Hacia la unión con Dios

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Epifanía del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 17, 2009

 

Oro, incienso y mirra

 

Traían en sus alforjas el más noble de todos los metales, el aroma para las cosas sacras y para los sacerdotes, y el más precioso de los bálsamos. El viaje fue largo, agotador y lo hicieron después de mucho estudio astrológico, pero no fue óbice para estos tres enigmáticos personajes que sintieron la necesidad de rendir homenaje y observar a un niño, de una familia pobre, nacido en una pesebrera cercana a un pueblo olvidado: Belén.

¿Qué tenía de especial ese niño? Era, nada menos, el que vencería a la muerte y traería la salud para la humanidad. Rey de reyes y Señor de señores, creador de todo el universo… ¡Dios hecho Niño!

Nosotros, ¿qué esfuerzo hemos hecho para llegar a Él? ¡Busquémoslo! Encontraremos dificultades. A veces perderemos, como los magos, la estrella que nos guía; pero si persistimos sin desanimarnos —como ellos— nos iluminará de nuevo y seguiremos el camino. Y tarde o temprano llegaremos a la meta.

He aquí la puerta que debemos abrir para iniciar ese camino: tiene dos cerrojos. El primero es la oración: oración, que no es palabrería o repetir de memoria y sin atención las preces que aprendimos de niños, sino el diálogo confiado de un hijo con su Padre, completamente seguro de que nos oye y de que nos hablará a través de los acontecimientos de la vida.

Y segundo, la actitud de servicio sacrificado a los demás, como Jesús, que pasó haciendo el bien durante su vida terrena, lo que significa pensar más en los demás que en nosotros mismos.

Comenzando por los nuestros —el amor tiene un orden—, luego los compañeros de trabajo, los vecinos, aquellos con quienes negociamos…

Llegaremos más cansados a casa, pero tendremos la satisfacción de ser útiles a Dios y a la humanidad.

Y si así actuamos, encontraremos ese Dios–Niño que colma todas las ansias de felicidad del ser humano.

  

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¿Prohíbe Dios las imágenes?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2008

La siguiente frase del Éxodo hace creer a algunos que Dios prohíbe las imágenes:

«No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni los sirvas, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.» (Ex 20, 3–5).

Esta frase es clara desde el comienzo: «No tendrás otros dioses fuera de mí». Por eso, lo que Dios pretendía, en esa época del Antiguo Testamento, era que el pueblo escogido no cayera en algo que los pueblos vecinos trataban de infundirles: la creencia en otros dioses, es decir, tener ídolos.

Así mismo, en el Deuteronomio se lee:

«No tendrás otro dios delante de mí. No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.» (Dt 5, 7–9)

También es claro este mensaje desde el principio: «No tendrás otro dios delante de mí.». Quien lea lo anterior con sencillez y simplicidad (sin prevenciones ni prejuicios) puede darse cuenta de que la finalidad de estas palabras es el rechazo de Dios a la idolatría, no a hacer o tener imágenes.

La prueba de esto es que el mismo Dios manda hacer imágenes: la Biblia cuenta que, en el primer templo que Él manda construir en el mundo:

«El Señor habló a Moisés para decirle: “Me harán un santuario para que Yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que Yo te enseñaré. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta.”» (Ex 25, 1.8-9.18)

Queda claro, entonces, que Dios no solamente permite que se hagan imágenes, sino que Él mismo las manda a hacer.

Además, el libro de Josué narra que él y los sacerdotes se postraron ante esas imágenes:

«Entonces Josué y todos los jefes de Israel rasgaron sus vestidos, se cubrieron de ceniza la cabeza y permanecieron postrados delante del Arca del Señor hasta la tarde.» (Jos 7, 6)

Más adelante, se nos cuenta cómo Dios, otra vez, manda a hacer otra imagen:

«El Señor le dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará”.» (Nm 21, 8)

Y Moisés obedeció la orden de Dios:

«Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un poste. Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y se sanaba.» (Nm 21, 9)

Cuenta la Biblia también que cuando Salomón construyó el templo le hizo imágenes:

«Dentro del Lugar Santísimo, puso dos querubines hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto. Cada una de sus alas tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. Los dos querubines tenían exactamente la misma hechura y las mismas medidas: cinco metros de alto. Colocó los querubines dentro de la Casa, con las alas desplegadas, de manera que, por el lado exterior un ala tocaba la pared y, en el medio de la Casa, las alas de ambos se tocaban. Salomón cubrió de oro los dos querubines.» (1Re 6, 23-28)

Y, acto seguido, Salomón le hizo más imágenes al templo:

«Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había adornos.» (1Re 7, 29)

Finalmente, tras esa construcción, Dios se muestra complacido por el templo, lleno de imágenes:

«Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa del Señor.» (1Re 8, 10)

Dios no se puede contradecir: si Él mismo manda hacer imágenes, no las puede prohibir. Es la idolatría lo que Dios reprueba.

Dios prohibió hacer o tener imágenes para evitar que la fe en el único Dios, el Señor, se contaminara con las prácticas idolátricas, fetichistas y politeístas de los pueblos vecinos:

En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía a su vista, sino por ti, el Salvador de todos. (Sb 16, 7)

Por eso, la idolatría significa creer que un trozo de papel, yeso, bronce u otro material es un dios, que tiene poderes como tal, y que hay que adorarlo.

Israel fue entendiendo que el Señor es el único Dios de todos los pueblos y que las imágenes, altares, oraciones y cultos sólo a Él estaban destinados. Así, el peligro de la idolatría desapareció.

Entonces, el propio Dios, que se había mantenido invisible hasta ese momento, viendo ya maduro a su pueblo, quiso hacerse una imagen para que todos la pudieran contemplar, oír, tocar: se acercó a los hombres mediante una figura, la de Cristo:

Él es la imagen del Dios que no se puede ver. (Col 1, 15)

Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4, 4)

Con esta explicación, ¿cómo se podría pensar en volver a esas épocas anteriores de ignorancia y prohibir de nuevo las imágenes?

Las imágenes de Cristo nos recuerdan su vida y sus hechos en los pasajes que representan, nos impulsan a alabarlo por cuantas bondades realizó cuando vivió entre nosotros. Las imágenes son, y han sido durante mucho tiempo, la Biblia de los analfabetas y de los niños pequeños que todavía no saben leer.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos ayudan a elevar nuestro corazón a Dios para bendecirlo por lo que hizo en ellos y a través de ellos, nos recuerdan la santidad a la que estamos llamados y estimulan nuestro esfuerzo por lograrla.

 

 

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