Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 6, 2010

I DOMINGO DE ADVIENTO

La lucha por llegar a la casa del Padre

 

Comienza hoy un nuevo año litúrgico, y las lecturas nos invitan al cambio, a comenzar un nuevo camino. Este año nuevo aparece como el cuaderno nuevo de un colegial: listo para que se inicie sobre él un trabajo limpio, pulcro, perfecto.

El profeta Isaías nos muestra la meta: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas; en ese lugar ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. ¡La paz que tanto buscamos será nuestra!

Pero para que la paz verdadera llegue a nosotros, es necesario que escuchemos la voz de san Pablo cuando dice que ya es hora de espabilarse. La paz es primer logro de nuestra lucha interior por acercarnos a Dios: dejemos las actividades de las tinieblas y armémonos con las armas de la luz.

Conduzcámonos como en pleno día, con la dignidad de los hijos de Dios, dignidad de reyes, de señores, de hombres bañados por la gracia, de templos del Espíritu Santo: nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni contiendas. Habremos dado así honor a nuestra condición de hombres y de cristianos, y tendremos las virtudes necesarias para acceder a la auténtica paz y a la alegría verdadera.

Revestidos de Nuestro Señor Jesucristo, dueños de nosotros mismos, sin malos deseos —producto casi siempre del excesivo cuidado personal— estaremos preparados, en vela, para la hora decisiva, la hora en que vendrá el Hijo del hombre.

Él nos llevará a la eterna e imperturbable felicidad: junto a Dios–Padre, en donde sentiremos que por fin nos realizaremos como seres humanos.

Por eso ya hoy podemos cantar presagiando nuestra conquista: ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Y cuando lleguemos a la Jerusalén celestial, nos diremos a nosotros mismos: ¡Valió la pena!

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Ciclo C, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2010

¿Aceptar la cruz?

 

Los apóstoles preferidos, Pedro, Juan y Santiago, asisten a la transfiguración del Señor: en una montaña a la que habían ido, desprevenidamente, a acompañar a Jesús a orar. Su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos.

Así es Él; su gloria aparece en los momentos más sencillos de nuestras vidas, inesperadamente. Lo que pasa es que no lo vemos con tanta claridad, no sentimos su amable presencia en nuestras vidas, no siempre lo descubrimos en los acontecimientos diarios.

Los hombres de fe, que además son sencillos, tienen esa agudeza visual de los ojos del alma: lo ven en cada circunstancia, oyen en cada momento amargo el llamado amoroso de sus labios, sienten sus delicadas reprensiones en sus conciencias…; y, lo que es mejor, siguen todas esas indicaciones para responder así a tanto amor.

Pero hay algo que siempre precede, como una firma divina, a esos acontecimientos: la cruz.

Esa cruz de cada día, esos sufrimientos, grandes o pequeños, de los que nadie puede escapar, las penalidades que, como por arte de magia, Dios convierte en el abono que hace más fecunda la acción de su gracia en nosotros.

No la desdeñemos, no le tengamos miedo, abracémosla con valentía, especialmente en esta época de preparación para la Semana Santa. Miremos a Jesús, cargando con su Cruz —con todos nuestros pecados—, generoso como ninguno, llegar a derramar toda su Sangre por amor.

Para lograr esta hermosa meta, basta que unamos todas nuestras pequeñas cruces a la Cruz donde se realizó la Redención. Así podremos conseguir, como en la transfiguración de Jesús, la transformación de «nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo».

Y así, curiosamente, encontraremos la paz.

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