Hacia la unión con Dios

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¿Relaciones sexuales prematrimoniales?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2018

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Vivimos en un universo alterno

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2017

universo

Fue santa Teresa de Jesús quien, al describir el estado místico más alto de unión con Dios al que llegan algunos —conocido como la unión transformante o matrimonio espiritual—, afirmó que el mundo entero les parece a los místicos una farsa de locos.

Efectivamente, esta santa doctora de la Iglesia afirma que quien ha llegado a este grado místico tan elevado lo ve todo como “al revés” de como lo ven los demás hombres o de como lo veía él mismo antes de experimentar esa alta contemplación. Y se duele al pensar en su vida antigua, «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en esa mentira» (Santa Teresa, Vida, 20, 26); «se ríe de sí mismo, del tiempo en el que valoraba el dinero y la codicia» (ídem 20, 27), y le parece que «no puede vivir, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21, 4).

Es más: se lamenta así: «¡Oh, qué será del alma que llega a este estado y se ve obligada a tratar con los demás, y ver esta farsa de esta vida tan mal establecida!» (21, 6).

Y así se expresan muchos otros santos místicos que han experimentado y descrito estas vivencias místicas.

Es que el Universo que creó Dios era uno solo, en el que se percibía tanto lo visible como lo invisible; pero después del pecado original, el ser humano perdió —entre otras muchas cosas— la capacidad de apreciar lo invisible: se opacaron para él la Santísima Trinidad, la Santísima Virgen María, los 9 coros de ángeles (serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles), los demonios, los santos… Tras el pecado del hombre, el apetito sensible por lo material, por lo temporal, creció tanto, que menguó casi hasta su extinción la facultad de advertir todo ese mundo espiritual.

Cegado de esa manera, el hombre perdió la noción completa del Universo en el que se halla inmerso y, por la mala inclinación que le quedó como consecuencia del pecado y por las tentaciones diarias que le producen los espíritus malignos, comenzó a apegarse a las criaturas visibles: a los otros seres humanos, a las cosas materiales, a sus propias ideas y a sí mismo.

Y hasta tal punto llegó, que muchos de ellos se convirtieron en esclavos de los placeres carnales, del deseo de poseer cosas materiales, de gozar de la fama o de la aprobación de los demás y de acceder al poder.

Por eso, san Juan llega a afirmar que «todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne [la lujuria], la concupiscencia de los ojos [la codicia] y la soberbia de la vida» (1Jn 2, 16), que son los 3 pecados capitales principales.

Perdida así su libertad para comprender su esencia material/espiritual, su trascendencia y la razón para la cual fueron creados por Dios, los hombres se empequeñecieron a tal punto, que disminuyeron más y más su capacidad de observar lo espiritual del mundo que los rodea, y se quedaron admirando y seguros únicamente del universo material.

En innumerables pasajes de la Biblia, se describen las tinieblas, la oscuridad en la que quedaron los mortales por eso. Un ejemplo entre muchos: «Pues mira cómo la oscuridad cubre la Tierra y espesa nube a los pueblos» (Is 60, 2a).

¿Y por qué se habla de oscuridad? Porque no se percatan los hombres que fueron hechos para una eternidad feliz, que esta vida es solo un paso para llegar allá: una prueba de fe, una prueba de obediencia y una prueba de amor; que solo quienes superen esa prueba podrán gozar de la felicidad a la que consciente o inconscientemente aspiran todos: una felicidad creciente que no acabe jamás, y que sacie sobreabundantemente las ansias de dicha que hierven en sus corazones.oscuridad

Vivir en esa oscuridad es como vivir en un universo distinto, diferente al primero, una especie de universo alterno, precisamente del que hablaba santa Teresa como una farsa: en este universo alterno lo que más importa es el placer, el tener, el poder y la fama.

En vez de procurarse la auténtica felicidad, corren por el mundo buscando llenar su vacío interior con un poco de placer diario, sin aspirar a nada duradero.

Para agravar su situación, muchas circunstancias de sus vidas estimulan esa inconciencia generalizada: los medios de comunicación los instan a buscar el placer pasajero y al poseer mucho como únicas fuentes posibles de felicidad; las novelas y las películas los inducen a apegarse más y más a sus seres queridos, de modo que cuando les acaece la muerte —inevitable, aunque muchos lo olvidan— se les desgarran dramáticamente sus corazones, sin que tengan en cuenta que pronto los verán, y mucho más rápido de lo que imaginan, pues esta vida «es sólo un soplo» (Sal 38, 7); cada vez que tienen un revés en sus vidas, pierden la paz, olvidando que Dios los está cuidando amorosamente, propiciando o permitiendo que cada acontecimiento ocurra para sacarlos de esa oscuridad en la que se encuentran o para acercarlos más a la felicidad auténtica que se gusta ya en la tierra: no saben que «todo es para bien» (Rm 8, 28).

Paradójicamente, muchos de ellos se quejan porque Dios no los escucha y, como su criterio está oscurecido, llegan a decir que Dios no existe, porque no les da lo que desean, ignorando de cuántos peligros los libró y cómo los ayudaba a acercarse a la luz, es decir, a la verdad.

Lo que más le cuesta entender al hombre o a la mujer que vive en esa oscuridad es el sufrimiento, permitido siempre por Dios para nuestra liberación de la oscuridad: verdad, por ejemplo, es que cada vez que Dios permite que muera un ser querido lo hace para recordarnos que esta vida es un instante, como afirmaba santa Teresita del Niño Jesús, que debemos ocuparnos más por lo verdaderamente importante —la vida eterna—, que debemos prepararnos para llegar a la casa de Dios-Padre. Y lo pretende Dios cuando permite una enfermedad o un sufrimiento: nos hace valorar las circunstancias en su medida correcta, nos hace verlas con su luz, no desde nuestra oscuridad.

Es que lo único que importa es ir a gozar para siempre del amor de Dios. Así lo expresó Jesús: «Marta, Marta, te preocupas y agitas por muchas cosas, y una sola es necesaria» (Lc 10, 42). Y así nos lo dice a nosotros.

Desde nuestra oscuridad nos pueden parecer buenas muchas cosas y circunstancias que en realidad son malas para nosotros, pues nos alejarían de la finalidad de nuestra vida —lo único necesario, que decía Jesús, la felicidad auténtica— o correríamos el riesgo de alejarnos de ella.

Desde nuestra oscuridad podríamos hasta llegar a pensar que Dios nos quitó algo con lo que creíamos poder obtener un gran beneficio, pero desde su luz quizá nos sorprendamos al verificar cuán lejos estábamos de la verdad.

Por eso, dejemos que sea Dios quien guíe nuestras vidas, que haga y deshaga en ellas lo que quiera; dejemos a un lado la soberbia de creer que sabemos lo que nos conviene. Eso sería vivir con luz.

Vivir con luz es saber que estamos de paso por esta Tierra.

La luz que Dios nos da nos hace entender que lo único que se tendrá en cuenta a la hora del juicio será el amor efectivo (no el solamente afectivo) que hayamos realizado en esta vida: En cambio, la oscuridad nos hace cada vez más egoístas, hasta el punto de que muchos sólo piensan en sí mismos, sin importarles la suerte de los demás…

Lo más triste es que eso les ocurre a todos, en mayor o menor grado, inclusive a quienes están procurando las cosas del espíritu pues, como dice san Juan de la Cruz, casi siempre las buscan solo para complacerse, con lo que prueban su egoísmo…

Dios, al ver que su hijo, su criatura predilecta —el hombre— se perdía irremediablemente engañada de ese modo, se apiadó de ella, y le envió su Palabra esclarecedora y liberadora. Efectivamente, al leerla, el ser humano puede redescubrir lo que sus ojos tienen velado: el Universo completo. No ese universo parcial, sino todo: puede descubrir que tras esta vida, hay otra; que esta es muy corta, pues le espera una infinita, después de terminar su paso por esta Tierra.

Veamos algunos pasajes de esa Palabra de Dios:

San Pablo afirma que nosotros [se refiere a los cristianos que ya viven en la luz] «no nos fijamos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, pero las invisibles son eternas» (2Co 4, 18). Nótese que aquí la Palabra de Dios habla de lo que nos interesa, de aquello a lo que le damos más importancia en nuestra vida: si seguimos buscando el placer, el tener, la fama, la honra, el poder, todavía estamos en la oscuridad.

Ya podemos entender que, en medio de la oscuridad, de las tinieblas, no advertimos sino la apariencia de las cosas y de las circunstancias. Por eso, conviene que recordemos constantemente que «la apariencia de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

Ver solo el universo alterno es ser mundanos, es vivir según la carne: «Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual» (Rm 8, 5).

Pero «el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna» (Ga 6, 8)

Salgamos de este universo alterno y regresemos al Universo primero, al Universo total. Vivamos en la verdad.

Para ello, basta cumplir los mandamientos, frecuentar los Sacramentos y hacer mucha, mucha oración.

Al orar, vislumbras ese primer Universo; al entrar a una iglesia, entras en él; al asistir a Misa, todo ese Universo baja para ti; al recibir un Sacramento, él entra en ti. Y así vivirás en la verdad.

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Para llegar a la contemplación

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2016

Todos debemos conocer la doctrina católica; por eso se predica desde hace dos mil años. Todos debemos creer en Jesús, cumplir los mandamientos y hacer obras de misericordia, porque eso nos dará la vida eterna. Todos debemos recibir los Sacramentos: allí está la gracia para ayudarnos. Y todos debemos orar; pero, ¿todos debemos llegar a vivir esas experiencias de unión mística con Dios en la contemplación?

La Revelación nos enseña la felicidad eterna en el Cielo y, por los santos, sabemos que han vivido esas experiencias, que parecen presagiar lo que nos espera allá, en la Vida eterna: consuelos, gozos y deleites espirituales que en nada se pueden comparar con los placeres terrenales.

Es algo que superará con creces todas nuestras ansias de felicidad. Cuando estos santos «vuelven» de sus estados místicos, suelen gritar anhelantes: «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me devolviste a la tierra? ¡Aquí no encuentro nada que me complazca como lo que acabo de vivir!…» Y desde entonces sólo quieren volver a tener esas experiencias divinas.

Eso fue lo que le hizo exclamar a san Pablo: «Pero lo que tenía por ganancia, lo considero ahora como pérdida. Más aún, todo lo considero al presente como pérdida, en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí, y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 7-8).

Esas experiencias divinas son un adelanto de lo que será el Cielo, un presagio de lo maravilloso que nos espera a todos; aunque no en todos tendrá la misma intensidad. ¿Por qué lo sabemos? Porque para eso fuimos creados y, como dijo san Agustín, nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.

Ninguna otra cosa, persona o circunstancia podrá llenar las ansias que el Creador puso en nuestros corazones, precisamente para que lo buscáramos a Él. Los placeres terrenales, la riqueza, el poder, la honra o el bienestar material palidecen ante el encuentro de nuestro ser con Dios. Y esto ocurre porque la alteza del ser humano —hecho a su imagen y semejanza— no se satisface con menos.

Y, ¿cómo lograrlo? Primero es necesario que nos despojemos de todo lo que traemos, incluso de ese criterio de querer lograr algo. Es Dios quien hace toda la tarea, purificándonos. Basta que, dejado el pecado, seamos almas de oración: un constante y confiado trato con Él.

Constante para que, en el momento de la prueba —los desiertos espirituales, la sequedad espiritual, la falta de gusto por la oración, etc.—, sigamos firmes en la fe; una fe pura, que no se apoya en imágenes, pensamientos ni sentimientos, sino que cree contra toda falta de evidencia.

Y trato confiado con Dios, para aprender a esperarlo todo de Él, sabiendo que nos ama tanto, que parece que se hubiera vuelto loco por nosotros, como explica santa Catalina de Siena: porque está ebrio de amor por los hombres y sabiendo que le fallarían, los sacó de la nada, para amarlos; luego los persiguió hasta hacerse  uno de ellos para salvarlos; después se hizo Hostia para alimentarlos y llenarlos de bendiciones; y, finalmente, les dio una última tabla de salvación, para llevárselas al fin al Cielo, y allí abrazarlas en un abrazo de amor eterno: el Sacramento de la Penitencia.

En resumen, después de desechar el pecado de nuestras vidas, orar con perseverancia, fe pura y amor desinteresado, esperar en la oración con perseverancia el maravilloso momento de la visita divina, que nos hará más felices de lo que nunca soñamos, ya aquí en la tierra, mientras esperamos el encuentro definitivo con el Amor de los amores, en la dicha eterna.

 

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¿La masturbación o las relaciones prematrimoniales son pecados?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2016

Hay quienes dicen que hoy hay que ser más abiertos al tratar los temas de la masturbación y las relaciones prematrimoniales. Y al decir “más abiertos” quieren poner en duda que estén mal, afirman implícitamente que no tienen nada de malo.

La masturbación es pecado, porque se cambia el uso que Dios le dio a la sexualidad: la procreación. Buscar únicamente el placer, haciendo a un lado el uso natural de la sexualidad es herir la esencia misma del ser humano, que fue hecho para amar, entregar su vida para procurar la felicidad de otro o de otros; es volverlo sólo una máquina de placer, no un ser humano que piensa, que ama, que puede dominar sus instintos para vivir con un sentido, para lograr metas altas, sobre todo la del Cielo. ¿Cómo se sentirá Dios al ver que un hijo suyo se masturba, si fue creado para cosas más elevadas, más valiosas, más bellas, más grandes…? ¡Sufre! Y sufre mucho.

Lo mismo ocurre con las relaciones prematrimoniales, en las que las personas se entregan sin comprometerse totalmente a amarse (servir el uno al otro) con todo su ser, para conseguir juntos la felicidad; y esto es que es lo que Dios desea para sus hijos los seres humanos, que fueron creados a su imagen y semejanza: la de Dios-Amor. En vez de la entrega total (en todos los planos: biológico, psicológico y espiritual), que es lo propio del ser humano y que es lo que Dios quiere para ellos, terminan haciendo un acto animal: se usan el uno al otro, para producirse placer. Y usarse mutuamente es ofender el fuero interno del otro, es lo contrario al amor auténtico, porque usarse es convertir al otro en un medio. Y eso, otra vez, hace sufrir a Jesús. En cambio, la entrega comprometida, la entrega total que se hace en el matrimonio, sí es digna del ser humano: cada relación sexual dentro del matrimonio es una expresión de la donación total que hace el uno al otro: ya se lo han dado todo.

Después de leer esto, de ver cuánto sufre Dios cuando pecamos, ¿todavía se puede creer que para abordar este asunto “hay que ser más abiertos”? —Si se dice esto en el sentido de que hay que abrirse a la verdad, conocerla y actuar en consecuencia, podemos asegurar que sí.

 

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PLACER SUBLIME

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 4, 2014

Recién aparecido el ser humano sobre la tierra comenzó a preguntarse sobre su vida, su esencia, su razón de ser… Miles y miles de preguntas más le surgieron y, después de unos doscientos mil años, muchas no se han contestado.

Hay quienes por ejemplo, desde una perspectiva teocéntrica, han postulado la idea de que Dios creó al hombre. Y, más recientemente, con una mirada antropocéntrica, otros afirman que fue el hombre quien inventó la idea de un Dios, creador de todo. Pero se multiplican las creencias, y la cosmovisión de muchos es tan plural que habría que invertir varias vidas estudiándolas todas.

Ante semejante panorama, es admirable descubrir la ignorancia en la que todavía se encuentra el ser humano con respecto a estos temas tan trascendentales para sí mismo y para su vida, transcurridos tantos milenios, sobre todo ante los vertiginosos avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos.

Pero no solo es admirable; aterra saber que miles de millones de personas viven en un sinsentido parecido en muchos aspectos— al de los animales: nacen, crecen, se reproducen y mueren; hacen sus elecciones —profesión, matrimonio, lugar y estilo de vida, etc.— sin criterios claros sobre la razón última de su ser; no le dan más trascendencia a sus vidas que la de prever su futuro más inmediato, sin contemplar siquiera la posibilidad de que la vida siga después de la muerte, tal y como lo comenzó a intuir la especie humana desde sus comienzos. Además, se preguntaba sobre la posibilidad de la existencia de otros seres más allá de lo tangible y visible: seres espirituales, buenos y malos, con quienes quizá podrían interactuar y hasta valerse de ellos para cambiar las leyes de la naturaleza, como se empezó a creer en los inicios de la especie humana…

Sin embargo, siempre se ha oído hablar de algunos que han desarrollado su vida espiritual hasta llegar a la contemplación pura del mundo espiritual y al conocimiento de los espíritus; es decir, que han vivido experiencias místicas.

Entre la inconsciencia de unos y la profunda espiritualidad de otros se encuentran las actitudes que tienen los seres humanos frente a los cuestionamientos más profundos de su existencia, pero es evidente que —y hoy más que nunca— son más quienes viven sin desarrollar su plano espiritual, quedándose satisfechos dándole relieve únicamente a sus otros dos planos: el biológico y el psicológico; queda así truncada la integridad de su esencia, de su naturaleza, de su sustancia, con lo que muy difícilmente lograrán el pleno desarrollo de su ser y, por ende, la felicidad que tanto anhelan y persiguen, a pesar de que se les muestra tan esquiva.

Son varias las religiones que reclaman para sí las experiencias místicas más elevadas, pero no se puede negar que hay 3 características que las hacen más sublimes y, por consiguiente, más plenamente humanas:

1) las que producen la transformación moral del individuo: pasar un hombre de la maldad a la bondad, como es el caso de quienes dejan de matar, robar, ser infieles a sus esposas, etc., para comenzar una vida de bien,

2) las que facultan al individuo a realizar actos sobrenaturales, es decir, actos que no pueden realizar los seres humanos naturalmente (perdonar, por ejemplo, a quienes mataron a un hijo) y

3) el enaltecimiento de la facultad más elevada del ser humano: amar; tal es el caso de las personas que son capaces de olvidarse de sí mismas para conseguir el bien de otro (o de otros), sin esperar nada a cambio, y cuyo mayor ejemplo es el de quienes gastan su vida, día a día, en una labor de servicio humanitario o el de quienes llegan al extremo de morir por otros seres humanos, por amor a Dios, y que son llamados comúnmente mártires o testigos.

Ninguna de estas 3 acciones es posible, a menos de que se reciba una fuerza sobrenatural, un empuje espiritual que viene de lo alto, de una entidad superior, y solo el cristianismo ha mostrado evidencias claras al respecto: conversiones de personas que dejan el mal para siempre, capacidad de realizar acciones verdaderamente sobrenaturales y entrega total al servicio gratuito y desinteresado, a veces hasta la muerte, solo por amor a Dios y a la humanidad.

Efectivamente, al revisar toda la teología espiritual (ascético-mística) del cristianismo, se encuentra una doctrina sólida, amplia y profundamente desarrollada por maestros espirituales llamados los santos místicos.

En esta doctrina se enseña que Dios desciende hacia la criatura, para hacerla primero capaz de actos divinos y, después, de disponerse para una unión cada vez más íntima con Él. Y esa unión es el placer más elevado que puede experimentar el ser humano, puesto que fue creado para disfrutarlo.

Las personas que han experimentado este estado de unión, aun cuando sea incipiente, como suele ocurrir al comienzo, ya no desean en esta vida otra cosa que volver a vivirla y, ojalá, acentuarla cada vez más, pues descubren que todos los placeres biológicos o psicológicos —incluso el más elevado de todos: el amor humano— palidecen frente a un instante de esta unión con Dios: se siente tanto gozo espiritual, tantos consuelos y deleites espirituales, que ya no se desea seguir viviendo; lo único a lo que se aspira desde ese momento es conseguir esa unión con Dios: el máximo placer, el placer más sublime y elevado de todos.

Pero se explica que esto va ocurriendo paulatinamente, en 2 medidas: tanto cuanto Dios quiere participar de su Ser a la criatura y tanto cuanto la criatura se dispone para tal unión.

En este proceso, Dios va llenando a la persona de su gracia, que es un don, un regalo, un favor que le hace sin merecimiento alguno de su parte, con la que la va llenando primero de virtudes sobrenaturales y, después, de los 7 dones del Espíritu Santo, que la facultan para la unión con Dios.

Por su parte, la persona debe ser primero muy humilde: totalmente consciente de su condición de criatura, débil, proclive al mal e incapaz del bien, necesitada de la ayuda divina; y debe, además, vivir en gracia de Dios (cumpliendo los mandamientos), frecuentar los Sacramentos (asistir a Misa y comulgar, ojalá diariamente, y confesarse al menos una vez al mes) y hacer oración mental (dedicar diariamente un tiempo para hablar con ese Dios que la ama inmensa e intensamente y que lo único que quiere es hacerla feliz). Y le conviene conseguir un director espiritual que ya haya experimentado la unión con Dios, para dejarse guiar por él en este asunto de tanta trascendencia.

En la medida en la que la persona va dejando que Dios se acerque a ella, cumpliendo los requisitos dichos, Él le va dando esos regalos que la harán totalmente feliz.

Lo primero que le obsequia es la paz; una paz distinta a la que conocía. Se supo de un hombre que era conocido por todos como uno de los seres humanos más serenos, más tranquilos, más llenos de paz… Él mismo era consciente de ello, pues veía a muchos intranquilos, angustiados, ansiosos, etc. Pero el día en el que Dios lo visitó espiritualmente y le dejó la paz que Él deja en sus primeras visitas, este hombre descubrió que antes de esta experiencia estaba muy lejos de saber lo que era la paz auténtica, que lo que él creía que era paz no era ni un esbozo de la verdadera…

En otra ocasión, Dios le regaló una virtud por la que había luchado durante casi treinta años sin éxito: no controvertir sobre asuntos de Fe, pues siempre terminaba discutiendo acaloradamente con cuantos discrepaban de sus creencias. Se arrepentía después de cada suceso, pero no lograba erradicar su defecto, que atentaba contra la caridad que le debía a los demás. Un día, estando en oración, Dios se le presentó y le mostró su perfección, su santidad, su grandeza; y le dejó ver parte de la gran imperfección a la que este hombre estaba sometido, su miseria y cómo lo afeaban sus pecados… Después de este episodio, jamás volvió a discutir con nadie: quedó convencido de que no tenía autoridad moral para controvertir, y Dios le dio la fuerza para callar, orar y confiar más en Él que en los argumentos que solía poner para defender sus puntos de vista.

Y así, la persona va recibiendo de Dios dones cada vez más elevados, como el de una pareja de esposos que fue a visitar públicamente —los mostraron por la televisión— al asesino de su hijo, para perdonarlo: la audiencia vio aterrada el momento en el que ese par de señores mayores saludaban al sicario y le decían que lo perdonaban por amor a Dios.

La evidencia del Amor de Dios en estas experiencias llega a ser tan fuerte, que las personas adquieren una confianza ilimitada en ese Amor, y nada los perturba, nada los angustia, nada los preocupa… Saben que Dios tiene esta triple condición: 1) es infinitamente poderoso, 2) sabe qué es lo mejor para ellos y 3) los ama tanto, que solo les propiciará o permitirá lo mejor; por eso se abandonan totalmente en el Amor que ya experimentaron místicamente.

Y por eso mismo, aunque trabajan con responsabilidad en los asuntos temporales para hacer de este un mundo mejor y así dar gloria a Dios, les es indiferente la salud o la enfermedad, el bienestar o el malestar, la pobreza o la riqueza, tener trabajo o estar vacantes, la soledad o la compañía… Saben que todo está calculado sabiamente por Dios para conseguirles lo único que importa: la eternidad junto al Amor de los amores. En todas sus empresas e intereses —trabajo, familia, salud, educación, vestido, vivienda, alimentación, servicios a la comunidad…— ponen todos los medios y esfuerzos para que salgan lo mejor posible, pero dejan a Dios los resultados.

A quienes Dios une a Sí mismo de esta manera ya no les importa el cansancio: trabajan infatigablemente por el ideal más grande de todos: enseñar al mundo entero que esta vida es una sombra, es oscuridad; y que con la luz que Dios nos da en esas experiencias místicas comenzamos a ver la verdad: que lo único que importa es lograr cuanto podamos esa unión con Dios ahora —en el tiempo presente—, que después consigamos la unión completa y eterna con el Amor —¡la dicha eterna!—, y que nos llevemos a muchos a ese estado de felicidad, que jamás podremos describir, pues “ni ojo vio ni oído oyó ni llegó jamás a la mente de nadie lo que Dios tiene preparado para los que esperan en Él”.

Están seguros de que los sufrimientos que Dios les permite son para su propio bien y el bien de otros, porque saben que fue con sus sufrimientos como Cristo consiguió esa luz para la humanidad, y se sienten dichosos de sufrir con Cristo para ayudar a muchos a entender la vida tal y como es en realidad. Y por eso, ya no piden nada, fuera de la salvación y santificación (que es la unión con Dios) de todos: conocidos y desconocidos.

Y así como están dispuestos a vivir por este ideal, también lo están, si es necesario, a morir por él. Es por eso que solo en el cristianismo se ven mártires que dan la vida por amor a Jesucristo y por la felicidad auténtica de sus hermanos, los hombres. Muchos de ellos, en medio de sus sufrimientos mientras los martirizan y matan, cantan y alaban a Dios dichosos, pues son los seres humanos más felices; y lo serán plena y eternamente.

 

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‘Hay que ambicionar’

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2014

Es un estribillo que se nos repite desde niños: «Hay que ser ambiciosos». Actualmente se cree que cuanto más se posee tanto más feliz se es; pero la experiencia histórica nos ha demostrado que tanto los que lo creen como los que poseen son infelices.

¡Cuánto dinero se gasta en la actualidad para realizar viajes, en comprar carros o casas lujosas o joyas o vestidos, en adquirir el último modelo de computador, en tener una finca!; y, ¡cuánto se necesita para ayudar a los enfermos, a los que no tienen educación, a los hambrientos, a los destechados, etc.!

Hoy son tantos los que pretenden riquezas materiales, y tan pocos los que luchan por alcanzar las riquezas que nunca mueren: las espirituales.

En nuestros días son muchos los que desean conseguir el poder para llenar sus egoísmos, y muy pocos quienes aspiran al poder para servir.

También hoy se ven bastantes hombres y mujeres esclavizados por obtener dignidades o fama, mientras que escasean los que, llenos de humildad y sencillez, van tras metas menos superficiales.

Los placeres se erigen hoy en dioses. Ya casi no hay seres humanos libres para amar, puesto que están esclavizados por su cuerpo, al que dedican todos sus esfuerzos con un servilismo que raya en la enajenación mental. Son pocos los que saben que solo son verdaderos seres humanos los que están libres para desarrollarse y ayudar a desarrollar a los demás.

Tal ambición está haciendo de este mundo una multitud de seres solitarios.

La dignidad del hombre es muy alta para ambicionar cosas pequeñas. ¿No sería mejor ambicionar valores? ¿Qué tal, por ejemplo, fomentar la generosidad? ¿Hasta cuándo vamos a robotizar al ser humano, convirtiéndolo en un ente consumista, hedonista, egoísta y pagado de sí mismo?

¿Por qué no recordar otra vez que esta vida es un viaje hacia la eternidad, que somos peregrinos y que la otra vida es nuestra mayor ambición? Disminuiría tanta codicia terrenal, compartiríamos más, nos alejaríamos de ese egocentrismo que nos está acabando lentamente, no nos dejaríamos de compadecer del dolor ajeno… ¡Seríamos más libres y más humanos! Y creceríamos todos.

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Juzgar o comprender

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 18, 2012

 

Nos hiere profundamente la actitud de muchas personas a través de la cual expresan su desprecio, su interés por mostrar su superioridad sobre nosotros o su absoluta falta de interés en nuestras necesidades. Y a veces no nos quedamos sin hacer algo al respecto: reiteramos que todos ellos merecían una reprensión, y la hacemos o de algún modo la propiciamos.

Y esta actitud la tenemos tanto en el ámbito laboral como en todos los campos de nuestra vida: familia, relaciones sociales, vendedores, trato con dependientes de cualquier empresa… Y así llegamos a ganarnos la animadversión de muchos… Y lo que es peor: no la pasamos muy bien, puesto que con cada evento nos enfadamos o, al menos, sentimos algún disgusto, a pesar de la supuesta satisfacción lograda al haber defendido “mi causa” o “la causa de otros”…

Pero hay un camino hermoso por recorrer:

Así como nosotros mismos tenemos defectos, los demás tienen también —digamos— ese “derecho” a ser defectuosos. Nadie es perfecto. Y, en consecuencia, también ellos tienen derecho a que nosotros seamos capaces de pasar por alto sus errores, así como lo esperamos de ellos.

Los defectos de cada persona tienen sus raíces en causas muy profundas, y que casi todos ellos nacen de carencias afectivas en la primera etapa de la vida: antes de los doce años. En esa etapa de nuestra vida todos necesitamos recibir una dosis suficiente de amor por parte de nuestros padres, y que nuestros padres, porque no la recibieron, no pudieron dárnosla en medida suficiente. Y esto se remonta, generación tras generación, en orden ascendente, quién sabe desde cuando…

Lo peor de esta situación es que en esa época no somos capaces de entender por qué no nos aman suficientemente (ni siquiera tenemos clara esa idea en el cerebro); sólo nos duele…

Y, como somos tan pequeños, no tenemos las herramientas para encarar esa realidad y, mucho menos, darle solución.

Por estas causas, hay miles de personas llenas de agresividad o, por el contrario, de pusilanimidad, simplemente porque no recibieron el amor necesario para que sus vidas —desde el punto de vista afectivo y emocional— se desarrollaran adecuada y normalmente.

La mayoría de ellos tratan de suplir esas carencias afectivas ahogándolas en cuatro actitudes que toman como la razón de ser de sus vidas: el tener, el poder, el placer y/o la fama, tratando de llenar inútilmente con ellas ese vacío (si tienen dinero, acuden a las ciencias de la psicología clínica o la psiquiatría).

Y es por esto que encontramos personas que quieren imponerse de alguna manera sobre los demás (así sea aprovechando que tienen poder para manejar al público), altivos, arrogantes, displicentes, déspotas, despreciadoras, despectivas, desdeñosas, totalmente desinteresadas en los problemas de otros, frías y hasta sin la más mínima cultura para saludar…

¡Pobres seres humanos!: unos tratan de llenar sus vacíos afectivos infantiles con esas actitudes mientras que otros reaccionan agresivamente para ocultar su vulnerabilidad. Sí; porque gritar o emplear la fuerza (física o con palabras) es la mayor muestra de debilidad: el hombre que está seguro de su poder no siente necesidad de demostrarlo. Por eso son dignos de nuestra compasión, no de nuestra reprensión.

Podemos estar por encima de esas lides. Podemos decidir verlos como lo que son: víctimas que lloran porque no recibieron cariño, aunque lloren equivocadamente. Pensemos por un momento: ¿Qué hacemos cuando vemos el berrinche de un niño? ¿No es verdad que no le damos la trascendencia que le damos a la de un adulto? Pues bien: ¿por qué hacemos esta diferencia? Porque no hemos descubierto que entre la actitud infantil de un niño y la de un adulto que no supo cómo solucionar las carencias afectivas de su infancia no hay diferencia: son adultos en el porte, no en el interior. ¡La correcta actitud de un adulto que se siente atacado de alguna manera por estos sufrientes seres es la lástima! Y, tras ella, la comprensión Y después el perdón. ¡Aunque nos estén hiriendo!, pues ya sabemos de qué herida viene su agresión.

Quien comienza a actuar así empieza a descubrir algo maravilloso: que esas agresiones ya no lo hieren tanto, que esos errores ya no le afectan. ¡Se ha comenzado a liberar! Se ha comenzado a curar; ¡y sin medicamentos ni terapias de ninguna clase! Poco a poco empieza a verificar que puede llegar al estado en el que nada lo afecta; como dicen ahora los muchachos: ¡Todo le resbala!

Pensemos: “Si yo hubiera nacido en el hogar en el que nació Hitler, hubiera vivido en sus circunstancias históricas, hubiera tenido los padres y amigos que él tuvo, hubiera sufrido lo que él sufrió, etc., me pregunto: ¿No sería igual o peor que él?” ¿No es verdad que, en su situación, nosotros seríamos peores que esos que nos agreden o nos ignoran y desprecian…? Lo repito: ¡Pobres seres humanos! Necesitan de nuestra comprensión y corremos a corregirlos, sin saber de dónde les vienen todos sus males…

¡Qué serenidad produce el dejar de sentir las agresiones y desprecios que nos hacen! Pero más enriquecedor es acabar con ese deseo de “dejar sentada nuestra posición” ante los demás, de corregir, de reprender, de exigir respeto (cuando sabemos que no pueden darlo). Se reducen —y hasta se acabarían— las disputas acaloradas, y el mundo comenzaría a caminar hacia la paz auténtica: esa que viene de dentro, esa que no se pierde fácilmente, esa que fortalece y da ejemplo.

Finalmente, solo así estableceríamos el cristianismo en el mundo. Jesús dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos: En que os amáis unos a otros. ¿Hay mayor muestra de amor auténtico que comenzar a dejar de juzgar a los demás y comprenderlos?

Muy a menudo los cristianos nos engañamos pensando que es mejor seguidor de Jesús quien va a Misa y ora con frecuencia y, a pesar de eso, no es capaz de entender que los demás tienen razones para equivocarse. No; el verdadero católico es quien va a Misa y ora con frecuencia para llenar su corazón de ese amor divino con el que nunca juzga a los demás, y admite en su mente que, como él, también son seres falibles.

Aunque hayamos recorrido un buen trecho con la gracia de Dios, es posible que todavía nos falte cumplir en ocasiones estos criterios… Pero sé que Dios se complace más con nuestra lucha que con nuestros logros, que en realidad son suyos y no nuestros.

Oremos para que Dios nos dé la gracia de la verdadera pureza de corazón: la absoluta indiferencia a todo lo que no sea amor.

 

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Purificar los apegos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2012

 

Antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

 

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

 

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

 

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas están hechas a imagen y semejanza de Dios y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

 

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

 

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

 

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

 

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

 

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

 

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

 

Pero, para eso, hace falta la purificación: purificarnos de los apetitos desordenados y apegos por las criaturas, para amar con pureza absoluta a Dios nuestro Señor. La alteza y la sublimidad de un Dios no admite menos: Él no puede competir con sus criaturas. Para amarlo, entonces, debemos deshacernos de nuestro “amor” desordenado por las criaturas, y amarlas en Él, como lo que son: hechura de Dios.

 

¡Cuántas veces, por ejemplo, sufrimos porque no tenemos lo necesario o, peor, porque no poseemos lujos y cosas superfluas! ¡Cuántas otras deseamos vivir la vida de quienes tienen más que nosotros! A veces —incluso— nos enamoramos de objetos de devoción, como un rosario, una imagen determinada o una capilla en la que nos “sentimos” más cerca de Dios…

 

Otras veces nos aferramos a ideas específicas como cuando, por ejemplo, afirmamos que el amor a Dios se le demuestra viviendo de tal o cual manera. Y hasta nos atrevemos a juzgar a quienes no piensan o actúan como nosotros, llegando a pecar contra la caridad. Los católicos principiantes, por ejemplo, critican a quienes, durante la Eucaristía, no se paran o arrodillan cuando deben, a quienes cantan fuerte para que los demás los vean, a quienes se arrodillan fingiendo mucha devoción… Por su parte, los verdaderos cristianos están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, que ni se dan cuenta de cómo lo están haciendo los demás; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón.

 

Hay quienes llegan a contrariar algunas normas de la Iglesia Católica, afirmando que está equivocada o, peor, que es retrógrada o que no tiene sentido común. Así, sus ideas se ponen por encima de las de Dios, quien las dejó establecidas, por intermedio de la Iglesia que Él mismo fundó.

 

Ese aferramiento a algunas ideas llega, incluso, a disputas y a ofensas a hermanos en la Fe o a seres queridos, quienes —en nuestra mente, por supuesto— están por debajo de nuestras ideas.

 

El apego por las personas, que no es amor, sino egoísmo, es querer lograr beneficios personales de una relación. El esposo que ama a su cónyuge más por los beneficios que ella le depara que por el deseo de hacerla feliz, por ejemplo, la está usando, no amando. El día que comience a trabajar exclusivamente para hacerla feliz, sin esperar nada a cambio (ni siquiera la sensación de ser amado), ya podrá afirmar que empezó a amarla de verdad. ¿No es verdad que nuestro amor por los seres queridos está lleno de esas impurezas? Casi siempre esperamos algo a cambio.

 

Pero el apego más difícil de destruir en nuestras almas es el apego a nosotros mismos: ¡Cuánto nos importa el “qué dirán”, lo que los demás piensen de nosotros, su aprobación, su admiración, la imagen que proyectamos a los demás o a Dios…!

 

Muchas veces buscamos a Dios para servirnos de Él y no para servirlo a Él; Dios se convierte, entonces, en un objeto del cual nos valemos para sacar beneficios egoístas y no en el Dios a quien amamos.

 

¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

 

Él nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano.

 

Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

 

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

 

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama santidad.

 

Él nos demuestra con su vida, muerte y Resurrección que no hay sino un modo de llegar al Cielo: purificados.

 

Una opción es la santidad, la otra es el purgatorio. Todos podemos escoger: esperar a que después de la muerte se nos limpien las impurezas e imperfecciones para poder gozar de la bienaventuranza eterna o limpiarnos, en vida, de esos apegos y apetitos desordenados hasta no tener nada más que el corazón asido a Dios, llenándonos así de innumerables deleites y gozos espirituales, que serán para nosotros un presagio de esa imperecedera y creciente felicidad celestial.

 

Esa fue la senda que nos mostró Jesucristo y, en la historia, los que se consideraron cristianos —seguidores de Cristo—, hicieron lo mismo.

 

Solo así se explica que los santos hubieran sido capaces de vivir completamente desapegados de las criaturas y de sí mismos, y dedicados a dar gloria a Dios, a ayudarlo a salvar almas y a repartir su amor por doquier…

 

Solo así se entiende el martirio: amor más grande que ninguno, olvido de sí mayor que todos, entrega total; posible solamente porque ya no hay apego a nada, ni a sí mismos…

 

Purificados así, viviremos como Dios lo quiso inicialmente: en la misma condición de nuestros primeros padres antes del pecado original: en estado de inocencia y de gracia. De inocencia, es decir, sin apegos que nos desvíen del camino a Dios; y de gracia, llenos del Espíritu Santo, como nuestra Madre, la Virgen María quien, sin mancha de pecado original, vivió enteramente para Dios sus acciones, sus palabras, sus pensamientos y hasta sus sentimientos.

 

Cuanto más arraigados están los apegos a las cosas, a las ideas, a las personas y a nosotros mismos, tanto más duele arrancarlos del corazón.

 

¡Pero bien vale la pena!

 

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Las profundas cavernas del sentido*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 23, 2012

(Nota: el texto entre corchetes [ ] es añadido, para mejor comprensión.)

Estas cavernas son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, las cuales son tan profundas, que no se llenan sino con infinito. Con lo que sufren cuando están vacías, podremos de alguna manera de ver lo que gozan y deleitan cuando están llenas de Dios.

Estas cavernas de las potencias, cuando no están vacías, purgadas y limpias de todo apego de criaturas, no sienten elvacío grande de su profunda capacidad; porque en esta vida basta cualquier cosita que se les pegue, para tenerlas tan distraídas y embelesadas que no sienten su privación, y no anhelan sus inmensos bienes ni conocen su capacidad. Y es cosa verdaderamente admirable que, siendo capaces de bienes infinitos, les baste el menor de todos los bienes para distraerlas de manera que no puedan recibir el verdadero Bien infinito, que es Dios, hasta que no se vacíen de esas pequeñas criaturas.

Pero cuando están vacías y limpias, es intolerable la sed, el hambre y el ansia de lo espiritual; porque, como son tan profundos los estómagos de estas cavernas, sufren profundamente, ya que el manjar que echan de menos tam¬bién es infinitamente profundo: es Dios.

Y este gran sentimiento comúnmente le ocurre a la persona hacia el final de la fase iluminativa, cuando ya está purificada su alma, pero todavía no ha llegado a la unión con Dios, donde ya se satisfará. Porque, como el apetito espiritual está vacío y purgado de toda criatura —y, por lo tanto no tiene apegos—, pierde el temple para lo natural y está templada para lo divino: tiene ya el vacío dispuesto y, como todavía no se le comunica lo divino, sufre intensamente por este vacío, y siente una sed de Dios que es más que el morir, especialmente cuando se le trasluce algún rayo divino que no se le comunica. Estos son los que padecen con un amor tan impaciente, que no pueden durar mucho sin recibir ese amor de Dios o morir.

La primera caverna es el entendimiento. Su vacío es una sed de Dios tan grande, que la compara David (Sal 41, 1) a la del ciervo (que dicen que es vehementísima), diciendo: Así como desea el ciervo las fuentes de las aguas, así mi alma desea a ti, Dios. Y esta es sed de las aguas de la sabiduría de Dios, que es el objeto del entendimiento[: Jesucristo, la sabiduría encarnada].

La segunda caverna es la voluntad, y el vacío de ésta es un hambre de Dios tan grande que hace desfallecer al alma, según lo dice también David (Sal 83, 3): Codicia y desfallece mi alma a los tabernáculos del Señor. Y esta hambre es de la perfección de amor que el alma pretende[: el Espíritu Santo].

La tercera caverna es la memoria, y el vacío de ésta es deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios, como lo nota Jeremías (Lm 3, 20): Como con memoria me acordaré, y de Él mucho me acordaré, y se derretirá mi alma en mí; revolviendo estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios Padre[, que todo lo da].

Es, pues, profunda la capacidad de estas cavernas, porque lo que en ellas puede caber, que es Dios, es profundo de infinita bondad; y así será en cierta manera su capacidad infinita, y así su sed es infinita, su hambre también es profunda e infinita, su deshacimiento y pena es muerte infinita. Que, aunque no se padece tan inten¬samente como en la otra vida, pero padécese una viva imagen de aquella privación infinita, por estar el alma en cierta disposición para recibir su lleno. Aunque este penar es a otro temple, porque es en los senos de! amor de la voluntad, que no es el que alivia la pena, pues cuanto mayor es el amor, es tanto más impaciente por la posesión de su Dios, a quien espera por momentos de intensa codicia.

Pero, ¡válgame Dios!, si es verdad que, cuando el alma desea a Dios con entera verdad, tiene ya al que ama, como dice san Gregorio sobre san Juan, ¿cómo sufre de ansias por lo que ya tiene? Porque en el deseo que —dice san Pedro— tienen los ángeles de ver al Hijo de Dios (1 Pe 1, 12), no hay alguna pena o ansia, porque ya lo poseen. Aquí el alma, cuanto más desea a Dios más lo posee, y la posesión de Dios le da deleite y satisfacción. Es lo mismo que les ocurre a los ángeles, que desean y se deleitan en la posesión de Dios, saciando siempre su alma, sin el fastidio de llenarse; por lo cual, porque no hay fastidio, siempre desean, y porque hay posesión, no sufren. Así mismo, el alma siente aquí este deseo, con tanta sensación de saciedad y de deleite, cuanto mayor es su deseo, pues tanto más tiene a Dios.

En esta cuestión viene bien notar la diferencia que hay en tener a Dios por gracia, y en tenerlo también por unión: cuando se tiene a Dios únicamente por la gracia, se da el amor entre Dios y la criatura; pero cuando se lo tiene también por unión, se dan las comunicaciones de Dios al alma y del alma a Dios, que tanto placer producen. Entre estos dos modos de tener a Dios se puede deducir la diferencia que hay entre el desposorio y el matrimonio espiritual.
Porque en el desposorio se dan una semejanza y una sola voluntad de ambos y, además, el Esposo le regala al alma dones y virtudes; pero en el matrimonio hay también comunicación de las personas entre sí y la vivencia de una unión auténtica.
Cuando el alma ha llegado a tanta pureza en sí y en sus potencias, la voluntad está muy pura y purgada de otros gustos y apetitos, según la parte inferior [los sentidos corporales] y la superior [inteligencia, memoria, sentimientos, sensaciones, afectos, emociones…], por lo que también está dándole enteramente el sí a Dios, siendo ya la voluntad de Dios y la del alma una. Entonces la persona, en un consentimiento propio y libre, ha llegado a tener todo lo que puede a Dios (por vía de voluntad y gracia). Y esto se da porque Dios le ha dado en el sí de ella su verdadero sí y entero de su gracia.

Es éste es un alto estado de desposorio espiritual del alma con el Verbo, en el cual el Esposo la da grandes dádivas y la visita amorosísimamente muchas veces, en las que ella recibe grandes sabores y deleites.
Pero todo esto no se compara con los deleites del matrimonio espiritual, porque apenas son disposiciones para la unión del matrimonio; que, aunque es verdad que esto pasa en el alma que está purgadísima de todo apego de criatura (porque de otro modo no se hubiera hecho el des¬posorio espiritual, como dijimos), todavía es necesario que el alma tenga otras disposiciones positivas de Dios, de sus visitas y sus dones, con las que la va purificando, hermoseando y afinando más, para que esté decentemente dispuesta para tan alta unión. Y en esto pasa tiempo (en unas más y en otras menos), porque Dios lo va haciendo a la velocidad que tiene cada alma. Y esto está figurado por aquellas doncellas que fueron escogidas para el rey Asuero (Est 2, 2-4; 12, 4), que, aunque ya las habían sacado de sus tierras y de la casa de sus padres, antes que las llegasen al lecho del rey, las tenían un año (aunque en el palacio) encerradas: durante el primer semestre se estaban disponiendo con ciertos ungüentos de mirra y otras especies, y el otro medio año con otros ungüentos más finos; solo después de ello iban al lecho del rey.

Es en este tiempo de este desposorio y espera del matrimonio con las unciones del Espíritu Santo, cuando son más valiosos los ungüentos de disposiciones para la unión de Dios, cuando se dan las ansias de las cavernas del alma, extremadas y delicadas. Es que estos ungüentos disponen más próximamente a la unión con Dios, y por eso engolosinan a alma más finamente de Dios: el deseo se hace más fino y profundo, porque el deseo de Dios es disposición para unirse con Dios.

San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 3ª, verso 3, 18ss

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Ciclo A, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 24, 2011

¿Le damos a Dios lo que es de Dios?

Quizá todos nos sabemos de memoria la frase de Jesús: «Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Pero otra cosa es ponerla en práctica.

Veamos primero qué es de Dios: la vida que poseemos, la salud, la inteligencia, la libertad, los sentidos, la capacidad de amar y ser amados, nuestro cuerpo, nuestra alma…; en fin, toda nuestra biología, psicología y espiritualidad.

Además, porque habíamos pecado, lo habíamos perdido todo; sin embargo, Él mismo nos amó tanto que se hizo una criatura, vivió como uno de nosotros y dio su vida por nuestra felicidad eterna. La creación, la encarnación y la redención: todo fue obra de Dios, para el bien de nuestra alma.

Por eso, el uso correcto de nuestro cuerpo y de nuestra alma glorifican a Dios: porque son de Él; y ese uso correcto consiste primero en actuar, hablar y pensar con dignidad de seres humanos. Y segundo, actuar, hablar y pensar como hijos de Dios, lo que significa hacer vida en nosotros la doctrina de Jesucristo, que le dejó a Iglesia que Él fundó: la Tradición Apostólica y la Biblia.

Hoy, como leemos en la primera lectura, Dios nos lleva de la mano para darle gloria, con cuerpo y alma, doblegando a las naciones y desarmando a los reyes del mal; hace que las puertas de la felicidad se abran ante nosotros y no vuelvan a cerrarse; va delante de nosotros y aplana las pendientes, destroza las puertas de bronce y rompe las trancas de hierro, para que podamos progresar; nos da tesoros secretos y riquezas escondidas para que sepamos que Él es el Dios que nos llama a cada uno por nuestro nombre.

En la segunda lectura, san Pablo da gracias sin cesar a Dios por la fe de los tesalonicenses, por su amor y por su espera en Cristo Jesús, nuestro Señor, que no se desanima; el Evangelio que les llevó no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo. Ellos sí le daban a Dios lo que es de Dios.

Y, ¿qué es del «César»? El dios dinero, el dios poder, el dios placer y el dios fama. Pues, ¡Al dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!

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Cómo defendernos del maligno

Posted by pablofranciscomaurino en junio 25, 2011

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

Cómo defendernos del maligno

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

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Ciclo A, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

Está vivo, ¡resucitó!

Nadie lo podía creer, pero ahí estaba el muerto: tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Así se comenzaron a cumplir las palabras del Señor: «Voy a abrir las tumbas de ustedes, oh pueblo mío, haré que se levanten de sus tumbas […] Entonces, cuando haya abierto sus tumbas y los haya hecho levantarse, sabrán que yo soy el Señor. Pondré en ustedes mi Espíritu y vivirán. –Palabra del Señor.»

Es que la verdadera muerte no es lo que creemos los hombres: es la imposibilidad de ganar la dicha eterna en el Cielo, estar en el pecado, vivir sin la gracia de Dios. Todo eso es muerte: sin esperanza, sin ilusión, sin vida de fe; sin tener presente la existencia verdadera de la Santísima Trinidad, de Santa María Virgen, de los ángeles, de los santos, de los que se limpian sus pecados en el purgatorio…

Y de los demonios, que buscan por todos los medios que muramos una y otra vez a la vida sobrenatural, que vivamos según la carne: que nos ocupemos exclusivamente del placer, del tener, del poder o de la fama…, y así nos olvidemos de lo que Dios tiene preparado a los que lo aman.

Esta muerte es peor que la separación del alma y el cuerpo: es muerte en vida, y es eterna, si no resucitamos a través de la confesión de nuestros pecados. ¡Esa reconciliación con Dios es la resurrección que, más que la de Lázaro, nos lleva a la verdadera Vida: ya no estamos en la carne, sino que vivimos en el espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en nosotros! Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en nosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en nosotros.

Morir es, pues, tener pecados mortales. Enfermarnos es tener pecados veniales. Y para ambos hay remedio: la resurrección del Sacramento de la Reconciliación y el arrepentimiento sincero, junto con el inicio de una nueva vida: Vida de Dios, vida para Dios.

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Ciclo A, I domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 23, 2011

El demonio ataca

 

Luego de la creación del hombre, el demonio lo incitó para que cometiera el mismo pecado en el que él incurrió: la soberbia. «Serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es», dijo el demonio.

Así fue la caída; pero el don de Dios no tiene comparación: la gracia de Dios se multiplica más todavía cuando este don gratuito pasa de un solo hombre, Jesucristo, a toda la humanidad, específicamente a todos aquellos que aprovechan el derroche de la gracia y el don de la verdadera rectitud.

Cuando el demonio le dijo a Jesús: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: Dios dará ordenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra alguna», lo estaba tentando con la soberbia. Lo tentó también con el placer: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan». Y lo tentó con el tener: «Te daré todo esto si te arrodillas y me adoras».

Hoy, igualmente, él desea que caigamos en las tentaciones que nos pone a diario: la fama o el reconocimiento de los demás como finalidad principal y última de la vida; el deseo exagerado de poseer bienes materiales o dinero; y el hedonismo, el culto al placer del cuerpo, que nos cosifica a todos, incluida la mujer, que se ha ido convirtiendo en objeto de placer sexual.

Y todos hemos experimentado esos tres tipos de tentaciones. Se puede decir, entonces, que nuestra relación con el demonio es frecuente, diaria. Por eso es extraño que algunos se admiren al oír hablar del demonio; quizá piensan que él solamente ataca con la posesión, que es la más rara de sus formas de agredir. Recordemos que, además, el demonio hostiga también con las obsesiones.

Llama la atención que Jesús haya respondido al demonio con palabras de la Sagradas Escrituras. Lo hizo para enseñarnos que ante las tentaciones debemos seguir la Palabra de Dios contenida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia, cuyo resumen y actualización está en elCatecismo de la Iglesia Católica.

 

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Se buscan sacerdotes sin miedo

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 19, 2011

 

Se buscan sacerdotes de oración, de vida interior, de intimidad con Dios. Sacerdotes que sepan cuáles son las prioridades de Dios en la economía de la salvación, porque hablan a Diario con Él, porque saben escuchar la voz interior del Espíritu Santo que los guía siempre en su lucha personal para ser mejores hijos y ministros de Dios y para aconsejar adecuadamente a las almas. Sacerdotes que nunca piensen que el tiempo que dedican a la oración es tiempo perdido sino que, por el contrario, con ello se enriquecen espiritualmente para cumplir con su misión.

Se buscan sacerdotes que no se sientan retrógrados por vivir como víctimas, junto a la Cruz de Cristo; porque se identifican con Él, y desean ser corredentores, en su vida de austeridad y de renuncias al mundo del placer, del poder, de la fama o del tener. Sacerdotes que sean capaces de ofrecer sacrificios voluntarios por las almas que les han sido confiadas, para que Dios las lleve por el camino del bien, de la paz y del amor.

Se buscan sacerdotes que, para saber “tocar” a los fieles, confíen más en la fuerza y el poder de Dios que en sí mismos o en sus técnicas; que crean menos en sus virtudes y más en Dios; que se den cuenta de que se consigue más con una vida interior profunda y diligente que con simpatía para atraer feligreses o cambiando las rúbricas de la liturgia para “hacerlas más asequibles”…

Se buscan sacerdotes que no tengan miedo de ahuyentar a los feligreses si les dicen que es necesario cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Sacerdotes que —valientemente, como los apóstoles— enseñen a los fieles a luchar para ser cada vez mejores cristianos, a tener vida de oración para acercarse más a Dios, a hacer un apostolado alegre para atraer tanto a bautizados como a no bautizados al camino del amor, a poseer mayor conocimiento de su Fe, estudiando el Catecismo, la Biblia, los documentos de la Iglesia… el Magisterio.

Se buscan sacerdotes que celebren la Santa Misa como el centro de la vida espiritual, con devoción y respeto. Sacerdotes que sigan las recomendaciones sobre los ritos sagrados y las enseñen a seguir.

Se buscan sacerdotes que, con una obediencia fiel y delicada al Papa y a los obispos unidos a él, den ejemplo a todo el rebaño de Dios; que no se demoren en poner por obra las directrices de su obispo, de los sínodos, de los concilios y del Vaticano.

Se buscan sacerdotes completamente desapegados y confiados únicamente en Dios–Padre, que se sepan pequeñas criaturas y sean total y delicadamente obedientes a Dios y a su Iglesia, que le ofrezcan vivir crucificados con Jesús y unidos a Él en la Sagrada Eucaristía, que sean misericordiosos con todos y permanezcan indiferentes a todo lo que no sea amor, para que sean así eco del Espíritu Santo en todos sus actos, palabras y pensamientos, y hasta en sus sentimientos.

 

 

 

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Ciclo A, IV domingo del Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 7, 2011

La paradoja cristiana

 

Hoy, los medios de comunicación nos dicen qué creer, por cuáles cosas luchar, cómo debemos portarnos para hallar la felicidad… Esto ha formado una gran cantidad de esclavos. Esclavos del placer, del tener, del poder, de la fama… Y la experiencia nos ha mostrado que ninguno de esos caminos hace feliz a nadie.

En cambio, bastaría ver a un buen católico para descubrir la esencia de la felicidad verdadera. Un buen católico es el que vive las palabras de Jesús:

Feliz el que tiene el espíritu del pobre, porque de él es el Reino de los Cielos. Espíritu de pobre es no confiar en el dinero, ni en sus habilidades, ni en sus influencias… Es confiar sólo en Dios. ¿Quién podrá contra él?

Feliz el que llora, porque recibirá un consuelo infinito: el Amor de Dios.

Feliz el paciente, porque recibirá la tierra en herencia.

Feliz el que tiene hambre y sed de justicia, porque será saciado.

Feliz el compasivo, porque obtendrá misericordia.

Feliz el de corazón limpio, porque verá a Dios.

Feliz el que trabaja por la paz, porque será reconocido como hijo de Dios. ¡Hijo, no esclavo!; posee toda la dignidad de un hijo de Dios.

Feliz el que es perseguido por causa del bien, porque de él es el Reino de los Cielos.

Felices nosotros, cuando por nuestro amor a Dios y a los hombres nos insulten, nos persigan y nos levanten toda clase de calumnias. Alegrémonos y estemos contentos, porque será grande la recompensa que recibiremos en el Cielo, porque bien sabemos que así persiguieron a los profetas que vivieron antes de nosotros y fueron felices.

Es que lo que importa no es esta vida pasajera; lo que es verdaderamente primordial es ser felices eternamente: no por unos cuantos días, meses o años, como nos lo ofrecen los medios de comunicación y las costumbres de hoy.

¡Fuimos hechos para la eternidad!

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Ciclo C, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 12, 2010

¿Está alegre tu corazón?

Casi todos los hombres buscan continuamente las diversiones y las distracciones, e inventan una y mil formas para gozar, es decir, usar las cosas y aprovechar las circunstancias para experimentar placer con ello.

A veces esto sucede porque hay muchas penas; al fin y al cabo, ¿no es este mundo «un valle de lágrimas»? Pero en la mayoría de las ocasiones esta actitud obedece a que el hombre no tiene paz ni alegría en su corazón, razón que mueve a muchos a buscarlas en las sectas y en el esoterismo…

El católico se distingue de los demás —esencialmente— por tres características: la Fe: creemos en todo lo que decimos en el Credo y en lo que está escrito en el Catecismo; la Esperanza: sabemos que nos espera el premio a nuestros esfuerzos; y la Caridad: estamos seguros de que el amor es el verdadero y único camino que lleva a la felicidad verdadera.

Las lecturas de hoy nos enseñan que la alegría del cristiano nace de la Esperanza. Isaías nos dice: Festejen a Jerusalén, gocen con ella, alégrense de su alegría…, se alegrará su corazón.

San Pablo nos urge para que luchemos por ella: el cristiano debe su alegría a la gloria de la Cruz de Cristo, no a la vanagloria personal —a menudo nos creernos más de lo que somos—, ya que es sólo eso: vana gloria.

A su vez, san Lucas nos cuenta cómo Jesús envió a setenta y dos discípulos a dar a todos la más nueva, positiva y alegre noticia: está cerca de ustedes el Reino de Dios, la alegría y la paz absolutas.

Algo que llama la atención es que Jesús les dice a esos enviados que no lleven talega, alforja ni sandalias; esto es, a no poner las ilusiones en las cosas, sino en el motivo de nuestra verdadera esperanza: ¡el día en que se cumplirá lo que hoy nos hace dueños de la alegría!

¿Nos hemos dado cuenta alguna vez que también nosotros somos portadores de esta Buena Noticia?

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Ciclo C, IV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 4, 2010

El amor verdadero

 

No hay sentimiento más noble que el amor.

La nobleza y la bondad, como el altruismo y la filantropía, palidecen ante el amor.

Muchos han escrito sobre el amor, pero pocos lo han hecho como san Pablo; hoy, esas singulares palabras están en la Liturgia. Pareciera que no hay nada que quitar ni nada que añadir.

Pero sí podemos tratar de entenderlas en su máxima expresión:

Sólo Dios puede amar de veras, y esa cualidad es insondable; tanto, que únicamente en la otra vida «veremos cara a cara», entonces podremos conocer como Dios nos conoce. Y como «mi conocer es por ahora inmaduro» y sólo se ama lo que se conoce, hoy no sabemos amar de verdad.

Lo prueba la vida cotidiana: casi todos luchando egoístamente por lo suyo; solamente unos pocos viviendo para los demás. Y en la célula de la sociedad, que es la familia, muchos esposos tratando de aprovecharse al máximo de su cónyuge, mientras que solo unos pocos dan ejemplo de entrega verdadera, sin esperar nada a cambio, fuera de la satisfacción de ver feliz al otro.

¿Cuál es el secreto de estos, los que sí saben amar? Tal vez saben que es imposible amar sin sacrificio, ese espíritu de sacrificio que da con gusto y que se da con gusto: la satisfacción de saciar las ansias del ser amado, y que también sacia las ansias de felicidad de quien se entrega por amor.

Llenarse de dinero, de fama, de cosas materiales, de placer… siempre deja un vacío. Pero dar enriquece el alma, como hace una madre cuando limpia a su bebé dejando a un lado el asco, cuando lo amamanta aunque la hiera, cuando hace todo por su bienestar aun a costa del suyo, ¡y sabiendo que él no se da cuenta de todos sus sacrificios!…

Esto es lo único que nos puede hacer felices y, lo que es mejor, nos prepara para la otra vida, donde ya no habrá necesidad de fe pues ya veremos el Amor cara a cara; ni esperanza, ¡pues experimentaremos el Amor perfecto!

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Cómo defendernos del Maligno

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

 

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

 

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

 

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

 

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

 

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

 

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

 

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

 

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

 

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

 

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

 

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

 

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

 

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

 

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

 

   

  

 

 

 

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Ciclo B, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 8, 2008

 Ya viene. ¿Estamos listos?

 

Dice Isaías que una voz —la de Juan el Bautista— clama: «Abran el camino al Señor en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.» Porque aparecerá la gloria del Señor y todos los mortales a una verán que el Señor fue el que habló.

«¡Aquí está su Dios!» Sí, aquí viene el Señor, el fuerte, el que pega duro y se impone. Trae todo lo que ganó con sus victorias, delante de él van sus trofeos.

Pero más parece que el mundo entero amenaza ruina: la corrupción de las costumbres, la lucha casi enfermiza por el dinero y el placer, la violencia generalizada, el olvido de Dios…

Algunos dicen que Dios se demora en cumplir su promesa, pero no es así: Pedro afirma hoy que ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. El Señor es generoso con todos, y no quiere que se pierdan algunos, sino que todos lleguen a la conversión, y les da el tiempo necesario para que lo logren.

Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en que reine la justicia. Con una esperanza así, esforcémonos para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.

Sigamos escuchando a Juan, el Bautista:

«Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo.»

El que viene es Jesús, el Salvador, el que nos bautiza en el Espíritu Santo. Y llegará en pocos días a nuestro corazón. ¿Cómo lo estamos esperando? ¿Cómo nos estamos preparando?

¿Tenemos acaso lleno el corazón de deseos de dinero y de placeres? Si ese corazón ya está ocupado, ¿cómo podrá entrar Jesús?

Nos está dando tiempo. ¿Qué esperamos?

 

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