Hacia la unión con Dios

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Templar el acero*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2009

 

Después de una juventud llena de vicios y pecados, un hombre, que trabajaba en su taller de herrero, decidió entregar su vida a Dios.

 

Durante varios años se esforzó por ser un buen católico y practicó la caridad pero, a pesar de toda su dedicación, algunas cosas no parecían andar bien en su vida: sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

 

Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba le comentó:

 

«Realmente es muy extraño que, justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar.»

 

El herrero ya había pensado en eso mismo muchas veces, sin entender lo que acontecía en su vida; sin embargo, como deseaba contestarle a su amigo, comenzó a hablar mientras continuaba su trabajo, y terminó por encontrar la respuesta que buscaba:

 

«En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en las figuras que me piden. ¿Sabes cómo se hace eso?»

 

«Primero, caliento la hoja de acero hasta que se pone al rojo vivo. Enseguida, tomo el martillo y le doy varios golpes hasta que la pieza va adquiriendo la forma deseada. Luego, la sumerjo en un balde de agua fría; en ese momento se oye un ruido muy fuerte y el taller se llena de vapor a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir el procedimiento varias veces hasta obtener la figura perfecta, porque una sola vez no es suficiente.»

 

El herrero hizo una pausa y siguió:

 

«A veces, el acero no logra soportar ese tratamiento: el calor, los martillazos y el agua fría lo terminan llenando de rajaduras; en ese momento me doy cuenta de que ya no sirve, y entonces lo tiro a esa montaña de hierro viejo que ves a la entrada.»

 

Tras otra pausa, finalizó:

 

«Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que me da y el frío que hace sufrir al acero…»

 

Después de un silencio, se puso a orar en voz alta, como si su amigo no estuviera presente:

 

«Dios mío, no desistas hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo del modo que mejor te parezca, por el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de hierro viejo».

 

Lynell Waterman

 

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