Hacia la unión con Dios

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¿Qué pasó con la Esperanza?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 28, 2019

Entre los cristianos son innumerables las alusiones al Amor y a la Fe: están por todas partes: en las predicaciones, en los escritos, en las consignas, en las reflexiones… Maravilloso enaltecimiento de 2 de las 3 virtudes teologales.

Pero, ¿qué pasó con la 3ª, la virtud de la Esperanza? ¿Por qué no se la cita con la misma frecuencia? ¿Por qué nos concentramos en vivir en esta Tierra el Amor y la Fe, sin la ilusión del Cielo?

¿No será por eso que hay tantos cristianos —católicos o no— que viven tristes?

¿Es que se nos olvidó que «no tenemos aquí una patria permanente, sino que andamos en busca de la futura» (Hb 13, 14)?

San Pablo lo dejó claro: «Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del Cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios.» (Col 3, 1)

E insiste: «Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la Tierra» (Col 3, 2); «busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1);

Es que «Nosotros somos ciudadanos del Cielo» (Flp 3, 20). Pero parece que seguimos sintiéndonos ciudadanos de la ciudad terrenal en la que nacemos o en la que vivimos: decimos que ahí está nuestro hogar…

Pensar así entraña un peligro: que nos ocupemos únicamente de conseguir solo las cosas temporales, y nos olvidemos de lo espiritual, pues «los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5); esto quiere decir que quienes ponen su principal interés en procurarse lo temporal, se olvidan de lo eterno con más facilidad.

Este peligro es evidente en quienes se concentran en ejercer la caridad, sin pensar en la vida eterna, sin darse cuenta de que todo amor proviene de lo alto, del Señor Dios-Amor, y a Él regresa; y se les olvida que para eso fuimos creados: para alcanzar la plenitud del Amor, en el encuentro con Él, el Amor infinito, único capaz de saciar nuestras ansias de felicidad, esas que hierven en nuestro interior y que se calmarán únicamente cuando seamos invadidos por esa avalancha de Amor eterno.

Es por esto que san Pablo nos apremia diciendo: «Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa».

Amar, sí, a nuestros hermanos; por supuesto que sí. Pero pensando en lo que siempre nos ha enseñado la Iglesia: que habrá diferentes grados de gloria en el Cielo*, según la capacidad de recibir amor que desarrollemos en esta vida y que, por tanto, determinará el grado de dicha que recibiremos allá.

Por consiguiente, el amor que practicamos aquí en la Tierra es también un entrenamiento para recibir en mayor o menor grado el Amor infinito.

Porque estamos absolutamente seguros de que nos sobrevendrá «un pesadísimo caudal de gloria eterna» (2Co 4, 17b), una dicha si par, una felicidad sobreabundante.

Es por eso que nosotros —los cristianos— «no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18).

Así, pues, cada vez que oigamos decir: «Fe y Amor» o «Amor y Fe», añadamos de inmediato: «¡Y esperanza!», para que la consigna no quede incompleta, para que sea verdaderamente cristiana.

* https://wp.me/pfQgb-2hA

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El distintivo del cristiano:

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2016

“Nosotros no fijamos nuestra atención en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas”.

(2Co 4, 18)

 

“Quien siembra en su carne cosechará corrupción de la carne; quien siembra en el espíritu cosechará vida eterna del espíritu.”

(Ga 6, 8)

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Ciclo B, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

Recobra la vista y síguelo

 

En el salmo 38 se nos dice: «El ser humano no es más que un soplo; y el hombre se afana por un soplo».

Esta es la mirada cristiana de la vida que han enseñado los santos: «Esta vida es un instante, es humo», decía santa Teresita del Niño Jesús. Y santa Teresa de Jesús: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada». Recordemos siempre —metámonoslo en la cabeza— que esta vida es pasajera.

A veces se nos olvida que en esta vida estamos de paso: que vamos hacia la realidad, pues vivimos en una especie de representación de la realidad, como lo dice san Pablo, el Apóstol: «La representación de este mundo pasa».

La realidad es precisamente lo que no vemos: la Santísima Trinidad, la Virgen Madre de Dios, toda la jerarquía celeste (los serafines, los querubines, los tronos, las dominaciones, los principados, las virtudes, las potestades, los arcángeles, los ángeles), los santos…, la luz, la Vida, ¡el reino del amor! Lo que vemos, lo que tocamos, lo que sentimos, es solo apariencia…

Ante esa ceguera, deberíamos gritar como el ciego Bartimeo del Evangelio de hoy: «Jesús, ten compasión de mí; que pueda ver ».

Si pedimos esto gritando, con confianza y constancia, descubriremos que como cristianos debemos distinguirnos de los ateos, cuyas preocupaciones son la salud, el dinero, el trabajo, el bienestar, el aprecio de los demás, los viajes, el placer, la imagen, etc. A nosotros esas cosas nos serán indiferentes, porque pondremos nuestra esperanza en la dicha eterna. Ni siquiera nos preocuparemos por la muerte, porque sabremos que es el modo de llegar a la felicidad auténtica.

Entonces podremos gritar, con el profeta Jeremías: ¡El Señor me ha salvado de la ceguera espiritual, me guía entre consuelos; me lleva a torrentes de agua, por un camino llano en el que no tropezaré. Sera un padre para mí, seré su primogénito!

Y nos sucederá lo que a Bartimeo: comenzaremos a ver el mundo espiritual, y empezaremos a seguir a Jesús de verdad.

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