Hacia la unión con Dios

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Prioridades

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 10, 2012


Una de las verdaderas causas de estrés es el no darle, en nuestras mentes, la importancia que tienen las cosas, las circunstancias y las personas en nuestras vidas.

Con frecuencia, por ejemplo, anteponemos cosas superfluas a las trascendentales o les damos más interés a circunstancias secundarias o le dedicamos más tiempo a personas menos allegadas que a los seres queridos…

Se da también el caso de quienes tienen una desavenencia con un amigo, y no valoran el apoyo que recibe en su propio hogar.

Hay quienes se amargan el día porque no pueden ir a tomarse unos tragos y departir con sus amigos, pues los requieren asuntos de trabajo o familiares

Otros se angustian mucho ante la inminencia de una dificultad económica, pero olvidan que lo más importante —su salud espiritual, psicológica y biológica— está bien.

Por otra parte, es común observar cuánto se pierde diariamente al dedicar tiempo y esfuerzos a cosas triviales, dejando de lado las cosas que nos harían realmente felices.

Y todo esto obedece a que no tenemos ordenadas las ideas.

Lo más importante en un ser humano es que posee un alma espiritual, que está destinado a ser eternamente feliz; que esta vida es un paso, «una mala noche en una mala posada», como dijo santa Teresa de Ávila. Por lo tanto, la mejor inversión (de tiempo, de esfuerzo, de dedicación) es la que se haga para lograr esa trascendental meta.

En segundo lugar está la familia, sus seres queridos: el amor que logre construir. Con ese empuje e inspiración podrá proyectar ideales altos y soportará cualquier penalidad.

Luego, es necesaria la salud. Con ella se puede trabajar y dar el máximo de las capacidades para llegar a ver hechas realidad las metas que se proponga.

Después de estas preferencias están las otras personas, circunstancias y cosas de la vida de un ser humano.

Como resumen, el siguiente cuadro podrá servir para ordenar la vida humana por prioridades y, sobre todo, para elegir en cuál área trabajar primero para forjar nuestro bienestar:

 

  1. Mi salvación eterna y la de mis seres queridos
  2. Mi relación con mis seres queridos
  3. Mi salud y la de mis seres queridos
  4. Mis necesidades materiales
  5. Mis relaciones con los otros familiares
  6. Mis amistades
  7. Mis gustos personales

 

Confronte con su propia vida las cosas que de esta lista ya posee, las que necesita mejorar o reforzar y las que le hace falta implementar. Y comience hoy mismo.

Póngase metas diarias, semanales, mensuales y anuales; revise a diario cómo va el mejor negocio de su vida: su propia felicidad.

 

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Ciclo C, II domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 25, 2010

«Todavía no ha llegado mi hora»

 

La respuesta de Jesús a su propia Madre, dura en palabras, pero dulce por el tono de voz: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora» hace pensar a todos que el Señor sabía con exactitud en qué momento habría de comenzar su misión, haciendo milagros por todas partes y enseñando el camino del amor.

También se deduce la inicial seguridad que tenía, al dirigirse a María como «mujer», criatura al fin y al cabo y, quizá por eso, ignorante de los planes salvíficos en la economía de la salvación.

En ese contexto, sorprende saber que a la insinuación «No les queda vino» de María —prudente y delicada por excelencia—, parezca que Jesús aceptaría un cambio de planes: admirados leemos lo que dijo a los sirvientes, sin esperar la aceptación explícita de su Hijo: «Haced lo que Él diga». Y con pasmo aún mayor escuchamos a Jesús ordenar: «Llenad las tinajas de agua»…

Por un lado, es lógico pensar que el Espíritu Santo fue quien iluminó a la Santísima Virgen María para que su Hijo hiciera ese favor a sus amigos y para que se manifestara su gloria y creciera la fe de sus discípulos en Él.

Pero también podemos deducir que la intercesión de Nuestra Señora es poderosa en supremo grado: podríamos decir que ¡llegó a cambiar los planes sapientísimos trazados por la Santísima Trinidad desde la eternidad!

¿Qué esperamos para aprovecharnos de eso? También es nuestra Madre y nada nos negará, si acudimos, como hijos que somos, a pedirle cualquier cosa.

Hay algo que debemos hacer para que, de hoy en adelante, consigamos de Ella cualquier cosa: escuchar, como dichas para nosotros, sus palabras: «Haced lo que Él diga», obedecerlo en todo, comportarnos como hijos buenos.

El Evangelio nos dice que así creció la fe de sus discípulos en Jesús. Probémoslo también nosotros y, al ver los milagros que nos conseguirá Nuestra Madre de su Hijo, se aumentará también nuestra fe en Él, como les sucedió a los discípulos, y como ellos veremos más milagros.

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