Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Matrimonio’

¿La masturbación o las relaciones prematrimoniales son pecados?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2016

Hay quienes dicen que hoy hay que ser más abiertos al tratar los temas de la masturbación y las relaciones prematrimoniales. Y al decir “más abiertos” quieren poner en duda que estén mal, afirman implícitamente que no tienen nada de malo.

La masturbación es pecado, porque se cambia el uso que Dios le dio a la sexualidad: la procreación. Buscar únicamente el placer, haciendo a un lado el uso natural de la sexualidad es herir la esencia misma del ser humano, que fue hecho para amar, entregar su vida para procurar la felicidad de otro o de otros; es volverlo sólo una máquina de placer, no un ser humano que piensa, que ama, que puede dominar sus instintos para vivir con un sentido, para lograr metas altas, sobre todo la del Cielo. ¿Cómo se sentirá Dios al ver que un hijo suyo se masturba, si fue creado para cosas más elevadas, más valiosas, más bellas, más grandes…? ¡Sufre! Y sufre mucho.

Lo mismo ocurre con las relaciones prematrimoniales, en las que las personas se entregan sin comprometerse totalmente a amarse (servir el uno al otro) con todo su ser, para conseguir juntos la felicidad; y esto es que es lo que Dios desea para sus hijos los seres humanos, que fueron creados a su imagen y semejanza: la de Dios-Amor. En vez de la entrega total (en todos los planos: biológico, psicológico y espiritual), que es lo propio del ser humano y que es lo que Dios quiere para ellos, terminan haciendo un acto animal: se usan el uno al otro, para producirse placer. Y usarse mutuamente es ofender el fuero interno del otro, es lo contrario al amor auténtico, porque usarse es convertir al otro en un medio. Y eso, otra vez, hace sufrir a Jesús. En cambio, la entrega comprometida, la entrega total que se hace en el matrimonio, sí es digna del ser humano: cada relación sexual dentro del matrimonio es una expresión de la donación total que hace el uno al otro: ya se lo han dado todo.

Después de leer esto, de ver cuánto sufre Dios cuando pecamos, ¿todavía se puede creer que para abordar este asunto “hay que ser más abiertos”? —Si se dice esto en el sentido de que hay que abrirse a la verdad, conocerla y actuar en consecuencia, podemos asegurar que sí.

 

Anuncios

Posted in La conducta del cristiano | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿La masturbación o las relaciones prematrimoniales son pecados?

¿Matrimonio para los sacerdotes?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 12, 2015

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona histórica, concreta (no la metafísica), jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra —o viceversa—, porque ella —o él— es la imagen de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa: Signo sensible de un efecto interior y espiritual.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad, como tal, no necesita del Sacramento, del signo: Dios se convierte en el esposo del alma. ¡El sacerdote alcanza la realidad frontalmente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado. La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento, con signo (Sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir: todas sus acciones están encaminadas a lograr la verdadera y única felicidad en Dios, quien es su auténtico complemento.

El sacerdote se entrega directamente a Dios; no necesita el signo, es decir, no necesita el Sacramento. Tiene la realidad que verdaderamente lo complementa: Dios.

Por consiguiente, el sacerdote está por encima de los deseos sexuales del matrimonio; y realmente los desprecia, puesto que ya posee lo que el matrimonio apenas promete. Por esto mismo está muy lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones. He aquí la razón por la cual todos los seminaristas abrazan libremente el celibato antes de ordenarse.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Así, un sacerdote, por ejemplo, puede llegar a vivir su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato sea mejor que el matrimonio. Por un lado, tiene la ventaja de estar directamente con Dios, de haberse entregado directamente a Él; pero al casado le queda más fácil, más tangible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Así, pues, no existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Además, su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado.

De todo esto resulta que la dignidad del ser humano solo acepta dos opciones: entregarse por completo en el matrimonio a su cónyuge —la imagen de Dios—, o vivir una virginidad total, dirigiendo su amor, sin intermediarios, al Creador.

Así, todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

 

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Matrimonio para los sacerdotes?

¿Casados o solteros?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 19, 2013

Signo

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Eso es lo que significa sexualidad: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento: el hombre y la mujer se complementan en el plano biológico, en el plano psicológico y en el plano espiritual. Toda relación entre un hombre y una mujer tiene ese carácter sexual.

Pero la persona histórica, la concreta (no la metafísica), jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre. Es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra (o viceversa) porque ella (o él) es la imagen de Dios.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad cristiana, como tal, no necesita del signo (sacramento) del matrimonio. Dios se convierte en el(la) esposo(a) del ser personal. La virginidad alcanza la realidad directamente.

De este modo, la virginidad confirma el sacramento del matrimonio y le da su verdadera dimensión.

La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado.

No se habla aquí de la virginidad física ni de la psicológica (indivisibilidad del corazón) ni de la jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad evangélica, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento. Virginidad esta que puede darse con signo (sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

Por el contrario, quien vive soltero no necesita el signo: puede ir directamente hacia la realidad —Dios— y, por añadidura, está más lejos de las veleidades y de los vaivenes de las pasiones; de este modo se capacita para un juicio más recto acerca de su propia sexualidad.

En el matrimonio la donación se lleva a cabo en el plano biológico (se entregan sus cuerpos), en el plano psicológico (se comparten la afectividad, la emotividad y los sentimientos) y en el plano espiritual (se dan el uno al otro para siempre). Todas sus acciones están encaminadas a lograr un verdadero complemento, enriqueciéndose ambos para encontrar, juntos, la verdadera y única felicidad.

El soltero puede entregar también su cuerpo a Dios eximiéndose de toda genitalidad[1] por amor a Él; comparte con Él su afectividad, su emotividad y sus sentimientos; y lo hace para siempre. Así mismo, todas sus acciones estarán encaminadas a hallar en Él su verdadero complemento, enriqueciéndose para encontrar la auténtica y única felicidad.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Se puede dar el caso de que un soltero, por ejemplo, viva su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que el celibato (soltería) sea mejor que el matrimonio. La ventaja que tiene es que se entrega directamente a Dios; además, tiene una capacidad mayor (como se vio arriba) para hacer un juicio más recto acerca de su propia sexualidad e, incluso, de la sexualidad de los demás, lo cual lo hace el mejor consejero.

Por otra parte, alguien podría decir que al casado le queda más fácil, más asequible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Tampoco existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

Si los casados se entregan por completo a la imagen de Dios —su cónyuge—, los solteros pueden, mientras llega el matrimonio, ofrecerse a Dios en su estado actual para comenzar a vivir esa virginidad evangélica, y así llegar a la plenitud del amor: viven una virginidad total en la que dirigen sus afectos, sin intermediarios, al Creador, objeto de su amor. Y eso los dignifica tanto o más que el matrimonio a los casados.


[1] La palabra “genital” viene de genitare, que significa generar, y se refiere a generar vidas; es decir, la genitalidad se ejerce para procrear.

 

Posted in Matrimonio, Santidad | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Casados o solteros?

¿Perdonar la infidelidad?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2013

 

El amor verdadero consiste en trabajar con todas las fuerzas (cueste lo que cueste) por la persona amada, para procurarle la felicidad; además, no importa si para lograrlo tenemos que sufrir, pues lo único que queremos es la felicidad de esa persona, por encima de nuestra propia felicidad. Es más: las metas que teníamos antes de enamorarnos pasan a un segundo lugar. Lo único que queremos es que esa persona sea feliz: agradarla, consolarla cuando está triste, ayudarla a cumplir sus metas, acompañarla cuando necesita compañía, animarla cuando está desanimada… En fin: nuestra mayor felicidad es la felicidad de ella. ¡Nos olvidamos de nosotros mismos! Así es el amor auténtico.

 

No ama, por lo tanto, quien tiene reservas egoístas: el que busca únicamente sus propios intereses: desea que esa persona le dé lo que anhela. El ejemplo más frecuente es el del hombre que quiere usar a su esposa para sentir placer sexual, para que le críe sus hijos, para que le prepare la comida, para que le arregle la ropa y le tenga la casa cuidada, limpia y ordenada… O la mujer que solamente se casa porque quiere sentirse amada por un esposo caballeroso, detallista, amoroso, generoso y, ojalá, adinerado y atractivo… Todo esto no es sino egoísmo, que es precisamente lo contrario del amor: no buscan hacer feliz a su pareja; buscan más bien a alguien que los haga felices.

 

 

1. La infidelidad es la mayor muestra de desamor

 

Esta es la primera verdad: quien es infiel simplemente no ama.

 

La segunda verdad es que él le prometió fidelidad delante de Dios, en un acto sagrado y solemne: le falló a Dios, le falló a ella, les falló también a sus hijos, destruyó el hogar que formó y se falló a sí mismo, cuando hirió su propia dignidad incumpliendo lo que libremente prometió.

 

Y en tercer lugar, quien esconde esa infidelidad es un traidor y un cobarde.

 

Por eso, si la mujer burlada es consciente de su dignidad —de su valor— y no quiere engañarse, siempre debe aceptar estas verdades, asumirlas con madurez (sin falsas expectativas) y actuar en consecuencia:

 

 

2. Dios solamente perdona a quien está sinceramente arrepentido

No podemos olvidar que Dios —que posee la misericordia en grado sumo, infinito— perdona únicamente cuando hay arrepentimiento sincero:

 

Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. (Lc 17, 3)

 

Algunas personas aducen que se debe perdonar a todos, incluso a quienes no se arrepienten porque, de no hacerlo, Dios no nos perdonará nuestras culpas; y añaden que si Dios hubiera esperado nuestro arrepentimiento, todavía estaríamos sin redimir. Si esto fuera así, todos seríamos perdonados siempre, aunque no nos arrepintiéramos; no habría, por tanto, necesidad de confesarnos con un sacerdote, ni siquiera de pedir perdón. Tampoco se nos exigiría lo que enseña el Catecismo: contrición de corazón y propósito de la enmienda.

 

¿No es el Sacramento de la Reconciliación una muestra de arrepentimiento? Y sin este Sacramento, no se nos perdonan los pecados mortales.

 

Así, pues, todos debemos perdonar a un ofensor, en el sentido de seguir queriéndolo y procurando su bien, etc. Pero perdonar en un sentido estricto un pecado del esposo o de quien sea no es posible, si no hay arrepentimiento suficiente: tampoco Dios nos perdona si no nos arrepentimos de nuestro pecado, porque seguimos apegados a él.

 

 

3. Dios manda que corrijamos a nuestros hermanos

 

Son varios los casos de madres beatificadas por la Iglesia que aguantaron a sus maridos adúlteros crónicos, sin pedir la separación, buscando que no se rompiese más aún la familia, procurando que el adúltero siguiera contando con la fidelidad de la esposa… y logrando, a veces, después de muchísimos sufrimientos y humillaciones, la conversión del esposo y el restablecimiento de la unión conyugal. Así es como Dios aguanta la Alianza que nos une con Él cuando somos infieles: mantiene la fidelidad de su amor y nos sigue amando y llamando al arrepentimiento, deseoso de darnos su perdón.

 

Pero está escrito en la Biblia que debemos corregir al pecador:

 

Si no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta y viva, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre te pediré cuentas a ti. Pero si tú adviertes al malvado y él no se aparta de su maldad y de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida. (Ez 3, 18bc-19)

 

Y también en:

 

Si tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida. (Ez 33, 8-9)

 

El mismo Jesús lo dijo, como vimos más arriba:

 

Si tu hermano peca, repréndelo. (Lc 17, 3)

 

En las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia esto está consignado en las obras de misericordia; efectivamente, la tercera obra de misericordia espiritual es: Corregir al que yerra.

 

Su mismo nombre lo dice: este es un acto de misericordia, un acto de amor; tanto que, si no lo realizamos, faltamos a la caridad, pecamos por omisión.

 

 

4. A los hombres no se los corrige con palabras

 

Las mujeres suelen escuchar más; los hombres no tanto. Por eso, quien quiere corregir a un hombre, lo debe hacer con hechos, no con palabras.

 

Pero, ¿cuál hecho? ¿Cómo hacer?

 

La mejor forma de enseñar a un hombre que está equivocado es la indiferencia: si él no le muestra su amor o se porta mal con ella o comete algún error, ella debe ser indiferente; por ejemplo: hacer silencio y no demostrarle nada, no atenderlo, no mostrarse cariñosa con él, no servirle la comida, no plancharle la ropa…, y seguir así varios días…

 

Y, si su falta es grave, ni siquiera le contesta una palabra.

 

Si él le pregunta: «¿Qué te pasa?», ella no le contesta… Si sigue preguntando, lo máximo que le dice es: «Nada».

 

Si varios días después le vuelve a preguntar, le contesta algo así:

 

«Lo que estás haciendo me duele, es verdad, pero más me preocupa el daño que te estás haciendo tú mismo: has fallado gravemente a la responsabilidad que adquiriste libremente, y le estás dando un malísimo ejemplo a tus hijos. Le estás fallando a Dios, y a Él nada se le pasa por alto: Él te está mirando… Piensa en tu salvación; no juegues con fuego.»

 

Los adúlteros —pecadores— ordinariamente no salen de su situación sino cuando se ora muchísimo por ellos y se ofrecen muchos pequeños sacrificios por su conversión; pero esta gracia no suele llegar sino cuando ellos sienten rechazo por sus malas acciones. Aunque los hay, no hay que esperar siempre milagros; por eso, si la mujer no le muestra una indiferencia total y un rechazo por sus malas acciones, es posible que jamás se convierta de su mala vida.

 

Y, para saber si está realmente arrepentido, es necesario, no solamente que él se acerque a Dios, confesándose con un sacerdote y cambiando de vidasino cuando pase mucho tiempo pidiéndole perdón a su esposa y mostrándole su sincero arrepentimiento (con regalos, flores, cartas o tarjetas de amor…), mientras ella se sigue mostrando indiferente y lo sigue rechazando, mientras continua orando intensamente por él.

 

Repito: sincero arrepentimiento, demostrado con hechos, no con palabras ni con actitudes, aunque parezcan muy sinceras y honestas.

 

De no actuar así, es decir, cuando la mujer no tiene paciencia y lo perdona a la primera palabra, puede tener la seguridad casi absoluta —así lo demuestra la experiencia— de que él le fallará de nuevo, pues un hombre jamás valora a una mujer que no se valora.

 

Además, ¿cómo se enterará el hombre infiel que está en peligro de condenarse, si la mujer no cambia de actitud con él?, ¿si no le hace sentir su indiferencia?, ¿si no rechaza contundentemente —con hechos— su traición?

 

Ya dijimos que el mismísimo Dios no perdona a quien no esté sinceramente arrepentido. Si Él, que es perfecto, que es infinitamente misericordioso, exige ese arrepentimiento sincero para perdonar, eso es lo mínimo que debe pedir la mujer burlada por su marido.

 

Pero si, después de un tiempo prudencial, el marido infiel sigue demostrando su desamor y su falta de arrepentimiento, esto significa que no había ni la más mínima semillita de amor y de dignidad en su corazón y que, por lo tanto, ya nada había por rescatar.

 

 

5. Mientras tanto, la esposa debe estar muy unida a Dios

 

Para que Dios ayude a su esposo a caer en la cuenta de sus errores y para que la ayude a ella a ser fuerte, he aquí lo que debe hacer.

 

Primero, en una situación como esta, necesita del único que la puede ayudar: debe estar en gracia de Dios (sin pecado mortal), para que Él pueda socorrerla, tanto para tomar las decisiones correctas como también para conseguir la paz que requiere en estos momentos. Con ese fin, es necesario que se reconcilie con Dios, confesándose cuanto antes.

 

Segundo: ya reconciliada con Dios, acercarse a un oratorio o iglesia, ponerse de rodillas ante el sagrario, y entregarse a Dios, diciéndole, con sus propias palabras y estilo, algo así:

 

“Señor, vengo a ti, porque no puedo más; a ti, que lo puedes todo, que me amas más de lo que yo puedo imaginar, que sabes qué es lo que nos conviene: te entrego mi ser, mi matrimonio, mi hogar, mi hijo y mi esposo, para que hagas en nosotros lo que yo no puedo hacer: tu voluntad.”

 

Tercero: debe orar diariamente con mucha insistencia y confianza, muchos días, y ofrecer todo, incluyendo su misma situación anímica, como un sacrificio, que unirá al Sacrificio de Cristo (la Misa), todas las veces que pueda asistir, ojalá diariamente.

 

Después, ella debe aceptar la Voluntad de Dios; solo Él sabe qué es lo mejor para los hijos, si los hay, y para ambos esposos. Por eso, es a Él a quien se le deben dejar los resultados: Él sabe —nosotros no— lo que le conviene a cada pareja. Para unos será mejor la separación; para otros, la reconciliación.

 

Y, tanto para llenarse de autoestima como para estar abandonada a la Voluntad divina, es necesario pedir insistentemente la virtud de la fortaleza, orando constante y confiadamente, frecuentando los Sacramentos y ofreciendo pequeños sacrificios —incluyendo el mismo dolor de la situación que está viviendo— por esta intención.

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Perdonar la infidelidad?

Ciclo B, XXVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 1, 2012

¿Divorcio?

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble.

Desde siempre se canta el amor exclusivo y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y san Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia: «Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32).

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Y, en consecuencia, es indisoluble: «Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9). «El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6). Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios, y constituye un desprecio a las leyes de Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXVII domingo del tiempo ordinario

Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 21, 2012

XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

San Pablo, ¿machista?

Esa es la impresión que se llevan muchos al leer este versículo de la carta de Pablo a los Efesios: «Las mujeres, que se sometan a sus maridos».

Pero lo que pocos destacan es el texto que continúa: «Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia». E, inmediatamente después, concreta cómo lo hizo: «Se entregó a sí mismo por ella».

«Obras son amores y no buenas razones», dice el sabio adagio. ¿Cuántos esposos aman así a sus esposas? ¿Cuántos están trabajando —dando la vida— por ellas? ¿Cuántos dejan a un lado el egoísmo para dedicarse con todas las fuerzas a hacer felices a sus esposas? ¿Cuántos esposos han sido capaces de sufrir, como Jesús, por amor a sus esposas? El llamado de san Pablo es categórico: «Así deben también los maridos amar a sus mujeres». ¿Podrá esto tomarse como machista?

He aquí, más bien, la perfección del amor conyugal:

Un hombre que ama de verdad a su esposa destina todas sus fuerzas a hacerla feliz, busca solo su bienestar, con toda su alma, con todo su corazón, con todo su ser, haciendo a un lado sus egoísmos y hasta sus metas más nobles, pues sabe que no hay mayor nobleza que amar.

Y una mujer que, como dice esta carta, es amada así, ¿cómo no va a ser condescendiente con su marido? Al sentir ese apoyo moral y psicológico, ¿no se someterá a él sin reservas?, ¿no sentirá que él es, efectivamente, su cabeza, como dice san Pablo?

Finalmente, ¿no sería este el ejemplo ideal para los hijos? Si ambos esposos actúan como lo pide la Palabra de Dios, se verá nacer y crecer una nueva generación, libre de egoísmos y de machismo, y se formarán hogares con más sentido de la dignidad de la mujer y del hombre. Como consecuencia lógica, ya sana la célula de la sociedad —la familia—, se hará por fin un cambio verdaderamente positivo en todo este “organismo” social que es la humanidad.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

`Me duele la Iglesia´, respuesta al artículo del padre Llano

Posted by pablofranciscomaurino en julio 17, 2012

El reverendo padre Alfonso Llano Escobar, S. J., en su columna: Un alto en el camino de: El Tiempo, escribió el siguiente artículo:

Me duele la Iglesia

Sí, me duele la Iglesia y, porque la amo, me duelen más tantas debilidades de la Iglesia oficial: el Papa, el Vaticano, Roma.

No la ataco. ¡Dios me libre! La quiero, como a madre, la deseo santa, abierta al mundo, humana, con sentido común, no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Tantos amigos me piden te diga lo que ellos piensan, con el deseo firme y sincero de volver a ella. Pero, que aterrice, que no se calle, que se actualice, que oiga el clamor de sus hijos, deseosos de ver en ella la presencia del Dios humano, que tanta falta les hace.

Trataré de presentar algunas de las confidencias que me hacen a diario, y me piden que te musite unas cuantas inquietudes a ver si encuentran solución, y ven una Iglesia renovada, abierta, con los ojos puestos en el cielo pero con los pies bien asentados en la tierra.

¿Por qué te opones, querida Iglesia, a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Por qué no dejar que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

¿Por qué excomulgas, sabiendo que con cada excomunión te ganas un enemigo mortal? La excomunión de Miguel Cerulario (siglo XI) dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Con la excomunión de Lutero (siglo XVI) nació el Protestantismo. La excomunión de los masones engendró una Masonería enemiga de tu misión apostólica. La excomunión del Modernismo dio origen a todo el espíritu anticlerical del siglo XX. La excomunión del Liberalismo dio origen a un liberalismo radical, y así por el estilo.

Iglesia querida, ¿por qué no oyes el clamor de miles de sacerdotes, que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, incompatible, en muchos casos, con el amor y con los justos afectos del corazón?

¿Por qué no oyes, santa Iglesia, el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, que, al iniciar un segundo matrimonio, se ven obligados a llevar un catolicismo de ‘segundo orden’, sin poder comulgar ni practicar una vida cristiana normal, que no comprenden, ante el hecho de que muchos sacerdotes que dejan su sacerdocio pueden recuperar una vida normal de creyentes de ‘primer orden’? ¿Por qué, Señor, estas diferencias, por qué?

¿Por qué elevas a los altares a tantos hombres y mujeres que no significan una invitación a llevar una vida ejemplar, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, así haya pertenecido a la Iglesia luterana; Elizabeth Kübler Rosse, la Madre Teresa de Calcuta y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad?

No entiendo por qué tus clérigos usan tantos títulos ceremoniosos, como Monseñor, Su Reverencia, Su Excelencia, Su Eminencia, Su Santidad. ¿Dónde queda la humildad de tu Maestro, que abrió senderos de sencillez y fraternidad?

Santa Iglesia: ¿por qué no derribas los muros del Vaticano y te abres al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy?

Iglesia querida: no te pongas de espaldas al mundo, no pierdas la dimensión humana que Dios asumió al encarnarse en Jesús: sé humana, sé sencilla, sé aterrizada en tus documentos y mensajes de fe: deja ese estilo esotérico y señorial que te aleja de nosotros y te hace distante e incomprensible.

Marcha, codo a codo, con nosotros, danos tus mensajes de verdad y de amor, pero escucha, también, nuestras quejas, que salen sinceras del fondo del corazón.

—————————————————-

Respuesta:

Reverendo padre:

Alfonso Llano Escobar, S. J.

Columna: Un alto en el camino (1º de julio de 2012).

El Tiempo.

Como me llamaste madre, yo te digo:

Querido hijo: ¿te duele la Iglesia? ¿Acaso no sabes que tú eres Iglesia? «Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él» (1Co 12, 27). Si lo que llamas Iglesia oficial tiene tantas debilidades, el Papa, el Vaticano, Roma, esas son tus debilidades.

Dices que no me atacas —«¡Dios me libre!»—, que me quieres, como a madre: 1) santa, 2) abierta al mundo, 3) humana, 4) con sentido común, 5) no cerrada sobre sí misma, de espaldas a la realidad.

Y yo te digo que 1) soy santa, porque quien me fundó es el Santo, aunque todos mis hijos —como tú— todavía no lo sean, pues están pendientes todavía de criticar sin ver sus propios defectos, de corregir y no de corregirse, de criticar en vez de amar;

2) estoy abierta al mundo desde mi fundación: quien me busca me encuentra, a todos les ofrezco los medios para salvarse;

3) no hay nada más humano que la Iglesia, pues no ha habido institución que haya hecho más servicios de caridad en el mundo, y nadie propicia más el bienestar temporal y eterno;

4) tener sentido común, hijo mío, no consiste en pedirle al Espíritu Santo que se adecúe a los criterios mundanos sino pedirle al mundo que se adecúe a los criterios de quien lo construyó, de quien sabe para qué lo hizo y cómo hacerlo feliz;

5) por eso mismo, lo que tú llamas: estar cerrada sobre mí misma, de espaldas a la realidad es en verdad amor: yo cuido de mis hijos, para que no solamente sean felices en la vida eterna sino todo lo que puedan en esta.

Nunca me he opuesto al avance científico: muéstrame un solo documento oficial en el que yo —como Iglesia— lo haya hecho (no me hables de opiniones de alguno de mis hijos que, como tú, solo me critican): ¿oponerme yo a los científicos, desde Copérnico hasta Hawking, pasando por Da Vinci, por Darwin, Hubble y Teilhard? ¿Cuándo he impedido que los sabios piensen, avancen y nos ofrezcan un mundo más científico, puesto al servicio del hombre?

Cuando excomulgo, lo hago para protegerte del mal, aun sabiendo que con cada excomunión me puedo ganar un enemigo (no mortal, como dices, porque nadie puede acabar con la Iglesia de Jesucristo: «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella» [Mt 16, 18]). Además, debo ser fiel a mi fundador, Jesucristo: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad» (Mt 18, 15-17). No me importa excomulgar a quien dices, con tal de salvarte del error, ese sí, fatal.

Hijo querido, no te preocupes más por el clamor de esos miles (?) de sacerdotes que dices que ven a colegas suyos, como los luteranos, los anglicanos, los ortodoxos, que encuentran compatible, como los Apóstoles, su sacerdocio con el vínculo matrimonial, clamor ante el Papa para que les quite el yugo del celibato obligatorio, pues tú conoces mejor que muchos los temas de la sexualidad del ser humano: sabes que el hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

Te pido que estudies lo que escribieron —para tu bien— mis últimos papas sobre el asunto del celibato sacerdotal:

https://pablofranciscomaurino.wordpress.com/?s=El+celibato+sacerdotal+seg%C3%BAn+los+%C3%BAltimos+papas

Querido hijo mío Alfonso: yo sí oigo el clamor de tantos fracasados en su primer matrimonio, muchos sin culpa propia, y me duele su situación más que a ti, puesto que me preocupa su salvación eterna; recuerda lo que santa Teresa de Jesús dijo: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada».

Por eso, al iniciar un segundo matrimonio, ellos no pueden comulgar, pues no practican una vida cristiana normal: ellos mismos escogen vivir eso que tú llamas creyentes de «segundo orden». Son ellos los que hacen las diferencias a las que tú te refieres. ¿Por qué? Porque fueron libres al prometer fidelidad hasta la muerte; nadie los obligó (ni a los sacerdotes se les obliga a vivir el celibato; ellos lo eligen, como viste más arriba). El riesgo de que el matrimonio fracase existía y corrieron libremente ese riesgo. ¿Por qué no lo pensaron mejor? Yo los valoro tanto que sé que pueden cumplir lo que prometen o no prometer lo que no pueden cumplir. Son seres humanos libres, hechos a imagen y semejanza de Dios.

Elevo a los altares a tantos hombres y mujeres que precisamente significan una invitación a llevar una vida ejemplar, la que les consigue el fin último del hombre: la realización personal: la felicidad auténtica, ¡la eterna!, en vez de elevar, como modelos de santidad moderna, a hombres de ciencia y probada virtud como Teilhard de Chardin, Juan Sebastián Bach, Elizabeth Kübler Rosse y tantos otros, que dejaron una estela de ciencia, virtud y servicialidad, pero que no sé si se salvaron o no, no sé si lograron esa plena realización personal; es que para ti quiero lo mejor, no apenas lo bueno. A la Madre Teresa de Calcuta ya la beatifiqué y va camino de ser canonizada (infórmate mejor, hijo mío querido).

No es fraternidad ni humildad desconocer que Dios hace diferencias, y a unos da un cargo o responsabilidad más elevado que a otros; además, tú aprendiste que hay personas que tienen más edad, dignidad o que ejercen funciones de gobierno u oficio de mayor respeto, como tú, a quien Dios elevó la dignidad altísima del sacerdocio ministerial sagrado. Es el respeto de los fieles por lo sagrado (y por los humanos consagrados) y no la exigencia de los clérigos los que dan esos títulos a los que te refieres. Por eso, mi encabezado de esta carta dice: Reverendo padre (y lo puse a pesar de ser tu madre).

No sé cuáles son los muros del Vaticano que dices que hay que derribar: ¿No estoy abierta al mundo libre y actual, como la Alemania oriental, para entablar un diálogo permanente y sincero con él, un diálogo con los pobres de Italia y del mundo, con los recaudadores de impuestos y prostitutas, con los niños y los ancianos de hoy? ¿No lo he hecho siempre?

Aunque digas lo contrario, marcho, codo a codo, contigo y con todos mis hijos, dándoles mis mensajes de verdad y de amor y, aunque digas lo contrario, escucho tus quejas, esas que te salen sinceras del fondo del corazón, como sale sincero, del fondo de mi corazón, este grito: ¡Qué triste es para una madre tener que defenderse de uno de sus hijos!

La Iglesia, tu madre, que tanto te ama.

Posted in Iglesia | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en `Me duele la Iglesia´, respuesta al artículo del padre Llano

Benedicto XVI a los sacerdotes*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 22, 2010

DIÁLOGO ENTRE EL PAPA Y LOS PRESBÍTEROS DE TODO EL MUNDO

(Desde el 10 al 18 de junio de 2010)

 

I. No basta con “hacer”

Los sacerdotes hoy, en general, se encuentran sobrecargados de trabajo. Muchos llevan varias parroquias a la vez, las dificultades aumentan y el contexto social no ayuda. ¿Cómo hacer?

Esta fue la primera pregunta, desde Brasil, planteada al Papa Benedicto XVI durante la Vigilia de Oración celebrada en la Plaza de San Pedro el pasado jueves 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal.

El presbítero José Eduardo Oliveira y Silva, en nombre de los sacerdotes de América, subrayó que muchos se sienten “superados”: “Con toda la buena voluntad intentamos hacer frente a las necesidades de una sociedad muy cambiada, ya no más enteramente cristiana, pero nos damos cuenta de que nuestro “hacer” no basta”.

“¿A dónde ir, Santidad? ¿En qué dirección?”, preguntó al Papa.

Es difícil ser párroco

El Papa admitió que hoy “es muy difícil ser párroco, también y sobre todo en los países de antigua cristiandad”.

“Las parroquias son cada vez más extensas, unidades pastorales… es imposible conocer a todos, es imposible hacer todos los trabajos que se esperan de un párroco”, añadió.

La causa, explicó el Papa, es que “nuestras fuerzas son limitadas y las situaciones son difíciles en una sociedad cada vez más diversificada, más complicada”.

El Pontífice quiso dar algunos consejos a los presbíteros. El primero, el sacerdote debe “poner la vida”.

Si los fieles ven que el sacerdote “no hace solo un oficio, horas de trabajo, y que después está libre y vive sólo para sí mismo, sino que es un hombre apasionado por Cristo”, si “ven que está lleno de la alegría del Señor, comprenden también que no lo puede hacer todo, aceptan sus límites, y ayudan al párroco”.

“Este me parece el punto más importante: que se pueda ver y sentir que el párroco realmente se siente un llamado por el Señor; que está lleno de amor por el Señor y por los suyos”, añadió.

En segundo lugar, el Papa aconsejó establecer prioridades, “ver lo que es posible y lo que es imposible”.

Las tres prioridades fundamentales, dijo el Papa, “son las tres columnas de nuestro ser sacerdotes. Primero, la Eucaristía, los Sacramentos: hacer posible y presente la Eucaristía”. Después, “el anuncio de la Palabra en todas las dimensiones: desde el diálogo personal hasta la homilía”. El tercer punto “es la caritas, el amor de Cristo”.

Otro punto que no hay que desatender, advirtió el Papa, es “la relación personal con Cristo”.

“La relación con Cristo, el coloquio personal con Cristo es una prioridad pastoral fundamental, ¡es condición para nuestro trabajo por los demás! Y la oración no es algo marginal: es precisamente rezar la “profesión” del párroco”.

Y la tercera recomendación del Papa, la humildad: “reconocer nuestros límites”.

“Recordemos una escena de Marcos, capítulo 6, donde los discípulos estaban ‘estresados’, querían hacer todo, y el Señor dice: ‘Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco’. También éste es trabajo – diría – pastoral: encontrar y tener la humildad, el valor de descansar”.

“Por tanto, pienso que la pasión por el Señor, el amor por el Señor, nos muestra las prioridades, las decisiones, nos ayuda a encontrar el camino”.

Benedicto XVI concluyó animando a los presentes: “sé que hay muchos párrocos en el mundo que dan realmente todas sus fuerzas por la evangelización, por la presencia del Señor y de sus Sacramentos”.

“A estos párrocos fieles, que trabajan con todas las fuerzas de su vida, de nuestro ser apasionados por Cristo, quisiera decir un gran ‘gracias’, en este momento”.

II. La verdadera teología

La teología actual, muchas veces, aparece como una mera especulación intelectual, separada de la doctrina y de la vida espiritual. Para un sacerdote, a quien su trabajo deja apenas tiempo para la formación, ¿cómo orientarse en un laberinto de ideas y opiniones que a veces parece contradecir al magisterio?

Esta fue la segunda pregunta al Papa Benedicto XVI, en la pasada vigilia del 10 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal, y fue planteada por un sacerdote procedente desde Costa de Brasil (África), Mathias Agnero.

El Papa coincidió en que se trata de un problema “difícil y doloroso”, pero no “nuevo”: el propio san Buenaventura planteaba “dos tipos de teología”, una que procede de “la arrogancia de la razón” y otra que busca “profundizar en el conocimiento del amado”.

“Existe realmente una teología que quiere sobre todo ser académica, parecer científica, y olvida la realidad vital, la presencia de Dios, su presencia entre nosotros, su hablar hoy, no sólo en el pasado”, explicó el Papa a los presentes.

Esta teología “viene de la arrogancia de la razón, que quiere dominar todo, hace pasar a Dios de sujeto a objeto que estudiamos, mientras debería ser sujeto que nos habla y nos guía”, y “no nutre la fe, sino que oscurece la presencia de Dios en el mundo”.

“Modas”

Actualmente, comentó Benedicto XVI, “se impone la llamada ‘visión moderna del mundo’ (Bultmann), que se convierte en el criterio de cuanto sería posible o imposible”, afirmando que “todo es como siempre, que todos los acontecimientos históricos son del mismo tipo”, con lo que “se excluye precisamente la novedad del Evangelio, se excluye la irrupción de Dios, la verdadera novedad que es la alegría de nuestra fe”.

Sin embargo, el Papa quiso “desmitificar” estas teologías “a la moda”, siguiendo su propia experiencia.

“Yo comencé a estudiar teología en enero de 1946, y he visto por tanto a tres generaciones de teólogos, y puedo decir: las hipótesis que en aquel tiempo, y después en los años 60 y 80 eran las más nuevas, absolutamente científicas, absolutamente casi dogmáticas, ¡con el tiempo han envejecido y ya no valen! Muchas de ellas parecen casi ridículas”, afirmó.

Por ello, invitó a los teólogos a “no tener miedo al fantasma de la cientificidad”, a tener el coraje de “no someterse a todas las hipótesis del momento, sino de pensar realmente a partir de la gran fe de la Iglesia, que está presente en todos los tiempos y que nos abre el acceso a la verdad”.

Especialmente, subrayó la importancia de “no pensar que la razón positivista, que excluye lo trascendente – que no puede ser accesible – sea la razón verdadera. Esta razón débil, que presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente”.

“Nosotros teólogos debemos usar la razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener el valor de ir más allá del positivismo a la cuestión de las raíces del ser”, añadió.

Teología por amor

Existe también “una teología que quiere conocer más por amor al amado, está estimulada por el amor y guiada por el amor, quiere conocer más al amado. Y esta es la verdadera teología, que viene del amor de Dios, de Cristo, y quiere entrar más profundamente en comunión con Cristo”, explicó el Papa.

“La formación es muy importante. Pero debemos ser también críticos: el criterio de la fe es el criterio con el que ver también a los teólogos y las teologías”, subrayó.

El Pontífice recomendó tanto a sacerdotes como a seminaristas, consultar a menudo el Catecismo de la Iglesia Católica: “aquí vemos la síntesis de nuestra fe, y este Catecismo es verdaderamente el criterio para ver dónde va una teología aceptable o no aceptable”.

En este sentido, pidió a los presentes que sean “críticos en el sentido positivo”, es decir, “críticos contra las tendencias de la moda y abiertos a las verdaderas novedades, a la profundidad inagotable de la Palabra de Dios, que se revela nueva en todos los tiempos, también en nuestro tiempo”.

Por último, el Papa invitó a los sacerdotes a “tener confianza en el Magisterio permanente de la comunión de los obispos con el Papa”.

Por ello recordó que la Sagrada Escritura “no es un libro aislado: está vivo en la comunidad viva de la Iglesia, que es el mismo sujeto en todos los siglos y que garantiza la presencia de la Palabra de Dios”.

“El Señor nos ha dado a la Iglesia como sujeto vivo, con la estructura de los obispos en comunión con el Papa, y esta gran realidad de los obispos del mundo en comunión con el Papa nos garantiza el testimonio de la verdad permanente”.

“Hay abusos, lo sabemos, pero en todas partes del mundo hay muchos teólogos que viven verdaderamente de la Palabra de Dios, se nutren de la meditación, viven la fe de la Iglesia y quieren ayudar para que la fe esté presente hoy día. A estos teólogos quisiera decir un gran ‘gracias’”, concluyó.

III. El celibato anticipa el Cielo

El sentido profundo del celibato en un sacerdote es que anticipa la vida plena de la resurrección. Así respondió el Papa Benedicto XVI, el pasado jueves 10 de junio, a la pregunta que el eslovaco Karol Miklosko le dirigió en nombre de los presbíteros de Europa.

Durante la Vigilia de clausura del Año Sacerdotal, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa explicó a los miles de sacerdotes presentes que el celibato sacerdotal, hoy tan cuestionado, supone una consecuencia de la unión del “yo” del presbítero con Cristo.

Esto, afirmó, significa que el sacerdote “es ‘atraídos’ también a su realidad de Resucitado, que seguimos adelante hacia la vida plena de la resurrección, de la que Jesús habla a los saduceos en Mateo, capítulo 22: es una vida “nueva”, en la que ya estamos más allá del matrimonio”.

“Es importante que nos dejemos penetrar siempre de nuevo por esta identificación del ‘yo’ de Cristo con nosotros, de este ser ‘sacados’ hacia el mundo de la resurrección – prosiguió –. En este sentido, el celibato es una anticipación” del cielo.

El problema de la cristiandad en el mundo de hoy, subrayó el Papa, “es que no se piensa ya en el futuro de Dios: parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo. Así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”.

“El sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente. Vivir, por tanto, así como en un testimonio de la fe: creemos realmente que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.

Celibato y matrimonio

Benedicto XVI reconoció que “para el mundo agnóstico, el mundo en el que Dios no tiene nada que ver, el celibato es un gran escándalo, porque muestra precisamente que Dios es considerado y vivido como realidad”.

“Con la vida escatológica del celibato, el mundo futuro de Dios entra en las realidades de nuestro tiempo. ¡Y esto debería desaparecer!”

En un cierto sentido, arguyó, “puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”.

Sin embargo, “este no casarse es algo totalmente, fundamentalmente distinto del celibato, porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida”.

Este “celibato moderno” es un “no” al vínculo, un “no” a la definitividad, “un tener la vida solo para sí mismo. Mientras que el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor”.

El celibato en un sacerdote “es un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”.

Por ello, añadió, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.

Este “escándalo de la fe”, concluyó el Papa, no debe quedar oscurecido por los “escándalos secundarios” provocados por las flaquezas de los sacerdotes. “El celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”.

IV. No al clericalismo

Vivir verdaderamente la Eucaristía es el mejor antídoto contra una tentación de la Iglesia desde siempre: el clericalismo, o el vivir alejado de la realidad del mundo y en una “urna protegida” dentro de la Iglesia.

Así respondió el Papa Benedicto XVI a la pregunta planteada, en nombre de los presbíteros de Asia, por el japonés Atsushi Yamashita, durante la vigilia de conclusión del Año Sacerdotal, el pasado 10 de junio en la Plaza de San Pedro de Roma.

“Sabemos que el clericalismo es una tentación de los sacerdotes en todos los siglos, también hoy; tanto más importante es encontrar la forma verdadera de vivir la Eucaristía, que no es cerrarse al mundo, sino precisamente la apertura a las necesidades del mundo”, afirmó el Papa.

La cuestión, explicó, es “cómo vivir la centralidad de la Eucaristía sin perderse en una vida puramente cultual, ajenos a la vida de cada día de las demás personas”.

Para vivir bien la Eucaristía, arguyó Benedicto XVI, “debemos tener presente que en la Eucaristía se realiza este gran drama de Dios que sale de sí mismo”.

En este sentido la Eucaristía “debe considerarse como el entrar en este camino de Dios”: El sacrificio “consiste precisamente en salir de nosotros, en dejarnos atraer a la comunión del único pan, del único Cuerpo, y así entrar en la gran aventura del amor de Dios”.

“Vivir la Eucaristía en su sentido original, en su verdadera profundidad, es una escuela de vida, es la protección más segura contra toda forma de clericalismo”.

“La Eucaristía es, de por sí, un acto de amor, nos obliga a esta realidad del amor por los demás: que el sacrificio de Cristo es la comunión de todos en su Cuerpo. Y por tanto, de esta forma, debemos aprender la Eucaristía, que es además lo contrario del clericalismo, de cerrarse en sí mismos”, añadió.

Puso como ejemplo a la Madre Teresa “de un amor que se deja a sí mismo, que deja todo tipo de clericalismo, de alejamiento del mundo, que va a los más marginados, a los más pobres, a las personas a punto de morir, y que se da totalmente al amor por los pobres, por los marginados”.

“Sin la presencia del amor de Dios que se da no sería posible realizar ese apostolado, no habría sido posible vivir en ese abandono de sí mismos; sólo insertándose en este abandono de sí en Dios, en esta aventura de Dios, en esta humildad de Dios, podían y pueden llevar a cabo este gran acto de amor, esta apertura a todos”, concluyó.

V. La vocación viene de Dios

La falta de vocaciones hoy es un “problema doloroso” que aflige a la Iglesia, reconoció el Papa Benedicto XVI, en la última pregunta planteada durante la Vigilia celebrada en San Pedro el pasado 10 de junio, durante la clausura del Año Sacerdotal.

A la cuestión planteada por Anthony Denton, de Australia, en nombre de los sacerdotes de Oceanía, supone “un problema grande y doloroso de nuestro tiempo”, admitió Benedicto XVI.

Es “la falta de vocaciones, a causa de la cual Iglesias locales están en peligro de volverse áridas, porque falta la Palabra de vida, falta la presencia del sacramento de la Eucaristía y de los demás Sacramentos”.

Sin embargo, advirtió el Papa, ante este problema existe una “gran tentación”, que consiste en “tomar nosotros mismos en mano la cuestión, de transformar el sacerdocio – el sacramento de Cristo, el ser elegidos por Él – en una profesión normal, en un empleo que tiene sus horas, y que por lo demás uno se pertenece solo a sí mismo; y hacerlo así como cualquier otra vocación: hacerlo accesible y fácil”.

Pero, subrayó, esta “es una tentación, que no resuelve el problema”.

Citó a propósito la historia bíblica de Saúl, que realiza un sacrificio en lugar del profeta Samuel porque éste no se presenta a tiempo antes de una batalla.

Este rey, explicó el Papa, “piensa resolver así el problema, que naturalmente no se resuelve, porque toma en mano por sí mismo lo que no puede hacer, se hace él mismo Dios, o casi, y no puede esperarse que las cosas vayan realmente a la manera de Dios”.

“Así, también nosotros, si ejerciésemos solo una profesión como las demás, renunciando a la sacralidad, a la novedad, a la diversidad del sacramento que solo Dios da, que puede venir solo de su vocación y no de nuestro hacer, no resolveremos nada”.

Lo único que hay que hacer, insistió, es “rezar con gran insistencia, con gran determinación, con gran convicción también”, llamar “al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes”.

Tres consejos

El Papa señaló tres “recetas” para promover las vocaciones. La primera, cada sacerdote “debería hacer lo posible para vivir su propio sacerdocio de tal manera que resultase convincente”.

“Creo que ninguno de nosotros habría llegado a ser sacerdote si no hubiese conocido sacerdotes convincentes en los que ardía el fuego del amor de Cristo”, subrayó.

La segunda, la oración, y la tercera, “tener el valor de hablar con los jóvenes si pueden pensar que Dios les llama, porque a menudo una palabra humana es necesaria para abrir la escucha de la vocación divina”.

“El mundo de hoy es tal que casi parece excluida la maduración d una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que aparezca la belleza de la fe, en los que aparezca que éste es un modelo de vida”.

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Benedicto XVI a los sacerdotes*

El problema no es el celibato*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 11, 2010

 

     ¿Se puede vivir hoy el celibato? ¿Se puede ofrecer como alternativa de amor a un hombre o a una mujer moderna? ¿Es razonable o es locura hablar del celibato ahora, en el siglo XXI?  La respuesta obvia es la siguiente: son centenares de miles las personas que encuentran hoy la felicidad en el celibato cristiano. Es la simple observación de un hecho indiscutible. Pese a todas las advertencias freudianas y a las publicaciones acerca del comportamiento sexual escandaloso, dentro como fuera de la Iglesia, tanto entre sacerdotes como entre personas casadas, hay millares de personas normales que actualmente viven célibes, se sienten interiormente libres y aman con un amor fuerte, valiente, rebelde. Sin embargo, viene bien plantearse su significado y justificación en el mundo actual.   

     En primer lugar, cabría aclarar un equívoco. La pregunta: ¿por qué no se casan los curas?, está mal formulada. Lo correcto sería preguntar: ¿por qué la Iglesia no ordena sacerdotes a hombres casados? Porque nunca se casaron los sacerdotes y, si nos atenemos a los datos que brinda el Evangelio, del único que  sabemos que estuvo casado es de San Pedro, porque se menciona a su suegra. Los apóstoles abandonaron todo para seguir al Señor y, desde temprano, muchos de los  que se consagraban al servicio de la comunidad cristiana lo hacían en estado de virginidad. Hubo también, en esta primera fase de propagación y de desarrollo del cristianismo, todavía en vías de organización y, por decirlo así, de experimentación, hombres casados que fueron sacerdotes, elegidos y ordenados siguiendo la tradición judaica.              

Asimismo, en las Iglesias orientales, no se casan los sacerdotes, aunque sí se pueden ordenar legítimamente personas casadas. Pero los obispos, y un buen número de sacerdotes, viven célibes. La diferencia de disciplina se explica por el hecho de que la continencia perfecta no pertenece a la esencia del sacerdocio. Incluso hoy, dentro de la Iglesia Católica Romana hay sacerdotes casados que proceden de la Iglesia Anglicana o de otras confesiones cristianas, en las cuales vivían en matrimonio. Son conversos que han pedido ser admitidos en la Iglesia Católica y ésta los acoge en la totalidad de su condición.  

     Impresiona, por otro lado, constatar cómo los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de crisis del matrimonio. Son los dos sacramentos de la Iglesia que tienen que ver con la generación de la vida: de la vida humana y de la vida sobrenatural. Actualmente no sólo se ven grietas en el celibato; también el matrimonio como fundamento de la sociedad es cada vez más frágil y el esfuerzo por vivir bien la relación conyugal no es menos pequeño. El matrimonio para los sacerdotes no arregla los problemas. Si se aboliera el celibato pasaríamos, en la práctica, a la separación de matrimonios de sacerdotes y se tendría que lidiar por añadidura, con el nuevo problema que implicarían los curas divorciados. Cuando una fidelidad no es posible, la otra tampoco lo es: una lealtad conduce a otra.   

     Lo que sorprende es la insistencia en que la Iglesia, debería suprimir la imposición del celibato sacerdotal. Es una conclusión equivocada.  En primer lugar, porque la Iglesia no impone el celibato a nadie. Hacerlo sería un ultraje al derecho natural. Cada persona es libre de elegir su propio estado de vida y sólo tiene que responder ante Dios de su elección. Otra cosa es que la Iglesia contemple, en su sabiduría, entre las señales de vocación sacerdotal, la previa recepción del don del  celibato. Estamos aquí ante un nuevo orden de ideas: el sobrenatural y esto es lo que, quizás, muchos no logran entender.  

     Antes de la ordenación el candidato da fe, bajo juramento, de haber recibido el don del celibato.  Ya sacerdote  lo vive, fortalecido en la fe y en la oración, lo único que puede sostenerlo en su decisión a lo largo de la vida. Y se espera de él, que una vez asumido, permanezca fiel al compromiso. Y la puerta queda abierta para que, quien no se vea en capacidad de vivirlo, pida la dimisión. Nadie puede ser sometido a sobrellevar una obligación más allá de su fuerza de espíritu o su carácter. Si es incapaz de hacerlo, que se dedique a otra causa. Lo deshonesto es traicionar la palabra dada, engañar a la comunidad religiosa y a los fieles, llevar una doble vida en contra de los principios morales que, en teoría, proclama. Es cuestión de hombría de bien, de lealtad, que es un valor humano apreciable.  

     Partiría de una premisa equivocada quien aspirara al sacerdocio pensando que, en el fondo, no le interesan las mujeres, o que su preferencia sexual no está del todo definida y que por tanto el celibato no le significaría mayor problema. Condición para la ordenación de un sacerdote es ser hombre viril, en todo el sentido de la palabra. Virilidad que se traduce en madurez afectiva y plena salud en el funcionamiento de sus órganos sexuales. El sacerdocio no es refugio  de débiles emocionales, ni lugar para encubrir pervertidos sexuales, ni para quienes tienen problemas a la hora de definir su identidad.              

Otro equívoco es la relación que se quiere establecer entre el celibato y los desahogos de carácter sexual, incluso aberrante. El problema no es el celibato, sino la infidelidad. Y esto afecta tanto a sacerdotes como a personas casadas. El día que los paparazzi persigan a los maridos infieles para mostrar sus debilidades, quizás no tendrían noticieros y periódicos otro tema qué tratar. Y esto, dicho con dolor, porque la lealtad y la fidelidad son virtudes humanas, necesarias en toda sociedad civilizada. Ante los casos recientes cabría decir, con todo respeto, que una persona que vive una doble vida y se niega a cumplir obligaciones asumidas libremente,  está haciendo traición a su conciencia y a su hombría de bien. Y hace mejor si pide honestamente la dimisión a su ministerio, aunque el carácter sacerdotal, nunca lo perderá. Pero la Iglesia, no puede ser sujeto de modificaciones basadas en las veleidades de unos pocos. Ni se la puede señalar como la culpable de sus debilidades. Y menos pretender que ofrezca una disciplina light, para acomodarla dócilmente a las flaquezas humanas o mundanas.  

Padre Javier Abad Gómez  

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en El problema no es el celibato*

¿Por qué María estaba desposada con José, si tenía el propósito de permanecer siempre virgen?*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2010

 

S.S. Juan Pablo II, 21 de agosto de 1997

1.  El evangelio de Lucas, al presentar a María como virgen, añade que estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David” (Lc 1, 27). Estas informaciones parecen, a primera vista, contradictorias.

Hay que notar que el término griego utilizado en este pasaje no indica la situación de una mujer que ha contraído el matrimonio y por tanto vive en el estado matrimonial, sino la del noviazgo. Pero, a diferencia de cuanto ocurre en las culturas modernas, en la costumbre judaica antigua la institución del noviazgo preveía un contrato y tenía normalmente valor definitivo: efectivamente,  [el desposorio] introducía a los novios en el estado matrimonial, si bien el matrimonio se cumplía plenamente cuando el joven conducía a la muchacha a su casa. En el momento de la Anunciación, María se halla, pues, en la situación de esposa prometida. Nos podemos preguntar por qué había aceptado el noviazgo, desde el momento en que tenía el propósito de permanecer virgen para siempre. Lucas es consciente de esta dificultad, pero se limita a registrar la situación sin aportar explicaciones. El hecho de que el evangelista, aun poniendo de relieve el propósito de virginidad de María, la presente igualmente como esposa de José constituye un signo de que ambas noticias son históricamente dignas de crédito.

2.  Se puede suponer que entre José y María, en el momento de comprometerse, existiese un entendimiento sobre el proyecto de vida virginal. Por lo demás, el Espíritu Santo, que había inspirado en María la opción de la virginidad con miras al misterio de la Encamación y quería que ésta acaeciese en un contexto familiar idóneo para el crecimiento del Niño, pudo muy bien suscitar también en José el ideal de la virginidad.

El ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le dice: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). De esta forma recibe la confirmación de estar llamado a vivir de modo totalmente especial el camino del matrimonio. A través de la comunión virginal con la mujer predestinada para dar a luz a Jesús, Dios lo llama a cooperar en la realización de su designio de salvación. El tipo de matrimonio hacia el que el Espíritu Santo orienta a María y a José es comprensible sólo en el contexto del plan salvífico y en el ámbito de una elevada espiritualidad. La realización concreta del misterio de la Encarnación exigía un nacimiento virginal que pusiese de relieve la filiación divina y, al mismo tiempo, una familia que pudiese asegurar el desarrollo normal de la personalidad del Niño.

José y María, precisamente en vista de su contribución al misterio de la Encarnación del Verbo, recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio. La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encamación, sin embargo fue un verdadero matrimonio (cf. exhortación apostólica Redemptoris custos, 7).

La dificultad de acercarse al misterio sublime de su comunión esponsal ha inducido a algunos, ya desde el siglo II, a atribuir a José una edad avanzada y a considerarlo el custodio de María, más que su esposo. Es el caso de suponer, en cambio, que no fuese entonces un hombre anciano, sino que su perfección interior, fruto de la gracia, lo llevaba a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.

  

 

 

Posted in La Virgen María | Etiquetado: , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Por qué María estaba desposada con José, si tenía el propósito de permanecer siempre virgen?*

Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2009

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

REFLEXIONES DEL CARDENAL CLAÚDIO HUMMES
CON MOTIVO DEL XL ANIVERSARIO DE LA CARTA ENCÍCLICA
«SACERDOTALIS CAELIBATUS»
DEL PAPA PABLO VI

La importancia del celibato sacerdotal

Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.

En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe:  “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundamentada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía:  “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”” (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en:  Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).

Desarrollo histórico

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe:  “El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña” (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33:  “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma:  “El Señor Jesús (…) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (…). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos” (ib., n. 89, p. 34).

En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos:  “Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)” (ib., n. 360, p. 134).

Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).

En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.

Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.

El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de  noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).

La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre:  “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de derecho canónico, can. 277, 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).

El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina:  “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres  creyentes  que  viven  como célibes y  que tienen  la  voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos” (n. 1579).

En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el “hambre eucarística” del pueblo de Dios, se reconoce “la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina”. Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.

El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

Las razones del sagrado celibato

En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales:  “El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras” (n. 1).

Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye:  “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana” (n. 14).

“Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos” (n. 17).

Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.

Las razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres:  su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (n. 19).

El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia. (…) Cristo, mediador de un testamento más excelente (cf. Hb 8, 6), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (cf. 1 Co 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n. 20).

Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres” (n. 21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.

Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó “amigos”. Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el recordado Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.

Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia “constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Sacerdotalis caelibatus, 34).

En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.

Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.

La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma:  “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.

“Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio (cf. nn. 27-29).

El valor de la castidad y del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro.

Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad:  “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11).

Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos:  “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se  alude, presenta  el  celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35):  en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.

El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes “se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia” (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica:  “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21).

La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.

Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.

Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro:  ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la “nueva creación”, hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Medios para ser fieles al celibato

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.

Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de lo Absoluto”. La Pastores dabo vobis afirma:  “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo:  “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (n. 42).

En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. “La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio” (ib., 16).

El sacerdocio no es más que “vivir íntimamente unidos a él” (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como “una forma de amistad” (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio:  la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.

El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total:  enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.

Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice:  “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis caelibatus, 75).

Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.

Sin esta clara perspectiva, cualquier “impulso misionero” está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.

Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular:  la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.

El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.

Los sacerdotes, cuanto más radicalmente sean hombres de Dios, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.

Conclusión:  una vocación santa

La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia:  el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.

La exhortación afirma:  “Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:  el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan” (n. 27).

Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se fundamenta el radicalismo evangélico, dice:  “El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (n. 72).

La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.

A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI:  “El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase:  “Dominus pars (mea)“, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe:  la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundamentar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres”.

 22 de diciembre de 2006

 

 

Card. CLÁUDIO HUMMES, o.f.m.
Prefecto de la Congregación para el clero

  

 

 

 

 

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

¿Sacerdotes casados?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 10, 2009

El hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Sacerdotes casados?

¿Matrimonio para siempre?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

 

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

 

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

 

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

 

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

 

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

 

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

 

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

 

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

 

Ambos, hombres y mujeres, deberían tener como guía de su relación las siguientes palabras de Hugo de Víctor, en el siglo XII:

 

La mujer no fue sacada del cerebro del hombre, pues nunca se pensó que gobernara, ni de sus pies para que fuera su esclava, sino de su costado para que caminara a su lado, de debajo de su brazo para que fuese por él protegida y de cerca de su corazón para que la amase intensamente.

 

   

 

 

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Matrimonio para siempre?

¿Se permite el divorcio en la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

Muchos grupos cristianos no católicos admiten el divorcio y las nuevas nupcias, basados en una ley pasajera (de carácter temporal) hecha para el pueblo judío:

Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, puede ser que le encuentre algún defecto y ya no la quiera. En ese caso, escribirá un certificado de divorcio que le entregará antes de despedirla de su casa. (Dt 24, 1)

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19, 4-5).

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de fornicación*, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia:

«Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia.» (Ef 5, 32)

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de fornicación, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles?” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Lv 18, 20)

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Lv 20, 10)

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

«Odio el divorcio, dice el Señor Dios, Dios de Israel, y al que hace el mal sin manifestar vergüenza. Tengan, pues, mucho cuidado y no cometan tal traición.» (Ml 2, 16)

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

Y, ¿qué es lo que hace la Iglesia Católica cuando declara nulo un matrimonio?

Para contestar esta pregunta, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

La anulación consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

_________________

* NOTA:

Cuando se explica este texto, se debe tener en cuenta que los textos paralelos —los que hablan del mismo tema, que en este caso son: Mc 10, 11s; Lc 16, 18 y 1Co 7, 10s— no especifican la cláusula restrictiva de Jesús.

Esto hace deducir que san Mateo, que fue uno de los últimos redactores sinópticos del Evangelio, la haya añadido porque escribía para el nuevo pueblo judeo-cristiano, que no lograba adecuar la nueva visión cristiana a la antigua Ley judía, como se ve por el versículo 3 (de ese mismo capítulo 19 de san Mateo): «Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?».

Tenemos aquí una decisión eclesiástica de alcance temporal y local, como lo fue la del decreto de Jerusalén, concerniente a la región de Antioquía (Hch 15, 23-29).

 

Otra característica que se debe analizar es que el versículo 9 de Mt, 19, dice así en latín:

«dico autem vobis quia quicumque dimiserit uxorem suam nisi ob fornicationem et aliam duxerit moechatur et qui dimissam duxerit moechatur».

Pero la palabra fornicationem fue traducida del término: porneia, que no significa fornicación en el matrimonio (adulterio o infidelidad), cuya traducción correcta sería: moijeia.

Al usar la palabra porneia, se está haciendo alusión al sentido técnico de la zenut o prostitución, que entre los judíos no equivalía únicamente a lo que entendemos hoy —venta de sexo— sino al sentido técnico de los escritos rabínicos: una unión incestuosa, relación prohibida por la Ley judía, pero no por los pueblos gentiles, que las consideraban legales.

El problema era que los prosélitos —los nuevos cristianos que no provenían del judaísmo— no sabían cómo adaptarse a la nueva Fe: algunos les decían que para ser cristianos debían cumplir la Ley judía, y eso les causaba confusión.

De ahí nace la consigna de Jesús de disolver semejantes uniones irregulares que, en definitiva, no eran sino matrimonios nulos.

 

Todo esto lo deja muy claro san Pablo:

«En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no se divorcie de su mujer.» (1Co 7, 10-11)

 

 

Posted in Cristianos, Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Se permite el divorcio en la Biblia?

Los Sacramentos y la Biblia*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2008

 

BAUTISMO

Originariamente es un rito purificatorio simbólico, consistente en sumergirse o rociarse con agua. Frecuente en la historia de las religiones y no desconocido en el mundo del AT (Nm 19, 2-10). Juan, el precursor, lo utiliza como señal de penitencia (Mt 3, 2-11 par). Jesús, que se somete a este rito (Mt 3, 13-17), lo convierte en rito de entrada en el reino (Mt 28, 19; He 1, 38; 8, 12.16.36-38; 9, 18; 10, 48; etc.). Pero justamente por eso, en adelante ya no será un simple rito externo, sino un acontecimiento eficaz y transformador (Mt 3, 11; Jn 3, 3-8; He 1, 5). Relacionado con la muerte sacrificial de Cristo (Mc 10, 38; Lc 12, 50), es una participación en esa muerte y en la consiguiente resurrección (Rm 6, 3-9; Ga 3, 27; Col 2, 12) y comporta una profunda renovación en la vida y en la conducta (Rm 6, 4-14; 1 Co 6, 11; Tt 3, 3-5).

Ver 139; 135; 137-138.

 

CONFIRMACIÓN

La imposición de las manos es un rito para confirmar el bautismo y recibir los dones del Espíritu (Hch 8, 14.18; 19, 6; 9, 17), que no puede conferir cualquier ministro (Hch 8, 14-17). Hb 6, 2.

 

RECONCILIACIÓN

Tiene en la Biblia dos principales significados:

a)      Proclamación de la fe en Dios, especialmente en Dios misericordioso (Sal 40, 10; 95, 5-6; 104; 105) y en Jesucristo (Mt 16, 16; Rm 10, 9-10; 1 Tm 6, 12; 1 Jn 2, 23).

b)      b) Reconocimiento y manifestación de los propios pecados, bien como individuo (Lv 16, 21; Nm 5, 7; Jos 7, 19; Pro 28, 13; Sir 4, 26; St 5, 16; 1 Jn 1, 9; ver Lc 5, 8; 15, 21), bien como colectividad (Esd 9, 6-15; Bar 1, 15-22; Dn 9, 4-16; Sal 106; Mc 1, 5 par).

 

MATRIMONIO

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1, 27-28; 2, 20-24), quien de suyo lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19, 4-5; ver Gn 4, 23-24, donde el primer polígamo es presentado como un hombre cruel y vengativo). Cierto que la Biblia se hace eco de la condescendencia de Dios con las costumbres matrimoniales del tiempo (Gn 24, 2-8; 29-15-30; 38, 6-26; Lv 18, 6-19; Dt 7, 1-3; 25, 10; Rt 2, 20), entre las que merecen especial atención la posibilidad de divorcio (Dt 21, 15; 24, 1) y la poligamia, favorecida esta última por el gran aprecio de la fecundidad (Gn 16, 2; 29, 15-30; Ex 21, 10; Dt 21, 10-15; 1Sm 1, 2). Pero el ideal es otro, por lo que desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25, 19-28; 41, 50; Tb 11, 5-15; Jdt 8, 2-8; Pro 5, 15-20; 18, 22; Sir 26, 1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20, 10; Dt 22, 22; Ez 18, 6; Mal 2, 14-16). Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12; Jn 2, 1-11) y Pablo (1 Co 7, 2-5.10-11; Ef 5, 31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 23-32). Sin embargo, tanto Jesucristo como Pablo reconocen que el hombre y la mujer pueden también realizarse fuera del matrimonio como personas y como hijos y servidores del reino (Mt 19, 12; Lc 14, 26; 18, 29-30; 1 Co 7, 7-8.25-40).

 

EUCARISTÍA

Etimológicamente significa «acción de gracias», y en este sentido se utiliza con frecuencia en al Biblia griega (Sb 16, 28; 18, 2; 2M 1, 11; 12, 31; He 24, 3; Rm 16, 4; 1 Co 1, 14; 1 Co 14, 16; Ef 5, 4; Col 2, 7; 4, 2; 1Ts 3, 9; 1 Tm 2, 1; .4, 3; Ap 7, 12; 11, 17). Pero en el lenguaje posbíblico, la Iglesia cristiana ha hecho del término Eucaristía la expresión técnica para referirse al gesto con el que Jesús en la última cena instituye un sacrificio de acción de gracias, a la vez anticipativo y rememorativo del sacrificio de la cruz (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20; 1 Co 11, 22-25). Jesús repite el gesto en Lc 24, 30, y la primitiva comunidad se siente comprometida a hacer lo mismo, si bien en el NT lo expresa con las palabras «fracción del pan» (He 2, 42.46; 20, 7; ver 27, 35).

 

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Además del sentido bíblico ya explicado del término «consagración», la unción con aceite se utiliza en la Biblia como muestra de honor y de respeto (Sal 23, 5; ver 92, 11; Lc 7, 38-46; Mt 26, 6-13 par; Jn 12, 1-8; 19, 40) y también como elemento curativo (Is 1, 6; Lc 10, 34; Mc 6, 13). De ahí que la unción pase a constituir un elemento sacramental para simbolizar la fuerza curativo–salvífica de la acción divina sobre el hombre (St 5, 15).

 

ORDEN SACERDOTAL

La Biblia se hace eco de dos tipos de sacerdocio:

a)      El sacerdocio ministerial, que en el pueblo israelita era ejercido por los miembros de la tribu de Leví, con la familia de Aarón a la cabeza (Ex 28-29; 32, 25-29; Nm 25, 10-13; Dt 33, 8-11; 1 Re 1, 7-8.25-26; 2 Re 23, 9; Ez 44, 15-31). A estos sacerdotes ministeriales correspondía custodiar el arca de la alianza (1S 2, 12-17), ofrecer sacrificios (Lv 2, 2-10; Nm 18, 1-19; Sir 50, 5-21), recordar a los israelitas la ley y demás beneficios divinos (Dt 27, 9 ss; 33, 10, Ne 8, 10 ss). No siempre fueron fieles a su misión (Is 28, 7; Jr 2, 8; Os 4, 4-11; 5, 1 ss), por lo que los profetas anuncian un nuevo sacerdocio (Jr 33, 18; Za 3, 6-10; Mal 3, 14; Sal 110, 4), que tendrá pleno cumplimiento en Jesucristo (Hb 5-10) y en los sacerdotes de la nueva alianza (Lc 22, 19-20; 1 Co 11, 24-25).

b)      b) El sacerdocio común, que afecta a todos los miembros del pueblo de Dios y del que el sacerdocio familiar es una especie de tipo (Gn 12, 7-8; 13, 18; 16, 25). Ya el AT proclama esta condición sacerdotal de todo el pueblo (Ex 19, 6; Is 61, 6), y el NT la confirma (1 Pe 2, 5.9; Ap 1, 6; 5, 10; 20, 5; ver Rm 12, 1; Hb 12, 28).

 

 

Bibliografía: La Biblia Latinoamericana.

 

 

Posted in Biblia | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Los Sacramentos y la Biblia*

Consagración del matrimonio a la Santísima Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 

 

María, el más dulce nombre

que pueda emitir el hombre;

con tu Hijo el Amor trajiste

y la senda a la eternidad nos diste.

 

A ti  siempre hemos recurrido

en toda necesidad;

por consuelo hemos acudido,

confiados en tu generosidad.

 

Refrescas la vida con tu amor,

haciendo desaparecer todo dolor;

a Jesús nos llevas de las manos

y así nos sentimos hermanos.

 

Ir contigo, oh Virgen pura,

de triunfo es señal segura;

por eso acudimos a rogarte

y nuestro matrimonio consagrarte.

 

Al fin del camino de tu manto asidos

el mundo entero podrá proclamar

que quienes deseen permanecer unidos

es a tu Hijo a quien deben amar.

 

 

 

 

Posted in La Virgen María, Matrimonio, Oraciones | Etiquetado: , , , | Comentarios desactivados en Consagración del matrimonio a la Santísima Virgen María

Matrimonio católico, ¿para qué?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

Para que un amor sea verdadero, debe darse en los 3 planos en que se maneja el ser humano: el biológico, el psicológico y el espiritual.

 

A nadie escapa de su mente el hecho de que la sexualidad humana se manifiesta —en una pareja— a través del cuerpo, de sus estructuras anatómicas, de su parte material, de su biología. Esto es tan cierto y tan normal, que hoy repugna a cualquiera la concepción fanático–religiosa de que todo lo genital es pecaminoso.

 

Aparte de esto, el hombre no es sólo cuerpo, biología: el hombre llora, se alegra, sonríe y ríe; triunfa y fracasa; está disgustado y a veces disfruta; vive intensamente la vida o se deja llevar por las circunstancias; ama o es egoísta; es decir, siente.

 

La entrega mutua que viven los seres humanos; la compenetración entre los esposos; el compartir los sentimientos, las emociones y la afectividad; la complementariedad psicológica que buscan los que se aman es el plano psicológico, ausente siempre en los animales.

 

Pero hay algo propio del hombre, además, que influye en las relaciones de pareja. Se trata de algo que la historia ha probado desde hace milenios: el hombre desde la época de las cavernas ha levantado sus ojos en busca de alguien que le dé cómo llenar sus ansias —que bullen en su interior sin descansar— de ser trascendente, imperecedero; sabe él que su vida no termina aquí en la tierra, sino que después de ésta existe la esperanza de otra, es decir, Dios. Es inherente al ser humano la creencia en otra vida. Este es el plano espiritual. Y en el amor, lo espiritual significa para siempre. Cuando uno ama de veras, ama con la ilusión de que sea “hasta que la muerte los separe” y, si fuera posible, hasta después de la muerte, que trascienda, que no tenga fin.

 

El aspecto espiritual, reluce de una manera muy especial en el amor humano. Un amor meramente carnal no tiene nada en qué competir con un amor en el que la entrega se limita a complementarse psicológicamente, siendo uno de los componentes de la pareja apoyo y suplemento del otro; pero aquel y este palidecen frente a una entrega imperecedera, que no piensa en un fin, una entrega que busca trascender, difundirse hacia la eternidad, como lo es el amor en el plano espiritual.

 

Y si el amor verdadero tiene que ser espiritual, también debe contar con Dios, creador de la materia y del espíritu.

 

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre  esposo  y de una mujer  esposa en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1,27-28; 2,20-24). Esto significa que su valor intrínseco, su legitimidad y las leyes que lo regulan no pueden nacer en el hombre, sino en Dios.

 

Dios lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19,4-5). Y desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25,19-28; 41,50; Tb 11,5-15; Jdt 8,2-8; Pro 5,15-20; 18,22; Sir 26,1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20,10; Dt 22,22; Ez 18,6; Mal 2,14-16). Esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, entonces,  difícilmente se pueden conseguir sin la ayuda de Dios.

 

Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19,3-9; Mc 10,2-12; Jn 2,1-11) y Pablo (1 Co 7,2-5.10-11; Ef 5,31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,23-32). Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia.

 

Cualquier católico que se case por lo civil o que viva en unión libre, entonces, está dejando a un lado el amor en el plano espiritual —el más importante— y, por lo tanto, se está engañando a sí mismo, porque no ama por completo, y está engañando a su pareja, pues no se está dando del todo. Ante las vicisitudes del matrimonio, será muy difícil lograr esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, y, por tanto, muy fácil el fracaso.

 

Por otro lado está rechazando la gracia divina que Dios da a los contrayentes, necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia y, por ende, para lograr su felicidad.

 

 

 

 

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , , | Comentarios desactivados en Matrimonio católico, ¿para qué?

¿Celibato en los religiosos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona histórica, concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra —o viceversa—, porque ella —o él— es la imagen de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa: Signo sensible de un efecto interior y espiritual.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad, como tal, no necesita del Sacramento, del signo: Dios se convierte en el esposo del alma. ¡El religioso alcanza la realidad frontalmente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado. La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento, con signo (Sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir: todas sus acciones están encaminadas a lograr la verdadera y única felicidad en Dios, quien es su auténtico complemento.

El religioso se entrega directamente a Dios; no necesita el signo, es decir, no necesita el Sacramento. Tiene la realidad que verdaderamente lo complementa: Dios.

Por consiguiente, el religioso está por encima de los deseos sexuales del matrimonio; y realmente los desprecia, puesto que ya posee lo que el matrimonio apenas promete. Por esto mismo está muy lejos de las inconstancias y de los vaivenes de las pasiones. He aquí la razón por la cual todos los religiosos abrazan libremente el celibato.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Así, un religioso, por ejemplo, puede llegar a vivir su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que, como camino hacia la santidad, el celibato sea mejor que el matrimonio. Por un lado, tiene la ventaja de estar directamente con Dios, de haberse entregado directamente a Él; pero al casado le queda más fácil, más tangible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Así, pues, no existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Además, su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado.

De todo esto resulta que la dignidad del ser humano solo acepta dos opciones: entregarse por completo en el matrimonio a su cónyuge —la imagen de Dios—, o vivir una virginidad total, dirigiendo su amor, sin intermediarios, al Creador.

Así, todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

 

 

 

 

 

 

Posted in Religiosos | Etiquetado: , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Celibato en los religiosos?

Declarar nulo un matrimonio católico

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Ante todo, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

 

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

 

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

 

Declarar nulo un matrimonio consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

 

Y la Iglesia, ¿cuándo puede declarar nulo un matrimonio? Cuando encuentra que en la celebración de ese acto existieron impedimentos, incapacidades o vicios del consentimiento, como se pasa a considerar.

 

Principales causales para declarar nulo un matrimonio

Son aquellas prescripciones canónicas, con sus respectivos fundamentos, ya de origen divino, natural y/o eclesial, que inhabilitan a la persona para contraer matrimonio válidamente, por ir en contra del mismo y, por ende, de la pareja: Se pueden clasificar de la siguiente manera:

 

I.                   Impedimentos matrimoniales

A.               Edad (14 para la mujer y 16 para el varón)

B.               Impotencia

C.               Vínculo anterior

D.               Disparidad de cultos (uno no es bautizado)

E.                Orden sagrado (uno es sacerdote)

F.                Voto público (uno es fraile o religiosa)

G.               Rapto de la contrayente

H.               Crimen o conyugicidio

I.                   Afinidad (casarse con un abuelo, padre, hijo, nieto o bisnieto)

J.                  Consanguinidad (hermanos, primos, tíos, hasta cuarto grado)

K.               Pública honestidad (con los consanguíneos del cónyuge o concubina/o)

L.                Parentesco legal (entre adoptante y adoptado o entre hermanos: adoptado y natural)

II.                Incapacidades matrimoniales

A.               Carencia suficiente de uso de razón

B.               El grave defecto de discreción de juicio (un loco, un borracho…)

C.               Incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio a causa de naturaleza psíquica (deficiencias mentales graves, psicológicas, etc.)

III.             Vicios del consentimiento matrimonial

A.               La ignorancia de lo referente al matrimonio

B.               El error acerca de la persona o de una cualidad pretendida y principalmente para el matrimonio (una persona ajena a la deseada o sin las cualidades normales y pretendidas por el otro); también el error acerca de la unidad, de la indisolubilidad y de la dignidad sacramental del matrimonio, pretendida determinantemente por el cónyuge

C.               El dolo (engaño deliberado)

D.               La simulación o exclusión de uno de los elementos o propiedades esenciales del matrimonio (Ejemplos: fingir el consentimiento por ir en contra de su voluntad o la exclusión de hijos)

E.                Con licencia del Ordinario del lugar, la condición esencial al matrimonio de casarse con base en algo actual o pasado (Ejemplo: «Me caso si tiene el himen intacto», o «si ella no ha tenido tuberculosis»)

F.                La violencia o miedo grave real proveniente de alguna causa externa (amenazas, imposición, viéndose la persona obligada a casarse por miedo grave y contra su voluntad; por ejemplo, el caso de la que no es capaz de decir que no, después de quedar embarazada, por miedo al escándalo)

 

 

 

 

 

 

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , | Comentarios desactivados en Declarar nulo un matrimonio católico

Divorcio y nuevas nupcias

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

«¡Yo tengo derecho a rehacer mi vida!», «La Iglesia no puede ser tan estricta.», «Y si me fue mal, ¿debo permanecer sin una compañía?», «¿Dónde dice, en la Biblia, que uno no se puede casar por lo civil?» «Es injusto: me fue infiel y ¿yo tengo que pagar las consecuencias?»… Son todos cuestionamientos que se hacen los que se han separado o divorciado.

 

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

 

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19,4-5).

 

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de infidelidad, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

 

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

 

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia.

 

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

 

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

 

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

 

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

 

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de infidelidad, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

 

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

 

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

 

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

 

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

 

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

 

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

 

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Lv 18, 20)

 

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Lv 20, 10)

 

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

 

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

 

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

 

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

 

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

 

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

 

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

 

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

 

Posted in Matrimonio | Etiquetado: , , , , , , | Comentarios desactivados en Divorcio y nuevas nupcias