Hacia la unión con Dios

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‛No hay quién confiese’

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 17, 2015

Después de participar en unos seminarios sobre la nueva evangelización, presentados en su parroquia por un grupo de sacerdotes y laicos comprometidos, una señora quedó convencida de que el apostolado es una necesidad imperiosa: impulsar a sus amigos y conocidos a un proceso de conversión con el cual se inicia el camino a la santidad producirá una renovación de la Iglesia, como lo desea el Santo Padre. También aprendió que el primer paso de esa conversión consiste en lograr que cada uno de sus amigos se acerque al Sacramento de la Reconciliación: la gracia de Dios le llegará a cada uno de tal modo, que lo impulsará a una vida más espiritual, más cerca de Dios.

Fue un trabajo intenso, como se lo habían enseñado: primero, oró fuertemente por el alma de su amigo, con gran confianza en Dios; luego, ofreció algunos pequeños sacrificios por él; y, por último, lo evangelizó: le habló con mucha caridad y respeto del amor de Dios, de la misericordia que tuvo con nosotros, pecadores, muriendo en la Cruz con una muerte atroz, de la oportunidad que nos da siempre que pecamos de acercarnos a Él a través del Sacramento de la Penitencia donde, en vez de castigar a quien se acusa culpable, lo perdona misericordiosamente…

La gracia de Dios no se hizo esperar: este señor, que llevaba veinte años sin confesarse, se conmovió e hizo el propósito de hacerlo en la primera oportunidad. Ella, feliz, se dijo las palabras de Jesús: «Habrá mucha alegría en el Cielo por un pecador que se convierta», y le dio gracias a Dios…

Una semana después, se encontró en la calle con el señor. Ansiosa, le preguntó: «¿Cómo te fue?». Él, sin inmutarse, le dijo: «He visitado 7 iglesias: en unas, me dijeron que tenía que llamar para pedir una cita con el padre; fui a otras antes o después de la Misa, y los padres me dijeron que no podían atenderme; en ninguna iglesia encontré horario para confesiones… Voy a dejarlo para más adelante.»

Ella pensó con tristeza: «Si hubiera podido confesarse, ya estaría en gracia de Dios. Puede que ahora se arrepienta.»

Y oró: «Señor, te pido que los sacerdotes ayuden a salvar más almas».

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El sacerdote, ¿penitente?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 18, 2011

 

Muchos católicos están dejando de confesar sus pecados en el tribunal divino, en el cual, al declararse el reo culpable, siempre se le concede el perdón. Así evaden tontamente la gracia de Dios que llega a través de este Sacramento.

Quien diga que no ha pecado es un mentiroso, dijo San Juan… ¡Cuántos sacerdotes pasan meses enteros sin confesarse! ¡Los que deben tener viva la llama del amor de Dios para quemar a los demás! ¡Los que son canales de la gracia divina para los hombres! ¡Los que deben ser otros Cristos!

La confesión de los pecados veniales y hasta de las faltas de amor para con el Esposo Divino hacen crecer la gracia de Dios para ejercer este trabajo con las personas; ¿cómo despreciarla? ¡Está al lado: con el presbítero amigo, con el obispo, con el antiguo maestro!

Llanto salía de los ojos de Jesús a comienzos de siglo cuando dictaba a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, actualmente en proceso de beatificación:

«¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las personas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

«He confiado a cada uno de ellos cierto número de personas para que con su predicación, sus consejos y, sobretodo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

«¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las personas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las personas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

«¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las personas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas personas la vida de la Gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así…, me reciben así…, viven y mueren así…!»

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