Hacia la unión con Dios

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La misión de la Iglesia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 9, 2011

 

Llama mucho la atención cómo Su Santidad logra enmarcar en la actual coyuntura varios acontecimientos. Efectivamente, al lado del lamento papal por la negatividad del mundo moderno, el modelo consumista, la frialdad en las relaciones humanas y la esterilidad espiritual y demográfica, están varios aspectos optimistas que vale la pena resaltar para que podamos contribuir al bien propio y al de toda la humanidad, como lo quiere Dios:

«No se puede comprender la acción del Espíritu en la Iglesia y en el mundo con análisis estadísticos o con otros subsidios de las ciencias humanas porque aquella se sitúa en otro plano, el de la gracia, percibido por la fe».

En estas palabras del Mensaje se entrevé la profundidad de la fe que, con su vida, nos enseña el Santo Padre:

«Se trata de una acción con frecuencia escondida, misteriosa, pero seguramente eficaz. El Espíritu Santo no ha perdido la fuerza propulsora que tenía en la época de la Iglesia naciente. Hoy actúa como en los tiempos de Jesús y de los apóstoles.»

Pero, ¿cómo podremos hacer realidad ese «optimismo de la esperanza» del que nos habla, para hacer una evangelización sin límites?:

«Es consolador saber que no somos nosotros, sino que es Él mismo [el Espíritu Santo] el protagonista de la misión. Esto da serenidad, alegría, esperanza intrepidez.»

Y ¿cómo llegar al meollo de la eficacia? La respuesta está también en el texto:

«El sufrimiento, afrontado por Cristo y por el Evangelio, es indispensable para el desarrollo del Reino de Dios.»

¿Quiere decir esto que el Papa nos está pidiendo cosas medievales?

Quienes tratamos de obedecerlo, sabiendo que así obedecemos a Dios Padre, podemos encontrar un camino certero en sus palabras:

«Personas que, en el silencio de su servicio cotidiano, ofrecen a Dios sus oraciones y sufrimientos por las misiones y los misioneros.»

Pero, además, nos dice el Papa que el mundo entero es misionero:

«Invito por lo tanto a reafirmar, contra todo pesimismo, la fe en la acción del Espíritu, que llama a todos los creyentes a la santidad y al empeño misionero.»

Y más adelante nos insiste:

«Porque todos, sin excepción, son llamados a colaborar con la misión de la Iglesia; la oración, el ofrecimiento de los propios sufrimientos y el testimonio de vida son elementos primarios para la misión, al alcance de todos los hijos e hijas de Dios.»

Ese ofrecimiento de los sufrimientos es el que mostrará al Espíritu Santo la anulación de nuestro “yo”, requerida para que Él pueda hacer su obra con su fuerza propulsora —como en los primeros tiempos de la Iglesia— y no con la pobre fuerza nuestra, que es inútil sin el Espíritu.

Solo así escucharemos con esperanza la voz de Cristo en su Vicario:

«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. ¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas de vuestro corazón y de vuestra vida a Cristo! ¡Dejaos implicar en la misión del anuncio del Reino de Dios; para esto el Señor fue enviado, y ha transmitido la misma misión a sus discípulos de todos los tiempos. Dios, que no se deja vencer en generosidad, ¡os dará el cien por uno y la vida eterna!»

Vale la pena escuchar, atender y acatar la voz del Papa. En verdad, ¡vale la pena!

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