Hacia la unión con Dios

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Llegar a la perfección

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea…, y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con Él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su Hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar, están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre —como hizo Jesús— con afán redentor, pues el panorama es desolador: son muy pocos los hombres que cumplen con la Ley de amor que nos dejó. Conviene recordar que muchos no hacen lo único que les daría la vida eterna, esto es: amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al Cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor, y pasará de ser algo pobre o carente de valor a convertirse en un acto valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo desde que recibimos el Bautismo.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, saber que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y, si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Pablo de la Cruz: pudo identificarse tanto con Cristo que vivió místicamente la Pasión y la Muerte de Jesucristo y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron nuestros pecados.

Siguiendo este camino llegará el día en que podamos afirmar con toda verdad y plenitud lo que dijo el apóstol: «Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

 

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¿Somos hombres nuevos?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 8, 2014

Charlando de noche con Nicodemo, Jesús le reveló algo grande y misterioso:

«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»(Jn 3, 3)

Tan misterioso fue, que Nicodemo —que no entendió nada— le preguntó que si, para lograrlo, era posible entrar de nuevo en el seno materno…

La Iglesia siempre ha enseñado al respecto que hay dos etapas: la primera, puramente sacramental y la segunda, espiritual:

1) por el Bautismo dejamos de ser hombres viejos y nos hacemos hombres nuevos: somos integrados a la vida divina, para comenzar una nueva vida en Cristo, dejando atrás el pecado, y

2) por la práctica y el ejercicio de la perfección espiritual —con la gracia de Dios, obtenida de los Sacramentos y la oración asidua— continuar en esa nueva vida en Cristo, ascendiendo hasta la experiencia mística, la contemplación y unión con Dios.

Para la primera etapa, san Pablo nos dejó algunas enseñanzas:

«sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado» (Rm 6, 6)

«a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias» (Ef 4, 22)

«No os mintáis unos a otros. Despojaos del hombre viejo con sus obras» (Col 3, 9)

Pero no es el deseo divino —ni el de san Pablo— que nos quedemos en esa etapa: Dios desea que no solo dejemos de pecar, sino que todo sea nuevo:

«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.» (2Co 5, 17)

Se refiere a algo mayor, a algo que está en una dimensión superior:

«a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.» (Ef 4, 24)

Ese Hombre Nuevo —con mayúsculas— es Cristo, del que debemos revestirnos, hasta convertirnos en el mismo Cristo. Lo dice con gran vehemencia:

«¡hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros»(Ga 4, 19)

Y, ¿cómo veremos a Cristo formado en nosotros?

Cuando actuemos como Él, el Hombre Nuevo. Somos hombres nuevos únicamente si acogemos e integramos en nuestras vidas las enseñanzas divinas.

Hay personas, por ejemplo, que se acercan a Dios para servirse de Él, no para servirlo:

  • Consideran un privilegio pertenecer a un ministerio (el de predicar, por ejemplo), en vez de ser conscientes de que ministerium significa servicio. Dicen: “Gracias por esta oportunidad” —como si fuera un honor—, en vez de prestar el servicio con sencillez y únicamente por amor a Dios, no por otras razones.

  • Creen que lo importante son las estadísticas, como si este ministerio fuera algo terrenal: “Están asistiendo muchos a las predicaciones”, afirman orgullosos, o: “Estoy contento porque me han pedido que predique en tal sitio”. En cambio, quienes ya son hombres nuevos saben que los planes de Dios son distintos a los de los hombres y, por eso, solo ponen los medios para servir a Dios, dejándole a Él sólo los resultados.

  • Preguntan si la predicación gustó o no, con lo que descubren sus vanidosas intenciones.

  • Y, entre quienes los invitan o dirigen a estos predicadores, hay quienes los elogian, como si se tratara de una empresa terrenal y solamente humana; les dicen, por ejemplo: “La labor que estás haciendo es muy bella”, como si no supieran que la labor apostólica es realizada por el Espíritu Santo, a quien simplemente le colaboran.

  • Hacen esos elogios, aunque Jesús aclaró que «no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor»(Mt 20, 26).

Los hombres nuevos, por el contrario, recuerdan que Jesús afirmó que «si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35); por eso saben que, para incrementar la eficacia  apostólica, es mejor no solamente ser excluido, sino postergado, olvidado, humillado, tal y como nos lo reiteran tanto los santos místicos.

Es que les quedó muy claro lo que aseveró Jesucristo: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24); están conscientes de que deben morir (mortificarse) a sí mismos, para hacer fructífero su apostolado.

Por otra parte, Dios tiene un plan perfecto de salvación para cada ser humano, y nosotros, sus servidores, entramos en ese plan como una tuerca entra en una maquinaria gigantesca y compleja (que no llegamos a entender): se ajusta al tornillo con una determinada fuerza. Y eso es todo lo que debe hacer: no pretende, por ejemplo, entender el plan de Dios; solo desea servirlo, por amor, haciendo lo que tiene que hacer, aunque sea mínima su participación en ese magnífico plan. Es más: mientras menos entienda los designios divinos sobre las almas, más útil será para Dios y para los destinatarios de su apostolado.

Por eso los negocios divinos tienen metodologías diferentes a los humanos:

1) oración, oración, oración,

2) unión a la Cruz de Cristo y

3) desprendimiento total de intenciones personales y querer solo la Voluntad de Dios: pureza total del corazón.

Esa pureza comienza con la vivencia auténtica de las virtudes teologales:

–   ¿Creemos realmente que la vida terrenal es solo un paso hacia la eternidad?

–   ¿Recordamos continuamente que esta vida es una prueba de fe, una prueba de obediencia, una prueba de amor?

–   ¿Estamos convencidos de que Dios está pendiente de nosotros y que lo dispone todo para nuestro bien?

–   ¿Confiamos realmente en el amor de Dios por nosotros? ¿Estamos seguros de que solo Él sabe qué nos conviene? ¿Creemos que todo lo puede y que lo que permite —aunque a veces nos parezca malo— es para nuestro bien?

Contestemos con sinceridad estas preguntas:

·   ¿Estamos seguros del amor de Dios o nos angustiamos cuando hay peligros?

·   ¿Cómo tomaríamos la noticia de una enfermedad terminal: nos desesperaríamos, aceptaríamos la Voluntad de Dios o nos sentiríamos dichosos al saber que vamos a llegar a la felicidad eterna?

·   ¿Cómo recibiríamos la muerte de un ser querido?

El hombre viejo todavía huye del sufrimiento; el nuevo lo acepta gozoso, pues sabe que Dios lo usa en beneficio de otros, como lo hacía san Pablo: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24).

El hombre nuevo sabe que Dios todo lo dispone para nuestro bien y que de las manos de Dios solo pueden salir cosas buenas para sus hijos, aunque no las entienda. Paradójicamente, va entrando en un conocimiento nuevo, perfecto:

«revestíos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3, 10)

El conocimiento perfecto al que se refiere es la Cruz:

«la Cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios, e inutilizaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde,el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no demostró Dios que la sabiduría del mundo es necedad? Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 18-20. 22-24).

Es una sabiduría sobrenatural:

«hablamos de una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra» (1Co 2, 7).

Por eso, el hombre nuevo sabe que debe negarse a sí mismo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24; Mc 8, 34).

Y carga todos los días la Cruz con Cristo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame»(Lc 9, 23).

Es lo mismo que decir que el verdadero servidor de Jesús, el que sí lo ama, el hombre nuevo:

*  sirve a Dios, no se sirve de Él,

*  no considera su labor un privilegio sino un servicio de amor,

*  no se ocupa por saber los resultados de su servicio, sino en tener contento al Señor,

*  no admite ni da elogios,

*  no se preocupa de las opiniones de nadie; solo quiere agradar a Dios,

*  se niega a sí mismo en todo,

*  se oculta para no aparecer,

*  se mortifica (carga con Jesús la Cruz) para ayudar a realizar el plan de Dios,

*  ora intensamente, sabiendo que solo Dios convierte a las personas y

*  ofrece sus mortificaciones para que se cumpla ese plan, trazado desde la eternidad por la infinita sabiduría.

Estas son palabras dirigidas a hombres nuevos, porque ya son espirituales; no son para hombres viejos (carnales).

Con personas así se encontró san Pablo, y tuvo que escribirles:

«Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Ni aun lo soportáis al presente; […]  porque ¿no es verdad que sois carnales y vivís a lo humano?» (1Co 3, 1-3)

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Ciclo B, XXXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2012

¿Premio o castigo?

 

Pocas veces pensamos en las postrimerías del hombre: nuestro juicio, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio.

Al final del año litúrgico, la Iglesia nos pone de presente estas ineludibles realidades, para que pensemos en ellas. Nos estamos preparando para lo que pueda pasar, para lo eventual: tenemos seguro médico, seguro de accidentes, seguro para proteger el carro o la casa de un robo, seguro de estudios, seguro de incendio, seguro de terremoto, en fin, seguro para todo. Y nada de eso es seguro: no es seguro que nos enfermemos, que tengamos un accidente, que nos estrellemos en nuestro carro o que nos roben…

Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Habrá premio y habrá castigo: el profeta Daniel nos lo dice hoy: muchos se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Jesús, como lo dice hoy la Carta a los Hebreos, ha ofrecido por los pecados un solo sacrificio, y presentó a los hombres el camino de la salvación. Quienes se acojan a su bondad, y aprovechen ese sacrificio, mediante una sola oblación serán llevados a la perfección para siempre: serán santificados.

Y, ¿cómo debemos acogernos a su bondad?

Cumpliendo los mandamientos, aprovechando los Sacramentos y haciendo oración. Solo quienes hagan esto serán los elegidos que se congregarán desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Y serán eternamente felices.

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Las profundas cavernas del sentido*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 23, 2012

(Nota: el texto entre corchetes [ ] es añadido, para mejor comprensión.)

Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales son tan profundas, que no se llenan sino con infinito. Con lo que sufren cuando están vacías, podremos de alguna manera de ver lo que gozan y deleitan cuando están llenas de Dios.

Estas cavernas de las potencias, cuando no están vacías, purgadas y limpias de todo apego de criaturas, no sienten elvacío grande de su profunda capacidad; porque en esta vida basta cualquier cosita que se les pegue, para tenerlas tan distraídas y embelesadas que no sienten su privación, y no anhelan sus inmensos bienes ni conocen su capacidad. Y es cosa verdaderamente admirable que, siendo capaces de bienes infinitos, les baste el menor de todos los bienes para distraerlas de manera que no puedan recibir el verdadero Bien infinito, que es Dios, hasta que no se vacíen de esas pequeñas criaturas.

Pero cuando están vacías y limpias, es intolerable la sed, el hambre y el ansia de lo espiritual; porque, como son tan profundos los estómagos de estas cavernas, sufren profundamente, ya que el manjar que echan de menos tam¬bién es infinitamente profundo: es Dios.

Y este gran sentimiento comúnmente le ocurre a la persona hacia el final de la fase iluminativa, cuando ya está purificada su alma, pero todavía no ha llegado a la unión con Dios, donde ya se satisfará. Porque, como el apetito espiritual está vacío y purgado de toda criatura —y, por lo tanto no tiene apegos—, pierde el temple para lo natural y está templada para lo divino: tiene ya el vacío dispuesto y, como todavía no se le comunica lo divino, sufre intensamente por este vacío, y siente una sed de Dios que es más que el morir, especialmente cuando se le trasluce algún rayo divino que no se le comunica. Estos son los que padecen con un amor tan impaciente, que no pueden durar mucho sin recibir ese amor de Dios o morir.

La primera caverna es el entendimiento. Su vacío es una sed de Dios tan grande, que la compara David (Sal 41, 1) a la del ciervo (que dicen que es vehementísima), diciendo: Así como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, Dios. Y esta es sed de las aguas de la sabiduría de Dios, que es el objeto del entendimiento[: Jesucristo, la sabiduría encarnada].

La segunda caverna es la voluntad, y el vacío de ésta es un hambre de Dios tan grande que hace desfallecer al alma, según lo dice también David (Sal 83, 3): Codicia y desfallece mi alma a los tabernáculos del Señor. Y esta hambre es de la perfección de amor que el alma pretende[: el Espíritu Santo].

La tercera caverna es la memoria, y el vacío de ésta es deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios, como lo nota Jeremías (Lm 3, 20): Como con memoria me acordaré, y de Él mucho me acordaré, y se derretirá mi alma en mí; revolviendo estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios Padre[, que todo lo da].

Es, pues, profunda la capacidad de estas cavernas, porque lo que en ellas puede caber, que es Dios, es profundo de infinita bondad; y así será en cierta manera su capacidad infinita, y así su sed es infinita, su hambre también es profunda e infinita, su deshacimiento y pena es muerte infinita. Que, aunque no se padece tan inten¬samente como en la otra vida, pero padécese una viva imagen de aquella privación infinita, por estar el alma en cierta disposición para recibir su lleno. Aunque este penar es a otro temple, porque es en los senos de! amor de la voluntad, que no es el que alivia la pena, pues cuanto mayor es el amor, es tanto más impaciente por la posesión de su Dios, a quien espera por momentos de intensa codicia.

Pero, ¡válgame Dios!, si es verdad que, cuando el alma desea a Dios con entera verdad, tiene ya al que ama, como dice san Gregorio sobre san Juan, ¿cómo sufre de ansias por lo que ya tiene? Porque en el deseo que —dice san Pedro— tienen los ángeles de ver al Hijo de Dios (1 Pe 1, 12), no hay alguna pena o ansia, porque ya lo poseen. Aquí el alma, cuanto más desea a Dios más lo posee, y la posesión de Dios le da deleite y satisfacción. Es lo mismo que les ocurre a los ángeles, que desean y se deleitan en la posesión de Dios, saciando siempre su alma, sin el fastidio de llenarse; por lo cual, porque no hay fastidio, siempre desean, y porque hay posesión, no sufren. Así mismo, el alma siente aquí este deseo, con tanta sensación de saciedad y de deleite, cuanto mayor es su deseo, pues tanto más tiene a Dios.

En esta cuestión viene bien notar la diferencia que hay en tener a Dios por gracia, y en tenerlo también por unión: cuando se tiene a Dios únicamente por la gracia, se da el amor entre Dios y la criatura; pero cuando se lo tiene también por unión, se dan las comunicaciones de Dios al alma y del alma a Dios, que tanto placer producen. Entre estos dos modos de tener a Dios se puede deducir la diferencia que hay entre el desposorio y el matrimonio espiritual.
Porque en el desposorio se dan una semejanza y una sola voluntad de ambos y, además, el Esposo le regala al alma dones y virtudes; pero en el matrimonio hay también comunicación de las personas entre sí y la vivencia de una unión auténtica.
Cuando el alma ha llegado a tanta pureza en sí y en sus potencias, la voluntad está muy pura y purgada de otros gustos y apetitos, según la parte inferior [los sentidos corporales] y la superior [inteligencia, memoria, sentimientos, sensaciones, afectos, emociones…], por lo que también está dándole enteramente el sí a Dios, siendo ya la voluntad de Dios y la del alma una. Entonces la persona, en un consentimiento propio y libre, ha llegado a tener todo lo que puede a Dios (por vía de voluntad y gracia). Y esto se da porque Dios le ha dado en el sí de ella su verdadero sí y entero de su gracia.

Es éste es un alto estado de desposorio espiritual del alma con el Verbo, en el cual el Esposo la da grandes dádivas y la visita amorosísimamente muchas veces, en las que ella recibe grandes sabores y deleites.
Pero todo esto no se compara con los deleites del matrimonio espiritual, porque apenas son disposiciones para la unión del matrimonio; que, aunque es verdad que esto pasa en el alma que está purgadísima de todo apego de criatura (porque de otro modo no se hubiera hecho el des¬posorio espiritual, como dijimos), todavía es necesario que el alma tenga otras disposiciones positivas de Dios, de sus visitas y sus dones, con las que la va purificando, hermoseando y afinando más, para que esté decentemente dispuesta para tan alta unión. Y en esto pasa tiempo (en unas más y en otras menos), porque Dios lo va haciendo a la velocidad que tiene cada alma. Y esto está figurado por aquellas doncellas que fueron escogidas para el rey Asuero (Est 2, 2-4; 12, 4), que, aunque ya las habían sacado de sus tierras y de la casa de sus padres, antes que las llegasen al lecho del rey, las tenían un año (aunque en el palacio) encerradas: durante el primer semestre se estaban disponiendo con ciertos ungüentos de mirra y otras especies, y el otro medio año con otros ungüentos más finos; solo después de ello iban al lecho del rey.

Es en este tiempo de este desposorio y espera del matrimonio con las unciones del Espíritu Santo, cuando son más valiosos los ungüentos de disposiciones para la unión de Dios, cuando se dan las ansias de las cavernas del alma, extremadas y delicadas. Es que estos ungüentos disponen más próximamente a la unión con Dios, y por eso engolosinan a alma más finamente de Dios: el deseo se hace más fino y profundo, porque el deseo de Dios es disposición para unirse con Dios.

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª, verso 3, 18ss

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¿Justicia o misericordia?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2010

 

Somos solamente criaturas y, por lo tanto, somos imperfectos; Dios no. Por eso, porque Dios es perfecto, Él no puede dejar de ser infinitamente justo: aunque es verdad que es infinitamente misericordioso, también debe ser infinitamente justo; si no lo fuera, no sería perfecto y, por lo tanto, no sería Dios.

Y, ¿cómo puede ser a la vez infinitamente misericordioso e infinitamente justo?

Hay una regla establecida por el mismo Dios que combina con perfección ambos atributos suyos: habrá misericordia hasta el último instante de nuestras vidas. Pero habrá un momento en el que Dios —por su infinita sabiduría— sabrá que, por más tiempo y oportunidades que nos dé para corregir el mal y hacer el bien, ya no mejoraremos; entonces determinará el final de la vida temporal que nos dio, y nos llevará inmediatamente después de nuestra muerte a un juicio, y hará justicia.

Por eso, no son mentiras las que decimos cuando afirmamos que nosotros mismos nos condenamos, porque para ese momento Dios habrá agotado todos los medios que se le ocurrieron a su infinita misericordia para que nos arrepintiéramos durante esta vida terrenal.

La posibilidad que tenemos de sufrir un castigo eterno depende de dos privilegios que Dios nos regaló: un alma inmortal y la libertad. Es un gran acto de amor de Dios el que nos haya dado esas facultades, porque así nos parecemos más a Dios, pero por ellos tenemos el riesgo de caer y pecar. Los animales y las plantas, aunque son seres vivos, no tienen alma inmortal: al morir dejan de existir. Tampoco tienen la libertad de hacer el mal; por eso no tienen posibilidad de pecar y de condenarse.

En esta vida no hay premios: los premios se nos darán en el Cielo. Lo mismo ocurre con los castigos con los que pagaremos nuestras culpas: se llevarán a cabo en el purgatorio o en el infierno.

Aquí, los castigos que recibimos son correcciones amorosas, con las que Dios procura únicamente llevarnos al Cielo para hacernos felices, totalmente felices, inmensamente felices, eternamente felices…

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Ciclo C, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 30, 2010

Aprender a perdonar

 

«El que esté sin pecado, que tire la primera piedra».

San Juan también lo escribió: «El que diga que no ha pecado es un mentiroso». Hoy viene a nuestra memoria lo que hemos hecho en el pasado: los malos ratos que hemos hecho pasar a nuestros seres queridos, las envidias, las ocasiones en las que hemos pensado más en nosotros que en el bien de los demás…, y todos nuestros pecados: los pequeños y los grandes.

Todos los hombres tenemos el lastre del pecado original. A todos nos es difícil luchar por la perfección que Dios nos exige.

Si consideramos que los demás tienen esas mismas dificultades, y que han tenido circunstancias especiales en sus vidas que los han impulsado a actuar de un modo errado, aprenderemos a entenderlos y solo así podremos perdonarlos, aunque nos cueste.

Una pregunta: ¿Somos capaces de perdonar a quienes nos han hecho mal a nosotros o a nuestros seres queridos? Difícil, ¿no?

Pero tenemos una guía: dentro de unos días recordaremos a Jesús, agonizante, decir: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Este es el ejemplo. Este es el único camino para limpiarse definitivamente: perdonar todo.

Una vez hecho esto, experimentaremos la frescura de la pureza: sin odio ni rencor, estaremos listos para recibir la gracia del perdón de Dios por nuestras culpas y así, purificados, podremos asistir con altura a la Semana Santa.

Cuesta, es verdad; pero Dios nos dará la fuerza necesaria para lograrlo, porque eso es lo que Él quiere más: que, siguiendo su ejemplo, nos amemos los unos a los otros.

Además, este es el único camino para lograr la paz en nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, la de las naciones, la paz mundial.

Oigamos, como dicha para nosotros, la suave y cariñosa voz de Jesús: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

  

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Templar el acero*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2009

 

Después de una juventud llena de vicios y pecados, un hombre, que trabajaba en su taller de herrero, decidió entregar su vida a Dios.

 

Durante varios años se esforzó por ser un buen católico y practicó la caridad pero, a pesar de toda su dedicación, algunas cosas no parecían andar bien en su vida: sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

 

Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba le comentó:

 

«Realmente es muy extraño que, justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar.»

 

El herrero ya había pensado en eso mismo muchas veces, sin entender lo que acontecía en su vida; sin embargo, como deseaba contestarle a su amigo, comenzó a hablar mientras continuaba su trabajo, y terminó por encontrar la respuesta que buscaba:

 

«En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en las figuras que me piden. ¿Sabes cómo se hace eso?»

 

«Primero, caliento la hoja de acero hasta que se pone al rojo vivo. Enseguida, tomo el martillo y le doy varios golpes hasta que la pieza va adquiriendo la forma deseada. Luego, la sumerjo en un balde de agua fría; en ese momento se oye un ruido muy fuerte y el taller se llena de vapor a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir el procedimiento varias veces hasta obtener la figura perfecta, porque una sola vez no es suficiente.»

 

El herrero hizo una pausa y siguió:

 

«A veces, el acero no logra soportar ese tratamiento: el calor, los martillazos y el agua fría lo terminan llenando de rajaduras; en ese momento me doy cuenta de que ya no sirve, y entonces lo tiro a esa montaña de hierro viejo que ves a la entrada.»

 

Tras otra pausa, finalizó:

 

«Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que me da y el frío que hace sufrir al acero…»

 

Después de un silencio, se puso a orar en voz alta, como si su amigo no estuviera presente:

 

«Dios mío, no desistas hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo del modo que mejor te parezca, por el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de hierro viejo».

 

Lynell Waterman

 

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Los estigmas místicos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

El estigma es una huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos que estaban en éxtasis, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo.

Siempre se ha explicado que, en el proceso de la santidad a la que todos estamos llamados, y queriendo retribuir de algún modo el derroche de amor de Cristo para con nosotros, algunos han deseado identificarse tanto con Él, que Dios, en su inmensa misericordia y cuando su infinita sabiduría lo determina, les otorga el privilegio de vivir su misma Pasión, confiriéndoles participar de los estigmas que marcaron las manos, los pies y el costado de Jesús.

San Francisco de Asís fue el primero, en la historia del cristianismo, en recibir este milagro del amor divino. Luego, varias santas y santos han tenido la misma experiencia con estigmas visibles o invisibles.

Por otra parte, es admirable verificar cómo estos y todos los santos vivieron tantos y tan altos deleites y gozos espirituales, que nunca retrocedieron en la búsqueda de esa felicidad que se da en el encuentro con la divinidad. Solo así se puede explicar el martirio.

Sabemos también que ninguna vida santa estuvo exenta de sufrimiento. De hecho, los místicos, como san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, afirman que es imposible llegar a Dios sin pasar por la Cruz de Cristo.

El primero de ellos explica que el corazón del hombre debe estar vacío para que pueda entrar Dios, ya que Él no puede competir con las criaturas. Es necesario, por lo tanto, que se purifique de los apegos que posee, para vaciarse por completo y, así, ser llenado por Dios, único que puede calmar las ansias de felicidad que bullen siempre en su interior. Ese proceso de purificación se lleva a cabo atravesando dos «noches» —la noche oscura del sentido y la noche oscura del espíritu— dolorosas, antes de llegar al estado de perfección.

Para san Pablo de la Cruz ese estado de perfección es la muerte mística, que el alma debe experimentar para llegar con santidad a la divinidad. Muerta, es decir, purificada de todos los apegos y apetitos desordenados, el alma se hace susceptible del inefable Amor divino.

En ambos santos, morir a las imperfecciones es indispensable para que Dios pueda abrasar al alma con su amor, llenándola de esos maravillosos deleites y gozos espirituales, con los que queda prendada de Él y deseosa de nunca más apartarse de esa fuente inagotable de felicidad, por la que vive y muere de amor.

Estas imperfecciones o impurezas del alma consisten en que el ser humano, por la herida que le dejó el pecado original, se apega a lo creado: el cosmos, las plantas, los animales, los otros seres humanos y él mismo.

En vez de descubrir en las criaturas al Creador, y vivir enamorado de Él, admirándolo y alabándolo y bendiciéndolo por su propia vida y por la existencia de las demás criaturas, se queda absorto en ellas y en sí mismo, y hasta se enamora desordenadamente de sí mismo y de las otras criaturas, dándose y dándoles más valor que a Dios: lo creado se convierte en la finalidad de su vida y de su actuar, olvidándose de darle gloria a quien le dio la vida y le promete la eterna felicidad en el Cielo.

Por eso vino Jesús: para remediar el desprecio que el hombre le hizo a su Creador, sufrió una horrible Pasión y murió en una Cruz. Ahora el ser humano ha sido perdonado y tiene derecho a la felicidad sin fin.

Además, Jesucristo quiere que todos seamos tan felices como lo fueron los santos. De hecho, Él mismo nos dijo que fuéramos santos como nuestro Padre celestial. Y ser santo consiste en no pasar por el purgatorio, ese estado donde las almas pagan la pena temporal y se purgan de sus apegos, de sus apetitos desordenados, de sus imperfecciones…, en una palabra: de sus impurezas; pues nada impuro entrará en el Cielo para gozar del Amor infinito e inefable que Dios nos tiene preparado.

Y, como si fuera poco, se puede comenzar a experimentar esa dicha en la vida presente.

Quienes desean lograr ambas cosas, ser verdaderos santos y vivir en esta existencia esas dulzuras espirituales —regalo de Dios— tan enriquecedoras y bellas como ninguna otra, saben que es necesario ser cristiano hasta las últimas consecuencias, es decir, seguir decididamente a Cristo. Y eso significa vivir como Él y morir como Él.

A esa fascinante invitación se puede responder aceptando los estigmas místicos, es decir, unas marcas o señales en el alma, que, como los estigmas del cuerpo, son dolorosas, pero que están revestidas de la experiencia de lo divino y que, por lo tanto, llevarán al alma a paladear los más altos y más sublimes deleites que pueda experimentar el ser humano, deleites que no se pueden comparar con los placeres físicos, emocionales o afectivos que esta vida temporal pueda deparar.

Esas marcas místicas hacen sufrir, puesto que desarraigan en nosotros los apegos. Pero, luego de la herida, aparece una cicatriz en el alma, el estigma, prueba irrefutable de una batalla ganada en esa guerra por la felicidad eterna, y señal de deferencia divina.

A veces, la lucha interior —la ascética— será la encargada de ir eliminando los apegos; otras veces, el mismo Dios hará el trabajo sin participación activa del alma —la mística—: como para el ser humano es imposible lograr la santidad, el Señor, dueño de todo, irá puliendo esas impurezas del alma, los apetitos desordenados, para hacerla más digna de sí, más apta para su grandioso Amor. Ambos procesos producen dolor; de hecho, cuanto más arraigados están los apegos, tanto más duele erradicarlos.

Así, el alma va subiendo hacia Dios, hasta que es envuelta por ese Amor infinito, que llena todas sus ansias interiores de eterna bienaventuranza.

El proceso es dirigido por el Espíritu Santo y, en ocasiones, extrañará al alma el sistema que Él utiliza y los vericuetos por donde es guiada; pero ha de saberse que la sabiduría del Santo Espíritu sobrepasa infinitamente la del hombre, con lo que queda claro que la criatura no debe pretender entenderlo, pues no lo lograría.

Las virtudes teologales son las únicas que pueden llevar al alma a tan añorada meta.

Fe, creer en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…, en fin, en todo lo que se afirma en el Credo y en todo lo que está consignado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Esperanza en la vida eterna, donde y cuando el alma se encontrará con ese Ser maravilloso que sobrepasará con creces toda idea de felicidad: toda la belleza, toda la bondad, toda la verdad, todo el amor en un solo ser.

Y, por último, la Caridad o el Amor que se presiente ya en esta vida, en la entrega total a hacer la voluntad de Dios y a servir a los hombres, nuestros hermanos.

La consigna, entonces, es luchar por erradicar los apegos cuanto se pueda y, luego, abandonarse místicamente en Dios amándolo sin reservas egoístas, con la esperanza puesta en Él y solo en Él, y llenos de fe.

La Pasión del Señor

En cada renglón de la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo se encuentran lecciones utilísimas que el alma no debe desaprovechar, si quiere llegar a gozar de las delicias espirituales, junto a Dios.

Por eso, para cada estigma místico, vale la pena desgranar esas enseñanzas, paso a paso, como se muestra a continuación.

 

El estigma místico del servicio humilde

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo. Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde». Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo». Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo.

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. (Jn 13, 1-17)

Desde los primeros versículos, san Juan, el apóstol y evangelista, despierta en sus lectores la curiosidad por lo que va a suceder, escribiendo que Jesús, «sabiendo que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Es el modo de prepararse el alma para iniciar el camino hacia Dios: amar hasta el extremo, sin reservas. Se entrevé ya que el compromiso es total, que nada se debe guardar el alma para sí misma: se trata de una entrega completa, «hasta el extremo».

Lavar los pies era una labor de esclavos, y Jesús quiere que hagamos lo mismo con nuestros hermanos: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo». Si el Maestro da ese ejemplo, sus discípulos, los cristianos, ¿qué debemos hacer? ¿Servimos así a nuestros hermanos? Cuando prestamos cualquier servicio, ¿lo hacemos con esos sentimientos? ¿Hasta qué punto está el alma dispuesta a llegar?, ¿hasta la esclavitud?… «Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica». Se vislumbra una promesa: quien ponga en práctica este consejo será feliz, con el concepto de felicidad de todo un Dios. ¿No vale la pena intentarlo?

Un vistazo a nuestra vida pasada hará a más de uno recordar todas aquellas ocasiones en las que prestamos servicios por algún interés oscuro y escondido: para que nos admiren, para que digan que somos buenos…; y Jesús lo que desea es nuestra humildad. Otras veces lo hicimos para ganarnos la aceptación de alguien y sacar de él o de ella algún provecho, para «cobrar» más adelante el servicio…; y Jesús busca que aprendamos a amar sin esperar nada a cambio. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¡Cuánto por corregir!

Cada corrección producirá una cicatriz, pero nos acercará a la meta final.

A continuación, léase lo que el mismo Jesús dictó acerca de este episodio del Evangelio a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús[1], a comienzos del siglo XX:

«Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles… Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.»

Y nosotros, ¿cuántas veces excluimos a los demás porque, a nuestro juicio, son pecadores? ¿Cuántas veces los despreciamos, en vez de aprender el inmenso Amor que acongoja el Corazón de Jesús por la pérdida de las almas y la continua invitación que les hace: «os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo.».? ¿Qué tan lejos estamos de tener los sentimientos de Jesús?

¿Recordamos que hay que «humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas […] ceñirse con la mortificación y la propia abnegación […] lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos»? ¿Cuánta rudeza hay para con los pecadores? ¿Nos humillamos realmente? ¿Nos abnegamos y nos mortificamos por los pecadores y por nuestros seres queridos? ¿Cuántas veces divulgamos los defectos de los demás?; o, por el contrario, ¿los disimulamos y los excusamos como Jesús quiere?

Para erradicar estas infecciones se requiere de mucha lucha interior (ascética) y de ayuda del Espíritu Santo (mística), lucha y ayuda espiritual que producirán en nuestras almas el estigma místico del servicio humilde. 

Por lo tanto, conviene realizar actos de servicio llenos de humildad, muestras de cariño fraternal para con los pecadores, orar y mortificarse constantemente por ellos, saber abnegarse en los gustos y en las aficiones, entrenarse en callar cuando se ven los defectos de los demás, disculparlos siempre…

Además, es imprescindible orar para pedir la ayuda del Espíritu Santo, con perseverancia y confiando en que esa ayuda llegará, cuando y como Él lo juzgue mejor.

 

El estigma místico del amor a los enemigos

Sigamos analizando el Evangelio:

«No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra Mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy». Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar». (Jn 13, 18-19. 21)

Jesús estaba dolido por la certeza que tenía de que Judas lo traicionaría pero, a pesar de saberlo, Él no hará lo mismo: «aun cuando [las almas] estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas».

En estos versículos se deduce un gesto maravilloso del Amor divino: devolver bien por mal, ahogar el mal en abundancia de bien. ¿Actuamos así? ¿Hacemos esto por quienes nos ofenden? ¿Lo hacemos con cariño, con amor verdadero?, ¿como Jesús? ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por la ira!

En cambio, Jesús, delante de Judas, dice lo que va a suceder, como dándole una oportunidad más para que recapacite. Y lo seguirá haciendo: más y más oportunidades para estimular el amor de quien lo hiere.

¿Cuántas oportunidades le damos a quienes nos ofenden? ¿Les hablamos con cariño, pensando en su bienestar espiritual? O, por el contrario, ¿los ignoramos? O, peor, ¿nos lanzamos a atacarlos?…

¡Cuánto cuesta purificarnos en este sentido! Pero vale la pena: compartiremos con Nuestro Señor el dolor que le causamos los hombres durante toda la historia de la humanidad; al fin y al cabo, nos lo merecíamos nosotros, ¡no Él!. Y lo mejor: tendremos otro estigma místico, muestra de su predilección por nosotros, con lo que iremos ganando en pureza, para —algún día— hacernos aptos de su Amor total y disfrutar de los gozos y deleites espirituales que nos tiene reservados.

 

El estigma místico del amor al prójimo

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en Él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, Yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde Yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como Yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por Mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». (Jn 13, 31-38)

Las fuerzas para seguir al Señor y para morir por Él no son nuestras: nos las da el Espíritu Santo, cuando lo juzgue necesario. Para llegar a gozar de la felicidad, es cierto, tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestros apegos por las criaturas, de modo que Jesús viva en nosotros.

Pero Él especifica que primero debemos amarnos como nos amó Jesús. Después llegará esa fuerza que nos hará capaces de dar la vida, en una muerte mística, para poder tener acceso al Cielo: solo cuando estemos totalmente puros seremos idóneos para gozar de la felicidad que nos ofrece Dios.

Ese paso previo, amarnos como nos amó Jesús, ¿cómo lo estamos viviendo? Jesús nos amó padeciendo y muriendo en una Cruz. ¿Nos amamos así? ¿No es verdad que todavía queda mucho por purificar? ¿No es verdad que todavía estamos muy apegados a nosotros mismos?

Amar significa vivir y morir por la felicidad de quien amamos; ¿estamos haciendo eso por los demás? ¿Cuánto oramos por ellos? ¿Cuántos sacrificios ofrecemos por ellos? ¿Cuánto tiempo les damos?…

Solo cuando aprendamos a amar, podremos seguir al Señor en la muerte mística, presagio de nuestra felicidad.

 

El estigma místico de aceptar el desprecio

Acudamos de nuevo al Evangelio:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que Yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a Mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes? Les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora su pecado no tiene disculpa. El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que nadie hizo jamás, no serían culpables de pecado; pero las han visto y me han odiado a Mí y a mi Padre. Así se cumple la palabra que se puede leer en su Ley: Me odiaron sin causa alguna. Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser Él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de Mí. Y ustedes también darán testimonio de Mí, pues han estado conmigo desde el principio. Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a Mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho». (Jn 15, 18 — 16, 4)

Esta perícopa muestra otro proceso de purificación —indispensable— que se lleva a cabo en el alma de quien desea llegar a la muerte mística del yo, y permitir así la acción imponderable del Espíritu Santo en el alma.

El mundo nos odia, porque seguimos a Cristo y, por eso mismo, no somos del mundo.

El mundo, en la Escritura, casi siempre da a entender los apegos por las criaturas, el apetito desordenado de bienes terrenos o, como dijera el mismo evangelista, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida. Esto significa que nuestro corazón está arraigado en los bienes —criaturas, al fin y al cabo—, con lo que le impedimos a Dios su acción benéfica en nuestra alma.

Una vez eliminado el apego por el mundo, puestas las miras en el Creador, el Espíritu Santo abraza al alma con su Amor, mientras que el resto de los hombres (apegados todavía al mundo) nos ve como extraños, locos o estúpidos. Y es que el demonio les dice que a esos tales hay que odiarlos, puesto que con su testimonio gritan que hay que arrancar todo placer mundano, cosa que el mundo no puede aceptar, dado el apego tan grande con que los tiene dominados.

Ese odio que nos tienen ya se lo tuvieron a Jesús. Y fue tan grande, que lo mataron. ¿Somos capaces de soportar por amor a Jesús el desdén, el desprecio, el odio? Hay que sacar el bisturí para cortar donde sea necesario. O, si no podemos solos, orar para que el Señor lo haga: que nos purifique de nuestro apego al «qué dirán», del apego a nuestra imagen, etc. Dolerá, pero se limpiará nuestro corazón para que quepa Jesús más a sus anchas, más cómodo, desde donde nos llenará de su Amor.

El estigma que quedará, el del desprecio de los demás, nos enseñará a valorar las cosas, las circunstancias y los seres como son en realidad, no como erróneamente las valorábamos antes. Y así nos iremos dando cuenta de que, junto a Dios somos unas simples criaturas que nada merecen, pero que son infinitamente amadas por el Señor.

 

El estigma místico de no sentir a Dios

«Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver». Algunos discípulos se preguntaban: «¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”?» Y se preguntaban: «¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir». Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: «Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver. En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo. La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo! Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero Yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo». (Jn 16, 16-22)

Sucede con frecuencia (y aun en medio del desprecio de los demás y de otras heridas): sentimos que Dios no está presente, que se ha alejado; parece como que se olvidó de nosotros… Primero, habíamos sentido su presencia, quizá con visiones espirituales, quizá con locuciones interiores, quizá con sentimientos de gozo… Y, de pronto, sequedad, silencio.

Es el momento de dar gracias: el Señor nos está enseñando que no debemos apoyarnos en esas cosas para progresar en la vida espiritual y/o nos está probando (en el sentido de producir el efecto que se necesita): nos está purificando, para que desaparezcan esos apegos a los favores espirituales que a veces nos regala, para que nuestro corazón lo ame solo a Él, no a sus dones.

Con esta purificación avanza muchísimo más el alma, que si nos regalara más y más obsequios espirituales. Es necesario aprender, además, que esas gracias vienen a nuestra alma porque Él así lo quiere, no por mérito alguno de nuestra parte. Además, poco a poco iremos aprendiendo si esas cosas que sentimos provienen realmente de Dios o, por el contrario, las envía el demonio o son producto de nuestra imaginación, en razón de nuestra pequeñez.

Como se ve, en la medida que avanza nuestra meditación de la Pasión de Nuestro Señor, el Espíritu Santo va purificando y embelleciendo al alma para hacerla más apta de la alteza de Dios, para que, como lo dijo en el extracto evangélico que estamos analizando, nuestro corazón se llenará de alegría, y nadie nos podrá arrebatar ese gozo.

Pero los estigmas deben seguir viniendo, hasta que lleguemos a la muerte mística, encuentro profundo con la deidad.

 

El estigma místico de la obediencia

Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras voy a orar». Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia, y les dijo: «Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos». Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: «Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú». (Mc 14, 32-36)

Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo. (Lc 22, 44)

Es este un momento realmente impresionante en la vida de Cristo, en el nunca se profundizará suficientemente. Como hombre que era, llegó a sentir «temor y angustia» «de muerte» ante la inminente Pasión. Y como hombre, suplicó que, «si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora».

Tal vez hemos pasado por momentos similares: angustias que se manifiestan en circunstancias determinadas, como aflicción, congoja o ansiedad; temores opresivos sin causa precisa; o simplemente aprietos, situaciones apuradas… ¿Cómo reaccionamos? ¿Queremos aceptar radicalmente la voluntad de Dios? ¿Queremos llevar este estigma para consolar al Señor, para ayudarlo a salvar almas, para hacer justicia (somos nosotros quienes deberíamos pasar por ese momento y por toda la Pasión), para darle gloria a Dios, en fin, para amar?

Es más: ¿somos generosos como lo fue Jesús? ¿Decimos en esos momentos difíciles con Jesús «No se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú»?

Si, en medio de los aprietos, temores y angustias nos ofrecemos voluntariamente a Dios para seguir sufriendo por amor a Él y por amor a la humanidad, habremos marcado el alma con este maravilloso estigma, con el que nos acercaremos paulatinamente a la añorada muerte mística: sólo desear, saber y entender la vida de Jesús —humilde despreciado y desconocido—, camino, verdad y vida[2].

Esto es, nada menos, que la santidad misma: hacer en todo momento la Voluntad de Dios, sabiendo que es siempre lo mejor para nosotros, aun cuando sea dolorosa y parezca difícil de realizar o, incluso, imposible.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir. Recordemos que siempre contamos con su ayuda divina para todo lo que nos pida.

Leamos las palabras que, al respecto, le dijo a sor Josefa Menéndez:

«Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos…, después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… Les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní…, a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarlo, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador, y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…» [3]

Nacen varias preguntas: ¿Nos ponemos en actitud de silencio y oración siempre que llegan la angustia, la amargura, la tristeza? ¿Nos ofrecemos como víctimas para salvar a tantas y tantas almas que, sin otra ayuda se perderían irremediablemente? ¿Cuánta es nuestra generosidad? ¿Nos gana el miedo a la hora de padecer por Cristo, con Cristo y en Cristo, aceptando radicalmente la Voluntad de nuestro amoroso Padre?…

«Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde…, en un establo, lejos de mi casa y de mi patria…, de noche…, en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre san José…, no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa…; y, sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazareth y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas…, a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consiste en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.»

 

El estigma místico de permanecer despiertos

Sigue la narración de la Pasión:

Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne, débil». Y se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras. Al volver otra vez, los encontró de nuevo dormidos, pues no podían resistir el sueño y no sabían qué decirle. Vino por tercera vez, y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Está hecho, llegó la hora. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores». (Mc 14, 37-41)

¡Cuántas veces nos «dormimos» haciendo oración, cuántas veces nos «dormimos» en nuestros egoísmos y no escuchamos al Señor, cuántas veces nos «dormimos» en nuestra pereza y no hacemos lo que Él nos pide!

A los Apóstoles les quedó perfectamente claro que para no caer en la tentación hay que estar despiertos y orar. Y, ¿a nosotros? Las tentaciones vienen cada momento. Por consiguiente, ¿cuánto tiempo diario dedicamos a la oración mental, a ese diálogo (no monólogo) entre Dios y la criatura? ¿Acaso no sabemos que es imposible amar a alguien sin entablar una amistad? Y, ¿cómo entablaremos una amistad sin iniciar un trato y ser asiduos en él?

Jesús nos dio ejemplo: muchas veces se retiraba a orar en el silencio y la soledad; incluso cuando estaba cansado de predicar y hacer milagros; de mañana, antes de que amaneciera, o en la noche; al comenzar su vida pública o al prepararse para escoger a sus Apóstoles. Tanto lo hizo, que un día sus Apóstoles le pidieron que les enseñara a orar.

Solo las mujeres y hombres de oración pueden llegar a la santidad. Y solo ellos podrán adquirir los estigmas místicos…

«Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia…, para que hiciesen oración conmigo…, para descansar en ellos…; pero, ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia…, y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: «Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz».

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: «No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…» ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: «Padre mío». Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. ¡Muchas se perderían…, muchísimas me ofenderían y otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… Y, sin embargo, ¡inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y, sin embargo…, ¡ah!, en aquel momento vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña…, ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… Y, ¿quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…» [4]

Dice Jesús: «Quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas». Y nosotros, ¿cuántas veces, en nuestros momentos difíciles, acudimos a refugiarnos vanamente en las criaturas, en vez de acudir al Creador?, ¿al único que puede aliviarnos totalmente?

Por otra parte, ¿cómo reaccionamos ante ese derroche de amor, ante ese derramamiento de la preciosísima Sangre de Jesús, postrado en oración? ¿Le volvemos la espalda, como Él dice? ¿Somos fieles en escuchar su voz?…, ¿o la escuchamos pero sin seguirla? ¿No es verdad que, a veces, respondemos al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caemos en el sueño de la tibieza? ¿Qué dicen nuestras obras?, ¿que ya hemos trabajado bastante?, ¿que hemos sido escrupulosamente fieles hasta en los menores detalles, que hemos mortificado nuestra naturaleza y hemos llevado una vida de abnegación y que bien podemos permitirnos ahora un poco más de libertad?, ¿que ya no somos niños, que ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación?… ¿Que nos podemos dispensar de lo que nos molesta?…

¡Cuánta valentía y perseverancia nos falta! ¡Debemos permanecer despiertos para llevar la Cruz con Jesús y, después, participar de su eterna gloria en el Cielo! El único que puede dárnosla es Él. ¿Qué esperamos?

 

El estigma místico de aceptar la traición

Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. .Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?» Contestaron: «A Jesús el Nazareno». Jesús dijo: «Yo soy». Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. (Jn 18, 1-5)

El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; deténganlo y llévenlo bien custodiado». Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús diciendo: «¡Maestro, Maestro!» y lo besó. (Mc 14, 44-45)

Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48)

Todos hemos sido traicionados alguna vez: grandes traiciones o traiciones pequeñas. ¿Cómo reaccionamos? ¿Sabemos perdonar? ¿Aceptamos esas traiciones como lo que son: la Cruz de Cristo que se nos ofrece para purificarnos?

Otra cosa: cuando nos traicionan, ¿nos acordamos de la inmensa traición que le hicimos a Jesús?

Escuchémoslo:

«Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah!, ¿qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho…, que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden…, y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas…, ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas!, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce…, uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid…, porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: «Yo soy».

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas…, había llegado mi hora…, y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.» [5]

¡Cuánto nos enseña este estigma de la traición! No hay mucho qué añadir. ¡Aquí tenemos tanto por mejorar!

 

El estigma místico de apreciar el abandono

Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mt 26, 56b)

Entonces lo apresaron y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a distancia. Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor; Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. Como estaba ahí sentado en la claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo, dijo: «Este también estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». Como una hora más tarde, otro afirmaba: «Seguramente éste estaba con Él, pues, además, es galileo». De nuevo Pedro lo negó diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo cantó. El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de Él y a darle golpes. Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó». Y proferían toda clase de insultos contra Él. (Lc 22, 54-65)

¿Nos hemos sentido abandonados?, ¿solos? ¿Hemos experimentado la negación de un amigo, de un ser querido? Aunque duela, es necesario pasar por este trance: sentirse abandonado de los nuestros es un estigma místico que limpia profundamente al alma. Nos desapega de nuestro amor propio, de ese deseo impuro de sentirnos amados por las criaturas; así, el alma se vacía para que ingrese solo el Amor de Dios, con el que podremos ascender libres —sin peso alguno— por esa escalera hacia la unión mística con Dios.

De modo, pues, que cuando venga el abandono, la mayor soledad de todas, ¡a dar gracias a Dios! Y a aprovechar al máximo esa oportunidad.

«¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña…, si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia, impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… El también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.» [6]

 

El estigma místico de estimar el silencio

Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías. Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días». Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» Pero Jesús se quedó callado. (Mt 26, 57-63)

Puede sorprender este silencio de Jesús ante las acusaciones injustas. El ejemplo que nos dejó es muy útil para nuestra alma. Se purificará de ese excesivo amor propio, principal escollo para llegar a Dios. Efectivamente, la soberbia fue el pecado con el que Lucifer atacó a Dios, el mismo con el que Adán y Eva ofendieron a Dios y es el que ahora se interpone entre el Amor de Dios y la criatura. Solo la humildad atrae las gracias de Dios.

Por eso conviene hacer un examen profundo: ¿cómo actuamos cuando nos critican? ¿Qué hacemos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que hablan mal de nosotros? ¿Nos produce dolor o ira que nos acusen falsamente?… No somos todavía como Cristo si nos defendemos, si nos excusamos, si nos ponemos a exponer o a alegar causas o razones para explicar nuestras acciones o para que se borre de las mentes de los demás la culpa que se nos imputa…

Visto el silencio desde otro punto de vista, preguntémonos: ¿Por qué hablamos tanto? ¿Cuáles son los vacíos que queremos llenar con tantas palabras?

Otra vez, es mucho lo que debemos corregir y, también, es mucho lo que el Espíritu Santo debe reparar.

 

El estigma místico de la valentía

De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?». Jesús respondió: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y dijo: «¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír sus palabras blasfemas. ¿Qué les parece?» Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte. (Mc 14, 61-64)

Jesús sabía que su respuesta lo llevaría a la muerte; sin embargo, no solo no dudó un momento en contestar afirmativamente, sino que reiteró su asentimiento diciendo lo que ellos estaban esperando para condenarlo: «Un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». Ya no había necesidad de hacer más preguntas: a su juicio, era culpable.

Esa valentía no es posible si el amor de Dios no está en nuestros corazones.

 

El estigma místico de unirse a la prisión de Jesús

Luego comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!» (Mt 26, 67-68)

Veamos ahora lo que sintió y vivió Jesús en la prisión, para acompañarlo místicamente:

«Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera…, pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre…, ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza, ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse…, con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación…, una contrariedad…, una pena de familia o un momento de soledad y desolación…, decirme desde el fondo del alma: «te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad»?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí…, y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia…, después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa…, cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos…, escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir…, ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…»

¿Comprenderemos, ahora, los sentimientos del Corazón más amante del mundo? ¿Seremos capaces de seguir sus huellas?

 

Los estigmas místicos de la flagelación

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. (Jn 19, 1)

El Cuerpo de Jesús ya estaba lleno de heridas y moretones producidos por los golpes de los soldados y, además, estaba —como vimos— exhausto por el cansancio de la noche anterior: primero, las emociones que vivió en la despedida con sus apóstoles y la traición de Judas; luego, la oración intensa en Getsemaní; después, la noche solitaria y fría en la cárcel; más adelante, la levantada y el traslado para el juicio con Pilato; éste lo mandó a Herodes, quien lo devolvió… Y ahora, pone sus brazos mansamente en la columna, para ser atado a ella, y los soldados empiezan a descargar terribles azotes con cuerdas embreadas y con varas, llenos de malvada crueldad…

Al meditar en esto, muchos santos mártires se han entregado voluntariamente a compartir esa afrenta física y psicológica que sufrió Jesús por amor, con un desprendimiento tal, que han logrado llegar a los altares. Otros muchos, escondidos en el silencio de la historia, han seguido sus pasos, dejándose azotar hasta tocar casi la muerte…

Y nosotros, ¿no es verdad que cuidamos nuestro cuerpo con exagerada y casi enfermiza autocompasión? ¿No nos quejamos, a veces, por una pequeña herida que nos hacemos?

Si el alma se ve impulsada por el Espíritu Santo a compartir este dolor del Amor de los amores y sólo si nuestro director espiritual lo autoriza y en la medida que él lo autorice, haremos muy bien en aliviar los padecimientos de Cristo, completando, como diría san Pablo en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Pero aquí encontramos más tesoros:

«Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto…, sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno, sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo…, sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilato, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros…, ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas…, las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah! ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor…, contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.»

Aceptemos la flagelación diaria que nos producen cuando nos critican, nos ofenden, nos vituperan, nos hieren, nos quitan nuestros derechos, nos amenazan o pasan por encima de nosotros…, en todas las circunstancias adversas de la vida. Aceptemos también cada dolor físico que, por pequeño que sea, se hará grande por el amor con que lo hagamos: accidentes, enfermedades, cirugías, etc. Eso, con constancia y unión a lo que sufrió Jesús, poco a poco, será bálsamo para las heridas del Señor y producirá los estigmas místicos de la flagelación en nuestras almas… ¡Amemos con Él y como Él!

 

El estigma místico de la coronación de espinas

Los soldados lo llevaron al pretorio, que es el patio interior, y llamaron a todos sus compañeros. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas. Después comenzaron a saludarlo: «¡Viva el rey de los judíos!» Y lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y se arrodillaban ante Él para rendirle homenaje. (Mc 15, 16-19)

¿Coronarnos de espinas? Sí: Dios, Rey, Señor de señores, Creador y dueño del universo, prefirió una corona de espinas a la que merecía.

Y nosotros, simples criaturas de barro, llenos de pecados, de faltas de amor, de faltas de obediencia, de faltas de fe, de faltas de humildad… ¿qué merecemos?

A veces creemos que merecemos cosas y, ¿qué tenemos que no nos lo haya dado Dios? Dios nos dio la vida, el cuerpo y el alma que poseemos, las cualidades que nos regaló… Un solo momento que el Creador deje de pensar en nosotros para darnos la vida y…, ¡moriremos! ¡Ni siquiera la vida que tenemos es nuestra!: nuestro ser es prestado. Somos nada; esta es la realidad más verídica y cierta de la vida.

Dios le dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3, 14). Cuando el hombre se hace consciente de que su vida es prestada, de que es nada, es cuando conoce la verdad, su verdadera realidad. Y es cuando se hace humilde: deja la soberbia.

Y, ¿qué méritos tenemos? De hecho, ¡nos merecíamos el infierno! Otra cosa es que Jesús pagó nuestro rescate.

Por consiguiente, ¿de qué nos gloriamos?; ¿de qué presumimos?; ¿qué nos merecemos?…

Sí; es verdad: Jesús nos ama, y nos ama tanto que dio su vida para regalarnos la posibilidad de ir al Cielo. Pero eso es otro regalo inmerecido. Y son inmerecidos todos los demás regalos: la Iglesia, los sacerdotes, el Sacramento de la Reconciliación cada vez que pecamos, la Eucaristía, el poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los demás Sacramentos…, en fin, las muestras de la infinita misericordia de Dios.

¡Coronémonos de espinas!: aceptemos toda cruz que nos llegue para acallar nuestra soberbia y, si es mayor nuestro amor y agradecimiento,  —con la anuencia del Espíritu Santo, es decir, del director espiritual, cómo y cuándo él lo permita—, compartamos con ese Jesús–Amor esa corona de espinas que usaron y usan muchos santos.

Hagamos un propósito firme: ¡Ya nunca más dejaremos que la soberbia —sentirnos más que la nada que somos— aflore en nuestras vidas! Y, si alguna vez fallamos (que seguro fallaremos), a rectificar y a dar la gloria sólo a Dios.

Ahora, acompañemos en los sentimientos que abrumaban a Jesús:

«Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿conque eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían…, otros me insultaban…, otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales…, entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo…, como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehuyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehusan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah! ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y…, quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y, sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria…, más consuelo…, más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo…, se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?»

Recordémoslo: somos nada. Desde esta humildad iniciaremos nuestro viaje místico hacia el encuentro con Dios, para que nos siga llenando de su ser y de su amor, hasta que, purificados por completo en una muerte mística de nuestro «yo» (que tanto estorba), viva Cristo en nosotros, como lo expresó san Pablo: «Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

El estigma místico de que sean preferidos los demás

Hay que borrar toda imperfección, y una de ellas es querer ser preferidos a los demás. Leamos:

Cada año, con ocasión de la Pascua, Pilato solía dejar en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había uno, llamado Barrabás, que había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín. Cuando el pueblo subió y empezó a pedir la gracia como de costumbre, Pilato les preguntó: «¿Quieren que ponga en libertad al rey de los judíos?» Pues Pilato veía que los jefes de los sacerdotes le entregaban a Jesús por una cuestión de rivalidad. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato les dijo: «¿Qué voy a hacer con el que ustedes llaman rey de los judíos?». La gente gritó: «¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Y gritaron con más fuerza: «¡Crucifícalo!» Pilato quiso dar satisfacción al pueblo: dejó, pues, en libertad a Barrabás y sentenció a muerte a Jesús. (Mc 15, 6-15)

Nunca hubo un juicio más injusto para un Hombre tan justo:

«Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y, ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!…, ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!…, ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilato ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!»

¿Aprenderemos?

 

El estigma místico de cargar la cruz cada día

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. (Jn 19, 17)

Ya lo había anunciado Él mismo: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga»(Lc 9, 23). Ahora lo está cumpliendo.

Nosotros, que queremos seguirlo, ¿cargamos con la cruz de cada día?, ¿nos negamos a nosotros mismos? O, más bien, ¿nos damos todos los gustos egoístas y materiales posibles?…

Es verdad que se necesita mucha valentía para aceptar y vivir este propósito tan elevado pero, ¿vamos a dejar solo a Jesús? Ya otros han emprendido esta gigantesca tarea de amor, y se han ganado el Cielo y las delicias diarias del contacto directo con Dios: unos toques espirituales de la divinidad que no se pueden cambiar por nada en el mundo. ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena!

«En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del Cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras, almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro…, sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo, y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios…, y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo…, y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!» [7]

¿Nos uniremos valerosamente a ese par de Corazones que destilan tanto amor? Ya sé que no somos capaces pero, ¡con ellos lo lograremos!

Lo repito: ¡Vale la pena!

En ese momento, un tal Simón de Cirene, que es el padre de Alejandro y de Rufo, volvía del campo; los soldados lo obligaron a que llevara la Cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

Ahora veamos cómo cargar la Cruz:

«Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado, o sea, que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas sí pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, que se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme…, consolarme…, se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento…; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas, en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.» [8]

Hagamos este propósito: cuando llegue la Cruz, digámosle al Señor:

«Gracias, Jesús, por ese privilegio que me das, gracias por hacerme compartir tus sufrimientos, gracias por dejar que yo —siendo nada— te dé gloria de esta manera tan especial, gracias por esta muestra de tu predilección por mí… Y si quieres más, ¡tómame y haz de mí lo que quieras!

¿Necesitas que sufra un poco más por ti? –He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu palabra. Déjame mostrarte mi amor.

¿Te sirve que padezca más por la salvación de las almas? –¡Aquí me tienes! Déjame mostrarte mi amor.

¿Quieres que soporte mucho más dolor, que me una aún más a ti en la Cruz? –Sé que me darás las fuerzas para soportarlo. Tómame y haz lo que desees. Soy tuyo… ¡Para siempre!»

¡Que difícil es para un alma acostumbrada a vivir en la blandura de su propio egoísmo dar este paso! Pero solo quienes lo han intentado han comprendido lo que es el amor verdadero; han aprendido que solo así se encuentra la paz, la alegría y la felicidad verdaderas.

Antes de esta experiencia, nada sabemos del amor, nada entendemos de progreso espiritual… Después de traspasar este umbral, lo que creíamos que nos daría felicidad es apenas un esbozo tosco, minúsculo y pobre de la legítima, verdadera e imperecedera felicidad. Se entra a una estancia de placeres jamás imaginados, antesala del Cielo.

 

El estigma místico de la crucifixión

Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús. Después de clavar a Jesús en la Cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: «No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca». (Jn 18; 23-24)

Si es difícil aceptar el estigma místico de cargar la Cruz de Cristo, ¡cuánto nos costará ser crucificados místicamente con Él! Nos quejamos por cualquier pinchazo que nos hacemos y, ¿vamos a ser capaces de soportar una crucifixión?

Pero hay un camino para llenarnos de valor: pensemos en el ser humano que más amemos: un hijo, por ejemplo. Si se nos aparece Jesucristo y nos dice: «¿Qué serías capaz de hacer por él? ¿Serías capaz de morir en una cruz, como Yo?» Estoy seguro de que si Jesús nos garantizara la salvación de nuestro hijo si morimos así, nadie dudaría en entregarse a ese tormento, pidiéndole a Dios la fortaleza necesaria para soportarlo.

Pensemos que a quien más debemos amar es a Jesús: fue capaz de morir como nos lo merecíamos nosotros. Si Él ha hecho eso por nosotros, ¿nosotros qué debemos hacer por Él?

Los que deberíamos padecer semejante suplicio somos nosotros. Es más: merecíamos soportar ese castigo toda la eternidad, puesto que ofendimos a un Dios eterno. Lo justo es que nosotros paguemos nuestra deuda, no Él. Por lo tanto, llenémonos de fortaleza divina y —valientes— devolvamos Amor con amor; nunca alcanzaremos ese Amor (con mayúscula) pero, por lo menos, daremos lo que podamos.

Y, ¿cómo haremos tal cosa? Místicamente. Espiritualmente.

Vayamos al Calvario con Él, junto con los estigmas místicos que hemos estudiado (viviéndolos ya) y, desnudos de toda atadura del «yo» y de cualquier otro apego, coloquémonos detrás de la Cruz, donde nadie nos puede ver; dejemos que los clavos, después de traspasar a Jesús y al santo madero de la Cruz, atraviesen también nuestras manos y pies para perder con Jesús toda libertad humana, para anonadarnos y anularnos con Él y para llenarnos de la fuerza de su Amor.

Tres clavos, que representan las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad, con las que nos quedamos, después de despojarnos de todo lo demás, para ir al encuentro con la divinidad: creer en Dios por encima de todo, sin prueba alguna y aun contra toda expectativa, esperar en el encuentro definitivo con Él para ser inmensa e infinitamente felices y amarlo por encima de todas las cosas[9].

Tres clavos que arrancarán de nuestras vidas a los tres enemigos del hombre: la Fe acabará con las insidias del Demonio; la Esperanza nos apartará del atractivo del mundo; y la Caridad nos concentrará tanto en el Amor de los amores, que nada nos atraerán los apetitos de la carne.

Tres clavos que nos alejarán de la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Tres clavos que nos pondrán las únicas metas por las que lucharemos de ahora en adelante: dar gloria a Dios Padre, ayudar a Jesucristo a salvar almas y repartir el Amor del Espíritu Santo.

Luego de esta mística crucifixión, solo queda esperar el abrazo y el abraso del Amor divino, felicidad en plenitud de cualquier ser humano. Y, luego, el Cielo.

«Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero…, ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha…, resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda…, ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren…, los nervios se desgarran…, los huesos se descoyuntan…, ¡el dolor es inmenso!…, mis pies quedan traspasados…, ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados…, este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del Cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el Cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y, ¿qué rehusarás a mi amor? »

 

El estigma místico del perdón

Siempre impresiona volver a oír cómo, después de semejante ensañamiento, Jesús es capaz de perdonar a sus verdugos:

Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34a)

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades…; mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

Se necesita estar muy desapegado para llegar a este extremo. Pero muchos, comenzando por Esteban, llegaron al mismo límite de Amor.

Basta amar con el Corazón de Dios. Podemos empezar orando por nuestros agresores, todos los días. Y es más fácil hacerlo a través de la Virgen María, nuestra Madre, porque para ella todos somos hermanos: tanto los agredidos como los agresores están en su corazón de Madre. Su dulzura nos facilitará el camino del perdón. Día a día, oración tras oración, Ella irá ablandando nuestro corazón de piedra hasta hacernos amar a nuestros enemigos; sí, amar; amar con toda el alma a nuestros ofensores. Y llegar hasta el extremo de ofrecer esas afrentas por ellos mismos, con el deseo de que sean felices. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús, y Él es nuestra meta: desde la cruz en la que estemos, amar con perdón sincero a todos los que nos tienen en esa cruz.

¡Qué bella purificación!: no solo nos hacemos aptos del Amor de Dios, sino que nos llenamos de paz. Paz interior que brota hacia los demás. Paz verdadera; de esa que nunca se va. Paz que se conduele del arrepentido:

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Porque había sobre la Cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de Mí cuando entres en tu Reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes…, ella te conduce a la vida eterna.

 

El estigma místico del desamparo total

Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. .Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Jn 25, 25-27)

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

Se despojó de todo lo que tenía. Nos dio lo último que le quedaba: su Madre, para que también fuera nuestra.

Pero ahí no paró en el desamparo: llegó hasta el final. Quiso sentir la soledad completa; quiso experimentar hasta el abandono de su Padre:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber. Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». (Mt 27, 45-49)

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

Este misterio tan profundo del deseo de Jesús de quedar tan desamparado jamás se entenderá por completo. Los teólogos afirman que habría bastado que derramara una sola gota de su Sangre para lograr la Redención, pero Jesús quiso llegar al expolio total, a su aniquilación total.

Lo hizo quizá para enseñarnos generosidad, amor, entrega. ¡O, mejor, lo hizo para que supiéramos que aquí en la tierra es posible la purificación que tendría lugar en el purgatorio! San Juan de la Cruz lo afirma así: los que llegan a estas alturas gozan en vida de algunos de los toques que Dios dará eterna y crecientemente en la gloria del Cielo… Y esto se da, puesto que el alma se ha purificado; se ha embellecido hasta ser digna de las caricias de Dios. ¡Oh inefables bellezas del Amor divino! ¡Cuán deseables son!… Pedacitos de Cielo…

 

El estigma místico de la agonía

Pero Jesús quiso más; ¡más todavía!:

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed», y con esto también se cumplió la Escritura. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. Jesús probó el vino y dijo: «Todo está cumplido». (Jn 19, 28-30a)

¡Oh Padre mío!…, tengo sed de tu gloria…, y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: «Todo está consumado».

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

¿Qué le quedó por dar?…

Y, a nosotros, ¿cuánto nos falta por entregar? ¿Cuánto tenemos reservado para nuestro egoísmo, para nuestras bajezas, para nuestra comodidad, para nuestra soberbia…?

Sed de la gloria del Padre, sed de almas, sed de que el mundo conozca el Amor de Dios. Solo estas tres cosas nos importarán de ahora en adelante. ¡No más sed de otras cosas!

El resultado de purificarnos así, a través del sufrimiento, como lo hizo Jesús, será obtener la verdadera alegría.

Dios, al ver que como consecuencia del pecado aparecieron el dolor, la enfermedad y la muerte, las convirtió —como milagro de su Amor— en medios positivos para nuestro beneficio.

He aquí la verdadera alegría: la mala apariencia, las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte… el desamparo. Así se facilita la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, la fuerza del amor verdadero.

«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». (Lc 9, 23b)

 

 


[1] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[2] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo paciente, La muerte mística, Colección: Clásicos de espiritualidad, B.A.C., Madrid, España, 2000.

[3] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[4] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[5] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[6] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[7] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[8] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[9] Cf. San Juan de la Cruz, Noche.

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¿Por qué permite Dios que suframos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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Cinco consejos de perfección*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2008

1. El alma que quiere ser de mi Jesús, del eterno Padre y del Espíritu Santo, y también mía, es preciso que ame mucho el desprecio de sí, el olvido de sí y el abandono en Dios.

 

2. Si ella quiere ser llevada con ternura en los brazos de Jesús, su dulce esposo, es preciso que en todas las ocasiones de dificultad, de pena, de contratiempos y otros casos semejantes, diga en seguida: «Yo tengo a Jesús», y después descanse en Él.

 

3. Si ella quiere adelantar cada vez más y penetrar en los más íntimos refugios del Corazón dulcísimo de Jesús, conviene que se entregue a una total, rigurosa y constante mortificación de los sentidos y observe un absoluto silencio.

 

4. Si quiere llegar a ser cada vez más alma de vida interior, y descubrir siempre nuevos horizontes, ya que Dios se comunica al alma siempre pronta a recibirlo, debe entregarse al poder del Amor, hablar poco a las criaturas y mucho a Dios, pero con el lenguaje del corazón; y después, sobre todo, servirse de las criaturas como medio para subir a Él.

 

5. Finalmente, para llegar pronto a la perfección, conviene que se proponga en todo dar sólo a Dios su gloria, su dicha, su beneplácito; con esto tendrá siempre paz.

 

Y después, acuérdese de considerar a Jesús como Esposo y, por consiguiente, con el corazón dilatado.

 

Dictado por María Santísima a sor Benigna Consolata

 

 

 

 

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