Hacia la unión con Dios

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Los servicios en la parroquia

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 23, 2019

Son 2 cosas distintas la vocación (el llamado que Dios hace en esta vida para servirlo y como medio de santificación) y algunos servicios (ministerios) que se pueden prestar en la Iglesia voluntariamente.

El pueblo de Dios está estructurado según la situación del fiel o, lo que es lo mismo, según su condición de vida. Si nos acogemos a esa estructura, no hay sino 3 vocaciones en la Iglesia Católica:

  1. Ministros sagrados o clérigos (obispos, presbíteros y diáconos)
  2. Vida consagrada (algunos son sacerdotes religiosos)
  3. Seglares

En cambio, los demás son servicios: lectores, animadores del canto, ministros de la comunión, directores de comunidades parroquiales, acólitos, catequistas, miembros de las distintas pastorales (familiar, social, litúrgica y otras), etc.

Las normas y el proceso de discernimiento se aplican a la vocación, a la que todo fiel debe responder para salvarse, para santificarse y para ser feliz.

Por el contrario, los servicios son absolutamente voluntarios y, por consiguiente, no existe la más mínima obligación de prestarlos: todos se pueden realizar libremente; asimismo, todos —sin excepción— tienen la libertad de aceptarlos o rechazarlos, cuando se los ofrecen. Debe enfatizarse que las razones para no prestar un servicio no tienen que ser importantes: el simple hecho de no querer hacerlo es suficiente. ¿Por qué? Porque las obligaciones de un cristiano son únicamente las siguientes:

  • Cumplir los 10 Mandamientos de la Ley de Dios y los 5 de la Santa Madre Iglesia
  • Practicar las Obras de Misericordia: 7 espirituales y 7 corporales
  • Seguir el espíritu de los Consejos evangélicos (los que viven los religiosos): Humildad (que es el espíritu, el alma del consejo evangélico de la obediencia), Desprendimiento (que es el espíritu, la esencia del consejo evangélico de la pobreza) y Pureza (que es el espíritu, la sustancia del consejo evangélico de la castidad)
  • Buscar la vocación (casado, vida consagrada o vida sacerdotal) y poner todos los medios para llevarla a cabo, con la gracia de Dios.

Todo lo demás es voluntario: de libre elección o aceptación, y no existe ni la más mínima falta de amor para con el Señor el hecho de no aceptarlos o de no ofrecerse para prestar esos servicios, aun cuando las razones sean banales, superficiales, triviales, insignificantes, insustanciales…, o como las quieran denominar.

En consecuencia, no es necesario hacer discernimiento para decidir si alguien debe continuar ejerciendo un ministerio. El simple hecho de no querer hacierlo es suficiente —a los ojos de Dios— para dejar de hacerlo.

Vivimos en la libertad de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

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La discusión sobre Amoris Laetitia

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 24, 2016

Exhortación Apostólica "Amoris laetitia"

Cada vez que leo o escucho nuevos giros de la discusión sobre esta exhortación, vuelvo a leerla, meditarla y analizarla, y encuentro que:

En ninguna parte del documento se dice que lo que está objetivamente mal pueda juzgarse como bueno; se recuerda la doctrina moral de siempre: que la inadvertencia parcial hace que el pecado no sea mortal (aunque sigue siendo grave). Y se aconseja que se apele a la misericordia, que ha faltado en tantos casos, en los que se calificó a priori e implícitamente a los adúlteros como pecadores mortales (única razón válida para no poder acceder a la comunión sacramental).

Además, hay que aclarar que en ninguna parte del documento se recomienda que se le dé la comunión a los adúlteros.

Y me pregunto por qué se hace tanta discusión sobre este tema si, desde el punto de vista práctico, los divorciados vueltos a casar pasan a comulgar sin que el párroco, el vicario o el sacerdote adscrito sepan si están o no en esa “situación irregular”.

Finalmente, recuerdo que lo que el Papa escribió en Amoris Laetitia es el resumen de lo que entre el Espíritu Santo y los Padres sinodales determinaron, no su opinión personal. Efectivamente, aunque este documento no debe considerarse ex catedra, sí debemos recordar que todo documento oficial de la Iglesia expedido por el Papa y los obispos unidos a él es parte del Magisterio oficial de la Iglesia y, por ende, puede considerarse inspirado.

Afirma san Pablo:

«Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.» (RM 13, 1-2)

Téngase en cuenta que en esta cita el Apóstol se refiriere a las autoridades civiles; ¿cómo no obedecer, pues, a la Santa Madre Iglesia?

Además, debemos seguir el ejemplo de Jesús quien, como escribió san Juan Bosco, «vino para obedecer». (Epistolario, Turín, 1959, 202)

Pero más allá de todo lo dicho, pienso que es del Papa la responsabilidad de guiar a la Iglesia. Así, aunque muchos quieran hablar, discutir y opinar sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc., yo no tengo tiempo para eso: me dedicaré a cumplir con mi responsabilidad: orando, reparando, procurando por todos los medios mi propia santificación y evangelizando con el ejemplo, más que con la palabra.

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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¿Por quién votar?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 18, 2010

He aquí los criterios que debe seguir un buen ciudadano y buen católico para elegir a sus gobernantes y representantes.

La obligación de un cristiano católico que vive y cree en una democracia es analizar en conciencia la vida y propuestas de cada uno de los candidatos, la fidelidad a sus principios, su honestidad y su moralidad.

El católico no debe permitir con su voto (o al no votar) que sea elegido un candidato que está en contra de la Ley natural y la Ley divina (por ejemplo, uno que propicie el aborto, el matrimonio de homosexuales, la tenencia de hijos por parte de parejas homosexuales, etc.) o que no procure el bien común (imponiendo, por ejemplo, políticas que favorecen solo a unos pocos) o que viole los derechos fundamentales particulares (por ejemplo, que imponga a los padres una educación contraria a sus creencias…).

Además, en algunas ocasiones, el católico debe ser sagaz (como dijo Jesús en Mt 10, 16: “astutos como serpientes”) y usar la estrategia de votar no por el de su preferencia —si sabe que de todos modos no ganará—, sino por el que entre los posibles ganadores dañaría menos al país…

En fin: hay que usar criterios morales, procurando al máximo que el bien común y particular ganen, y usando la sagacidad.

Si a todo esto une la oración, para que el Señor lo ilumine (pidiendo al Espíritu Santo el don del consejo, que es el que más se requiere en este caso), habrá actuado acorde con su condición de ciudadano y de católico.

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¿Por quién debo votar?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 5, 2008

Sé perfectamente que todo cristiano tiene la obligación moral de votar, no solo porque como tal debe cumplir con sus deberes ciudadanos, sino porque su omisión podría permitir que sean elegidas personas con criterios disímiles o contrarios al bien común (léase: a la moral cristiana). Y así lo enseño y lo seguiré enseñando.

Pero Dios me dio una particularísima vocación: amarlo intensamente a Él y a los demás. En este camino, descubrí que el amor auténtico consiste en trabajar por la felicidad de quien se ama, sin importar lo que cueste, y dejando en segundo lugar las otras metas que se tenían (aun las más nobles), pues la felicidad de quien ama es ver feliz al que ama.

Y confirmé luego que quien ama se olvida de sí mismo y hasta de su propio bienestar, con tal de hacer feliz al amado; como lo hizo Jesús, a quien no le importó sufrir lo que tuvo que sufrir por nosotros, los hombres. Quien vive en ese dolor amoroso, en ese amor doloroso, llega a la unión con Dios y se realiza como ser humano, que fue hecho por el Amor y para amar.

Para mí la democracia, sin la Ley del Amor que Jesucristo vino a predicar, es casi como cualquier monarquía, anarquía, la dictadura, la aristocracia, etc. Es más: estoy seguro de que si viviéramos esa Ley de Amor no habría necesidad alguna de decretos, normas, leyes… ¡Ama y haz lo que quieras!, gritó san Agustín cuando lo descubrió.

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