Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, VII domingo de Pascua (donde se celebra)

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2017

Una Iglesia

 

Jesús desea que seamos uno, como el Padre y Él son uno en el amor.

Y no quiere que vivamos retirados del mundo, sino que el Padre nos guarde del mal, pues debemos estar en el mundo, para poder convertir al Señor a todos sus habitantes.

Por esto, debemos tener siempre presente que no somos del mundo, como tampoco Jesús es del mundo, y así como el Padre envió a Jesús, así nos envía Jesús a propagar la verdad.

Y la verdad es el Amor: por eso, el apóstol san Juan nos dice que si Dios nos amó de esa manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros; que aunque a Dios nadie lo ha visto nunca, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

Para eso nos ha dado su Espíritu, con el que hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él.

Y con la fuerza de ese Espíritu la Iglesia, desde sus comienzos hasta ahora, ha realizado su misión; san Pedro y sus sucesores, con los Apóstoles y sus sucesores —los Obispos— han dirigido a la Iglesia en cada una de las circunstancias de su historia.

Lo mismo debemos hacer quienes pertenecemos al Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia: seguros de que es guiada por el Espíritu Santo a través del Papa y los Obispos, obedecemos sus indicaciones, para hacerla avanzar en la enseñanza de la verdad, en la Evangelización de los pueblos, dichosos porque sabemos que nadie la derrotará, si somos humildes.

Ni los poderes del Infierno prevalecerán contra la Iglesia. Hagámonos, pues, al lado de los triunfadores, y vivamos con espíritu obediente y humilde, como Jesús, que vino a obedecer al Padre hasta el extremo de dar la vida en rescate por muchos.

Y así seremos uno con Él.

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Junio 29

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos

¿Un simple ser humano tiene las llaves del Reino de los Cielos? Sí. ¿Y por qué? Porque Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y esto le fue revelado por el Padre que está en los Cielos. Por eso Jesucristo le dijo: «Tú eres la piedra —Pedro— sobre la que edifico Mi Iglesia».

Es verdad que las elecciones de Dios producen sufrimientos: Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, se atrevió a prender también a Pedro.

Lo mismo nos cuenta san Pablo: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente».

Pero luego viene el premio. Continúa escribiendo san Pablo: «El Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos.»

Y Pedro, cundo volvió en sí: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.»

Dos enseñanzas nos quedan: mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Orar, pues, por el sucesor de san Pedro, el Papa actual. Y orar mucho, para que nos guíe adecuadamente hacia la felicidad eterna.

Y, segunda, obedecerlo en todo, porque Jesús le dijo: «Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Atar y desatar: dar órdenes o derogarlas. Son órdenes dadas por amor, para el éxito en ese viaje hacia la dicha sin fin.

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Ciclo A, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2011

El milagro de la Fe

Cada vez que nos cuentan la escena de san Pedro caminando sobre el agua, su miedo y su caída, nos entra en el corazón la idea de que, como él, también nos hundiríamos por nuestra falta de fe.

Efectivamente, es frecuente que en nuestra vida nos hayamos encontrado con muchos episodios en los cuales dudamos de Dios o, lo que es lo mismo, confiamos más en otras cosas: nuestras capacidades, estudios, experiencia, el haber aprendido a sortear algunos problemas y otras habilidades más…

Otras veces, lo que nos sucede es que pretendemos que Dios actúe siempre en forma extraordinaria, con milagros…

O creemos que se presenta solamente con signos portentosos visibles, como le pasó a Elías, según cuenta la primera lectura. Hoy Dios no acostumbra a venir de un modo prodigioso o extraordinario; lo hace casi siempre en forma callada, velada, en el silencio de la oración, como una suave brisa, como dice el texto.

Y se presenta a las almas sencillas, humildes. Si revisamos la historia de la Iglesia, observaremos que los verdaderos milagros se operan en aquellos seres que no están llenos de sí mismos, que se sienten simples criaturas frente a un Dios todopoderoso, que se dan cuanta de sus limitaciones, que trabajan con sencillez por la felicidad de los demás, por la Iglesia, por el Reino de Dios…

Por eso san Pablo nos cuenta en la segunda lectura que siente una tristeza muy grande y una pena continua, hasta el punto que desearía ser rechazado y alejado de Cristo —que es a quien él más añora— en lugar de sus hermanos. Es que él desea que todos seamos inmensamente felices junto a Dios.

Queda como lección que quien desee, con egoísmo, hacer o ver milagros, nunca los hará ni los verá. Pero aquellos que no se buscan a sí mismos, sino que prefieren servir a Dios y a sus hermanos, calladamente, serán testigos del milagro más grande del amor de Dios: la fe, la suave brisa de la conversión, la paz y el gozo interiores que da Dios a los que lo aman verdaderamente.

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Ciclo C, II domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 9, 2010

¿Aceptar la cruz?

 

Los apóstoles preferidos, Pedro, Juan y Santiago, asisten a la transfiguración del Señor: en una montaña a la que habían ido, desprevenidamente, a acompañar a Jesús a orar. Su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos.

Así es Él; su gloria aparece en los momentos más sencillos de nuestras vidas, inesperadamente. Lo que pasa es que no lo vemos con tanta claridad, no sentimos su amable presencia en nuestras vidas, no siempre lo descubrimos en los acontecimientos diarios.

Los hombres de fe, que además son sencillos, tienen esa agudeza visual de los ojos del alma: lo ven en cada circunstancia, oyen en cada momento amargo el llamado amoroso de sus labios, sienten sus delicadas reprensiones en sus conciencias…; y, lo que es mejor, siguen todas esas indicaciones para responder así a tanto amor.

Pero hay algo que siempre precede, como una firma divina, a esos acontecimientos: la cruz.

Esa cruz de cada día, esos sufrimientos, grandes o pequeños, de los que nadie puede escapar, las penalidades que, como por arte de magia, Dios convierte en el abono que hace más fecunda la acción de su gracia en nosotros.

No la desdeñemos, no le tengamos miedo, abracémosla con valentía, especialmente en esta época de preparación para la Semana Santa. Miremos a Jesús, cargando con su Cruz —con todos nuestros pecados—, generoso como ninguno, llegar a derramar toda su Sangre por amor.

Para lograr esta hermosa meta, basta que unamos todas nuestras pequeñas cruces a la Cruz donde se realizó la Redención. Así podremos conseguir, como en la transfiguración de Jesús, la transformación de «nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo».

Y así, curiosamente, encontraremos la paz.

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Ciclo B, VI domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 26, 2009

La esencia del cristianismo

 

«Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios», nos dice hoy san Juan en la segunda lectura. Y añade: «El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor».

Al ver el mundo nos encontramos con una realidad innegable. El porcentaje de quienes no aman es muy alto; basta ver las noticias diarias para corroborarlo: aunque se ve el bien, parece que aquello que se dijo alguna vez es verdad: el hombre es un lobo para el hombre. El mal cunde por todas partes y los intereses particulares (casi siempre egoístas) están por encima de los de nuestros prójimos.

En la familia ocurre lo mismo: no estaría la sociedad enferma si no lo está su célula: las separaciones conyugales, la dispersión familiar, los problemas afectivos y emocionales, la soledad, etc., son cada vez más frecuentes

Conclusión fácil de sacar: todavía el mundo no ha conocido a Dios.

Sigue diciendo san Juan: «Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros: Dios envió a su Hijo único a este mundo para que tengamos vida por medio de Él». Y en el Evangelio leemos: «Dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor».

Y, ¿Cómo nos amó Jesús? Él mismo responde: «Como yo los he amado», dando la vida por nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿Damos la vida por alguien? Y la respuesta ya la sabemos: solo quienes se gastan en el servicio desinteresado por los demás están cumpliendo el verdadero sentido del cristianismo. Y son pocos.

San Pedro, en la primera lectura dijo: «Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas». Esto quiere decir que tenemos que enseñarle a amar al mundo entero.

Y, ¿cómo? Con la única manera de hacerlo: con el ejemplo. El Hijo de Dios fue claro: «Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando».

Si no comenzamos hoy y ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer?

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Ciclo B, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 5, 2009

Vivir y morir por el ideal más grande

 

Es impresionante ver el valor san Pedro y los demás Apóstoles: querían explicarle a la gente la felicidad que los embargaba; querían que todo el mundo se enterara que el ser humano puede ser feliz; habían encontrado la llave de la felicidad; nada les importaba: ni el sufrimiento, ni la cárcel, ni las críticas, ni que los encarcelaran, ni que los condenaran a muerte…

Y todo se basaba en un argumento que recoge hoy la primera lectura, de la boca de san Pedro: «Mataron al Señor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.»

Los demás Apóstoles se contaban unos a otros la misma noticia: Jesús resucitó y, por consiguiente, nosotros resucitaremos también. ¡Y resucitaremos a una vida de felicidad eterna!

Habían entendido que por este ideal, por esparcir esta noticia, vale la pena cualquier sacrificio; vale la pena hasta sacrificar la propia vida que, al fin y al cabo, es transitoria, efímera.

Jesús les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan».

Para ser felices es, por lo tanto, indispensable que nos arrepintamos, que consigamos el perdón de nuestros pecados y que, como dice la segunda lectura, no pequemos más. Y así conoceremos a Dios, que nos llevará al Cielo.

Sabremos que lo conocemos si cumplimos sus mandatos: los de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Si alguien los guarda, el auténtico amor de Dios está en él.

Si los Apóstoles y los primeros cristianos eran capaces de dejarse matar por este ideal, nosotros deberíamos preferir morir antes que dejar de cumplir uno de sus mandamientos; porque sabemos que si así lo hacemos lograremos la meta.

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Ciclo B, I domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 2, 2009

Entrar en el Arca

 

Nos dice san Pedro que muchos se negaron a creer, en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.

Hoy es posible que vivamos una situación similar: el mal que hay en el mundo es una evidencia palpable y, si miramos nuestro interior, quizá encontremos aspectos de nuestra vida por corregir, conductas para cambiar, virtudes que instaurar…

Con esta cuaresma que comienza se abre ante nuestros ojos la oportunidad perfecta para hacer esos cambios; es una especie de Arca en la que debemos entrar para pasar el torrencial, hasta que lleguemos a la Semana Santa, limpios y puros, como Dios nos quiere.

Y el ejemplo nos lo da el mismo Cristo, como nos lo cuenta el Evangelio: Estuvo cuarenta días en el desierto, orando, haciendo penitencia. Esta es la oportunidad que nos brinda Dios, por medio de su Iglesia: un tiempo de examen, reparación y cambio; y todo con la finalidad de estar preparados para el encuentro con Dios, en las fiestas de Pascua y, también, en la fiesta del Cielo.

No faltarán las pruebas; a Jesús le pasó lo mismo: fue tentado por Satanás. Él no quiere nuestra conversión, por eso, enfilará todas sus fuerzas para evitarla.

En el fondo, la Cuaresma se vive toda la vida: Dios permite que el Demonio nos ataque para irnos fortaleciendo y para ir eliminando las impurezas que nos impedirían ir al Cielo, a gozar de la eternidad feliz.

Pero nunca nos faltará la fuerza de Dios, la gracia, con la que venceremos al enemigo de nuestra auténtica realización personal, es decir, la eterna bienaventuranza junto al Amor de los amores. Ya muchos lo han logrado; ¿por qué no vamos a lograrlo nosotros?

Jesús, como entonces, nos proclama la Buena Noticia de Dios: «El Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Noticia.»

¿Desatenderemos ese llamado de amor? ¿Vamos a entrar en el Arca?

   

 

 

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