Hacia la unión con Dios

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La discusión sobre Amoris Laetitia

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 24, 2016

Exhortación Apostólica "Amoris laetitia"

Cada vez que leo o escucho nuevos giros de la discusión sobre esta exhortación, vuelvo a leerla, meditarla y analizarla, y encuentro que:

En ninguna parte del documento se dice que lo que está objetivamente mal pueda juzgarse como bueno; se recuerda la doctrina moral de siempre: que la inadvertencia parcial hace que el pecado no sea mortal (aunque sigue siendo grave). Y se aconseja que se apele a la misericordia, que ha faltado en tantos casos, en los que se calificó a priori e implícitamente a los adúlteros como pecadores mortales (única razón válida para no poder acceder a la comunión sacramental).

Además, hay que aclarar que en ninguna parte del documento se recomienda que se le dé la comunión a los adúlteros.

Y me pregunto por qué se hace tanta discusión sobre este tema si, desde el punto de vista práctico, los divorciados vueltos a casar pasan a comulgar sin que el párroco, el vicario o el sacerdote adscrito sepan si están o no en esa “situación irregular”.

Finalmente, recuerdo que lo que el Papa escribió en Amoris Laetitia es el resumen de lo que entre el Espíritu Santo y los Padres sinodales determinaron, no su opinión personal. Efectivamente, aunque este documento no debe considerarse ex catedra, sí debemos recordar que todo documento oficial de la Iglesia expedido por el Papa y los obispos unidos a él es parte del Magisterio oficial de la Iglesia y, por ende, puede considerarse inspirado.

Afirma san Pablo:

«Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación.» (RM 13, 1-2)

Téngase en cuenta que en esta cita el Apóstol se refiriere a las autoridades civiles; ¿cómo no obedecer, pues, a la Santa Madre Iglesia?

Además, debemos seguir el ejemplo de Jesús quien, como escribió san Juan Bosco, «vino para obedecer». (Epistolario, Turín, 1959, 202)

Pero más allá de todo lo dicho, pienso que es del Papa la responsabilidad de guiar a la Iglesia. Así, aunque muchos quieran hablar, discutir y opinar sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc., yo no tengo tiempo para eso: me dedicaré a cumplir con mi responsabilidad: orando, reparando, procurando por todos los medios mi propia santificación y evangelizando con el ejemplo, más que con la palabra.

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El «edificio» espiritual

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

Existe una especie de edificio espiritual, donde viven todos los seres humanos.

Cada uno puede ubicarse para saber en qué piso se encuentra. Así podrá ir subiendo, hasta llegar a la unión verdadera e íntima con Dios, fuente única de la felicidad.

 

El sótano

Aquí están los que se encuentran en pecado mortal.

Por fortuna, son muy pocos los que están en este subterráneo: la mayoría de las veces se trata de almas que por ignorancia han actuado mal; otras, por coacciones psicológicas; y otras, por otras causas. Todas estas, por lo tanto, no viven en este sótano, sino en pisos superiores.

Por eso es doloroso oír, de vez en cuando, a las personas que teniendo plena advertencia y pleno consentimiento hacen algo malo y grave.

En esta cueva hace mucho frío y hay mucha oscuridad. Falta el amor, eso que nos hace sentir vivos, eso que da sentido a la vida del hombre, eso que le da el calor y la luz. No hay amor porque no está presente Dios, fuente única del Amor verdadero. Aunque lo nieguen o no se percaten de ello, las almas que viven aquí son infelices, confunden el amor con las pasiones o con el sentimentalismo, y así hieren a sus parientes, amigos y conocidos, y se alejan cada vez más de la posibilidad de encontrar la felicidad verdadera.

Además, se dejan llevar por las tentaciones de los espíritus malignos que habitan en esta, su cueva, y se van sumergiendo cada vez más en el mal. Helados y pasmados por el frío más intenso del desamor, pasan las horas impulsados constantemente por los demonios a pensar mal, a hablar mal, a hacer el mal, a no cumplir con sus obligaciones. Heridos por el pecado mortal como están, son presa fácil del demonio. A veces llegan con tentaciones difíciles de vencer o en condiciones peores. Es impresionante, por ejemplo, ver acá personas con obsesiones por un tema determinado: su supuesto o real desequilibrio psicológico, una persona en particular, el odio, el sexo, su orgullo, el dinero y las riquezas, su envidia o su pereza para salir de la situación en la que están… Todas estas son obsesiones demoníacas.

Es que en las paredes, por todas partes, se ven imágenes que invitan al mal. Las principales son siete: la soberbia, la lujuria, la codicia, la envidia, la gula, la pereza y la ira: los pecados capitales.

Hay, además, un túnel que conduce a una habitación inferior más sombría y tenebrosa, a través del cual algunos están entrando, muchas veces sin saberlo, al satanismo…

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

Debemos dar gracias a Dios porque siempre, en su infinita misericordia, pone al alcance del pecador una oportunidad, pues lo único que desea, por el amor tan grande que le tiene, es que se convierta y viva, pues Él murió por los pecadores[1]: todos los que estén en pecado mortal, antes de cualquier otra cosa, deben ir al único lugar del sótano por el que pueden salir de este atolladero: el ascensor, es decir, el confesionario. Allí está la única pero pequeñísima fuente de luz: el minúsculo botón que se oprime para llamar al ascensor. Sin la confesión, será imposible que surtan efecto en ellos las terapias psicológicas o psiquiátricas, o asesorías de otro tipo.

Y Dios desea que todos los que están en este lugar salgan pronto de Él; para eso vino al mundo. Veamos lo que le dice Jesús a una de estas almas:

«Hijo querido, yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

Tú me has ofendido, yo te perdono.

Tú me has perseguido, yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra, yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.»[2]

 

El primer piso

En esta primera planta están aquellos seres humanos que viven ajenos al amor de Dios, porque no lo conocen o porque sus vidas han sido influidas por un materialismo muy fuerte, que no los deja vivir en el espíritu.

Los hay de dos tipos: los ateos, quienes niegan la existencia de Dios, y los que viven el llamado ateísmo práctico: aceptan teóricamente que Dios existe, pero actúan, hablan y piensan como si Dios no existiera.

Muchos cristianos que viven en esta planta baja, pegados a la tierra, sin miras superiores. Permanecen olvidados de Dios en su vida personal, familiar, laboral y social. Los atraen únicamente las imágenes de felicidad que hay pintadas en las cuatro paredes, los dioses del mundo: el placer, el tener, el poder y la fama.

«Yo no hago mal a nadie», suelen repetir machaconamente, pues no saben amar.

Bautizados pero no convertidos, se acuerdan de Dios únicamente en los momentos de apremio, para olvidarse de Él tan pronto como salen de sus problemas o cuando no los auxilia de inmediato, de acuerdo con sus exigencias, renegando —a veces— de su Creador.

El suelo está lleno de huecos, cubiertos con una tela negra, por donde caen con facilidad al sótano, especialmente uno que está en el centro, y que es el mayor. Estos huecos son todas las ocasiones de pecar gravemente que se les presentan de continuo. Un simple descuido y ¡caen a las tinieblas del pecado! Inmediatamente después, los demonios se apresuran a colocar una nueva tela negra con la que se oculta el hueco y se evita que entre luz al sótano.

En este primer piso no hay ventanas; la poca luz que le llega proviene del ascensor, cuando se abren sus puertas, el Sacramento de la Reconciliación.

Pero, además, se divisa otro sitio donde hay algo de luz: una escalera que tiene únicamente tres gradas altas. Estos visos de luz provienen de la ley natural que, con la gracia de Dios, puede llevar a las almas al conocimiento de Dios, a aceptarlo y a iniciar su búsqueda: es necesario que la persona haga el esfuerzo de subir el primer peldaño, el cual consiste en escuchar con atención el Evangelio: que existe un Dios–Padre que la ama entrañablemente y que desea todo lo mejor para ella; así podrá acercarse a conocer a ese Dios–Amor. El segundo escalón es, para algunos, un poco más difícil, por lo alto que es para ellos: aceptar que somos simplemente criaturas, que nuestro ser depende del Creador, que no podemos manejar nuestra vida tan acertadamente como Él, pues nos ama infinitamente y, como nos hizo, sabe mucho mejor qué es lo mejor para nuestra felicidad. Una vez en esta grada, se puede pasar al tercer escalón: como Creador, Dios tiene una Ley, «pero una Ley llena de suavidad y de amor»[3]: vivir las obligaciones del bautismo.

 

El segundo piso

Aquí están todos los que, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos. Cumplen los mandamientos, no tanto para ganarse el Cielo cuanto para no ir al infierno.

Con frecuencia, en este sitio se ven los que pertenecen a «grupos de oración» y a espectáculos de sanación en los estadios; asisten asiduamente a la celebración de la Eucaristía y oran con continuidad; cuentan las maravillas realizadas en ellos desde que se acercaron a Dios, están enfervorecidos animando a otros a seguir ese camino… Pero no está centrado su interés en dar gloria a Dios, sino en conseguir, bien cosas materiales, bien espirituales, como encontrar alivio a sus penas, llenar sus vacíos interiores, «huir» de la cruda realidad, llenarse de paz y de gozo espirituales, etc.

Y esa paz y ese gozo se les van, cuando no «sienten» la presencia de Dios, cuando las cosas no les salen como querían, cuando tienen un percance, cuando su supuesta fortaleza se derrumba con la muerte de un ser querido o una tragedia o un percance económico o la traición de un amigo…

Acá viven también los que se complacen porque son «de los buenos, no como los demás pecadores». A veces se ufanan ante los demás de ser buenos cristianos. Los hay también orgullosos de sus buenas obras, de sus rezos, de su «amor» para con los demás…

Como se puede deducir fácilmente, todos ellos se acercan a Dios por interés, para sacar utilidades. No han leído a Dios, quien dice:

«La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón»[4].

Las paredes, en este piso, tampoco tienen ventanas. A cambio de eso, en la parte alta de las paredes hay unas pequeñas claraboyas que dejan pasar algo de luz al recinto. Desdichadamente son pocos los que pueden empinarse para ver algo del Cielo, debido al peso que llevan a sus espaldas: su egocentrismo.

Esas paredes estás tapizadas con espejos, donde la mayoría se la pasan mirándose y aumentando su egoísmo, ese inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de Dios ni del de los demás. Hasta los hay ya ególatras, con un amor excesivo de sí mismos.

Todos los que aquí viven, caerán fácilmente por los huecos pequeños que hay en el piso, cubiertos también engañosamente por una tela gris oscura, cuando sean atraídos por las llamadas provocativas de los ángeles malos, es decir, las tentaciones a las que son sometidos, especialmente en el agujero de su soberbia.

Pero sí sabrán cuidarse mucho del agujero grande que está en el centro, tapado por una tela negra: les aterra la idea de pecar gravemente y, si caen, pronto se reconciliarán con Dios; pero están mucho más lejos de Dios de lo que creen.

Ese autoengaño les causa muchas penas cuando alguna otra persona los delata o cuando ellos mismos se percatan de su verdadera situación.

Además del ascensor —el perdón divino a través de la confesión—, pueden tomar la escalinata que hay para subir a pisos superiores: aprender que amar a Dios consiste en cumplir los mandatos amorosos que nos dejó a través de Moisés y de la Iglesia:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos»[5].

 

El tercer piso

Permanecen en esta planta los que no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

En términos generales son hombres buenos: cumplen los mandamientos, asisten a la Santa Misa, son honestos con los demás, con su trabajo y, en cierto sentido, con Dios.

En este habitáculo también hay agujeros, pero es más fácil descubrirlos, pues la tela que los cubre es gris clara. También se encuentra el hueco del centro, mayor que los demás, pero menor en tamaño que el de los pisos uno y dos.

En los muros de este piso hay ventanas por las que se ve la creación visible: los reinos mineral, protista, vegetal y animal, como también los seres humanos. En cambio, aquí permanecen casi siempre escondidas esas realidades invisibles —pero realidades—, como la Santísima Trinidad, la Virgen María, los arcángeles, los ángeles, los querubines, los serafines, los santos, las almas del purgatorio o, también, los demonios.

Sin embargo, entra suficiente luz para que, cuando alguien les explique un poco más de lo que ven, puedan observar esas otras verdades espirituales.

También entra algo de calor: cuando se les presenta la posibilidad, los que viven acá se mueven a compasión, se muestran caritativos con los necesitados.

A los que viven aquí, aunque no son servidores voluntarios pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor, como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden; es decir, una propuesta a subir por la escalera ancha que lleva al piso siguiente: es bueno recordarles que Dios ya les ha dado la vida, lo que tienen desde el punto de vista material y la Fe; además, conviene recordarles que Jesús se encarnó y los redimió, y que los llenó de privilegios: la Iglesia, los sacramentos y la promesa de la felicidad eterna en el Cielo.

Esa escalera es, por lo tanto, la evangelización.

 

El cuarto piso

En esta etapa espiritual están los que sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos y, llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

Cumplen con sus obligaciones de hijos, hermanos o padres y, mientras trabajan honradamente, sacan el tiempo necesario para colaborar con Dios en la salvación de las almas y en la extensión de su Reino:

Son, primero, almas de oración diaria; viven intensamente la Eucaristía como centro de su espiritualidad, ya que en ella encuentran la esencia de su salvación; rezan el Santo Rosario con gran devoción y realizan otras oraciones buscando pagar así a Dios todo lo que Él les ha dado.

En segundo lugar, trabajan en obras de apostolado en su parroquia o colaboran con los sacerdotes en todo lo que su tiempo y obligaciones se lo permiten… En fin, aman a Cristo.

La luz que hay en este piso entra por todos lados, ya que sus paredes son cristales: no solamente se puede contemplar la naturaleza, sino que se ven más fácilmente las realidades espirituales; además, la temperatura es cálida, puesto que hay amor a Dios y, consiguientemente, amor por los demás.

Ciertamente hay huecos en el piso, pero están destapados y son, por lo tanto, visibles: es más fácil distinguir el pecado de la virtud. Por otra parte, el agujero del centro, el del pecado mortal, es menor que el del tercer piso. Por eso hay paz…

A estos, el Padre del Cielo les ha dicho:

«Guarden la Ley que les ha dado su Dios y Señor. Guarden mis mandamientos y, sin desviarse a derecha ni a izquierda, vivan en la paz de sus fieles servidores».

 

El quinto piso

Se hallan aquí los que han conocido verdaderamente a Dios y, movidos por impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de Dios Padre, sin ningún interés personal.

Dicen así:

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

Dios Padre les ha respondido:

«Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto yo te pida»[6].

Analicemos esas palabras del Padre: «Deja tu casa» no significa «Deja tu hogar». La casa, el edificio para habitar, es distinto del hogar, palabra que viene de hoguera y que significa sitio donde se hace la lumbre, fuego, calor, «calor de hogar», es decir, familia.

Lo que hay que dejar, entonces, es el amor por lo material. De hecho, Dios nunca querrá que dejemos de amar a nuestros seres queridos; por el contrario, nos pide encarecidamente que nos amemos los unos a los otros:

«Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.» [7]

Y nos dice, además, cómo debemos amarnos:

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos.»[8]

¡Hasta dar la vida debemos amarnos!

En cambio, sí nos pide que no amemos así la «casa», es decir, todo lo que significa: el edificio mismo, los muebles, los electrodomésticos, la ropa, la comida, el dinero que se debe conseguir mensualmente para mantener esa casa…

Tampoco debemos apegarnos a los demás bienes materiales.

Esas cosas deben representar para nosotros un préstamo que Dios nos hace en esta vida terrenal, para nuestro bienestar y para el de los demás; no más, como a veces ocurre cuando les damos tanta importancia, que se nos olvida lo principal: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

«Marta, Marta,    andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»[9]

Luego dice: «déjate a ti mismo», queriendo significar con eso que tampoco nos pongamos a nosotros mismos por encima de esas finalidades fundamentales de nuestra vida. Él lo había dejado claro:

«Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”.»[10]

No quiere Dios que nos despreciemos o que nos odiemos, sino de que dejemos nuestros intereses egoístas por lo único que vale la pena: el amor de Dios.

Luego prosigue diciendo: «y ven». Con esto quiere decir: «ven hacia mí», es decir, deja todo eso y decídete por mí, hallarás lo que necesitas para ser feliz.

Por eso, los que viven aquí, si son casados, aman a su cónyuge y a sus hijos por amor a Dios, para su gloria: conciben que el cónyuge es la imagen de Dios a quien ellos tienden y en quien encuentran su verdadero complemento… Y aman sin reservas egoístas a sus hijos, porque saben que eso alegra el Corazón de Jesús. Si son sacerdotes o religiosos, entregan su sexualidad en una oblación perfecta, directamente, a Dios.

Todos saben que su trabajo será, como su vida espiritual, oración y unión con la Cruz de Cristo. Por eso lo hacen bien, para ofrecérselo diariamente a Dios, como homenaje a su realeza y a su bondad…

Entre sus conocidos son ejemplo de paz y gozo interiores, de amistad sincera y desinteresada, de generosidad, de desprendimiento, etc.

Su lema es:

 

«Como criaturas, vivir para glorificar a Dios Padre;

revestidos de Jesucristo, ayudarlo a salvar almas;

y, llenos del Espíritu Santo, derramar ese amor a todos.»

 

Este último piso es la terraza, desde donde se puede explayar la vista; además, está cerca del Cielo: se viven las realidades espirituales.

Con agujeros más pequeños, tiene poco riesgo de caer en el  pecado, y son verdaderamente libres.

Sin paredes, cerca del calor y de la luz del Dios— Sol, los que habitan este privilegiado lugar no tienen otro deseo ni otra ocupación que no sea hacer la Voluntad de Dios.

Centran su vida en conocer esa divina Voluntad, a través de la oración, y en ponerla en práctica de inmediato y del modo más perfecto, para agradar a su Creador y Redentor. Pasan los días, las horas y los minutos pendientes de cómo satisfacer a Dios y ayudarlo a salvar almas.

Aman entrañablemente a Jesús sacramentado, asistiendo con fervor al Sacrificio incruento de la Santa Misa, comulgando con admiración por el amor de Dios que se empequeñece para ser alimento y vida de los bautizados, visitando con frecuencia a Jesús en el Tabernáculo…

Viven en actitud de agradecimiento, adoración y alabanza: es su vida la que alaba a Dios: con sus obras, con sus palabras y con sus pensamientos… Hasta con sus sentimientos quisieran hacer lo que la Sagrada Escritura llama sacrificios de alabanza…

Y escogen la Cruz: no van a la oración a recibir consuelo sino a dárselo al Sagrado Corazón de Jesús; si el Señor se les muestra esquivo y hay «sequedad» espiritual, la aceptan con tal de agradar a su Dios, y nunca fallan a la cita con su Jesús; su oración ya no es por ellos mismos, es por los demás: para que sean eternamente felices; se concentran sólo en la Gloria de Dios y en la salvación de las almas.

De hecho, aman la Cruz: saben que Jesús nos redimió en la Cruz, no con los milagros ni con la fama ni con el bienestar; ni siquiera con la predicación. Por eso, a la hora de los servicios a los demás o de las tareas apostólicas, escogen las más sacrificadas y escondidas; Prefieren no sobresalir, esconden sus virtudes, dejan que Jesús se luzca…

Recuerdan cómo murió Jesús: sentía dolor físico, sed, los tormentos de la agonía, todos lo habían abandonado, se le iba la vida… Y quiso amar más: sintió hasta el abandono de su Padre:

«Y a esa hora Jesús gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”»[11]

¡Es el colmo del despojo! ¡Es el colmo de la entrega! ¡Es el colmo del amor!

Por eso, los del quinto piso no menosprecian el frío, el calor, el dolor físico, el desprecio, la indiferencia, la pobreza, el hambre, la sed, la enfermedad, la crítica, el irrespeto, la esclavitud, la ira de los demás, la humillación, el desamor, la deshonra, la soledad, el desamparo, el rechazo, el cansancio, la ingratitud, las ofensas, el desconsuelo, la incomprensión, la incomodidad, el desprestigio, la cárcel, el despojo, la mala interpretación de los demás, la injusticia…[12] Aceptan todo eso con amor, por amor a Jesús y a las almas, se unen así al Redentor y se alistan, sin buscarlo, al premio que les espera.

Mientras tanto, sólo desean amar, amar, ¡amar!

De aquí salen los mártires. Por eso podemos decir que el martirio es una consecuencia, no algo que se busca. Asimismo, la santidad no es una finalidad, es un resultado. Resultados ambos del amor a Dios.

Aquí se da la oración de contemplación[13], porque aquí desaparecen los egoísmos, los apegos, y los apetitos; todos quedan desnudos de todo: solo les importa Dios. Hacer eso es poner por obra lo que les dijo Dios Padre: dejar su casa, sus bienes, dejarse a sí mismos y, con Jesús, hacer cuanto el Espíritu Santo les pida.

Solo aquí la muerte es un paso: desde este séptimo piso (contando los sótanos) vuelan las almas, suavemente, sin sobresaltos, hacia el Cielo…

 

 


[1] Cf. Rm 5, 6

[2] Carta de Dios, p. 102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[3] Carta de Dios, p. 101-102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[4] 1S 16, 7b

[5] Jn 14, 15

[6] Carta de Dios, p. 95, MRC editores, 1991, Bogotá, Colombia.

[7] Jn 15, 17

[8] Jn 15, 12-13

[9] Lc 10 41b-42

[10] Mc 8, 34

[11] Mc 15, 34

[12] Cf. Cómo hacer meditación, p. 55, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

[13] Cf. Cómo hacer meditación, pp. 82-86, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

  

 

 

 

 

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Ciclo A, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 20, 2008

 

 

El traje de fiesta

 

Así como se vio el domingo pasado, nuestra historia es como la de los invitados a las bodas: no hicimos caso, sino que nos fuimos, unos a nuestros campos y otros a nuestros negocios. Otros tomaron a los servidores del rey, los maltrataron y los mataron.

¿No sabemos que la Iglesia busca siempre nuestra felicidad?, ¿que Jesús fundó la Iglesia Católica para auxiliarnos en este mundo y llegar así a la dicha eterna?

¿Hacemos caso a lo que nos dice esa su Iglesia? ¿Averiguamos dónde comprar los escritos del Santo Padre, del Concilio, de los sínodos, para leerlos y llenarnos de esa instrucción? ¿Escuchamos con atención la homilía de la Santa Misa, para ponerlo por obra la semana siguiente? ¿Acudimos a la dirección espiritual?…

O, por el contrario, ¿vivimos concentrados en nuestros negocios?

Si hacemos lo primero habremos, digamos, «comprado» parte de la verdadera paz interior: vivir junto a Dios, llenos de su sabiduría. Con Él sabremos pasar privaciones y vivir en la abundancia. Estaremos entrenados para todo y en todo momento: a estar satisfechos o hambrientos, a vivir en la abundancia o en la escasez. Todo lo podremos —como san Pablo nos lo dice en la segunda lectura— en aquel que nos fortalece.

La Iglesia nos invita a vivir los mandatos de amor que Dios nos dio a través de Moisés y de la Iglesia, y a confesarnos cada vez que los dejamos de cumplir. Y así hallaremos la felicidad que tanto buscamos: nos ganaremos el derecho a entrar en el banquete de la Carne y Vinos escogidos del que nos habla Isaías: se quitará el velo de luto que cubría a todos los pueblos y la mortaja que envolvía a todas las naciones, y se destruirá para siempre a la Muerte. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros.

Una vez conseguido el derecho a entrar a esas bodas, la Eucaristía, hagámoslo con el traje adecuado, pues con pecado mortal sería un sacrilegio comulgar y ofenderíamos de nuevo a nuestro amado bienhechor.

  

 

 

 

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Los mandamientos del cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

¿Fe afectiva o efectiva?

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» o «convencidos» o «practicantes» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan aterrados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los de­más a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cie­los. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

En eso consiste conocer a Cristo:

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

Cuando un doctor de la Ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Él le dijo:

«¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?». El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» (Lc 10, 27-28)

Todos sabemos que amar es trabajar todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo, como lo dice el texto, es cumplir los mandamientos, y eso fue lo que produjo esa exclamación positiva de Jesús.

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

La mejor alabanza a Dios, entonces, es cumplir sus mandamientos:

LOS MANDAMIENTOS DE

LA LEY DE DIOS

Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor a Dios y los otros siete al amor al prójimo (Ex 20, 1-17; Dt 5, 6-21).

1.Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

2.No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

3.Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

4.Honrarás a tu padre y a tu madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

5.No matarás

Aquí se prohíben también el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

6.No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

7.No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

8.No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.

9.No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

10.No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

LOS MANDAMIENTOS DE

LA SANTA MADRE IGLESIA

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

1. Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.

2. Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

3. Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

4. Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).

5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

El Sacramento de la Reconciliación

Los pecados mortales deben confesarse para ser perdonados. Por eso conviene saber las clases de pecados que existen:

A. Pecado mortal. Culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

1. Plena advertencia. Es darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.

2. Pleno consentimiento. Es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.

3. Materia grave. Significa que la acción, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive de un bien grande, de importancia.

Quien ha pecado mortalmente, una vez confesado, se evita la pena eterna[1].

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar,

pues se estaría cometiendo un sacrilegio.

B. Pecado venial. Se da cuando falta una de las 3 condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave). Por él se paga la pena del purgatorio, para ir después a gozar de la dicha eterna del cielo.

Pasos para hacer una Confesión

1. Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.

2. Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios.

3. Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.

4. Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).

5. Satisfacción de obra

Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.


[1] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los Sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

En la ciudad de Bogotá, se pueden confesar en la Catedral, después de las 9:00 a.m. (teléfono: 3411954) o con los sacerdotes franciscanos (por ejemplo: cll. 16 nº 7-35, 3412357; cra. 11 nº 72-82, 2486119, etc.).

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¿Fe afectiva o efectiva?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 2, 2008

Es impresionante ver a tantos cristianos «comprometidos» o «convencidos» o «practicantes» que hablan de la felicidad que les causó acercarse a Dios, y de la imperiosa necesidad de alabar al Señor. Y la mayoría lo hacen: sus «Glorias», «Bendiciones» y «Alabanzas» llenan su día.

Pero también son muchos los que se quedan aterrados cuando se les pregunta si están viviendo bien los mandamientos del cristiano. Veamos un pasaje del Evangelio:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: «¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los de­más a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cie­los. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 19)

En eso consiste conocer a Cristo:

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

Cuando un doctor de la Ley le preguntó a Jesús qué debía hacer para alcanzar la vida eterna, Él le dijo:

«¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?». El hombre contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás.» (Lc 10, 27-28)

Todos sabemos que amar es trabajar todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo, como lo dice el texto, es cumplir los mandamientos, y eso fue lo que produjo esa exclamación positiva de Jesús.

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

El mismo Jesús especificó cómo amarlo:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

«Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» (Jn 15, 10)

La mejor alabanza a Dios, entonces, es cumplir sus mandamientos:

LOS MANDAMIENTOS DE

LA LEY DE DIOS

Enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren al amor a Dios y los otros siete al amor al prójimo (Ex 20, 1-17; DT 5, 6-21).

 

1.Amarás a Dios sobre todas las cosas

Aquí también se prohíben las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc.

2.No tomarás el nombre de Dios en vano

Aquí se prohíbe jurar en falso o sin necesidad.

3.Santificarás las fiestas

Asistir a misa entera los domingos y fiestas de precepto, y no trabajar esos días sin necesidad extrema y sin permiso del párroco.

4.Honrarás a tu padre y a tu madre

Aquí se prohíben las ofensas o malas acciones hechas a ellos.

5.No matarás

Aquí se prohíben también el aborto y la eutanasia; también herir física, psicológica o moralmente a los demás.

6.No cometerás actos impuros

Aquí se prohíbe el adulterio, la infidelidad, el uso de anticonceptivos o del coito interrumpido, las relaciones prematrimoniales, la unión libre o el matrimonio civil, masturbarse, leer o ver revistas pornográficas, ver películas o asistir a espectáculos pornográficos, etc.

7.No robarás

Aquí se prohíbe robar, cobrar injustamente, retener cosas de propiedad de los demás, demorar los pagos de los empleados, no pagar los impuestos, etc.

8.No dirás falso testimonio ni mentirás

Con este mandamiento se prohíben la difamación (los chismes dañinos) y las mentiras, cualquiera, aun las veladas o “piadosas”.

9.No consentirás pensamientos ni deseos impu­ros

Aquí se prohíben los malos pensamientos y deseos sexuales consentidos o plenamente admitidos.

10.No codiciarás los bienes ajenos

Aquí se prohíbe también consentir la envidia que se siente por que los demás estén mejores que nosotros: económicamente, culturalmente, intelectualmente, moralmente, psicológicamente, o en cualquier campo.

 

 

 

LOS MANDAMIENTOS DE

LA SANTA MADRE IGLESIA

 

Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles: «Todo lo que aten en la tierra, [mi Padre] lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo» (Mt 18, 18) quiso dejar claro que la Iglesia fundada por Él tiene la potestad de poner reglas o de quitarlas, para beneficio de sus hijos.

El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.

 

1.Oír Misa entera los domingos y fiestas de precepto

Las fiestas de precepto (en Colombia) son: la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre; el nacimiento de Jesús, el 25 de diciembre; y Santa María Madre de Dios, el 1 de enero. Tanto los domingos como las fiestas, si hay dificultad para asistir el mismo día, se puede ir el día anterior por la tarde.

2.Confesarse los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar

La Confesión solo es válida cuando se hace con el sacerdote, como el mismo Jesús lo pidió. Y deben seguirse 5 pasos: examen de conciencia, contrición de corazón, propósito de la enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra (cumplir la penitencia).

3.Comulgar por Pascua de Resurrección

La Pascua se inicia el domingo de Resurrección —al finalizar la Semana Santa— y termina 7 semanas después: es obligación comulgar por lo menos una vez en ese tiempo (en Colombia se alarga hasta el 16 de julio, la Virgen del Carmen).

4.Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

El ayuno consiste en comer únicamente una de las 3 comidas: el desayuno, el almuerzo o la comida; en las otras 2 se puede tomar algo ligero, como una taza de café con una tostada. Debe hacerse 2 días del año: el miércoles de ceniza y el viernes santo. El ayuno es obligatorio para los mayores de 18 años y menores de 60, siempre y cuando no haya problemas de salud que lo contraindiquen, exceso de ejercicio físico, etc.

La abstinencia consiste en privarse de carne de animales de sangre caliente o algún alimento habitual de especial agrado para la persona, y debe hacerse el miércoles de ceniza y los viernes de cuaresma; los demás viernes del año que no coincidan con una solemnidad la abstinencia se puede suplir por un acto determinado de mortificación, de piedad, de caridad, de limosna o de apostolado. La abstinencia es obligatoria para los mayores de 14 años (Canon 1252 del Código de Derecho Canónico).

5.Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

La Iglesia Católica pide que se done por lo menos el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane a la parroquia a la que cada uno pertenezca. Esto quiere decir que, por cada $1.000 que se gane, se regalen solo 3 pesos.

 

¿EXISTE EL INFIERNO?

 

No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia por el mismo Jesucristo:

 

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

 

 

 

 

¿EXISTE EL PURGATORIO?

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación: Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, en el segundo libro de los Macabeos hay una clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado.

Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2 Mc 12, 43–45)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

El perdón de los pecados

 

Dios es infinitamente misericordioso: sabe que el pecado original dejó en el ser humano esa herida que nos hace tender al mal y, por eso, se inventó otro milagro de su amor: el perdón de los pecados. Es un tribunal de justicia en el que el reo se declara culpable y el juez (Dios), en vez de condenarlo, lo perdona.

Y Dios quiso, como se verá, que ese perdón se diera a través del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o confesión de los pecados.

Sin embargo, a veces aparecen dudas acerca de si un pecador (el sacerdote) puede perdonar los pecados. Esas dudas tienen su base en el desconocimiento de la Biblia o en una interpretación errónea de la misma; y también, en no usar la lógica:

Cuando vamos donde un médico lo que nos importa es que nos cure, no su vida personal. Además, un médico enfermo puede curar a otro ser humano, no necesita estar sano. Lo mismo sucede con el sacerdote: aunque él sea un pecador como nosotros, puede perdonar los pecados, curar las almas; como el médico enfermo cura los cuerpos.

Asimismo, las sentencias de un juez son válidas, aunque él viva una vida desordenada, sea infiel a su esposa, no cumpla las leyes del tránsito, robe o mate…; todos sabemos que el juez malo, como el bueno, tiene autoridad delegada de la rama jurisdiccional; es decir, su autoridad no proviene de él mismo, proviene de una autoridad superior.

El sacerdote no perdona pecados porque él no los ha cometido, lo hace porque el sacerdote tiene una autoridad que provine de Dios, como lo dice Jesús en la Biblia:

«“¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envío a mí, así los envío yo también.” Sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos”.» (Jn 20, 21-23)

Jesús mismo es el que deja a los apóstoles y discípulos este poder de perdonar los pecados.

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Dios se compromete a dar por bueno en el Cielo lo que sus ministros —la Iglesia que Él fundó— dictaminen en la tierra. A través de la Iglesia ha hecho el prodigio de acercar a nosotros el juicio, la sentencia —sentencia o juicio de salvación y perdón— de Dios.

«Viendo Jesús la fe de estos hombres, dijo al paralítico: “Amigo, tus pecados quedan perdonados.” De inmediato los maestros de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: “¿Cómo puede blasfemar de este modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?” Jesús leyó sus pensamientos y les dijo: “¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir: ‛Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‛Levántate y anda’? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados.” Entonces dijo al paralítico: “Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios.» (Lc 5 20-25)

Algunos siguen pensando como los fariseos. Pero, ¿qué dijo la gente después de ese episodio?

«La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.» (Mt 9, 8)

Sacramento administrado por los hombres escogidos por Jesús y sus descendientes.

Más tarde, Pablo lo confirma:

«Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo y que a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación.» (2Co 5, 18)

Los sacerdotes son los sucesores de los apóstoles y de los discípulos, a quienes les delegó esa autoridad divina: Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que iban a necesitar del perdón de los pecados.

 

Dios es la autoridad superior que le da al sacerdote el poder de perdonar los pecados.

Por eso, en la Confesión el sacerdote dice:

«Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

 

La misma Biblia cuenta que el Sacramento de la Confesión se celebraba entre los primeros cristianos:

«Venían muchos y confesaban sus pecados.» (Hch 19, 18)

«Confiésense unos a otros sus pecados para que sean perdonados.» (St 5, 16)

Como se ve, el Sacramento de la Confesión o Reconciliación está descrito en la Biblia. Es que ese es uno de los servicios que le corresponde a todo sacerdote:

«Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado.» (Hb 5, 1)

A propósito del sacerdote pecador, vale la pena decir que, aunque todos somos pecadores, quizá él sea menos pecador de lo que muchos imaginan, por las siguientes razones:

Þ  Su formación religiosa seria.

Þ  El gran respeto que siente por Dios.

Þ  La conciencia clara de que sus malas actuaciones darían lugar al escándalo del que se aterra Jesús en el Evangelio.

Þ  El temor de ofender a Dios, quien nos ama tanto, que le fue infundido en el seminario.

Þ  La asistencia y vigilancia de sus superiores.

Þ  Las oraciones que por él hacen muchos de sus feligreses y algunos religiosos.

Þ  La intercesión que la Virgen María y los santos hacen por los sacerdotes, «los otros Cristos», hijos predilectos de Dios.

Además, hay 4 aspectos que tienen peso a la hora de analizar las bondades del Sacramento de la Penitencia o Confesión:

1.    La seguridad que tiene el feligrés al oír las palabras del sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Este acto lo llena de paz interior y de sensación de descargo de sus pecados, porque queda seguro de que Dios lo perdonó.

2.    La humildad que se necesita para contarle a «otro pecador» sus fallas enriquece espiritualmente al que se confiesa, lo acerca más a Dios, y le da una alegría espiritual muy grande («se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.», dijo María, la Madre de Dios).

3.    Los consejos que el sacerdote da, con la gracia de Dios, sirven para una lucha nueva y para sentir, a veces, una «sacudida» espiritual, que nos puede impulsar más a ser cada vez mejores.

4.    El penitente debe hacer luego una o varias oraciones o sacrificios en reparación por la ofensa cometida, y con esto siente haber saldado la cuenta.

 

El Sacramento de la Reconciliación

 

Los pecados mortales deben confesarse para ser perdonados. Por eso conviene saber las clases de pecados que existen:

A.  Pecado mortal. Culpa que priva al hombre de la vida espiritual de la gracia, y lo hace enemigo de Dios y digno de la pena eterna, es decir, del infierno.

Para que haya pecado mortal deben darse las siguientes 3 condiciones:

1. Plena advertencia. Es darse cuenta de que se está haciendo, diciendo o pensando algo malo; o darse cuenta de que se está omitiendo hacer o decir algo.

2. Pleno consentimiento. Es hacer, decir o pensar algo, sabiendo que es malo; también es omitir hacer o decir algo.

3. Materia grave. Significa que la acción, las palabras, el pensamiento o la omisión sea algo grave, o que prive de un bien grande, de importancia.

Quien ha pecado mortalmente, una vez confesado, se evita la pena eterna[1].

 

Cuando se está en pecado mortal no se debe comulgar,

pues se estaría cometiendo un sacrilegio.

 

B.Pecado venial. Se da cuando falta una de las 3 condiciones anteriores: el que es cometido sin pleno consentimiento o sin plena advertencia o tiene materia leve (no grave). Por él se paga la pena del purgatorio, para ir después a gozar de la dicha eterna del cielo.

 

Pasos para hacer una Confesión

1.  Examen de conciencia

Revisar si se han cumplido los diez mandamientos de Dios y los cinco mandamientos de la Iglesia.

2.  Contrición de corazón

Arrepentirse de haber ofendido a Dios.

3.  Propósito de la enmienda

Hacer el propósito firme de no volver a caer en las mismas faltas.

4.  Confesión de boca

Confesar ante el sacerdote las faltas cometidas, sin omitir voluntariamente ninguna. Los que se olvidan sin culpa, también los perdona Dios (si son graves y se recuerdan después, hay que confesarlos en la siguiente ocasión).

5.  Satisfacción de obra

    Cumplir la penitencia que el sacerdote imponga.


[1] Nota: el pecado del aborto es castigado por la Iglesia con la excomunión, es decir, el individuo queda apartado de la comunión de los fieles y del uso de los Sacramentos. Para levantar la excomunión es necesario que el penitente acuda a un obispo o a un sacerdote autorizado para ello.

En la ciudad de Bogotá, se pueden confesar en la Catedral, después de las 9:00 a.m. (teléfono: 3411954) o con los sacerdotes franciscanos (por ejemplo: calle 16 nº 7-35, 3412357; carrera 11 nº 72-82, 2486119, etc.).

  

 

 

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