Hacia la unión con Dios

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¿Debemos obedecer a la Iglesia?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 27, 2017

 

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos la Biblia:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos». (Ga 2, 6-7)

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de lo que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

«Ustedes son de la casa de Dios. Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 19b-20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

Jesús, desde el día que lo conoció, ya había establecido que Pedro sería la piedra sobre la que construiría su Iglesia. Y para eso le cambió el nombre:

«Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas” (que quiere decir Piedra).» (Jn 1, 41-42)

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los nombres se cambian para darle una misión específica a las personas; basta ver el caso de Abrán por Abraham, esto es, padre de muchos. En este caso, Jesús le cambia el nombre a Simón por el de Pedro queriendo significar así la misión que Él le encomendaba: ser la piedra donde se asentaría la Iglesia fundada por Jesucristo, la piedra donde se edificaría y se sostendría esa Iglesia, tras su partida de este mundo; porque para Jesús era muy importante que su Iglesia estuviera bien construida:

«Se parece a un hombre que construyó una casa; cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino una inundación, y la corriente se precipitó sobre la casa, pero no pudo removerla porque estaba bien construida.» (Mt 7, 24-25; cf. Lc 6, 48)

Leamos ahora lo que sucedió cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién creían que era Él:

«Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.» (Mt 16, 18-19)

Con esto, Jesús dejó claro que Pedro, por decisión de Dios, es la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia, la Iglesia fundada por Jesucristo; además, le dio el poder de atar y desatar: la autoridad que ejerce hoy el Papa, su sucesor.

Con frecuencia se presenta el problema de interpretar quién es la piedra o la roca, dado que en 1Co 10, 4, Pablo afirma que «bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». En este pasaje es obvio deducir que Pablo mostraba a la roca como representación de Cristo, que es la fuente de todos los bienes.

Pero Pablo no hablaba de construcción ni de cimiento, como sí lo hizo Jesús en Mt 16, 18: «edificaré mi Iglesia». Aquí Cristo es el constructor mientras que el cimiento es Pedro.

Eso quedó patente en la última aparición de Jesús a sus apóstoles cuando, como despedida, les enseñó quién debía apacentar su rebaño, es decir, los bautizados, los pertenecientes a la Iglesia:

«Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Le preguntó por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro volvió a contestar: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”.

Insistió Jesús por tercera vez: “Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Entonces Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.» (Jn 21, 15-17)

Jesús mismo había dicho:

«Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas.» (Jn 10, 11)

Lo que ordenó a Pedro, es decir, apacentar las ovejas de Jesús, consiste entonces en representar a Jesús aquí en la tierra, ya que Él se iba pronto al Cielo. Ese fue su testamento: se encuentra en el último capítulo del Evangelio de Juan.

Y, según la Biblia, después de su muerte, había que reemplazar a cada apóstol para…

«que otro ocupe su cargo. » (Hch 1, 20)

Así, cuando murió Pedro, fue elegido Lino; a Lino lo reemplazó Anacleto; al morir éste fue sucedido por Clemente…; y así hasta Juan Pablo II; con él, van 265 Papas.

Esa misión, ese servicio, no hace a Pedro ni a sus sucesores más digno que los demás hombres, solamente le da una autoridad que proviene del mismo Jesús: «Apacienta mis ovejas»: sé el Pastor, como lo fui Yo.

Ya antes, Jesús le dijo a Pedro algo que nos hace ver que lo estaba preparando para darle autoridad, como administrador de su Iglesia:

«Pedro preguntó: “Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?” El Señor contestó: “Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene”.» (Lc 12, 41-44)

¿Por qué le habló de un administrador después de la parábola de los trabajadores fieles? Porque quería pedirle esa fidelidad a su trabajador principal: el primer Papa.

Pero quizá una de las muestras mayores de la preocupación de Jesús por quien iba a ser la cabeza visible del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es la siguiente:

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 31-32)

Es de notar que Jesús dice aquí que «Satanás va a sacudirlos a ustedes», es decir, a todos los apóstoles. Sin embargo, Jesús no ruega por todos, sino «por ti para que tu fe no se venga abajo», porque sabía la responsabilidad que se derivaba de la autoridad que le había conferido. Además, añade: «Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos».

Otro pasaje de la Biblia nos enseña que para Jesús, Pedro tenía una misión y una autoridad muy especiales:

«Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora?”» (Mc 14, 37)

Llama la atención que el texto diga que Jesús los encontró dormidos, pero no se preocupó por todos, sino únicamente por Pedro, quien tampoco había podido «permanecer despierto una hora». Es que Él sabía cuán importante iba a ser la autoridad de Pedro.

Por eso, en la Biblia, Pedro ocupa siempre el primer lugar:

«Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro…» (Mc 3, 16)

«Allí estaban Pedro…» (Hch 1, 13)

«Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro…» (Mc 9, 2)

«Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» (Lc 24, 34)

«Que se apareció a Pedro y luego a los Doce.» (1Co 15, 5)

Veamos lo que sucedió después de la resurrección de Jesús:

«El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro.» (Jn 20, 1-2)

María había podido ir corriendo en busca de los discípulos de Jesús. Pero no lo hizo: prefirió buscar a la máxima autoridad.

Y él mismo Juan muestra el respeto por esa autoridad:

«Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos por el suelo, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro, y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.» (Jn 20, 3-8)

Sólo hasta que el primado —Pedro— entró, Juan se permitió entrar y ver. De nuevo queda patente la autoridad de Pedro.

Al final del Evangelio de Marcos se lee cómo un joven instruye a las mujeres que lo vieron resucitado:

«Ahora vayan a decir a los discípulos, y en especial a Pedro, que Él se les adelanta camino de Galilea.» (Mc 16, 7)

Pablo va también en busca de esa máxima autoridad:

«Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro y permanecí con él quince días.» (Ga 1, 18)

La Biblia nos muestra que Pedro, ejerciendo esa autoridad, es quien decide reemplazar a Judas:

«Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: “Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura, pues el Espíritu Santo había anunciado por boca de David el gesto de Judas; este hombre, que guió a los que prendieron a Jesús, era uno de nuestro grupo, y había sido llamado a compartir nuestro ministerio común. Sabemos que con el salario de su pecado se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. Este hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel campo, en su lengua, Hakeldamá, que significa: Campo de Sangre. Esto estaba escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y que nadie habite en ella.

“Pero también está escrito: Que otro ocupe su cargo. Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros”.» (Hch 1, 15-21)

Pedro empieza así a ejercer su autoridad.

Autoridad que no solo se ejerce para las decisiones importantes, sino también para castigar:

«Pedro le dijo: “Ananías, ¿por qué has dejado que Satanás se apoderara de tu corazón? Te has guardado una parte del dinero; ¿por qué intentas engañar al Espíritu Santo? Podías guardar tu propiedad y, si la vendías, podías también quedarte con todo. ¿Por qué has hecho eso? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y murió. Un gran temor se apoderó de cuantos lo oyeron.» (Hch 5, 3-5)

Tal sería la autoridad de Pedro, que toda la Iglesia oraba por él, cuando lo apresaron:

«Mandó detener también a Pedro: eran precisamente los días de la fiesta de los Panes Ázimos. Después de detenerlo lo hizo encerrar en la cárcel bajo la vigilancia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, pues su intención era juzgarlo ante el pueblo después de la Pascua. Y mientras Pedro era custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios. (Hch 12, 3-5)

Además, es Pedro el primero que predica cuando Jesús es proclamado por primera vez:

«Entonces Pedro, con los Once a su lado, se puso de pie, alzó la voz y se dirigió a ellos diciendo: “Amigos judíos y todos los que se encuentran en Jerusalén, escúchenme, pues tengo algo que enseñarles…”» (Hch 2, 14)

Y así comenzó la predicación apostólica, la Tradición.

Y es él quien dirige las discusiones y les da conclusión:

«Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo:…» (Hch 15, 6-7)

La Iglesia, entonces, lo reconocía como el Pastor universal.

Esto es, precisamente, lo que significa la palabra «católico»: universal, es decir, que está abierta a todas las razas y culturas de todos los tiempos.

Recién comenzado el cristianismo, un obispo que conoció a los apóstoles y de quienes recibió la imposición de manos, Ignacio de Antioquía, fue el que, para designar a la Iglesia fundada por Jesucristo, usó la expresión: «católica». Efectivamente, escribiendo a los cristianos de Esmirna les decía: «Donde está Cristo, allí está la Iglesia Católica».

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En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

  • Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.
  • Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.
  • Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.
  • Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.
  • Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

  • Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.
  • El AT fue superado y sobrepasado por el NT.
  • El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.
  • El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.
  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.
  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).
  • En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)
  • Documentos eclesiales (de la Iglesia)
  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos
  • Derecho canónico
  • Liturgia
  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Para informar todo esto al pueblo cristiano de una manera más asequible, se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe.

El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

 

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

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*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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Junio 29

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos

¿Un simple ser humano tiene las llaves del Reino de los Cielos? Sí. ¿Y por qué? Porque Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y esto le fue revelado por el Padre que está en los Cielos. Por eso Jesucristo le dijo: «Tú eres la piedra —Pedro— sobre la que edifico Mi Iglesia».

Es verdad que las elecciones de Dios producen sufrimientos: Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, se atrevió a prender también a Pedro.

Lo mismo nos cuenta san Pablo: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente».

Pero luego viene el premio. Continúa escribiendo san Pablo: «El Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos.»

Y Pedro, cundo volvió en sí: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.»

Dos enseñanzas nos quedan: mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Orar, pues, por el sucesor de san Pedro, el Papa actual. Y orar mucho, para que nos guíe adecuadamente hacia la felicidad eterna.

Y, segunda, obedecerlo en todo, porque Jesús le dijo: «Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Atar y desatar: dar órdenes o derogarlas. Son órdenes dadas por amor, para el éxito en ese viaje hacia la dicha sin fin.

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Lectio divina*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2011

ORAR CON LA PALABRA DE DIOS

Recuérdese que la Palabra de Dios está contenida en los documentos los pontificios (los del Papa) y los eclesiales (los de la Iglesia); los que se originan en los concilios, sínodos, asambleas episcopales y congregaciones; los de derecho canónico, liturgia y escritores eclesiásticos; y en la Biblia.

La lectio divina es un diálogo con Dios que me ha elegido como interlocutor. Dios me habla y espera de mí una respuesta. Este dialogo se articula en cuatro momentos clásicos. Todo hombre debe ejercitarse de continuo en subir estos cuatro escalones de la «escala espiritual», esa escala que une la tierra con el cielo. No se trata de un esquema rígido ni de una sucesión de actitudes fríamente establecidas. En realidad, estas actitudes se superponen y se entremezclan entre sí.

En la historia del cristianismo, hay que esperar al siglo XIV para que un monje, el cartujo Guido II, se decidiera a sintetizar la experiencia viva de la Palabra de Dios, hecha durante los siglos anteriores, en esos cuatro momentos nacidos de un único impulso del Espíritu Santo. ¿Cómo se relacionan esos pasos entre sí? El autor nos ofrece esta sugestiva imagen: «La lectura (lectio) lleva a la boca el alimento sólido; la meditación (meditatio) lo mastica y lo tritura; la oración (oratio) lo saborea; y la contemplación (contemplatio) es la dulcedumbre misma y el gozo que penetran hasta la médula».

1. Con la lectura, yo me pongo a la escucha de Dios que me dirige su Palabra. Despliego las velas para que el Espíritu Santo haga avanzar mi barca. Esta escucha atenta es un acto que me compromete y que exige de mí una respuesta personal: «Sí, Señor, estoy dispuesto a jugarme la vida por tu Palabra». Audire (escuchar) se convierte en obediere (obedecer), en una completa sumisión a la Palabra de Dios.

2. La meditación es un concepto muy amplio, que incluye la profundización, sirviéndonos de la ayuda del entendimiento y la imaginación. Con el pico y azadón de mis facultades trato de descubrir el «tesoro escondido». Pero si quiero que la Palabra de Dios pueda llegar a las zonas más profundas de mi ser y hacer vibrar mis fibras más íntimas, debo crear dentro de mí un espacio de resonancia, «abrir mi corazón».

Cuando un aria musical te ha impresionado, sigue resonando en tu interior, y experimentas la necesidad de recogerte para acogerla y saborearla en la intimidad de lo mejor de tu persona. De igual manera, la Palabra de Dios, para pasar de las zonas exteriores a las zonas íntimas de tu corazón dilatado por la fe y el amor, exige recogimiento y apertura. San Agustín llama hermosamente a este espacio interior «la boca del corazón». De ahí la metáfora de la asimilación de los alimentos. La Palabra de Dios que recibo debe ser triturada, masticada, rumiada: «María conservaba cuidadosamente todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19). Cada palabra debe ser sopesada para que pueda revelarme la plenitud de su significado, e impresa en la memoria para que pueda penetrar en mis zonas inconscientes. San Francisco se atreve a afirmar, por ejemplo, que aprender la Biblia de memoria es más provechoso que recorrer millares de sabios tratados.

Cuando el lector asimila la Palabra de Dios, ésta se incorpora a él, y lo va asemejando a Dios para vivir en Él. Si te acercas asiduamente a la Sagrada Escritura por medio de este tipo de meditación, adquirirás una especie de segunda naturaleza. La Palabra de Dios asimilada formará parte de ti mismo: irá modelando tu vida, tus pensamientos, tus sentimientos… y te identificará con Cristo. Con el tiempo, la memoria puede reemplazar al libro. Y entonces la lectura en la intimidad del corazón puede hacerse en cualquier circunstancia: en los desplazamientos, durante el trabajo, etc. Espontáneamente aflorará en los labios un pensamiento, un salmo que vive en el corazón. Esas frases bíblicas pueden tomar la forma de oraciones breves y frecuentes lanzadas como flechas hacia el Señor (jaculatorias), ya sea formuladas con los labios, ya de forma puramente mental. Y no serán repeticiones monótonas, sino la gozosa proclamación de una palabra siempre fresca y rebosante de vida.

3. La lectura y la meditación son ya oración. Pero el tercer peldaño de la escala, la oración, pone de relieve el hecho de que la oración cristiana es esencialmente una palabra «devuelta» a Dios, un consentimiento a lo que Él me ha hecho comprender vitalmente. He leído la Palabra de Dios y la he rumiado en mi corazón. Y ahora yo repito a Dios esas mismas palabras cargadas con toda mi vida y con todo mi amor. La Palabra de Dios no está solo en el centro de mi escucha, sino también en el centro de mi respuesta.

La oración no es un razonamiento árido ni una ilusión sentimental, sino una reacción espontánea ante la contemplación del Misterio que la Palabra escuchada me revela. Cuando esta efusión espontánea se agota, volvemos al texto para «reaprovisionarnos». Esta reacción suscitada por el Espíritu Santo es lo que san Pablo llamaba «gemidos inefables» del Espíritu, gemidos que Él ha puesto en la mente o en los labios de los amigos de Dios mucho antes de ponerlos en los nuestros. Esa oración bíblica nos pone, pues, en contacto vivo con la Fe, la Esperanza y la Caridad, que animaron al pueblo de la Sagrada Escritura a lo largo de su peregrinar.

4. La contemplación es la última etapa, que encierra una experiencia sumamente rica, independientemente de las gracias místicas extraordinarias. Dios nos introduce en la «celda secreta» para alegrar el alma y llenarla del poder y de la dulzura de su Presencia, anticipando así el cielo para ella. El Señor recrea de nuevo, refresca, nutre, sacia y renueva. Ante los ojos de la fe se despliega el poema de las «maravillas de Dios», los «gestos» que revelan su Santidad y su Misericordia. El alma reboza de gozo, la inteligencia de luz, y el espíritu se siente arrebatado por el amor de las realidades invisibles. Más allá, ya solo existe la contemplación sin velos, la celestial.

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Ciclo C, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 6, 2010

¿Escuchas que Dios te llama?

 

Elías unge a Eliseo para hacerlo profeta; Jesús ofrece la vocación a uno, rechaza a otro y, a quien vacila, lo impulsa a obedecer el llamado que le hace. Hoy todo, pues, nos habla de vocación, llamado.

La vocación es una inspiración con que Dios llama a alguien a un estado: matrimonio, vida consagrada, sacerdocio… Están equivocados quienes piensan que la vocación es simplemente una inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. Es un llamado de Dios.

Atender ese llamado de Dios y obedecerlo nos asegura la felicidad; la auténtica, pues Dios es la infinita sabiduría y no puede equivocarse; sabe Él qué es lo que más nos hará felices. Y, como nos ama, desea solo nuestra felicidad y la favorece. Así pues, quien quiera ser feliz sólo tiene que atender el llamado divino.

Pareciera que la segunda lectura es la consecuencia lógica de las otras dos: quien sigue a Dios obedeciendo el llamado que Él le hace será libre: no se someterá más al yugo de la esclavitud. Porque es esclavitud seguir nuestro parecer: pensar que nosotros sabemos —más que Dios— qué es lo que nos conviene; también es esclavitud obstinarnos en nuestro juicio, olvidándonos de que Dios nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos.

Por eso, nuestra vocación es la libertad. No esa libertad que encubre los deseos de la carne (placer, tener, poder y fama), sino el amor que Dios da a quienes lo siguen, y por el que nos hacemos esclavos unos de otros. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.

Por eso san Pablo nos dice: caminen según el espíritu y así no realizarán los deseos de la carne, pues los deseos de la carne se oponen al espíritu, y los deseos del espíritu se oponen a la carne.

El espíritu da la libertad; la carne nos esclaviza.

El espíritu nos hace tender a amar; la carne, a ser egoístas. ¿De cuál nos estamos dejando guiar?

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Viernes Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

Aprendió a obedecer

 

Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?

Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.

«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.

Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.

Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…

 

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