Hacia la unión con Dios

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Propósito de vida

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2019

Desde el abismo de mi nada,

a Jesús mi alma fusionada,

en el Santo Espíritu ardiendo

y a Dios-Padre glorificando.

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La Muerte Mística* (para religiosos)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 18, 2011

LA MUERTE MÍSTICA

A fin de que, ni por fragilidad humana ni por negligencia mía, vaya a perder las luces y santas inspiraciones que Jesús, en su infinita misericordia, se ha dignado otorgarme para que sacudiendo el letargo de mi infidelidad y pereza me eleve a la luz de la divina gracia y emprenda el camino de perfección que más agrade a mi Señor; más aún, con la finalidad de hacerme fácil este camino y poderlo recorrer con seguridad, he resuelto cumplir constantemente cuanto en estas páginas se contiene, y me parece que hoy exige Dios de mí. Previa la aprobación de la santa obediencia, de la cual quiero ser un mártir y fidelísimo hijo hasta el último aliento de mi vida, espero que me sirva de estímulo para seguir adelante, y superar, con todo esfuerzo, mis repugnancias.

Que Jesús me conceda la gracia de un buen principio y santa perseverancia.

 

LA MUERTE MÍSTICA COMO OBEDIENCIA A DIOS

 

Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.

¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!

¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.

¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí mismo, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

 

EL PUNTO DE PARTIDA: LA PROPIA NADA

 

Me sumergiré en mi propia nada, admirado de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.

Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!

No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movido por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

 

ABANDONO EN EL QUERER DE DIOS

 

Permaneceré sumiso y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contento de cualquier querer suyo.

Me despojaré de todo con un total abandono de mí mismo en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.

En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privado del mismo; antes bien, muy dispuesto a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.

Contento y resignado volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.

¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!

Si Jesús me quisiera desolado, muerto y sepultado en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

 

EL SEGUIMIENTO DE JESÚS CRUCIFICADO

 

Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligido, abandonado, desolado, le haré compañía en el huerto. Si despreciado, injuriado, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimido y angustiado en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!

No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencido de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.

Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí mismo, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!

Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unido a Él.

No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí mismo; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.

¡No te fíes de mí, que soy miserable!

Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mío. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!

Moriré del todo a mí mismo para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerto, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!

Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

 

 

LA MUERTE MÍSTICA Y EL VOTO DE POBREZA

 

Me consideraré muerta en la pobreza.

El muerto, me diré a mí mismo, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísimo como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadido únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.

Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.

No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remiso en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.

En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome todo a Dios.

Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.

Me despreciaré a mí mismo y gozaré de verme despreciado por los demás, y pospuesto a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacido. En resumen, intentaré ser pobrísimo, y verme privado de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.

¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CASTIDAD

 

Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.

El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.

Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Pura en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, pura de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; pura de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.

Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.

¡Oh, muerte santa de quien vive casta por ti, Jesús mío!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA OBEDIENCIA

 

Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerto, sin exhalar siquiera un suspiro.

Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…

Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santo y, por fin, bienaventurado. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.

¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.

Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser todo de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.

Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.

Estaré siempre sobre mí mismo para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contento con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.

Caminaré siempre así contra mí misma, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesto a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener un religioso muerto a sí misma hasta el último aliento.

¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA CARIDAD

 

Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santo. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí mismo, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.

El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser un gran santo.

¡Sí, quiero morir muriéndome a mí mismo!

 

LA MUERTE MÍSTICA EN LA MORTIFICACIÓN

 

No sentiré ninguna compasión por mí mismo, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.

Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré todo en mi oficio, dejando la dirección a mi compañero, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandado como el menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicado joven, pero gran penitente y humildísimo: quiero ser el estropajo del monasterio.

——————— o ———————

¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unido a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.

Con estos santos sentimientos, quiero verme reducido a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.

Dichoso yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.

Jesús esté siempre conmigo.

Jesús, tu nombre sea mi última palabra.

Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.

 San Pablo de la Cruz

Fundador de los Pasionistas

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Humildad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2010

 

Decir Dios y decir Misericordia es la misma cosa; decir Jesús y decir Bondad es la misma cosa; decir Jesús y decir Compasión es la misma cosa; decir Jesús y decir Ternura es la misma cosa. Yo soy el óleo para sanar tus llagas, Yo soy el bálsamo para curar tus heridas, Yo soy la leche que te nutre, Yo soy la fuente de agua viva que te apaga la sed. Si quieres bajar al abismo de tu miseria, entra en el abismo de mi humildad.

¡Las almas rehuyen tanto las humillaciones! ¡Si ellas supieran el gran bien que encierran!

Yo encuentro mis delicias en un alma habitualmente humilde, esto es, que está siempre en un ambiente de humildad. En cambio, un alma que no se humilla más que de cuando en cuando me hace sonreír en esos momentos, pero no hace mis complacencias como las hace un alma habitualmente humilde.

No hay camino que conduzca más directamente, más seguramente, más pronto y más suavemente a Dios que la humildad. Estúdiala en el Evangelio, apréndela en mi vida, profundízala en la Eucaristía; si tú bebes la humildad de estos 3 manantiales, siempre la encontrarás.

Las imperfecciones deben servir a un alma para subir hacia Mí, por medio de la humildad, de la confianza y del amor. Yo bajo hacia el alma y quiero buscarla en su nada para unirla conmigo.

Quien mira a simple vista una gota de agua ve una gota de agua; con microscopio la ve igualmente pero, ¡cuántas cosas se ven dentro que antes no se veían! Pues bien, la humildad es como un microscopio espiritual; cuanto más se humilla el alma tanto más finas son las lentes y, por lo tanto, hacen ver más; es cierto, alma mía, que esto cuesta; pero el Paraíso es hermoso y es precioso ganárselo. Un alma fiel en humillarse y que no me niega ningún acto de humildad, ni interior ni exterior, es un alma que embelesa mi Corazón.

Como un guijarro cuando se desprende de lo alto de una montaña y cae en el valle si nada lo para, así el alma humilde, una vez que el Amor la ha hecho despreciarse a sí misma y le ha dado el impulso, ya no se para a no ser que ella ponga voluntariamente algún impedimento: le entra tal amor por las humillaciones que no se harta nunca, y el Amor la quiere siempre así para unírsela cada vez más. ¡Bienaventurada esta alma! Ha hallado la puerta del Cielo, ha hallado el reposo, ha hallado la paz, ha hallado la Vida, ha hallado a su Dios.

Dios oculta su presencia de amor a los soberbios, así como el sol oculta sus rayos cuando una densa nube se pone por medio. Pero los humildes son como varios espejos, que reflejan mejor la presencia de Dios. Un alma humilde tiene tal poder sobre mi Corazón, que basta con una verdaderamente humilde para desarmar mi justicia, más que mil pecadores para armarla.

La soledad del corazón es una gracia, porque dispone al alma al íntimo comercio con Dios; Dios se comunica al alma a medida que la encuentra sola y separada de todo; entonces la rodea de Sí mismo; dichosa el alma que se presta con amor al trabajo que obra en ella un Dios de amor. Dios penetra y fecundiza esta alma como la lluvia las raíces de una planta: estas raíces no salen nunca de la tierra para ir en busca del agua, pero esperan la lluvia. Si salieran de la tierra se secarían muy pronto.

Si te conservas en la humildad, moras con Dios, porque Dios se queda con el alma humilde, como la sombra se queda con el cuerpo: donde está el cuerpo está también la sombra.

 

Acto de humildad

Dios mío, mi soberano Amor, mi todo: yo que soy nada de nada, que nada tengo de virtud, de fidelidad, de correspondencia a tus gracias, de gratitud…, nada, en fin, de bueno; desde el profundo abismo de mi miseria recurro al abismo de tu misericordia, implorando de ella la gracia de poderte conocer y hacer que otros conozcan, de poderte amar y hacer que otros te amen, de poderte servir y hacer que otros te sirvan, de la manera más perfecta que le sea posible a una pobre criatura, para tu mayor gloria.

Voto de humildad

Dios mío, grandeza infinita: yo, pequeño átomo de miseria, desde el abismo profundo de mi nada me ofrezco, me consagro, me abandono del todo a ti; Dios mío confieso y reconozco que Tú eres el que eres, infinitamente grande, infinitamente poderoso, infinitamente bueno e infinitamente perfecto en todos tus divinos atributos; y yo soy el que no es, esto es, una nada culpable y una miseria pecaminosa. Gran Dios de misericordia, Tú te has dignado mirar a esta pequeña nada, y le has dado el ser racional, la has colmado de gracias que Tú sólo puedes enumerar. Dios mío, para honrar tu infinita misericordia te hago voto de humildad:

  •  No me quejaré nunca interior ni exteriormente de cualquier tratamiento que reciba, sea de Dios, sea de las criaturas racionales o irracionales. A la nada nada le es debido y no se queja nunca.
  •  No hablaré de mí mismo sino por obediencia o caridad (nunca por satisfacerme ni por ningún fin humano): por obediencia, cuando los superiores lo quieran o lo deseen; y por caridad, cuando pueda ayudar al prójimo.
  •  Me pondré en espíritu bajo los pies de todos con la convicción de que soy menos que nada; y con los hechos, haciéndome —cuanto pueda— el siervo de todos, cuando no me lo impida la intención de la obediencia o la práctica de mis deberes.
  •  Seré feliz y saltaré de alegría al poder, en las ocasiones que mi Dios me presente, probarle mi amor triturando el mío propio.

¡Oh Dios mío, concédeme hacerlo siempre con creciente generosidad!

Decálogo de la humildad

1. No eres nada, eres menos que nada, porque eres una miseria culpable y una nada pecadora.

2. Por ti mismo no puedes nada; sólo puedes una cosa: ofenderme abusando de mis gracias, y prepararte una eterna condenación.

3. Tú no mereces nada: la nada no juzga nada, no dice nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

4. La nada se contenta con todo porque la nada no se merece nada, no pide nada ni se lamenta de nada.

5. La nada no pretende que otros se ocupen de ella, y cuando los superiores lo hacen por caridad, se sumerge o se sepulta en el abismo de su indignidad.

6. Te has de considerar como un trapo, pero no como un trapo limpio, que tantas veces aún se estima porque sirve para enjugar; sino como uno sucio, que solo mirarlo da asco, y que no se toca nunca con las manos, sino que se empuja con los pies o que se coge sólo con las puntas de los dedos para no mancharse. Así es como debes considerarte en comunidad para estar en tu puesto.

7. Debes estar siempre sumergido en el abismo de la consideración de tu nada y estimarte indigna de todo aquello que se te da.

8. No te opongas a nada de aquello que el Amor quiera hacer de ti; aunque Yo te conceda grandes gracias, recíbelas con humildad. Así es como has de hacer tú: esconderte cada vez más en la vida interior. Por fuera, la vida común; puntual sí, pero nada extraordinario; pero en el interior todo extraordinario: empezando por la caridad; después, la humildad; y después, la mortificación.

9. Déjate arrebatar por el Amor, cuando le plazca sacarte de la tierra de tus miserias para colocarte en la corona de gloria de mi dulcísimo Corazón para toda la eternidad. Imita a los ángeles que ayudan mucho a los hombres y sin embargo no se dejan ver ni oír.

10. Finalmente, mientras permanezcas abismado en tu nada, lo cual te atraerá muchas gracias, seré siempre para ti un Dios de bondad, un Dios de misericordia, un Dios de amor. Mas el día en que te ensoberbecieres, Yo sería entonces para ti un Dios de justicia. Te lo digo, no para asustarte, sino para avisarte, porque te amo mucho.

Si tú practicas la humildad, hallarás la paz; si la practicas más, también hallarás más paz; y si tú no vives ni respiras más que humildad, serás perseguida por mi amor, por mis predilecciones, por mis favores, más de lo que podría serlo un ladrón buscado por la policía.

Alma mía, yo quisiera poderte llamar «Mi Humildad», y lo lograré si eres fiel al amor.

 (De Jesús a sor Benigna Consolata Ferrero)

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