Hacia la unión con Dios

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¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2018

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tu deseos. Cierra tus ojos del alma y dime con calma: “Jesús yo en ti confío”.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en Mí. Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en ti”. Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices: “Jesús yo confío en ti”, no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo, YO TE AMO. Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos del alma y confía.

Continúa diciéndome a toda hora: “Jesús yo confío en ti”. Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. Las fuerzas de la oscuridad quieren eso: agitarte, angustiarte, quitarte la paz. Confía solo en Mí, abandónate en Mí. Así que no te preocupes, echa en Mí todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre: “Jesús yo confío en ti” y verás grandes milagros. Te lo prometo por Mi AMOR.

 

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La vida interior*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2012

Desde el momento que el hombre cesa de ocuparse exteriormente, de conversar con sus semejantes; desde el instante que se encuentra solo, aun entre el bullicio de las calles de una gran ciudad, inmediatamente comienza a entretenerse con sus pensamientos. Si es un joven, piensa con frecuencia en su porvenir; si es un anciano, piensa en el pasado; y sus expe­riencias, felices o desgraciadas, hacen que juzgue de muy distinta manera a sus semejantes y a las cosas.

Si ese hombre es fundamentalmente egoísta, su con­versación íntima deriva a la sensualidad o al orgullo; piensa en el objeto de sus concupiscencias y de su envidia; y como de este modo no halla en sí sino tristeza y muerte, después bus­ca huir de sí mismo, exteriorizarse y divertirse para olvidar el vacío y la nada de su vida.

De esta conversación del egoísta consigo mismo nace un conocimiento muy bajo de sí y un amor no menos bajo hacia sí mismo.

Se ocupa ese tal de la parte sensitiva de su alma, de lo que es común al hombre y al animal; tiene goces sensibles, triste­zas sensibles, según que haga bueno o mal tiempo, según que gane o pierda en los negocios; se ve envuelto en deseos y aversiones de la misma naturaleza y, cuando se lo contraría, se exalta en cólera e impaciencia, inspiradas únicamente por el amor desordenado de sí mismo.

Pero conoce muy poco la porción espiritual de su alma, aquella que es común al ángel y al hombre. Aun cuando crea en la espiritualidad del alma y de las facultades supe­riores, inteligencia y voluntad, está muy lejos de vivir en este orden espiritual. No tiene, por decirlo así, conocimiento experimental de esta parte superior de sí mismo y tampoco la estima en lo debido. Si por ventura la conociera, encon­traría en ella la imagen de Dios, y comenzaría a amarse, no de una manera egoísta, en razón de sí mismo, sino por Dios.

Casi constantemente, sus pensamientos recaen sobre lo que en sí tiene de inferior; y aunque a veces dé pruebas de inte­ligente y hábil sagacidad y astucia, su inteligencia, en lugar de elevarse, se rebaja siempre a lo que es inferior a ella. Fue creada para contemplar a Dios, verdad suprema, y se deja envolver en el error, obstinándose a veces en defenderlo con gran ahínco. Cuando la vida no está a la altura del pensa­miento, el pensamiento desciende hasta el nivel de la vida, ha dicho alguien. Y así todo decae, y las más altas convic­ciones se apagan hasta extinguirse.

La conversación íntima del egoísta consigo mismo conduce así a la muerte y no es vida interior. Su amor propio lo lleva a pretender hacerse el centro de todo, a reducir todo a sí mismo, tanto las personas como las cosas; y como esto es imposible, pron­to cae en el desencanto y el disgusto; se hace insoportable a sí mismo y a los demás, y termina aborreciéndose, por haber que­rido amarse sin medida. A veces acaba aborreciendo la vida por haber anhelado por lo que la vida tiene de inferior.

Si, aun no estando en estado de gracia, comienza el hom­bre a buscar el bien, su conversación consigo mismo es ya totalmente diferente. Piensa, por ejemplo, qué cosas son necesarias para vivir honestamente y hacer vivir así a los suyos. Siente por esto graves preocupaciones, comprende su debilidad y la necesidad de poner su confianza, no en sí mismo, sino en Dios.

Este hombre, todavía en pecado mortal, puede conservar la fe cristiana y la esperanza, que subsisten en nosotros aun después de perder la caridad, mientras nuestro pecado no haya sido de incredulidad, presunción o desesperación.

La conversación íntima que este hombre sos­tiene consigo mismo es a veces esclarecida por la luz sobre­natural de la fe; medita algunas veces en la vida eterna y as­pira a ella, aunque con débil deseo. Y es a veces empujado por una inspiración especial a entrar en una iglesia para orar.

Si el hombre tiene al menos arrepentimiento de sus pecados y recibe la absolución, vuelve al estado de gracia y a la caridad, al amor de Dios y del prójimo.

Muy pronto, en la soledad de sus pensamientos, su conversación consigo mismo cambia; comienza a amarse santamente, no por sí mismo sino por Dios, y lo mismo a los suyos, y a comprender que debe perdonar a sus enemigos y aun amarlos y desearles la vida eterna como la desea para sí.

Sin embar­go, acaece muchas veces que esa conversación íntima del hombre en estado de gracia persiste en su egoísmo, en el amor propio, en la sensualidad y en el orgullo. Estas faltas no son mortales en él, sino veniales; pero si son reiteradas lo inclinan a caer en el pecado mortal, es decir a volver a la muerte espiritual. En tal caso, comienza el hombre nueva­mente a huir de sí mismo, porque encuentra en sí, no la vida, sino la muerte; y en lugar de hacer seria reflexión so­bre esta desgracia, sucede a veces que se adentra más y más en la muerte, entregándose a los placeres, a la sensualidad y al orgullo.

Eso no obstante, en los momentos de soledad, la conversa­ción íntima vuelve a reanudarse, como prueba de que no puede ser interrumpida. Querría acabar con ella, pero no le es dado conseguirlo. Es que en el fondo de su alma per­siste un afán irresistible, al cual es preciso dar satisfacción. Pero ese afán y ese deseo sólo Dios puede llenarlos, y le será preciso entrar de lleno en el camino que conduce a él. Tiene el alma necesidad de conversar con alguien que no sea ella. ¿Por qué? Porque ella no es su propio fin último. Porque su fin no es otro que Dios vivo y sólo en él puede encontrar su descanso. Como dice San Agustín: “Nuestro corazón está, Señor, inquieto, mien­tras no descanse en ti” (Esta es la prueba de la existencia de Dios por el deseo natural de la felicidad; felicidad verdadera y perdurable, que sólo puede encontrarse en el Soberano Bien, siquiera imperfectamente conocido y amado sobre todas las cosas, más que nosotros mismos).

Cuando ya la vida interior pasa a ser cada vez más una conver­sación con Dios, el hombre se des­prende poco a poco del egoísmo, del amor propio, de la sensualidad, del orgullo; y, por la frecuente oración, pide al Señor las gracias siempre renovadas de que se ve necesitado.

De esta suerte, comienza el hombre a conocer experimentalmente no ya sólo la parte inferior de sí mismo, sino la porción más elevada.

Sobre todo comienza a conocer a Dios de una manera vital; a tener experiencia de las cosas de Dios.

Poco a poco el pensamiento del propio yo, hacia el cual hacemos convergir todas las cosas, cede el lugar al pen­samiento habitual de Dios.

Y del mismo modo el amor egoís­ta de nosotros mismos y de lo que hay en nosotros menos noble, se transforma progresivamente en amor a Dios y a las personas en Dios.

La conversación interior cambia, tanto que San Pablo pudo decir: “Nuestra conversación es ya en el Cielo, nuestra verdadera patria” (Flp 3, 20).

Reginald Garrigou–­Lagrnage, Las tres edades de la vida interior

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Reflexiones de san Pablo de la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 29, 2011

He aquí una hermosa selección de los escritos de san Pablo de la Cruz

Créame, hija mía, nunca soy tan feliz como cuando vivo mi miserable vida por partes, es decir, sin pensar en otro momento fuera del presente en que me encuentro. Y cuando se me presentan tempestades de toda especie, me digo: «Quiero amar a Dios tanto cuanto me sea posible en este momento, cual si fuera el último instante de mi vida; quiero sufrir alegremente ahora sin pensar en el porvenir. Haz, alma mía, la voluntad de Dios con perfección en este momento, cual si fuera el último, y continuarás así. ¡Viva Jesús! Amén.»

Feliz el alma que reposa en el seno de Dios, sin pensar en el porvenir, sino que se esfuerza por vivir en el momento presente sin otra ilusión que la de hacer bien su santísima voluntad en todo suceso, cumpliéndola fielmente en sus deberes de estado.

La voluntad de Dios no puede querer para el hombre sino lo mejor.

Permanezca en gozosa confianza en Dios. Encomiéndese totalmente a Él: es un Padre amoroso, que antes permitirá que sucumban el cielo y la tierra, que una sola alma que confía en Él.

El que mira sólo el consuelo pierde de vista al gran Dios de los consuelos.

Agárrese fuertemente a ese leño, a la Cruz. De ese modo, nunca naufragará. Llegará con toda seguridad al puerto de la salvación.

Por el pensamiento habitual de la presencia de Dios se llega a hacer oración veinticuatro horas al día.

Sagrado silencio de amor, que es un hablar tan fuerte a los oídos del Esposo divino.

La señal de que el alma debe dejar los discursos interiores se tiene cuando ella gusta de estarse completamente sola en el seno amoroso del Señor, con atención amorosa, con una dulce mirada de fe, con un silencio sagrado de amor.

Empiece siempre su oración por uno de los misterios de la Pasión, ejercítese en piadosos soliloquios, sin hacer ningún esfuerzo para meditar. Si Dios viene luego a traerlo al silencio de amor y de fe en su seno divino, no turbe la paz y descanso de su alma con reflexiones explícitas.

Doy gracias a la divina misericordia de que conserve continuo recuerdo de los padecimientos de su celestial Esposo: deseo que se deje penetrar bien del amor con que los ha sufrido. El camino más corto es perderse toda entera en ese abismo de padecimientos.

En el sumo grado de la ascensión a Dios se encuentra el purísimo padecer sin consuelo, ni del cielo ni de la tierra.

Por medio de su padecer se purifica lo imperfecto que no conoce, y su alma se vuelve como un cristal en el que se refleja la luz del sol divino; y quedará toda transformada en Dios por amor.

Siendo la oración infusa un don gratuito de Dios, no se debe pretender conducir a la misma a nadie a fuerza de brazos, como se suele decir. Todo el cuidado del maestro debe consistir en elevarlos hasta allí por una grande costumbre de virtud y de verdadera humildad de corazón, de conocimiento de su propia nada, de desprecio de sí mismos, de verdadera obediencia ciega, haciéndoles concebir grande amor hacia esta virtud, a toda costa, de verdadera y perfecta abnegación de su propia voluntad en todo, de mortificación personal de sus inclinaciones, simpatías y antipatías. Estas  son las virtudes fundamentales para el edificio espiritual y para obtener el don de la santa oración y unión con Dios.

Esté en la presencia de Dios con una pura y simple atención amorosa en aquel inmenso Bien, en un sagrado silencio de amor, reposando todo su espíritu en el seno amoroso del Dios eterno.

 ¡Ah!, ¡un Dios crucificado!… ¡Un Dios muerto!… ¡Oh prodigio de amor!… ¡Oh ingratas criaturas! ¡Las mismas piedras lloran!… Ha muerto el Soberano Sacerdote, y nosotros, ¿no lloramos? ¡Sería preciso haber perdido la fe para no derretirse en lágrimas, ¡oh Dios mío!

Perpetuo luto por la Pasión y muerte de Jesús.

La santidad consiste en estar totalmente unidos a la voluntad de Dios.

La oración no consiste en tener consuelos, lágrimas, etc., ni a los hombres fuertes se les da manjar de niños; después del otoño viene el crudo invierno. Es bien cierto que el entender lo que Dios manda y dejarse gobernar totalmente por su infinita bondad, poniendo, sin embargo, nuestra parte y siguiendo en todo su voluntad es lo mejor.

Gran misterio es este; y es gran perfección el resignarse en todo a la divina voluntad; mayor perfección, vivir abandonada con gran indiferencia al divino beneplácito; y máxima y altísima perfección, el alimentarse con espíritu de fe y de amor de la divina voluntad. ¡Oh dulce Jesús, qué cosa tan grande nos has enseñado con palabras y obras de vida eterna! Recuerde que este amable Salvador dijo a sus queridos discípulos que su alimento era hacer la voluntad de su eterno Padre.

Conviene aceptar los golpes que vienen de lo alto, de la mano dulcísima del gran Padre del Cielo, y sufrirlos pacientemente con amorosa mansedumbre. De esta forma pasa el temporal que amenaza tormenta, y uno hace como el viñador o el hortelano que, cuando llega la tormenta, se retira en la choza hasta que pase, y está en paz. Así nosotros, en medio de tantas tempestades con que nos amenazan nuestros pecados y los pecados del mundo, estemos retirados en la áurea choza de la  divina voluntad, complaciéndonos y haciendo fiesta de que se cumpla en todo el soberano y divino beneplácito.

Pierda de vista todo lo creado; tenga el intelecto bien purgado y limpio de toda imagen y huya, en medio de tatos males como hay en el mundo, al seno del Padre celestial por medio de Jesucristo Nuestro Señor, y allí piérdase toda en la inmensa divinidad, como se pierde una gota de agua en el gran océano. De esta forma no vivirá una vida suya, sino una vida deífica y santa.

Temamos ser privados de padecer más que el avaro de sus tesoros.

Todo está en la Pasión; es allí donde se aprende la ciencia de los santos.

Creo que la Cruz de nuestro dulce Jesús habrá echado más profundas raíces en su corazón, y que cantará: padecer y no morir; o bien: o padecer o morir; y aun mejor: ni padecer ni morir, sino transformarse en el divino querer.

Jesús, que es el divino Pastor, os conducirá como a sus queridas ovejas a su redil. Y, ¿cuál es el redil de este dulce y soberano Pastor?, ¿sabéis cuál es? Es el seno del divino Padre; y porque Jesús está en el seno del divino Padre, Christus Iesus qui est in sinu Patris, en ese seno sacrosanto y divino Él conduce y hace reposar a sus queridas ovejitas; y toda esa labor supercelestial y divina se hace en la casa interior de vuestra alma, en pura y desnuda fe y santo amor, en verdadera abstracción de todo lo creado, pobreza de espíritu y perfecta soledad interior; pero esta gracia tan excelsa se da solamente a los que tratan de ser cada día más humildes, sencillos y caritativos.

Un pequeño grano de orgullo es suficiente para echar por tierra una gran montaña de santidad.

Vuelva a arrojarse en su nada, a reconocer su indignidad, y de este reconocimiento ha de nacer una mayor confianza en Dios.

El que quiera encontrar el verdadero todo que es Dios ha de arrojarse en su nada. Dios es aquello que, en esencia, es lo que es: ego sum qui sum; nosotros somos lo que no somos porque, por más hondo que excavemos, no encontraremos otra cosa que nada, nada; y quien ha pecado es peor que la misma nada, porque el pecado es una horrible nada, peor que la nada.

Para ser santo se necesita una ‘n’ y una ‘T’. La ‘n’ eres tú, que eres una horrible nada; la ‘T’ es Dios, que es el todo infinito por esencia. Deja pues que desaparezca la ‘n’ de tu nada en el fondo infinito que es Dios, óptimo y máximo, y allí piérdete enteramente en el abismo de la inmensa divinidad. ¡Oh, qué hermoso trabajo es este!

No hay que temer ningún engaño con tal que haya y se aumente el conocimiento del propio nada tener, nada saber, nada poder y que, cuanto más se cava, se encuentra también más la horrible nada para, por tanto, dejarla desaparecer en el Todo infinito.

Nada agrada tanto a Dios como aniquilarse y abismarse en la nada; esto espanta al diablo y lo hace huir… Para prepararse a la batalla y estar armada con la armadura de Dios, no hay medio más eficaz que aniquilarse y anonadarse delante de Él, creyendo firmemente no ser capaz de salir victoriosa si Dios no está con ella para combatir; de donde debe arrojar esta su nada en aquel verdadero todo que es Dios y, con gran confianza, combatir como valiente guerrera, estando ciertísima de salir victoriosa.

Cuando esté bien aniquilada, bien despreciada y convencida de su nada, pida a Dios  permiso para entrar en el Corazón divino, y luego lo obtendrá. Colóquese allí como una víctima sobre este divino altar, donde arde eternamente el fuego del santo Amor: déjese penetrar hasta la médula de los huesos de aquellas llamas sagradas, hasta que se vea reducida a cenizas; después, si el dulce soplo del Espíritu Santo eleva esta ceniza a la contemplación de los divinos misterios, deje a su alma en libertad de abismarse en esta santa contemplación. ¡Oh, cuánto agrada a Dios esta práctica!

Estando allí, en aquel sagrado desierto interior, del que le hablado tanto de palabra como por escrito, deje desaparecer su verdadera nada en el todo infinito, y descanse en Jesucristo en el seno del dulcísimo Padre como niña, mamando la leche divina de los pechos sacratísimos de la infinita Caridad. Y si el Amor la hace dormir aquel místico sueño, que es la herencia que el sumo Bien da en esta vida a sus queridos, como dice el profeta: Cum dederit dilectis suis somnum, ecce hæreditas Domini (cuando diera el sueño a sus predilectos, he aquí la heredad del Señor), usted duerma, que en tan sagrado sueño se hará sabia con la sabiduría de los santos.

Total desprendimiento de todo lo creado.

Feliz el alma que se despega de su propio gozar, del propio sentir, del propio entender. Altísima lección es esta; Dios se la hará entender si usted pone su contento en la Cruz de Cristo Jesús, en morir a todo, esto es, a todo lo que no es Dios, en la Cruz del Salvador.

Toda humillada y reconcentrada en su nada, nada poder, nada tener, nada saber, con alta y filial confianza en el Señor, procure perderse totalmente en el abismo de la infinita caridad de Dios, que es todo fuego de amor… Y así, en ese inmenso fuego, deje que se consuma todo lo que hay en usted de imperfecto, para que renazca a una nueva vida deífica, vida toda de amor, toda santa; y esta divina natividad la celebrará en el divino Verbo, Cristo nuestro Señor. Tenga en cuenta, sin embargo, que este divino trabajo se hace en lo más íntimo del espíritu, en el gabinete más secreto. Así que, muerta místicamente a todo lo que no es Dios, con altísimo desprendimiento de todo lo  creado, entre sola en lo más profundo de esa sagrada soledad interior, en ese sagrado desierto; entrada que se ha de hacer con total aniquilamiento de sí, con fe y santo amor, con alto desprendimiento de todo contento sensible, por santo que sea, al cual no debe mirar y mucho menos reposar en él. De esta manera, cada vez que se hacen estas introversiones o retiradas interiores, quedando en santo silencio de fe y de amor, el alma renace constantemente a una nueva vida de caridad en el divino Verbo, que siempre escucha y ama. ¡Oh cuánto tendría que decirle!

Dé mucha importancia a esta sagrada soledad interior, abstraída de todo lo creado, desnuda de sí misma, pobre de espíritu, cargada de cruces, arrojada en su nada, abandonada en Dios; y tal abandono sacrosanto se hará en el sagrado desierto interior, en el sagrado silencio de fe y de santo amor, puro y neto. De esta forma abandónese en el seno del Padre celestial y haga largos sueños. No se despierte sin permiso del Esposo divino; de esta forma, el alma renace a vida deífica en el divino Verbo, y cada vez que con fe viva entre en este sagrado desierto, se realizará en usted esta divina natividad.

Sumérjase en el mar inmenso de la infinita caridad de Dios, del que nace aquel gran mar de la vida santísima, Pasión y muerte de nuestro Jesús.

Le recomiendo ir frecuentemente en espíritu a pescar en el mar santísimo de los sufrimientos de Jesucristo y de los dolores de María santísima. En este gran mar pescará las perlas de las santas virtudes del dulce Jesús, y su alma quedará cada vez más hermosa y adornada de estas preciosas margaritas. Esta divina pesca en el mar de la infinita caridad, del que procede este mar de la Pasión santísima de Jesucristo, que son dos mares en uno, se hace en el reino interno del espíritu, en fe purísima y amor ardiente.

El amor es una virtud unitiva y hace propias las penas del bien amado. Si se siente toda compenetrada, por dentro y por fuera, de las penas del Esposo, haga fiesta; pero le puedo decir que esta fiesta se hace en el horno del amor divino, porque el fuego que penetra hasta la médula de los huesos transforma al amante en el amado, mezclándose de un modo alto el amor con el dolor, el dolor con el amor, se hace una mezcla amorosa y dolorosa, pero tan unidos que no se distingue ni el amor del dolor, ni el dolor del amor, tanto que el alma amante goza en su dolor y hace fiesta en su doloroso amor.

El punto que usted no entiende, de hacer suyas, por obra del amor, las penas santísimas del dulce Jesús, se lo hará entender su divina Majestad cuando le plazca. Esta es una obra toda de Dios; el alma toda sumergida en el puro amor, sin  imágenes, en purísima fe desnuda (cuando le place al sumo Bien), en un momento se encuentra precisamente inmersa en el mar de las penas del Salvador, y, en una mirada de fe, las entiende todas sin entender, ya que la Pasión de Jesús es obra toda de amor; y estando el alma toda perdida en Dios, que es caridad, que es todo amor, se hace una mezcla de amor y de dolor, ya que el espíritu queda ahí todo penetrado y está todo inmerso en amor doloroso y en un dolor amoroso: Opus Dei.

Permanezca toda recogida dentro de sí misma en pura fe, adorando al Altísimo en espíritu y en verdad, con la parte superior de la mente. No desee ningún alivio, sino el puro beneplácito de Dios. Permanezca en aquel desnudo padecer, en sagrado silencio de fe, y no se lamente ni de dentro ni de fuera. A lo más, dé algún gemido de niña, a ejemplo de Jesucristo en el Huerto: Ita, Pater, quoniam sic placitum fuit ante te… (Sí, Padre, porque así te ha complacido a ti…). Continúe luego en silencio de fe y déjese martirizar del santo amor con pobreza y desnudez de espíritu, siempre acompañadas de angustias y de abandonos.

Tal sagrado martirio produce en el alma dos maravillosos efectos: uno es purificarla de todo neón de imperfección, como hace el fuego del purgatorio y por eso se llama pena purgativa; el segundo es enriquecer al alma de virtud, sobre todo de paciencia, de mansedumbre, de alta resignación a la divina voluntad, con profundo conocimiento de la propia nada horrible. De esta forma, el alma, toda inhabitada en su nada, padece y calla, y deja desaparecer su nada en Dios, y goza de padecer y callar.

Sé que, por la misericordia  de nuestro querido Dios, no deseo saber otra cosa ni gustar ningún consuelo: sólo deseo ser crucificado con Jesús.

Nuestra corrompida naturaleza se hace ladrona de los dones de Dios, cosa sumamente peligrosa y perniciosa.

El camino de los santos es el de esperar con sumisión la prueba de Dios, y hacer morir en la divina voluntad los movimientos de la propia naturaleza, que no busca más que la propia comodidad. Hay que morir místicamente a todo; y el no sentir las inclinaciones naturales y los movimientos de las pasiones, que no mueren nunca hasta que nosotros no muramos, no es cosa de este tiempo, sino que  hay que esperar con paciencia la visita del soberano dueño; porque así como agrada mucho a Dios esa angustiosa espera, así Él embiste luego al alma con rayos tan ardientes de su gracia, que secan todos los malos humores. Y si las inclinaciones naturales y los movimientos de las pasiones no mueren del todo, quedan, sin embargo, de tal manera mortificados, que ya no son obstáculo a la quietud, sobre manera dulce, de la santa contemplación; se comienzan a gustar los efectos de esta muerte mística, que es más preciosa que la vida, porque el alma vive en Dios vida deífica.

En la Cruz el amor puro

perfecciona al alma amante

cuando férvida y constante

le consagra el corazón.

¡Oh, si yo explicar pudiera

el tesoro alto y divino

que el grande Dios uno y trino

ha encerrado en la aflicción!

Mas, como es un grande arcano

al amante sólo abierto,

yo, en amar tan inexperto,

distante admiro, no más.

Oh dichoso el que padece

en la Cruz abandonado

y en los brazos del Amado

se consume en santo amor.

Más dichoso todavía

quien, sin sombra de consuelo,

en un puro desconsuelo

en Cristo se transformó.

¡Oh feliz el que padece,

sin apego al sufrimiento!

Morir así es su contento

y amar más a quien lo hirió.

Desde la Cruz del Señor

yo te doy estas lecciones.

En santas meditaciones

las aprenderás mejor.

Amén

.

Conságrese al ejercicio de la santa oración mental, meditando particularmente la  Pasión de Jesucristo y los dolores de María Santísima. Ejercite santas virtudes: la humildad, la obediencia, la mortificación externa e interna, son las piedras fundamentales. Sobre todo habitúese bien a la resignación con la divina voluntad, ejercitándose con frecuencia en ella.

Sobre todo, hay que practicar las virtudes que Jesús ha practicado y nos ha enseñado. Jesús padecía y callaba, sin jamás lamentarse. Aprenda pues a padecer y callar, cuidando también de padecer en silencio.

Lleve siempre a la oración algún misterio de la vida santísima y Pasión de Jesucristo, y si después lo eleva el Espíritu Santo a recogimiento más profundo e interior, déjese llevar por el soplo del Espíritu Santo, pero siempre por medio de la santísima Pasión, con lo que se evita todo engaño.

Respecto a los misterios de Jesucristo, deténgase allí donde el corazón experimenta mayor devoción y más se enciende en el amor divino; pero cuando siente que el alma gusta permanecer en el sagrado silencio de la fe y del santo amor en el seno del divino Padre, prosiga así, aunque se prolongue por todo el tiempo de la oración; porque entonces es el Espíritu Santo quien lleva al alma a semejante oración; por lo que conviene seguir sus atractivos.

Una vez terminada la preparación, imagine asistir al misterio que medita cual si actualmente se verificara ante sus ojos. Si medita la agonía de Jesús en el huerto, hágase cuenta de encontrarse en aquel huerto a solas con Él, mírelo compasiva, pero con viva fe y amor; recoja aquellas gotas de Sangre preciosa y hágale esta pregunta: Mi querido Jesús, ¿por qué padeces? Haga de cuenta que le responde al corazón: Hija, padezco por ti, por tus pecados, porque te amo. Seguidamente arrójese a sus santísimas plantas, como lo hacía la santa penitente Magdalena; deténgase un momento; béselos en espíritu y dígale todo cuanto le inspira el amor. ¡Oh, qué afectos tan amorosos se le ocurrirán! Deje que Jesús le enseñe, y dígale: Mi divino Maestro y Esposo, enséñame cómo debo amarte y servirte. Suplique a continuación la gracia de todas las virtudes.

El recuerdo de la Pasión santísima de Jesucristo y la meditación de sus virtudes […] conducen al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la contemplación más sublime.

Al repasar los tormentos de mi Jesús […] lo hacía languideciendo en el alma con altísima suavidad mezclada con lágrimas, con el dolor de su Esposo infundido en ella, o bien, para mejor explicarme, sumergida en el Corazón y en el dolor santísimo de su dulcísimo Esposo Jesús.

No le digo que haga oración a mi modo, sino al de Dios… Deje a su alma libertad para tomar su vuelo hacia el soberano Bien, según Dios la conduce. La mariposa revolotea alrededor de la llama, y acaba por quemarse: que su alma dé vueltas alrededor de la luz divina, que se arroje en ella…

Deje que la pobre mariposilla se queme del todo, que quede reducida a cenizas en aquella luz amorosa del horno dulcísimo del Corazón amoroso de Jesús, y ya incinerada, deje que esa poca ceniza de nuestra nada se abisme, se pierda, se consuma —por decirlo así— totalmente en aquel abismo de infinita bondad de  nuestro Dios, y allí, licuada de amor, celebre fiesta continua, con cánticos amorosos, con sagradas complacencias, con sueños de amor, con santo silencio, toda absorta en aquel mar inmenso de amor, y en este mar penetre hasta el fondo, segura de hallar otro gran mar: el de las penas de Jesús y de los dolores de María Santísima. Este mar brota de aquel inmenso mar del amor de Dios.

Tuve alta inteligencia infusa de los espasmos de Jesús, y tantos deseos de estar perfectamente unido a Él, que deseaba experimentar actualmente sus espasmos y estar en al Cruz con Él.

El que quiere ser santo gusta de seguir las huellas divinas de Jesucristo, de ser hecho el oprobio y la abyección de la plebe… El que quiere ser santo gusta de esconderse a los ojos de los hombres, toma lo dulce por amargo y lo amargo por dulce, y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios; y como quiera que esta se cumple mejor en el padecer que en el gozar, porque en el goce peligra siempre entrar la propia voluntad, por eso el verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer, recibiéndolo sin intermediarios de la purísima voluntad de Dios. Recuerde que este divino trabajo, para ser seguro, conviene que pase por la puerta, que es Jesucristo nuestro Señor y su santísima Pasión, que es toda ella obra de amor; la cual jamás debe perderse de vista, con docilidad absoluta a la acción divina, a la que el alma debe ser fidelísima en obedecer interiormente.

Veo que se halla privada de todo consuelo. Doy gracias a Dios bendito, porque ahora se asemeja más al Esposo divino, abandonado de todos mientras agonizaba sobre la Cruz; pero en este abandono ofreció el gran sacrificio y lo consumó con las últimas palabras que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto entregó su alma santísima en las manos del eterno Padre, y cumplió la obra de la humana redención. Haga usted lo mismo, hija mía. […] Ahora está en agonía sobre el riquísimo lecho de la Cruz. ¿Qué le queda por hacer, sino entregar el alma en manos del eterno Padre diciendo: Padre dulcísimo, en tus manos encomiendo mi espíritu? Y esto dicho, muera felizmente de esa preciosa muerte mística, y vivirá una nueva vida, mejor dicho, renacerá a una nueva vida deífica en el divino Verbo Cristo Jesús. Y, ¡oh, qué vida esta! Vida tal y tan grandiosa y llena de inteligencia celestial, que ni aun saber hablar de ella podrá conmigo.

Jesús oró en la Cruz durante tres horas: oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh Dios, qué gran enseñanza! Pida a Jesús que la imprima en su corazón. ¡Oh, cuánto hay aquí que meditar! He leído que durante su agonía en la Cruz, después de sus tres primeras llamas de amor, es decir, sus tres primeras palabras, Jesús quedó en silencio hasta la hora de nona, orando todo aquel tiempo. Dejo a su consideración cuán desolada fue su oración. Descanse pues sobre la cruz del dulce Jesús, y no exhale otra queja que este gemido: Padre mío, Padre mío, hágase tu voluntad… Y luego calle. Continúe descansando sobre la cruz y luego calle hasta que llegue el momento dichoso de la verdadera muerte mística. Entonces, como dice san Pablo, estará toda oculta en Dios con Jesucristo (Col 3, 3), y se hallará en esa altísima soledad hacia la cual suspira, con desprendimiento absoluto de todo lo creado. Esta es la hora de sufrir en silencio y en paz: resignación perfecta en su agonía, que la conduce a la muerte mística.

¡Oh mi Dios!, ¡quién nunca te hubiera ofendido!

¡Esperanza de mi corazón!, antes morir mil veces que pecar.

¡Oh mi Jesús!, ¿cuándo te amaré yo?

¡Oh sumo Bien mío!, haz mi corazón semejante al tuyo.

¡Oh Dios mío!, quien no te ama no te conoce.

¡Oh, si todos te amasen, Amor infinito!

¡Amor mío!, ¿cuándo estará mi alma abrasada en tu santa Caridad?

¡Oh mi soberano Bien, hiere, hiere mi corazón con tu santo amor!

¡Cúmplase tu santa voluntad, Dios mío!

Bienvenidas sean las aflicciones.

Queridos padecimientos, yo los abrazo y los estrecho contra mi corazón. Ustedes son las perlas preciosas que me envía el Señor.

¡Qué hermoso sufrir! ¡Oh mano querida de mi Dios!, te beso amorosamente.

Bendita sea la vara santa que con tanto amor me hiere.

¡Ah, tierno Padre!, bien harás en humillarme.

Amado Bien, Dios mío, tus azotes son las joyas de mi corazón.

Sí, sí, Jesús mío, o padecer o morir.

Trátame como quieras, Dios mío; jamás dejaré de amarte.

Por los enemigos:

¡Oh almas queridas de Jesús!, yo las amo en el Corazón de Jesús, que arde de amor por ustedes.

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