Hacia la unión con Dios

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¡No me lo merezco!

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2011

¡No me lo merezco! Esta es la exclamación de quienes están recibiendo una afrenta, ofensa o agresión… De hecho, tenemos en la cabeza una lista de las cosas que «nos merecemos» y otra de las que consideramos «injusticias» contra nosotros. Y pensamos que cuanto más «buenos» somos tanto más beneficios debemos obtener.

Pero, ¿qué es lo que realmente merecemos? Con el pecado original ofendimos a un Ser eterno y, dado que el castigo se da de acuerdo con la calidad del ofendido, nuestro castigo debe ser así: eterno; sumado a ese están todos nuestros pecados personales.

Esto se agrava al pensar en el derroche de amor que hemos recibido de su parte: dejando la riqueza del Cielo, se rebajó hasta la pequeñez de su criatura; siendo Rey nació de un pobre carpintero en un establo; dueño del universo, vivió y trabajó como uno de tantos; y después de semejante ejemplo de vida ordinaria y humilde, dedicó tres años de su vida a enseñar a todos el Amor de su Padre y a llenarnos de esperanza en la vida eterna y feliz que nos prometió. Finalmente, se dejó maltratar infamemente: azotado, cargado con la Cruz y clavado en ella, murió después de una agonía atroz; además, parecía que buscaba las humillaciones adrede: se dejó escarnecer de sus propios amigos que lo abandonaron —uno lo traicionó y el principal lo negó—, de los sacerdotes judíos —los sacerdotes de su Padre— que se burlaban de Él y lo juzgaban, de las autoridades civiles que lo condenaron, del ladrón que lo repudió, de la humanidad a la que amó hasta el extremo, de cada uno de los pecadores por los que derramó toda su sangre en la Cruz…

Hoy todavía sigue a cada ser humano con su mirada, con su providencia, y le da, una y otra vez, nuevas oportunidades para que encuentre la auténtica felicidad, junto a Él; pero la humanidad sigue empecinada en huir de Jesús, en despreciarlo, en olvidarlo, ¡a Él, el camino, la verdad y la vida!: para completar la lista de afrentas contra Dios, se alzan nuestros apegos y apetitos desordenados con los que lo reemplazamos y a los que les damos el amor que le debemos a Él y, así, lo herimos de nuevo, como cebándonos en ofenderlo…

Cualquier escarnio que recibamos en esta vida es, pues, nada, comparado con lo que realmente merecemos. Así lo decía san Pablo de la Cruz, en el siglo XVIII, cada vez que era ofendido, vituperado, agredido o humillado: «Gracias, Dios mío: es mucho más lo que merezco».

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