Hacia la unión con Dios

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Ciclo C, IV domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 24, 2010

‘Se le echó al cuello y se puso a besarlo’

 

Alguna vez se dijo que el pasaje del hijo arrepentido que volvió a casa de su padre ha logrado, por su belleza, mayores conversiones que ningún otro.

Es que impresiona mucho el hecho de que el padre, luego de que su hijo se porta tan mal, lo acoja con tanto amor y con tanto perdón; y si se compara esta anécdota con la vida de cualquiera de nosotros, con sus fallas y pecados, se deduce que el amor de Dios es gigante: no hay uno mayor.

Dios creó al hombre. Le dio todo lo necesario para desarrollarse plenamente. Lo hizo inmortal. Lo destinó para que fuera dueño de todo lo creado.

El hombre pecó, queriendo ser como Dios. Y en vez de aplastarlo como un gusano, se ofrece Él mismo para pagar la deuda. Sufre y muere por nosotros.

Y de nuevo el hombre lo ofende, cada vez que viola sus leyes. Pero el amor de Dios, otra vez más —es la muestra máxima de misericordia— inventa el Sacramento de la Reconciliación, donde el reo se acusa culpable y es perdonado.

Estas palabras siempre se repetirán: «Tú me has ofendido: yo te perdono. Tú me has perseguido: yo te amo. Tú me has herido de palabra y de obra: yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros».

¿Necesitamos más pruebas de amor?

¿Acudimos a la Confesión, como acude un náufrago a una tabla de salvación? Es la tabla de salvación que el Amor ideó.

¡No! No es este un invento de hombres: es tanto el amor que encierra, que sólo el Amor mismo lo podía haber creado.

Y como fue creado por Él, nosotros no podemos cambiarlo; sin embargo hay quienes pretenden cambiarlo: cuando dicen que le pedirán perdón a Él directamente, sin intermediarios. Las leyes divinas no se pueden cambiar; es como querer hacer volar en reversa a los aviones.

Seamos sinceros y dejemos la cobardía que nos detiene, ¡vamos al Tribunal del Amor!

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