Hacia la unión con Dios

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¿Meditación o contemplación?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 18, 2016

En el Catecismo de la Iglesia Católica están descritas y definidas la oración de meditación y la oración de contemplación.

Aunque ambas son útiles para la ascética cristiana, es más asequible y más fácil la oración de contemplación que la meditación: un iletrado, por ejemplo, puede llegar más rápidamente a la primera que a la segunda, como se pasa a considerar.

Para realizar la meditación, algunos expertos recomiendan la siguiente secuencia:

Primero, leer despacio y con atención una frase de las que aparecen en un libro de oraciones o de lecturas espirituales, cerrar el libro, y realizar una meditación profunda del tema. En este momento pueden llegar a la memoria los escritos anteriormente consultados, las homilías y conferencias escuchadas y/o las confidencias hechas con almas más experimentadas…

Segundo, comentarla con Nuestro Señor; aunque a veces resultará útil hacerlo con la Santísima Virgen, algún santo en especial o, incluso, con el ángel custodio.

Tercero, preguntarse cómo se está viviendo en el aspecto particular de que trata ese texto, qué hay que corregir y en qué se puede mejorar.

Cuarto, sacar un propósito concreto.

Y quinto, pedir la ayuda necesaria para mejorar en lo que se ha meditado.

Es muy edificante para un alma este tipo de oración. Además, es probable que de la meditación pura se llegue con alguna facilidad a la oración de contemplación.

Esta última puede iniciarse, por ejemplo, en el momento en el que el alma se pone en la presencia de Dios:

De este lugar y tiempo en que nos encontramos, podemos pasar al estado en que se encuentra Dios, a la eternidad: no hay tiempo (no existe el “antes” ni el “después”, sólo el “ahora”), no hay espacio (no subsiste el “aquí” ni el “allá”).

Con los ojos cerrados a las realidades terrenas, en ese estado que llamamos eternidad, podemos encontrar a Dios: la perfección absoluta, la finalidad de toda criatura, la fuente de todo ser (“soy el que soy”), el Creador de todo lo visible y lo invisible, en toda su majestad… allí, frente a nosotros. Él y yo… ¡qué diferencia abismal!

De pronto el alma se queda sin habla:

Quería darle las gracias…, pero Él es la fuente de todas las gracias.

Quería bendecirlo por lo que nos ha dado y por lo que ha hecho de nosotros, sus pequeñas criaturas, pero Él es el único que puede dar una bendición…

Quería decirle que soy todo suyo, pero me encuentro con el dueño de todo… ¡con quien me hizo de la nada!

Quería agradarlo…, pero me mira con esos ojos tan amorosos, ¡infinitamente amorosos! ¡Y soy yo quien se siente tan agradado…!

Quería darle, pero me llena de Él, me sacia, y al mismo tiempo me hace sentir vacío sin Él…

O, por el contrario, me acerca a su Cruz… O me lleva a Getsemaní para que contemple (¡contemplación!) su intenso sufrimiento que le hace reventar sus vasos sanguíneos y derramar gotas de sangre… O me llena de su dolor por las almas…

Otras veces el alma experimenta la visión del mundo hecho por Él para los seres humanos: minerales, plantas, animales; aire para respirar, agua para subsistir, alimentos; un cuerpo que se defiende de las infecciones… ¡Todo para el ser humano! Es, sin lugar a dudas, el rey de la creación… ¡Cuánto amor!

Pero hay más: le dio la capacidad de amar y la promesa de la eterna felicidad junto a Él, único que puede saciar las ansias de sus criaturas…

Y, entonces, el alma puede moverse a pensar que en el universo, en la creación entera, es una simple y pequeña criaturita; y que por eso debe hacerse el propósito de vivir para adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que le dio la vida y todas esas cosas que hicieron de él el rey de la creación…

En fin, son muchos los caminos que puede recorrer un alma humilde en la tierra de la contemplación, pero siempre será llevado hacia Dios, propósito de toda oración.

 

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Lectio divina*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2011

ORAR CON LA PALABRA DE DIOS

Recuérdese que la Palabra de Dios está contenida en los documentos los pontificios (los del Papa) y los eclesiales (los de la Iglesia); los que se originan en los concilios, sínodos, asambleas episcopales y congregaciones; los de derecho canónico, liturgia y escritores eclesiásticos; y en la Biblia.

La lectio divina es un diálogo con Dios que me ha elegido como interlocutor. Dios me habla y espera de mí una respuesta. Este dialogo se articula en cuatro momentos clásicos. Todo hombre debe ejercitarse de continuo en subir estos cuatro escalones de la «escala espiritual», esa escala que une la tierra con el cielo. No se trata de un esquema rígido ni de una sucesión de actitudes fríamente establecidas. En realidad, estas actitudes se superponen y se entremezclan entre sí.

En la historia del cristianismo, hay que esperar al siglo XIV para que un monje, el cartujo Guido II, se decidiera a sintetizar la experiencia viva de la Palabra de Dios, hecha durante los siglos anteriores, en esos cuatro momentos nacidos de un único impulso del Espíritu Santo. ¿Cómo se relacionan esos pasos entre sí? El autor nos ofrece esta sugestiva imagen: «La lectura (lectio) lleva a la boca el alimento sólido; la meditación (meditatio) lo mastica y lo tritura; la oración (oratio) lo saborea; y la contemplación (contemplatio) es la dulcedumbre misma y el gozo que penetran hasta la médula».

1. Con la lectura, yo me pongo a la escucha de Dios que me dirige su Palabra. Despliego las velas para que el Espíritu Santo haga avanzar mi barca. Esta escucha atenta es un acto que me compromete y que exige de mí una respuesta personal: «Sí, Señor, estoy dispuesto a jugarme la vida por tu Palabra». Audire (escuchar) se convierte en obediere (obedecer), en una completa sumisión a la Palabra de Dios.

2. La meditación es un concepto muy amplio, que incluye la profundización, sirviéndonos de la ayuda del entendimiento y la imaginación. Con el pico y azadón de mis facultades trato de descubrir el «tesoro escondido». Pero si quiero que la Palabra de Dios pueda llegar a las zonas más profundas de mi ser y hacer vibrar mis fibras más íntimas, debo crear dentro de mí un espacio de resonancia, «abrir mi corazón».

Cuando un aria musical te ha impresionado, sigue resonando en tu interior, y experimentas la necesidad de recogerte para acogerla y saborearla en la intimidad de lo mejor de tu persona. De igual manera, la Palabra de Dios, para pasar de las zonas exteriores a las zonas íntimas de tu corazón dilatado por la fe y el amor, exige recogimiento y apertura. San Agustín llama hermosamente a este espacio interior «la boca del corazón». De ahí la metáfora de la asimilación de los alimentos. La Palabra de Dios que recibo debe ser triturada, masticada, rumiada: «María conservaba cuidadosamente todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Cada palabra debe ser sopesada para que pueda revelarme la plenitud de su significado, e impresa en la memoria para que pueda penetrar en mis zonas inconscientes. San Francisco se atreve a afirmar, por ejemplo, que aprender la Biblia de memoria es más provechoso que recorrer millares de sabios tratados.

Cuando el lector asimila la Palabra de Dios, ésta se incorpora a él, y lo va asemejando a Dios para vivir en Él. Si te acercas asiduamente a la Sagrada Escritura por medio de este tipo de meditación, adquirirás una especie de segunda naturaleza. La Palabra de Dios asimilada formará parte de ti mismo: irá modelando tu vida, tus pensamientos, tus sentimientos… y te identificará con Cristo. Con el tiempo, la memoria puede reemplazar al libro. Y entonces la lectura en la intimidad del corazón puede hacerse en cualquier circunstancia: en los desplazamientos, durante el trabajo, etc. Espontáneamente aflorará en los labios un pensamiento, un salmo que vive en el corazón. Esas frases bíblicas pueden tomar la forma de oraciones breves y frecuentes lanzadas como flechas hacia el Señor (jaculatorias), ya sea formuladas con los labios, ya de forma puramente mental. Y no serán repeticiones monótonas, sino la gozosa proclamación de una palabra siempre fresca y rebosante de vida.

3. La lectura y la meditación son ya oración. Pero el tercer peldaño de la escala, la oración, pone de relieve el hecho de que la oración cristiana es esencialmente una palabra «devuelta» a Dios, un consentimiento a lo que Él me ha hecho comprender vitalmente. He leído la Palabra de Dios y la he rumiado en mi corazón. Y ahora yo repito a Dios esas mismas palabras cargadas con toda mi vida y con todo mi amor. La Palabra de Dios no está solo en el centro de mi escucha, sino también en el centro de mi respuesta.

La oración no es un razonamiento árido ni una ilusión sentimental, sino una reacción espontánea ante la contemplación del Misterio que la Palabra escuchada me revela. Cuando esta efusión espontánea se agota, volvemos al texto para «reaprovisionarnos». Esta reacción suscitada por el Espíritu Santo es lo que san Pablo llamaba «gemidos inefables» del Espíritu, gemidos que Él ha puesto en la mente o en los labios de los amigos de Dios mucho antes de ponerlos en los nuestros. Esa oración bíblica nos pone, pues, en contacto vivo con la Fe, la Esperanza y la Caridad, que animaron al pueblo de la Sagrada Escritura a lo largo de su peregrinar.

4. La contemplación es la última etapa, que encierra una experiencia sumamente rica, independientemente de las gracias místicas extraordinarias. Dios nos introduce en la «celda secreta» para alegrar el alma y llenarla del poder y de la dulzura de su Presencia, anticipando así el cielo para ella. El Señor recrea de nuevo, refresca, nutre, sacia y renueva. Ante los ojos de la fe se despliega el poema de las «maravillas de Dios», los «gestos» que revelan su Santidad y su Misericordia. El alma reboza de gozo, la inteligencia de luz, y el espíritu se siente arrebatado por el amor de las realidades invisibles. Más allá, ya solo existe la contemplación sin velos, la celestial.

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HACIA LA UNIÓN CON DIOS

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2011

¿Quieres aprender a orar?

¿Te desconcentras con frecuencia?

¿Tienes dificultades para escuchar a Dios?

¿Deseas recorrer los caminos de la contemplación?

¿Por qué no «sientes» las experiencias místicas de los santos?

Son numerosos los testimonios escritos sobre las experiencias místicas de los santos; y también son innumerables las personas que han intentado llegar a tener siquiera una experiencia divina, lo que hoy llamarían un encuentro cercano con Dios.

Sin embargo, las dificultades que se presentan en ese camino impiden avanzar hasta la meta con facilidad:

Por un lado, la mística, la parte de la teología que trata de la vida espiritual y contemplativa y del conocimiento y dirección de los espíritus, es bastante desconocida y compleja. Y, por otra parte, tocar estos temas tan profundos e inefables es tarea difícil, propia de santos doctos y sabios: muy pocos la han descrito con la sencillez necesaria para su comprensión.

Este libro intenta poner al alcance de todos, en un lenguaje sencillo y resumido, el bagaje espiritual de san Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, quien se atrevió y logró detallar gran parte de lo que realiza el Espíritu Santo en el alma; más allá es, sencillamente, inexplicable.

Pero, antes de llegar a esas alturas, se comentan los obstáculos para hacer oración, se revela cómo escuchar a Dios, se exponen las diferentes maneras de hacer oración y se describe el ascenso espiritual del alma hacia Dios.

Luego, se guiará al alma desde el estado de principiantes, pasando por las noches oscuras, hasta el estado de los perfectos: la santidad misma.

Este escrito es de gran utilidad para todos los que deseen lograr la más alta y sublime de todas las metas: la unión con Dios; llevará al alma, con la ayuda del director espiritual y de la mano del Espíritu Santo, hasta el lugar destinado para ella por Dios, lleno de gozos y deleites espirituales imposibles de describir.

INTRODUCCIÓN

«El ser humano busca apasionadamente la felicidad, pero lleva una vida de tensión y de vértigo; desea la paz y vive en la guerra cotidiana; anhela plenitud y se contenta con una felicidad instantánea. En la sociedad actual se ha suplantado la felicidad por el placer, que se ha elevado a valor supremo. El placer como fin y meta del hombre cotidiano.

El placer se ha convertido en estilo de vida, de propaganda y de negocio, incluso en ética y en cultura. La gran masa vive aquello que decía Nietzsche: “La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche”, sin pensar ni proyectar en otra forma de vida diferente.

Sin embargo, cuanto más se busca el placer más se encuentra con la tristeza. No le faltaba la razón a Pascal cuando decía que los que más se divierten son precisamente los que más se aburren.»

Estas palabras del filósofo español José Antonio Merino encauzan muy bien la mente del lector hacia la meta sugerida: quien busca el placer ofrecido por la cultura nunca se sentirá satisfecho.

Efectivamente, como se confirmará, lo que la cultura ha impuesto como «placer» en el pensamiento del ser humano moderno está enteramente opuesto a la auténtica felicidad, al placer que llena todas las expectativas de la naturaleza humana.

La experiencia histórica ha probado reiteradamente que los placeres físicos, emocionales y afectivos son pasajeros.

Da la impresión de que el ser humano es un barril sin fondo que no se llena: si encuentra el placer que busca, no se satisface; si alcanza las riquezas que desea, no le basta; si aparece el cariño que anhela, al fin le causa hastío; si se coronan las metas que se impuso, siempre desea algo más…

Por eso nace en muchos un deseo, una búsqueda, ya no en el área biológica (lo físico), ni en la psicológica (el alma o psique, donde experimentamos las emociones y los afectos) sino en la espiritual, es decir, en lo trascendental del ser humano: la conciencia de que existe un ser superior, creador del universo, y el hecho de lograr una posible relación directa con Él.

Y algunos lo han logrado, como sucedió en el siglo XVI con Juan de Yepes, mejor conocido como san Juan de la Cruz, quien ha sido encumbrado por muchos literatos a la cima de la lírica española por su poesía mística.

Sus escritos tuvieron la finalidad de explicar —a quienes se aventuren como él a buscar la felicidad verdadera— los pasos que se han de dar, los obstáculos que aparecerán y cómo vadearlos, cómo descubrir el camino más corto y, también, como no ir por donde el trecho es más difícil o largo.

Sin embargo, algunas circunstancias dificultan al hombre de hoy entender ese camino:

En primer lugar, el léxico y el estilo gramatical que se usaba en ese entonces, diferente del contemporáneo. En segundo lugar, la dificultad para entender y expresar este tema tan complejo. A esto se suma la elevación mística del autor, hecho que indiscutiblemente complica un poco su comprensión.

Estas son las razones por la que se presenta este escrito que trata de desglosar, simplificar, ordenar y adecuar a los tiempos modernos el maravilloso legado que nos ha dejado este extraordinario místico, para que sean muchos, y no solo unos pocos, los privilegiados con esta sabiduría (conocimiento profundo que lleva a tener conducta prudente en la vida) que los llevará, sin dudas, a la imperecedera y continua felicidad que, lejos de utopía, será una realidad.

Tan difícil y osada labor tendrá, obviamente, algunos vacíos que el lector experimentado en los escritos del santo descubrirá, pero que quienes lo abordan por primera vez podrán solventar si se sienten capturados por el encanto de esa manera de ver la vida —más real que muchas—, y se animan a leer sus obras.

Los libros que se estudiaron para realizar esta interpretación fueron, principalmente, la Subida del monte Carmelo (S) y la Noche oscura (N). Como complemento, se recomienda leer el Cántico espiritual y la Llama de amor viva, junto con sus cartas y otros escritos.

Teniendo en cuenta que en estos escritos el autor no destacó algunos conocimientos preliminares, quizá porque como él mismo lo escribió, asumió que los lectores ya los habían vivido, se presentan a continuación, del modo más conciso posible.

OBSTÁCULOS PARA HACER ORACIÓN

El pecado

La creación del cosmos, según los científicos, se llevó a cabo hace entre 18.000 y 15.000 millones de años; la creación de la vida, hace unos 3.500 millones de años; y la creación del hombre, hace unos 210.000 a 100.000 años.

Dios, nunca ajeno a esas tres realidades, no quiso dejar sola a la obra maestra de la creación visible, su criatura predilecta, el ser humano. Tenía que decirle que había sido creado para cosas grandes, que su vida —como esta criatura ya lo intuía— estaba destinada a no acabar, y que se había planeado que fuera eternamente feliz. Pero había que hacerlo con la prudencia de todo un Dios:

Efectivamente, hacia los 1.800 años antes de Cristo, un hombre, Abram de nombre, supo, por boca de Dios, que su tribu era la elegida por el Creador para recibir el mensaje que, gradualmente, la haría conocedora de la verdad que debían poseer los seres humanos.

Más adelante, Moisés, caudillo del pueblo elegido, se convirtió en instrumento de Dios (como sucederá muchas veces más en la historia de la humanidad), y copió las primeras palabras divinas: se empezó a redactar la Biblia.

Se escribieron en total 46 libros en los que Dios fue preparando la venida del Mesías.

Al fin, para cambiar toda la historia de la humanidad, apareció Jesús. Los Evangelios, del Nuevo Testamento, son los documentos oficiales que narran su historia.

El mismo Jesús, en un mensaje llamado Un llamamiento al amor, publicado en 1948 con las licencias eclesiásticas debidas, y luego reimpreso en parte en 1991 en un libro llamado Carta de Dios, cuenta la historia:

Dios creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Mas el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Dios no necesita para ser feliz ni del hombre, ni de sus servicios; se basta a sí mismo; su gloria es infinita; nada ni nadie puede menoscabarla.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor, y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.

El Padre entrega a su Hijo; este sacrifica su gloria y la compañía de su Padre, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en condición de siervo, de pobre, de niño.

La vida que llevó sobre la tierra todos la conocéis.

Bien sabéis que desde el primer instante de mi encarnación me sometí a todas las miserias de la naturaleza humana.

Pasé por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sentí el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.

El amor me hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fui humillado, despreciado, tratado con desdén, como hijo de un carpintero. ¡Cuántos días, después de haber soportado mi padre adoptivo y yo una jornada de rudo trabajo, apenas teníamos por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasé treinta años!

Más tarde, renunciando a los cuidados de mi Madre, me dediqué a dar a conocer a mi Padre Celestial. A todos enseñé que Dios es caridad.

Pasaba haciendo el bien a los cuerpos y a las almas.

A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida. A las almas… ¡Oh!, ¡las almas!… les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que, para rescatarlas, el Hijo de Dios iba a dar por ellas su Sangre y su vida.

Y, ¿cómo iba a morir?… ¿Rodeado de sus discípulos?… ¿Aclamado como bienhechor?… No, almas queridas, ya sabéis que el Hijo de Dios no quiso morir así… El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres fue preso, maltratado, calumniado; el que venía a traerles la paz es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en Cruz entre ladrones. ¡Miradlo: pobre, despreciado, despojado de todo!

¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!

Así cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo, y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.

Su muerte, dolorosa, con efusión de sangre, consigue el perdón de los pecados de toda la humanidad, la reconcilia con Dios, la rescata, le da la libertad.

En su Pasión y su muerte, Jesús llega a la cumbre del amor. Amor al Padre, obedeciéndolo hasta la muerte de la Cruz, mientras el Padre calla; y Amor al hombre: atenciones y perdón a los hombres. Jesús da todo a todos. 

Además, Jesús funda la Iglesia. La Iglesia no procede de una voluntad humana, sino de un designio eterno de Dios, y en ella se concreta el plan salvador de Dios, que reúne a todos los hombres bajo una sola cabeza, Cristo. Por eso la Iglesia es santa, porque su destino depende más de los designios del Padre que de la iniciativa de los hombres.

Entonces, aparece el Reino de Dios, que ya está presente en el hombre que vive en la gracia de Dios. Por eso todos los acontecimientos de su vida y sus mismas necesidades materiales tienen algo que ver con este Reino de Dios y con su propio progreso en la vida cristiana.

Y ese reino de Dios se manifiesta en el amor cristiano: el amor cristiano es don sin límite, llevándonos a hacernos esclavos unos de otros. Va a todos sin respetar las barreras sociales y prefiriendo a los pobres. Se demuestra con el perdón y no se niega a los enemigos. Inspira un esfuerzo por comprender al otro, respetar sus ideas, soportar sus limitaciones… El amor, que acepta dar y recibir, construye la Iglesia y nos lleva a la perfección.

Como se ve, Dios tenía y tiene —Él no está limitado por el tiempo ni por el espacio— un designio sobre la especie humana: que siempre sepamos superar el nivel en el que estamos: que, sin dejar de ser naturales, seamos cada vez más espirituales.

Pero, tras la primera caída, el pecado original, la situación del hombre sobre la tierra ya no es la misma: el estado inicial de inocencia y de gracia del paraíso, en el que el hombre tendía a Dios sin ninguna perturbación, es mudado ahora por la tendencia a apegarse a lo temporal: las cosas materiales, las emociones, los afectos por los seres queridos y por sí mismo…; y reaparece el pecado.

Para completar la desgracia del hombre, aparecieron los espíritus malignos: uno de los ángeles, de nombre Luzbel, es decir, luz bella, porque era extraordinariamente bello, sintió que su belleza era tal, que podría competir con la belleza de Dios; es más: se creyó igual a Dios.

Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra Luzbel, que ahora, por su rebeldía y soberbia, se veía como un dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la serpiente, conocida como el demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Como un ángel caído, Satanás o Belcebú, es decir, el príncipe de los demonios, al verse obligado a permanecer por un tiempo en la tierra, tomó la decisión de atacar indirectamente a Dios: padre de la maldad como era y dueño temporal del mundo, enfiló su artillería mortífera contra los hombres, para hacerlos caer en el mal, y así destruir el orden establecido por Dios y llevárselos al infierno, morada eterna suya y de los demás ángeles malos.

Es él quien se interpone entre el hombre y su felicidad, entre el ser humano y Dios, entre el máximo placer de la criatura y el único que se lo puede proporcionar.

Efectivamente, cuando un ser humano se propone propiciar su unión con Dios, el demonio hace todo lo posible para impedir esa unión y, con ello, imposibilitar su felicidad. Es impresionante comprobar todas las artimañas que usa este campeón de la mentira: sus sutilezas, sus sofismas, los argumentos falsos que presenta con agudeza para que parezcan buenos o menos malos…

El hombre se encuentra constantemente en una disyuntiva: puede dejarse tentar por el demonio y se aleja así de la felicidad, o puede acoger la invitación divina de amarlo sobre todas las cosas.

Ahora bien, amar a Dios es cumplir sus mandamientos:

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

Los Mandamientos de la Ley De Dios son:

  1. Amarás a Dios sobre todas las cosas. Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.
  2. No tomarás el nombre de Dios en vano. Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.
  3. Santificarás las fiestas. Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.
  4. Honrarás a tu padre y a tu madre. Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.
  5. No matarás. Aquí se prohíben el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.
  6. No cometerás actos impuros. Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.
  7. No robarás. Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.
  8. No dirás falso testimonio ni mentirás. Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.
  9. No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros. Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.
  10. No codiciarás los bienes ajenos. Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

Por otra parte, recordemos lo que Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18)

Así, quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de los Mandamientos de la Santa Madre Iglesia, promulgados por la autoridad eclesiástica, tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Son:

  1. Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto. Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.
  2. Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar. La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).
  3. Comulgar por Pascua de Resurrección. La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).
  4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia. El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc. La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).
  5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades. La Iglesia Católica pide que se done a la parroquia a la que cada uno pertenezca por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

Por eso, antes de dar cualquier paso para la divina unión, es necesario lavar los pecados en el Sacramento de la Reconciliación (la Confesión) y proponerse firmemente huir con decisión del pecado.

He aquí los pasos para hacer una Confesión:

  1. Examen de conciencia. Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.
  2. Contrición de corazón. Arrepentirse de haber ofendido a Dios.
  3. Propósito de la enmienda. Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.
  4. Confesión de boca. Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).
  5. Satisfacción de obra. Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.

Los apegos a las criaturas

Antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas están hechas a imagen y semejanza de Dios y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

Pero, para eso, hace falta la purificación: purificarnos de los apetitos desordenados y apegos por las criaturas, para amar con pureza absoluta a Dios nuestro Señor. La alteza y la sublimidad de un Dios no admite menos: Él no puede competir con sus criaturas. Para amarlo, entonces, debemos deshacernos de nuestro “amor” desordenado por las criaturas, y amarlas en Él, como lo que son: hechura de Dios.

¡Cuántas veces, por ejemplo, sufrimos porque no tenemos lo necesario o, peor, porque no poseemos lujos y cosas superfluas! ¡Cuántas otras deseamos vivir la vida de quienes tienen más que nosotros! A veces —incluso— nos enamoramos de objetos de devoción, como un rosario, una imagen determinada o una capilla en la que nos “sentimos” más cerca de Dios…

Otras veces nos aferramos a ideas específicas como cuando, por ejemplo, afirmamos que el amor a Dios se le demuestra viviendo de tal o cual manera. Y hasta nos atrevemos a juzgar a quienes no piensan o actúan como nosotros, llegando a pecar contra la caridad. Los católicos principiantes, por ejemplo, critican a quienes, durante la Eucaristía, no se paran o arrodillan cuando deben, a quienes cantan fuerte para que los demás los vean, a quienes se arrodillan fingiendo mucha devoción… Por su parte, los verdaderos cristianos están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, que ni se dan cuenta de cómo lo están haciendo los demás; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón.

Hay quienes llegan a contrariar algunas normas de la Iglesia Católica, afirmando que está equivocada o, peor, que es retrógrada o que no tiene sentido común. Así, sus ideas se ponen por encima de las de Dios, quien las dejó establecidas, por intermedio de la Iglesia que Él mismo fundó.

Ese aferramiento a algunas ideas llega, incluso, a disputas y a ofensas a hermanos en la Fe o a seres queridos, quienes —en nuestra mente, por supuesto— están por debajo de nuestras ideas.

El apego por las personas, que no es amor, sino egoísmo, es querer lograr beneficios personales de una relación. El esposo que ama a su cónyuge más por los beneficios que ella le depara que por el deseo de hacerla feliz, por ejemplo, la está usando, no amando. El día que comience a trabajar exclusivamente para hacerla feliz, sin esperar nada a cambio (ni siquiera la sensación de ser amado), ya podrá afirmar que empezó a amarla de verdad. ¿No es verdad que nuestro amor por los seres queridos está lleno de esas impurezas? Casi siempre esperamos algo a cambio.

Pero el apego más difícil de destruir en nuestras almas es el apego a nosotros mismos: ¡Cuánto nos importa el “qué dirán”, lo que los demás piensen de nosotros, su aprobación, su admiración, la imagen que proyectamos a los demás o a Dios…!

Muchas veces buscamos a Dios para servirnos de Él y no para servirlo a Él; Dios se convierte, entonces, en un objeto del cual nos valemos para sacar beneficios egoístas y no en el Dios a quien amamos.

¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

Él nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano.

Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama santidad.

Él nos demuestra con su vida, muerte y Resurrección que no hay sino un modo de llegar al Cielo: purificados.

Una opción es la santidad, la otra es el purgatorio. Todos podemos escoger: esperar a que después de la muerte se nos limpien las impurezas e imperfecciones para poder gozar de la bienaventuranza eterna o limpiarnos, en vida, de esos apegos y apetitos desordenados hasta no tener nada más que el corazón asido a Dios, llenándonos así de innumerables deleites y gozos espirituales, que serán para nosotros un presagio de esa imperecedera y creciente felicidad celestial.

Esa fue la senda que nos mostró Jesucristo y, en la historia, los que se consideraron cristianos —seguidores de Cristo—, hicieron lo mismo.

Solo así se explica que los santos hubieran sido capaces de vivir completamente desapegados de las criaturas y de sí mismos, y dedicados a dar gloria a Dios, a ayudarlo a salvar almas y a repartir su amor por doquier…

Solo así se entiende el martirio: amor más grande que ninguno, olvido de sí mayor que todos, entrega total; posible solamente porque ya no hay apego a nada, ni a sí mismos…

Purificados así, viviremos como Dios lo quiso inicialmente: en la misma condición de nuestros primeros padres antes del pecado original: en estado de inocencia y de gracia. De inocencia, es decir, sin apegos que nos desvíen del camino a Dios; y de gracia, llenos del Espíritu Santo, como nuestra Madre, la Virgen María quien, sin mancha de pecado original, vivió enteramente para Dios sus acciones, sus palabras, sus pensamientos y hasta sus sentimientos.

Cuanto más arraigados están los apegos a las cosas, a las ideas, a las personas y a nosotros mismos, tanto más duele arrancarlos del corazón. ¡Pero bien vale la pena! (Como se verá, este trabajo es imposible sin la ayuda divina.)

La falta de presencia de Dios

Una vez limpia el alma en el Sacramento de la Reconciliación, viviendo el amor a Dios en el cumplimiento de los mandamientos y entendida la necesidad del desapego para la unión divina, es necesario deshacerse de un error bastante común.

Si bien la palabra diálogo significa conversación entre dos personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos, muchas almas pasan su tiempo de «oración» haciendo meditación, esto es: aplicando con profunda atención el pensamiento a la consideración de Dios, o discurriendo sobre los medios de conocerlo o conseguirlo; y eso no es oración.

¿Qué sentiría el lector si, en este preciso momento, mientras lee estas líneas, oye el ruido de la puerta del lugar donde está, voltea la cara, y ve entrar al mismísimo Jesucristo, con su figura imponente, su barba majestuosa, su mirada penetrante y a la vez amorosa? ¿No es verdad que se asustaría? Se asustó María ante la presencia de un Ángel, tanto que él le tuvo que decir que no temiera; asimismo, en todas las apariciones del Antiguo y del Nuevo Testamento se repetía: «No temas», «No te asustes»…

Es que la presencia de cosas sobrenaturales sobresalta, impresiona.

Pues bien, si el alma no se impresiona durante el tiempo que dedicó a la oración, no hubo oración. Ese sobresalto es la señal de que estamos conscientes de con quién estamos tratando. ¿Acaso es posible que una criatura no sienta nada cuando está frente al Creador? Una pobre y pequeña criatura, con pecados y llena de imperfecciones, frente al dueño de todo, el Señor de señores, el Creador del universo visible e invisible, un abismo de infinita belleza, un abismo de infinita sabiduría… ¡Qué desproporción! ¡Cómo no se va a producir una impresión fuerte en el alma!

Más adelante se verá cómo Dios también impacta al alma dejándola en la desolación, en el desierto espiritual, en sequedad, en la noche…

Pero siempre que hay oración, hay impresión, efecto divino.

También más adelante se verá cómo la fe no consiste en imaginar a Dios sino en hacerse consciente de su presencia. Es saber que está ahí, aunque no se lo sienta, es estar seguros de que nos ve y nos oye…, ¡y de que nos habla! (Nos habla a su modo, claro está; y hay que aprender a escucharlo en ese modo, como se explicará en los últimos capítulos.)

CÓMO LOGRAR ESCUCHAR A DIOS

Lo primero que se debe considerar es cuándo y dónde habla Dios.

La Palabra de Dios

La Palabra de Dios, contrariamente a lo que se piensa ordinariamente, no está contenida únicamente en la Biblia.

Poco antes de su partida, Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.» (Mc 16, 15)

Y, como lo cuenta la Biblia, así lo hicieron. Toda la doctrina contenida en esa predicación se llama la Tradición Apostólica. Tradición significa transmisión de noticias: según la orden de Jesús, se anunciaba, se transmitía la Buena Noticia o Evangelio, verbalmente.

Y esto lo cuenta también la Biblia:

«Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.» (Flp 4, 9)

Nótese que Pablo no dice: «pongan en práctica únicamente lo que les escribí»; dice: «pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído».

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.» (2Tm 2, 2)

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos» significa que se predicaba oralmente. 

La primera carta de Pablo a los Corintios se escribió mucho tiempo antes que los Evangelios, y en ella dice:

«Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía”. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía”.» (1Co 11, 23- 25)

En esta carta, el apóstol dice que lo recibió del Señor y lo transmitió, antes de escribirlo; los Evangelios que cuentan este mismo pasaje se escribieron después. Esto significa que primero se dio la transmisión verbal —la Tradición Apostólica— y luego se escribió.

«Los alabo porque me son fieles en todo y conservan las tradiciones tal como yo se las he transmitido.» (1Co 11, 2)

«Hermanos, les ordenamos en nombre de Cristo Jesús, el Señor, que se aparten de todo hermano que viva sin control ni regla, a pesar de las tradiciones que les transmitimos.» (2Ts 3, 6)

Como se observa, se trata de la enseñanza recibida oralmente, es decir, la Tradición.

De esta tradición surgieron los 73 libros que componen la Biblia: son la recopilación de la transmisión oral de la Palabra divina.

Pero al leer la Biblia sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

El apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo: «En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Los sucesores de los apóstoles, que se elegían a través de la imposición de las manos, tienen la asistencia del Espíritu Santo.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo: 

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos.» (Ga 2, 6-7)

Y, ¿por qué se sometía a esa autoridad Pablo, el apóstol que dijo que el evangelio que predicaba lo recibió por revelación del mismo Cristo Jesús (Ga 1, 12)?

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta:  «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

Para informar toda la doctrina al pueblo cristiano de una manera más asequible se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe. El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

Por eso, quien desee conocer la Palabra de Dios que nos habla, debe remitirse primero al Catecismo de la Iglesia Católica, después a la Biblia y al Código de Derecho Canónico y, por último, a los demás documentos del Magisterio: Cartas y encíclicas pontificias, Documentos eclesiales, Liturgia y Escritores eclesiásticos (Padres de la Iglesia, Doctores, santos, etc.).

Quien así lo haga sabrá, de primera mano y con certeza, lo que Dios le habla a través de la Iglesia que Él fundó.

Las circunstancias

Pero Dios habla también a través de lo que nos acontece diariamente: alegrías y tristezas, triunfos y fracasos, muertes y nacimientos, avances y retrocesos en nuestra vida personal, familiar, laboral y social.

Nada escapa a su Providencia. Todo es suscitado o permitido por Dios para el bien de cada alma, tanto lo positivo como lo que llamamos negativo…

Aprender a interpretarlo es tarea difícil y larga.

La dirección espiritual

Tanto para interpretar lo que nos sucede en el alma como lo que acontece en el exterior —familia, trabajo, situación social— se requiere siempre de un director espiritual, llamado también guía espiritual, que oriente al alma y le ayude a interpretar al Espíritu Santo, es decir, a hacer el discernimiento de lo que sucede.

Sin él, como se verá en el capítulo  sobre la noche oscura del espíritu, es imposible lograr la unión con Dios.

Pero es importantísimo elegir bien al director de nuestra alma. Deben buscarse en él ciertas cualidades naturales y espirituales con las que podrá ejercer mejor su función:

  • Un buen director debe conocer a fondo la doctrina de la Iglesia Católica y poseer ciencia suficiente sobre la ascética (práctica y ejercicio de la perfección espiritual) y la mística (experiencia de lo divino), para tener la capacidad de discernir lo que está sucediendo en nuestras almas. 
  • Un buen director debe haber mantenido una vida de oración intensa por muchos años, de modo que posea la experiencia necesaria para encaminar a su dirigido hacia la santidad; estará así libre de muchos apegos y apetitos desordenados, que le entorpecerían o impedirían discernir, aconsejar y dirigir.
  • Un buen director debe ser un verdadero testimonio de vida: si es sacerdote, que sea obediente a la Iglesia, profundo en su trato con Dios, dedicado a servir a sus fieles, moderado en sus costumbres, etc.; si es un laico, que sea un modelo como esposo y como padre, que sea conocido por sus virtudes, que sea un ciudadano ejemplar, servicial, cumplidor de sus obligaciones laborales y sociales y, sobre todo, hombre de vida interior.
  • Un buen director debe poseer espíritu de discernimiento y prudencia para examinar los diversos movimientos del alma y los del Espíritu Santo (ojalá posea, además, el carisma de discreción de espíritus, un don regalado por el Espíritu Santo sólo a algunos).
  • Un buen director debe respetar la libertad individual y la vocación del dirigido: su tarea es conducirlo hacia el camino que le tenga preparado el Espíritu Santo.
  • Un buen director debe poseer la virtud de la humildad: sabe él que es poca cosa —nada— para realizar esa misión; pero acepta, por obediencia, servir así a sus hermanos cogido de la mano del Espíritu Santo y confiado totalmente a Él.
  • Un buen director debe trabajar con todo su empeño por la santidad de su dirigido orando intensamente por él y pidiendo luces para descubrir el camino que el Espíritu Santo quiere para esa alma en particular; y, además, ofreciendo por él sus labores, padecimientos y sacrificios.

Y, ¿cómo lograr una buena dirección espiritual?

  1. El alma dirigida debe comprometerse a buscar la santidad por todos los medios y con todas sus fuerzas; y que su meta sea la perfecta unión con Dios.
  2. Desde que un alma escoge a su director, asume de inmediato que sus sugerencias y consejos provienen del Espíritu Santo, ya que Él le otorga una gracia especial llamada «gracia de estado», que lo faculta para dirigir adecuadamente esa alma y para interpretar eficazmente sus movimientos interiores: verificará así, por ejemplo, si esos movimientos y deseos son de Dios, de su propia psicología o del Demonio. Todo esto se deriva en la obediencia: sujetarse al director es sujetarse a Dios.
  3. El director debe conocer bien el alma que guía: además de sus circunstancias personales, debe saber sus pasos y sus dificultades en el camino hacia la unión con Dios y —por lo tanto— en la oración, sus cualidades y sus defectos, el apostolado que realiza o quiere realizar, etc. Por eso, es indispensable que haya sinceridad a toda prueba; esa sinceridad implica también no callar lo que sucede: ni lo malo ni lo bueno.
  4. El dirigido debe comprometerse a orar diariamente por el director. Solo así se llevará a cabo la acción del Santo Espíritu en esa relación espiritual: el camino será más corto y más eficaz.

LAS MANERAS DE HACER ORACIÓN

Meditación y oración

Como ya se ha dicho, meditar no es hacer oración.

Para realizar la meditación, algunos expertos recomiendan la siguiente secuencia:

Primero, leer despacio y con atención una frase de las que aparecen en un libro de temas espirituales, como la Palabra de Dios; cerrar el libro, y realizar un análisis profundo del tema. En este momento pueden llegar a la memoria los escritos anteriormente consultados, las homilías y conferencias escuchadas y/o las confidencias hechas con almas más experimentadas…

Segundo, preguntarse cómo se está viviendo en el aspecto particular de que trata ese texto, qué hay que corregir y en qué se puede mejorar.

Tercero, sacar un propósito concreto.

Y cuarto, poner en práctica lo propuesto.

Quienes lean así los escritos espirituales poseen un gran conocimiento de la verdad. Son los que han comprendido la doctrina cristiana revelada por Dios, es decir, la Revelación: ya conocen los pormenores acerca de la tríada fundamental del cristiano: creación, de la Encarnación del Hijo de Dios y de la redención de la especie humana.

Así se descubren, por ejemplo, muchos aspectos de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: que se hizo hombre para que el hombre pudiera acercársele y comprenderlo mejor. Así, van conociendo poco a poco la personalidad de este Dios que también es perfecto hombre.

Lo pueden ver llorando la pérdida de su amigo Lázaro, lo que les enseña que tiene un Corazón de carne que ama como el nuestro; sentirse triste cuando el joven rico rechaza tácitamente su invitación a ser perfecto; pedir reiteradamente a Pedro que le diga que lo ama; dormirse en una embarcación azotada por las olas debido al cansancio…. En fin, miles acontecimientos que lo muestran no solo cercano al ser humano sino uno de ellos, como en el último momento de su existencia cuando clama agónicamente a su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

La meditación de todas estas escenas lleva a quienes las hacen a compenetrarse con la amorosa figura de Jesús, Dios y Hombre verdadero, partícipe del género humano, que sintió hambre y sed, que se cansó, que vivió como uno más, aunque sin pecado, y que mostró su gran amor al morir desangrado en una Cruz, suplicio para ladrones, fuera de la ciudad, sin nada, sin amigos… Y viendo a su Madre deshecha por el dolor…

Jesús es, como lo dijo Él mismo, el camino, la verdad y la vida del ser humano.

Ese conocimiento de la vida, del camino, de la verdad —Cristo—, se va incrementando paulatinamente, y cada ser humano va descubriendo que así como desde el Cielo Dios nos perdonó, es decir, nos justificó; asimismo, que desde la tierra, desde nuestra realidad humana, nace esa verdad salvadora, como lo explica muy bien san Agustín, obispo de Hipona, analizando un salmo:

«La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el Cielo, pues nadie es justificado por sí mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el Cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el Cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del Cielo».[1] 

Pero es probable que de la meditación pura se llegue con alguna facilidad a la oración:

«Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara, ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.»

Esto es oración de agradecimiento. Como también es oración es la bendición, la adoración, la petición, la intercesión o la alabanza.

Aquí ya hay trato a Dios. Falta, ahora, el trato con Dios: que Él responda; y que el alma lo oiga.

La contemplación

La contemplación puede iniciarse, por ejemplo, en el momento en el que el alma se pone en la presencia de Dios:

De este lugar y tiempo en que nos encontramos, podemos pasar al estado en que se encuentra Dios, a la eternidad: no hay tiempo (no existe el «antes» ni el «después», sólo el «ahora»), no hay espacio (no subsiste el «aquí» ni el «allá»).

Con los ojos cerrados a las realidades terrenas, en ese estado que llamamos eternidad, podemos encontrar a Dios: la perfección absoluta, la finalidad de toda criatura, la fuente de todo ser («Yo soy el que soy» [Ex 3,14]), el Creador de todo lo visible y lo invisible, en toda su majestad…, allí, frente a nosotros.

Él y yo…, ¡qué diferencia abismal!

De pronto el alma se queda sin habla:

Quería darle las gracias…, pero Él es la fuente de todas las gracias.

Quería bendecirlo por lo que nos ha dado y por lo que ha hecho de nosotros, sus pequeñas criaturas, pero Él es el único que puede dar una bendición…

Quería decirle que soy todo suyo, pero me encuentro con el dueño de todo…, ¡con quien me hizo de la nada!

Quería agradarlo…, pero me mira con esos ojos tan amorosos, ¡infinitamente amorosos! ¡Y soy yo quien se siente tan agradado…!

Quería darle, pero me llena de Él, me sacia, y al mismo tiempo me hace sentir vacío sin Él…

O, por el contrario, me acerca a su Cruz… O me lleva a Getsemaní para que contemple (¡contemplación!) su intenso sufrimiento que le hace reventar sus vasos sanguíneos y derramar gotas de sangre… O me llena de su dolor por las almas…

Y, entonces, el alma puede moverse a pensar que en el universo, en la creación entera, es una simple y pequeña criaturita; y que por eso debe hacerse el propósito de vivir para adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que le dio la vida y todas esas cosas que hicieron de él el Rey del Amor…

En fin, son muchos los caminos que puede recorrer un alma humilde en la tierra de la contemplación, pero siempre será llevada por Dios hacia sí, propósito de toda oración.

Para explicar esto mejor se inserta a continuación un escrito realizado por el padre J. M. Dumortier, que habla de la Lectio divina [2]:

La lectio divina es un diálogo con Dios que me ha elegido como interlocutor. Dios me habla y espera de mí una respuesta. Este dialogo se articula en cuatro momentos clásicos. Todo hombre debe ejercitarse de continuo en subir estos cuatro escalones de la «escala espiritual», esa escala que une la tierra con el cielo. No se trata de un esquema rígido ni de una sucesión de actitudes fríamente establecidas. En realidad, estas actitudes se superponen y se entremezclan entre sí.

En la historia del cristianismo, hay que esperar al siglo XIV para que un monje, el cartujo Guido II, se decidiera a sintetizar la experiencia viva de la Palabra de Dios, hecha durante los siglos anteriores, en esos cuatro momentos nacidos de un único impulso del Espíritu Santo. ¿Cómo se relacionan esos pasos entre sí? El autor nos ofrece esta sugestiva imagen: «La lectura (lectio) lleva a la boca el alimento sólido; la meditación (meditatio) lo mastica y lo tritura; la oración (oratio) lo saborea; y la contemplación (contemplatio) es la dulcedumbre misma y el gozo que penetran hasta la médula».

  1. Con la lectura, yo me pongo a la escucha de Dios que me dirige su Palabra. Despliego las velas para que el Espíritu Santo haga avanzar mi barca. Esta escucha atenta es un acto que me compromete y que exige de mí una respuesta personal: «Sí, Señor, estoy dispuesto a jugarme la vida por tu Palabra». Audire (escuchar) se convierte en obediere (obedecer), en una completa sumisión a la Palabra de Dios.
  2. La meditación es un concepto muy amplio, que incluye la profundización, sirviéndonos de la ayuda del entendimiento y la imaginación. Con el pico y azadón de mis facultades trato de descubrir el «tesoro escondido». Pero si quiero que la Palabra de Dios pueda llegar a las zonas más profundas de mi ser y hacer vibrar mis fibras más íntimas, debo crear dentro de mí un espacio de resonancia, «abrir mi corazón».

Cuando un aria musical te ha impresionado, sigue resonando en tu interior, y experimentas la necesidad de recogerte para acogerla y saborearla en la intimidad de lo mejor de tu persona. De igual manera, la Palabra de Dios, para pasar de las zonas exteriores a las zonas íntimas de tu corazón dilatado por la fe y el amor, exige recogimiento y apertura. San Agustín llama hermosamente a este espacio interior «la boca del corazón». De ahí la metáfora de la asimilación de los alimentos. La Palabra de Dios que recibo debe ser triturada, masticada, rumiada: «María conservaba cuidadosamente todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Cada palabra debe ser sopesada para que pueda revelarme la plenitud de su significado, e impresa en la memoria para que pueda penetrar en mis zonas inconscientes. San Francisco se atreve a afirmar que aprender la Palabra de Dios de memoria es más provechoso que recorrer millares de sabios tratados.

Cuando el lector asimila la Palabra de Dios, ésta se incorpora a él, y lo va asemejando a Dios para vivir en Él. Si te acercas asiduamente a la Palabra de Dios por medio de este tipo de meditación, adquirirás una especie de segunda naturaleza. La Palabra de Dios asimilada formará parte de ti mismo: irá modelando tu vida, tus pensamientos, tus sentimientos…, y te identificará con Cristo. Con el tiempo, la memoria puede reemplazar al libro. Y entonces la lectura en la intimidad del corazón puede hacerse en cualquier circunstancia: en los desplazamientos, durante el trabajo, etc. Espontáneamente aflorará en los labios un pensamiento, un salmo que vive en el corazón. Esas frases bíblicas pueden tomar la forma de oraciones breves y frecuentes lanzadas como flechas hacia el Señor (jaculatorias), ya sea formuladas con los labios, ya de forma puramente mental. Y no serán repeticiones monótonas, sino la gozosa proclamación de una palabra siempre fresca y rebosante de vida.

  1. La lectura y la meditación son ya oración. Pero el tercer peldaño de la escala, la oración, pone de relieve el hecho de que la oración cristiana es esencialmente una palabra «devuelta» a Dios, un consentimiento a lo que Él me ha hecho comprender vitalmente. He leído la Palabra de Dios y la he rumiado en mi corazón. Y ahora yo repito a Dios esas mismas palabras cargadas con toda mi vida y con todo mi amor. La Palabra de Dios no está solo en el centro de mi escucha, sino también en el centro de mi respuesta.

La oración no es un razonamiento árido ni una ilusión sentimental, sino una reacción espontánea ante la contemplación del Misterio que la Palabra escuchada me revela. Cuando esta efusión espontánea se agota, volvemos al texto para «reaprovisionarnos». Esta reacción suscitada por el Espíritu Santo es lo que san Pablo llamaba «gemidos inefables» del Espíritu, gemidos que Él ha puesto en la mente o en los labios de los amigos de Dios mucho antes de ponerlos en los nuestros. Esa oración bíblica nos pone, pues, en contacto vivo con la Fe, la Esperanza y la Caridad, que animaron al pueblo de la Biblia a lo largo de su peregrinar.

  1. La contemplación es la última etapa, que encierra una experiencia sumamente rica, independientemente de las gracias místicas extraordinarias. Dios nos introduce en la «celda secreta» para alegrar el alma y llenarla del poder y de la dulzura de su Presencia, anticipando así el cielo para ella. El Señor recrea de nuevo, refresca, nutre, sacia y renueva. Ante los ojos de la fe se despliega el poema de las «maravillas de Dios», los «gestos» que revelan su Santidad y su Misericordia. El alma reboza de gozo, la inteligencia de luz, y el espíritu se siente arrebatado por el amor de las realidades invisibles. Más allá, ya solo existe la contemplación sin velos, la celestial.

EL ASCENSO ESPIRITUAL

La ascética y la mística

El recorrido espiritual se hace de dos modos:

  1. La ascética, práctica y ejercicio de la perfección espiritual, en la que el alma se esfuerza con oraciones y sacrificios y lucha por la perfección, por la santidad.
  2. La mística, experiencia del alma con lo divino, experiencia del «yo» personal con Dios, en la cual es Dios quien realiza los movimientos interiores del alma.

Quiere decir esto que en ocasiones el individuo se mueve por sí mismo, mientras que en otras es Dios quien lo atrae.

San Juan de la Cruz llama a estos movimientos espirituales manera y modo activo, cuando la persona realiza algo para acercarse a Dios, y manera y modo pasivo, cuando es Dios quien se encarga de producir el acercamiento del alma hacia sí mismo.

Es frecuente que estas maneras —activa y pasiva— se entremezclen sin razón aparente, siendo muchas veces Dios el único que sabe por qué.

Pasivamente, se dan ocasiones en las que el alma recibe, por ejemplo, manifestaciones sobrenaturales (visiones, locuciones, revelaciones, sentimientos, unciones de espíritu, etc.).

En esos casos, el alma puede preguntarse cómo interpretarlas: ¿Son estas manifestaciones de Dios? ¿Acaso mi imaginación las produce? O, por el contrario, ¿provienen del demonio? Y el director espiritual, muchas veces, es quien puede hacer su discernimiento.

Aunque este tema se tratará con profundidad en los próximos capítulos vale la pena anticiparse un poco para comprender algunos aspectos.

San Pablo de la Cruz enseña cómo interpretarlas pues, si vienen de Dios, dejan siempre 5 resultados:

  1. Una concepción de la inmensidad de Dios, de su grandeza: su infinita belleza, su infinita bondad, su infinita sabiduría, su infinito amor…
  2. Una concepción de nuestra pequeñez, de nuestra pobreza, de nuestra condición de pecadores. El alma se hace consciente de que sin Dios es nada, no tiene nada, no vale nada, no puede nada.
  3. Una paz duradera.
  4. No querer compartir la experiencia con nadie.
  5. Una sensación de no poder entender ni explicar el fenómeno del todo (las cosas de Dios son incomprensibles e inefables: cuanto más lo sean, tanto más seguro es que son de Dios).

Además, es muy frecuente que se presente el deseo vehemente de participar de la Cruz de Nuestro Señor, sufriendo cuanto se pueda, por el amor tan grande que se siente por Él, por saber que somos nosotros quienes nos merecíamos el dolor que Él soportó, por no querer dejarlo solo con su sufrimiento, por el deseo de salvar almas…

Por el contrario, la paz que el demonio imprime es pasajera y las almas sienten cierta satisfacción oculta por ser beneficiarios de tales regalos espirituales, lo cual es soberbia de la más refinada.

Las virtudes teologales

La meditación y la oración hacen nacer en el corazón del individuo una necesidad de conocer, junto con el Hijo, al Padre eterno y al Espíritu Santo, esto es, a la Santísima Trinidad.

Para lograr eso, son indispensables las tres virtudes teologales:

La primera es la Fe, luz y conocimiento sobrenatural con que sin ver se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone.

La Fe es la virtud teologal que nos hace creer firmemente en todo lo que decimos en el Credo y en todo lo que contiene el Catecismo de la Iglesia Católica. Creemos —por ejemplo— en Dios, a pesar de que no lo veamos, no lo oigamos, no lo sintamos. La Fe deja de ser Fe cuando vemos a Dios, cuando lo oímos, cuando lo sentimos.

Lo que se vio a propósito de la presencia de Dios en los obstáculos para hacer oración cabe aquí.

La segunda es la Esperanza, por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido.

La tercera virtud es la Caridad, que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos:

Son estas virtudes teologales las que servirán al alma en su ascenso a Dios.

LOS PRINCIPIANTES

Es muy frecuente encontrar que a las almas que se determinan a servir a Dios, Él les vaya dando deleites espirituales, del mismo modo que lo hace una madre con su hijo pequeño; por eso, pasan grandes ratos en oración e, incluso, las noches enteras; sus gustos son las penitencias y los ayunos; sus consuelos son usar los sacramentos y la comunicación de las cosas divinas: lo que los mueve a hacer todo es el gusto y el consuelo que encuentran en ello[3].

Y también es frecuente que sufran de los males establecidos por san Juan de la Cruz y que él denomina los vicios capitales:

La soberbia[4]

Por su imperfección, les nace muchas veces cierto grado de soberbia oculta, con la que llegan a tener alguna satisfacción de sus obras y de sí mismos.

Sienten cierto deseo vano de hablar cosas espirituales delante de otros y, a veces, hasta de enseñarlas, más que de aprenderlas.

Condenan en su corazón a otros cuando no les ven los estilos de devoción que a ellos les gustaría que tuvieran, y hasta a veces lo dicen en voz alta.

A veces, no aceptan que los demás parezcan buenos (solo de ellos mismos se puede decir que son buenos); y así, con obras y palabras, cuando tienen la oportunidad, los condenan y los desprecian.

Otras veces, cuando sus directores o guías espirituales no les aprueban su espíritu o su modo de proceder (porque tienen gran deseo de que los estimen y alaben), juzgan que lo que sucede es que no los entienden o que los directores no son muy espirituales, y hasta procuran tratar con otro director que cuadre con su gusto.

En ocasiones tienen tantas ganas de que les entiendan su espíritu y su devoción, que hacen muestras exteriores de movimientos, suspiros y otras ceremonias; y, a veces, algunos arrobamientos, preferiblemente en público, no en secreto.

Muchos quieren ir por delante de su confesor, de lo que resultan mil envidias e inquietudes. Se privan de decirle sus pecados desnudos para que no los valoren en poco, y los van coloreando para que no parezcan tan malos, lo cual más es irse a excusar que a acusar. Y a veces buscan otro confesor para decirle lo malo, de modo que el confesor habitual no piense que tienen errores y pecados, sino que todo lo que hacen es bueno.

También algunos de estos creen que sus faltas son pequeñas. Otras veces se entristecen demasiado al verse caer en ellas, pensando que ya deberían ser santos, y se enojan contra sí mismos con impaciencia, lo cual es otra imperfección.

Tienen muchas veces gran ansiedad de que Dios les quite sus faltas e imperfecciones, no tanto por amor a Dios, sino para no sentirse mal y experimentar paz.

Son enemigos de alabar a los demás y muy amigos de que los alaben.

Por el contrario, los que van avanzando hacia la perfección, valoran sus propias cosas como si fueran nada, y viven muy poco satisfechos de sí mismos; mientras que a todos los demás los tienen por superiores. Conocen cuánto merece Dios y lo poco que es todo cuanto hacen por Él; y así, consideran que hacen siempre muy pocas cosas por Dios. Y están tan ocupados en demostrar su amor a Dios, que nunca se dan cuenta si los demás hacen o no hacen bien las cosas. Desean también que los demás los valoren poco, que hablen mal de ellos y que desestimen sus cosas. Cuando otros los alaban y estiman, no lo pueden creer, y les parece cosa extraña que digan esas bondades de ellos. Además, aceptan gustosos los consejos y desean que cualquiera les enseñe.

Los principiantes, en cambio, querrían enseñar todo, y hasta cuando alguien les está enseñando algo, ellos mismos toman la palabra, para demostrar que ya se lo saben. Los más avanzados, lejos de querer ser maestros de nadie, están muy dispuestos a cambiar de camino y a andar por ese nuevo camino, si así se lo pidiera su director espiritual, porque piensan que no aciertan en nada. Tampoco tienen ganas de contar sus cosas, porque las consideran inútiles y pequeñas; más gana tienen de decir sus faltas y pecados, que sus virtudes; hablan con simplicidad, para que su director espiritual los entienda; y se inclinan más a tratar de su alma con quien menos los valora y menos valora sus cosas y su espíritu.

La avaricia[5]

Muchos andan muy desconsolados y quejumbrosos porque no hallan el consuelo que querrían en las cosas espirituales. Otros no se cansan de oír consejos y aprender preceptos espirituales, de tener y leer muchos libros que traten de estos temas; y se les va más tiempo en eso que en mortificarse y perfeccionarse en la pobreza espiritual que deben tener.

Se llenan de imágenes, reliquias, cruces y rosarios curiosos: usan unos primero, y luego usan los otros porque los primeros ya no les satisfacen. Se aficionan a unos por ser más curiosos que otros.

No obstante, los que van bien encaminados no se aferran a estos instrumentos, ni les importa saber mucho acerca de ellos, solo lo que se necesita para tener una buena devoción, y agradar así a Dios.

La lujuria[6]

A algunas almas, a veces les aparecen deleites sensuales inferiores cuando están tratando de vivir experiencias espirituales, como por ejemplo cuando están haciendo oración, cosa que no desean, pero de lo cual se aprovecha el demonio, quitándoles la quietud espiritual e inquietándolos, para que aflojen en la oración y hasta para que la dejen de hacer. Luego les viene un temor de que les aparezcan esas representaciones lujuriosas, temor que los hace sufrir.

Otras veces aparece lujuria con otras personas, creyendo que se trata de afectos espirituales. O les nace la tentación de tener deseos o representaciones morbosas, o de recordar algunas pasadas.

La ira[7]

Otros, cuando se les acaba el sabor y el gusto en las cosas espirituales, se sienten mal y se irritan por cualquier pequeñez, como el niño que se aparta del pecho.

Hay otros que se indignan contra los defectos o vicios ajenos, con cierto ardor intranquilo, y a veces les dan impulsos de llamarles la atención por sus errores, y hasta lo hacen, haciéndose así dueños de la virtud.

Otros, cuando se ven imperfectos, con impaciencia, se enfurecen contra sí mismos; querrían ser santos en un día. Como no son humildes ni desconfían de sí mismos, cuantos más propósitos hacen tanto más caen y tanto más se enojan.

La gula[8]

Algunos, engolosinados con el sabor y el gusto que hallan en los ejercicios espirituales, procuran más el sabor del espíritu que la pureza y moderación.

Atraídos por el gusto que encuentran, algunos se matan con penitencias, y otros se debilitan con ayunos haciendo más de lo que soportan, sin orden ni consejo del director espiritual, antes “haciéndole trampa”; y hasta se atreven a hacerlo aunque le han mandado lo contrario.

Imperfectísimos, gente sin razón, no saben que el estar sujetos al director espiritual y la obediencia es penitencia de razón y de moderación, y por eso mejor aceptada y preferida por Dios que la penitencia corporal.

Piensan que el gustar y sentirse satisfechos es servir a Dios y satisfacerlo.

Cuando comulgan y no sienten gusto o sentimiento, piensan que no han hecho nada, lo cual es juzgar bajamente a Dios.

Quieren sentir a Dios y gustarlo como si fuese comprensible y accesible.

En la oración piensan que lo importante es hallar gusto y devoción sensible, y cuando no han encontrado ese placer, se desconsuelan mucho pensando que no han hecho nada, y tienen mucha desgana y repugnancia de volver a orar. Y hay quienes a veces dejan la oración.

Son muy flojos y perezosos en ir por el camino áspero de la cruz; el Señor por momentos los cura con tentaciones, sequedades y otros padecimientos.

La envidia[9]

A los principiantes les suele disgustar el bien espiritual de los otros, y les da alguna tristeza que les lleven ventaja en ese camino.

En cambio, los aprovechados, si alguna envidia tienen, es la envidia santa de no tener las virtudes con las que otros le dan gloria a Dios; pero, al ver que otros tienen esas virtudes, se sienten muy contentos. Además, les entusiasma que todos vayan más adelante en el camino de la perfección, ya que así sirven a Dios en lo que ellos fallan.

La pereza espiritual[10]

Otra característica de los principiantes es la pereza espiritual o tedio en las cosas que son más espirituales.

Si alguna vez, haciendo oración, no hallan la satisfacción que deseaban (porque, como se verá más adelante, conviene que Dios les quite esa satisfacción para probarlos), no quieren volver a hacerla o van de mala gana o, a veces, la dejan.

Muchos de estos querrían que Dios quisiera lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, sintiendo repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. Por eso creen que lo que no les gusta es porque no es voluntad de Dios; y, por el contrario, cuando ellos se satisfacen, creen que Dios se satisface. Y también sienten fastidio cuando su director les manda algo que no les gusta.

Son muy flojos para las cosas que exigen fortaleza y, también, para trabajar en su perfección personal.

Se ofenden cuando Dios les manda la cruz, metiéndolos en la noche oscura (que se explicará en el siguiente capítulo) donde Dios los desteta de estos gustos y sabores, y los deja en puras sequedades y tinieblas interiores, para quitarles todas estas impertinencias y niñerías.

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Para que el principiante pueda ascender y avanzar al siguiente nivel, lo primero que debe comprender es que cuanto más nublados estén sus ojos tanto menos verán a Dios. Por eso, si esa alma desea ver a Dios, es decir, desea tener un contacto inicial con él, debe retirar de sus ojos los nublamientos, que consisten en sus apegos y, por consiguiente, deberá mortificar sus apetitos.[11]

La alteza y la dignidad de un ser humano se miden por sus apetitos: hay muchos que van tras lo creado, tras las criaturas; mientras que otros van en pos del Creador[12]. De esta idea se desprende otra que ubica al lector en la esencia del camino propuesto por este santo: es necesario que el alma esté limpia y purificada de todo apetito inferior, y que se deshaga de sus apegos, para que Dios llegue a ella, ya que Dios no puede competir con las criaturas.

Además, los apegos voluntarios producen en el alma los siguientes daños:

*                 El alma trabaja y trabaja fatigándose por obtener algo y, lo que es peor, nunca se satisface, pues cada vez desea más. Esto sucede porque el alma no fue hecha para saciarse de los bienes, sino que Dios es el único que puede llenar su corazón. Luego se cansa más y más el alma por conseguir lo que sus apetitos le piden, cansancio que crece porque aumentan los apegos.[13]

*                 Los apetitos son una carga pesada para el alma, ya que ella se apega cada vez más, y así pierde poco a poco la libertad, atándose a esos bienes terrenos y llenándose de concupiscencias o deseos desmedidos de ellos, lo cual le trae tormento.[14]

*                 Estas concupiscencias oscurecen la luz del Sol–Dios, única fuente de la paz y gozo verdaderos; también pueden oscurecer la luz de las potencias del alma: el entendimiento, la memoria y la voluntad. El entendimiento, que podría ilustrarla adecuadamente, se nubla; por eso se dice que el alma queda hasta cierto punto ciega. Se enceguece también la voluntad, que queda sin habilidad para abrazar a Dios con amor puro. Y, por último, se afecta también la memoria, pues queda ofuscada por las tinieblas del apetito, que no puede informarse con serenidad de la imagen de Dios.[15]

*                 El alma que se apega a una cosa queda, por así decirlo, sucia con esa cosa, que, en ningún modo, tiene la dignidad de Dios, a quien debe tender por naturaleza todo ser humano. Así, por ese apego, el entendimiento queda confundido, la voluntad llora por lo creado y la memoria ya no recurre a Dios.[16]

*                 Aparece, además, la flaqueza, cierta debilidad del alma para esforzarse en las virtudes y en el camino de la perfección espiritual; y con esa flaqueza viene la tibieza, ese querer pensar que lo hecho es ya suficiente, y no desear luchar más, sintiéndose el alma pesada y perezosa… Y es que el apetito repartido en varias criaturas es siempre menos fuerte que si estuviera entero en una sola cosa.

Cuanto más transparente sea un cristal tanto más dejará pasar la luz del Sol[17], entendiéndose este Sol como Dios y el cristal como una membrana que cubre al alma; de modo que si el alma está llena de apegos, a la luz de Dios se le impedirá su acceso al alma; mientras que el ser desapegado de las cosas materiales y de sí mismo logrará que Dios lo impregne y comience a sentir los gozos y placeres más maravillosos que puede experimentar.

Ya lo había dicho el mismo Jesús: El que no renuncia a todas las cosas que con su voluntad posee no puede ser mi discípulo (Cf. Lc 14, 33)[18], significando con eso el desapego de los bienes. Y para expresar el desapego de sí mismo dijo: Si alguno quiere seguir mi camino niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame; porque el que quisiera salvar su alma la perderá, pero el que por mí la pierda la ganará (Cf. Mc 8, 34-35; Jn 12, 25). Y por eso también aclaró a quienes le pedían un buen puesto en la gloria del Cielo que debían primero beber el cáliz de dolor que Él tenía que beber (Cf. Mt 20, 22).

Para lograr esta purificación, es preciso desnudar el alma de su modo de entender, saber, sentir, imaginar, parecer; de su voluntad, de sus cosas, de sus obras; como el ciego que cree a sus seres queridos lo que le dicen sin poderlo constatar con la vista; es decir, con fe. Así es la Fe que necesita el alma para empezar a caminar hacia la unión con Dios «de manera que los que no ven vean, y los que ven se hagan ciegos» (Jn 9, 39). Se trata entonces de cegar el alma de sus propias luces naturales, de manera que vea sobrenaturalmente[19].

Estos principiantes, entonces, necesitan una primera purificación, que san Juan de la Cruz prefiere llamar reformación y refrenamiento del apetito [20], primera noche o noche oscura del sentido, para pasar al estado o nivel de los aprovechados. Estos ya no son los que simplemente meditan en el camino espiritual, sino que son verdaderas almas contemplativas[21], que van descubriendo la luz pura y sencilla que siempre está ahí, y que les quita del todo los impedimentos, molestias y velos, quedándose en la desnudez pura y en la pobreza en el espíritu[22], para acceder, sin trabajo, a la paz, al descanso, al sabor y al deleite[23] de la contemplación, el cual es el tema que sigue a continuación.

 

LA NOCHE OSCURA DEL SENTIDO

Amarga y terrible para el sentido[24], esta noche presagia, sin embargo, deleites y gozos espirituales que superan con creces los placeres biológicos, emocionales o afectivos, tanto como el Creador supera a cualquier criatura.

Con el fin de que Dios introduzca al alma en esta noche oscura del sentido, el alma debe disponerse adecuadamente, así[25]:

Þ  Imitar a Cristo. El alma debe tratar de actuar como Él actuó; hablar como Él habló; e incluso pensar como Él pensó.

Þ  Renunciar a todos los gustos que no sean para la honra y gloria de Dios.

Þ  Tratar de eliminar de la vida lo fácil, lo sabroso, lo gustoso, el descanso, el consuelo, lo que se cree mejor, el apetecer las cosas temporales; y reemplazar todo eso por sus contrarios (lo difícil, lo poco agradable, etc.), para ir logrando la desnudez, el vacío y la pobreza en el espíritu.

Þ  Obrar en desprecio propio y desear que todos lo hagan para ir eliminando la concupiscencia de la carne (el apego por los placeres); hablar con desprecio propio y desear que todos lo hagan para ir suprimiendo la concupiscencia de los ojos (el deseo por lo creado); y pensar con desprecio propio y desear que todos lo hagan para anular paulatinamente la soberbia de la vida.

Por otra parte, debe saberse que para entrar en la noche oscura del sentido, las potencias del alma deben ser reemplazadas por las virtudes teologales así:

El entendimiento debe vaciarse y oscurecerse para dar lugar a la virtud de la Fe.

La memoria debe vaciarse para dar lugar a la virtud de la Esperanza.

Y la voluntad debe vaciarse, quedar desnuda de todo afecto y ser indiferente a todo lo que no sea Dios, para dar lugar a la virtud de la Caridad[26].

1. El entendimiento y la virtud teologal de la Fe

El entendimiento es la potencia del alma, en virtud de la cual, ella concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce.

Nace entonces el deseo de conocer a Dios a través del entendimiento. Pero la distancia que hay entre la esencia del ser divino y la de la criatura es infinita. Por eso es imposible que el entendimiento llegue a Dios por medio de las criaturas.[27]

Es, entonces, indispensable que el entendimiento esté desnudo y desocupado de todo, para que Dios, a través de la Fe, llegue al alma; es necesario que se ciegue a todo lo que no sea la virtud de la Fe.[28]

Y, ¿cómo recibe el entendimiento esas comunicaciones de las que debe cegarse? Hay dos vías, que se describen en el siguiente cuadro:

Vías por las que el entendimiento recibe comunicaciones[29]

    1. La vía natural
      1. A través e los sentidos corporales
      2. Por sí mismo, es decir, el modo natural de conocer y de deducir
    2. La vía sobrenatural
      1. Comunicaciones corporales
        1. Sentidos exteriores
        2. Sentidos interiores
      2. Comunicaciones espirituales
        1. Distintas y particulares
        2. Confusa, oscura y general

Siendo obvias las vías naturales para recibir comunicaciones, se pasan a explicar las sobrenaturales:

Las vías corporales están divididas en dos, como se ve en el cuadro: las que vienen a través de los sentidos exteriores y las que llegan por los sentidos interiores.

Los sentidos exteriores[30] consisten en ver, oír, oler, gustar y tocar cosas extraordinarias. Con el primer sentido, por ejemplo, se ven figuras, personajes, santos, ángeles, etc.; también se pueden oír palabras de estos personajes o palabras que no se sabe quién las dice; a veces se sienten olores suavísimos que no se sabe de dónde provienen; aparecen sabores suaves y tactos de gran deleite (llamados por algunos «unción del espíritu»)…

Aunque estos sentidos exteriores pueden provenir de Dios, nunca se debe asegurar que así sea ni se deben admitir ni aceptar; antes, por el contrario, se debe huir de las comunicaciones o conocimientos que lleguen por estas vías, pues por el hecho de que son externas, muy poca certeza hay de que vengan de Dios, ya que es más propia de Dios la comunicación a través del espíritu que a través del sentido corporal.

Además, hay mucho peligro de engaño cuando la comunicación viene por el sentido, pues el sentido corporal se hace juez de ellas pensando que son así, como las siente; y debe saberse que el sentido corporal es más ignorante en las cosas espirituales que un animal en las cosas racionales.

Otra cosa que sucede es que lo que se experimenta con los sentidos tiene el peligro de inducir a disminuir la Fe, ya que el alma se acostumbra a apoyarse más en esas experiencias. También existe para el alma el riesgo de engolosinarse en esas cosas y de no poder volar así hacia las cosas del espíritu.

Existe otro peligro adicional, que es que el alma, al recibir y aceptar estas cosas extraordinarias, puede llegar a sentirse algo delante de Dios, lo cual no es humildad, virtud indispensable para el crecimiento espiritual.

Por otra parte, el demonio aprovecha con frecuencia la oportunidad para producir en el alma cosas parecidas a esas visiones o a esos olores, etc., las cuales disfraza y disimula con gran sagacidad, pues puede «transfigurarse en ángel de luz» (2Co 11, 14), y dañar el camino hacia Dios.

Por último, recuérdese que si el alma no está desnuda de estas comunicaciones, estará totalmente impedida para avanzar espiritualmente.

Los sentidos interiores[31] son la imaginación y la fantasía naturales. La primera reflexiona imaginando; la segunda, forma la imaginación fantaseando. He aquí unos ejemplos: imaginar a Cristo crucificado, en la flagelación o en otro momento de su vida; o imaginar a Dios con gran majestad en un trono; considerar su gloria como una gran luz, etc. O también, de modo semejante, otras cosas divinas o humanas.

Es mejor evitar estas cosas por las siguientes razones:

Así como un ciego de nacimiento no puede comprender los colores, por más imágenes que les fabriquemos, la imaginación no puede fabricar cosas distintas a las que conoce por los sentidos. Menos podrá imaginar a Dios, por más pensamientos elevados haga de Él, puesto que las criaturas son infinitamente inferiores, sean cosas o personas. Un fuego o un resplandor hermoso, por ejemplo, está muy lejos de la realidad divina.

Mientras los principiantes necesitan de estas imaginaciones y fantasías para irse enamorando de Dios y llenando su alma, los aprovechados no utilizan esos medios remotos para unirse con Dios: pasando por la noche del sentido van aprendiendo a ir directamente a Dios, concentrando la atención en Él, de modo amoroso, en una quietud en la que no cabe la imaginación.

Por eso, el alma debe aprender a estar fija la atención en Dios, aun cuando no pueda meditar; sosegado el entendimiento, aunque le parezca que no hace nada; porque así, poco a poco, se infundirá en su alma sosiego y paz divinos con admirables y elevadas comunicaciones de Dios, envueltas en amor divino.

Al alma le es imposible recorrer este camino por sí misma; es necesario que, además del esfuerzo personal para erradicar esos defectos y errores, Dios la introduzca en esta noche oscura del sentido, y la lleve de la mano al nivel de los aprovechados. Eso mismo hará cuando, más adelante, conduzca a los aprovechados por la noche oscura del espíritu al nivel de los perfectos.

Aquí termina la explicación de lo que concierne a la eliminación de los estorbos con los que el entendimiento impide el buen desarrollo de la virtud teologal de la Fe, en lo que se refiere a la noche oscura del sentido. Quedan pendientes las vías espirituales que, según se deduce, hacen parte de la segunda noche —la del espíritu— por la que pasa el alma para llegar a la unión perfecta con Dios.

2. La memoria y la virtud teologal de la Esperanza

La memoria es la potencia del alma, por medio de la cual se retiene y se recuerda el pasado.

Las comunicaciones que el alma posee a través de la memoria se clasifican así:

Experiencias de la memoria

    1. Naturales
      1. Las que forma de los sentidos
      2. Lo que la memoria fabrica y forma
    2. Sobrenaturales
      1. Visiones
      2. Revelaciones
      3. Locuciones
      4. Sentimientos
    3. Espirituales
      1. Acerca del Creador
      2. Acerca de las criaturas

Dios no cabe en ninguna comunicación ni experiencia humana, ya que Dios no tiene forma ni imagen que pueda ser comprendida por la memoria. De hecho, cuando el alma está unida a Dios (en el nivel de los perfectos), se queda sin forma ni figura, se pierde la imaginación, se olvida de todo (no se acuerda de nada) y se empapa en un bien incomparable.

Así como se explicó para el entendimiento, es indispensable entonces que la memoria esté desnuda y desocupada de todo, para que Dios, a través de la Esperanza, llegue al alma: es necesario que se ciegue a todo lo que no sea la virtud de la Esperanza.

Tres cosas iniciales deben considerarse[32]:

*                 Toda posesión de la memoria va en contra de la virtud de la Esperanza

*                 Cuanta más Esperanza posea un alma tanta más unión con Dios logra

*                 Cuanto más espera el alma tanto más alcanza

Las experiencias naturales[33] provienen de todo lo que el alma pudo oír, ver, oler, gustar, palpar, y de lo que la memoria fabrique y forme.

Aquí puede aplicarse todo lo concerniente al mismo tema tratado para el entendimiento y la Fe.

Tres daños llegan al alma cuando no se deshace de las experiencias que guarda la memoria: el mundo, el demonio y el impedimento para la unión con Dios.

El mundo[34], es decir, todo lo que el alma guardó en la memoria cuando vio, oyó, tocó, olió y gustó. El alma queda sujeta a muchos daños por medio de las experiencias y razonamientos que tuvo: se le pegan las antiguas aficiones, juicios, dolores, temores, odios, esperanzas inútiles, gozos y vanas glorias, falsedades, pérdida de tiempo, engaños, etc. Estas imperfecciones, o a veces incluso pecados veniales, nacen cada vez que el alma se acuerda con la memoria, aun cuando trate de que no se le peguen, pues entran al alma de un modo sutil. Por eso, conviene desecharas de la memoria.

El demonio[35] puede añadir formas, comunicaciones y razonamientos, con las que induzca al alma a la soberbia, avaricia, ira, envidia, etc., y con las que se engañe de muchas formas.

Por último hay impedimento para la unión con Dios[36], ya que estas comunicaciones naturales de la memoria pueden impedir el bien moral, porque invitan a los apegos o apetitos y traen intranquilidad en el alma, pues unas veces producen gozo y otras veces, tristezas; estando así el alma, no es capaz de las cosas espirituales. En cambio, cuando se rechazan estas comunicaciones y pensamientos que trae la memoria, como el alma queda desconcentrada de las cosas, queda libre para acceder al incomprensible, que es Dios.

Los beneficios que recibe el alma que se libra de las comunicaciones naturales son:

Una tranquilidad y paz en el ánimo que se mantiene tanto en la adversidad como en la prosperidad, pues es inútil inquietarse y esto es más valioso que cualquier otra prosperidad.

El alma se libra de sugestiones, tentaciones y movimientos del demonio que impulsarían a formar impurezas y a pecar

El alma queda mejor dispuesta para ser movida y enseñada por el Espíritu Santo[37].

Las experiencias sobrenaturales[38] son las visiones, revelaciones, locuciones interiores y sentimientos del Cielo, y que el cerebro guarda memoria. Cuando se usan como medio para llegar a Dios producen los siguientes daños en el alma:

Muchos autoengaños[39], porque siempre aparecen dudas, en cuanto a discernimiento se refiere: ¿Será esto de Dios? ¿Será mi imaginación? ¿Será cosa del demonio?… Por eso es muy importante no tratar de juzgar esas experiencias sobrenaturales, sino olvidarlas.

Peligro de presunción o vanidad[40], pues se cuelan con frecuencia cierta satisfacción oculta, aprecio secreto de sí mismo y soberbia. A veces, incluso, se da el caso de que algunos, si no se los alaba o estima por esas experiencias sobrenaturales se disgustan, y así se ponen a la altura del fariseo de la parábola (Cf. Lc 18, 11-12). Para huir de este grave peligro, conviene no hacer caso a estas experiencias, ya que no es virtud poseerlas y, por el contrario, el menor acto de humildad es más valioso ante los ojos de Dios que las visiones, revelaciones o sentimientos del Cielo.

Engaño del demonio[41], quien produce experiencias falsas, que parecen buenas y que gustan, pero que ciegan al alma. Aquí, el mejor consejo es no querer gustar con la memoria esas experiencias.

Impedimento de la unión con Dios a través de la virtud de la Esperanza[42]. Es necesario renunciar a toda posesión de la memoria, pues mientras más posea, tanto menos puede llegar a Él.

Se juzga bajamente a Dios, quien es incomprensible. El alma se engaña cuando cree en las criaturas más que en Dios; es como poner la atención en los criados y no en el rey.

Por el contrario, los provechos que le vienen al alma cuando no confía en lo que la memoria guarda de estas experiencias sobrenaturales son muchos[43]:

Se produce todo lo contrario a los daños: el alma no se engaña ni se deja engañar por el demonio tan fácilmente, tampoco se tienta a engreírse, ni se impide la unión con Dios, ni se lo juzga bajamente.

Se produce un descanso y quietud propicios para el desarrollo del espíritu: no hay que ponerse a discernir si esas experiencias sobrenaturales provienen de Dios o no y, sin el concurso de las potencias, pasivamente, esas experiencias harán bien al alma y se quedarán asentadas vivamente en ella, produciendo un efecto muy bueno y sensación de renovación.

Por eso conviene no querer comprender nada, sino a Dios y a través de la Fe, en Esperanza.

De las experiencias espirituales que quedan en la memoria se tratará en la noche oscura del espíritu, más adelante.

3. La voluntad y la virtud teologal de la Caridad

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5). Este mandato divino, como todos los suyos, fue dado para beneficio del hombre. La perfecta unión con Dios, en donde el alma experimenta la mayor felicidad, se da solamente cuando el alma deja de lado todos los apetitos, para buscar exclusivamente a su Dios.

Además, la fortaleza del alma consiste en que la voluntad gobierne las potencias, las pasiones y los apetitos. Las pasiones del alma, que son: gozo, esperanza, dolor y temor, van juntas, y deben purificarse y ponerse al servicio de Dios para alcanzar esa añorada meta.[44]

La voluntad sólo debe gozar de aquello que es para gloria y honra de Dios. Los bienes, cualesquiera, son, por sí mismos, buenos; sin embargo, la flaqueza humana que dejó el pecado original en el hombre hace que el corazón tienda a aficionarse o a aferrarse a esos bienes, fallándole así a Dios.

Hay muchos tipos de bienes, a saber:

Bienes

 

I. Temporales[45]
           A. Riquezas
           B. Títulos
           C. Estados
           D. Profesiones u oficios
           E. Familia
           F. Otros
II. Naturales[46]

            A. Dotes corporales
            B. Inteligencia
III. Sensuales[47]

            A. Vista
            B. Oído
            C. Olfato
            D. Gusto
            E. Tacto
            F. Imaginación
IV. Morales (virtudes)[48]V. Sobrenaturales (dones y gracias)[49]VI. Espirituales[50]

            A. Sabrosos
            B. Penosos

Si en vez de poner el amor en Dios, el alma pone su voluntad en los bienes temporales —que, como se vio más arriba, no son únicamente materiales, sino que incluyen los títulos, la profesión, el estado, la familia, etc.— se producen muchos daños: la mente se embota con esos bienes; se dilata cada vez más el deseo por ellos, y aparece el peligro de la codicia; puede nacer una avaricia que ordena lo sobrenatural a lo temporal y que hace dioses a esos bienes; poco a poco se pierde el interés en Dios, luego el alma se aparta de Dios y algunos llegan hasta a querer dejarlo por el pecado.[51]

En cambio, si la voluntad se pone exclusivamente en Dios, el alma se libra de todos esos daños descritos; aunque no posee nada, tampoco es poseída por nada; el ánimo queda libre; la razón se clarifica; aparecen el sosiego y la tranquilidad; nace una confianza pacífica en Dios; como el corazón se siente libre, la voluntad desea entregarse a Dios; ese desapego de las cosas hace apreciarlas, gozarlas y recrearse más en ellas; el alma se hace más apta para entender mejor esos bienes natural y sobrenaturalmente: los ve como criaturas que son; y, por último, no ofende a Dios.[52]

Con respecto a los bienes naturales sucede lo mismo:

Si la voluntad se aferra a las dotes corporales o a la inteligencia que posee, el alma recibe numerosos perjuicios: aparecen la vanagloria, la presunción, la soberbia y el desestimo del prójimo; surgen la complacencia, los deleites sensuales y la lujuria; brota la adulación y alabanzas tontas; la razón se nubla y el espíritu se embota; la mente se distrae con las criaturas; y, finalmente, el alma se vuelve tibia y floja para las cosas espirituales, y hasta tediosa y triste en las cosas de Dios.[53]

Por el contrario, si la voluntad se emplea para amar a Dios, dejado de lado esas dotes, se reciben abundantes beneficios: se dispone más fácilmente para el amor a Dios y a los demás, lo que le da más humildad y, por lo tanto, libertad para amar como Dios quiere que se ame a los demás; el alma aprende a negarse a sí misma que, como dijo Jesús, es lo que se necesita para la unión; surge tranquilidad y pureza del alma que cierra los ojos a las vanidades, y se hace libre; se hace así digno templo del Espíritu Santo; se libra de los daños descritos en el párrafo anterior y le importa muy poco la poca estima de quienes son esclavos de esos bienes naturales; por otra parte, crecen las virtudes y se vencen fácilmente las tentaciones.[54]

Los bienes sensuales que se consiguen por medio de los órganos de los sentidos y de la imaginación, tomados como deleites interiores (no tanto como sensualismo), estorban esa unión íntima con Dios y, a la vez, crean muchos males. Pero si se pone el afecto en la voluntad de Dios, es decir, si los sentidos nos llevan a Dios, hay ganancia para el alma. Veamos.

El descuido de la vista —persiguiendo el deleite interior— produce oscuridad de la razón, tibieza y tedio espiritual, vanidad en el ánimo, codicia desordenada, deshonestidad, descompostura interior y exterior, impureza de pensamientos, etc.

Buscar el placer interno a través del oído (escuchar habladurías, por ejemplo), en vez de concentrarse en la voluntad de Dios, provoca distracción de la mente, envidia, parlería, juicios inciertos…

Buscar constantemente el agrado del olfato causa rechazo a los pobres, enemistades con la servidumbre, poco rendimiento del corazón en la humildad y cierto grado de insensibilidad espiritual.

Si el gusto se pone como medio para la complacencia interior, se cae fácilmente en los siguientes perjuicios: gula y embriaguez, ira y discordias, faltas de caridad, sensación de malestar corporal y enfermedades, lujuria, torpeza espiritual, estragos de las cosas espirituales, distracción de los demás sentidos y descontento.

Cuando el tacto se sublima se dan los siguientes trastornos: pérdida del sentido espiritual, apagamiento de la fuerza y del vigor, molicie (blandura), lujuria, ánimo afeminado y tímido, sentido halagüeño (que le gusta halagar) y empalagoso, sentido dispuesto a hacer el mal, alegría inútil, soltura de la lengua, libertinaje de los ojos, embobamiento de los demás sentidos, estorbo del buen juicio, cobardía e inconstancia morales, tinieblas del alma, flaqueza para amar, temores infundados e incapacidad para los bienes morales y espirituales.[55]

Aunado a esto, se dan otros males que ya están descritos para los bienes naturales (ver atrás).

Grandes ganancias espirituales tienen aquellos que no buscan estos placeres interiores e inferiores, sino hacer la voluntad de Dios: se distraen menos y se recogen más fácilmente en Dios, conservándoseles y aumentándoseles las virtudes adquiridas; se hacen más espirituales que sensuales, es decir, sus actitudes animales se convierten en racionales y angelicales o, dicho de otro modo, del ámbito temporal y humano pasan al divino y celestial; además, todo se ordena a la divina contemplación sin detenerse en lo sensual, con limpieza de corazón, para mayor gozo del alma.[56]

Las virtudes o bienes morales traen al alma gozo por sí mismos, pues dan paz y tranquilidad, y sensación de un recto y ordenado uso de la razón. Pero no se debe contentar el alma con esto, sino que debe buscarse el bien que traen, ya que cuando se hacen por amor a Dios, adquieren vida eterna.

Las buenas obras, los ayunos, las limosnas, las penitencias, las oraciones, son todas más virtuosas cuanto más amor de Dios se pone en ellas, no tanto por la cantidad de obras que se hagan sino por la calidad con que se hagan.

Pero lo que sí perjudica bastante a las almas es buscar el gozo que se desprende de hacer buenas obras, o las alabanzas de los demás: se vuelven vanidosas, soberbias, llenas de vanagloria y presunción; empiezan a juzgar a los demás juzgándolos huecos e imperfectos, como el fariseo (Cf. Lc 18, 11); buscan solamente el gusto o la alabanza; no hallan recompensa en Dios, pues «ya recibieron su paga» (Mt 6, 2); tienden a hacer las buenas obras en público, olvidando aquello de que «no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 3); no van adelante en el camino de la perfección, desmayan en la prueba, no perseveran, huyen de la mortificación porque desean el gozo; se autoengañan, ya que consideran mejores algunas cosas que no lo son (porque simplemente les gustan más); se hacen incapaces de recibir consejo y enseñanza razonables, se encadenan y aflojan mucho en la caridad con Dios y con el prójimo.[57]

Mientras tanto, quienes no se atan a los gustos que producen sus virtudes, sino que las viven por amor a Dios, se llenan de prebendas: se libran de caer en tentaciones y engaños del demonio, como la jactancia o la arrogancia; son perseverantes y acertados, pues saben poner sus ojos en la sustancia y provecho de las obras, no en su sabor y placer; se hacen pobres en el espíritu y, según Jesús, «de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3); ganan en mansedumbre (no tienen impetuosidad ni afanes), humildad (no poseen presunción) y prudencia (actúan con cautela); desechan con facilidad la gula, la avaricia, la pereza espiritual, la envidia espiritual y otros males; y, definitivamente, se hacen agradables a Dios y a los hombres.

Los bienes sobrenaturales, es decir, los dones y gracias que recibe el alma de Dios, como la sabiduría, la ciencia, la fe, la gracia de sanación, el hacer milagros, las profecías, el conocimiento y discernimiento de espíritus, la declaración de la Palabra de Dios y el don de lenguas, entre otros, ocasionan dos provechos: espiritual, pues Dios es conocido y servido por esas obras, y temporal, como se da en el caso de la sanación, la resurrección de muertos, el profetizar el porvenir, etc.

Pero se deben recordar las palabras que Jesús pone en boca de quienes buscan solo su propio provecho: «Señor, ¿no profetizamos en tu nombre e hicimos muchos milagros?» Y lo que les contestará: «Apartaos de mí, obradores de la maldad» (Cf. Mt 7, 22-23). Es necesario, entonces, actuar con rectitud de intención, es decir, buscando la gloria de Dios: para que Dios sea conocido y servido por esas obras.

De otro modo, el alma se verá engañada y se prestará a engañar a los demás; habrá en ella un daño moral acerca de la fe, es decir, se verá inducida a tentar a Dios, a disminuir el crédito de la fe y a despreciarla; y también le acarreará vanagloria o alguna vanidad.[58]

Si la intención es recta, el alma se libra de todos esos daños, se da a engrandecer y ensalzar a Dios y, con esto, se produce en ella cierto grado de excelencia y grandeza de la criatura que alaba a su Dios y le da gloria, con lo que su fe se purifica, y el mismo Dios se la aumenta…[59]

Quedan por fuera de este capítulo los bienes espirituales, de los que se tratará en la noche oscura del espíritu.

——————— o ——————— 

Como ya se dijo, el modo activo para ingresar en esta noche del sentido no basta, aunque sí ayuda a disponerse a la acción de Dios; es, sin embargo, Él quien introduce el alma en esta oscuridad.

Hay unas señales que indican, tanto al individuo como a su director espiritual, que el alma está entrando en esta noche[60]:

Ya no puede meditar ni discurrir con la imaginación; tampoco le gusta hacerlo como antes; más bien aparece sequedad en ese sentido. Como el alma ya consiguió todo el bien espiritual que podía bajo las formas de la meditación y el sacar consecuencias o deducir cosas, ya no le apetece seguir en ello; además, todos estos ejercicios espirituales ya se convirtieron en hábitos, ahora prefiere estar, como se dice en el tercer punto, observando cuidadosa, quieta y amorosamente a Dios. Y lo que realmente sucede es que Dios pone al alma en esta oscura noche con el fin de purgarle el apetito sensitivo; por eso no lo deja engolosinarse ni hallar sabor en ninguna cosa.

Ya no le gusta usar la imaginación ni el sentido (no es que la imaginación no funcione, sino que al alma ya no le gusta), puesto que va descubriendo que Dios es incomprensible… No puede ya meditar ni discurrir con la imaginación, como solía, por más esfuerzos haga de su parte. Porque aquí comienza Dios a comunicarse, no ya por el sentido, sino por el espíritu puro, en el que no cabe la meditación ni sacar consecuencias o deducir cosas: se comunica a través de la sencilla contemplación, la cual no alcanza los sentidos inferiores. Por eso es que la imaginación y fantasía no pueden trabajar de aquí en adelante.

El alma recuerda constantemente a Dios con esmero y con cuidado penoso, pensando que ya no sirve a Dios, sino que vuelve atrás en el camino espiritual. Pero aunque la parte sensitiva está muy floja y flaca para obrar por el poco gusto que hay, el espíritu, empero, está pronto y fuerte. El espíritu no siente al principio el sabor, pero sí siente una fortaleza y un brío especiales para obrar en la sustancia que le da ese manjar interior, el cual es principio de una contemplación oscura y seca para el sentido. Esa contemplación, que es oculta y secreta para el mismo que la tiene, ordinariamente, junto con la sequedad y el vacío del sentido, da al alma iluminación y deseos de estarse a solas, con gran interés amoroso en Dios, sin considerar ninguna otra cosa, en paz interior, quietud, descanso (no pereza), sin actos ni ejercicios de las potencias, sin deseo de entender nada, sin poder pensar en cosa alguna ni tener gana de pensarla. Es importante advertir que al principio es poco fuerte este interés amoroso en Dios: sutil y poco sensible, el alma apenas lo nota, ya que estaba acostumbrada a experimentar todo en forma sensible.

Dios lleva a este estado de contemplación —el de los aprovechados— a menos de la mitad de los que se ejercitan en el camino del espíritu; el porqué, solo Él lo sabe. Lo único que se sabe es que los que no llegan a ser aprovechados nunca terminan de apartar de su vida los apetitos del sentido; lo hacen solo por temporadas.

También conviene que se sepa que, aun los aprovechados, deben recurrir, a veces, de nuevo a la meditación, pues el paso es gradual y, como se dijo, también desordenado.

LOS APROVECHADOS

La noche de purgación del apetito, dichosa para el alma, le hace tantos bienes y provechos (aunque, como se explicó, a ella le parece que se los quita), que en el Cielo se gozan de que Dios saque a estas almas de los pañales y de la leche materna [61]:

El provecho principal que causa esta oscura noche de contemplación es el conocimiento de sí mismo y de su miseria. Esa poca satisfacción de sí mismo y el desconsuelo que le causa saber que no sirve a Dios son mucho más estimados por Dios que todas las obras y gustos primeros que tenía el alma, por muchos que fueran, ya que ocasionaban en ella muchas imperfecciones e ignorancias.

Por eso le nace al alma el deseo de tratar a Dios con más tacto y cortesía, que es lo que siempre ha de tener el trato con el Altísimo, cosa que no hacía anteriormente en la prosperidad de sus gustos y consuelos.

Otro excelente beneficio de esta noche oscura del apetito es que Dios alumbra al alma, no solo dándole conocimiento de su bajeza y miseria, como se dijo, sino también proporcionándole conciencia de la grandeza y excelencia de Dios, ya que, al apagarse los apetitos y gustos sensibles, el entendimiento queda libre para entender la verdad (porque el gusto sensible y el apetito, aunque sea por cosas espirituales, ofusca y estorba el espíritu).

Además, aquella dificultad y sequedad del sentido aviva el entendimiento para que, como dice Isaías (Cf. Is 28, 19), el dolor le haga comprender que Dios va instruyendo en su divina sabiduría al alma que está vacía y sin molestias (que es lo que se requiere para la influencia divina), cosa que no hacía antes porque estaba el alma pendiente de los jugos y gustos primeros.

También el alma saca, de estas sequedades y vacíos, mucha humildad espiritual, que es la virtud contraria al primer vicio capital: la soberbia. Siendo esta virtud la que más hace avanzar en el crecimiento espiritual y este el pecado que más frena ese crecimiento, resulta muy útil tal ganancia. Ni presumida ni satisfecha, sino desconfiada y temerosa de sí misma, avanzará mucho más rápidamente hacia la unión con Dios.

Le nace al alma el amor verdadero por el prójimo: los estima y no los juzga como antes solía cuando se veía a sí misma con fervor y a los demás sin esa virtud.

Aquí también las almas se hacen obedientes en el camino espiritual, pues, como se ven tan miserables, no solo oyen lo que les enseñan, sino que desean que cualquiera los encamine y les diga lo que deben hacer. Y se les quita la presunción que tenían en la supuesta prosperidad.

Con respecto a la avaricia que tenía el alma, tras esta noche seca y oscura, anda muy reformada, pues, como no halla ya los gustos que solía, sino que ahora encuentra sinsabores y mucho trabajo, se le incrementa la virtud de la templanza: se hace moderada en los apetitos y en el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón. Y tanto gana de este modo, que no le importa perderlas o no aprovecharlas; antes, en cambio, perdía en prosperidad espiritual por querer aprovecharlas mucho.

Se libra, además, de las impurezas que tengan que ver con la lujuria espiritual.

En cuanto a la gula que experimentaba cuando era principiante, el alma, por medio de esta sobriedad espiritual, apagados los apetitos y concupiscencias, vive en paz y tranquilidad espiritual.

Sale de aquí otro fruto: recuerda con frecuencia a Dios, con cierto temor o recelo de volver atrás en el camino espiritual.

Se suma a todo esto otra ventaja que consiste en el ejercicio que hace de las virtudes, como la paciencia, la longanimidad (grandeza y constancia de ánimo en las adversidades), la caridad de Dios (ama a Dios sin intereses como antes), la fortaleza (saca fuerzas nuevas de las flaquezas) y, así, todas las virtudes morales, cardinales y teologales.

Se purga de la pereza, ira y envidia espirituales, que lo regían cuando era principiante. Viéndose tan miserable como se ve, si tiene envidia, la tiene deseando ser como los demás, lo que es mucha virtud.

Se hace manso para con Dios, para con los demás y hasta para consigo mismo: ya no se enoja con la facilidad de antes, cuando veía las faltas ajenas o las propias, ni mucho menos se disgusta con Dios, si lo hacía.

Lo mejor de todo es que, cuando menos lo piensa, Dios le comunica suavidad espiritual, amor muy puro, comunicaciones espirituales muy delicadas cada vez de mayor provecho, aunque al principio el alma no se dé cuenta del todo de estas caricias espirituales (todavía no pueden ser bien percibidas, pues se usa todavía el sentido).

Y, finalmente, consigue libertad de espíritu, en la que se van granjeando los doce frutos del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, se libra de las manos de los tres enemigos del alma —el mundo, el demonio y la carne—, porque como está apagado el gusto sensitivo acerca de las criaturas, esos enemigos no tienen armas contra el espíritu.

Después, las almas han de pasar a la unión con Dios.[62] Para conseguir esta divina unión (muy pocos son los que llegan), los aprovechados deben entrar en la otra noche, más grave, la del espíritu, que suele ir acompañada con graves trabajos y tentaciones sensitivas, escrúpulos y espíritu de blasfemia, los cuales duran mucho tiempo, aunque en unos más que en otros.

LA NOCHE OSCURA DEL ESPÍRITU

Verificando de nuevo la vida de Cristo se puede deducir, como se expresó más arriba, que Él fue hasta su aniquilamiento total. Lo prueba su grito: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» (Mc 15, 34). Llegó a quedar con su naturaleza aniquilada, sin la reputación de los hombres y hasta sin el amparo ni el consuelo de su Padre.[63]

Pero lo oímos decir antes: «Mi yugo es suave, mi carga ligera» (Mt 11, 30). Con esas palabras nos está invitando a contemplar esa Cruz en la que murió y consiguió ese aniquilamiento total, y a través de la cual debe ir el alma hacia Dios. Y esa es la noche oscura del espíritu.

Esta purificación se lleva a cabo en los mismos ámbitos de la noche oscura del sentido.

1. Entendimiento–Fe

Como se recordará, en la primera noche se evitó hablar de las vías por las que el entendimiento recibe comunicaciones espirituales.

Comunicaciones espirituales[64]

  1. Distintas y particulares
    1. Visiones
    2. Revelaciones
    3. Locuciones
    4. Sentimientos espirituales
    5. Confusa, oscura y general

La segunda —confusa, oscura y general— es la contemplación en la Fe, y a ella deben tender todas las almas, con la ayuda de Dios.

Las visiones y las locuciones deben desecharse en el camino hacia Dios, porque, aunque vienen de Dios y son verdaderas, pueden ser mal entendidas, como se ve en las interpretaciones erróneas que, según cuenta la Biblia, hicieron Abraham y otros patriarcas, y como se ve en las visiones y locuciones que tienen algunos hoy día.[65] En el Génesis, por ejemplo, Dios le dijo a Abraham que la tierra de los cananeos se la daría a él (Cf. Gn 15, 7), cosa que cumplió cuatrocientos años después, dándosela a sus hijos, por amor a él; lo cual es como dársela a él.

Otras veces hay error por su interpretación literal; y es que la letra mata, mientras que el espíritu es el que da la vida (2Co 3, 6) a las comunicaciones de Dios.

Por otra parte, el alma caería —y cae con frecuencia— en el error, pues estas noticias espirituales pueden haber sido comunicadas por Dios por causas que ya pasaron, y que el alma piensa que siguen vigentes.[66] Fue lo que pasó cuando Dios mandó decir a Jonás que «dentro de cuarenta días Nínive será destruida» (Jon 3, 4), lo cual no sucedió. La causa que hizo que Dios lanzara esa amenaza era el mal comportamiento de la población, y los ninivitas hicieron penitencia. Por eso Dios no cumplió su amenaza.

A veces Dios le responde a su criatura (un alma) cuando ella se mete ilícitamente en lo suyo (en lo sobrenatural) siendo ella natural y Él, sobrenatural. Lo hace para ayudar a las almas débiles, como un padre que da el plato menos bueno al hijo que se lo pide insistentemente, no sin tristeza; porque las almas no quieren o no saben ir sino por ahí. Otras veces el demonio aprovecha la oportunidad para confundir.[67]

Además, el alma no se debe guiar por estos caminos extraordinarios para saber lo que quiere Dios, pues bastante doctrina hay del Magisterio de la Iglesia. Querer ir por vías sobrenaturales es temeridad, presunción, curiosidad, soberbia, vanagloria, desprecio de las cosas de Dios, y es principio de muchos males; al menos es pecado venial, y así muchos caen en yerros doctrinales.

Aunque en el Antiguo Testamento se cuenta que se le preguntaban las cosas directamente a Dios, hoy tenemos toda la doctrina que Dios ha querido darnos, especialmente a través de su Hijo. [68]

Para tener seguridad, entonces, de lo que Dios muestra al alma, y de no equivocarse al interpretarlo, es necesaria la dirección espiritual. Hay cinco razones:

Con el director espiritual, a quien Dios tiene puesto por juez espiritual de esa alma, se confirman las comunicaciones hechas por Dios. El director tiene la potestad de atar y desatar, es decir, aprobar o reprobar. La experiencia confirma lo dicho.

El director espiritual llevará al alma por la vía de la desnudez y la pobreza, que es la mejor vía para llegar a la perfecta unión con Dios.

Para lograr la fundamental virtud de la humildad, como base de todo el edificio espiritual, conviene informar al director de todo lo que suceda al alma (hablar es humildad); así, ella ganará en obediencia y espíritu de mortificación. Recuérdese que san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz» (Flp 2, 5-8).

Con la dirección espiritual se evitan riesgos de desvíos del alma.

La dirección espiritual es el camino escogido por Dios. Más preciosa es una obra hecha en la obediencia y en la caridad que cualquier visión o revelación: muchas almas van más adelante sin esas visiones y revelaciones en la obediencia y el amor.

2. Memoria–Esperanza[69]

Como también habrá notado el lector, en la primera noche se eludió tratar acerca de las comunicaciones o conocimientos espirituales que guarda la memoria, y de las que se acuerda por la forma que dejó en el alma o por el efecto que le hizo.

Comunicaciones espirituales

  1. Acerca del Creador
  2. Acerca de las criaturas

En cuanto a las primeras, las comunicaciones que la memoria guarda acerca del Creador, es recomendable aceptarlos cuando hacen buen efecto. No para quererlas en sí mismas, sino para avivar el amor y el conocimiento de Dios. Son de carácter pasivo y debe dejárselas cursar. Por el contrario, cuando no causan buen efecto, de ninguna manera es deseable recordarlas, pues el demonio puede actuar inspirando palabras o actos involuntarios, dominando la voluntad, llevándola a obrar en determinado sentido o fascinándola.

En cuanto a las comunicaciones que la memoria guarda acerca de las criaturas, lo principal es no apegase a ellas, como ya se ha dicho.

3. Voluntad–Caridad

Los bienes espirituales, no tratados en la noche oscura del sentido, son los que mueven al alma, y la ayudan a realizar las cosas divinas y fomentan el trato del alma con Dios[70]. Se pueden clasificar así:

Bienes espirituales

  1. Sabrosos
    1. Cosas claras
    2. Cosas incomprensibles
    3. Penosos
      1. Cosas claras
      2. Cosas incomprensibles

Pero también se pueden ordenar del modo siguiente:

Apegos de la voluntad[71]

  1. Motivos
    1. Imágenes y retratos
    2. Oratorios
    3. Ceremonias
    4. Provocativos

En cuanto a los motivos, debe recordarse que el alma debe tener devoción a lo invisible, aunque haya milagros en esas imágenes, retratos, oratorios o ceremonias; por eso, todo lo que produzca apego, por el gozo que se desprenda de ello, debe evitarse; es decir, el alma debe desnudarse esos apetitos desordenados.[72]

En cuanto a los bienes espirituales provocativos[73], que son los que provocan o persuaden a servir a Dios, están los predicadores, quienes deben huir del gozo que su trabajo pueda producirles y de la presunción que pudiera aparecer.

Por otra parte, su labor debe ser más espiritual que vocal, es decir, deben poseer un espíritu vivo, que nace de su consagración a la oración y a la vida interior, y que es mucho más eficaz que la mejor retórica o una gran elocuencia: «Yo, hermanos, llegué a anunciaros el testimonio de Dios no con sublimidad de elocuencia o de sabiduría, que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. Y me presenté a vosotros en debilidad, temor y mucho temblor; mi palabra y mi predicación no fueron en persuasivos discursos de sabiduría, sino en la manifestación del espíritu y del poder, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios» (1Co 2, 1-5).

——————— o ———————

Como se había dicho, es indispensable que sea el mismo Dios quien introduzca al hombre en esta segunda y penosa noche, para llevarlos al estado de los perfectos; debe recordarse también que Dios ha dispuesto que sean muy pocos los que lleguen a esas alturas espirituales, donde las almas gozan de modo inefable…

Aunque empiezan a comunicársele abundantemente gustos espirituales a los aprovechados, y ya que esa parte sensitiva es débil e incapaz de cosas elevadas del espíritu, estos aprovechados empiezan a padecer debilidades y perjuicios físicos, como enfermedades digestivas, al mismo tiempo que fatigas espirituales. Por esa flaqueza y corrupción de la sensualidad que todavía se experimenta en esta etapa, las comunicaciones divinas no son tan fuertes ni tan intensas ni muy espirituales, como se requieren para la divina unión.[74]

De aquí vienen los arrobamientos (quedar fuera de sí) y los tormentos del cuerpo, como la sensación de descoyuntamiento de los huesos, pues las comunicaciones no son todavía puras, como las de los perfectos, en quienes cesan esos arrobamientos y padecimientos corporales, y gozan de la libertad que da el espíritu, sin que se nuble ni se atraviese el sentido.

Debe destacarse que las imperfecciones o impurezas que todavía tienen los aprovechados son las que producen esas penas, que ya no padecen los perfectos.

Algunas de esas imperfecciones son habituales, mientras que otras se dan de vez en cuando.[75]

Las habituales son indisposiciones y hábitos que han quedado en el espíritu, hasta donde la purgación del sentido no pudo llegar. Es importante saber que la purgación del sentido no llega a la raíz de los defectos; apenas sirve para acomodar el sentido al espíritu: es un medio remoto para la unión del alma con Dios.

Tienen todavía la rudeza que todo hombre contrae por el pecado, un poco embotada la mente, distracción y exterioridad del espíritu.

Encuentran a manos llenas muchas comunicaciones y nociones, a veces espirituales, a veces imaginarias y a veces del demonio (que aprovecha al máximo la oportunidad).

Y como todavía no tienen la habilidad para defenderse aferrándose fuertemente a la Fe, caen fácilmente: a muchos el demonio los hace creer en visiones y profecías falsas, intenta hacer creer que Dios y los santos hablan con ellos y los incita a presumir de eso, a perder el santo temor de Dios (que es la clave para la salvaguardia de todas las virtudes). Todo por darle crédito a esas comunicaciones y nociones.

Todas estas imperfecciones son más incurables que las que tenían cuando eran principiantes, puesto que ellos mismos las creen más espirituales que las primeras.

Esta purgación es muy buena pues ninguno de los aprovechados, por bien que le haya ido en el camino espiritual, deja de tener en cierto grado aquellas imperfecciones que tuvo cuando era principiante. De hecho, al purgarse el espíritu, se purga más completamente el sentido, cosa que no se habría podido realizar antes, en el estado de los principiantes, en el que no se había ganado el valor y la fortaleza necesarias a través del dulce y sabroso trato que tuvo después, siendo aprovechado.[76]

Debido a que todavía participa de esa parte inferior, esas comunicaciones no pueden ser tan intensas, puras y fuertes como se requieren para lograr la unión con Dios. Por eso se comprende ahora que el trato con Dios y las acciones espirituales que llevan a cabo los aprovechados son todavía muy precarias y toscas, propias de niños, como dice san Pablo: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño» (1Co 13, 11), por no haber llegado a la perfección: «Cuando llegué a ser hombre, me despojé de las niñerías» (1Co 13, 12a ), siendo entonces las obras y potencias más divinas que humanas.

Por eso, Dios desnuda el alma del sentido, dejando a oscuras el entendimiento, la voluntad a secas y vacía la memoria; en amargura, aflicción y desasosiego, privando al alma del sentido y gusto que tenía por los bienes espirituales, para que se introduzca en ella la unión por el amor.

Oigamos al alma, ya en este estado:

«En la pobreza, el desamparo y alejado de todas los apegos de mi alma, esto es, en la oscuridad de mi entendimiento, en el ahogo de mi voluntad y en la angustia acerca de la memoria, dejándome a oscuras en pura Fe y solamente con la voluntad tocada de dolor, tristeza y ansias de amor a Dios, salí de mi bajo modo de entender, de mi pobre forma de amar y de mi escasa manera de gustar de Dios, ya sin que la sensualidad ni el demonio me lo estorben.

Lo cual fue gran dicha y buena ventura para mí; porque, acabándose de aniquilar y sosegar las potencias, pasiones, apetitos y enfermedades de mi alma, con las que bajamente sentía y gustaba de Dios, salí del trato y operación humana mía a la operación y trato de Dios, así:

Mi entendimiento se volvió de humano y natural en divino; porque, uniéndose por medio de esta purgación con Dios, ya no entiende por su fuerza y su luz natural, sino por la divina sabiduría a la que se unió.

Y mi voluntad se hizo divina, porque unida con el amor de Dios, ya no ama bajamente con su fuerza natural viciada por el pecado original, sino con la fuerza y pureza del Espíritu Santo; y así la voluntad acerca de Dios no obra humanamente.

Y, ni más ni menos, la memoria se ha cambiado en unión de gloria.

Finalmente, todas las fuerzas y afectos del alma, por medio de esta noche y purgación del hombre viejo, se renuevan en fortalezas y deleites divinos.»[77]

Pero el alma sufre mucho: aunque a oscuras, ve su impureza e imperfección, y se siente indigna de Dios y hasta de las criaturas. Además, le apena mucho sentir que nunca será digna, y que ya se le acabaron sus bienes: Dios le muestra claramente que por sí misma ya no podrá tener otra cosa.[78]

Por otra parte, esta divina contemplación en que se halla arremete con fuerza su alma, a fin de fortalecerla, lo cual la hace casi desfallecer, especialmente cuando embiste con más fuerza; y tanta es a veces esa fuerza, que cree que sería alivio morir. Siente entonces que está lejos de ser favorecida y que ya no hay quién se compadezca de ella, como le sucedió a Job: «Compadeceos de mí, al menos vosotros mis amigos, porque me ha tocado el Señor» (Jb 19, 21). ¡Siendo la mano de Dios tan suave y blanda, el alma la siente grave y contraria! Pero esto lo hace Dios con el fin de llenarla de beneficios, no de castigarla.

En esta noche el alma siente que se está deshaciendo y derritiendo a la vista de sus miserias; le parece claro que Dios la ha desechado de su lado y que, aborreciéndola, la echa en las tinieblas, lo que le causa gran pena.

Siente, además, un profundo vacío y una sensación de pobreza temporal, natural y espiritual, llenándose de miserias, imperfecciones, sequedades y desamparos…

Se purifica así esta alma, bendecida por Dios con tantos y tan altos modos, pues se suspenden todas las afecciones y hábitos imperfectos que ha contraído durante toda su vida, aunque ello le cause gran padecimiento y tormento interior. Y es que es necesario que el alma se aniquile según esté impregnada de pasiones e imperfecciones, como dice el sabio: «como el oro en el crisol» (Sb 3, 6).

Humilla Dios mucho al alma para después ensalzarla mucho. Y valen aquí mucho más los sufrimientos así vividos, que después, tras la muerte.

Repentinamente se da cuenta de los males en que está, se siente insegura de poder remediarlos y, al recordar las prosperidades pasadas, le duele mucho verse lejos de los bienes espirituales que poseía, ya que ha recibido de Dios muchos gustos y favores.[79]

Para completar su dolor, cree que nunca se acabará tanto mal, y siente que Dios la puso en las oscuridades, como los muertos del siglo, angustiándose en su espíritu y confundiéndose su corazón (Cf. Sal 142, 3), lo que le causa gran dolor y lástima.

A esto se añade el no encontrar consuelo en las lecturas espirituales y, ni siquiera, con el director de su alma; y es que el alma ve tan claramente sus miserias que le parece que su maestro espiritual, al no verlas como ella las ve, no la entiende; por eso cree que los consejos que le da no son los que necesita, y así es.

Todo esto es necesario para la purificación: hasta que se humille, se ablande y se purifique su espíritu, y se ponga tan delicado y sencillo, que pueda hacerse uno con el espíritu de Dios, según el grado de unión que Él quiera concederle.

Por eso, este período de transición —la noche oscura del espíritu— puede ser muy largo o muy corto, lo mismo que muy intenso o suave.

Pero debe saberse que en este lapso hay momentos de alivio, durante los cuales el alma se recrea, con sensación de desahogo y libertad, al mismo tiempo que con gran suavidad siente y gusta paz y amigabilidad amorosa con Dios, ya que es fácil la comunicación espiritual. Incluso, a veces cree que ya se le acabaron los males y que ya no le faltarán los bienes, casi siempre porque no se percata por completo de las imperfecciones e impurezas que todavía tiene, y que debe purificar. La mayoría de las veces, en el fondo, el alma siente que algo le falta, y ese sentimiento no la deja gozar plenamente de estos alivios.

Aquí, aunque ella ve que ama bien a Dios y que daría mil vidas por Él (y así es, pues en estos padecimientos se ama mucho a Dios), siente más sufrimiento; porque se ve tan miserable que cree que Dios no pude amarla así ni la amará jamás (y hasta piensa que tampoco es digna del amor de las criaturas). Todo esto la acongoja mucho.

Aqueja y desconsuela también el hecho de que no puede sentir afecto ni levantar la mente a Dios ni rogarle, pues en esta noche tiene impedidas las potencias y las afecciones. Y si alguna vez ruega a Dios, lo hace sin fuerza y sin provecho, y piensa que Dios no hace caso.[80]

Lo hermoso de todo esto es que Dios andaba haciendo pasivamente su obra en el alma. Por eso ella no puede hacer nada: no es capaz de rezar ni asistir con fervor a las celebraciones espirituales ni mucho menos hacer las demás cosas de carácter temporal; tiene tales enajenaciones a veces que se le pasan muchos ratos sin saber lo que hizo o pensó, lo que hace o va a hacer.

Todo esto sucede para que se cumpla en el alma lo que le pasó a David cuando escribió: «Fui yo aniquilado y no supe» (Sal 72, 22). Es el recogimiento interior de contemplación el que produce esos olvidos.

En cuanto al aniquilamiento, además del proceso de purificación del que ya se ha hablado bastante, debe decirse que cuanto más embiste esta divina luz, pura y sencilla como ella sola, tanto más oscurece y vacía al alma de sus percepciones y afecciones, sean espirituales o temporales; lo cual se explica al pensar que las cosas sobrenaturales son tanto más oscuras para el alma, cuanto más claras y manifiestas son.[81]

Al mismo tiempo, esta sencilla luz espiritual no afecta ninguna comunicación inteligible, ya que están en el alma aniquiladas, lo que hace que sea capaz de conocer y penetrar con gran facilidad las cosas espirituales, como bien lo expresa san Pablo: «El espíritu todo lo escudriña, hasta las profundidades de Dios» (1Co 2, 10). Y esta es la propiedad del espíritu purgado: una gran disposición para abrazarlo todo: «como atribulados, aunque siempre alegres; como mendigos, pero enriqueciendo a muchos; como quienes nada tienen, poseyéndolo todo» (2Co 6, 10).

En esta dichosa noche, aunque se oscurece el espíritu, le da luz a través de todas las cosas; y, aunque lo humilla y hace miserable, lo hace para ensalzarlo y levantarlo; aunque lo empobrece y vacía de toda posesión y afecto, es para que se pueda expandir a gozar y gustar libremente de todo.[82]

Nada de esto pasará sin la purgación completa, porque una sola afición que se tenga bastará para impedir esa comunicación de delicadezas e íntimos sabores del espíritu de amor que contiene en sí mismo todas las satisfacciones con gran eminencia: bienes innumerables y deleites que exceden todo lo que el alma pueda poseer naturalmente; así lo expresa Isaías: «No se oyó jamás, ni oyeron oídos, ni ojos vieron, Dios, fuera de ti…»[83].

Se saca durante esta noche al espíritu de su ordinario y común sentir para llevarlo al sentido divino. Esta oscuridad, por tanto, conviene que permanezca tanto cuanto sea necesario, para expulsar y aniquilar los hábitos que durante tanto tiempo dirigieron al alma. Se dispone así a gozar de la tranquilidad y paz interior, «que excede todo entendimiento»[84], paz que hace saber al alma que la paz que creía haber gozado no era paz, por lo imperfecta que era. Profunda es esta guerra que ha de vivirse para alcanzar esa paz profunda, ya que cuanto más esmerada ha de quedar la obra tanto más esmerada ha de ser la lucha: el edificio espiritual resultará muy firme. En ese edificio no hay parte de la contemplación e infusión divina que pueda dar pena; por el contrario, habrá mucha suavidad y deleite.

Una comparación[85] explicará mejor aún este tema. Esa luz divina es como el fuego que desea unir a él un trozo de madera, en este caso, el alma. El fuego material primero seca la humedad de la madera, haciéndola llorar el agua que posee dentro de sí; luego la va poniendo negra, oscura y fea y hasta de mal olor; la va secando y expulsándole lo feo que contiene y que no es útil para el fuego; después la acalora tanto que la enciende, transformándola en sí mismo, en fuego, y poniéndola tan hermosa como el mismo fuego. Aquí es cuando en la madera no hay ninguna pasión ni acción propia, y se llena de las propiedades que tiene el fuego: está seco y seca; está caliente y calienta; está claro y esclarece; está vivaz y da viveza…

De esta comparación salen varias moralejas:

La misma luz y sabiduría amorosa que se ha de unir y transformar en el alma es la misma que al principio la purga y dispone.

Estas penalidades no le vienen al alma de esa sabiduría, sino de sus propias flaquezas e imperfecciones.

Esto es igual a lo que sienten los que están en el purgatorio, donde el fuego no tendría poder sobre ellos si ellos no tuvieran imperfecciones en qué padecer, que son la materia que allí quema el fuego. Por eso el alma, al purgar sus imperfecciones aquí —en esta noche—, termina de penar y comienza a gozar.

A medida que se va purgando y purificando por medio de este fuego de amor, se va inflamando más de amor.

Después de estos alivios, vuelve el alma a sufrir más fuertemente: el fuego de amor comienza a herir lo que está más adentro para purificarlo, llegando hasta lo más sutil, aquellas imperfecciones espirituales que están arraigadas más profundamente.

Al alma le parece que todo bien se le acabó, pues no recibe sino amarguras; pero llegarán gozos más profundos después de purificado más en lo profundo.

Goza mucho el alma en los intervalos, aunque siempre le parece que queda algo que no le deja tener el deleite total, pues piensa que está amenazada de una nueva embestida. Y así será, por aquello que está por purgar más adentro.

Es esta una inflamación de amor en el espíritu que presiente a Dios, aunque sin entender nada, pues el entendimiento está a oscuras, como se ha dicho[86]. Es un amor infuso, más pasivo que activo, con algo de unión a Dios, que participa un poco de sus propiedades, las cuales son más acciones de Dios que del alma, que lo único que hace es dar su consentimiento. Calor, fuerza, temple y pasión de amor es esta inflamación del amor de Dios que se le va pegando, mientras Él tiene recogidas todas las fuerzas y apetitos del alma, para que no se contamine; el alma empieza realmente a cumplir con el primer mandamiento de la Ley de Dios: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, toda tu fuerza» (Dt 6, 5).

Pasa también aquí que el alma, tocada ya por el amor de Dios pero sin poseerlo, empieza a padecer hambre espiritual de Él. Y es que este toque divino enciende mucho los deseos de satisfacer esa sed del amor de Dios. Entonces le toca padecer sin esperar el consuelo de alguna luz o bien espiritual. A medida que le crece al alma su ansia por Dios, crece también su pena, especialmente por dos circunstancias: por una parte, se ve a sí misma en unas tinieblas espirituales que la afligen con sus dudas y con sus recelos; por otra, el amor de Dios la inflama y estimula, mientras la atemoriza maravillosamente con su herida amorosa.

En esta noche oscura de fuego amoroso, en la medida en que el alma se va purgando a oscuras, a oscuras se va inflamando, porque la limpieza del corazón no es menos que el amor y la gracia de Dios. Entonces, se purgan las almas pero, a diferencia del purgatorio, donde se limpian con fuego, aquí se limpian e iluminan solo con amor.[87]

Algunas veces, en medio de estas oscuridades, el alma es ilustrada, desviándose esta inteligencia mística al entendimiento y, sin embargo, la voluntad está seca (sin unión de amor), con una serenidad y sencillez tan delicadas y deleitables al sentido del alma que no se le puede poner nombre, sintiéndose Dios de una u otra manera. También se produce una herida en la voluntad que hace que se encienda el amor tierna y fuertemente. Y esto se da porque cuanto más se purga el entendimiento tanto más perfecta y calificadamente van las potencias del entendimiento y de la voluntad.

Cada vez hay menos toques de inteligencia que de amor, ya que en este momento no es tan necesario que la voluntad esté tan purgada como el entendimiento, puesto que todavía las pasiones le ayudan a sentir amor apasionado.

Esta inflamación y sed de amor es diferentísima de la que se vive en la noche del sentido porque, aunque aquí el sentido tiene su parte participando del trabajo del espíritu. La raíz de esta sed de amor está en la parte superior del alma, es decir, en el espíritu: siente y entiende con tanta vivacidad y sabe con tanta certeza la falta que le hace lo que desea, que la pena es mayor que en la primera noche (la noche sensitiva), ya que siente la falta de un gran bien que con nada puede compararse.

Si en esta noche el alma pudiera estar segura de que no todo está perdido —como le parece—, sino que esto por lo que pasa es lo mejor y que Dios no está enojado, se sentiría muy a gusto sabiendo que Dios se sirve de todo esto; porque es tan grande el amor de estimación que tiene a Dios que, aunque a oscuras y sin sentirlo, no solo haría eso, sino que daría muchas veces la vida por satisfacerlo. Y cuando esta llama de amor ha quemado al alma, suele llenarse de tal brío y fuerza de amor a Dios que, con gran osadía sin respeto alguno y sin medida, haría cosas extrañas e inusitadas, con tal de encontrarse con el que ama.

Por esa razón, María Magdalena, siendo tan desestimada por todos, no hizo caso de quienes se hallaban en el convite, fueran hombres principales o no, ni le importó lo que dijeran o pensaran cuando se puso a llorar a los pies de aquel por quien estaba su alma incendiada de amor.

Había podido esperar una hora o más, o buscar un momento más propicio pero, embriagada de amor, se llenó de gran osadía, la misma que luego la impulsó al ir al sepulcro a ungirlo, a pesar de haber visto la gran piedra que pusieron en la entrada y los guardias que apostaron; es más: el intenso amor que le profesaba la indujo a preguntarle al que ella creía el hortelano dónde lo había puesto, sin darse cuenta el disparate que estaba diciendo, pues es lógico que si él hubiera hurtado el cuerpo no se lo iba a decir ni, mucho menos, se lo iba a estregar.

Y es que al alma, al poseer en esta noche la fuerza del amor y su vehemencia, todo le parece posible, y supone que todos piensan como ella.

Además, como el alma está en tinieblas, se siente que sin el Amor de Dios está muriendo. Esas tinieblas y todos los males que siente el alma cuando la embarga la divina luz no son tinieblas ni males provenientes de esa luz sino del alma; lo que pasa es que la luz la alumbra para que las vea. Inicialmente, el alma ve lo que tiene más cercano o, mejor, lo que tiene dentro de sí, que son sus tinieblas o miserias; y es la misericordia de Dios la que le permite verlas. Por eso, al principio no siente sino tinieblas y males pero, después de purgada con ese conocimiento y esos sentimientos, tendrá la capacidad para que esa luz le muestre los bienes de Dios. Poco a poco, sin estas tinieblas e impresiones del alma, se comienzan a experimentar los provechos y los grandes bienes que se adquieren en esta dichosa noche de contemplación.[88]

No se piense que, por haber pasado por tanta tormenta de angustias, dudas, recelos y horrores, en esta noche oscura se corre el peligro de perderse; más bien el alma se libra y se escapa sutilmente de aquello que le impedía el paso. A través de la vivencia de la Fe, purgándose los apetitos y las pasiones, va acercándose paulatinamente a la meta.[89]

Ordinariamente el alma yerra por sus apetitos, sus gustos, sus análisis, sus inteligencias, ya que suele excederse o quedarse corta, desacierta o se inclina a lo que no conviene. Impedidas en esta noche todas estas operaciones el alma, queda segura de no errar: se libra de sí misma y de sus enemigos que son el mundo y el demonio, los cuales ya no la pueden perturbar ni impedir su itinerario hacia Dios.

De esta idea se desprende que cuanto más a oscuras va el alma y más vacía está de sus operaciones naturales, tanto más segura va. El alma empezará a observar qué tan poco se complace en cosas inútiles y dañinas, y qué tan segura está de no caer en vanagloria, soberbia, presunción, gozos falsos y otras muchas cosas.

Es más: conviene que el alma pierda hasta el gusto por las cosas espirituales, porque todavía tiene las potencias y los apetitos impuros, los cuales, al percibir las cosas sobrenaturales y divinas, las reciben en forma muy baja y natural, muy a su manera, ya que lo que se recibe se adapta al recipiente que lo recibe.

Hay muchas personas que tienen muchos gustos y aficiones, y que utilizan sus potencias para las cosas de Dios y para las cosas espirituales, pensando que están pisando terreno sobrenatural y espiritual y, sin embargo, están viviendo actos y apetitos muy naturales y humanos: lo que pasa es que usan sus capacidades del mismo modo que lo hacen con las cosas naturales y, con la facilidad que tienen de mover sus apetitos y potencias a cualquier cosa, hacen lo mismo con lo espiritual.

En cambio, cuando el alma se deja agarrar de la mano de Dios y se deja guiar como un ciego, a donde y por donde no sabe, logrará caminar a donde no llegaría jamás con sus ojos y sus pies en buen estado.

Esto nos recuerda cómo cuanto más se sabe de algo tanto más ignorante se cree que se es.

Se aprende así que el camino del sufrimiento es más seguro y hasta más provechoso que el del gozo. Primero, porque al padecer se nos añaden fuerzas de Dios, mientras que gozando el alma aumenta sus flaquezas e imperfecciones; segundo, al sufrir se ejercitan y se ganan virtudes, y el alma se purifica haciéndose más sabia y cauta.

Así como para que sane un enfermo, sus seres queridos lo mantienen tan adentro guardado que no lo dejan tocar el aire, ni siquiera gozar de la luz, ni que sienta las pisadas ni el ruido de los de la casa, y se le da comida delicada; asimismo Dios tiene al alma en dieta y cuidados especiales, sin apetitos, para su mejoría espiritual.

En estos momentos, el alma nota que posee una verdadera determinación de no hacer nada que ofenda a Dios ni de dejar de hacer lo que lo sirva, porque el amor —todavía oscuro— se le pega de tal manera que trata de encontrar por todos los medios cómo contentarlo y mira constantemente en qué ha podido ofenderlo.[90]

El alma experimenta todo esto en lo más íntimo de su ser. El lenguaje de Dios es así: íntimo y espiritual, y excede todo sentido natural. Por eso, tanto los sentidos exteriores como los interiores cesan y enmudecen y, por lo tanto, falla la expresión adecuada: el lenguaje espiritual puro no acepta lenguaje humano.

Por eso se da con frecuencia el caso de almas que, temerosas y buenas, pretenden informar adecuadamente a sus directores espirituales lo que les está sucediendo, pero no pueden hacerlo. Nace entonces cierta repugnancia a hablar, especialmente cuando viven estados de contemplación sencillos, que apenas sienten, por lo sutiles que son. Solo atinan a decir que su alma está satisfecha, calmada y contenta, o que sienten a Dios, o que —según su parecer— van bien.[91]

También se experimenta en esta noche una sensación de subir por la escalera del conocimiento de los bienes celestes y de la posesión de sus tesoros. Pero esa escalera, al mismo tiempo que levanta al alma hacia el cielo, la humilla, para hacerla más apta para Dios. La virtud de la humildad, por lo tanto, es grandeza.

En este camino, entonces, el alma se percata de frecuentes subidas y bajadas: muchas veces, tras la prosperidad que goza, experimenta tales tempestades y trabajos, que le parece que le dieron esa bonanza para prevenirla y esforzarla para la siguiente penuria; también verificará cómo después de miserias y tormentas siguen la abundancia y la bonanza, lo que suele entender como que para hacerle tal fiesta, primero la pusieron en vigilia. Este es el estado ordinario de contemplación hasta llegar al sosiego.[92]

En esta escalera mística de amor divino por la que el alma va subiendo a Dios hay diez grados:

El primer grado de amor hace enfermar al alma provechosamente. Así como el enfermo suele perder el apetito por todos los manjares y cambiar de color, el alma pierde el gusto por todas las cosas y cambia, como amante, el color de la vida pasada. En esta enfermedad cae el alma puesto que le envían de arriba exceso de calor.

El segundo grado hace al alma buscar sin cesar al Amado en todas las cosas: en todo lo que piensa, piensa de inmediato en el Amado; en todo lo que habla, en cuantos temas se ofrecen, habla o trata acerca del Amado; cuando come cuando duerme, cuando vela, cuando hace cualquier cosa, todo su interés está en el Amado.

En el tercer grado, el alma, por el gran amor que tiene a Dios, siente gran lastima y pena por lo poco que hace por el amado; y, si juzgara lícito morir por Él mil veces, mil veces por Él moriría y se sentiría consolada. Por eso, se cree inútil en todo cuanto hace, y le parece que vive en balde.

Se juzga más mala que todas las demás almas: primero, porque el amor le va enseñando todo lo que Dios merece; segundo, como juzga que todas las obras que hace por Dios son imperfectas, se llena de tristeza por hacer tan poco por tan gran Señor. En este tercer grado, está el alma muy lejos de tener vanagloria o presunción y de condenar a los demás.

En el cuarto grado el espíritu es tan poderoso que tiene sujeto al cuerpo y lo valora tan poco como el árbol a una de sus hojas. De ninguna manera busca consuelo o gusto, ni buscándolo en Dios o en cosa alguna, ni anda deseando o pretendiendo favores de Dios, porque es consciente de cuantos ha recibido ya, deseando tan solo dar algún gusto a Dios y servirlo por lo que Él merece y de él ha recibido, aunque sufriera mucho por eso.

Así dice el alma en este grado:

«¡Ay, Dios y Señor mío, cuántos hombres y mujeres hay que van en pos de ti buscando consuelos o gustos, o pidiendo que les concedas favores, mientras que son muy pocos los que pretenden darte gusto, aunque les costara incluso sufrimiento! Porque el problema no está en que Tú no nos quieras favorecer de nuevo, sino en que nosotros no usemos lo que ya nos has dado para servirte, con el único fin de obligarte a que nos sigas favoreciendo».

En este grado de amor muchas veces visita Su Majestad al alma llenándola de deleites espirituales, porque el inmenso amor del Verbo Cristo no puede ver a su amante sufrir penas sin acudir con presteza.

El quinto grado hace que el alma apetezca y codicie a Dios con impaciencia y, cuando se ve frustrado su deseo, lo cual es casi a cada paso, desfallece. En este grado, el amante no puede dejar de ver lo que ama sin sentirse  morir. En este hambriento escalón se nutre el alma de amor, puesto que según se siente hambre se desea comer.[93]

El sexto grado hace correr al alma sutil y rápidamente hacia Dios, sintiendo de vez en cuando ciertos toques suyos, sin desfallecer y lleno de esperanza.

En el séptimo grado, el amor hace al alma atreverse a todo con vehemencia. Esto se ve claramente en las palabras del Apóstol «La caridad todo lo ve, todo lo espera y todo lo puede» (1Co 13, 7). Del mismo modo hablo Moisés cuando dijo a Dios que perdonara al pueblo, y si no, que lo borrara a él del libro de la vida (Cf. Ex 32, 31-32). Ellos consiguen de Dios lo que con gusto le piden. En este grado no le es licito al alma atreverse a algo si no sintiera el favor interior del cetro del rey inclinado para ella (Cf. Est 6, 11), para no caer los escalones que ha subido, en los cuales se ha de permanecer en humildad.

El octavo grado de amor hace al alma tomar y apretar sin soltar al Amado, como lo dice la esposa en el Cantar de los Cantares: «Lo abracé y no lo soltaré más» (Ct 3, 4). En este grado de unión el alma se satisface intermitentemente ya que, si fuese de continuo, tendría cierta gloria en esta vida.

Saliendo ya de la noche oscura del espíritu, en el noveno grado de amor, el alma arde con suavidad y deleite. Grado de los perfectos, donde el Espíritu Santo actúa, en razón de la unión que tienen con Dios. Habría mucho qué decir y escribir acerca de los bienes que el alma recibe aquí.

LOS PERFECTOS

En el décimo y último grado, el alma se asimila totalmente a Dios, en razón de la clara visión de Dios que posee inmediatamente, saliendo de la carne.

Dichosos los pocos que llegan a este grado de la escalera secreta de amor, ya que están tan purgados que no pasarán por el purgatorio.

De estos dice Jesús: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5, 8); esta visión es la causa de la similitud total del alma con Dios, como dice san Juan: sabemos que seremos semejantes a Él (1Jn 3, 2), no porque el alma esté tan capacitada como Dios, pues esto es imposible, sino porque todo en ella se hará semejante a Dios; tanto que se llamará y será Dios por participación.

Es de advertir que aunque aquí el alma esté tan elevada, todavía le queda algo encubierto, tanto cuanto le falta para asimilar totalmente la divina esencia.[94]

Con las tres virtudes teologales no solamente gana la gracia y la voluntad de su Amado, sino que irá muy amparada y segura de sus tres enemigos:

La Fe es una túnica interior de una blancura tan elevada que disgrega la vista de todo entendimiento y viste al alma de modo que el demonio no atina a dañarla, porque con la Fe va más amparada de este maléfico espíritu que con todas las demás virtudes.

Por eso, san Pedro no encontró mayor amparo que la Fe para librarse del demonio: «…al cual resistiréis firmes en la Fe» (1Pe 5, 9).

Esa blancura de Fe llevaba el alma al salir de la noche oscura, cuando estaba en oscuridad y penas. En ese momento, ni el entendimiento le podía dar alivio del cielo (pues le parecía cerrado), ni de Dios (pues le parecía escondido), ni de los que lo enseñaban (pues no lo satisfacían). Fue la Fe la que la mantuvo constante y perseverante, sin desfallecer ni fallarle a su Amado.

Una vestidura verde puesta sobre esa túnica blanca representa la virtud de la Esperanza. Esta virtud libra al alma del segundo enemigo: el mundo.

El verdor de la Esperanza viva en Dios, nuestro Señor, eleva al alma lanzándola con viveza hacia las cosas de la vida eterna, de tal modo que, comparando lo que allí espera, todo lo de abajo le parece sin valor alguno. Se despoja, entonces, de las vestiduras del mundo, quitando su corazón de todo y sin esperar nada de lo que hay en él, para vivir esperando únicamente la vida eterna. Así, las cosas del mundo no la pueden tocar siquiera.

Dios, al ver el alma tan ajena a todo lo terreno y puesto el interés sólo en Él, se agrada grandemente y le regala todo lo que espera.

Salió de la noche el alma vestida, entonces, con este traje verde que lo protegió durante esas horas amargas.

Un tercer vestido posee el alma aquí: uno de color rojo, que representa la virtud de la Caridad, el cual, además de embellecer las otras dos prendas, levanta tanto al alma, que la pone realmente cerca de Dios.

Con este ropaje se ampara el alma del tercer peligro, la carne; pues donde hay verdadero amor no entra el apego de sí ni de las criaturas. Además, se llena el alma de gracia y donaire, para agradar al Amado con ellas, ya que ninguna virtud es valiosa delante de Dios sin la caridad.

Recapitulando, la Fe oscurece y vacía al entendimiento de toda su inteligencia natural, disponiéndola para unirla con la Sabiduría divina. La Esperanza vacía y aparta la memoria de toda posesión de las criaturas y la pone en lo que debe esperar, purificándola para unirla con Dios. Y la Caridad vacía y aniquila los apetitos de la voluntad de todo lo que no es Dios, disponiéndola a una unión con Dios por el amor.[95]

En este estado, se infunde la contemplación pasiva y secretamente, sin que los sentidos ni potencias interiores o exteriores de la parte sensitiva se percaten de ello y, por lo tanto, no lo impidan. Por eso, Nuestro Señor afirmó que «No sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6, 3); quiere decir esto que la parte sensitiva (la porción inferior del alma) no se entere, que sea un secreto entre el espíritu y Dios.

Y es que el demonio, si no es por esta parte sensitiva, no puede enterarse de lo que sucede en el alma. Por eso, cuanto la comunicación es más espiritual, más interior y más alejada de los sentidos, tanto menos el demonio alcanza a entenderla.

Sin embargo, a veces, por el hecho de que estas comunicaciones producen tanta quietud y silencio en los sentidos y en las potencias, el demonio se percata de que están llevándose a cabo y que algún bien le está llegando al alma. Pero, como nada puede hacer para contradecirlas en el fondo del alma, se pone a alborotar y azorar la parte sensitiva, con dolores, horrores y miedos, para inquietar la parte superior, la espiritual, acerca del bien que el alma está recibiendo y gozando.

Otras veces sucede lo contrario: el alma, llena de una comunicación espiritual muy purificada, se refugia de esos ataques cobijándose más en su interior, donde consigue más paz y más provecho espiritual. Y esto sucede sin que ella haga nada e, incluso, sin comprenderlo siquiera. Entonces, al ver que el ataque no le llega, se llena de más y más seguridad, aunque muchas veces siente atormentarse por fuera su carne y los huesos.

En cambio, cuando la comunicación no se da tanto en el espíritu, sino en el sentido, más fácilmente alcanza su cometido el demonio, turbando y alborotando el espíritu, por medio de horrores que se hacen intolerables, hasta no poderlos describir.

Algunas veces el demonio nota que el alma recibe un favor de un ángel bueno (que son los que Dios permite que el adversario entienda). Esto sucede, primero, para que el demonio haga lo que en justicia logre hacer y así no pueda alegar que no se le dio la misma oportunidad de conquistar un alma: habiendo paridad de oportunidades para los dos guerreros (el ángel bueno y el malo), quien venza saboreará más la victoria; además, si el alma supera la tentación y es fiel, será premiada más generosamente.

De este modo, las visiones que recibe el alma de parte del ángel bueno (visión de Cristo, por ejemplo) también las puede representar falsamente el ángel malo; y el alma que no es cauta es engañada falsamente. En el Éxodo se ve una figura de esto mismo (Ex 7, 11-12; 8, 7), cuando Moisés hacía señales verdaderas mientras los magos del Faraón las hacían aparentes: si él sacaba ranas, ellos también las sacaban; si él convertía el agua en sangre, ellos también lo hacían.

El demonio, imitador de todo, no solo le da por remedar las visiones corporales, sino que también intenta falsificar las comunicaciones espirituales, pero sin mostrarles forma ni figura, ya que el espíritu no posee ni forma ni figura (como sí las tienen las corporales). Entonces induce al alma a un temor espiritual para poder destruir la comunicación espiritual. Cuando pasa esto, el alma no puede refugiarse tan rápidamente como en otras ocasiones y, por eso, el demonio la ataca con algún horror y turbación espiritual, a veces muy penosa para el alma. Sin embargo, en este momento, el alma se puede retirar rápido de ese estado, recogiéndose dentro de sí misma, con la ayuda del ángel bueno, que actúa a su favor.

Pero se da el caso de que el ataque del maligno prevalece, llevando al alma a la turbación y el horror, cosa que le causa al alma mayor sufrimiento que ningún otro tormento de esta vida. Por fortuna, no dura mucho el alma así, pues se saldría el alma del cuerpo por la comunicación vehemente del otro espíritu.

Todo esto le acontece al alma en forma pasiva, sin que ella haga nada al respecto. Pero debe saberse que el ángel bueno permite al demonio esta ventaja a fin de purificarla para una fiesta y dádiva espiritual, a veces tan elevada, que no hay lenguaje que la pueda describir. Antecede entonces el horror del espíritu malo a estas visiones espirituales, que son más de la otra vida que de esta.

Lo dicho hasta ahora corresponde a las visitas del ángel bueno, que hace cuando el alma todavía no está completamente a resguardo del enemigo; pero cuando es el mismo Dios quien la visita, recibe sus gracias, puesto que ya Él mora sustancialmente en ella, donde ni ángel ni demonio puede llegar a entender lo que pasa, ni puede conocer las íntimas y secretas comunicaciones que hay entre ella y Dios.

Toques divinos y soberanos de la sustancial unión entre el alma y Dios, que en nada se pueden comparar con ninguna otra experiencia, son los que ella pedía en el Cantar de los Cantares: «¡Béseme con besos de su boca!» (Ct 1, 1).

Entonces, se ve el alma elevada en la parte superior y espiritual y tan apartada de la porción inferior y sensitiva, que le parece estar dividida en dos partes. Se va haciendo el alma toda espiritual, en una contemplación unitiva.[96]

El alma habrá alcanzado aquí el estado de inocencia de Adán, antes del pecado: que las porciones del alma, espiritual y sensitiva, estén reformadas, ordenadas y sosegadas.

No se puede llegar a esta unión sin gran pureza. Y esta pureza no se alcanza sin el desapego total de toda criatura y sin viva mortificación.[97]

En esta dichosa contemplación el alma es llevada por Dios tan lejos del sentido y tan ajeno a él, que ni cosas personales ni el toque de criatura alguna alcanza a llegarle al alma para estorbarla o detenerla en su camino a la unión de amor.

Oscurecido todo, ni mira ni puede mirar el alma nada que no sea Dios, para ir a Él, porque está libre de todos los obstáculos.

Sin acogerse a particular luz interior del entendimiento ni a guías exteriores, va el alma ardiente en el solo amor por el Amado, quien la hace volar a Él, sin saber ella cómo.[98]

EL MATRIMONIO ESPIRITUAL

–  Los sufrimientos de la noche oscura son una participación en la Pasión de Cristo y, principalmente, en el tormento principal de la misma: el abandono de Dios.

–  ¿Pero qué angustia humana, por más dolorosa que sea podrá medirse con la de la Pasión de Cristo, quien durante toda su vida gozó de la visión beatífica, hasta que por propia y libre decisión se privó de este gozo la noche de Getsemaní?

–  Solamente Él, el único que la sufrió, puede ser capaz de dar a probar algo de ella a los que para esa gracia tiene destinados, en la intimidad de la unión que se realiza en el matrimonio espiritual.

–  Un verdadero conocimiento experimental del mal y de su radical oposición al bien únicamente podían los hombres adquirir, obrando el mal, haciéndolo.

Pues bien, el alma unida a Cristo llega por la participación en la Pasión del Crucificado (es decir, en la noche oscura de la contemplación) al «conocimiento del bien y del mal», adquiriendo experiencia de su fuerza redentora.

Siempre se insiste, en efecto, de una forma y de otra en que el alma se purifica precisamente mediante ese padecer agudísimo y vivísimo, causado por el propio conocimiento (como reconocimiento de la propia íntima condición pecadora).

–  La unión mística hay que concebirla también como una participación en la Encarnación: es tal la junta de las dos naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que el alma unida en matrimonio espiritual con Dios parece Dios; es parecida la unión de las dos naturalezas de Cristo en la unión hipostática: en el matrimonio místico entran en contacto y se unen dos personas, manteniendo su dualidad. Pero también mediante la mutua entrega surge una unión que se parece y acerca a la hipostática. Ella abre las almas a la infusión de la gracia divina, y por la absoluta y total sumisión de la propia voluntad a la divina, el Señor queda con las manos libres para poder disponer de tales almas como si fueran miembros de su propio cuerpo. Ya no viven su propia vida sino la de Cristo, ya no sufren su propia pasión sino la Pasión de Cristo.

–  El alma que ha llegado al matrimonio espiritual está en el más alto grado de amor.

–  Así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma, o mejor, el alma se transforma en Dios, según la sustancia de ella y según sus potencias espirituales: según el entendimiento bebe sabiduría y ciencia, según la voluntad bebe amor suavísimo y según la memoria bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de gloria.

–  Bebida de altísima sabiduría de Dios que la hace olvidar todas las cosas del mundo, y le parece al alma que lo que antes sabía y aun lo que sabe todo el mundo, en comparación de aquel saber, es pura ignorancia…

–  Está el alma en este puesto en cierta manera como Adán en la inocencia, que no sabía qué cosa era el mal; porque está tan inocente que no entiende el mal ni juzga nada mal.

–  Las noticias y formas particulares de las cosas y actos imaginarios y cualquier otra aprensión que tenga forma y figura, todo lo pierde e ignora en aquel absorbimiento de amor, porque como actualmente queda absorta y embebida el alma en aquella bebida de amor, no puede estar en otra cosa actualmente, porque aquella transformación en Dios de tal manera la conforma con la sencillez y pureza de Dios (en la cual no cae forma ni figura imaginaria), que la deja limpia y pura y vacía de todas las formas y figuras que antes tenía.

–  Antes de que el alma entre en este estado de perfección, por más espiritual que sea, al entendimiento suele quedarle algo de sus antiguas ganas de saber; la voluntad se deja llevar de algunos gustillos y apetitos propios, todavía le apetece poseer algunas cosillas, guarda asimientos y preferencias, busca la estima de los demás y tiene puntillos de honra, tocante a comida y bebida gusta más de esto que de aquello, es presa de cuidados impertinentes, de variedad de gozos, dolores, esperanzas y temores.

Todo esto sucede hasta que, entrándose a beber en esta bodega interior, lo pierde todo, quedándose hecha toda amor.

–  En el matrimonio espiritual Dios le descubre sus secretos como amigo y le comunica la ciencia sabrosa de la teología mística, la ciencia secreta de Dios. Ella, a su vez, se entrega a Dios con entrega total, quiere ser toda suya y no tener ya más en sí cosa que no sea de Él.

Y como Dios ha quitado de ella todo lo que podía atar su corazón, puede entregarse no solo según la voluntad, sino de hecho absolutamente sin reservarse nada. Ni primeros movimientos siente ya levantarse contra lo que sea voluntad de Dios. No sabe otra cosa sino amar y andar siempre en deleites de amor con el Esposo.

Ha llegado ya a aquel estado, cuya forma y ser es el amor. Ella todo es amor, si así se puede decir, y todas sus acciones son amor, y todas sus potencias y caudal de su alma emplea en amar. Como el alma ve que su Amado nada aprecia ni de nada se sirve fuera del amor, de aquí es que desando ella servirlo perfectamente, todo lo emplea en amor puro de Dios…

–  Como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer Dios que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que lo ame, porque la propiedad del amor es igualar al alma que ama con la cosa amada. De ahí que el alma aquí tiene perfecto amor, por eso se llama esposa del Hijo de Dios, lo cual significa igualdad con Él, igualdad en la cual todas las cosas de los dos son comunes a ambos.

–  Tan natural le es a ella trabajar por Él y por su honra, que muchas veces lo hace sin pensarlo y sin darse cuenta de que está trabajando para Dios. Todos los hábitos de imperfección que tenía: hábito de hablar cosas inútiles y de pensarlas y obrarlas, sin mirar en ello a la mayor perfección del alma, cumplimientos, procurar parecer bien, etc.; todos estos oficios u ocupaciones los ha dejado ya.

–  Ya no tiene otro ejercicio o empleo que el de amar. Todas sus facultades se mueven ya por el amor y en el amor.

–  Ante Dios más valor tiene un poquito de este puro amor y más provecho a la Iglesia, aunque parezca que no hace nada, que muchas otras obras juntas.

–  Si el mundo da por perdida a un alma que no quiere saber nada de sus cosas y pasatiempos, ella acepta de buena gana tal imputación o murmuración. Lo confiesa espontánea y resueltamente: «Sí, me hice perdidiza, pero fui ganada». Ganada para Dios, porque de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios. 

–  El alma reconoce que sin mérito de su parte Dios le ha hecho grandísimas mercedes y todo lo atribuye, no a sí sino a Dios. Si ha hallado gracia a los ojos del Esposo divino, todo ha sido efecto de la mirada amorosa de éste, que con su gracia la ha dejado tan hermosa que ha merecido ser amada del modo más tierno por Él.

–  Dios no puede amar cosa fuera de Sí. Por eso, amar Dios al alma es meterla en cierta manera en Sí mismo igualándola consigo, y así ama al alma en Sí, consigo, con el mismo amor con que Él se ama, y por eso en cada obra, por cuanto la hace por Dios, merece el alma el amor de Dios. Merece al mismo Dios.

–  El recuerdo de su primer estado feo y vergonzoso le sirve para gozarse aún más en la compañía de su Esposo divino.

–  Cuando Dios ve al alma graciosa en sus ojos, mucho se mueve a hacerle más gracia, por cuanto en ella mora bien agradado. De manera que, si antes de que estuviese en su gracia, por Sí solo la amaba, ahora que ya está en su gracia no solo la ama por Sí, sino también por ella; y así enamorado de su hermosura siempre le va Él comunicando más amor y gracia, y como la va honrando y engrandeciendo más, siempre se va prendado y enamorado más de ella. ¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece un alma cuando da en agradarse de ella? No hay cómo poderlo ni aun imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién es Él.

–  Esta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en matrimonio espiritual, hacer Dios en ella y comunicársele por Sí solo, no por medio de ángeles ni por medio de habilidad natural.

–  A medida que crece el amor crece también y se hace más intenso el deseo de entender clara y desnudamente las verdades divinas y de adentrarse más y más en los abismos de los incomprensibles juicios y misterios divinos, y a trueque de esto le sería grande consuelo y alegría encontrar por todos los aprietos y trabajos del mundo, por dificultoso y penoso que fuese.

–  El alma desea entrar en multitud de trabajos y tribulaciones, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer le es medio para entrar más en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios. Porque el mas puro padecer trae más íntimo y puro entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto no contentándose con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios».

–  ¡Oh, si se acabase de entender cómo se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, si no es entrando en la espesura del padecer!

–  A esta visión divina predestinó Dios al alma desde la eternidad. Pero es algo que «ningún ojo lo vio, ningún oído lo oyó ni cayó en corazón de hombre» (1Co 2, 9; Is 64, 3). Pero lo que de ella llega a barruntar el alma es algo tan grande, que para expresarlo no hay otra palabra que «aquello».

–  No es posible dar una explicación de este misterioso «aquello». El Señor se refirió a él por medio de siete distintas expresiones y comparaciones en el Apocalipsis. 

«Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida que está en el Paraíso de mi Dios» (2, 7).

«Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (2, 10c).

«Al que venciere le daré el maná escondido y le pondré una piedrecilla blanca y en la piedrecilla escrito un nombre nuevo que nadie lo sabe sino el que lo recibe» (2, 17b-c).

«Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin le daré potestad sobre las gentes, y las regirá con vara de hierro y como un vaso de barro se desmenuzarán, así como Yo también la he recibido de mi Padre, y le daré la estrella de la mañana» (2, 26-28)

«El vencedor será revestido de vestiduras, yo no borraré jamás su nombre del libro de la vida y reconoceré su nombre delante de mi Padre y de los ángeles» (3, 5)

«Al que venciere lo haré columna del templo de mi Dios y no saldrá fuera ya jamás, y escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la Jerusalén nueva, la que desciende del Cielo de mi Dios, y también Mi nombre nuevo» (3,12).

«Al vencedor lo sentaré conmigo en mi trono, igual que yo, que he vencido y me he sentado con mi Padre en su Trono» (3, 21)

Hasta aquí son palabras del Hijo de Dios para dar a entender «aquello», y es que lo inefable no se deja encerrar en palabras humanas.

NOTA FINAL

Me atrevo a aconsejar al lector que, si quiere recorrer estos caminos más deprisa, se acoja a la bienaventurada Virgen María, que también es su Madre, pues ella lo llevará con menos rodeos hacia el Amor eterno: asido de su mano, sin vacilar tanto, sin caer tanto, se llenará de sabiduría divina, pues ella es su Trono.

 

BIBLIOGRAFÍA

Carta de Dios, 1ª edición, Bogotá, Colombia, MRC editores, 1991.

Catecismo de la Iglesia Católica, 2ª edición, Barcelona, España, Asociación de Editores del Catecismo, 1992.

Ciencia de la Cruz, Stein, E., 4ª edición, Burgos, España, Editorial Monte Carmelo, 2000.

Cómo hacer meditación, Maurino, Pablo Francisco, 1ª edición, Bogotá, Colombia, MRC editores, 1997.

Diccionario de la lengua española, Real Academia Española, edición en CD-Rom, Madrid, España, Espasa Calpe, 1992.

El abandono en la divina Providencia, Caussade, Jean–Pierre, Pamplona, España, Fundación Gratis Date, 2000.

La Biblia latinoamericana, San Pablo, Argentina y Sociedad Bíblica Católica Internacional, edición en CD-Rom, Buenos Aires, Argentina, San Pablo, 1995.

San Jun de la Cruz, Obras completas, Editorial Monte Carmelo, Burgos, España, 1987.

Síntesis de Espiritualidad Católica, Pamplona, España, Fundación Gratis Date, 1999.

Un llamamiento al amor, 1ª edición, México, D. F., México, Editorial Patria S. A., 1949.

Un santo para cada día, Sgarbossa, Mario, Giovannini, Luis, 1ª edición en español, San Pablo, 1994.

Visión franciscana de la vida cotidiana, Merino, José Antonio, 1ª edición, Madrid, España, Ediciones Paulinas, 1991.

Vivencia de Cristo Paciente, San Pablo de la Cruz, clásicos de espiritualidad, BAC, Madrid, España, 2000.

 


[1] De los sermones de san Agustín, obispo. Sermón 185: PL 38, 997-999.

[2] Artículo de la revista: Orar, modos de ayer y de hoy, nº 34, traducción: padre Manuel Ordoñez, Editorial Monte Carmelo, Burgos, España.

[3] Cf. Noche, san Juan de la Cruz, 1, 1.

[4] Cf. N 1, 2.

[5] Cf. N 1, 3.

[6] Cf. N 1, 4.

[7] Cf. N 1, 5.

[8] Cf. N 1, 6.

[9] Cf. N 1, 7.

[10] Cf. N 1, 7.

[11] Cf. Subida al Monte Carmelo, 2, 5.

[12] Cf. S 1, 4-5.

[13] Cf. S 1, 6.

[14] Cf. S 1, 7.

[15] Cf. S, 1, 8.

[16] Cf. S 1, 9.

[17] Cf. S 2, 5.

[18] S 1, 5.

[19] Cf. S 2, 4.

[20] Cf. N 2, 3.

[21] Cf. N 1, 1.

[22] Cf. N 1, 8.10-11.

[23] Cf. S 2, 13-15.

[24] N 1, 8.

[25] Cf. S 1, 13.

[26] Cf. S 2, 6.

[27] Cf. S 2, 8.

[28] Cf. S 2, 9.

[29] Cf. S 2, 10.

[30] Cf. S 2, 11.

[31] Cf. S 2, 12.

[32] Cf. S 3, 8.

[33] Cf. S 3, 2.

[34] Cf. S 3, 3.

[35] Cf. S 3, 4.

[36] Cf. S 3, 5.

[37] Cf. S 3, 6.

[38] Cf. S 3, 7.

[39] Cf. S 3, 8.

[40] Cf. S 3, 9.

[41] Cf. S 3, 10.

[42] Cf. S 3, 11.

[43] Cf. S 3, 13.

[44] Cf. S 3, 16.

[45] Cf. S 3, 18.

[46] Cf. S 3, 21.

[47] Cf. S 3, 24.

[48] Cf. S 3, 27.

[49] Cf. S 3, 30.

[50] Cf. S 3, 33.

[51] Cf. S 3, 19.

[52] Cf. S 3, 20.

[53] Cf. S 3, 22.

[54] Cf. S 3, 23.

[55] Cf. S 3, 25.

[56] Cf. S 3, 26.

[57] Cf. S 3, 28.

[58] Cf. S 3, 31.

[59] Cf. S 3, 32.

[60] Cf. S 2, 13-15; N 1, 9.

[61] Cf. N 1, 12-13.

[62] Cf. N 1, 14.

[63] S 2, 7.

[64] Cf. S 2, 10.

[65] Cf. S 2, 19.

[66] Cf. S 2, 20.

[67] Cf. S 2, 21.

[68] Cf. S 2, 22.

[69] Cf. S 3, 14; 2, 26.

[70] Cf. S 3, 33.

[71] Cf. S 3, 35.

[72] Cf. S 3, 35-44.

[73] Cf. S 3, 45.

[74] Cf. N 2, 1.

[75] Cf. N 2, 2.

[76] Cf. N 2, 3.

[77] Cf. N 2, 4.

[78] Cf. N 2, 5.

[79] Cf. N 2, 7.

[80] Cf. N 2, 8.

[81] Cf. N 2, 5, 3.

[82] Cf. N 2, 9.

[83] Is 64, 4.

[84] Flp 4, 7.

[85] Cf. N 2, 10.

[86] Cf. N 2, 11.

[87] Cf. N 2, 12.

[88] Cf. N 2, 13.

[89] Cf. N 2, 15.

[90] Cf. N 2, 16.

[91] Cf. N 2, 17.

[92] Cf. N 2, 18.

[93] Cf. N 2, 19.

[94] N 2, 20

[95] N 2, 22

[96] N 2, 23

[97] N 2, 24

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I.                   Temporales[1]

A.                Riquezas

B.                 Títulos

C.                Estados

D.                Profesiones u oficios

E.                 Familia

F.                 Otros

II.                 Naturales[2]

A.                Dotes corporales

B.                 Inteligencia

III.              Sensuales[3]

A.                Vista

B.                 Oído

C.                Olfato

D.                Gusto

E.                 Tacto

F.                 Imaginación

IV.              Morales (virtudes)[4]

V.                Sobrenaturales (dones y gracias)[5]

VI.              Espirituales[6]

A.                Sabrosos

B.                 Penosos


[1] Cf. S 3, 18.

[2] Cf. S 3, 21.

[3] Cf. S 3, 24.

[4] Cf. S 3, 27.

[5] Cf. S 3, 30.

[6] Cf. S 3, 33.

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Tratado de la oración y meditación*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 3, 2011

 

Por san Pedro de Alcántara (1499 – 1562)

PRÓLOGO

Tratado de la oración y meditación compuesto por el padre Fray Pedro de Alcántara, fraile menor de la Orden del Bienaventurado san Francisco, dirigido al muy magnífico y muy devoto señor Rodrigo de Chaves vecino de Ciudad Rodrigo.

Muy magnífico y muy devoto señor:

Nunca yo me moviera a recopilar este breve tratado, ni a consentir que se imprimiese, si no fuese por las muchas veces que vuestra merced me mandó que escribiese alguna cosa de oración, breve y compendiosa, y con claridad, cuyo provecho fuese más común; pues siendo de pequeño volumen y precio, aprovecharía a los pobres, que no tienen tanta posibilidad para libros más costosos, y escribiéndose con más claridad, aprovechara a los simples, que no tienen tanto caudal de entendimiento. Y pareciéndome, que no es de menor mérito obedecer en este caso a quien pide cosa tan piadosa y santa, que el fruto que se pueda sacar de ella, quise poner en ejercicio tan santo mandamiento, bien certificado, que para mí no puede este pequeño trabajo dejar de ser de provecho, si la mucha afición y voluntad que tengo al servicio de V. M. y de la señora Doña Francisca vuestra compañera, no menos ligada con vuestra merced con el vínculo de la caridad y amor en Jesucristo nuestro

Bien, que con el del matrimonio, no me lleva alguna parte del merecimiento. Aunque sí es verdad (como lo es) que todo el bien que hacen nuestros hermanos, de que nos gozamos los cristianos, resulta en mérito particular del que se huelga, bien podré yo decir Quod particeps sum devotionis vestrae, y de todas vuestras buenas obras, pues como hijos muy queridos en el Señor (que así quiero llamar a vuestras mercedes), pues me tenéis por Padre, nunca ha faltado la pobreza de mi doctrina e industria de ayudar a la riqueza de vuestros santos propósitos y altos pensamientos. Y habiendo leído muchos libros acerca de esta materia, de ellos en breve he sacado y recopilado lo que mejor y más provechoso me ha parecido. Plegue al Señor que así aproveche a todos los que lo buscan, pues no es para los demás, y que consiga vuestra merced el interés espiritual de su buen deseo, y yo el de su buena voluntad; toda a honra y gloria de Jesucristo nuestro Bien, cuyo es todo lo que es bueno.

PRIMERA PARTE

 

CAPÍTULO I

 

DEL FRUTO QUE SE SACA DE LA ORACIÓN Y MEDITACIÓN

 

Porque este tratado breve habla de oración y meditación, será bien decir en pocas palabras el fruto que de este santo ejercicio se puede sacar, porque con más alegre corazón se ofrezcan los hombres a él.

Notoria cosa es que uno de los mayores impedimentos que el hombre tiene para alcanzar su última felicidad y bienaventuranza, es la mala inclinación de su corazón, y la dificultad y pesadumbre que tiene para bien obrar; porque a no estar ésta de por medio, facilísima cosa le sería correr por el camino de las virtudes y alcanzar el fin para que fue criado. Por lo cual dijo el Apóstol (Rom.7, 23): Huélgome con la ley de Dios, según el hombre interior; pero siento otra ley e inclinación en mis miembros, que contradice a la ley de mi espíritu. Y me lleva tras sí cautivo a la ley del pecado. Ésta es, pues, la causa más universal que hay de todo nuestro mal. Pues para quitar esta pesadumbre y dificultad y facilitar este negocio, una de las cosas que más aprovechan es la devoción. Porque (como dice Santo Tomás) no es otra cosa devoción sino una prontitud y ligereza para bien obrar, la cual despide de nuestra ánima toda esa dificultad y pesadum y nos hace prontos y ligeros para todo bien. Porque es una refección espiritual, un refresco y rocío del cielo, un soplo y aliento del Espíritu Santo y un afecto sobrenatural; el cual, de tal manera regla, esfuerza y transforma el corazón del hombre, que le pone nuevo gusto y aliento para las cosas espirituales, y nuevo disgusto y aborrecimiento de las sensuales. Lo cual nos muestra la experiencia de cada día, porque al tiempo que una persona espiritual sale de alguna profunda y devota oración, allí se le renuevan todos los buenos propósitos; allí son los favores y determinaciones de bien obrar; allí el deseo de agradar y amar a un Señor tan bueno y dulce como allí se lo ha mostrado, y de padecer nuevos trabajos y asperezas, y aun derramar sangre por Él; y, finalmente, reverdece y se renueva toda la frescura de nuestra alma.

Y si me preguntas por qué medios se alcanza ese poderoso y tan notable afecto de devoción, a esto responde el mismo santo doctor diciendo: que por la meditación y contemplación de las cosas divinas; porque de la profunda meditación y consideración de ellas redunda este afecto y sentimiento acá en la voluntad, que llamamos devoción, el cual nos incita y mueve a todo bien. Y por eso es tan alabado y encomendado este santo y religioso ejercicio de todos los santos; porque es medio para alcanzar la devoción, la cual, aunque no es más que una sola virtud, nos habilita y mueve a todas las otras virtudes, y es como un estímulo general para todas ellas. Y si quieres ver cómo esto es verdad, mira cuán abiertamente lo dice san Buenaventura (en De vita Christi) por estas palabras:

Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, seas hombre de oración. Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, seas hombre de oración. Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y apetitos, seas hombre de oración. Si quieres conocer las astucias de Satanás, y defenderte de sus engaños, seas hombres de oración. Si quieres vivir alegremente y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, seas hombre de oración. Si quieres ojear de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, seas hombre de oración. Si la quieres sustentar con la grosura de la devoción y traerla siempre llena de buenos pensamientos y deseos, seas hombre de oración. Si quieres fortalecer y confirmar tu corazón en el camino de Dios, seas hombre de oración. Finalmente, si quieres desarraigar de tu ánima todos los vicios y plantar en su lugar las virtudes, seas hombre de oración; porque en ella se recibe la unción y gracia del Espíritu Santo, la cual enseña todas las cosas. Y demás de esto, si quieres subir a la alteza de la contemplación y gozar de los dulces abrazos del Esposo, ejercítate en la oración, porque éste es el camino por donde sube el ánima a la contemplación y gusto de las cosas celestiales. ¿Ves, pues, de cuánta virtud y poder sea la oración? Y para prueba de todo lo dicho (dejado aparte el testimonio de las Escrituras Divinas), esto basta agora por suficiente probanza que habemos oído y visto, y vemos cada día muchas personas simples, las cuales han alcanzado todas estas cosas susodichas y otras mayores mediante el ejercicio de la oración. Hasta aquí son palabras de san Buenaventura. Pues ¿qué tesoro, qué tienda se puede hallar más rica, ni más llena que ésta? Oye también lo que dice a este propósito otro muy religioso y santo Doctor’, hablando de esta misma virtud: En la oración (dice él), se alimpia el ánima de los pecados, apaciéntase la caridad, certifícase la fe, fortalécese la esperanza, alégrase el espíritu, derrítense las entrañas, purifícase el corazón, descúbrese la verdad, véncese la tentación, huye la tristeza, renuévanse los sentidos, repárase la virtud enflaquecida, despídese la tibieza, consúmese el orín de los vicios, y en ella no faltan centellas vivas de deseos del cielo, entre los cuales arde la llama del divino amor. ¡Grandes son las excelencias de la oración! ¡Grandes son sus privilegios! A ella están abiertos los Cielos. A ella se descubren los secretos, y a ella están siempre atentos los oídos de Dios. Esto basta ahora para que en alguna manera se vea el fruto de este santo ejercicio.

 

CAPÍTULO II

 

DE LA MATERIA DE LA MEDITACIÓN

Visto de cuánto fruto sea la oración y meditación, veamos ahora cuáles sean las cosas que debemos meditar. A lo cual se responde, que por cuanto este santo ejercicio se ordena a criar en nuestros corazones amor y temor de Dios, y guarda de sus mandamientos, aquélla será más conveniente materia de este ejercicio que más hiciere a este propósito. Y aunque sea verdad que todas las cosas criadas y todas las espirituales sagradas nos muevan a esto; pero, generalmente hablando, los misterios de nuestra fe, que se contienen en el Símbolo, que es el Credo, son los más eficaces y provechosos para esto. Porque en él se trata de los beneficios divinos, del juicio final, de las penas del Infierno y de la gloria del Paraíso, que son grandísimos estímulos para mover nuestro corazón al amor y temor de Dios, y en él también se trata la Vida y Pasión de Cristo nuestro Salvador, en la cual consiste todo nuestro bien. Estas dos cosas señaladamente se tratan en el Símbolo, y éstas son las que más ordinariamente rumiamos en la meditación, por lo cual con mucha razón se dice que el Símbolo es la materia propiísima de este santo ejercicio, aunque también lo será para cada uno lo que más moviere su corazón al amor y temor de Dios.

Pues, según esto, para introducir a los nuevos y principiantes en este camino (a los cuales conviene dar el manjar como digesto y masticado), señalaré aquí brevemente dos maneras de meditaciones para todos los días de la semana, unas para la noche, y otras para la mañana, sacadas por la mayor parte de los misterios de nuestra fe, para que así como damos a nuestro cuerpo dos refecciones cada día, así también las demos al ánima, cuyo pasto es la meditación y consideración de las cosas divinas. De estas meditaciones, las unas son de los Misterios de la Sagrada Pasión y Resurrección de Cristo, y las otras de los otros Misterios que ya dijimos. Y quien no tuviere tiempo para recogerse dos veces al día, a lo menos podrá una semana meditar unos Misterios y otra los otros, o quedarse con solos los de la Pasión y Vida de Jesucristo (que son los más principales), aunque los otros no conviene que se dejen a principio de la conversión, porque son irás convenientes para este tiempo, donde principalmente se requiere temor de Dios, dolor y detestación de los pecados.

Síguense las primeras siete meditaciones para los días de la semana.

CAPÍTULO II.1. EL LUNES

 

Este día podrás entender en la memoria de los pecados, y en el conocimiento de ti mismo, para que en lo uno veas cuántos males tienes, y en lo otro cómo ningún bien tienes que no sea de Dios, que es el medio por donde se alcanza la humildad, madre de todas las virtudes.

Para esto debes primero pensar en la muchedumbre de los pecados de la vida pasada, especialmente en aquellos que hiciste en el tiempo que menos conocías a Dios. Porque si lo sabes bien mirar, hallarás que se han multiplicado sobre los cabellos de tu cabeza, y que viviste en aquel tiempo como un gentil, que no sabe qué cosa es Dios. Discurre, pues, brevemente por todos los diez mandamientos y por los siete pecados mortales, y verás que ninguno de ellos hay en que no hayas caído muchas veces, por obra o por palabra o pensamiento.

Lo segundo, discurre por todos los beneficios divinos, y por los tiempos de la vida pasada, y mira en qué los has empleado; pues de todos ellos has de dar cuenta a Dios. Pues dime ahora, ¿en qué gastaste la niñez? ¿En qué la mocedad? ¿En qué la juventud? ¿En qué, finalmente, todos los días de la vida pasada? ¿En qué ocupaste los sentidos corporales y las potencias del ánima que Dios te dio para que lo conocieses y sirvieses? ¿En qué se emplearon tus ojos, sino en ver la vanidad? ¿En qué tus oídos, sino en oír la mentira, y en qué tu lengua, sino en mil maneras de juramentos y murmuraciones, y en qué tu gusto, y tu oler, y tu tocar, sino en regalos y blanduras sensuales?

¿Cómo te aprovechaste de los Santos Sacramentos, que Dios ordenó para tu remedio? ¿Cómo le diste gracias por sus beneficios? ¿Cómo respondiste a sus inspiraciones? ¿En qué empleaste la salud y las fuerzas, y las habilidades de la naturaleza, y los bienes que dicen de fortuna, y los aparejos y oportunidades para bien vivir? ¿Qué cuidado tuviste de tu prójimo, que Dios te encomendó, y de aquellas obras de misericordia que te señaló para con él? ¿Pues qué responderás en aquel día de la cuenta, cuando Dios te diga (Lc.16, 2): Dame cuenta de tu mayordomía, y de la cuenta que te entregué; porque ya no quiero que trates más en ella? ¡Oh árbol seco y aparejado para los tormentos eternos! ¿Qué responderás en aquel día, cuanto te pidan cuenta de todo el tiempo de tu vida y de todos los puntos y momentos de ella?

Lo tercero, piensa en los pecados que has hecho y haces cada día, después que abriste más los ojos al conocimiento de Dios, y hallarás que todavía vive en ti Adán con muchas de las raíces y costumbres antiguas. Mira cuán desacatado eres para con Dios, cuán ingrato a sus beneficios, cuán rebelde a sus inspiraciones, cuán perezoso para las cosas de su servicio, las cuales nunca haces ni con aquella presteza y diligencia, ni con aquella pureza de intención que debías, sino por otros respetos e intereses del mundo.

Considera cuán duro eres para con el prójimo, y cuán piadoso para contigo, cuán amigo de tu propia voluntad, y de tu carne, y de tu honra, y de todos tus intereses. Mira cómo todavía eres soberbio, ambicioso, airado, súbito, vanaglorioso, envidioso, malicioso, regalado, mudable, liviano, sensual, amigo de tus recreaciones y conversaciones y risas y parlerías. Mira cuán inconstante eres en los buenos propósitos, cuán inconsiderado en tus palabras, cuán desproveído en tus obras, y cuán cobarde y pusilánime para cualesquier graves negocios.

Lo cuarto, considera ya por este orden la muchedumbre de tus pecados, considera luego la gravedad de ellos, para que veas cómo por todas partes es crecida tu miseria. Para lo cual debes primeramente considerar estas tres circunstancias en los pecados de la vida pasada, conviene a saber: Contra quién pecaste, por qué pecaste y en qué manera pecaste. Si miras contra quién pecaste, hallarás que pecaste contra Dios, cuya bondad y majestad es infinita, y cuyos beneficios y misericordias para con el hombre sobrepujan las arenas del mar; mas, ¿por qué causa pecaste? Por un punto de honra, por un deleite de bestias, por un cabello de interés y muchas veces sin interés; por sola costumbre y desprecio de Dios. Mas ¿en qué manera pecaste? Con tanta facilidad, con tanto atrevimiento, tan sin escrúpulo, tan sin temor y a veces con tanta facilidad y contentamiento, como si pecaras contra un Dios de palo, que ni sabe ni ve lo que pasa en el mundo. ¿Pues ésta era la honra que se debía a tan alta majestad? ¿Éste es el agradecimiento de tantos beneficios? ¿Así se paga aquella sangre preciosa que se derramó en la Cruz, y aquellos azotes y bofetadas que se recibieron por ti? ¡Oh miserable de ti por lo que perdiste, y mucho más por lo que hiciste, y muy mucho más si con todo esto no sientes tu perdición! Después de esto, es cosa de grandísimo provecho detener un poco los ojos de la consideración en pensar tu nada; esto es, cómo de tu parte no tienes otra cosa más que nada y pecado, y cómo todo lo demás es de Dios; porque claro está que así los bienes de naturaleza como los de gracia (que son los mayores), son todos suyos; porque suya es la gracia de la predestinación (que es la fuente de todas las otras gracias), y suya la de la vocación, y suya la gracia concomitante, y suya la gracia de la perseverancia, y suya la gracia de la vida eterna. Pues ¿qué tienes, de qué te puedes gloriar, sino de nada, y pecado? Reposa, pues, un poco en la consideración de esa nada, y pon esto sólo a tu cuenta, y todo lo demás a la de Dios, para que clara, y palpablemente veas quién eres tú y quién es El; cuán pobre tú y cuán rico El, y, por consiguiente, cuán poco debes confiar en ti y estimar a ti, y cuánto confiar en El, amar a Él y gloriarte en Él.

Pues consideradas todas estas cosas arriba dichas, siente de ti lo más bajamente que te sea posible. Piensa que no eres más que una cañavera, que se muda a todos vientos, sin peso, sin virtud, sin firmeza, sin estabilidad y sin ninguna manera de ser. Piensa que eres un Lázaro de cuatro días muerto, y un cuerpo hediondo y abominable, lleno de gusanos, que todos cuantos pasan se tapan las narices y los ojos para no verlo. Parézcate que de esta manera hiedes delante de Dios y de sus ángeles, y tente por indigno de alzar los ojos al cielo, y de que te sustente la tierra, y de que te sirvan las criaturas, y del mismo pan que comes y del aire que recibes.

Derríbate con aquella pública pecadora a los pies del Salvador, y cubierta tu cara de confusión con aquella vergüenza que padecería una mujer delante de su marido cuando le hubiese hecho traición, y con mucho dolor y arrepentimiento de tu corazón pídele perdón de tus yerros, y que por su infinita piedad y misericordia haya por bien volverte a recibir en su casa.

CAPÍTULO II.2. EL MARTES

 

Este día pensarás en las miserias de la vida humana para que por ella veas cuán vana sea la gloria del mundo y cuán digna de ser menospreciada, pues se funda sobre tan flaco cimiento como esta tan miserable vida; y aunque los defectos y miserias de esta vida sean casi innumerables, tú puedes ahora señaladamente considerar estas siete.

Primeramente, considera cuán breve sea esta vida, pues el más largo tiempo de ella es de setenta u ochenta años, porque todo lo demás, si algo queda, como dice el Profeta (Ps.89,10), es trabajo y dolor, y si de aquí se saca el tiempo de la niñez, que más es vida de bestias que de hombres, el que se gasta durmiendo, cuando no usamos de los sentidos ni de la razón (que nos hace hombres), hallaremos ser aún más breve de lo que parece. Y si sobre todo esto lo comparas con la eternidad de la vida venidera, apenas te parecerá un punto. Por donde verás cuán desvariados son los que por gozar de este soplo de vida tan breve se ponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar. Lo segundo, considera cuán incierta sea esta vida (que es otra miseria sobre la pasada), porque no basta ser de suyo tan breve como es, sino que ese poco que hay de vida no está seguro, sino dudoso. Porque ¿cuántos llegan a esos setenta u ochenta años que dijimos? ¿A cuántos se corta la tela en comenzándose a tejer? ¿Cuántos se van en flor, como dicen, o en agraz? No sabéis, dice el Salvador (Mc.13, 35) cuándo vendrá vuestro Señor, si a la mañana, si al medio día, si a la media noche, si al canto del gallo.

Aprovecharte ha, para mejor sentir esto, acordarte de la muerte de muchas personas que habrás conocido -en este mundo, especialmente de tus amigos y familiares, y de algunas personas ilustres y señaladas, a las cuales salteó la muerte en diversas edades, y dejó burlados todos sus propósitos y esperanzas.

Lo tercero, piensa cuán frágil y quebradiza sea esta vida, y hallarás que no hay vaso de vidrio tan delicado como ella es, pues un aire, un sol, un jarro de agua fría, un vaho de un enfermo, basta para despojarnos de ella, como parece por las experiencias cotidianas de muchas personas, a las cuales en lo más florido de su edad basta para derribar cualquier ocasión de las sobredichas.

Lo cuarto, considera cuán mudable es y cómo nunca permanece en un mismo ser. Para lo cual debes considerar cuánta sea la mudanza de nuestros cuerpos, los cuales nunca permanecen en una misma salud y disposición, y cuánto mayor la de los ánimos, que siempre andan como la mar alterados con diversos vientos y olas de pasiones y apetitos y cuidados que a cada hora nos perturban y, finalmente, cuántas sean las mudanzas que dicen de la fortuna, que nunca consiente mucho permanecer, ni en un mismo estado, ni en una misma prosperidad y alegría las cosas de la vida humana, sino siempre rueda de un lugar a otro. Y, sobre todo esto, considera cuán continuo sea el movimiento de nuestra vida, pues día y noche nunca para, sino siempre va perdiendo de su derecho. Según esto, ¿qué es nuestra vida sino una candela, que siempre se está gastando, y  mientras más arde y resplandece, más se gasta? (Iob.14, 2): ¿Qué es nuestra vida, sino una flor que abre a la mañana y al medio día se marchita, y a la tarde se seca?

Pues por razón de esta continua mudanza, dice Dios por Isaías (Is.40, 6): Toda carne es heno, y toda la gloria de ella es como la flor del campo. Sobre las cuales palabras dice san Jerónimo: Verdaderamente, quien considerare la fragilidad de nuestra carne, y cómo en todos los puntos y momentos de tiempo crecemos y decrecemos, sin jamás permanecer en un mismo estado, y cómo esto que ahora estamos hablando, trazando y escudriñando, se está quitando de nuestra vida, no dudará llamar a nuestra carne heno, y toda su gloria como la flor del campo. El que ahora es niño de teta, súbitamente se hace muchacho, y el muchacho, mozo, y el mozo muy pronto llega a la vejez, y primero se halla viejo que se maraville de ver cómo ya no es mozo. Y la mujer hermosa, que llevaba tras sí las manadas de los mozuelos locos, muy presto descubre la frente arada con arrugas, y la que antes era amable, de ahí a poco viene a ser aborrecible.

Lo quinto, considera cuán engañosa sea (que por ventura es lo’ peor que tiene, pues a tantos engaña, y tantos y tan ciegos amadores lleva tras sí), pues siendo fea nos parece hermosa, siendo amarga nos parece dulce, siendo breve, a cada uno la suya, le parece larga, y siendo tan miserable, parece tan amable, que no hay peligro ni trabajo a que no se pongan los hombres por ella, aunque sea con detrimento de la vida perdurable, haciendo cosas por donde vengan a perder la vida perdurable.

Lo sexto, considera cómo además de ser tan breve, etc. (según está dicho), eso poco que hay de vida está sujeto a tantas miserias, así del ánima como del cuerpo, que todo ello no es otra cosa sino un valle de lágrimas y un piélago de infinitas miserias. Escribe san Jerónimo que Jerjes, aquel poderosísimo rey que derribaba los montes y allanaba los mares, como se subiese a un monte alto a ver desde allí un ejército que tenía juntado de infinitas gentes, después que lo hubo bien mirado, dice que se paró a llorar. Y preguntado por qué lloraba, respondió: Lloro porque de aquí a cien años no estará vivo ninguno de cuantos allí veo presentes. ¡Oh si pudiésemos (dice san Jerónimo) subirnos a alguna atalaya, que dende allá pudiésemos ver toda la tierra debajo de nuestros pies! Dende ahí verías las caídas y miserias de todo el mundo, y gentes destruidas por gentes, y reinos por reinos. Verías cómo a unos atormentan, a otros matan; unos se ahogan en la mar, otros son llevados cautivos. Aquí verás bodas, allí llanto; aquí matar unos, allí morir otros; unos abundar en riquezas, otros mendigar. Y finalmente verías no solamente el ejército de Jerjes, sino a todos los hombres del mundo que ahora son, los cuales de aquí a pocos días acabarán. Discurre por todas las enfermedades y trabajos de los cuerpos humanos y por todas las aflicciones y cuidados de los espíritus, y por los peligros que hay, así en todos los estados como en todas las edades de los hombres, y verás aún más claro cuántas sean las miserias de esta vida, pues que viendo tan claramente cuán poco es todo lo que el mundo puede dar, más fácilmente menosprecies tanto lo que hay en él.

A todas estas miserias sucede la última, que es morir, la cual, así para lo del cuerpo como para lo del ánima, es la última de todas las cosas terribles; pues el cuerpo será en un punto despojado de todas las cosas, y del ánima se ha de determinar entonces lo que para siempre ha de ser.

Todo esto te dará a entender cuán breve y miserable sea la gloria del mundo (pues tal es la vida de los mundanos sobre que se funda) y, por consiguiente, cuán digna sea ella de ser hollada y menospreciada.

CAPÍTULO II.3. EL MIÉRCOLES

Este día pensarás en el paso de la muerte, que es una de las más provechosas consideraciones que hay, así para alcanzar la verdadera sabiduría como para huir del pecado, como también para comenzar con tiempo a aparejarse para la hora de la cuenta.

Piensa, pues, primeramente, cuán incierta es aquella hora en que te ha de saltear la muerte, porque no sabes en qué día, ni en qué lugar, ni en qué estado te tomará. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás está incierto; sino que ordinariamente suele sobrevenir esta hora al tiempo que el hombre está más descuidado y olvidado de ella.

Lo segundo piensa en el apartamiento que allí habrá, no sólo entre todas las cosas que se aman en esta vida, sino también entre el ánima y el cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por grande mal el destierro de la patria y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama, ¿cuánto mayor será el destierro universal de todas las cosas de la casa, y de la hacienda, y de los hijos, y de esta luz y aire común, y, finalmente, de todas las cosas? Si un buey da bramidos cuando lo apartan de otro buey con quien araba, ¿qué bramido será el de tu corazón cuando te aparten de todos aquellos con cuya compañía trajiste a cuestas el yugo de las cargas de esta vida?

Considera también la pena que el hombre allí recibe cuando se le representa en lo que han de parar el cuerpo y el ánima después de la muerte, porque del cuerpo ya sabe que no le puede caber otra suerte mejor que un hoyo de siete pies de largo en compañía de los otros muertos; mas del ánima no sabe cierto lo que será, ni qué suerte le ha de caber. Ésta es una de las mayores congojas que allí se padecen: saber que hay gloria y pena para siempre, y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cuál de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber.

Tras ésta congoja se sigue otra no menor, que es la cuenta que allí se tiene de dar, la cual es tal que hace temblar aún a los más esforzados. De Arsenio se escribe que estando ya para morir empezó a temer. Y como sus discípulos le dijesen: Padre, y tú ahora temes. Respondió: Hijos, no es nuevo en mí este temor, porque siempre viví con él. Allí, pues, se le representan al hombre todos los pecados de la vida pasada como un escuadrón de enemigos que vienen a dar sobre él, y los más grandes y en qué mayor deleite recibió, ésos se representan más vivamente y son causa de mayor temor. ¡Oh, cuán amarga es allí la memoria del deleite pasado, que en otro tiempo parecía más dulce! Por cierto, con mucha razón, dijo el Sabio (Prov.23, 31-32): No mires al vino cuando está rubio y cuando resplandece en el vidrio su color, porque aunque el tiempo del beber parece blando, mas a la postre muerde como culebra y derrama su- ponzoña como basilisco. Éstas son las heces de aquel brebaje ponzoñoso del enemigo; éste es el dejo que tiene aquel cáliz de Babilonia por de fuera dorado. Pues entonces el hombre miserable, viéndose cercado de tantos acusadores, comienza a temer la tela de este juicio y a decir entre sí: Miserable de mí, que tan engañado he venido y por tales caminos he andado, ¿qué será de mi obra en este juicio? Si san Pablo dice (Gal.6, 8) que lo que el hombre hubiere sembrado, eso cogerá, yo que ninguna otra cosa he sembrado, sino obras de carne, ¿qué espero coger de aquí sino corrupción?

Si san Juan dice (Apoc.21, 27) que en aquella soberana ciudad, que es todo oro limpio, no ha de entrar cosa sucia, ¿qué espera quien tan sucia y tan torpemente ha vivido?

Después de esto suceden los sacramentos de la Confesión y Comunión y de la Extremaunción, que es el último socorro con que la Iglesia nos puede ayudar en aquel trabajo, y así en éste como en los otros debes considerar las ansias y congojas que allí el hombre padecerá por haber vivido mal, y cuánto quisiera haber llevado otro camino, y qué vida haría entonces si le diesen tiempo para eso, y cómo allí se esforzará a llamar a Dios, y los dolores y la prisa de la enfermedad apenas le darán lugar.

Mira también aquellos postreros accidentes de la enfermedad, que son como mensajeros de la muerte, cuán espantosos son y cuán para temer. Levántase el pecho, enronquécese la voz, muérense los pies, hiélanse las rodillas, afílanse las narices, húndense los ojos, párase el rostro difunto, y luego la lengua no acierta a hacer su oficio; finalmente, con la gran prisa del ánima que se parte, turbados todos los sentidos pierden su valor y su virtud. Mas, sobre todo, el ánima es la que allí padece los mayores trabajos, porque allí está batallando y agonizado, parte por la salida y parte por el temor de la cuenta que se le apareja; porque ella, naturalmente, rehúsa la salida y ama la estada y teme la cuenta.

Salida ya el ánima de la carne, aún te quedan dos caminos por andar, el uno acompañando el cuerpo hasta la sepultura, y el otro siguiendo el ánima hasta la determinación de su causa, considerando lo que a cada una de estas partes acaecerá. Mira, pues, cuál queda el cuerpo después que su ánima la desampara, y cuál esa noble vestidura que le aparejan para enterrarlo, y cuán presto procuran echarlo de casa. Considera su enterramiento con todo lo que él pasará, el doblar de las campanas, el preguntar todos por el muerto, los oficios y cantos dolorosos de la Iglesia, el acompañamiento y sentimiento che los amigos, y, finalmente, todas las particularidades que allí suelen acaecer hasta dejar el cuerpo en la sepultura, donde quedará sepultado en aquella tierra de perpetuo olvido.

Dejado el cuerpo en la sepultura, vete luego en pos del ánima y mira el camino que llevará por aquella nueva región, y en lo que, finalmente, parará, y cómo será juzgada. Imagina que estás ya presente en este juicio, y que toda la corte del cielo está aguardando el fin de esta sentencia, donde se hará el cargo y el descargo de todo lo recibido hasta el cabo de la agujeta. Allí se pedirá cuenta de la vida, de la hacienda, de la familia, de las inspiraciones de Dios, de los aparejos que tuvimos para bien vivir, y sobre todo de la sangre de Cristo, y allí será cada uno juzgado según la cuenta que diere de lo recibido.

CAPÍTULO II.4. EL JUEVES

 

Este día pensarás en el juicio final, para que con esta consideración se despierten en tu ánima aquellos dos tan principales afectos que debe tener todo fin cristiano, conviene a saber: temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

Piensa, pues, primeramente, cuán terrible será aquel día en el cual se averiguarán las causas de todos los hijos de Adán, y se concluirán, los procesos de nuestras vidas, y se dará sentencia definitiva de lo que para siempre ha de ser. Aquel día abrazará en sí los días de todos los siglos presentes, pasados y los venideros, porque en él dará el mundo cuenta de todos estos tiempos y en él derramará la ira y saña que tiene recogida en todos los siglos. Pues que tan arrebatado saldrá entonces aquel tan caudaloso río de la indignación divina, teniendo tantas acogidas de ira y saña, cuantos pecados se han hecho dende el principio del mundo.

Lo segundo, considera las señales espantosas que precederán a este día, porque, como dice el Salvador (Lc.21,11-55), antes que venga este día habrá señales en el sol y en la luna y en las estrellas, y, finalmente, en todas las criaturas del cielo y de la tierra. Porque todas ellas sentirán su fin antes que fenezcan, y se estremecerán y comenzarán a caer primero que caigan. Mas los hombres, dice, andarán secos y ahilados de muerte, oyendo los bramidos espantosos de la mar, y viendo las grandes olas y tormentas que levantará, barruntando por aquello las grandes calamidades y miserias que amenazan al mundo con tan temerosas señales. Y así andarán atónitos y espantados, las caras amarillas y desfiguradas, antes de la muerte muertos y antes del juicio sentenciados, midiendo los peligros con’ sus propios temores, y tan ocupados cada uno con el suyo, que no se acordará del ajeno, aunque sea padre o hijo. Nadie habrá para nadie, porque nadie bastará para sí solo.

Lo tercero, considera aquel diluvio universal de fuego que vendrá delante del juez, y aquel sonido temeroso de la trompeta que tocará el Arcángel para convocar todas las generaciones del mundo a que se junten en su lugar y se hallen presentes en juicio; y, sobre todo, la majestad espantable con que ha de venir el juez.

Después de esto considera cuán estrecha será la cuenta que allí a cada uno se pedirá. Verdaderamente, dice Job (Job.3, 3) no podrá ser el hombre justificado si se compara con Dios. Y si se quiere poner con Él en juicio, de mil cargos que le haga no le podrá responder a solo uno. Pues ¿qué sentirá entonces cada uno de los malos, cuando entre Dios con él en este examen, y allá dentro de su conciencia diga así?: Ven acá, hombre malo, ¿qué viste en mí, porque así me despreciaste y te pasaste al bando de mi enemigo? Yo te crié a mi imagen y semejanza. Yo te di la lumbre de la fe, y te hice cristiano, y te redimí con mi propia sangre. Por ti ayuné, caminé, velé, trabajé y sudé gotas de sangre. Por ti sufrí persecuciones, azotes, blasfemias, escarnios, bofetadas, deshonras, tormentos y cruz. Testigos son esta cruz y clavos que aquí parecen; testigos estas llagas de pies y manos, que en mi cuerpo quedaron; testigos el cielo y la tierra, delante de quien padecí. ¿Pues qué hiciste de esa ánima tuya, que yo con mi sangre hice mía; en cuyo servicio empleaste lo que yo compré tan caramente? ¡Oh, generación loca, adúltera! ¿Por qué quisiste más servir a ese enemigo tuyo con trabajo, que a mí, tu Redentor y Criador, con alegría? Llaméos tantas veces, y no me respondisteis; toqué a vuestras puertas, y no despertasteis; extendí mis manos en la cruz, y no lo mirasteis; menospreciasteis mis consejos y todas mis promesas y amenazas; pues decid ahora vosotros, ángeles; juzgad vosotros, jueces, entre mí, y mi viña, ¿qué más debí yo hacer por ella de lo que hice? (Is.5) ¿Pues qué responderán aquí los malos, los burladores de las cosas divinas, los mofadores de la virtud, los menospreciadores de la simplicidad, los que tuvieron más cuenta con las leyes del mundo que con la de Dios, los que a todas sus voces estuvieron sordos, a todas sus inspiraciones insensibles, a todos sus mandamientos rebeldes y a todos sus azotes y beneficios, ingratos y duros? ¿Qué responderán los que vivieron como si creyeran que no había Dios, y los que con ninguna ley tuvieron cuenta, sino con sólo su interés? ¿Qué haréis los tales, dice Isaías (Is.10, 3) en el día de la visitación y calamidad que os vendrá de lejos? ¿A quién pediréis socorro, y qué os aprovechará la abundancia de vuestras riquezas?

Lo quinto, considera, después de todo esto, la terrible sentencia que el juez fulminará contra los malos, y aquella temerosa palabra que hará reteñir las orejas de quien lo oyere: Sus labios, dice Isaías (Is.30, 27) están llenos de indignación, y su lengua es como fuego que traga. ¿Qué fuego abrasará tanto como aquellas palabras (Mt.25, 45): Apartaos de mí, malditos, al fuego perdurable que está aparejado para Satanás y para sus ángeles? En cada una de las cuales palabras tienes mucho que sentir y que pensar, en el apartamiento, en la maldición, en el fuego, en la compañía y, sobre todo, en la eternidad.

CAPÍTULO II.5. EL VIERNES

 

Este día meditarás en las penas del infierno, para que con esta meditación también se confirme más tu ánima en el temor de Dios y aborrecimiento del pecado.

Estas penas, dice san Buenaventura, se deben imaginar debajo de algunas figuras y semejanzas corporales que los santos nos enseñaron. Por lo cual será cosa conveniente imaginar el lugar del infierno (según él mismo dice) como un lago obscuro y tenebroso, puesto debajo de la tierra, o como un pozo profundísimo lleno de fuego, o como una ciudad espantable y tenebrosa, que toda arde en vivas llamas, en la cual no suena otra cosa sino voces y gemidos de atormentadores y atormentados, con perpetuo llanto y crujir de dientes.

Pues en este malaventurado lugar se padecen dos penas principales: la una que llaman de sentido y la otra de daño. Y cuanto a la primera, piensa cómo no habrá allí sentido alguno dentro ni fuera de ánima que no esté penando con su propio tormento, porque así como los malos ofendieron a Dios con todos sus miembros y sentidos y de todos hicieron armas para servir al pecado, así ordenará el que cada uno de ellos pene con su propio tormento y pague su merecido. Allí los ojos adúlteros y deshonestos padecerán con la visión horrible de los demonios. Allí las orejas que se dieron a oír mentiras y palabras torpes, oirán perpetuas blasfemias y gemidos. Allí las narices amadoras de perfumes y olores sensuales, serán llenas de intolerable hedor. Allí el gusto que se regalaba con diversos manjares y golosinas, será atormentado con rabiosa hambre y sed. Allí la lengua murmuradora y blasfema será amargada con hiel de dragones. Allí el tacto amador de regalos y blanduras, andará nadando en aquellas heladas, dice Job, del río Cocyto (Job.21, 33), y entre los ardores y llamas del fuego. Allí la imaginación padecerá con la aprensión de los dolores presentes; la memoria, con la recordación de los placeres pasados; el entendimiento, con la representación de los males venideros, y la voluntad, con grandísimas iras y rabias que los malos tendrán contra Dios. Finalmente, allí se hallarán en uno todos los males y tormentos que se pueden pensar, porque, como dice san Gregorio, allí habrá frío que no se pueda sufrir, fuego que no se pueda apagar, gusano inmortal, hedor intolerable, tinieblas palpables, azotes de atormentadores, visión de demonios, confusión de pecados y desesperación de todos los bienes. Pues dime ahora: si el menor de todos estos males que hay acá se padeciese por muy pequeño espacio de tiempo, sería tan recio de llevar, ¿qué será padecer allí en un mismo tiempo toda esta muchedumbre de males en todos los miembros y sentidos interiores y exteriores, y esto no por espacio de una noche sola, ni de mil, sino de una eternidad infinita? ¿Qué sentidos? ¿Qué palabras? ¿Qué juicio hay en el mundo que pueda sentir ni encarecer esto como es?

Pues no es ésta la mayor de las penas que allí se pasan: otra hay sin comparación mayor, que es la que llaman los teólogos pena de daño, la cual es haber de carecer para siempre de la vista de Dios y de su gloriosa compañía, porque tanto es mayor una pena, cuanto priva al hombre de mayor bien, y pues Dios es el mayor bien de los bienes, así carecer de él será el mayor mal de los males, cual de verdad es éste.

Éstas son las penas que generalmente competen a todos los condenados. Mas allende estas penas generales, hay otras particulares que allí padecerá cada uno conforme a la calidad de su delito. Porque una será allí la pena del soberbio, y otra la del envidioso, y otra la del avariento, y otra la del lujurioso, y así los demás. Allí se tasará el dolor conforme al deleite recibido, y la confusión conforme a la presunción y soberbia, y la desnudez conforme a la demasía y abundancia, y el hambre y sed conforme al regalo y la hartura pasada.

A todas estas penas sucede la eternidad del padecer, que es como el sello y la llave de todas ellas, porque todo esto aún sería tolerable si fuese finito, porque ninguna cosa es grande si tiene fin. Mas pena que no tiene fin, ni alivio, ni declinación, ni disminución, ni hay esperanza que se acabará jamás, ni la pena, ni el que la da, ni el que la padece, sino que es como un destierro preciso y como un sambenito irremisible, que nunca jamás se quita; esto es cosa para sacar de juicio a quien atentamente lo considera.

Ésta es, pues, la mayor de las penas que en aquel malaventurado lugar se padecen; porque si estas penas hubieran de durar por algún tiempo limitado, aunque fuera mil años, o cien mil años, o, como dice un Doctor, si esperasen que se habían de acabar en agotándose toda el agua del mar Océano, sacando cada mil años una sola gota del mar, aun esto les sería algún linaje de consuelo. Mas esto no es así, sino que sus penas compiten con la eternidad de Dios, y la duración de su miseria con la duración de su divina gloria; en cuanto Dios viviere, ellos morirán, y cuando Dios dejare de ser el que es, dejarán de ser ellos lo que son; pues en esta duración, en esta eternidad querría yo, hermano mío, que hincases los ojos de la consideración, y que (como animal limpio) rumiases ahora este paso dentro de ti, pues clama en su Evangelio aquella eterna verdad, diciendo: El cielo y la tierra faltarán; mas mis palabras no faltarán (Mt.24,24-25).

CAPÍTULO II.6. EL SÁBADO

 

Este día pensarás en la gloria de los bienaventurados, para que por aquí se mueva tu corazón al menosprecio del mundo y deseo de la compañía de ellos. Pues para entender algo de este bien puedes considerar estas cinco cosas, entre otras que hay en él, conviene a saber: la excelencia del lugar, el gozo de la compañía, la visión de Dios, la gloria de los cuerpos y, finalmente, el cumplimiento de todos los bienes que allí hay.

Primeramente, considera la excelencia del lugar, y señaladamente la grandeza del que es admirable, porque cuando el hombre lee en algunos graves autores que cualquiera de las estrellas del cielo es mayor que toda la tierra, y aunque hay algunas de ellas de tan notable grandeza, que son noventa veces mayores que toda ella; y con esto alza los ojos al cielo, y ve en él tanta muchedumbre de estrellas y tantos espacios vacíos, donde podrían caber otras tantas muchas más, cómo no se espanta? ¿Cómo no queda atónito y fuera de sí considerando la inmensidad de aquel lugar, y mucho más la de aquel soberano Señor que lo creó?

Pues la hermosura de él no se puede explicar con palabras, porque si en este valle de lágrimas y lugar de destierro creó Dios cosas tan admirables y de tanta hermosura, ¿qué habrá creado en aquel lugar que es aposento de su gloria, trono de su grandeza, palacio de Su Majestad, casa de sus escogidos y paraíso de todos los deleites?

Después de la excelencia del lugar considera la nobleza de los moradores de él, cuyo número, cuya santidad, cuyas riquezas y hermosura excede todo lo que se puede pensar. San Juan dice (Apc.5, 7) que es tan grande la muchedumbre de los escogidos, que nadie basta para poder contarlos. San Dionisio dice que es tan grande el número de los ángeles, que excede sin comparación al de todas cuantas cosas materiales hay en la tierra. Santo Tomás, conformándose con este parecer, dice: Que así como la grandeza de los cielos excede a la tierra sin proporción, así la muchedumbre de aquellos espíritus gloriosos excede a la de todas las cosas materiales que hay en este mundo con esta misma ventaja. Pues ¿qué cosa puede ser más admirable? Por cierto, cosa es ésta que, si bien se considerase, bastaba para dejar atónitos a todos los hombres. Y si cada uno de aquellos bienaventurados espíritus (aunque sea el menor de ellos) es más hermoso de ver que todo este mundo visible, ¿qué será ver tanto número de espíritus tan hermosos y ver las perfecciones y oficios de cada uno de ellos? Allí discurren los ángeles, ministran los arcángeles, triunfan los principados y alégranse las potestades, enseñorean las dominaciones, resplandecen las virtudes, relampaguean los tronos, lucen los querubines y arden los serafines, y todos cantan alabanzas a Dios. Pues si la compañía y comunicación de los buenos es tan dulce y amigable, ¿qué será tratar allí con tantos buenos, hablar con los apóstoles, conversar con los profetas, comunicar con los mártires y con todos los escogidos?

Y si tan grande gloria es gozar de la compañía de los buenos, ¿qué será gozar de la compañía y presencia de Aquel a quien alaban las estrellas de la mañana, de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan, ante cuyo merecimiento se arrodillan los ángeles y todos aquellos espíritus soberanos? ¿Qué será ver aquel bien universal en quien están todos los bienes, y aquel mundo mayor en quien están todos los mundos, y Aquel que siendo Uno es todas las cosas, y siendo simplicísimo, abraza las perfecciones de todas? Si tan grande cosa fue oír y ver al rey Salomón, que decía la reina de Saba: Bienaventurados los que asisten delante de ti y gozan de tu sabiduría, ¿qué será ver aquel sumo Salomón, aquella eterna sabiduría, aquella infinita grandeza, aquella inestimable hermosura, aquella inmensa bondad, y gozar de ella para siempre? Ésta es la gloria esencial de los santos, éste el último fin y puerto de todos nuestros deseos.

Considera, después de esto, la gloria de los cuerpos, los cuales gozarán de aquellos cuatro singulares dotes, que son sutileza, ligereza, impasibilidad y claridad, la cual será tan grande, que cada uno de ellos resplandecerá como el sol en el reino de su Padre. Pues si no más de un sol, que está en medio del cielo, basta para dar luz y alegría a todo este mundo, ¿qué harán tantos soles y lámparas como allí resplandecerán? Pues ¿qué diré de todos los otros bienes que allí hay? Allí habrá salud sin enfermedad, libertad sin servidumbre, hermosura sin fealdad, inmortalidad sin corrupción, abundancia sin necesidad, sosiego sin turbación, seguridad sin temor, conocimiento sin error, hartura sin hastío, alegría sin tristeza y honra sin contradicción. Allí será -dice san Agustín- verdadera la gloria, donde ninguno será alabado por error ni por lisonja. Allí será verdadera la honra, la cual ni se negará al digno, ni se concederá al indigno. Allí será verdadera la paz, donde ni de sí ni de otro será el hombre molestado. El premio de la virtud será el mismo que dio la virtud y se prometió por galardón de ella, el cual se verá sin fin, y se amará sin hastío, y se alabará sin cansancio. Allí el lugar es ancho, hermoso, resplandeciente y seguro, la compañía muy buena y agradable, el tiempo de una manera: no hay distinto en tarde y mañana, sino continuado con una simple eternidad. Allí habrá perpetuo verano, que con el frescor y aire del Espíritu Santo siempre florece. Allí todos se alegran, todos cantan y alaban a Aquel sumo dador de todo, por cuya largueza viven y reinan para siempre. ¡Oh Ciudad Celestial, morada segura, tierra donde se halla todo lo que deleita! ¡Pueblo sin murmuración, vecinos quietos y hombres sin ninguna necesidad! ¡Oh si se acabase ya esta contienda! ¡Oh sise concluyesen los días de mi destierro!, ¿cuándo llegará ese día? ¿Cuándo vendré y pareceré ante la cara de mi Dios?

CAPÍTULO II.7. EL DOMINGO

 

Este día pensarás en los beneficios divinos, para dar gracias al Señor por ellos y encenderte más en el amor de quien tanto bien te hizo. Y aunque estos beneficios sean innumerables, más puedes tú, a lo menos, considerar estos cinco más principales, conviene a saber: de la Creación, Conservación, Redención, Vocación, con los otros beneficios particulares y ocultos.

Y primeramente, cuando al beneficio de la creación, considera con mucha atención lo que eras antes que fueses criado, y lo que Dios hizo contigo, y te dio, ante todo merecimiento, conviene a saber: ese cuerpo con todos sus miembros y sentidos, y esa tan excelente ánima, con aquellas tres tan notables potencias, que son entendimiento, memoria y voluntad. Y mira bien que darte esta tal ánima fue darte todas las cosas, pues ninguna perfección hay en alguna criatura que el hombre no la tenga en su manera, por donde parece que darnos esta pieza sola fue darnos de una vez todas las cosas juntas.

Cuando al beneficio de la conservación, mira cuán colgado está todo tu ser de la Providencia divina; cómo no vivirías un punto, ni darías un paso, si no fuese por Él; cómo todas las cosas del mundo crió para tu servicio: la mar, la tierra, las aves, los peces, los animales, las plantas, hasta los mismos ángeles del cielo. Considera con esto la salud que te da, las fuerzas, la vida, el mantenimiento, con todos los otros socorros temporales. Y, sobre todo esto, pondera mucho las miserias y desastres en que cada día ves caer los otros hombres, en los cuales pudieras tú también haber caído si Dios, por su piedad, no te hubiera preservado.

Cuanto al beneficio de la redención, puedes considerar dos cosas: la primera, cuántos y cuán grandes hayan sido los bienes que nos dio mediante el beneficio de la redención; y la segunda, cuántos y cuán grandes hayan sido los males que padeció en su cuerpo y ánima santísima, para ganarnos estos bienes; y para sentir más lo que debes a este Señor por lo que por ti padeció, puedes considerar estas cuatro principales circunstancias en el misterio de su Sagrada Pasión, conviene a saber: quién padece, qué es lo que padece, por quién padece y por qué causa lo padece. ¿Quién padece? Dios.

¿Qué padece? Los mayores tormentos y deshonras que jamás se padecieron. ¿Por quién padece? Por criaturas infernales y abominables, y semejantes a los mismos demonios en sus obras. ¿Por qué causa padece? No por su provecho ni por nuestro merecimiento, sino por las entrañas de su infinita caridad y misericordia.

Cuanto al beneficio de la vocación, considera primeramente cuán grande merced de Dios fue hacerte cristiano, y llamarte a la fe por medio del bautismo y hacerte también participante de los otros sacramentos. Y si después de este llamamiento, perdida ya la inocencia, te sacó de pecado, y volvió a su gracia, y te puso en estado de salud, ¿cómo te podrás alabar por este beneficio? ¡Qué tan grande misericordia fue aguardarte tanto tiempo y sufrirte tantos pecados, y enviarte tantas inspiraciones, y no cortarte el hilo de la vida como se cortó a otros en ese mismo estado; y, finalmente, llamarte con tan poderosa gracia que resucitases de muerte a vida y abrieses los ojos a la luz! ¡Qué misericordia fue, después de ya convertido, darte gracia para no volver al pecado, y vencer al enemigo y perseverar en lo bueno! Éstos son los beneficios públicos y conocidos: otros hay secretos, que no los conoce sino el que los ha recibido, y aun otros hay tan secretos, que el mismo que los recibió no los conoce, sino sólo aquel que los hizo. ¡Cuántas veces habrás en este mundo merecido por tu soberbia, o negligencia, o desagradecimiento, que Dios te desamparase, como habrá desamparado a otros muchos por alguna de estas causas, y no lo ha hecho! ¡Cuántos males, y ocasiones de males, habrá prevenido el Señor con su providencia deshaciendo las redes del enemigo, y acortándole los pasos, y no dando lugar a sus tratos y consejos! ¡Cuántas veces habrá hecho con cada uno de nosotros aquello que él dijo a san Pedro (Lc.22, 31): Mira que Satanás andaba muy negociado para aventaros a todos como a trigo, mas yo he rogado por ti, que no desfallezca tu fe! Pues, ¿quién podrá saber esos secretos sino Dios? Los beneficios Positivos, bien los puede a veces conocer el hombre, mas los privativos, que no consisten en hacernos bienes, sino en librarnos de males, ¿quién los conocerá? Pues así por éstos, como por los otros, es razón que demos siempre gracias al Señor, y que entendamos cuán alcanzados andamos de cuenta, y cuánto más es lo que le debemos que lo que le podemos pagar, pues aún no lo podemos entender.

CAPÍTULO III

 

DEL TIEMPO Y FRUTO DE ESTAS MEDITACIONES SUSODICHAS

 

Éstas son, cristiano lector, las primeras siete meditaciones en que puedes filosofar y ocupar tu pensamiento por los días de la semana, no porque no puedas también pensar en otras cosas y en otros días además de éstos, porque, como ya dijimos, cualquiera cosa que induce nuestro corazón a amor y temor de Dios y guarda de sus Mandamientos es materia de meditación. Pero señálanse estos pasos que tengo dichos: lo uno, porque son los principales misterios de nuestra fe y los que, cuanto es de su parte, más nos mueven a lo dicho; y lo otro, porque los principiantes (que han menester leche) tengan aquí casi masticadas y digeridas las cosas que pueden meditar, porque no anden como peregrinos en extraña región, discurriendo por lugares inciertos, tomando unas cosas y dejando otras, sin tener estabilidad en ninguna.

También es de saber que las meditaciones de esta semana son muy convenientes, como ya dijimos, para el principio de la conversión (que es cuando el hombre de nuevo se vuelve a Dios, porque entonces conviene comenzar por todas aquellas cosas que nos pueden mover a dolor y aborrecimiento del pecado y temor de Dios y menosprecio del mundo, que son los primeros escalones de este camino. Y por esto deben, los que comienzan, perseverar por algún espacio de tiempo en la consideración de estas cosas, para que así se funden más en las virtudes y afectos susodichos.

 

CAPÍTULO IV

 

DE LAS OTRAS SIETE MEDITACIONES DE LA SAGRADA PASIÓN Y DE LA MANERA QUE HABEMOS DE TENER EN MEDITARLA

 

Después de éstas, se siguen las otras siete meditaciones de la. Sagrada Pasión, Resurrección y Ascensión de Cristo, a las cuales se podrán añadir los otros pasos principales de su vida sacratísima.

Aquí es de notar que seis cosas se han de meditar en la pasión de Cristo: La grandeza de sus dolores, para compadecernos de ellos. La gravedad de nuestro pecado, que es la causa, para aborrecerlo. La grandeza del beneficio, para agradecerlo. La excelencia de la Divina bondad y caridad, que allí se descubre, para amarla. La conveniencia del misterio, para maravillarse de él. Y la muchedumbre de las virtudes de Cristo, que allí resplandecen, para imitarlas. Pues conforme a esto, cuando vamos meditando debemos ir inclinando nuestro corazón, unas veces a compasión de los dolores de Cristo, pues fueron los mayores del mundo, así por la delicadeza de su cuerpo, como por la grandeza de su amor, como también por padecer sin ninguna manera de consolación, como en otra parte está declarado. Otras veces debemos tener respeto a sacar de aquí motivos de dolor de nuestros pecados, considerando que ellos fueron la cause de que Él padeciese tantos y tan graves dolores como padeció. Otras veces debemos sacar de aquí motivos de amor y agradecimiento, considerando la grandeza del amor que Él por aquí nos descubrió y la grandeza de beneficio que nos hizo redimiéndonos tan copiosamente, con tanta costa suya y tanto provecho nuestro.

Otras veces debemos levantar los ojos a pensar la conveniencia del medio que Dios tomó para curar nuestra miseria, esto es, para satisfacer por nuestras deudas, para socorrer nuestras necesidades, para merecernos su gracia y humillar nuestra soberbia, e inducirnos al menosprecio del mundo, al amor de la cruz, de la pobreza, de la aspereza, de las injurias y de todos los otros virtuosos y honestos trabajos.

Otras veces debemos poner los ojos en los ejemplos de virtudes que en su sacratísima vida y muerte resplandecen, en su mansedumbre, paciencia, obediencia, misericordia, pobreza, aspereza, caridad, humildad, benignidad, modestia y en todas las otras virtudes, que en todas sus obras y palabras, más que las estrellas en el cielo, resplandecen, para imitar algo de lo que en Él vemos, porque no tengamos ocioso el espíritu y gracia, que de Él para esto recibimos, y así caminemos a El por Él. Ésta es la más alta y la más provechosa manera que hay de meditar la pasión de Cristo, que es por vía de imitación, para que por la imitación vengamos a la transformación, y así podamos ya decir con el Apóstol (Gal.2, 20): Vivo yo, ya no yo, más vive en mí Cristo.

Además de esto, conviene en todos estos pasos tener a Cristo ante los ojos presente y hacer cuenta que lo tenemos delante cuando padece, y tener cuenta, no sólo con la historia de su pasión, sino también con todas las circunstancias de ella, especialmente con estas cuatro: ¿Quién padece? ¿Por quién padece? ¿Cómo padece? ¿Por qué causa padece? ¿Quién padece? Dios Todopoderoso, infinito, inmenso etc. ¿Por quién padece? Por la más ingrata y desconocida criatura del mundo. ¿Cómo padece? Con grandísima humildad, caridad, benignidad, mansedumbre, misericordia, paciencia, modestia, etc. ¿Porqué causa padece? No por algún interés suyo ni merecimiento nuestro, sino por solas las entrañas de su infinita piedad y misericordia. Además de esto, no se contente el hombre con mirar lo que por fuera padece, sino mucho más hay que contemplar en el ánima de Cristo que en el cuerpo de Cristo, así en el sentimiento de sus dolores, como en los otros afectos y consideraciones que en ella había.

Presupuesto, pues, ahora este pequeño preámbulo, comencemos a repetir y poner por orden los misterios de esta Sagrada Pasión.

Síguense las otras siete Meditaciones de la Sagrada Pasión

CAPÍTULO IV.1. EL LUNES

 

Este día, hecha la señal de la cruz con la preparación que adelante se pone, se ha de pensar el lavatorio de los pies y la institución del Santísimo Sacramento.

Considera, pues, oh ánima mía, en esta cena, a tu dulce y benigno Jesús, y mira el ejemplo inestimable de humildad que aquí te da levantándose de la mesa y lavando los pies a sus discípulos. ¡Oh buen Jesús! ¿Qué es eso que haces? ¡Oh dulce Jesús! ¿Por qué tanto se humilla tu Majestad? Qué sintieras, ánima mía, si vieras allí a Dios arrodillado ante los pies de los hombres y ante los pies de Judas. ¡Oh cruel!, ¿cómo no te ablanda el corazón esa tan grande humildad? ¿Cómo no te rompe: las entrañas esa tan grande mansedumbre? ¿Es posible que tú hayas ordenado de vender este mansísimo Cordero? ¿Es posible que no te hayas ahora compungido con este ejemplo? ¡Oh blancas y hermosas manos!, ¿cómo podéis tocar pies tan sucios y abominables? ¡Oh purísimas manos!, ¿cómo no tenéis asco de lavar los pies enlodados en los caminos y tratos de vuestra sangre? ¡Oh apóstoles bienaventurados!, ¿cómo no tembláis viendo esa tan grande humildad? Pedro, ¿qué haces; por ventura, consentirás que el Señor de la Majestad te lave los pies? Maravillado y atónito san Pedro, como viese al Señor arrodillado delante de sí, comenzó a decir (Io.13, 6): ¿Tú, Señor, lávasme a mí los pies? ¿No eres tú Hijo de Dios vivo? ¿No eres tú el Creador del mundo, la hermosura del cielo, paraíso de los ángeles, el remedio de los hombres, el resplandor de la gloria del Padre, la fuente de la sabiduría de Dios en las alturas? ¿Pues Tú me quieres a mí lavar los pies? ¿Tú, Señor de tanta majestad y gloria, quieres entender en oficio de tan gran bajeza?

Considera también cómo, en acabando de lavar los pies, los limpia con aquel sagrado lienzo que estaba ceñido y sube más arriba con los ojos del ánima, y verás allí representado el Misterio de nuestra Redención. Mira cómo aquel lienzo recogió en sí toda la inmundicia de los pies sucios, y así ellos quedaron limpios y el lienzo quedaría todo manchado y sucio después de hecho este oficio. ¿Qué cosa más sucia que el hombre concebido en pecado, y qué cosa más limpia y más hermosa que Cristo concebido de Espíritu Santo? Blanco y colorado es mi Amado, dice la Esposa (Cant.5, 10), y escogido entre millares. Pues este tan hermoso y tan limpio quiso recibir en sí todas las manchas y fealdades de nuestras ánimas, y dejándolas limpias y libres de ellas, Él quedó (como lo ves) en la Cruz, amancillado y afeado con ellas.

Después de esto, considera aquellas palabras con que dio fin el Salvador a esta historia, diciendo (Io.13, 15): Ejemplo os he dado, para que como Yo lo hice, así vosotros lo hagáis. Las cuales palabras no sólo se han de referir a este paso y ejemplo de humildad, sino también a todas las obras y vida de Cristo, porque ella es un perfectísimo dechado de todas las virtudes, especialmente de la que en este lugar se nos representa.

De la institución del Santísimo Sacramento

Para entender algo de este misterio, has de presuponer que ninguna lengua criada puede declarar la grandeza del amor que Cristo tiene a su Esposa la Iglesia; y, por consiguiente, a cada una de las ánimas que están en gracia, porque cada una de ellas es también esposa suya. Pues queriendo este Esposo dulcísimo partirse de esta vida y ausentarse de su Esposa la Iglesia (porque esta ausencia no le fuese causa de olvido), dejóle por memorial este Santísimo Sacramento (en que se quedaba Él mismo), no queriendo que entre Él y ella hubiese otra prenda que despertarse su memoria, sino sólo Él. Quería también el Esposo en esta ausencia tan larga dejar a su Esposa compañía, porque no se quedase sola; y dejóle la de Éste Sacramento, donde se queda Él mismo, que era la mejor compañía que le podía dejar. Quería también entonces ir a padecer muerte por la Esposa y redimirla, y enriquecerla con el precio de su sangre. Y porque ella pudiese (cuando quisiese) gozar de este tesoro, dejóle las llaves de él en este Sacramento; porque (como dice san Crisóstomo) todas las veces que nos llegamos a él, debemos pensar que llegamos a poner la boca en el costado de Cristo, y bebemos de aquella preciosa Sangre, y nos hacemos participantes de Él. Deseaba, otrosí, este celestial Esposo, ser amado de su Esposa con grande amor y para esto ordenó este misterioso bocado con tales palabras consagrado que quien dignamente lo recibe, luego es tocado y herido de este amor.

Quería también asegurarla, y darle prendas de aquella bienaventurada herencia de gloria, para que con la esperanza de este bien pasase alegremente por todos los otros trabajos y asperezas de esta vida. Pues para que la Esposa tuviese cierta y segura la esperanza de este bien, dejóle acá en prendas este inefable tesoro que vale tanto como todo lo que allá se espera, para que no desconfiase, que se le dará Dios en la gloria, donde vivirá en espíritu, pues no se le negó en este valle de lágrimas, donde vive en carne.

Quería también a la hora de su muerte hacer testamento y dejar a la Esposa alguna manda señalada para su remedio, y dejóle ésta, que era la más preciosa y provechosa que le pudiera dejar, pues en ella se deja a Dios.

Quería, finalmente dejar a nuestras ánimas suficiente provisión y mantenimiento con que viviesen, porque no tiene menor necesidad el ánima de su propio mantenimiento para vivir vida espiritual, que el cuerpo del suyo para la vida corporal. Pues para esto ordenó este tan sabio Médico (el cual también tenía tomados los pulsos de nuestra flaqueza) este Sacramento, y por eso lo ordena en especie de mantenimiento, para que la misma especie en que lo instituyó nos declarase el efecto que obraba, y la necesidad que nuestras ánimas de él tenían, no menor que la que los cuerpos tienen de su propio manjar.

CAPÍTULO IV.2. EL MARTES

 

Este día pensarás en la Oración del Huerto, y en la Pasión del Salvador, y en la entrada y afrentas de la casa de Anás.

Considera, pues, primeramente cómo acabada aquella misteriosa Cena, se fue -el Señor con sus discípulos al monte Olivete a hacer oración antes que entrase en la batalla de su pasión, para enseñarnos cómo en todos los trabajos y tentaciones de esta vida hemos siempre de recurrir a la oración como a una sagrada áncora, por cuya virtud o nos será quitada la carga de la tribulación, o se nos darán fuerzas para llevarla, que es otra gracia mayor. Para compañía de este camino tomó consigo aquellos tres amados discípulos, san Pedro, Santiago y san Juan (Mt.17), los cuales habían sido testigos de su gloriosa Transfiguración, para que ellos mismos viesen cuán diferente figura tomaba ahora por amor de los hombres el que tan glorioso se les había mostrado en aquella visión. Y porque entendiesen que no eran menores los trabajos interiores de su ánima que los que por de fuera comenzaba a descubrir, díjoles aquellas tan dolorosas palabras: Triste está mi ánima hasta la muerte. Esperadme aquí, y velad conmigo (Mt.26, 37). Acabadas estas palabras, apartóse el Señor de los discípulos cuanto un tiro de piedra, y, postrado en tierra con grandísima reverencia, comenzó su oración diciendo: Padre, si es posible, traspasa de Mí este cáliz: mas no se haga como Yo lo quiero, sino como Tú (Mt.17, 39). Y hecha esta oración tres veces, a la tercera fue puesto en tan grande agonía, que comenzó a sudar gotas de sangre, que iban por todo su sagrado Cuerpo hilo a hilo hasta caer en tierra. Considera, pues, al Señor en este paso tan doloroso, y mira cómo representándosele allí todos los tormentos que había de padecer, aprendiendo perfectísimamente tan crueles dolores como se aparejaban para el más delicado de los cuerpos, y poniéndoselo delante todos los pecados del mundo (por los cuales padecía) y el desagradecimiento de tantas ánimas, que no habían de reconocer este beneficio, ni aprovecharse de tan grande y costoso remedio fue su ánima en tanta manera angustiada, y sus sentidos y carne delicadísima tan turbados, que todas las fuerzas y elementos de su cuerpo se destemplaron, y la carne bendita se abrió por todas partes y dio lugar a la sangre que manase por toda ella en tanta abundancia que corriese hasta la tierra. Y si la carne, que de sola recudida padecía esos dolores, tal estaba, ¿qué tal estaría el ánima que derechamente los padecía? Mira después cómo, acabada la oración, llegó aquel falso amigo con aquella infernal compañía, renunciado ya el oficio del Apostolado y hecho adalid y capitán del ejército de Satanás. Mira cuán sin vergüenza se adelantó primero que todos, y llegando al buen Maestro, lo vendió con beso de falsa paz. En aquella hora dijo el Señor a los que lo venían a prender (Mt.17, 39): Así como a ladrón salisteis a Mí con espadas y lanzas; y habiendo yo estado con vosotros cada día en el Templo, no extendisteis las manos en Mí; mas ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. ¿Qué cosa de mayor espanto que ver al Hijo de Dios tomar imagen, no solamente de pecador, sino también de condenado? (Lc.22, 53): Ésta es, dice Él, vuestra hora y el poder de las tinieblas. De las cuales palabras se saca que por aquella hora fue entregado aquel inocentísimo Cordero en poder de los príncipes de las tinieblas, que son los demonios, para que por medio de sus ministros ejecutasen en él todos los tormentos y crueldades que quisiesen. Piensa, pues, ahora tú hasta dónde se abajó aquella Alteza divina por ti, pues llegó al postrero de todos los males, que es a ser entregado en poder de los demonios. Y porque la pena que tus pecados merecían era ésta, Él se quiso poner a esta pena para que tú quedases libre de ella.

Dichas estas palabras arremetió luego toda aquella manada de lobos hambrientos con aquel manso Cordero, y unos lo arrebatan por una parte, otros por otra, cada uno como podía. ¡Oh, cuán inhumanamente le tratarían, cuántas descortesías le dirían, cuántos golpes y estirones le darían, qué de gritos y voces alzarían, como suelen hacer los vencedores cuando se ven ya con la presa! Toman aquellas santas manos, que poco antes habían obrado tantas maravillas, y átanlas muy fuertemente con unos lazos corredizos, hasta desollarle los cueros de los brazos y hasta hacerle reventar la sangre, y así lo llevan atado por las calles públicas, con grande ignominia. Míralo muy bien cuál va por este camino desamparado de sus discípulos, acompañado de sus enemigos, el paso corrido, el huelgo apresurado, la color mudada y el rostro ya encendido y sonrosado con la prisa del caminar. Y contempla en tan mal tratamiento de su Persona tanta mesura en su rostro, tanta gravedad en sus ojos y aquel semblante divino que en medio de todas las descortesías del mundo nunca pudo ser oscurecido.

Luego puedes ir con el Señor a la casa de Anás, y mira cómo allí, respondiendo el Señor cortésmente a la pregunta que el Pontífice le hizo sobre sus discípulos y doctrina, uno de aquellos malvados, que presentes estaban, dio una gran bofetada en su rostro, diciendo (Io.18,22): ¿Así has de responder al Pontífice? A cual el Salvador, benignamente, respondió: Si mal hablé, muéstrame en qué, y si bien, ¿por qué me hieres? Mira, pues aquí, oh ánima mía, no solamente la mansedumbre de esta respuesta, sino también aquel divino rostro señalado y colorado con la fuerza del golpe, y aquella muestra de ojos tan serenos y tan sin turbación en aquella afrenta y aquella ánima santísima en lo interior tan humilde y tan aparejada para volver la otra mejilla, si el verdugo lo demandara.

CAPÍTULO IV.3. EL MIÉRCOLES

 

Este día pensarás en la presentación del Señor ante el Pontífice Caifás, y en los trabajos de aquella noche, y en la negación de san Pedro, y azotes a la columna.

Primeramente considera cómo de la primera casa de Anás llevan al Señor a la del Pontífice Caifás, donde será razón que lo vayas acompañando, y ahí verás eclipsado el sol de justicia y escupido aquel divino rostro en que desean mirar los ángeles. Porque como el Salvador, siendo conjurado por el nombre del Padre que dijese quién era, respondiese a esta pregunta lo que convenía, aquellos que tan indignos eran de tan alta respuesta, cegándose con el resplandor de tan grande luz volviéronse contra él como perros rabiosos y allí descargaron todas sus iras y rabias. Allí todos a porfía le dan bofetones y pescozones; allí lo escupen con sus infernales bocas en aquel divino rostro; allí le cubren los ojos con un paño, dándole bofetadas en la cara, y juegan con él, diciendo (Mt.26, 68; Lc.22, 64); Adivina quién te dio. ¡Oh maravillosa humildad y paciencia del Hijo de Dios! ¡Oh hermosura de los ángeles! ¿Rostro era ése para escupir en él? Al rincón más despreciado suelen volver los hombres la cara cuando quieren escupir, ¿y en todo ese palacio no se halló otro lugar más despreciado que tu rostro para escupir en él? ¿Cómo no te humillas con este ejemplo, tierra y ceniza?

Después de esto, considera los trabajos que el Salvador pasó toda aquella noche dolorosa, porque los soldados que lo guardaban escarnecían de El (como dice san Lucas) y tomaban por medio para vencer al sueño de la noche estar burlando y jugando con el Señor de la Majestad. Mira, pues, oh ánima mía, cómo tu dulcísimo Esposo está puesto como blanco a las saetas de tantos golpes y bofetadas como allí le daban. ¡Oh noche cruel! ¡Oh noche desasosegada, en la cual, oh mi buen Jesús, no dormías, ni dormían los que tenían por descanso atormentarse! La noche fue ordenada para que en ella todas las criaturas tomasen reposo, y los sentidos y miembros cansados de los trabajos del día descansasen, y ésta toman ahora los malos para atormentar todos tus miembros y sentidos, hiriendo tu cuerpo, afligiendo tu ánima, atando tus manos, abofeteando tu cara, escupiendo tu rostro, atormentando tus oídos, porque en el tiempo en que todos los miembros suelen descansar, todos ellos en Ti penasen y trabajasen. ¡Qué maitines estos tan diferentes de los que en aquella hora te cantarían los coros de los ángeles en el cielo! Allá dicen Santo, Santo; acá dicen muera, muera: crucifícalo, crucifícalo. ¡Oh ángeles del paraíso, que las unas y otras voces oís!: ¿qué sentíais viendo tan mal tratado en la tierra Aquel a quien vosotros con tanta reverencia tratáis en el cielo? ¿Qué sentíais viendo que Dios tales cosas padecía por los mismos que tales cosas hacían? ¿Quién jamás oyó tal manera de caridad, que padezca uno muerte por librar de la muerte al mismo que se la da?

Crecieron sobre esto los trabajos de aquella noche dolorosa con la negación de san Pedro, aquel tan familiar amigo, aquel escogido para ver la gloria de la Transfiguración, aquel entre todos honrado con el principado de la Iglesia; ese primero que todos, no una, sino tres veces, en presencia del mismo Señor, jura y perjura que no lo conoce, ni sabe quién es. Oh Pedro, ¿tan mal hombre es ese que ahí está que por tan gran vergüenza tienes aun haberlo conocido? Mira que eso es condenarlo tú primero que los Pontífices, pues das a entender que Él sea persona tal, que tú mismo te deshonras de conocerlo. ¿Pues qué mayor injuria puede ser que ésa? (Lc.22, 61): Volvióse entonces el Salvador, y miró a Pedro; vánsele los ojos tras aquella oveja que se le había perdido. ¡Oh vista de maravillosa virtud! ¡Oh vista callada, más grandemente significativa! Bien entendió Pedro el lenguaje, y las voces de aquella vista, pues las del gallo no bastaron para despertarlo y éstas sí. Mas no solamente hablan, sino también obran los ojos de Cristo, y las lágrimas de Pedro lo declaran, las cuales no manaron tanto de los ojos de Pedro, cuanto de los ojos de Cristo.

Después de todas estas injurias considera, los azotes que el Salvador padeció a la columna; porque el juez, visto que no podía aplacar la furia de aquellas infernales fieras, determinó hacer en Él un tan famoso castigo que bastase para satisfacer la rabia de aquellos tan crueles corazones, para que, contentos con esto, dejasen de pedirle la muerte. Entra, pues, ahora ánima mía, con el espíritu, en el Pretorio de Pilatos, y lleva contigo las lágrimas aparejadas, que serán bien menester para lo que allí verás y oirás. Mira cómo aquellos crueles y viles carniceros desnudan al Salvador de sus vestiduras con tanta inhumanidad y cómo Él se deja desnudar de ellos con tanta humildad, sin abrir la boca ni responder palabra a tantas descortesías como allí lo herían. Mira cómo luego atan aquel santo cuerpo a una columna para que así lo pudiesen herir a su placer donde y como ellos más, quisiesen. Mira cuán solo estaba el Señor de los Ángeles entre tan crueles verdugos, sin tener de su parte ni padrinos, ni valedores que hiciesen por Él, ni aun siquiera ojos que se compadeciesen de Él. Mira cómo luego comienzan con grandísima crueldad a descargar sus látigos y disciplinas sobre aquellas delicadísimas carnes, y cómo se añaden azotes sobre azotes, llagas sobre llagas y heridas sobre heridas. Allí verías luego ceñirse aquel Sacratísimo Cuerpo de cardenales, rasgarse los cueros, reventar la sangre y correr a hilos por todas partes. Mas, sobre todo esto, ¡qué sería ver aquella tan grande llaga, que en medio de las espaldas estaría abierta, adonde principalmente caían todos los golpes!

Considera luego, acabados los azotes, cómo el Señor se cubriría, y cómo andaría por todo aquel Pretorio buscando sus vestiduras en presencia de aquellos crueles carniceros, sin que nadie lo sirviese, ni ayudase, ni proveyese de ningún lavatorio, ni refrigerio de los que se suelen dar a los que así quedan llagados. Todas estas son cosas dignas de grande sentimiento, agradecimiento y consideración.

CAPÍTULO IV.4. EL JUEVES

 

Este día se ha de pensar en la Coronación de espinas y Ecce-Homo, y cómo el Salvador llevó la Cruz a cuestas. A la consideración de estos pasos tan dolorosos nos convida la Esposa en el libro de los Cantares, por estas palabras (Cant.3, 11): Salid, hijas de Sión, y mirad al rey Salomón con la corona que lo coronó su madre en el día de su desposorio, y en el día de la alegría de su corazón. Oh ánima mía, ¡qué haces! Oh corazón mío, ¡qué piensas! Lengua mía, ¡cómo has enmudecido! Oh muy dulcísimo Salvador mío, cuando yo abro los ojos y miro este retablo tan doloroso que aquí se me pone delante, el corazón se me parte de dolor. ¿Pues, cómo, Señor, no bastaban ya los azotes pasados, y la muerte venidera, y tanta sangre derramada, sino que por fuerza habían de sacar las espinas la sangre de la cabeza a quien los azotes perdonaron? Pues para que sientas algo, ánima mía, de este paso tan doloroso, pon primero ante tus ojos la imagen antigua de este Señor, y la gran excelencia de sus virtudes, y luego vuelve a mirar de la manera que aquí está. Mira la grandeza de su hermosura, la mesura de sus ojos, la dulzura de sus palabras, su autoridad, su mansedumbre, su serenidad, y aquel aspecto suyo de tanta veneración.

Y después de que así lo hubieres mirado, y deleitado de ver una tan acabada figura, vuelve los ojos a mirarlo tal cual aquí lo ves, cubierto con aquella púrpura de escarnio, la caña por cetro real en la mano, y aquella horrible diadema en la cabeza, aquellos ojos mortales, aquel rostro difunto y aquella figura toda borrada con la sangre y afeada por las salivas, que por todo el rostro estaban tendidas. Míralo todo de dentro y fuera, el corazón atravesado con dolores, el cuerpo lleno de llagas, desamparado de sus discípulos, perseguido de los judíos, escarnecido de los soldados, despreciado de los pontífices, desechado del rey inicuo, acusado injustamente y desamparado de todo favor humano. Y no pienses esto como cosa ya pasada, sino como presente; no como dolor ajeno, sino como tuyo propio. Ponte tú mismo en el lugar del que padece, y mira lo que sentirías si en una parte tan sensible como es la cabeza te hincasen muchas y muy agudas espinas que penetrasen hasta los huesos; ¿y qué digo espinas?, una sola punzada de un alfiler que fuese apenas lo podrías sufrir. ¿Pues qué sentiría aquella delicadísima cabeza con este linaje de tormentos?

Acabada la coronación y escarnios del Salvador, tomólo el juez por la mano, así como estaba tan mal tratado, y sacándole a vista del pueblo furioso, díjoles; Ecce Homo. Como si dijera: Si por envidia le procurabais la muerte, veislo aquí tal que no está para tenerle envidia, sino lástima. Temíais no se hiciese Rey, veislo aquí tan desfigurado, que apenas parece hombre. De estas manos atadas, ¿qué os teméis? A este hombre azotado, ¿qué más le demandáis?

Por aquí puedes entender, ánima mía, qué tal saldría entonces el Salvador, pues el juez creyó que bastaba la figura que allí traía para quebrantar el corazón de tales enemigos. En lo cual puedes bien entender cuán mal caso sea no tener un cristiano compasión de los dolores de Cristo, pues ellos eran tales, que bastaban (según el juez creyó) para ablandar unos tan fieros corazones.

Pues como Pilatos viese que no bastaban las justicias que se habían hecho en aquel santísimo Cordero para amansar el furor de sus enemigos, entró en el Pretorio, y asentóse en el tribunal para dar final sentencia en aquella causa. Ya estaba a las puertas aparejada la Cruz, ya asomaba por lo alto aquella temerosa bandera, amenazando a la cabeza del Salvador. Dada, pues, ya, y promulgada la sentencia cruel, añaden los enemigos una crueldad a otra, que fue cargar sobre aquellas espaldas, tan molidas y despedazadas con los azotes pasados, el madero de la Cruz. No rehusó, con todo esto, el piadoso Señor esta carga, en la cual iban todos nuestros pecados, sino antes la abrazó con suma caridad y obediencia por nuestro amor.

Camina, pues, el inocente Isaac al lugar del sacrificio con aquella carga tan pesada sobre sus hombros tan flacos, siguiéndolo mucha gente y muchas piadosas mujeres, que con sus lágrimas lo acompañaban. ¿Quién no había de derramar lágrimas viendo al Rey de los ángeles caminar paso a paso con aquella carga tan pesada, temblándole las rodillas, inclinando el cuerpo, los ojos mesurados, el rostro sangriento con aquella guirnalda en la cabeza y con aquellos tan vergonzosos clamores y pregones que daban contra Él?

Entre tanto, ánima mía, aparta un poco los ojos de este cruel espectáculo, y con pasos apresurados, con aquejados gemidos, con ojos llorosos, camina para el palacio de la Virgen, y cuando a ella llegares, derribado ante sus pies, comienza a decirle con dolorosa voz: ¡Oh Señora de los ángeles, Reina del cielo, puerta del paraíso, abogada del mundo, refugio de los pecadores, salud de los justos, alegría de los santos, maestra de las virtudes, espejo de la limpieza, título de castidad, dechado de paciencia y suma de toda perfección! Ay de mí, Señora mía, ¡para qué se ha aguardado mi vista para esta hora! ¿Cómo puedo yo vivir habiendo visto con mis ojos lo que vi? ¿Para qué son más palabras? Dejo a tu unigénito Hijo y mi Señor en manos de mis amigos, con una Cruz a cuestas para ser en ella ajusticiado.

¿Qué sentido puede aquí alcanzar hasta dónde llegó este dolor a la Virgen? Desfalleció aquí su ánima, y cubriósele la cara y todos sus virginales miembros de un sudor de muerte, que bastara para acabarle la vida, si la dispensación divina no la guardara para mayor trabajo, y también para mayor corona.

Camina, pues, la Virgen en busca del Hijo, dándole el deseo de ver las fuerzas que el dolor le quitaba. Oye desde lejos el ruido de las armas, y el tropel de las gentes, y el clamor de los pregones con que lo iban pregonando. Ve luego resplandecer los hierros de las lanzas y alabardas que asomaban por lo alto; allá en el camino las gotas y el rastro de la sangre, que bastaban ya para mostrarle los pasos del Hijo y guiarla sin otra guía. Acércase más y más a su amado Hijo y tiende sus ojos oscurecidos con el dolor y sombra de la muerte, para ver (si pudiese) al que tanto amaba su ánima. ¡Oh amor y temor del corazón de María! Por una parte deseaba verlo, y por otra rehusaba de ver tan lastimera figura. Finalmente, llega ya donde lo pudiese ver, míranse aquellas dos lumbreras del cielo una a otra, y atraviésanse los corazones con los ojos y hieren con su vista sus ánimas lastimadas. Las lenguas estaban enmudecidas, mas el corazón de la Madre hablaba, y el Hijo dulcísimo le decía: ¿Para qué viniste aquí, paloma mía, querida mía y Madre mía? Tu dolor acrecienta el mío, y tus tormentos atormentan a mí. Vuélvete, Madre mía, vuélvete a tu posada, que no pertenece a tu vergüenza y pureza virginal compañía de homicidas y de ladrones.

Estas y otras más lastimeras palabras se hablarían en aquellos piadosos corazones, y de esta manera se anduvo aquel trabajoso camino hasta el lugar de la Cruz.

CAPÍTULO IV.5. EL VIERNES

 

Este día se ha de contemplar el Misterio de la Cruz y las siete palabras que el Señor habló.

Despierta, pues, ahora, ánima mía, y comienza a pensar en el Misterio de la santa Cruz, por cuyo fruto se reparó el daño de aquel venenoso fruto del árbol vedado. Mira primeramente cómo, llegado ya el Salvador a este lugar, aquellos perversos enemigos (porque fuese más vergonzosa su muerte) lo desnudan de todas sus vestiduras hasta la túnica interior, que era toda tejida de alto a bajo, sin costura alguna. Mira, pues, aquí, con cuánta mansedumbre se deja desollar aquel inocentísimo Cordero sin abrir su boca, ni hablar palabra contra los que así lo trataban. Antes de muy buena voluntad consentía ser despojado de sus vestiduras, y quedar a la vergüenza desnudo, porque con ellas se cubriese mejor que con las hojas de higuera la desnudez en que por el pecado caímos.

Dicen algunos Doctores que, para desnudar al Señor esta túnica, le quitaron con grande crueldad la corona de espinas que tenía en la cabeza y, después de ya desnudo, se la volvieron a poner, y ahincarle otra vez las espinas por el cerebro, que sería cosa de grandísimo dolor. Y es de creer, cierto, que usaran de esta crueldad los que de otras muchas y muy extrañas usaron con El en todo el proceso de su Pasión, mayormente diciendo el Evangelista que hicieron con Él todo lo que quisieron. Y como la túnica estaba pegada a las llagas de los azotes, y la sangre estaba ya helada y abrazada con la misma vestidura, al tiempo que se la desnudaron (como eran tan ajenos de piedad aquellos malvados), despegáronsela de golpe y con tanta fuerza, que lo desollaron y renovaron todas las llagas de los azotes, de tal manera, que el santo Cuerpo quedó por todas partes abierto y como descortezado, y hecho todo una grande llaga, que por todas partes manaba sangre.

Considera, pues, aquí, ánima mía, la alteza de la divina bondad y misericordia que en este Misterio tan claramente resplandece; mira cómo Aquel que viste los cielos de nubes y los campos de flores y hermosura, es aquí despojado de todas su vestiduras. Considera el frío que padecería aquel santo Cuerpo, estando como estaba despedazado y desnudo, no sólo de sus vestiduras, sino también de los cueros de la piel, y con tantas puertas de llagas abiertas por todo él. Y si estando san Pedro vestido y calzado la noche antes padecía frío, ¿cuánto mayor lo padecería aquel delicadísimo Cuerpo estando tan llagado y desnudo?

Después de esto considera cómo el Señor fue enclavado en la Cruz, y el dolor que padecería al tiempo que aquellos clavos gruesos y esquinados entraban por las más sensibles y más delicadas partes del más delicado de todos los cuerpos. Y mira también lo que la Virgen sentiría cuando viese con sus ojos y oyese con sus oídos los crueles y duros golpes que sobre aquellos miembros divinales tan a menudo caían, porque verdaderamente aquellas martilladas y clavos al Hijo pasaban las manos, mas a la Madre herían el corazón.

Mira cómo luego levantaron la Cruz en alto y la fueron a hincar en un hoyo que para esto tenían hecho, y cómo (según eran crueles los ministros) al tiempo de asentar, la dejaron caer de golpe, y así se estremecería todo aquel santo Cuerpo en el aire y se rasgarían más los agujeros de los clavos, que sería cosa de intolerable dolor.

Pues, oh Salvador y Redentor mío, ¿qué corazón habrá tan de piedra que no se parta de dolor (pues en este día se partieron las piedras) considerando lo que padeces en esta cruz? Cercádote han, Señor, dolores de muerte, y envestido han sobre Ti todos los vientos y olas de la mar. Atollado has en el profundo de los abismos, y no hallas sobre qué estribar. El Padre te ha desamparado, ¿qué esperas, Señor, de los hombres? Los enemigos te dan grita, los amigos te quiebran el corazón, tu ánima está afligida, y no admites consuelo por mi amor. Duros fueron, cierto, mis pecados, y tu penitencia lo declara. Véote, Rey mío, cosido con un madero; no hay quien sostenga tu cuerpo sino tres garfios de hierro; de ellos cuelga tu sagrada carne, sin tener otro refrigerio. Cuando cargas el cuerpo sobre los pies, desgárranse las heridas de los pies con los clavos que tienen atravesados; cuando las cargas sobre las manos, desgárranse las heridas de las manos con el peso del cuerpo. Pues la santa cabeza, atormentada y enflaquecida con la corona de espinas, ¿qué almohada la sostendría? ¡Oh cuán bien empleados fueron allí vuestros brazos, serenísima Virgen, para este oficio, mas no servirán ahora allí los vuestros, sino los de la Cruz! Sobre ellos se reclinará la sagrada cabeza cuando quisiere descansar, y el refrigerio que de ello recibirá será hincarse más las espinas por el cerebro.

Crecieron los dolores del Hijo con la presencia de la Madre, con los cuales no menos estaba su corazón sacrificado de dentro, que el sagrado Cuerpo lo estaba de fuera. Dos cruces hay para Ti, ¡oh buen Jesús!, en este día: una para el cuerpo y otra para el ánima; la una es de pasión, la otra de compasión; la una traspasa el Cuerpo con clavos de hierro, y la otra tu ánima santísima con clavos de dolor. ¿Quién podría, oh buen Jesús, declarar lo que sentías cuando declarabas las angustias de aquella ánima santísima, la cual tan de cierto sabías estar contigo crucificada en la Cruz? ¿Cuándo veías aquel piadoso corazón traspasado y atravesado con cuchillo de dolor, cuando tendías los ojos sangrientos y mirabas aquel divino rostro cubierto de amarillez de muerte? ¿Y aquellas angustias de su ánimo sin muerte, ya más que muerto? ¿Y aquellos ríos de lágrimas, que de sus purísimos ojos salían, y oías los gemidos, que se arrancaban de aquel sagrado pecho exprimidos con peso de tan gran dolor?

Después de esto, puedes considerar aquellas siete palabras que el Señor habló en la Cruz. De las cuales la primera fue (Lc.23, 34): Padre, perdona a éstos, que no saben lo que hacen. La segunda al Ladrón (Lc.23, 43): Hoy serás conmigo en el Paraíso. La tercera a su Madre Santísima (Io.19, 26): Mujer, cata ahí a tu hijo. La cuarta (Io.19, 28): Sed he. La quinta (Mt.27, 46): Dios mío, Dios mío, ¿por qué me desamparaste? La sexta (Io.19, 30): Acabado es. La séptima (Lc.23, 46): Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Mira, pues, oh ánima mía, con cuánta caridad en estas palabras encomendó sus enemigos al Padre; con cuánta misericordia recibió al Ladrón que lo confesaba; con qué entrañas encomendó a la piadosa Madre el amado discípulo; con cuánta sed y ardor mostró que deseaba la salud de los hombres; con cuán dolorosa voz derramó su oración, y pronunció su tribulación ante el acatamiento divino; cómo llevó hasta el cabo tan perfectamente la obediencia del Padre, y cómo, finalmente, le encomendó su espíritu y se resignó todo en sus benditísimas manos. Por donde parece como en cada una de estas palabras está encerrado un documento de virtud. En la primera se nos encomienda la caridad para con los enemigos. En la segunda, la misericordia para con los pecadores. En la tercera, la piedad para con los padres. En la cuarta, el deseo de la salud de los prójimos. En la quinta, la oración de las tribulaciones y desamparos de Dios. En la sexta, la virtud de la obediencia y perseverancia. Y en la séptima, la perfecta resignación en la mano de Dios, que es la suma de toda nuestra perfección.

CAPÍTULO IV.6. EL SÁBADO

Este día se ha de contemplar la lanzada que se dio al Salvador y el descendimiento de la Cruz, con el llanto de Nuestra Señora y oficio de la sepultura.

Considera, pues, cómo habiendo ya expirado el Salvador en la Cruz, y cumpliose el deseo de aquellos crueles enemigos, que tanto deseaban verlo muerto, aun después de esto no se apagó la llama de su furor, porque con todo esto se quisieron más vengar y encarnizar en aquellas Santas Reliquias que quedaron, partiendo y echando suertes sobre sus vestiduras y rasgando su sagrado pecho con una lanza cruel. ¡Oh crueles ministros! ¡Oh corazones de hierro, y tan poco os parece lo que ha padecido el cuerpo vivo que no lo queréis perdonar aun después de muerto! ¿Qué rabia de enemistad hay tan grande que no se aplaque cuando ve al enemigo muerto delante de sí? ¡Alzad un poco esos crueles ojos, y mirad aquella cara mortal, aquellos ojos difuntos, aquel caimiento de rostro y aquella amarillez y sombra de muerte, que aunque seáis más duros que el hierro y que el diamante y que vosotros mismos viéndolos amansaréis! Llega, pues, el ministro con la lanza en la mano, y atraviésale con gran fuerza por los pechos desnudos del Salvador. Estremecióse la Cruz en el aire con la fuerza del golpe, y salió de allí agua y sangre, con que se sanan los pecados del mundo. ¡Oh río que sales del Paraíso y riegas con tus corrientes toda la sobrehaz de la tierra! ¡Oh llaga del costado precioso, hecha más con el amor de los hombres que con el hierro de la lanza cruel! ¡Oh puerta del cielo, ventana del paraíso, lugar de refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos, sepultura de peregrinos, nido de palomas sencillas y lecho florido de la esposa de Salomón! ¡Dios te salve, llaga del Costado precioso, que llagas los devotos corazones; herida que hieres las ánimas de los justos; rosa de inefable hermosura; rubí de precio inestimable; entrada para el corazón de Cristo, testimonio de su amor y prenda de la vida perdurable!

Después de esto considera cómo aquel mismo día en la tarde llegaron aquellos dos santos varones José y Nicodemus y, arrimadas sus escaleras a la Cruz, descendieron en brazos el Cuerpo del Salvador. Como la Virgen vio que, acabada ya la tormenta de la pasión, llegaba el sagrado Cuerpo a tierra, aparéjase Ella para darle puerto seguro en sus pechos, y recibirlo de los brazos de la Cruz en los suyos. Pide, pues, con grande humildad a aquella noble gente, que pues no se había despedido de su Hijo, ni recibido de Él los postreros abrazos en la Cruz al tiempo de su partida que la dejen ahora llegar a Él y no quieran que por todas partes crezca su desconsuelo, si habiéndoselo quitado por un cabo los enemigos vivo, ahora los amigos se lo quiten muerto.

Pues cuando la Virgen lo tuvo en sus brazos, ¿qué lengua podrá explicar lo que sintió? ¡Oh ángeles de la paz, llorad con esta Sagrada Virgen; llorad, cielos; llorad, estrellas del cielo, y todas las criaturas del mundo acompañad el llanto de María! Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos (para sólo esto le quedaban fuerzas), mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la sacratísima Madre con la sangre del Hijo, y riégase la del Hijo con lágrimas de la Madre. ¡Oh dulce Madre! ¿Es ése, por ventura, vuestro dulcísimo Hijo? ¿Es ése el que concebiste con tanta gloria y pariste con tanta alegría? ¿Pues qué se hicieron vuestros gozos pasados? ¿Dónde se fueron vuestras alegrías antiguas? ¿Dónde está aquel espejo de hermosura en que os mirábades?

Lloraban todos los que presentes estaban; lloraban aquellas santas mujeres, aquellos nobles varones; lloraba el cielo y la tierra y todas las criaturas acompañaban las lágrimas de la Virgen. Lloraba otrosí el Santo Evangelista, y, abrazado con el Cuerpo de su Maestro, decía: ¡Oh buen Maestro y Señor mío!, ¿quién me enseñará ya de aquí en adelante? ¿A quién iré con mis dudas? ¿En cuáles pechos descansaré? ¿Quién me dará parte de los secretos del cielo? ¿Qué mudanza ha sido ésta tan extraña? ¿Anteanoche me tuviste en tus sagrados pechos dándome alegría de vida, y ahora te pago aquel tan grande beneficio teniéndote en los míos muerto? ¿Este es el rostro que yo vi transfigurado en el monte Tabor? ¿Ésta es aquella figura más clara que el sol de medio día? Lloraba también aquella santa pecadora, y abrazada con los pies del Salvador decía: ¡Oh lumbre de mis ojos y remedio de mi ánima!, si me viera fatigada de los pecados, ¿quién me recibirá? ¿Quién curará mis llagas? ¿Quién responderá por mí? ¿Quién me defenderá de los fariseos? ¡Oh cuán de otra manera tuve yo estos pies y los lavé cuando en ellos me recibiste! ¡Oh amado de mis entrañas!, ¿quién me diese ahora que yo muriese contigo? ¡Oh vida de mi ánima!, ¿cómo puedo decir que te amo, pues estoy viva teniéndote delante de mis ojos muerto?

De esta manera lloraban y lamentaban toda aquella santa compañía, regando y lavando con lágrimas el Cuerpo sagrado. Llegaba, pues, ya la hora de la sepultura, envuelven el santo Cuerpo en una sábana limpia, atan su rostro con un sudario y, puesto encima de un lecho, caminan con Él al lugar del monumento, y allí depositan aquel precioso tesoro. El sepulcro se cubrió con una losa y el corazón de la Madre con una oscura niebla de tristeza. Allí se despide otra vez de su Hijo; allí comienza de nuevo a sentir su soledad; allí se ve ya desposeída de todo su bien; allí se le queda el corazón sepultado donde quedaba su tesoro.

CAPÍTULO IV.7. EL DOMINGO

 

Este día podrás pensar la descendida del Señor al limbo y el aparecimiento a nuestra Señora y a la santa Magdalena y a los discípulos. Y después el misterio de su gloriosa Ascensión.

Cuando a lo primero, considera qué tan grande sería la alegría que aquellos Santos Padres del limbo recibirían este día con la visitación y presencia de su Libertador, y qué gracias y alabanzas le darían por esta salud tan deseada y esperada. Dicen los que vuelven de las Indias Orientales en España, que tienen por bien empleado todo el trabajo de la navegación pasada por la alegría que reciben el día que vuelven a su tierra. Pues si esto hace la navegación y destierro de un año o de dos años, ¿qué haría el destierro de tres o cuatro mil años, el (lía que recibiesen tan gran salud y viniesen a tomar puerto en la tierra de los vivientes?

Considera también la alegría que la Sacratísima Virgen recibiría este día con la visita del Hijo resucitado, pues es cierto que así como Ella fue la que más sintió los dolores de su pasión, así fue la que más gozó de la alegría de su resurrección. Pues, ¿qué sentiría cuando viese ante sí a su Hijo vivo y glorioso, acompañado de todos aquellos Santos Padres que con El resucitaron? ¿Qué haría? ¿Qué diría? ¿Cuáles serían sus abrazos y besos y las lágrimas de sus ojos piadosos? ¿Y los deseos de irse tras Él, si le fuera concedido?

Considera la alegría de aquellas santas Marías, y especialmente de aquella que perseveraba llorando par del sepulcro cuando viese al amado de su ánima, y se derribase a sus pies y hallase resucitado y vivo al que buscaba y deseaba ver siquiera muerto; y mira bien que, después de la Madre, a aquella primero apareció que más amó, más perseveró, más lloró y más solícitamente lo buscó, para que así tengas por cierto que hallarás a Dios, si con estas mismas lágrimas y diligencias lo buscares.

Considera de la manera que apareció a los discípulos que iban (Lc.24,13) a Emaús en hábito de peregrino, y mira cuán afable se les mostró, cuán familiarmente los acompañó, cuán dulcemente se les disimuló, y en cabo cuán amorosamente se les descubrió y los dejó con toda la miel y suavidad en los labios; sean, pues, tales tus pláticas, cuales eran las de éstos, y trata con dolor y sentimiento lo que trataban éstos (que eran los dolores y trabajos de Cristo), y ten por cierto que no te faltará su presencia y compañía, si tuvieres siempre esta memoria.

Acerca del misterio de la Ascensión considera primeramente cómo dilató el Señor esta subida a los cielos por espacio de cuarenta días, en los cuales apareció muchas veces a sus discípulos y. los enseñaba y platicaba con ellos del Reino de Dios (Act.1,3). De manera que no quiso subir a los cielos, ni apartarse de ellos, hasta que los dejó tales que pudiesen con el espíritu subir al cielo con Él. Donde verás, que a aquellos desampara muchas veces la presencia corporal de Cristo (esto es, la consolación sensible de la devoción), que pueden ya con el espíritu volar a lo alto y estar más seguros del peligro. En lo cual maravillosamente resplandece la providencia de Dios y la manera que tiene en tratar a los suyos en diversos tiempos: cómo regala los flacos y ejercita los fuertes; da leche a los pequeñuelos y desteta a los grandes; consuela los unos y prueba los otros, y así trata a cada uno según el grado de su aprovechamiento. Por donde ni el regalado tiene por qué presumir, pues el regalo es argumento de flaqueza; ni el desconsolado por qué desmayar, pues esto es muchas veces indicio de fortaleza.

En presencia de los discípulos, y viéndolo ellos (Act.1, 3), subió al cielo, porque ellos habían de ser testigos de estos misterios, y ninguno es mejor testigo de las obras de Dios que el que las sabe por experiencia. Si quieres saber de veras cuán bueno es Dios, cuán dulce y cuán suave para con los suyos, cuánta sea la virtud y eficacia de su gracia, de su amor, de su providencia y de sus consolaciones, pregúntalo a los que lo han probado; que éstos te darán de ello suficientísimo testimonio. Quiso también que lo viesen subir a los cielos, para que lo siguiesen con los ojos y con el espíritu, para que sintiesen su partida, para que les hiciese soledad su ausencia, porque éste era el más conveniente aparejo para recibir su gracia. Pidió Elíseo a Elías su espíritu, y respondióle el buen Maestro (Reg.2, 10): Si vieres cuándo me parto de ti, será lo que pediste. Pues aquellos serán herederos del Espíritu de Cristo, a quien el amor hiciere sentir la partida de Cristo, los que sintieren su ausencia y quedaren en este destierro suspirando siempre por su presencia. Así lo sentía aquel santo varón que decía: Fuiste consolador mío, y no te despediste de mí; yendo por tu camino bendijiste los tuyos, y no lo vi. Los ángeles prometieron volverías, y no lo oí, etc.

Pues, ¿cuál sería la soledad, el sentimiento, las voces y las lágrimas de la sacratísima Virgen, del amado discípulo y de la santa Magdalena y de todos los Apóstoles, cuando viesen írseles y desaparecer de sus ojos aquel que tan robados tenía sus corazones? Y con todo esto, se dice que volvieron a Jerusalén con grande gozo por lo mucho que lo amaban. Porque el mismo amor que les hacía sentir tanto su partida, por otra parte les hacía gozarse de su gloria, porque el verdadero amor no se busca a sí, sino al que ama.

Resta considerar con cuánta gloria, con qué alegría y con qué voces y alabanzas sería recibido aquel noble triunfador en la ciudad soberana, cuál sería la fiesta y el recibimiento que le harían, qué sería ver ayuntados en uno hombres y ángeles y todos a una caminar a aquella noble ciudad, y poblar aquellas sillas desiertas de tantos años, y subir sobre todos aquella sacratísima humanidad, y asentarse a la diestra del Padre. Todo es mucho de considerar para que se vea cuán bien empleados son los trabajos por amor de Dios, y cómo el que se humilló y padeció más que todas las criaturas es aquí engrandecido y levantado sobre todas ellas, para que por aquí entiendan los amadores de la verdadera gloria el camino que han de llevar para alcanzarla, que es descender para subir y ponerse debajo de todos para ser levantados sobre todos.

CAPÍTULO V

 

DE SEIS COSAS QUE PUEDEN ENTREVENIR EN EL EJERCICIO DE LA ORACIÓN

Éstas son, cristiano lector, las meditaciones en que puedes ejercitar los días de la semana, para que así no te falte materia en qué pensar. Mas aquí es de notar que antes de esta meditación pueden preceder algunas cosas y seguirse después otras que están anejas y son como vecinas de ellas.

Porque, primeramente, antes que entremos en la meditación es necesario aparejar el corazón para este santo ejercicio, que es como quien templa la vihuela para tañer.

Después de la preparación se sigue la lección del paso que se ha de meditar en aquel día, según el repartimiento de los días de la semana (como arriba lo tratamos). Lo cual sin duda es necesario a los principios, hasta que el hombre sepa lo que ha de meditar.

Después de la meditación se puede seguir un devoto hacimiento de gracias por los beneficios recibidos y un ofrecimiento de toda nuestra vida y de la de Cristo nuestro Salvador, en recompensa de ellos.

La última parte es la petición que propiamente se llama oración, en la cual pedimos todo aquello que conviene, así para nuestra salud como para la de nuestros prójimos y de toda la Iglesia.

Estas seis cosas pueden entrevenir en la oración, y las cuales, entre otros provechos, tienen también éste, que dan al hombre más copiosa materia de meditar, poniéndole delante todas estas diferencias de manjares, para que si no pudiere comer de uno, coma del otro, y para que si en una cosa se le acabare el hilo de la meditación, entre luego en otra donde se le ofrezca otra cosa en qué meditar.

Bien veo que ni todas estas partes ni esta orden es siempre necesaria, más todavía servirá esto a los que comienzan, para que tengan alguna orden e hilo por donde se puedan al principio regir. Y por esto, de ninguna cosa que aquí dijere, quiero que se haga ley perpetua ni regla general; porque mi intento no fue hacer ley, sino introducción para imponer a los nuevos en este camino, en el cual, después que hubieren entrado, el uso y la experiencia, y mucho más el Espíritu Santo, les enseñará lo demás.

CAPÍTULO VI

 

DE LA PREPARACIÓN QUE SE REQUIERE PARA ANTES DE LA ORACIÓN

 

Agora será bien que tratemos en particular de cada una de estas partes susodichas, y primero de la preparación que es primera de todas.

Puesto en el lugar de la oración de rodillas, o en pie, o en cruz, o postrado, o sentado si de otra manera no pudiese estar, hecha primero la señal de la cruz, recogerá su imaginación y apartarla ha de todas las cosas de esta vida, levantará su entendimiento arriba, considerando que lo mira Nuestro Señor. Y estará allí con aquella atención y reverencia como que realmente lo tuviese presente, y con un general arrepentimiento de sus pecados (si es la oración de la mañana) dirá la confesión general, y si es la oración de la noche, examinará su conciencia de todo lo que aquel día ha pensado, hablado, obrado y oído, y del olvido que de Nuestro Señor ha tenido, y doliéndose de los defectos de aquel día y de todos los de la vida pasada, y humillándose delante de la Divina Majestad ante quien está, dirá aquellas palabras del santo Patriarca (Gen.19,27): Hablaré a mi Señor, aunque sea polvo y ceniza, y luego dirá aquellos versos del salmo (Ps.122,1): A ti levanté mis ojos, que moras en los cielos. Así como los ojos de los siervos están puestos en las manos de sus señores, y como los ojos de la sierva en las manos de su señora, así están puestos nuestros ojos en Nuestro Señor, esperando que haya misericordia de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor, ten misericordia de nosotros, Gloria Patri, etc. Y porque no somos, Señor, poderosos para pensar cosa buena de nuestra parte, sino que toda nuestra suficiencia es de Dios, ni nadie puede invocar dignamente el nombre de Jesús sino con favor del Espíritu Santo. Por tanto, Ven, oh dulcísimo Espíritu, y envía dende el cielo los rayos de tu luz. Ven, oh Padre de los pobres. Ven, oh dador de las lumbres. Ven, lumbre de los corazones. Ven, consolador muy bueno y dulce huésped de nuestra ánima y dulce refrigerio de ella. En el trabajo, su descanso; en el ardor del estío, su templanza, y en las lágrimas, su consuelo. Oh luz beatísima, hinche lo íntimo del corazón de tus fieles V. Emitte spiritum tuum, et creabuntur. R. Et renovabis faciem terrae. Oratio. Deus qui corda fidelium, etc.

Dicho esto, suplicará luego a nuestro Señor que le dé gracia para que esté allí con aquella atención y devoción, y con aquel recogimiento interior, y con aquel temor y reverencia que conviene para estar ante tan soberana Majestad, y que así gaste aquel tiempo de la oración, que salga de ella con nuevas fuerzas y aliento para todas las cosas de su servicio, porque la oración que no pare luego este fruto muy imperfecta es y muy de bajo valor.

 

CAPÍTULO VII

 

DE LA LECCIÓN

 

Concluida la preparación, se sigue luego la lección de lo que se ha de meditar en la oración. La cual no ha de ser apresurada ni corrida, sino atenta y sosegada; aplicando a ella no sólo el entendimiento para entender lo que se lee, sino mucho más la voluntad para gustar lo que se entiende. Y cuando hallare algún paso devoto, deténgase algo más en él para mejor sentirlo; y no sea muy larga la lección, porque se dé más tiempo a la meditación, que es tanto de mayor provecho, cuanto rumia y penetra las cosas más despacio y con más afectos; pero cuando tuviere el corazón tan distraído que no pueda entrar en la oración, puédese detener algo más en la lección, o ayuntar en uno la lección con la meditación, leyendo un paso y meditando sobre él, y luego otro de la misma manera; porque yendo de esta manera atado el entendimiento a las palabras de la lección, no tiene tanto lugar de derramarse por diversas partes como cuando va libre y suelto. Aunque mejor sería pelear en desechar los pensamientos y perseverar y luchar (como otro Jacob toda la noche) en el trabajo de la oración. Porque al fin, acabada la batalla, se alcanza la victoria, dando Nuestro Señor la devoción u otra gracia mayor, la cual nunca se niega a los que fielmente pelean.

CAPÍTULO VIII

 

DE LA MEDITACIÓN

 

Se sigue después de la lección la meditación del paso que habemos leído. Y ésta unas veces es de cosas que se pueden figurar con la imaginación, como son todos los pasos de la vida y pasión de Cristo, el juicio final, el infierno, el paraíso. Otras es de cosas que pertenecen más al entendimiento que a la imaginación, como es la consideración de los beneficios de Dios, de su bondad o misericordia, o cualquiera otra de sus perfecciones.

Esta meditación se llama intelectual, y la otra imaginaria. Y de la una y de la otra solemos usar en estos ejercicios, según que la .materia de las cosas lo requiere. Y cuando la meditación es imaginaria, habemos de figurar cada cosa de éstas de la manera que ella es, o de la manera que pasaría, y hacer cuenta que en el propio lugar donde estamos pasa todo aquello en presencia nuestra, porque con esta representación de las cosas sea más viva la consideración y asentimiento de ellas, y aun imaginar que pasan estas cosas dentro de nuestro corazón es mejor, que pues caben en él ciudades y reinos, mejor cabrá la representación de estos misterios, y ayudará esto mucho para traer el ánima recogida, ocupándose dentro de sí mismo (como abeja dentro de su corcho) en labrar su panal de miel; porque ir con el pensamiento a Jerusalén a meditar las cosas que allí pasaron en sus propios lugares, es cosa que suele enflaquecer y hacer daño a las cabezas; y por esta misma razón no debe el hombre hincar mucho la imaginación en las cosas que piensa, por no fatigar con esta vehemente aprensión la naturaleza.

CAPÍTULO IX

 

DEL HACIMIENTO DE GRACIAS

Acabada la meditación se sigue el nacimiento de gracias; para lo cual se debe tomar ocasión de la meditación pasada, haciendo gracias a Nuestro Señor por el beneficio que en aquélla nos hizo; como si la meditación fue de la Pasión, debe dar gracias a Nuestro Señor, porque nos redimió con tantos trabajos; y si fue de los pecados, porque esperó tanto tiempo a penitencia; y si de las miserias desta vida, por las muchas de que lo ha librado; y si del paso de la muerte, porque lo libró de los peligros de ella y esperó a penitencia. Y si de la gloria del paraíso, porque lo crió para tanto bien, y así de los demás.

Con estos beneficios juntará todos los otros de que arriba tratamos, que son el beneficio de la creación, conservación, redención, vocación, etcétera. Y así dará gracias a Nuestro Señor, porque lo hizo a su imagen y semejanza, y le dio memoria para que se acordase de Él; entendimiento, para que lo conociese; voluntad, para que lo amase. Y porque le dio un Ángel que lo guardase de tantos trabajos y peligros y tantos pecados mortales, y de la muerte cuando estaba en ellos, que no fue menos que librarlo de la muerte eterna; y porque tuvo por bien de tomar nuestra naturaleza, y morir por nosotros. Y porque lo hizo nacer de padres cristianos, y le dio el sagrado bautismo, y en él le dio su gracia, y prometió su gloria, y lo recibió por hijo adoptivo. Y porque le dio armas para pelear contra el demonio, y el mundo, y la carne, en el Sacramento de la Confirmación. Y porque le dio a sí mismo en el Sacramento del Altar. Y porque le dio el Sacramento de la Penitencia, para tornar a cobrar la gracia perdida por el pecado mortal, y por las muchas buenas inspiraciones que siempre le ha enviado y envía, y por la ayuda que le dio para orar y bien obrar y perseverar en el bien comenzado. Y con estos beneficios junte los demás beneficios generales y particulares que conoce haber recibido de Nuestro Señor. Y por éstos y todos los otros, así públicos como secretos, dé todas cuantas gracias pudiere, y convide a todas las criaturas, así del cielo como de la tierra, para que le ayuden a este oficio. Y con este espíritu podrá decir, si quiere, aquel cántico (Dan.3, 57): Benedicite omnia opera Domini Domino, laudate, et superexaltate. O el salmo (Ps.102, 1-4): Benedic anima mea, Domino, et omnia quae intra me sunt nomini sancto ejus. Benedic anima mea, Domino, et noli oblivisci omnes retributiones ejus. Qui propiciatur omnibus iniquitatibus tuis, qui sanat omnes infirmitates tuas. Qui redimit de interitu vitam tuam, qui coronat te in misericordia, et miserationibus, etc.

CAPÍTULO X

 

DEL OFRECIMIENTO

 

Dadas de todo corazón al Señor las gracias por todos estos beneficios, luego, naturalmente, prorrumpe el corazón en aquel afecto del profeta David, que dice (Ps.115, 12): ¿Qué daré yo al Señor por todas las mercedes que me ha hecho? A este deseo satisface el hombre en alguna manera, dando y ofreciendo a Dios de su parte todo lo que tiene y puede ofrecerle.

Y para esto primeramente debe ofrecerse a sí mismo por perpetuo esclavo suyo, resignándose y poniéndose en sus manos para que haga de él todo lo que quisiere en tiempo y en eternidad, y ofrecer juntamente todas sus palabras, obras, pensamientos y trabajos, que es todo lo que hiciere y padeciere para que todo sea gloria y honra de su santo nombre.

Lo segundo, ofrezca al Padre los méritos y servicios de su Hijo y todos los trabajos que en este mundo por su obediencia padeció dende el pesebre hasta la Cruz, pues todos ellos son hacienda nuestra y herencia que Él nos dejó en el Nuevo Testamento, por el cual nos hizo herederos de todo este gran tesoro. Y así como no es menos mío lo dado de gracia que lo adquirido por mi lanza, así no son menos míos los méritos y el derecho que a mí me dio que si yo los hubiera sudado y trabajado por mí. Y por esto, no menos puede ofrecer el hombre esta segunda ofrenda que la primera, recontando por su orden todos estos servicios y trabajos y todas las virtudes de su vida santísima, su obediencia, su paciencia, su humildad, su fidelidad, su caridad, su misericordia, con todas las demás, porque ésta es la más rica y más preciosa ofrenda que le podemos ofrecer.

CAPÍTULO XI

 

DE LA PETICIÓN

 

Ofrecida tan rica ofrenda, seguramente podemos pedir luego mercedes por ella. Y primeramente pidamos con gran afecto de caridad y con celo de la honra de Nuestro Señor, que todas las gentes y naciones del mundo lo conozcan, alaben y adoren como a su único, verdadero Dios y Señor, diciendo de lo íntimo de nuestro corazón aquellas palabras del Profeta (Ps.66,4-6): Confiésente los pueblos, Señor; confiésente los pueblos. Roguemos también por las cabezas de la Iglesia, como son: Papa, Cardenales, Obispos, con todos los otros Ministros y Prelados inferiores, para que el Señor los rija y alumbre de tal manera, que lleven a todos los hombres al conocimiento y obediencia de su criador. Y asimismo, debemos rogar (como lo aconseja san Pablo) por los reyes y por todos los que están constituidos en dignidad, para que mediante su providencia vivamos vida quieta y reposada, porque esto es acepto delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad. Roguemos también por todos los miembros de su cuerpo místico, por los justos, que el Señor los conserve, y por los pecadores, que los convierta, y por los difuntos, que los saque misericordiosamente de tanto trabajo y los lleve al descanso de la vida perdurable.

Roguemos también por todos los pobres, enfermos, encarcelados, cautivos, etc. Que Dios, por los méritos de su Hijo, los ayude y libre del mal.

Y después de haber pedido para nuestros prójimos, pidamos luego para nosotros, y qué sea lo que le habemos de pedir, su misma necesidad lo enseñará a cada uno, si bien se conociere. Mas para mayor facilidad de esta doctrina, podemos pedir las mercedes siguientes: Primeramente pidamos, por los méritos y trabajos de este Señor, perdón de todos nuestros pecados y enmienda de ellos, y especialmente pidamos favor contra todas aquellas pasiones y vicios a que somos más inclinados y más tentados, descubriendo todas estas llagas a aquel médico celestial para que El las sane y las cure con la unción de su gracia.

Lo segundo, pidamos aquellas altísimas y nobilísimas virtudes en que consiste la suma de toda perfección cristiana, que son: fe, esperanza, amor, temor, humildad, paciencia, obediencia, fortaleza para todo trabajo, pobreza de espíritu, menosprecio del mundo, discreción, pureza de intención, con otras semejantes virtudes que están en la cumbre de este espiritual edificio; porque la fe es la primera raíz de toda la cristiandad; la esperanza es el báculo y remedio contra las tentaciones de esta vida; la caridad es fin de toda la perfección cristiana; el temor de Dios es principio de la verdadera sabiduría; la humildad es el fundamento de todas las virtudes; la paciencia es armadura contra los golpes y encuentros del enemigo; la obediencia es muy agradable ofrenda, donde el hombre ofrece a sí mismo a Dios en sacrificio; la discreción es los ojos con que el alma ve y anda todos sus caminos; la fortaleza, los brazos con que hace todas sus obras, y la pureza de intención, la que refiere y endereza todas nuestras obras a Dios.

Lo tercero, pidamos luego otras virtudes que, además de ser ellas de suyo muy principales, sirven para la guarda de estas mayores, como son: la templanza en comer y beber, la moderación de la lengua, la guarda de los sentidos, la mesura y composición del hombre exterior, la suavidad y buen ejemplo para los prójimos, el rigor y aspereza para consigo, con otras virtudes semejantes.

Después de esto, acabe con la petición del amor de Dios .y en ésta se detenga y ocupe la mayor parte del tiempo, pidiendo al Señor esta virtud con entrañables afectos y deseos (pues en ella consiste todo nuestro bien), y podrá decir así:

PETICIÓN ESPECIAL DEL AMOR DE DIOS

Sobre todas estas virtudes, dame, Señor, tu gracia, para que te ame yo con todo mi corazón, con toda mi ánima, con todas mis fuerzas y con todas mis entrañas, así como tú lo mandas. ¡Oh, toda mi esperanza, toda mi gloria, todo mi refugio y alegría! ¡Oh, el más amado de los amados! ¡Oh, esposo florido, esposo suave, esposo melifluo! ¡Oh, dulzura de mi corazón! ¡Oh, vida de mi ánima y descanso alegre de mi espíritu! ¡Oh, hermoso y claro día de la eternidad, y serena luz de mis entrañas, y paraíso florido de mi corazón! ¡Oh, amable principio mío y suma suficiencia mía!

Apareja, Dios mío, apareja, Señor, una agradable morada para ti en mí, para que, según la promesa de tu santa palabra, vengas a mí y reposes en mí. Mortifica en mí todo lo que desagrada a tus ojos y hazme hombre según tu corazón. Hiere, Señor, lo más íntimo de mi ánima con las saetas de tu amor, y embriágala con el vino de tu perfecta caridad. ¡Oh! ¿Cuándo será esto? ¿Cuándo te agradaré en todas las cosas? ¿Cuándo dejaré de ser mío? ¿Cuándo ninguna cosa fuera de ti vivirá en mí? ¿Cuándo ardentísimamente te amaré? ¿Cuándo me abrasará toda la llama de tu amor? ¿Cuándo estaré todo derretido y traspasado con tu eficacísima suavidad? ¿Cuándo abrirás a este pobre mendigo y le descubrirás el hermosísimo Reino tuyo que está dentro de mí, el cual eres tú con todas tus riquezas? ¿Cuándo me arrebatarás y anegarás y transportarás y esconderás en ti, donde nunca más parezca? ¿Cuándo, quitados todos impedimentos y estorbos, me harás un espíritu contigo, para que nunca ya me pueda más apartar de ti?

¡Oh, amado, amado, amado de mi ánima! ¡Oh dulzura, dulzura de mi corazón! ¡Óyeme, Señor, no por mis merecimientos, sino por tu infinita bondad! Enséñame, alúmbrame, enderézame y ayúdame en todas las cosas para que ninguna cosa se haga ni diga, sino lo que fuere a tus ojos agradable. ¡Oh Dios mío, amado mío, entrañas mías, bien de mi ánima! ¡Oh amor mío dulce! ¡Oh deleite mío grande! ¡Oh fortaleza mía, veladme; luz mía, guiadme!

¡Oh Dios de mis entrañas! ¿Por qué no te das al pobre? ¡Hinches los cielos y la tierra, y mi corazón dejas vacío! Pues vistes los lirios del campo, y guisas de comer a .las avecillas y mantienes los gusanos, ¿por qué te olvidas de mí, pues a todos olvido por ti? ¡Tarde te conocí, bondad infinita! ¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Triste del tiempo que no te amé! ¡Triste de mí, pues no te conocía! ¡Ciego de mí, que no te veía! ¡Estabas dentro de mí, y yo andaba a buscarte por de fuera! Pues aunque te hallé tarde, no permitas, Señor, por tu divina clemencia, que jamás te deje.

Y porque una de las cosas que más te agradan y más hieren tu corazón es tener ojos para saberte mirar, dame, Señor, esos ojos con que te mire; conviene saber: ojos de paloma sencillos; ojos castos y vergonzosos; ojos humildes y amorosos; ojos devotos y llorosos; ojos atentos y discretos, para entender la voluntad y cumplirla, para que, mirándote yo con estos ojos, sea de ti mirado con aquellos ojos con que miraste a san Pedro, cuando lo hiciste llorar su pecado; con aquellos ojos con que miraste al Hijo Pródigo, cuando le saliste a recibir y le diste beso de paz; con aquellos ojos con que miraste al publicano, cuando él no osaba alzar los ojos al cielo; con aquellos ojos con que miraste a la Magdalena, cuando ella lavaba tus pies con las lágrimas de los suyos; finalmente, con aquellos ojos con que miraste a la Esposa en los cantares, cuando le dijiste: Hermosa eres, amiga mía; hermosa eres, tus ojos son de paloma, para que, agradándote de los ojos y hermosura de mi ánima, le des aquellos arreos de virtudes y gracias con que siempre te parezca hermosa.

¡Oh Altísima, Clementísima, Benignísima Trinidad, Padre, Hijo, Espíritu Santo, un solo Dios verdadero, enséñame, enderézame y ayúdame, Señor, en todo! ¡Oh Padre todopoderoso, por la grandeza de tu infinito poder, asienta y confirma mi memoria en ti e hínchela de santos y devotos pensamientos! ¡Oh Hijo Santísimo, por la eterna sabiduría tuya, clarifica mi entendimiento y adórnalo con el conocimiento de la suma verdad y de mi extremada vileza! ¡Oh Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, por tu incomprensible bondad, traspasa en mí toda tu voluntad y enciéndela con un tan grande fuego de amor, que ningunas aguas la puedan apagar! ¡Oh Trinidad Sagrada, único Dios mío, y todo mi bien! ¡Oh si pudiese yo alabarte y amarte como te alaban y aman todos los ángeles! ¡Oh si tuviese yo el amor de todas las criaturas, cuán de buena gana te lo daría y traspasaría en ti, aunque ni éste bastaría para amarte como tú mereces! Tú sólo te puedes dignamente amar y dignamente alabar, porque tú sólo comprendes tu incomprensible bondad, y así tú solo la puedes amar cuanto ella merece, de manera que en sólo ese divinísimo pecho se guarda justicia de amor.

¡Oh María, María, María, Virgen Santísima, Madre de Dios, Reina del cielo, Señora del mundo, Sagrario del Espíritu Santo, Lirio de pureza, Rosa de paciencia, Paraíso de deleites, Espejo de Castidad, Dechado de inocencia! Ruega por este pobre desterrado y peregrino, y parte con él de las sobras de tu abundantísima caridad. Oh vosotros, bienaventurados santos y santas, y vosotros, bienaventurados espíritus, que así ardéis en el amor de vuestro Criador, y señaladamente vosotros, Serafines, que abrasáis los cielos y la tierra con vuestro amor, no desamparéis este pobre miserable corazón, sino limpiadlo, como los labios de Isaías, de todos sus pecados, y abrasadlo con la llamada de ese vuestro ardentísimo amor, para que sólo a este Señor ame, a Él sólo busque, a Él sólo repose y more en siglos de los siglos. Amén.

CAPÍTULO XII

 

DE ALGUNOS AVISOS QUE SE DEBEN TENER EN ESTE SANTO EJERCICIO

Todo lo que hasta aquí se ha dicho sirve para dar materia de consideración, que es una de las principales partes de este negocio, porque la menor parte de la gente tiene suficiente materia de consideración, y así, por falta de ella, faltan muchos en este ejercicio. Ahora diremos sumariamente la manera y forma que en esto se podrá tener. Y aunque de esta materia el principal Maestro sea el Espíritu Santo, pero todavía la experiencia nos ha mostrado ser necesarios algunos avisos en esta parte, porque el camino para ir a Dios es arduo y tiene necesidad de guía, sin la cual muchos andan mucho tiempo perdidos y descaminados.

PRIMER AVISO

Sea, pues, el primer aviso éste: que cuando nos pusiéremos a considerar alguna cosa de las susodichas en sus tiempos y ejercicios determinados, no debemos estar tan atados a ella, que tengamos por mal hecho salir de aquella a otra, cuando halláremos en ella más devoción, más gusto o más provecho, porque, como el fin de todo esto sea la devoción, lo que más sirviere para este fin, eso se ha de tener por lo mejor. Aunque esto no se debe hacer por livianas causas, sino con ventaja conocida. Asimismo, si en algún paso de su oración o meditación sintiere más gusto o devoción que en otro, deténgase en él todo el espacio que le durase este afecto, aunque todo el tiempo del recogimiento se le vaya en eso. Porque como el fin de todo esto sea la devoción (como dijimos), yerro sería buscar en otra parte, con esperanza dudosa, lo que ya tenemos en las manos cierto.

SEGUNDO AVISO

Sea el segundo, que trabaje el hombre por excusar en este ejercicio la demasiada especulación del entendimiento, y procure de estar este negocio más con afectos y sentimientos de la voluntad, que con discursos y especulaciones del entendimiento.

Porque sin duda no aciertan este camino los que de tal manera se ponen en la oración a meditar los Misterios Divinos, como si los estudiasen para predicar, lo cual más es derramar el espíritu que recogerlo y andar más fuera de sí, que dentro de sí. De donde nace que, acabada su oración, se quedan secos y sin jugo de devoción, y tan fáciles y ligeros para cualquier liviandad como lo estaban antes. Porque en hecho de verdad, los tales no han orado, sino parlado y estudiado, que es un negocio bien diferente en la oración. Deberían los tales considerar que en este ejercicio más nos llegamos a escuchar que a parlar. Pues para acertar en este negocio, lléguese el hombre con corazón de una viejecica ignorante y humilde, y más con voluntad dispuesta y aparejada para sentir y aficionarse a las cosas de Dios que con entendimiento despabilado y atento para escudriñarlas, porque esto es propio de los que estudian para saber, y no de los que oran y piensan en Dios para llorar.

TERCER AVISO

El aviso pasado nos enseña cómo debemos sosegar el entendimiento y entregar todo este negocio a la voluntad; mas el presente pone también su tasa y medida a la misma voluntad, para que no sea demasiada ni vehemente en su ejercicio, para lo cual es de saber que la devoción que pretendemos alcanzar no es cosa que se ha de alcanzar a fuerza de brazos (como algunos piensan), los cuales, con demasiados ahíncos y tristezas forzadas y como hechizas, procuran alcanzar lágrimas y compasión cuando piensan en la Pasión del Salvador, porque eso suele secar más el corazón y hacerlo más inhábil para la visitación del Señor, como enseña Casiano. Y además de esto suelen estas cosas hacer daño a la salud corporal, y a veces dejan el ánimo tan atemorizado con el sinsabor que allí recibió, que teme tomar otra vez al ejercicio como a cosa que experimentó haberle dado mucha pena. Conténtese, pues, el hombre con hacer buenamente lo que es de su parte, que es hallarse presente a lo que el Señor padeció, mirando con una vista sencilla y sosegada y con un corazón tierno y compasivo y aparejado para cualquier sentimiento que el Señor le quisiere dar lo que por Él padeció, más dispuesto para recibir el efecto, que su misericordia le diere, que para exprimirlo a fuerza de brazos. Y esto hecho, no se acongoje por lo demás, cuando no le fuera dado.

CUARTO AVISO

De todo lo susodicho podemos colegir cuál sea la manera de atención que debemos tener en la oración, porque aquí principalmente conviene tener el corazón no caído ni flojo, sino vivo, atento y levantado a lo alto. Mas así como es necesario estar aquí con esta atención sea templada y moderada, porque no sea dañosa a la salud ni impida a la devoción, porque algunos hay que fatigan la cabeza con la demasiada fuerza que ponen para estar atentos a lo que piensan, como ya dijimos. Y otros hay que, por huir de este inconveniente, están allí muy flojos y remisos y muy fáciles para ser llevados de todos vientos. Para huir de estos extremos conviene llevar tal medio, que ni con la demasiada atención fatiguemos la cabeza, ni con el mucho descuido y flojedad debemos andar vagueando el pensamiento por do quisiese. De manera que así como solemos decir al que va sobre una bestia maliciosa que lleve la rienda tiesa, conviene saber, ni muy apretada ni muy floja, porque ni vuelva atrás, ni camine con peligro, así debemos procurar que vaya nuestra atención moderada y no forzada, con cuidado y no con fatiga congojosa.

Mas particularmente conviene avisar que al principio de la meditación no fatiguemos la cabeza con demasiada atención, porque cuando esto se hace suelen faltar por adelante las fuerzas, como faltan al caminante cuando al principio de la jornada se da mucha prisa a caminar.

QUINTO AVISO

Mas entre todos estos avisos, el principal sea que no desmaye el que ora, ni desista de su ejercicio cuando no siente luego aquella blandura de devoción que él desea. Necesario es con longanimidad y perseverancia esperar la venida del Señor, porque a la gloria de Su Majestad y a la bajeza de nuestra condición y a la grandeza del negocio que tratamos pertenece que estemos muchas veces esperando y aguardando a las puertas de su palacio sagrado.

Pues cuando de esta manera hayas aguardado un poco de tiempo, si el Señor viniere, dale gracias por su venida; y si te pareciere que no viene, humíllate delante de Él, y conoce que no mereces lo que no te dieron, y conténtate con haber allí hecho sacrificio de ti mismo y negado tu propia voluntad y crucificado tu apetito y luchado con el demonio y contigo mismo, y hecho a lo menos eso que era de tu parte. Y si no adoraste al Señor con la adoración sensible que deseabas, basta que lo adoraste en espíritu y en verdad, como Él quiere ser adorado (Io.4, 23). Y créeme, cierto, que éste es el caso más peligroso de esta navegación y el lugar donde se prueban los verdaderos devotos, y que si de éste sales bien, en todo lo demás te irá prósperamente.

Finalmente, si todavía te pareciese que era tiempo perdido perseverar en la oración y fatigar la cabeza sin provecho, en tal caso no tendría por inconveniente que, después de haber hecho lo que es en ti, tomases algún libro devoto y trocases por entonces la oración por la lección; con tanto que el leer fuese, no corrido ni apresurado, sino reposado y con mucho sentimiento de lo que vas leyendo, mezclando muchas veces en sus lugares la oración con la lección, lo cual es cosa muy provechosa y muy fácil de hacer a todo género de personas, aunque sean muy rudas y principalmente en este camino.

SEXTO AVISO

Y no es diferente documento del pasado, ni menos necesario avisar que el siervo de Dios no se contente con cualquier gustillo que halle en su oración (como hacen algunos que en derramando una lagrimilla, o sintiendo alguna ternura de corazón, piensan que han ya cumplido con su ejercicio). Esto no basta para lo que aquí pretendemos. Porque así como no basta para que la tierra fructifique un pequeño rocío de agua, que no hace más que matar el polvo y mojar la tierra por fuera, sino que es menester tanta agua que cale hasta lo íntimo de la tierra y la deje harta de agua para que pueda fructificar, así también es acá necesaria la abundancia de este rocío y agua celestial para dar fruto de buenas obras. Pues por esto con mucha razón se aconseja que tomemos para este santo ejercicio el más largo espacio que pudiéramos. Y mejor sería un rato largo que dos cortos, porque si el espacio es breve, todo él se basta en sosegar la imaginación y aquietar el corazón, y después de ya quieto, levantámonos del ejercicio, cuando la hubiéramos de comenzar.

Y descendiendo más en particular a limitar este tiempo, paréceme que todo lo que es menos de hora y media o dos horas es corto el plazo para la oración, porque muchas veces se pasa más que media hora en templar la vihuela, y en quietar (como dije) la imaginación, y todo el otro espacio es menester para gozar del fruto de la oración. Verdad es que cuando este ejercicio se tiene después de algunos otros santos ejercicios, como es después de maitines o después de haber oído o dicho misa o después de alguna devota lección u oración vocal, más dispuesto se halla el corazón para este negocio y (así como en leña seca) muy más presto se enciende este fuego celestial. También el tiempo de madrugada sufre ser más corto porque es el más aparejado de cuantos hay para este oficio. Mas el que fuere pobre de tiempo por sus muchas ocupaciones, no deje de ofrecer su cornadillo con la pobre viuda en el Templo (Lc.21, 2), por que si esto no queda por su negligencia, Aquel que todas las criaturas provee conforme a su necesidad y naturaleza, proveerá a él también según la suya.

SÉPTIMO AVISO

Conforme a este documento se da otro semejante a él, y es que cuando el alma fuere visitada en la oración, o fuera de ella, con alguna particular visitación del Señor, que no la deje pasar en vano, sino que se aproveche de aquella ocasión que se le ofrece, porque es cierto que con este viento navegará el hombre más en una hora que sin Él en muchos días. Así se dice que lo hacía san Francisco, de quien escribe san Buenaventura en su vida que era tan particular el cuidado que en esto tenía, que si andando camino lo visita nuestro Señor con alguna particular visitación, hacía ir delante los compañeros y él estábase quedo hasta acabar de rumiar y digerir aquel bocado que le venía del cielo. Los que así no lo hacen, suelen comúnmente ser castigados con esta pena, que no hallen a Dios cuando lo buscaren, pues cuando Él los buscaba no los halló.

OCTAVO AVISO

El último y más principal aviso sea que procuremos en este santo ejercicio de juntar en uno la meditación con la contemplación, haciendo de la una escalón para subir a la otra, para lo cual es de saber que el oficio de la meditación es considerar con estudio y atención las cosas divinas discurriendo de unas en otras para mover nuestro corazón a algún efecto y sentimiento de ellas, que es como quien hiere un pedernal para sacar alguna centella de él. Mas la contemplación es haber ya sacado esta centella, quiero decir, haber ya hallado este efecto y sentimiento que se buscaba, y estar con reposo y silencio gozando de él, no con muchos discursos y especulaciones del entendimiento, sino con una simple vista de la verdad, por lo cual dice un santo doctor que la meditación discurre con trabajo y con fruto; mas la contemplación sin trabajo y con fruto; la una busca, la otra halla; una rumia el manjar, la otra lo gusta; la una discurre y hace consideraciones, la otra se contenta con una simple vista de las cosas, porque tiene ya el amor y gusto de ellas; finalmente, la una es como medio, la otra como fin; la una como camino y movimiento, y la otra como término de este camino y movimiento.

De aquí se infiere una cosa muy común, que enseñan todos los maestros de la vida espiritual (aunque poco entendida de los que la leen), conviene saber, que así como alcanzado el fin cesan los medios, como tomando el puerto cesa la navegación, así cuando el hombre, mediante el trabajo de la meditación, llegare al reposo y gusto de la contemplación, debe por entonces cesar de aquella piadosa y trabajosa inquisición. Y contento con una simple vista y memoria de Dios (como si lo tuviese presente), gozar de aquel afecto que se le da, ora sea de amor, ora de admiración o de alegría o cosa semejante. La razón porque esto se aconseja es porque, como el fin de todo este negocio consista más en el amor y afectos de la voluntad que en la especulación del entendimiento, cuando ya la voluntad está presa, y tomada de este afecto, debemos excusar todos los discursos y especulaciones del entendimiento, en cuanto nos sea posible, para que nuestra ánima con todas sus fuerzas se emplee en esto sin derramarse por los actos de otra potencia. Y por eso aconseja un doctor, que así como el hombre se sintiere inflamar del amor de Dios, debe luego dejar todos estos discursos y pensamientos (por muy altos que parezcan), no porque sean malos, sino porque entonces son impeditivos de otro bien mayor, que no es otra cosa más que cesar el movimiento llegado el término y dejar la meditación por amor de la contemplación. Lo cual señaladamente se puede hacer al fin de todo el ejercicio, que es después de la petición del amor de Dios, de que arriba tratamos; lo uno, porque se presupone ya entonces que el trabajo del ejercicio pasado habrá parido algún efecto y sentimiento de Dios, pues (como dice el Sabio), más vale el fin de la oración, que el principio (Eccles.7,7), y lo otro, porque después del trabajo de la meditación y oración, es razón que el hombre dé un poco de huelga al entendimiento y lo deje reposar en los brazos de la contemplación, pues en este tiempo deseche el hombre todas las imaginaciones que se le ofrecieren, acalle el entendimiento, quiete la memoria y fíjela en Nuestro Señor, considerando que está erg su presencia, no especulando por entonces cosas particulares de Dios. Conténtese con el conocimiento que de Él tiene por fe y aplique la voluntad y el amor, pues éste sólo lo abraza, y en él está el fruto de toda la meditación, y el entendimiento es casi nada lo que de Dios puede conocer y puédele la voluntad mucho amar. Enciérrese dentro de sí mismo en el centro de su ánima donde está la imagen de Dios, y allí esté atento a Él, como quien escucha al que habla de alguna torre alta, o como que lo tuviese dentro de su corazón, y como que en todo lo criado no hubiese otra cosa sino sola ella o solo él. Y aun de sí misma y de lo que hace se había de olvidar, porque, como decía uno de aquellos Padres, aquélla es perfecta oración, donde el que está orando, no se acuerda que está orando. Y no sólo al fin del ejercicio, sino también al medio y en cualquier otra parte que nos tomare este sueño espiritual, cuando está como adormecido el entendimiento de la voluntad, debemos hacer esta pausa y gozar de este beneficio y volver a nuestro trabajo, acabado de digerir y gustar aquel bocado, así como hace el hortelano cuando riega una era, que después de llena de agua detiene el hilo de la corriente y deja empapar y difundirse por las entrañas de la tierra seca lo que ha recibido, y esto ha hecho, torna a soltar el hilo de la fuente, para que aún reciba más y más y quede mejor regada. Mas lo que entonces el ánima siente, lo que goza la luz, y la hartura, y la caridad y paz que recibe, no se puede explicar con palabras, pues aquí está la paz que excede todo sentido y la felicidad que en esta vida se puede alcanzar.

Algunos hay tan tomados del amor de Dios, que, apenas han comenzado a pensar en Él, cuando luego la memoria de su dulce nombre les derrite las entrañas, los cuales tienen tan poca necesidad de discursos y consideraciones para amarle, como la madre o la esposa para regalarse con la memoria de su hijo o esposo, cuando le hablan de él; y otros que no sólo en el ejercicio de la oración, sino fuera de él, andan tan absortos y tan empapados en Dios, que de todas las cosas y de sí mismos se olvidan por Él, porque si esto puede muchas veces el amor furioso de un perdido, ¿cuánto más lo podrá el amor de aquella infinita hermosura, pues no es menos poderosa la gracia que la naturaleza y que la culpa? Pues cuando esto el ánima sintiere, en cualquier parte de la oración que lo sienta, en ninguna manera lo debe desechar, aunque todo el tiempo del ejercicio se gastase en esto, sin rezar o meditar las otras cosas que tenía determinadas, si no fuesen de obligación, porque así como dice san Agustín que se ha de dejar la oración vocal cuando alguna vez fuese impedimento de la devoción, así también se debe dejar la meditación cuando fuese impedimento de la contemplación.

Donde también es mucho de notar que así como nos conviene dejar la meditación por la afección para subir de menos a más, así, por el contrario, a veces convendrá dejar la afección por la meditación, cuando la afección fuese tan vehemente que se temiese peligro a la salud perseverando en ella, como muchas veces acaece a los que, sin este aviso, se dan a estos ejercicios y los toman sin discreción, atraídos por la fuerza de la divina suavidad. Y en tal caso como éste, dice un doctor, que es buen remedio salir a algún afecto de compasión, meditando un poco en la Pasión de Cristo, o en los pecados y miserias del mundo, para aliviar y desahogar el corazón.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I

 

 QUÉ COSA SEA DEVOCIÓN

 

El mayor trabajo que padecen las personas que se dan a la oración, es la falta de devoción que muchas veces en ella sienten; porque cuando ésta no falta, ninguna cosa hay más dulce ni más fácil que orar. Por esta razón (ya que habemos tratado de la materia de la oración y del modo que en ella se podrá tener), será bien tratemos ahora de las cosas que ayudan a la devoción y también de las que la impiden, y de las tentaciones más comunes de las personas devotas y de algunos avisos que para este ejercicio serán necesarios. Mas primero hará mucho al caso declarar qué cosa sea devoción, porque sepamos antes qué tal sea la joya por que militamos.

Devoción, dice Santo Tomás, es una virtud, la cual hace al hombre pronto y hábil para toda virtud y lo despierta y facilita para el bien obrar. La cual definición manifiestamente declara la necesidad y utilidad grande de esta virtud, porque en ella está encerrado más de lo que algunos pueden pensar.

Para lo cual es de saber que el mayor impedimento que tenemos para bien vivir es la corrupción de la naturaleza que nos vino por el pecado, de la cual procede una grande inclinación que tenemos para el mal y una grande dificultad y pesadumbre para el bien; estas dos cosas nos hacen dificultosísimo el camino de la virtud, siendo ella de suyo la cosa más dulce, más hermosa, más amable, más honrosa del mundo. Pues contra esa dificultad y pesadumbre proveyó la Divina Sabiduría de convenientísimo remedio, que es la virtud y socorro de la devoción; porque así como el viento cierzo esparce las nubes y deja el cielo sereno y descombrado, así la verdadera devoción sacude de nuestra ánima toda esta pesadumbre y dificultad, y la deja por entonces habilitada y desembarazada para todo bien, porque esta virtud es de tal manera virtud, que también es un especial don del Espíritu Santo, un rocío del cielo, un socorro y visitación de Dios alcanzado por la oración, cuya condición es pelear contra esta dificultad y pesadumbre, despedir esta tibieza, dar esta prontitud, henchir el ánima de buenos deseos, alumbrar el entendimiento, esforzar la voluntad, encender el amor de Dios, apagar las llamas de los malos deseos, causar hastío del mundo y aborrecimiento del pecado, y de dar al hombre por entonces otro fervor, otro espíritu y otro esfuerzo y aliento para bien obrar. De manera, que así como Sansón, cuando tenía cabellos, tenía mayores fuerzas que todos los otros hombres del mundo y, cuando éstos le faltaban, era tan flaco como todos los otros, así lo es también el ánima del cristiano, cuando tiene esta devoción; y cuando flaca, no la tiene. Esto es, pues, lo que Santo Tomás quiso significar en aquella definición, y ésta es sin duda la mayor alabanza que se puede decir de esta virtud, que siendo una sola, es como un estímulo y aguijón de todas las otras; y por esto, el que de verdad desea caminar por el camino de las virtudes, no vaya sin estas espuelas, porque nunca podrá sacar de harona a su mala bestia, si va sin ellas.

De lo dicho parece claro qué cosa sea la verdadera y esencial devoción: porque no es devoción aquella ternura de corazón o consolación que sienten algunas veces los que oran, sino esta prontitud y aliento para bien obrar, de donde muchas veces acaece hallarse lo uno sin lo otro, cuando el Señor quiere probar los suyos. Verdad es que de esta devoción y prontitud muchas veces nace aquella consolación; y, por el contrario, esta misma consolación y gusto espiritual acrecienta la devoción esencial, que es aquella prontitud y aliento para bien obrar. Y por esta causa los siervos de Dios pueden, con mucha razón, desear y pedir estas alegrías y consolaciones, no por el gusto que en ellas hay, sino porque son causa de acrecentamiento de esta devoción que nos habilita para bien obrar, como lo significó el Profeta cuando dijo (Ps.118, 32): Por el camino de los mandamientos, Señor, corrí, cuando dilataste mi corazón; conviene saber, con la alegría de tu consolación, que fue causa de esta ligereza. Pues de los medios por do se alcanza esta devoción, pretendemos ahora aquí tratar, y porque con esta virtud andan juntas todas las otras que tienen especial familiaridad con Dios, por eso tratar de los medios por do se alcanza la perfecta oración y contemplación, y las consolaciones del Espíritu Santo, y el amor de Dios y la sabiduría del cielo, y aquella unión de nuestro espíritu con Dios, que es el fin de toda la vida espiritual y es, finalmente, tratar de los medios por donde se alcanza el mismo Dios en esta vida, que es aquel tesoro del Evangelio y aquella preciosa margarita por cuya posesión el sabio mercader alegremente se deshizo de todas las cosas. Por donde parece que ésta es una altísima Teología, pues aquí se enseña el camino para el sumo bien, y paso por paso se arma una escalera para alcanzar el fruto de la felicidad, según que en esta vida se puede alcanzar.

CAPÍTULO II

 

DE NUEVE COSAS QUE AYUDAN A ALCANZAR LA DEVOCIÓN

 

Las cosas, pues, que ayudan a la devoción son muchas; porque primeramente hace mucho al caso tomar estos santos ejercicios muy de veras y muy a pechos, con un corazón muy determinado y ofrecido a todo lo que fuere necesario para alcanzar esta preciosa margarita, por arduo y dificultoso que sea, porque es cierto que ninguna cosa grande hay que no sea dificultosa, y así también lo es ésta, a lo menos a los principios.

Ayuda también la guarda del corazón, de todo género de pensamientos ociosos y vanos, y de todos los afectos y amores peregrinos, y de todas las turbaciones y movimientos apasionados, pues está claro que cada cosa de éstas impide la devoción y que no menos conviene tener el corazón templado para orar y meditar que la vihuela para tañer. Ayuda también la guarda de los sentidos, especialmente de los ojos y de los oídos y de la lengua, porque por la lengua se derrama el corazón, y por los ojos y oídos se hinche de diversas imaginaciones, de cosas con que se perturba la paz y sosiego del ánima. Por donde con razón se dice que el contemplativo ha de ser sordo, ciego y mudo, porque cuanto menos se derrama por defuera, tanto más recogido estará de dentro.

Ayuda para esto mismo la soledad, porque no sólo quita las ocasiones de distraimiento a los sentidos y al corazón y las ocasiones de los pecados, sino también convida al hombre a que more dentro de sí mismo y trate con Dios y consigo, movido con la oportunidad del lugar, que no admite otra compañía que ésta.

Ayuda, otrosí, la lección de los libros espirituales y devotos, porque dan materia de consideración y recogen el corazón y despiertan la devoción y hacen que el hombre de buena gana piense en aquello que lo supo dulcemente; mas antes siempre se representa a la memoria lo que abunda en el corazón.

Ayuda la memoria continua de Dios, y el andar siempre en su presencia, y el uso de aquellas breves oraciones que san Agustín llama jaculatorias, porque éstas guardan la casa del corazón y conservan el calor de la devoción, como arriba se platicó. Y así se halla el hombre a cada hora pronto para llegarse a la oración. Éste es uno de los principales documentos de la vida espiritual, y uno de los mayores remedios para aquellos que ni tienen tiempo ni lugar para darse a la oración, y el que trajere siempre este cuidado, en poco tiempo aprovechará muy mucho.

Ayuda también la continuación y perseverancia en los buenos ejercicios en sus tiempos y lugares ordenados, mayormente a la noche o a la madrugada, que son los tiempos más convenibles para la oración, como toda la Escritura nos enseña.

Ayudan las asperezas y abstinencias corporales: la mesa pobre, la cama dura, el cilicio y la disciplina y otras cosas semejantes, porque todas estas cosas, así como nacen de devoción, así también despiertan, conservan y acrecientan la raíz de donde nacen.

Ayudan, finalmente, las obras de misericordia, porque nos dan confianza para padecer delante de Dios y acompañan nuestras oraciones con servicios, porque no se pueden llamar del todo ruegos secos, y merecen que sea misericordiosamente recibida la oración, pues procede de misericordioso corazón.

CAPÍTULO III

 

DE DIEZ COSAS QUE IMPIDEN LA DEVOCIÓN

 

Y así como hay cosas que ayudan a la devoción, así también hay cosas que la impiden, entre las cuales la primera es los pecados, no sólo los mortales, sino también los veniales, porque éstos, aunque no quitan la caridad, quitan el fervor de la caridad, que es casi lo mismo que devoción, por donde es razón evitarlos con todo cuidado, ya que no fuese por el mal que nos hacen, a lo menos por el grande bien que nos impiden.

Impide también el remordimiento de la conciencia, que procede de los mismos pecados (cuando es demasiado), porque trae el ánima inquieta, y caída, y desmayada, y flaca para todo buen ejercicio.

Impiden también los escrúpulos, por la misma causa, porque son como espinas, y no la dejan reposar y sosegar en Dios y gozar de la verdadera paz.

Impide también cualquier amargura y desabrimiento del corazón y tristeza desordenada, porque con esto muy mal se puede compadecer el gusto y suavidad de la buena conciencia y de la alegría espiritual.

Impiden, otrosí, los cuidados demasiados, los cuales son aquellos mosquitos de Egipto que inquietan el ánima y no la dejan dormir este sueño espiritual que se duerme en la oración, antes allí más que en otra parte la inquietan y divierten con su ejercicio.

Impiden también las ocupaciones demasiadas, porque ocupan el tiempo y ahogan el espíritu, y así dejan al hombre sin tiempo y sin corazón para vacar a Dios.

Impiden los regalos y consolaciones sensuales (cuando el hombre es demasiado en ellas), porque el que se da mucho a las consolaciones del mundo, no merece las del Espíritu Santo, como dice san Bernardo.

Impide el regalo en el demasiado comer y beber, mayormente las cenas largas, porque éstas hacen muy mala cama a los espirituales ejercicios y a las vigilias sagradas, porque con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo para volar a lo alto.

Impide el vicio de la curiosidad, así de los sentidos como el entendimiento, que es querer oír y ver y saber muchas cosas y desear cosas pulidas, curiosas y bien labradas, porque todo esto ocupa el tiempo, embaraza los sentidos, inquieta el ánima y derrámala en muchas partes, y así impide la devoción.

Impide, finalmente, la interrupción de todos estos santos ejercicios, si no es cuando se deja por causa de alguna piadosa o justa necesidad, porque (como dice un doctor) es muy delicado el espíritu de la devoción, el cual después de ido, o no vuelve, o a lo menos con mucha dificultad. Y por esto, así como los árboles y los cuerpos humanos quieren sus riegos y mantenimientos ordinarios, y en faltando esto luego desfallecen y desmedran, así también lo hace la devoción, cuando le falta el riego y mantenimiento de la consideración.

Todo esto se ha dicho así sumariamente, para que mejor se pudiese tener en la memoria, la declaración de lo cual podrá ver quien quisiere con el ejercicio y larga experiencia.

CAPÍTULO IV

 

DE LAS TENTACIONES MÁS COMUNES QUE SUELEN FATIGAR A LOS QUE SE DAN A LA ORACIÓN, Y DE SUS REMEDIOS

 

Será bien tratar ahora de las tentaciones más comunes de las personas que se dan a la oración y de sus remedios, las cuales, por la mayor parte, son las siguientes: Las faltas de las consolaciones espirituales. La guerra de los pensamientos importunos. Los pensamientos de blasfemia e infidelidad. El temor desordenado. El sueño demasiado. La desconfianza de aprovechar. La presunción de estar ya muy aprovechado. El apetito demasiado de saber. El indiscreto celo de aprovechar. Éstas son las más comunes tentaciones que hay en este camino, los remedios de las cuales son los siguientes:

PRIMER AVISO

Primeramente, al que le faltaren las consolaciones espirituales, el remedio es que no por eso deje el ejercicio de la oración acostumbrada, aunque le parezca desabrida y de poco fruto, sino póngase en la presencia de Dios como reo y culpado, y examine su conciencia, y mire si por ventura perdió esta gracia por su culpa, suplique al Señor con entera confianza que lo perdone, y declare las riquezas inestimables de su paciencia y misericordia en sufrir y perdonar a quien otra cosa no sabe sino ofenderle. De esta manera sacará provecho de su sequedad, tomando ocasión para más se humillar, viendo lo mucho que peca, y para más amar a Dios, viendo lo mucho que le perdona. Y aunque no halle gusto en estos ejercicios, no desista de ellos, porque no se requiere que sea siempre sabroso lo que ha de ser provechoso. A lo menos esto se halla por experiencia, que todas las veces que el hombre persevera en la oración con un poco de atención y cuidado haciendo buenamente lo que puede, al cabo sale de allí consolado y alegre, viendo que hizo de su parte algo de lo que era en sí. Mucho hace en los ojos de Dios quien hace todo lo que puede, aunque pueda poco. No mira Nuestro Señor tanto al caudal del hombre, cuanto a su posibilidad y voluntad. Mucho da quien desea dar mucho, quien da todo lo que tiene, quien no deja nada para sí. No es mucho durar mucho en la oración, cuando es mucha la consolación. Lo mucho es que, cuando la devoción es poca, la oración es mucha, y mucha mayor la humildad, y la paciencia y la perseverancia en el bien obrar.

También es necesario en estos tiempos andar con mayor solicitud y cuidado que en los otros, velando sobre la guarda de sí mismo y examinando con mucha atención sus pensamientos, y palabras, y obras; porque como entonces nos falte la alegría espiritual (que es el principal remo de esta navegación), es menester suplir con cuidado y diligencia lo que falta de gracia. Cuando así te vieres, has de hacer cuenta (como dice san Bernardo) que se te han dormido las velas que te guardaban, y que se te han caído los muros que te defendían. Y por eso toda la esperanza de salud está en las armas, pues ya no te ha de defender el muro, sino la espada y la destreza en el pelear. ¡Oh cuánta es la gloria del ánima que de esta manera batalla, que sin escudo se defiende, y que sin armas pelea, y sin fortaleza es fuerte y, hallándose en la batalla sola, toma el esfuerzo y ánimo por compañía!

No hay mayor gloria en el mundo que imitar en las virtudes al Salvador. Y entre sus virtudes se cuenta por muy principal haber padecido lo que padeció, sin admitir en su ánima ningún género de consuelo. De manera que el que así padeciere y peleare, tanto será mayor imitador de Cristo cuanto más careciere de todo género de consuelo. Y esto es beber el cáliz de la obediencia puro, sin mezcla de otro licor. Éste es el toque principal en que se prueba la fineza de los amigos, si son verdaderos o no lo son.

SEGUNDO AVISO

Contra la tentación de los pensamientos importunos que nos suelen combatir en la oración, el remedio es pelear varonil y perseverantemente contra ellos, aunque esta resistencia no ha de ser con demasiada fatiga y congoja de espíritu, porque no es este negocio tanto de fuerza, cuanto de gracia y humildad. Y por esto cuando el hombre se hallare de esta manera, debe volverse a Dios sin escrúpulo y sin congoja (pues esto o no es culpa, o es muy liviana), y con toda humildad y devoción le diga: «Veis aquí, Señor mío, quién soy yo, ¿qué se esperaba de este muladar, sino semejantes olores? ¿Qué se esperaba de esta tierra que Vos maldijisteis, sino zarzas y espinas? Éste es el fruto que ella puede dar si Vos, Señor, no la limpiáis». Y dicho esto, torne a atar su hilo como de antes, y espere con paciencia la visitación del Señor, que nunca falta a los humildes. Y si todavía te inquietaren los pensamientos, y tú todavía perseverantemente les resistieres e hicieres lo que es en ti, debes tener por cierto que mucha más tierra ganas en esta resistencia que si estuvieras gozando de Dios a todo sabor.

TERCER AVISO

Para remedio de las tentaciones de blasfemia es de saber que así como ningún linaje de tentaciones es más penoso que éste, así ninguno hay menos peligroso, y así el remedio es no hacer caso de las tentaciones, pues el pecado no está en el sentimiento, sino en el consentimiento y en el deleite, el cual aquí no hay, sino antes al contrario; y así, más se puede llamar ésta pena, que culpa, porque cuan lejos está el hombre de recibir alegría con estas tentaciones, tan lejos está de tener culpa en ellas. Y por eso el remedio (como dije) es menospreciarlas y no temerlas; porque cuando demasiadamente se temen, el mismo temor las despierta y las levanta.

CUARTO AVISO

Contra las tentaciones de infidelidad, el remedio es que acordándose el hombre por un cabo de la pequeñez humana, y por otro de la grandeza divina, piense en lo que Dios le manda, y no sea curioso en querer escudriñar sus obras, pues vemos que muchas de ellas exceden a nuestro saber.

Y, por tanto, el que quiere entrar en el santuario de las obras divinas, ha de entrar con mucha humildad y reverencia, y llevar consigo ojos de paloma sencilla y no de serpiente maliciosa, y corazón de discípulo y no de juez temerario. Hágase como niño pequeño, porque a los tales enseña Dios sus secretos. No cure de saber el porqué de las obras divinas, cierre el ojo de la razón y abra sólo el de la fe, porque éste es el instrumento con que se han de tantear las obras de Dios. Para mirar las obras humanas muy bueno es el ojo de la razón humana; mas para mirar las divinas, no hay cosa más desproporcionada que él. Mas porque ordinariamente esta tentación es al hombre penosísima, el remedio es el de la pasada, que es no hacer caso de ella, pues más es ésta pena que culpa, porque no puede haber culpa en lo que la voluntad está contraria, como allí se declaró.

QUINTO AVISO

Algunos hay que son combatidos de grandes temores y fantasías, cuando se apartan sólo de noche a orar. Contra esta tentación el remedio es hacerse el hombre fuerza y perseverar en su ejercicio; porque huyendo crece el temor, y peleando, la osadía. Aprovecha también considerar que ni el demonio, ni otra cosa es poderosa para nos dañar, sin licencia de Nuestro Señor. También aprovecha considerar que tenemos al Ángel de nuestra Guarda a nuestro lado, y en la oración mejor que en otra parte, porque allí existe él para nos ayudar y llevar nuestras oraciones al cielo y defendernos del enemigo, que no nos puede hacer mal.

SEXTO AVISO

Contra el sueño demasiado, el remedio es considerar que el sueño unas veces procede de necesidad, y entonces el remedio es no negar al cuerpo lo que es suyo, porque no nos impida lo que es nuestro. Otras procede de enfermedad y entonces no debe el hombre congojarse por eso, pues no tiene culpa, ni tampoco debe dejarse del todo vencer, sino hacer de su parte lo que buenamente pudiere, para que del todo no se pierda la oración, sin la cual no tenemos seguridad ni alegría verdadera en esta vida. Otras veces nace el sueño de pereza o del demonio que lo procura. Entonces el remedio es el ayuno, no beber vino, beber poca agua, estar de rodillas, o en pie, o en cruz y no arrimado, hacer alguna disciplina u otra cualquiera aspereza que despierte y punce la carne.

Finalmente, el único y general remedio, así para este mal como para los otros, es pedirlo a Aquel que está aparejado para dar, si hubiere quien siempre le quiera pedir.

SÉPTIMO AVISO

Contra las tentaciones de la desconfianza y de la presunción; que son vicios contrarios, es forzado que haya diversos remedios. Para la desconfianza, el remedio es considerar que este negocio no se ha de alcanzar por solas tus fuerzas, sino por la divina gracia, la cual tanto más presto se alcanza, cuanto más el hombre desconfía de su propia virtud y confía en sólo la bondad de Dios, a quien todo es posible.

Para la presunción, el remedio es considerar que no hay más claro indicio de estar el hombre muy lejos, que creer que está muy cerca, porque en este camino los que van descubriendo más tierra, ésos se dan mayor prisa por ver lo mucho que les falta; y por eso nunca hacen caso de lo que tienen en comparación de lo que desean. Mírate, pues, como en un espejo, en la vida de los Santos y en las de otras personas señaladas que ahora viven en carne, y verás que eres ante ellos como un enano en presencia de un gigante, y así no presumirás.

OCTAVO AVISO

Contra la tentación del demasiado apetito de saber y estudiar, el primer remedio es considerar cuánto más excelente es la virtud que la ciencia, y cuánto más excelente la sabiduría divina que la humana, para que por aquí vea el hombre cuánto más se debe ocupar en los ejercicios por do se alcanza la una que la otra. Tenga la gloria de la sabiduría del mundo, las grandezas que quisiere, que al fin se acaba esta gloria con la vida. Pues, ¿qué cosa puede ser más miserable que adquirir con tanto trabajo lo que tampoco se ha de gozar? Todo lo que aquí puedes saber es nada. Y si te ejercitares en el amor a Dios, presto lo irás a ver, y en él verás todas las cosas. «Y el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos o predicamos, sino cuán bien obramos».

NOVENO AVISO

Contra la tentación del indiscreto celo de aprovechar a otros, el principal remedio es que de tal manera entendamos en el provecho del prójimo, que no sea con perjuicio nuestro. Y que de tal manera entendamos en los negocios de las conciencias ajenas, que tomemos tiempo para las nuestras, el cual ha de ser tanto, que baste para traer a la continua el corazón devoto y recogido, porque esto es andar en espíritu, como dice el Apóstol, que es andar el hombre más en Dios que en sí mismo. Pues como esto sea raíz y principio de todo nuestro bien, todo nuestro trabajo ha de ser procurar de tener tan larga y tan profunda oración, que baste para traer siempre el corazón con esta manera de recogimiento y de devoción, para lo cual no basta cualquier manera de recogimiento y oración, sino es menester que sea muy larga y muy profunda.

CAPÍTULO V

 

DE ALGUNOS AVISOS NECESARIOS PARA LOS QUE SE DAN A LA ORACIÓN

 

Una de las cosas más arduas y dificultosas que hay en esta vida es saber ir a Dios y tratar familiarmente con él. Y por esto no se puede este camino andar sin alguna buena guía, ni tampoco sin algunos avisos para no perderse en él, y por esto será necesario apuntar aquí algunos con la nuestra acostumbrada brevedad. Entre los cuales, el primero sea acerca del fin que en estos ejercicios se ha de tener. Para lo cual es de saber que (como esta comunicación con Dios sea una cosa tan dulce y tan deleitable, según dice el Sabio) de aquí nace que muchas personas atraídas con la fuerza de esta maravillosa suavidad (que es sobre todo lo que se puede decir) se llegan a Dios y se dan a todos los espirituales ejercicios, así de lección como de oración y uso de Sacramentos, por el gusto grande que hallan en ellos, de tal manera, que el principal fin que a esto les lleva es el deseo de esta maravillosa suavidad. Éste es un muy grande y muy universal engaño en que caen muchos. Porque como el principal fin de todas nuestras obras haya de ser amar a Dios y buscar a Dios, esto más es amar a sí y buscar a sí, conviene saber, su propio gusto y contentamiento, que es el fin que los filósofos pretendían en su contemplación. Y esto es también -como dice un Doctor- un linaje de avaricia, lujuria y gula espiritual, que no es menos peligrosa que la otra sensual.

Y lo que es más, de este mismo engaño se sigue otro no menor, que es juzgar el hombre a sí y a los otros por estos gustos y sentimientos, creyendo que tanto tiene cada uno más o menos de perfección, cuanto más o menos gusta de Dios, que es un engaño muy grande. Pues contra estos dos engaños sirve este aviso y regla general: que cada uno entienda que el fin de todos estos ejercicios y de toda la vida espiritual es la obediencia de los mandamientos de Dios y el cumplimiento de la divina voluntad, para lo cual es necesario que muera la voluntad propia, para que así viva y reine la divina, pues es tan contraria a ella.

Y porque tan gran victoria como ésta no se puede alcanzar sin muy grandes favores y regalos de Dios, por esto principalmente se ha de ejercitar la oración, para que por ella se alcancen estos favores y se sientan estos regalos para salir con esta empresa. Y de esta manera y para tal fin se pueden pedir y procurar los deleites de la oración (según arriba dijimos), como los pedía David cuando decía: Vuélveme, Señor, la alegría de tu salud, y confírmame con tu espíritu principal (Ps.50, 14). Pues conforme a esto, entenderá el hombre cuál ha de ser el fin que ha de tener en estos ejercicios, y por aquí también entenderá por dónde ha de estimar y medir su aprovechamiento y el de los otros, conviene saber, no por los gustos que hubiere recibido de Dios, sino por lo que por él hubiese padecido, así por hacer la voluntad divina, como por negar la propia.

Que éste haya de ser el fin de todas nuestras lecciones y oraciones, no quiero traer para esto más argumentos que aquella divina oración o salmo: Beati immaculati in via (Ps.118,1), que teniendo ciento setenta y siete versos (porque es el mayor del salterio) no se hallará en él uno solo que no haga mención de la ley de Dios y de la guarda de sus mandamientos, lo cual quiso el Espíritu Santo que así fuese, para que por aquí viesen los hombres cómo todas sus oraciones y meditaciones se habían de ordenar en todo y en parte a este fin, que es la obediencia y guarda de la ley de Dios, y todo lo que va fuera de aquí, es uno de los muy sutiles y más colorados engaños del enemigo, con el cual hace creer á los hombres que son algo, no siéndolo. Por lo cual dicen muy bien los santos que la verdadera prueba del hombre no es el gusto de la oración, sino la paciencia de la tribulación, la abnegación de sí mismo y el cumplimiento de la divina voluntad, aunque para todo esto aprovecha grandemente así la oración como los gustos y consolaciones que en ellas se dan.

Pues, conforme a esto, el que quisiere ver cuánto ha aprovechado en este camino de Dios, mire cuánto crece cada día en humildad interior y exterior. ¿Cómo sufre las injusticias de los otros? ¿Cómo sabe dar pasada a las flaquezas ajenas? ¿Cómo acude a las necesidades de sus prójimos? ¿Cómo se compadece y no se indigna contra los defectos ajenos? ¿Cómo sabe esperar en Dios en el tiempo de la tribulación? ¿Cómo rige su lengua? ¿Cómo guarda su corazón? ¿Cómo trae domada su carne con todos sus apetitos y sentidos? ¿Cómo se sabe valer en las prosperidades y adversidades? ¿Cómo se repara y provee en todas las cosas con gravedad y discreción? Y, sobre todo esto, mire si está muerto el amor de la honra, y del regalo, y del mundo, y según lo que en esto hubiere aprovechado o desaprovechado, así se juzgue, y no según lo que siente o no siente de Dios. Y por esto siempre ha de tener él un ojo, y el más principal en la mortificación, y el otro en la oración, porque esa misma mortificación no se puede perfectamente alcanzar sin el socorro de la oración.

SEGUNDO AVISO

Y si no debemos desear consolaciones y deleites espirituales para sólo parar en ellos sino por los provechos que nos causan, mucho menos se deben desear visiones o revelaciones o arrebatamientos y cosas semejantes que pueden ser más peligrosas a. los que no están fundados en humildad. Y no tenga el hombre miedo de ser en esto desobediente a Dios, porque cuando Él quiere revelar algo, Él lo sabe descubrir por tales modos que por más que el hombre huya El se lo certificará de manera que no pueda dudar aunque quiera.

TERCER AVISO

Debe asimismo ser avisado en callar los favores o regalos que Nuestro Señor le hiciere, si no fuere a sólo su maestro espiritual. Por lo cual dice san Bernardo que el varón devoto ha de tener en la celda escritas estas palabras: Mi secreto para mí, mi secreto para mí.

CUARTO AVISO

También debe el hombre tener aviso de tratar con Dios con la mayor humildad y reverencia que le sea posible, de manera que nunca el ánima ha de estar tan regalada y favorecida de Dios, que no vuelva los ojos hacia dentro y mire su vileza y recoja sus alas y se humille delante de tan grande majestad, como lo hacía san Agustín, de quien se dice que había aprendido a alegrarse en la presencia de Dios con temor.

QUINTO AVISO

Dijimos arriba que el siervo de Dios ha de trabajar para tener sus tiempos señalados para vacar a Dios, pues allende de este ordinario de cada día debe desocuparse a tiempos de todo género de negocios, aunque sean tantos, para entregarse del todo a los espirituales ejercicios, y dar a su ánima un abundante pasto, con el cual se reparte lo que con los defectos de cada día se gasta, y se cobren nuevas fuerzas para pasar adelante. Y aunque esto se debe hacer en otros tiempos, más especialmente se debe hacer en las fiestas principales del año y en los tiempos de tribulaciones y trabajos, y después de algunos caminos largos y de algunos negocios que han causado distraimiento y derramamiento en el corazón para tornar a recogerlo.

SEXTO AVISO

Algunos hay también que tienen poco tiempo y discreción en sus ejercicios cuando les va bien con Dios. A los cuales su misma prosperidad viene a ser ocasión de su peligro. Porque hay muchos a quien parece que se les da esta gracia a manos llenas, los cuales, como hallan tan suave la comunicación del Señor, entréganse tanto a ella y alargan tanto los tiempos de la oración y las vigilias y asperezas corporales, que la naturaleza, no pudiendo sufrir a la continua tanta carga, viene a dar con ella en tierra.

De donde nace que muchos vienen a estragarse los estómagos y la cabeza, con lo que se hacen inhábiles no sólo para los otros trabajos corporales, sino también para esos mismos ejercicios de oración.

Por lo cual conviene tener mucho tiento en estas cosas, mayormente a los principios, donde los fervores y consolaciones son mayores, y la experiencia y discreción menos, para que de tal modo tratemos la manera de caminar que no faltemos a medio camino.

Otro extremo contrario es el de los regalados, que, so color de discreción, hurtan el cuerpo a los trabajos, el cual, aunque en todo género de persona sea muy dañoso, mucho más lo es en los que comienzan, porque, como dice san Bernardo, imposible es que persevere mucho en la vida religiosa el que siendo novicio es ya discreto; siendo principiante, quiere ser prudente, y siendo aún nuevo y mozo, comienza a tratarse y regalarse como viejo.

Y no es fácil de juzgar cuál de estos dos extremos sea más peligroso, sino que la indiscreción (como dice muy bien Gerson) es más incurable porque mientras el cuerpo está sano esperanza hay que podrá haber remedio; mas después de ya estragado con la indiscreción, mal se puede remediar.

SÉPTIMO AVISO

Otro peligro hay también en este camino, y por ventura mayor que todos los pasados, el cual es que muchas personas, después que algunas veces han experimentado la virtud inestimable de la oración y visto por experiencia cómo todo el concierto de la vida espiritual depende de ella, paréceles que ella sola es el todo, y que ella sola basta para ponerlos en salvo, y así vienen a olvidarse de las otras virtudes y aflojar en todo lo demás. De donde también procede que, como todas las otras virtudes ayuden a esta virtud, faltando el fundamento, también falta el edificio; y así, mientras el hombre procura esta virtud, menos puede salir con ella.

Por esto, pues, el siervo de Dios debe poner los ojos no en una virtud sola, por grande que sea, sino en todas las virtudes; porque así como en la vihuela una sola voz no hace armonía si no suenan todas, así una virtud sola no basta para hacer esta espiritual consonancia si todas no responden con ella. Y así como un reloj si se embaraza un solo punto para todo, así también acaece en el reloj de la vida espiritual si falta una sola virtud.

OCTAVO AVISO

Aquí también conviene avisar que todas estas cosas que hasta aquí se han dicho para ayudar a la devoción se han de tomar como unos aparejos con que el hombre se dispone para la divina gracia; ocupándose diligentemente en ellos, y quitando la confianza de ellos y poniéndola en sólo Dios. Digo esto porque hay algunas personas que hacen como arte de todas estas reglas y documentos, pareciéndoles que así como el que aprende un oficio, guardadas bien las reglas de él, por virtud de ellas saldrá luego buen oficial, así también el que estas reglas guardare, por virtud de ellas, alcanzará luego lo que desea, sin mirar que esto es hacer arte de la gracia, y atribuir a reglas y artificios humanos lo que es pura, dádiva y misericordia del Señor.

Pues por esto conviene tomar estos negocios no como cosa de arte, sino como de gracia, porque tomándolo de esta manera sabrá el hombre que el principal medio que para esto se requiere es una profunda humildad y conocimiento de su propia miseria, con grandísima confianza en la divina misericordia, para que del conocimiento de lo uno y de lo otro procedan siempre continuas lágrimas y oraciones, con las cuales, entrando el hombre por la puerta de la humildad, alcance lo que desea por humildad y lo conserve con humildad y lo agradezca con humildad, sin tener ninguna repunta de confianza, ni en su manera de ejercicios, ni en cosa que sea suya.

Fin del libro de la oración.

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Los grados de la oración*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

En el Paraíso, antes del pecado original, no se necesitaban medios para comunicarse con Dios. En el estado de inocencia y de gracia en que vivían, nuestros primeros padres se comunicaban con Dios del mismo modo que lo hacen las Personas divinas: directamente, sin palabras humanas, Persona a Persona.

Pero por causa del pecado original se rompió la íntima comunicación que existía entre el hombre y Dios. Por eso Él, adaptándose a nuestra situación, y nos trasmitió su Palabra en lenguaje humano y, al venir a la tierra, nos habló con nuestras propias palabras.

Por eso, ahora, así como usamos idiomas para comunicarnos con los otros seres humanos, queremos usar este medio para tratar a nuestro Creador. Y este medio es pobrísimo, incapaz de llegar plenamente a Dios, como se verá mas abajo. Por eso, es preciso que el Señor nos saque de esta situación tan pobre, a través de un proceso de maduración que se ha llamado el paso por las edades espirituales.

Según muchos Padres de la Iglesia y todos santos Doctores que trataron el tema, primero es necesario que, después de dejar el pecado, pasemos por una etapa que nos purifica (fase purgativa), que se ha llamado la edad espiritual del niño o estado de los principiantes. Luego llega la etapa en la que Dios nos ilustra (fase iluminativa), que es la edad espiritual del adolescente o estado de los aprovechados. Finalmente, el Señor nos une íntimamente a Él (fase unitiva), que es la edad espiritual del adulto o estado de los perfectos.

 

La oración va desarrollándose según el crecimiento en estas edades espirituales. El Espíritu Santo ilumina y mueve de modos diversos a principiantes, adelantados y perfectos.

Estas son las líneas principales en la dinámica de la oración:

1. La oración va pasando de formas activas–discursivas (vida ascética de los principiantes) a modalidades pasivas–simples (vida mística de los perfectos).

2. La oración pasiva–mística es don gratuito de Dios, pero nosotros podemos disponernos mucho, colaborando con la gracia de Dios en la oración activa, para recibirla. Desde luego no podemos adquirirla, ha de darla Dios.

3. La voluntad es la primera facultad que en la oración logra fijarse establemente en Dios por el amor. Sólo en las más altas formas de oración mística todas las potencias se unen fijas en Dios durablemente.

4. La conciencia de la presencia de Dios es muy pobre en la oración activa, y viene a hacerse más tarde la sustancia misma de la oración mística.

5. La perfecta oración continua, la fusión entre contemplación y acción, sólo se alcanza cuando se llega a la oración mística.

6. Es normalmente simultáneo el crecimiento de la vida cristiana en general y de la oración.

7. La perfección a la que Dios nos ha llamado a todos (Mt 5,48; Col 1,28; Ef 4,13; Mt 19,21; etc.) es la vida de unión con Dios; por eso se llama el estado de los perfectos.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) logró, por don de Dios, conocer y expresar maravillosamente esta doctrina espiritual, que ya era enseñada por la teología espiritual anterior, aunque no tan claramente. Se citan a continuación sus obras con siglas, la Vida (V.), Camino de Perfección, según códice del Escorial (CE) o el de Valladolid (CV), así como las Moradas del Castillo interior (M) y Cuenta de conciencia (CC).

Las oraciones activas

 El cristiano principiante, durante su vida ascética, caracterizada por el ejercicio predominante de las virtudes, que lo hacen participar de la vida sobrenatural al modo humano, practica su oración con la asistencia del Espíritu Santo, en formas activas, discursivas, con imágenes, conceptos y palabras, laboriosamente. Estas oraciones, como otras actividades y trabajos, producen cansancio.

En estas oraciones, el huerto del alma va siendo regado «sacando el agua de un pozo, cosa que se hace con mucho trabajo» (V.11,7).

Oración espontánea de muchas palabras

Es ésta una forma de orar básica, universal, necesaria al corazón cristiano, y que no requiere particular aprendizaje: «Señor, voy a estar un rato contigo. Ya ves cómo estoy. Tengo que hablar contigo, y no sé cómo hacerlo. Dame tu luz y tu gracia, para que»… Se trata, como se ve, de una oración activa, discursiva, con sucesividad de temas, conceptos, palabras, voliciones, al modo psicológico humano; espontánea, no asistida por método alguno, ni por ninguna fórmula oracional, sino que brota a impulsos circunstanciales del corazón, con la ayuda del Espíritu; de muchas palabras, como es propio en los principiantes, pues si aquéllas terminan, cesa la oración.

Oración vocal

 Consiste en la recitación de fórmulas oracionales ya compuestas. Es el modo de orar más humilde, más fácil de enseñar y de aprender, más universalmente practicado en la historia de la Iglesia, y más válido en todas las edades espirituales, pues extiende su vigencia hasta el umbral mismo de la oración mística contemplativa. La mejor escuela de oración y la más eficaz catequesis.

En esta forma de oración lo más importante que ha de tenerse en cuenta es que el que «no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, a eso no lo llamo yo oración, aunque mucho menee los labios» (1 M 1,7; +CE 37,1).

 Meditación

 El orante, al meditar, trata amistosamente con Dios, y piensa con amor en él, en sus palabras y en sus obras. Es, pues, una oración activa y discursiva sumamente valiosa para entrar en intimidad con el Señor y para asimilar personalmente los grandes misterios de la fe.

Hay, evidentemente, en la meditación una parte discursiva, intelectual y reflexiva, de gran valor; pero en la oración meditativa es aún más importante el elemento amoroso, volitivo, de encuentro personal e inmediato «con Quien sabemos que nos ama» (V.8,5). En este sentido la meditación es oración en la medida en que se produce en ella ese encuentro personal y amistoso. Por eso «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (4 M 1,7).

Uno puede meditar en tres niveles, por ejemplo, la parábola del buen samaritano:

1) Meditación pagana: «Es admirable la conducta del samaritano. Yo procuraré hacer lo mismo». Eso no es oración, sino reflexión ética que no sale del propio yo, ni produce encuentro con Dios.

2) Meditación cristiana: «El samaritano simboliza a Cristo, que se inclina sobre la humanidad enferma. Yo también debo ser compasivo». Esto sigue sin ser oración, aunque es una meditación cristiana valiosa, hecha en fe, como cuando se estudia teología.

3) Oración meditativa o meditación realmente orante: «Cristo bendito, que, como el buen samaritano te compadeces de nosotros, inclínate a mí, que estoy herido, e inclínate en mí hacia mis hermanos necesitados». Esto es verdadera oración, pues produce encuentro personal con el Señor. Y también causa conversión, pues, según el tema considerado, conviene «hacer muchos actos para determinarse a hacer mucho por Dios y despertar el amor, y otros actos para ayudar a crecer las virtudes» (V.12,2).

Los grandes maestros de la oración cristiana han tenido como nota común una suma sencillez en los modos.

El objeto de la meditación cristiana conviene que sea cristológico. Conviene subir a la contemplación de la Trinidad por la meditación de los misterios de Cristo.

Y también conviene que la oración meditativa sea litúrgica, contemplando a Cristo tal como la Iglesia lo contempla día a día, y tal como ella nos invita a considerar y celebrar sus misterios.

Oración de simplicidad

La más sencilla de las oraciones activas, que llaman también oración de simple mirada, de presencia de Dios, de atención amorosa, oración afectiva o recogimiento activo —que se distingue del pasivo, como veremos—: «Esto no es cosa sobrenatural, sino que podemos nosotros hacerlo, con el favor de Dios, se entiende» (CE 49,3). Esta oración sencilla viene a ser un ensimismamiento del orante, que con simple mirada capta en sí mismo la presencia amorosa de Dios.

Ensimismamiento: Es oración de recogimiento «porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios» (CV 28,4). El discurso es escaso, las palabras, pocas. Aunque todavía «esto no es silencio de las potencias, es encerramiento de ellas en el alma misma» (29,4).

Simple mirada, con atención amorosa: «No os pido que penséis en Él, ni saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones en vuestro entendimiento; no quiero más sino que lo miréis» (CE 42,3). Puesta en la presencia del Señor, el alma «mire que lo mira» (V.13,22).

Presencia de Dios: En la oración de simplicidad y recogimiento el orante se representa al Señor en su interior (4,8), y en las mismas ocupaciones se va acostumbrando a retirarse de vez en cuando en sí mismo, donde encuentra al Señor: «Aunque sea por un momento sólo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí, es gran provecho» (CV 29,5).

A veces puede ser dolorosa, sobre todo cuando los orantes no la entienden, y «les parece perdido el tiempo, y tengo yo por mucha ganancia esta pérdida» (V.13,11). Otras veces es gozosa: «De mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el Señor me enseñó este modo» (CV 29,7). Y siempre es sumamente provechosa: perseverando en ella, «yo sé que en un año, y quizá en medio, saldréis con ello, con el favor de Dios» (29,9).

Las oraciones semipasivas

Suelen ser el modo de orar que corresponde a cristianos ya adelantados, los aprovechados, que están en la fase iluminativa o progresiva.

Ahora, en la oración, el riego del campo del alma se hace más quieta y suavemente, «con noria y arcaduces, que se hace con menos trabajo y se saca más agua; o de un río o arroyo, se riega mejor; queda más llena la tierra de agua y no se necesita regar tan a menudo, y trabaja menos el hortelano» (V.11,7).

Estas oraciones, casi místicas, van siendo al modo divino (5 M 1,1; san Juan de la Cruz, 2 Noche 17,2-5).

El recogimiento (pasivo)

Es psicológicamente semejante al recogimiento activo (simplicidad), ya descrito, pero el orante se da cuenta de que es un modo de oración infundido por Dios, no adquirido. Suele darse en los adelantados que van pasando la purificación pasiva del sentido (1 Noche 9), y es la transición de las oraciones activas más simplificadas a la oración de quietud, en la que está el verdadero umbral de la contemplación mística.

«Es un recogimiento interior que se siente en el alma, que le da gana de cerrar los ojos y no oír ni ver ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que es poder tratar con Dios a solas. Aquí no se pierde ningún sentido ni potencia, todo está entero, pero lo está para emplearse en Dios» (CC 54,3; +4 M 3,3).

La quietud

Es la más caracterizada forma de oración semipasiva, y es ya principio de la «pura contemplación» (CV 30,7). Es un gran gozo, porque da al alma una inmensa certeza de la presencia de Dios, tal que «de ninguna manera se podrá convencer de que no estuvo Dios con ella» (V.15,14). Pero puede darse a veces con gran sufrimiento, con sentimiento de vacío desconcertante, pues de pronto ve el orante que ya no puede meditar como solía, y que «se ha vuelto todo al revés» (1 Noche 8,3).

La oración de quietud «es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por más diligencias que hagamos, porque es un poner el alma en paz o ponerla el Señor en su presencia, por mejor decir, porque todas las potencias se sosiegan… Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo el cuerpo), que no se querría mover… Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y gran satisfacción en el alma… Las potencias sosegadas, no querrían moverse —todo parece que le estorba para amar—, aunque no tan perdidas, porque pueden pensar junto a quién están, que las dos [entendimiento y memoria] quedan libres. La voluntad es aquí la cautiva… El cuerpo no querría se moverse, porque le parece que ha de perder aquella paz. En decir Padre nuestro una vez se les pasará una hora» (CV 31,2-3). «Dura rato y aun ratos» (CC 54,4). «Es con grandísimo consuelo y con tan poco trabajo que no cansa la oración, aunque dure mucho rato» (V.14,4). 

El sueño de las potencias

Más pasivo que la quietud, fue experimentado por Santa Teresa en la oración durante cinco o seis años. «Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi Él es el hortelano y el que lo hace todo. Es como un sueño de potencias que ni del todo se pierden, ni entienden cómo obra. El gusto y suavidad es mayor sin comparación que lo pasado. Es un morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios» (V.16,1-2).

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Los efectos espirituales de las oraciones semipasivas son muy notables. Todas las virtudes se acrecientan (4 M 3,9), y al cristiano aquí «le comienza un amor con Dios muy desinteresado» (V.15,14). Las señales de la genuina oración semipasiva son claras, y san Juan de la Cruz las reduce a tres, que han de darse juntas: 1) cesa la fascinación por las cosas del mundo; 2) se intensifica la búsqueda de la perfección, y 3) las consideraciones discursivas que antes ayudaban a la oración, ahora estorban y se hacen imposibles (2 Subida 13-14; 1 Noche 9; Dichos 118).

En cuanto a qué hacer en la oración semipasiva, santa Teresa enseña: «Es esta oración una pequeña centella que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo. Esta quietud y recogimiento y centellica es la que comienza a encender el gran fuego que echa llamas… Pues bien, lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud se hará con suavidad y sin ruido (llamo ruido a andar con el entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones). La voluntad entienda que éstos son unos leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella. Haga algunos actos amorosos, sin admitir ruido del entendimiento buscando grandes cosas. Más hace aquí al caso unas pajitas puestas con humildad, que no mucha leña junta de razones muy doctas. Así que en estos tiempos de quietud dejar descansar el alma con su descanso, y quédense a un lado las letras [los estudios y discursos]. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental, ni algunas palabras vocales (si quisieran alguna vez o pudieran, porque si la quietud es grande, se puede hablar, pero con mucha dificultad)» (V.15,4-9).

Adviértase que todavía aquí sólo la voluntad está cautiva en Dios por el amor, mientras que las otras facultades —entendimiento, memoria, imaginación— a veces se fugan. Quede, entonces, la voluntad en su quietud orante, «porque si las quiere recoger, ella y ellas se perderán» (V.14,2-3). La santa aconseja «que no se haga caso de la imaginación más que de un loco, sino dejarla con su tema» (17,7). Y lo mismo con el entendimiento, que «es un moledor» y que fácilmente anda «muy desbaratado» (15,6): «No haga más caso del entendimiento que de un loco, porque si lo tener, necesariamente se ha de ocupar e inquietar algo en ello. Y todo será trabajar sin ganancia, y perder [oración] que se la daría el Señor sin ningún trabajo suyo» (CV 31,8). «Vale más que deje el entendimiento, y no se vaya ella detrás de él; estése la voluntad gozando aquella gracia y recogida» (V.15,6).

Las oraciones pasivas

La verdadera oración cristiana es la oración mística pasiva, que es la que corresponde a los cristianos perfectos. Y a ella estamos todos llamados, pues todos estamos llamados a la perfección (Cf. Mt 5,48). 

El Espíritu Santo, que habita en nosotros, obra primero en nosotros, tanto en la oración como en la vida ordinaria, al modo humano; pero tiende con fuerza a obrar en nosotros al modo divino, que desborda nuestros límites humanos psicológicos, tanto en la oración como en la vida ordinaria. Es entonces cuando tanto en la oración como en la vida corriente la pasividad viene a ser la nota dominante: «Sin ningún [trabajo] nuestro obra el Señor aquí»; «no hago nada casi de mi parte, sino que entiendo claramente que el Señor es el que obra» (V.21,9.13).

Aquí ya el riego del campo del alma «lo riega el Señor con mucha lluvia, sin trabajo ninguno nuestro, y es sin comparación mucho mejor que todo lo que se ha dicho anteriormente» (11,7).

No es fácil describir la oración mística, «no se sabe decir, ni el entendimiento lo sabe entender ni las comparaciones pueden servir para declararlo, pues son muy bajas las cosas de la tierra para este fin» (5 M 1,1). San Juan de la Cruz dice que la unión mística del hombre con Dios es una «sabiduría secreta, que se comunica e infunde en el alma por el amor; lo cual ocurre secretamente a oscuras de la obra del entendimiento y de las demás potencias» (2 Noche 17,2). Por eso los místicos, para expresar la obra sobrenatural que el Espíritu Santo realiza en ellos al modo divino, se ven en la necesidad de recurrir a las analogías e imágenes poéticas.

Dios es el fuego que incendia al hombre, el madero, y lo hace llama. La unión mística es comparable al vino y el agua que se mezclan en forma inseparable. Es como el amor mutuo de una perfecta e íntima amistad. Más aún, la amistad conyugal del matrimonio es la más perfecta imagen para expresar la total unión de Dios y el hombre.

Es el mismo lenguaje de san Juan de la Cruz: «El Amado vive en el amante y el amante en el Amado. Y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que ambos son uno» (Cántico 12,7).

La unión simple (noviazgo)

La oración mística de simple unión «aún no llega a desposorio espiritual, sino como cuando se han de desposar dos, se trata [de saber antes] si son conformes y que el uno y el otro se quieran» (5 M 4,4). «Estando el alma buscando a Dios, siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda a manera de desmayo, le va faltando el aliento y todas las fuerzas corporales, de manera que si no es con mucha dificultad, no puede ni menear las manos; los ojos se le cierran sin querer, o si los tiene abiertos no ve casi nada. Oye, mas no entiende lo que oye. Hablar está de más, porque no atina a formar palabra, ni hay fuerza, si atinase, para poderla pronunciar» (V.18,10).

Aunque «se ocupan todos los sentidos en este gozo» y «es unión de todas las potencias, que aunque quiera alguna distraerse de Dios, no puede, y si puede, ya no es unión» (V.18,1), todavía aquí «la voluntad es la que mantiene la fijación en Dios, mas las otras dos potencias [entendimiento y memoria] pronto vuelven a importunar. Como la voluntad está quieta, las vuelve a suspender, y están otro poco de tiempo importunando, y vuelven a vivir. En esto se puede pasar algunas horas de oración» (18,13). En su forma plena, toda el alma absorta en Dios, no dura tanto: «media hora es mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve tanto» (18,12; +5 M 1,9; 4,4). «Esta oración no hace daño por larga que sea», sino que relaja y fortalece al orante (18,11). La presencia divina es captada en el alma misma del orante en forma indudable (5 M 1,9), y también la omnipresencia maravillosa de Dios en las criaturas (V.18,15). San Juan de la Cruz lo expresa bien: Es aquí cuando «todas las criaturas descubren las bellezas de su ser, virtud y hermosura y gracias, y la raíz de su duración y vida. Y éste es el deleite grande: conocer por Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos por su causa, y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero, y el otro esencial» (Llama 4,5).

La unión extática (desposorios)

En vísperas ya del matrimonio espiritual, el orante se une con Dios en forma extática y con duración breve: «Veréis lo que hace Su Majestad para concluir este desposorio. Roba Dios toda el alma para sí [arrobamiento], como a cosa suya propia y ya esposa suya, y no quiere estorbo de nadie, ni de potencias ni de sentidos…, de manera que no parece que tiene alma. Esto dura poco espacio, porque quitándose esta gran suspensión un poco, parece que el cuerpo vuelve algo en sí y alienta para volverse a morir, y dar mayor vida al alma; y con todo, no dura mucho este gran éxtasis» (6 M 4,2. 9. 13). Los arrobamientos pueden tener formas internas diferentes, locuciones, visiones intelectuales o imaginarias (6 M 3-5,8-9), pero estos fenómenos no son de la sustancia misma de la contemplación mística, y no deben ser buscados (9,15s).

A veces el desfallecimiento no es místico, «sino alguna flaqueza natural, que puede ser en personas de flaca complexión» (4,9). Pero los éxtasis genuinos implican aún una mínima indisposición del hombre para la perfecta unión con Dios: «Nuestro natural es muy tímido y bajo para tan gran cosa» (4,2); por eso en la unión extática todavía el cuerpo desfallece. Y «la causa es —explica San Juan de la Cruz— porque semejantes mercedes no se pueden recibir mucho en la carne, porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino que viene al alma, y así por fuerza ha de desamparar en alguna manera a la carne» (Cántico 13,4).

Hay en esta oración inmenso gozo, «grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay remedio de resistir» (V.20,3). Pero puede haber también un terrible sufrimiento, unas penas que parecen «ser de esta manera las que padecen en el purgatorio» (6 M 11,3). Estamos en la última Noche, en las últimas purificaciones pasivas del espíritu.

«Siente el alma una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no le hace compañía, antes todo la atormenta más; se ve como una persona colgada, que no asienta en cosa de la tierra, ni al cielo puede subir, abrasada con esta sed, y no puede llegar al agua» (6 M 11,5). «En este rigor es poco lo que dura; será, cuando más, tres o cuatro horas —a mi parecer—, porque si mucho durase, si no fuera por milagro, sería imposible sufrirlo la flaqueza natural» (11,8). «Quizá no serán todas las almas llevadas por este camino, aunque dudo mucho que vivan libres de trabajos de la tierra, de una manera u otra, las almas que a veces gozan tan de veras de las cosas del cielo» (1,3). Podrán ser penas interiores, calumnias, persecuciones, enfermedades, dudas angustiosas, sentimientos de reprobación y de ausencia de Dios (1,4. 7-9), trastornos psicológicos o lo que Dios permita.

En todo caso, «ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra sola suya o una ocasión que acaso sucedió, lo quita todo tan de pronto que parece que no hubo nublado en aquella alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo» (1,10). San Ignacio de Loyola igualmente cuenta de sí que de la más honda desolación pasaba, por gracia de Dios, a la más dulce consolación «tan súbitamente, que parecía habérsele quitado la tristeza y desolación, como quien quita una capa de los hombros de uno» (Autobiografía 21).

También la humanidad de Cristo es aquí camino para llegar a estas alturas místicas, y el orante «no debe querer otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación; por aquí va seguro» (V.22,7). Esta es, como lo explicó K. Rahner, la Eterna significación de la humanidad de Jesús para nuestra relación con Dios (Escritos de Teología III, Madrid, Taurus 1961, 47-59; +J. Alfaro, Cristo glorioso, Revelador del Padre, «Gregorianum» 39, 1958, 222-270).

La unión transformante (matrimonio)

Esta es la cumbre y plenitud de la oración cristiana, donde se consuma el matrimonio espiritual entre Dios y el hombre. Jesucristo, su humanidad sagrada, ha sido el camino para llegar a la sublime contemplación de la Trinidad divina. Esta contemplación perfecta, que produce una plena transformación del hombre en Dios, ya no ocasiona el desfallecimiento corporal del éxtasis. Y no se trata ya tampoco de una contemplación breve y transitoria, sino que es una oración mística permanente, en la cual el orante, en la oración o el trabajo, queda como templo consagrado, siempre consciente de la presencia de Dios.

Por Cristo. «La primera vez que Dios hace esta gracia, quiere Su Majestad mostrarse al alma por visión imaginaria de su sacratísima Humanidad, para que lo entienda bien y no esté ignorante de que recibe tan soberano don» (7 M 2,1).

A la Trinidad. En esta última Morada, «por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, las tres Personas, y por una comunicación admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad que las tres Personas son una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma por la vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican las tres Personas y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que lo ama y guarda sus mandamientos. ¡Oh, válgame Dios, qué diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera qué verdaderas son!» (1,7-8).

Sin éxtasis. Ya «se les quita esta gran flaqueza, que les causaba tanto trabajo, y antes no se les quitó. Quizá es que la ha fortalecido el Señor y ensanchado y habilitado; o pudo ser que [antes] quería dar a entender en público lo que hacía con estas almas en secreto» (7 M 3,12).

Presencia continua. «Cada día se asombra más esta alma, porque nunca más le parece [que las Personas divinas] se fueron de su lado, sino que notoriamente ve —de la manera que he dicho— que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda —que no se sabe decir cómo es, porque no hay palabras o estudios para expresarlo o explicarlo— siente en sí esta divina compañía» (1,8).

Unión transformante. El matrimonio espiritual, dice san Juan de la Cruz, «es mucho más sin comparación que el desposorio espiritual, porque es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación cuanto se puede en esta vida» (Cántico 22,3).

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Los efectos de la oración mística pasiva son, ciertamente, muy notables. Crece inmensamente en el hombre la lucidez espiritual para ver a Dios, al mundo, para conocerse a sí mismo, y el tiempo pasado le parece vivido como en oscuridad y engaño: «Los sentidos y potencias en ninguna manera podían entender en mil años lo que aquí entienden en brevísimo tiempo» (5 M 4,4; +6 M 5,10). Nace en el corazón una gran ternura de amor al Señor, y aquella centellica que se encendió en la oración de quietud, se hace ahora un fuego abrasador (V.15,4-9; 19,1). El Señor le concede al cristiano un ánimo heroico y eficaz para toda obra buena (19,2; 20,23; 21,5; 6 M 4,15) y una potencia apostólica de sorprendentes efectos (V.21,13; +18,4). Y al mismo tiempo que Dios muestra su santo rostro al hombre, le muestra sus pecados, no sólo «las telarañas del alma y las faltas grandes, sino hasta un polvito de imperfección que haya» (20,28), y lo conforta en una determinación firmísima de no pecar, «ni hacer una imperfección, si pudiese» (6 M 6,3). En todo lo cual vemos que si la contemplación de Dios exige santidad («los limpios de corazón verán a Dios», Mt 5,8), también es verdad que la contemplación mística produce una gran santidad («contempladlo y quedaréis radiantes», Sal 33,6).

A estas alturas, al alma le queda en una gran paz (7 M 2,13), «y así nada le preocupa de todo lo que pueda suceder, sino que tiene un extraño olvido», aunque por supuesto, puede «hacer todo lo que está obligado conforme a su estado» (3,1). Siente la persona «un desasimiento grande de todo y un deseo de estar siempre o a solas [con Dios] u ocupados en cosa que sea provecho de alguna alma. No hay sequedades ni trabajos interiores, sino una memoria y ternura con nuestro Señor, que no querría estar sino dándole alabanzas» (3,7-8). A estas almas «no les falta cruz, salvo que no les inquieta ni les hace perder la paz» (3,15). El mundo entero le parece al místico una farsa de locos, pues él lo ve todo como «al revés» de como lo ven los mundanos o lo veía él antes. Y así, se duele de pensar en su vida antigua, que «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (V.20,26); «ríese de sí, del tiempo en que tenía algún gusto por el dinero y codicia de ellos» (20,27), y «no hay ya quien viva, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21,4). ¡Oh, qué felicidad haber descubierto la auténtica verdad!

Adaptado de:

Fundación Gratis Date:

http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm

Resumen (inverso):

Perfectos

(Oraciones

pasivas)

Unión transformante

 

Unión extática

Unión simple

Aprovechados

(Oraciones

semipasivas)

 

 

Sueño de las potencias

Oración de quietud

Recogimiento pasivo

Principiantes

(Oraciones

activas)

 

 

Oración de simplicidad

Oración de meditación

Oración espontánea de muchas palabras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Entre los místicos, se denomina “sentido” tanto a los llamados sentidos inferiores (vista, oído, olfato, gusto, tacto, placer, dolor…), como a los sentidos superiores (el entendimiento o inteligencia, la memoria, la voluntad, las sensaciones, los sentimientos, la imaginación, la fantasía, las pasiones, los vicios, etc.)

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La purificación del amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

 

El amor en las almas de elección es una tendencia hacia Dios y hacia cuanto se relaciona con Él; tendencia que con el ejercicio y el sacrificio crece y crece hasta poder llamarse incendio. Este incendio lleva al alma hacia la unión con Dios de un modo irresistible, por decirlo así.

No sucede esto del mismo modo en las almas ordina­rias, en las cuales el amor no es una tendencia sino un esfuerzo del alma hacia Dios. Este esfuerzo naturalmente va haciéndose fácil a medida que el alma se ejercita en las obras del amor, y si es fiel puede granjearse la predilección de Dios, y su amor crece y crece hasta ha­cerse incendio, como se ha dicho, en las almas de espe­cial elección de Dios.

Pero en ambos casos el Amor se resiente de nuestra imperfección, y es como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene, porque el Amor se va amoldando al ser y modo natural del sujeto que lo recibe, resultando imperfecto como es él. Como Dios es la pureza y simplicidad por excelencia, natural­mente le desagradan estas imperfecciones; por eso el Espíritu Santo mismo se encarga de purificar este amor por medio de un admirable proceso, lento a veces, pero seguro siempre. A esto llamamos la purificación del amor y por ella, como se ha dicho, Dios se convierte para el alma en amarguísima mirra[1].

El proceso se verificará más o menos así:

El alma plena de este divinísimo amor, fuente de ale­grías celestiales, origen de plenitudes desconocidas fuera de él, siente que se entrega a él, con dulzuras y alegrías inefables que la hacen exclamar llena de júbilo, palabras de amor.

Otras veces se muestra satisfecha por la perfección de su Amado, y convida a todas las criaturas para que la ayuden a cantar su amor. Su vida es un festín de alegrías y dulzuras incom­prensibles para los mundanos. Ella, es decir, el alma herida por este amor, echa lejos de sí los afectos de la tierra, y ama la soledad porque en ella se le comunica el Amado de su corazón; por eso guarda su secreto llena de júbilo.

Mas este amor, por muy puro que parezca, en el fon­do tiene algo humano, algo de satisfacción propia, al­guna de tantas malezas de las que sabe producir la naturaleza humana caída, y que le impiden el brillo diamantino que debe tener a los ojos de Dios.

Pero aguardad: Dios va a purificarlo de su escoria para que nada lo empañe.

Esta alma que estaba embriagada de amor, comienza a sentir desolaciones hon­das e inexplicables ansias insaciables,… ¡languideces ex­trañas!… ¡Busca por donde quiera al Amado de su alma, a quien cree haber perdido! Inquiere por todas partes… Pregunta a su propia conciencia… pulsa su corazón… Como no obtiene respuesta, se vuelve al mismo Amado y llorosa dice: “¿En dónde puede encontrarte mi alma que está abrasada en ansias de un amor desolado; dónde he de buscarte, dulzura mía?”

Así, estas desolaciones, ansias y embriagueces amoro­samente dolorosas van arrancando del alma los gustos de la tierra que en ella permanecían, a pesar de todo le van quitando el amor a las satisfaccioncillas; los pequeños in­tereses propios que lleva como ocultos, se le acaban. El amor se hace menos sensible, se simplifica. Desaparece el apego a las prácticas exteriores. El sufrimiento comienza a serle amable y como de imperiosa necesidad.

¡Ay! el alma así herida llega por fin al “Sólo Dios basta” de Santa Teresa y, como quien pasa de un hemisferio a otro, se encuentra en una vida completamente nueva. Nada echa de menos y lo tiene todo, sin tener nada. La vehemencia de los deseos cede su puesto a la dulce tran­quilidad de una plenitud desconocida. Parece que todo calla en su interior y que el exterior, aunque sea turbulen­to, difícil, no penetra en ella. He aquí la transición.

Es que el amor purificado trae su atmósfera propia. Un vacío de criaturas, una como especie de dejadez y abandono amoroso, suceden a aquel abismo insondable de desolaciones y penas interiores. Ella misma cree ha­ber desaparecido y la paz de aquella alma es mar sin riberas. Cierta placidez se refleja en su semblante y la bondad de su corazón hacia el prójimo parece que se refina en condescendencias inesperadas.

Pero, deja alma afortunada que la herida aún no ha adquirido toda su profundidad. Esta plácida tarde de ve­rano ha de transformarse en mar de amarguras dulces y de negruras luminosas. Bien pronto destacará en aquella llaga de amor, un punto nuevo doloroso.

Una amargura que se parece a la ausencia de Dios que sentía en los principios de la desolación amarga se pre­senta entonces; pero bien comprende el alma que Dios está con ella. Es una pena honda… honda… Quizás sea la repercusión sentida y como grabada en la parte supe­rior del espíritu, del reposado deseo que Dios tiene de unírsele, de fundirla en Él, y el alma afortunada no sabe explicársela. Esto constituye un dolor fino y recio que la hiere duramente y que es el medio de Dios para terminar la lenta purificación de aquel amor.

En este estado el alma, libre de todo lazo de interés propio, hace suyos los intereses de Dios. La voluntad lle­na de energía para todo aquello que se refiere al bien de Dios, unificándose con la de Él, parece que se pierde en ella. No sabe ya querer lo que Dios no quiere y quiere lo que Él quiere como en el mismo querer de Dios. Dice entonces con San Pablo: “Vivo mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Y he ahí la etapa del celo que consume. “Dame almas y toma lo demás”, es lo único que dice. El celo, en este estado del alma, es como la válvula que da salida a las avenidas del Amor y alivia el alma que sólo se alimenta del los sacrificios que Él le impone. Como cierva herida, clama por la gloria de su Señor y no tiene consuelo si no la ve cumplida y he aquí el mar de dolor, del cual el alma no quiere por ninguna cosa, ni del cielo ni de la tierra, aliviarse.

Nada busca ya para ella; ya ha muerto místicamente y sólo suspira por la extensión de la gloria de Dios; tiene sed abrasadora de darle lo que Él con tanto afán busca: las almas. Quisiera no sólo darle las que ya están creadas sino crearle millones más para coronarlo. Surgen enton­ces mil deseos imposibles, que Dios recibe como realida­des. Ella quiere darle a Dios lo mismo que tiene, como si de ello careciera. Quiere con vivas ansias que termine pronto el imperio del pecado y gime por no realizar este deseo; quiere tener millones de corazones para amar y entrañas para envolver al prójimo. En medio del casi in­menso dolor que la hace sentir el ver a Dios ofendido, quiere morir y exclama con Santa Magdalena de Pazzis: “Padecer y no morir…”.

Hace entonces suyos las lamentaciones de Jeremías por la desolación de la gloria de Dios menoscabada. Ya pide a los peñascos sus cuevas para retirarse a llorar el desconocimiento de Dios, ya quiere como los cautivos de Israel colgar su arpa de los cipreses a orillas de los ríos de Babilonia, porque no quiere cantos en la tierra de los pecadores. No quiere consuelo mientras el Dios de su alma no sea amado de todos.

En fin, esta alma feliz vive de amor muriendo y quiere recibir en sí todos los tiros que el pecado asesta contra la gloria de su Amado. Y en el mar de su dolor, Dios es para ella, como dice el Cantar de los Cantares: “Hacecito de mirra”. Es decir que la amargura que le causa estará siempre con ella.

Efectivamente, esta pena, esta agonía interior, la acom­pañará hasta que, al dejar la tierra, suba como incienso de suave olor, a gozar de la gloria del que tanto amó y por quien tanto sufrió, en compañía de la legión de al­mas, hijas de su celo, frutos de su martirio.

Estas almas, aunque estén en lo más recóndito de una cartuja, son esencialmente apostólicas porque así lo re­quiere la fuerza de su amor; salvan las almas como los más denodados misioneros y son poderosos ante Dios de modo estupendo.

La meditación asidua de la Sagrada Pasión

Las almas que tienen atractivo especial por los miste­rios de la Pasión, se alimentan del amor de compasión y reciben, por medio de él, los fenómenos de purificación de que hemos hablado antes; y aunque sus agonías y penas interiores son ordinariamente de otro género, las llevan a un resultado semejante y terminan en una altura que, delante de Dios, da el rendimiento del más subido apostolado, si el alma es constantemente fiel.

Para estas almas llega del mismo modo Dios a ser manojito de mirra porque se empapan en los dolores de Jesús en su Sagrada Pasión, la meditan contemplando la Divinidad tan inseparable y misteriosamente unida a ese Cuerpo y Alma oprimidos por el dolor y la humilla­ción, y cada uno de los atributos divinos va produciendo en aquellas almas, a través del amor de compasión, una influencia purificadora de conocimiento y de amor. Aún en los menores detalles de la Sagrada Pasión, ven flotar las grandezas de la Divinidad, y por eso su meditación es propiamente una subida contemplación. Los dolores ínti­mos de Jesús tocan la fibra más delicada de esas almas, porque conocen que el origen de su intensidad son los atributos de la divinidad, en ellos reflejada.

Estas almas llegan a reflejar en sí el majestuoso dolor de pésame que brota la Pasión de Jesús, y comprenden de modo estupendo —insondable— la amargura del amabi­lísimo Corazón de Jesús, bajo cuyo conocimiento parece que se aniquilan delante de Dios.

Venturosas almas que purificadas por el amor de com­pasión, abrazando el Crucifijo y con Él, los intereses de Dios menoscabados en el mundo, gritan como la Esposa de los Cantares: “Manojito de mirra es mi Amado para mí”.

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* Introducción del libro: Manojitos de mirra, de la beata Laura Montoya

   Hermanas Lauritas: cra. 4 nº 11-45 sur, Bogotá, Colombia. Tel.: 3335542


[1] Entiéndase que la mirra es una resina fina, olorosa y amarga, perfecto símbolo de la Pa­sión de Jesús que es fino amor, perfume delicado del alma, que la contempla y amargura honda y profunda para el corazón amante y agradecido

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