Hacia la unión con Dios

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Tiempo de Navidad*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 11, 2011

 

(Desde la Vigilia de Navidad hasta el Bautismo del Señor)

 

1.- Exposición dogmática

Si el tiempo de Adviento nos hace suspirar por el doble advenimiento del Hijo de Dios, el de Navidad celebra el aniversario de su nacimiento en cuanto hombre, y por lo mismo nos prepara a su venida de Juez.

Desde Navidad sigue la Iglesia paso por paso a Jesucristo e su obra redentora, para que nuestras almas, aprovechándose de todas las gracias que de todos los misterios de su vida fluyen, sean —como dice S. Pablo— «la esposa sin mácula, sin arruga, santa e inmaculada», que podrá presentar Cristo a su Padre cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo. Este momento, significado por el postrer domingo después de Pentecostés, es término de todas las fiestas del calendario cristiano.

Al recorrer las páginas que el Misal y la Liturgia de las Horas dedican al tiempo de Navidad, se ve están especialmente consagradas a los misterios de la infancia de Cristo.

La Liturgia celebra la manifestación al pueblo judío (Natividad) y al gentil (Epifanía) del gran Misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesús del Verbo «engendrado de la substancia del Padre antes que todos los siglos», con la humanidad, «engendrada de la substancia de su Madre en el mundo». Y ese Misterio se completa mediante unión de nuestras almas con Cristo, el cual nos engendra a la vida divina. A todos cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios. La afirmación del triple nacimiento del Verbo, que recibe eternamente la naturaleza -divina de su Padre, que «eleva a sí la humanidad» que le da en el tiempo la Virgen santísima, y que se une en el trascurso de los siglos a nuestras almas, cons­tituye la preocupación de la Iglesia en esta época.

a. – Nacimiento eterno del Verbo

Dice san Pablo que «Dios habita en una inaccesible luz» y que, precisamente para darnos a conocer a su Padre, baja Jesús a la tierra. «Nadie conoce al Padre si no es el Hijo, y aquel a quien plugiere al Hijo revelarlo». Así el Verbo hecho carne es la mani­festación de Dios al hombre.

A través de las encantadoras facciones de este Niño recién nacido, quiere la Iglesia que columbremos a la Divinidad misma, que, por decirlo así, se ha tornado visible y palpable. «Quien me ve al Padre ve», decía Jesús. «Por el misterio de la Encar­nación del Verbo —añade un prefacio de Navidad— conocemos a Dios bajo una forma visible» y, para asentar de una vez cómo la contemplación del Verbo es el fundamento de la ascesis de este Tiempo, se echa mano de los pasos más luminosos y profundos que hay en los escritos de los dos Apóstoles san Juan y san Pablo, ambos heraldos por excelencia de la Divinidad de Cristo.

La espléndida Liturgia de Navidad nos convida a postrarnos de hinojos con la Santísima Virgen María y san José ante ese Dios revestido de la humilde librea de nuestra carne: «Cristo nos ha nacido, venid, adorémoslo» ; «con toda la milicia celestial» nos hace cantar : «Gloria a Dios» ; y con la sencilla comitiva pastoril nos manda «alabar y glorificar a Dios»; y, por fin, nos asocia a la pomposa caravana de los Reyes Magos, para que con ellos nos «hinquemos delante del Niño y lo adoremos».

b.- Nacimiento temporal de la humanidad de Jesús

«Cuando haya salido el sol en el cielo, veréis al Rey de los reyes, que procede del Padre, como esposo que sale del tálamo nupcial». «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros».

Ese Dios a quien adoramos es la divinidad unida a la humana naturaleza en todo lo que aquélla tiene de más amable y de más débil, de modo que no nos deslumbre su luz, antes nos podamos acercar a Él sin pavor. El ABC de la vida espiritual consiste precisamente en conocer los misterios de la infancia del Salvador y asimilarse su espíritu. Por eso, durante algunas semanas contemplamos a Cristo en Belén, en Egipto y en Nazaret.

María da al mundo su Hijo, lo envuelve en pañales y lo recuesta en el pesebre, y José rodea al Niño de sus cuidados paternales. Es su padre, no ya sólo porque, como esposo de la Virgen, tiene derechos en el Fruto de su vientre, sino también porque —como dice Bossuet— «así como algunos adoptan hijos, así Jesús adoptó un padre».

Por eso, los tres benditos nombres de Jesús, de María y de José son como otras tantas preciosas perlas engastadas en los textos de la Liturgia de Navidad: «María, Madre de Jesús, se había desposado con José»; «Hallaron a María, a José y al Niño», «José y María, Madre de Jesús», «José toma al Niño y a su Madre», « ¡Hijo mío!, ¡tu padre y yo te andábamos bus­cando!»

c. Nacimiento espiritual del Cuerpo místico de Jesús

Pero dice santo Tomás que, «si el Hijo de Dios se encarnó, no fue tanto por Él cuanto por hacernos dioses mediante su gracia»[1].

A la humanización de Dios debe corresponder la divinización del hombre. «El Cristo total —añade san Agustín— lo forman Jesucristo y los cristianos. Él es Cabeza y nosotros miembros». Con Jesús nacemos siempre de un modo más perfecto a la vida sobrenatural, porque el nacimiento de la cabeza es también el nacimiento del cuerpo[2].

Que toda nuestra actividad no sea sino el resplandor de esa luz del Verbo, que envuelva a nuestras almas. Esa es la gracia propia del tiempo de Navidad, el cual tiene por fin ampliar la divina paternidad, a fin de que Dios Padre pueda decir, hablando de su Verbo encarnado y de todos nosotros: «Tú eres mi Hijo; Yo te he engendrado hoy». Hincadas en tierra las rodillas, digamos con respeto aquellas palabras del Símbolo: «Creo en Jesucristo, que nació del Padre antes que los siglos todos; Dios de Dios, consubstancial al Padre; que bajó de los Cielos y se hizo carne por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, y se hizo hombre. Creo en la santa Iglesia,que ha nacido a la vida divina por el mismo Espíritu Santo y por el Bautismo.

2. – Exposición histórica

El empadronamiento general que César Augusto mandó hacer por los años de 747-749 de Roma, obligó a José y a María a ir de Nazaret a Belén de Judea. Llegados a aquel lugar, la Virgen benditísima dio al mundo a su Hijo primogénito. Aludiendo a una tradición del siglo IV, que coloca la cuna de Jesús entre dos animales, la Liturgia citaba dos textos proféticos, uno de Isaías: «El buey conoció a su amo y el asno el pesebre de su Señor», y aquél de Habacuc: «Señor, te manifestarás en medio de dos animales».

En los contornos de Belén, los pastores guardaban sus ganados hasta que, avisados por el ángel, corrieron todos presurosos a la gruta. «¿Qué es lo que habéis visto? Decídnoslo. ¿Quién es el que ha aparecido en la tierra?» Y ellos responden: «Hemos visto a un recién nacido y coros de ángeles que alaba­ban al Señor: ¡Aleluya, aleluya!»

Ocho días después el di­vino Infante fue circunci­dado por José, y recibió el nombre de Jesús, según indicación del ángel hecha a José y a María. Cuarenta días después de haber María dado a luz a Jesús, se fue con Él al Templo para ofrecer allí el sacrificio prescrito por la Ley. Entonces vaticinó Simeón que Jesús había de salvar a su pueblo, y que una espada de dolor había también de traspasar el corazón de su Madre.

Tras del cortejo pastoril viene el de los Magos, los cuales llegan del Oriente a Jerusalén guiados por una estrella. Infor­mados por los mismos príncipes de los sacerdotes, caminan hasta Belén, porque allí es donde el profeta Miqueas predijo que había de nacer el Mesías. Y en efecto, allí se encontraron con el Niño y con María, su Madre y, postrándose a sus plantas, lo adoraron. Al regresar a sus tierras no pasaron por Jerusalén, según en sueños se les había advertido.

Herodes, que les había pedido que le dijesen dónde estaba el Niño recién nacido, viéndose burlado por los Magos, se encolerizó sobremanera e hizo matar a todos los niños de Belén, creyendo deshacerse por medio de arte tan inhumano del nuevo rey de los Judíos en quien se temía un terrible competidor. Un ángel se apareció entonces en sueños a José y le dijo que huyese a Egipto con María y con el Niño; y allí vivieron los tres hasta la muerte de Herodes, porque entonces el ángel del Señor se volvió a aparecer a José, mandándole regresar a la tierra de Israel. Mas sabiendo José que reinaba en Judea Arquelao en vez de Herodes su padre, como aquél era también perseguidor, temió por la vida del Niño, y así se retiró a Galilea, al pueblecito de Nazaret.

Los padres de Jesús lo perdieron un día en Jerusalén por las fiestas de Pascua cuando aún sólo tenía doce años; hasta que al cabo de tres días lo encontraron entre los Doctores en el templo. Vuelto a Nazaret, crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres; y de allí fue de donde Jesús salió para el Jordán cuando tenía treinta años, con ánimo de hacerse bautizar por san Juan, y éste, al verlo, declaró a los judíos que Jesús era el Mesías deseado.

 

3. – Exposición litúrgica

Litúrgicamente, el Tiempo de Navidad comienza por la Vigilia de esta solemnidad y termina con la fiesta del Bautismo del Señor (para el santoral este tiempo se extiende hasta la Presentación del Señor y Purificación de la Virgen Santísima, el 2 de febrero).

Se caracteriza por la inmensa dicha que el mundo siente de ver por fin a su Salvador. De ahí que este Tiempo sea de «gran regocijo para todo el pueblo». Con los ángeles, con los pastores, con los Magos sobre todo, primicias de los Gentiles, andemos «embargados de un intenso gozo» y cantemos con la Iglesia un alegre «Gloria in excelsis», ya que sus sacerdotes se revisten de blancos ornamentos, y el órgano recobra su voz melodiosa,

Y esta alegría es tanto mayor cuanto que el nacimiento temporal de Jesús es la prenda de nuestro nacimiento al Cielo cuando vuelva a buscarnos al fin del mundo.

Jesús nace en medio de las tinieblas, figura de aquellas otras todavía más densas que oscurecían las almas. «Cuando el mundo entero yacía sepultado en el silencio, y la noche había andado la mitad de su carrera, tu Verbo todopoderoso, Señor, bajó de su regio trono» Por eso y por un privilegio especial, se celebra en Navidad una Misa a media noche, seguida de otra a la aurora, y de una tercera ya en pleno día. Y es que, conforme lo hacen notar los santos Padres de la Iglesia, en el momento en que el sol ha llegado a lo más bajo de su carrera y parece renacer, entonces renace también en el mundo el «Sol de Justi­cia». «Cristo nos nació cuando los días empiezan a crecer»[3]. La solemnidad de Natividad el 25 de Diciembre —que corresponde con la fecha del 25 de Marzo—, coincide con la fiesta que los pueblos paganos celebraban en el solsticio de invierno, para honrar el nacimiento del sol. Así cristianizó la Iglesia aquel rito gentil.

La Misa de media noche se celebraba en Roma en la Basílica de Santa María la Mayor —que representa a Belén—, pues en ella se veneran algunos trocitos del pesebre del Salvador, que fue reemplazado por una cuna de plata en la gruta misma en que Jesús nació[4].

Nuestro altar sea el pesebre en que Jesús nace por nosotros, muy especialmente en el día de Navidad, pues en este día los textos de la Misa sólo se refieren al misterio del Nacimiento del Salvador. Al volver a nuestras casas, manifestemos nuestro gusto litúrgico guardando las típicas costumbres de los grandes siglos de fe, en que las fiestas litúrgicas tenían resonancia y se prolongaban hasta el seno íntimo del hogar.

En toda casa cristiana debiera haber un pequeño pesebre, para rezar en torno de él durante este tiempo las oraciones de la mañana y de la noche. De ese modo, los niños comprenderían que en estos festivos días, tan propios para las alegrías infantiles, deben asociarse a los pastorcitos y los Magos, e ir con ellos a adorar a Jesús, reclinado sobre la paja, honrando allí también a su Madre y a su Padre nutricio, que de rodillas le contemplan.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica


[1] S. Thom. Summa, III q. 37 a. 3, ad 2

[2] S. León VI, Sermón de la Natividad

[3] Agustín, Sermón de la Natividad.

[4] Aquella gruta era ya a mediados del siglo II visitada por numerosos pere­grinos, y la emperatriz santa Elena hizo erigir en aquel santo lugar una basílica, que quiso que fuera muy modesta, pues Jesús nació en la pobreza. Cuidó de dejar visible parte de la roca, y cuando hacía el siglo VIII la cuna de plata desapareció, se puso un altar en el lugar en que se creía haber nacido el Señor.

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Tiempo de Adviento*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2010

 

(Del primer domingo de Adviento al 24 de diciembre). 

 

1.- Exposición dogmática

La lectura de los textos litúrgicos, de que la Iglesia se sirve durante las cuatro semanas de Adviento, nos descubre claramente su intención de que asimilemos la mentalidad del Pueblo de Dios en la Antigua Ley, de los Patriarcas y Videntes de Israel, quienes suspiraban por la llegada del Mesías en su doble adveni­miento de gracia y de gloria.

La Iglesia griega honra en Adviento a los progenitores del Señor, y especialmente a Abraham, a Isaac y a Jacob.

La Iglesia latina, sin honrarlos con un culto particular, nos recuerda con frecuencia su memoria en esta época, al hablar de las promesas que les fueron hechas relativas al Mesías. A todos ellos los vemos desfilar cada año, formando el magnífico cortejo que a Cristo precedió en los siglos. Pasan a nuestra vista Abrahán, Jacob, Judá, Moisés, David, Miqueas, Jeremías, Ezequiel y Daniel, Isaías, san Juan Bautista, José y sobre todo María, la cual resume en sí misma todas las esperanzas mesiánicas, pues de su fiat pende su cumplimiento. Todos a una ansían porque venga el Salvador y lo llaman con ardientes gemidos. Al recorrer las misas y los oficios de Adviento siéntese el alma impresionada por los continuos y apremiantes llamamientos al Mesías: «Ven, Señor, y no tardes». «Venid y adoremos al Rey que va a venir». «El Señor está cerca, venid y adorémoslo». «Manifiesta, Señor, tu poder y ven» «¡Oh Sabiduría! Ven a enseñarnos el camino de la prudencia». «Oh Dios, guía de la casa de Israel, ven a rescatarnos». «Oh Vástago de Jesé, ven a redimirnos, y no tardes». «Oh, llave de David y cetro de la casa de Israel, ven y saca a tu cautivo sumido en tinieblas y som­bras de muerte». «Oh, Oriente resplandor de la Luz eterna, ven y alúmbranos». «Oh, Rey de las Naciones y su deseado, ven a salvar al hombre que formaste del barro». «Oh, Emmanuel (Dios con nosotros), Rey y Legislador nuestro, ven a salvarnos Señor y Dios nuestro». 

El Mesías esperado es el Hijo mismo de Dios; Él es el gran libertador que vencerá a Satanás, que reinará eternamente sobre su  pueblo, al que todas las naciones habrán de servir, Y como la divina misericordia alcanza no solo a Israel, sino a todo el gentilismo, debemos hacer nuestro aquel Veni,  y decir a Jesús: «Oh, Piedra angular, que reúnes en ti a todos los pueblos, ven». Todos seremos guiados juntos por un mismo Pastor. «Él —dice Isaías— pastoreará a su rebaño, y acogerá a los corderitos en sus brazos, y los llevará en sus haldas; Él, que es nuestro Dios y Señor».

Esta venida de Cristo, anunciada ya por los profetas, a la que el pueblo de Dios aspira, es una venida de misericordia. El divino Redentor se apareció en la tierra bajo la humilde condición de nuestra humana existencia. Es también una venida de justicia, en que aparecerá rodeado de gloria y majestad al fin del mundo, como Juez y supremo Remunerador de los hombres. Los Videntes del Antiguo Testamento no separaron estos dos advenimientos, por lo que también la liturgia del Adviento, al traer sus palabras, habla indistintamente de ambos. San Gregorio explica que san Juan Bautista, Precursor del Redentor, es Elías en espíritu y en virtud, es el Precursor del Juez.

Por lo demás, ¿acaso estos dos sucesos no tienen una misma finalidad? Si el Hijo de Dios se ha bajado hasta nosotros haciéndose hombre (1er advenimiento), ha sido precisamente para hacernos subir hasta su Padre, introduciéndonos en su reino celestial (2° advenimiento). Y la sentencia que el Hijo del hombre, a quien será entregado todo juicio, ha de fallar cuando por segunda vez viniere a este mundo, dependerá del recibi­miento que se le hubiere hecho al venir por vez primera. «Este niño —dijo Simeón— está puesto para ruina y para resurrección de muchos, y será una señal que excitará la contradicción». El Padre y el Espíritu darán testimonio de que Cristo es el Hijo de Dios, y el mismo Jesús lo probará bien por sus palabras y sus milagros. Y los mismos hombres deberán dar ese doble testimonio de un Dios en tres personas, decidiendo así ellos mismos de su suerte futura. «Bienaventurados los que no se escandalizaren por mi causa», porque «el que pusiere en Cristo su confianza no será confundido». Y al contrario, ¡ay de aquél que chocare contra esa piedra de salvación!, porque quedará desmenuzado. «Si alguno se avergüenza de Mí o de mis palabras, —dice Jesús—, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en su gloria y en la de su Padre y sus santos Ángeles». «Cuando el Hijo del hombre venga en su majestad, y con Él todos sus Ángeles, se sentará en el trono de su gloria. Y reuniendo las Naciones todas en torno suyo, separará a los unos de los otros, como separa el pastor a las ovejas de los cabritos. Y colocaré las ovejas a su derecha y los cabritos a su siniestra. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el principio del mundo”. Y luego dirá a los de su izquierda: “Apartaos, malditos, e id al fuego eterno que el diablo y sus ángeles os tienen dispuesto”» (Mal 25, 31-46).

A todos cuantos hubieren negado a Cristo en la tierra, Él los desechará de Sí, separándolos para siempre de los que le han sido fieles, y juntando en torno suyo a cuantos lo hubieren acogido por su fe y su amor, los hará entrar en pos de Sí en el Reino de su Padre. Estrechamente unidos al Hijo de Dios humanizado, serán eternamente «Cristo y su místico cuerpo», o lo que san Agustín llama «el Cristo total». Y por ese motivo justificará Jesús su sentencia judicial, que separará a los buenos de los malos, diciendo: «Todo cuanto habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo lo habéis hecho; y lo que no habéis hecho con uno de mis pequeñuelos, conmigo no lo habéis hecho».

 

2.- Exposición histórica

Los oráculos proféticos se habían ya cumplido: la herencia del pueblo escogido de Dios había pasado a poder de los romanos y el cetro le había sido arrebatado a la casa de Judá por la dinastía pagana de los Idumeos. El Mesías debía, pues, venir ya; el mundo lo aguardaba, y más todavía los Judíos.

Juan Bautista dócil a la voz del Señor, abandona el desierto en donde paso toda la infancia; y viniendo a la región del Jordán, junto a Betania, administra el bautismo de penitencia para preparar las almas a la venida de Cristo. Sus virtudes son tan excelsas, que se diría ser el mismo Mesías; por lo cual los fariseos le envían desde Jerusalén una delegación de sacerdotes y levitas para informarse de ello. Mas Juan les responde que él es aquél de quien Isaías dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad los caminos del Señor». Jesús viene entonces al Jordán para ser bautizado por Juan, y éste declara que Él es el Cordero de Dios, cuya Sangre borrará los pecados de los hombres.

Luego Juan Bautista es apresado en el castillo de Maqueronte, al oriente del Mar Muerto, y allí tiene noticia de los innumerables milagros que obra Jesús, y probablemente de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, acaecida en Galilea en el año segundo de su ministerio público. Entonces Juan envía desde la cárcel a dos de sus discípulos, para que Cristo manifieste pública­mente a todos su divina misión: «¿Eres tú el que debe venir?», y Jesús responde con las palabras que Isaías decía del Mesías: «Dios mismo vendrá y nos visitará. Entonces los ojos de los ciegos verán, y las orejas de los sordos se abrirán; en­tonces saltará el cojo como un ciervo y será desatada la lengua de los mudos». Todos esos portentos vaticinados por Isaías los obra el Hijo de María: luego Él es el Mesías.

Respecto a Juan, prosigue el Maestro, de él dejó escrito Isaías: «He aquí que Yo envío delante de vosotros a mi Ángel para que os preceda y os prepare el camino». Juan es el precursor de Jesús y «ha venido para dar testimonio de la Luz», testimonio que dio ya a los judíos en su tiempo y que sigue dándonos todos los días, y con mayor insistencia los Evangelios del Adviento.

Antiguamente los Domingos de Adviento se sucedían en orden inverso al de hoy, siendo llamado Domingo primero el más próximo a Navidad, y así los demás por este orden retrospectivo. Así los Evangelios que hablan del Bautista se sucedían por su orden histórico.

 

3.- Exposición litúrgica

La fecha inicial del año litúrgico era en el siglo V la festividad de la Anunciación. Celebrada al principio en marzo, esta solem­nidad fue trasladada a Diciembre. En el siglo X, el año comenzaba el primer domingo de Adviento, o sea, unas cuatro o cinco semanas antes de Navidad. En un Concilio de Zaragoza (año 380) se prescribe una preparación de ocho días para la fiesta de Navidad. En el Concilio de Tours de 563, se menciona al Adviento como período litúrgico que tiene ya sus ritos y fórmulas propias. El Domingo 1° de Adviento es el que cae más cerca del día de la fiesta de san Andrés (30 de Noviembre). La alegría que engendra el pensamiento de poseer dentro de poco al Salvador, fue y es todavía como la nota dominante del santo Adviento; por eso no se deja de cantar el Aleluya, y las campanas voltean mientras en el coro se entonan las grandes antífonas: ¡Oh! El 3er domingo, el altar se ve engalanado con flores, los ornamentos pueden ser de color rosa y se vuelven a oír las suaves melodías del órgano.

En el siglo VII se dio también a este Tiempo un carácter penitencial llamándose en la Edad Media «Cuaresma de Navidad», por lo cual muchos ayunaban a diario y hasta cubrían las sagradas imágenes, como ahora en el Tiempo de Pasión. Ese espíritu de penitencia se trasluce en la omisión del Gloria y de los ornamentos morados y en muchos textos litúrgicos.

En el santo Adviento no nos preocupemos sólo de su venida misericordiosa, al revés de los judíos, que únicamente quisieron admitir el advenimiento glorioso del Mesías. Dejemos toda su amplitud a las fórmulas litúrgicas, para que ejerzan en nosotros toda su eficacia y digamos con la Iglesia: «Veni, Domine», ven, Salvador y Juez mío. Líbrame aquí de mis pecados, y llévame algún día a tu Cielo. Adveniat regnum tuum. Como todos los Patriarcas y Profetas, en Ti pongo toda mi esperanza. Per Adventum tuum, libera nos, Domine.

¡Oh, cuan benéfica es la liturgia de este tiempo, que así nos dispone a celebrar el advenimiento de Jesús en vista del segundo, de manera que, aprovechándonos de las gracias del Redentor, no hayamos por qué temer los castigos del Juez! «Haz, Señor —pide la Iglesia—, que recibiendo con alegría al Hijo de Dios, ahora que viene a rescatarnos, podamos también contemplarlo seguros cuando viniere a juzgarnos». 

Así pues, el Adviento nos predica que Jesucristo es el centro de la historia del mundo, la cual comienza con la esperanza de su venida de gracia y terminará con su postrer y glorioso adveni­miento. Y la Liturgia hace desempeñar a todos los cristianos su papel respectivo en este plan divino. Si Cristo bajó a la tierra, accediendo a los apremiantes llamamientos de los justos del Antiguo Testamento, bajará también hoy día en vista de las llamadas que le dirige la humanidad, generación tras generación, y vendrá sobre todo por Navidad a las almas fieles con una infu­sión nueva de gracia. Vendrá por fin Jesús, llamado por los últi­mos cristianos, cuando se vean perseguidos por el Anticristo al fin de los tiempos.

Nuestras aspiraciones a Cristo son las mismas que las de los Patriarcas y Profetas, ya que el Oficio Divino y el Misal ponen en nuestros labios las palabras mismas que ellos en otros tiempos pronunciaron. ¿No es, pues, uno mismo el grito de fe, de esperanza y amor que se viene elevando a Dios y a su divino Hijo en el correr de los siglos? Animémonos de los mismos entusiasmos y de las mismas súplicas de un Isaías, de un Juan Bautista y de la benditísima Virgen María, de esas tres figuras que cumplidamente encarnan el espíritu del Adviento; aspiremos con sinceridad, con amor, con impaciencia, por Jesús, en su doble advenimiento: «Al Rey que va a venir, venid adorémoslo».

Se nota que las iniciales de las grandes antífonas ¡Oh! dan por orden inverso estas dos palabras: Ero cras, que significa: Mañana estaré, es decir, estaré con vosotros.

  

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

  

 

 

 

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