Hacia la unión con Dios

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El hombre más feliz de la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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Súplica por un alma en tentación*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2012


¡Oh Padre amadísimo, Dios infinitamente bueno!, ve aquí a tu Hijo Jesucristo que poniéndose entre tu justicia divina y los pecados de las almas, implora perdón.

¡Oh Dios de misericordia!, apiádate de la debilidad humana, ilumina los espíritus oscurecidos para que no se dejen engañar y caigan en los más terribles pecados…, da fuerza a las almas para rechazar los peligros que les presenta el enemigo de su salvación y para que vuelvan a emprender con nuevo vigor el camino de la virtud.

¡Oh Padre Eterno!, mira los padecimientos que Jesucristo, tu Divino Hijo, sufrió durante la pasión; velo delante de ti, presentándose como Víctima para obtener luz, fuerza, perdón y misericordia en favor de las almas.

Dios Santísimo, en cuya presencia ni los ángeles ni los santos son dignos de permanecer, perdona todos los pecados que se cometen por pensamiento y por deseo. ¡Recibe como expiación de estas ofensas la cabeza traspasada de espinas de tu Divino Hijo! ¡Recibe la Sangre purísima que de ella sale con tanta abundancia!… Purifica los espíritus manchados… ilumina los entendimientos oscurecidos, y que esta Sangre divina sea su fuerza y su vida!

Recibe, ¡oh Padre Santísimo!, los sufrimientos y los méritos de todas las almas que, unidos a los méritos y sufrimientos de Jesucristo, se ofrecen a Ti, con Él y por Él para que perdones al mundo.

¡Oh Dios de misericordia y amor!, sé la fortaleza de los débiles, la luz de los ciegos y el amor de todas las almas.

¡Dios de amor! ¡Padre de bondad!, por los méritos, los ruegos y sufrimientos de tu Hijo muy amado, da luz a esta alma para que llegue a rechazar el mal y abrace con decisión tu Voluntad Santísima. No permitas que sea causa de tanto daño para ella y para otras almas inocentes y puras.

(Compuesta por el Señor)

 

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Ciclo A, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 3, 2011

¿Como Dios o como los hombres?

Todo el texto de la primera lectura es útil para comprender la asombrosa diferencia entre los pensamientos de Dios y los de los hombres:

«Ustedes dicen: La manera de ver las cosas que tiene el Señor no es la correcta. Oigan, pues, gente de Israel: ¿así que mi manera de ver las cosas no es correcta? ¿No lo será más bien la de ustedes? Cuando el justo se aparta de la justicia y comete el mal y por eso muere, muere por culpa de la injusticia que cometió. Del mismo modo, si el malvado se aparta de la mala vida que llevaba y actúa según el derecho y la justicia, vivirá. Si se aparta de todas las infidelidades que cometía, debe vivir, pero no morir.»

Muy frecuente es que la soberbia humana se crea con el derecho a juzgar a Dios.

Cuando decimos, por ejemplo: «Dios se cobra nuestros pecados», deberíamos decir: «Dios nos corrige por amor».

Del mismo modo, cuando afirmamos que la Iglesia está equivocada, estamos erigiéndonos en «sabios» poseedores de la verdad, por encima de Jesucristo, el fundador de la Iglesia Católica, y a la que le prometió su asistencia infinita.

En cambio, aquellos que aceptan la voluntad de Dios y las directrices de su Iglesia, como dice san Pablo en la segunda lectura, se ponen de acuerdo, están unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hacen nada por rivalidad o vanagloria. Tienen la humildad de no creer que son mejores que los demás. No buscan los propios intereses, sino que se preocupan por los demás. Es decir, piensan como Dios, no como los hombres.

Y los que piensan como Dios tienen, los unos con los otros, la misma actitud que tuvo Cristo Jesús: no se apegó a su categoría de Dios, sino que se redujo a la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres, y se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Este es el camino de nuestra felicidad: pensar como Dios y ser tan humildes como Jesús; no como los hombres.

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Ciclo A, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2011

¿Acabar el mal con el mal?

A todos nos ha pasado: al ver todo el mal que hay en el mundo, deseamos destruirlo cuanto antes, destruyendo a quienes lo causan. Querríamos que desaparecieran los que hacen el mal.

Pero Dios —el Todopoderoso, el Dueño de toda la fuerza— no actúa así: es paciente y sabe esperar y, además, perdona, como dice hoy el libro de la sabiduría: «Tu fuerza es el fundamento de tu justicia; como eres el dueño de todas las cosas, puedes también perdonarlas». Así se muestra la verdadera fortaleza: perdonando. Quien es grande, sabe perdonar.

Y sabe esperar, como se muestra en el Evangelio de hoy. Mientras los seres humanos ansían acabar pronto con el mal, Dios, el Eterno, sabe esperar. Solo hasta el fin del mundo será recogida toda la cizaña —el mal—, y será quemada en el horno eterno.

Aunque es un Señor poderoso, juzga con moderación y nos gobierna con mucha paciencia, porque es libre de intervenir cuando quiera, y ha dado a sus hijos esa dulce esperanza: después del pecado le permite que se arrepientan.

¿Qué vamos a hacer, pues, con nuestros pecados? ¿Qué esperamos? ¿Vamos a aprovechar esta oportunidad? Todavía estamos en tiempo.

La pregunta que nace es cómo hacerlo. Y la segunda lectura nos da la respuesta: Somos débiles pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras, como con gemidos. Y aquel que penetra los secretos más íntimos entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir para los santos lo que es de Dios.

Hay que destacar la palabra «santos» del párrafo anterior. Ser santos es cumplir la Voluntad de Dios: los mandamientos de Dios y los de la Iglesia. Si no los hemos cumplido, ¡a confesarnos! Y luego, a buscar en la oración el modo de actuar cada momento para agradar a Dios, en nuestras relaciones con Él, con los demás y con la naturaleza que Él nos dio.

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El sacerdote, ¿penitente?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 18, 2011

 

Muchos católicos están dejando de confesar sus pecados en el tribunal divino, en el cual, al declararse el reo culpable, siempre se le concede el perdón. Así evaden tontamente la gracia de Dios que llega a través de este Sacramento.

Quien diga que no ha pecado es un mentiroso, dijo San Juan… ¡Cuántos sacerdotes pasan meses enteros sin confesarse! ¡Los que deben tener viva la llama del amor de Dios para quemar a los demás! ¡Los que son canales de la gracia divina para los hombres! ¡Los que deben ser otros Cristos!

La confesión de los pecados veniales y hasta de las faltas de amor para con el Esposo Divino hacen crecer la gracia de Dios para ejercer este trabajo con las personas; ¿cómo despreciarla? ¡Está al lado: con el presbítero amigo, con el obispo, con el antiguo maestro!

Llanto salía de los ojos de Jesús a comienzos de siglo cuando dictaba a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, actualmente en proceso de beatificación:

«¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las personas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

«He confiado a cada uno de ellos cierto número de personas para que con su predicación, sus consejos y, sobretodo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

«¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las personas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las personas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

«¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las personas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas personas la vida de la Gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así…, me reciben así…, viven y mueren así…!»

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Ciclo A, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Él mismo viene

 

Hoy es un día de espera. Las lecturas nos muestran la espera del Mesías: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?», fue lo que dijo san Juan. Y san Pablo: «Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca». «Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios»: Isaías. ¿Tenemos, en esta etapa de preparación a la Navidad, la misma actitud de espera que tenían los judíos y los primeros cristianos? ¿Cómo nos estamos preparando?

Ya viene el Señor para alojarse en el corazón de cada uno de nosotros.

Viene para abrazarnos —y abrasarnos— con su amor…

Viene para decirnos que no le importan nuestros pecados, que se los entreguemos, que los quiere…, para perdonarlos…, para manifestar su misericordia.

Viene para manifestarnos que su amor está por encima de nuestros defectos, que nos ama tal y como somos, y que nadie nos amará tanto como Él, que Él es el único que nunca traiciona, que podemos contar con Él ahora y siempre… ¿Cómo hacer caso omiso a semejante llamado?

Es el momento de decir que sí: entreguémosle nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación, al sacerdote —Cristo que perdona—, que los borrará de su mente, para siempre. Y, ya reconciliados, vivamos sus mandatos de amor y esperemos a ese Amor (con mayúscula), con una vida más limpia, más pura, más acorde con el acontecimiento que se nos viene encima.

Preparemos la novena de aguinaldos, las invitaciones, la comida, alistemos la sala para los invitados…; pero, muy especialmente, preparemos Pula casa de nuestro corazón para el eminente Inquilino que, a partir de ese día, vivirá en ella… Y que esa casa se mantenga siempre limpia, siempre amable, siempre dispuesta al amor: se convertirá en un hogar luminoso, apacible y alegre, y viviremos así en la verdadera casa del Padre.

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Ciclo C, XI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 21, 2010

Dios que perdona

Son muchas las ocasiones en las que, en las Sagradas Escrituras, queda patente la infinita misericordia de Dios. Hoy se nos presentan dos lecturas alusivas:

Primero, la historia en la que Dios, por medio del profeta Natán, le reclama al rey David su pecado y le anuncia el castigo que en justicia debe recibir. Y en el Evangelio se nos cuenta la historia de la pecadora que, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, tomó un frasco de perfume, se colocó detrás de Él, a sus pies, y se puso a llorar.

En ambos casos, por el arrepentimiento sincero, sale a relucir el perdón de Dios. Por eso, la segunda lectura nos enseña que las personas no son justas por observar la Ley del Antiguo Testamento (pues nadie está sin pecado), sino por la fe en Cristo Jesús: porque creen en la misericordia infinita para quienes están verdaderamente arrepentidos.

Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser hechos justos a partir de la fe en Cristo Jesús, y no por las prácticas de la Ley del Antiguo Testamento. Porque el cumplimiento de la Ley del Antiguo Testamento no hace a ningún mortal una persona justa según Dios; lo que hace justo a alguien son los méritos de Jesucristo. Y son estos méritos los que perdonan los pecados:

«Como el Padre me envío a Mí, así los envío yo también a ustedes.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, serán perdonados.» (Jn 20, 21-23)

Esto significa que así como Dios Padre tiene autoridad para enviar a su Hijo a reconciliar a la humanidad con Dios, así mismo Jesucristo, con esa autoridad, envía a los sacerdotes a reconciliar a los hombres con Dios, a través del Sacramento de la Penitencia.

El verdadero arrepentimiento se manifiesta en obedecer sus palabras: debemos, pues, confesar nuestros pecados en el Sacramento de la Reconciliación.

¿Por qué no lo hacemos hoy?

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Ciclo C, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2010

¡Y se realizó el milagro!

 

Era quizá el más viejo de todos los apóstoles. Había pasado toda su vida pescando; aunque empírico, era uno de los mejores. Sabía cómo, cuándo y dónde pescar. Simón Pedro tenía toda la experiencia. Jesús, en cambio, había sido carpintero y era ahora predicador.

Precisamente, este ignorante en las lides de la pesca, después de enseñar a la gente desde la barca de Simón, le ordena remar mar adentro y echar las redes.

«Maestro, nos hemos pasado toda la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Y al poco tiempo ¡se reventaba la red por tan gran pesca!

Si hacemos caso a las palabras de Jesús ¡veremos milagros! Sí. Como los de entonces. «Todo es posible para el que cree», dijo una vez el que es la misma Verdad. También nosotros podremos hacer cosas que parecen imposibles, tan solo si la fe en nosotros es total. Y obtener de Dios cosas que parecen imposibles.

Que vivamos de la fe, que sea nuestro móvil en nuestra vida personal y familiar, en el trabajo y en las relaciones sociales…

Y también en el apostolado: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres», para llevarlos hacia le felicidad auténtica: en el Cielo, y también aquí.

Así entenderemos plenamente la verdad más asombrosa de todas: «que Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día […]; que se le apareció a Cefas y más tarde a los doce». Que fue el primero en vencer a la muerte, y que nos invita a que la venzamos también, es decir, que no muramos eternamente en el Infierno, sino que cambiemos de casa: que pasemos de esta tierra al Cielo.

Dejemos a un lado el desmedido apetito por las cosas materiales y por los placeres, dejemos tanto amor propio, dejemos de creer que la fama, la honra, el quedar bien ante los demás, nos dará la felicidad, pues nada de eso nos lleva a Dios: Hagamos como los apóstoles que, «dejándolo todo, lo siguieron».

   

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La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Ciclo B, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2009

Una fuerza descomunal

 

Estaban todos los apóstoles reunidos cuando, de repente, vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo…

La violencia que expresa en esta narración, en el lenguaje moderno, podría ser presagio de un suceso aterrador, algo demoledor, devastador.

Pero lo que hoy puede suceder es precisamente lo contrario: que el Espíritu Santo descienda sobre cada uno de nosotros, y penetre en el alma, para invadirnos de un amor inmenso, infinito, que es la mayor fuerza del cosmos: una fuerza unitiva tal, que lo cohesione todo, hasta hacerlo parecer uno.

Si recibiéramos con las debidas disposiciones esta fuerza sobrenatural —la más poderosa de todas—, inmediatamente quedaríamos fusionados al Dios–Amor: recibiríamos todo el impacto de su fuerza, sin podernos resistir a ella, pues experimentaríamos toda la felicidad que hemos estado anhelando toda la vida.

Y, como si fuera poco, esa fuerza nos llevaría a romper todos los obstáculos que ponemos para vivir el amor entre nosotros, aquí en la tierra. Quedaríamos con tal avidez de amar a nuestros semejantes, que nada ni nadie podría echar abajo. Comenzaríamos a vivir el ideal que Cristo vino a traer a la tierra: que cada uno de nosotros dedique su vida a trabajar por la felicidad de los demás, sin esperar nada a cambio; olvidándose de sí mismo.

Así constituiríamos la Nueva Jerusalén, la Jerusalén del amor: todos en un solo cuerpo. Haríamos realidad lo que hoy dice san Pablo: Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formemos un solo cuerpo.

Y recibiríamos su primer fruto: la paz que recibieron los apóstoles; cuando Jesús se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Y después, si fallamos, el perdón: «A quienes perdonen los pecados les serán perdonados». ¿Qué más queremos?

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Hacer el bien y padecer

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 15, 2009

«Jesús ya pagó por nuestros pecados; nosotros no tenemos que sufrir.»…

Bien entendida esta frase es veraz y a la vez cierta (segura). Pero mal entendida puede llevar al error: «Si Jesús ya pagó por mis pecados; yo nunca sufriré en esta vida; tampoco tengo por qué hacer penitencia, no tengo que ofrecer sacrificios, no debo hacer mortificaciones —eso es cosa de masoquistas—, de nada sirve que le ofrezca a Dios mis sufrimientos…»

La Biblia dice exactamente lo contrario:

«Cristo padeció por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.» (1P 2, 21b)

El mismo versículo comienza diciendo:

«Para esto fuisteis llamados.» (1P 2, 21a)

¿Acaso fuimos llamados para sufrir? La respuesta está en el versículo anterior:

«Pero si, haciendo el bien, aguantáis padeciendo, esto es lo grato a Dios.» (1P 2, 20b)

Son palabras clarísimas: lo grato a Dios es hacer el bien y aguantar padeciendo.

¿Por qué? Porque sin padecer no desaparecen los apetitos desordenados que nos dejó el pecado original: en vez de amar al Creador sobre todas las cosas, nos apegamos a las criaturas desordenadamente, prefiriéndolas. Antes de este pecado, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a las ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan dar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que son criaturas y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos tanto apetito por el placer, el tener, el poder y la fama, que con frecuencia ofendemos a Dios.

Él, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: hacer el bien y estar desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, para ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que sentimos en nuestro interior. Y eso duele. Pero vale la pena.

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Jueves Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

¡Y se quedó con nosotros!

 

La primera información escrita de la última cena del Señor fue la primera carta de san Pablo a los corintios; era una tradición que se conocía de boca en boca.

Oralmente, entonces, se sabían las tradiciones más importantes de la esencia de nuestra Fe. Luego, con el transcurso de los años, apareció esta carta y, después, los Evangelios; así se dejaron por escrito los testimonios orales. Es esta la razón por la cual la Iglesia enseña que la Palabra de Dios está contenida en la Tradición Apostólica y en la Biblia, y ambas están resumidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Dentro de la Tradición Apostólica está la Liturgia, que hoy celebra la institución de dos Sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal; además, se revive el gesto humilde y amoroso de Jesús de lavar los pies a sus discípulos.

Jesús nos prometió quedarse entre nosotros y nos cumplió: en cada partícula de la Hostia consagrada y en cada gota del Vino consagrado están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Así, nos sirve de alimento espiritual —fuerza para ser cada vez más parecidos a Él— y, además, lo podemos visitar cuando queramos… Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo. Es un pedazo de Cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo en nuestras almas! ¡Y pensar que hay quienes no se preparan bien para este encuentro!

Por otro lado, hoy Jesús ordena a los primeros sacerdotes. Sus sucesores, los obispos y los presbíteros están entre nosotros para administrar los Sacramentos, para servirnos como guías espirituales, para orar con y por el pueblo de Dios, para dirigir las celebraciones litúrgicas, para lavar los pies —los pecados— con el amor de Cristo…

Es la Ley del amor. ¡Demos gracias a Dios por tantos beneficios!

 

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Los pecados capitales*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2008

Pecados capitales


Pecado:

Soberbia: Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. Satisfacción y envanecimien-to por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Virtud opuesta:

Humildad: Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limita-ciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

Pecado:

Avaricia: Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas.

Virtud opuesta:

Largueza: Virtud moral que consiste en distribuir uno generosamente sus bienes sin esperar recompensa.

Pecado:

Lujuria: Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales.

Virtud opuesta:

Castidad: Virtud del que se abstiene de todo goce carnal ilícito.

Pecado:

Ira: Pasión del alma, que causa indignación y enojo. Apetito o deseo de venganza.

Virtud opuesta:

Paciencia: Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Facultad de saber esperar.

Pecado:

Gula: Exceso en la comida o bebida, y apetito desordenado de comer y beber.

Virtud opuesta:

Templanza: Moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón.

Pecado:

Envidia: Tristeza o pesar del bien ajeno.

Virtud opuesta:

Caridad: Amar al prójimo como a nosotros mismos.

Pecado:

Pereza: Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos.

Virtud opuesta:

Diligencia: Cuidado y actividad en ejecutar una cosa. Prontitud, agilidad, prisa.

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¿Por qué permite Dios que suframos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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