Hacia la unión con Dios

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Cuando un hombre no valora a su novia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2016

Si un hombre rechaza a su novia o no la respeta, es porque no la valora; y no la valora porque ella le dio la oportunidad de tratarla así, porque no se hizo valorar.

Es mucho más frecuente de lo que se piensa —y de lo que se querría— encontrar mujeres que piensan en la posibilidad de seguir la relación con un hombre que las desprecia, ofende o maltrata psicológicamente. Actuar así es darle razones para que las valore menos aún: los hombres valoramos sólo lo que nos cuesta, y lo valoramos más si nos cuesta más; y muchos aplican este mismo criterio en las mujeres: valoran mucho más a aquellas mujeres que más trabajo les cuesta conquistar y a las que más trabajo les cuesta mantener cerca de sí.

Por eso, para que un hombre la trata así la valore —y para que ella misma aprenda a valorarse—, es necesario que lo rechace durante mucho tiempo (meses): no contestarle mensajes ni llamadas, no recibirle visitas, evitar encuentros con él (si viene por la calle, preferir dar la vuelta a toda la manzana)…

Además, solo al rechazarlo así, podrá descubrir si todavía está verdaderamente interesado en ella, si le queda algo de aprecio por ella: si es capaz de perseverar buscándola todo ese tiempo a pesar de sus rechazos, es porque hay algo en su corazón que se puede rescatar y, lo que es mejor, al ver la seguridad y la entereza de esa mujer, tendrá un mejor y más elevado concepto suyo, por lo que será posible que se empiece a enamorar… Pero si no es capaz, si no insiste, es porque no la ama en absoluto, y esto la hará comprender que jamás llegaría a ser feliz con él, razón con la que podrá tomar la decisión de borrarlo de su mente y de su corazón, para que tenga la posibilidad de entender que puede seguir adelante sin él. Cuando una mujer comprende esto, es cuando comienza a tener autoestima; efectivamente, es cuando dice: “Yo no necesito a nadie para ser feliz; me basta con el amor que sé que Dios me tiene”.

Pero la principal finalidad de actuar de ese modo es ayudarlo a mejorar como ser humano, pues será entonces cuando él podrá darse cuenta de lo mal que se ha portado y quizá comience a valorar sólo lo que se debe valorar y a respetar a los demás seres humanos. Y ayudar a alguien así es un acto de caridad cristiana, es cumplir con la obra de misericordia que nos enseña la Iglesia: Corregir al que yerra. Por el contrario, si no actúa así, omitirá un acto de amor verdadero.

Los hombres que actúan así requieren que los ayuden a darse cuenta de que no saben amar, pero que pueden aprender. Por eso, las mujeres que están con ellos deben alejarse y, mientras tanto, deben orar mucho por ellos, para que el Señor los ayude a recapacitar y a entender el amor verdadero que se le debe a un ser humano.

Si hacen esto, ayudarán a Nuestro Señor a mejorar la vida de esos hombres equivocados, y recibirán una recompensa muy grande en el Cielo.

 

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Ciclo C, VII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 7, 2013

El ejemplo del cristiano

Todo un programa de comportamiento nos presenta hoy Jesús: una senda muy definida para que todos los que nos llamamos cristianos la sigamos paso a paso: amar a todos nuestros hermanos; y llegar hasta el extremo: amar no tanto afectivamente sino efectivamente a nuestros enemigos.

Pero, ¿sí seguimos esa senda?

¿Hasta dónde hemos llegado en ese camino? Por ejemplo, ¿cuáles hechos atestiguan que evidentemente amamos a nuestros enemigos? ¿cuántos? ¿No es verdad que contestamos las ofensas, los golpes? ¿No peleamos hasta con los que se nos atraviesan cuando manejamos, con los que nos quitan el taxi o el puesto en el bus? Entonces, ¿hasta dónde llevamos a cabo eso de «poner la otra mejilla»?

Esta semana que pasó, ¿cuántas oraciones hicimos por los que nos injurian?, ¿cuántas veces bendijimos a los que nos maldicen?, ¿a cuántos de los que nos odian les hicimos el bien?

¿Cumplimos con aquello de que «a quien te pide dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames»?

Vale la pena hacer un examen para ver lo que ha sido de nuestra vida católica hasta hoy. ¿Con qué estamos comprometidos? ¿Qué dirían si nos vieran los que profesan otro credo?, ¿nos verían como prototipos de cristianos?

Es posible que en nuestro corazón nazca el pensamiento de que eso es imposible, que es solo para santos.

Oigamos lo que responde el mismo Jesús: si somos compasivos, si no juzgamos a nadie ni lo condenamos, si aprendemos a perdonar y a dar, tendremos un gran premio que se nos verterá en una medida generosa como ninguna, colmada, rebosante y, lo que es mejor, seremos —ahora sí— hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y con los agradecidos.

Ya escuchamos a Jesús; ahora, ¡a trabajar para dar ejemplo!

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Ciclo A, XXIV domingo de tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 19, 2011

Saber perdonar

Una de las principales causas de estrés, no perdonar o no saber perdonar, es el tema de las lecturas de hoy. Sabemos la teoría: Dios perdonó a todos los hombres el pecado original, su pecado de soberbia.

Al ver que estábamos perdidos, y que en justicia habríamos de sufrir y de morir, decidió venir al mundo y pagar la deuda, para que tuviéramos de nuevo la posibilidad de ir al Cielo a gozar con Él eternamente de la felicidad. Él, sin ser culpable —por amor—, cargó en sus hombros nuestro pecado.

Además, sabiendo que quedamos heridos por el pecado original, instituyó el Sacramento del perdón: cada vez que por nuestra debilidad caigamos, tenemos la oportunidad de volver a reconciliarnos con Él.

Ante esa muestra maravillosa de amor, ¿cómo no perdonar a los demás?

Nosotros ofendimos a todo un Dios y Él nos perdonó; nosotros, al ofendernos unos a otros, injuriamos a una criatura, a un ser humano. Por eso, en teoría, es más fácil que nos perdonemos. Pero, ¡cuánto cuesta perdonar!… Y es que no sabemos qué es perdonar, porque creemos que se trata de no volver a sentir dolor, ira o rencor; y eso, a veces, parece imposible.

Perdonar es no dejarnos dominar por ese sentimiento de dolor, ira o rencor cada vez que nos acordamos de la herida que nos produjeron; es no rechazar al ofensor (aunque sigamos rechazando su mal acto); es recordar que el otro tiene debilidades como nosotros; es tratar de ponerse en su lugar: la educación que recibió, las circunstancias que ha vivido durante su vida pasada, lo hicieron actuar de esa manera… Además, ¿no es verdad que, en su situación, nosotros nos habríamos portado igual o peor que ellos?…

Al actuar y pensar así vislumbraremos por qué razón Dios sí fue capaz de perdonarnos a nosotros —habiendo pecado tan gravemente—, y podremos comenzar a descubrir el verdadero amor. Y nos liberaremos del estrés que produce no saber perdonar.

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La infinita misericordia de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2010

Dios es perfecto; si no, no sería Dios. Y si es perfecto, tiene todos los atributos en grado sumo: es infinitamente misericordioso, pero también es infinitamente justo.

Sin embargo, hoy se está extendiendo en muchos ambientes cristianos la idea de que Dios es únicamente misericordioso. Según quienes así piensan, los pecados que cometemos serían siempre perdonados por Dios, aunque no nos arrepintiéramos ni procuráramos mejorar. Con este modo de pensar, el amor a Dios y al prójimo serían solo sentimientos que no nos exigen responsabilidades. Amar a Dios sobre todas las cosas significaría «sentir» que lo amamos, aunque incumplamos todos sus mandamientos. Así hablan:

«Practiquemos el satanismo o el espiritismo. Creamos en la Nueva Era, leamos temas esotéricos; ¿qué importa?»

«Asistamos a Misa los domingos y fiestas de precepto sólo cuando nos nazca. Y si vamos, podemos llegar a la hora que queramos. »

«Ofendamos a nuestros padres, y no les pidamos perdón.»

«Llegado el caso, matemos, pues todos los asesinos son perdonados por Dios. No importa cuántos homicidios cometamos: el amor de Dios es tan grande que hasta Hitler y todos los magnicidas de la historia viven en el Cielo, inmensamente dichosos, junto a Dios… »

«Los que practican el aborto, las que se los mandan a hacer, los que pagan esos abortos y los que lo promueven pueden seguir haciéndolo tranquilos. Lo mismo sucede con la eutanasia: Dios nos hizo dueños de la vida de los demás, especialmente de la de los más débiles… »

«Herir física, psicológica o moralmente a los demás puede que sea malo, pero Dios es tan bueno que perdonará a los torturadores, a los esposos y padres que usan los golpes o los insultos o la coacción psicológica o la humillación, a los maestros y a los patronos que atormentan psicológicamente a sus estudiantes y empleados…»

«Él sabrá comprendernos si, para evitar los hijos, usamos anticonceptivos. »

«Nada de malo hacen quienes tienen relaciones prematrimoniales.»

«La unión libre o el matrimonio civil son una opción más; por lo tanto, eso nunca ofenderá a Dios. Tampoco es malo masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.; nada de esto es pecado.»

«Los que roban, cobran injustamente, retienen cosas de propiedad de los demás, demoran los pagos de los empleados o les pagan muy poco, pueden continuar haciéndolo: es verdad que todo esto son injusticias que causarán más y más desorden social, pero a la misericordia divina no le gana nada.»

«Levantar falsos testimonios podrá causar infamias, pero no el castigo de Dios. Las mentiras —todas—, la difamación, los engaños…, no son nada malo: ¡Dios es tan bueno!»

«Ser infiel es siempre objeto de la compasión de Dios; no importa todo lo que sufran los hijos ni la mujer burlada; tampoco importa el daño que se le hace a la sociedad: el caos producido por estas traiciones no impedirá la bondad de Dios.»

En resumen, estas personas nos invitan a ofender a Dios, a burlarnos de sus mandamientos. Y si lo pensamos bien, también nos están invitando a ser malos con el prójimo y a acabar con el poco orden social que existe.

Se les olvidó que «amar a Dios es guardar sus mandatos» (1Jn 5, 3); se les olvidó que Jesús dijo: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos» (Jn 14, 15); se les olvidó que si Dios no fuera infinitamente justo, no sería Dios, pues no sería perfecto.

  

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Cómo actuar ante las agresiones

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Cuando alguien es agredido constantemente, ¿debe soportar cristianamente esas ofensas?, ¿debe poner la otra mejilla, como enseñó Jesús?

¿Hasta qué punto esa actitud sería  masoquista?, ¿no es un error quedarse callado para que la situación se torne cada vez peor?, ¿no es mejor hablar con el agresor para que detenga los ataques?, ¿debe detenerlo usando cualquier medio, para preservar la dignidad que tiene como hijo de Dios?…

Se mezclan aquí dos actitudes: la de poner la otra mejilla propuesta por Jesús y la obligación que tenemos de hacer respetar nuestra dignidad de hijos de Dios.

¿Cómo conciliar ambos criterios? ¿Cuál es el justo medio que, como decía santo Tomás, es el punto que define toda virtud?

El criterio cristiano nos dicta las normas básicas: es necesario, primero, orar mucho por el agresor; después, ofrecer pequeños sacrificios por él; por último, en el momento más oportuno, hablarle con amor cristiano, explicándole que estamos preocupados por su comportamiento, no tanto por lo que nos hace sufrir, sino por su salud espiritual, por su salvación, recordándole que Dios, que todo lo ve, está observando su conducta.

Si ese “momento oportuno” no se da, debemos asumir que el mal que hay que erradicar es más grande y que requiere de mayor trabajo espiritual; por lo tanto, debemos deducir que el Señor quiere que oremos más, que ofrezcamos más mortificaciones por quien nos agrede, antes de hablar con él.

Pero si todo lo dicho no da resultado —especialmente si con ese comportamiento se van a perjudicar otros—, después de un tiempo prudencial, es necesario poner todos los medios humanos para evitar ese daño.

Para entender mejor esto conviene poner un ejemplo. El caso más frecuente es el de una mujer que es violentada verbal y psicológicamente por su marido y que, además, le es infiel. Ella, siguiendo el consejo descrito arriba, ora y ofrece pequeños sacrificios y habla con él, pero nada consigue.

Supongamos que se trata de una mujer que trabaja y que con ese trabajo puede mantenerse a sí misma y a sus hijos; hará bien en separarse de su marido, pues no es cristiano tolerar esas agresiones y, sobre todo, permitir que sus hijos sean expuestos a ese ambiente de gritos, insultos, humillaciones y burlas (la infidelidad es también una burla)…

Pero si la mujer depende económicamente de su marido y sus hijos son pequeños todavía, además de poner toda la diligencia para buscar trabajo, debe acudir a la autoridad competente (una comisaría o inspección de familia, juzgado de familia, la fiscalía…), y presentar el caso, para recibir asesoría psicológica y/o ayuda legal, de modo que se corrija esa conducta injusta.

Y mientras se llevan a cabo esos trámites, si no se logran evitar algunas agresiones, conviene soportarlas cristianamente, como san Pablo lo recomendó y como Cristo lo hizo, por amor a los hijos y ofreciéndolas por ellos y por la conversión de su esposo.

 

 

 

 

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