Hacia la unión con Dios

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Edith Stein y la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 4, 2014

La mejor lección que aprendió esta mujer inteligente y culta, fue la lección de la sabiduría de la cruz de Cristo. Fue la cruz lo que comenzó a cuestionarla en su búsqueda de la verdad, a abrir nuevas vías de búsqueda y acercarla a la fe verdadera. La cruz es lo que modeló y afianzó su experiencia cristiana y religiosa. La sabiduría de la cruz, según el modelo ofrecido por san Juan de la Cruz y la espiritualidad del Carmelo teresiano, se convierte en el leit-motiv de toda su vida, su obra y su espiritualidad.

Desde su experiencia profundamente cristocéntrica, comprende que toda experiencia mística pasa necesariamente por la experiencia de la cruz, de la noche oscura; comprende asimismo que el misterio de la cruz es la fuerza vivificante de la vida espiritual, y que la vida del hombre es un vía crucis en el que se da una identificación progresiva con el Crucificado hasta llegar a la unión con Dios.

Antes de ingresar en el Carmelo, llega a comprender, por una gracia especial de Dios —como ella misma explica—, que la cruz de Cristo pesaba en esos momentos históricos sobre su pueblo y que el destino de su pueblo era también el suyo; por eso se ofrece a cargarla sobre sí en nombre de todos: “Bajo la cruz comprendí el destino del pueblo de Dios… Pensé que quienes comprendieron que esto era la Cruz de Cristo, deberían tomarla sobre sí en nombre de todos”. Esta ofrenda a Dios por su pueblo, aprendió a vivirla y madurarla en el Carmelo, haciendo del misterio de la cruz una fuente de sabiduría y fortaleza. Edith aprende a compartir los sufrimientos de su pueblo, de su familia y de todas las personas que sufren y con las que se siente identificada, consciente de que “la pasión de Cristo se continúa en su cuerpo místico y en cada uno de sus miembros, y si es un miembro vivo, entonces el sufrimiento y la muerte reciben una fuerza redentora en virtud de la divinidad de su cabeza”.

Vivir su vocación de carmelita es para ella estar ante Dios para los otros, de forma vicaria, en actitud de ofrenda; hacerse omnipresente con Cristo para todos los atribulados, “ser la fuerza de la cruz en todos los frentes y en todos los lugares de aflicción”. Desde su conversión toda su vida espiritual está orientada y centrada en Cristo; y por eso sabe que no hay verdadero encuentro con Cristo que no implique la cruz; si Cristo nos salvó muriendo en la cruz, todo camino de salvación y “toda unión con Dios, pasa por la cruz, se realiza en la cruz y está sellada con la cruz por toda la eternidad”; por eso también “el camino del sufrimiento es el más calificado para la unión con el Señor”, como ella misma escribe a una de sus alumnas que estaba viviendo una situación difícil.

Pero Edith Stein —santa Teresa Benedicta de la Cruz— no sólo aprende y enseña la sabiduría de la cruz sino, sobre todo, la vive hasta la plenitud, inmolándose conscientemente como Jesús a favor de los demás. Especialmente los últimos meses de su vida estuvieron marcados por el sufrimiento y la cruz, causada por la trágica situación de su pueblo, por la incertidumbre sobre la suerte de su familia y por las consecuencias de la guerra. Poco después de haber llegado al Carmelo de Echt, escribía a una amiga que deseaba transmitirle algún consuelo: “Desde luego, no hay consuelo humano, pero el que impone la cruz sabe cómo hacer la carga dulce y ligera”. En medio de tan profunda experiencia de cruz, ella no tiene otro deseo que cumplir la voluntad de Dios y es capaz de pensar en el sufrimiento de los demás antes que en el suyo propio: “Es preciso orar para mantenerse fiel en cada situación, y, ante todo, orar por tantos y tantos que la tienen más difícil que yo y no están anclados en la eternidad”. Un par de meses antes de su muerte, mientras trabajaba en su obra sobre san Juan de la Cruz, escribía: “Una ciencia de la Cruz sólo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz”. Ella llegó a experimentarla hasta el fondo, pero la aceptó con alegría y perfecta sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo generosamente su vida por los demás, como deja claro en su testamento.

La vida y la obra de Edith Stein es un luminoso testimonio de esperanza, que nos estimula y nos invita a aprender esta sabiduría que brota del misterio de la Cruz de Cristo, pues sólo ella es capaz de dar sabor a la vida y sentido al sufrimiento humano, sólo ella puede proporcionar respuestas satisfactorias a las grandes cuestiones que preocupan o angustian al hombre de hoy.

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Letanías de la Pasión*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2012

 

Señor, ten piedad de nosotros. Jesucristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ten piedad de nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.

Jesucristo, óyenos. Jesucristo, escúchanos.

 

Dios, Padre celestial, ten piedad de nosotros.

Dios, Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.

Dios, Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.

Dios Santo, trino y uno, ten piedad de nosotros.

 

Jesús, Rey de la gloria, entrando en Jerusalén para consumar la obra de la redención, ten piedad de nosotros.

Jesús, postrado ante tu Padre en el Huerto de los Olivos, cubierto con los crímenes del mundo entero, ten piedad de nosotros.

Jesús, abrumado de tristeza, puesto en agonía y sumergido en un océano de dolores, ten piedad de nosotros.

Jesús, que sudaste sangre en abundancia por todos los po­ros de tu cuerpo, ten piedad de nosotros.

Jesús, entregado por un apóstol pérfido y vendido a vil precio como un esclavo, ten piedad de nosotros.

Jesús, arrastrado por las calles de Jerusalén y cargado de maldiciones,

Jesús, injustamente acusado y condenado, ten piedad de nosotros.

Jesús, saturado de oprobios, manchado de esputos, herido de bofetadas, ten piedad de nosotros.

Jesús, vestido con traje afrentoso y tratado de loco por la corte de Heredes, ten piedad de nosotros.

Jesús, azotado, desgarrado a golpes y bañado en la propia Sangre, ten piedad de nosotros.

Jesús, coronado de agudísimas espinas, ten piedad de nosotros.

Jesús, tratado como rey de farsa, ten piedad de nosotros.

Jesús, comparado con un criminal insigne a quien fuiste pospuesto, ten piedad de nosotros.

Jesús, entregado a Pilatos por el encono de tus enemi­gos, ten piedad de nosotros.

Jesús, agotado de dolores y desfalleciendo bajo el peso de la cruz, ten piedad de nosotros.

Jesús, puesto en cruz entre dos malhechores, ten piedad de nosotros.

Jesús, lleno de mansedumbre con los que te daban a beber hiel y vinagre, ten piedad de nosotros.

Jesús, que rezabas por los verdugos y los defendías ante tu Padre, ten piedad de nosotros.

Jesús, muerto en la cruz por amor nuestro, ten piedad de nosotros.

 

Senos propicio, perdónanos, Señor.

Senos propicio, escúchanos, Señor.

 

De todo pecado, líbranos, Señor.

De una mala muerte, líbranos, Señor.

De la condenación eterna, líbranos, Señor.

Por tu agonía y sudor de sangre, líbranos, Señor.

Por tu cruel flagelación, líbranos, Señor.

Por tu corona de espinas, líbranos, Señor.

Por tus cinco llagas, líbranos, Señor.

Por tu muerte, líbranos, Señor.

Por tu resurrección, líbranos, Señor.

En el día del juicio, líbranos, Señor.

 

Pecadores como somos, te rogamos que nos oigas.

Para que por tu Pasión aprendamos a conocer la enor­midad del pecado, por cuya causa has padecido, te rogamos que nos oigas.

Para que con la memoria de tus dolores y padeci­mientos soportemos con resignación las penas, las tribu­laciones, las enfermedades, te rogamos que nos oigas.

Para que de tu mano recibamos sin quejarnos humilla­ciones, desprecios, ofensas y persecuciones, te rogamos que nos oigas.

Para que a tu ejemplo soportemos los falsos testimo­nios y críticas injustas, te rogamos que nos oigas.

Para que, por la virtud de la santa Cruz triunfemos del demonio, del mundo y de la carne, te rogamos que nos oigas.

Para que pensemos con frecuencia, amor y agradecimiento en la Pasión, te rogamos que nos oigas.

Para que en la hora de la muerte nos fortalezcas por tu Pasión y muerte, te rogamos que nos oigas.

Para que por los méritos de tu cruz nos lleves a la gloria eterna, te rogamos que nos oigas.

 

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

 

Jesucristo, óyenos. Jesucristo, óyenos.

Jesucristo, escúchanos. Jesucristo, escúchanos.

 

–        Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.

–        Porque con tu santa Cruz redimiste al mundo.

 

Señor, Jesús, que habiendo bajado del cielo, del seno del Padre, derramaste tu preciosa Sangre en remisión de nuestros pecados; humildemente te suplicamos que en el día del juicio estemos a tu derecha y merezcamos oír de tu boca estas palabras: “Venid, benditos de mi Padre”. Así sea.

 

 

 

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San Pablo de la Cruz

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 19, 2011

San Pablo de la Cruz nació en Ovada (Italia), el día 3 de enero de 1694. En su juventud, como el mayor de nueve hermanos, ayudó a su padre en un pequeño comercio. Llamado por Dios para seguir los ejemplos de Jesús Crucificado y por inspiración mística de la Virgen María, vistió el hábito pasionista en 1720, dando así principio a la fundación de la Congregación Pasionista, cuyo fin principal es hacer memoria de la pasión y muerte de Cristo y anunciar el Evangelio de la Pasión, como la obra más grande del amor de Dios a los hombres. Con esta misma finalidad, fundó también el Instituto de las Religiosas Pasionistas, de vida contemplativa.

Predicador infatigable de la palabra de la Cruz, superior y guía eximio de la Congregación por él fundada, modelo sublime de penitencia y contemplación, director preclaro de las almas, está considerado en la Iglesia como el mayor místico del siglo XVIII. Murió en Roma a los 82 años de edad el día 18 de octubre de 1775. Fue canonizado por el Papa Pío IX en el año 1867. Su fiesta es el 19 de octubre.

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¿TE GUSTARÍA SER PASIONISTA SEGLAR?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 31, 2011

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Como en el tiempo de Jesucristo, hoy también son multitudes las que lo siguen: quienes lo buscan únicamente por los milagros, quienes lo siguen para escuchar su Palabra y hallar consuelo en ella…

Pero, también como en el tiempo de Jesucristo, hoy casi todos huyen de Él cuando se dirige hacia la Cruz… Efectivamente, después de la institución de la Eucaristía, Jesús se levanta y se encamina al Huerto de los Olivos para iniciar su dolorosísima Pasión, con su Corazón traspasado de amor por nosotros, y nos pide, como antaño, que lo acompañemos:

También Jesús decía a toda la gente: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. » (Lc 9, 23)

«¿Negarse uno mismo? ¿Cargar con la cruz?» —se preguntan asombrados—; y le vuelven la espalda a Jesús.

Y la huida de la Cruz lleva ya veinte siglos…

Pero, así como María y Juan —el adolescente puro y por lo tanto valiente—, algunos (pocos en relación con el montón) son capaces de seguir a Cristo hasta el final: los mártires —proclamados y no proclamados—, aquellos que se han ofrecido como víctimas por la salvación de las almas y para reparar la gloria de Dios ofendida por nuestros pecados; estos son los que aman verdaderamente a Jesucristo, estos son los que están dispuestos a amar con el Amor de Dios, estos son los que están impresionados porque Jesús dio la vida por ellos, y desean dar la vida por Jesús.

¡Ya basta de templos llenos de feligreses que piden y piden y piden…; ahora comienza la era de los que ofrecen su vida para trabajar por el Reino de Dios y su Justicia (cf. Mt 6, 33)! ¡Ya basta de criaturas que desean que el Creador sea su servidor; ahora comienza la era de los que han venido a servir y no a ser servidos (cf. Mc 10, 43), como pidió Jesús: «hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida» (Mt 20, 28)! ¡Ya basta de cristianos de segunda categoría! ¡Comienza la era de los que aman de verdad a Dios sobre todas las cosas!

Hace un poco más de tres siglos nació un hombre que comprendió el abismo infinito del Amor de Dios, y quiso participar —lo hizo durante más de 50 años— de la Pasión, la Cruz, la Muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo: se llamaba Pablo Francisco Danei, y la Iglesia lo conoció como san Pablo de la Cruz.

Por inspiración divina, fundó la Congregación de la Pasión de Jesucristo, que está constituida por sacerdotes, religiosas y religiosos que meditan, viven y predican la Pasión del Hijo de Dios.

Pero su apostolado llega a muchos seglares que, inspirados en las lágrimas y el ejemplo de la vida del fundador y el de sus seguidores, les nace la profunda aspiración de acompañar a Jesús hasta las últimas consecuencias. Logran participar así místicamente de su Cruz, entrando en el misterio del amor doloroso, del dolor amoroso, con el que inician un proceso de purificación de sus apegos para amar totalmente a Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Dt 6, 5), hasta vivir y morir por Él, si es necesario.

Sin embargo, si se mira la historia y el momento presente, es muy pobre la respuesta de la humanidad a la inmolación amorosa de Jesús: millones de almas lo desconocen e ignoran lo que Él hizo por ellas; aun entre los bautizados la ignorancia es impresionante; y hay sacerdotes que también huyen de la Cruz… Esta verdad apremia a los que aman a Dios de una manera tal que, llevados por ese Amor, están dispuestos a los sacrificios más grandes para cambiar el curso de los acontecimientos. Se dicen a sí mismos que si el sacrificio de Cristo en la Cruz abrió de nuevo las puertas del Cielo a los hombres, cualquier sacrificio unido al de Cristo será eficaz para propagar esa Buena Noticia y hacer cambiar los corazones de los hombres.

Pero, ¿qué pueden hacer los seglares?

Mucho. Su vida personal, familiar, laboral y social puede estar empapada de la eficacia de la Cruz de Cristo: es en esa vida ordinaria donde encuentran a Jesús, donde pueden amarlo cumpliendo cabalmente sus obligaciones de hijos de Dios, de esposos, de padres, de hermanos, de ciudadanos, de empleados o patronos, de amigos y miembros de una comunidad… Ahí, en su vida cotidiana, asoma, a veces, la Cruz de Cristo: es Jesús, que busca quién lo ayude a salvar almas, quién complete en su carne los sufrimientos de Cristo: «Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia. (Col 1, 24)

Y, ¿cómo vivir esto?

¿Qué tal siguiendo la espiritualidad de los Pasionistas? ¿Qué tal consagrándote a meditar la Pasión de Jesús?

Incontables seglares lo han hecho durante estos ya casi tres siglos: santa Gemma Galgani, Lucia Burlini, Ines Gracci y otros muchos (conocidos y desconocidos) consiguieron la perfección cristiana viviendo la espiritualidad pasionista en medio del mundo, sin actos jurídicos, sin pertenecer oficialmente a una cofradía o tercera orden, pues san Pablo de la Cruz no fundó sino la Congregación de la Pasión de Jesucristo (masculina) y las Religiosas de la Pasión de Jesucristo (de clausura).

Se trata de un acto estrictamente espiritual, en el que la persona se consagra voluntariamente a meditar con asiduidad la Pasión de Jesús, y a ponerse en disposición para que el Espíritu Santo la ayude a experimentarla místicamente, como la vivió en su alma nuestra Santísima Madre Inmaculada, la Virgen de Dolores y, finalmente, a predicarla con su ejemplo y, en la medida de lo posible, con la palabra.

Además, le ofrece a Dios todos sus trabajos, penas y oraciones por la santidad y el fruto apostólico de los y las pasionistas de todo el mundo.

He aquí la autorización oficial de la Congregación:

AUTORIZACIÓN DE LA CONGREGACÓN

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

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Reflexiones de san Pablo de la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 29, 2011

He aquí una hermosa selección de los escritos de san Pablo de la Cruz

Créame, hija mía, nunca soy tan feliz como cuando vivo mi miserable vida por partes, es decir, sin pensar en otro momento fuera del presente en que me encuentro. Y cuando se me presentan tempestades de toda especie, me digo: «Quiero amar a Dios tanto cuanto me sea posible en este momento, cual si fuera el último instante de mi vida; quiero sufrir alegremente ahora sin pensar en el porvenir. Haz, alma mía, la voluntad de Dios con perfección en este momento, cual si fuera el último, y continuarás así. ¡Viva Jesús! Amén.»

Feliz el alma que reposa en el seno de Dios, sin pensar en el porvenir, sino que se esfuerza por vivir en el momento presente sin otra ilusión que la de hacer bien su santísima voluntad en todo suceso, cumpliéndola fielmente en sus deberes de estado.

La voluntad de Dios no puede querer para el hombre sino lo mejor.

Permanezca en gozosa confianza en Dios. Encomiéndese totalmente a Él: es un Padre amoroso, que antes permitirá que sucumban el cielo y la tierra, que una sola alma que confía en Él.

El que mira sólo el consuelo pierde de vista al gran Dios de los consuelos.

Agárrese fuertemente a ese leño, a la Cruz. De ese modo, nunca naufragará. Llegará con toda seguridad al puerto de la salvación.

Por el pensamiento habitual de la presencia de Dios se llega a hacer oración veinticuatro horas al día.

Sagrado silencio de amor, que es un hablar tan fuerte a los oídos del Esposo divino.

La señal de que el alma debe dejar los discursos interiores se tiene cuando ella gusta de estarse completamente sola en el seno amoroso del Señor, con atención amorosa, con una dulce mirada de fe, con un silencio sagrado de amor.

Empiece siempre su oración por uno de los misterios de la Pasión, ejercítese en piadosos soliloquios, sin hacer ningún esfuerzo para meditar. Si Dios viene luego a traerlo al silencio de amor y de fe en su seno divino, no turbe la paz y descanso de su alma con reflexiones explícitas.

Doy gracias a la divina misericordia de que conserve continuo recuerdo de los padecimientos de su celestial Esposo: deseo que se deje penetrar bien del amor con que los ha sufrido. El camino más corto es perderse toda entera en ese abismo de padecimientos.

En el sumo grado de la ascensión a Dios se encuentra el purísimo padecer sin consuelo, ni del cielo ni de la tierra.

Por medio de su padecer se purifica lo imperfecto que no conoce, y su alma se vuelve como un cristal en el que se refleja la luz del sol divino; y quedará toda transformada en Dios por amor.

Siendo la oración infusa un don gratuito de Dios, no se debe pretender conducir a la misma a nadie a fuerza de brazos, como se suele decir. Todo el cuidado del maestro debe consistir en elevarlos hasta allí por una grande costumbre de virtud y de verdadera humildad de corazón, de conocimiento de su propia nada, de desprecio de sí mismos, de verdadera obediencia ciega, haciéndoles concebir grande amor hacia esta virtud, a toda costa, de verdadera y perfecta abnegación de su propia voluntad en todo, de mortificación personal de sus inclinaciones, simpatías y antipatías. Estas  son las virtudes fundamentales para el edificio espiritual y para obtener el don de la santa oración y unión con Dios.

Esté en la presencia de Dios con una pura y simple atención amorosa en aquel inmenso Bien, en un sagrado silencio de amor, reposando todo su espíritu en el seno amoroso del Dios eterno.

 ¡Ah!, ¡un Dios crucificado!… ¡Un Dios muerto!… ¡Oh prodigio de amor!… ¡Oh ingratas criaturas! ¡Las mismas piedras lloran!… Ha muerto el Soberano Sacerdote, y nosotros, ¿no lloramos? ¡Sería preciso haber perdido la fe para no derretirse en lágrimas, ¡oh Dios mío!

Perpetuo luto por la Pasión y muerte de Jesús.

La santidad consiste en estar totalmente unidos a la voluntad de Dios.

La oración no consiste en tener consuelos, lágrimas, etc., ni a los hombres fuertes se les da manjar de niños; después del otoño viene el crudo invierno. Es bien cierto que el entender lo que Dios manda y dejarse gobernar totalmente por su infinita bondad, poniendo, sin embargo, nuestra parte y siguiendo en todo su voluntad es lo mejor.

Gran misterio es este; y es gran perfección el resignarse en todo a la divina voluntad; mayor perfección, vivir abandonada con gran indiferencia al divino beneplácito; y máxima y altísima perfección, el alimentarse con espíritu de fe y de amor de la divina voluntad. ¡Oh dulce Jesús, qué cosa tan grande nos has enseñado con palabras y obras de vida eterna! Recuerde que este amable Salvador dijo a sus queridos discípulos que su alimento era hacer la voluntad de su eterno Padre.

Conviene aceptar los golpes que vienen de lo alto, de la mano dulcísima del gran Padre del Cielo, y sufrirlos pacientemente con amorosa mansedumbre. De esta forma pasa el temporal que amenaza tormenta, y uno hace como el viñador o el hortelano que, cuando llega la tormenta, se retira en la choza hasta que pase, y está en paz. Así nosotros, en medio de tantas tempestades con que nos amenazan nuestros pecados y los pecados del mundo, estemos retirados en la áurea choza de la  divina voluntad, complaciéndonos y haciendo fiesta de que se cumpla en todo el soberano y divino beneplácito.

Pierda de vista todo lo creado; tenga el intelecto bien purgado y limpio de toda imagen y huya, en medio de tatos males como hay en el mundo, al seno del Padre celestial por medio de Jesucristo Nuestro Señor, y allí piérdase toda en la inmensa divinidad, como se pierde una gota de agua en el gran océano. De esta forma no vivirá una vida suya, sino una vida deífica y santa.

Temamos ser privados de padecer más que el avaro de sus tesoros.

Todo está en la Pasión; es allí donde se aprende la ciencia de los santos.

Creo que la Cruz de nuestro dulce Jesús habrá echado más profundas raíces en su corazón, y que cantará: padecer y no morir; o bien: o padecer o morir; y aun mejor: ni padecer ni morir, sino transformarse en el divino querer.

Jesús, que es el divino Pastor, os conducirá como a sus queridas ovejas a su redil. Y, ¿cuál es el redil de este dulce y soberano Pastor?, ¿sabéis cuál es? Es el seno del divino Padre; y porque Jesús está en el seno del divino Padre, Christus Iesus qui est in sinu Patris, en ese seno sacrosanto y divino Él conduce y hace reposar a sus queridas ovejitas; y toda esa labor supercelestial y divina se hace en la casa interior de vuestra alma, en pura y desnuda fe y santo amor, en verdadera abstracción de todo lo creado, pobreza de espíritu y perfecta soledad interior; pero esta gracia tan excelsa se da solamente a los que tratan de ser cada día más humildes, sencillos y caritativos.

Un pequeño grano de orgullo es suficiente para echar por tierra una gran montaña de santidad.

Vuelva a arrojarse en su nada, a reconocer su indignidad, y de este reconocimiento ha de nacer una mayor confianza en Dios.

El que quiera encontrar el verdadero todo que es Dios ha de arrojarse en su nada. Dios es aquello que, en esencia, es lo que es: ego sum qui sum; nosotros somos lo que no somos porque, por más hondo que excavemos, no encontraremos otra cosa que nada, nada; y quien ha pecado es peor que la misma nada, porque el pecado es una horrible nada, peor que la nada.

Para ser santo se necesita una ‘n’ y una ‘T’. La ‘n’ eres tú, que eres una horrible nada; la ‘T’ es Dios, que es el todo infinito por esencia. Deja pues que desaparezca la ‘n’ de tu nada en el fondo infinito que es Dios, óptimo y máximo, y allí piérdete enteramente en el abismo de la inmensa divinidad. ¡Oh, qué hermoso trabajo es este!

No hay que temer ningún engaño con tal que haya y se aumente el conocimiento del propio nada tener, nada saber, nada poder y que, cuanto más se cava, se encuentra también más la horrible nada para, por tanto, dejarla desaparecer en el Todo infinito.

Nada agrada tanto a Dios como aniquilarse y abismarse en la nada; esto espanta al diablo y lo hace huir… Para prepararse a la batalla y estar armada con la armadura de Dios, no hay medio más eficaz que aniquilarse y anonadarse delante de Él, creyendo firmemente no ser capaz de salir victoriosa si Dios no está con ella para combatir; de donde debe arrojar esta su nada en aquel verdadero todo que es Dios y, con gran confianza, combatir como valiente guerrera, estando ciertísima de salir victoriosa.

Cuando esté bien aniquilada, bien despreciada y convencida de su nada, pida a Dios  permiso para entrar en el Corazón divino, y luego lo obtendrá. Colóquese allí como una víctima sobre este divino altar, donde arde eternamente el fuego del santo Amor: déjese penetrar hasta la médula de los huesos de aquellas llamas sagradas, hasta que se vea reducida a cenizas; después, si el dulce soplo del Espíritu Santo eleva esta ceniza a la contemplación de los divinos misterios, deje a su alma en libertad de abismarse en esta santa contemplación. ¡Oh, cuánto agrada a Dios esta práctica!

Estando allí, en aquel sagrado desierto interior, del que le hablado tanto de palabra como por escrito, deje desaparecer su verdadera nada en el todo infinito, y descanse en Jesucristo en el seno del dulcísimo Padre como niña, mamando la leche divina de los pechos sacratísimos de la infinita Caridad. Y si el Amor la hace dormir aquel místico sueño, que es la herencia que el sumo Bien da en esta vida a sus queridos, como dice el profeta: Cum dederit dilectis suis somnum, ecce hæreditas Domini (cuando diera el sueño a sus predilectos, he aquí la heredad del Señor), usted duerma, que en tan sagrado sueño se hará sabia con la sabiduría de los santos.

Total desprendimiento de todo lo creado.

Feliz el alma que se despega de su propio gozar, del propio sentir, del propio entender. Altísima lección es esta; Dios se la hará entender si usted pone su contento en la Cruz de Cristo Jesús, en morir a todo, esto es, a todo lo que no es Dios, en la Cruz del Salvador.

Toda humillada y reconcentrada en su nada, nada poder, nada tener, nada saber, con alta y filial confianza en el Señor, procure perderse totalmente en el abismo de la infinita caridad de Dios, que es todo fuego de amor… Y así, en ese inmenso fuego, deje que se consuma todo lo que hay en usted de imperfecto, para que renazca a una nueva vida deífica, vida toda de amor, toda santa; y esta divina natividad la celebrará en el divino Verbo, Cristo nuestro Señor. Tenga en cuenta, sin embargo, que este divino trabajo se hace en lo más íntimo del espíritu, en el gabinete más secreto. Así que, muerta místicamente a todo lo que no es Dios, con altísimo desprendimiento de todo lo  creado, entre sola en lo más profundo de esa sagrada soledad interior, en ese sagrado desierto; entrada que se ha de hacer con total aniquilamiento de sí, con fe y santo amor, con alto desprendimiento de todo contento sensible, por santo que sea, al cual no debe mirar y mucho menos reposar en él. De esta manera, cada vez que se hacen estas introversiones o retiradas interiores, quedando en santo silencio de fe y de amor, el alma renace constantemente a una nueva vida de caridad en el divino Verbo, que siempre escucha y ama. ¡Oh cuánto tendría que decirle!

Dé mucha importancia a esta sagrada soledad interior, abstraída de todo lo creado, desnuda de sí misma, pobre de espíritu, cargada de cruces, arrojada en su nada, abandonada en Dios; y tal abandono sacrosanto se hará en el sagrado desierto interior, en el sagrado silencio de fe y de santo amor, puro y neto. De esta forma abandónese en el seno del Padre celestial y haga largos sueños. No se despierte sin permiso del Esposo divino; de esta forma, el alma renace a vida deífica en el divino Verbo, y cada vez que con fe viva entre en este sagrado desierto, se realizará en usted esta divina natividad.

Sumérjase en el mar inmenso de la infinita caridad de Dios, del que nace aquel gran mar de la vida santísima, Pasión y muerte de nuestro Jesús.

Le recomiendo ir frecuentemente en espíritu a pescar en el mar santísimo de los sufrimientos de Jesucristo y de los dolores de María santísima. En este gran mar pescará las perlas de las santas virtudes del dulce Jesús, y su alma quedará cada vez más hermosa y adornada de estas preciosas margaritas. Esta divina pesca en el mar de la infinita caridad, del que procede este mar de la Pasión santísima de Jesucristo, que son dos mares en uno, se hace en el reino interno del espíritu, en fe purísima y amor ardiente.

El amor es una virtud unitiva y hace propias las penas del bien amado. Si se siente toda compenetrada, por dentro y por fuera, de las penas del Esposo, haga fiesta; pero le puedo decir que esta fiesta se hace en el horno del amor divino, porque el fuego que penetra hasta la médula de los huesos transforma al amante en el amado, mezclándose de un modo alto el amor con el dolor, el dolor con el amor, se hace una mezcla amorosa y dolorosa, pero tan unidos que no se distingue ni el amor del dolor, ni el dolor del amor, tanto que el alma amante goza en su dolor y hace fiesta en su doloroso amor.

El punto que usted no entiende, de hacer suyas, por obra del amor, las penas santísimas del dulce Jesús, se lo hará entender su divina Majestad cuando le plazca. Esta es una obra toda de Dios; el alma toda sumergida en el puro amor, sin  imágenes, en purísima fe desnuda (cuando le place al sumo Bien), en un momento se encuentra precisamente inmersa en el mar de las penas del Salvador, y, en una mirada de fe, las entiende todas sin entender, ya que la Pasión de Jesús es obra toda de amor; y estando el alma toda perdida en Dios, que es caridad, que es todo amor, se hace una mezcla de amor y de dolor, ya que el espíritu queda ahí todo penetrado y está todo inmerso en amor doloroso y en un dolor amoroso: Opus Dei.

Permanezca toda recogida dentro de sí misma en pura fe, adorando al Altísimo en espíritu y en verdad, con la parte superior de la mente. No desee ningún alivio, sino el puro beneplácito de Dios. Permanezca en aquel desnudo padecer, en sagrado silencio de fe, y no se lamente ni de dentro ni de fuera. A lo más, dé algún gemido de niña, a ejemplo de Jesucristo en el Huerto: Ita, Pater, quoniam sic placitum fuit ante te… (Sí, Padre, porque así te ha complacido a ti…). Continúe luego en silencio de fe y déjese martirizar del santo amor con pobreza y desnudez de espíritu, siempre acompañadas de angustias y de abandonos.

Tal sagrado martirio produce en el alma dos maravillosos efectos: uno es purificarla de todo neón de imperfección, como hace el fuego del purgatorio y por eso se llama pena purgativa; el segundo es enriquecer al alma de virtud, sobre todo de paciencia, de mansedumbre, de alta resignación a la divina voluntad, con profundo conocimiento de la propia nada horrible. De esta forma, el alma, toda inhabitada en su nada, padece y calla, y deja desaparecer su nada en Dios, y goza de padecer y callar.

Sé que, por la misericordia  de nuestro querido Dios, no deseo saber otra cosa ni gustar ningún consuelo: sólo deseo ser crucificado con Jesús.

Nuestra corrompida naturaleza se hace ladrona de los dones de Dios, cosa sumamente peligrosa y perniciosa.

El camino de los santos es el de esperar con sumisión la prueba de Dios, y hacer morir en la divina voluntad los movimientos de la propia naturaleza, que no busca más que la propia comodidad. Hay que morir místicamente a todo; y el no sentir las inclinaciones naturales y los movimientos de las pasiones, que no mueren nunca hasta que nosotros no muramos, no es cosa de este tiempo, sino que  hay que esperar con paciencia la visita del soberano dueño; porque así como agrada mucho a Dios esa angustiosa espera, así Él embiste luego al alma con rayos tan ardientes de su gracia, que secan todos los malos humores. Y si las inclinaciones naturales y los movimientos de las pasiones no mueren del todo, quedan, sin embargo, de tal manera mortificados, que ya no son obstáculo a la quietud, sobre manera dulce, de la santa contemplación; se comienzan a gustar los efectos de esta muerte mística, que es más preciosa que la vida, porque el alma vive en Dios vida deífica.

En la Cruz el amor puro

perfecciona al alma amante

cuando férvida y constante

le consagra el corazón.

¡Oh, si yo explicar pudiera

el tesoro alto y divino

que el grande Dios uno y trino

ha encerrado en la aflicción!

Mas, como es un grande arcano

al amante sólo abierto,

yo, en amar tan inexperto,

distante admiro, no más.

Oh dichoso el que padece

en la Cruz abandonado

y en los brazos del Amado

se consume en santo amor.

Más dichoso todavía

quien, sin sombra de consuelo,

en un puro desconsuelo

en Cristo se transformó.

¡Oh feliz el que padece,

sin apego al sufrimiento!

Morir así es su contento

y amar más a quien lo hirió.

Desde la Cruz del Señor

yo te doy estas lecciones.

En santas meditaciones

las aprenderás mejor.

Amén

.

Conságrese al ejercicio de la santa oración mental, meditando particularmente la  Pasión de Jesucristo y los dolores de María Santísima. Ejercite santas virtudes: la humildad, la obediencia, la mortificación externa e interna, son las piedras fundamentales. Sobre todo habitúese bien a la resignación con la divina voluntad, ejercitándose con frecuencia en ella.

Sobre todo, hay que practicar las virtudes que Jesús ha practicado y nos ha enseñado. Jesús padecía y callaba, sin jamás lamentarse. Aprenda pues a padecer y callar, cuidando también de padecer en silencio.

Lleve siempre a la oración algún misterio de la vida santísima y Pasión de Jesucristo, y si después lo eleva el Espíritu Santo a recogimiento más profundo e interior, déjese llevar por el soplo del Espíritu Santo, pero siempre por medio de la santísima Pasión, con lo que se evita todo engaño.

Respecto a los misterios de Jesucristo, deténgase allí donde el corazón experimenta mayor devoción y más se enciende en el amor divino; pero cuando siente que el alma gusta permanecer en el sagrado silencio de la fe y del santo amor en el seno del divino Padre, prosiga así, aunque se prolongue por todo el tiempo de la oración; porque entonces es el Espíritu Santo quien lleva al alma a semejante oración; por lo que conviene seguir sus atractivos.

Una vez terminada la preparación, imagine asistir al misterio que medita cual si actualmente se verificara ante sus ojos. Si medita la agonía de Jesús en el huerto, hágase cuenta de encontrarse en aquel huerto a solas con Él, mírelo compasiva, pero con viva fe y amor; recoja aquellas gotas de Sangre preciosa y hágale esta pregunta: Mi querido Jesús, ¿por qué padeces? Haga de cuenta que le responde al corazón: Hija, padezco por ti, por tus pecados, porque te amo. Seguidamente arrójese a sus santísimas plantas, como lo hacía la santa penitente Magdalena; deténgase un momento; béselos en espíritu y dígale todo cuanto le inspira el amor. ¡Oh, qué afectos tan amorosos se le ocurrirán! Deje que Jesús le enseñe, y dígale: Mi divino Maestro y Esposo, enséñame cómo debo amarte y servirte. Suplique a continuación la gracia de todas las virtudes.

El recuerdo de la Pasión santísima de Jesucristo y la meditación de sus virtudes […] conducen al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la contemplación más sublime.

Al repasar los tormentos de mi Jesús […] lo hacía languideciendo en el alma con altísima suavidad mezclada con lágrimas, con el dolor de su Esposo infundido en ella, o bien, para mejor explicarme, sumergida en el Corazón y en el dolor santísimo de su dulcísimo Esposo Jesús.

No le digo que haga oración a mi modo, sino al de Dios… Deje a su alma libertad para tomar su vuelo hacia el soberano Bien, según Dios la conduce. La mariposa revolotea alrededor de la llama, y acaba por quemarse: que su alma dé vueltas alrededor de la luz divina, que se arroje en ella…

Deje que la pobre mariposilla se queme del todo, que quede reducida a cenizas en aquella luz amorosa del horno dulcísimo del Corazón amoroso de Jesús, y ya incinerada, deje que esa poca ceniza de nuestra nada se abisme, se pierda, se consuma —por decirlo así— totalmente en aquel abismo de infinita bondad de  nuestro Dios, y allí, licuada de amor, celebre fiesta continua, con cánticos amorosos, con sagradas complacencias, con sueños de amor, con santo silencio, toda absorta en aquel mar inmenso de amor, y en este mar penetre hasta el fondo, segura de hallar otro gran mar: el de las penas de Jesús y de los dolores de María Santísima. Este mar brota de aquel inmenso mar del amor de Dios.

Tuve alta inteligencia infusa de los espasmos de Jesús, y tantos deseos de estar perfectamente unido a Él, que deseaba experimentar actualmente sus espasmos y estar en al Cruz con Él.

El que quiere ser santo gusta de seguir las huellas divinas de Jesucristo, de ser hecho el oprobio y la abyección de la plebe… El que quiere ser santo gusta de esconderse a los ojos de los hombres, toma lo dulce por amargo y lo amargo por dulce, y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios; y como quiera que esta se cumple mejor en el padecer que en el gozar, porque en el goce peligra siempre entrar la propia voluntad, por eso el verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer, recibiéndolo sin intermediarios de la purísima voluntad de Dios. Recuerde que este divino trabajo, para ser seguro, conviene que pase por la puerta, que es Jesucristo nuestro Señor y su santísima Pasión, que es toda ella obra de amor; la cual jamás debe perderse de vista, con docilidad absoluta a la acción divina, a la que el alma debe ser fidelísima en obedecer interiormente.

Veo que se halla privada de todo consuelo. Doy gracias a Dios bendito, porque ahora se asemeja más al Esposo divino, abandonado de todos mientras agonizaba sobre la Cruz; pero en este abandono ofreció el gran sacrificio y lo consumó con las últimas palabras que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto entregó su alma santísima en las manos del eterno Padre, y cumplió la obra de la humana redención. Haga usted lo mismo, hija mía. […] Ahora está en agonía sobre el riquísimo lecho de la Cruz. ¿Qué le queda por hacer, sino entregar el alma en manos del eterno Padre diciendo: Padre dulcísimo, en tus manos encomiendo mi espíritu? Y esto dicho, muera felizmente de esa preciosa muerte mística, y vivirá una nueva vida, mejor dicho, renacerá a una nueva vida deífica en el divino Verbo Cristo Jesús. Y, ¡oh, qué vida esta! Vida tal y tan grandiosa y llena de inteligencia celestial, que ni aun saber hablar de ella podrá conmigo.

Jesús oró en la Cruz durante tres horas: oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh Dios, qué gran enseñanza! Pida a Jesús que la imprima en su corazón. ¡Oh, cuánto hay aquí que meditar! He leído que durante su agonía en la Cruz, después de sus tres primeras llamas de amor, es decir, sus tres primeras palabras, Jesús quedó en silencio hasta la hora de nona, orando todo aquel tiempo. Dejo a su consideración cuán desolada fue su oración. Descanse pues sobre la cruz del dulce Jesús, y no exhale otra queja que este gemido: Padre mío, Padre mío, hágase tu voluntad… Y luego calle. Continúe descansando sobre la cruz y luego calle hasta que llegue el momento dichoso de la verdadera muerte mística. Entonces, como dice san Pablo, estará toda oculta en Dios con Jesucristo (Col 3, 3), y se hallará en esa altísima soledad hacia la cual suspira, con desprendimiento absoluto de todo lo creado. Esta es la hora de sufrir en silencio y en paz: resignación perfecta en su agonía, que la conduce a la muerte mística.

¡Oh mi Dios!, ¡quién nunca te hubiera ofendido!

¡Esperanza de mi corazón!, antes morir mil veces que pecar.

¡Oh mi Jesús!, ¿cuándo te amaré yo?

¡Oh sumo Bien mío!, haz mi corazón semejante al tuyo.

¡Oh Dios mío!, quien no te ama no te conoce.

¡Oh, si todos te amasen, Amor infinito!

¡Amor mío!, ¿cuándo estará mi alma abrasada en tu santa Caridad?

¡Oh mi soberano Bien, hiere, hiere mi corazón con tu santo amor!

¡Cúmplase tu santa voluntad, Dios mío!

Bienvenidas sean las aflicciones.

Queridos padecimientos, yo los abrazo y los estrecho contra mi corazón. Ustedes son las perlas preciosas que me envía el Señor.

¡Qué hermoso sufrir! ¡Oh mano querida de mi Dios!, te beso amorosamente.

Bendita sea la vara santa que con tanto amor me hiere.

¡Ah, tierno Padre!, bien harás en humillarme.

Amado Bien, Dios mío, tus azotes son las joyas de mi corazón.

Sí, sí, Jesús mío, o padecer o morir.

Trátame como quieras, Dios mío; jamás dejaré de amarte.

Por los enemigos:

¡Oh almas queridas de Jesús!, yo las amo en el Corazón de Jesús, que arde de amor por ustedes.

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¿Por qué Dios no nos da lo que le pedimos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 10, 2011

Dios desea lo mejor para nosotros, porque nos ama; y, además, todo lo puede.

Él tiene en sus manos miles de cosas para regalarnos, y está ansioso de que se las pidamos, para dárnoslas… Está esperando que las pidamos, para derrochar todo su amor, como padre amorosísimo que es, dándonos gusto en todo.

Entonces, ¿por qué no nos da todas esas cosas? El problema está precisamente en que en el fondo no nos creemos eso. Si lo creyéramos así, si creyéramos en su infinito amor, en su infinita bondad, en su infinita misericordia, si creyéramos que está que se derrite de deseos de mostrarnos su amor, su misericordia, su dulzura, su ternura, entonces le pediríamos con confianza y con constancia.

Una confianza total, como la de la niña chiquita, que sabe que su papá millonario la adora y que nunca le negará nada, sino lo que él sabe que no es para su bien. ¡Y Dios es Papá! ¡Y es millonario, más que todos los papás del mundo! ¡Todo lo puede! Nada nos negaría si se lo pidiéramos con confianza de hijos.

Y, por otro lado, con constancia. Es de admirar cómo los niños pequeños insisten e insisten sin descanso, hasta lograr que sus padres le den lo que les piden. ¿Por qué no somos así con nuestro Padre–Dios? Porque todavía no creemos que es papá amorosísimo, porque todavía no nos hemos dado cuenta de que Él fue capaz de sufrir atrozmente por nosotros y terminar dando su vida por nuestra felicidad.

En el fondo, lo que sucede es que todavía no creemos, porque no hemos meditado suficientemente la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Por eso es que los santos amaban entrañablemente a Jesús y estaban dispuesto a dar la vida por Él; y por eso es que ellos hacían milagros: porque no había nada que el Señor les negara, ya que todo lo esperaban de Él, con una confianza infinita.

Meditemos, pues, diariamente, la Pasión y la Muerte de nuestro divino Redentor, y veremos milagros, experimentaremos su misericordia, nuestros sueños se harán realidad.

Y, después de meditar asiduamente Pasión y la Muerte de Jesús —la muestra más maravillosa del amor de Dios por nosotros—, pidámosle eso que deseamos, convencidos de que nos lo dará. Él mismo lo dijo.

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Ciclo A, domingo de Ramos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

La fortaleza del cristiano

La psicología moderna ha avanzado mucho. Los estudios científicos han dado como resultado novedosas y eficaces técnicas para diagnosticar y tratar muchas enfermedades y carencias, dentro de las que se encuentra la falta de fortaleza, que es la fuerza y el vigor para acometer la lucha en las vicisitudes de la vida.

Y nosotros, algunas veces, hemos querido fortalecer con nuestras palabras a alguna persona que pasa por un mal momento, por una calamidad o que, simplemente, necesita que la escuchen.

De eso es de lo que nos habla hoy la liturgia de la Palabra.

La primera lectura nos explica que Jesús, para fortalecer a los demás, se hizo primero víctima: «Yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los salivazos».

El Evangelio de san Mateo nos recuerda todo lo que Cristo sufrió por nosotros.

Y en la segunda lectura, san Pablo dice que Jesús fue, además, humilde y obediente: «Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».

Aunque esto de reducirse y rebajarse es escándalo para algunas vertientes de la psicología moderna, Cristo ha demostrado que es el camino más eficaz de todos. Y lo prueba la historia: miles y miles de personas que, al escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no solo se consuelan sino que se llenan de fortaleza, ese vigor que nos ayuda eficazmente a conseguir la felicidad.

Son tres los pasos para lograrlo y, además, para que nuestras palabras sean útiles para los demás: ofrecer a Dios nuestros dolores y sacrificios por ellos; saber que somos simplemente criaturas, esto es, ser humildes; y ser delicadamente obedientes a Dios y a su Iglesia. ¡Cambiaremos el mundo, con Jesús!

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Santa Catalina de Siena y la locura de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2011

Santa Catalina penetró como pocos en los abismos de la bondad de Dios. Contemplando el misterio de la providencia inefable, su corazón se dilataba según las medidas del Corazón de Cristo. Permanecía, sin duda, en su cuerpo, pero le parecía estar fuera de él, por el arrebato que en ella producía el exceso de la divina caridad. ¿No es acaso excesiva dicha condescendencia, no hay cierta locura en el amor de Dios?

«¡Oh inefable y dulcísima Caridad! ¿Quién no se inflamará ante tanto amor? ¿Qué corazón resistirá sin desfallecer? Diríase, oh Abismo de caridad, que pierdes la cordura por tus criaturas, como si no pudieras vivir sin ellas, siendo nuestro Dios… Tú, que eres la vida, fuente de toda vida y sin la cual todo muere, ¿por qué, pues, estás tan loco de amor? ¿Por qué te apasionas con tu criatura, haciendo de ella tu complacencia y delicias?»

Tales acentos aparecen no sólo en las páginas de su escrito, el Diálogo, sino en sus cartas y elevaciones. En una de estas últimas leemos: «¡Oh Trinidad eterna, Trinidad eterna; oh Fuego y Abismo de caridad; oh Loco de tu criatura!… ¡Oh Trinidad eterna, Loco de amor!». La criatura, a la que había hecho a imagen y semejanza suya, lo ha enajenado: «Loco de tu misma hechura». 

La Locura de Dios. Nos enardece este pensamiento. Un primer síntoma de esa locura es el hecho mismo de la creación del ser humano. Catalina no acaba de admirarse viendo cómo Dios no nos creó por ningún otro motivo que no fuese el fuego gratuito de su caridad. Conocía, por cierto, las iniquidades que íbamos a cometer, pero «Tú hiciste como si no lo vieras, antes fijaste la mirada en la belleza de tu criatura, de la que Tú, como loco y ebrio de amor, te enamoraste, y por amor la sacaste de ti, dándole el ser a imagen y semejanza tuya».

Transida la Santa de fuego, sangre y amor, sus palabras, que brotan con una vehemencia sobrecogedora, llevan el signo inequívoco de la belleza y de la poesía, estremeciendo las fibras más recónditas del corazón. Nuestro Dios es un Dios loco, loco de amor. ¿Acaso precisaba de nosotros? Él es la vida indeficiente y de nada necesita. Con todo, se comporta como si no pudiese vivir sin nosotros. Ya esto parecía excesivo.

Pero la locura de Dios no se clausura en la creación. Quedaba todavía por realizar su gesto más enajenado, la Encarnación del Verbo.

«¿Cómo has enloquecido de esta manera? Te enamoraste de tu hechura, te complaciste y te deleitaste con ella en ti mismo, y quedaste ebrio de su salud. Ella te huye, y Tú la vas buscando. Ella se aleja, y Tú te acercas. Ya más cerca no podías llegar al vestirte de su humanidad. Y yo, ¿qué diré? Gritaré como Jeremías: ¡Ah, ah! (Jer 1, 6). No sé decir otra cosa; porque la lengua, finita, no puede expresar el afecto del alma que te desea infinitamente… ¿Qué viste? Vi los arcanos de Dios. Pero, ¿qué digo? Nada puedo decir, porque los sentidos son torpes. Diré solamente que mi alma ha gustado y ha visto el abismo de la suma y eterna Providencia»

Tenemos un Padre divino que ha perdido la razón. Nada le podíamos añadir a su grandeza, ningún mal le podíamos hacer con nuestro pecado, y, sin embargo, para que no nos perdiéramos, hace justicia sobre el Cuerpo de su propio Hijo. «¡Señor, parece que enloqueces!» El Hijo, por su parte, tan enamorado y loco como su Padre, corrió por el camino de la obediencia, hasta dejarse clavar en la Cruz. Algo increíble. Porque «yo soy el ladrón y Tú eres el ajusticiado en lugar de mí». La Cruz es el acto de la locura total. De ella «está suspenso aquel a quien su amor y no los tres clavos retienen en ella fijo y fuerte, Cristo, il Pazzo d’amore (el Loco de amor)».

«Pero no le bastó esta locura, sino que se quiso quedar, todo él, Dios y hombre, envuelto en la blancura del pan». La Encarnación, el Calvario, la Eucaristía, ¿no es acaso la locura total?

La misericordia de Dios, tal como la ha ejercido, está en el telón de fondo de esta locura ininterrumpida. Se ha dicho que el mejor título que le convendría al Diálogo sería: «Libro de la misericordia». Porque todo su contenido se resume en las palabras: «Quiero hacer misericordia al mundo». El amor loco no se rinde, ni aun ante el rebelde. Así le canta Catalina:

«¡Oh misericordia que procede de tu Divinidad, Padre eterno, y que gobierna por tu poder el mundo entero! Por tu misericordia hemos sido creados, por tu misericordia hemos sido recreados en la Sangre de tu Hijo; tu misericordia nos conserva; tu misericordia ha puesto a tu Hijo en agonía y lo ha abandonado sobre el leño de la Cruz… ¡Oh loco de amor! ¿No era bastante haberte encarnado, sino que además has querido morir… Y tu misericordia ha hecho más todavía: te has quedado como alimento. ¡Oh misericordia! ¡Mi corazón se hace todo fuego pensando en ti! De cualquier lado que mi espíritu se vuelva y se revuelva no encuentra sino misericordia…»

Alfredo Sáenz, S. J.

 

Si a todo esto añadimos la misericordia de Dios, al instituir el Sacramento del perdón, podemos quedar abismados de la infinita locura del amor de Dios: la confesión es un tribunal en el que un reo se declara culpable y, a diferencia de lo que ocurre con la justicia humana, ¡el juez nos perdona! ¿Qué más podemos pedir?

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Un pensamiento de san Pablo de la Cruz para cada día*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 25, 2010

Un pensamiento para cada día

 San Pablo de la Cruz

 Oh Dios, que para anunciar la Palabra de la Cruz

 

inflamaste de ardiente celo

 

al sacerdote san Pablo de la Cruz, nuestro Padre:

 

concédenos que también nosotros,

 

animados por su ejemplo y sostenidos por su protección,

 

sepamos ganar las almas de nuestros hermanos,

 

por medio de la Pasión de Cristo, tu Hijo,

 

para obtener con ellos el fruto de la redención.

 

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 Con las debidas licencias:

P. Antonio Mª Munduate, cp Superior Viceprovincial

Bogotá, 9 de julio de 2010 Nuestra Señora, Madre de la Santa Esperanza

Saludo

La Iglesia, habiendo reconocido la acción del Espíritu en san Pablo de la Cruz, aprobó con su autoridad suprema la Congregación de la Pasión de Jesucristo (Pasionistas) y sus Reglas, para la misión de anunciar el Evangelio de la Pasión con la vida y el apostolado. Esta misión conserva siempre toda su fuerza y validez.

Conscientes de esta validez ofrecemos hoy el folleto: “Un pensamiento para cada día”; son textos tomados de las cartas de san Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas, que hoy queremos hacer llegar a todos aquellos que en su camino espiritual quieren tener como referencia la espiritualidad pasionista.

Estos pensamientos no están lejos de la sensibilidad del mundo de hoy. A pesar de los vastos procesos de secularización, se detecta una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar.

En el año 2000, en una carta a nuestra Congregación, Juan Pablo II nos pedía “que nuestra atención primaria fuera siempre el anuncio de Cristo que, desde la cruz, renueva al hombre de todos los tiempos”. Con este deseo presentamos hoy estos pensamientos de nuestro fundador.

Aunque las cartas de san Pablo de la Cruz fueron escritas en italiano, el texto original de este folleto fue impreso en francés y tiene por título: Une pensée de Sanit Paul de la Croix por chaque jour de l’année. La traducción al español de los textos ha sido realizada del italiano por el P. Abelardo Quintero, C.P., a quien agradecemos su colaboración.

Nuestro deseo es que quienes lean cada día un “pensamiento” puedan sacar fuerzas para afrontar con paz y serenidad el nuevo día, porque como decía san Pablo de la Cruz: “A las almas es necesario dar ánimo e impulso y hacerlas caminar con la confianza en Dios, de otro modo no harán jamás camino en la vía de la perfección”.

  

 

ENERO

1. La Pasión de Jesucristo es la puerta que da acceso a los alimentos deliciosos del alma.

2.    El Divino Salvador ha dicho: Yo soy la puerta. Un alma que entra por esta puerta, camina segura.

3.    Haz continua memoria de los sufrimientos de tu esposo celeste. Déjate penetrar enteramente del amor con el cual los ha sufrido.

4.    El camino más corto para llegar a la santidad es el perderse enteramente en el abismo del sufrimiento del Salvador.

5.    Haceos como un ramillete de flores con los sufrimientos de Jesús y llevadlo sobre el seno de vuestra alma.

6. Llevamos siempre luto en memoria de la Pasión y muerte de Jesucristo.

7.    No debemos olvidar jamás hacer continua y dolorosa memoria de la Pasión y muerte de Jesucristo.

8.    Si queréis, llevar un collar de perlas cuando salgáis, pero recordad que Jesús ha llevado una cuerda y una cadena al cuello.

9.    Que cada uno de nosotros nos comprometamos a sugerir a cuantos podamos la devota meditación de los sufrimientos de nuestro dulcísimo Jesús.

10.  Cuando se medita la Pasión de Jesús se debe compadecer sus penas, luego contemplarlo con amor, para hacer propio por amor y compasión los sufrimientos que él soporta.

11. Es necesario contemplar a Jesús abismado en un océano de dolores para salvarnos del abismo eterno.

12. Es necesario contemplar a Jesús todo cubierto de llagas y de heridas para darnos la vida y la salvación.

13. El profeta llama a la Pasión de Jesús: Mar de amor y de dolor. Ah, este es un gran secreto que es revelado sólo a las almas humildes.

14. En el inmenso mar de la Pasión del Salvador, el alma pesca las perlas de las virtudes y hace suyas las penas del Amado Bien.

15. El amor enseña todo, porque la Pasión con sus dolores amarguísimos, es obra de un amor infinito.

16. ¿Cuál es el medio para identificarse por amor con los sufrimientos del Salvador? Dios os lo hará comprender cuando él quiera; éste es un trabajo del todo divino.

17. El alma inmersa totalmente en el puro amor se encuentra toda inmersa en el abismo de los dolores de Jesucristo y los abraza con una mirada de fe. El amor es virtud unitiva y hace suyos los sufrimientos del Amado.

18.   Si os sentís penetrados totalmente, por dentro y por fuera, de los sufrimientos del esposo divino, alegraos.

19. Cuando se piensa en aquel viernes santo suceden cosas capaces de hacer morir al que ama verdaderamente.

20.  ¡El viernes! ¿No es nombrar el día en que nuestro Dios encarnado ha sufrido por nosotros, hasta inmolar su santa vida sobre el patíbulo infame de la cruz?

21.  Los días de la Pasión son días en que las piedras mismas lloran. ¡Y qué! ¿Si el Sumo Sacerdote ha muerto, no se llorará? ¡Se necesita haber perdido la fe!

22.  Cuando estéis solos en vuestra pieza tomad en la mano un crucifijo y besadle las llagas con gran amor.

23.  Cuando estéis solos en vuestra pieza tomad en la mano un crucifijo y besadle las llagas con gran amor.

24.Tomando el crucifijo, dígale que le predique, escuche las palabras de vida que le dice al corazón.

25. Escuchad las cosas que os dicen las espinas, los clavos, la sangre divina… ¡Oh, qué preciosa predicación!

26. Los sufrimientos de Jesús deben ser las joyas de nuestro corazón.

27.   Los sufrimientos de nuestro Dios y Salvador son el empeño de su amor por nosotros.

28.  ¡Ay de mí! Qué triste es ver la pérdida de tantas almas que no sienten el fruto de la Pasión de Jesús.

29. Vivid todo inmersos en el amor de Jesús; que sus llaga sean vuestro deleite.

30.  Haced compañía a Jesús en el Huerto de los Olivos; recoged las flores de sus angustias, de sus tormentos, de sus dolores mortales.

31.  Haceos un ramillete de los dolores de Jesús agonizante en el Huerto de los Olivos, y llevadlo siempre en el fondo de vuestra alma, oliéndolo con amor y con dolor

FEBRERO

 1.   ¡Oh, qué felices son las almas totalmente heridas por los sufrimientos del Salvador y que los llevan impresos en el corazón con doloroso y amoroso recuerdo!

2.   La Pasión de Jesucristo es la vía más breve para la perfección.

3.   La vida de Jesús no fue otra cosa que una cruz.

4.   Dios nos hace un gran honor cuando nos llama a caminar por la misma vía de su Hijo, nuestro Salvador.

5.   Animaos y recordad que debemos caminar sobre las huellas de Jesús crucificado.

6.   El siervo de Dios que no está crucificado, ¿qué es?

7.    ¡Dios ha sufrido tanto por mí! ¿Será demasiado que yo haga algo por su amor?

8.    Vosotros podréis, de vez en cuando, hacer memoria de los sufrimientos de nuestro Salvador, recordándolos con amor y dolor.

9.    ¡Oh, mi buen Jesús! ¡Cómo veo vuestro rostro lívido, cubierto de salivazos, inflamado!

10. ¡Oh! ¡mi amor crucificado, cómo te veo todo cubierto de llagas!

11. ¡Oh! ¡Mi dulce amor! ¡Cómo veo vuestros huesos escarnecidos! ¡Ah! ¡Qué sufrimientos, qué dolores!

12.  ¡Ah! ¡Sufrimientos preciosos de mi Salvador! ¡Oh, llagas amables! Quiero custodiarlas siempre en mi corazón.

13.  Cuando os encontréis turbados, afligidos, angustiados, es preciso tomar entre las manos el crucifijo, besar con amor sus llagas, sobre todo la de su costado

14. En medio de vuestras penas decid a Jesús crucificado: Oh, Jesús, único bien, tú eres todo mío y yo soy todo tuyo.

15.¡Oh sangre preciosa de Jesús! ¡Oh sangre dulcísima de mi Salvador! En ti están todas mis esperanzas.

16.   Cuando estéis angustiados por temores y dudas, decid a Jesús crucificado: ¡Oh, Jesús, amor de mi corazón, yo creo en ti, espero en ti, te amo sólo a ti!

17.  ¡Oh, llagas queridas de Jesús! Llagas santísimas, llagas divinas, vosotras sois el objeto de mi esperanza. ¡Sí, yo espero en mi Dios!

18.  Estad de buena gana sobre la cruz con Jesús. Bebed con alegría el cáliz del Salvador. ¡Oh, queridos sufrimientos! ¡Oh, queridas cruces! Sois bienvenidas.

19. Creedme, las cruces no faltarán jamás; el sufrimiento aumentará tanto cuanto se avance en el servicio del Señor. Éste fue el camino de Cristo, ése es el camino de todos los siervos de Dios.

20. Aquellos que sufren por amor a Dios ayudan a Jesús a llevar la cruz y participarán por tanto de su gloria.

21.  Estad a la sombra de la santa Cruz, anonadándose delante Dios con una confiada humildad.

22.  En cualquier contrariedad, reavivad dulcemente la fe, imaginaos estar sobre el calvario, dirigid todos vuestros pensamientos y miradas a Jesús crucificado.

23.  Abrazaos a la santa Cruz de Jesús, permitid que vuestra alma se embriague en su sangre preciosa, y después decid: Oh, bien infinito, acepto este sufrimiento porque tú lo quieres.

24. ¡Oh, Amor mío! Os amo más que a mi corazón; me es muy dulce permanecer sobre la cruz de mis sufrimientos.

25. ¡Oh, queridos sufrimientos! ¡Oh, preciosas cruces! Yo os abrazo como a joyas preciosas del corazón purísimo de Jesús.

26. Quien se queda en las consolaciones pierde de vista al gran Dios de las consolaciones.

27. Bebed hasta la última gota el cáliz de vuestros sufrimientos, sin abrir los ojos para ver la clase de bebida que contiene.

28.  Feliz el alma que se desprende de sus propias satisfacciones, de los propios sentimientos y de las propias visiones; ésta es la lección sublime. Dios os lo enseñará si ponéis todas vuestras delicias en la cruz de Jesús.

       .

MARZO

1.   ¡Dejaos guiar por le fe! ¡Oh, cuánto amo las almas que caminan en pura fe y viven enteramente abandonadas en las manos de Dios!

2.   ¡Oh, cuánto deseo que caminemos todos en la fe! Sí, ésta es la verdadera vía de la salvación.

3.   A pesar de su obscuridad, la fe es la vía segura del Santo Amor. ¡Oh, qué dulzura gusta mi corazón en su certeza!

4.   Busquemos siempre a Dios mediante la fe en lo íntimo de nuestra alma.

5.   La fe nos dice que nuestro corazón es un gran santuario, porque es el templo de Dios vivo donde reside la Santísima Trinidad.

6. Este gran Dios, que se ha hecho hombre y ha querido sufrir tanto por nosotros, está más cerca de vosotros que vosotros de vosotros mismos.

7.    Entremos con frecuencia en el templo vivo de Dios, que es nuestro corazón, para adorar a la augusta Trinidad en espíritu y en verdad. Ésta es una devoción sublime.

8.    El Reino de Dios está dentro de vosotros. Reavivad pues, con frecuencia esta fe cuando estudiéis, trabajéis o comáis; cuando os acostéis o cuando os levantéis.

9.    Yo no puedo comprender cómo pueda haber alguno que no piense siempre en Dios.

10.  Visitad a menudo el santuario de vuestra alma y ved si tenéis todavía encendidas las lámparas; quiero decir, la fe, la esperanza y la caridad.

11.  Si la salvación eterna estuviese sólo en vuestras manos, tendrías suficiente motivo para temer. Pero como está en las manos de vuestro Padre Celestial, ¿qué podéis temer?

12.   Desechad de vuestro corazón todo vano temor y tened fe en nuestro amable Salvador, que ha salvado vuestra alma con su sangre preciosa.

13.  Cuando tengáis cualquier asomo de desconfianza, pensad que todas vuestras culpas comparadas con la bondad de Dios, son menos que un trozo de tela tirado al fuego.

14. Cuando cometáis una falta, humillaos delante de Dios con profundo arrepentimiento, y luego, con un acto de gran confianza lanzad vuestra culpa al océano de su inmensa bondad.

15. ¿Qué padre teniendo en brazos a su hijo lo deja caer a tierra o lo lanza lejos de sí? Pues, aunque esto fuese posible entre los hombres, jamás sucederá con Dios.

16. Mirad a la Cruz para no perder la confianza. He aquí que aquella Sangre Divina, aquellas llagas, aquellas heridas, aquellos brazos que han hecho el cielo y la tierra, están abiertos para abrazar a los pobres pecadores arrepentidos.

17.  El medio más eficaz para convertir a las almas más obstinadas es la predicación de la Pasión de Jesucristo.

18.  ¿Cómo será posible ofender a un Dios flagelado, a un Dios coronado de espinas, a un Dios crucificado por nosotros?

19.   Comenzad meditando por la mañana durante un cuarto de hora sobre la Pasión del Redentor y viviréis lejos del pecado.

20.  La meditación de la Pasión de Jesús es un bálsamo tan precioso que endulza toda pena.

21.  ¡Oh, amor mío, en qué estado se encuentra vuestro corazón en el huerto de los Olivos! ¡Oh, qué sufrimientos! ¡Cuánta sangre! ¡Qué amarguísima agonía! ¡Y todo esto por mí!

22.  Cuando nuestros pecados nos espanten y temamos condenarnos, pensemos en los méritos de Jesús crucificado, y nuestro espíritu encontrará descanso.

23.  ¿Cómo? ¡Un Dios hecho hombre! ¡Un Dios crucificado! ¡Un Dios muerto! ¡Quién no lo amará!

24.  ¿Por qué no tengo fuerza para volver a predicar a mi buen Jesús crucificado, nuestro amor que está muerto sobre la cruz por nosotros y detener así tantos delitos?

25. La mayor parte de los cristianos viven en el olvido de todo lo que ha sufrido Jesús por su amor; este olvido produce lágrimas a mares porque es la causa del pecado que abunda en el mundo.

26.   El medio más eficaz para exterminar los vicios e implantar en el corazón de los fieles la verdadera piedad, es la meditación de las penas amarguísimas de nuestro Dios y Salvador.

27.  ¡Tantos, demasiados cristianos viven olvidados de lo que ha hecho y sufrido nuestro amabilísimo Jesús! Ésta es la causa por la cual viven adormecidos en el fango de la iniquidad.

28.  El verdadero amor de Dios se ejercita sobre la cruz de nuestro querido Jesús.

29. Obrad de tal modo que todo el paraíso vea no sólo en vuestro interior, sino también, en el comportamiento exterior la imagen de Jesús crucificado, de Jesús dulce, lleno de mansedumbre y de paciencia.

30.  Aquél que vive interiormente unido al Hijo de Dios vivo, lleva la imagen también en su persona con un continuo ejercicio de virtudes y sobre todo con gran paciencia en los sufrimientos.

31. En la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo el alma saca la leche y la miel dulcísima del Santo Amor.

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ABRIL

 1.   Quisiera que  todos  gustaran la gracia que Dios da,  en su infinita bondad,  cuando  nos  manda  sufrimientos, pero sobre todo cuando los sufrimientos son sin consuelo.

2.   En el estado de sufrimiento puro, el alma se hace pura como el oro en el crisol, y tan bella y liviana como para volar hacia su Amado Bien y transformarse en Él sin darse cuenta.

3.   En el estado del puro sufrimiento, el alma lleva la cruz con Jesús y no lo sabe; esto depende de la variedad y del número de los sufrimientos que la ponen en tal olvido de sí misma que ella no se percata ni mucho menos de su propio sufrimiento.

2. ¿Quién pudiera expresar la magnificencia de los preciosos tesoros con los que nuestro Sumo Bien corona a sus hijos predilectos? Quien ama a Jesús sólo ama sufrir.

5.    Quisiera tener un corazón de Serafín para expresar el vivo deseo que tienen de padecer los verdaderos amigos del Crucificado.

6.    ¡Ah! ¿Cuándo imitaremos perfectamente a nuestro querido Salvador, quien se ha anonadado por nosotros?

7.    ¿Cuándo seremos tan humildes como para gloriarnos en ser el oprobio de los hombres y la abyección de la plebe?

8.    ¿Cuándo seremos como niños, apegados al seno de la caridad de Jesús, nuestro esposo, nuestro padre y nuestro todo?

9.    ¿Cuándo seremos tan simples y pequeños como para tener como gran fortuna el estar en el último puesto, tenidos por nada; y tener como infortunio el ser estimados y honrados?

10. ¿Quién no amará al Padre de la Misericordia que nos invita y estimula, con tanta bondad, a correr detrás de sus celestiales fragancias? ¡Oh, cuán suaves son sus divinos atractivos!

11.  Corramos, corramos detrás del Divino Amante de nuestras almas ¡Afiancémonos cada vez más en el seno de su amor tan dulce!

12.   No debemos dejarnos vencer ante las dificultades, ante nuestros defectos cotidianos, ante nuestras grandes miserias, porque nuestras miserias forman el trono de las misericordias del Señor.

13.  Si Jesús se esconde, de vez en cuando, a nuestros ojos, no lo hace para maltratarnos ni humillarnos más sino para enseñarnos a esperar a la sombra de sus alas.

14. La cruz se hace cada vez más pesada, ¿no es verdad? Y bien, demos gracias a nuestro Sumo Bien, que nos tiene en esta cruz.

15. ¡Oh, cruz querida! ¡Oh, cruz santa! ¡Árbol de vida de donde pende la vida eterna! Te saludo, te abrazo, te estrecho contra mi corazón.

16.  La parte inferior del alma se retira asustada a la vista de la cruz; pero la parte superior del espíritu permanece en paz en el beneplácito de Dios.

17. No miréis a la cara las fatigas, las dificultades y las preocupaciones de vuestro estado. Fijad más bien vuestra mirada sobre el rostro adorable de divino Crucifijo.

18.  En vuestras aflicciones volved vuestra mirada a Jesús, nuestro amor, rey de los dolores y de las aflicciones, y entonces, todo se tornará dulce.

19. ¡Oh, qué sublime y divino tesoro ha escondido Dios en el sufrimiento!

20. ¡Feliz el corazón que está sobre la Cruz entre los brazos de Jesús, allí se quema de santo Amor!

21.   ¡Feliz aquél que sufriendo sin sombra de consuelo, vive transformado en Jesucristo!

22. Feliz quien sufre queriendo morir a sí mismo por amor a aquél que lo hiere.

23.  Cuando la cruz es más penosa y penetrante, es mejor para el alma que la lleva.

24.  Cuando el sufrimiento está privado de todo consuelo es más agradable a Dios.

25.  Las adversidades son indispensables y gran ventaja para las almas que las aprovechan.

26. En las consolaciones se está dispuesto a enfrentarlo todo, pero es en las tribulaciones donde se conocen las almas verdaderamente fuertes.

27.   Las aflicciones y toda tribulación son como una escobilla que quita del alma el polvo y el fango de las imperfecciones.

28. Trabajar, padecer, callar, no lamentarse, no tener resentimientos, no justificarse; ésta es la máxima de los santos.

29. El camino corto para adquirir la paz que viene del amor de Dios, es recibir de la mano paterna del Señor toda contrariedad y toda pena corporal y espiritual.

30. La voluntad de Dios es un bálsamo que cura toda pena, es necesario amarla tanto en la adversidad como en la prosperidad.

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MAYO

1.   Tened  una  tierna  devoción  a los dolores de María, a su santa e In maculada Concepción, y visitad con piedad grande su altar.

2.   Tomad por principal patrona a la beatísima Madre de Dios siempre virgen, y tened hacia ella la devoción que le es debida.

3.   Recordad a menudo los dolores amargos que María ha sufrido durante la Pasión y muerte de su Hijo Divino.

4.   Caminad siempre animados por una filial y ardiente piedad a la Madre de Dios.

5.   Buscad imitar la sublime virtud de María e implorad, en los peligros, su poderosa protección.

6. El corazón de María, después del Corazón de Jesús, es el rey de todos los corazones.

7.    El corazón de María ha amado y ama tanto a Dios, más que todo el paraíso; quiero decir, más que todos los ángeles y los santos presentes, pasados y futuros.

8.    Desead amar a Dios como esta sublime criatura, la Santísima Virgen María.

9.    Lanzaos en espíritu en el bello corazón de María y amad al Sumo bien con este corazón tan puro.

10. Tened la intención de practicar todas las virtudes de las cuales María ha dado ejemplo.

11.  La riqueza de esta gran reina, María, es inmensa. Ella es un océano de perfecciones; sólo Aquél que la ha colmado de tantas riquezas puede sondear la perfección.

12. La gran herida de amor que María ha recibido desde el primer instante de su inmaculada concepción creció cada vez más hasta que separó su santísima alma del cuerpo.

13.  Fue una muerte de amor, una muerte más dulce que la vida, la que pone fin al inmenso dolor que María sufre en toda su vida

14.  Alegrémonos en Dios por el espléndido triunfo de María, nuestra Reina y nuestra Madre.

15.  Podéis alegraros de las glorias de María en el corazón santísimo de Jesús y amarla por medio de este divino corazón.

16. Alegraos con María, gozaos íntimamente al ver que todas sus penas, todos sus sufrimientos, se han terminado.

17.  Quien más quiere complacer a María, más debe humillarse, porque María fue la más humilde de todas las criaturas.

18.  Meditad a menudo los dolores de nuestra divina Madre, dolores inseparables a los de su divino Hijo.

19. Si vais al Crucifijo, encontraréis a la Madre, porque donde está la Madre también está el Hijo.

20.  Unid los dolores de Jesús a los de María y sumergiéndoos en estos sufrimientos haceos una unidad entre el dolor y el amor, y entre el amor y el dolor.

21.   ¡Oh, tiernísima Madre, María, cuál sería vuestro dolor viéndose privada de vuestro querido Hijo, y después, viéndolo sin vida en vuestros brazos!

22. ¡Ah, cuál no sería la tristeza de María cuando volvió a Betania después de la sepultura de su Hijo!

23. Si María Dolorosa no muere es de milagro. Ella está toda inmersa en los padecimientos de Jesús. ¡Imitadla!

24.  Dejaos inundar del océano de los sufrimientos de Jesús y de María. Permaneced a los pies de la cruz.

25. Rogad a María que bañe vuestro corazón con sus lágrimas dolorosas, con el fin de que tengáis un continuo recuerdo de la Pasión de Jesús y de sus penas maternales.

26. Rogad a la santísima Virgen María que os dé la perseverancia en el Santo Amor de Dios, la fuerza y la resignación en los sufrimientos.

27.  Cuando el demonio os persiga, no temáis, tened confianza en Dios y en la Santísima Virgen.

28.  ¡Ah, tierna madre María, habéis sido presa del dolor! Y ¿No habrá ninguno que compadezca vuestras penas?

29. Elegid a vuestra gran protectora, la Virgen Dolorosa, y no dejéis de recurrir a su ayuda maternal.

30.  Quisiera rebajarme a causa de los dolores de María para merecer entrar un día en su dulcísima compañía.

31. Volad en espíritu al corazón dolorido de Jesús y encerraos por dentro con la llave de oro del Divino Amor, confiando esta llave al corazón purísimo de María.

JUNIO

1.        Para conservar y alimentar el Amor  de  Dios  frecuentad  los  sacramentos: la confesión y la comunión.

2.        No  os  acerquéis  al  santo  altar más  que  para  inflamar  y  cada  vez más quemar vuestra alma con el fuego del divino amor.

3.        Preparaos  convenientemente  a la santa comunión; recordad que se trata del acto más santo que es posible hacer.

4.        Nuestro  buen  Jesús  no  ha  podido hacer otra cosa que dársenos a sí mismo en alimento a nuestra alma: amemos  pues  a  nuestro  tiernísimo amante.

5.        Tened una gran devoción al Santísimo   Sacramento,   no   perdáis   la ocasión de visitarlo con vuestro pobre corazón en todas las Iglesias.

6.        La mariposa revolotea en torno a la llama y se quema; así también el alma gira alrededor de la luz divina de la Eucaristía y se quema hasta ser reducida a cenizas.

7.        La Misa es el momento más apropiado para invocar al Eterno Padre, porque se le ofrece a su Divino Hijo encarnado y muerto por nuestra salvación.

8.        Volad en espíritu al corazón de Jesús Eucaristía, y allí, derretíos de dolor por las irreverencias que recibe de parte de los malos cristianos.

9.        Para reparar tantos ultrajes hechos a Jesús Eucaristía, el alma amante debe amarlo, loarlo y visitarlo a menudo por aquéllos que le ofenden.

10.   La santa comunión es el medio más eficaz que se puede encontrar para unirse a Dios.

11. Estad siempre preparados para la sagrada mesa, teniendo el corazón puro, y custodiad atentamente la lengua, porque ella es la primera en tocar la santa Hostia.

12. Obrad de modo que vuestro corazón sea un vivo tabernáculo de Jesús sacramentado, él quiere estar en compañía del amor. Amad a Dios y a los hermanos.

13.  En los días en que comulgáis, visitad con frecuencia a Jesús sacramentado y ofrecedle todas las adoraciones, los afectos y las acciones de gracias que el amor os inspire.

14.   Cuando comulguéis tratad de hacer vuestra preparación y vuestra acción de gracias con fervor.

15. Escuchad todos los días con mucha atención, la santa Misa y si podéis, varias.

16.  Visitad a menudo el Santísimo Sacramento, en el cual se encuentra la verdadera vida; si estáis impedidos visitadlo espiritualmente.

17.  El Santísimo Sacramento es el alimento de los débiles. Él fortalece al alma y también al cuerpo cuando se recibe con las debidas disposiciones.

18.  La verdadera preparación a la santa comunión es una fe viva y una profunda humildad, de la cual nace un conocimiento profundo de Dios y de nuestra nada.

19. Quiera el cielo que se reavive, en nuestra comunidad cristiana, el fervor eucarístico de la Iglesia primitiva.

20. Quién me diera alas de paloma para remontar el vuelo hacia el Divino Corazón de Jesús.

21.  Deseo que vuestro corazón se consuma cada vez más en holocausto al Sumo Bien en el templo santísimo del Sagrado Corazón de Jesús.

22. En el corazón de Jesús se compadecen sus dolores y el alma se sumerge en el baño sagrado de su Sangre, que tiene la virtud de embriagarte de amor.

23. Oh, Jesús, mi Sumo Bien, cuando fuiste flagelado, ¡cuáles eran los sentimientos de tu corazón!

24. Oh, Jesús, mi Sumo Bien, cuando fuiste coronado con dolorosas espinas y humillado con escarnios, ¡cuáles eran los sentimientos de tu sacratísimo corazón!

25. Entre a menudo en el corazón de Jesús; pero haceos pequeños, y quemaos después, abrasados por amor.

26. Escondeos como niños en pura fe y santo amor, en la herida del Sagrado Costado de Jesús.

27. Cuando seáis tentados, refugiaos en el calvario y entrad en el corazón purísimo de Jesús.

28. Permaneced escondidos lo más que podáis, encerrados, sepultados en el gran santuario del corazón de Jesús.

29. Reposad en paz sobre la cruz, o mejor, dormid un sueño de fe y de amor en el corazón de Jesús crucificado.

30. Corazón amantísimo de mi amado Jesús que probaste en toda tu vida tantas angustias, ¿cómo no debo yo soportar mis penas por tu amor?

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JULIO

1. Posad vuestro espíritu en el seno de vuestro Padre celestial.

2. Poned atención en no dormirse en la práctica de la virtud.

3.  Ejercítate mucho en el conocimiento de tu propia nada, para después dejar desaparecer esta nada en el inmenso todo que es Dios.

4.        Seamos generosos, sirvamos con corazón grande al Señor, practiquemos las virtudes grandes. Dios es nuestra fuerza y nos dará la victoria.

5.        Dejad vuestra alma en santa libertad, con el fin de estar en grado de recibir las impresiones divinas como a Dios le agrada.

6.        Quisiera que vuestra caridad fuese tan ardiente que inflamara a todos aquellos que se acercan a nosotros.

7.    Si queremos que nuestros corazones se inflamen en amor, es necesario que los dejemos purificar por las tentaciones, por las penas y por las tribulaciones.

8.    ¡Cuán feliz es el alma que se desprende de todo placer, de todo sentimiento y de todo juicio!

9.    Las aversiones, las contrariedades, las humillaciones se deben recibir con extremo agradecimiento a Dios.

10.  Una de las pruebas más claras de que se ama verdaderamente a Dios, es buscar conocer y hacer su voluntad.

11. Si Dios quiere despojarnos con privaciones y tribulaciones, dejadlo obrar, mientras tanto no descuidar la práctica de la virtud en la santa presencia del Señor.

12. Abandonaos en Dios, confiad en Él, despojaos de todo y Dios os vestirá a su modo.

13. Dejad que el alma se eleve libremente hacia el Sumo Bien, según las mociones del Divino Espíritu.

14. La mariposa da vueltas en torno a la llama y termina por quemarse; Así también si vuestra alma gira alrededor de la luz divina, se adentra, antes bien, se convierte en ceniza.

15.   La perfección de la oración consiste en una verdadera, pura y simplicísima desnudez y pobreza de espíritu, desprendido de toda consolación sensible.

16. Permaneced todo abismados en Dios, dejad caer vuestro pobre espíritu, como una gota de agua en aquel océano inmenso de caridad.

17. Perded de vista el cielo, la tierra, el mar y todo lo creado, y dejad que esta pobre gota de espíritu que Dios os ha dado se pierda en su origen, que es Dios infinitamente grande e infinitamente bueno

18. Huid de vosotros mismos y perdeos en Dios. Huid del tiempo y perdeos en la eternidad.

19. Despojaos de todos vuestros dones, porque nosotros los enlodamos con nuestras imperfecciones; haceos un sacrificio de alabanza, de honor y de bendición al Altísimo.

20.  Tratad de vivir despojados de todo consuelo sensible, sea interno como externo, para no caer en el vicio de la gula espiritual.

21.  Jesús oró tres horas sobre la cruz, fue una oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh, Dios, qué gran enseñanza! Rogad a Jesús que la imprima en vuestro corazón.

22. No debéis prestar demasiada atención a los favores espirituales. Procurad, más bien, la fuente divina de la cual derivan los arroyos. Los arroyos son buenos porque emanan de la fuente, pero la fuente en mejor.

23.   Abismaos y perdeos cada vez más en Dios con un amor puro y libre de toda propiedad, sin prestar atención a los consuelos sensibles.

24.  El alma no debe descansar en los dones sino en el donador.

25.  Los dones de Dios dejan en el alma humilde un gran conocimiento de la propia nada, amor a los desprecios y el fervor por todo ejercicio de virtudes.

26. En el jardín de la oración no es necesario divertirse con las hojas de los sentimientos y los consuelos sensibles; es necesario, más bien, recoger los frutos de la imitación de las virtudes de Cristo.

27.  Estad tranquilos en el corazón amantísimo de Jesús; no perdáis la paz, aunque tiemble el mundo.

28. Tened cuidado en mantener siempre la tranquilidad del corazón, porque Satanás pesca en aguas turbias.

29. Humillaos delante de Dios reavivando dulcemente la fe; escondeos del todo en Él.

30. Cuando seáis tentados de escrúpulos, decid: sí Jesús mío, yo espero que me hayas perdonado.

31. Custodiad vuestro espíritu libre de todo fantasma, desprendido de todas las criaturas, con el fin de que esté en grado de unirse más al Soberano Bien, con ferviente voluntad.

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AGOSTO

1.   Orad 24 horas al día; quiero decir, hacedlo todo con el corazón y el espíritu elevados a Dios.

2.   Cuidad el silencio como una llave de oro que custodia el gran tesoro de las otras virtudes que Dios ha puesto en vosotros.

3.   Atended a vuestros deberes y estad al mismo tiempo atentos a Dios, sumergiendo a menudo vuestro corazón  en  el  océano  inmenso  de  di vino amor.

4.   Los  dones  de  Dios  dan  un  gran conocimiento de su infinita Majestad y un gran conocimiento de la propia nada, tanto como para que el alma se abajara, por así decirlo, hasta ponerse bajo los pies de los demonios.

5. Los dones de Dios producen gran desprendimiento  de  todas  las  cosas y un gran amor por las cruces y los sufrimientos.

6.    Es necesario temer a la terrible bestia del amor propio; es una serpiente de siete cabezas que se mete en todo.

7.    El amor de Dios es celoso; para arruinarlo todo basta un granito de afecto desordenado a las criaturas.

8.    Leed en la frente de los pobres: todos llevan impreso el nombre de Jesucristo.

9.    Ánimo, pobres de Cristo, porque el paraíso es para los pobres.

10.  Los avisos dados con dulzura curan todas las heridas; dados con aspereza abren diez heridas.

11. Llenaos cada vez más de fe, de confianza, de humildad de corazón y no temáis nada.

12. No os dejéis jamás asustar por el demonio, estaos escondidos en Dios y nada podrá haceros daño.

13. Tened muy en cuenta las penas interiores y exteriores; es por medio de éstas que florece el pequeño jardín de Jesús, a causa de las virtudes que nos hacen practicar.

14.  Quien no ha sufrido y vencido una gran tentación no es digno de la divina contemplación.

15. Alegrémonos de ver a María elevada sobre los coros de los ángeles y colocada a la derecha de su divino Hijo.

16.   Las enfermedades largas son gracias grandes que Dios hace a las almas que más ama.

17. El alma es una semilla que Dios siembra en el gran campo que es la Iglesia; para que dé fruto es necesario que esta semilla misteriosa muera a fuerza de penas, dolores, de contrariedades y de persecuciones.

18.  Cuando os sintáis agitados por las pasiones, o por la cólera, entonces es el momento de callar. Jesús callaba en medio de sus penas. ¡Oh, sacrosanto silencio, rico de toda virtud!

19.  La enfermedad es una gracia grande de Dios. Ella nos enseña lo que somos. En ella se reconoce la paciencia, la humildad y la mortificación.

20. Si os lamentáis de vuestras cruces, de vuestros sufrimientos, no sabéis qué cosa es sufrir.

21. El puro amor de Dios hace parecer ligero y de poca importancia lo que se sufre por el Divino Amante.

22. Creedme: Si os parece que sufrís mucho, es signo de que amáis poco, muy poco, al Señor.

23.  El verdadero signo del Divino Amor es sufrir grandes cosas por el Amado Bien y creer que no se sufre nada.

24. Os ruego dejar ver lo menos posible vuestro tesoro. Comprendéis de cuál tesoro hablo, el tesoro de vuestros preciosos sufrimientos.

25. La perla de la virtud se forma en el fondo del mar del sufrimiento y en el seno del conocimiento de nuestra propia nada.

26. Poned en práctica estas preciosas palabras: Padecer y callar, ésta es una regla y un camino corto, para llegar a ser santo y perfecto en poco tiempo.

27. La santa virginidad se embellece y se hace más agradable a Dios en medio de las espinas, de las luchas, y de tentaciones horribles.

28. Ofreced con frecuencia vuestra voluntad a Dios y sentiréis un gran consuelo.

29.  Nuestro dulcísimo Jesús se deja vestir y despojar de sus vestidos, a su antojo. ¡Oh, dulce mansedumbre del Salvador! Tratad de imitarlo.

30.Amad el ver rotos todos vuestros propios proyectos, aunque sean muy buenos. Vendrá el tiempo en que el Señor os los hará realizar en manera perfecta.

31. Leed cada día un libro de piedad; huid, como huiríais del demonio, de las malas compañías.

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SEPTIEMBRE

1.        Oh, alma mía, estás muy lejos de  la  santidad,  como  la  tierra  de cielo.

2.        Me tendría por un réprobo o un dañado, si tuviese   tan sólo un pensamiento de orgullo.

3.        Un pecador tan grande como yo ¿de qué se enorgullece? Dios me tiene abierto ante mis ojos un gran libro, el conocimiento de mis propios pecados.

4.        Si me creyese necesario en este Si me creyese necesario en este mundo, estaría equivocado. El Señor no tiene necesidad de ninguno.

5.        Sed humildes, un granito de soberbia basta para arruinar una montaña de santidad.

6.        Dios se complace de quienes son humildes  y  se  hacen  pequeños;  los tiene escondidos en su divino pecho.

7.        La humildad y el desprecio de sí mismo, evitan las ilusiones.

8.        No hay por qué temer a la ilusión cuando se permanece y se avanza en el conocimiento de la propia nada.

9.        Mientras más se escave más se encuentra la horrible nada. Después se debe hacer desaparecer en el Divino Todo. Una N y una T, estas dos letras encierran una sublime perfección.

10.   La oración que humilla el alma, la inflama de amor, la lleva a la virtud y a la paciencia, no está de hecho, sujeta a la ilusión.

11.   Huid como de la peste de los consuelos que adulan, que inspiran vanidad y altos sentimientos de sí mismo; ellos, en efecto, vienen del demonio.

12.   El medio más eficaz para huir de las ilusiones es la verdadera y profunda humildad, el anonadamiento y el desprecio de sí.

13.  Los verdaderos consuelos y las luces divinas vienen siempre acompañadas de profunda humildad, de un tal conocimiento de sí mismo y de la majestad divina que el alma no tendría reparos para lanzarse a los pies de todos.

14.   Permanezcamos en nuestra nada y no nos ensalcemos hasta que Dios quiera elevarnos.

15.   Cuando Dios quiere elevar a un alma, ¡oh, qué dulce violencia le hace! Digo dulce, pero es tan fuerte que el alma no la puede resistir.

16. Permaneced en el estudio y mediación de vuestra nada, de vuestros pecados, de vuestras miserias, todo cuanto podáis; dejando vuestra alma en libertad para seguir los atractivos amorosos del Espíritu Santo.

17. Cuando os parezca gozar en las penas y en los desprecios, no hagáis caso, pues el demonio podría tentaros de vanidad.

18. Es mejor no hacer caso del propio juicio ni de las propias impresiones; es necesario temer y vigilar, buscando hacer sólo la voluntad de Dios.

19.El mundo está lleno de trampas, sólo los humildes las evitan.

20.  No os fiéis jamás de vosotros mismos así os parezca que vuestra oración produce buenos frutos.

21. Hacer el bien y estar persuadidos de que no se hace nada bueno, es signo de gran humildad, pero es tan sólo uno de los primeros grados de humildad.

22. Quien se conoce a fondo y conoce a Dios, es el verdadero humilde de corazón.

23. Quien se hace el más pequeño será el más grande: quien más se anonada más será exaltado y enriquecido.

24.  ¿Sabéis que hace Dios? Cuanto más nos humillamos en su presencia, más nos enriquece con su divina gracia.

25.  Cuando en la oración nos encontremos áridos, desolados y abandonados, conviene humillarse mucho delante de Dios y reconocer los propios pecados.

26. Pedid con humildad la ayuda y el socorro de la Divina Bondad para ofrecer con humilde resignación lo que Dios quiera enviarnos o permitirnos de contradictorio y doloroso.

27.  No hagáis caso de los honores, estimad en mucho la santa humildad.

28.  He aquí, la vía breve para ser revestidos de nuevos y maravillosos dones: Mirad con ojos de fe vuestra nada y como asustados por esta visión escondeos en el abismo de la Divina Misericordia.

29.  En la escuela de la divina sabiduría, quien se hace el más ignorante es el más sabio. Allí se comprende sin entender, por así decirlo, porque no sé explicarme de otra manera.

30. ¡Oh, santa ignorancia!, que haces perder de vista toda la sabiduría y la grandeza de este mundo, para aprender en la escuela del Espíritu Santo la ciencia y la sabiduría de los santos.

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OCTUBRE

1.   La  verdadera  vía de  la  santidad  es  caminar  siempre  en  espíritu de fe, abandonado en las manos de Dios, como un niño en el seno de la madre.

2.   Quien quiere ser santo debe hacerlo en modo que no haya en él ninguna cosa que no sea puramente de Dios.

3.   Realizad todas vuestras acciones por amor de Dios, y unidlas a las de Jesucristo, que es nuestro camino, verdad y vida.

4.   El corazón de los verdaderos siervos de Dios debe ser como un altar, en el cual se ofrece todo el día el oro de un ardiente amor, el incienso de una continua y humilde oración y la mirra de una incesante mortificación.

5.    Quien se eleva a Dios con gran confianza y humildad de corazón, aunque sea pobre y miserable, llega a ser, entre las manos de Dios un instrumento capaz de hacer grandes cosas.

6.    ¡Feliz el alma que se desprende de su propio sentimiento, de su propia voluntad y de su propio espíritu!

7.    Es necesario seguir la voluntad de Dios con prontitud, apenas sea conocida.

8.    Es necesario conformarse a la voluntad de Dios, lo mismo que la cera que acercada al fuego, toma la forma que se le quiere dar.

9.    Cualquier cosa que os suceda, no os debe preocupar; al contrario, con calma y dulzura decid: ¡Hágase la voluntad de Dios!

10.En las contrariedades es necesario decir: dejemos obrar a Dios; sea siempre bendito el Señor; lo que Él quiere lo quiero también yo, en el tiempo y en la eternidad.

11.  En los sufrimientos, en las desgracias, en las tribulaciones, es necesario humillarse y bajar la cabeza.

12.   Quien quiere prepararse a la santa oración y conservar sus frutos, debe mantenerse necesariamente en la presencia de Dios.

13.   Quien no puede orar mucho porque se halla impedido de los deberes de su estado, no se debe turbar, sino que se aplique a cumplir los deberes con exactitud y pureza de intención.

14.   Tened un corazón compasivo hacia los pobres y socorrerlos con amor en todo cuanto podáis.

15. Si no tenéis posibilidad de socorrer a vuestro prójimo, recomendadlo con fervor a Dios, cuyo imperio se extiende sobre todas las criaturas.

16. Cuando se considera a la luz de la fe y en el corazón del divino Redentor cuán preciosas son las almas, no se ahorrarán trabajos, fatigas y peligros, para socorrerlos y ayudarles en sus necesidades espirituales.

17.  La nobleza de las personas no debe impedirnos el advertirles con caridad y con sabia discreción.

18. Cuando se trata de obedecer es necesario bajar la cabeza.

19.  Abandonaos totalmente en las manos de vuestros superiores, que ellos puedan hacen con vosotros todo lo que quieran, para no ir en contra de la voluntad de Dios.

20.Tened deseos de que se os rompa vuestra voluntad en toda cosa, como el ciervo sediento ante la fuente de agua.

21.  Tened por perdida aquella jornada en la cual no habéis negado la propia voluntad, sometiéndola a alguno.

22. Mientras más seáis obedientes más estaréis en calma, tranquilos e indiferentes en cualquier oficio que os sea asignado.

23.  El cristiano obediente se hace cada vez más capaz de ayudar con su oración a la santa Iglesia; Jesús, en efecto, escucha la oración de aquellos que son obedientes.

24. ¡Oh, qué felicidad se encuentra en la vida comunitaria! Un tesoro precioso está encerrado en la perfecta vida comunitaria.

25.  La pobreza, tan aborrecida por el mundo, es una rica perla que contiene todo bien delante de Dios.

26. ¡Oh, qué gran tesoro se adquiere permaneciendo en oración!

27. Para custodiar la santa pureza es necesario amarla mucho, desconfiar de sí mismo, no fiarse de ninguno, así se trate de parientes, o de personas íntimas y amigas.

28. La oración, la lectura de libros santos, la frecuencia de los sacramentos, y en particular la huida del ocio, son los custodios de la santa pureza.

29. Estimad las cosas de los otros y despreciad las vuestras, confiad en todos menos en vosotros mismos.

30.Dios ama a las almas pequeñas y les enseña la alta sabiduría que está escondida a los sabios y prudentes del mundo.

31.  Es necesario estar persuadidos de que no se tiene nada, que no se puede nada, que no se sabe nada.

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NOVIEMBRE

1.   Los santos han vencido al demonio; caminemos sobre sus huellas y llegaremos a ser santos también nosotros.

2.   Ayudad  con  todos  los  medios posibles  a  las  almas  del  purgatorio; con el fin de que pronto puedan ir a gozar de la visión beatífica.

3.   La gloria del paraíso no es dada por los placeres y los bienes que se han gozado sobre la tierra, sino por los  sufrimientos  y  las  penas  que  se han soportado.

4.   Cuando  os  arrojáis  en  espíritu bajo  los  pies  de  todas  las  criaturas, incluso bajo los pies de los demonios: esto es lo que más agrada al Señor.

5.   El alma que se abaja hasta el fondo  del  infierno  hace  estremecer  al demonio, y el Sumo Bien la exalta al paraíso.

6.   ¡Ah, pobre mundo! ¡Cuán enfermo estás! ¡Cuántos males han caído sobre ti! La fe se ha oscurecido, la piedad se ha enfriado y casi ha desaparecido. ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! ¡Cuántos motivos hay para temer grandes castigos!

7.   No hagáis caso de las molestias y de las tentaciones que el demonio os causa en la santa oración.

8.   Humillaos mucho delante de Dios y abandonaos enteramente entre sus divinas manos con gran resignación a su santísima voluntad.

9.   Repetid vuestros mandamientos al demonio, ordenándole, en nombre de Jesucristo, que se aleje de vosotros.

10.   Las angustias y las luchas del espíritu purifican al alma como el oro es purificado por el fuego.

11. Las cruces y las penas mantienen el alma en humildad, hacen recurrir a menudo a Dios y practicar las más bellas virtudes cristianas, por las que el alma llega a ser querida por Dios y digna esposa del crucificado.

12.   Deseo mucho que vosotros améis la oración mental, el recogimiento interior, el desprendimiento de toda criatura, lo mismo que la práctica de todas las virtudes.

13.   Si tenemos nuestro corazón levantado a Dios, Él nos hará saltar sobre las montañas para que no desechemos de nuestro corazón sus santas y divinas inspiraciones.

14.  ¡Oh, qué corona tan grande se merece perseverando en el servicio de Dios en medio de tantas tribulaciones!

15.  ¡Sea siempre bendito el Señor que nos da la fuerza para sufrir, por su amor, toda suerte de penas!

16. Las obras de Dios han sido siempre combatidas con el fin de que resplandezca su Divina Magnificencia.

17. En esto consiste el punto principal de la vida devota: desprecio de sí y unión perfecta a la divina voluntad.

18.  Huid como de la peste de las confidencias con personas de otro sexo aunque sean devotas y santas; huid, porque aquí hay grandes peligros.

19.  Tened miedo de vosotros mismos; no os fiéis. Quien confía en sí mismo está ya caído.

20.El humilde no se fía de sí mismo; desconfía mucho de sí y pone toda su confianza en Dios.

21. Mirad vuestra nada y la maldad que hay en vosotros, raíz común a todos los hijos de Adán. Mirad ésta raíz como la capacidad de producir el más pestilente árbol de iniquidad.

22. Temeos a vosotros mismos; no os fiéis de vosotros; confiad en Dios, custodiad vuestros sentidos externos y huid del ocio.

23. Las disposiciones más próximas para la santa oración son: gran abstracción de todo lo que no es Dios, el perfecto despojo de todo lo sensible y mantenerse en la soledad interior.

24.  Guardaos de la curiosidad sutil del espíritu que quiere secretamente comprender lo que sucede en el reino interior del alma.

25. Si quieres estar seguro, entra en la divina soledad por la puerta que es Jesucristo y su Pasión santísima.

26.  Dejad reposar vuestra alma en Dios con una dulce atención amorosa, en un sagrado silencio de fe y de amor.

27. Sed fidelísimos a Dios, desprendidos de todo, aún de las conferencias espirituales, que deben ser breves.

28. Si queréis ser siervos de Dios, es necesario que seáis mudos, sordos, ciegos y muertos a todo lo que no es Dios.

29.  No es necesario justificarse jamás, ni lamentarse jamás, y a imitación de Jesucristo, mantenerse en un paciente, dulce y pacífico silencio interior y exterior, de otro modo no se hace nada. Poned mucho cuidado en todo esto.

30.  Es necesario dejar de decir, y estar mudo, ciego, sordo, es decir, padecer y callar, gozando de ser despreciado y tenido en nada.

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DICIEMBRE

1.   No os apoyéis sobre los gustos sensibles. Apoyaos sólo en Dios y en su santísima voluntad.

2.   Permaneced escondidos a todos, no  confiéis  en  vosotros  mismos,  y permaneced llenos de confianza en Dios.

3.   La fiesta de la santa cruz puede ser celebrada en todo momento en el santuario interior de los amantes del crucificado.

4.   ¿Sabéis cómo se celebra la fiesta de la santa cruz? Se celebra espiritualmente, padeciendo silenciosamente, sin apoyarse en criatura alguna.

5.   La fiesta de la Cruz ha sido siempre un banquete espiritual; se nutre de la divina voluntad según el ejemplo del amor crucificado.

6.   El pan de la divina voluntad es concedido de diversos modos: unas veces con penas de cuerpo y espíritu, otras con las contradicciones, las calumnias y los desprecios de parte de las criaturas.

7.   No son los favores espirituales los que santifican, sino la humildad profunda, y la verdadera caridad, reina de las virtudes.

8.   Las desgracias de este mundo, cuando son tomadas de la mano amorosa de Dios y con resignación a su santísima voluntad, sirven para hacernos avanzar cada vez más en la vía de los divinos mandamientos.

9.   La resignación a la voluntad de Dios en las desgracias del mundo es un medio eficaz para obtener gracias aún temporales

10. En todo acontecimiento conviene resignarse a la santísima voluntad de Dios, con espíritu pronto para recibir del mismo modo la prosperidad o la adversidad.

11. La virtud bien practicada, sobre todo en los casos imprevistos, no engaña nunca.

12.  Sed fuertes y constantes en los asaltos de vuestros enemigos, sobre todo del mundo engañador, que busca arrancar vuestra alma de las manos de Dios.

13.  Tened gran ánimo y gran resignación; Quien es el más resignado es el más santo, porque la verdadera resignación encierra la caridad perfecta.

14.  Preparad vuestro corazón con el fin de que el Divino Verbo hecho carne pueda nacer en él de modo espiritual.

15.  Feliz el alma que, bien purificada de los vicios, desprendida de toda cosa creada y en una profunda negación de sí, se mantiene en una santa y divina soledad. Ella renace en cada instante en el Divino Verbo a una vida nueva de santo amor, a una vida divina.

16. Pedid al Divino Niño que enriquezca cada vez más vuestra alma de dones y gracias celestiales.

17.  Contemplad el sublime misterio de la encarnación, misterio de caridad infinita y dejad que vuestra alma se sumerja y se abisme con toda libertad en ese océano infinito de todo bien.

18. Haced compañía al Divino Niño Jesús. ¡Qué maravilla! Ver a Dios hecho un niño pequeño.

19. Desead y pedid que entre Jesús, y en vuestra alma se haga pronto una gran alianza de amor.

20.  Recordad la huida de Jesús a Egipto con todos sus contratiempos y sufrimientos.

21. ¡Qué maravilla! ¡Ver a Dios envuelto en pobres pañales! Un Dios que yace en un puñado de paja entre dos animales.

22.  Que el dulcísimo niño Jesús, nacido en una humilde pesebrera, enriquezca vuestra alma con la plenitud de toda gracia y bendiciones celestiales.

23. Alegraos en la gran solemnidad de Navidad, porque el Divino Niño Jesús os invita al perdón en un exceso de amor.

24.  Después de que el Divino Niño Jesús nazca en esta suavísima solemnidad, hagámonos pequeños como Él, escondiéndonos en nuestra nada.

25.  Escondeos cada vez más profundamente en vuestra nada; sed humildes y sencillos como un niño si queréis ser verdaderos imitadores del Divino Niño Jesús.

26. Imitad al Divino Niño Jesús que se abandonaba del todo a los cuidados de su divina Madre, la santísima Virgen María.

27.  Es con la santa virtud como os disponéis a ser admitidos en la sagrada choza donde Jesús ha nacido, y allí calentar con el fuego de vuestros afectos al Divino Niño que tiembla de frío.

28. Considerad las incomodidades, el frío, la pobreza del lugar, la falta de lo necesario en que se encontraron Jesús, la santísima Virgen y san José.

29.  Poned vuestro corazón como pañal sagrado del dulcísimo Niño Jesús con el fin de que él lo reavive, lo anime y lo santifique, de modo que haga grandes cosas por el reino de Dios.

30. Poned vuestro corazón en el pecho amoroso del Divino Niño Jesús.

31. Pedid al Divino Niño que queme con su amor vuestro corazón y lo transforme en su santo Amor.

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Puntos clave de la espiritualidad de san Pablo de la Cruz

 1. Abandonarse en Dios.

La perfección más grande de un alma consiste en un verdadero y total abandono en las manos del Sumo Bien. Este abandono conlleva una perfecta resignación a la voluntad divina en todo lo que acontece.

Humillaos mucho cuando creáis recibir cualquier gracia delante de Dios. Muchas veces nos parece que cualquier gracia nos es concedida por nuestra oración, siendo otros los siervos de Dios que oran. ¡Oh, cuántos que parecían fuertes como los cedros del Líbano han caído! Un granito de orgullo puede hacer caer una montaña de santidad; por eso debéis manteneros escondidos a todos y retirados en el purísimo corazón de Jesús. Allí estaréis libres de todo mal.

No os turbéis por la aridez que probáis en la oración y por la distracción, aunque sea involuntaria. Es así como Dios purifica el corazón, con el fin de que esté dispuesto a unirse cada vez más perfectamente al Sumo Bien. En estas ocasiones reavivad dulcemente la fe; imaginaos estar en el calvario y dirigid todos vuestros pensamientos y miradas de amor a Jesús crucificado.

2. Con la oración

Es cosa excelente y santísima pensar en la Pasión del Salvador y meditarla. Éste es el medio para llegar a la unión con Dios, pero es necesario hacer notar que el alma no puede hacerlo siempre como al principio, por esto es necesario secundar los impulsos del Espíritu Santo y dejarse guiar según su querer.

Si no podéis meditar otra cosa que en la santísima vida, pasión y muerte del Salvador, continuad con las bendiciones del Señor, porque es en esta santa escuela donde se aprende la sabiduría verdadera y es aquí donde los santos se han instruido. Sucede muchas veces que nos encontramos en tal estado del espíritu que parece que no se puede hacer absolutamente nada. No se puede meditar, se tiene una gran obscuridad de espíritu, con tantas distracciones y con tales disgustos que dan ganas de salir corriendo. He aquí la manera de tranquilizarse en estas ocasiones. Os habéis propuesto meditar, por ejemplo, la dolorosa flagelación de Jesús, probáis una total disipación de espíritu que no sabéis cómo hacer para meditar. Poneos dulcemente en la presencia de Dios; reavivad dulcemente la fe sin esfuerzos de cabeza ni de pecho, creyendo firmemente que el Dios que amáis está todo dentro de vosotros, fuera de vosotros, en vuestro corazón, en vuestra alma, en vuestro cuerpo, por todas partes; y así abismado en el inmenso mar de su amor, bien escondido, con gran fe y reverencia, hablar en espíritu con vuestro Dios del sujeto de la meditación. Por ejemplo: ¡Ah, mi dulce Señor, amado mío! ¡Qué desgarro no habéis probado en vuestra flagelación! ¿Y por qué permanece tan insensible mi corazón?

Este coloquio se debe hacer con suavidad de espíritu, y si sentís que el corazón se llena de compasión, de paz y de otros sentimientos que Dios da, permaneced así todo recogido en Dios como una abeja sobre la flor, y libad la miel del santo amor en devoto silencio.

3. Estando sobre la cruz

Me alegro que el Señor os desprenda de toda satisfacción para enseñaros a servirlo con mayor pureza de intención. ¡Oh, qué gran bien es permanecer sobre la cruz con Jesús sin verlo ni gozarlo! Ésta es la vía breve para llegar a la feliz muerte a todo lo creado, para unirse con toda su pureza al Bien increado e inmenso. Cuando el alma se encuentra en este estado de privación se debe reavivar dulcemente la fe en la divina presencia y mantenerse abandonado en Dios, en este océano de amor, sin buscar el propio placer sino el querer de Dios. Sobre todo quiero que en vuestras comuniones no busquéis sentir un cierto sabor dulce al paladar. ¡Oh, con cuantas ilusiones podéis encontraros! El gusto de Jesús Eucaristía no se siente con la boca material, sino con el paladar de la fe y del alma. El verdadero modo de gustar a Jesús es el de abismarse todo en él, transformándose en él por amor, tanto como quedarse del todo divinizados. Éste trabajo el dulce Salvador lo realiza en nosotros, pero es necesaria también nuestra colaboración, con el ejercicio de las santas virtudes.

Respecto a los males del cuerpo, abandonaos enteramente a la obediencia al médico; decidle fielmente vuestras indisposiciones en términos modestos. No rechacéis las medicinas, tomadlas en el cáliz amoroso de Jesús, con rostro sereno y dulce. Tened reconocimiento con quien os cura, sed condescendientes en tomar lo que se os da como remedio; en fin, sed como un niño que se abandona del todo en los brazos y el seno de su padre. Permaneced sobre el lecho como sobre la cruz.

¡Oh, qué bellas virtudes se pueden practicar en la enfermedad! Sobre todo el amor a la propia abyección, el agradecimiento, la dulzura de corazón hacia los que os sirven; una total sumisión a los médicos y a los enfermeros, siempre con una cara agradable. Vivid reposando en el corazón dulcísimo del Sumo Bien.

Felices aquéllos que permanecen de buena gana crucificados con Jesús. ¿Qué quiero decir? Felices los que son fieles en sufrir toda pena por amor de Jesús. ¡Oh, qué gran tesoro se adquiere permaneciendo en oración árida y desolada! Es preciso sufrir las pruebas que nos vienen de Dios. Infelices los que en la prueba, abandonan el camino iniciado, porque caerán luego en la iniquidad.

4. Para conformarse a la Divina Voluntad

La tentación contra la fe es la menos peligrosa y trae grandes bienes al alma que es fiel en combatirla. Las otras tentaciones, si somos fieles en combatirlas, hacen un gran bien; nos humillan, nos instruyen, nos purifican como el oro en el fuego. Sed muy humildes, pero con la humildad verdadera del corazón que hace al alma amiga del propio menosprecio y sometida a todos.

La virtud más agradable a Dios es la resignación a su divina voluntad. Muy a menudo el Señor nos da el deseo de hacer grandes cosas, pero no quiere que seamos nosotros los que las hagamos. Sucede con frecuencia también que pedimos una gracia a Dios, y Dios nos la concede de otra manera, porque ésta contribuye mejor a nuestro mayor bien. Las tentaciones se vencen con humidad y el santo temor de Dios. El demonio tiene miedo de los humildes que desconfían de sí, les teme y les huye.

En las tentaciones retiraos al calvario y refugiaos en el costado purísimo de Jesús, y después reíros del demonio. Sobre todo no dejéis jamás la oración, aún cuando tengáis que sufrir las penas del infierno. Realizad vuestros quehaceres con pureza de intención por amor a Dios, y dejad gritar al demonio cuanto quiera.

El modo mejor para huir de las ilusiones es humillarse mucho, desconfiar de sí, conocer la propia nada, anonadarse delante de Dios y abandonarse con confianza filial en sus manos divinas. No os preocupéis de vuestras penas, sean grandes o pequeñas, no lo deseéis tampoco, más bien, amad en ellas la divina voluntad, sin hacer otras reflexiones.

5. Como Jesús

Como el querido Jesús ha querido que su santísima vida sobre la tierra, transcurriera en medio de penas, fatigas, esfuerzos, angustias, desprecios, calumnias, dolores, flagelos, clavos y espinas hasta la amarguísima muerte en cruz, igualmente los que se acercan a él deben conducir su vida en medio de las penas. ¡Pero, oh, gran Dios! ¡Qué será de nuestro corazón cuando nademos en aquel mar inmenso de dulzura! ¡Qué será cuando todos allá arriba en el cielo estemos todo transformados en Dios, por amor, y recibamos en premio aquel bien infinito que es la recompensa de nuestro Dios! ¡Qué será cuando cantemos por toda la eternidad las divinas misericordias, los triunfos del Cordero Inmaculado y de nuestra Madre la santísima Virgen María! ¡Qué será cuando cantemos si cesar aquel eterno trisagio: Santo, santo, santo! ¡Cuando con los santos cantemos el dulcísimo aleluya del cielo! ¡Qué será de nuestros corazones y de nuestro espíritu cuando estemos más unidos a Dios que el fuego al hierro incandescente, que sin dejar de ser hierro, parece todo fuego! Amemos pues a Dios, hagámonos muy pequeños y Dios nos hará grandes.

 

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De la vida del Santo a una vida santa

San Pablo de la Cruz nace en Ovada (Italia) el 3 de enero de 1694.

Educado en una familia cristiana crece con un carácter fuerte y con ideales grandes. Supo orientar su vida con opciones osadas y anticonformistas.

Rechazado un fututo prometedor que le era ofrecido por la familia, en1720, viste un hábito negro e inicia una vida de oración y de penitencia en la soledad del Monte Argentaro.

Ordenado sacerdote en 1727 emprende una intensísima actividad misionera.

En 1737, en el Monte Argentaro, fundó el primer convento. Y en 1741,

Benedicto XVI aprobó la Congregación Pasionista.

Como fundador promueve el crecimiento del Instituto con caridad, sabiduría y claridad de visión. En 1771 en Tarquinia (Italia) abre el primer monasterio de monjas pasionistas, que solía llamar “Las palomas del Calvario”.

Muere en Roma el 18 de octubre de 1775, en la casa de los santos Juan y Pablo, la cual llega a ser la casa central de la Congregación.

El 29 de junio de 1867, Pio IX lo declaró santo.

San Pablo de la Cruz es el santo de la Pasión de Jesucristo. El crucifijo fue el secreto de su vida de místico y de apóstol, y la idea inspiradora de su congregación. A los Pasionistas, sus hijos, ha confiado el compromiso de prolongar por los siglos su espíritu y su mensaje.

 

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La vocación Pasionista

San Pablo de la Cruz reunió compañeros para que vivieran juntos y anunciaran el Evangelio de Cristo.

Pone como fundamento de su vida y de su apostolado la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Él, discerniendo los males de su tiempo, descubrió y proclamó que el remedio está en la Pasión de Jesucristo, “la más grande y estupenda obra de Amor Divino”.

El pueblo los llamó “Pasionistas”. Para la Iglesia, que aprobó su Regla de vida, ellos forman la “Congregación de la Pasión de Jesucristo”.

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Los Pasionistas fieles al carisma del fundador:

1. Viven y trabajan en comunidades fraternas, cultivando el espíritu de oración, de soledad y de pobreza, para poder conseguir una más íntima unión de caridad con Dios y ser testigos de su amor.

2.    Siguen a Cristo crucificado haciendo del Evangelio la Regla de su vida y la fuente perenne de su apostolado.

 3.    Expresan la consagración a la Pasión del Señor con un voto especial: meditar y predicar la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

 4.    Llevan un hábito negro, y sobre el hábito un símbolo o “signo”: una cruz blanca grabada en un corazón, con la escritura JESU XPI PASSIO (Pasión de Jesucristo). Este símbolo recuerda a todos el mandato de san Pablo de la Cruz: “Nos dedicamos a hacer memoria de los sufrimientos de Jesús y a promover, en el corazón de los fieles, una verdadera devoción a la Pasión”.

 

 

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Adoración a las cinco llagas*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2010

 

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro. En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Adoramos, Señor, la llaga de tu mano izquierda, y te pedimos la gracia de nunca ofenderte con nuestras manos. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu mano derecha, y te pedimos por ella que nos concedas la gracia de ha­cer siempre buenas obras. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu pie izquierdo, y te pedimos por ella la gracia de evitar toda mala com­pañía y todo cuanto pueda arrebatarnos la inocen-cia. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu pie derecho, y te pedimos la gracia de andar siempre por el camino de la vida eterna. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Adoramos, Señor, la llaga de tu sacratísimo costado, y te pedimos por ella la gracia de hallar siempre en él seguro refugio contra las tentaciones y asaltos del enemigo. Amén.

Padre nuestro, avemaría y gloria.

Ant. Cristo se hizo obediente por nosotros hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le dio un Nombre sobre todo nombre.

Oración

Mira con piedad, Señor, te rogamos, a esta familia tuya, por la que nuestro Señor Jesucristo no vaciló en entregarse a las manos de sus verdugos y en padecer el tormento de la Cruz, quien vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén

Te pido, Señor mío Jesucristo, que tu pasión sea para mí fuerza que me sostenga, proteja y defienda; tus llagas, comida y bebida que me alimente, em­briague y deleite; la aspersión de tu sangre, salva­ción de todos mis pecados; tu muerte, vida indefi­ciente; y tu cruz, gloria sempiterna; tenga yo en ellos mi sustento, mi alegría, mi salud y la dulzura de mi corazón, tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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Ciclo C, XII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2010

¿Sabemos lo que valemos?

 

Se dice siempre que las diferencias que los seres humanos hemos puesto entre nosotros deben acabar, y para ello se han propuesto muchos caminos, que infortunadamente no han logrado su objetivo.

San Pablo nos presenta hoy en su carta a los gálatas la solución que nos ofrece el mismo Dios, nuestro Creador:

Por el Bautismo nos hemos revestido de Cristo, estamos en Él y somos hijos de Dios. Por ese Bautismo ya no hay diferencia entre unos y otros, ni siquiera se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos somos uno solo, en Cristo Jesús.

Pero, ¿cómo es posible que el Bautismo nos haya hecho a todos iguales?

Parte de la respuesta está en la primera lectura, donde el profeta Zacarías cita al mismo Dios diciendo: Dispondré el ánimo de los descendientes de David y de los habitantes de Jerusalén para que vuelvan a Mí con amor y confianza.

Ese amor y esa confianza nos nacieron al ver que Cristo murió por amor a nosotros, como cuenta el profeta: Llorarán por aquel que ha sido traspasado, como se siente la muerte de un hijo único, y lo echarán de menos como se lamenta el fallecimiento del primer hijo.

Y el resto de la respuesta está en el Evangelio: cuando san Pedro respondió: «Tú eres el Cristo de Dios», Jesús les hizo esta advertencia: «El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará.»

Esto quiere decir que fue su Pasión y su muerte las que nos hicieron iguales a todos los bautizados; con ellas ahora comprendemos que no solamente somos iguales sino hermanos.

Ya que todos fuimos comprados a tan alto precio, debemos actuar en consecuencia: ¿Nos tratamos como hermanos?

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La purificación del amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

 

El amor en las almas de elección es una tendencia hacia Dios y hacia cuanto se relaciona con Él; tendencia que con el ejercicio y el sacrificio crece y crece hasta poder llamarse incendio. Este incendio lleva al alma hacia la unión con Dios de un modo irresistible, por decirlo así.

No sucede esto del mismo modo en las almas ordina­rias, en las cuales el amor no es una tendencia sino un esfuerzo del alma hacia Dios. Este esfuerzo naturalmente va haciéndose fácil a medida que el alma se ejercita en las obras del amor, y si es fiel puede granjearse la predilección de Dios, y su amor crece y crece hasta ha­cerse incendio, como se ha dicho, en las almas de espe­cial elección de Dios.

Pero en ambos casos el Amor se resiente de nuestra imperfección, y es como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene, porque el Amor se va amoldando al ser y modo natural del sujeto que lo recibe, resultando imperfecto como es él. Como Dios es la pureza y simplicidad por excelencia, natural­mente le desagradan estas imperfecciones; por eso el Espíritu Santo mismo se encarga de purificar este amor por medio de un admirable proceso, lento a veces, pero seguro siempre. A esto llamamos la purificación del amor y por ella, como se ha dicho, Dios se convierte para el alma en amarguísima mirra[1].

El proceso se verificará más o menos así:

El alma plena de este divinísimo amor, fuente de ale­grías celestiales, origen de plenitudes desconocidas fuera de él, siente que se entrega a él, con dulzuras y alegrías inefables que la hacen exclamar llena de júbilo, palabras de amor.

Otras veces se muestra satisfecha por la perfección de su Amado, y convida a todas las criaturas para que la ayuden a cantar su amor. Su vida es un festín de alegrías y dulzuras incom­prensibles para los mundanos. Ella, es decir, el alma herida por este amor, echa lejos de sí los afectos de la tierra, y ama la soledad porque en ella se le comunica el Amado de su corazón; por eso guarda su secreto llena de júbilo.

Mas este amor, por muy puro que parezca, en el fon­do tiene algo humano, algo de satisfacción propia, al­guna de tantas malezas de las que sabe producir la naturaleza humana caída, y que le impiden el brillo diamantino que debe tener a los ojos de Dios.

Pero aguardad: Dios va a purificarlo de su escoria para que nada lo empañe.

Esta alma que estaba embriagada de amor, comienza a sentir desolaciones hon­das e inexplicables ansias insaciables,… ¡languideces ex­trañas!… ¡Busca por donde quiera al Amado de su alma, a quien cree haber perdido! Inquiere por todas partes… Pregunta a su propia conciencia… pulsa su corazón… Como no obtiene respuesta, se vuelve al mismo Amado y llorosa dice: “¿En dónde puede encontrarte mi alma que está abrasada en ansias de un amor desolado; dónde he de buscarte, dulzura mía?”

Así, estas desolaciones, ansias y embriagueces amoro­samente dolorosas van arrancando del alma los gustos de la tierra que en ella permanecían, a pesar de todo le van quitando el amor a las satisfaccioncillas; los pequeños in­tereses propios que lleva como ocultos, se le acaban. El amor se hace menos sensible, se simplifica. Desaparece el apego a las prácticas exteriores. El sufrimiento comienza a serle amable y como de imperiosa necesidad.

¡Ay! el alma así herida llega por fin al “Sólo Dios basta” de Santa Teresa y, como quien pasa de un hemisferio a otro, se encuentra en una vida completamente nueva. Nada echa de menos y lo tiene todo, sin tener nada. La vehemencia de los deseos cede su puesto a la dulce tran­quilidad de una plenitud desconocida. Parece que todo calla en su interior y que el exterior, aunque sea turbulen­to, difícil, no penetra en ella. He aquí la transición.

Es que el amor purificado trae su atmósfera propia. Un vacío de criaturas, una como especie de dejadez y abandono amoroso, suceden a aquel abismo insondable de desolaciones y penas interiores. Ella misma cree ha­ber desaparecido y la paz de aquella alma es mar sin riberas. Cierta placidez se refleja en su semblante y la bondad de su corazón hacia el prójimo parece que se refina en condescendencias inesperadas.

Pero, deja alma afortunada que la herida aún no ha adquirido toda su profundidad. Esta plácida tarde de ve­rano ha de transformarse en mar de amarguras dulces y de negruras luminosas. Bien pronto destacará en aquella llaga de amor, un punto nuevo doloroso.

Una amargura que se parece a la ausencia de Dios que sentía en los principios de la desolación amarga se pre­senta entonces; pero bien comprende el alma que Dios está con ella. Es una pena honda… honda… Quizás sea la repercusión sentida y como grabada en la parte supe­rior del espíritu, del reposado deseo que Dios tiene de unírsele, de fundirla en Él, y el alma afortunada no sabe explicársela. Esto constituye un dolor fino y recio que la hiere duramente y que es el medio de Dios para terminar la lenta purificación de aquel amor.

En este estado el alma, libre de todo lazo de interés propio, hace suyos los intereses de Dios. La voluntad lle­na de energía para todo aquello que se refiere al bien de Dios, unificándose con la de Él, parece que se pierde en ella. No sabe ya querer lo que Dios no quiere y quiere lo que Él quiere como en el mismo querer de Dios. Dice entonces con San Pablo: “Vivo mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Y he ahí la etapa del celo que consume. “Dame almas y toma lo demás”, es lo único que dice. El celo, en este estado del alma, es como la válvula que da salida a las avenidas del Amor y alivia el alma que sólo se alimenta del los sacrificios que Él le impone. Como cierva herida, clama por la gloria de su Señor y no tiene consuelo si no la ve cumplida y he aquí el mar de dolor, del cual el alma no quiere por ninguna cosa, ni del cielo ni de la tierra, aliviarse.

Nada busca ya para ella; ya ha muerto místicamente y sólo suspira por la extensión de la gloria de Dios; tiene sed abrasadora de darle lo que Él con tanto afán busca: las almas. Quisiera no sólo darle las que ya están creadas sino crearle millones más para coronarlo. Surgen enton­ces mil deseos imposibles, que Dios recibe como realida­des. Ella quiere darle a Dios lo mismo que tiene, como si de ello careciera. Quiere con vivas ansias que termine pronto el imperio del pecado y gime por no realizar este deseo; quiere tener millones de corazones para amar y entrañas para envolver al prójimo. En medio del casi in­menso dolor que la hace sentir el ver a Dios ofendido, quiere morir y exclama con Santa Magdalena de Pazzis: “Padecer y no morir…”.

Hace entonces suyos las lamentaciones de Jeremías por la desolación de la gloria de Dios menoscabada. Ya pide a los peñascos sus cuevas para retirarse a llorar el desconocimiento de Dios, ya quiere como los cautivos de Israel colgar su arpa de los cipreses a orillas de los ríos de Babilonia, porque no quiere cantos en la tierra de los pecadores. No quiere consuelo mientras el Dios de su alma no sea amado de todos.

En fin, esta alma feliz vive de amor muriendo y quiere recibir en sí todos los tiros que el pecado asesta contra la gloria de su Amado. Y en el mar de su dolor, Dios es para ella, como dice el Cantar de los Cantares: “Hacecito de mirra”. Es decir que la amargura que le causa estará siempre con ella.

Efectivamente, esta pena, esta agonía interior, la acom­pañará hasta que, al dejar la tierra, suba como incienso de suave olor, a gozar de la gloria del que tanto amó y por quien tanto sufrió, en compañía de la legión de al­mas, hijas de su celo, frutos de su martirio.

Estas almas, aunque estén en lo más recóndito de una cartuja, son esencialmente apostólicas porque así lo re­quiere la fuerza de su amor; salvan las almas como los más denodados misioneros y son poderosos ante Dios de modo estupendo.

La meditación asidua de la Sagrada Pasión

Las almas que tienen atractivo especial por los miste­rios de la Pasión, se alimentan del amor de compasión y reciben, por medio de él, los fenómenos de purificación de que hemos hablado antes; y aunque sus agonías y penas interiores son ordinariamente de otro género, las llevan a un resultado semejante y terminan en una altura que, delante de Dios, da el rendimiento del más subido apostolado, si el alma es constantemente fiel.

Para estas almas llega del mismo modo Dios a ser manojito de mirra porque se empapan en los dolores de Jesús en su Sagrada Pasión, la meditan contemplando la Divinidad tan inseparable y misteriosamente unida a ese Cuerpo y Alma oprimidos por el dolor y la humilla­ción, y cada uno de los atributos divinos va produciendo en aquellas almas, a través del amor de compasión, una influencia purificadora de conocimiento y de amor. Aún en los menores detalles de la Sagrada Pasión, ven flotar las grandezas de la Divinidad, y por eso su meditación es propiamente una subida contemplación. Los dolores ínti­mos de Jesús tocan la fibra más delicada de esas almas, porque conocen que el origen de su intensidad son los atributos de la divinidad, en ellos reflejada.

Estas almas llegan a reflejar en sí el majestuoso dolor de pésame que brota la Pasión de Jesús, y comprenden de modo estupendo —insondable— la amargura del amabi­lísimo Corazón de Jesús, bajo cuyo conocimiento parece que se aniquilan delante de Dios.

Venturosas almas que purificadas por el amor de com­pasión, abrazando el Crucifijo y con Él, los intereses de Dios menoscabados en el mundo, gritan como la Esposa de los Cantares: “Manojito de mirra es mi Amado para mí”.

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* Introducción del libro: Manojitos de mirra, de la beata Laura Montoya

   Hermanas Lauritas: cra. 4 nº 11-45 sur, Bogotá, Colombia. Tel.: 3335542


[1] Entiéndase que la mirra es una resina fina, olorosa y amarga, perfecto símbolo de la Pa­sión de Jesús que es fino amor, perfume delicado del alma, que la contempla y amargura honda y profunda para el corazón amante y agradecido

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Los estigmas místicos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

El estigma es una huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos que estaban en éxtasis, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo.

Siempre se ha explicado que, en el proceso de la santidad a la que todos estamos llamados, y queriendo retribuir de algún modo el derroche de amor de Cristo para con nosotros, algunos han deseado identificarse tanto con Él, que Dios, en su inmensa misericordia y cuando su infinita sabiduría lo determina, les otorga el privilegio de vivir su misma Pasión, confiriéndoles participar de los estigmas que marcaron las manos, los pies y el costado de Jesús.

San Francisco de Asís fue el primero, en la historia del cristianismo, en recibir este milagro del amor divino. Luego, varias santas y santos han tenido la misma experiencia con estigmas visibles o invisibles.

Por otra parte, es admirable verificar cómo estos y todos los santos vivieron tantos y tan altos deleites y gozos espirituales, que nunca retrocedieron en la búsqueda de esa felicidad que se da en el encuentro con la divinidad. Solo así se puede explicar el martirio.

Sabemos también que ninguna vida santa estuvo exenta de sufrimiento. De hecho, los místicos, como san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, afirman que es imposible llegar a Dios sin pasar por la Cruz de Cristo.

El primero de ellos explica que el corazón del hombre debe estar vacío para que pueda entrar Dios, ya que Él no puede competir con las criaturas. Es necesario, por lo tanto, que se purifique de los apegos que posee, para vaciarse por completo y, así, ser llenado por Dios, único que puede calmar las ansias de felicidad que bullen siempre en su interior. Ese proceso de purificación se lleva a cabo atravesando dos «noches» —la noche oscura del sentido y la noche oscura del espíritu— dolorosas, antes de llegar al estado de perfección.

Para san Pablo de la Cruz ese estado de perfección es la muerte mística, que el alma debe experimentar para llegar con santidad a la divinidad. Muerta, es decir, purificada de todos los apegos y apetitos desordenados, el alma se hace susceptible del inefable Amor divino.

En ambos santos, morir a las imperfecciones es indispensable para que Dios pueda abrasar al alma con su amor, llenándola de esos maravillosos deleites y gozos espirituales, con los que queda prendada de Él y deseosa de nunca más apartarse de esa fuente inagotable de felicidad, por la que vive y muere de amor.

Estas imperfecciones o impurezas del alma consisten en que el ser humano, por la herida que le dejó el pecado original, se apega a lo creado: el cosmos, las plantas, los animales, los otros seres humanos y él mismo.

En vez de descubrir en las criaturas al Creador, y vivir enamorado de Él, admirándolo y alabándolo y bendiciéndolo por su propia vida y por la existencia de las demás criaturas, se queda absorto en ellas y en sí mismo, y hasta se enamora desordenadamente de sí mismo y de las otras criaturas, dándose y dándoles más valor que a Dios: lo creado se convierte en la finalidad de su vida y de su actuar, olvidándose de darle gloria a quien le dio la vida y le promete la eterna felicidad en el Cielo.

Por eso vino Jesús: para remediar el desprecio que el hombre le hizo a su Creador, sufrió una horrible Pasión y murió en una Cruz. Ahora el ser humano ha sido perdonado y tiene derecho a la felicidad sin fin.

Además, Jesucristo quiere que todos seamos tan felices como lo fueron los santos. De hecho, Él mismo nos dijo que fuéramos santos como nuestro Padre celestial. Y ser santo consiste en no pasar por el purgatorio, ese estado donde las almas pagan la pena temporal y se purgan de sus apegos, de sus apetitos desordenados, de sus imperfecciones…, en una palabra: de sus impurezas; pues nada impuro entrará en el Cielo para gozar del Amor infinito e inefable que Dios nos tiene preparado.

Y, como si fuera poco, se puede comenzar a experimentar esa dicha en la vida presente.

Quienes desean lograr ambas cosas, ser verdaderos santos y vivir en esta existencia esas dulzuras espirituales —regalo de Dios— tan enriquecedoras y bellas como ninguna otra, saben que es necesario ser cristiano hasta las últimas consecuencias, es decir, seguir decididamente a Cristo. Y eso significa vivir como Él y morir como Él.

A esa fascinante invitación se puede responder aceptando los estigmas místicos, es decir, unas marcas o señales en el alma, que, como los estigmas del cuerpo, son dolorosas, pero que están revestidas de la experiencia de lo divino y que, por lo tanto, llevarán al alma a paladear los más altos y más sublimes deleites que pueda experimentar el ser humano, deleites que no se pueden comparar con los placeres físicos, emocionales o afectivos que esta vida temporal pueda deparar.

Esas marcas místicas hacen sufrir, puesto que desarraigan en nosotros los apegos. Pero, luego de la herida, aparece una cicatriz en el alma, el estigma, prueba irrefutable de una batalla ganada en esa guerra por la felicidad eterna, y señal de deferencia divina.

A veces, la lucha interior —la ascética— será la encargada de ir eliminando los apegos; otras veces, el mismo Dios hará el trabajo sin participación activa del alma —la mística—: como para el ser humano es imposible lograr la santidad, el Señor, dueño de todo, irá puliendo esas impurezas del alma, los apetitos desordenados, para hacerla más digna de sí, más apta para su grandioso Amor. Ambos procesos producen dolor; de hecho, cuanto más arraigados están los apegos, tanto más duele erradicarlos.

Así, el alma va subiendo hacia Dios, hasta que es envuelta por ese Amor infinito, que llena todas sus ansias interiores de eterna bienaventuranza.

El proceso es dirigido por el Espíritu Santo y, en ocasiones, extrañará al alma el sistema que Él utiliza y los vericuetos por donde es guiada; pero ha de saberse que la sabiduría del Santo Espíritu sobrepasa infinitamente la del hombre, con lo que queda claro que la criatura no debe pretender entenderlo, pues no lo lograría.

Las virtudes teologales son las únicas que pueden llevar al alma a tan añorada meta.

Fe, creer en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…, en fin, en todo lo que se afirma en el Credo y en todo lo que está consignado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Esperanza en la vida eterna, donde y cuando el alma se encontrará con ese Ser maravilloso que sobrepasará con creces toda idea de felicidad: toda la belleza, toda la bondad, toda la verdad, todo el amor en un solo ser.

Y, por último, la Caridad o el Amor que se presiente ya en esta vida, en la entrega total a hacer la voluntad de Dios y a servir a los hombres, nuestros hermanos.

La consigna, entonces, es luchar por erradicar los apegos cuanto se pueda y, luego, abandonarse místicamente en Dios amándolo sin reservas egoístas, con la esperanza puesta en Él y solo en Él, y llenos de fe.

La Pasión del Señor

En cada renglón de la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo se encuentran lecciones utilísimas que el alma no debe desaprovechar, si quiere llegar a gozar de las delicias espirituales, junto a Dios.

Por eso, para cada estigma místico, vale la pena desgranar esas enseñanzas, paso a paso, como se muestra a continuación.

 

El estigma místico del servicio humilde

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo. Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde». Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo». Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo.

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. (Jn 13, 1-17)

Desde los primeros versículos, san Juan, el apóstol y evangelista, despierta en sus lectores la curiosidad por lo que va a suceder, escribiendo que Jesús, «sabiendo que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Es el modo de prepararse el alma para iniciar el camino hacia Dios: amar hasta el extremo, sin reservas. Se entrevé ya que el compromiso es total, que nada se debe guardar el alma para sí misma: se trata de una entrega completa, «hasta el extremo».

Lavar los pies era una labor de esclavos, y Jesús quiere que hagamos lo mismo con nuestros hermanos: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo». Si el Maestro da ese ejemplo, sus discípulos, los cristianos, ¿qué debemos hacer? ¿Servimos así a nuestros hermanos? Cuando prestamos cualquier servicio, ¿lo hacemos con esos sentimientos? ¿Hasta qué punto está el alma dispuesta a llegar?, ¿hasta la esclavitud?… «Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica». Se vislumbra una promesa: quien ponga en práctica este consejo será feliz, con el concepto de felicidad de todo un Dios. ¿No vale la pena intentarlo?

Un vistazo a nuestra vida pasada hará a más de uno recordar todas aquellas ocasiones en las que prestamos servicios por algún interés oscuro y escondido: para que nos admiren, para que digan que somos buenos…; y Jesús lo que desea es nuestra humildad. Otras veces lo hicimos para ganarnos la aceptación de alguien y sacar de él o de ella algún provecho, para «cobrar» más adelante el servicio…; y Jesús busca que aprendamos a amar sin esperar nada a cambio. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¡Cuánto por corregir!

Cada corrección producirá una cicatriz, pero nos acercará a la meta final.

A continuación, léase lo que el mismo Jesús dictó acerca de este episodio del Evangelio a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús[1], a comienzos del siglo XX:

«Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles… Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.»

Y nosotros, ¿cuántas veces excluimos a los demás porque, a nuestro juicio, son pecadores? ¿Cuántas veces los despreciamos, en vez de aprender el inmenso Amor que acongoja el Corazón de Jesús por la pérdida de las almas y la continua invitación que les hace: «os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo.».? ¿Qué tan lejos estamos de tener los sentimientos de Jesús?

¿Recordamos que hay que «humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas […] ceñirse con la mortificación y la propia abnegación […] lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos»? ¿Cuánta rudeza hay para con los pecadores? ¿Nos humillamos realmente? ¿Nos abnegamos y nos mortificamos por los pecadores y por nuestros seres queridos? ¿Cuántas veces divulgamos los defectos de los demás?; o, por el contrario, ¿los disimulamos y los excusamos como Jesús quiere?

Para erradicar estas infecciones se requiere de mucha lucha interior (ascética) y de ayuda del Espíritu Santo (mística), lucha y ayuda espiritual que producirán en nuestras almas el estigma místico del servicio humilde. 

Por lo tanto, conviene realizar actos de servicio llenos de humildad, muestras de cariño fraternal para con los pecadores, orar y mortificarse constantemente por ellos, saber abnegarse en los gustos y en las aficiones, entrenarse en callar cuando se ven los defectos de los demás, disculparlos siempre…

Además, es imprescindible orar para pedir la ayuda del Espíritu Santo, con perseverancia y confiando en que esa ayuda llegará, cuando y como Él lo juzgue mejor.

 

El estigma místico del amor a los enemigos

Sigamos analizando el Evangelio:

«No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra Mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy». Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar». (Jn 13, 18-19. 21)

Jesús estaba dolido por la certeza que tenía de que Judas lo traicionaría pero, a pesar de saberlo, Él no hará lo mismo: «aun cuando [las almas] estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas».

En estos versículos se deduce un gesto maravilloso del Amor divino: devolver bien por mal, ahogar el mal en abundancia de bien. ¿Actuamos así? ¿Hacemos esto por quienes nos ofenden? ¿Lo hacemos con cariño, con amor verdadero?, ¿como Jesús? ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por la ira!

En cambio, Jesús, delante de Judas, dice lo que va a suceder, como dándole una oportunidad más para que recapacite. Y lo seguirá haciendo: más y más oportunidades para estimular el amor de quien lo hiere.

¿Cuántas oportunidades le damos a quienes nos ofenden? ¿Les hablamos con cariño, pensando en su bienestar espiritual? O, por el contrario, ¿los ignoramos? O, peor, ¿nos lanzamos a atacarlos?…

¡Cuánto cuesta purificarnos en este sentido! Pero vale la pena: compartiremos con Nuestro Señor el dolor que le causamos los hombres durante toda la historia de la humanidad; al fin y al cabo, nos lo merecíamos nosotros, ¡no Él!. Y lo mejor: tendremos otro estigma místico, muestra de su predilección por nosotros, con lo que iremos ganando en pureza, para —algún día— hacernos aptos de su Amor total y disfrutar de los gozos y deleites espirituales que nos tiene reservados.

 

El estigma místico del amor al prójimo

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en Él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, Yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde Yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como Yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por Mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». (Jn 13, 31-38)

Las fuerzas para seguir al Señor y para morir por Él no son nuestras: nos las da el Espíritu Santo, cuando lo juzgue necesario. Para llegar a gozar de la felicidad, es cierto, tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestros apegos por las criaturas, de modo que Jesús viva en nosotros.

Pero Él especifica que primero debemos amarnos como nos amó Jesús. Después llegará esa fuerza que nos hará capaces de dar la vida, en una muerte mística, para poder tener acceso al Cielo: solo cuando estemos totalmente puros seremos idóneos para gozar de la felicidad que nos ofrece Dios.

Ese paso previo, amarnos como nos amó Jesús, ¿cómo lo estamos viviendo? Jesús nos amó padeciendo y muriendo en una Cruz. ¿Nos amamos así? ¿No es verdad que todavía queda mucho por purificar? ¿No es verdad que todavía estamos muy apegados a nosotros mismos?

Amar significa vivir y morir por la felicidad de quien amamos; ¿estamos haciendo eso por los demás? ¿Cuánto oramos por ellos? ¿Cuántos sacrificios ofrecemos por ellos? ¿Cuánto tiempo les damos?…

Solo cuando aprendamos a amar, podremos seguir al Señor en la muerte mística, presagio de nuestra felicidad.

 

El estigma místico de aceptar el desprecio

Acudamos de nuevo al Evangelio:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que Yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a Mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes? Les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora su pecado no tiene disculpa. El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que nadie hizo jamás, no serían culpables de pecado; pero las han visto y me han odiado a Mí y a mi Padre. Así se cumple la palabra que se puede leer en su Ley: Me odiaron sin causa alguna. Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser Él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de Mí. Y ustedes también darán testimonio de Mí, pues han estado conmigo desde el principio. Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a Mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho». (Jn 15, 18 — 16, 4)

Esta perícopa muestra otro proceso de purificación —indispensable— que se lleva a cabo en el alma de quien desea llegar a la muerte mística del yo, y permitir así la acción imponderable del Espíritu Santo en el alma.

El mundo nos odia, porque seguimos a Cristo y, por eso mismo, no somos del mundo.

El mundo, en la Escritura, casi siempre da a entender los apegos por las criaturas, el apetito desordenado de bienes terrenos o, como dijera el mismo evangelista, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida. Esto significa que nuestro corazón está arraigado en los bienes —criaturas, al fin y al cabo—, con lo que le impedimos a Dios su acción benéfica en nuestra alma.

Una vez eliminado el apego por el mundo, puestas las miras en el Creador, el Espíritu Santo abraza al alma con su Amor, mientras que el resto de los hombres (apegados todavía al mundo) nos ve como extraños, locos o estúpidos. Y es que el demonio les dice que a esos tales hay que odiarlos, puesto que con su testimonio gritan que hay que arrancar todo placer mundano, cosa que el mundo no puede aceptar, dado el apego tan grande con que los tiene dominados.

Ese odio que nos tienen ya se lo tuvieron a Jesús. Y fue tan grande, que lo mataron. ¿Somos capaces de soportar por amor a Jesús el desdén, el desprecio, el odio? Hay que sacar el bisturí para cortar donde sea necesario. O, si no podemos solos, orar para que el Señor lo haga: que nos purifique de nuestro apego al «qué dirán», del apego a nuestra imagen, etc. Dolerá, pero se limpiará nuestro corazón para que quepa Jesús más a sus anchas, más cómodo, desde donde nos llenará de su Amor.

El estigma que quedará, el del desprecio de los demás, nos enseñará a valorar las cosas, las circunstancias y los seres como son en realidad, no como erróneamente las valorábamos antes. Y así nos iremos dando cuenta de que, junto a Dios somos unas simples criaturas que nada merecen, pero que son infinitamente amadas por el Señor.

 

El estigma místico de no sentir a Dios

«Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver». Algunos discípulos se preguntaban: «¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”?» Y se preguntaban: «¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir». Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: «Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver. En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo. La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo! Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero Yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo». (Jn 16, 16-22)

Sucede con frecuencia (y aun en medio del desprecio de los demás y de otras heridas): sentimos que Dios no está presente, que se ha alejado; parece como que se olvidó de nosotros… Primero, habíamos sentido su presencia, quizá con visiones espirituales, quizá con locuciones interiores, quizá con sentimientos de gozo… Y, de pronto, sequedad, silencio.

Es el momento de dar gracias: el Señor nos está enseñando que no debemos apoyarnos en esas cosas para progresar en la vida espiritual y/o nos está probando (en el sentido de producir el efecto que se necesita): nos está purificando, para que desaparezcan esos apegos a los favores espirituales que a veces nos regala, para que nuestro corazón lo ame solo a Él, no a sus dones.

Con esta purificación avanza muchísimo más el alma, que si nos regalara más y más obsequios espirituales. Es necesario aprender, además, que esas gracias vienen a nuestra alma porque Él así lo quiere, no por mérito alguno de nuestra parte. Además, poco a poco iremos aprendiendo si esas cosas que sentimos provienen realmente de Dios o, por el contrario, las envía el demonio o son producto de nuestra imaginación, en razón de nuestra pequeñez.

Como se ve, en la medida que avanza nuestra meditación de la Pasión de Nuestro Señor, el Espíritu Santo va purificando y embelleciendo al alma para hacerla más apta de la alteza de Dios, para que, como lo dijo en el extracto evangélico que estamos analizando, nuestro corazón se llenará de alegría, y nadie nos podrá arrebatar ese gozo.

Pero los estigmas deben seguir viniendo, hasta que lleguemos a la muerte mística, encuentro profundo con la deidad.

 

El estigma místico de la obediencia

Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras voy a orar». Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia, y les dijo: «Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos». Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: «Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú». (Mc 14, 32-36)

Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo. (Lc 22, 44)

Es este un momento realmente impresionante en la vida de Cristo, en el nunca se profundizará suficientemente. Como hombre que era, llegó a sentir «temor y angustia» «de muerte» ante la inminente Pasión. Y como hombre, suplicó que, «si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora».

Tal vez hemos pasado por momentos similares: angustias que se manifiestan en circunstancias determinadas, como aflicción, congoja o ansiedad; temores opresivos sin causa precisa; o simplemente aprietos, situaciones apuradas… ¿Cómo reaccionamos? ¿Queremos aceptar radicalmente la voluntad de Dios? ¿Queremos llevar este estigma para consolar al Señor, para ayudarlo a salvar almas, para hacer justicia (somos nosotros quienes deberíamos pasar por ese momento y por toda la Pasión), para darle gloria a Dios, en fin, para amar?

Es más: ¿somos generosos como lo fue Jesús? ¿Decimos en esos momentos difíciles con Jesús «No se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú»?

Si, en medio de los aprietos, temores y angustias nos ofrecemos voluntariamente a Dios para seguir sufriendo por amor a Él y por amor a la humanidad, habremos marcado el alma con este maravilloso estigma, con el que nos acercaremos paulatinamente a la añorada muerte mística: sólo desear, saber y entender la vida de Jesús —humilde despreciado y desconocido—, camino, verdad y vida[2].

Esto es, nada menos, que la santidad misma: hacer en todo momento la Voluntad de Dios, sabiendo que es siempre lo mejor para nosotros, aun cuando sea dolorosa y parezca difícil de realizar o, incluso, imposible.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir. Recordemos que siempre contamos con su ayuda divina para todo lo que nos pida.

Leamos las palabras que, al respecto, le dijo a sor Josefa Menéndez:

«Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos…, después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… Les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní…, a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarlo, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador, y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…» [3]

Nacen varias preguntas: ¿Nos ponemos en actitud de silencio y oración siempre que llegan la angustia, la amargura, la tristeza? ¿Nos ofrecemos como víctimas para salvar a tantas y tantas almas que, sin otra ayuda se perderían irremediablemente? ¿Cuánta es nuestra generosidad? ¿Nos gana el miedo a la hora de padecer por Cristo, con Cristo y en Cristo, aceptando radicalmente la Voluntad de nuestro amoroso Padre?…

«Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde…, en un establo, lejos de mi casa y de mi patria…, de noche…, en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre san José…, no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa…; y, sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazareth y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas…, a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consiste en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.»

 

El estigma místico de permanecer despiertos

Sigue la narración de la Pasión:

Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne, débil». Y se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras. Al volver otra vez, los encontró de nuevo dormidos, pues no podían resistir el sueño y no sabían qué decirle. Vino por tercera vez, y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Está hecho, llegó la hora. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores». (Mc 14, 37-41)

¡Cuántas veces nos «dormimos» haciendo oración, cuántas veces nos «dormimos» en nuestros egoísmos y no escuchamos al Señor, cuántas veces nos «dormimos» en nuestra pereza y no hacemos lo que Él nos pide!

A los Apóstoles les quedó perfectamente claro que para no caer en la tentación hay que estar despiertos y orar. Y, ¿a nosotros? Las tentaciones vienen cada momento. Por consiguiente, ¿cuánto tiempo diario dedicamos a la oración mental, a ese diálogo (no monólogo) entre Dios y la criatura? ¿Acaso no sabemos que es imposible amar a alguien sin entablar una amistad? Y, ¿cómo entablaremos una amistad sin iniciar un trato y ser asiduos en él?

Jesús nos dio ejemplo: muchas veces se retiraba a orar en el silencio y la soledad; incluso cuando estaba cansado de predicar y hacer milagros; de mañana, antes de que amaneciera, o en la noche; al comenzar su vida pública o al prepararse para escoger a sus Apóstoles. Tanto lo hizo, que un día sus Apóstoles le pidieron que les enseñara a orar.

Solo las mujeres y hombres de oración pueden llegar a la santidad. Y solo ellos podrán adquirir los estigmas místicos…

«Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia…, para que hiciesen oración conmigo…, para descansar en ellos…; pero, ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia…, y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: «Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz».

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: «No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…» ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: «Padre mío». Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. ¡Muchas se perderían…, muchísimas me ofenderían y otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… Y, sin embargo, ¡inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y, sin embargo…, ¡ah!, en aquel momento vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña…, ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… Y, ¿quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…» [4]

Dice Jesús: «Quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas». Y nosotros, ¿cuántas veces, en nuestros momentos difíciles, acudimos a refugiarnos vanamente en las criaturas, en vez de acudir al Creador?, ¿al único que puede aliviarnos totalmente?

Por otra parte, ¿cómo reaccionamos ante ese derroche de amor, ante ese derramamiento de la preciosísima Sangre de Jesús, postrado en oración? ¿Le volvemos la espalda, como Él dice? ¿Somos fieles en escuchar su voz?…, ¿o la escuchamos pero sin seguirla? ¿No es verdad que, a veces, respondemos al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caemos en el sueño de la tibieza? ¿Qué dicen nuestras obras?, ¿que ya hemos trabajado bastante?, ¿que hemos sido escrupulosamente fieles hasta en los menores detalles, que hemos mortificado nuestra naturaleza y hemos llevado una vida de abnegación y que bien podemos permitirnos ahora un poco más de libertad?, ¿que ya no somos niños, que ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación?… ¿Que nos podemos dispensar de lo que nos molesta?…

¡Cuánta valentía y perseverancia nos falta! ¡Debemos permanecer despiertos para llevar la Cruz con Jesús y, después, participar de su eterna gloria en el Cielo! El único que puede dárnosla es Él. ¿Qué esperamos?

 

El estigma místico de aceptar la traición

Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. .Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?» Contestaron: «A Jesús el Nazareno». Jesús dijo: «Yo soy». Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. (Jn 18, 1-5)

El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; deténganlo y llévenlo bien custodiado». Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús diciendo: «¡Maestro, Maestro!» y lo besó. (Mc 14, 44-45)

Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48)

Todos hemos sido traicionados alguna vez: grandes traiciones o traiciones pequeñas. ¿Cómo reaccionamos? ¿Sabemos perdonar? ¿Aceptamos esas traiciones como lo que son: la Cruz de Cristo que se nos ofrece para purificarnos?

Otra cosa: cuando nos traicionan, ¿nos acordamos de la inmensa traición que le hicimos a Jesús?

Escuchémoslo:

«Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah!, ¿qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho…, que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden…, y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas…, ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas!, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce…, uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid…, porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: «Yo soy».

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas…, había llegado mi hora…, y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.» [5]

¡Cuánto nos enseña este estigma de la traición! No hay mucho qué añadir. ¡Aquí tenemos tanto por mejorar!

 

El estigma místico de apreciar el abandono

Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mt 26, 56b)

Entonces lo apresaron y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a distancia. Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor; Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. Como estaba ahí sentado en la claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo, dijo: «Este también estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». Como una hora más tarde, otro afirmaba: «Seguramente éste estaba con Él, pues, además, es galileo». De nuevo Pedro lo negó diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo cantó. El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de Él y a darle golpes. Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó». Y proferían toda clase de insultos contra Él. (Lc 22, 54-65)

¿Nos hemos sentido abandonados?, ¿solos? ¿Hemos experimentado la negación de un amigo, de un ser querido? Aunque duela, es necesario pasar por este trance: sentirse abandonado de los nuestros es un estigma místico que limpia profundamente al alma. Nos desapega de nuestro amor propio, de ese deseo impuro de sentirnos amados por las criaturas; así, el alma se vacía para que ingrese solo el Amor de Dios, con el que podremos ascender libres —sin peso alguno— por esa escalera hacia la unión mística con Dios.

De modo, pues, que cuando venga el abandono, la mayor soledad de todas, ¡a dar gracias a Dios! Y a aprovechar al máximo esa oportunidad.

«¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña…, si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia, impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… El también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.» [6]

 

El estigma místico de estimar el silencio

Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías. Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días». Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» Pero Jesús se quedó callado. (Mt 26, 57-63)

Puede sorprender este silencio de Jesús ante las acusaciones injustas. El ejemplo que nos dejó es muy útil para nuestra alma. Se purificará de ese excesivo amor propio, principal escollo para llegar a Dios. Efectivamente, la soberbia fue el pecado con el que Lucifer atacó a Dios, el mismo con el que Adán y Eva ofendieron a Dios y es el que ahora se interpone entre el Amor de Dios y la criatura. Solo la humildad atrae las gracias de Dios.

Por eso conviene hacer un examen profundo: ¿cómo actuamos cuando nos critican? ¿Qué hacemos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que hablan mal de nosotros? ¿Nos produce dolor o ira que nos acusen falsamente?… No somos todavía como Cristo si nos defendemos, si nos excusamos, si nos ponemos a exponer o a alegar causas o razones para explicar nuestras acciones o para que se borre de las mentes de los demás la culpa que se nos imputa…

Visto el silencio desde otro punto de vista, preguntémonos: ¿Por qué hablamos tanto? ¿Cuáles son los vacíos que queremos llenar con tantas palabras?

Otra vez, es mucho lo que debemos corregir y, también, es mucho lo que el Espíritu Santo debe reparar.

 

El estigma místico de la valentía

De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?». Jesús respondió: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y dijo: «¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír sus palabras blasfemas. ¿Qué les parece?» Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte. (Mc 14, 61-64)

Jesús sabía que su respuesta lo llevaría a la muerte; sin embargo, no solo no dudó un momento en contestar afirmativamente, sino que reiteró su asentimiento diciendo lo que ellos estaban esperando para condenarlo: «Un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». Ya no había necesidad de hacer más preguntas: a su juicio, era culpable.

Esa valentía no es posible si el amor de Dios no está en nuestros corazones.

 

El estigma místico de unirse a la prisión de Jesús

Luego comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!» (Mt 26, 67-68)

Veamos ahora lo que sintió y vivió Jesús en la prisión, para acompañarlo místicamente:

«Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera…, pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre…, ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza, ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse…, con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación…, una contrariedad…, una pena de familia o un momento de soledad y desolación…, decirme desde el fondo del alma: «te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad»?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí…, y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia…, después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa…, cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos…, escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir…, ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…»

¿Comprenderemos, ahora, los sentimientos del Corazón más amante del mundo? ¿Seremos capaces de seguir sus huellas?

 

Los estigmas místicos de la flagelación

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. (Jn 19, 1)

El Cuerpo de Jesús ya estaba lleno de heridas y moretones producidos por los golpes de los soldados y, además, estaba —como vimos— exhausto por el cansancio de la noche anterior: primero, las emociones que vivió en la despedida con sus apóstoles y la traición de Judas; luego, la oración intensa en Getsemaní; después, la noche solitaria y fría en la cárcel; más adelante, la levantada y el traslado para el juicio con Pilato; éste lo mandó a Herodes, quien lo devolvió… Y ahora, pone sus brazos mansamente en la columna, para ser atado a ella, y los soldados empiezan a descargar terribles azotes con cuerdas embreadas y con varas, llenos de malvada crueldad…

Al meditar en esto, muchos santos mártires se han entregado voluntariamente a compartir esa afrenta física y psicológica que sufrió Jesús por amor, con un desprendimiento tal, que han logrado llegar a los altares. Otros muchos, escondidos en el silencio de la historia, han seguido sus pasos, dejándose azotar hasta tocar casi la muerte…

Y nosotros, ¿no es verdad que cuidamos nuestro cuerpo con exagerada y casi enfermiza autocompasión? ¿No nos quejamos, a veces, por una pequeña herida que nos hacemos?

Si el alma se ve impulsada por el Espíritu Santo a compartir este dolor del Amor de los amores y sólo si nuestro director espiritual lo autoriza y en la medida que él lo autorice, haremos muy bien en aliviar los padecimientos de Cristo, completando, como diría san Pablo en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Pero aquí encontramos más tesoros:

«Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto…, sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno, sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo…, sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilato, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros…, ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas…, las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah! ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor…, contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.»

Aceptemos la flagelación diaria que nos producen cuando nos critican, nos ofenden, nos vituperan, nos hieren, nos quitan nuestros derechos, nos amenazan o pasan por encima de nosotros…, en todas las circunstancias adversas de la vida. Aceptemos también cada dolor físico que, por pequeño que sea, se hará grande por el amor con que lo hagamos: accidentes, enfermedades, cirugías, etc. Eso, con constancia y unión a lo que sufrió Jesús, poco a poco, será bálsamo para las heridas del Señor y producirá los estigmas místicos de la flagelación en nuestras almas… ¡Amemos con Él y como Él!

 

El estigma místico de la coronación de espinas

Los soldados lo llevaron al pretorio, que es el patio interior, y llamaron a todos sus compañeros. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas. Después comenzaron a saludarlo: «¡Viva el rey de los judíos!» Y lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y se arrodillaban ante Él para rendirle homenaje. (Mc 15, 16-19)

¿Coronarnos de espinas? Sí: Dios, Rey, Señor de señores, Creador y dueño del universo, prefirió una corona de espinas a la que merecía.

Y nosotros, simples criaturas de barro, llenos de pecados, de faltas de amor, de faltas de obediencia, de faltas de fe, de faltas de humildad… ¿qué merecemos?

A veces creemos que merecemos cosas y, ¿qué tenemos que no nos lo haya dado Dios? Dios nos dio la vida, el cuerpo y el alma que poseemos, las cualidades que nos regaló… Un solo momento que el Creador deje de pensar en nosotros para darnos la vida y…, ¡moriremos! ¡Ni siquiera la vida que tenemos es nuestra!: nuestro ser es prestado. Somos nada; esta es la realidad más verídica y cierta de la vida.

Dios le dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3, 14). Cuando el hombre se hace consciente de que su vida es prestada, de que es nada, es cuando conoce la verdad, su verdadera realidad. Y es cuando se hace humilde: deja la soberbia.

Y, ¿qué méritos tenemos? De hecho, ¡nos merecíamos el infierno! Otra cosa es que Jesús pagó nuestro rescate.

Por consiguiente, ¿de qué nos gloriamos?; ¿de qué presumimos?; ¿qué nos merecemos?…

Sí; es verdad: Jesús nos ama, y nos ama tanto que dio su vida para regalarnos la posibilidad de ir al Cielo. Pero eso es otro regalo inmerecido. Y son inmerecidos todos los demás regalos: la Iglesia, los sacerdotes, el Sacramento de la Reconciliación cada vez que pecamos, la Eucaristía, el poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los demás Sacramentos…, en fin, las muestras de la infinita misericordia de Dios.

¡Coronémonos de espinas!: aceptemos toda cruz que nos llegue para acallar nuestra soberbia y, si es mayor nuestro amor y agradecimiento,  —con la anuencia del Espíritu Santo, es decir, del director espiritual, cómo y cuándo él lo permita—, compartamos con ese Jesús–Amor esa corona de espinas que usaron y usan muchos santos.

Hagamos un propósito firme: ¡Ya nunca más dejaremos que la soberbia —sentirnos más que la nada que somos— aflore en nuestras vidas! Y, si alguna vez fallamos (que seguro fallaremos), a rectificar y a dar la gloria sólo a Dios.

Ahora, acompañemos en los sentimientos que abrumaban a Jesús:

«Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿conque eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían…, otros me insultaban…, otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales…, entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo…, como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehuyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehusan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah! ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y…, quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y, sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria…, más consuelo…, más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo…, se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?»

Recordémoslo: somos nada. Desde esta humildad iniciaremos nuestro viaje místico hacia el encuentro con Dios, para que nos siga llenando de su ser y de su amor, hasta que, purificados por completo en una muerte mística de nuestro «yo» (que tanto estorba), viva Cristo en nosotros, como lo expresó san Pablo: «Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

El estigma místico de que sean preferidos los demás

Hay que borrar toda imperfección, y una de ellas es querer ser preferidos a los demás. Leamos:

Cada año, con ocasión de la Pascua, Pilato solía dejar en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había uno, llamado Barrabás, que había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín. Cuando el pueblo subió y empezó a pedir la gracia como de costumbre, Pilato les preguntó: «¿Quieren que ponga en libertad al rey de los judíos?» Pues Pilato veía que los jefes de los sacerdotes le entregaban a Jesús por una cuestión de rivalidad. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato les dijo: «¿Qué voy a hacer con el que ustedes llaman rey de los judíos?». La gente gritó: «¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Y gritaron con más fuerza: «¡Crucifícalo!» Pilato quiso dar satisfacción al pueblo: dejó, pues, en libertad a Barrabás y sentenció a muerte a Jesús. (Mc 15, 6-15)

Nunca hubo un juicio más injusto para un Hombre tan justo:

«Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y, ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!…, ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!…, ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilato ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!»

¿Aprenderemos?

 

El estigma místico de cargar la cruz cada día

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. (Jn 19, 17)

Ya lo había anunciado Él mismo: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga»(Lc 9, 23). Ahora lo está cumpliendo.

Nosotros, que queremos seguirlo, ¿cargamos con la cruz de cada día?, ¿nos negamos a nosotros mismos? O, más bien, ¿nos damos todos los gustos egoístas y materiales posibles?…

Es verdad que se necesita mucha valentía para aceptar y vivir este propósito tan elevado pero, ¿vamos a dejar solo a Jesús? Ya otros han emprendido esta gigantesca tarea de amor, y se han ganado el Cielo y las delicias diarias del contacto directo con Dios: unos toques espirituales de la divinidad que no se pueden cambiar por nada en el mundo. ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena!

«En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del Cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras, almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro…, sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo, y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios…, y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo…, y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!» [7]

¿Nos uniremos valerosamente a ese par de Corazones que destilan tanto amor? Ya sé que no somos capaces pero, ¡con ellos lo lograremos!

Lo repito: ¡Vale la pena!

En ese momento, un tal Simón de Cirene, que es el padre de Alejandro y de Rufo, volvía del campo; los soldados lo obligaron a que llevara la Cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

Ahora veamos cómo cargar la Cruz:

«Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado, o sea, que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas sí pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, que se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme…, consolarme…, se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento…; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas, en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.» [8]

Hagamos este propósito: cuando llegue la Cruz, digámosle al Señor:

«Gracias, Jesús, por ese privilegio que me das, gracias por hacerme compartir tus sufrimientos, gracias por dejar que yo —siendo nada— te dé gloria de esta manera tan especial, gracias por esta muestra de tu predilección por mí… Y si quieres más, ¡tómame y haz de mí lo que quieras!

¿Necesitas que sufra un poco más por ti? –He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu palabra. Déjame mostrarte mi amor.

¿Te sirve que padezca más por la salvación de las almas? –¡Aquí me tienes! Déjame mostrarte mi amor.

¿Quieres que soporte mucho más dolor, que me una aún más a ti en la Cruz? –Sé que me darás las fuerzas para soportarlo. Tómame y haz lo que desees. Soy tuyo… ¡Para siempre!»

¡Que difícil es para un alma acostumbrada a vivir en la blandura de su propio egoísmo dar este paso! Pero solo quienes lo han intentado han comprendido lo que es el amor verdadero; han aprendido que solo así se encuentra la paz, la alegría y la felicidad verdaderas.

Antes de esta experiencia, nada sabemos del amor, nada entendemos de progreso espiritual… Después de traspasar este umbral, lo que creíamos que nos daría felicidad es apenas un esbozo tosco, minúsculo y pobre de la legítima, verdadera e imperecedera felicidad. Se entra a una estancia de placeres jamás imaginados, antesala del Cielo.

 

El estigma místico de la crucifixión

Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús. Después de clavar a Jesús en la Cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: «No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca». (Jn 18; 23-24)

Si es difícil aceptar el estigma místico de cargar la Cruz de Cristo, ¡cuánto nos costará ser crucificados místicamente con Él! Nos quejamos por cualquier pinchazo que nos hacemos y, ¿vamos a ser capaces de soportar una crucifixión?

Pero hay un camino para llenarnos de valor: pensemos en el ser humano que más amemos: un hijo, por ejemplo. Si se nos aparece Jesucristo y nos dice: «¿Qué serías capaz de hacer por él? ¿Serías capaz de morir en una cruz, como Yo?» Estoy seguro de que si Jesús nos garantizara la salvación de nuestro hijo si morimos así, nadie dudaría en entregarse a ese tormento, pidiéndole a Dios la fortaleza necesaria para soportarlo.

Pensemos que a quien más debemos amar es a Jesús: fue capaz de morir como nos lo merecíamos nosotros. Si Él ha hecho eso por nosotros, ¿nosotros qué debemos hacer por Él?

Los que deberíamos padecer semejante suplicio somos nosotros. Es más: merecíamos soportar ese castigo toda la eternidad, puesto que ofendimos a un Dios eterno. Lo justo es que nosotros paguemos nuestra deuda, no Él. Por lo tanto, llenémonos de fortaleza divina y —valientes— devolvamos Amor con amor; nunca alcanzaremos ese Amor (con mayúscula) pero, por lo menos, daremos lo que podamos.

Y, ¿cómo haremos tal cosa? Místicamente. Espiritualmente.

Vayamos al Calvario con Él, junto con los estigmas místicos que hemos estudiado (viviéndolos ya) y, desnudos de toda atadura del «yo» y de cualquier otro apego, coloquémonos detrás de la Cruz, donde nadie nos puede ver; dejemos que los clavos, después de traspasar a Jesús y al santo madero de la Cruz, atraviesen también nuestras manos y pies para perder con Jesús toda libertad humana, para anonadarnos y anularnos con Él y para llenarnos de la fuerza de su Amor.

Tres clavos, que representan las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad, con las que nos quedamos, después de despojarnos de todo lo demás, para ir al encuentro con la divinidad: creer en Dios por encima de todo, sin prueba alguna y aun contra toda expectativa, esperar en el encuentro definitivo con Él para ser inmensa e infinitamente felices y amarlo por encima de todas las cosas[9].

Tres clavos que arrancarán de nuestras vidas a los tres enemigos del hombre: la Fe acabará con las insidias del Demonio; la Esperanza nos apartará del atractivo del mundo; y la Caridad nos concentrará tanto en el Amor de los amores, que nada nos atraerán los apetitos de la carne.

Tres clavos que nos alejarán de la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Tres clavos que nos pondrán las únicas metas por las que lucharemos de ahora en adelante: dar gloria a Dios Padre, ayudar a Jesucristo a salvar almas y repartir el Amor del Espíritu Santo.

Luego de esta mística crucifixión, solo queda esperar el abrazo y el abraso del Amor divino, felicidad en plenitud de cualquier ser humano. Y, luego, el Cielo.

«Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero…, ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha…, resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda…, ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren…, los nervios se desgarran…, los huesos se descoyuntan…, ¡el dolor es inmenso!…, mis pies quedan traspasados…, ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados…, este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del Cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el Cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y, ¿qué rehusarás a mi amor? »

 

El estigma místico del perdón

Siempre impresiona volver a oír cómo, después de semejante ensañamiento, Jesús es capaz de perdonar a sus verdugos:

Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34a)

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades…; mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

Se necesita estar muy desapegado para llegar a este extremo. Pero muchos, comenzando por Esteban, llegaron al mismo límite de Amor.

Basta amar con el Corazón de Dios. Podemos empezar orando por nuestros agresores, todos los días. Y es más fácil hacerlo a través de la Virgen María, nuestra Madre, porque para ella todos somos hermanos: tanto los agredidos como los agresores están en su corazón de Madre. Su dulzura nos facilitará el camino del perdón. Día a día, oración tras oración, Ella irá ablandando nuestro corazón de piedra hasta hacernos amar a nuestros enemigos; sí, amar; amar con toda el alma a nuestros ofensores. Y llegar hasta el extremo de ofrecer esas afrentas por ellos mismos, con el deseo de que sean felices. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús, y Él es nuestra meta: desde la cruz en la que estemos, amar con perdón sincero a todos los que nos tienen en esa cruz.

¡Qué bella purificación!: no solo nos hacemos aptos del Amor de Dios, sino que nos llenamos de paz. Paz interior que brota hacia los demás. Paz verdadera; de esa que nunca se va. Paz que se conduele del arrepentido:

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Porque había sobre la Cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de Mí cuando entres en tu Reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes…, ella te conduce a la vida eterna.

 

El estigma místico del desamparo total

Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. .Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Jn 25, 25-27)

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

Se despojó de todo lo que tenía. Nos dio lo último que le quedaba: su Madre, para que también fuera nuestra.

Pero ahí no paró en el desamparo: llegó hasta el final. Quiso sentir la soledad completa; quiso experimentar hasta el abandono de su Padre:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber. Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». (Mt 27, 45-49)

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

Este misterio tan profundo del deseo de Jesús de quedar tan desamparado jamás se entenderá por completo. Los teólogos afirman que habría bastado que derramara una sola gota de su Sangre para lograr la Redención, pero Jesús quiso llegar al expolio total, a su aniquilación total.

Lo hizo quizá para enseñarnos generosidad, amor, entrega. ¡O, mejor, lo hizo para que supiéramos que aquí en la tierra es posible la purificación que tendría lugar en el purgatorio! San Juan de la Cruz lo afirma así: los que llegan a estas alturas gozan en vida de algunos de los toques que Dios dará eterna y crecientemente en la gloria del Cielo… Y esto se da, puesto que el alma se ha purificado; se ha embellecido hasta ser digna de las caricias de Dios. ¡Oh inefables bellezas del Amor divino! ¡Cuán deseables son!… Pedacitos de Cielo…

 

El estigma místico de la agonía

Pero Jesús quiso más; ¡más todavía!:

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed», y con esto también se cumplió la Escritura. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. Jesús probó el vino y dijo: «Todo está cumplido». (Jn 19, 28-30a)

¡Oh Padre mío!…, tengo sed de tu gloria…, y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: «Todo está consumado».

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

¿Qué le quedó por dar?…

Y, a nosotros, ¿cuánto nos falta por entregar? ¿Cuánto tenemos reservado para nuestro egoísmo, para nuestras bajezas, para nuestra comodidad, para nuestra soberbia…?

Sed de la gloria del Padre, sed de almas, sed de que el mundo conozca el Amor de Dios. Solo estas tres cosas nos importarán de ahora en adelante. ¡No más sed de otras cosas!

El resultado de purificarnos así, a través del sufrimiento, como lo hizo Jesús, será obtener la verdadera alegría.

Dios, al ver que como consecuencia del pecado aparecieron el dolor, la enfermedad y la muerte, las convirtió —como milagro de su Amor— en medios positivos para nuestro beneficio.

He aquí la verdadera alegría: la mala apariencia, las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte… el desamparo. Así se facilita la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, la fuerza del amor verdadero.

«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». (Lc 9, 23b)

 

 


[1] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[2] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo paciente, La muerte mística, Colección: Clásicos de espiritualidad, B.A.C., Madrid, España, 2000.

[3] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[4] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[5] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[6] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[7] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[8] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[9] Cf. San Juan de la Cruz, Noche.

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La mística de la Pasión

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2009

La mística trata de la vida espiritual y contemplativa, de la experiencia de lo divino.

En el siglo XVIII, hubo un hombre italiano que centró su vida mística en la Pasión de Jesús; se llamó san Pablo de la Cruz, y fue el fundador de los Pasionistas. A continuación se presentan, con algunas palabras entresacadas de sus escritos, algunas características que identifican su ascenso espiritual:

“El recuerdo de la Pasión santísima de Jesucristo y la meditación de sus virtudes […] conducen al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la contemplación más sublime.”

“El que quiere ser santo gusta de seguir las huellas divinas de Jesucristo, de ser hecho el oprobio y la abyección de la plebe. … El que quiere ser santo gusta de esconderse a los ojos de los hombres, toma lo dulce por amargo y lo amargo por dulce, y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios; y como quiera que esta se cumple mejor en el padecer que en el gozar, porque en el goce peligra siempre entrar la propia voluntad, por eso el verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer, recibiéndolo sin intermediarios de la purísima voluntad de Dios. Recuerde que este divino trabajo, para ser seguro, conviene que pase por la puerta, que es Jesucristo nuestro Señor y su santísima Pasión, que es toda ella obra de amor; la cual jamás debe perderse de vista, con docilidad absoluta a la acción divina, a la que el alma debe ser fidelísima en obedecer interiormente.”

“Veo que se halla privada de todo consuelo. Doy gracias a Dios bendito, porque ahora se asemeja más al Esposo divino, abandonado de todos mientras agonizaba sobre la Cruz; pero en este abandono ofreció el gran sacrificio y lo consumó con las últimas palabras que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto entregó su alma santísima en las manos del eterno Padre, y cumplió la obra de la humana redención. Haga usted lo mismo, hija mía. […] Ahora está en agonía sobre el riquísimo lecho de la Cruz. ¿Qué le queda por hacer, sino entregar el alma en manos del eterno Padre diciendo: Padre dulcísimo, en tus manos encomiendo mi espíritu? Y esto dicho, muera felizmente de esa preciosa muerte mística, y vivirá una nueva vida, mejor dicho, renacerá a una nueva vida deífica en el divino Verbo Cristo Jesús. Y, ¡oh, qué vida esta! Vida tal y tan grandiosa y llena de inteligencia celestial, que ni aun saber hablar de ella podrá conmigo.”

“Jesús oró en la Cruz durante tres horas: oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh Dios, qué gran enseñanza! Pida a Jesús que la imprima en su corazón. ¡Oh, cuánto hay aquí que meditar! He leído que durante su agonía en la Cruz, después de sus tres primeras llamas de amor, es decir, sus tres primeras palabras, Jesús quedó en silencio hasta la hora de nona, orando todo aquel tiempo. Dejo a su consideración cuán desolada fue su oración. Descanse pues sobre la cruz del dulce Jesús, y no exhale otra queja que este gemido: ‘Padre mío, Padre mío, hágase tu voluntad…’ Y luego calle. Continúe descansando sobre la cruz y luego calle hasta que llegue el momento dichoso de la verdadera muerte mística. Entonces, como dice san Pablo, estará toda oculta en Dios con Jesucristo (Col 3, 3), y se hallará en esa altísima soledad hacia la cual suspira, con desprendimiento absoluto de todo lo creado. Esta es la hora de sufrir en silencio y en paz: resignación perfecta en su agonía, que la conduce a la muerte mística.”

Sería tarea de nunca acabar seguir trascribiendo los escritos de san Pablo de la Cruz (se conservan más de dos mil de sus cartas); pero basta con lo dicho para ayudar a quienes deseen iniciar este maravilloso viaje, que termina en la única y auténtica realización del ser humano: la unión con Dios.

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Ciclo B, domingo de ramos

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

La esencia de la sabiduría divina

 

Hoy se nos presentan dos acontecimientos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Es difícil entender su relación, pues primero Jesús es aclamado como Dios y luego es torturado hasta la muerte como un esclavo; este es uno de los misterios más maravillosos de nuestra fe: un Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios.

Esto nos ensaña que en la medida en que el ser humano se despoja de sus ataduras, de sus apegos, de sus malas inclinaciones, en esa medida crece su capacidad espiritual, se hace más cercano a Dios…

Debemos morir al pecado y a las malas acciones para poder llegar a Dios, a ese estado en el cual Él gobierna nuestras acciones: ya no tomamos las decisiones, basados en criterios humanos, sino que es el Espíritu Santo quien nos ilustra, quien nos dirige, quien decide por nosotros.

Así, cada acto estará lleno de la sabiduría divina, es decir, ya actuaremos según Dios y no según nuestro pobre modo de entender, equivocándonos con frecuencia, pues estamos viciados por el pecado original.

Así lo hizo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría encarnada. Y, ¿cómo lo hizo? Él mismo nos lo dice: No me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

En la segunda lectura está la esencia de esta sabiduría: Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Si hacemos eso, reconocernos criaturas, seres falibles, capaces de caer, necesitados de Dios, Él nos engrandecerá también a nosotros y nos dará la sabiduría, con la que llegaremos a la meta de todo ser humano: la felicidad.

 

 

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Un llamamiento al amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2009

 

 

En el año 1949, respondiendo a la gran acogida dada al libro Un llamamiento al Amor, se realizó una nueva edición, complemento de la primera, hecha en 1938, en donde se narra la vida de sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora de la Sociedad del Sagrado Corazón, dentro de la que se van insertando las palabras que Nuestro Señor quiere se transmitan a los hombres.

Dada la trascendencia de este encendido mensaje de un Creador para sus criaturas y, habida cuenta de que no se consigue en forma completa y sin mezcla alguna, se ha tomado la determinación de publicar únicamente el contenido de la misiva enviada por el Sagrado Corazón a las almas que se han consagrado a su servicio.

Tomado enteramente, y sin ninguna modificación de la segunda edición, este libro sólo incluye dos pequeños párrafos escritos por nuestra hermana Josefa, sobre lo que ella vio después de la crucifixión de Nuestro Señor, a petición expresa suya.

Hay absoluta certeza de que quien lea estas líneas —con las gracias especiales ofrecidas para esto por quien es la misma Verdad— transformará toda su vida, de modo tal, que podrá afirmar más adelante que su vida se ha dividido en dos etapas claramente diferenciadas: antes y después de haber leído este mensaje.

 

 

CARTA DEL CARDENAL PACELLI

 

Abril 1938.

Mi Reverenda Madre:

No dudo que el Sagrado Corazón de Jesús habrá de mirar complacido la publicación de estas páginas, tan llenas de grande amor inspirado por su gracia a su humilde sierva sor María Josefa Menéndez. Ojalá contribuyan eficazmente a desarrollar en muchas almas una confianza, cada día más plena y amorosa, en la infinita misericordia de este Divino Corazón para con los pobres pecadores, entre los cuales nos contamos todos.

He aquí mi deseo al bendecirte a ti y a toda la Sociedad del Sagrado Corazón.

Cardenal Pacelli (después, Su Santidad Pio XII).

 

 

PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1949 (selección)

 El 29 de Diciembre de 1923, moría santamente, a la edad de 33 años en el convento de los Feuillants en Poitiers, Francia, Sor Josefa Menéndez. Humilde Hermana Coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, en el que había vivido sólo cuatro años y muy oscuramente, cuyo nombre debía seguir ignorado por el mundo, y cuyo recuerdo, aun entre sus Hermanas de Religión, debía haberse borrado rápidamente.

Y he aquí que, por el contrario, se la invoca con fervor y se escucha con recogimiento y respeto el mensaje que el Corazón de Jesús le ha encargado que trasmita a los hombres.

Nuestro Señor se lo revela poco a poco:

-“El mundo no conoce la misericordia de mi Corazón. Quiero valerme de ti para darla a conocer. Te quiero apóstol de mi bondad y de mi misericordia. Yo te enseñaré, tú olvídate.”

-“Escríbelo, y se leerá después de tu muerte.”

Escoge a Josefa a la vez como víctima por las almas, y en particular, por las almas consagradas, y para anunciar un mensaje de misericordia y de amor que Él dirige al mundo.

Desconfiados y reservados al principio su Director y sus Superioras, tuvieron por fin que rendirse a la evidencia, y creer en su misión.

Sólo ella ha oído las palabras del Señor; es, pues, el único testigo. Pero su vida da testimonio de la verdad de Su mensaje; vida que han observado de cerca testigos autorizados. Estos pueden decirnos a la vez la virtud indiscutible de la humilde mensajera del Amor, y la auténtica realidad de sus estados sobrenaturales, de los cuales han tenido pruebas palpables.

El mundo podrá extrañarse de que de una nada, como es la vida de Josefa, hayan salido cosas tan grandes; y ésta es precisamente la prueba mayor.

Evidentemente este mensaje está firmado por la mano divina.

DIGITUS DEI EST HIC (El dedo de Dios está aquí).

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Yo soy todo amor; mi Corazón es un abismo de amor.

El amor me hizo crear al hombre y todo lo que en el mundo existe, para su servicio.

El amor hizo que el Padre diera a su Hijo para salvar al hombre, perdido por la culpa.

El amor hizo que una Virgen pura, renunciando a los encantos de la vida oculta en el templo, consintiera en ser Madre de Dios y aceptara los sufrimientos de la maternidad divina.

El amor me hizo nacer en el rigor del invierno, pobre y falto de todo.

El amor me hizo vivir treinta años en la más absoluta obscuridad, ocupado en humildes trabajos.

El amor me hizo escoger la soledad, el silencio… Pasar desconocido y someterme voluntariamente a las órdenes de mi Padre adoptivo y de mi Madre.

El amor me llevó a abrazarme con todas las miserias de la naturaleza humana.

El amor me hizo sufrir los desprecios más grandes y los más crueles tormentos, derramar toda mi Sangre y llegar a morir en una Cruz para salvar al hombre.

Porque el amor sabía que, más tarde, habría muchas almas que me seguirían, y pondrían sus delicias en conformar su vida con la mía.

Y miraba el amor más lejos aún: sabía que muchísimas almas en peligro se verían ayudadas con los actos y sacrificios de otras, y recobrarían la vida.

Veía, en fin, el amor, que más tarde, con esta misma Sangre y unidas a estos mismos tormentos, muchas almas escogidas podrían avalorar sus sacrificios, sus acciones hasta las más triviales, y ganarme con ellas, gran número de almas.

 

 

EL VALOR APOSTÓLICO DE LA VIDA COTIDIANA

 

El alma que sabe hacer de su vida una continua unión con la mía, me glorifica mucho y trabaja útilmente en el bien de las almas. Está, por ejemplo, ejecutando una acción que en sí misma no vale mucho, pero la empapa en mi Sangre o la une a aquella acción hecha por mí durante mi vida mortal, el fruto que logra para las almas es tan grande o mayor quizá que si hubiera predicado al universo entero, y esto, sea que estudie o que hable, que escriba, ore, trabaje o descanse; con tal que la acción reúna dos condiciones: primero, que esté ordenada por la obediencia o por el deber, no por el capricho; segundo, que se haga en íntima unión conmigo, cubriéndola con mi Sangre y con gran pureza de intención.

¡Cuánto deseo que las almas comprendan esto: Que no es la acción la que tiene en sí valor, sino la intención y el grado de unión con que se hace! Barriendo y trabajando en el taller de Nazaret, di tanta gloria a mi Eterno Padre como cuando prediqué durante mi vida pública. Hay muchas almas que a los ojos del mundo tienen un cargo elevado, y en él, dan grande gloria a mi Corazón, es cierto; pero tengo muchas otras que, escondidas y en humildes trabajos, son obreras muy útiles a mi viña, porque es el amor el que las mueve y saben envolver en oro sobrenatural las acciones más pequeñas, empapándolas en mi Sangre.

Mi amor llega a tal punto, que de la nada pueden mis almas sacar grandes tesoros. Si desde por la mañana se unen a Mí y ofrecen el día con ardiente deseo de que mi Corazón se sirva de sus acciones para provecho de las almas y van, hora por hora y momento por momento, cumpliendo por amor con su deber, ¡qué tesoros adquieren en un día!… Yo les iré descubriendo más y más mi amor… ¡Es inagotable!… Y ¡es tan fácil al alma que ama dejarse guiar por el amor!…

 

——————— o ———————

 

Mi Corazón es todo amor, y el amor es para todos. Pero, ¿cómo haré Yo comprender a mis almas escogidas la predilección que siente mi Corazón por ellas? Por eso me sirvo de ellas para salvar a los pecadores y a otras pobres almas, que viven en los peligros del mundo.

Por esto también quiero que entiendan el deseo que me consume de su perfección, y cómo esta perfección consiste en hacer en íntima unión conmigo las acciones comunes y ordinarias. Si mis almas lo comprenden bien, pueden divinizar sus obras y su vida y ¡cuánto vale un día de vida divina!

Cuando un alma arde en deseos de amar, no hay para ella cosa difícil; mas cuando se encuentra fría y desalentada, todo se le hace arduo y penoso… Que venga entonces a cobrar fuerzas en mi Corazón… Que me ofrezca su abatimiento, que lo una al ardor que me consume y que tenga la seguridad de que un día así empleado será de incomparable precio para las almas. ¡Mi Corazón conoce todas las miserias humanas y tiene gran compasión de ellas!…

No deseo tan sólo que las almas se unan a Mí de una manera general, quiero que esa unión sea constante, íntima, como es la unión de los que se aman y viven juntos; que aun cuando siempre no están hablando, se miran y se guardan mutuas delicadezas y atenciones de amor.

Si el alma está en paz y en consuelo, le es fácil buscar en mí, pero si está en desolación o angustia, que no tema. ¡Me basta una mirada!… La entiendo, y con sólo esta mirada alcanzará que mi Corazón la colme de las más tiernas delicadezas.

Yo iré diciendo a las almas cómo las ama mi Corazón; quiero que me conozcan bien, y así me hagan conocer a aquellas que mi amor les confíe.

Deseo con ardor que todas las almas escogidas fijen en Mí los ojos, para no apartarlos ya más, que no haya entre ellas medianías cuyo origen, la mayor parte de las veces, es una falsa comprensión de mi amor. No; amar a mi Corazón no es difícil ni duro; es fácil y suave. Para llegar a un alto grado de amor no hay que hacer cosas extraordinarias; pureza de intención en la acción más pequeña, como en la más grande; unión íntima con mi Corazón; y ¡el amor hará lo demás!…

 

——————— o ———————

 

Mi Corazón no es solamente un abismo de amor, es también un abismo de misericordia; y conociendo todas las miserias del corazón humano, de las que no están exentas mis almas escogidas, he querido que sus acciones, por pequeñas que sean en sí, puedan por Mí alcanzar un valor infinito, en provecho de los pecadores y de las almas que necesitan ayuda.

No todas pueden predicar ni ir a evangelizar en países salvajes. Pero todas, sí, todas pueden hacer conocer y amar a mi Corazón. Todas pueden ayudarse mutuamente y aumentar el número de los escogidos, evitando que muchísimas almas se pierdan eternamente; y todo esto, por efecto de mi amor y de mi misericordia. Pero mi amor va aún más lejos. Se sirve, no solamente de su vida ordinaria y de sus menores acciones, sino también de sus miserias… de sus debilidades… y muchas veces de sus caídas… para bien de otras muchas almas.

El amor todo lo transforma y diviniza, y la misericordia todo lo perdona.

Mi amor transforma sus menores acciones dándoles un valor infinito. Pero va todavía más lejos: mi Corazón ama tan tiernamente a esas almas escogidas, que se sirve aun de sus miserias y debilidades, y muchas veces hasta de sus mismas faltas, para la salvación de otras almas.

Efectivamente; el alma que se ve llena de miserias no se atribuye a sí misma nada bueno, y sus flaquezas la obligan a revestirse de cierta humildad, que no tendría si se encontrase menos imperfecta.

Así, cuando en su trabajo o en su cargo apostólico se siente incapaz y hasta experimenta repugnancia para dirigir a las almas hacia una perfección que ella no tiene, se ve como forzada a anonadarse; y si, conociéndose a sí misma recurre a Mí, me pide perdón de su poco esfuerzo e implora de mi Corazón valor y fortaleza… ¡ah! entonces… ¡no sabe esta alma con cuánto amor se fijan en ella mis ojos, y cuán fecundos hago sus trabajos!…

Hay otras almas que son poco generosas para realizar con constancia los esfuerzos y sacrificios cotidianos. Pasan su vida haciendo promesas, sin llegar nunca a cumplirlas.

Aquí hay que distinguir: si esas almas se acostumbran a prometer, pero no se imponen la menor violencia ni hacen nada que pruebe su abnegación y su amor, les diré esta palabra: ¡cuidado, no prenda el fuego en esa paja que habéis amontonado en los graneros, o que el viento no se la lleve en un instante!…

Hay otras, y a ellas me refiero, que al empezar el día, llenas de buena voluntad y con gran deseo de mostrarme su amor, me prometen abnegación y generosidad en esta o aquella circunstancia; y cuando llega la ocasión, su carácter, su salud, el amor propio les impide realizar lo que con tanta sinceridad prometieron horas antes; sin embargo, reconocen su falta, se humillan, piden perdón, vuelven a prometer. ¡Ah! que estas almas sepan que me han agradado tanto como si nunca me hubiesen ofendido.

 

 

LOS SECRETOS DE LA PASION:

EL CENACULO

 

Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles. Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

 

——————— o ———————

 

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.

En aquel momento, próxima ya la redención del género humano, mi Corazón no podía contener sus ardores y como era infinito el amor que sentía por los hombres, no quise dejarlos huérfanos.

Para vivir con ellos hasta la consumación de los siglos y demostrarles mi amor, quise ser su alimento, su sostén, su vida, su todo…

¡Ah! ¡Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de mi Corazón a todas las almas! ¡Cuánto deseo que se penetren del amor que sentía por ellas, cuando en el Cenáculo instituí la Eucaristía!

En aquel momento vi a todas las almas, que en el transcurso de los siglos habían de alimentarse de mi Cuerpo y de mi Sangre, y los efectos divinos producidos en muchísimas…

¡En cuántas almas esa Sangre inmaculada engendraría la pureza y la virginidad! ¡En cuántas encendería la llama del amor y del celo! ¡Cuántos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante mis ojos y en mi Corazón…! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de la pasión, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!…

¡Ah! ¡Quién podrá penetrar los sentimientos de mi Corazón en aquellos momentos! Sentimientos de amor, de gozo, de ternura… Mas… ¡cuánta fue también la amargura que embargó mi Corazón!

 

 

LA EUCARISTIA

 

¡En cuántos corazones manchados por el pecado tendría que entrar… y cómo mi Carne y mi Sangre así profanadas habían de convertirse en causa de condenación para muchas almas!…

¡Ah! ¡Cómo vi en aquel momento todos los sacrilegios y ultrajes y las tremendas abominaciones que habían de cometerse contra Mí! ¡Cuántas horas había de pasar solo en el Sagrario! ¡Cuántas noches! ¡Cuántas almas rechazarían los llamamientos amorosos que, desde esa morada les dirigiría!…

Por amor a las almas, me quedo prisionero en la Eucaristía, para que en todas sus penas y aflicciones puedan venir a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el amigo más fiel. Mas ¡ese amor que se deshace y se consume por el bien de las almas, no ha de ser comprendido!…

Habito en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina en todas las enfermedades de su naturaleza corrompida, y ellos en cambio, se alejan de Mí, me ultrajan y me desprecian…

Pobres ¡pecadores! No os alejéis de Mí… Os espero día y noche en el Sagrario… No os reprenderé vuestros crímenes… No os echaré en cara vuestros pecados… Lo que haré será lavaros con la Sangre de mis llagas; no temáis. Venid a Mí… ¡No sabéis cuánto os amo!

Y vosotras, almas queridas, ¿por qué estáis frías e indiferentes a mi amor? Sé que tenéis que atender a las necesidades de vuestra familia, de vuestra casa, y que el mundo os solicita sin cesar; pero ¿no tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al Prisionero de Amor.

Si vuestro cuerpo está débil y enfermo, ¿no procuráis hallar un momento para ir a buscar al médico que debe sanaros? Venid al que puede haceros recobrar las fuerzas y la salud del alma… Dad una limosna de amor a este mendigo divino que os espera, os llama y os desea.

 

 

En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.

¡Ah!… esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín, en el que cada planta produce diferente flor pero todas me recrean con su perfume. Mi sagrado Cuerpo será el sol que las reanime…

Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que os ama con amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotras la gracia incomparable de la vocación, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo.

Él mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed.

Si estáis enfermas, Él es vuestro médico: venid, os dará la salud. Si tenéis frio, venid, os calentará. En Él encontraréis el descanso y la felicidad. No os alejéis de Él, que es la Vida, y cuando os pide consuelo, no se lo neguéis.

¡Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón!

¿No soy siempre el mismo?… ¿Acaso he cambiado para vosotras?… No, Yo no cambiaré jamás y hasta el fin de los siglos, os amaré con predilección y con ternura.

Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

Si os pido amor, no me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo.

Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.

Os he escogido para que seáis mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín, venid, decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.

Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. No te turbes, si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter… tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación,… de celo, de mortificación, de obediencia. Ese es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos.

La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta… Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo, alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia, abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón.

Esto haré Yo en tu alma si me dejas trabajar libremente en ella; no sólo brotarán flores en seguida, sino que darás gran consuelo a mi Corazón… Voy buscando consuelo y quiero hallarlo en mis almas escogidas.

Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejarte hacer de Mí lo que quisieras y no sé cómo he caído y te he disgustado. ¿Me perdonarás? ¡Soy tan miserable! No sirvo para nada…

Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído, tal vez no hubieras hecho ese acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto me consuela. Animo y adelante. Déjame trabajar en ti.

Todo esto se me puso delante al instituir la Eucaristía. El amor me encendía en deseos de ser el alimento de las almas. No me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos me consolarán.

Pero… Entre las almas escogidas ¿no habrá algunas que me causen pena? ¿Perseverarán todas? Este es el grito de dolor que se escapa de mi Corazón… Este es el gemido que quiero que oigan las almas.

 

 

Al contemplar entonces a todas las almas que habían de alimentarse de este Pan Divino, vi también las ingratitudes y frialdades de muchas de ellas, en particular de tantas almas escogidas… de tantas almas consagradas… de tantos sacerdotes… ¡Cuánto sufrió mi Corazón! Vi cómo se irían enfriando poco a poco, dando entrada primero a la rutina y al cansancio… después al hastío y ¡finalmente a la tibieza!…

¡Y estoy en el sagrario por ellas! ¡Y espero!… Deseo que esa alma venga a recibirme, que me hable con confianza de esposa; que me cuente sus penas, sus tentaciones, sus enfermedades… que me pida consejo y solicite mis gracias, ya para ella, ya para otras almas… Quizá entre las personas de su familia o las que están a su cargo las hay que están en peligro… tal vez alejadas de Mí… Ven, le digo, dímelo todo con entera confianza… Pregúntame por los pecadores… Ofrécete para reparar… Prométeme que hoy no me dejarás solo… Mira si mi Corazón desea algo de ti que lo pueda consolar…

Esto esperaba Yo de aquella alma ¡y de tantas! Mas, cuando se acerca a recibirme, apenas me dice una palabra, porque está distraída, cansada o contrariada. Su salud la tiene intranquila, sus ocupaciones la desazonan, la familia la preocupa, y entre los que conviven o tratan con ella, siempre hay alguien que la molesta.

“-No sé qué decir – confiesa ella misma – estoy fría… me aburro y paso el rato deseando salir de la capilla. ¡No se me ocurre nada!”

-¡Ah! – le contesto – ¿Y así vas a recibirme, alma a quien escogí y a quien he esperado con impaciencia toda la noche?

Sí, la esperaba para descansar en ella; le tenía preparado alivio para todas sus inquietudes; la aguardaba con nuevas gracias pero… como no me las pide… no me pide consejo ni fuerza… tan sólo se queja y apenas se dirige a Mí. Parece que ha venido por cumplimiento… porque es costumbre y porque no tiene pecado mortal que se lo impida. Pero no por amor, no por verdadero deseo de unirse íntimamente a Mí. ¡Qué lejos está esa alma de aquellas delicadezas de amor que Yo esperaba de ella!

¿Y aquel sacerdote?… ¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las almas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

He confiado a cada uno de ellos cierto número de almas para que con su predicación, sus consejos y, sobre todo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las almas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las almas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las almas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas almas la vida de la gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así… me reciben así… viven y mueren así…!

Este fue el más terrible dolor que sentí en la última Cena cuando vi, entre los doce, al primer apóstol infiel, representando a tantos otros que, en el transcurso de los siglos, habían de seguir su ejemplo.

La Eucaristía es invención de amor, es vida y fuerza de las almas, remedio para todas las enfermedades, viático para el paso del tiempo a la eternidad.

Los pecadores encuentran en ella la vida del alma; las almas tibias, el verdadero calor; las almas puras, suave y dulcísimo néctar; las fervorosas, su descanso y el remedio para calmar todas sus ansias; las perfectas, alas para elevarse a mayor perfección.

En fin, las almas religiosas hallan en ella su nido, su amor, y por último, la imagen de los benditos y sagrados votos que las unen íntima e inseparablemente al Esposo Divino.

Sí, almas consagradas; vuestro voto de pobreza está perfectamente representado en esta Hostia pequeña, redonda y fina, lisa y sin peso. Así el alma que ha hecho voto de pobreza, no debe tener ángulos, es decir, aficioncillas a cosas de su uso o de su empleo, ni a su familia ni a su pueblo natal; ha de estar siempre dispuesta a dejar… a cambiar… Nada de la tierra… el corazón libre sin apegos ocultos que lo aprisionen.

Esto no quiere decir que haya de ser insensible. El corazón más amante, puede mantener el voto de pobreza en toda su integridad. Lo esencial para el alma religiosa es que no posea nada sin la aprobación de los Superiores y que esté siempre dispuesta a abandonarlo, a la primera señal de la Voluntad de Dios.

 

 

Encontrareis también en la Hostia, pequeña y blanca, la perfecta imagen del voto de castidad. Aquí se halla encubierta, bajo las especies de pan y vino, la presencia real de todo un Dios. Tras este velo estoy Yo con mi Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así el alma consagrada por el voto de la virginidad, debe cubrirse con un velo de modestia y sencillez, de modo que bajo apariencias humanas, se esconda la pureza que la asemeja a los ángeles. Y sabedlo, almas que formáis la corte del Cordero Inmaculado, la gloria que me dais es incomparablemente mayor que me dan estos espíritus angélicos. Pues no han conocido las miserias de la naturaleza humana y no han tenido que luchar ni vencer para ser siempre purísimos.

Además, os asemejáis a mi Madre, que siendo criatura mortal ha vivido en la más perfecta pureza… En medio de todas las miserias humanas y, sin embargo, inmaculada en todos los instantes de su vida. Ella sola me ha glorificado más que todos los espíritus celestes y, atraído por esa pureza, un Dios tomó de Ella carne mortal, habitando en su criatura.

Más aún: el alma que vive consagrada a Mí por el voto de la castidad, se asemeja también, en cuanto puede la criatura, a Mí que soy su Creador, y que habiendo tomado la naturaleza humana con sus miserias, he vivido sin la más ligera sombra de mancha.

Así el alma que hace voto de castidad es una hostia blanca y pura que rinde constante homenaje a la Majestad divina.

Almas religiosas, encontraréis también en la Eucaristía la imagen perfecta de vuestro voto de obediencia.

Pues en esta hostia está cubierta y anonadada la grandeza y el poder de todo un Dios. Allí me veréis como sin vida, Yo que soy la vida de las almas y el sostén del mundo. Allí, no soy dueño de ir ni de quedarme, de estar solo o acompañado: bajo esta Hostia, sabiduría, poder, libertad, todo está escondido. Estas especies de pan son las ataduras que me atan y el velo que me cubre. Así el voto de obediencia es para el alma religiosa la cadena que la ata, el velo que la encubre para que no tenga voluntad, ni sabiduría, ni gusto, ni libertad, más que según el beneplácito divino, manifestado por sus Superiores.

 

 

GETSEMANÍ

 

Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos… después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní… a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarle, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la Divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…

 

 

Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia… para que hiciesen oración conmigo… para descansar en ellos… pero ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia… y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: ” Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz”.

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: “No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…” ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: “Padre mío”. Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. Muchas se perderían… muchísimas me ofenderían y ¡otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… ¡Y sin embargo, inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y sin embargo… ¡ah! en aquel momento, vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña… ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… ¿Y quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…

Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah! ¿Qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho… que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden… y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas… ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas! ¿Con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce… uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

 

 

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid… porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: “Yo soy”.

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas… había llegado mi hora… y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.

En seguida me condujeron a casa de Caifás, donde me recibieron con burlas e insultos y donde uno de los criados me dio la primera bofetada…

¡Ah!… ¡Entiende esto!… ¡La primera bofetada!… ¿Me hizo sufrir más que los azotes de la flagelación?… No; pero en esta primera bofetada vi el primer pecado mortal de tantas almas, que después de vivir en gracia, cometerían ese primer pecado… y tras él… ¡cuántos otros!… siendo causa con su ejemplo de que otras almas los cometieran también… y teniendo tal vez la misma desgracia: ¡morir en pecado!…

 

 

ABANDONADO DE LOS SUYOS

 

¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte… a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, que inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña… si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… Él también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.

 

 

DE TRIBUNAL EN TRIBUNAL

 

Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera… pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre… ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse… con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación… una contrariedad… una pena de familia o un momento de soledad y desolación… decirme desde el fondo del alma: “te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad”?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí… y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

 

 

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia… después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados… de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa… cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos… escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos… hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir… ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…

Al amanecer del día siguiente, Caifás ordenó que me condujeran a Pilatos para que se pronunciara la sentencia de muerte.

Este me interrogó con gran sagacidad, deseoso de hallar causa de condenación; pero al mismo tiempo su conciencia le remordía y sentía gran temor ante la injusticia que contra Mí iba a cometer; al fin encontró un medio para desentenderse de Mí y mandó que me condujeran a Herodes.

En Pilatos están fielmente representadas las almas que, sintiendo la lucha entre la gracia y sus pasiones, se dejan dominar por el respeto humano y por un excesivo amor propio. Cuando se les presenta una tentación o se ven en peligro de pecar, dejándose cegar, procuran convencerse de que en aquello no hay ningún mal, ni corren peligro alguno, que tienen bastante talento para juzgar por sí mismas y no necesitan pedir consejo. Temen ponerse en ridículo a los ojos del mundo… Les falta energía para resistir y, cerrándose al impulso de la gracia, de esta ocasión caen en otra, hasta llegar, cediendo como Pilatos, a entregarme en manos de Herodes.

Si se trata de un alma escogida, tal vez la ocasión no será de pecado grave. Pero para resistir a ella, hay que pasar por una humillación, soportar alguna molestia… Si en vez de seguir el movimiento de la gracia, y de descubrir lealmente su tentación, esta alma se sugestiona a sí misma convenciéndose de que no hay motivo para apartarse de aquella ocasión o renunciar a aquel gusto, bien pronto caerá en mayor peligro. Como Pilatos acabará por cegarse, perderá la fortaleza para obrara con rectitud y, poco a poco, me entregará.

 

 

A todas las preguntas que Pilatos me hizo, nada respondí; mas cuando me dijo: “¿Eres Tú el Rey de los Judíos?” Entonces con gravedad y entereza le dije: Tú lo has dicho: Yo soy Rey, pero mi Reino no es de este mundo.

Con estas palabras, quise enseñar a muchas almas cómo cuando se presenta la ocasión de soportar un sufrimiento, una humillación que podrían fácilmente evitar, deben contestar con generosidad.

Mi reino no es de este mundo; es decir: no busco las alabanzas de los hombres; mi patria no es ésta; ya descansaré en la que lo es verdaderamente; ahora, ánimo para cumplir mi deber sin tener en cuenta la opinión del mundo… Si por ello me sobreviene una humillación o un sufrimiento, no importa; no retrocederé, escucharé la voz de la gracia, ahogando los gritos de la naturaleza. Y si no soy capaz de vencer sola, pediré fuerzas y consejo, pues en muchas ocasiones las pasiones y el excesivo amor propio ciegan el alma y la impulsan a obrar el mal.

Entonces Pilatos dominado por el respeto humano y temiendo, por otra parte, hacerse responsable de mi causa, mandó que me llevaran a la presencia de Herodes. Era éste un hombre corrompido, que no buscaba más que el placer, dejándose arrastrar de sus pasiones desordenadas. Se alegró de verme comparecer ante su tribunal, pues esperaba divertirse con mis discursos y milagros.

Considerad, almas queridas, la repulsión que experimenté al verme ante aquel hombre vicioso, cuyas preguntas, gestos y movimientos me cubrían de confusión.

¡Almas puras y virginales! ¡Venid a rodear y defender a vuestro Esposo!… Escuchad las calumnias… los falsos testimonios y los escarnios de aquella turba vil, ávida solamente de escándalos.

Herodes esperaba que Yo contestaría a sus preguntas sarcásticas, pero no quise desplegar los labios; guardé en su presencia el más profundo silencio.

No contestar era la mayor prueba que podía darle de mi dignidad. Sus palabras obscenas no merecían cruzarse con las mías purísimas.

Entre tanto, mi Corazón estaba íntimamente unido a mi Padre Celestial. Me consumía en deseos de dar por las almas hasta la última gota de mi Sangre. El pensamiento de todas las que, más tarde, habían de seguirme, conquistadas por mis ejemplos y por liberalidad, me encendía en amor, y no sólo gozaba en aquel terrible interrogatorio, sino que deseaba soportar el suplicio de la Cruz.

Así, después de sufrir en silencio las afrentas más ignominiosas, dejé que me trataran de loco y me cubrieran con una vestidura blanca en señal de burla; después, en medio de gritos furiosos, me llevaron de nuevo a la presencia de Pilatos.

Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto… sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo… sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilatos, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros… ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas… las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah!, ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor… contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.

 

 

CORONADO DE ESPINAS

 

Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿Con que eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían… otros me insultaban… otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales… entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo… como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehúyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehúsan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah!, ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y… quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria… más consuelo… más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo… se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?

 

 

Coronado de espinas y cubierto con un manto de púrpura los soldados me presentaron de nuevo a Pilatos, gritando ferozmente, insultándome en son de burla a cada paso que daba.

No encontrando en Mí delito para castigarme, Pilatos me hizo varias preguntas, diciéndome que por qué no le contestaba, siendo así que él tenía todo poder sobre Mí…

Entonces, rompiendo mi silencio, le dije: No tendrías ese poder si no te hubiese dado de arriba; pero es preciso que se cumplan las escrituras.

Y cerrando de nuevo los labios, me entregué…

Pilatos, perturbado por el aviso de su mujer y perplejo entre los remordimientos de su conciencia y el temor de que el pueblo se amotinase contra él, buscaba medios para libertarme… y me expuso a la vista del populacho en el lastimoso estado en que me hallaba, proponiéndoles darme la libertad y condenar en mi lugar a Barrabás, que era un ladrón y criminal famoso… A una voz contestó el pueblo: -¡Que muera y que Barrabás sea puesto en libertad!

¡Almas que me amáis, ved cómo me han comparado con un criminal, y ved cómo me han rebajado más que el más perverso de los hombres!… ¡Oíd qué furiosos gritos lanzan contra Mí! ¡Ved con qué rabia piden mi muerte! ¿Rehusé, acaso pasar por tan penosa afrenta? No, antes al contrario me abracé con ella por amor a las almas, por amor a vosotras y para mostraros que este amor no me llevó tan sólo a la muerte, sino al desprecio, a la ignominia, al odio de los mismos por quienes iba a derramar mi Sangre con tanta profusión.

No creáis, sin embargo, que mi naturaleza humana no sintió repugnancia ni dolor… antes al contrario, quise sentir todas vuestras repugnancias y estar sujeto a vuestra misma condición, dejándoos un ejemplo que os fortalezca en todas las circunstancias de la vida.

Así, cuando llegó este momento tan penoso, aunque hubiese podido librarme de él, no sólo no me libré sino que lo abracé por amor y para cumplir la Voluntad de mi Padre. Para reparar su gloria, satisfacer por los pecados del mundo y alcanzar la salvación de innumerables almas.

Ahora quiero volver a tratar de las almas de quienes hablaba ayer. De estas almas a quienes llamo al estado perfecto pero vacilan, diciendo entre sí: “No puedo resignarme a esta vida de oscuridad… no estoy acostumbrada a estos quehaceres tan bajos… ¿qué dirán mi familia, mis amistades?” Y se persuaden de que con la capacidad que tienen o creen tener serán más útiles en otro lugar.

Voy a responder a estas almas. Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde… en un establo, lejos de mi casa y de mi patria… de noche… en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre San José… no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa… y sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazaret y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas… a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

Esto que he dicho a las almas que sienten horror a la vida humilde y oscura lo repito, a las que, por el contrario, son llamadas a trabajar en continuo contacto con el mundo, cuando su atractivo sería la completa soledad y los trabajos humildes y ocultos…

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consisten en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.

 

 

Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!… ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!… ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilatos ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!

Desde que Judas me entregó en el Huerto de los Olivos, anduvo errante y fugitivo, sin poder acallar los gritos de su conciencia, que lo acusaba del más horrible sacrilegio. Cuando llegó a sus oídos la sentencia de muerte pronunciada contra Mí, se entregó a la más horrible desesperación y se ahorcó.

¿Quién podrá comprender el dolor intenso de mi Corazón cuando vi lanzarse a la perdición eterna esa alma que había pasado tres años en la escuela de mi amor, aprendiendo mi doctrina, recibiendo mis enseñanzas, oyendo tantas veces como perdonaban mis labios a los más grandes pecadores?

¡Ah! ¡Judas! ¿Por qué no vienes a arrojarte a mis pies para que te perdone? Si no te atreves a acercarte a Mí por temor a los que me rodean, maltratándome con tanto furor, mírame al menos ¡verás cuán pronto se fijan en ti mis ojos!…

Almas que estáis enredadas en los mayores pecados… Si por más o menos tiempo habéis vivido errantes y fugitivas a causa de vuestros delitos, si los pecados de que sois culpables os han cegado y endurecido el corazón, si por seguir alguna pasión habéis caído en los mayores desórdenes, ¡ah!, no dejéis que se apodere de vosotros la desesperación, cuando os abandonen los cómplices de vuestro pecado o cuando vuestra alma se dé cuenta de su culpa… Mientras el hombre cuenta con un instante de vida, aún tiene tiempo de recurrir a la misericordia y de implorar el perdón.

Si sois jóvenes y los escándalos de vuestra vida pasada os han degradado ante los hombres, ¡no temáis! aun cuando el mundo os desprecie, os trate de malvados, os insulte, os abandone, estad seguros de que vuestro Dios no quiere que vuestra alma sea pasto de las llamas del infierno. Desea que os acerquéis a Él para perdonaros. Si no os atrevéis a hablarle, dirigidle miradas y suspiros del corazón y pronto veréis que su mano bondadosa y paternal os conduce a la fuente del perdón y de la vida.

Si por malicia habéis pasado quizá gran parte de vuestra vida en el desorden o en la indiferencia, y cerca ya de la eternidad, la desesperación quiere poneros una venda en los ojos, no os dejéis engañar, aún es tiempo de perdón y ¡oídlo bien!, si os queda un segundo de vida, aprovechadlo, porque en el podéis ganar la vida eterna…

Si ha transcurrido vuestra existencia en la ignorancia y el error, si habéis sido causa de grandes daños para los hombres, para la sociedad y hasta para la Religión, y por cualquier circunstancia conocéis vuestro error, no os dejéis abatir por el peso de vuestras faltas ni por el daño de que habéis sido instrumento, sino por el contrario, dejando que vuestra alma se penetre del más vivo pesar, abismaos en la confianza y recurrid al que siempre os está esperando para perdonaros todos los yerros de vuestra vida.

Lo mismo sucede, si se trata de un alma que ha pasado los primeros años de su vida en la fiel observancia de mis Mandamientos, pero que ha decaído poco a poco del fervor, pasando a una vida tibia y cómoda…

Se ha olvidado de que tiene un alma que aspiraba a mayor perfección. Dios le pedía más, pero cegándose a fuerza de consentir en sus defectos habituales, se ha dejado invadir por el hielo de la tibieza. Peor, en cierto modo, que si hubiera caído en grandes pecados, porque la conciencia sorda y dormida no escucha la voz de Dios y acaba por no sentir remordimiento.

Pero un día recibe una fuerte sacudida que la despierta; entonces aparece su vida inútil, vacía, sin méritos para la eternidad. El demonio, con infernal envidia, la ataca de mil maneras, le inspira desaliento y tristeza, y abultándole sus faltas, acaba por llevarla al temor y la desesperación.

Almas que tanto amo no escuchéis este cruel enemigo. Venid cuanto antes a arrojaros a mis pies y penetradas de un vivo dolor, implorad misericordia y no temáis. Os perdono. Volved a empezar vuestra vida de fervor, recobraréis los méritos perdidos y mi gracia no os faltará.

¿Es acaso un alma de las que Yo he escogido? Quizá pase muchos años en la constante práctica de sus Reglas y deberes de la vida religiosa. La favorecí con mis gracias, escuchó mis consejos y fue de las más fieles a las divinas inspiraciones. Pero luego por una pasioncilla, una ocasión que no evitó, una satisfacción de la naturaleza y cierta habitual pereza para vencerse, se fue poco a poco enfriando y cayó en una vida vulgar, al fin tibia…

¡Ah! Si por una causa o por otra, tu alma despierta, ten en cuenta que el diablo envidioso de tu bien, te asaltará por todos los medios posibles. Te dirá que es demasiado tarde; que todos los esfuerzos son inútiles, te llenará de miedo y repugnancia para descubrir sinceramente el estado de tu alma… llegará como a ahogarte para que no puedas hablar, a fin de que tu alma no se abra a la luz; y trabajará con saña para quitarte la paz y la confianza.

Escucha, alma querida. Yo te diré lo que has de hacer. En cuanto sientas la moción de la gracia y antes de que sea más fuerte la lucha, acude a mi Corazón, pídele que vierta una gota de su Sangre sobre tu alma. ¡Ven a Mí! Ya sabes dónde me encuentro en los brazos paternales de tus superiores… Allí estoy bajo el velo de la fe. Levanta ese velo y dime con entera confianza tus penas, tus miserias, tus caídas… Escucha con respeto mis palabras y no temas por lo pasado. Mi Corazón lo ha sumergido en el abismo de mi misericordia y mi amor te prepara nuevas gracias. Tu vida pasada te dará humildad que te llenará de méritos, y si quieres darme la mejor prueba de amor, ten confianza y cuenta con mi perdón. Cree que nunca llegarán a ser mayores tus pecados que mi misericordia, pues es infinita.

 

 

CAMINO DEL CALVARIO

 

En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro… sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios… y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo… y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!

Sí, mi Madre estuvo presente a todos los momentos de mi Pasión, que por revelación divina se presentaban a su espíritu. Además, varios discípulos, aunque permaneciendo lejos, por miedo a los judíos, procuraban enterarse de todo e informaban a mi Madre. Cuando supo que ya se había pronunciado la sentencia de muerte, salió a mi encuentro y no me abandonó hasta que me depositaron en el sepulcro…

Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

 

SIMÓN CIRINEO

 

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado o sea que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas si pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme… consolarme… se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento… lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.

 

 

LA CRUCIFICCIÓN

 

Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero… ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha… resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda… ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren… los nervios se desgarran… los huesos se descoyuntan… ¡el dolor es inmenso!… mis pies quedan traspasados… ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados… este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!… sin poder hacer el menor movimiento… desnudo… sin fama… sin honra… sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y ¿qué rehusarás a mi amor?

 

 

LAS SIETE PALABRAS

 

Ya ha llegado la hora de la Redención del mundo… Me van a levantar y a ofrecer como espectáculo de burla… Pero también de admiración…

 

 

¡El mundo ha encontrado la paz!… Esta Cruz que hasta aquí era el patíbulo donde expiaban los criminales, es ahora la luz del mundo, el objeto de mayor veneración.

En mis llagas encontrarán los pecadores el perdón y la vida: mi Sangre lavará y borrará todas sus manchas… En mis llagas las almas puras vendrán para saciar su sed y abrasarse en amor. En ellas podrán guarnecerse y fijar su morada… El mundo ya ha encontrado su Redentor y las almas escogidas el modelo que deben imitar…

 

 

«Estaba clavado en la Cruz, Tenía la corona de espinas puesta, y estas espinas, que son bastante largas, penetraban muy hondo en su cabeza. Una que era más larga entraba por encima de la frente y salía por cerca del ojo izquierdo, que estaba muy hinchado. Su cara, llena de Sangre y polvo, estaba un poco inclinada hacia adelante y hacia el lado izquierdo. Los ojos, aunque hinchados y ensangrentados, estaban abiertos y miraban hacia abajo. En varias partes de su Cuerpo herido faltaban jirones de carne y de piel. Brotaba Sangre de la cabeza y de las otras heridas. Sus labios amoratados, y un poco torcida la boca, aunque la última vez que lo he visto, a las dos y media, la boca había recobrado su aspecto normal.

En fin, inspiraba tal compasión, que es imposible contemplarle sin traspasarse el alma de dolor… Lo que me ha causado más pena, es que ni siquiera tenía libertad para acercarse una mano a la cara… En fin, verlo clavado así, manos y pies, me dará fuerza por dejarlo todo y someterme a su Voluntad aun en aquello que más me cuesta.

Es de notar que, cuando lo he visto así en la Cruz, le habían arrancado la barba, que antes daba gran majestad a su rostro. Sus cabellos, que son tan hermosos, ahora estaban en desorden, llenos de Sangre y le caían por la cara… »

 

– ¡Padre!, perdónalos porque no saben lo que hacen…

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades… mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

 

 

– Hoy estarás conmigo en el paraíso…

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes… ella te conduce a la vida eterna.

– Mujer, he ahí a tu hijo.

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

 

 

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

¡Tengo sed! ¡Oh Padre mío!… tengo sed de tu gloria… y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: – Todo está consumado.

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

A Ti entrego mi alma… Así las almas que cumplen mi Voluntad, podrán decir con verdad: Todo está consumado… ¡Señor mío y Dios mío! Recibe mi alma, la pongo en tus manos…

 

 

Llamamiento a las almas consagradas

 

Ahora quiero hablar a mis almas consagradas… para que puedan darme a conocer a los pecadores y al mundo entero.

Muchas no saben aun penetrar mis sentimientos; me tratan como a alguien con quien no se tiene confianza y que vive lejos de ellas. Quiero que aviven su fe y su amor y que su vida sea de confianza y de intimidad con Aquel a quien aman y que las ama.

De ordinario el hijo mayor es el que mejor conoce los sentimientos y los secretos de su padre; en él deposita su confianza más que en los otros, que siendo más pequeños, no son capaces de interesarse en las cosas serias y no fijan la atención sino en las superficiales; si el padre muere, es el hijo mayor el que trasmite a sus hermanos menores los deseos y la última voluntad del padre…

En mi Iglesia hay también hijos mayores; son las almas que Yo he escogido. Consagradas por el sacerdocio o por los votos religiosos, viven más cerca de Mí, y Yo les confío mis secretos… Ellas son, por su ministerio o por su vocación, las encargadas de velar sobre mis hijos más pequeños, sus hermanos; y unas veces directa, otras indirectamente, de guiarlos, instruirlos y comunicarles mis deseos.

Si esas almas escogidas me conocen bien, fácilmente podrán darme a conocer, y si me aman, podrán hacerme amar… Pero ¿cómo enseñarán a los demás si ellas me conocen poco?… Ahora bien; Yo pregunto: ¿es posible amar de veras a quien apenas se conoce?… ¿Se puede hablar íntimamente con aquel de quien vivimos alejados o no confiamos bastante?…

Esto es precisamente lo que quiero recordar a mis almas escogidas… Nada nuevo, sin duda… pero, ¿no necesitan reanimar la fe, el amor, la confianza?

Quiero que me traten con más intimidad, que me busquen en ellas, dentro de ellas mismas, pues ya saben que el alma en gracia es morada del Espíritu Santo; y allí que me vean como soy, es decir, como Dios, pero Dios es amor… que tengan más amor que temor, que sepan que yo las amo y que no lo duden; pues hay muchas que saben que las escogí porque las amo, pero cuando sus miserias y sus faltan las agobian, se entristecen creyendo que no les tengo ya el mismo amor que antes.

 

 

Te decía que estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi Divino Corazón… porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi bondad. Si reconocen su impotencia y su debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído.

Lo mismo sucede cuando me piden algo para sí o para los demás… Si vacilan, si dudan de Mí, no honran mi Corazón. Pero si esperan firmemente lo que me piden, sabiendo que sólo puedo negárselo si no es conveniente al bien de su alma, entonces me glorifican. Cuando el Centurión vino a pedirme que curase a su criado, me dijo con gran humildad: -“Yo no soy digno de que Tú vengas a mi casa”; mas, lleno de fe y confianza, añadió: -“Pero Señor, di una sola palabra y mi criado quedará curado…” Este hombre conocía mi Corazón. Sabía que no puedo resistir a las súplicas del alma que todo lo espera de Mí. Este hombre me glorificó mucho, porque a la humildad añadió firme y entera confianza. Sí, este hombre conocía mi Corazón y, sin embargo, no me había manifestado a él como me manifiesto a mis almas escogidas.

Por medio de la confianza, obtendrán copiosísimas gracias para sí mismas y para otras almas. Quiero que profundicen esta verdad porque deseo que revelen los caracteres de mi Corazón a las pobres almas que no me conocen.

 

 

Te lo repito: no es nada nuevo, pero así como el fuego necesita alimento para que no se apague, así las almas necesitan nuevos alientos que las hagan avanzar y nuevo calor que las reanime.

Entre las almas que me están consagradas hay pocas que tengan verdadera fe y confianza en Mí, porque son pocas las que viven en unión íntima conmigo.

Quiero que sepan que Yo amo a las almas tal como son. Sé que su debilidad las hará caer más de una vez. Sé que aquello que me están prometiendo, en ciertas ocasiones no lo cumplirán. Pero su determinación me glorifica y, después de sus caídas, el acto de humildad que hacen y la confianza que ponen en Mí, me honran tanto que mi Corazón derrama sobre ellas un sinnúmero de gracias.

Quiero que sepan cuánto deseo que cobren nuevo aliento y se renueven en esta vida de unión y de intimidad… Que no se contenten con hablarme en la Iglesia, ante el Sagrario – es verdad que allí estoy – pero también vivo en ellas, dentro de ellas, y me deleito en identificarme con ellas.

Que me hablen de todo; que todo me lo consulten; que me lo pidan todo. Vivo en ellas para ser su vida y habito en ellas para ser su fuerza.

Sí, lo repito; estoy en ellas y me recreo en unirme íntimamente a ellas; ¡que no lo olviden!

Allí, en el interior de su alma, las veo, las oigo y las amo; ¡y espero correspondencia al amor que les tengo!

Hay muchas almas que por la mañana hacen oración, pero es más una fórmula que una entrevista de amor. Luego oyen o celebran Misa, me reciben en la comunión y, cuando salen de la Iglesia, se absorben en sus quehaceres, hasta tal punto, que apenas me vuelven a dirigir una palabra.

En esta alma estoy como en un desierto. No me habla, no me pide nada y ocurre muchas veces que, si necesita consuelo, antes lo pedirá a una criatura, a quien tiene que ir a buscar, que a Mí que soy su Creador, que vivo y estoy en ella. ¿No es esto falta de unión, falta de vida interior o, lo que es lo mismo, falta de amor?

También quiero recordar a las almas consagradas, que las escogí de un modo especial para que, viviendo en íntima unión conmigo, me consuelen y reparen por los que me ofenden. Quiero recordarles que están obligadas a estudiar mi Corazón para participar de sus sentimientos y poner por obra sus deseos, en cuanto les sea posible.

Cuando un hombre trabaja en campo propio, pone empeño en arrancar todas las malas hierbas que brotan en él, y no ahorra trabajo ni fatiga hasta conseguirlo. Así quiero que trabajen las almas escogidas cuando conozcan mis deseos; con celo y con ardor, sin perdonar trabajo, sin retroceder ante el sufrimiento, con tal de aumentar mi gloria y de reparar las ofensas del mundo.

 

 

 

Para mis almas consagradas, mis sacerdotes, mis religiosos y religiosas: todos están llamados a una íntima unión conmigo, a vivir a mi lado, a conocer mis deseos, a participar de mis alegrías, de mis tristezas.

Ellas están obligadas a trabajar en mis intereses, sin perdonar esfuerzo ni sufrimiento.

Ellas, sabiendo que tantas almas me ofenden, deben reparar con sus oraciones, trabajos y penitencias.

Ellas, sobre todo, deben estrechar su unión conmigo y no dejarme solo. Esto no lo entienden muchas almas. Olvidan que a ellas corresponde hacerme compañía y consolarme.

Ellas han de formar una liga de amor que, reuniéndose en torno de mi Corazón, implore para las almas luz y perdón.

Y cuando, penetradas de dolor por las ofensas que recibo de todas partes, ellas, mis almas escogidas, me pidan perdón y se ofrezcan para reparar y para trabajar en mi Obra, que tengan entera confianza, pues no puedo resistir a sus súplicas y las despacharé del modo más favorable.

Que todas se apliquen a estudiar mi Corazón… Que profundicen mis sentimientos, que se esfuercen en vivir unidas a Mí, en hablarme… en consultarme. Que cubran sus acciones con mis méritos y con mi Sangre, empleando su vida en trabajar por la salvación de las almas y en acrecentar mi gloria.

Que no se empequeñezcan considerándose a sí mismas, sino que dilaten su corazón al verse revestidas del poder de mi Sangre y de mis méritos. Si trabajan solas, no podrán hacer gran cosa; mas si trabajan conmigo, a mi lado, en mi nombre y por mi gloria, entonces serán poderosas.

Que mis almas consagradas reanimen sus deseos de reparar y pedir con gran confianza que llegue el día del Divino Rey, el día de mi reinado universal.

Que no teman, que esperen en Mí, que confíen en Mí.

Que las devoren el celo y la caridad hacia los pecadores. Que les tengan compasión, que rueguen por ellos y los traten con dulzura.

Que publiquen en el mundo entero mi bondad, mi amor y mi misericordia.

Que en sus trabajos apostólicos se armen de oración, de penitencia y, sobre todo, de confianza, no en sus esfuerzos personales, sino en el poder y la bondad de mi Corazón que las acompaña.

En tu Nombre, Señor, obraré y sé que seré poderoso. Esta es la oración que hicieron mis Apóstoles, pobres e ignorantes, pero ricos y sabios, con la riqueza y sabiduría divinas.

Tres cosas pido a mis almas consagradas:

REPARACION, es decir; vida de unión con el Reparador Divino: trabajar por Él, con Él, en Él, en espíritu de reparación y en íntima unión a sus sentimientos y a sus deseos.

AMOR, o sea intimidad con Aquel que es todo amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor.

CONFIANZA, es decir; estar segura de Aquel que es bondad y misericordia… De Aquel con el cual vivo día y noche… que me conoce y que conozco… que me ama y que amo… que llama de un modo particular a sus almas escogidas para que, viviendo en Él y conociendo su Corazón, lo esperen todo de Él.

  

 

 

 

 

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San Gabriel de la Dolorosa

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 27, 2009

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San Gabriel de la Dolorosa

 

Nació en Asís (Italia) el año 1838.

Siendo estudiante en Spoleto, conoció la fascinación del mundo. No obstante, atendiendo las llamadas de la Gracia, decidió dejarlo todo para ingresar a la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Su vida religiosa consistió en realizar el modelo de una existencia crucificada al mundo, abierta plenamente a la unión con Dios y al ejercicio de todas las virtudes, especialmente la humildad y la obediencia. Se distinguió particularmente por su devoción a la Virgen Dolorosa, que modela la característica su espiritualidad.

Murió en Isola del Gran Sasso, en los Abruzzos, el 27 de febrero de 1862. Junto a su sepulcro se levanta ahora un gran santuario, inaugurado en el año 2000, meta de grandiosas peregrinaciones y centro de irradiación religiosa. En 1926 fue declarado copatrono de la Juventud Católica Italiana y, en 1959, patrón principal de los Abruzzos. Su fiesta se celebra el 27 de febrero.

 

ORACIÓN

Oh Dios, que por tu admirable designio de amor llamaste a san Gabriel de la Dolorosa a vivir el misterio de la cruz unido a María, la madre de Jesús; guíanos hacia tu Hijo Crucificado para que participando en su pasión y muerte alcancemos la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 

   

 

 

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LA SANTIDAD EN LA FAMILIA PASIONISTA

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 8, 2009

LA SANTIDAD EN LA FAMILIA PASIONISTA

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El florecer de las causas de canonización en nuestros días demuestra la vitalidad de la Iglesia y el deseo de santidad del pueblo de Dios, que admira y venera a los héroes de la santidad y busca nuevos modelos de vida en quienes inspirarse en medio de las dificultades del mundo.

 

La Congregación Pasionista es una familia de apóstoles, pero también una “madre fecunda de Santos” (Pablo VI), de cristianos, hombres y mujeres, que la Familia Pasionista recuerda con alegría y la Iglesia ofrece como modelos a todos sus hijos todavía peregrinos en la tierra.

 

SANTOS Y SANTAS PASIONISTAS

 

 SAN PABLO DE LA CRUZ (19 de octubre)

paolo20della20croce_sm   Nació en Ovada (Piamonte) en 1694. Durante su juventud ayudó a su padre en el comercio. Llamado por Dios a seguir las huellas de Cristo crucificado, vistió el hábito religioso en 1720, entregándose con ardor al ascetismo y al apostolado. Fue ordenado sacerdote por el papa Benedicto XIII, durante la permanencia romana, en la cual temporalmente se dedicó al cuidado de los enfermos. Retirado a la soledad del Monte Argentaro, junto con su hermano el Venerable padre Juan Bautista de san Miguel Arcángel, por divina inspiración fundó la Congregación de la Pasión de Jesucristo, cuya finalidad principal es meditar y predicar la Pasión y Muerte de Cristo, Fundó también, con la misma finalidad, el instituto de las religiosas Pasionistas de vida contem­plativa. Fue un predicador incansable de la Palabra de la Cruz, superior excelente, modelo perfecto de penitencia y de contemplación, inspirado director de almas, considerado como el más grande místico del siglo XVIII. Murió en Roma el 18 de octubre de 1775.

  

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA (27 de febrero)

gabrielle20della20ad_sm   Nació en Asís (Umbría) en 1838. Siendo estudiante en Spoleto, conoció la fascinación del mundo. No obstante, secundando las llamadas de la gracia, decidió dejarlo todo para ingresar en la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Su vida religiosa consistió en realizar el modelo de una existencia crucificada al mundo, abierta plenamente a la unión con Dios y al ejercicio de todas las virtudes, especialmente la humildad, la pureza, la caridad y la obediencia. Se distinguió particularmente por su devoción a la Virgen Dolorosa, que forma la característica de su espiritualidad. Murió en Isola del Gran Sasso, en los Abruzzos, el 27 de febrero de 1862. Junto a su sepulcro se yergue ahora un grandioso santuario, meta de piadosas peregrinaciones y centro de irradiación religiosa. En 1926 fue declarado copatrono de la Juventud Católica Italiana y, en 1959, patrón principal de los Abruzzos.

 

 SANTA GEMA GALGANI (16 de mayo)

gemma20g_sm   Nació en 1878, cerca de Lucca, en Toscana. Desde niña se consagró a la meditación de la Pasión de Jesucristo, viviendo una vida de pureza, en ansia continua del paraíso. Al quedar huérfana de padre y madre, una familia de auténticas virtudes cristianas la recibió caritativamente en su casa. Consagrada al Señor por el voto de virginidad, se entregó con ardor a la consecución de la perfección. Se distinguió por una ardiente devoción a la Eucaristía y un gran amor a Jesús crucificado y a la Virgen María. El Señor la enriqueció con singulares carismas sobrenaturales, ofreciéndose como víctima por la conversión de los pecadores. Suspiró intensamente por ingre­sar entre las religiosas pasionistas. No pudiendo conseguir la realización de su ideal, dio un maravilloso ejemplo de santidad en medio del mundo. Murió el sábado santo, 11 de abril de 1903, en Lucca.

    

     Desde el principio se señaló como fecha de la memoria el 14 de mayo, pues en este día, el año santo de la Redención de 1933, fue beatificada. No se fijó la fecha de su muerte pues siempre coincidiría con el final de la Cuaresma, la Semana Santa o la octava de Pascua, por lo cual, según el orden de precedencia de los días litúrgicos quedaría siempre impedida su celebración.
     Con la reforma del Concilio se fijó la fecha del 16 de mayo, pues la fecha del 14 está impedida por la celebración de San Matías Apóstol, y el 15 de mayo, en España -que es donde es más fuerte su culto- por la fiesta de san Isidro, el día 15 de mayo. No obstante lo anterior, dado el arraigo -en España- de la celebración de santa Gema el día 14 de mayo, se consiguió un permiso especial de la Santa Sede para que en los tres santuarios de la santa en España (La Coruña, Madrid y Barcelona), siguiera celebrándose el día 14 de mayo.

 

SAN VICENTE MARÍA STRAMBI (25 de septiembre)

vincenzo_sm  Nació en Civitavecchia en 1745. Al poco tiempo de su ordenación sacerdo­tal ingresó en la Congregación pasionista, recientemente fundada. Trabajó en favor de la promoción de la vida cristiana, mediante la predicación de la Pasión de Cristo, recorriendo casi toda Italia. Compuso libros de carácter doctrinal y piadoso. Entre estos últimos, sobresale el folleto sobre la Preciosísima Sangre. Se distinguió como director de almas. Con su consejo ayudó, entre otros, a san Gaspar del Búfalo y la beata Ana María Taigi. Consagrado obispo de Macerata y Tolentino, promovió con celo apostólico la reforma del clero y del pueblo, actuando como verdadero pastor de surebaño. En los conflictos políticos de su tiempo, se mostró como intrépido defensor de la libertad de la Iglesia, prefiriendo el destierro al juramento de fidelidad a las usurpaciones napoleónicas. Vuelto a su diócesis, brilló aún más su solicitud pastoral y su gran candad con los pobres. El papa León lo llamó al Quirinal como consejero. Allí murió el 1º de enero de 1824, des­pués de haberse ofrecido al Señor en lugar del Papa gravemente enfermo. Su cuerpo reposa en Macerata.

  

SAN INOCENCIO CANOURA (9 de octubre)

innocenzo20canoura_sm   Inocencio de la Inmaculada (Manuel Canoura Arnau) nació el 10 de marzo de 1887 en Santa Cecilia del Valle de Oro, diócesis de Mondoñedo, España. Pasionista desde el 27 de julio de 1905, presbítero desde el 20 de septiembre de 1913, desempeñó con gran entrega el sagrado ministerio en varias comunidades de su provincia religiosa (La Preciosísima Sangre). En la llama­da «Revolución de Asturias de 19340, mientras celebraba la santa Misa en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón, fue apresado con la comunidad de ocho Hermanos lasallistas y fueron todos ellos fusi­lados el 9 de octubre del mismo año 1934. Beatificado en 1990 y canonizado en 1999 por Juan Pablo II.

  

SANTA MARÍA GORETTI (6 de julio)

goretti_sm   Nació en Corinaldo (Italia) el 16 de octubre de 1890, de una familia humilde. Su niñez, bastante dura, transcurrió cerca de Nettuno, y durante ella se ocupó en ayudar a su madre en las tareas domésticas; era de índole piadosa, como lo demostraba su asiduidad en la oración. En el año 1902, puesta en trance de defender su castidad, prefirió morir antes que pecar, el joven que atentaba contra ella puso fin a su vida, agrediéndola con un punzón. Antes de morir, María perdonó a su agresor. Fue canonizada por Pío XII en 1950. Los Pasionistas que se ocuparon de su proceso de canonización proveen con celo al servicio del santuario de Nettuno, donde se veneran sus restos mortales.

 

 SAN CARLOS HOUBEN (5 de enero)

carlos20houben_sm   San Carlos de San Andrés (en el siglo Juan Andrés Houben) nació en Munstergeleen (Holanda) el 77 de diciembre de 1821. Tomada la decisión de consagrar su vida a Dios, entró en el noviciado pasionista de Ere (Bélgica) el año 1845 y profesó los votos religiosos el 10 de diciembre de 1846. Ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1850, fue destinado en 1852 a la nueva fundación pasionista de Inglaterra, donde el beato Domingo Barberi, que había muerto recientemente, tanto había trabajado por el retorno de los hermanos separados a la fe católica. También san Carlos Houben, siguiendo el ejemplo del beato Domingo, apóstol del ecumenismo, trabajó infatigablemente por el bien de las almas y la unidad de la Iglesia, primero en Inglaterra y después en Irlanda, donde falleció con gran fama de santidad el 5 de enero de 1893, vigilia de la Epifanía del Señor. Hombre de gran vida interior al estilo del Fundador, san Pablo de la Cruz, y de los primeros pasionistas, más que por la predicación se distinguió por el apostolado de las bendiciones y de las confesiones. Fue beatificado por Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1988. Canonizado por Benedicto XVI el 3 de junio de 2007.

 

 

BEATOS PASIONISTAS

 

 

BEATO LORENZO SALVI (12 de junio)

lorenzo20salvi_sm   El beato Lorenzo María de san Francisco Javier (Salvi), nacido en Roma el 30 de octubre de 1782, murió en Capranica, Vetralla, el 12 de junio de 1856. Profesó la Regla pasionista el 20 de noviembre de 1802 y fue ordenado sacerdote el 29 de diciembre de 1805. Superior diligente, su vida se caracterizó, siguiendo las huellas del Fundador, san Pablo de la Cruz, por su actividad misionera itinerante y el apostolado incansable de la Infancia de Jesús, difundiendo su devoción por todas partes con la palabra, el ejemplo y nume­rosos escritos. Su Santidad Juan Pablo II lo beatificó el 1 de octubre de 1989. Sus restos mortales se veneran en la iglesia pasionista de san Miguel Arcángel de Vetralla.

 

BEATOS NICÉFORO Y 25 COMPAÑEROS MÁRTIRES (23 de julio)

martires20de20daimiel_sm   Los beatos Nicéforo de Jesús y María y 25 compañeros mártires de Daimiel (uno de ellos, Juan Pedro Bengoa, nació en Mondragón) sellaron heroi­camente con el sacrificio de sus vidas su consagración a Dios en nuestra Congregación Pasionista. Arrojados con violencia del retiro de Daimiel (Ciudad Real), la noche del 21 al 22 de julio de 1936, murieron en cinco gru­pos y en fechas y lugares diferentes. Para la conmemoración litúrgica de su fiesta se ha escogido el 23 de julio que es la fecha en que fue martirizado el primer grupo de 6 religiosos, encabezado por el Superior Provincial, beato Nicéforo de Jesús y María (Diez Tejerina). Son los primeros mártires beatifi­cados de la Congregación. Fueron beatificados por Juan Pablo II, el 1 de octubre de 1989.

 

BEATO DOMINGO BARBERI (27 de agosto)

domingo20de20la20madre20d_sm   Domingo Barberi, apellidado en religión «de la Madre de Dios», nació en 1792, cerca de Viterbo. Fue a la edad de 22 años cuando, por frecuentes llamadas interiores, comprendió que Dios lo invitaba al apostolado. Dejando entonces el cultivo de los campos, ingresó en la Congregación pasionista, donde reveló extraordinarias cualidades de mente y corazón. Ordenado sacerdote, se entregó a la enseñanza, al ministerio de la palabra, a la direc­ción de las almas y a la composición de numerosos escritos sobre materias de filosofía, teología y predicación. Imbuido del espíritu de san Pablo de la Cruz, se preocupó particularmente por el retorno de Inglaterra a la unidad de la Iglesia. Fundador de los pasionistas en Bélgica en 1840, llegó a Inglaterra en 1842. Allí se entregó, con toda su alma, al apostolado para el cual Dios lo había escogido. Tuvo el consuelo de recibir en la Iglesia católica a no pocos anglicanos, entre los cuales el más ilustre fue el futuro Cardenal Juan Enrique Newman. Murió en Reading, el 27 de agosto de 1849. Su sepulcro se venera en Sutton, Saint Helens, como meta de peregrinaciones del pueblo inglés.

  

BEATO ISIDORO DE LOOR (6 de octubre)

isidoro20de20l_sm   Isidodo de Loor, apellidado en religión «de San José», nació el 18 de abril de 1881 en Vrasene, Flandes Oriental, diócesis de Gent. Hijo de agricultores, amó apasionadamente el trabajo del campo y a él se dedicó hasta que, llamado por Dios a los 26 años de edad, ingresó en el noviciado pasionista de Ere, como hermano coadjutor. Hecha la Profesión religiosa el 13 de septiembre de 1908, desempeñó en varias comunidades los humildes servicios propios de su condición de hermano, viviendo una intensísima vida de oración y penitencia según el espíritu pasionista. En 1911, le fue extir­pado el ojo derecho afectado de grave tumor. Por su caridad y sencillez, por su laboriosidad y silencio se atrajo la admirada atención de sus hermanos de hábito y de los fieles que le conocieron. Víctima de pleuritis y cáncer, después de un mes de atroces sufrimientos, falleció el 6 de octubre de 1916, a los 35 años de edad y 8 de vida religiosa, llamado por todos el «hermano bueno» o y también «el hermano de la voluntad de Dios». Su Santidad el Papa Juan Pablo II lo beatificó el 30 de septiembre de 1984.

  

BEATO PÍO CAMPIDELLI (3 de noviembre)

pio20campidelli_sm   Pío de San Luis (Campidelli) nació el 29 de abril de 1868 en Trebbio, diócesis de Rímini, hijo de agricultores. Habiendo conocido a los Pasionistas con motivo de una misión popular, el 27 de mayo de 1882 vistió el hábito de la Congregación de la Pasión y el 30 de abril de 1884 emitió la profesión religiosa en el noviciado de Santa María de Casale. Abrazada con fervor la austera vida pasionista, se distinguió por su devoción eucarística y mariana, por una auténtica caridad fraterna y un decidido empeño en el estudio. Recibidas las cuatro órdenes menores, cuando se preparaba para el subdiaconado, afectado de grave dolencia, expiró, como en éxtasis, el 2 de noviem­bre de 1889 en el retiro de Casale, ofreciendo su joven existencia en sacrifi­cio por la Iglesia, el Sumo Pontífice y su queridísima Romana. El Sumo Pontífice Juan Pablo II lo beatificó el 17 de noviembre de 1985.

  

BEATO EUGENIO BOSSILKOV (13 de noviembre)

bosilkov_sm   El beato obispo Eugenio Bossilkov, pasionista, nació en Belene, Bulgaria, el 16 de noviembre de 1900. Educado desde los once años en los seminarios pasionistas de su patria, Órese y Russe, fue después enviado a las casas pasionistas de Bélgica y Holanda para completar los estudios. Hizo el novi­ciado en Ere, Bélgica, y entonces adoptó el nombre de Eugenio del Sagrado Corazón. Concluidos los estudios teológicos, fue ordenado sacerdote el 25 de julio de 1926. Seguidamente marchó a Roma; en 1932 se doctoró en Teología, en el Pontificio Instituto Oriental. Regresó a Bulgaria en 1933. Después de varios años de servicio pastoral como párroco en Russe y Badarski-Gheran, fue consagrado obispo de Nicópolis en 1947. Era muy conocido y amado en toda Bulgaria. Fue condenado a muerte durante la persecución estalinista y fusilado en la cárcel de Sofía el 11 de noviembre de 1952. Fue beatificado por Juan Pablo II el 15 de marzo de 1998.

  

BEATO GRIMOALDO SANTAMARÍA (1 8 de noviembre)

grimoaldo20de20sta20ma_sm   Grimoaldo de la Purificación (Fernando Santamaría en el siglo) nació el 4 de mayo de 1883 en Pontecorvo (Frosinone, Italia) y fue el mayor de cinco hermanos. Inscrito como congregante de la Inmaculada todavía adolescente, desarrolló un fecundo apostolado entre sus pequeños compañeros. El 6 de marzo de 1900, emitió la profesión religiosa como pasionista. Pero apenas habían transcurrido dos años desde su profesión, mientras se preparaba al sacerdocio en el retiro de Ceccano, se vio afectado de una meningitis aguda, durmiéndose en el Señor el 18 de noviembre de 1902, como él mismo lo había predicho, invocando a María y “contentísimo” —decía— de cumplir la voluntad de Dios. Tenía, al morir, 19 años. El secreto de su rápida ascensión a la cima de la santidad estriba en su singular devoción a María Inmaculada, a quien se había consagrado ya desde pequeño. Fue beatificado por el papa Juan Pablo II el 29 de enero de 1995.

 

 BEATO BERNARDO MARÍA SILVESTRELLI (9 de diciembre)

bernardo20silvestrelli_sm   El beato Bernardo María de Jesús (César Silvestrelli), nació en Roma el 7 de noviembre de 1831, de la noble familia Silvestrelli-Gozzani. Bautizado el mismo día y confirmado el 7 de junio de 1840, fue ordenado sacerdote en el monte Argentaro, el 22 de diciembre de 1855, emitiendo la profesión reli­giosa el 28 de abril de 1857, en el noviciado de Morrovalle, donde tuvo como compañero al futuro san Gabriel de la Dolorosa. Muy pronto fue designado para desempeñar importantes oficios en la Congregación: director de estudiantes, maestro de novicios, rector, consultor provincial y Superior General, los años 1878-88 y 1893-1907. Intrépido campeón del espíritu de la Congregación en circunstancias particularmente difíciles, imprimió un gran impulso a nuestro instituto en el mundo. Bajo su iluminada y vigilante guía fueron fundadas seis nuevas provincias y reorganizadas las que fueron probadas por la supresión gubernativa en Italia y Francia. Habiendo renun­ciado al generalato, recibió por voluntad del Papa el título vitalicio de Superior General honorario. Habiéndose retirado a Moricone, en la Sabina, murió allí de una caída el 9 de diciembre de 1911, con 80 años de edad. Fue beatificado por Juan Pablo II el 16 de octubre de 1988.

  

PASIONISTAS VENERABLES

 Se llama así al cristiano a quien el Papa ha reconocido la heroicidad de las virtudes, tras los estudios de la Causa de Canonización; es una etapa previa a la beatificación. En la Familia Pasionista son venerables los siguientes:

 

JUAN BAUTISTA DANEI (1695-1765), italiano.

Hermano de sangre de San Pablo de la Cruz y compañero inseparable en la fundación. Gran misionero y director espiritual, destacó por su humildad y amor a los religiosos. Venerable desde el 7-VIII-1940.

 

GALILEO NICOLINI (1882-1897), italiano.

Siendo novicio, hizo los votos antes de morir. Venerable desde el 27-XI-1981.

 

JUAN BRUNI(1882-1905), italiano.

Ordenado sacerdote poco antes de morir. Venerable desde el 9-VI-1983.

 

NAZARENO SANTOLINI (1859-1930), italiano.

Sacerdote, maestro de novicios de Galileo Nicolini. Venerable desde el 7-XII-1989.

 

GIAN GIANEL (Santiago de San Luis) (1714-1750), italiano.

Hermano coadjutor, se distinguió por su espíritu de oración, imitando a los primeros pasionistas. Venerable desde el 21-XII-1989.

 

GERARDO SAGARDUI (1881-1962), vizcaíno de Zollo.

Hermano coadjutor, portero de la casa general de Roma durante más de 50 años. Se distinguió por su humildad y caridad. Su cuerpo reposa en la capi­lla de San Felicísimo. Venerable desde el 12-XII-1991.

 

FORTUNATO DE GRUTIIS (1826-1905), italiano.

Sacerdote, gran misionero popular. Venerable desde el 11-VII-1992.

 

JOSÉ PESCI (1853-1929), italiano.

Sacerdote, educador, misionero y superior provincial. Venerable desde el 6-VI-1993.

 

NORBERTO CASSINELLI (1829-1911), italiano.

Director espiritual de San Gabriel, formador, consultor general. Venerable desde el 11-XII-1994.

 

GERMÁN RUOPPOLO (1850-1908), italiano.

Director espiritual de Santa Gema: Arqueólogo, descubrió la casa de los san­tos hermanos mártires Juan y Pablo, titulares de la basílica de los pasionistas en Roma. Venerable desde el 12-VI-1995.

 

MARÍA CRUCIFICADA DE JESÚS (1 713-1 787), italiana.

Primera superiora del monasterio de monjas pasionistas fundado por San Pablo de la Cruz en Tarquinia. Venerable desde el 17-XII-1982.

 

LUCIA BURLINI (1710-1789), italiana.

Campesina seglar, ayudó a los primeros pasionistas en la fundación de Toscanella. San Pablo de la Cruz le escribió muchas cartas de dirección espi­ritual. Venerable desde el 23-X-1987.

 

ANTONIETA FARANI (1906-1963), brasileña.

Hermana Pasionista de San Pablo de la Cruz (fundadas en Signa). Venerable desde el I3-VI-1992.

 

TERESA GALLIFA (1850-1907), española.

Fundadora de las Siervas de la Pasión, asociadas con los pasionistas, en la comunicación de bienes espirituales. Venerable desde el 7-VII-1992.

 

LUCIA MANGANO (1900-1946), italiana.

Ursulina, mística, dirigida por el Siervo de Dios, padre Generoso Fontanarosa, pasionista. Su Causa está promovida por los pasionistas. Venerable desde el3-VII-1994.

 

DOLORES MEDINA (1860-1925), mexicana. Fundadora de las Hijas de la Pasión de Jesucristo y de María Dolorosa. Venerable desde el 3-VII-1998.

 

EUFEMIA GEMA GIANNINI (1884-1971) italiana.

De la casa que recibió por caridad a santa Gema. Fundadora de las Misioneras de Santa Gema. Venerable desde el 15 de marzo de 2008.

 

FRANCISCO (AITA PATXI) GONDRA (1910-1974), vizcaíno de Arrieta.

Capellán de gudaris, vicemaestro de novicios, apóstol de los ancianos y enfermos. Sepultado en el santuario de San Felicísimo. Venerable desde el 15 de marzo de 2008.

 

EGIDIO MALACARNE (1877-1953), italiano.

Amable y sencillo, se distinguió siempre en todas las virtudes. Durante treinta años fue postulador de las Causas de los santos. Venerable desde el 26-III-1999.

 

 

SIERVOS Y SIERVAS DE DIOS

 

Si un cristiano ha muerto con fama de santidad y esta fama perdura, la Iglesia inicia la recogida de datos y testimonios encaminados a demostrar si practi­có las virtudes en grado heroico. Cuando se inicia esta fase, el cristiano o la cristiana es calificado/a como siervo/a de Dios. En la familia pasionista se han iniciado los procesos de los siguientes siervos y siervas de Dios:

 

ADOLORATA LUCIANI (1920-1954), italiana. Pasionista de clausura.

 

BENITO ARRIETA (1907-1976), guipuzcoano de Zegama. Fundador y misionero en la República Dominicana.

 

BERNARDO KRIESZKIEVICH (1.915-1945), polaco. Formador y apóstol.

 

ELISABETA TASCA DE SERENA (1899-1978), italiana, seglar. Madre de 12 hijos (2 pasionistas).

 

ERVIGE CARBON1 (1880-1952), italiana. Seglar, mística, su causa de canoni­zación la llevan los pasionistas.

 

ESTANISLAO A. BATISTELLI (1885-1981), italiano. Obispo de Teramo. Murió ya retirado en el santuario de San Gabriel.

 

GENEROSO FONTANA (1881-1966), italiano. Director espiritual de Lucia Mangano, misionero.

 

IGNACIO SPENCER (1799-1864), inglés. Anglicano convertido al catolicis­mo, predicador y apóstol del ecumenismo.

 

MAGDALENA MARCUCCI (1888-1960), italiana. Pasionista de clausura, maestra de novicias en Bilbao, fundadora del monasterio de Madrid, escrito­ra mística.

 

MARTÍN ELORZA (1899-1966), guipuzcoano de Elgeta. Formador, provincial, obispo misionero de Moyobamba (Perú).

 

RAFAEL FAGGIANO (1877-1960), italiano. Maestro de novicios. Obispo de Cariati.

 

MARÍA MAGDALENA FRESCOBALDI (1771-1839), italiana.

Fundadora de las Hemanas Pasionistas de san Pablo de la Cruz.

 

TEODORO FOLEY (1913-1974), estadounidense.

Reconocido por su humildad, amabilidad y santidad. Gran devoto de la pasión de Jesucristo y de la Virgen Dolorosa. Murió siendo Superior General.

 

 

 

 

 

 

 

 

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

Continúa, si lo deseas, leyendo el siguiente artículo:

ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

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VOX PATRIS*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 25, 2008

 VOX PATRIS

 
 
 
 
 

 MAXIMAS ESPIRITUALES

 DE SAN PABLO DE LA CRUZ


 
 
 
 

 Versión original: P. Tito de san Pablo de la Cruz

 Traducción del Italiano: padre Abelardo Quintero P., C.P.
 

  

Al meditar en la profunda riqueza que encierra la espiritualidad de san Pablo de la Cruz, he visto la necesidad de darle a este tratado una forma más simplificada y sencilla, para hacerlo más asequible a todas las personas. 

 

He dejado los mismos títulos y suprimido las frases e ideas repetidas, como también las citas entre paréntesis, para dar mayor fluidez a la lectura y permitir que el lector se sumerja más en la asimilación del mensaje. 

 

En esta forma, pretendo llevar la fuerza inspiradora de las palabras de san Pablo de la Cruz a todas las personas deseosas de seguir a Jesús, aceptando incondicionalmente su invitación: «Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Lc 9, 23).

 

Olga

 

PRÓLOGO

 

El padre Tito de san Pablo no pudo escoger mejor marco para las Máximas de san Pablo de la Cruz, que esta cita de san Lucas, en la cual Jesús nos invita a seguirlo más de cerca con tres condiciones específicas y concretas que siempre están retando nuestra naturaleza inclinada al facilismo y la comodidad. Dicha invitación nace del inmenso amor de Dios cuyo único fin es llevarnos a la unión total con Él. 

 

Según la relación de ideas y oraciones, san Pablo de la Cruz nos anima a seguir esta llamada con igual exigencia, partiendo del conocimiento de nuestra propia nada y del único todo que es Dios, “El Sumo Bien”, ya que esta es la base de toda virtud y es la verdadera ciencia que permite ver a la luz de la fe la voluntad de dios en toda circunstancia próspera o adversa de nuestra vida. 

 

El amor es la fuerza que mueve al espíritu a realizar esta total comunión con la Voluntad Divina, a ejemplo de Jesús, anonadado y abandonado por amor a la voluntad del Padre. 

 

Si alguna idea es repetible con mayor vehemencia, es la del total abandono a la divina Voluntad. Como san Pablo de la Cruz lo experimentó y lo expresó, sólo en esta actitud abandonada y segura, como la del niño en los brazos de su madre podemos encontrar el sentido redentor del sufrimiento en nuestra vida. 

 

Identificados plenamente con Jesús paciente, nos sumergimos en la virtud misma que se hace vida en todo aquel que permanece en pura fe y santo amor en la cruz de sus tribulaciones; despojado de todo, confiando solamente en la inmensa misericordia de Dios. 

 

Seguir a Jesús es jugarse la vida con El, para llegar al Padre revestidos de la pasión y de las virtudes que nacen de ella: humildad, mansedumbre, paciencia, obediencia, etc. San Pablo de la Cruz nos muestra el camino de la cruz – desafío a despojarnos como Jesús, del apego a la propia vida, a nuestra honra y fama y hasta de los consuelos de Dios.

 

Esta doctrina es un llamado a los hombres de todos los tiempos que buscan en su lucha diaria, una respuesta de alivio a la pasión del hombre. Nos descubre precisamente que no es el escape, ni el consuelo, ni siquiera la comprensión del dolor lo que salva al hombre, sino el estar crucificado en la cruz don Cristo. 

 

Por tanto, debemos asumir el sufrimiento como lo asumió El, por amor a los hombres.

 

 

I. ESCUCHAR LA DIVINA LLAMADA

“Si alguno quiere venir en pos de mi…” (Lc 9,23) 

 Jesucristo, venido al mundo para ser camino, verdad y vida de todos los hombres, a todos da su gracia, a todos llama a venir a sí, a todos hace sentir su invitación amorosa: “Si alguno quiere venir en pos de mi…” 

 Esta llamada del Señor, variada y multiforme como la gracia actual de la cual son las expresiones, obra directa e indirectamente sobre nuestras facultades espirituales, la inteligencia y la voluntad, iluminando la primera y corroborando la segunda, para hacerla producir buenos deseos y actitudes sobrenaturales dignas de la vida eterna. 

 Pero Dios que es rico en misericordia y que libremente distribuye sus dones, suele hacer oír a algunas almas “una llamada de predilección”, invitándolas, con la vocación religiosa a seguir más de cerca de Cristo, con la práctica de los consejos evangélicos. 

 Pero todas las divinas llamadas, tanto las comunes como las especiales, tienen como fin el ejercicio de las santas virtudes, y la consecución de la santidad y perfección, “teniéndonos el Señor desde la eternidad elegidos en Cristo, para que fuésemos santos e irreprochables ante El por la caridad.” (Ef. 1,4). 

 Trataremos, por tanto, en esta primera parte:

1.  De los buenos deseos, luces e inspiraciones del Señor.

2.  De la vocación religiosa.

3.  Del ejercicio de las virtudes.

4.  De la perfección.

 “Bienaventuradas las almas que escuchan la llamada del señor y de su boca reciben palabras de satisfacción ¡Bienaventurados los oídos que, cerrados a los rumores del ambiente, acogen los rumores del divino susurro! ¡Bienaventurados los ojos que desdeñando las cosas de la tierra, se aficionan a aquellas del cielo! ¡Bienaventurados aquellos que ardiendo del deseo de atender únicamente al Señor sacuden de sí todo estorbo! Ellos encontrarán la paz, la santificación y la verdadera beatitud. “(Imitación de Cristo).

1. BUENOS DESEOS LUCES E INSPIRACIONES DEL SEÑOR 

 Fuera de la vida natural, que se manifiesta al exterior con las operaciones propias de los sentidos, y al interior con las operaciones del espíritu, tales como el pensar, el razonar, el querer, hay en nosotros una vida sobrenatural constituida por la gracia santificante, por la cual venimos a ser partícipes de la divina naturaleza (2 Pe1,4), los hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo. (Rm 8,16 – 17).  

 También esta vida superior tiene sus operaciones, las cuales derivan principalmente de la gracia actual, o sea, de todas aquellas ayudas que Dios, “el cual quiere a todos salvarnos” (I Tim.2, 4), no cesa en ningún momento de compartirnos, iluminando nuestra inteligencia, y corroborando nuestra voluntad, contra los estímulos y las tendencias del mal. 

 Y Dios, en efecto, dice el apóstol que con su gracia “obra en nosotros el querer y el obrar con buena voluntad” (Fil.2, 13); y por eso -comenta San Agustín-“Sine Deo operante ut velimus, vel cooperante cum volumus, ad bona pietatis opera nihil valemus”. 

 Esencial importancia para la vida del espíritu y para la santidad tiene por esto las iluminaciones, las inspiraciones y los buenos deseos, que la gracia suscita en nosotros, “Si los santos, dice Santa Teresa, no hubiesen jamás concebido buenos deseos y no los hubieren poco a poco puesto en práctica, no hubiesen llegado tan alto en la vía de la perfección.” (S. Teresa, Autobiografía, c.13) 

 San Bernardo identifica el deseo de la perfección con la perfección misma; y en los santos libros leemos: “La deseé y me fue dada la prudencia, lo invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría”. (Sb, 7,7). 

 De estos buenos deseos, iluminaciones y aspiraciones habla San Pablo de la Cruz en sus cartas, declarando la naturaleza de éstos y dándonos normas y consejos útiles para nuestra necesaria cooperación. 

SU NATURALEZA. ¿Qué cosa son?

Los buenos deseos, luces e inspiraciones del Señor son:

§  Parte del amor divino.

§  Centellas o chispas de la fragua del santo amor.

§  Dones del esposo celestial.

 

o  Frutos que traen estos dones

– Los dones de Dios traen el bajo sentimiento de sí -mismo.

– Las iluminaciones vienen acompañadas de profundísima humildad, amor de Dios y contrición de los pecados.

– El amor igual al prójimo, la verdadera paciencia y resignación en todo, el recogimiento del corazón y la rectitud de intención, son iluminaciones verdaderas sin peligro de daño.

– El máximo de los deseos es el de amar a Dios
según el propio estado.

·     Cuáles se deben tener por sospechosos

– No todos los movimientos del corazón y las iluminaciones de la mente nacen de la gracia, pues con mucha frecuencia se interpone el diablo y la naturaleza.

– Son sospechosos los que no dejan humildad, ni
conocimiento de sí mismo, ni mayor deseo de
complacer al Señor. 

– También son sospechosas las luces del intelecto que inflaman la voluntad y después inflan.

– Las luces que no producen humildad profunda, son ilusiones.

·     No fiarse de las propias luces

– Es máxima de los santos no fiarse de las propias luces, porque muchas nacen de la propia inclinación de la naturaleza, y muchas más del demonio.

– Muchas veces se creen luces de lo alto aquellas que son sólo efecto de nuestro espíritu.

– Confiad vuestro interior al confesor y no le escondáis nada si no queréis ser engañados por el demonio.

NORMAS Y CONSEJOS PARA NUESTRA COOPERACIÓN 

·     Como disponernos

– Ejercitaos en la verdadera humildad de corazón y en la santa oración en tal forma que os dispusierais a recibir los más preciosos dones del cielo. 

·     Como recibir estos dones

Recibid:

– Las visitas misericordiosas del Señor con verdadera humildad de corazón.

– Las lluvias del cielo como un jardín árido, abandonados sin reserva en las manos de Dios.

– Las luces y las impresiones divinas con profundísima obediencia a los atractivos del Espíritu Santo. 

– Las voces suavísimas del esposo celestial con docilidad. 

 Debéis ser agradecidísimos al Señor por las iluminaciones que El por su infinita misericordia os comparte. 

·     Cuáles se deben seguir

– Los deseos de perfección son óptimos, pero se deben seguir sólo los que miran a nuestro estado.

– Dios nos hace desear cosas grandes para su servicio y después no quiere su ejecución para probar nuestra fidelidad y para que aprendamos a resignarnos a su santa Voluntad; pero da por su misericordia el premio como si se hubiera realizado. 

·     Cuándo y cómo

– Los santos deseos se deben poner en un rincón del corazón para seguirlos cuando plazca al Sumo Bien.

– Deben custodiarse con espíritu pacífico en Dios, sin la mínima ansiedad de verlos realizados sino cuando El lo quiera.

– Deben conservarse con gran resolución, firme y estable de ponerlos en ejecución cuando el Padre abra la vía. 

·     Para caminar seguros

– Lo mejor es morir a todos los deseos en Dios.

– Cultivad sólo un máximo deseo, el de agradar a Dios en todo, alimentándoos de su Santísima Voluntad.

2. VOCACIÓN RELIGIOSA 

 En el Evangelio se lee que preguntando uno al Divino Maestro qué cosa debía hacer para poseer la vida eterna, Jesús le responde que cumplir los mandamientos. Pero replicando aquél que los había observado desde la adolescencia, e insistiendo por saber qué otra cosa le restaba por hacer; Jesús “mirándolo con ternura, lo amó y le dijo “te falta una cosa sola: si quieres ser perfecto ve, y vende todo cuanto tienes, da el dinero a los pobres y después ven y sígueme”. (Mc.10, 21). 

 En esta mirada amorosa de Jesús, y en esta
invitación está toda la vocación religiosa, la
cual por eso es considerada por los santos y por
los doctores de la Iglesia como una de las gracias
más grandes que la misericordia de Dios hace al
alma.

 San Pablo de la cruz en sus cartas la llama “Divina Llamada de Sempiterna vida” y de ella declara su excelencia, el deber de seguirla, y el grave daño que constituye su pérdida. 

EXCELENCIA DE LA VOCACIÓN

– La Vocación es un don de Dios.

– Es una de las gracias más especiales, después del bautismo; que Dios concede al hombre.

-Dispone para gracias más grandes.

– Es fuente de paz que jamás podrá dar el mundo.

– Es claro signo de predestinación al paraíso.

– Según Santo Tomás, es una de las mayores gracias que Dios hace a sus almas preferidas.

·     Debéis corresponder y perseverar

– Cuando Dios llama es necesario obedecer bajo pena de repulsa en caso de hacerse el sordo.

– Examinad la llamada del Señor en la santa oración, dialogando con el director espiritual los movimientos de la gracia. 

– Huid de toda cosa que pueda retardar su ejecución.

– Perseverad en la vocación y Dios os hará santos.

– Quien desprecia su camino, perecerá. 

·     Medios de perseverancia

– Temed a vosotros mismos conservando bajo las cenizas de la humildad la gracia de la vocación.

– El agradecimiento mejor que podéis hacer por la gracia de la vocación es el morir a vosotros mismos con:

o  La mortificación de las pasiones internas.

o  El ejercicio de las santas virtudes.

o  Aspirar a hacer un suntuoso edificio de perfección de la propia horrible nada; nada tener, nada poder, nada saber, acompañado de altísimo desprendimiento de toda cosa creada.

 

– La vida religiosa es una cruz, y quien quiere vivir en ella con perfección debe estar crucificado.

– Renovad a menudo los santos votos sacrificándoos cada vez más al divino servicio, en la vocación emprendida, y estad segurísimos que Dios os hará santos.

o  El grave daño que constituye la pérdida de la
vocación

– Perdiendo la gracia de la vocación se podría: 

§  Ir de mal en peor y destruirse.

§  Perder la gracia de la perseverancia final.

§  Ir al abismo infernal.

 

·     Causas de la pérdida de la vocación

– Los duros de juicio (tercos) no perseveran.

– Los apegados a los padres, a las cosas, a la correspondencia frecuente, hacen temer que no mueran en la congregación.

– Querer ir a la ciudad es una estratagema del diablo para hacer perder al religioso todo el bien que ha hecho. – El amor a los parientes lo lleva a disiparse, al igual las visitas frecuente de ellos.

– Los pensamientos de la patria y los parientes enturbian el espíritu, lo vuelven perezoso, y llenan de tedio la vida religiosa.

Consejos

– Atended a vosotros y dejad a los muertos el cuidado y la sepultura de sus muertos. 

– Vosotros que habéis encontrado vuestra vida en Dios, gozaos en ella.

– Haced resplandecer en vosotros las virtudes de Jesucristo.

_ Quien por dentro está unido a Jesús, lleva su imagen también por fuera con un ejercicio continuo de heroicas virtudes. 

·     Para adornar el alma

– Las virtudes adornan el alma, templo de Dios, con las lámparas de la fe, la esperanza y la caridad. 

·     Para hacernos santos

– Es bueno el deseo de ser santos, con tal que
sea acompañado de las virtudes, que son las
piedras fundamentales del edificio de la santidad, haced su heroica adquisición. 

– Si supierais humillaros bien, estar bien fundados sobre vuestra nada, amantes del menosprecio, alejados de todos, en silencio, en la mortificación interna y externa, en el verdadero aniquilamiento de sí, trabajando, padeciendo y callando, aprenderíais la ciencia de los santos.

– El aprovechamiento espiritual no se mide con
las dulzuras sino con el ejercicio de las santas virtudes.

– Gran ánimo, pues: sirvamos a Dios a lo grande, ejercitemos las virtudes grandes, que Dios será nuestra fortaleza y nos dará la victoria.

3. EJERCICIO DE LAS VIRTUDES

 Toda vida dice actividad, y toda actividad no
desviada del propio fin tiende a producir buenos
frutos.

 Los frutos de la vida sobrenatural, que está en nosotros mediante la gracia, son las virtudes, de las cuales habla el apóstol en la carta a los Gálatas, y que apela precisamente a los frutos del Espíritu Santo: “Fructus Spiritus” (Ga 5 ,22ss.) 

 Debemos, por tanto, como insinúa el príncipe de los apóstoles, poner toda diligencia, a fin de que a nuestra profesión vayan unidas todas las virtudes. Las cuales estarán en nosotros y estarán en abundancia, entonces no será vacío ni infructuoso el conocimiento que tengamos de Jesucristo Señor Nuestro. Al contrario, quien está privado de tales virtudes, es como un ciego que va a tientas, que olvida que fue purificado por Cristo, de sus antiguos pecados, (conf. 2 Pe.1, 5-9). 

 Del ejercicio de las virtudes habla con frecuencia San Pablo de la cruz, en sus cartas, declarando la necesidad y dando útiles consejos para su práctica.

NECESIDAD

·     Para ser fieles al Señor

– Sed cada vez más fieles en la humildad de corazón y en el conocimiento de la propia nada.

– Sed mansos y modestos día y noche.

– Sed amantes del silencio y La soledad, de tratar de solo a solo con el Esposo Divino.

– Debéis atender con toda diligencia el ejercicio de Las santas virtudes -pues, esto es lo que busca de vosotros el Señor -, y de éstas depende vuestro verdadero bien. 

·     Para asemejaros a Jesús

– El silencio en los padecimientos, la paciencia, la caridad y la humildad, etc., son Las virtudes que nos asemejan al dulce Jesús. 

·     Los frutos más preciosos y más útiles para nosotros son Las virtudes

– En el servicio de Dios no se requieren páginas de buenas palabras y de buenos deseos, sino obras eficaces, ánimo y fervor grandes.

– Buscad los frutos y no las hojas. Las hojas son las consolaciones las cuales no debéis tener en cuenta, ni debéis desearlas; los frutos son las virtudes cuya adquisición y ejercicio debéis procurar con toda atención. 

CONSEJOS Y MEDIOS

·     La virtud que no engaña

– La virtud bien practicada, especialmente en los contratiempos, imprevistos no engaña nunca. En estas ocasiones se conoce la verdadera virtud, en las cosas más arduas. 

·     Las penas compañeras de la virtud

– De la santidad no van separadas las penas y las tribulaciones.
– Las virtudes que más gustan al esposo divino, se ejercitan más en los padecimientos que en otras ocasiones.

– El verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer sin consuelo, recibiéndolo ‘sine medio’ (sin intermediario) de la purísima voluntad de Dios.

– Amar y padecer en verdadero silencio interno y externo, en pura fe y santo amor, es un pescar las perlas preciosas de las virtudes en el gran mar de la santísima vida, pasión y muerte de Jesús, nuestra verdadera vida. 

·     Precaución y Discreción

– La precaución, hija de la prudencia, requiere ‘tomar tiempo antes de optar, para resolver las cosas – Jamás uno se arrepiente de tomar tiempo – no así quien obra con precipitación.

– En las obras de vida activa es necesario guardarse de la demasiada prisa, porque es nociva a la perfección.

– Jesús no quiere de vosotros muchas obras hechas con prisa, sino aquellas que están bien hechas: con paz y recogimiento.

– San Francisco de Sales dice: “Cuando sintáis alguna prisa interna, que es la peste de la devoción, suspended por un momento el quehacer de aquella obra, haced suavemente tres o cuatro actos de amor a Dios, hasta que el corazón se pacifique, y después seguid adelante en el quehacer que os ocupa”. 

·     Aconsejarse es cosa santa

– Es necesario aconsejarse con nombres sabios y de prudencia cristiana para regular las propias acciones según Dios.

– Tenéis necesidad de un sabio experto director e para no caer en engaño, y para caminar rectamente por la vía de la perfección y de la santidad.

– Cuidad de no decir a quien no debéis las cosas de vuestro interior, pero sed sinceros con quienes dirigen vuestro espíritu. 

·     Ejercicio continuo

– Procurad con toda diligencia la adquisición y, el ejercicio continuo de las virtudes.

– Enfervorizaos con fuertísimas resoluciones.

– Poco y continuo hace llegar al fin. 

·     El pensamiento de la muerte

– Pasad cada día como si fuese el último de vuestra vida. Este es óptimo medio para agradar a Dios y corresponder a las luces recibidas.

– La muerte ajena debe serviros de estímulo para estar siempre preparados para aquel tremendo paso.

·     Los santos ejercicios

– Los santos ejercicios se hacen para fortalecerse más en la piedad y disponerse mejor para trabajar con el prójimo, para el ejercicio de las virtudes y animarse a correr por la vía de la perfección. 

·     Por las almas de los religiosos

– En la vida común hay escondido un gran tesoro. Si la hay, florecerá la observancia de los santos votos, de la regla, la oración y el silencio, y el monasterio será un jardín de delicias para el esposo celeste.

– Las santas reglas:

§  Son documentos de perfección.

§  Son estados dados por Dios, para alcanzar la santidad con su santa observancia y con desprendimiento de todo lo creado, que no será poca penitencia.

§  Son el espejo del religioso.

 

– Haced de cuenta que estáis solos, no mirando a las condiciones de los otros sino para edificaros.

·     Para los misioneros

– Es necesario predicar más con la oración, con el retiro y con la modestia que con la palabra.

– La oración es el precioso bálsamo que perfuma todas nuestras obras exteriores.

– Sin la observancia de las reglas, poco o ningún fruto se hará en el prójimo.

– Conservando el espíritu del Instituto, se tendrán siempre santos y excelentes misioneros. 

·     Para aquellos que presiden (superiores)

– Deben ser ejemplos de virtud.

– Amigos de la oración y del continuo recogimiento. 

– Ser para todos espejo de perfección.

– Ser mártir de paciencia, caridad y mansedumbre.

– Mantener tal compostura que haga estar a los subordinados en santa reverencia y respeto hacia él. – Vigilar sobre la observancia y no introducir abusos si no quiere hacerse reo de todas las culpas que cometan los subordinados.

– Vigilantes sobre todo y sobre todos.

– Las omisiones hacen ir al infierno a los superiores y confesores.

– Háganse amar más que temer, así serán más obedecidos. Mande poco y dulcemente. 

– No se precipite a corregir al subordinado, en especial si siente algún principio de pasión irascible; pero pasado un poco de tiempo cuando sienta el corazón en calma, llame al que ha faltado y con corazón de padre, corríjalo. Si no se enmienda, ponga mano al castigo, porque alguna vez se requiere también el rigor, pero con paz interna y autorizada manera para que no se rebelen los tibios.

– Tenga ánimo para llevar con perfección la cruz del gobierno, con silenciosa paciencia, con mansedumbre, caridad, prudencia, celo, constancia y fortaleza, sufriendo en paz las adversidades, contradicciones, malos tratos que se encuentran; puramente por agradar a Dios. Tendrá en el paraíso la palma del martirio. 
 
 
 
 

 

4. PERFECCIÓN 

 Deberíamos aplicarnos todos los días al ejercicio de la virtud y las buenas obras porque están ordenadas a nuestra santificación, porque como escribe el apóstol a los Tesalonicenses “es voluntad de Dios que nos hagamos santos manteniendo nuestro cuerpo en santidad y honestidad y no dejándonos dominar de la concupiscencia como lo hacen aquellos que no conocen a Dios”. (1Tes 4,4-5). 

 A todos “Dios nos ha elegido, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante El” (Ef .1, 4); a todos Cristo ha invitado a ser perfectos “como es perfecto vuestro Padre Celestial”. (Mt.5»48), A todos el Príncipe de los Apóstoles repite: Sobre el ejemplo del santo que os ha llamado, también vosotros sed santos en todo vuestro obrar, porque está escrito: “sed santos porque yo soy santo”. (IPe.1, 15-16). 

 La obligación de la santidad asume para los religiosos un valor de importancia muy especial en razón del estado abrazado que es estado de perfección. 

 Pecaría mortalmente aquel religioso que tomase la resolución de no querer atender a la perfección, o si de esa no tuviere algún pensamiento, porque de no ser así vendría a renegar de la profesión hecha y quebrantar aquellos vínculos con los cuales se ligó en el día de su consagración al Señor. 

 San Pablo nos dice en qué consiste la perfección, cuáles son sus fundamentos y medios necesarios para alcanzarla con mayor seguridad y facilidad. 

EN QUE CONSISTE LA PERFECCIÓN 

·     Esencia

La verdadera perfección consiste en:

– La unión perfecta a la santísima voluntad de Dios.

– El desprecio de nosotros mismos.

– La humildad de corazón.

– La caridad, reina de todas las virtudes.

 
 No son los favores espirituales los que hacen a
los santos, sino la humildad y la caridad.

·     Sus grados

– La gran perfección consiste en resignarse en e todo al Divino Querer.

– La mayor perfección de un alma consiste en un verdadero abandono de toda ella en las manos del Sumo Bien.

– La altísima perfección consiste en estar perfectísimamente unidos a la voluntad de Dios,
alimentándose de ella en puro espíritu de fe y amor.

FUNDAMENTOS DE LA PERFECCIÓN 

1. Humildad

– El conocimiento de sí mismo, de la propia nada y de las propias miserias, es el fundamento sobre el cual se debe levantar la fábrica de nuestra perfección compuesta por una N (nuestra nada) y una T (Dios, que es todo).

– Alcanzaréis la perfección si sois humildes de corazón. 

2. Obediencia

– La obediencia ciega y la verdadera y perfecta abnegación de la propia voluntad son las virtudes fundamentales del edificio espiritual: de otro modo se fabricará sobre arena.

– En la virtud de la obediencia está lo principal de la perfección 

3. Mortificación

– La verdadera mortificación interna y externa, con total abandono al Divino Beneplácito, es la piedra fundamental sobre la cual se fabricara un gran edificio de perfección. 

4- Vida común y observancia de las constituciones

– Para los religiosos, la vida común y la observancia de las constituciones son la piedra fundamental de la Vida Religiosa y de la perfección. 


MEDIOS PRINCIPALES
 

1. Caminar en pura fe y pobreza de espíritu

En la vía de la santa perfección, tomando todo trabajo y pena espiritual y temporal de la mano amorosa de Dios, como tesoro que nos regala el Padre Celestial, es el camino más corto para volar a la santa perfección.

2. Padecer y callar

– Para ser santos y perfectos

– Estad tranquilos y resignados observando un Pacífico silencio en los padecimientos. Dormid en la cruz, al calor amoroso del corazón de Jesús.

– Estad solitarios en el sagrado desierto interior crucificados con Cristo, sin consuelo. 

– Sabed callar, procurad que vuestras palabras sean dulces, caritativas y prudentes de manera que causen edificación y paz a todos.

– Trabajar, padecer y callar sin lamentarse jamás. 

3 Imitar los ejemplos de Cristo

– Alcanzarán la perfección de su estado aquellos religiosos que se examinen en los ejemplos de Jesús.

– Las paredes y el lugar no hacen santo a ninguno si no se atiende a imitar los ejemplos.

– El camino que guía a la santidad es aquel en el cual el Señor nos da la gracia de caminar como El caminó.

– Quien quiere ser santo, ama ser hecho el oprobio de los hombres, la abyección de la plebe, oculto a los ojos del mundo y hacer en todo la santa voluntad de Dios. 

4. Orar asiduamente

– Enamoraos totalmente de la asidua oración.

– Procurad mantener el corazón y la mente levantados a Dios.

CONSEJOS Y EXHORTACIONES 

·     Hacer lo que se puede como gusta a Dios

– No pretendáis adquirir la perfección a fuerza de brazos; haced dulcemente lo que podáis, que si sois humildes Dios hará todo.

– Es necesario procurar la perfección no a modo nuestro sino como al Señor le agrada, llevando la cruz que El quiere y no la que queremos nosotros.

·     Tomar los frutos y dejar las hojas

-Los frutos son: 

o  Una profundísima humildad.

o  Una caridad grande hacia el prójimo.

o  Un vivo deseo de ser de todos despreciado y de estar sujeto con santa obediencia.

 

– Quien es más humilde, más paciente, más resignado a la Divina Voluntad, más obediente, más caritativo, este es el más perfecto. 

·     Cuidarse de la soberbia

– Para ser santos se necesita una N y una T.

– La N sois vosotros que sois una horrible nada en el infinito Todo que es Dios, Óptimo y Máximo.

– Dejad desaparecer la N de vuestra nada en el infinito Todo que es Dios.

Un granito de soberbia basta para echar por tierra una gran montaña de santidad. 

·     No perder el tiempo

-Dios os quiere santos: no perdáis tiempo y abrazad todas las ocasiones que os brinda el Señor.

– Haced de cuenta que cada día es el último de vuestra vida para que tal pensamiento os sirva de estímulo para correr hacia la santa perfección.

-Quien no adelanta retrocede.

II. NEGARSE A SI MISMO 

 A todos aquellos, que dóciles a su invitación, desean seguirlo, Jesús impone como primera e indispensable condición el negarse a sí mismo: 

 “Si quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo…” (Lc.9, 23).

 Porque el hombre, dice San Agustín, se alejó de Dios y anduvo perdido amándose desordenadamente a sí mismo, así no podrá acercarse a Dios y salvarse, sino re-negándose a sí mismo.

 Pero, qué significa ¿negarse a sí mismo? “Nosotros, dice San Francisco de Sales, tenemos dos sí mismos:

– Uno es todo celestial y aquello que nos hace realizar las obras buenas, en la inclinación dada por Dios para amarlo, aspirando al gozo de la divinidad en la vida eterna.

 El otro, aquello de re-negar, está constituido por nuestras pasiones y perversas inclinaciones, de nuestros afectos depravados, en una palabra, de nuestro amor propio”.

 Para vivir, pues en Cristo debemos dar muerte a nuestro amor propio, renunciando a las obras de la carne y despojándonos del hombre viejo con todas sus depravadas tendencias. (Col.3, 9). 

 Estas tendencias, origen de todo pecado, son, según San Juan, “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vía”. (1Jn.2, 16). 

 Ellas se dominan y se niegan con el ejercicio de algunas virtudes fundamentales, que están a la base de la vida moral, y constituyen, según los autores ascéticos, “la purificación activa del espíritu”. Tales virtudes son principalmente:

o  la mortificación

o  la castidad

o  la pobreza

o  la obediencia

o  la humildad

o  la soledad

o  el silencio

 

 Hijo, dice el autor de La Imitación de Cristo, no podrás gozar de perfecta libertad si no re-niegas completamente a ti mismo. En efecto, todos los poseedores de cosas, todos los amantes’ de sí mismos, los ávidos, los curiosos y distraídos, aquellos que van siempre en búsqueda de comodidades son gente con cepos a los pies, y que a menudo imaginan y fabrican edificios que no pueden estar en pie, porque todo aquello que no tiene origen en Dios está destinado a morir. Tened, pues, en mente esta breve sentencia: re-negar a sí mismo; deja todo y todo encontrarás; deja la concupiscencia y encontrarás la quietud. Reflexiona bien en tu mente esta máxima y cuando la hayas puesto en práctica comprenderás todo. (Imitación de Cristo, L.III C.32).

1. LA MORTIFICACIÓN 

 Dice el apóstol que la carne tiene deseos contrarios al espíritu (Gal.5»17) y en el Génesis 8,21, leemos que los sentidos y los pensamientos del corazón humano son inclinados al mal desde la adolescencia. De aquí la necesidad de la mortificación, la cual tiene por oficio reprimir la concupiscencia de la carne y de someterla a la ley superior del espíritu. 

 La naturaleza humana, después del pecado, es como un campo en el cual, los gérmenes preciosos de la virtud nacen a la par con los gérmenes de los vicios.

 “Es necesario, por tanto, tener siempre en la mano el hierro candente de la mortificación para cortar, desyerbar, y destruir las hierbas malas con el fin de que la buena semilla pueda germinar, crecer y dar fruto abundante”. (san Pablo de la Cruz). 

NECESIDAD DE LA MORTIFICACIÓN

·     Para ser almas de oración

Jamás podremos ser almas de oración, si no tenemos gran amor a la mortificación interna y externa, practicándola de hecho. Ellas son las alas que nos llevan a Dios en la oración, al levantar nuestro espíritu. 

·     Para morir a todo y vivir sólo en Dios y por Dios.

– Morid santamente a vosotros mismos y a todo lo que no es Dios.

– Estad crucificados con Jesús, abrazando toda ocasión de mortificación por amor de Dios.

– Procurad, con la divina gracia, vivir una vida muriente, abstraída de todo lo creado y de todo lo que no es Dios. 

·     Para hacerse santos

– Para alcanzar la santidad es necesaria la mortificación interna y externa, de la cual nace la verdadera obediencia ciega, la total condescendencia que nos hace ser moldeables como cera blanda, dulces y mansos con todos, perfumados por el bálsamo de santo amor.

– La mortificación es la piedra fundamental del edificio espiritual.

– La vida de los siervos y siervas de Dios ha sido un continuo ejercicio de mortificación. 

NATURALEZA PE LA MORTIFICACION 

·     Requisito esencial

– El amor a la penitencia es una gracia grande, que Dios concede, pero conviene que sea sin la propia voluntad.

– No hagáis la mínima penitencia sin la licencia de vuestro director, de otro modo seréis engañados por el diablo. En el hacer penitencias de propia voluntad os podéis engañar.

– Es necesario temer a la fiera bestia del amor propio, que es un dragón de siete cabezas y se mezcla en todo.

·     La mortificación más perfecta es la interna

– Quisiera que vuestros instrumentos fuesen una gran humildad de corazón, una sujeción de obediencia exacta a los superiores y a los inferiores.

– Las mejores penitencias son las que Dios nos manda, más que aquellas que se toman por sí mismo. Tomadlas de buen grado.

– Más agradan al Esposo Divino aquellas virtudes que se ejercitan con el padecer, como la humildad, el amor a la propia abyección, la paciencia etc.

– Recibid las cruces que Dios permite poco a poco. 

PRACTICA DE LA MORTIFICACIÓN

·     Atended a la mortificación interna

– Negando siempre vuestra voluntad.

– Estando ocultos a todos.

– Padeciendo y callando.

– Mortificando las pasiones, en especial cuando os sentís resentidos.

– Amad al propio desprecio y que ninguno os tenga en cuenta.

– Acomodaos a los otros.

– Tomad lo dulce por amargo y lo amargo por dulce.

– Desprendeos del propio gozar, del propio sentir del propio entender.

·     Para la mortificación de los sentidos

– Custodiad los sentidos externos para la mortificación de las pasiones.

– Custodiad los ojos donándolos a María.

– Un verdadero siervo de Dios debe llevar los ojos bajos y no mirar más que el cielo y tanta tierra que baste para ser sepultado.

– Tened los ojos vueltos al corazón.

– Custodiad la lengua

. Estad en silencio.

. No os lamentéis jamás. 

. No os justifiquéis. 

. Hablad poco, lo puro necesario.

– Custodiad el corazón

. No os resintáis.

. Sed muy amantes de la modestia que tanto complace a Jesús y María.

– Padecer y callar. Esta es la vía corta para ser pronto santos y perfectos. 

·     Para mortificar la gula

– Quien no mortifica la gula, no puede llegar a mortificar las otras pasiones, ni adquirir las otras virtudes.

2 CASTIDAD 

 Si “la concupiscencia de la carne” mira en general al amor desorientado a los placeres de los sentidos, en un significado más propio está en indicar las inclinaciones desordenadas a los deleites carnales, a los cuales se renuncia con la virtud de la castidad, que tiene como fin “regular y sublimar todo lo que hay de desordenado en los deleites de la voluptuosidad”. 

 La castidad, no menos que la mortificación,
de la cual es el fruto más exquisito, es pues,
absolutamente necesaria a un seguidor de Cristo,
para vivir unido a Él, y para gozar de sus especiales preferencias, según está escrito: “quien ama la pureza del corazón tendrá por amigo al rey del cielo”. (Prov. 22,11).

 San Pablo de la Cruz nos habla de esta virtud, explicándonos el por qué de las tentaciones a las cuales está expuesta y el modo de alcanzar la victoria.

POR QUE LAS TENTACIONES CONTRA LA CASTIDAD

·     Para aprender a humillarnos en todo

– Con las tentaciones impuras, Dios pretende que aprendamos a conocer experimentalmente nuestra nada y a humillarnos en todo, en medio de tantas gracias y misericordias que El nos comunica.

– Dios permite que seáis molestados de los malos pensamientos, para que lleguéis a ser humildes de corazón y no os fiéis de vosotros mismos.”

– Para que reconozcáis que si no os asistiese El, seríais capaces de hacer todo el mal más horrible. 

·     Para purificarnos cada vez

– Estas batallas sirven para haceros más puros.

– Las tentaciones contra las cuales se combate purifican el alma, como el fuego al oro.

– Recordaos que los lirios llegan a ser más blancos y más perfumados plantados entre las, espinas que en el suelo libre: quiero decir que la santa virginidad se hace más pura, más cándida, y más perfumada delante de Dios entre las espinas de la lucha y de las tentaciones más horribles. 

·     Para crecer en la virtud

– No os entristezcáis de los asaltos del enemigo y de las tentaciones impuras: son óptimos signos que Dios hace correr vuestra alma a los triunfos del Santo Amor.

– Dios os ama, porque os ama os prueba; pero sabed que en medio de la tempestad de las tentaciones el Buen Dios tiene vuestra alma bien estrechada entre los brazos de su misericordia.

– Después de tales tempestades, la victoria, ¡Oh, qué tesoros de gracia concede el Señor al alma fiel!

– El permite tales batallas para vuestro bien: para coronaros de grande gloria en el cielo. 

COMO SUPERARLAS

1. Con la modestia

– La virginidad es una gran joya y se necesita custodiarla con gran celo, temiendo que hasta el aire -diré así- la obscurezca.

– Conservad gran modestia día y noche, tanto en compañía como solos, porque siempre se está en la presencia del Señor.

– Custodiad vuestros afectos y sed muy amantes de la modestia que mucho agrada a Dios.

– Tened el cuerpo discretamente mortificado. 

2. Con la custodia de los ojos

– Custodiad con gran celo los ojos: no los pongáis de frente a objetos peligrosos.

– Sed mortificados especialmente en los ojos.

– Huid de todas las ocasiones peligrosas.

– Un verdadero siervo de Dios cuando camina mira solamente tanta tierra cuanta es necesaria para sepultarlo, y va siempre recogido en Dios y en compañía de Jesús. 

3. Con la huida del ocio

– No estéis jamás ociosos: trabajad en silencio haciendo de cuenta que tenéis al lado a Jesús

– Custodiad los sentidos exteriores. 

4. Con la humildad 

– En las tentaciones impuras humillaos ante el Señor, pero con corazón pacífico y manso.

– Venceréis más con humillaros dulcemente ante y Dios, que con poneros a combatir pecho a pecho contra el enemigo.

– No os fiéis de ninguno, y, sobre ‘todo, desconfiad de vosotros mismos. 

5. Con no hacerles caso

– En cuanto a los malos pensamientos despreciadlos, no los tengáis en cuenta, humillaos.

– En las batallas contra la castidad no se ven
ce con el huir. 

– Os ruego de no hacer caso de los fantasmas impuros, que con modo astuto os suscita el demonio; refugiaos de inmediato en el abismo de la infinita misericordia de Dios.

– Combatid fielmente protestando querer morir antes que consentirlas. Querer primero el infierno mismo que el pecado. 

6. No tratando sin necesidad con personas de otro sexo

– No tratéis con personas de otro sexo, sino por alguna necesidad, y entonces hacedlo con cautela, modestia y brevedad.

– En el tratar con personas, también con parientes, por espirituales que sean, se requiere gran cautela, de otro modo se cae en la red.

– No toméis confianza con ninguno, ni aún bajo pretexto de piedad; y notad bien este punto que es muy importante.

– Huid como de la peste de las confidencias con personas de otro sexo, porque os son de gran dificultad: tomad este consejo como el más importante. 

7. Conferenciándolas con el confesor

– Conferenciad el estado de las tentaciones con, toda modestia, cautela y brevedad con el confesor, no ya por escrúpulo, sino por humillaros y confundir al demonio, poniendo después en práctica los consejos que él os dará.

8. Recurriendo a Dios y a la Virgen

– En las tempestades de las tentaciones esforzaos en exclamar a Dios, pidiendo socorro, e invocad del mismo modo a María Santísima.

– En cuanto a las tentaciones impuras el alma no se aflige, sino que vuelca dulcemente su mente y su corazón a Jesucristo y a María Santísima.

– En aquellas horribles tentaciones haced vuestro retiro al calvario y escondeos en el costado purísimo de Jesús.

– Tened cerca de vosotros un santísimo crucifijo y escondeos en sus llagas.

– Exclamad al Señor pidiendo su ayuda, y no dejéis nunca la oración y la santa comunión.

3. LA POBREZA 

 A la segunda cosa que debe renunciar un verdadero seguidor de Cristo es a “la concupiscencia
de los ojos”, es decir, al amor a las riquezas,
al uso de los bienes terrenos que por medio de la
vida nos alucinan y seducen.

 La renuncia a estos bienes constituye la virtud de la santa pobreza, la cual es doble:

– Una de precepto, para todos aquellos que quieren salvarse, y consiste en no apegar el corazón a los bienes terrenos, en modo; de poner en ellos su propio fin.

– La otra de consejo, seguida por los religiosos y consiste en renunciar a cualquier derecho o acto de propiedad, obligándose a ello también con voto. 

 La pobreza tan temida y aborrecida del mundo, es a los ojos de la fe, una virtud de este siglo, y los bienes espirituales, no se pueden adherir a los segundos sino en la medida en que se desprende de los primeros. Ninguno, pues, puede ser verdadero discípulo de Cristo si no renuncia, al menos de corazón y con el afecto, a todo lo que posee.

 Sobre el amor y la práctica de la santa pobreza, San Pablo de la Cruz nos dice lo siguiente. 

AMAR LA SANTA POBREZA

– Es una joya rica de todo bien

– La pobreza tan aborrecida del mundo es una joya rica de todo bien que os recomiende conservar cada vez más.

– Viviendo en pobreza recibiréis de Dios en el fondo del espíritu inestimables tesoros de gracia, tanto más preciosos cuanto más secretos.

– Dios os quiere en estado de pobreza interior y exterior para haceros ricos en gracias.

– Pobres en esta vida, pero ricos de fe, seréis ricos en lo eterno.

– Cultivad el amor a la santa pobreza.

– Ejercitad la santa pobreza y la desapropiación de todo. 

·     Es medio eficacísimo de perfección

– La santa pobreza es medio eficacísimo para huir del pecado, y para mantenerse observantes de los divinos preceptos.
– La santa pobreza es muy necesaria para observar los otros consejos evangélicos y mantenerse en el fervor.

– Aceptando vuestra vida pobre y penosa por amor de la Pasión y Muerte del Señor que por amor ha querido hacerse pobre, vosotros haréis cosa grata al Señor y moriréis santamente. 

·     Signo de predestinación

– La pobreza es una de las más grandes características de la predestinación eterna a la gloria del cielo.

– A aquellos a quienes Dios ha predestinado a ser conforme a su Hijo en la gloria, los quiere primero predestinados a ser conformes a Él en la pobreza.

– Perseverando en el sufrir con resignación las incomodidades de la pobreza, vosotros pasáis de la pobreza temporal a las eternas riquezas en el cielo. 

·     “Beati pauperes” (Bienaventurados los pobres)

– Gozaos de vuestra pobreza, aceptándola de las manos del Sumo Bien, que os hace saber que esa es una Bienaventuranza: “Beati pauperes”.

– Bienaventurados vosotros si sabéis alegraros de corazón, que la pobreza os haga conformes
a aquel gran Señor, que dice en su Evangelio:
Bienaventurados los pobres porque de ellos es
el Reino de los Cielos. 

– Bienaventuradas aquellas almas que se despojan de todo para vestirse de Cristo. 

PRACTICAS LA SANTA POBREZA

·     Deber especial de los Pasionistas

– Nuestra Congregación está erigida y establecida sobre estrecha y rigurosa pobreza y la profesamos con voto. 

– Cuanto más el retiro está fabricado en santa pobreza, tanto más conciliará el santo recogimiento y la edificación a los seglares.

– Quien realiza el ejercicio de las santas misiones si buscase limosnas, el fruto sería del todo desvanecido y la reputación perdida.

– Los superiores sean todo ojos para ver si se observan las reglas en especial la santa pobreza. 

·     Las incomodidades de la pobreza

– Son regalos que Dios nos comparte, con el fin de que como piedras vivas seáis engastadas profunda y fuertemente en el anillo de oro de la fe y la caridad.

– Aceptadas voluntariamente os acercan al Señor, más que las más ásperas penitencias que se pueden hacer.

– Para sufrirlas con paciencia, acercaos a menudo y devotamente preparados a los Santos Sacramentos y no dejéis jamás la devota meditación de las penas santísimas de nuestro Salvador. 

·     Cómo la observaba San Pablo de la Cruz

– ¡Oh, cuánto amo esta santa pobreza de Jesucristo!

– Yo sufro por no poder dar socorro a los parientes en sus necesidades, pero Dios lo quiere así porque la rigurosa pobreza profesada me lo impide; y también en esto me complazco en hacer la voluntad de Dios.

·     Un modo de faltar a la pobreza

– EI religioso que pidiese alguna cosa a los bienhechores sin licencia de los superiores, violaría el santo voto de pobreza, porque se haría propietario.
 

4. HUMILDAD 

 La tercera concupiscencia que después de aquella de la carne y de los ojos, tiene el imperio de este mundo, es la “soberbia de la vida”, o sea, el deseo desordenado de sobresalir sobre los otros, de no querer someterse a ninguna autoridad y de seguir en todo el propio arbitrio,

 Es, esta soberbia, uno de los más grandes males del hombre, porque de ella, dice El Espíritu Santo, tiene origen todo pecado (Ecle.10, 15); “Sea directamente, en cuanto los otros pecados están todos ordenados al fin de la soberbia, despreciando la divina ley se abre la vía para cometer los mayores delitos, según lo que está escrito en Jeremías: “despedazaste mi yugo, rompiste mis vínculos; gritaste no serviré”. (Sto. Tom. II, II, q. 162 a.2) 

 Es por esto que la humildad, en oposición a la soberbia, es la primera y fundamental virtud del cristiano y del religioso. 

 Para entrar al Reino de los Cielos es necesario hacerse pequeño, porque en la economía del Reino de Dios “quien se exalta será humillado y quien se humilla será exaltado”. (Mt.23f12)

 San Pablo de la Cruz nos habla de la naturaleza, necesidad y excelencia de esta virtud.

NATURALEZA DE LA HUMILDAD 

·     ¿Quién es verdaderamente humilde de corazón?

– Quien se conoce a fondo a sí mismo. 

– Quien teme mucho de sí mismo y se fía de Dios.

– Quien se aniquila y se abisma en la nada, lo cual se necesita hacer con dos miradas de fe una a la inmensa Majestad de Dios y otra a nuestra horrible nada.

– Quien hace las partes justas: tened lo vuestro, que es la horrible nada, capaz de todos los males: nada tener, nada poder, nada saber; dejad a Dios lo suyo, porque todo el Bien es El.

– Quien conoce su nada y está en ella, conoce la verdad: Esta es la verdadera ciencia de los santos.

·     Grados de humildad

– Obrar como santo y tenerse por pecador, imperfecto y malo, es indicio que comienza a tomar posesión de nuestro corazón la verdadera humildad.

– Hacer bien y reconocer que no se hace nada de bueno es uno de los primeros grados.

– Dije a mi Jesús que me enseñase cuál grado de humildad lo complacía más, y oí decirme al
corazón: cuando tú te lances en espíritu bajo los pies de todas las criaturas, y hasta bajo los pies de los demonios, esto es lo que más me agrada.

·     Signos de poca humildad

– Yo observo en vosotros mucho amor propio y poca humildad, porque si se os niega alguna cosa no os aquietáis sino que os turbáis y caéis en frenesí.

– Se refunfuña, se multiplican palabras y lamentos bajo especie de humildad y no conocéis que todo esto nace de la poca humildad y del amor.

– Está bien tener mal concepto de sí mismo interiormente, pero exteriormente no es necesario decirlo. No se debe hablar ni bien ni mal de sí mismo, sino estar como muertos y sepultados.

– De sí y de los parientes es mejor callar, y si os es necesario, se debe hablar con, sentido bajo y humilde. 

SU NECESIDAD Y EXCELENCIA 

·     Humildad ante todo y siempre

– Todo vuestro estudio sea el conocimiento de vuestra propia nada y del verdadero Todo que es Dios. La propia horrible nada no se debe jamás perder de vista durante la vida.

– Jesús nos dice que aprendamos de Él que es manso y humilde de corazón. iOh, cuanto os recomiendo esta humildad de corazón!

– Humillaos a todos por amor de Dios.

– La infinita bondad de Nuestro Dulcísimo Jesús nos acreciente siempre más esta gema del paraíso. 

·     Dios ama a los humildes

– Los corazones humildes son la delicia de Dios.

– La joya más querida de Dios es la humildad verdadera. No hay cosa que más le agrade que el aniquilarse y abismarse en la nada.

– Dios se complace en aquellos que se hacen pequeños y llegan a ser pequeños como los niños.

– Recordad que sólo las almas humildes, ocultas y desnudas de sí mismas son las que agradan a Dios. 

·     La humildad hace huir al demonio

– El aniquilarse y abismarse en la nada asusta al demonio y lo hace huir, desconfiado de sí y temeroso.

– El alma que se humilla hasta bajo el infierno, hace temblar al demonio y lo confunde. 

·     La humildad nos hace salir victoriosos en las batallas espirituales

– Para prepararse a las batallas espirituales y estar armados de la armadura de Dios, no hay medio más eficaz que el aniquilarse y anonadarse delante de Dios.

– Lanzad vuestra nada en aquel verdadero todo que es Dios, y con alta confianza combatid como valerosos guerreros estando ciertísimos de salir victoriosos.

– Humildad, conocimiento y odio a sí mismo, son las cartas divinas que hacen ganar el juego. 

·     La humildad es motivo de seguridad

– Quien es humilde no será engañado.

– El mundo está lleno de redes, solamente los, verdaderos humildes no tropiezan.

– El modo de huir de los engaños es humillarse mucho y no fiarse de sí.

·     La humildad es fundamento de perfección

– La verdadera humildad de corazón es la piedra fundamental del edificio espiritual.

– El conocimiento de sí mismo, de las propias miserias y del propio ser Nada, nada poder, nada saber, nada tener, es el fundamento sobre el cual se debe levantar la fábrica de todas las virtudes y de la perfección.

– Quien conoce su nada se dispone más pronto a ser santo.

– Estudiad en el libro de vuestra verdadera nada para arraigaros bien en el conocimiento propio que en tal forma os haréis santos. 

·     humildad es cadena de oro de todas las virtudes

– El amor al propio desprecio y el conocimiento profundo y veraz de la propia nada es la piedra fundamental de todas las virtudes y trae consigo el ejercicio de éstas.

– Santo Tomás dice que la humildad es el fundamento de la misma fe, porque quien no es humilde vacila y pierde La fe. 

– Del conocimiento de la propia horriblísima nada nace el:

o  Tener buen concepto de todos, fuera de sí mismo.

o  El honrar a todos.

o  El obedecer a todos como si fuesen superiores.

o  El despreciarse a sí mismo y tener gusto en ser despreciado por los demás.

 

– Quien está en este anonadamiento en verdad no finge, es como un árbol plantado cerca al agua, que da fruto en todo tiempo. 

·     Escuela de sabiduría celestial

– Si fuerais bien humildes, escondidos a las criaturas y bien fundados en vuestra verdadera nada, os sería enseñada por el Divino Maestro, en la escuela interior, la verdadera ciencia de los santos.

– Dios enseña a los pequeños sus maravillas, y las esconde a los grandes y sabios del mundo.

– El Padre Celestial se revela a los humildes de corazón, y les habla palabras de vida eterna.

– Quien estudia la ciencia de la nada aprende a conocer el verdadero Todo que es Dios. 

·     Disposición para hacer cosas grandes

– Es habitual en Nuestro Buen Dios servirse de gente que está arrojada en la nada, para obras
de su inmensa gloria y está envilecida y despreciada por el siglo.

– Quien sea más pequeño será más grande. Hagámonos pequeños y Dios nos hará grandes.

– Siempre os haréis más capaces del ministerio apostólico, si fueseis fieles en conservaros en verdadera humildad de corazón, con el conocimiento de nuestra nada y Dios elaborará de esta nada las obras de su mayor gloria.

– De aquellos que quieren ser cualquier cosa, Dios no quiere saber nada. 

·     Medio para obtener todo de Dios

– Cuando vosotros seáis humildes y estéis en vuestra nada, Dios dará todo Bien. .
– Quien sea más aniquilado, será más enriquecido y más seguro tendrá el ingreso en; aquel secreto gabinete donde el alma trata de solo a solo con el Esposo Divino.

– Después que seáis aniquilados, despreciados y abismados en la nada, pedid a Jesús el entrar en su Divino Corazón y lo obtendréis de inmediato.

5 OBEDIENCIA 

 Observa Santo Tomás que como la soberbia dice defecto de sujeción, así la humildad incluye necesariamente la sumisión del hombre a Dios y a sus representantes, en lo que consiste la virtud de la obediencia.

También San Bernardo afirma que de la esencia de la humildad está toda en sujetar la propia voluntad a la de Dios. 

 Y San Agustín escribe:”El soberbio hace su voluntad, el humilde hace la voluntad de Dios”.

 Para negarnos a nosotros mismos y renunciar perfectamente a la soberbia de la vida, debemos, a una con la humildad, practicar la obediencia, procurando con toda diligencia vivir sujetos a toda criatura por amor de Dios. 

 De esta obediencia que constituye para el religioso el principal de sus deberes en fuerza también del voto que emite en la profesión, San Pablo de la Cruz expone los aprecios y da útiles normas para su práctica. 

MÉRITOS DE LA OBEDIENCIA 

·     La obediencia es virtud querida por Dios

– Enamoraos de la Santa obediencia.

– Dios oye favorablemente la oración de los obedientes y bendice abundantemente lo que se hace por obediencia.

– Para dar gusto a Dios debéis someteros a cualquier oficio impuesto por obediencia.

·     Da perfecta seguridad

– Quien vive bajo la obediencia vive seguro de no errar.

– Las almas obedientes no serán engañadas.

– Quien quiere caminar bien y sin engaño debe imitar a Cristo que se hace obediente hasta la muerte de cruz.

– Obediencia, obediencia sin réplicas: este es el único fármaco y único remedio contra los escrúpulos.

 

·     Es prenda de victoria

– Si sois siempre obedientes cantaréis las victorias.

– Agradeced al Señor por las ocasiones que os da para obedecer. 

·     Aporta quietud y paz de conciencia

– Si fuerais perfectamente obedientes seríais también mansos y pacíficos.

– Ofreced a menudo vuestra voluntad a Dios y sentiréis sumo contento.

– Obedeced, obedeced sin réplicas, de otra manera estáis acabados, sin más perderéis la paz.

·     Para acertar en todas las cosas

– La virtud y la fuerza de la obediencia hacen alcanzar todo bien.

– Tened muy en cuenta la obediencia, sin la cual nada se hace de bueno.

– Cualquier oficio que viene dado por obediencia es siempre el mejor. Todas vuestras obras serán santificadas.

·     Es medio seguro para hacerse santos

– La obediencia es la piedra angular de todo el edificio espiritual.

– Si tenéis suma reverencia por vuestros superiores y los obedecéis sin réplica como lugartenientes de Dios, haréis grandes vuelos a la santa perfección.

– EL verdadero obediente es santo. 

·     Libra del infierno

– En el infierno hay almas que han hecho ayuno y penitencia; pero como no fueron obedientes en nada agradaron a Dios, y ahora arden en el fuego.

– Pasead igualmente por aquellos pasillos de muerte cuando queráis: de obedientes no encontraréis ninguno. 

PRACTICA DE LA OBEDIENCIA 

·     Desear obedecer

– Estad sedientos que os sea rota la propia voluntad, como el siervo de la fuente.

– Tened en gran estima que os sean rotos todos vuestros proyectos, así sean buenos.

– Os parezca perdido aquel día en el cual no rompéis vuestra voluntad, y no la sujetáis a otro. 

·     Mirar a Dios en los superiores

– Recordaos que los superiores ocupan el lugar de Dios, son para el religioso los intérpretes de la divina voluntad; en sus determinaciones se conoce la voluntad de Dios, que debe ser regla de nuestro obrar. 

·     Obedecer y callar

– Para complacer a Dios es necesario someterse a todos los empleos impuestos por obediencia y ejercerlos sin quejas y en silencio.

– Jesús obedece y calla, no se lamenta jamás; pues, aprended a padecer y callar y a obedecer en silencio.

·     Con plena indiferencia de voluntad

– Quien vive bajo la obediencia vive quieto, pronto a obrar, estar, ir, callar, etc. Como Dios, por medio de los superiores, disponga poco a poco. 

– Daos totalmente a las manos de los superiores, que puedan hacer de vosotros todo aquello que quieran, todo cuanto no se oponga a la divina ley -quo absit- y las Reglas y Constituciones. 

– Nuestro dulcísimo Jesús se dejaba vestir y desvestir de los ministros de la muerte; ora lo ataban, ora lo desataban, ora lo empujaban de aquí, ora de allá y en todo se sometía el mansísimo cordero Divino. Oh, dulcísima docilidad de Jesús. 

·     Con perfecta indiferencia de juicio; a la ciega

– Obedeced a la ciega; quiero decir, sin discurrir sobre lo que se os manda.

– Renunciad a todo vuestro entendimiento y saber, dándoos como muertos a vuestros superiores.

-Vosotros sabéis que Jesucristo se ha hecho obediente hasta la muerte: por consiguiente también vosotros debéis dar muerte a vosotros mismos enterrando el propio parecer y entendimiento.

– Afortunada aquella alma que se desprende del propio gozar, del propio sentimiento y del propio entendimiento.

·     Con amor

– Obedeced con amor y reverencia, en verdadera
y santa caridad.

 

6 SOLEDAD 

 Porque “todo lo que está en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida” (I Jn 2,16), Es claro que para renegar a estas viciosas tendencias, es necesario renunciar al mundo, hasta poder decir con el apóstol: “EI mundo está crucificado para mí y yo para el mundo”. (Ga 4»14). 

 Dice Cristo a los apóstoles y lo mismo repite a todos los que quieren ser sus seguidores: “Vosotros no sois del mundo”. (Jn 15»19) Por eso los santos odiaron al mundo y lo tuvieron por abominable; y cuando el deber no se lo impedía amaban retirarse a la soledad, como el lugar más adaptado para tratar con Dios, y hacer progreso en la virtud. 

 Entre los santos que más amaron la soledad uno fue San Pablo de la Cruz, el cual desde la juventud “huyendo al mundo, en la soledad pone su morada y allí como en una espiritual palestra, se adiestró a los más altos vuelos del espíritu, bajo los suaves impulsos de la gracia”. (In Offic. San Pablo de la Cruz). 

IMPORTANCIA DE LA SOLEDAD 

·     Daños que provienen de tratar mucho con el Mundo.

– Quien trata a menudo con los hombres se hace cada vez menos hombre.

– El trato no necesario y superfluo con los seglares es peste de la devoción.

– Estaos solitarios lo más que podáis también corporalmente, con el fin de que las criaturas no os roben el recogimiento.

– Tratad poco con los hombres, por santos que sean, pero tratad mucho tiempo con Dios.

– El coro y la celda son el paraíso terrestre de los verdaderos siervos de Dios. 

·     En la soledad Dios habla al corazón

– Huid del trato con la gente, con excepción de lo puro necesario, así Dios os hablará al corazón.

– Dios os quiere en el desierto de la más profunda soledad, para hablaros palabras de vida y enseñaros la ciencia de los santos.

– Estaos solitarios en el templo interior del alma y aprenderéis grandes cosas.

·     Flores y frutos de la soledad

– Jesús os ha preparado infinitos tesoros de gracia y de bendiciones, si sois fieles en huir del ambiente del siglo para retiraros a la santa soledad.

– La soledad genera recogimiento, humildad, silencio, paciencia, caridad, etc., y es necesaria para manteneros en fervor de la oración; en ella reposa el espíritu a los pies de Jesús Crucificado, se restaura y se reconforta de las debilidades, de las distracciones y fatigas en favor del prójimo. 

·     El tesoro de la soledad interna

– Es buena la soledad del cuerpo, pero mi gloria es la soledad de la mente; el sagrado desierto interior en el cual el alma se abisma toda en Dios.

– Sin la soledad interna, joya de inestimable valor, en nada aprovecharía la soledad de los desiertos de Nitria y Tebaida.

– Sed habitadores del interior de vuestro espíritu, bien encerrados en este sagrado desierto.

– Es voluntad de Dios que cultivéis con el recogimiento interno la más profunda soledad del espíritu, que en sí encierra un gran tesoro de bienes. En ella, el alma está abstraída de todo lo temporal, perdida toda en el Infinito y Eterno Bien. 

·     Para los religiosos pasionistas

– Nuestra Congregación está toda fundada en verdadera soledad y si esta se echa por tierra, está totalmente destruido el edificio porque queda totalmente fuera de la vocación que Dios me ha dado.

– Hacen gran fruto en el pueblo los operarios, que salen de la soledad para encender el corazón de los cristianos con el fuego de la santa predicación.

– Hace más fruto un operario evangélico que
sea hombre de oración, amigo de la soledad
y desprendido de toda cosa creada que otros
mil que no son tales.
 

·     Normas para la soledad interna

– Cómo entrar:

o  Con la fe y con el amor

o  Por la puerta que es Jesucristo, en su Santísima Pasión.

o  Por sus llagas que son nuestra vida, y son la divina puerta.

 

– Cómo hacerle morada; Entraos en el sagrado
desierto interior y cerrad las puertas a toda cosa creada:
 

o  Dejando reposar vuestro espíritu en el seno de Dios.

o  Estad solitarios dentro de vosotros mismos.

o  Reposaos con viva fe y santo amor.

o  Huid del ocio.

o  Estad cada vez más en soledad de fe y amor en sagrado silencio.

o  Abismaos todos: amad y padeced, padeced y amad.

 

– El alma reposa, pierde de vista lo temporal y se abisma en Dios, al cual adora en espíritu y en verdad.

– Con la vista en la propia nada, uniendo la acción y la oración, entreteneos de solo a solo con Dios en la celda de vuestro corazón.

– Estad como niños en este desierto interior. 

·     Para esta soledad no existen dificultades

– Las ocupaciones no impiden la soledad interna, antes bien, la ayudan.

– Con la soledad interna se está siempre en el sagrado desierto, aún en medio de los tumultos de los pueblos y en medio de las gentes.

– Tened siempre esta soledad en el trabajo y en los quehaceres de la casa.

– No perdáis jamás esta santa soledad interna, donde quiera que os encontréis.

– Cuando os distraigan las ocupaciones reavivad la fe reconcentrándoos pacíficamente en Dios.

7. SILENCIO 

 Inseparable compañero de la soledad es el silencio, necesario por eso a un seguidor de Cristo para vivir separado del mundo y hacer progresos en la virtud.

 “El mucho hablar no está sin pecado, dice el espíritu Santo”. (Prov. 10,19). 

 “Quien a su vez custodia su lengua, custodia su alma”. (Prov.13, 3)

El silencio de hecho tiene alejadas las faltas:

o  Facilita la práctica de las virtudes.

o  Favorece el recogimiento y la vida interior.

o  Es coeficiente necesario para mantener una comunidad religiosa en la observancia y en el fervor.

 

 San Pablo de la Cruz insiste mucho en sus cartas sobre la observancia del silencio, declarando por qué y cómo se debe observar. 

POR QUE SE DEBE OBSERVAR 

·     Para mejor tratar con Dios

– Amad el silencio, el alejamiento de todo, huyendo en lo posible de las ocasiones de hablar, para: 

o  tratar día y noche con Dios.

o  Recibir el don de la oración.

o  Facilitar el recogimiento y la oración.

 

– EL barro calla siempre, así el ollero haga un vaso de honor o un vaso de ignominia; así lo rompa y tire los pedazos o lo ponga en una regia galería. Tened en la mente esta doctrina y practicadla.

– Os recomiendo mucho el sagrado silencio, tan inculcado por los santos. 

·     Para llevar una vida inmaculada

– Estad cada vez más en silencio.

– Gran punto de perfección es el saber callar.

– Sé que los habladores son la ruina de los conventos.

·     Para custodiar el tesoro de las santas virtudes

– El silencio es la llave de oro que custodia fielmente y conserva con gran cautela y celo el tesoro de las santas virtudes, teniéndolo bien cerrado 

COMO Y CUANDO SE DEBE OBSERVAR 

·     En medio de los padecimientos

– Quien está en la tempestad de un gran sufrimiento, debe custodiar el gran tesoro bajo la llave de oro del silencio.

– Quien está en el mar tempestuoso de los padecimientos no debe lamentarse, ni con el prójimo, ni consigo mismo, ni con Dios.

– Dios creó a los peces mudos, porque deben estar entre las olas del mar, para enseñarnos que quien navega entre las tempestades del mundo, debe estar mudo, sin lengua, para no lamentarse, ni resentirse, ni justificarse.

– Lo mejor es trabajar, padecer y callar: cuando vengan las tempestades de trabajos .entre más se escondan mejor es.

– Silencio interno y externo: interno haciendo callar las rebeliones de la naturaleza; externo con el no abrir la boca para lamentarse.

– Padeced en silencio, negando siempre vuestra voluntad, es una de las gracias más grandes que Dios hace al alma.

– ¿Por qué tanta oleadas? Ella está rica y no lo sabe… Amar y padecer en verdadero silencio interno y externo, en pura fe y santo amor, es un pescar las verdaderas perlas de las virtudes en el gran mar de la Santísima vida y Pasión de Jesús, nuestra verdadera vida.

– Recordad que el dulce Jesús en medio de sus más amargas penas, callaba. ¡Oh!, sacrosanto silencio, rico de aquella paciencia, custodio fiel del tesoro de las virtudes. 

·     Cuando se despiertan las pasiones

– Cuando las pasiones se despiertan, especialmente la cólera, es tiempo de estar callados; no habléis, estad en silencio, y dentro de vosotros mismos pedid al Señor que os socorra. Si tenéis que hablar, hacedlo con voz baja y baja mansedumbre, lo que conviene hacer siempre, pero especialmente cuando hierve el caldero de la cólera es: callar, callar.

– Cuando seáis contrariados y cuando las criaturas procuren inquietaros, estad callados.

– Cuando sintáis las pasiones en batalla y enfado, entonces es tiempo de callar, de otro modo se cometen muchos errores.

– Con el hablar y responder cuando uno está exacerbado se hace peor.

– El silencio es el cuchillo de oro que mata la pasión. 

·     El silencio es necesario en las contradicciones, en las calumnias y en los reproches.

– Callad cuando os sentís chillar: callad con todos.

-La vía más corta para responder a aquellos que os desprecian y os inquietan es con un dulce y modesto silencio.

– El silencio, la desenvoltura y el hacer de cuenta que no se siente nada, hace cerrar la boca a los ociosos.

– En las burlas estad callados y con buen semblante, mostrando agradecerlas por amor de Dios.

– La vía más segura es callar, a ejemplo de Jesucristo que maltratado, vilipendiado, blasfemado, calumniado, callaba.

– No lamentarse, ni resentirse, ni justificarse; sino a ejemplo de Jesucristo: estarse en un paciente, dulce y pacífico silencio. 

·     Cuando y como es necesario hablar

– Hablad cuando lo requiere la gloria de Dios y la caridad hacia el prójimo.

– Cómo hablar: 

o  Siendo cautos y prudentes con las palabras.

o  Con la mente en Dios en santo silencio.

o  Poco, bien y con mansedumbre.

o  A su tiempo, con dulzura y modestia.

o  Cuidándose de palabras incautas, punzantes y mortificantes.

 

– Cuando seáis interrogados responded con dulzura y buena gracia.

– No seáis fingidores en las expresiones y conveniencias sino caritativos.

– En las recreaciones, con frecuencia, se pierde lo adquirido en la oración.

III. LLEVAR LA PROPIA CRUZ 

 Llevar la cruz es la segunda cosa que Jesús pide a todos aquellos que quieren seguirlo: 

 “Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz…” (Lc.9, 23ss) 

 Para vivir unido a Dios, Santidad por esencia, debemos no sólo huir de los pecados graves, re-negándonos a nosotros mismos y sujetando a la ley del espíritu las pasiones del sentido y del orgullo, sino que debemos también evitar todos aquellos defectos e imperfecciones que si no destruyen la caridad, la enfrían y ofuscan el esplendor. 

 Ahora porque nuestra alma, dominada como está del amor propio, o no conoce estos defectos o no tiene fuerza para liberarse de ellos, “He aquí la mano amorosa del gran Padre, el cual con látigo rico de amor, la golpea, para desprenderla totalmente de las criaturas y hacerla alcanzar la unión con el Sumo Bien”.

 “Así aquello que falta a nuestra acción viene suplido por las penas y por los padecimientos que el Señor nos manda”; penas y padecimientos que forman la “purificación pasiva” del alma y constituyen la Cruz que debe llevar cada seguidor de Cristo. 

 Llevar de hecho la cruz, según San Agustín, no significa otra cosa que soportar con paciencia
toda tribulación y trabajo.
 

 La cruz que todos más o menos, somos llamados a llevar son principalmente: 

o  Las enfermedades.

o  Las tentaciones.

o  Las tribulaciones exteriores.

o  Las penas interiores del espíritu.

 

 “Para cada una de ellas, San Pablo de la Cruz nos da sus enseñanzas; debemos aprender de él por qué y cómo debemos llevar la cruz. 

 Los seguidores del mundo odian y huyen de la cruz, pero los seguidores de Cristo la aman y la buscan porque saben que “todo está en la cruz, y todo consiste en el morir. En la cruz esta la salvación, en la cruz la defensa del enemigo, en la cruz la alegría del espíritu, en la cruz la perfección de la santidad. No hay salud para el alma ni esperanza de vida eterna sino en la cruz. Tomad, pues, la cruz y seguid a Jesús”. (Imitación de Cristo L.II. C.2)

1. POR QUE Y COMO DEBEMOS LLEVAR LA CRUZ 

 Son muchas las almas que quieren seguir a Jesús, pero pocas aquellas que quieren llevar la cruz con El. 

 Jesús, ahora, .dice la Imitación de Cristo tiene muchos que aman su reino Celeste, pero pocos que aman su cruz. Tiene muchos que desean consolaciones, pero pocos que desean tribulaciones. Todos desean gozar con El, pero pocos desean padecer con El 

 Sin embargo, padecer con Jesús, llevar con El la cruz, y llevarla como El la llevó, es absolutamente necesario para ser sus discípulos, y tener parte con EL en la gloria del cielo. No será glorificado sino quien haya padecido con Cristo y con El haya llevado la cruz: “Y si somos hijos, somos también herederos. Nuestra será la herencia de Dios y la compartiremos con Cristo; pues si ahora sufrimos con El, con El seremos glorificados”. (Rm 8,17).

 Pablo de la Cruz nos, recuerda por qué y
cómo, debemos llevar la cruz.
 

POR QUE DEBEMOS LLEVAR LA CRUZ

·     Para asemejarnos a Jesús

– Cuanto más padezcáis tanto más os asemejaréis a Jesús, en toda su vida que fue toda una cruz y no hizo otra cosa que padecer.

– Dios, sobre esta tierra, paga a sus siervos con aquella misma moneda con la cual pagó al Santo de los Santos: Jesucristo.

– ¿Qué quiere decir Siervo de Dios? Quiere decir ser crucificado con Cristo.

– Dios os ama como a hijos, porque os favorece de continuo con nuevas cruces.

– Es muy necesario bendecir y agradecer al Señor que os hace caminar por La vía de la Santa Cruz por la cual caminó su Divino Hijo.

– Afortunadísimas almas que van por la vía del calvario siguiendo a nuestro querido Redentor.

– La cruz es el más grande don que Dios hace a sus siervos. 

·     Para hacernos santos

– Cuanto más uno aprovecha en el servicio de Dios tanto más crece el padecer.

– Esta fue la vida de Cristo, y esta es la vida de sus verdaderos siervos. Abrazad con buen corazón la santa cruz.

– Quien quiere servir a Dios a lo grande, necesita padecer pruebas y trabajos grandes.

– Las cruces:

 

o  Mantienen el alma en humildad.

o  Hacen que se tenga más recurso a Dios.

o  Hacen ejercitar las más bellas virtudes.

 

– Cuando la cruz es más aflictiva y penetrante, es MEJOR; cuando el padecer es más privado de consuelo, ES MAS PURO; cuando las criaturas nos son más contrarias, NOS ACERCAMOS MAS AL CREADOR.

– Reposad sobre la cruz de Jesús y será santos, pero de la santidad secreta de la cruz. Abrazad la cruz, donde solamente están los verdaderos tesoros. Quien supiese el gran tesoro que es el padecer no desearía más que cruces.

– Porque vuestra alma es muy querida por Dios por eso os hace pasar por la vía regia de la Santa Cruz.

– Gran tesoro encierra el desnudo padecer sin consuelo ni del cielo ni de la tierra. Tenedlo en gran estima y sed agradecidos al Señor ofreciéndoos a menudo como víctimas a su Divina Majestad sobre el altar de la cruz.

– Estar con Jesús en la cruz es la vía más corta para llegar a la feliz suerte de morir a lo creado para vivir purísimamente en Dios.

-La cruz es el estandarte de los verdaderos siervos de Dios. 

·     Para gozar de tranquilidad y paz sobre esta tierra

– Entre menos consolaciones tengáis de las criaturas más tendréis del Creador.

– Bienaventurados aquellos que llegan al puro padecer sin consuelo y persisten en servir a Dios. Estos son los siervos fieles que entrarán en el gozo del Divino Padre.

– Qué bello es padecer con Jesús. iQuisiera tener un corazón de serafín para explicar las ansias amorosas! (de padecer) que prueban los verdaderos amigos del crucifijo.

– Las almas devotas no deben buscar otra consolación que el Salvador y su santa cruz.

– Felices aquellos que están de buena gana crucificados con Cristo. 

·     Para ir al Paraíso

– Al paraíso se va con la cruz.

– Si aquí son cruces, después serán coronas en el paraíso.

– Teniéndoos pegados al leño de la santa cruz no naufragaréis sino que llegaréis al puerto de la salud.

– La merced que Dios da a sus siervos aquí abajo, son cruces, angustias y trabajos para haceros semejantes a su divino Hijo crucificado y colocaros después en la galería del cielo donde no habrá más llanto ni dolor sino alegría y gozo.

– Aquellos que padecen cruces por amar de Dios ayudan a Jesús a llevar la cruz y serán participes de su gloria en el cielo.

– Breve y momentáneo es aquí el padecer, pero eterno será el gozar. Agradeced a Dios y sufrid con paciencia. 

LAS CRUCES NO FALTARAN JAMAS

– Es preciso llevar la cruz cada día. Aquí no hay otra vía, como dice Jesús en el Evangelio.

– Huyendo de una cruz se encontrarán diez.

– El alma es un grano que Dios siembra en este gran campo que es la Iglesia y para dar fruto es necesario que muera a fuerza de penas, dolores y persecuciones.

– Jesús que os ama tanto no os quiere sin la cruz.

– Donde quiera que estéis llevaréis con vosotros vuestra cruz, la cual sigue a los siervos de Dios a donde quiera que van o están.

COMO DEBEMOS LLEVAR LA CRUZ

·     En silencio y esperanza

– Sed fieles en llevar vuestra cruz con paciencia.

– La virtud de Jesucristo es padecer y callar.

– El alma devota no busca otro consuelo que el de la santa cruz. Estaos a la buena bajo ella, sin tantas reflexiones e inútiles sutilezas.

– El padecer es un bálsamo tan precioso y espiritual, que si no se tapa y se cierra bien el vaso con el sello de la verdadera humildad, silencio de fe y caridad, se evapora de inmediato y se va al aire por el canal de la vanagloria. 

– Animaos, todo pasará, y en el cielo estaremos contentos para siempre.

·     Con paz y resignación

– Reposad en paz sobre la cruz, con quietud de espíritu como niños en los brazos de Jesús Crucificado y de su Divina Misericordia.

– Estad abrazados a la santa cruz recibiendo todos los trabajos de la mano amorosa de Dios y diciendo a menudo: Señor, hágase siempre vuestra santísima voluntad.

– El pobre Pablo está siempre abrazado y asido a la cruz del querido Jesús.

– Llevando la cruz con tranquilidad se encuentra la verdadera paz.

– El mérito y la perfección consisten en llevar la cruz que Dios quiere, no aquella que quisiéramos nosotros.

– Afligido pero quieto -amargado y siempre alegre ciego al parecer mío- así me quiere Dios.

– Sea siempre bendito nuestro Dios que nos hace partícipes de su cruz. 

·     Con amor y con alegría

– Estad contentos en la cruz con Jesús.

– Gozo que Dios os descubra su cruz y os la haga amar.

– Estad en la cruz:

o  En alto reposo y alegría de espíritu.

o  Como víctimas de amor todos unidos a Jesús.

 

– Bebed alegremente el cáliz del Salvador. Sean bienvenidos los padecimientos, los trabajos, las cruces.

– Abandonaos y gozad de hacerle compañía con vuestro padecer.

– Padeced y callad y cantad en el espíritu.

– No debemos gloriarnos en otra cosa que no sea la cruz de Nuestro Señor Jesucristo.

– Las cruces de mi Jesús son las joyas de mi corazón.

– ¡Oh, querida cruz!, ¡Oh, Santa Cruz! árbol de vida del cual pende la eterna vida. Yo te saludo, yo te abrazo y te estrecho contra mi pecho.

2. LA CRUZ DE LAS ENFERMEDADES 

 Dice el sabio que el hombre fue creado para la inmortalidad; pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo y con ella todo el conjunto de mates que son la preparación y la condición indispensable.

 Así la vida presente no es más que un continuo sucederse de males y sufrimientos, o como la llama justamente San Gregorio: UNA ESPECIE DE MUERTE PROLONGADA.

 Pero el Señor que suele sacar el bien del
mal y ordena toda cosa para nuestro mayor provecho espiritual, providencialmente tiene dispuesto que estas enfermedades, con todo que dando una pena dolorosa, fuesen medios de perfección y de santidad.

 “La enfermedad, dice San Francisco de Sales, es una óptima escuela de misericordia, para aquellos que asisten a los enfermos y de amorosa resignación para aquellos que la soportan; porque mientras los unos estén a los pies de la cruz, como la Virgen y San Juan a los cuales se proponen imitar; los otros están en cruz como Nuestro Señor, cuya pasión procuran, cuanto más pueden, imitar”.

 Cuando viene la enfermedad, pues, dice el mismo santo, es la cruz de Cristo que viene: abrazadla, pues, tenedla en gran estima por amor de aquel que os la manda. 

 En las enseñanzas de San Pablo de la Cruz tenemos claros motivos para apreciar las enfermedades y para hacerlas meritorias. 

·     Las enfermedades son tesoros y gracias del señor

– Las fiebres continuas acompañadas de incomodidades, las indisposiciones y las enfermedades, inestimables y joyas preciosísimas con las cuales el Señor enriquece vuestra lama.

– Las enfermedades largas son unas de las más grandes que Dios hace a sus almas más queridas.

– Los dolores de huesos y nervios es necesario quererlos.

– Las enfermedades son el sello con el cual Dios contraseña a las almas elegidas.

-Santidad y salud no son ordinariamente buenas compañeras.

– siento que vuestra salud se vaya cada vez más; pero creedme que yo no he conocido jamás almas que de propósito atiendan a la perfección y a la oración en perfecta salud. 

·     Óptima palestra de virtud

– La misericordia de Dios os visita con dolores, enfermedades y otros trabajos que son gracias con las cuales regala a las almas santas: 

o  Para poneros a prueba cada vez más y purificaros el espíritu.

o  Para que os desprendáis de todo lo
creado y os apeguéis a las cosas del cielo.

o  Para haceros descubrir quiénes sois.

 

– En las enfermedades se conoce quien es paciente, humilde y mortificado. 

– Las enfermedades son ocasión para ejercitar la virtud: 

o  En el amor a la propia abyección

o  En la gratitud y la dulzura a quien nos sirve

o  En la obediencia ciega al médico y a los enfermeros.

 

– Estad sobre el lecho como sobre la cruz del
Redentor. 

– Las enfermedades nos hacen más queridos de Dios que todas las penitencias voluntarias porque en esto no hay nada nuestro.

– El tiempo de las enfermedades es el más oportuno para mostrar una verdadera fidelidad al esposo celestial. 

·     Medios para unirnos más a Dios

– Las enfermedades son un precioso trabajo que no disminuyen la unión con Dios t antes la acrecientan.

– Cuando el cuerpo está abatido y mortificado, el espíritu está más apto para volar a Dios. .

– Así como las indisposiciones y fiebres debilitan el cuerpo, así adelgazan el espíritu para que con las alas de la fe y del amor se disponga a volar altamente al seno del Divino Padre.

COMO HACERLAS MERITORIAS 

·     Aceptarlas con paciencia» resignación y alegría

– Aceptad con resignación todos los padecimientos de fiebres y otras incomodidades que Dios os manda para haceros santos.

– Estad sobre la cruz de vuestras preciosas enfermedades con silenciosa paciencia y dulce
mansedumbre, y no dejéis salir de la boca palabras de lamento.

– Gozad en Dios de vuestras indisposiciones y sed tan indiferentes a la enfermedad como a la salud porque así agradaréis al Sumo Bien.

– En las enfermedades es necesario amar y adorar la santísima voluntad de Dios, produciendo frecuentes actos de amor y de adoración, teniendo el corazón en tranquilidad, parar cualquier evento que pueda suceder; este es e el mejor remedio en las indisposiciones corporales. 

– Si toleráis con paciencia y resignación vuestras indisposiciones en silencio de fe y amor, os enriqueceréis de tesoros y de méritos en Dios Bendito. 

·     Ejercitar la obediencia y la dulzura

– En los males corporales decid simplemente vuestras indisposiciones con términos modestos, claros y con brevedad y después abandonaos en todo a la obediencia.

– Tomad los medicamentos en el cáliz amoroso de Jesús, sufriendo todo por amor de Dios en unión a cuanto sufrió por nosotros Jesucristo, nuestro verdadero Bien y Divino Ejemplo.

– Estad sobre el lecho de vuestra enfermedad
como niños que duermen sobre el pecho del
Divino Jesús, y allí bebed en aquella fuente de
vida eterna.

– El enfermo estese retirado en el corazón purísimo de Jesús que allí encontrará consuelo.

– Dios os quiere así indispuestos porque os quiere del todo para sí.

·     No dejar jamás la oración

– Si os ocurriese estar enfermos a abatidos y faltos de fuerzas, no dejéis jamás vuestra oración, o sea aquella dulce atención amorosa, con viva fe en Dios reposando en paz y amando a Dios.

– En las enfermedades estad en vuestro lecho como sobre la cruz. Jesús oró tres horas sobre la cruz y fue una oración verdaderamente crucificada, sin consuelo ni de dentro ni de fuera. ¡Oh, qué gran enseñanza!

3. LA CRUZ DE LAS TENTACIONES 

 Se imaginan algunos que la vida de las almas que quieren ser todas de Dios, sea una ascensión blanda, dulce, sin luchas ni choques, a lo largo de un sendero amenísimo enmarcado de flores perfumadas. Pero el Espíritu Santo nos advierte que no es así: “Hijo, en el darte al servicio de Dios, humilla tu corazón y prepara tu alma para la tentación. (Ecl 2,1). 

 Pero, dirá alguno, ¿no es la tentación un mal?
¿Cómo puede ser la recompensa de quien no busca otra cosa que al Señor?

 Tentar, dice Santo Tomás, es hacer experimento de alguno. De aquí una dobla tentación: una “ad probandum”, la cual viene directamente de Dios; la otra, “ad seducendum”, que tiene por autor al demonio, el cual para alcanzar más fácilmente su fin, se sirve como de potentes auxiliares del mundo, y de nuestra concupiscencia.

 Pero todas las tentaciones, no excluidas aquellas que el enemigo infernal trama para nuestro daño, son permitidas por la Divina Providencia y orientadas a nuestro mayor bien espiritual y a nuestra santificación “porque Dios es fiel y no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, sino que nos da con la tentación la ayuda con el fin de que podamos resistirla y permanecer victoriosos”. (Conf. 1Cor.1O, 13).

 San Pablo de la Cruz nos enseña para qué sirven, según los divinos designios, las tentaciones, y qué cosa debemos hacer para permanecer victoriosos.

PARA QUE SIRVEN LAS TENTACIONES 

·     Para probar nuestra fidelidad

– Las tentaciones son pruebas de Dios para conocer si somos fieles.

– Dios os ama y porque os ama os prueba. Por esto la rabia de Satanás busca perturbaros.

– Las almas más queridas por Dios son las más tentadas, probadas y afligidas.

– Las tentaciones no son para entristecerse: son trabajos (sufrimientos) que vienen a un alma que quiere ser toda de Dios.

– Os pido no hacer caso de las molestias y tentaciones que os causa el demonio: creedme que esto es un óptimo signo para vosotros.

– Quien no es tentado, ¿qué sabe? Si Dios os trata como a sus siervos más queridos, ¿qué queréis de más? 

·     Para purificar el alma

– Las tentaciones purifican el alma como el fuego al oro. Cuando se combaten hacen un gran bien: 

o  Nos humillan.

o  Nos instruyen.

o  Nos purifican.

 

– Dios permite tales batallas para purificaros el espíritu para que esté más dispuesto a unirse con perfecta caridad al Suma Bien. 

·     Para haceros adquirir la santa humildad

– Las tentaciones os serán de gran mérito. No hacen daño cuando no se les da ocasión ni se les consiente.

– Dios permite las tentaciones con el fin de: 

o  Hacernos más humildes de corazón y cautelosos.

o  Que el alma no se fíe de sí misma.

o  Hacernos desprender de toda cosa creada.

o  Conocer nuestra nada, nuestra abyección.

o  Llevarnos a recurrir a Él en nuestra oración.

o  Llevarnos a poner toda la confianza en El.

 

o  Para hacernos ejercitar muchas virtudes

– El haceros pasar por varias tentaciones es signo de que Dios os quiere santos, porque os da ocasión de ejercitar muchas virtudes en el acto que hacéis de resistencia a la misma. No se llega a adquirir una virtud consumada, sino por medio de la tentación contraria.

– La gran tentación de fe es signo de que Dios quiere dar a vuestra alma un gran don de fe viva que la llevará a alta unión de caridad.

– Si Dios permite tentaciones de gula es signo de que os quiere dar en premio una altísima abstinencia.

– Si permite Dios que seáis tentados -de vanagloria, es signo de que quiere daros grande humildad.

– No os asustéis con las tentaciones; sabed que su Divina Majestad las permite con el fin de que pongáis bien profundos los fundamentos de aquel edificio espiritual, que tiene designado fabricar en vuestra alma.

– Alegraos cuando Dios os pruebe con las tentaciones. Son óptimos signos de que os quiere santos.

·     Para acrecentar nuestros méritos

– Las tentaciones son joyas con las cuales Dios adorna al alma fiel, para que bien radicada en la humildad de corazón, se entregue a participar de los tesoros de las divinas gracias, especialmente los de su Pasión.

– Hacen resplandecer más la gracia triunfadora que Dios ha puesto en vuestra alma. Son, tantas las riquezas espirituales que adquiere el alma, que con la ayuda de Dios combate fiel, que no hay mente que las pueda comprender ni lengua que las pueda expresar. 

·     Para prepararnos una corona de gloria

– Ahora es tiempo de batallar y de combatir con gran corazón, que Dios nos prepara una corona de gloria.

– Las tentaciones son ladridos del demonio, el cual tiene gran rabia de veros encaminados por la vía del paraíso.

– Pasada la tempestad vendrá gran serenidad, y vuestro espíritu nadará en un mar de paz, en premio de la victoria reportada.

– Quien venza los asaltos del enemigo se sentará para siempre a la mesa del Gran Rey del cielo. 

COMO VENCERLAS

·     Manteniendo el corazón en paz

– En los combates mantened el corazón pacífico. Sobre todo tened cuidado de no inquietaros jamás por cualquier tentación.

– El sentir las tentaciones no es pecado; pecado es consentirlas.

– No os asustéis por furiosa que sea la tempestad de las tentaciones, porque cuando la voluntad no quiere no hay pecado; así parezca que la nave padece naufragio, la parte superior resiste y permanece victoriosa.

– La vía corta que se debe tener en tales batallas es de estarse sumiso a la voluntad de Dios; dejándose flagelar de aquella mano amorosa que permite tales tribulaciones. 

·     Combatiendo varonilmente

– Combatid varonilmente que después de la guerra vendrá la paz. 

– Os digo que en medio a las tempestades de las tentaciones debéis manteneros fuertes como un escollo azotado por las olas.

– Id al encuentro del enemigo, armados de las
virtudes de Jesucristo, con la lanza de la santa cruz. Venceréis sin más y el paraíso cantará las victorias que reportaréis por la virtud del Salvador. 

– Los demonios son perros ligados a la cadena: pueden ladrar pero no morder, si no queremos nosotros mismos dejarnos morder.

– Todo el infierno no os puede hacer caer cuando vuestra voluntad esté firme y constante en no consentir.

– No debéis hacer caso de cualquier asalto dé las tentaciones: combatid varonilmente protestando querer morir antes que consentir el pecado y abandonar a Dios.

– Donde os sintáis más débiles, estad allí más en guardia.

– No dudéis de nada, que Dios os dará la victoria, y en premio de la batalla os dará gracias grandes y el don de la santa oración.

·     Humillándonos dulcemente

– Las tentaciones se vencen con la humildad y el santo temor de Dios: el demonio huye de los humildes, desconfiados de sí y temerosos. El corazón humilde está siempre victorioso.

– Con gran coraje combatid esta batalla que Dios os tiene preparada la gran victoria si sois bien humildes.

·     Desconfiando de sí

– Descubrid al confesor lo que sufrís de tentaciones, siendo este punto necesarísimo para que dicho confesor os dé remedios, consejos y avisos de cómo debéis regularos, y obedeced. 

·     Confiando en Dios e implorando su ayuda

– En las tentaciones no dudéis de nada. Dios estará con vosotros, combate en vosotros y por vosotros y os da su gracia para vencer.

– Vivid pues, abandonados en sus divinos brazos, y en los asaltos más fieros escondeos en la inmensa caridad de Jesucristo, Nuestro Señor. Esta fuga ¿sabéis cómo se hace? Se hace con un dulce avivamiento de fe, que os haga aniquilaros más en vosotros y perderos en Dios.

– En las tentaciones no perdáis jamás la confianza en Dios y en María Santísima. Si Jesús os tiene en sus brazos, ¿a quién temeréis?

– Sobre todo no perdáis jamás la confianza ni dejéis la oración.

– No hagáis esfuerzos de cabeza, de manos o de pecho para desechar las tentaciones la resistencia que se debe hacer es la de recurrir a Dios, a Jesús y a María Santísima.

– Cuando os venga cualquier tentación besad la cruz y el rosario diciendo con fervor: Mi querido Redentor, mi eterno Dios, os adoro, os amo.

– Si las tentaciones acosan meteos en espíritu a los pies de Jesús Crucificado, y haced un acto de amor diciendo: Señor, ¡ayuda!, estoy dispuesto a morir antes que ofenderos, en vos me abandono, a vos recurro: vos sois mi Dios, mi todo: socorredme, liberadme, que de mi parte no puedo hacer nada de bien, tan sólo el mal.

– En el costado dulcísimo de Jesús se encuentra toda fortaleza y todo bien. Es su corazón una fortaleza inexpugnable.

4. LA CRUZ DE LAS TRIBULACIONES 

 Fuera de la cruz de las enfermedades y de las tentaciones que provienen del demonio y de nuestra natural debilidad, debemos llevar las de las adversidades, persecuciones, calumnias y tribulaciones, que si nos son procuradas la mayoría de las veces por la malicia de los hombres, los cuales han perseguido a Cristo, no dejarán de, perseguir también a sus seguidores.

 Pero cualquiera que sea la mala voluntad de los hombres, es cierto que todas las tribulaciones son de la Divina Providencia-ordenadas para nuestro mayor bien espiritual. Ellas, dice San Agustín, no son pena para nuestra condena sino medicinas para nuestra salud. 

 En efecto, cuando un hombre de buena voluntad es atribulado, perseguido, afligido, entonces comprende que tiene más necesidad de Dios, sin el cual se da cuenta que no puede hacer nada bueno. Entonces llora y reza por causa de la miseria que sufre. Entonces se da cuenta que plena seguridad y paz no pueden tenerse en este mundo.

 Buena cosa es, pues, para nosotros si algunas veces encontramos disgustos y contrariedades.
Buena cosa es si algunas veces sufrimos contra
dicciones y que se tenga mal concepto de nosotros.
Lo cual nos ayuda a mantenernos humildes y a defendernos de la vanagloria. Cuando exteriormente
seamos vilipendiados y despreciados, entonces
buscamos mejor a Dios, y ponemos en El todo nuestro corazón.

 Sobré las preciosas ganancias de las tribulaciones, y sobre el modo de soportarlas, San Pablo de la Cruz nos dice lo siguiente. 

GANANCIAS DE LAS TRIBULACIONES

·     Las tribulaciones purifican el espíritu

– Dios pretende con los padecimientos purificar vuestro espíritu como el oro al fuego.

– Las aflicciones, desolaciones, abandonos y otras persecuciones del demonio y las criaturas, son una noble escoba que barre las imperfecciones, nos prepara para la santidad y para la unión con Dios.

– Cuando el padecer es sin consuelo, el alma queda más purificada, y se hace bella y liviana para volar al Sumo Bien.

·     Son una excelente escuela de virtud

– Los trabajos, las angustias, las persecuciones y las penas: 

o  Mantienen el alma en humildad.

o  Hacen que se recurra más a Dios.

o  Hacen crecer el alma en las más bellas virtudes, como son: el silencio en el padecer, la paciencia, la caridad y la humildad, que nos asemejan al dulce Jesús.

o  Son los bordados del trabajo amoroso de Dios para haceros santos.

o  Dan al alma las alas para hacer el vuelo altísimo en la perfección del Santo Amor.

o  Con ellos Dios prepara vuestra alma para trabajos mayores.

 

– Dios nos castiga como Padre con el fin de que aprendamos a ser hijos obedientes y fieles.

– Las desgracias del mundo cuando son tomadas de la mano amorosa de Dios y con resignación a la divina voluntad, sirven para hacernos correr en la vía de los divinos preceptos.

– No os desalentéis: El Señor permite que sintáis profundamente las angustias para que conozcáis vuestra nada y os humilléis en todo. El permite que seáis abandonados de las criaturas, para que vuestra vida sea toda escondida en Jesucristo. 

·     Gracias y tesoros preciosos

– Los trabajos y calamidades mirados en el Divino Beneplácito, son preciosas joyas con las cuales Jesús embellece y enriquece vuestra alma.

– ¡0h, si comprendierais el gran tesoro que está escondido en el padecen Cuánto gozaría vuestro espíritu en Dios Nuestro Salvador!

– Bienaventurados aquellos que padecen trabajos, persecuciones y desprecios por amor de Dios; Ellos son más afortunados que los ricos del mundo y de aquellos que tienen las delicias de la tierra.

– Oh, dulcísimos trabajos; prendas queridas del corazón Sacratísimo de Jesús, ¿Quién podrá explicar la magnificencia de estos preciosos, tesoros, de los cuales Dios se sirve para coronar las almas de sus queridas esposas? 

·     Los padecimientos son la parte de los más queridos hijos de Dios

– Los trabajos y los padecimientos son los regalos que Dios da a sus consentidos, y unidos al abandono de las criaturas, son los más preciosos tesoros para sus amigos.

– Padeced de buen grado las tribulaciones, recordando que ellas son las prendas del Santísimo amor de Dios, y las garantías más ciertas de ser amigos suyos, porque Dios os ama y por eso os prueba con tribulaciones.

– Es siempre una gracia cuando Dios os hace padecer, en especial cuando el padecer es sin consuelo.

– En los trabajos grandes se prueban las almas varoniles porque los más grandes trabajos son de los más grandes siervos de Dios.

– En sustancia, las mercedes que Dios da a sus siervos aquí abajo, son cruces, angustias, trabajos y tribulaciones de toda suerte, para hacerlos así semejantes a su divino Hijo crucificado, y para colocarlos después en la regia galería del cielo.

– Cuanto más seáis afligidos, más debéis alegraros, porque está más cerca el Salvador.

COMO ES NECESARIO SOPORTARLAS

·     No hablar de ellas sin necesidad

– Cuando vienen tempestades de trabajos, entre más se escondan mejor es.

– Con el hablar sin necesidad de los propios sufrimientos, se disminuye la virtud y crece el amor propio, que siempre desea ser compadecido.

– Quien cree padecer mucho o es poco humilde o poco paciente.

– Quien padece mucho calla mucho, porque no quiere consolación de ninguna criatura, y puramente se recrea y consuela con la voluntad de Dios de la cual se alimenta. 

·     Mirarlas con ojos de fe

– Las almas fieles miran con ojos de fe, en la santísima voluntad de Dios, los trabajos y desgracias, no como venidos de las criaturas, sino de la mano amorosa del Señor.

– Mirad vuestros trabajos no como flagelos sino como dones y correcciones del Padre Celestial, el cual “quos amat arguit et castigat”.

– Acariciad vuestros padecimientos vengan de donde vengan, y miradlos en la voluntad de Dios, gustando con fe y Santo amor que se cumpla en vosotros su santísima voluntad.

– Tened vuestro corazón vuelto hacia el cielo, con el fin de que los vientos impetuosos de las vicisitudes humanas no puedan jamás agitarlo.

·     Soportarlas con paciencia, contento y gratitud

– Estad abrazados a la santa cruz de vuestras tribulaciones: tomadlas de la mano de Dios y decid a menudo: Señor, sea hecha siempre vuestra santísima voluntad.

– Padeciendo con paciencia, vuestra alma se enriquecerá de grandes méritos, y Dios la liberará de todo mal.

– Sufrid contentos orando a Dios por quienes os calumnian y mostrándoos siempre serenos.

– Las burlas, las mofas, los escarnios deben recibirse con suma gratitud hacia el Señor; estas son como leña para hacer la hoguera amorosa y poderse quemar víctima de amor.

-En vuestros trabajos bendecid al Señor con silenciosa paciencia.

·     Y con la mirada en el crucifijo

– El alma amante, desprendida de todo lo creado, no mira al padecer sino que su atención está toda en el Amado Bien, en el amor Crucificado.

– El alma fiel deja desaparecer los trabajos en el mar inmenso de la divina Caridad que endulza toda amargura.