definitiva, para el hombre creado a semejanza de Dios, el mismo Dios es aquél «que habita en una luz inaccesible» (1 Tim 6, 16): Él es el «Diverso» por esencia, el «totalmente Otro».

Esta observación sobre los límites de la analogía —límites de la semejanza del hombre con Dios en el lenguaje bíblico— se debe tener muy en cuenta también cuando, en diversos lugares de la Sagrada Escritura (especialmente del Antiguo Testamento), encontramos comparaciones que atribuyen a Dios cualidades «masculinas» o también «femeninas». En ellas podemos ver la confirmación indirecta de la verdad de que ambos, tanto el hombre como la mujer, han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Si existe semejanza entre el Creador y las criaturas, es comprensible que la Biblia haya usado expresiones que le atribuyen cualidades tanto «masculinas» como «femeninas».

Queremos referirnos aquí a varios textos característicos del profeta Isaías: «Pero dice Sión: “Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado” ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (49, 14-15). Y en otro lugar: «Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré (y por Jerusalén seréis consolados)» (Is 66, 13). También en los Salmos Dios es parangonado a una madre solícita: «No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre. ¡Como niño destetado está mi alma en mí! ¡Espera, Israel, en Yahveh desde ahora y por siempre!» (Sal 131 [130], 2-3). En diversos pasajes el amor de Dios, siempre solícito para con su Pueblo, es presentado como el amor de una madre: como una madre Dios ha llevado a la humanidad, y en particular a su pueblo elegido, en el propio seno, lo ha dado a luz en el dolor, lo ha nutrido y consolado (cf. Is 42, 14; 46, 3-4). El amor de Dios es presentado en muchos pasajes como amor «masculino» del esposo y padre (cf. Os 11, 1-4; Jer 3, 4-19), pero a veces también como amor «femenino» de la madre.

Esta característica del lenguaje bíblico, su modo antropomórfico de hablar de Dios, indica también, indirectamente, el misterio del eterno «engendrar», que pertenece a la vida íntima de Dios. Sin embargo, este «engendrar» no posee en sí mismo cualidades «masculinas» ni «femeninas». Es de naturaleza totalmente divina. Es espiritual del modo más perfecto, ya que «Dios es espíritu» (Jn 4, 24) y no posee ninguna propiedad típica del cuerpo, ni «femenina» ni «masculina». Por consiguiente, también la «paternidad» en Dios es completamente divina. libre de la característica corporal «masculina», propia de la paternidad humana. En este sentido el Antiguo Testamento hablaba de Dios como de un Padre y a él se dirigía como a un Padre. Jesucristo, que se dirigía a Dios llamándole «Abba-Padre» (Mc 14, 36) —por ser su Hijo unigénito y consubstancial—, y que situó esta verdad en el centro mismo del Evangelio como normativa de la oración cristiana, indicaba la paternidad en este sentido ultracorporal, sobrehumano, totalmente divino. Hablaba como Hijo, unido al Padre por el eterno misterio del engendrar divino, y lo hacía así siendo al mismo tiempo Hijo auténticamente humano de su Madre Virgen.

Si bien no se pueden atribuir cualidades humanas a la generación eterna del Verbo de Dios, ni la paternidad divina tiene elementos «masculinos» en sentido físico, sin embargo se debe buscar en Dios el modelo absoluto de toda «generación» en el mundo de los seres humanos. En este sentido —parece— leemos en la Carta a los Efesios: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra» (3, 14-15). Todo «engendrar» en la dimensión de las criaturas encuentra su primer modelo en aquel engendrar que se da en Dios de modo completamente divino, es decir, espiritual. A este modelo absoluto, no-creado, se asemeja todo el «engendrar» en el mundo creado. Por consiguiente, lo que en el engendrar humano es propio del hombre o de la mujer —esto es, la «paternidad» y la «maternidad» humanas— lleva consigo la semejanza, o sea, la analogía con el «engendrar» divino y con aquella «paternidad» que en Dios es «totalmente diversa»: completamente espiritual y divina por esencia. En cambio, en el orden humano el engendrar es propio de la «unidad de los dos»: ambos son «progenitores», tanto el hombre como la mujer.

IV

EVA – MARÍA

El «principio» y el pecado

9. «Constituído por Dios en un estado de santidad, el hombre, tentado por el Maligno, desde los comienzos de la historia abusó de su libertad, erigiéndose contra Dios y anhelando conseguir su fin fuera de Dios».(28) Con estas palabras la enseñanza del último concilio evoca la doctrina revelada sobre el pecado y, en particular, sobre aquel primer pecado, que es el «original». El «principio» bíblico —la creación del mundo y del hombre en el mundo— contiene en sí al mismo tiempo la verdad sobre este pecado, que puede ser llamado también el pecado del «principio» del hombre sobre la tierra. Aunque la narración del Libro del Génesis sobre este hecho está expresada de forma simbólica, como en la descripción de la creación del hombre como varón y mujer (cf. Gén 2, 15-25), desvela sin embargo lo que hay que llamar «el misterio del pecado» y, más propiamente aún, «el misterio del mal» en el mundo creado por Dios.

No es posible entender el «misterio del pecado» sin hacer referencia a toda la verdad acerca de la «imagen y semejanza» con Dios, que es la base de la antropología bíblica. Esta verdad muestra la creación del hombre como una donación especial por parte del Creador, en la que están contenidos no solamente el fundamento y la fuente de la dignidad esencial del ser humano —hombre y mujer— en el mundo creado, sino también el comienzo de la llamada de ambos a participar de la vida íntima de Dios mismo. A la luz de la Revelación, creación significa también comienzo de la historia de la salvación. Precisamente en este comienzo el pecado se inserta y configura como contraste y negación.

Se puede decir, paradójicamente, que el pecado presentado en el Génesis (c. 3) es la confirmación de la verdad acerca de la imagen y semejanza de Dios en el hombre, si esta verdad significa libertad, es decir, la voluntad libre de la que el hombre puede usar eligiendo el bien o de la que puede abusar eligiendo el mal contra la voluntad de Dios. No obstante, en su significado esencial, el pecado es la negación de lo que es Dios —como Creador— en relación con el hombre, y de lo que Dios quiere desde el comienzo y siempre para el hombre. Creando el hombre y la mujer a su propia imagen y semejanza Dios quiere para ellos la plenitud del bien, es decir, la felicidad sobrenatural, que brota de la participación de su misma vida. Cometiendo el pecado, el hombre rechaza este don y al mismo tiempo quiere llegar a ser él mismo «como Dios, conociendo el bien y el mal» (cf. Gén 3, 5), es decir, decidiendo sobre el bien y el mal independientemente de Dios, su Creador. El pecado de los orígenes tiene su «medida» humana, su metro interior, en la voluntad libre del hombre, y lleva consigo además una cierta característica «diabólica»,(29) como lo pone claramente de relieve el Libro del Génesis (3, 1-5). El pecado provoca la ruptura de la unidad originaria, de la que gozaba el hombre en el estado de justicia original: la unión con Dios como fuente de la unidad interior de su propio «yo», en la recíproca relación entre el hombre y la mujer («communio personarum»), y, por último, en relación con el mundo exterior, con la naturaleza.

La descripción bíblica del pecado original en el Génesis (c. 3) en cierto modo «distribuye los papeles» que en él han tenido la mujer y el hombre. A ello harán referencia más tarde algunos textos de la Biblia como, por ejemplo, la Carta de S. Pablo a Timoteo: «Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer» (1 Tim 2, 13-14). Sin embargo, no cabe duda de que —independientemente de esta «distribución de los papeles» en la descripción bíblica— aquel primer pecado es el pecado del hombre, creado por Dios varón y mujer. Este es también el pecado de los «progenitores» y a ello se debe su carácter hereditario. En este sentido lo llamamos «pecado original».

Este pecado, como ya se ha dicho, no se puede comprender de manera adecuada sin referirnos al misterio de la creación del ser humano —hombre y mujer— a imagen y semejanza de Dios. Mediante esta relación se puede comprender también el misterio de aquella «no-semejanza» con Dios, en la cual consiste el pecado y que se manifiesta en el mal presente en la historia del mundo; aquella «no-semejanza» con Dios, «el único bueno» (cf. Mt 19, 17), que es la plenitud del bien. Si esta «no-semejanza» del pecado con Dios, santidad misma, presupone la «semejanza» en el campo de la libertad y de la voluntad libre, se puede decir que, precisamente por esta razón, la «no-semejanza» contenida en el pecado es más dramática y más dolorosa. Además, es necesario admitir que Dios, como Creador y Padre, es aquí agraviado, «ofendido», y ofendido ciertamente en el corazón mismo de aquella donación que pertenece al designio eterno de Dios en su relación con el hombre.

Al mismo tiempo, sin embargo, también el ser humano —hombre y mujer— es herido por el mal del pecado del cual es autor. El texto del Libro del Génesis (c. 3) lo muestra con las palabras con las que claramente describe la nueva situación del hombre en el mundo creado. En dicho texto se muestra la perspectiva de la «fatiga» con la que el hombre habrá de procurarse los medios para vivir (cf. Gén 3, 17-19), así como los grandes «dolores» con que la mujer dará a luz a sus hijos (cf. Gén 3, 16). Todo esto, además, está marcado por la necesidad de la muerte, que constituye el final de la vida humana sobre la tierra. De este modo el hombre, como polvo, «volverá a la tierra, porque de ella ha sido extraído»: «eres polvo y en polvo te convertirás» (cf. Gén 3, 19).

Estas palabras son confirmadas generación tras generación. Pero esto no significa que la imagen y la semejanza de Dios en el ser humano, tanto mujer como hombre, haya sido destruída por el pecado; significa, en cambio, que ha sido «ofuscada» (30) y, en cierto sentido, «rebajada». En efecto, el pecado «rebaja» al hombre, como nos lo recuerda también el Concilio Vaticano II.(31) Si el hombre —por su misma naturaleza de persona— es ya imagen y semejanza de Dios quiere decir que su grandeza y dignidad se realizan en la alianza con Dios, en su unión con él, en el tender hacia aquella unidad fundamental que pertenece a la «lógica» interna del misterio mismo de la creación. Esta unidad corresponde a la verdad profunda de todas las criaturas dotadas de inteligencia y, en particular, del hombre, el cual ha sido elevado desde el principio entre las criaturas del mundo visible mediante la eterna elección por parte de Dios en Jesús: «En Cristo (…) nos ha elegido antes de la fundación del mundo (…) en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo según el beneplácito de su voluntad» (cf. Ef 1, 4-6). La enseñanza bíblica en su conjunto nos permite afirmar que la predestinación concierne a las personas humanas, hombres y mujeres, a todos y a cada uno sin excepción.

«Él te dominará»

10. La descripción bíblica del Libro del Génesis delinea la verdad acerca de las consecuencias del pecado del hombre, así como indica igualmente la alteración de aquella originaria relación entre el hombre y la mujer, que corresponde a la dignidad personal de cada uno de ellos. El hombre, tanto varón como mujer, es una persona y, por consiguiente, «la única criatura sobre la tierra que Dios ha amado por sí misma»; y al mismo tiempo precisamente esta criatura única e irrepetible «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».(32) De aquí surge la relación de «comunión», en la que se expresan la «unidad de los dos» y la dignidad como persona tanto del hombre como de la mujer. Por tanto, cuando leemos en la descripción bíblica las palabras dirigidas a la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará» (Gén 3, 16), descubrimos una ruptura y una constante amenaza precisamente en relación a esta «unidad de los dos», que corresponde a la dignidad de la imagen y de la semejanza de Dios en ambos. Pero esta amenaza es más grave para la mujer. En efecto, al ser un don sincero y, por consiguiente, al vivir «para» el otro aparece el dominio: «él te dominará». Este «dominio» indica la alteración y la pérdida de la estabilidad de aquella igualdad fundamental, que en la «unidad de los dos» poseen el hombre y la mujer; y esto, sobre todo, con desventaja para la mujer, mientras que sólo la igualdad, resultante de la dignidad de ambos como personas, puede dar a la relación recíproca el carácter de una auténtica «communio personarum». Si la violación de esta igualdad, que es conjuntamente don y derecho que deriva del mismo Dios Creador, comporta un elemento de desventaja para la mujer, al mismo tiempo disminuye también la verdadera dignidad del hombre. Tocamos aquí un punto extremadamente delicado de la dimensión de aquel «ethos», inscrito originariamente por el Creador en el hecho mismo de la creación de ambos a su imagen y semejanza.

Esta afirmación del Génesis 3, 16 tiene un alcance grande y significativo. Implica una referencia a la relación recíproca del hombre y de la mujer en el matrimonio. Se trata del deseo que nace en el clima del amor esponsal, el cual hace que «el don sincero de sí misma» por parte de la mujer halle respuesta y complemento en un «don» análogo por parte del marido. Solamente basándose en este principio ambos —y en particular la mujer— pueden «encontrarse» como verdadera «unidad de los dos» según la dignidad de la persona. La unión matrimonial exige el respeto y el perfeccionamiento de la verdadera subjetividad personal de ambos. La mujer no puede convertirse en «objeto» de «dominio» y de «posesión» masculina. Las palabras del texto bíblico se refieren directamente al pecado original y a sus consecuencias permanentes en el hombre y en la mujer. Ellos, cargados con la pecaminosidad hereditaria, llevan consigo el constante «aguijón del pecado», es decir, la tendencia a quebrantar aquel orden moral que corresponde a la misma naturaleza racional y a la dignidad del hombre como persona. Esta tendencia se expresa en la triple concupiscencia que el texto apostólico precisa como concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida (cf. 1 Jn 2, 16). Las palabras ya citadas del Génesis (3, 16) indican el modo con que esta triple concupiscencia, como «aguijón del pecado», se dejará sentir en la relación recíproca del hombre y la mujer.

Las mismas palabras se refieren directamente al matrimonio, pero indirectamente conciernen también a los diversos campos de la convivencia social: aquellas situaciones en las que la mujer se encuentra en desventaja o discriminada por el hecho de ser mujer. La verdad revelada sobre la creación del ser humano, como hombre y mujer, constituye el principal argumento contra todas las situaciones que, siendo objetivamente dañinas, es decir injustas, contienen y expresan la herencia del pecado que todos los seres humanos llevan en sí. Los Libros de la Sagrada Escritura confirman en diversos puntos la existencia efectiva de tales situaciones y proclaman al mismo tiempo la necesidad de convertirse, es decir, purificarse del mal y librarse del pecado: de cuanto ofende al otro, de cuanto «disminuye» al hombre, y no sólo al que es ofendido, sino también al que ofende. Este es el mensaje inmutable de la Palabra revelada por Dios. De esta manera se explicita el «ethos» bíblico en toda su amplitud.(33)

En nuestro tiempo la cuestión de los «derechos de la mujer» ha adquirido un nuevo significado en el vasto contexto de los derechos de la persona humana. Iluminando este programa, declarado constantemente y recordado de diversos modos, el mensaje bíblico y evangélico custodia la verdad sobre la «unidad» de los «dos», es decir, sobre aquella dignidad y vocación que resultan de la diversidad específica y de la originalidad personal del hombre y de la mujer. Por tanto, también la justa oposición de la mujer frente a lo que expresan las palabras bíblicas «el te dominará» (Gén 3, 16) no puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» de las mujeres. La mujer —en nombre de la liberación del «dominio» del hombre— no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia «originalidad» femenina. Existe el fundado temor de que por este camino la mujer no llegará a «realizarse» y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial. Se trata de una riqueza enorme. En la descripción bíblica la exclamación del primer hombre, al ver la mujer que ha sido creada, es una exclamación de admiración y de encanto, que abarca toda la historia del hombre sobre la tierra.

Los recursos personales de la femineidad no son ciertamente menores que los recursos de la masculinidad; son sólo diferentes. Por consiguiente, la mujer —como por su parte también el hombre— debe entender su «realización» como persona, su dignidad y vocación, sobre la base de estos recursos, de acuerdo con la riqueza de la femineidad, que recibió el día de la creación y que hereda como expresión peculiar de la «imagen y semejanza de Dios».

Solamente de este modo puede ser superada también aquella herencia del pecado que está contenida en las palabras de la Biblia: «Tendrás ansia de tu marido y él te dominará». La superación de esta herencia mala es, generación tras generación, tarea de todo hombre, tanto mujer como hombre. En efecto, en todos los casos en los que el hombre es responsable de lo que ofende la dignidad personal y la vocación de la mujer, actúa contra su propia dignidad personal y su propia vocación.

Protoevangelio

11. El Libro del Génesis da testimonio del pecado que es el mal del «principio» del hombre, así como de sus consecuencias que desde entonces pesan sobre todo el género humano, y al mismo tiempo contiene el primer anuncio de la victoria sobre el mal, sobre el pecado. Lo prueban las palabras que leemos en el Génesis 3, 15, llamadas generalmente «Protoevangelio»: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar». Es significativo que el anuncio del redentor, del salvador del mundo, contenido en estas palabras, se refiera a «la mujer», la cual es nombrada en el Protoevangelio en primer lugar, como progenitora de aquél que será el redentor del hombre.(34) Y si la redención debe llevarse a cabo mediante la lucha contra el mal, por medio «de la enemistad» entre la estirpe de la mujer y la estirpe de aquél que como «padre de la mentira» (Jn 8, 44) es el primer autor del pecado en la historia del hombre, ésta será también la enemistad entre él y la mujer.

En estas palabras se abre la perspectiva de toda la Revelación, primero como preparación al Evangelio y después como Evangelio mismo. En esta perspectiva se unen bajo el nombre de la mujer las dos figuras femeninas: Eva y María.

Las palabras del Protoevangelio, releídas a la luz del Nuevo Testamento, expresan adecuadamente la misión de la mujer en la lucha salvífica del redentor contra el autor del mal en la historia del hombre.

La confrontación Eva – María reaparece constantemente en el curso de la reflexión sobre el depósito de la fe recibida por la Revelación divina y es uno de los temas comentados frecuentemente por los Padres, por los escritores eclesiásticos y por los teólogos.(35) De ordinario, de esta comparación emerge a primera vista una diferencia, una contraposición. Eva, como «madre de todos los vivientes» (Gén 3, 20), es testigo del «comienzo» bíblico en el que están contenidas la verdad sobre la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, y la verdad sobre el pecado original. María es testigo del nuevo «principio» y de la «nueva criatura» (cf. 2 Cor 5, 17). Es más, ella misma, como la primera redimida en la historia de la salvación, es «una nueva criatura»; es la «llena de gracia». Es difícil comprender por qué las palabras del Protoevangelio ponen tan fuertemente en evidencia a la «mujer» si no se admite que en ella tiene su comienzo la nueva y definitiva Alianza de Dios con la humanidad, la Alianza en la Sangre redentora de Cristo. Esta Alianza tiene su comienzo con una mujer, la «mujer», en la Anunciación de Nazaret. Esta es la absoluta novedad del Evangelio. En el Antiguo Testamento otras veces Dios, para intervenir en la historia de su pueblo, se había dirigido a algunas mujeres, como, por ejemplo, a la madre de Samuel y de Sansón; pero para estipular su Alianza con la humanidad se había dirigido solamente a hombres: Noé, Abraham, Moisés. Al comienzo de la Nueva Alianza, que debe ser eterna e irrevocable, está la mujer: la Virgen de Nazaret. Se trata de un signo indicativo de que «en Jesucristo» «no hay ni hombre ni mujer» (Gál 3, 28). En él la contraposición recíproca entre el hombre y la mujer —como herencia del pecado original— está esencialmente superada. «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús», escribe el Apóstol (Gál 3, 28).

Estas palabras tratan sobre aquella originaria «unidad de los dos», que está vinculada a la creación del hombre, como varón y mujer, a imagen y semejanza de Dios, según el modelo de aquella perfectísima comunión de Personas que es Dios mismo. Las palabras de la epístola paulina constatan que el misterio de la redención del hombre en Jesucristo, hijo de María, toma y renueva lo que en el misterio de la creación correspondía al eterno designio de Dios Creador. Precisamente por esto, el día de la creación del hombre como varón y mujer «Dios vio cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gén 1, 31). La redención, en cierto sentido, restituye en su misma raíz el bien que ha sido esencialmente «rebajado» por el pecado y por su herencia en la historia del hombre.

La «mujer» del Protoevangelio está situada en la perspectiva de la redención. La confrontación Eva – María puede entenderse también en el sentido de que María asume y abraza en sí misma este misterio de la «mujer», cuyo comienzo es Eva, «la madre de todos los vivientes» (Gén 3, 20). En primer lugar lo asume y lo abraza en el interior del misterio de Cristo, «nuevo y último Adán» (cf. 1 Cor 15, 45), el cual ha asumido en la propia persona la naturaleza del primer Adán. En efecto, la esencia de la nueva Alianza consiste en el hecho de que el Hijo de Dios, consubstancial al eterno Padre, se hace hombre y asume la humanidad en la unidad de la Persona divina del Verbo. El que obra la Redención es al mismo tiempo verdadero hombre. El misterio de la Redención del mundo presupone que Dios-Hijo ha asumido ya la humanidad como herencia de Adán, llegando a ser semejante a él y a cada hombre en todo, «excepto en el pecado»(Heb 4, 15). De este modo él «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación», como enseña el Concilio Vaticano II;(36) en cierto sentido, le ha ayudado a descubrir «qué es el hombre» (cf. Sal 8, 5).

A través de todas las generaciones, en la tradición de la fe y de la reflexión cristiana, la correlación Adán – Cristo frecuentemente acompaña a la de Eva – María. Dado que a María se la llama también «nueva Eva», ¿cuál puede ser el significado de esta analogía? Ciertamente es múltiple. Conviene detenernos particularmente en el significado que ve en María la manifestación de todo lo que está comprendido en la palabra bíblica «mujer», esto es, una revelación correlativa al misterio de la redención. María significa, en cierto sentido, superar aquel límite del que habla el Libro del Génesis (3, 16) y volver a recorrer el camino hacia aquel «principio» donde se encuentra la «mujer» como fue querida en la creación y, consiguientemente, en el eterno designio de Dios, en el seno de la Santísima Trinidad. María es «el nuevo principio» de la dignidad y vocación de la mujer, de todas y cada una de las mujeres.(37)

La clave para comprender esto pueden ser, de modo particular, las palabras que el evangelista pone en labios de María después de la Anunciación, durante su visita a Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49). Esto se refiere ciertamente a la concepción del Hijo, que es «Hijo del Altísimo» (Lc 1, 32), el «santo» de Dios; pero a la vez pueden significar el descubrimiento de la propia humanidad femenina. «Ha hecho en mi favor maravillas»: éste es el descubrimiento de toda la riqueza, del don personal de la femineidad, de toda la eterna originalidad de la «mujer» en la manera en que Dios la quiso, como persona en sí misma y que al mismo tiempo puede realizarse en plenitud «por medio de la entrega sincera de sí».

Este descubrimiento se relaciona con una clara conciencia del don, de la dádiva por parte de Dios. El pecado ya desde el «principio» había ofuscado esta conciencia; en cierto sentido la había sofocado, como indican las palabras de la primera tentación por obra del «padre de la mentira» (cf. Gén 3, 1-5). Con la llegada de «la plenitud de los tiempos» (cf. Gál 4, 4), mientras comienza ya a cumplirse en la historia de la humanidad el misterio de la redención, esta conciencia irrumpe con toda su fuerza en las palabras de la «mujer» bíblica de Nazaret. En María, Eva vuelve a descubrir cuál es la verdadera dignidad de la mujer, de su humanidad femenina. Y este descubrimiento debe llegar constantemente al corazón de cada mujer, para dar forma a su propia vocación y a su vida.

V

JESUCRISTO

«Se sorprendían de que hablara con una mujer»

12. Las palabras del Protoevangelio en el Libro del Génesis nos permiten pasar al ámbito del Evangelio. La redención del hombre anunciada allí se hace aquí realidad en la persona y en la misión de Jesucristo, en quien reconocemos también lo que significa la realidad de la redención para la dignidad y la vocación de la mujer. Este significado es aclarado por las palabras de Cristo y por el conjunto de sus actitudes hacia las mujeres, que es sumamente sencillo y, precisamente por esto, extraordinario si se considera el ambiente de su tiempo; se trata de una actitud caracterizada por una extraordinaria transparencia y profundidad. Diversas mujeres aparecen en el transcurso de la misión de Jesús de Nazaret, y el encuentro con cada una de ellas es una confirmación de la «novedad de vida» evangélica, de la que ya se ha hablado.

Es algo universalmente admitido —incluso por parte de quienes se ponen en actitud crítica ante el mensaje cristiano—que Cristo fue ante sus contemporáneos el promotor de la verdadera dignidad de la mujer y de la vocación correspondiente a esta dignidad. A veces esto provocaba estupor, sorpresa, incluso llegaba hasta el límite del escándalo. «Se sorprendían de que hablara con una mujer» (Jn 4, 27) porque este comportamiento era diverso del de los israelitas de su tiempo. Es más, «se sorprendían» los mismos discípulos de Cristo. Por su parte, el fariseo, a cuya casa fue la mujer pecadora para ungir con aceite perfumado los pies de Jesús, «se decía para sí: Si éste fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora» (Lc 7, 39). Gran turbación e incluso «santa indignación» debían causar en quienes escuchaban, satisfechos de sí mismos, aquellas palabras de Cristo: «los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de Dios» (Mt 21, 31).

Quien así hablaba y actuaba daba a entender que conocía a fondo «los misterios del Reino». También conocía «lo que en el hombre había» (Jn 2, 25), es decir, en su intimidad, en su «corazón». Era además testigo del eterno designio de Dios sobre el hombre creado por Él a su imagen y semejanza, como hombre y mujer. Era también plenamente consciente de las consecuencias del pecado, de aquel «misterio de iniquidad» que actúa en los corazones humanos como fruto amargo del ofuscamiento de la imagen divina. ¡Qué significativo es el hecho de que, en el coloquio fundamental sobre el matrimonio y sobre su indisolubilidad, Jesús, delante de sus interlocutores, que eran por oficio los conocedores de la ley, «los escribas», hiciera referencia al «principio»! La pregunta que le habían hecho era sobre el derecho «masculino» a «repudiar a la propia mujer por un motivo cualquiera» (Mt 19, 3); y, consiguientemente, se refería también al derecho de la mujer a su justa posición en el matrimonio, a su dignidad. Los interlocutores de Jesús pensaban que tenían a su favor la legislación mosaica vigente en Israel: «Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla»(Mt 19, 7). A lo cual Jesús respondió: «Moisés teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así» (Mt 19, 8). Jesús apela al «principio», esto es, a la creación del hombre, como varón y mujer, y a aquel designio divino que se fundamenta en el hecho de que ambos fueron creados «a su imagen y semejanza». Por esto, cuando el hombre «deja a su padre y a su madre» para unirse con la propia mujer, llegando a ser «una sola carne», queda en vigor la ley que proviene de Dios mismo: «Lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt 19, 6).

El principio de este «ethos», que desde el comienzo ha sido inserto en la realidad de la creación, es ahora confirmado por Cristo contradiciendo aquella tradición que comportaba la discriminación de la mujer. En esta tradición el varón «dominaba», sin tener en cuenta suficientemente a la mujer y a aquella dignidad que el «ethos» de la creación ha puesto en la base de las relaciones recíprocas de dos personas unidas en matrimonio. Este «ethos» es recordado y confirmado por las palabras de Cristo: es el «ethos» del Evangelio y de la redención.

Las mujeres del Evangelio

13. Recorriendo las páginas del Evangelio pasan ante nuestros ojos un gran número de mujeres, de diversa edad y condición. Nos encontramos con mujeres aquejadas de enfermedades o de sufrimientos físicos, como aquella mujer poseída por «un espíritu que la tenía enferma; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse» (Lc 13, 11), o como la suegra de Simón que estaba «en cama con la fiebre» (Mc 1, 30), o como la mujer «que padecía flujo de sangre» (cf. Mc 5, 25-34) y que no podía tocar a nadie porque pensaba que su contacto hacía al hombre «impuro». Todas ellas fueron curadas, y la última, la hemorroisa, que tocó el manto de Jesús «entre la gente» (Mc 5, 27), mereció la alabanza del Señor por su gran fe: «Tu fe te ha salvado» (Mc 5, 34). Encontramos también a la hija de Jairo a la que Jesús hizo volver a la vida diciéndole con ternura: «Muchacha, a ti te lo digo, levántate» (Mc 5, 41). En otra ocasión es la viuda de Naim a la que Jesús devuelve a la vida a su hijo único, acompañando su gesto con una expresión de afectuosa piedad: «Tuvo compasión de ella y le dijo: “No llores”» (Lc 7, 13). Finalmente vemos a la mujer cananea, una figura que mereció por parte de Cristo unas palabras de especial aprecio por su fe, su humildad y por aquella grandeza de espíritu de la que es capaz sólo el corazón de una madre: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15, 28). La mujer cananea suplicaba la curación de su hija.

A veces las mujeres que encontraba Jesús, y que de él recibieron tantas gracias, lo acompañaban en sus peregrinaciones con los apóstoles por las ciudades y los pueblos anunciando el Evangelio del Reino de Dios; algunas de ellas «le asistían con sus bienes». Entre éstas, el Evangelio nombra a Juana, mujer del administrador de Herodes, Susana y «otras muchas» (cf. Lc 8, 1-3). En otras ocasiones las mujeres aparecen en las parábolas con las que Jesús de Nazaret explicaba a sus oyentes las verdades sobre el Reino de Dios; así lo vemos en la parábola de la dracma perdida (cf. Lc 15, 8-10), de la levadura (cf. Mt 13, 33), de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias (cf. Mt 25, 1-13). Particularmente elocuente es la narración del óbolo de la viuda. Mientras «los ricos (…) echaban sus donativos en el arca del tesoro (…) una viuda pobre echaba allí dos moneditas». En tonces Jesús dijo: «Esta viuda pobre ha echado más que todos (…) ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir» (Lc 21, 1-4). Con estas palabras Jesús la presenta como modelo, al mismo tiempo que la defiende, pues en el sistema socio-jurídico de entonces las viudas eran unos seres totalmente indefensos (cf. también Lc 18, 1-7).

En las enseñanzas de Jesús, así como en su modo de comportarse, no se encuentra nada que refleje la habitual descriminación de la mujer, propia del tiempo; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer. La mujer encorvada es llamada «hija de Abraham» (Lc 13, 16), mientras en toda la Biblia el título de «hijo de Abraham» se refiere sólo a los hombres. Recorriendo la vía dolorosa hacia el Gólgota, Jesús dirá a las mujeres: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí» Lc 23, 28). Este modo de hablar sobre las mujeres y a las mujeres, y el modo de tratarlas, constituye una clara «novedad» respecto a las costumbres dominantes entonces.

Todo esto resulta aún más explícito referido a aquellas mujeres que la opinión común señalaba despectivamente como pecadoras: pecadoras públicas y adúlteras. A la Samaritana el mismo Jesús dice: «Has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo». Ella, sintiendo que él sabía los secretos de su vida, reconoció en Jesús al Mesías y corrió a anunciarlo a sus compaisanos. El diálogo que precede a este reconocimiento es uno de los más bellos del Evangelio (cf. Jn 4, 7-27).

He aquí otra figura de mujer: la de una pecadora pública que, a pesar de la opinión común que la condena, entra en casa del fariseo para ungir con aceite perfumado los pies de Jesús. Este, dirigiéndose al huésped que se escandalizaba de este hecho, dirá de la mujer: «Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor» (cf. Lc 7, 37-47).

Y, finalmente, fijémonos en una situación que es quizás la más elocuente: la de una mujer sorprendida en adulterio y que es conducida ante Jesús. A la pregunta provocativa: «Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?». Jesús responde: «Aquel de vosotros que esté sin pecado que le arroje la primera piedra». La fuerza de la verdad contenida en tal respuesta fue tan grande que «se iban retirando uno tras otro comenzando por los más viejos». Solamente quedan Jesús y la mujer. «¿Dónde están? ¿Nadie te condena?» —«Nadie, Señor»— «Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más» (cf. Jn 8, 3-11).

Estos episodios representan un cuadro de gran transparencia. Cristo es aquel que «sabe lo que hay en el hombre» (cf. Jn 2, 25), en el hombre y en la mujer. Conoce la dignidad del hombre, el valor que tiene a los ojos de Dios. El mismo Cristo es la confirmación definitiva de este valor. Todo lo que dice y hace tiene cumplimiento definitivo en el misterio pascual de la redención. La actitud de Jesús en relación con las mujeres que se encuentran con él a lo largo del camino de su servicio mesiánico, es el reflejo del designio eterno de Dios que, al crear a cada una de ellas, la elige y la ama en Cristo (cf. Ef 1, 1-5 ). Por esto, cada mujer es la «única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma», cada una hereda también desde el «principio» la dignidad de persona precisamente como mujer. Jesús de Nazaret confirma esta dignidad, la recuerda, la renueva y hace de ella un contenido del Evangelio y de la redención, para lo cual fue enviado al mundo. Es necesario, por consiguiente, introducir en la dimensión del misterio pascual cada palabra y cada gesto de Cristo respecto a la mujer. De esta manera todo tiene su plena explicación.

La mujer sorprendida en adulterio

14. Jesús entra en la situación histórica y concreta de la mujer, la cual lleva sobre sí la herencia del pecado. Esta herencia se manifiesta en aquellas costumbres que discriminan a la mujer en favor del hombre, y que está enraizada también en ella. Desde este punto de vista el episodio de la mujer «sorprendida en edulterio» (cf. Jn 8, 3-11) se presenta particularmente elocuente. Jesús, al final, le dice: «No peques más», pero antes él hace conscientes de su pecado a los hombres que la acusan para poder lapidarla, manifestando de esta manera su profunda capacidad de ver, según la verdad, las conciencias y las obras humanas. Jesús parece decir a los acusadores: esta mujer con todo su pecado ¿no es quizás también, y sobre todo, la confirmación de vuestras transgresiones, de vuestra injusticia «masculina», de vuestros abusos?

Esta es una verdad válida para todo el género humano. El hecho referido en el Evangelio de San Juan puede presentarse de nuevo en cada época histórica, en innumerables situaciones análogas. Una mujer es dejada sola con su pecado y es señalada ante la opinión pública, mientras detrás de este pecado «suyo» se oculta un hombre pecador, culpable del «pecado de otra persona», es más, corresponsable del mismo. Y sin embargo, su pecado escapa a la atención, pasa en silencio; aparece como no responsable del «pecado de la otra persona». A veces se convierte incluso en el acusador, como en el caso descrito en el Evangelio de San Juan, olvidando el propio pecado. Cuántas veces, en casos parecidos, la mujer paga por el propio pecado (puede suceder que sea ella, en ciertos casos, culpable por el pecado del hombre como «pecado del otro»), pero solamente paga ella, y paga sola. ¡Cuántas veces queda ella abandonada con su maternidad, cuando el hombre, padre del niño, no quiere aceptar su responsabilidad! Y junto a tantas «madres solteras» en nuestra sociedad, es necesario considerar además todas aquellas que muy a menudo, sufriendo presiones de dicho tipo, incluidas las del hombre culpable, «se libran» del niño antes de que nazca. «Se libran»; pero ¡a qué precio! La opinión pública actual intenta de modos diversos «anular» el mal de este pecado; pero normalmente la conciencia de la mujer no consigue olvidar el haber quitado la vida a su propio hijo, porque ella no logra cancelar su disponibilidad a acoger la vida, inscrita en su «ethos» desde el «principio».

A este respecto es significativa la actitud de Jesús en el hecho descrito por San Juan (8, 3-11). Quizás en pocos momentos como en éste se manifiesta su poder —el poder de la verdad— en relación con las conciencias humanas. Jesús aparece sereno, recogido, pensativo. Su conocimiento de los hechos, tanto aquí como en el coloquio con los fariseos (cf. Mt 19, 3-9), ¿no está quizás en relación con el misterio del «principio», cuando el hombre fue creado varón y mujer, y la mujer fue confiada al hombre con su diversidad femenina y también con su potencial maternidad? También el hombre fue confiado por el Creador a la mujer. Ellos fueron confiados recíprocamente el uno al otro como personas, creadas a imagen y semejanza de Dios mismo. En esta entrega se encuentra la medida del amor, del amor esponsal: para llegar a ser «una entrega sincera» del uno para el otro es necesario que ambos se sientan responsables del don. Esta medida está destinada a los dos —hombre y mujer— desde el «principio». Después del pecado original actúan en el hombre y en la mujer unas fuerzas contrapuestas a causa de la triple concupiscencia, el «aguijón del pecado». Ellas actúan en el hombre desde dentro. Por esto Jesús dirá en el Sermón de la Montaña: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28). Estas palabras dirigidas directamente al hombre muestran la verdad fundamental de su responsabilidad hacia la mujer, hacia su dignidad, su maternidad, su vocación. Indirectamente estas palabras conciernen también a la mujer. Cristo hacía todo lo posible para que, en el ámbito de las costumbres y relaciones sociales del tiempo, las mujeres encontrasen en su enseñanza y en su actuación la propia subjetividad y dignidad. Basándose en la eterna «unidad de los dos», esta dignidad depende directamente de la misma mujer, como sujeto responsable, y al mismo tiempo es «dada como tarea» al hombre. De modo coherente, Cristo apela a la responsabilidad del hombre. En esta meditación sobre la dignidad y la vocación de la mujer, hoy es necesario tomar como punto de referencia el planteamiento que encontramos en el Evangelio. La dignidad de la mujer y su vocación —como también la del hombre— encuentran su eterna fuente en el corazón de Dios y, teniendo en cuenta las condiciones temporales de la existencia humana, se relacionan íntimamente con la «unidad de los dos». Por tanto, cada hombre ha de mirar dentro de sí y ver si aquélla que le ha sido confiada como hermana en la humanidad común, como esposa, no se ha convertido en objeto de adulterio en su corazón; ha de ver si la que, por razones diversas, es el co-sujeto de su existencia en el mundo, no se ha convertido para él en un «objeto»: objeto de placer, de explotación.

Guardianas del mensaje evangélico

15. El modo de actuar de Cristo, el Evangelio de sus obras y de sus palabras, es un coherente reproche a cuanto ofende la dignidad de la mujer. Por esto, las mujeres que se encuentran junto a Cristo se descubren a sí mismas en la verdad que él «enseña» y que él «realiza», incluso cuando ésta es la verdad sobre su propia «pecaminosidad». Por medio de esta verdad ellas se sienten «liberadas», reintegradas en su propio ser; se sienten amadas por un «amor eterno», por un amor que encuentra la expresión más directa en el mismo Cristo. Estando bajo el radio de acción de Cristo su posición social se transforma; sienten que Jesús les habla de cuestiones de las que en aquellos tiempos no se acostumbraba a discutir con una mujer. Un ejemplo, en cierto modo muy significativo al respecto, es el de la Samaritana en el pozo de Siquem. Jesús —que sabe en efecto que es pecadora y de ello le habla— dialoga con ella sobre los más profundos misterios de Dios. Le habla del don infinito del amor de Dios, que es como «una fuente que brota para la vida eterna» (Jn 4, 14); le habla de Dios que es Espíritu y de la verdadera adoración, que el Padre tiene derecho a recibir en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24); le revela, finalmente, que Él es el Mesías prometido a Israel (cf. Jn 4, 26).

Estamos ante un acontecimiento sin precedentes; aquella mujer —que además es una «mujer-pecadora»— se convierte en «discípula» de Cristo; es más, una vez instruída, anuncia a Cristo a los habitantes de Samaria, de modo que también ellos lo acogen con fe (cf. Jn 4, 39-42). Es éste un acontecimiento insólito si se tiene en cuenta el modo usual con que trataban a las mujeres los que enseñaban en Israel; pero, en el modo de actuar de Jesús de Nazaret un hecho semejante es normal. A este propósito, merecen un recuerdo especial las hermanas de Lázaro; «Jesús amaba a Marta, a su hermana María y a Lázaro» (cf. Jn 11, 5). María, «escuchaba la palabra» de Jesús; cuando fue a visitarlos a su casa él mismo definió el comportamiento de María como «la mejor parte» respecto a la preocupación de Marta por las tareas domésticas (cf. Lc 10, 38-42). En otra ocasión, la misma Marta —después de la muerte de Lázaro— se convierte en interlocutora de Cristo y habla acerca de las verdades más profundas de la revelación y de la fe.

— «Señor si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

— «Tu hermano resucitará».

— «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día».

Le dijo Jesús: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?».

«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (Jn 11, 21-27).

Después de esta profesión de fe Jesús resucitó a Lázaro. También el coloquio con Marta es uno de los más importantes del Evangelio.

Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe. Jesús manifiesta aprecio por dicha respuesta, tan «femenina», y —como en el caso de la mujer cananea (cf. Mt 15, 28)— también admiración. A veces propone como ejemplo esta fe viva impregnada de amor; él enseña, por tanto, tomando pie de esta respuesta femenina de la mente y del corazón. Así sucede en el caso de aquella mujer «pecadora» en casa del fariseo, cuyo modo de actuar es el punto de partida por parte de Jesús para explicar la verdad sobre la remisión de los pecados: «Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra» (Lc 7, 47). Con ocasión de otra unción Jesús defiende, delante de sus discípulos y, en particular, de Judas, a la mujer y su acción: «¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una “obra buena” ha hecho conmigo (…) al derramar ella este ungüento sobre mi cuerpo, en vista de mi sepultura lo ha hecho. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya» (Mt 26, 6-13).

En realidad los Evangelios no sólo describen lo que ha realizado aquella mujer en Betania, en casa de Simón el leproso, sino que, además, ponen en evidencia que, en el momento de la prueba definitiva y decisiva para toda la misión mesiánica de Jesús de Nazaret, a los pies de la Cruz estaban en primer lugar las mujeres. De los apóstoles sólo Juan permaneció fiel; las mujeres eran muchas. No sólo estaba la Madre de Cristo y «la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena» (Jn 19, 25), sino que «había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle» (Mt 27, 55). Como podemos ver, en ésta que fue la prueba más dura de la fe y de la fidelidad las mujeres se mostraron más fuertes que los apóstoles; en los momentos de peligro aquellas que «aman mucho» logran vencer el miedo. Antes de esto habían estado las mujeres en la vía dolorosa, «que se dolían y se lamentaban por él» (Lc 23, 27). Y antes aun había intervenido también la mujer de Pilatos, que advirtió a su marido: «No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa» (Mt 27, 19).

Las primeras testigos de la resurrección

16. Desde el principio de la misión de Cristo, la mujer demuestra hacia él y hacia su misterio una sensibilidad especial, que corresponde a una característica de su femineidad . Hay que decir también que esto encuentra una confirmación particular en relación con el misterio pascual; no sólo en el momento de la crucifixión sino también el día de la resurrección. Las mujeres son las primeras en llegar al sepulcro. Son las primeras que lo encuentran vacío. Son las primeras que oyen: «No está aquí, ha resucitado como lo había anunciado» (Mt 28, 6). Son las primeras en abrazarle los pies (cf. Mt 28, 9). Son igualmente las primeras en ser llamadas a anunciar esta verdad a los apóstoles (cf. Mt 28, 1-10; Lc 24, 8-11). El Evangelio de Juan (cf. también Mc 16, 9) pone de relieve el papel especial de María de Magdala. Es la primera que encuentra a Cristo resucitado. Al principio lo confunde con el guardián del jardín; lo reconoce solamente cuando él la llama por su nombre: «Jesús le dice: “María”. Ella se vuelve y le dice en hebreo: “Rabbuní” —que quiere decir: “Maestro”—. Dícele Jesús: “No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras» (Jn 20, 16-18).

Por esto ha sido llamada «la apóstol de los apóstoles».(38) Antes que los apóstoles, María de Magdala fue testigo ocular de Cristo resucitado, y por esta razón fue también la primera en dar testimonio de él ante de los apóstoles. Este acontecimiento, en cierto sentido, corona todo lo que se ha dicho anteriormente sobre el hecho de que Jesús confiaba a las mujeres las verdades divinas, lo mismo que a los hombres. Puede decirse que de esta manera se han cumplido las palabras del Profeta: «Yo derramaré mi espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán» (Jl 3, 1). Al cumplirse los cincuenta días de la resurrección de Cristo, estas palabras encuentran una vez más confirmación en el cenáculo de Jerusalén, con la venida del Espíritu Santo, el Paráclito (cf. Act 2, 17).

Lo dicho hasta ahora acerca de la actitud de Cristo en relación con la mujer, confirma y aclara en el Espíritu Santo la verdad sobre la igualdad de ambos —hombre y mujer—. Se debe hablar de una esencial «igualdad», pues al haber sido los dos —tanto la mujer como el hombre— creados a imagen y semejanza de Dios, ambos son, en la misma medida, susceptibles de la dádiva de la verdad divina y del amor en el Espíritu Santo. Los dos experimentan igualmente sus «visitas» salvíficas y santificantes.

El hecho de ser hombre o mujer no comporta aquí ninguna limitación, así como no limita absolutamente la acción salvífica y santificante del Espíritu en el hombre el hecho de ser judío o griego, esclavo o libre, según las conocidas palabras del Apóstol: «Porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3, 28). Esta unidad no anula la diversidad. El Espíritu Santo, que realiza esta unidad en el orden sobrenatural de la gracia santificante, contribuye en igual medida al hecho de que «profeticen vuestros hijos» al igual que «vuestras hijas». «Profetizar» significa expresar con la palabra y con la vida «las maravillas de Dios» (cf. Act 2, 11), conservando la verdad y la originalidad de cada persona, sea mujer u hombre. La «igualdad» evangélica, la «igualdad» de la mujer y del hombre en relación con «las maravillas de Dios», tal como se manifiesta de modo tan límpido en las obras y en las palabras de Jesús de Nazaret, constituye la base más evidente de la dignidad y vocación de la mujer en la Iglesia y en el mundo. Toda vocación tiene un sentido profundamente personal y profético. Entendida así la vocación, lo que es personalmente femenino adquiere una medida nueva: la medida de las «maravillas de Dios», de las que la mujer es sujeto vivo y testigo insustituible.

VI

MATERNIDAD – VIRGINIDAD

Dos dimensiones de la vocación de la mujer

17. Hagamos ahora objeto de nuestra meditación la virginidad y la maternidad, como dos dimensiones particulares de la realización de la personalidad femenina. A la luz del Evangelio éstas adquieren la plenitud de su sentido y de su valor en María, que como Virgen llega a ser Madre del Hijo de Dios. Estas dos dimensiones de la vocación femenina se han encontrado y unido en ella de modo excepcional, de manera que una no ha excluido la otra, sino que la ha completado admirablemente. La descripción de la Anunciación en el Evangelio de San Lucas indica claramente que esto parecía imposible a la misma Virgen de Nazaret. Ella, al oír que le dicen: «Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús», pregunta a continuación: «¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?» (Lc 1, 31. 34). En el orden común de las cosas la maternidad es fruto del recíproco «conocimiento» del hombre y de la mujer en la unión matrimonial. María, firme en el propósito de su virginidad, pregunta al mensajero divino y obtiene la explicación: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti», tu maternidad no será consecuencia de un «conocimiento» matrimonial, sino obra del Espíritu Santo, y «el poder del Altísimo» extenderá su «sombra» sobre el misterio de la concepción y del nacimiento del Hijo. Como Hijo del Altísimo, él te es dado exclusivamente por Dios, en el modo conocido por Dios. María, por consiguiente, ha mantenido su virginal «no conozco varón» (cf. Lc 1, 34) y al mismo tiempo se ha convertido en madre. La virginidad y la maternidad coexisten en ella, sin excluirse recíprocamente ni ponerse límites; es más, la persona de la Madre de Dios ayuda a todos —especialmente a las mujeres— a vislumbrar el modo en que estas dos dimensiones y estos dos caminos de la vocación de la mujer, como persona, se explican y se completan recíprocamente.

Maternidad

18. Para tomar parte en este «vislumbrar», es necesario una vez más profundizar en la verdad sobre la persona humana, como la presenta el Concilio Vaticano II. El hombre —varón o mujer— es la única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, es decir, es una persona, es un sujeto que decide sobre sí mismo. Al mismo tiempo, el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».(39) Se ha dicho ya que esta descripción —que en cierto sentido es definición de la persona— corresponde a la verdad bíblica fundamental acerca de la creación del hombre —hombre y mujer— a imagen y semejanza de Dios. Esta no es una interpretación puramente teórica o una definición abstracta, pues indica de modo esencial el sentido de ser hombre, poniendo de relieve el valor del don de sí, de la persona. En esta visión de la persona está contenida también la parte esencial de aquel «ethos» que —referido a la verdad de la creación— será desarrollado plenamente por los Libros de la Revelación y, de modo particular, por los Evangelios.

Esta verdad sobre la persona abre además el camino a una plena comprensión de la maternidad de la mujer. La maternidad es fruto de la unión matrimonial de un hombre y de una mujer, es decir, de aquel «conocimiento» bíblico que corresponde a la «unión de los dos en una sola carne» (cf. Gén 2, 24); de este modo se realiza —por parte de la mujer— un «don de sí» especial, como expresión de aquel amor esponsal mediante el cual los esposos se unen íntimamente para ser «una sola carne». El «conocimiento» bíblico se realiza según la verdad de la persona sólo cuando el don recíproco de sí mismo no es deformado por el deseo del hombre de convertirse en «dueño» de su esposa («él te dominará») o por el cerrarse de la mujer en sus propios instintos («hacia tu marido irá tu apetencia»: Gén 3, 16).

El don recíproco de la persona en el matrimonio se abre hacia el don de una nueva vida, es decir, de un nuevo hombre, que es también persona a semejanza de sus padres. La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el «papel» de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz el hijo, la mujer «se realiza en plenitud a través del don sincero de sí». El don de la disponibilidad interior para aceptar al hijo y traerle al mundo está vinculado a la unión matrimonial que, como se ha dicho, debería constituir un momento particular del don recíproco de sí por parte de la mujer y del hombre. La concepción y el nacimiento del nuevo hombre, según la Biblia, están acompañados por las palabras siguientes de la mujer-madre: «He adquirido un varón con el favor de Yahveh» (Gén 4, 1). La exclamación de Eva, «madre de todos los vivientes», se repite cada vez que viene al mundo una nueva criatura y expresa el gozo y la convicción de la mujer de participar en el gran misterio del eterno engendrar. Los esposos, en efecto, participan del poder creador de Dios.

La maternidad de la mujer, en el período comprendido entre la concepción y el nacimiento del niño, es un proceso biofisiológico y psíquico que hoy día se conoce mejor que en tiempos pasados y que es objeto de profundos estudios. El análisis científico confirma plenamente que la misma constitución física de la mujer y su organismo tienen una disposición natural para la maternidad, es decir, para la concepción, gestación y parto del niño, como fruto de la unión matrimonial con el hombre. Al mismo tiempo, todo esto corresponde también a la estructura psíquico-física de la mujer. Todo lo que las diversas ramas de la ciencia dicen sobre esta materia es importante y útil, a condición de que no se limiten a una interpretación exclusivamente biofisiológica de la mujer y de la maternidad. Una imagen así «empequeñecida» estaría a la misma altura de la concepción materialista del hombre y del mundo. En tal caso se habría perdido lo que verdaderamente es esencial: la maternidad, como hecho y fenómeno humano, tiene su explicación plena en base a la verdad sobre la persona. La maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer y a la dimensión personal del don: «He adquirido un varón con el favor de Yahveh» (Gén 4, 1). El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte de la mujer, este hecho está unido de modo especial a «un don sincero de sí». Las palabras de María en la Anunciación «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38) significan la disponibilidad de la mujer al don de sí, y a la aceptación de la nueva vida.

En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino (cf. Ef 3, 14-15). El humano engendrar es común al hombre y a la mujer. Y si la mujer, guiada por el amor hacia su marido, dice: «te he dado un hijo», sus palabras significan al mismo tiempo: «este es nuestro hijo». Sin embargo, aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una «parte» especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es «la que paga» directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de «igualdad de derechos» del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial.

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular «comprende» lo que lleva en su interior. A la luz del «principio» la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre —no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general—, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre «fuera» del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia «paternidad». Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo —entendida globalmente— debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la materna y la paterna. Sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana.

La maternidad en relación con la Alianza

19. Volvemos en nuestra reflexión al paradigma bíblico de la «mujer» tomado del Protoevangelio. La «mujer», como madre y como primera educadora del hombre (la educación es la dimensión espiritual del ser padres), tiene una precedencia específica sobre el hombre. Si su maternidad, considerada ante todo en sentido biofísico, depende del hombre, ella imprime un «signo» esencial sobre todo el proceso del hacer crecer como personas los nuevos hijos e hijas de la estirpe humana. La maternidad de la mujer, en sentido biofísico, manifiesta una aparente pasividad: el proceso de formación de una nueva vida «tiene lugar» en ella, en su organismo, implicándolo profundamente. Al mismo tiempo, la maternidad bajo el aspecto personal-ético expresa una creatividad muy importante de la mujer, de la cual depende de manera decisiva la misma humanidad de la nueva criatura. También en este sentido la maternidad de la mujer representa una llamada y un desafío especial dirigidos al hombre y a su paternidad.

El paradigma bíblico de la «mujer» culmina en la maternidad de la Madre de Dios. Las palabras del Protoevangelio: «Pondré enemistad entre ti y la mujer», encuentran aquí una nueva confirmación. He aquí que Dios inicia en ella, con su «fiat» materno («hágase en mí»), una nueva alianza con la humanidad. Esta es la Alianza eterna y definitiva en Cristo, en su cuerpo y sangre, en su cruz y resurrección. Precisamente porque esta Alianza debe cumplirse «en la carne y la sangre» su comienzo se encuentra en la Madre. El «Hijo del Altísimo» solamente gracias a ella, gracias a su «fiat» virginal y materno, puede decir al Padre: «Me has formado un cuerpo. He aquí que vengo, Padre, para hacer tu voluntad» (cf. Heb 10, 5. 7).

En el orden de la Alianza que Dios ha realizado con el hombre en Jesucristo ha sido introducida la maternidad de la mujer. Y cada vez, todas las veces que la maternidad de la mujer se repite en la historia humana sobre la tierra, está siempre en relación con la Alianza que Dios ha establecido con el género humano mediante la maternidad de la Madre de Dios.

¿Acaso no se demuestra esta realidad en la misma respuesta de Jesús al grito de aquella mujer en medio de la multitud, que lo alababa por la maternidad de su Madre: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron»? Jesús respondió: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11, 27-28 ). Jesús confirma el sentido de la maternidad referida al cuerpo; pero al mismo tiempo indica un sentido aún más profundo, que se relaciona con el plano del espíritu: la maternidad es signo de la Alianza con Dios, que «es espíritu» (Jn 4, 24). Tal es, sobre todo, la maternidad de la Madre de Dios. También la maternidad de cada mujer, vista a la luz del Evangelio, no es solamente «de la carne y de la sangre», pues en ella se manifiesta la profunda «escucha de la palabra del Dios vivo» y la disponibilidad para «custodiar» esta Palabra, que es «palabra de vida eterna» (cf. Jn 6, 68). En efecto, son precisamente los nacidos de las madres terrenas, los hijos y las hijas del género humano, los que reciben del Hijo de Dios el poder de llegar a ser «hijos de Dios» (Jn 1, 12). La dimensión de la nueva Alianza en la sangre de Cristo ilumina el generar humano, convirtiéndolo en realidad y cometido de «nuevas criaturas» (cf. 2 Cor 5, 17). Desde el punto de vista de la historia de cada hombre, la maternidad de la mujer constituye el primer umbral, cuya superación condiciona también «la revelación de los hijos de Dios» (cf. Rom 8, 19).

«La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora, pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16, 21). La primera parte de estas palabras de Cristo se refieren a «los dolores del parto», que pertenecen a la herencia del pecado original; pero al mismo tiempo indican la relación que existe entre la maternidad de la mujer y el misterio pascual. En efecto, en dicho misterio está contenido también el dolor de la Madre bajo la Cruz; la Madre que participa mediante la fe en el misterio desconcertante del «despojo» del propio Hijo. «Esta es, quizás, la “kénosis” más profunda de la fe en la historia de la humanidad».(40)

Contemplando esta Madre, a la que «una espada ha atravesado el corazón» (cf. Lc 2, 35), el pensamiento se dirige a todas las mujeres que sufren en el mundo, tanto física como moralmente. En este sufrimiento desempeña también un papel particular la sensibilidad propia de la mujer, aunque a menudo ella sabe soportar el sufrimiento mejor que el hombre. Es difícil enumerar y llamar por su nombre cada uno de estos sufrimientos. Baste recordar la solicitud materna por los hijos, especialmente cuando están enfermos o van por mal camino, la muerte de sus seres queridos, la soledad de las madres olvidadas por los hijos adultos, la de las viudas, los sufrimientos de las mujeres que luchan solas para sobrevivir y los de las mujeres que son víctimas de injusticias o de explotación. Finalmente están los sufrimientos de la conciencia a causa del pecado que ha herido la dignidad humana o materna de la mujer; son heridas de la conciencia que difícilmente cicatrizan. También con estos sufrimientos es necesario ponerse junto a la cruz de Cristo.

Pero las palabras del Evangelio sobre la mujer que sufre, cuando le llega la hora de dar a luz un hijo, expresan inmediatamente el gozo: «el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo». Este gozo también está relacionado con el misterio pascual, es decir, con aquel gozo que reciben los Apóstoles el día de la resurrección de Cristo: «También vosotros estáis tristes ahora» (estas palabras fueron pronunciadas la víspera de la pasión); «pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16, 22).

La virginidad por el Reino

20. En las enseñanzas de Cristo la maternidad está unida a la virginidad, aunque son cosas distintas. A este propósito, es fundamental la frase de Jesús dicha en el coloquio sobre la indisolubilidad del matrimonio. Al oír la respuesta que el Señor dio a los fariseos, los discípulos le dicen: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse» (Mt 19, 10). Prescindiendo del sentido que aquel «no trae cuenta» tuviera entonces en la mente de los discípulos, Cristo aprovecha la ocasión de aquella opinión errónea para instruirles sobre el valor del celibato; distingue el celibato debido a defectos naturales —incluidos los causados por el hombre— del «celibato por el Reino de los cielos». Cristo dice: «Hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos» (Mt 19, 12). Por consiguiente, se trata de un celibato libre, elegido por el Reino de los cielos, en consideración de la vocación escatológica del hombre a la unión con Dios. Y añade: «Quien pueda entender, que entienda». Estas palabras son reiteración de lo que había dicho al comenzar a hablar del celibato (cf. Mt 19, 11). Por tanto este celibato por el Reino de los cielos no es solamente fruto de una opción libre por parte del hombre, sino también de una gracia especial por parte de Dios, que llama a una persona determinada a vivir el celibato. Si éste es un signo especial del Reino de Dios que ha de venir, al mismo tiempo sirve para dedicar a este Reino escatológico todas las energías del alma y del cuerpo de un modo exclusivo, durante la vida temporal.

Las palabras de Jesús son la respuesta a la pregunta de los discípulos. Están dirigidas directamente a aquellos que hicieron la pregunta y que en este caso eran sólo hombres. No obstante, la respuesta de Cristo, en sí misma, tiene valor tanto para los hombres como para las mujeres y, en este contexto, indica también el ideal evangélico de la virginidad, que constituye una clara «novedad» en relación con la tradición del Antiguo Testamento. Esta tradición ciertamente enlazaba de alguna manera con la esperanza de Israel, y especialmente de la mujer de Israel, por la venida del Mesías, que debía ser de la «estirpe de la mujer». En efecto, el ideal del celibato y de la virginidad como expresión de una mayor cercanía a Dios no era totalmente ajeno en ciertos ambientes judíos, sobre todo en los tiempos que precedieron inmediatamente a la venida de Jesús. Sin embargo, el celibato por el Reino, o sea, la virginidad, es una novedad innegable vinculada a la Encarnación de Dios.

Desde el momento de la venida de Cristo la espera del Pueblo de Dios debe dirigirse al Reino escatológico que ha de venir y en el cual él mismo ha de introducir «al nuevo Israel». En efecto, para realizar un cambio tan profundo en la escala de valores, es indispensable una nueva conciencia de la fe, que Cristo subraya por dos veces: «Quien pueda entender, que entienda»; esto lo comprenden solamente «aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19, 11). María es la primera persona en la que se ha manifestado esta nueva conciencia, ya que pregunta al ángel: «¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1, 34). Aunque «estaba desposada con un hombre llamado José» (cf. Lc 1, 27), ella estaba firme en su propósito de virginidad, y la maternidad que se realizó en ella provenía exclusivamente del «poder del Altísimo», era fruto de la venida del Espíritu Santo sobre ella (cf. Lc 1, 35). Esta maternidad divina, por tanto, es la respuesta totalmente imprevisible a la esperanza humana de la mujer en Israel: esta maternidad llega a María como un don de Dios mismo. Este don se ha convertido en el principio y el prototipo de una nueva esperanza para todos los hombres según la Alianza eterna, según la nueva y definitiva promesa de Dios: signo de la esperanza escatológica.

Teniendo como base el Evangelio se ha desarrollado y profundizado el sentido de la virginidad como vocación también de la mujer, con la que se reafirma su dignidad a semejanza de la Virgen de Nazaret. El Evangelio propone el ideal de la consagración de la persona, es decir, su dedicación exclusiva a Dios en virtud de los consejos evangélicos, en particular los de castidad, pobreza y obediencia, cuya encarnación más perfecta es Jesucristo mismo. Quien desee seguirlo de modo radical opta por una vida según estos consejos, que se distinguen de los mandamientos e indican al cristiano el camino de la radicalidad evangélica. Ya desde los comienzos del cristianismo hombres y mujeres se han orientado por este camino, pues el ideal evangélico se dirige al ser humano sin ninguna diferencia en razón del sexo.

En este contexto más amplio hay que considerar la virginidad también como un camino para la mujer; un camino en el que, de un modo diverso al matrimonio, ella realiza su personalidad de mujer. Para comprender esta opción es necesario recurrir una vez más al concepto fundamental de la antropología cristiana. En la virginidad libremente elegida la mujer se reafirma a sí misma como persona, es decir, como un ser que el Creador ha amado por sí misma desde el principio(41) y, al mismo tiempo, realiza el valor personal de la propia femineidad, convirtiéndose en «don sincero» a Dios, que se ha revelado en Cristo; un don a Cristo, Redentor del hombre y Esposo de las almas: un don «esponsal». No se puede comprender rectamente la virginidad, la consagración de la mujer en la virginidad, sin recurrir al amor esponsal; en efecto, en tal amor la persona se convierte en don para el otro.(42) Por otra parte, de modo análogo ha de entenderse la consagración del hombre en el celibato sacerdotal o en el estado religioso.

La natural disposición esponsal de la personalidad femenina halla una respuesta en la virginidad entendida así. La mujer, llamada desde el «principio» a ser amada y a amar, en la vocación a la virginidad encuentra sobre todo a Cristo, como el Redentor que «amó hasta el extremo» por medio del don total de sí mismo y ella responde a este don con el «don sincero» de toda su vida. Se da al Esposo divino y esta entrega personal tiende a una unión de carácter propiamente espiritual: mediante la acción del Espíritu Santo se convierte en «un solo espíritu» con Cristo-Esposo (cf. 1 Cor 6, 17).

Este es el ideal evangélico de la virginidad, en el que se realizan de modo especial tanto la dignidad como la vocación de la mujer. En la virginidad entendida así se expresa el llamado radicalismo del Evangelio: Dejarlo todo y seguir a Cristo (cf. Mt 19, 27), lo cual no puede compararse con el simple quedarse soltera o célibe, pues la virginidad no se limita únicamente al «no», sino que contiene un profundo «sí» en el orden esponsal: el entregarse por amor de un modo total e indiviso.

La maternidad según el espíritu

21. La virginidad en el sentido evangélico comporta la renuncia al matrimonio y, por tanto, también a la maternidad física. Sin embargo la renuncia a este tipo de maternidad, que puede comportar incluso un gran sacrificio para el corazón de la mujer, se abre a la experiencia de una maternidad en sentido diverso: la maternidad «según el espíritu» (cf. Rom 8, 4). En efecto, la virginidad no priva a la mujer de sus prerrogativas. La maternidad espiritual reviste formas múltiples. En la vida de las mujeres consagradas que, por ejemplo, viven según el carisma y las reglas de los diferentes Institutos de carácter apostólico, dicha maternidad se podrá expresar como solicitud por los hombres, especialmente por los más necesitados: los enfermos, los minusválidos, los abandonados, los huérfanos, los ancianos, los niños, los jóvenes, los encarcelados y, en general, los marginados. Una mujer consagrada encuentra de esta manera al Esposo, diferente y único en todos y en cada uno, según sus mismas palabras: «Cuanto hicisteis a uno de éstos … a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). El amor esponsal comporta siempre una disponibilidad singular para volcarse sobre cuantos se hallan en el radio de su acción. En el matrimonio esta disponibilidad —aún estando abierta a todos— consiste de modo particular en el amor que los padres dan a sus hijos. En la virginidad esta disponibilidad está abierta a todos los hombres, abrazados por el amor de Cristo Esposo.

En relación con Cristo, que es el Redentor de todos y de cada uno, el amor esponsal, cuyo potencial materno se halla en el corazón de la mujer-esposa virginal, también está dispuesto a abrirse a todos y a cada uno. Esto se verifica en las Comunidades religiosas de vida apostólica de modo diverso que en las de vida contemplativa o de clausura. Existen además otras formas de vocación a la virginidad por el Reino, como, por ejemplo, los Institutos Seculares, o las Comunidades de consagrados que florecen dentro de los Movimientos, Grupos o Asociaciones; en todas estas realidades, la misma verdad sobre la maternidad espiritual de las personas que viven la virginidad halla una configuración multiforme. Pero no se trata aquí solamente de formas comunitarias, sino también de formas extracomunitarias. En definitiva la virginidad, como vocación de la mujer, es siempre la vocación de una persona concreta e irrepetible. Por tanto, también la maternidad espiritual, que se expresa en esta vocación, es profundamente personal.

Sobre esta base se verifica también un acercamiento específico entre la virginidad de la mujer no casada y la maternidad de la mujer casada. Este acercamiento va no sólo de la maternidad a la virginidad —como ha sido puesto de relieve anteriormente— sino que va también de la virginidad hacia el matrimonio, entendido como forma de vocación de la mujer por el que ésta se convierte en madre de los hijos nacidos de su seno. El punto de partida de esta segunda analogía es el sentido de las nupcias. En efecto, una mujer «se casa» tanto mediante el sacramento del matrimonio como, espiritualmente, mediante las nupcias con Cristo. En uno y otro caso las nupcias indican la «entrega sincera de la persona» de la esposa al esposo. De este modo puede decirse que el perfil del matrimonio tiene su raíz espiritual en la virginidad. Y si se trata de la maternidad física ¿no debe quizás ser ésta también una maternidad espiritual, para responder a la verdad global sobre el hombre que es unidad de cuerpo y espíritu? Existen, por lo tanto, muchas razones para entrever en estos dos caminos diversos —dos vocaciones diferentes de vida en la mujer— una profunda complementariedad e incluso una profunda unión en el interior de la persona.

«Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto»

22. El Evangelio revela y permite entender precisamente este modo de ser de la persona humana. El Evangelio ayuda a cada mujer y a cada hombre a vivirlo y, de este modo, a realizarse. Existe, en efecto, una total igualdad respecto a los dones del Espíritu Santo y las «maravillas de Dios» (Act 2, 11). Y no sólo esto. Precisamente ante las «maravillas de Dios» el Apóstol-hombre siente la necesidad de recurrir a lo que es por esencia femenino, para expresar la verdad sobre su propio servicio apostólico. Así se expresa Pablo de Tarso cuando se dirige a los Gálatas con estas palabras: «Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto» (Gál 4, 19). En la primera Carta a los Corintios (7, 38) el apóstol anuncia la superioridad de la virginidad sobre el matrimonio —doctrina constante de la Iglesia según las palabras de Cristo, como leemos en el evangelio de San Mateo (19, 10-12)—, pero sin ofuscar de ningún modo la importancia de la maternidad física y espiritual. En efecto, para ilustrar la misión fundamental de la Iglesia, el Apóstol no encuentra algo mejor que la referencia a la maternidad.

Un reflejo de la misma analogía —y de la misma verdad— lo hallamos en la Constitución dogmática sobre la Iglesia. María es la «figura» de la Iglesia:(43) «Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre (…) Engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre (…) a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rom 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno».(44) «La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios».(45) Se trata de la maternidad «según el espíritu» en relación con los hijos y las hijas del género humano. Y tal maternidad —como ya se ha dicho— es también la «parte» de la mujer en la virginidad. La Iglesia «es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo».(46) Esto se realiza plenamente en María. La Iglesia, por consiguiente, «a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera».(47)

El Concilio ha confirmado que si no se recurre a la Madre de Dios no es posible comprender el misterio de la Iglesia, su realidad, su vitalidad esencial. Indirectamente hallamos aquí la referencia al paradigma bíblico de la «mujer», como se delinea claramente ya en la descripción del «principio» (cf. Gén 3, 15) y a lo largo del camino que va de la creación —pasando por el pecado— hasta la redención. De este modo se confirma la profunda unión entre lo que es humano y lo que constituye la economía divina de la salvación en la historia del hombre. La Biblia nos persuade del hecho de que no se puede lograr una auténtica hermenéutica del hombre, es decir, de lo que es «humano», sin una adecuada referencia a lo que es «femenino». Así sucede, de modo análogo, en la economía salvífica de Dios; si queremos comprenderla plenamente en relación con toda la historia del hombre no podemos dejar de lado, desde la óptica de nuestra fe, el misterio de la «mujer»: virgen-madre-esposa.

VII

LA IGLESIA – ESPOSA DE CRISTO

«Gran misterio»

23. Las palabras de la Carta a los Efesios tienen una importancia fundamental en relación con este tema: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (5, 25-32).

En esta Carta el autor expresa la verdad sobre la Iglesia como esposa de Cristo, indicando además que esta verdad se basa en la realidad bíblica de la creación del hombre, varón y mujer. Creados a imagen y semejanza de Dios como «unidad de los dos», ambos han sido llamados a un amor de carácter esponsal. Puede también decirse, siguiendo la descripción de la creación en el Libro del Génesis (2, 18-25), que esta llamada fundamental aparece juntamente con la creación de la mujer y es llevada a cabo por el Creador en la institución del matrimonio, que según el Génesis 2, 24 tiene desde el principio el carácter de unión de las personas («communio personarum»). Aunque no de modo directo, la misma descripción del «principio» (cf. Gén 1, 27; 2, 24) indica que todo el «ethos» de las relaciones recíprocas entre el hombre y la mujer debe corresponder a la verdad personal de su ser.

Todo esto ya ha sido considerado anteriormente. El texto de la Carta a los Efesios confirma de nuevo la verdad anterior y al mismo tiempo compara el carácter esponsal del amor entre el hombre y la mujer con el misterio de Cristo y de la Iglesia. Cristo es el esposo de la Iglesia, la Iglesia es la esposa de Cristo. Esta analogía tiene sus precedentes; traslada al Nuevo Testamento lo que estaba contenido en el Antiguo Testamento, de modo particular en los profetas Oseas, Jeremías, Ezequiel e Isaías.(48) Cada uno de estos textos merecerá un análisis por separado. Citemos al menos un texto. Dios, por medio del profeta, habla a su pueblo elegido de esta manera: «No temas, que no te avergonzarás, ni te sonrojes, que no quedarás confundida, pues la vergüenza de tu mocedad olvidarás y la afrenta de tu viudez no recordarás jamás. Porque tu Esposo es tu hacedor, Yahveh Sebaot es su nombre; y el que te rescata, el Santo de Israel, Dios de toda la tierra se llama (…). La mujer de la juventud ¿es repudiada? dice tu Dios. Por un breve instante te abandoné pero con gran compasión te recogeré. En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido, dice Yahveh tu Redentor (…) Porque los montes se correrán y las colinas se moverán mas mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá» (Is 54, 4-8. 10).

Por haber sido creado el ser humano —hombre y mujer— a imagen y semejanza de Dios, Dios puede hablar de sí por boca del profeta, sirviéndose de un lenguaje que es humano por esencia. En el texto de Isaías que hemos citado, es «humano» el modo de expresarse el amor de Dios, pero el amor mismo es divino. Al ser amor de Dios, tiene un carácter esponsal propiamente divino, aunque sea expresado mediante la analogía del amor del hombre hacia la mujer. Esta mujer-esposa es Israel, como pueblo elegido por Dios, y esta elección tiene su origen exclusivamente en el amor gratuito de Dios. Precisamente mediante este amor se explica la Alianza, presentada con frecuencia como una alianza matrimonial que Dios, una y otra vez, hace con su pueblo elegido. Por parte de Dios es un «compromiso» duradero; Él permanece fiel a su amor esponsal, aunque la esposa le haya sido infiel repetidamente.

Esta imagen del amor esponsal junto con la figura del Esposo divino —imagen muy clara en los textos proféticos— encuentra su afirmación y plenitud en la Carta a los Efesios (5, 23-32). Cristo es saludado como esposo por Juan el Bautista (cf. Jn 3, 27-29); más aún, Cristo se aplica esta comparación tomada de los profetas (cf. Mc 2, 19-20). El apóstol Pablo, que es portador del patrimonio del Antiguo Testamento, escribe a los Corintios: «Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo» (2 Cor 11, 2). Pero la plena expresión de la verdad sobre el amor de Cristo Redentor, según la analogía del amor esponsal en el matrimonio, se encuentra en la Carta a los Efesios: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (5, 25); con esto recibe plena confirmación el hecho de que la Iglesia es la Esposa de Cristo: «El que te rescata es el Santo de Israel» (Is 54, 5). En el texto paulino la analogía de la relación esponsal va contemporáneamente en dos direcciones que constituyen la totalidad del «gran misterio» («sacramentum magnum»). La alianza propia de los esposos «explica» el carácter esponsal de la unión de Cristo con la Iglesia y, a su vez, esta unión —como «gran sacramento»— determina la sacramentalidad del matrimonio como alianza santa de los esposos, hombre y mujer. Leyendo este pasaje rico y complejo, que en su conjunto es una gran analogía, hemos de distinguir lo que en él expresa la realidad humana de las relaciones interpersonales, de lo que, con lenguaje simbólico, expresa el «gran misterio» divino.

La «novedad» evangélica

24. El texto se dirige a los esposos, como mujeres y hombres concretos, y les recuerda el «ethos» del amor esponsal que se remonta a la institución divina del matrimonio desde el «principio». A la verdad de esta institución responde la exhortación «maridos, amad a vuestras mujeres», amadlas como exigencia de esa unión especial y única, mediante la cual el hombre y la mujer llegan a ser «una sola carne» en el matrimonio (Gén 2, 24; Ef 5, 31). En este amor se da una afirmación fundamental de la mujer como persona, una afirmación gracias a la cual la personalidad femenina puede desarrollarse y enriquecerse plenamente. Así actúa Cristo como esposo de la Iglesia, deseando que ella sea «resplandeciente, sin mancha ni arruga» (Ef 5, 27). Se puede decir que aquí se recoge plenamente todo lo que constituye «el estilo» de Cristo al tratar a la mujer. El marido tendría que hacer suyos los elementos de este estilo con su esposa; y, de modo análogo, debería hacerlo el hombre, en cualquier situación, con la mujer. De esta manera ambos, mujer y hombre, realizan el «don sincero de sí mismos».

El autor de la Carta a los Efesios no ve ninguna contradicción entre una exhortación formulada de esta manera y la constatación de que «las mujeres (estén sumisas) a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer» (5, 22-23a). El autor sabe que este planteamiento, tan profundamente arraigado en la costumbre y en la tradición religiosa de su tiempo, ha de entenderse y realizarse de un modo nuevo: como una «sumisión recíproca en el temor de Cristo» (cf. Ef 5, 21), tanto más que al marido se le llama «cabeza» de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, y lo es para entregarse «a sí mismo por ella» (Ef 5, 25), e incluso para dar la propia vida por ella. Pero mientras que en la relación Cristo-Iglesia la sumisión es sólo de la Iglesia, en la relación marido-mujer la «sumisión» no es unilateral, sino recíproca.

En relación a lo «antiguo», esto es evidentemente «nuevo»: es la novedad evangélica. Encontramos diversos textos en los cuales los escritos apostólicos expresan esta novedad, si bien en ellos se percibe aún lo «antiguo», es decir, lo que está enraizado en la tradición religiosa de Israel, en su modo de comprender y de explicar los textos sagrados, como por ejemplo el del Génesis (c. 2).(49)

Las cartas apostólicas van dirigidas a personas que viven en un ambiente con el mismo modo de pensar y de actuar. La «novedad» de Cristo es un hecho; constituye el inequivocable contenido del mensaje evangélico y es fruto de la redención. Pero al mismo tiempo, la convicción de que en el matrimonio se da la «recíproca sumisión de los esposos en el temor de Cristo» y no solamente la «sumisión» de la mujer al marido, ha de abrirse camino gradualmente en los corazones, en las conciencias, en el comportamiento, en las costumbres. Se trata de una llamada que, desde entonces, no cesa de apremiar a las generaciones que se han ido sucediendo, una llamada que los hombres deben acoger siempre de nuevo. El Apóstol escribió no solamente que: «En Jesucristo (…) no hay ya hombre ni mujer», sino también «no hay esclavo ni libre». Y sin embargo ¡cuántas generaciones han sido necesarias para que, en la historia de la humanidad, este principio se llevara a la práctica con la abolición de la esclavitud! Y ¿qué decir de tantas formas de esclavitud a las que están sometidos hombres y pueblos, y que todavía no han desaparecido de la escena de la historia?

Pero el desafío del «ethos» de la redención es claro y definitivo. Todas las razones en favor de la «sumisión» de la mujer al hombre en el matrimonio se deben interpretar en el sentido de una sumisión recíproca de ambos en el «temor de Cristo». La medida de un verdadero amor esponsal encuentra su fuente más profunda en Cristo, que es el Esposo de la Iglesia, su Esposa.

La dimensión simbólica del «gran misterio»

25. En el texto de la Carta a los Efesios encontramos una segunda dimensión de la analogía que en su conjunto debe servir para revelar «el gran misterio». Se trata de una dimensión simbólica. Si el amor de Dios hacia el hombre, hacia el pueblo elegido, Israel, es presentado por los profetas como el amor del esposo a la esposa, tal analogía expresa la condición «esponsal» y el carácter divino y no humano del amor de Dios: «Tu esposo es tu Hacedor (…), Dios de toda la tierra se llama» (Is 54, 5). Lo mismo podemos decir del amor esponsal de Cristo redentor: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). Se trata, por consiguiente, del amor de Dios expresado mediante la redención realizada por Cristo. Según la carta paulina, este amor es «semejante» al amor esponsal de los esposos pero naturalmente no es «igual». La analogía, en efecto, implica una semejanza, pero deja un margen adecuado de no-semejanza.

Lo anterior se pone fácilmente de manifiesto si consideramos la figura de la «esposa». Según la Carta a los Efesios la esposa es la Iglesia, lo mismo que para los profetas la esposa era Israel; se trata, por consiguiente, de un sujeto colectivo y no de una persona singular. Este sujeto colectivo es el pueblo de Dios, es decir, una comunidad compuesta por muchas personas, tanto mujeres como hombres. «Cristo ha amado a la Iglesia» precisamente como comunidad, como Pueblo de Dios; y, al mismo tiempo, en esta Iglesia, que en el mismo texto es llamada también su «cuerpo» (cf. Ef 5, 23), él ha amado a cada persona singularmente. En efecto, Cristo ha redimido a todos sin excepción, a cada hombre y a cada mujer. En la redención se manifiesta precisamente este amor de Dios y llega a su cumplimiento el carácter esponsal de este amor en la historia del hombre y del mundo.

Cristo entró en esta historia y permanece en ella como el Esposo que «se ha dado a sí mismo». «Darse» quiere decir «convertirse en un don sincero» del modo más completo y radical: «Nadie tiene mayor amor» (Jn 15, 13). En esta concepción, por medio de la Iglesia, todos los seres humanos —hombres y mujeres— están llamados a ser la «Esposa» de Cristo, redentor del mundo. De este modo «ser esposa» y, por consiguiente, lo «femenino», se convierte en símbolo de todo lo «humano», según las palabras de Pablo: «Ya no hay hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gál 3, 28).

Desde el punto de vista lingüístico se puede decir que la analogía del amor esponsal según la Carta a los Efesios relaciona lo «masculino» con lo «femenino», dado que, como miembros de la Iglesia, también los hombres están incluidos en el concepto de «Esposa». Y esto no puede causar asombro, pues el Apóstol, para expresar su misión en Cristo y en la Iglesia, habla de sus «hijos por quienes sufre dolores de parto» (cf. Gál 4, 19). En el ámbito de lo que es humano, es decir, de lo que es humanamente personal, la «masculinidad» y la «femineidad» se distinguen y, a la vez, se completan y se explican mutuamente. Esto se constata también en la gran analogía de la «Esposa», en la Carta a los Efesios. En la Iglesia cada ser humano —hombre y mujer— es la «Esposa», en cuanto recibe el amor de Cristo Redentor como un don y también en cuanto intenta corresponder con el don de la propia persona.

Cristo es el Esposo. De esta manera se expresa la verdad sobre el amor de Dios, «que ha amado primero» (cf. 1 Jn 4, 19) y que, con el don que engendra este amor esponsal al hombre, ha superado todas las expectativas humanas: «Amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El Esposo —el Hijo consubstancial al Padre en cuanto Dios— se ha convertido en el hijo de María, «hijo del hombre», verdadero hombre, varón. El símbolo del Esposo es de género masculino. En este símbolo masculino está representado el carácter humano del amor con el cual Dios ha expresado su amor divino a Israel, a la Iglesia, a todos los hombres. Meditando todo lo que los Evangelios dicen sobre la actitud de Cristo hacia las mujeres, podemos concluir que como hombre —hijo de Israel— reveló la dignidad de las «hijas de Abraham» (cf. Lc 13, 16), la dignidad que la mujer posee desde el «principio» igual que el hombre. Al mismo tiempo, Cristo puso de relieve toda la originalidad que distingue a la mujer del hombre, toda la riqueza que le fue otorgada a ella en el misterio de la creación. En la actitud de Cristo hacia la mujer se encuentra realizado de modo ejemplar lo que el texto de la Carta a los Efesios expresa mediante el concepto de «esposo». Precisamente porque el amor divino de Cristo es amor de Esposo, este amor es paradigma y ejemplo para todo amor humano, en particular para el amor del varón.

La Eucaristía

26. En el vasto trasfondo del «gran misterio», que se expresa en la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia, es posible también comprender de modo adecuado el hecho de la llamada de los «Doce». Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo. Por lo tanto, la hipótesis de que haya llamado como apóstoles a unos hombres, siguiendo la mentalidad difundida en su tiempo, no refleja completamente el modo de obrar de Cristo. «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza…, porque no miras la condición de las personas» (Mt 22, 16). Estas palabras caracterizan plenamente el comportamiento de Jesús de Nazaret, en esto se encuentra también una explicación a la llamada de los «Doce». Todos ellos estaban con Cristo durante la última Cena y sólo ellos recibieron el mandato sacramental: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24), que está unido a la institución de la Eucaristía. Ellos, la tarde del día de la resurrección, recibieron el Espíritu Santo para perdonar los pecados: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 23).

Nos encontramos en el centro mismo del Misterio pascual, que revela hasta el fondo el amor esponsal de Dios. Cristo es el Esposo, porque «se ha entregado a sí mismo»: su cuerpo ha sido «dado», su sangre ha sido «derramada» (cf. Lc 22, 19-20). De este modo «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El «don sincero», contenido en el sacrificio de la Cruz, hace resaltar de manera definitiva el sentido esponsal del amor de Dios. Cristo es el Esposo de la Iglesia, como Redentor del mundo. La Eucaristía es el sacramento de nuestra redención. Es el sacramento del Esposo, de la Esposa. La Eucaristía hace presente y realiza de nuevo, de modo sacramental, el acto redentor de Cristo, que «crea» la Iglesia, su cuerpo. Cristo está unido a este «cuerpo», como el esposo a la esposa. Todo esto está contenido en la Carta a los Efesios. En este «gran misterio» de Cristo y de la Iglesia se introduce la perenne «unidad de los dos», constituida desde el «principio» entre el hombre y la mujer.

Si Cristo, al instituir la Eucaristía, la ha unido de una manera tan explícita al servicio sacerdotal de los apóstoles, es lícito pensar que de este modo deseaba expresar la relación entre el hombre y la mujer, entre lo que es «femenino» y lo que es «masculino», querida por Dios, tanto en el misterio de la creación como en el de la redención. Ante todo en la Eucaristía se expresa de modo sacramental el acto redentor de Cristo Esposo en relación con la Iglesia Esposa. Esto se hace transparente y unívoco cuando el servicio sacramental de la Eucaristía —en la que el sacerdote actúa «in persona Christi»— es realizado por el hombre. Esta es una explicación que confìrma la enseñanza de la Declaración Inter insigniores, publicada por disposición de Pablo VI, para responder a la interpelación sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial.(50)

El don de la Esposa

27. El Concilio Vaticano II ha renovado en la Iglesia la conciencia de la universalidad del sacerdocio. En la Nueva Alianza hay un solo sacrificio y un solo sacerdote: Cristo. De este único sacerdocio participan todos los bautizados, ya sean hombres o mujeres, en cuanto deben «ofrecerse a sí mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios» (cf. Rom 12, 1), dar en todo lugar testimonio de Cristo y dar razón de su esperanza en la vida eterna a quien lo pida (cf. 1 Ped 3, 15).(51) La participación universal en el sacrificio de Cristo, con el que el Redentor ha ofrecido al Padre el mundo entero y, en particular, la humanidad, hace que todos en la Iglesia constituyan «un reino de sacerdotes» (Ap 5, 10; cf. 1 Ped 2, 9), esto es, que participen no solamente en la misión sacerdotal, sino también en la misión profética y real de Cristo Mesías. Esta participación determina, además, la unión orgánica de la Iglesia, como Pueblo de Dios, con Cristo. Con ella se expresa a la vez el «gran misterio» de la Carta a los Efesios: la Esposa unida a su Esposo; unida, porque vive su vida; unida, porque participa de su triple misión («tria munera Christi»); unida de tal manera que responda con un «don sincero» de sí al inefable don del amor del Esposo, Redentor del mundo. Esto concierne a todos en la Iglesia, tanto a las mujeres como a los hombres, y concierne obviamente también a aquellos que participan del «sacerdocio ministerial»,(52) que tiene el carácter de servicio. En el ámbito del «gran misterio» de Cristo y de la Iglesia todos están llamados a responder —como una esposa— con el don de la vida al don inefable del amor de Cristo, el cual, como Redentor del mundo, es el único Esposo de la Iglesia. En el «sacerdocio real», que es universal, se expresa a la vez el don de la Esposa.

Esto tiene una importancia fundamental para entender la Iglesia misma en su esencia, evitando trasladar a la Iglesia —incluso en su ser una «institución» compuesta por hombres y mujeres insertos en la historia— criterios de comprensión y de juicio que no afecten a su naturaleza. Aunque la Iglesia posee una estructura «jerárquica»,(53) sin embargo esta estructura está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo. La santidad, por otra parte, se mide según el «gran misterio», en el que la Esposa responde con el don del amor al don del Esposo, y lo hace «en el Espíritu Santo», porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). El Concilio Vaticano II, confirmando la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad precisamente la «mujer», María de Nazaret, es «figura» de la Iglesia. Ella «precede» a todos en el camino de la santidad; en su persona la «Iglesia ha alcanzado ya la perfección con la que existe inmaculada y sin mancha» (cf. Ef 5, 27).(54) En este sentido se puede decir que la Iglesia es, a la vez, «mariana» y «apostólico-petrina».(55)

En la historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos, había, junto a los hombres, numerosas mujeres, para quienes la respuesta de la Esposa al amor redentor del Esposo adquiría plena fuerza expresiva. En primer lugar, vemos a aquellas mujeres que personalmente se habían encontrado con Cristo y le habían seguido, y después de su partida «eran asiduas en la oración» juntamente con los Apóstoles en el cenáculo de Jerusalén hasta el día de Pentecostés. Aquel día, el Espíritu Santo habló por medio de «hijos e hijas» del Pueblo de Dios cumpliéndose así el anuncio del profeta Joel (cf. Act 2, 17). Aquellas mujeres, y después otras, tuvieron una parte activa e importante en la vida de la Iglesia primitiva, en la edificación de la primera comunidad desde los cimientos —así como de las comunidades sucesivas— mediante los propios carismas y con su servicio multiforme. Los escritos apostólicos anotan sus nombres, como Febe, «diaconisa de Cencreas» (cf. Rom 16, 1), Prisca con su marido Aquila (cf. 2 Tim 4, 19), Evodia y Síntique (cf. Fil 4, 2), María, Trifena, Pérside, Trifosa (cf. Rom 16, 6. 12). El Apóstol habla de los «trabajos» de ellas por Cristo, y estos trabajos indican el servicio apostólico de la Iglesia en varios campos, comenzando por la «iglesia doméstica»; es aquí, en efecto, donde la «fe sencilla» pasa de la madre a los hijos y a los nietos, como se verificó en casa de Timoteo (cf. 2 Tim 1, 5).

Lo mismo se repite en el curso de los siglos, generación tras generación, como lo demuestra la historia de la Iglesia. En efecto, la Iglesia defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación ha mostrado honor y gratitud para aquellas que —fieles al Evangelio— han participado en todo tiempo en la misión apostólica del Pueblo de Dios. Se trata de santas mártires, de vírgenes, de madres de familia, que valientemente han dado testimonio de su fe, y que educando a los propios hijos en el espíritu del Evangelio han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia.

En cada época y en cada país encontramos numerosas mujeres «perfectas» (cf. Prov 31, 10) que, a pesar de las persecuciones, dificultades o discriminaciones, han participado en la misión de la Iglesia. Basta mencionar a Mónica, madre de Agustín, Macrina, Olga de Kiev, Matilde de Toscana, Eduvigis de Silesia y Eduvigis de Cracovia, Isabel de Turingia, Brígida de Suecia, Juana de Arco, Rosa de Lima, Elizabeth Seton y Mary Ward.

El testimonio y las obras de mujeres cristianas han incidido significativamente tanto en la vida de la Iglesia como en la sociedad. También ante graves discriminaciones sociales las mujeres santas han actuado «con libertad», fortalecidas por su unión con Cristo. Una unión y libertad radicada así en Dios explica, por ejemplo, la gran obra de Santa Catalina de Siena en la vida de la Iglesia, y de Santa Teresa de Jesús en la vida monástica.

También en nuestros días la Iglesia no cesa de enriquecerse con el testimonio de tantas mujeres que realizan su vocación a la santidad.

Las mujeres santas son una encarnación del ideal femenino, pero son también un modelo para todos los cristianos, un modelo de la «sequela Christi» —seguimiento de Cristo—, un ejemplo de cómo la Esposa ha de responder con amor al amor del Esposo.

VIII

LA MAYOR ES LA CARIDAD

Ante los cambios

28. «Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima vocación».(56) Estas palabras de la Constitución conciliar Gaudium et spes las podemos aplicar al tema de la presente reflexión. La llamada particular a la dignidad de la mujer y a su vocación, propia de los tiempos en los que vivimos, puede y debe ser acogida con la «luz y fuerza» que el Espíritu da generosamente al hombre, también al hombre de nuestra época, tan rica de múltiples transformaciones. La Iglesia «cree que la clave, el centro y el fin» del hombre, así como «de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro» y afirma que «bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre».(57)

Con estas palabras la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual nos indica el camino a seguir al asumir las tareas relativas a la dignidad de la mujer y a su vocación, bajo el trasfondo de los cambios significativos de nuestra época. Podemos afrontar tales cambios de modo correcto y adecuado solamente si volvemos de nuevo a la base que se encuentra en Cristo, aquellas verdades y aquellos valores «inmutables» de los que él mismo es «Testigo fiel» (cf. Ap 1, 5) y Maestro. Un modo diverso de actuar conduciría a resultados dudosos, por no decir erróneos y falaces.

La dignidad de la mujer y el orden del amor

29. El texto anteriormente citado de la Carta a los Efesios (5, 21-33), donde la relación entre Cristo y la Iglesia es presentada como el vínculo entre el Esposo y la Esposa, se refiere también a la institución del matrimonio según las palabras del Libro del Génesis (cf. 2, 24). El mismo texto une la verdad sobre el matrimonio, como sacramento primordial, con la creación del hombre y de la mujer a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 27; 5, 1). Con la significativa comparación contenida en la Carta a los Efesios adquiere plena claridad lo que determina la dignidad de la mujer tanto a los ojos de Dios —Creador y Redentor— como a los ojos del hombre, varón y mujer. Sobre el fundamento del designio eterno de Dios, la mujer es aquella en quien el orden del amor en el mundo creado de las personas halla un terreno para su primera raíz. El orden del amor pertenece a la vida íntima de Dios mismo, a la vida trinitaria. En la vida íntima de Dios, el Espíritu Santo es la hipóstasis personal del amor. Mediante el Espíritu, Don increado, el amor se convierte en un don para las personas creadas. El amor, que viene de Dios, se comunica a las criaturas: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5).

La llamada a la existencia de la mujer al lado del hombre —«una ayuda adecuada» (Gén 2, 18)— en la «unidad de los dos» ofrece en el mundo visible de las criaturas condiciones particulares para que «el amor de Dios se derrame en los corazones» de los seres creados a su imagen. Si el autor de la Carta a los Efesios llama a Cristo Esposo y a la Iglesia Esposa, confirma indirectamente mediante esta analogía la verdad sobre la mujer como esposa. El Esposo es el que ama. La Esposa es amada; es la que recibe el amor, para amar a su vez.

El texto del Génesis —leído a la luz del símbolo esponsal de la Carta a los Efesios— nos permite intuir una verdad que parece decidir de modo esencial la cuestión de la dignidad de la mujer y, a continuación, la de su vocación: la dignidad de la mujer es medida en razón del amor, que es esencialmente orden de justicia y caridad.(58)

Sólo la persona puede amar y sólo la persona puede ser amada. Esta es ante todo una afirmación de naturaleza ontológica, de la que surge una afirmación de naturaleza ética. El amor es una exigencia ontológica y ética de la persona. La persona debe ser amada ya que sólo el amor corresponde a lo que es la persona. Así se explica el mandamiento del amor, conocido ya en el Antiguo Testamento (cf. Dt 6, 5; Lev 19, 18) y puesto por Cristo en el centro mismo del «ethos» evangélico (cf. Mt 22, 36-40; Mc 12, 28-34). De este modo se explica también aquel primado del amor expresado por las palabras de Pablo en la Carta a los Corintios: «La mayor es la caridad» (cf. 1 Cor 13, 13).

Si no recurrimos a este orden y a este primado no se puede dar una respuesta completa y adecuada a la cuestión sobre la dignidad de la mujer y su vocación. Cuando afirmamos que la mujer es la que recibe amor para amar a su vez, no expresamos sólo o sobre todo la específica relación esponsal del matrimonio. Expresamos algo más universal, basado sobre el hecho mismo de ser mujer en el conjunto de las relaciones interpersonales, que de modo diverso estructuran la convivencia y la colaboración entre las personas, hombres y mujeres. En este contexto amplio y diversificado la mujer representa un valor particular como persona humana y, al mismo tiempo, como aquella persona concreta, por el hecho de su femineidad. Esto se refiere a todas y cada una de las mujeres, independientemente del contexto cultural en el que vive cada una y de sus características espirituales, psíquicas y corporales, como, por ejemplo, la edad, la instrucción, la salud, el trabajo, la condición de casada o soltera.

El texto de la Carta a los Efesios que analizamos nos permite pensar en una especie de «profetismo» particular de la mujer en su femineidad. La analogía del Esposo y de la Esposa habla del amor con el que todo hombre es amado por Dios en Cristo, es decir, todo hombre y toda mujer. Sin embargo, en el contexto de la analogía bíblica y en base a la lógica interior del texto, es precisamente la mujer la que manifiesta a todos esta verdad: ser esposa. Esta característica «profética» de la mujer en su femineidad halla su más alta expresión en la Virgen Madre de Dios. Respecto a ella se pone de relieve, de modo pleno y directo, el íntimo unirse del orden del amor —que entra en el ámbito del mundo de las personas humanas a través de una Mujer— con el Espíritu Santo. María escucha en la Anunciación: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1, 35).

Conciencia de una misión

30. La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma la verdad sobre la persona y sobre el amor. Sobre la verdad de la persona se debe recurrir una vez más al Concilio Vaticano II: «El hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».(59) Esto se refiere a todo hombre, como persona creada a imagen de Dios, ya sea hombre o mujer. La afirmación de naturaleza ontológica contenida aquí indica también la dimensión ética de la vocación de la persona. La mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás.

Desde el «principio» la mujer, al igual que el hombre, ha sido creada y «puesta» por Dios precisamente en este orden del amor. El pecado de los orígenes no ha anulado este orden, no lo ha cancelado de modo irreversible; lo prueban las palabras bíblicas del Protoevangelio (cf. Gén 3, 15). En la presente reflexión hemos señalado el puesto singular de la «mujer» en este texto clave de la Revelación. Es preciso manifestar también cómo la misma mujer, que llega a ser «paradigma» bíblico, se halla asimismo en la perspectiva escatológica del mundo y del hombre expresada por el Apocalipsis.(60) Es «una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1). Se podría decir: una mujer a la medida del cosmos, a la medida de toda la obra de la creación. Al mismo tiempo sufre «con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz» (Ap 12, 2), como Eva «madre de todos los vivientes» (Gén 3, 20). Sufre también porque «delante de la mujer que está para dar a luz» (cf. Ap 12, 4) se pone «el gran dragón, la serpiente antigua» (Ap 12, 9), conocida ya por el Protoevangelio: el Maligno, «padre de la mentira» y del pecado (cf. Jn 8, 44). Pues la «serpiente antigua» quiere devorar «al niño». Si vemos en este texto el reflejo del evangelio de la infancia (cf. Mt 2, 13. 16) podemos pensar que en el paradigma bíblico de la «mujer» se encuadra, desde el inicio hasta el final de la historia, la lucha contra el mal y contra el Maligno. Es también la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación. ¿No quiere decir la Biblia que precisamente en la «mujer», Eva-María, la historia constata una dramática lucha por cada hombre, la lucha por su fundamental «sí» o «no» a Dios y a su designio eterno sobre el hombre?

Si la dignidad de la mujer testimonia el amor, que ella recibe para amar a su vez, el paradigma bíblico de la «mujer» parece desvelar también cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. Se trata aquí de la vocación en su significado fundamental, —podríamos decir universal— que se concreta y se expresa después en las múltiples «vocaciones» de la mujer, tanto en la Iglesia como en el mundo.

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer —sobre todo en razón de su femineidad— y ello decide principalmente su vocación.

Tomando pie de esta conciencia y de esta entrega, la fuerza moral de la mujer se expresa en numerosas figuras femeninas del Antiguo Testamento, del tiempo de Cristo, y de las épocas posteriores hasta nuestros días.

La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios «le confía el hombre», siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse. Esta conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace «fuerte» y la reafirma en su vocación. De este modo, la «mujer perfecta» (cf. Prov 31, 10) se convierte en un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que perciben la gran energía de su espíritu. A estas «mujeres perfectas» deben mucho sus familias y, a veces, también las Naciones.

En nuestros días los éxitos de la ciencia y de la técnica permiten alcanzar de modo hasta ahora desconocido un grado de bienestar material que, mientras favorece a algunos, conduce a otros a la marginación. De ese modo, este progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de la sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En este sentido, sobre todo el momento presente espera la manifestación de aquel «genio» de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque «la mayor es la caridad» (1 Cor 13, 13).

Así pues, una atenta lectura del paradigma bíblico de la «mujer» —desde el Libro del Génesis hasta el Apocalipsis— nos confirma en que consisten la dignidad y la vocación de la mujer y todo lo que en ella es inmutable y no pierde vigencia, poniendo «su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre».(61) Si el hombre es confiado de modo particular por Dios a la mujer, ¿no significa esto tal vez que Cristo espera de ella la realización de aquel «sacerdocio real»(1 Ped 2, 9) que es la riqueza dada por Él a los hombres? Cristo, sumo y único sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, y Esposo de la Iglesia, no deja de someter esta misma herencia al Padre mediante el Espíritu Santo, para que Dios sea «todo en todos» (1 Cor 15, 28).(62)

Entonces se cumplirá definitivamente la verdad de que «la mayor es la caridad» (1 Cor 13, 13).

IX

CONCLUSIÓN

«Si conocieras el don de Dios»

31. «Si conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10), dice Jesús a la samaritana en el transcurso de uno de aquellos admirables coloquios que muestran la gran estima que Cristo tiene por la dignidad de la mujer y por la vocación que le permite tomar parte en su misión mesiánica.

La presente reflexión, que llega ahora a su fin, está orientada a reconocer desde el interior del «don de Dios» lo que Él, creador y redentor, confía a la mujer, a toda mujer. En el Espíritu de Cristo ella puede descubrir el significado pleno de su femineidad y, de esta manera, disponerse al «don sincero de sí misma» a los demás, y de este modo encontrarse a sí misma.

En el Año Mariano la Iglesia desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el «misterio de la mujer» y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las «maravillas de Dios», que en la historia de la humanidad se han cumplido en ella y por medio de ella. En definitiva, ¿no se ha obrado en ella y por medio de ella lo más grande que existe en la historia del hombre sobre la tierra, es decir, el acontecimiento de que Dios mismo se ha hecho hombre?

La Iglesia, por consiguiente, da gracias por todas las mujeres y por cada una: por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres «perfectas» y por las mujeres «débiles». Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es «la patria» de la familia humana, que a veces se transforma en «un valle de lágrimas». Tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad, en las necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el seno de la Trinidad inefable.

La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del «genio» femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad femenina.

La Iglesia pide, al mismo tiempo, que estas inestimables «manifestaciones del Espíritu» (cf. 1 Cor 12, 4 ss.), que con grande generosidad han sido dadas a las «hijas» de la Jerusalén eterna, sean reconocidas debidamente, valorizadas, para que redunden en común beneficio de la Iglesia y de la humanidad, especialmente en nuestros días. Al meditar sobre el misterio bíblico de la «mujer», la Iglesia ora para que todas las mujeres se hallen de nuevo a sí mismas en este misterio y hallen su «vocación suprema».

Que María, que «precede a toda la Iglesia en el camino de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo»,(63) nos obtenga también este «fruto» en el Año que le hemos dedicado, en el umbral del tercer milenio de la venida de Cristo.

Con estos deseos imparto a todos los fieles y, de modo especial, a las mujeres, hermanas en Cristo, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María, del año 1988, décimo de mi Pontificado.

  

 

 

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Por qué tanto interés en la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 19, 2009

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

 

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace entre cien y doscientos mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

 

Extractado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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Inmaculada Concepción de la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 14, 2008

Anuncio: ¿de qué?

 

¿Qué es lo que le anuncia el arcángel a la Virgen María? ¿Por qué se le da tanta importancia a este hecho?

Lo explican claramente las lecturas de hoy: primero, se nos narra cómo Dios Padre creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta que llegara a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Pero el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado; por eso san Pablo grita en la segunda lectura: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales!

Y la primera beneficiada será, anticipadamente, la Madre de ese Niño–Dios: por sus méritos, ¡la hizo nacer sin pecado original! Él —Dios— podía hacerlo, quería hacerlo, así que lo hizo.

Después seguiremos nosotros si, como dice el Apóstol, permanecemos en su presencia santos y sin mancha.

   

(Tomado del libro: Un llamamiento al amor

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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Peleas

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2008

 Evita las peleas:

 

sé tú esclavo del Amor

 

y de su Madre,

 

y deja en libertad

 

a todos los demás.

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Asunción

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

¡Bendita tú entre las mujeres!

 

Nos dice hoy san Pablo que el último enemigo en ser destruido será la Muerte, porque por Cristo viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo.

Pero, como lo especifica el Apóstol, cada cual en su rango. La más alta de rango, por supuesto, es la Madre de Dios y Madre nuestra.

Y esto es lo que celebramos hoy: la Virgen María es llevada a recibir el premio, como nos lo hace entrever el Apocalipsis: se abrió el Santuario de Dios en el Cielo, y apareció el arca de su alianza: la Mujer por antonomasia, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Y se oyó entonces una fuerte voz que decía en el Cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo».

Por esto fue que cuando se puso en camino María a la casa de Zacarías y saludó a Isabel, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos:

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿de dónde a mí que venga a verme la Madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Se cumplió lo que nos había dicho el Señor acerca de la felicidad eterna en el Cielo: María llegó al Cielo: ¡es feliz!, ¡totalmente feliz!, ¡y para siempre!

Y, por sus palabras, podemos saber cómo lograrlo también nosotros:

«Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha visto la humildad de su esclava»; por eso, porque fue humilde, desde ahora todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Nosotros también seremos bienaventurados; solo hay una condición: que Dios vea nuestra humildad.

 

 

 

 

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¿Por qué tanto interés en la Virgen María?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace unos cien mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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