Hacia la unión con Dios

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Las 2 Bestias del Apocalipsis

Posted by pablofranciscomaurino en abril 6, 2019

SE DESVELA EL MISTERIO

 

El dragón y el ser humano

Todo comenzó, por decirlo así, hace millones de millones de años… Más bien sucedió en eso que llamamos eternidad: es un estado en el que no hay tiempo, la perpetuidad sin principio, la sucesión sin fin; porque allí no se está limitado por el tiempo. Tampoco estaban limitados por el espacio: ni existía el allá ni el acá…

En esa eternidad se hallaba un Padre que tenía un Hijo único: vivían rodeados de bienestar; perfectamente dichosos; de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el Padre era la felicidad de su Hijo y este la de su Padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria los movía a compasión[1]. Estos seres espirituales eran perfectos, y tanto se amaban, tanta era la perfección de su amor, que en la eternidad sucedió algo maravilloso: ese amor se personificó en una tercera Persona. Pero la unión de estas tres personas era tan perfecta que hacían un solo ser: Dios; tan grande, tan maravilloso, que es indefinible, inefable, en una palabra: perfecto.

Con el poder creador que poseían decidieron hacer nacer a otros seres, espirituales como ellos, a quienes llamaron ángeles: millones y millones de ángeles que, agradecidos por el don la vida que se les había dado, se pusieron de inmediato a alabar y a adorar sin descanso a esas tres Personas maravillosas. Todos tenían nombre propio, de acuerdo con sus cualidades; se llamaban unos a otros con alegría y con amor, virtud heredada de su Creador.

Uno de ellos, de nombre Luzbel, es decir, luz bella, porque era extraordinariamente bello, sintió que su belleza era tal que podría competir con la belleza de Dios; es más: se creyó igual a Dios.

Pero otro ángel, Miguel, que amaba entrañablemente a las tres Personas divinas con un amor inmenso, gritó:

–¡Quién como Dios!

Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra Luzbel, que ahora, por su rebeldía y soberbia, se veía como un dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el Cielo. El dragón grande, la serpiente, conocida como el demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Para ese entonces, Dios ya había creado el universo, la tierra ya se había condensado y ya existían las plantas y los animales, vivificados por las almas que Dios les había otorgado: almas vegetativas para las plantas y almas sensibles para los animales de todas las especies.

Además, ya existía la obra maestra de la creación visible: el hombre, a quien Dios le infundió un alma espiritual, sustancia inmortal, capaz de entender, querer y sentir. Hecho a la imagen y semejanza de Dios, el ser humano es tan bello ejemplar, que la Santísima Trinidad lo amaba con infinito amor: tanto al hombre como a la mujer.

Sin embargo, los ángeles, superiores en naturaleza, no tenían nada qué envidiarles.

Como un ángel caído, Satanás o Belcebú, es decir, el príncipe de los demonios, al verse obligado a permanecer por un tiempo en la tierra, tomó la decisión de atacar indirectamente a Dios. Padre de la maldad como era y dueño temporal del mundo, enfiló su artillería mortífera contra los hombres, para hacerlos caer en el mal, y así destruir el orden establecido por Dios y llevárselos al infierno, morada eterna suya y de los demás ángeles malos.

Sabía que Dios creó al hombre por amor, y que lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; y sabía también que para esto el hombre había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador. Por eso tomó la forma de la serpiente, que era el más astuto de todos los animales del campo que Dios había hecho y dijo a la mujer:

–¿Es cierto que Dios les ha dicho: «No coman de ninguno de los árboles del jardín»?

La mujer respondió a la serpiente:

–Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, pero no de ese árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: «No coman de él ni lo prueben siquiera, porque si lo hacen morirán».

La serpiente dijo a la mujer:

–No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.

Sabía el demonio que esa tentación de ser como dioses, la misma en la que él cayó, sería una trampa mortal.

A la mujer le gustó ese árbol que atraía la vista y que era tan excelente para alcanzar el conocimiento. Tomó de su fruto y se lo comió y le dio también a su marido que andaba con ella, quien también lo comió.

Así fue como el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Por eso dijo Dios:

–Ahora el hombre se ha hecho juez de lo bueno y de lo malo. Que no vaya también a extender su mano y tomar del Árbol de la Vida, pues viviría para siempre.

Con esto quiso decir Dios que, por su pecado de soberbia, el hombre morirá. Aunque Dios no necesita para ser feliz ni del hombre, ni de sus servicios, es decir, su gloria es infinita y nada ni nadie puede menoscabarla; también es infinitamente justo y esa vana y ridícula presunción debía ser castigada.

Pero, infinitamente poderoso y justo, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Apareció en el cielo una señal grandiosa: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Es la Virgen María, que está embarazada.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad toma de ella la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.

El Padre entrega a su Hijo; este sacrifica su gloria y la compañía de su Padre, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en condición de siervo, de pobre, de niño.

Desde el primer instante de su encarnación se sometió a todas las miserias de la naturaleza humana.

Pasó por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sintió el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.

El amor lo hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fue humillado, despreciado, tratado con desdén, como «el hijo de un carpintero». ¡Cuántos días, después de haber soportado, Él y José, su padre adoptivo, una jornada de rudo trabajo, apenas tenían por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasó treinta años!

Más tarde, renunciando a los cuidados de su Madre, se dedicó a dar a conocer a su Padre Celestial. A todos enseñó que Dios es caridad.

Pasaba haciendo el bien a los cuerpos y a las almas.

A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida. A las almas les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que para rescatarlas, el Hijo de Dios iba a dar por ellas su Sangre y su vida.

Y, ¿cómo iba a morir?… ¿Rodeado de sus discípulos?… ¿Aclamado como bienhechor?… No, el Hijo de Dios no quiso morir así… El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres fue preso, maltratado, calumniado; el que venía a traerles la paz es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en Cruz entre ladrones. ¡Pobre, despreciado, despojado de todo!

¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!

Así Jesucristo cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.

Por fin había llegado la salvación para el hombre, el poder y el reinado de Dios, y la soberanía de su Ungido.

Al ver todo esto, el dragón se puso a perseguir a la Iglesia fundada por Jesucristo: vomitó de su boca como un río de agua detrás de ella —las fuerzas destructivas del mal— para que la arrastrara.

Enfurecido contra la Iglesia, comenzó a hacer la guerra a sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús.

¡Ay de la tierra y del mar!, porque el diablo ha bajado y grande es su furor al saber que le queda poco tiempo: a los hombres los seguirá atacando con las tentaciones, con las obsesiones y hasta con las posesiones.

Efectivamente, se dan casos —raros, por fortuna— de posesión demoníaca, que consisten en apoderamientos del espíritu del hombre por el espíritu de un demonio que obra en él como agente interno y unido con él.

Más frecuentes son las obsesiones, perturbaciones anímicas producidas por una idea fija que con tenaz persistencia asalta la mente. El dinero, el sexo, los placeres, una persona, una cosa…, son ejemplos de ideas fijas que con frecuencia asaltan y perturban a los seres humanos y que, a veces, los psicólogos o psiquiatras no atinan a diagnosticar ni a tratar.

Pero el más repetido de todos los ataques del diablo es la tentación, que consiste en una instigación o estímulo que induce o persuade a hacer, decir, desear o pensar una cosa mala. A las tentaciones estamos expuestos todos, y todos hemos sido víctimas de ellas, hasta el mismo Jesucristo.

Así, la intención destructora de los demonios sigue adelante: nada les importa más que disminuir, si pueden, la gloria de Dios y arrebatarle almas para que sean condenadas eternamente en el infierno.

 

La primera bestia

El padre de la soberbia y padre de la mentira no ataca de frente. Siempre engaña a sus víctimas, los hombres, con ofertas de beneficios temporales y con argumentos artificiosos, dobles. Siempre propone cosas aparentemente buenas. Siempre con mala intención.

Y, además, se inventó a las dos bestias:

«Entonces vi una bestia que sube del mar; tiene siete cabezas y diez cuernos, con diez coronas en los cuernos, y en las cabezas un título que ofende a Dios. La bestia que vi se parecía a un leopardo, aunque sus patas eran como las de un oso y su boca como de un león.

El dragón le entregó su poder y su trono con un imperio inmenso. Una de sus cabezas parecía herida de muerte, pero su llaga mortal se le curó. Entonces toda la tierra se maravilló, siguiendo a la bestia. Se postraron ante el dragón que había entregado el poderío a la bestia, y se postraron también ante la bestia, diciendo: “¿Quién hay como la bestia? ¿Quién puede competir con ella?”.

Se le concedió hablar en un tono altanero que desafiaba a Dios, y se le concedió ejercer su poder durante cuarenta y dos meses. Abrió, pues, su boca para insultar a Dios, insultar su Nombre y su santuario, es decir, a los que habitan en el Cielo. Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos; se le concedió autoridad sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Y la van a adorar todos los habitantes de la tierra, todos aquellos cuyos nombres no están inscritos desde la creación del mundo en el libro de la vida del Cordero degollado. El que tenga oídos para oír, que oiga: “El que está destinado a la cárcel, a la cárcel irá; el que está destinado a morir a espada, a espada morirá.” Esta es la hora de la perseverancia y de la fe para los santos.» (Ap 13, 1-10)

Siempre ha parecido oscuro a muchos este pasaje de la Sagrada Biblia. Y no es para menos. Se han citado poderes históricos, especialmente políticos, en los que de una u otra forma se encarnan las fuerzas del mal; se habla también de imperios, instrumentos socio–políticos, etc.

Pero si le echamos un vistazo sin prevenciones, con espíritu de humildad (sin pretender «saber» la verdad ni convertirnos en exégetas o profetas), con sencillez de corazón y pidiendo ayuda al Espíritu Santo, podremos desentrañar fácilmente el mensaje que Dios nos quiere manifestar:

Se trata simplemente de lo mismo que llevó a rebelarse a Lucifer —el demonio—, de lo mismo que llevó a pecar a nuestros primeros padres —Adán y Eva— y de lo que nos hace caer a todos los seres humanos: la soberbia o concupiscencia del espíritu.

Soberbia representada y manifestada de muchas formas, como se pasa a considerar:

 

Los griegos de la época de san Pablo

Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu hervía viendo la ciudad plagada de ídolos. Empezó a tener contactos en la sinagoga con judíos y con griegos que temían a Dios, hablando también con los que diariamente se encontraban en las plazas de la ciudad.

Algunos filósofos epicúreos y estoicos entablaron conversación con él. Unos preguntaban: «¿Qué querrá decir este charlatán?», mientras otros comentaban: «Parece ser un predicador de dioses extranjeros.» Porque lo oían hablar de «Jesús» y de «la Resurrección».

Lo tomaron y lo llevaron con ellos a la sala del Areópago, diciendo: «¿Podemos saber cuál es esa nueva doctrina que enseñas? Nos zumban los oídos con esas cosas tan raras que nos cuentas, y nos gustaría saber de qué se trata.» Se sabe que para todos los atenienses y los extranjeros que viven allí, no hay mejor pasatiempo que contar o escuchar las últimas novedades.

Entonces Pablo se puso de pie en medio del Areópago, y les dijo: «Ciudadanos de Atenas, veo que son personas sumamente religiosas. Mientras recorría la ciudad contemplando sus monumentos sagrados, he encontrado un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que ustedes adoran sin conocer, es lo que yo vengo a anunciarles.

El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él no vive en santuarios fabricados por humanos, pues es Señor del Cielo y de la tierra, y tampoco necesita ser servido por manos humanas; pues, ¿qué le hace falta al que da a todos la vida, el aliento y todo lo demás?

Habiendo sacado de un solo tronco toda la raza humana, quiso que se estableciera sobre toda la faz de la tierra, y fijó para cada pueblo cierto lugar y cierto momento de la historia. Habían de buscar por sí mismos a Dios, aunque fuera a tientas: tal vez lo encontrarían. En realidad no está lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como dijeron algunos poetas de ustedes: “Somos también del linaje de Dios”. Si de verdad somos del linaje de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a las creaciones del arte y de la fantasía humanas, ya sean de oro, plata o piedra.

Ahora precisamente, Dios quiere superar esos tiempos de ignorancia, y pide a todos los hombres de todo el mundo un cambio total. Tiene ya fijado un día en que juzgará a todo el mundo con justicia, valiéndose de un hombre que ha designado, y al que todos pueden creer, pues él lo ha resucitado de entre los muertos.»

Cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos, unos empezaron a burlarse de Pablo, y otros le decían: «Sobre esto te escucharemos en otra ocasión». Así fue como Pablo salió de entre ellos. (He 17, 16-33)

Se nota claramente en el relato una actitud prepotente de quienes tenían un contacto más o menos importante con la filosofía de la época. Es que el demonio fácilmente llena de presunción el corazón de los hombres que poseen algo de sabiduría humana —filosofía en este caso—, sobre todo si esos hombres no están prevenidos contra las mañas del demonio. La bestia de la vanidad los cautivó hasta el extremo de no querer aceptar la resurrección, pues ellos, en su sabiduría, ya habían sentenciado que no podía existir la resurrección.

Y, ¿de qué se perdieron con esa actitud? Nada más y nada menos que de la Revelación: no pudieron enterarse de que Dios los buscaba para darles la verdadera sabiduría, que consiste en la información sobre la creación de los hombres, la encarnación del Hijo de Dios y la redención del género humano; y todos sus esfuerzos por buscar la verdad habrían sido menores: era la verdad misma la que se les presentaba.

El desarrollo histórico de la filosofía es una de las muestras más fehacientes de uno de los atributos de Dios, puesto por Él en el hombre: la inteligencia. Como está hecho a imagen de Dios, posee también la inteligencia en un grado inferior, por supuesto; pero esa inteligencia fue desviada por la bestia del orgullo humano. Como se leyó en el texto precedente del Apocalipsis, el dragón le entregó el poder —en este caso, la inteligencia angélica— a esta bestia, y los hombres se postraron ante el dragón que había entregado esa sabiduría a la bestia, lo que se hizo evidente en el rechazo del mensaje de Dios; también en el relato se dice que los hombres se postraron ante la bestia y que decían: «¿Quién hay como la bestia? ¿Quién puede competir con ella?», que en este caso es la orgullosa filosofía de la época en Grecia.

Y el demonio se salió con la suya: casi ninguno de ellos supo de la mirada amorosa del Dios verdadero, casi ninguno se hizo hijo adoptivo de Dios con el bautismo, casi ninguno llegará al cielo. Solo unos pocos humildes accedieron a ese premio.

 

La negación de la Trinidad y de la divinidad de Jesucristo

El ser humano, criatura de Dios, es tan pequeño junto a su Creador, que ni siquiera puede comprenderlo y, si se sabe criatura y pequeña, no trata de hacerlo. Por otro lado, si los hombres llegaran a entender el misterio de la Santísima Trinidad, se podría afirmar que son, si no superiores, iguales a Él. Esto sería un absurdo, pues para que Dios sea Dios —perfecto y todopoderoso como lo es—, tiene que ser único y la fuente de todo ser.

Pero son muchos los que, por incitación de la primera bestia, se han declarado en contra de la Santísima Trinidad. Hoy, como antaño, se pretende corregir a Dios: se rechaza la existencia de la Santísima Trinidad y se niega la divinidad de Jesucristo. Veamos solo un ejemplo:

Con este repentino incremento del poder se despertaron las pasiones humanas y los resentimientos. Se mezclaron con el celo por la reforma religiosa, que seguía siendo la inspiración predominante del Profeta. En sus momentos de entusiasmo, este trataba de convencerse —y quizá lo consiguiera— de que el poder que se le había puesto al alcance de la mano era un medio de realizar su gran objetivo, y de que era voluntad divina que utilizara tal poder. Este es, al menos, el fondo del famoso manifiesto que publicó por esta época y que cambió por completo el tono y el destino de su fe.

«Diferentes profetas —decía— han venido en nombre de Dios a ilustrar sus distintos atributos. Moisés, su clemencia y providencia: Salomón, su sabiduría, majestad y gloria: Jesucristo, su justicia, omnisciencia y poder: su justicia por la rectitud de su conducta, su omnisciencia por el conocimiento de los secretos de todos los corazones, su poder por los milagros que realizó. Pero ninguno de estos atributos ha bastado para lograr la conversión, y hasta los milagros de Jesús y Moisés han sido recibidos con incredulidad. Por lo tanto, yo, el último de los profetas, soy enviado con la espada. Los que promulgan mi fe no deberán entrar en argumentaciones ni discusiones, sino acabar con todos los que se nieguen a obedecer la ley».[2]

Como se ve, la primera bestia sedujo a Mahoma, como a Eva y a todos los mortales, quien redujo a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, a un simple profeta, con lo cual ya no hay Trinidad.

Además, la bestia de la prepotencia pretendía que Mahoma coartara la libertad que el ser humano había recibido de Dios. Efectivamente, a quienes no lo quieren escuchar, a quienes lo rechazan, el Creador los ha dejado en libertad; a nadie ha forzado en toda la historia de la humanidad: Dios quiere que lo aceptemos libremente, que lo amemos libremente. Si no fuera así, habría hecho más animales, que no tienen libertad y que obedecen ciegamente a las leyes del cosmos. Esa fue la razón que lo llevó a crearnos: podemos decirle «sí» o «no»; con nuestro «sí» le daríamos mucha gloria. ¿Qué sacaría entonces con forzarnos?

Y si Dios no nos quiere forzar, ¿por qué la bestia sí?

Se pone de manifiesto de nuevo el poder —en este caso, militar— que el dragón le dio a la bestia. Otra vez parece que estamos escuchando las palabras del Apocalipsis: «¿Quién hay como la bestia? ¿Quién puede competir con ella?»: Es como si se dijera: ¿Quién puede contra el poderío militar del islamismo fundamentalista?

También es evidente otra frase del mismo texto: «Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos»: a partir del siglo VII, el Islamismo fundamentalista, con su fuerza militar, se desencadenó por doquier, destruyendo todas las antiguas comunidades cristianas, invadió a Europa y, solo por una intervención maternal y extraordinaria de la Virgen María, solicitada fuertemente por el Santo Padre, no logró destruir completamente a la cristiandad[3].

 

La desobediencia a la Iglesia

Muchas de las negaciones de las verdades fundamentales de la fe nacieron también inspiradas por la arrogancia de la razón:

Un monje de la Orden de san Agustín, sacerdote, teólogo, doctor en Sagrada Escritura y maestro de filosofía, fue también seducido por esta bestia que pone a la razón por encima del mismo Dios. En aquella época —1513 al 1517— la bestia le muestra los desatinos de algunos sacerdotes católicos (como hoy hace con muchos), para convencerlo de que debe realizar una reforma.

A la sazón, había algunos arzobispos príncipes germanos, olvidados de casi todo, menos del lujo, del dinero y del poder; se predicaban las indulgencias en favor de la construcción de la basílica de san Pedro y se recogían fondos que no solo llegaban a la basílica, sino a los bolsillos de muchos príncipes alemanes.

Poco antes se había operado en él un cambio radical, basado en el texto de san Pablo: «Seréis salvados por la gracia y por la fe» (Rm 3, 28). De dicho texto deduce que solo Cristo y sus méritos nos salvan y que nada sirven para ello las buenas obras, olvidándose de otras frases bíblicas que aclaran la idea[4], como la del apóstol Santiago, que dice que la fe sin obras está muerta, esto es, de nada y para nada sirve (Cf. 2, 14 ss).

El 31 de octubre de 1517 fija en la catedral de Wittemberg sus tesis y en 1520 rechaza la bula[5] papal y la quema en la plaza. Se separa de la Iglesia al desconocer al Papa, suprime el celibato, elimina algunos sacramentos, promueve la interpretación personal de los libros sagrados haciendo a un lado el Magisterio de los Pontífices romanos, elimina como fuente de la Revelación a la Tradición apostólica, hace reformas litúrgicas que afectan incluso lo instituido por Cristo mismo y niega la santidad de los canonizados, entre otras cosas. ¿Cómo no pensar en el texto del Apocalipsis: la bestia «abrió, pues, su boca para insultar a Dios, insultar su Nombre y su santuario, es decir, a los que habitan en el Cielo. Se le concedió hacer la guerra a los santos y vencerlos»?.

Con todo esto, logró la bestia que este hombre de quien se viene hablando, Martín Lutero, hiriera a la Iglesia de Jesucristo con el cisma más grande de su historia: nacen los protestantes, evangélicos o, como ahora se definen, cristianos; hermanos nuestros en la fe, pero separados de nosotros.

Pero la bestia no dejó en paz a Martín Lutero; lo instó a que cometiera más errores:

Al despedirse de la Liga de Esmalcalda (protestante) en 1546, Lutero afirmó refiriéndose a sus componentes: Deus vos impleat odio Papae: Dios os llene de odio al Papa[6].

Al Landgrave de Hesse le permite en 1539 contraer nuevo matrimonio viviendo su primera mujer, y le aconsejó que lo tuviera en silencio. Reaccionó Melancton contra ello, pero Lutero justificó la mentira: «Qué daño se seguiría si un hombre para llevar a cabo cosas buenas y por el bien de la Iglesia cristiana dijera una buena y fuerte mentira?» Un fin inmoral justificado por medios inmorales. Aquí se ve la trampa típica del dragón en la que caen todos los mortales.

Publicó en marzo de 1545 el escrito: «Contra el Papado de Roma, fundado por el diablo». En él llama al supremo jerarca de la Iglesia: «infernalísimo padre», «su infernalidad», y lo trata de histrión, «asno papal con largas orejas asininas», «pillo desesperado», «destruidor de la cristiandad y habitación corporal de Satanás, apóstol del demonio, autor y maestro de todos los pecados», «asno farsante y enemigo de Dios», «romano hermafrodita y papa de los sodomitas».

Muchos cristianos evangélicos se retiran de su Iglesia cuando leen estos escritos, ya que tanta maldad no destila un hombre de Dios. Y para que no quede duda acerca de que lo que lo movía a tanta maldad era el poder de la bestia, recibido del dragón, copiamos de allí mismo:

«Por eso se los debería tomar a él mismo, el Papa, a los Cardenales, y a toda la tropa de su idolatría y santidad papal, y como blasfemos, arrancarles la lengua por el pescuezo y clavarlos en sendas horcas por el mismo orden por el que han colgado sus sellos de las bulas. […] Después de esto se les puede dejar que celebren un Concilio o cuantos quieran, en las horcas o en el infierno con todos los demonios.»[7]

¿Cómo no traer a colación el Evangelio de Marcos 3, 22-30?:

Mientras tanto, unos maestros de la Ley que habían venido de Jerusalén decían: «Está  poseído por Belcebú, jefe de los demonios, y con su ayuda expulsa a los demonios».

Jesús les pidió que se acercaran y empezó a enseñarles por medio de ejemplos: «¿Cómo puede Satanás echar a Satanás? Si una nación está con luchas internas, esa nación no podrá mantenerse en pie. Y si una familia está con divisiones internas, esa familia no podrá subsistir. De igual modo, si Satanás lucha contra sí mismo y está dividido, no puede subsistir, y pronto llegará su fin. La verdad es que nadie puede entrar en la casa del Fuerte y arrebatarle sus cosas si no lo amarra primero; entonces podrá saquear su casa».

Está claro, por lo tanto, que a Lutero lo inducía el mismo dragón a dividir a la Iglesia. Además, si Jesucristo funda a la Iglesia y promete que el demonio no prevalecerá contra ella, ¿cómo permitiría luego un papa demoníaco, como dicen las palabras del reformador?

Según algunos analistas, lo peor vino después: a partir de ese siglo —el XVI—, la historia registra una proliferación de divisiones entre cristianos, una verdadera diáspora: fundación de innumerables Iglesias, Comunidades eclesiales, movimientos, grupos religiosos y sectas, de las más diversas denominaciones. Además, se fomentaron múltiples disputas entre ellos, primero en el orden teológico y luego en el orden personal, hasta llegar a matarse unos a otros «en nombre de la verdad».

El ejemplo de amor de Jesús y su doctrina acerca de que todos seamos uno, como Él lo es con el Padre celestial, es derribado por la bestia de la presunción cada vez que ocurre un altercado de esos, y llega a su clímax con los homicidios entre hermanos. La voz del Papa que clama para que hablemos de lo que nos une, que es menos que lo que nos separa, es desoída, mientras Satanás y su primera bestia se relamen de gusto.

Y esto se repite cada vez que un cristiano de cualquier denominación critica a otro: son instrumentos del mal.

 

La ilustración

Veamos, primero, en qué consiste este movimiento que evolucionó desde 1688 hasta 1830, pero que tiene inmensa fuerza en nuestros días:

Originado en Gran Bretaña, se extendió básicamente por Francia y después por toda Europa, propiciado por la independencia económica cada vez mayor de los intelectuales.

Fundaron sociedades científico–literarias y pusieron a funcionar una prensa periódica que se internacionalizó. Se proponían así «iluminar a la humanidad con las luces de la razón». Con ella se luchaba en contra de todo lo metafísico y de la moral, lo que llevó, incluso, a presentar la satisfacción de las pasiones para lograr la felicidad general. La felicidad se expresaba en varios campos: utilidad y placer, en el de la ética; interés, en el de la psicología; provecho, en el de la economía.

Además de la superstición, también combatieron las formas tradicionales de religiosidad basadas en la Revelación cristiana.[8]

Este movimiento es ya parte de la corriente conocida con el nombre de racionalismo, doctrina filosófica cuya base es la omnipotencia e independencia de la razón humana. Esto significa que la razón humana reemplaza a Dios.

Este sistema filosófico funda sobre la sola razón las creencias religiosas. Esto quiere decir que si la razón afirma que Dios existe o que no, esa es la última palabra, la verdad.

Se nota claramente aquí a la primera bestia, obra del dragón: «y en las cabezas un título que ofende a Dios», el título de hegemonía de la criatura sobre Dios. Lo peor de todo es que, casi el mundo entero, comenzó a creer en la bestia. «Se postraron ante el dragón que había entregado el poderío a la bestia, y se postraron también ante la bestia, diciendo: “¿Quién hay como la bestia? ¿Quién puede competir con ella?”». Hoy es impresionante observar la ingente cantidad de personas que creen que la materia y/o la energía crearon al universo, desde algunos que han oído o leído algo de esto hasta científicos de gran talla internacional o astronautas que descienden del espacio y dicen que estuvieron en el cielo y «no vieron a Dios».

Para estos ateos la pregunta es: ¿Y quién creó la energía o a la materia?

Pero fuera del ateísmo, otro hijo adoptivo del racionalismo, del enciclopedismo y del liberalismo, y que también tuvo como padres a los pastores protestantes ingleses James Anderson y J. T. Desaguliers, es la masonería, a la que han pertenecido hombres ilustres y de gobierno casi en el mundo entero.

Según los ritos inglés y escocés, la masonería es «un hermoso sistema de moral revestido de alegoría e ilustrado con símbolos». El artículo 1º de los Estatutos del Gran Oriente de Bélgica es algo más concreto: «una institución cosmopolita y en progreso incesante, que tiene por objeto la investigación de la verdad y el perfeccionamiento de la humanidad. Se funda sobre la libertad y la tolerancia, no formula dogma alguno, ni descansa en él».[9]

Uno de sus adeptos precisa más sus objetivos y la define así:

La Francmasonería es una asociación universal, filantrópica, filosófica y progresiva, que procura inculcar en sus adeptos el amor a la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes, los sentimientos de abnegación y filantropía y la tolerancia religiosa; que tiende a extinguir los odios de raza, los antagonismos de nacionalidad, de opiniones, de creencias y de intereses, uniendo a todos los hombres por los lazos de la solidaridad y confundiéndolos en un mutuo afecto de tierna correspondencia.[10]

Uno de los artículos fundamentales de la constitución de 1723 expresa así:

«Todo masón está obligado, en virtud de su título, a obedecer la ley moral; y si comprende bien el arte, no será jamás un estúpido ateo ni un religioso libertino. Así como en los tiempos pasados los masones estaban obligados, en cada país, a profesar la religión de su patria o nación cualquiera que esta fuese, en el presente nos ha parecido más a propósito el no obligar más que aquella en la que todos los hombres están de acuerdo, dejando a cada uno su opinión particular: a saber, ser hombres buenos y verdaderos, hombres de honor y probidad, cualquiera que sea la denominación o creencias con que puedan distinguirse. De donde se sigue que la masonería es el centro de unión y el medio de conciliar una verdadera amistad entre personas que [sin ella] permanecerían en una perpetua distancia.»[11]

Como se ve, esa filantropía, esa tolerancia y esa creencia en un ser supremo son inmensamente atractivas. Sin embargo, desde el punto de vista religioso tiene graves reparos: primero, el naturalismo y el racionalismo son su punto de partida; segundo, es una doctrina que reconoce un Dios como autor de la naturaleza, pero sin admitir revelación ni culto externo; tercero, niega la mayor parte de los deberes para con Dios; y cuarto, tiene una actitud que mira con indiferencia las creencias y prácticas religiosas, o no adopta ni combate doctrina alguna.

Así, todas las enseñanzas de la Iglesia no serían más que mitos de los que el hombre moderno y culto debe librarse. No es de extrañar que una de las metas más codiciadas de la secta sea la siguiente:

«Suprimir la sagrada potestad del Romano Pontífice y destruir por entero el pontificado, instituido por derecho divino.»[12]

La existencia de Dios, la espiritualidad e inmortalidad del alma, la distinción entre el bien y el mal, la recompensa y los castigos eternos y muchas otras verdades religiosas, que son como los fundamentos de la fe de la Iglesia Católica fundada por Jesucristo, se convierten pronto para los masones en producto de la superstición y del fanatismo. Aunque suelen hablar, por ejemplo, de un ser supremo con el nombre de Gran Arquitecto del Universo, este resulta bien distinto del Dios de la Revelación cristiana, trascendente al mundo, providente y personal. La tolerancia inicial con las diversas nociones de Dios va cambiando según se progresa en la escala jerárquica de la masonería. Leamos lo que el Gran Maestro recuerda al candidato en el momento de recibir el grado 13, en el rito Escocés Antiguo y Venerado:

«Cuando fuiste iniciado en nuestra orden manifestaste la idea de Dios según tu criterio y en armonía con tus creencias religiosas. Aunque aprobando nosotros tu manera de pensar sobre este importante asunto, deseamos que te sirvas amplificar aquellas primeras opiniones acerca de la existencia de Dios, y decirnos si has establecido alguna modificación a cuanto entonces expresaste, como consecuencia de los estudios masónicos o de los dictados de tu conciencia. Los Franc–masones no pueden fomentar la existencia de Dios en el concepto sometido al efecto por las religiones positivas, porque en este caso tendrían que mostrarse partidarios de una u otra creencia religiosa, y bien sabes que esto se opondría al principio de máxima libertad consignado en sus estatutos»[13]

Sumado a esto, la moral masónica y su filosofía difieren también substancialmente de sus respectivas católicas.

Por eso la Santa Sede la ha condenado repetidamente aunque, en la actualidad, su carácter sectario y anticatólico haya disminuido. Son doctrinas inconciliables.

 

La ciencia y la tecnología

Dice el texto sagrado: «Y la van a adorar todos los habitantes de la tierra.» ¿A quién? Al conocimiento humano, a los adelantos científicos, a la tecnología. Porque estos son tan impresionantes, que no acaba de salir algo novedoso, cuando ya está en estudio o a punto de salir otro.

Y, sutil como siempre, la diferencia entre admirar y adorar es velada por la bestia del endiosamiento: admirar la inteligencia humana es muy distinto a ponerla en el lugar de Dios. Por eso hombres y mujeres olvidan a su Creador, por eso se alejan de sus mandatos de amor, por eso se deshacen la moral y las buenas costumbres, y todo es sopesado por los avances científicos o tecnológicos con altanería: ya que lo último es lo mejor, todo lo pasado es malo, trátese tanto de aparatos electrónicos como de creencias religiosas; así, la religión católica es relegada al pasado con el rechazo consiguiente de la humanidad a todo lo que «significó».

Los dioses de la tecnología y la ciencia dominan las mentes de muchos hasta el punto de exigir para la fe pruebas científicas. Y no las hay, ya que su sentido primero y principal no es siquiera el de mero asentimiento intelectual a una verdad religiosa, sino el de vivencia existencial de esa verdad o, en otras palabras, el de adhesión vital a Dios. La fe remite, pues, al abandono en manos de Dios, en cuanto el hombre renuncia a fiarse de sí mismo y se confía totalmente a la palabra poderosa y providente de Dios. La fe es la primera de las tres virtudes teologales: luz y conocimiento sobrenatural con que sin ver se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone.

Esa petición de pruebas científicas, por tanto, es absurda y altanera, propia de la primera bestia, que procura aminorar a los límites de la razón algo tan grande y tan profundo.

De todo esto se deriva la conclusión de que el racionalismo es un peligro que asecha a todos los hombres.[14]

 

La teología presuntuosa

Toda teología que concluye en doctrinas contrarias a la de la Iglesia, que está asistida de continuo por el Espíritu Santo como Cristo lo prometió, está viciada de la primera bestia, que lo único que pretende es que nos alejemos de la verdad revelada, para que la serpiente nos gane para el infierno.

Hacia los años cincuenta, algunos teólogos presentaron como compatibles la fe católica y el marxismo; una década después, otros expusieron la llamada teología de la muerte de Dios, en la que decidieron que Dios había muerto; por esos mismos años, otros plantearon lo que hoy se llama la secularización, en la que reducen lo sacro a mundano, es decir, todo lo sagrado pierde ese sentido (desafortunadamente esta idea prevalece hoy en muchos ambientes); otra teología suscitada por la bestia es el que se conoce con el nombre de lefebrismo, que no aceptó al Concilio Vaticano II, rechazó de plano todo lo que el Espíritu Santo, prometido por Jesús a sus apóstoles, mostró a los obispos, apóstoles de hoy; se puede citar aquí también al neomodernismo, que consiste en poner en tela de juicio todas las verdades doctrinales, y a muchas otras formas de presunción en las que cayeron ingenuamente muchos (y en las que seguirán cayendo, si no se conoce bien al enemigo y sus armas), produciendo así terribles daños a la Iglesia de Jesucristo.

 

La Nueva Era o esoterismo

La Nueva Era se nos presenta como una «nebulosa» de corrientes, grupos y doctrinas no muy bien definidas, pero que representa una utopía de un próximo futuro maravilloso de la humanidad. Acaba la era de Piscis (la era cristiana) y comienza la era de Acuario.

Estrictamente nadie es fundador de la Nueva Era, ni hay un libro básico o sagrado que la defienda, ni una jerarquía que la dirija, ni una organización que le dé forma. Se trata de un ambiente, un clima, una atmósfera, una nueva sensibilidad espiritual. No obstante su mayor desarrollo se ha logrado en USA y Europa occidental, y en él han influido pensadores, psicólogos, artistas, médicos, sociólogos, ecólogos, etc.

Es una mezcla de elementos tomados del brahmanismo, del gnosticismo, de la masonería, del ocultismo y de diversas escuelas filosóficas y psicológicas. Los puntos doctrinales principales son:

  1. Todo es uno. No existe realmente diferencias entre las personas y los animales, entre los humanos y los minerales, entre el Creador y la creación. Hay unidad de cuerpo, mente y espíritu. Lo único que separa al individuo de su estado divino es un simple momento de meditación.
  2. Todo es Dios.
  3. Todos somos dioses, por lo tanto no podemos pecar.
  4. El hombre se reencarna, no muere una vez (Hb 9, 27) y resucita, como dice la Iglesia Católica.
  5. Uno se salva por la «iniciación» y prácticas psicológicas, místicas y esotéricas (meditación, relajación, etc.), contrario a lo dice el catolicismo: que Jesucristo salvó al hombre.
  6. Jesucristo es uno más de los dioses intermedios que en figura humana ilumina los senderos de los hombres, como Moisés, Buda y otros.

Con esto se comprueba el deseo velado de destruir por completo toda creencia en la fe católica.

Lo peor de todo esto es que son muchos los católicos que leen libros y revistas, y asisten a conferencias donde, poco a poco, se reemplaza su fe por otra completamente distinta, como se ve.

Es de notar que tanto seguidores como propulsores ignoran ingenuamente las tremendas diferencias existentes entre las dos creencias:

Muchas de las afirmaciones de la Nueva Era van contra principios fundamentales de la Iglesia Católica, así: se explican de manera distinta la creación y la salvación, se rechaza el magisterio de la Iglesia y su forma institucional, se deforma la interpretación de la Biblia o los escritos de místicos cristianos, se descarta la responsabilidad moral de la persona humana y la existencia del pecado.

Tal vez el mayor peligro de la Nueva Era es el relativismo religioso, espiritual y moral a que nos induce. Dejamos de ser personas responsables y conscientes para encontrar en el ejército anónimo e «iluminado» del todo–es–uno que corre velozmente al nirvana anónimo de la energía suprema.[15]

 

La superstición

La superstición es la creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón o, también, la fe desmedida o valoración excesiva respecto de una cosa, como la superstición de la ciencia, de los horóscopos, de la carta astral, líneas psíquicas, etc.

También caben aquí los agüeros, que consisten en prácticas de adivinación utilizadas por pueblos supersticiosos, y basadas principalmente en la interpretación de señales como los fenómenos meteorológicos, muy en boga en la actualidad: presagios o señales de cosa futura, pronósticos favorables o adversos…

Se podría decir, sin temor a equivocarse, que en el mundo hay ahora más adivinadores, especialistas en cartas astrales y brujos, que físicos, astrónomos y matemáticos. Pero, ¿tienen la razón?

«Y la astrología no ha podido comprobar por qué personas nacidas en el mismo lugar y a la misma hora no se parecen en nada, si sobre la base de su «ciencia» deberían tener una personalidad similar.

Edgar Wunder, un científico alemán que ha realizado cientos de estudios sobre la base horóscopo concluyó recientemente que no hay pruebas concretas sobre la influencia astral en los individuos. Para Wunder, no hay estadísticas fiables que demuestren que, por ejemplo, los Libra son ricos emocionalmente o que los Géminis, infinitamente curiosos, como se deriva de sus respectivos signos zodiacales.

Varios científicos se han dado a la tarea de demostrar que el horóscopo es una invención del hombre, y que en nuestros días, la astrología se está convirtiendo en una nueva religión más ciega que otras tradiciones ancestrales. Para el científico estadounidense John Mc Gervey no hay ningún patrón científico que dé características iguales a los nacidos en las mismas fechas. Mc Gervey estudió las fechas de nacimiento de 16.000 hombres de ciencia y de 5.000 políticos relevantes para establecer si existía un denominador común, pero no encontró ninguno pues los nacimientos se habían producido aleatoriamente a lo largo del año.

  1. O. Abel también estudió el asunto. Analizó más de 12.000 nacimientos en un hospital de Estados Unidos, durante un período de 51 ciclos lunares desde 1974 hasta 1979, y no encontró correlación alguna entre las fases lunares.

El científico de la universidad de California Shawn Carlson envió tres perfiles de personalidad anónimos a treinta astrólogos de todo el mundo, para que adivinaran cuál de los tres correspondía a un cliente suyo. Tan solo acertaron en tres casos. La misma proporción que si hubieran escogido los perfiles al azar.»[16]

En consecuencia, la superstición no solo está en contra de la doctrina de la Iglesia fundada por Jesucristo, sino que no tiene sustento racional.

 

La psicología

Últimamente se cree mucho que los problemas que se tienen con el demonio son cosas psicológicas. Y lo creen muchos de los sacerdotes.

Por eso, el Santo Padre se manifestó al respecto hace poco diciendo que los ordenados no deben convertir el confesionario en un consultorio psicológico.

Por ese descuido puede colarse la bestia y trastornar los planes de Dios. El discernimiento es el don que se debe pedir al Espíritu Santo cuando hay dudas y, siempre, descartar los problemas psicológicos remitiendo al penitente–paciente a un especialista.

 

Los carismas

El Espíritu Santo se manifiesta en miles de formas, desde la época de los primeros cristianos hasta nuestros días.

Su acción en las almas varía desde las mociones interiores hasta el éxtasis y los estigmas, acciones que se verifican en la historia de los dos milenios de cristianismo.

En la simple oración se mezclan, muchas veces, sentimientos emotivos o afectivos, impulsos de Dios, instigaciones, sugestiones, deseos que inducen al alma a hacer algo de manera súbita, sin reflexionar.

El discernimiento, de nuevo, es el único que puede responder si estos son producidos por el Espíritu Santo, por la psiquis del individuo (afectada también por el pecado original) o por los demonios. Para lograr el don del discernimiento conviene estar, primero, en gracia de Dios; segundo, pedir insistentemente al Espíritu Santo, a la Virgen María —trono de la sabiduría—, y a los ángeles y a los santos; y tercero, ilustrarse debidamente al respecto[17].

 

Conclusión

Son muchos más los modos de acción de esta primera bestia del Apocalipsis, pero sería inagotable describirlos todos.

Además, todos hemos caído en su trampa, no una vez, sino miles de veces.

Se puede decir que una cosa hay que sobresale al describir a esta bestia: la soberbia, el pecado de Luzbel, de nuestros primeros padres y, también el nuestro; soberbia que se manifiesta en innumerables formas: unas veces como altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros (prestigio, aplausos, renombre…); otras como satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias cualidades con menosprecio de los demás (la vanidad, el engreimiento, la jactancia, el endiosamiento, la pedantería…); otras como arrogancia, orgullo, altanería, impertinencia o prepotencia; otras como cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas; otras negando la existencia del demonio y del infierno… En fin, soberbia de la vida, como escribió san Juan (1 Jn 2, 16) o concupiscencia del espíritu.

 

 La segunda bestia

 Para colmo de los males de los hombres, hay otra bestia que se une a la primera para ayudar al dragón en su lucha por ganarnos para el infierno.

Se trata de la concupiscencia de la materia, aliada al demonio, que logra grandes bajas en los católicos: la concupiscencia de los ojos y la concupiscencia de la carne (1 Jn 2, 16), es decir, el deseo de bienes terrenos y el apetito desordenado de placeres deshonestos, son la carta de presentación de la segunda bestia.

«Vi luego otra bestia que surgía de la tierra y tenía dos cuernos de cordero, pero hablaba como un dragón. Esta segunda bestia está al servicio de la primera, y dispone de todo su poder y autoridad; hace que la tierra y todos sus habitantes adoren a la primera bestia, cuya herida mortal ha sido curada. Realiza grandes prodigios, incluso hace descender fuego del cielo a la tierra en presencia de toda la gente.

Por medio de estos prodigios que le ha sido concedido obrar al servicio de la bestia, engaña a los habitantes de la tierra y los persuade a que hagan una imagen en honor de la bestia que, después de ser herida por la espada, se recuperó. Se le concedió dar vida a la imagen de la bestia, hasta el punto de hacerla hablar y que fueran exterminados todos los que no la adorasen.

Hace, pues, que todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se pongan una marca en la mano derecha o en la frente; ya nadie podrá comprar o vender si no está marcado con el nombre de la bestia o con la cifra de su nombre.

¡Vean quién es sabio! El que sea inteligente, que interprete la cifra de la bestia. Es la cifra de un ser humano, y su cifra es 666.» (Ap 13, 11-18)

 

El materialismo

Es la doctrina según la cual la única realidad verdadera es la materia, pero a veces, se manifiesta como la tendencia a dar importancia primordial a los intereses materiales.

De aquí se desprende la distinción de dos ateísmos: el teórico, practicado por los que no aceptan la existencia de Dios; y el práctico, que consiste en vivir como si Dios no existiera, aunque se diga pertenecer a una religión o creencia determinada.

Esta segunda forma de ateísmo, mucho más extendida en el mundo, es ejercida por muchos cristianos: actúan, hablan y piensan como si Dios no existiera, y es clásica de la segunda bestia, ya que es una forma velada en la que quien la practica se autoengaña.

¿Cuántos seres humanos viven así? Es imposible decirlo con certeza, pero basta un examen personal serio y veraz para comprobar que, aun viviendo como católicos responsables, el hombre actúa como un materialista en muchas ocasiones durante el día.

El deseo desordenado de las cosas materiales, la tendencia exagerada por su posesión, la mayor preocupación por las cosas o por el dinero que por la santidad; el comprar sin medida, el pasar por encima de los derechos de los demás para adquirir ganancias materiales, el ansia desmedida por el poder —poder para servirse a sí mismo, no para servir a los demás—, la angustia cuando no se tiene lo necesario; la preponderancia del afán de poseer sobre los sentimientos nobles, sobre la moral o las buenas costumbres, sobre el amor fraternal propio de los cristianos, son todas muestras de un materialismo velado que opacan la esencia del mensaje divino, poniendo más importancia a las cosas pasajeras.

En resumen, el tener puesto por encima del ser.

 

El hedonismo

La segunda expresión de esta bestia es hacer proclamar a muchos el placer como fin supremo de la vida. El hedonismo es otra forma de dejarnos cautivar por esta segunda bestia, creada por el demonio, y que guarda mucha relación con el materialismo, doctrina que puede alcanzar para nosotros ese placer.

Los medios de comunicación han sido un instrumento eficaz para la segunda bestia, muy especialmente la televisión y la Internet, que forman a los niños en una cultura machista, materialista y hedonista. Efectivamente, se exalta la genitalidad como placer máximo; el disfrutar, como una de las metas más añoradas; el descanso, como oposición al trabajo servicial para la sociedad que crece; en fin, es el culto al dios cuerpo.

La televisión y la Internet, entonces, habiendo salido de la facultad intelectual del hombre y buenas por eso, se convierten en un terrible medio de seducción y de perversión. Por eso el texto del Apocalipsis dice: «…una imagen en honor de la bestia […] Se le concedió dar vida a la imagen de la bestia, hasta el punto de hacerla hablar.» Es lógico deducir que en la época en que se escribió este libro —hacia el año 100— nadie imaginaba que existiría la televisión o la Internet, aparatos con “vida” (la electricidad, energía que la hace funcionar), que habla y que, aunque tiene cosas útiles, positivas y buenas, difunde por todas partes las tinieblas del pecado y de la impureza, fomentando una cultura de la muerte, la destrucción de la dignidad de la mujer, el deterioro de la familia como institución y como célula de la sociedad, la disminución de los valores morales, la superficialidad, la pereza, la gula…

Pero, por encima de todo, la televisión y la Internet inducen principalmente a tres yerros:

  1. La abulia en los jóvenes, falta de voluntad o disminución notable de su energía, con la que se hacen susceptibles para las otras dos:
  2. La codicia y
  3. La lujuria.

Los tres se oponen radicalmente a la aspiración que Dios tiene de que oigamos su llamado hacia la otra vida.

Y bien se puede ver que el demonio ha conseguido en gran medida su finalidad: el hombre se olvida de su fin último y se concentra en las cosas pasajeras, dejando a un lado la lucha necesaria para llegar a gozar de la felicidad eterna en el cielo. Y gana el demonio.

Es fácil, entonces, repasar la descripción hecha en el Apocalipsis, para encontrar lo que indica hoy la segunda bestia:

Cuando Juan en el Apocalipsis afirma: «Vi luego otra bestia que surgía de la tierra»: quiere dar a entender que, como la primera bestia surgió del mal (el mar era para los antiguos la fuente del mal), esta surgió de la tierra, es decir, surgió con apariencia de bien y de la inteligencia humana.

«Y tenía dos cuernos de cordero»: el cordero simboliza un sacrificio, una inmolación, como la del cordero pascual de los israelitas o la de Cristo, nueva pascua. El sumo sacerdote del Antiguo Testamento llevaba dos cuernos y dos cuernos tiene la mitra de los obispos: mientras que la bestia negra, semejante a una pantera, indica la masonería, la bestia con dos cuernos semejante a un cordero indica la masonería infiltrada dentro de la Iglesia, masonería eclesiástica, incluso difundida entre los sacerdotes.

Su intención es destruir a Cristo y a su Iglesia, por medio de un falso cristo y una falsa iglesia. Así pretende oscurecer su divina Palabra por medio de interpretaciones naturales y racionales y, con el pretexto de volverla más comprensible y aceptada, la vacía de todo contenido sobrenatural, difundiéndose los errores que alejan a muchos de la Fe.

Se cumple así lo predicho por la Virgen en Fátima: vendrán tiempos en los que muchos perderán la verdadera Fe, es decir, los tiempos de la apostasía: negación de la Fe de Jesucristo recibida en el bautismo.

Astutamente, diabólicamente, se justifica el pecado, presentándolo como un bien y, por tanto, sin necesidad de ser confesado. Y si son pocos los que se confiesan, el demonio gana.

Luego, se ataca para destruir la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, con el falso ecumenismo. Según ellos, cada religión posee una parte de la verdad, por tanto, deben fusionarse todas en una nueva religión universal que diluya la que Dios ha revelado. Y Satanás gana.

Se minimiza el valor sacrificial de la Santa Misa, se niega la presencia real de Jesús en la Eucaristía y se procura eliminar el respeto mostrado por el culto al Santísimo Sacramento… Y el demonio gana.

Quiere decir esto que ya se inició, velada pero verdaderamente, el tercer ataque de la segunda bestia a la Iglesia: infiltrados, los enemigos, están tratando de destruir a la Iglesia de Jesucristo.

Muchos no se han dado cuenta de esta gran batalla que solo se libra, porque no produce alboroto, en los ámbitos interiores de la Iglesia y de las almas cercanas a Dios; pero basta levantar un poco el velo que nos oculta las cosas espirituales para observar lo que está sucediendo:

  • Muchos de los pastores —sacerdotes y, a veces, incluso obispos— no están unidos al Papa: están preocupados exclusivamente por problemas sociales y olvidan lo principal: la Redención y la salvación de las almas. Así nació, por ejemplo, la teología de la liberación, verdadera traición a Cristo y a su Evangelio.
  • Se eliminó, terminada la celebración de la Eucaristía, la oración al pie del altar a san Miguel arcángel, con lo que Satanás ya no es atacado con tanta eficacia por ese ángel que ya lo derrotó en el cielo. ¡Qué gran descalabro para la Iglesia!
  • Se rechazan sistemáticamente los exorcismos (aun los privados, que no tienen necesidad de hacerse con el permiso de los Pastores). Por el contrario, Jesús ordenó a sus sacerdotes que los hicieran (Mt 10, 8). Además, los ritos del bautismo, tanto el de niños, como el de adultos, expresamente los conserva.
  • Se propicia el olvido y el rechazo a las devociones a la Virgen, a los santos y a los ángeles, presuntamente porque minimizan la verdadera devoción a Dios.
  • No se tiene en cuenta la acción redentora del trabajo y del sufrimiento.
  • Se suscita la desobediencia a la Iglesia: el aborto, la eutanasia, el uso de anticonceptivos o la esterilización, el divorcio, etc., se usan para afirmar que la Iglesia es retrógrada y que no está aceptando los avances científicos; todo esto incluso en boca de algunos sacerdotes.
  • Se niegan insistentemente, sin esperar el dictamen de la Iglesia, las apariciones de Dios, la Virgen, los santos y los ángeles, y las revelaciones privadas, en aras de defender la integridad de la Fe, coartando a Dios todopoderoso su libertad. Como si Dios tuviera que pedirles permiso a los sacerdotes presuntuosos para hacer lo que le plazca.
  • Se hacen celebraciones litúrgicas sin seguir las normas establecidas.
  • No se enseña a los fieles a seguir esas normas (la gente no sabe cuándo estar en pie, sentados o arrodillados, ni qué significan esas posturas), propiciando así el desorden, velado, pero eficaz.
  • Se delegan funciones sacerdotales a los fieles sin la menor preparación.

Así gana Lucifer.

Todo esto se da en el interior de la Iglesia, a través de la «masonería» eclesiástica, indicada en estos tiempos por la segunda bestia.

Desde afuera, los medios de comunicación, en manos de la primera bestia (la masonería no infiltrada en la Iglesia) hacen otras cosas:

  • Atacan en forma sistemática al Papa y a la jerarquía, sin razones válidas o, incluso, sacando «los trapos sucios» a la luz pública.
  • Sostienen y premian a los que vilipendian y desobedecen al Papa.
  • Propagan las críticas y oposiciones de los obispos.
  • No les interesa que se busque la verdad, allanando así el camino para el desarrollo del subjetivismo moral (lo bueno es lo que yo crea que es bueno) y del relativismo moral (lo bueno o lo malo depende de las circunstancias).
  • Tachan a la Iglesia de retrógrada cuando ella se manifiesta en contra de algunas investigaciones sobre la vida porque degradan al ser humano: afirman que la Iglesia se opone al progreso científico.
  • Dan un enfoque a la educación que va en contra del hombre y de su dignidad como hijo de Dios.

En este campo es conocida en el mundo entero la orientación que le dan a la sexualidad, en la que todo está permitido (incluso la homosexualidad, que es normal para ellos). Lo único que importa es que los jóvenes no adquieran sida o enfermedades de transmisión sexual, y que las muchachas no queden embarazadas.

  • Ponen al dinero como una finalidad: «la plata por la plata», no importa a qué precio: si es necesario que caigan el hombre y sus valores, que caigan, con tal de obtener ganancias.
  • Suscitan una avalancha de erotismo y pornografía que deteriora el valor de la mujer, alma de la familia, con lo que se deteriora la sociedad y, con ella, el mundo.

Y la serpiente gana.

Además, ya en forma más agresiva pero oculta, paulatinamente se está dando paso al satanismo: ya no son raros los sitios en el mundo donde se realizan misas negras, culto diabólico y sacrílego, y actos innombrables y obscenos hacia la Santísima Eucaristía… Y, ¿quién gana?

 

El ejército para vencer

En la descripción apocalíptica del dragón, es necesario hacer algunas aclaraciones:

«Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra.

El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.

Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado.

Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 3-6; 13-18)

El dragón es rojo, color que significa guerra, sangre, y se encarna en el comunismo ateo que ha rechazado a Dios, llamado también ateísmo marxista. Los diez cuernos son los medios de comunicación, utilizados por las siete cabezas, es decir, las naciones que han sido comunistas.

La acogida con la Fe a la Palabra de Dios y la Palabra vivida (con la gracia y la Caridad) son las dos alas de la gran águila. Se refiere esta águila más específicamente al Evangelio de san Juan, que explica de un modo admirable la Palabra divina.

El desierto, que significa silencio, ocultamiento, es el corazón y el alma de todos aquellos que acogen a María.

Ahora bien, el río de aguas que botó el dragón tras la Mujer son las doctrinas teológicas que tratan de oscurecer la figura de María, Madre de la Iglesia, negando sus privilegios, redimensionando la devoción a ella y ridiculizando a todos sus devotos (basta recordar el rechazo constante a sus apariciones o a las mociones interiores recibidas por algunos, en aras de la defensa de la doctrina de la Iglesia, haciendo a un lado la experiencia eclesial que aceptó y confirmó ya varias de sus apariciones, como las acaecidas en Lourdes y en Fátima).

Se forma con esto una parte de la humanidad atea, materialista, egoísta, hedonista, árida y fría.

Pero, como se vio, hay otros que sí «observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús» y que, además, acogen a María.

Ahora sí se puede ver el mundo como es en realidad:

Dos ejércitos: uno, al mando del dragón y las dos bestias; y otro, capitaneado por la Virgen–Madre: Madre de Dios y Madre nuestra.

Por eso, la vida de los hombres no es otra cosa que un combate diario en el que se juegan su paz, su dicha y su felicidad eterna en el cielo.

Lucha contra el dragón, que «con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra», lo que quiere decir que una tercera parte de los ángeles creados por Dios apoyaron al dragón y están en la tierra haciendo daño a los hombres, cada cual de acuerdo con su poder, pues los hay de distintas categorías, más y menos poderosos, atacándonos con sus armas, especialmente con las tentaciones, como se podrá leer en el siguiente capítulo.

Por eso mismo, esa pelea es simplemente una prueba que se lleva a cabo en tres áreas: la prueba de la Fe, la prueba de la obediencia a la Ley de Dios y la prueba de Amor.

Prueba de la Fe en la existencia de Dios, en los misterios de la Encarnación y la Redención y en la Revelación custodiada por Iglesia que Él fundó.

Prueba de obediencia a las leyes de Dios y a las de su Iglesia.

Prueba, en fin, de amor a Dios y a nuestros hermanos.

Una lucha entre los demonios y el hombre y, por eso, desigual: aquellos son superiores; pero Dios, infinitamente amoroso, no nos abandona, no nos deja solos: nos regala, a cada uno, un ángel guardián, para equilibrar las fuerzas. Basta que lo invoquemos, para que esté ahí, presto a auxiliarnos.

Además, nos da la gracia santificante con el Sacramento del Bautismo, nos la devuelve cuando la hemos perdido con el Sacramento de la Reconciliación (la confesión) y nos fortalece con el Sacramento de la Comunión: de allí sacamos fuerzas para esa guerra, tan importante que del resultado depende nuestro futuro eterno.

Pero hay más: el Sacramento de la Confirmación hace de nosotros soldados aptos para el combate y entrenados para él.

El Sacramento del Orden Sacerdotal hace de los presbíteros unos oficiales probos y calificados para tomar decisiones más importantes y para asestar golpes a los demonios, con sus bendiciones y sus exorcismos privados.

Los generales son los obispos que, con la plenitud del Orden Ministerial, dirigen la lid y orientan a todos por el camino acertado.

Tanto los obispos, como los presbíteros, es decir, todos los sacerdotes, poseen una ayuda adicional a las gracias otorgadas por la ordenación: un arcángel ministerial.

Y los casados son fortalecidos con el Sacramento del Matrimonio.

Pero solo con soldados obedientes, soldados en orden de batalla, soldados hechos a toda prueba, soldados dispuestos a todo, seremos capaces de vencer las escaramuzas que nos plantea el enemigo.

Así, la vida del verdadero cristiano se convierte en una aventura real, más atractiva que la de cualquier película, con batallas que se ganan y otras que se pierden. Pero como lo que nos estamos jugando es la vida eterna, no conviene perder la guerra. Es esta la guerra más importante de la vida, ¡de la única vida que tenemos! Vale la pena el entrenamiento de los hijos de Dios, cueste lo que cueste.

¡Vale la pena la victoria final, cueste lo que cueste!

En este encuentro marcial tenemos una esperanza gigantesca en el triunfo, porque pertenecemos al ejército triunfador: el de María. Además, Dios está con nosotros; entonces, ¿quién podrá contra nosotros?

 

Las estrategias de batalla

 

Sin embargo, es imposible ganar una guerra sin conocer bien al enemigo: sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

Como se verá a continuación, las estrategias más eficaces en contra de Satanás y sus secuaces son exactamente las opuestas a las que él utiliza:

 

El desapego

Si en la lucha cuerpo a cuerpo un combatiente tiene ropa, de ahí se puede agarrar el enemigo para derribarlo.

Así sucede en el corazón de quienes están apegados al dinero y los bienes materiales.

El apego consiste en la afición o inclinación hacia algo de lo que no se quiere prescindir. Se trata de un amor desordenado, porque, en medio del fragor de la lucha, solo debe importarnos ganar: si nos distraemos «amando» el dinero o a las cosas, el enemigo nos puede asestar uno o varios golpes, que pueden ser mortales.

Además, estos ángeles malos —tan sagaces—usarán ese apego en nuestra contra: verán cuánto nos atraen las cosas materiales, e irán haciendo que nuestro corazón sea conquistado por ellas, cada vez más, hasta hacer de nosotros unos esclavos del dinero o de las comodidades, del bienestar…

Ser libre significa ser dueño de sí mismo, no dejarse dominar por los instintos, poder hacer lo que se quiera, poder decir que no. El hombre libre es capaz de negarse placeres, bienes y hasta necesidades para lograr lo que más anhela. Así han alcanzado sus metas los grandes hombres de la historia: con base en su fuerza de voluntad, en negaciones, en sacrificios, si son necesarios.

Y un guerrero debe ser libre; y si la lucha es para ganar la Vida eterna, más.

Solo se es libre cuando no se está apegado a nada; cuando se usan las cosas como si fueran prestadas; cuando se las considera medios, no fines: medios para vencer al demonio y a los suyos, medios para ayudar a los demás en esa lid, medios para enriquecer interiormente a los hijos de Dios.

Es que la riqueza es una prueba, difícil de superar sin sentir avidez por ella, o sin tener soberbia, sin egoísmo, porque la riqueza es para compartir con quien no la posee, no para vanagloriarse. Es la prueba más difícil para el alma; y esto a muchos podrá parecer extraño.

Lo mismo sucede en el corazón de quienes están apegados a sus cualidades y a sus triunfos. En eso tendrá Satanás un arma poderosísima: llenando de su ego el corazón de los que están apegados a sí mismos, los hará débiles y cobardes para la contienda. Concentrados en su soberbia, llenos de sí, serán títeres en sus manos, fáciles de vencer. El deseo de algunos sacerdotes, por ejemplo, de «hacer carrera» en la Iglesia subiendo escalones (buscando ser nombrados obispos o cardenales, o poder) para llenar su ansia de vanidad o de bienes, es su perdición.

Pero el apego también puede darse hacia las personas. Si los seres queridos desvían nuestra atención de la lucha, si nos ocupamos de ellos y de sus cosas antes que de salvarnos y salvarlos, podemos estar seguros de que lo que sentimos por ellos no es amor verdadero sino apego, desastroso para nuestra felicidad y para la suya. Es que el diablo hace confundir nuestros sentimientos y desordena nuestras mentes, porque amar es hacer todo lo necesario para conseguir la felicidad del que se ama; no solo es sentir, ni mucho menos apegarnos, dejando a un lado lo más importante para la felicidad propia y ajena.

Por eso, la Iglesia siempre ha propuesto una palabra como uno de los pilares en donde se asienta tanto el soldado, como el oficial o el General del ejército de los hijos de Dios: la pobreza espiritual, que es —precisamente— de lo que se trata el desapego.

Para lograr esta pobreza, es necesario que todos los que pertenecemos a este grupo de militantes nos pongamos en guardia: que atisbemos, por más pequeño que sea, cualquier asomo de apego y que lo reduzcamos o lo eliminemos lo más pronto posible, antes de que tome fuerza.

Para eso es indispensable un examen cotidiano.

¿A qué estamos apegados?, ¿a quién? ¿Vivimos con sobriedad? ¿Qué tenemos superfluo?, ¿qué nos sobra? ¿Qué nos duele cuando lo perdemos?, ¿de la falta de qué nos quejamos? ¿Qué usamos por complacencia y qué para servir? ¿Recordamos que los bienes que tenemos son prestados?…

 

La confianza

¿En qué confiamos?, ¿en quién?

Si confiamos solo en Dios y en la intercesión de la Santísima Virgen, los ángeles y los santos, tendremos un sistema de batalla efectivo; si, por el contrario, fundamos nuestras esperanzas en otras cosas o personas o en nuestras capacidades, Belcebú se encargará de que esas cosas, personas o capacidades sean nuestro revés.

Mi inteligencia, mi sagacidad, mi capacidad de persuasión, mis ideas, si no están en consonancia con las instrucciones de los oficiales a cargo —los obispos—, podrían llevarme al camino de Satán, no al de Dios.

Aquella línea psíquica, ese adivino, ese análisis de la carta astral, la energía cosmológica nombrada por la Nueva Era, la penca de sábila, las velas de determinado color, el azúcar puesto o regado por determinados lugares…, significan que, además de Dios, necesito otras cosas con fuerzas misteriosas para lograr lo que ansío. Dios me es insuficiente. En esas condiciones ya soy un esclavo de Lucifer, puesto que la soberbia guía mi vida.

¿En quién debe confiar un soldado?

«¿Estoy seguro de Aquél que es bondad y misericordia?, ¿de Aquél con el cual vivo día y noche?, ¿que me conoce y que conozco?, ¿que me ama y que amo? ¿Conocí mejor su Corazón? ¿Lo esperé todo de Él?»[18]

Así destruimos efectivamente una de las mejores estrategias del maligno.

 

La humildad

¡Qué tal si cada soldado escogiera las estrategias y las armas para el encuentro!

Exactamente lo opuesto a la estrategia principal del anticristo, la soberbia, la táctica más útil para vencerlo fue la que usó María: la humildad.

Miremos su vida: sencillez, simplicidad, silencio, poco lucirse y, sin embargo, ¡cuánta efectividad la de la Corredentora por excelencia!

«He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). ¡Y el Hijo de Dios se hizo hombre! ¡Qué eficacia la de la humildad!

–Soldado, oficial, General, ¿quieren vencer rápido y efectivamente?

¿Se dan cuenta de que sus virtudes son solo préstamos?

¿Cuánto han ocultado su ego?, ¿se «mostraron» a los demás?

¿Actuaron ustedes o lo dejaron actuar a Él?

¿Hablaron hoy de ustedes mismos?

¿Pensaron en su imagen?, ¿la defendieron?

¿Dieron excusas cuando les criticaron su comportamiento o sus palabras?

Por este flanco es por donde más vence el enemigo. ¡Alerta!

 

La obediencia

«¿Obediencia? —se preguntan con tono despectivo los prisioneros del demonio— ¡eso es cosa del pasado!»

En medio de esa misma rebeldía, Luzbel se convirtió en el dragón; de bella luz pasó a ser el enemigo de Dios. Por eso no ceja en el empeño de hacernos libertinos y desobedientes que, por ser también soberbias, son los caminos más cortos para su victoria y para nuestra derrota.

Por lo tanto, a la oposición a la desobediencia suscitada por el demonio en el seno mismo de la Iglesia debe enfrentarse nuestra obediencia para triunfar.

«La obediencia vale más que los sacrificios» (1S 15, 22). Estas palabras de Yavé ponen de manifiesto un aspecto mas bien olvidado en nuestros tiempos, pero que hoy tienen un relieve gigantesco, en la hora del tercer ataque de Satanás.

Obediencia al Magisterio de la Iglesia, obediencia al Papa, obediencia a los dictámenes de la Conferencia Episcopal, obediencia a los obispos, obediencia para poner en práctica las conclusiones de los Sínodos…

Y, por otro lado, obediencia de los fieles al párroco. Cuántos, por ejemplo, se escandalizan al oír que para hacer trabajar a los empleados los domingos es necesario pedirle permiso al párroco.

Dentro de este contexto, quizá hay aspectos bíblicos olvidados que vale la pena rescatar:

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud.» (Rm 5, 19)

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay dos frases que podríamos llamar biografías: una de san Lucas 2, 51: «les obedeció». Y del Apóstol de las gentes: «obediente hasta la muerte y muerte de cruz.» (Flp 2, 8)

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice:

«Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado.» (Jn 4, 34)

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Veamos el texto completo:

«Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.» (Flp 2, 5-8)

Si nos llamamos cristianos, debemos vivir como Cristo. ¿Somos obedientes? ¿Seguimos las indicaciones de nuestros superiores, los Obispos y Sacerdotes? ¿Sabemos estar al tanto de los documentos escritos por el Santo Padre?, ¿los de la Conferencia Episcopal?, ¿las conclusiones de cada Sínodo? Y, lo que es más importante, ¿llevamos todas estas instrucciones a la práctica de inmediato?…

Si no tratamos de ser obedientes, como Jesús, hay mucho en la base que debemos reevaluar… y cambiar…

Y también es bíblica la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas:

«El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho.» (Lc 16, 10).

«Por tanto, el que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

¿Qué tal está, por ejemplo, nuestra disposición para llevar a la práctica esos detalles pequeños que se recomiendan para las celebraciones de la Eucaristía, los Sacramentos, etc.? Hoy se ve, durante la Misa, que los fieles se sientan, se arrodillan o se paran cuando se les ocurre que deben hacerlo, no cuando está prescrito, mostrándose con esto poca unidad; también se oye a los fieles recitar oraciones presidenciales…, y gana el demonio. Lo mismo sucede cuando el sacerdote se sale de las rúbricas en las ceremonias, ritos, oficios divinos y funciones sagradas.

Obedecer, entonces, es esperar con ansia, leer, releer, aprender y poner en práctica las directrices papales y episcopales.

Y esta obediencia muestra nuestro amor. El Espíritu Santo, el Amor personificado, el Amor que movió a Jesús al desierto, el Amor que lo impulsó a ayunar 40 días, el que lo hacía ver las turbas como ovejas sin pastor, el que suscita el bien y hasta nuestra oración al Padre, nos invita a obedecer hasta hacer como san Pablo:

«Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.» (Col 1, 24)

En la obediencia está, nada más y nada menos, nuestra salvación:

«Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.» (Hb 5, 8-10)

 

La cruz

«La religión católica es trágica: su principal representación es una cruz, en la que está un muerto desangrado».

Esta frase de un esclavo del ángel del mal debe suscitar un análisis profundo de nuestra vida y de nuestra Fe.

Lo primero que debe hacerse es estudiar la naturaleza:

Para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo y, cuanto más se exprima tanto más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de los leones, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano puede vivir sólo unos pocos días bebiendo únicamente agua mineral: pero es necesario que mate seres vivos —vegetales o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan.

Así hizo Dios a los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Todos los logros le exigen un poco de dolor al ser humano: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y, ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años!, si es que no hacen posgrado; los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio…; en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Y, ¿por qué Dios se inventó esa ley?

Hay una frase suya que trata de explicárnoslo:

«En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida la destruye; y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna.» (Jn 12, 24-25)

Cada acto de amor extirpa un poco de nuestro egoísmo o, por lo menos, de nuestro egocentrismo. Esta pequeña violencia que nos hacemos al olvidar nuestra satisfacción personal por darle gusto a un ser querido hace morir un poco nuestro egoísmo, y no nos importa, puesto que estamos enamorados.

Ese «morir un poco nuestro egoísmo» es la señal más clara del amor verdadero: pienso más en él que en mí, más en su bienestar que en el mío, más en su felicidad que en la mía… Y -¡qué paradoja!- así me hago feliz.

En la medida en que sintamos más amor, más deseos de servir al otro, más deseos de su felicidad, nos sacrificamos más por él. Basta ver el amor de una madre y hacer memoria de la cantidad ingente de sacrificios que hace por un hijo.

Pero le tenemos miedo al dolor, huimos de él… como en una fuga de lo natural.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se «quema las pestañas» frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a la «final»…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro «yo», para que aparezca el «tú»: si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Asimismo, es la cruz de cada día la que nos gana méritos para obtener el Cielo para nosotros y para nuestros seres queridos.

Es la cruz de cada día la que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es la cruz de cada día la que nos muestra, a veces, nuestros errores para que rectifiquemos el camino.

Es la cruz de cada día la que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es la cruz de cada día la que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían.

En fin, es la cruz de cada día la que a veces podemos ofrecer a Dios para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición… Sacrificios ofrecidos por amor… Y si nuestro amor es mayor, sacrificios voluntarios, como los santos…

Si supiéramos cuánto nos ama Dios se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etc. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría: que los padres, a veces, deben permitir que sus hijos sufran para que aprendan a vivir.

Debemos aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios:

El católico que quiere transformar la sociedad debe seguir el ejemplo de Cristo, que vivió una vida sencilla de trabajo y amor, y que nos sirvió como ejemplo.

Dedicó solamente 3 de 33 años —menos del 10%— de su vida a predicar (¡cómo nos sobran palabras, y cuánta falta nos hace la acción!); y que murió por sus amigos, dándolo todo en la cruz.

¡Y ese dolor trajo la Redención a la humanidad entera!

¡Y ese dolor hizo que pudiéramos tener la esperanza de llegar al cielo!

¡Y ese dolor fue el que venció a la verdadera muerte: la eterna! Ahora podemos resucitar para vivir felices por siempre.

¡Sólo después de ese dolor —Amor— nos podemos llamar soldados–hijos de Dios!

Con ese Amor, el soldado de Cristo se llena de la gracia de Dios, fuerza espiritual para vencer.

Ahora sí podemos entender por qué nuestro emblema es un Dios hecho hombre, muerto y colgado de una Cruz.

 

La unión a la Eucaristía

Oponer a las estrategias del demonio lo contrario a las suyas es tácita militar eficaz. El sueño de las dos columnas de uno de los santos más conocidos, san Juan Bosco, es un presagio de lo que sucedería:

«En un mar tormentoso viajaba una gran nave pilotada por el romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas. De pronto apareció un sinnúmero de naves enemigas armadas de cañones y empezó una tremenda batalla. Ambos bandos se batían heroicamente. El piloto de la gran nave, el Papa, cayó herido pero pronto se levantó curado otra vez. Sigue el combate y de nuevo el gran piloto cae otra vez herido y muere. Pero fue reemplazado enseguida por un nuevo piloto y continuó la lucha violentísimamente.

A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la nave grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas. Sobre la primera columna está la Santa Hostia y sobre la otra, la imagen de la Madre de Dios. La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a las columnas y asegurándose de ellas ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas, sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todas sus averías.

Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Papa a la cabeza entonan un himno de acción de gracias a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora.»[19]

Como se ve, es impresionante verificar cómo en estos días se está cumpliendo al pie de la letra lo visto por san Juan Bosco en mayo de 1862. Basta revisar los acontecimientos vividos por la Iglesia en estos últimos decenios. Además, es bueno verificar cómo la presencia de la Sagrada Eucaristía en los templos aleja a los espíritus malignos de los pueblos y veredas, donde eran frecuentes sus ataques a los hombres y a las mujeres. Jesús sigue actuando, su poder no se ha disminuido.

¿Cómo, entonces, asegurarnos a esa columna de la Santa Hostia, cómo vivir esa unión a la Eucaristía?

En primer lugar, hacernos conscientes de la presencia real de Jesús en la Hostia consagrada:

«A pesar de que se apartaban muchos de su lado, Jesús no se retractó: siguió afirmando explícitamente que Él es el pan de vida y que hay que comer su Carne y beber su Sangre para tener vida; y lo repitió 3 veces, como reiterándolo, aun a pesar de quedarse solo, sin sus discípulos.

En cada partícula de la Santa Hostia y en cada gota minúscula del Vino, ya consagrado, están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.»[20]

Después, es necesario asistir a la celebración diaria de la Santa Misa, y unir a este Sacrificio de Cristo todas nuestras obras, palabras y pensamientos; así, cada acto realizado por nosotros tendrá un valor infinito frente a Dios: el valor de los méritos de Jesucristo.

Los que se acercan a recibir la comunión experimentan el encuentro más grande para un ser humano: el mismo Dios —hecho pequeño en una Hostia— se introduce en el cuerpo y en el alma del creyente y lo transforma completamente. Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo: su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Es un pedazo de Cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo a Él!

¡Y hay quienes no se preparan bien para este encuentro!

¡Y hay algunos que no comulgan a diario…!

Luego, visitarlo con frecuencia:

«¿No tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y de agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al prisionero del amor.»[21]

Y, por último, saludarlo cada vez que pasemos junto a Él, en los santuarios, en las iglesias donde sabemos que está esperándonos.

Y si nuestro amor es mayor, saludarlo desde lejos, con una comunión espiritual.

En fin, todo lo que sugiera el Amor…

Así gana Dios; y el demonio pierde.

 

La misericordia

Esta virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos, enseñada con el ejemplo maravilloso de la vida entera de Jesús, es un camino provechosísimo en las batallas contra los espíritus malignos que nos intentan persuadir constantemente a ser egoístas, a olvidarnos de los demás, a la indiferencia para con nuestros hermanos, quienes luchan en esta vida por ser felices. El significado de la palabra misericordia, corazón que se mueve a la miseria, es más diciente que cualquier tratado acerca del egoísmo.

Si no detenemos ese egoísmo, seremos una multitud de solitarios, para complacencia del adversario de Dios, nuestro adversario.

Empeñado como está en hacernos infelices, la antigua serpiente trata de detener o, por lo menos, de obstaculizar todo impulso por hacer el bien a los demás. Si lo detectamos a tiempo, sabremos qué hacer: seguir adelante en nuestro empeño, cueste lo que cueste.

En este esfuerzo personal está fundado uno de las paradojas menos controvertidas por la psicología moderna: «Si buscas la felicidad no la hallarás; búscasela a otro y serás feliz».

Los que lo intentan quedan infinita y positivamente sorprendidos: ya no quieren dejar de servir a los demás, ya no les basta servir a uno, ya no entienden la felicidad de otro modo, y se ríen del concepto de felicidad que antes tenían.

Para completar la dicha, esa es una de las maniobras más eficaces en la disputa que tenemos pactada contra el mal: la misericordia, amor auténtico, deshace todos los intentos del anticristo por alejarnos del bien.

Misericordia que se hace evidente en nuestro amor a Jesús, al Corazón de María, a los más alejados, a los pobres y necesitados, a los que sufren, ¡a los pecadores que rechazan a Dios, a los ateos, a los odiados por los demás, a los violentos, a los impuros!…

Y misericordia que se muestra al no juzgar y al nunca condenar.

Si viviéramos así la misericordia, ¡qué gran conquista la nuestra y qué gran fracaso el del demonio!

 

La pureza

Una cosa pura es algo libre y exento de toda mezcla de otra cosa. El oro puro, por ejemplo, no está mezclado con otros metales.

Así mismo, el hombre puro es aquel que es libre y exento de imperfecciones morales y, por lo tanto, procede con desinterés en todos sus actos, sus palabras y hasta en sus pensamientos.

Al hombre puro, a la mujer pura, no le puede hacer daño Satanás: nada lo puede impulsar al mal, porque:

«Pureza es ser insensible a todo lo que no sea amor.»[22]

Ser insensible es no percibir sensaciones ni sentir emociones cuando nos ocurre algo malo o bueno, cuando perdemos algo o si lo ganamos, cuando nos ensalzan o si nos humillan, cuando nos atacan o si nos defienden, cuando logramos algo o si fracasamos, cuando nos maltratan o si nos benefician… En fin, es reaccionar únicamente al amor. O, también, a la falta de amor.

Leamos lo que al respecto dijo santa María Bertilda Boscardín:

«Quiero ser la servidora de todos, porque estoy convencida que así debe ser; trabajar, sufrir, y dejar toda la satisfacción a los demás; tengo que considerarme la última de todos, por tanto, contenta de ocupar el último lugar; indiferente a todo, tanto a los reproches como a las alabanzas, y hasta preferir lo primero; siempre condescendiente con las opiniones ajenas; no excusarme nunca; nunca hablar de mí misma; que los oficios más humildes sean siempre los míos.»[23]

En este sentido, la pureza se equipara a la santidad y, a la vez, es la suma de todos las estrategias para aplacar y —ojalá— acabar con el mal que amenaza nuestro bien y el de la Iglesia.

 

El plan de vida del combatiente

Como una suma de todo lo escrito en este capítulo, he aquí una «carta de navegación», un plan de vida, para todos los que deseen triunfar como soldados de Cristo.

Esta oración puede repetirse al menos una vez al día, como un programa diario, en el que el estratega se compromete solemnemente y con valentía, para el resto de su vida:

 

Completamente desapegado y confiado únicamente en ti, Padre mío, sabiéndome una pequeña criatura y siendo total y delicadamente obediente a ti y a tu Iglesia, te ofrezco vivir crucificado con Jesús y unido a Él en la Sagrada Eucaristía, ser misericordioso con todos y permanecer indiferente a todo lo que no sea amor, para ser así eco del Espíritu Santo en todos mis actos, palabras y pensamientos, y hasta en mis sentimientos.
Sagrado Corazón de Jesús e Inmaculado Corazón de María, ayúdenme a cumplir este propósito todos los días de mi vida. Amén.

 

Armas para la lucha

Las estrategias no son suficientes en una guerra. Es necesario que utilicemos armas adecuadas, que sean capaces de vencer al enemigo.

 

La gracia de Dios

La principal arma útil contra este particular adversario es contar con la gracia, el favor de Dios. Ya que los contrincantes son espirituales, qué mejor armamento que el poderío divino: una fuerza espiritual con la que Dios nos provee, que nos capacita, que nos hace aptos para derrotar y hasta aniquilar al bando contrario.

Y esa gracia la da Dios a quien está sin pecado, es decir, al que permanece en el amor de Dios.

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15,10)

Cumplir los mandamientos de Dios es una de las pruebas de esta vida, como se vio atrás; si los cumplimos, ganaremos. Además, son el camino para obtener la gracia de Dios. Por eso debemos saberlos, como los combatientes de un buen ejército se saben las consignas y los planes de ataque y defensa:

  1. Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

  1. No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

  1. Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

  1. Honrarás a padre y madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

  1. No matarás

Aquí se prohíben el aborto[24] y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

  1. No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

  1. No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

  1. No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o «piadosas».

  1. No consentirás pensamientos ni deseos impuros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

  • No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejor que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18,18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos. Por eso, y para mejorar la calidad del servicio militar del cristiano, nuestra Madre la Iglesia, con el impulso del Espíritu Santo, nos da otras normas de vida para el soldado, los mandamientos de la Iglesia:

  1. Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María, Madre de Dios, el 1 de enero.

  1. Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

  1. Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

  1. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años.

  1. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

El sacramento de la reconciliación, la confesión, es la vía para recuperar la gracia cuando se ha perdido, con el pecado mortal.

El pecado mortal es la culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

  1. Plena advertencia, es decir, darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.
  2. Pleno consentimiento, es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.
  3. Materia grave, es decir, que la obra, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive un bien grande, de importancia.

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar, pues se estaría cometiendo un sacrilegio al recibir a Jesús sólo en el cuerpo mas no en el alma.

El pecado venial se da cuando falta una de las tres condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave).

Por eso, es muy importante que el guerrero sepa los pasos para hacer una confesión:

  1. Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia

  1. Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios

  1. Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas

  1. Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna

  1. Satisfacción de obra

Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga

Cuando Dios perdona, no solo olvida, sino que renueva el ser del pecador, con la gracia.

  

La oración

Una vez en gracia de Dios, podemos creer en la eficacia de nuestra oración, pues Dios, que nos escucha incluso cuando estamos lejos de Él, nos pondrá una atención especial si ya nos ha perdonado.

Perfectamente descritas y definidas en el Catecismo de la Iglesia Católica están la meditación y la contemplación.

Aunque ambas son útiles para la ascética (lucha interior) cristiana, es más asequible y más fácil la oración de contemplación que la meditación: un iletrado, por ejemplo, puede llegar más rápidamente a la primera que a la segunda, como se pasa a considerar.

Para realizar la meditación, algunos expertos recomiendan la siguiente secuencia:

Primero, leer despacio y con atención una frase de las que aparecen en el Catecismo, en el Evangelio, en un libro de oraciones o de lecturas espirituales; cerrar el libro, y realizar una meditación profunda del tema. En este momento pueden llegar a la memoria los escritos anteriormente consultados, las homilías y conferencias escuchadas y/o las confidencias hechas con almas más experimentadas…

Segundo, comentarla con Nuestro Señor; aunque a veces resultará útil hacerlo con la Santísima Virgen, algún santo en especial o, incluso, con el ángel custodio u otro ángel.

Tercero, preguntarse cómo se está viviendo en el aspecto particular de que trata ese texto, qué hay que corregir y en qué se puede mejorar.

Cuarto, sacar un propósito concreto.

Y quinto, pedir la ayuda necesaria para mejorar en lo que se ha meditado.

Es muy edificante para un alma este tipo de oración. Además, es probable que de la meditación pura se llegue con alguna facilidad a la oración de contemplación.

Esta última puede iniciarse, por ejemplo, en el momento en el que el alma se pone en la presencia de Dios:

De este lugar y tiempo en que nos encontramos, podemos pasar al estado en que se encuentra Dios, a la eternidad…

Con los ojos cerrados a las realidades terrenas, y abiertos a ese estado que llamamos eternidad, podemos encontrar a Dios: la perfección absoluta, la finalidad de toda criatura, la fuente de todo ser —«Soy el que soy»—, el Creador de todo lo visible y lo invisible, en toda su majestad…, allí, frente a nosotros.

Él y nosotros…, ¡qué diferencia abismal!

De pronto el alma se queda sin habla:

Quería darle las gracias…, pero Él es la fuente de todas las gracias.

Quería bendecirlo por lo que nos ha dado y por lo que ha hecho de nosotros, sus pequeñas criaturas, pero Él es el único que puede dar una bendición…

Quería decirle que soy todo suyo, pero me encuentro con el dueño de todo…, ¡con quien me hizo de la nada!

Quería agradarlo…, pero me mira con esos ojos tan amorosos, ¡infinitamente amorosos! ¡Y soy yo quien se siente tan agradado…!

Quería darle, pero me llena de Él, me sacia, y al mismo tiempo me hace sentir vacío sin Él…

O, por el contrario, me acerca a su Cruz… O me lleva a Getsemaní para que contemple (¡contemplación!) su intenso sufrimiento que le hace reventar sus vasos sanguíneos y derramar gotas de sangre… O me llena de su dolor por las almas…

Otras veces el alma experimenta la visión del mundo hecho por Él para los seres humanos: minerales, plantas, animales; aire para respirar, agua para subsistir, alimentos; un cuerpo que se defiende de las infecciones… ¡Todo para el ser humano! ¡Cuánto amor!

Pero hay más: le dio la capacidad de amar y la promesa de la eterna felicidad junto a Él, único que puede saciar las ansias de sus criaturas…

Y, entonces, el alma puede moverse a pensar que en el universo, en la creación entera, es una simple y pequeña criaturita; y que por eso debe hacerse el propósito de vivir para adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que le dio la vida y todas esas cosas que hicieron de él el rey de la creación visible…

En fin, son muchos los caminos que puede recorrer un alma humilde en la tierra de la contemplación, pero siempre será llevado hacia Dios, propósito de toda oración.

 

La unión con la Cruz

Ofrecer sacrificios, los que nos vengan y los voluntarios, como se describió en el capítulo anterior, es una verdadera unión con la Cruz, esa Cruz —la de Él— que nos trae la verdadera paz y la verdadera alegría:

«El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (Cf. 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y en el gozo de las bienaventuranzas.»[25]

A Dios le gustan mucho los sacrificios que buscan el amor a los demás: sonreír con cariño verdadero a quien nos cae mal (porque sabemos que es también hijo de Dios), enseñar con paciencia al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con prudencia y amor al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos, visitar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, visitar a los presos, vestir al desnudo, dar posada al peregrino y dar sepultura a los muertos. Son estas las obras de misericordia espirituales y corporales que sirven a todos los bautizados.

Pero los soldados (los confirmados) y, especialmente, los oficiales (los presbíteros) y los generales (los obispos), pueden y deben, por sus altas responsabilidades ir más lejos en la imitación de Cristo:

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga.» (Mt 16, 24)

Quien quiera hacer apostolado, es decir, atraer almas al camino de Dios, encontrará en la mortificación, en los sacrificios, en el dolor, esa eficacia que tanto anhela; obviamente si está en gracia de Dios y hace oración frecuente.

En la retaguardia, por ejemplo, las porciones más alejadas del enemigo o la que avanza en último lugar, están muchas almas llamadas víctimas (fuera de los sacerdotes, que lo son por su cargo), que dan a los demás esa fortaleza para vencer y reparan el daño que todos ocasionamos a la gloria debida a Dios, con sus sacrificios ocultos a los demás, con su vida de privaciones, con su amor escondido pero grande. Son los y las encargadas de inyectar la virtud cardinal de la fortaleza, virtud que necesitamos quienes tenemos la misión de atacar en el frente para la gloria de Dios y para la salvación de las almas. Y el de ellos y ellas es un gran ejemplo de humildad: pasar ocultos, sin lucirse, para ayudar a los demás a triunfar sobre el enemigo, y ganar almas para Dios.

¿Cómo reaccionamos ante ese ejemplo de humildad? ¿Respondemos con altura, o bajamos la guardia?

Todos unidos, con Jesús, ganaremos.

 

La devoción a la Santísima Virgen María

Más que los ángeles, solo superada por Dios, es la Hija de Dios Padre, la Madre de Dios Hijo y la Esposa de Dios Espíritu Santo.

Dios Padre entregó su Unigénito al mundo solamente por medio de María. Por más suspiros que hayan exhalado los patriarcas, por más ruegos que hayan elevado los profetas y santos de la antigua ley durante cuatro mil años a fin de obtener dicho tesoro, solamente María lo ha merecido y ha hallado gracia delante de Dios por la fuerza de su plegaria y la elevación de sus virtudes. El mundo era indigno —dice san Agustín— de recibir al Hijo de Dios inmediatamente de manos del Padre. Quien lo entregó a María para que el mundo lo recibiera por medio de ella.[26]

Por eso, por medio de ella nos llegan gracias y ayudas de manera eficacísima:

Dios Espíritu Santo comunicó sus dones inefables a María, su fiel esposa, y la escogió como dispensadora de cuanto posee. De manera que ella distribuye a quien quiere, cuanto quiere, como quiere y cuando quiere todos sus dones y gracias.[27]

La Corredentora, la que suplica y nada se le niega, María es la omnipotencia suplicante.

Y, además —y esto es para morir de la dicha— es nuestra Madre. Es más que una aliada, porque nos ama más que lo que todas las madres aman a sus hijos.

Son muchos los modos como podemos tratarla y atraer para nuestra causa sus bendiciones maternales y su intercesión. Pero hay una que sobresale: el rezo del Santo Rosario.

Con esta arma serán pocos los fracasos, ya no tendremos casi pérdidas en las batallas y, lo que es mejor, nos enamoraremos de ella, la Capitana del ejército del desierto, como le gusta llamarse, para nunca más dejarla de amar.

Para salvar nuestras almas, las de nuestros seres queridos y —si nuestro amor es más grande— las de los demás, ¡qué importan veinte minutos diarios para repetirle, avemaría tras avemaría, que la amamos entrañablemente!

 

La devoción a san Miguel arcángel

Los otros dos tercios de ángeles que permanecieron fieles —junto con los santos— están de nuestro lado, comandados por san Miguel. Invoquémoslos con frecuencia. Nos ayudarán mucho.

Ellos saben cómo son los ataques de los ángeles caídos. Sería tonto no aceptar su constante oferta de ayuda: son nuestros aliados, especialmente el arcángel que venció a Luzbel en el cielo.

Rescatemos esa oración y hagámosla a diario:

Arcángel san Miguel, sé nuestro amparo contra las perversidades y acechanzas  del demonio —reprímalo Dios, pedimos suplicantes—. Y tú, príncipe de la celestial milicia, lanza al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que discurren por el mundo para perdición de las almas. Amén.

 

Los exorcismos

Una de las mayores ventajas que ha logrado el demonio es que muchos sacerdotes no practiquen los exorcismos cuando deberían hacerlo: los están haciendo cuando hay posesiones, pero casi nunca cuando hay obsesiones y tentaciones.

Es muy importante aclarar de nuevo que estos conjuros contra los espíritus malignos necesitan permiso del obispo, cuando son públicos. En cambio, cuando son privados, no solamente pueden hacerse sin previa autorización pastoral sino que esa es una labor que Jesús pidió específicamente a los sacerdotes:

Les dio poder sobre los malos espíritus para expulsarlos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias. (Mt 10, 1)

«No vayan a tierras de paganos, ni entren en pueblos de samaritanos. Diríjanse más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca! Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios.» (Mt 10, 5-8)

Les dio autoridad para expulsar todos los malos espíritus y poder para curar enfermedades. (Lc 9, 1)

Comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus malos. (Mc 6, 7)

Todo esto, según los Evangelios, se refería a la plenitud del sacerdocio ministerial (los obispos); pero si se comparan estos textos con el siguiente (al que se hace referencia en ellos), se llegará a la conclusión de que todo sacerdote tiene la misma misión (Cf. Lc 10, 1-16). Se nota en este pasaje:

Los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos, diciendo: «Señor, hasta los demonios nos obedecen al invocar tu nombre». Jesús les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren que les he dado autoridad para pisotear serpientes y escorpiones y poder sobre toda fuerza enemiga: no habrá arma que les haga daño a ustedes. Sin embargo, alégrense no porque los demonios se someten a ustedes, sino más bien porque sus nombres están escritos en los cielos». (Lc 10, 17-20)

Estos setenta y dos discípulos son los presbíteros, diferentes a los doce apóstoles que, como se dijo, son los obispos.

El texto muestra con perfección que a todos los sacerdotes Jesús les confía la importantísima misión de hacer caer a «Satanás como un rayo». Por lo tanto, les ha dado ese «poder sobre toda fuerza enemiga».

Existe ya el ritual para el exorcismo expedido por el Vaticano, con todas las indicaciones aprobadas y recomendadas por la Santa Sede. Ojalá esta arma sea usada por todos los sacerdotes del mundo. Así gana Dios

 

El agua y las imágenes benditas

El agua bendita, como sacramental, es un arma útil en todos los casos de tentaciones, y también en las obsesiones y posesiones. Son muchas las experiencias exitosas vividas con este sacramental y, por lo tanto, sería una tontería no utilizarla.

Además, con un acto de contrición —dolor y pesar de haber pecado ofendiendo a Dios, arrepentimiento de una culpa cometida—, borra los pecados veniales.

Conviene usarla, entonces, antes de entrar a los templos y antes de acostarse dándose la bendición con ella. También cuando el sacerdote bendice casas, apartamentos, carros, imágenes, rosarios, cruces, medallas, etc.

Con esta ayuda, el demonio se mantiene alejado.

Por eso, también son muy útiles las bendiciones sacerdotales. Es muy bueno, por tanto, pedirlas con frecuencia.

Además, las bendiciones de los laicos, como las que un padre o una madre dan a su hijo o a su hija pueden ayudar mucho a las almas.

 

Los héroes de la guerra

En toda guerra hay varones ilustres y famosos por sus hazañas o virtudes, que llevan a cabo acciones heroicas. Son los que luchan denodadamente por el ideal que los impulsa.

En este caso, se trata de quienes quieren luchar por la causa que animó a Cristo: la gloria de Dios y la salvación de las almas. Y por esa causa están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias: si es necesario, morirán como Cristo.

Por eso, no tienen miedo a sufrir, a recibir heridas. Saben que, luego de la herida, aparece una cicatriz en el alma, un estigma, prueba irrefutable de una batalla ganada en esta guerra por la felicidad eterna.

El estigma es una huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos que estaban en éxtasis, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo.

Siempre se ha explicado que, en el proceso de la santidad a la que todos estamos llamados, y queriendo retribuir de algún modo el derroche de amor de Cristo para con nosotros, algunos han deseado identificarse tanto con Él, que Dios, en su inmensa misericordia y cuando su infinita sabiduría lo determina, les otorga el privilegio de vivir su misma Pasión, confiriéndoles participar de los estigmas que marcaron las manos, los pies y el costado de Jesús.

San Francisco de Asís fue el primero, en la historia del cristianismo, en recibir este milagro del amor divino. Luego, varias santas y santos han tenido la misma experiencia con estigmas visibles o invisibles.

Sabemos también que ninguna vida santa estuvo exenta de sufrimiento. De hecho, los místicos, como san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, explican que es imposible llegar a Dios sin pasar por la Cruz de Cristo.

El primero de ellos explica que el corazón del hombre debe estar vacío para que pueda entrar Dios, ya que Él no puede competir con las criaturas. Es necesario, por lo tanto, que se purifique de los apegos que posee, para vaciarse por completo y, así, ser llenado por Dios, único que puede calmar las ansias de felicidad que bullen siempre en su interior. Ese proceso de purificación se lleva a cabo atravesando dos «noches» —la noche oscura del sentido y la noche oscura del espíritu— dolorosas, antes de llegar al estado de perfección.

Para san Pablo de la Cruz ese estado de perfección es la muerte mística, que el alma debe experimentar para llegar con santidad a la divinidad. Muerta, es decir, purificada de todos los apegos y apetitos desordenados, el alma se hace susceptible del inefable Amor divino.

En ambos santos, morir a las imperfecciones es indispensable para que Dios pueda abrasar al alma con su amor, llenándola de esos maravillosos deleites y gozos espirituales, con los que queda prendada de Él y deseosa de nunca más apartarse de esa fuente inagotable de felicidad, por la que vive y muere de amor.

Estas imperfecciones o impurezas del alma consisten en que el ser humano, por la herida que le dejó el pecado original, se apega a lo creado: las cosas, los otros seres humanos y él mismo.

En vez de descubrir en las criaturas al Creador, y vivir enamorado de Él, admirándolo y alabándolo y bendiciéndolo por su propia vida y por la existencia de las demás criaturas, se queda absorto en ellas y en sí mismo, y hasta se enamora desordenadamente de sí mismo y de las otras criaturas, dándose y dándoles más valor que a Dios: lo creado se convierte en la finalidad de su vida y de su actuar, olvidándose de darle gloria a quien le dio la vida y le promete la eterna felicidad en el Cielo.

Por eso vino Jesús: para remediar el desprecio que el hombre le hizo a su Creador, sufrió una horrible Pasión y murió en una Cruz. Ahora el ser humano ha sido perdonado y tiene derecho a la felicidad sin fin.

Además, Jesucristo quiere que todos seamos tan felices como lo fueron los santos. De hecho, Él mismo nos dijo que fuéramos santos como nuestro Padre celestial. Y ser santo consiste en no pasar por el purgatorio, ese estado donde las almas pagan la pena temporal y se purgan de sus apegos, de sus apetitos desordenados, de sus imperfecciones…, en una palabra: de sus impurezas; pues nada impuro entrará en el Cielo para gozar del Amor infinito e inefable que Dios nos tiene preparado.

Los héroes de esta guerra son capaces de dejarse marcar con los estigmas místicos, es decir, unas marcas o señales en el alma, que, como los estigmas del cuerpo, son dolorosas, pero que están revestidas de la experiencia de lo divino y que, por lo tanto, llevan al alma a paladear en vida los más altos y más sublimes deleites que pueda experimentar el ser humano, deleites que no se pueden comparar con los placeres físicos, emocionales o afectivos que esta vida temporal pueda deparar.

A veces, con la lucha interior —la ascética— se irán eliminando los apegos; otras veces, el mismo Dios hará el trabajo sin participación activa del alma —la mística—: como para el ser humano es imposible lograr la santidad, el Señor, dueño de todo, irá puliendo esas impurezas del alma, los apetitos desordenados, para hacerla más digna de sí, más apta para su grandioso Amor. Ambos procesos producen dolor; de hecho, cuanto más arraigados están los apegos, tanto más duele erradicarlos. Pero eso no le importa al soldado de Cristo.

Así, el alma va subiendo hacia Dios, hasta que es envuelta por ese Amor infinito, que llena todas sus ansias interiores de eterna bienaventuranza.

El proceso es dirigido por el Espíritu Santo y, en ocasiones, extrañará al alma el sistema que Él utiliza y los vericuetos por donde es guiada; pero ha de saberse que la sabiduría del Santo Espíritu sobrepasa infinitamente la del hombre, con lo que queda claro que la criatura no debe pretender entenderlo, pues no lo lograría.

Las virtudes teologales son las únicas que pueden llevar al alma a tan añorada meta.

Fe, creer en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…, en fin, en todo lo que se afirma en el Credo y en todo lo que está consignado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Esperanza en ese Ser maravilloso que sobrepasará con creces toda idea de felicidad: toda la belleza, toda la bondad, toda la verdad, todo el amor en un solo Ser. Encuentro que se llevará a cabo en forma definitiva en la vida eterna.

Y, por último, la Caridad o el Amor que se presiente ya en esta vida, en la entrega total a hacer la voluntad de Dios y a servir a los hombres, nuestros hermanos.

La consigna, entonces, es luchar por erradicar los apegos cuanto se pueda y, luego, abandonarse místicamente en Dios amándolo sin reservas egoístas, con la esperanza puesta en Él y solo en Él, y llenos de fe.

En cada renglón de la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo se encuentran lecciones utilísimas que el alma no debe desaprovechar, si quiere gozar de las delicias espirituales.

Por eso, para cada estigma místico, vale la pena desgranar esas enseñanzas, paso a paso, como se muestra a continuación.

 

El estigma místico del servicio humilde

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo. Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde». Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo». Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo.

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. (Jn 13, 1-17)

Desde los primeros versículos, san Juan, el apóstol y evangelista, despierta en sus lectores la curiosidad por lo que va a suceder, escribiendo que Jesús, «sabiendo que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Es el modo de prepararse el alma para iniciar el camino hacia Dios: amar hasta el extremo, sin reservas. Se entrevé ya que el compromiso del soldado es total, que nada se debe guardar el alma para sí misma: se trata de una entrega completa, «hasta el extremo».

Lavar los pies era una labor de esclavos, y Jesús quiere que hagamos lo mismo con nuestros hermanos: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo». Si el Maestro da ese ejemplo, sus discípulos, los cristianos, ¿qué debemos hacer? ¿Servimos así a nuestros hermanos? Cuando prestamos cualquier servicio, ¿lo hacemos con esos sentimientos? ¿Hasta qué punto está el alma dispuesta a llegar?, ¿hasta la esclavitud?… «Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica». Se vislumbra una promesa: quien ponga en práctica este consejo será feliz, con el concepto de felicidad de todo un Dios. ¿No vale la pena intentarlo?

Un vistazo a nuestra vida pasada hará a más de uno recordar todas aquellas ocasiones en las que prestamos servicios por algún interés oscuro y escondido: para que nos admiren, para que digan que somos buenos…; y Jesús lo que desea es nuestra humildad. Otras veces lo hicimos para ganarnos la aceptación de alguien y sacar de él o de ella algún provecho, para «cobrar» más adelante el servicio…; y Jesús busca que aprendamos a amar sin esperar nada a cambio. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¡Cuánto por corregir!

Cada corrección producirá una cicatriz, pero nos acercará a la meta final.

A continuación, léase lo que el mismo Jesús dictó acerca de este episodio del Evangelio a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, a comienzos del siglo XX:

«Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles… Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres».[28]

Y nosotros, ¿cuántas veces excluimos a los demás porque, a nuestro juicio, son pecadores? ¿Cuántas veces los despreciamos, en vez de aprender el inmenso Amor que acongoja el Corazón de Jesús por la pérdida de las almas y la continua invitación que les hace: «os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo.».? ¿Qué tan lejos estamos de tener los sentimientos de Jesús?

¿Recordamos que hay que «humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas […] ceñirse con la mortificación y la propia abnegación […] lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos»? ¿Cuánta rudeza hay para con los pecadores? ¿Nos humillamos realmente? ¿Nos abnegamos y nos mortificamos por los pecadores y por nuestros seres queridos? ¿Cuántas veces divulgamos los defectos de los demás?; o, por el contrario, ¿los disimulamos y los excusamos como Jesús quiere?

Para erradicar estas infecciones se requiere de mucha lucha interior (ascética) y de ayuda del Espíritu Santo (mística), lucha y ayuda espiritual que producirán en nuestras almas el estigma místico del servicio humilde.

Por lo tanto, conviene realizar actos de servicio llenos de humildad, muestras de cariño fraternal para con los pecadores, orar y mortificarse constantemente por ellos, saber abnegarse en los gustos y en las aficiones, entrenarse en callar cuando se ven los defectos de los demás, disculparlos siempre…

Además, es imprescindible orar para pedir la ayuda del Espíritu Santo, con perseverancia y confiando en que esa ayuda llegará, cuando y como Él lo juzgue mejor.

 

El estigma místico del amor a los enemigos

Sigamos analizando el Evangelio:

«No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra Mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy».

Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar». (Jn 13, 18-19. 21)

Jesús estaba dolido por la certeza que tenía de que Judas lo traicionaría pero, a pesar de saberlo, Él no hará lo mismo: «aun cuando [las almas] estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas».

En estos versículos se deduce un gesto maravilloso del Amor divino: devolver bien por mal, ahogar el mal en abundancia de bien. ¿Actuamos así? ¿Hacemos esto por quienes nos ofenden? ¿Lo hacemos con cariño, con amor verdadero?, ¿como Jesús? ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por la ira!

En cambio, Jesús, delante de Judas, dice lo que va a suceder, como dándole una oportunidad más para que recapacite. Y lo seguirá haciendo: más y más oportunidades para estimular el amor de quien lo hiere.

¿Cuántas oportunidades le damos a quienes nos ofenden? ¿Les hablamos con cariño, pensando en su bienestar espiritual? O, por el contrario, ¿los ignoramos? O, peor, ¿nos lanzamos a atacarlos?…

¡Cuánto cuesta purificarnos en este sentido! Pero vale la pena: compartiremos con Nuestro Señor el dolor que le causamos los hombres durante toda la historia de la humanidad; al fin y al cabo, nos lo merecíamos nosotros, ¡no Él!. Y lo mejor: tendremos otro estigma místico, muestra de su predilección por nosotros, con lo que iremos ganando en pureza, para —algún día— hacernos aptos de su Amor total y disfrutar de los gozos y deleites espirituales que nos tiene reservados.

 

El estigma místico del amor al prójimo

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en Él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto.

Hijos míos, Yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde Yo voy, ustedes no pueden venir.

Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como Yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros».

Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por Mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». (Jn 13, 31-38)

Las fuerzas para seguir al Señor y para morir por Él no son nuestras: nos las da el Espíritu Santo, cuando lo juzgue necesario. Para llegar a gozar de la felicidad, es cierto, tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestros apegos por las criaturas, de modo que Jesús viva en nosotros.

Pero Él especifica que primero debemos amarnos como nos amó Jesús. Después llegará esa fuerza que nos hará capaces de dar la vida, en una muerte mística, para poder tener acceso al Cielo: solo cuando estemos totalmente puros seremos idóneos para gozar de la felicidad que nos ofrece Dios.

Ese paso previo, amarnos como nos amó Jesús, ¿cómo lo estamos viviendo? Jesús nos amó padeciendo y muriendo en una Cruz. ¿Nos amamos así? ¿No es verdad que todavía queda mucho por purificar? ¿No es verdad que todavía estamos muy apegados a nosotros mismos?

Amar significa vivir y morir por la felicidad de quien amamos; ¿estamos haciendo eso por los demás? ¿Cuánto oramos por ellos? ¿Cuántos sacrificios ofrecemos por ellos? ¿Cuánto tiempo les damos?…

Solo cuando aprendamos a amar, podremos seguir al Señor en la muerte mística, presagio de nuestra felicidad.

 

El estigma místico de aceptar el desprecio

Acudamos de nuevo al Evangelio:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que Yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a Mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes?

Les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora su pecado no tiene disculpa.

El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que nadie hizo jamás, no serían culpables de pecado; pero las han visto y me han odiado a Mí y a mi Padre. Así se cumple la palabra que se puede leer en su Ley: Me odiaron sin causa alguna.

Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser Él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de Mí. Y ustedes también darán testimonio de Mí, pues han estado conmigo desde el principio.

Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a Mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho». (Jn 15, 18 — 16, 4)

Esta perícopa muestra otro proceso de purificación —indispensable— que se lleva a cabo en el alma de quien desea llegar a la muerte mística del yo, y permitir así la acción imponderable del Espíritu Santo en el alma.

El mundo nos odia, porque seguimos a Cristo y, por eso mismo, no somos del mundo.

El mundo, en la Escritura, casi siempre da a entender los apegos por las criaturas, el apetito desordenado de bienes terrenos o, como dijera el mismo evangelista, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida. Esto significa que nuestro corazón está arraigado en los bienes —criaturas, al fin y al cabo—, con lo que le impedimos a Dios su acción benéfica en nuestra alma.

Una vez eliminado el apego por el mundo, puestas las miras en el Creador, el Espíritu Santo abraza al alma con su Amor, mientras que el resto de los hombres (apegados todavía al mundo) nos ve como extraños, locos o estúpidos. Y es que el demonio les dice que a esos tales hay que odiarlos, puesto que con su testimonio gritan que hay que arrancar todo placer mundano, cosa que el mundo no puede aceptar, dado el apego tan grande con que los tiene dominados.

Ese odio que nos tienen ya se lo tuvieron a Jesús. Y fue tan grande, que lo mataron. ¿Somos capaces de soportar por amor a Jesús el desdén, el desprecio, el odio? Hay que sacar el bisturí para cortar donde sea necesario. O, si no podemos solos, orar para que el Señor lo haga: que nos purifique de nuestro apego al «qué dirán», del apego a nuestra imagen, etc. Dolerá, pero se limpiará nuestro corazón para que quepa Jesús más a sus anchas, más cómodo, desde donde nos llenará de su Amor.

El estigma que quedará, el del desprecio de los demás, nos enseñará a valorar las cosas, las circunstancias y los seres como son en realidad, no como erróneamente las valorábamos antes. Y así nos iremos dando cuenta de que, junto a Dios somos unas simples criaturas que nada merecen, pero que son infinitamente amadas por el Señor.

 

El estigma místico de no sentir a Dios

«Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver».

Algunos discípulos se preguntaban: «¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”?» Y se preguntaban: «¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir».

Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: «Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver. En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo.

La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo! Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero Yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo». (Jn 16, 16-22)

Sucede con frecuencia (y aun en medio del desprecio de los demás y de otras heridas): sentimos que Dios no está presente, que se ha alejado; parece como que se olvidó de nosotros… Primero, habíamos sentido su presencia, quizá con visiones espirituales, quizá con locuciones interiores, quizá con sentimientos de gozo… Y, de pronto, sequedad, silencio.

Es el momento de dar gracias: el Señor nos está enseñando que no debemos apoyarnos en esas cosas para progresar en la vida espiritual y/o nos está probando (en el sentido de producir el efecto que se necesita): nos está purificando, para que desaparezcan esos apegos a los favores espirituales que a veces nos regala, para que nuestro corazón lo ame solo a Él, no a sus dones.

Con esta purificación avanza muchísimo más el alma, que si nos regalara más y más obsequios espirituales. Es necesario aprender, además, que esas gracias vienen a nuestra alma porque Él así lo quiere, no por mérito alguno de nuestra parte. Además, poco a poco iremos aprendiendo si esas cosas que sentimos provienen realmente de Dios o, por el contrario, las envía el demonio o son producto de nuestra imaginación, en razón de nuestra pequeñez.

Como se ve, en la medida que avanza nuestra meditación de la Pasión de Nuestro Señor, el Espíritu Santo va purificando y embelleciendo al alma para hacerla más apta de la alteza de Dios, para que, como lo dijo en el extracto evangélico que estamos analizando, nuestro corazón se llenará de alegría, y nadie nos podrá arrebatar ese gozo.

Pero los estigmas deben seguir viniendo, hasta que lleguemos a la muerte mística, encuentro profundo con la deidad.

 

El estigma místico de la obediencia

Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras voy a orar». Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia, y les dijo: «Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos». Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: «Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú». (Mc 14, 32-36)

Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo. (Lc 22, 44)

Es este un momento realmente impresionante en la vida de Cristo, en el nunca se profundizará suficientemente. Como hombre que era, llegó a sentir «temor y angustia» «de muerte» ante la inminente Pasión. Y como hombre, suplicó que, «si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora».

Tal vez hemos pasado por momentos similares: angustias que se manifiestan en circunstancias determinadas, como aflicción, congoja o ansiedad; temores opresivos sin causa precisa; o simplemente aprietos, situaciones apuradas… ¿Cómo reaccionamos? ¿Queremos aceptar radicalmente la voluntad de Dios? ¿Queremos llevar este estigma para consolar al Señor, para ayudarlo a salvar almas, para hacer justicia (somos nosotros quienes deberíamos pasar por ese momento y por toda la Pasión), para darle gloria a Dios, en fin, para amar?

Es más: ¿somos generosos como lo fue Jesús? ¿Decimos en esos momentos difíciles con Jesús «No se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú»?

Si, en medio de los aprietos, temores y angustias nos ofrecemos voluntariamente a Dios para seguir sufriendo por amor a Él y por amor a la humanidad, habremos marcado el alma con este maravilloso estigma, con el que nos acercaremos paulatinamente a la añorada muerte mística: sólo desear, saber y entender la vida de Jesús —humilde despreciado y desconocido[29]—, camino, verdad y vida.

Esto es, nada menos, que la santidad misma: hacer en todo momento la Voluntad de Dios, sabiendo que es siempre lo mejor para nosotros, aun cuando sea dolorosa y parezca difícil de realizar o, incluso, imposible.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir. Recordemos que siempre contamos con su ayuda divina para todo lo que nos pida.

Leamos las palabras que, al respecto, le dijo a sor Josefa Menéndez:

«Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos…, después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… Les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní…, a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarlo, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador, y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…»[30]

Nacen varias preguntas: ¿Nos ponemos en actitud de silencio y oración siempre que llegan la angustia, la amargura, la tristeza? ¿Nos ofrecemos como víctimas para salvar a tantas y tantas almas que, sin otra ayuda se perderían irremediablemente? ¿Cuánta es nuestra generosidad? ¿Nos gana el miedo a la hora de padecer por Cristo, con Cristo y en Cristo, aceptando radicalmente la Voluntad de nuestro amoroso Padre?…

«Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde…, en un establo, lejos de mi casa y de mi patria…, de noche…, en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre san José…, no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa…; y, sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazareth y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas…, a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consiste en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.»[31]

 

El estigma místico de permanecer despiertos

Sigue la narración de la Pasión:

Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne, débil». Y se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras. Al volver otra vez, los encontró de nuevo dormidos, pues no podían resistir el sueño y no sabían qué decirle.

Vino por tercera vez, y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Está hecho, llegó la hora. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores». (Mc 14, 37-41)

¡Cuántas veces nos «dormimos» haciendo oración, cuántas veces nos «dormimos» en nuestros egoísmos y no escuchamos al Señor, cuántas veces nos «dormimos» en nuestra pereza y no hacemos lo que Él nos pide!

A los Apóstoles les quedó perfectamente claro que para no caer en la tentación hay que estar despiertos y orar. Y, ¿a nosotros? Las tentaciones vienen cada momento. Por consiguiente, ¿cuánto tiempo diario dedicamos a la oración mental, a ese diálogo (no monólogo) entre Dios y la criatura? ¿Acaso no sabemos que es imposible amar a alguien sin entablar una amistad? Y, ¿cómo entablaremos una amistad sin iniciar un trato y ser asiduos en él?

Jesús nos dio ejemplo: muchas veces se retiraba a orar en el silencio y la soledad; incluso cuando estaba cansado de predicar y hacer milagros; de mañana, antes de que amaneciera, o en la noche; al comenzar su vida pública o al prepararse para escoger a sus Apóstoles. Tanto lo hizo, que un día sus Apóstoles le pidieron que les enseñara a orar.

Solo las mujeres y hombres de oración pueden llegar a la santidad. Y solo ellos podrán adquirir los estigmas místicos…

«Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia…, para que hiciesen oración conmigo…, para descansar en ellos…; pero, ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia…, y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: «Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz».

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: «No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…» ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: «Padre mío». Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. ¡Muchas se perderían…, muchísimas me ofenderían y otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… Y, sin embargo, ¡inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y, sin embargo…, ¡ah!, en aquel momento vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña…, ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… Y, ¿quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…»[32]

Dice Jesús: «Quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas». Y nosotros, ¿cuántas veces, en nuestros momentos difíciles, acudimos a refugiarnos vanamente en las criaturas, en vez de acudir al Creador?, ¿al único que puede aliviarnos totalmente?

Por otra parte, ¿cómo reaccionamos ante ese derroche de amor, ante ese derramamiento de la preciosísima Sangre de Jesús, postrado en oración? ¿Le volvemos la espalda, como Él dice? ¿Somos fieles en escuchar su voz?…, ¿o la escuchamos pero sin seguirla? ¿No es verdad que, a veces, respondemos al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caemos en el sueño de la tibieza? ¿Qué dicen nuestras obras?, ¿que ya hemos trabajado bastante?, ¿que hemos sido escrupulosamente fieles hasta en los menores detalles, que hemos mortificado nuestra naturaleza y hemos llevado una vida de abnegación y que bien podemos permitirnos ahora un poco más de libertad?, ¿que ya no somos niños, que ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación?… ¿Que nos podemos dispensar de lo que nos molesta?…

¡Cuánta valentía y perseverancia nos falta! ¡Debemos permanecer despiertos para llevar la Cruz con Jesús y, después, participar de su eterna gloria en el Cielo! El único que puede dárnosla es Él. ¿Qué esperamos?

 

El estigma místico de aceptar la traición

Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. .Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?» Contestaron: «A Jesús el Nazareno». Jesús dijo: «Yo soy». Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. (Jn 18, 1-5)

El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; deténganlo y llévenlo bien custodiado». Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús diciendo: «¡Maestro, Maestro!» y lo besó. (Mc 14, 44-45)

Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48)

Todos hemos sido traicionados alguna vez: grandes traiciones o traiciones pequeñas. ¿Cómo reaccionamos? ¿Sabemos perdonar? ¿Aceptamos esas traiciones como lo que son: la Cruz de Cristo que se nos ofrece para purificarnos?

Otra cosa: cuando nos traicionan, ¿nos acordamos de la inmensa traición que le hicimos a Jesús?

Escuchémoslo:

«Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah!, ¿qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho…, que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden…, y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas…, ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas!, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce…, uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid…, porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: «Yo soy».

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas…, había llegado mi hora…, y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.»[33]

¡Cuánto nos enseña este estigma de la traición! No hay mucho qué añadir. ¡Aquí tenemos tanto por mejorar!

 

El estigma místico de apreciar el abandono

Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mt 26, 56b)

Entonces lo apresaron y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a distancia. Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor; Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. Como estaba ahí sentado en la claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo, dijo: «Este también estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». Como una hora más tarde, otro afirmaba: «Seguramente éste estaba con Él, pues, además, es galileo». De nuevo Pedro lo negó diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo cantó. El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de Él y a darle golpes. Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó». Y proferían toda clase de insultos contra Él. (Lc 22, 54-65)

¿Nos hemos sentido abandonados?, ¿solos? ¿Hemos experimentado la negación de un amigo, de un ser querido? Aunque duela, es necesario pasar por este trance: sentirse abandonado de los nuestros es un estigma místico que limpia profundamente al alma. Nos desapega de nuestro amor propio, de ese deseo impuro de sentirnos amados por las criaturas; así, el alma se vacía para que ingrese solo el Amor de Dios, con el que podremos ascender libres —sin peso alguno— por esa escalera hacia la unión mística con Dios.

De modo, pues, que cuando venga el abandono, la mayor soledad de todas, ¡a dar gracias a Dios! Y a aprovechar al máximo esa oportunidad.

«¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña…, si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia, impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… El también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.»[34]

 

El estigma místico de estimar el silencio

Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías.

Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo.

Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días».

Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» Pero Jesús se quedó callado. (Mt 26, 57-63)

Puede sorprender este silencio de Jesús ante las acusaciones injustas. El ejemplo que nos dejó es muy útil para nuestra alma. Se purificará de ese excesivo amor propio, principal escollo para llegar a Dios. Efectivamente, la soberbia fue el pecado con el que Lucifer atacó a Dios, el mismo con el que Adán y Eva ofendieron a Dios y es el que ahora se interpone entre el Amor de Dios y la criatura. Solo la humildad atrae las gracias de Dios.

Por eso conviene hacer un examen profundo: ¿cómo actuamos cuando nos critican? ¿Qué hacemos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que hablan mal de nosotros? ¿Nos produce dolor o ira que nos acusen falsamente?… No somos todavía como Cristo si nos defendemos, si nos excusamos, si nos ponemos a exponer o a alegar causas o razones para explicar nuestras acciones o para que se borre de las mentes de los demás la culpa que se nos imputa…

Visto el silencio desde otro punto de vista, preguntémonos: ¿Por qué hablamos tanto? ¿Cuáles son los vacíos que queremos llenar con tantas palabras?

Otra vez, es mucho lo que debemos corregir y, también, es mucho lo que el Espíritu Santo debe reparar.

 

El estigma místico de la valentía

De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?». Jesús respondió: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo».

El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y dijo: «¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír sus palabras blasfemas. ¿Qué les parece?» Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte. (Mc 14, 61-64)

Jesús sabía que su respuesta lo llevaría a la muerte; sin embargo, no solo no dudó un momento en contestar afirmativamente, sino que reiteró su asentimiento diciendo lo que ellos estaban esperando para condenarlo: «Un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». Ya no había necesidad de hacer más preguntas: a su juicio, era culpable.

Esa valentía no es posible si el amor de Dios no está en nuestros corazones.

 

El estigma místico de unirse a la prisión de Jesús

Luego comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!» (Mt 26, 67-68)

Veamos ahora lo que sintió y vivió Jesús en la prisión, para acompañarlo místicamente:

«Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera…, pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre…, ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza, ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse…, con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación…, una contrariedad…, una pena de familia o un momento de soledad y desolación…, decirme desde el fondo del alma: “te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad”?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí…, y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia…, después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa…, cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos…, escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir…, ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…»[35]

¿Comprenderemos, ahora, los sentimientos del Corazón más amante del mundo? ¿Seremos capaces de seguir sus huellas?

 

Los estigmas místicos de la flagelación

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. (Jn 19, 1)

El Cuerpo de Jesús ya estaba lleno de heridas y moretones producidos por los golpes de los soldados y, además, estaba —como vimos— exhausto por el cansancio de la noche anterior: primero, las emociones que vivió en la despedida con sus apóstoles y la traición de Judas; luego, la oración intensa en Getsemaní; después, la noche solitaria y fría en la cárcel; más adelante, la levantada y el traslado para el juicio con Pilato; éste lo mandó a Herodes, quien lo devolvió… Y ahora, pone sus brazos mansamente en la columna, para ser atado a ella, y los soldados empiezan a descargar terribles azotes con cuerdas embreadas y con varas, llenos de malvada crueldad…

Al meditar en esto, muchos santos mártires se han entregado voluntariamente a compartir esa afrenta física y psicológica que sufrió Jesús por amor, con un desprendimiento tal, que han logrado llegar a los altares. Otros muchos, escondidos en el silencio de la historia, han seguido sus pasos, dejándose azotar hasta tocar casi la muerte…

Y nosotros, ¿no es verdad que cuidamos nuestro cuerpo con exagerada y casi enfermiza autocompasión? ¿No nos quejamos, a veces, por una pequeña herida que nos hacemos?

Si el alma se ve impulsada por el Espíritu Santo a compartir este dolor del Amor de los amores y sólo si nuestro director espiritual lo autoriza y en la medida que él lo autorice, haremos muy bien en aliviar los padecimientos de Cristo, completando, como diría san Pablo en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Pero aquí encontramos más tesoros:

«Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto…, sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno, sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo…, sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilato, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros…, ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas…, las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah! ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor…, contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.»[36]

Aceptemos la flagelación diaria que nos producen cuando nos critican, nos ofenden, nos vituperan, nos hieren, nos quitan nuestros derechos, nos amenazan o pasan por encima de nosotros…, en todas las circunstancias adversas de la vida. Aceptemos también cada dolor físico que, por pequeño que sea, se hará grande por el amor con que lo hagamos: accidentes, enfermedades, cirugías, etc. Eso, con constancia y unión a lo que sufrió Jesús, poco a poco, será bálsamo para las heridas del Señor y producirá los estigmas místicos de la flagelación en nuestras almas… ¡Amemos con Él y como Él!

 

El estigma místico de la coronación de espinas

Los soldados lo llevaron al pretorio, que es el patio interior, y llamaron a todos sus compañeros. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas. Después comenzaron a saludarlo: «¡Viva el rey de los judíos!» Y lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y se arrodillaban ante Él para rendirle homenaje. (Mc 15, 16-19)

¿Coronarnos de espinas? Sí: Dios, Rey, Señor de señores, Creador y dueño del universo, prefirió una corona de espinas a la que merecía.

Y nosotros, simples criaturas de barro, llenos de pecados, de faltas de amor, de faltas de obediencia, de faltas de fe, de faltas de humildad… ¿qué merecemos?

A veces creemos que merecemos cosas y, ¿qué tenemos que no nos lo haya dado Dios? Dios nos dio la vida, el cuerpo y el alma que poseemos, las cualidades que nos regaló… Un solo momento que el Creador deje de pensar en nosotros para darnos la vida y…, ¡moriremos! ¡Ni siquiera la vida que tenemos es nuestra!: nuestro ser es prestado. Somos nada; esta es la realidad más verídica y cierta de la vida.

Dios le dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3, 14). Cuando el hombre se hace consciente de que su vida es prestada, de que es nada, es cuando conoce la verdad, su verdadera realidad. Y es cuando se hace humilde: deja la soberbia.

Y, ¿qué méritos tenemos? De hecho, ¡nos merecíamos el infierno! Otra cosa es que Jesús pagó nuestro rescate.

Por consiguiente, ¿de qué nos gloriamos?; ¿de qué presumimos?; ¿qué nos merecemos?…

Sí; es verdad: Jesús nos ama, y nos ama tanto que dio su vida para regalarnos la posibilidad de ir al Cielo. Pero eso es otro regalo inmerecido. Y son inmerecidos todos los demás regalos: la Iglesia, los sacerdotes, el Sacramento de la Reconciliación cada vez que pecamos, la Eucaristía, el poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los demás Sacramentos…, en fin, las muestras de la infinita misericordia de Dios.

¡Coronémonos de espinas!: aceptemos toda cruz que nos llegue para acallar nuestra soberbia y, si es mayor nuestro amor y agradecimiento,  —con la anuencia del Espíritu Santo, es decir, del director espiritual, cómo y cuándo él lo permita—, compartamos con ese Jesús–Amor esa corona de espinas que usaron y usan muchos santos.

Hagamos un propósito firme: ¡Ya nunca más dejaremos que la soberbia —sentirnos más que la nada que somos— aflore en nuestras vidas! Y, si alguna vez fallamos (que seguro fallaremos), a rectificar y a dar la gloria sólo a Dios.

Ahora, acompañemos en los sentimientos que abrumaban a Jesús:

«Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿conque eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían…, otros me insultaban…, otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales…, entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo…, como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehuyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehúsan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah! ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y…, quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y, sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria…, más consuelo…, más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo…, se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?»[37]

Recordémoslo: somos nada. Desde esta humildad iniciaremos nuestro viaje místico hacia el encuentro con Dios, para que nos siga llenando de su ser y de su amor, hasta que, purificados por completo en una muerte mística de nuestro «yo» (que tanto estorba), viva Cristo en nosotros, como lo expresó san Pablo: «Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

El estigma místico de que sean preferidos los demás

Hay que borrar toda imperfección, y una de ellas es querer ser preferidos a los demás. Leamos:

Cada año, con ocasión de la Pascua, Pilato solía dejar en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había uno, llamado Barrabás, que había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín. Cuando el pueblo subió y empezó a pedir la gracia como de costumbre, Pilato les preguntó: «¿Quieren que ponga en libertad al rey de los judíos?» Pues Pilato veía que los jefes de los sacerdotes le entregaban a Jesús por una cuestión de rivalidad. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato les dijo: «¿Qué voy a hacer con el que ustedes llaman rey de los judíos?». La gente gritó: «¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Y gritaron con más fuerza: «¡Crucifícalo!»

Pilato quiso dar satisfacción al pueblo: dejó, pues, en libertad a Barrabás y sentenció a muerte a Jesús. (Mc 15, 6-15)

Nunca hubo un juicio más injusto para un Hombre tan justo:

«Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y, ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!…, ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!…, ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilato ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!»[38]

¿Aprenderemos?

 

El estigma místico de cargar la cruz cada día

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. (Jn 19, 17)

Ya lo había anunciado Él mismo: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga» (Lc 9, 23). Ahora lo está cumpliendo.

Nosotros, que queremos seguirlo, ¿cargamos con la cruz de cada día?, ¿nos negamos a nosotros mismos? O, más bien, ¿nos damos todos los gustos egoístas y materiales posibles?…

Es verdad que se necesita mucha valentía para aceptar y vivir este propósito tan elevado pero, ¿vamos a dejar solo a Jesús? Ya otros han emprendido esta gigantesca tarea de amor, y se han ganado el Cielo y las delicias diarias del contacto directo con Dios: unos toques espirituales de la divinidad que no se pueden cambiar por nada en el mundo. ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena!

«En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del Cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras, almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro…, sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo, y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios…, y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo…, y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!»[39]

¿Nos uniremos valerosamente a ese par de Corazones que destilan tanto amor? Ya sé que no somos capaces pero, ¡con ellos lo lograremos!

Lo repito: ¡Vale la pena!

En ese momento, un tal Simón de Cirene, que es el padre de Alejandro y de Rufo, volvía del campo; los soldados lo obligaron a que llevara la Cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

Ahora veamos cómo cargar la Cruz:

«Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado, o sea, que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas sí pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, que se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme…, consolarme…, se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento…; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas, en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.»[40]

Hagamos este propósito: cuando llegue la Cruz, digámosle al Señor:

«Gracias, Jesús, por ese privilegio que me das, gracias por hacerme compartir tus sufrimientos, gracias por dejar que yo —siendo nada— te dé gloria de esta manera tan especial, gracias por esta muestra de tu predilección por mí… Y si quieres más, ¡tómame y haz de mí lo que quieras!

¿Necesitas que sufra un poco más por ti? –He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu palabra. Déjame mostrarte mi amor.

¿Te sirve que padezca más por la salvación de las almas? –¡Aquí me tienes! Déjame mostrarte mi amor.

¿Quieres que soporte mucho más dolor, que me una aún más a ti en la Cruz? –Sé que me darás las fuerzas para soportarlo. Tómame y haz lo que desees. Soy tuyo… ¡Para siempre!»

¡Que difícil es para un alma acostumbrada a vivir en la blandura de su propio egoísmo dar este paso! Pero solo quienes lo han intentado han comprendido lo que es el amor verdadero; han aprendido que solo así se encuentra la paz, la alegría y la felicidad verdaderas.

Antes de esta experiencia, nada sabemos del amor, nada entendemos de progreso espiritual… Después de traspasar este umbral, lo que creíamos que nos daría felicidad es apenas un esbozo tosco, minúsculo y pobre de la legítima, verdadera e imperecedera felicidad. Se entra a una estancia de placeres jamás imaginados, antesala del Cielo.

 

El estigma místico de la crucifixión

Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús.

Después de clavar a Jesús en la Cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: «No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca». (Jn 18; 23-24)

Si es difícil aceptar el estigma místico de cargar la Cruz de Cristo, ¡cuánto nos costará ser crucificados místicamente con Él! Nos quejamos por cualquier pinchazo que nos hacemos y, ¿vamos a ser capaces de soportar una crucifixión?

Pero hay un camino para llenarnos de valor: pensemos en el ser humano que más amemos: un hijo, por ejemplo. Si se nos aparece Jesucristo y nos dice: «¿Qué serías capaz de hacer por él? ¿Serías capaz de morir en una cruz, como Yo?» Estoy seguro de que si Jesús nos garantizara la salvación de nuestro hijo si morimos así, nadie dudaría en entregarse a ese tormento, pidiéndole a Dios la fortaleza necesaria para soportarlo.

Pensemos que a quien más debemos amar es a Jesús: fue capaz de morir como nos lo merecíamos nosotros. Si Él ha hecho eso por nosotros, ¿nosotros qué debemos hacer por Él?

Los que deberíamos padecer semejante suplicio somos nosotros. Es más: merecíamos soportar ese castigo toda la eternidad, puesto que ofendimos a un Dios eterno. Lo justo es que nosotros paguemos nuestra deuda, no Él. Por lo tanto, llenémonos de fortaleza divina y —valientes— devolvamos Amor con amor; nunca alcanzaremos ese Amor (con mayúscula) pero, por lo menos, daremos lo que podamos.

Y, ¿cómo haremos tal cosa? Místicamente. Espiritualmente.

Vayamos al Calvario con Él, junto con los estigmas místicos que hemos estudiado (viviéndolos ya) y, desnudos de toda atadura del «yo» y de cualquier otro apego, coloquémonos detrás de la Cruz, donde nadie nos puede ver; dejemos que los clavos, después de traspasar a Jesús y al santo madero de la Cruz, atraviesen también nuestras manos y pies para perder con Jesús toda libertad humana, para anonadarnos y anularnos con Él y para llenarnos de la fuerza de su Amor.

Tres clavos, que representan las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad, con las que nos quedamos, después de despojarnos de todo lo demás, para ir al encuentro con la divinidad: creer en Dios por encima de todo, sin prueba alguna y aun contra toda expectativa, esperar en el encuentro definitivo con Él para ser inmensa e infinitamente felices y amarlo por encima de todas las cosas[41].

Tres clavos que arrancarán de nuestras vidas a los tres enemigos del hombre: la Fe acabará con las insidias del Demonio; la Esperanza nos apartará del atractivo del mundo; y la Caridad nos concentrará tanto en el Amor de los amores, que nada nos atraerán los apetitos de la carne.

Tres clavos que nos alejarán de la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Tres clavos que nos pondrán las únicas metas por las que lucharemos de ahora en adelante: dar gloria a Dios Padre, ayudar a Jesucristo a salvar almas y repartir el Amor del Espíritu Santo.

Luego de esta mística crucifixión, solo queda esperar el abrazo y el abraso del Amor divino, felicidad en plenitud de cualquier ser humano. Y, luego, el Cielo.

«Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero…, ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha…, resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda…, ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren…, los nervios se desgarran…, los huesos se descoyuntan…, ¡el dolor es inmenso!…, mis pies quedan traspasados…, ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados…, este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del Cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el Cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y, ¿qué rehusarás a mi amor?»[42]

 

El estigma místico del perdón

Siempre impresiona volver a oír cómo, después de semejante ensañamiento, Jesús es capaz de perdonar a sus verdugos:

Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34a)

«¡Padre!, perdónalos porque no saben lo que hacen…

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades…; mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.»[43]

Se necesita estar muy desapegado para llegar a este extremo. Pero muchos, comenzando por Esteban, llegaron al mismo límite de Amor.

Basta amar con el Corazón de Dios. Podemos empezar orando por nuestros agresores, todos los días. Y es más fácil hacerlo a través de la Virgen María, nuestra Madre, porque para ella todos somos hermanos: tanto los agredidos como los agresores están en su corazón de Madre. Su dulzura nos facilitará el camino del perdón. Día a día, oración tras oración, Ella irá ablandando nuestro corazón de piedra hasta hacernos amar a nuestros enemigos; sí, amar; amar con toda el alma a nuestros ofensores. Y llegar hasta el extremo de ofrecer esas afrentas por ellos mismos, con el deseo de que sean felices. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús, y Él es nuestra meta: desde la cruz en la que estemos, amar con perdón sincero a todos los que nos tienen en esa cruz.

¡Qué bella purificación!: no solo nos hacemos aptos del Amor de Dios, sino que nos llenamos de paz. Paz interior que brota hacia los demás. Paz verdadera; de esa que nunca se va. Paz que se conduele del arrepentido:

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Porque había sobre la Cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de Mí cuando entres en tu Reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)

«Hoy estarás conmigo en el paraíso…

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes…, ella te conduce a la vida eterna.»[44]

 

El estigma místico del desamparo total

Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. .Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Jn 25, 25-27)

«Mujer, he ahí a tu hijo.

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.»[45]

Se despojó de todo lo que tenía. Nos dio lo último que le quedaba: su Madre, para que también fuera nuestra.

Pero ahí no paró en el desamparo: llegó hasta el final. Quiso sentir la soledad completa; quiso experimentar hasta el abandono de su Padre:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber. Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». (Mt 27, 45-49)

«¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has desamparado?

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…»[46]

Este misterio tan profundo del deseo de Jesús de quedar tan desamparado jamás se entenderá por completo. Los teólogos afirman que habría bastado que derramara una sola gota de su Sangre para lograr la Redención, pero Jesús quiso llegar al expolio total, a su aniquilación total.

Lo hizo quizá para enseñarnos generosidad, amor, entrega. ¡O, mejor, lo hizo para que supiéramos que aquí en la tierra es posible la purificación que tendría lugar en el purgatorio! San Juan de la Cruz lo afirma así: los que llegan a estas alturas gozan en vida de algunos de los toques que Dios dará eterna y crecientemente en la gloria del Cielo… Y esto se da, puesto que el alma se ha purificado; se ha embellecido hasta ser digna de las caricias de Dios. ¡Oh inefables bellezas del Amor divino! ¡Cuán deseables son!… Pedacitos de Cielo…

 

El estigma místico de la agonía

Pero Jesús quiso más; ¡más todavía!:

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed», y con esto también se cumplió la Escritura. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. Jesús probó el vino y dijo: «Todo está cumplido». (Jn 19, 28-30a)

«¡Tengo sed! ¡Oh Padre mío!…, tengo sed de tu gloria…, y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir:

Todo está consumado.

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!»[47]

¿Qué le quedó por dar?…

Y, a nosotros, ¿cuánto nos falta por entregar? ¿Cuánto tenemos reservado para nuestro egoísmo, para nuestras bajezas, para nuestra comodidad, para nuestra soberbia…?

Sed de la gloria del Padre, sed de almas, sed de que el mundo conozca el Amor de Dios. Solo estas tres cosas nos importarán de ahora en adelante. ¡No más sed de otras cosas!

El resultado de purificarnos así, a través del sufrimiento, como lo hizo Jesús, será obtener la verdadera alegría.

Dios, al ver que como consecuencia del pecado aparecieron el dolor, la enfermedad y la muerte, las convirtió —como milagro de su Amor— en medios positivos para nuestro beneficio.

He aquí la verdadera alegría: la mala apariencia, las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte… el desamparo. Así se facilita la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, la fuerza del amor verdadero.

 

La muerte mística

Hacia el mediodía se ocultó el sol y todo el país quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. En ese momento la cortina del Templo se rasgó por la mitad, y Jesús gritó muy fuerte: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y dichas estas palabras, expiró. (Lc 23, 44-46)

«A Ti entrego mi alma… Así las almas que cumplen mi Voluntad, podrán decir con verdad: Todo está consumado… ¡Señor mío y Dios mío! Recibe mi alma, la pongo en tus manos…»[48]

Entendemos aquí muy bien cómo san Pablo de la Cruz nos invita a llegar hasta el final: la muerte mística:

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser un(a) mártir y fidelísimo(a) hijo(a) hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

La muerte mística como obediencia a Dios

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí mismo(a), sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

El punto de partida: la propia nada

Me sumergiré en mi propia nada, admirado(a) de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movido(a) por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

Abandono en el querer de Dios

Permaneceré sumiso(a) y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contento(a) de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí mismo(a) en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privado(a) del mismo; antes bien, muy dispuesto(a) a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contento(a) y resignado(a) volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolado(a), muerto(a) y sepultado(a) en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

El seguimiento de Jesús crucificado

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligido(a), abandonado(a), desolado(a), le haré compañía en el huerto. Si despreciado(a), injuriado(a), le haré compañía en el Pretorio. Si deprimido(a) y angustiado(a) en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencido(a) de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí mismo(a), procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unido(a) a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí mismo(a); e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mío(a). Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí mismo(a) para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerto(a), y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

[…]

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unido(a) a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducido(a) a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichoso(a) yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.[49]

 

«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». (Lc 9, 23b)

 

El triunfo definitivo

Después de los tres días de oscuridad —está avisado— vendrá uno de luz. Luz que cambiará al mundo de una manera extraordinaria, porque Jesús lo anunció: Lucifer será destronado en este mundo:

«Ahora es el juicio de este mundo, ahora el que gobierna este mundo va a ser echado fuera.» (Jn 12, 31)

Estas palabras de Jesús no indican otra cosa que su victoria final sobre el anticristo, victoria que ya se inició con su venida a este mundo y su Resurrección, y que continúa ahora con María y nosotros, sus aliados.

El Corazón Inmaculado de María triunfará.[50] Está predicho por ella misma desde su aparición en Fátima y lo ha repetido en muchas otras apariciones y mensajes; lo que nos recuerda el siguiente pasaje bíblico:

«Pues Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva y el pasado no se volverá a recordar más ni vendrá más a la memoria. Que se alegren y que estén contentos para siempre por lo que voy a crear. Pues Yo voy a hacer de Jerusalén un Contento y de su pueblo una Alegría.

Yo quedaré contento con Jerusalén y estaré feliz con mi pueblo. Ya no se oirán, en adelante, sollozos ni gritos de angustia, ni habrá más, allí, recién nacidos que vivan apenas algunos días, o viejos que no vivan largos años, pues morir a los cien años será morir joven, y no llegar a los cien será tenido como una maldición.

Harán casas y vivirán en ellas, plantarán viñas y comerán sus frutos. Ya no edificarán para que otro vaya a vivir, ni plantarán para alimentar a otro. Los de mi pueblo tendrán vida tan larga como la de los árboles y mis elegidos gozarán de los frutos de su trabajo. No trabajarán inútilmente ni tendrán hijos para perderlos, pues ellos y sus descendientes serán una raza bendita de Yavé.

Antes que me llamen les responderé, y antes que terminen de hablar habrán sido atendidos.

El lobo pastará junto con el cordero; el león comerá paja como el buey y la culebra se alimentará de tierra. No harán más daño ni perjuicio en todo mi santo cerro, dice Yavé.» (Is 65, 17-25)

Esa tierra nueva en la que el pasado no se volverá a recordar más ni vendrá más a la memoria, en la que todos se alegrarán y estarán contentos para siempre, en la que su pueblo será una Alegría, será el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

Cuando Dios esté feliz con su pueblo, cuando ya no se oigan sollozos ni gritos de angustia, ni haya más recién nacidos que vivan apenas algunos días, o viejos que no vivan largos años, habrá ganado María, con su ejército de soldados, al mando de los obispos y sacerdotes.

Entonces gozaremos de los frutos de nuestro trabajo. No trabajaremos inútilmente ni tendremos hijos para perderlos, pues nosotros y nuestros descendientes seremos una raza bendita de Dios. Antes de que lo llamemos nos responderá, y antes que terminemos de hablar habremos sido atendidos.

Y ya no habrá desorden en la naturaleza: el lobo pastará junto con el cordero; el león comerá paja como el buey y la culebra se alimentará de tierra. No harán más daño ni perjuicio.

Paz entre los hombres, paz entre Dios y los hombres, paz en la naturaleza… ¡El paraíso en la tierra!

Es una promesa de Dios.

Y después, ¡la vida eterna junto a Dios!

 

 

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[1] Cf. Carta de Dios. MRC editores, Bogotá, 1991

[2] “Mahoma”, Washington Irving, Salvat ed., Bogotá, pp 96-96.

[3] El uso de armas para imponer criterios de fe no es solamente un fenómeno del Islam; muchas veces los cristianos, a través de la historia, hemos caído en actitudes similares, de las cuales la Iglesia quiere también pedir perdón. El Papa Juan Pablo II, en la Bula “Incarnationis mysterium”, siguiendo lo expresado en la carta apostólica “Tertio millennio adveniente”, dice lo siguiente al señalar los diversos signos que debe tener el Gran Jubileo del año 2000: “Ante todo, el signo de la purificación de la memoria, que pide a todos un acto de valentía y humildad para reconocer las faltas cometidas por quienes han llevado y llevan el nombre de cristianos. El año santo es por su naturaleza un momento de llamada a la conversión. Esta es la primera palabra de la predicación de Jesús…”. Desde estas páginas pedimos perdón por todas las veces que los cristianos, en el transcurrir de la historia, olvidándonos de la dulzura del Evangelio, nos hemos dejado seducir por la fuerza y la violencia para pretender, con ellas, imponer nuestra fe.

[4] Cf. “¿Somos cristianos?, reflexiones”, Maurino, P. F., Paulinas, Bogotá, 1999.

[5] Documento pontificio relativo a materia de fe o de interés general, concesión de gracias o privilegios o asuntos judiciales o administrativos, expedido por la cancillería apostólica y autorizado por el sello de su nombre u otro parecido estampado con tinta roja.

[6] No solo es criticable la actitud de Lutero frente al Papado y su rebelión contra la Iglesia, que lo lleva a la dolorosa separación cuyas consecuencias todavía se manifiestan; así como sus discutibles criterios morales, basados en una concepción del hombre que no es justificado intrínsecamente, sino solo “legalmente” conservando su condición de pecador (“simul iustus et pecator”); también hay que tener en cuenta, para pedir perdón, y entender —no justificar— la actitud y las expresiones de Lutero, las lamentables condiciones de decadencia moral que durante ese mismo tiempo sufrió el Papado y que fueron superadas por la Reforma del Concilio de Trento y por el Renacimiento espiritual y místico subsiguiente; así mismo, no podemos olvidar las connotaciones nacionalistas germánicas de Lutero, enfrentadas a los juegos políticos en que participaban los Estados Pontificios. Hoy, con unos Papas ejemplares y reducido el Estado de la Ciudad del Vaticano a ser una mera garantía para la total independencia del Papa y de la Iglesia, el juicio sobre la persona y obra de Lutero adquiere nuevos matices, que el diálogo ecuménico entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial han puesto de relieve, y que el Santo Padre ha resaltado en los numerosos contactos que ha tenido con líderes luteranos, tanto en Roma como en los viajes apostólicos a Alemania y a los Países Escandinavos.

[7]Martín Lutero, 450 aniversario de su muerte, Tisnés, M. Cf. Semanario El Catolicismo, Bogotá, septiembre–octubre 1998.

[8] Cf. Diccionario enciclopédico Larousse, Bogotá, tomo 4, p 1213.

[9] Enciclopedia universal ilustrada de España, Madrid, 33, 718.

[10] La Francmasonería, Truth, J., Madrid, 1970.

[11] Enciclopedia universal ilustrada de España, Madrid, 33, 718-750 (con abundante bibliografía).

[12] Encíclica Humanum genus, 20 de abril de 1884.

[13] Masonería, Boor, J., Madrid, 1952.

[14] En este punto de la conveniente valoración de la ciencia desde la perspectiva de la fe, debemos tener en cuenta la encíclica: “Fides et ratio”, del Papa Juan Pablo II, del 14 de septiembre de 1998, en donde se señala y se reconoce el valor de la ciencia y se reivindica a la razón, haciendo ver que la fe no tiene que temer a la ciencia, ni esta a la fe.

[15] La Nueva Era, Prada, R., artículo de la revista Vida Pastoral, vol. 84, Bogotá, octubre–diciembre de 1996.

[16] Pocas verdades en los horóscopos, artículo de la revista Portafolio, del diario El Tiempo, Bogotá, noviembre 21 de 1997.

[17] Cf. Discernimiento, Renovación Carismática Católica, Colección pastoral “Verdad y Vida”, Panamá, 1978.

[18] Cómo hacer meditación. Maurino, P. F., MRC editores, Bogotá, 1997.

[19] Don Bosco y la Virgen. Salesman, P. E., Editorial Centro Don Bosco, 7ª ed, Bogotá, 1991.

[20] ¿Somos cristianos?” Maurino, P. F., Paulinas, Bogotá, 1999.

[21] Carta de Dios. MRC editores, Bogotá, 1991, p 22.

[22] Cómo alcanzar la verdadera paz interior. Rubiano, M., ed San Pablo, 2ª ed, Bogotá, 1997.

[23] Un santo para cada día, Sgarbosa, M., Giovannini, L., ed San Pablo, 4ª ed, Bogotá, 1994.

[24] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un Obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

[25] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de editores del Catecismo, 2ª ed, Barcelona, España, 1992, nº 2015, p 448.

[26] Tratado de la verdadera devoción. Luis María Grignion de Montfort, ed San Pablo, 1995, p 50.

[27] Sermón de los 12 privilegios, san Bernardino de Siena, 1, 3.

[28] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[29] Cf. San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo paciente, La muerte mística, Colección: Clásicos de espiritualidad, B.A.C., Madrid, España, 2000.

[30] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[31] Ídem

[32] Ídem

[33] Ídem

[34] Ídem

[35] Ídem

[36] Ídem

[37] Ídem

[38] Ídem

[39] Ídem

[40] Ídem

[41] Cf. San Juan de la Cruz, Noche.

[42] Ídem

[43] Ídem

[44] Ídem

[45] Ídem

[46] Ídem

[47] Ídem

[48] Ídem

[49] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo Paciente, clásicos de espiritualidad, BAC, Madrid, España, 2000

[50] Fátima: mensaje de tragedia o de esperanza, Borelli, A. A., ed. TFP, Bogotá, 1995.

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