Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2011

El mejor negocio del mundo

Las palabras: «Te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después» pueden parecer anecdóticas, porque ser inteligentes y sabios es algo poco valorado actualmente. Hoy, para muchos, lo que importa es tener dinero y poder para disfrutar de la vida presente: placeres, admiración, fama…

Por eso, resulta también pintoresca la historia de Salomón y la de otros muchos que llenan las páginas de las biografías de hombres célebres que, según el juicio del mundo, no supieron vivir.

Sin embargo, al revisar las vidas de quienes se llenaron de posesiones, placer, dinero, fama y aplausos, podemos encontrarnos con la sorpresa de que las estadísticas muestran que en ellos hubo —y hay— más tratamientos psicológicos y psiquiátricos, más búsqueda infructuosa de la verdad… y más suicidios.

Al leer hoy la carta de san Pablo a los Romanos podemos descubrir en ella algo que puede ayudar a tantos problemas psicológicos, algo que da la paz. En uno de sus apartes dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman». Esto quiere decir que el Creador nuestro ofrece a sus criaturas el verdadero bienestar, la auténtica felicidad.

Es indispensable que recordemos lo que pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí ya no habrá oportunidad para arrepentirse; ahora sí.

En el Evangelio, Dios mismo nos lo repite de una manera más clara: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. También es como un comerciante que busca perlas finas; si llega a sus manos una de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. Esta es, pues, la mejor inversión de la vida: vender todo el egoísmo, el afán desmesurado de placer, los apegos a las cosas y el deseo insano de alabanzas o de poder, y cambiarlos por bienestar eterno, por felicidad imperecedera, por Cielo.

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