Hacia la unión con Dios

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Se tenían que ir

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2018

En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños». (Mt 11, 25)

Es evidente, por esta cita, que Dios no regala el don de la Fe a quienes se creen sabios e inteligentes. San Lucas nos da una idea más clara en su texto:

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito». (Lc 10, 21)

Debe notarse que san Lucas nos advierte que Jesús, antes de decirlo, se llenó de gozo en el Espíritu Santo; esto nos debe asegurar que proviene del Espíritu Santo esa sensación de gozo al advertir quiénes son los escogidos: los pequeños; y también a quiénes se les ocultan los secretos del Reino de Dios: los sabios e inteligentes según el mundo, según la carne. Jesús se regocija tanto en esto, que bendice al Padre, porque ha sido su beneplácito, es decir, porque así lo quiso.

Y así lo quiso desde el comienzo: Dios escogió lo que vale poco a los ojos del mundo, según la carne. Eso fue lo que hizo que san Pablo exclamara, al ver a los primeros discípulos de Jesús:

¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. (1Co 1, 26-28)

Y quiso nuestro Señor que eso fuera así desde el comienzo cuando, al empezar su vida apostólica, dijo citando al profeta Isaías (61, 1):

El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos. (Lc 4, 18)

Y también desde el comienzo afirmó:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (Mt 5, 3)

Así, pues, dejó muy claro el mismo Fundador de la Iglesia quiénes deberían pertenecer a su rebaño.

Y ¿quiénes son los pobres de espíritu? Son los santos, como nos lo ha mostrado la historia de la Iglesia: aquellos discípulos de Jesús que obedecen con sencillez y simplicidad a los superiores, al director, guía o acompañante espiritual, a la Iglesia, a su Magisterio, al Papa…

Debe notarse que quienes han sido nombrados doctores de la Iglesia se han distinguido por su fidelidad al Magisterio, por su obediencia a la Iglesia, por su amor y su sumisión al Papa y, principalmente, por los elogios repetitivos que hicieron de la virtud de la humildad: ¡Pobreza de espíritu!

Pero aún hoy se siguen erigiendo personas que se atreven no solo a cuestionar al Papa, sino hasta su elección: ¡Cuestionan al Espíritu Santo! Se rebelan contra Él, se apartan de la obediencia al Papa y a su Magisterio, evalúan y analizan sus palabras, para encontrar en ellas algún error del cual acusarlo, tanto como lo hacían los escribas y fariseos con Jesús. Son, como ellos, los nuevos sabios e inteligentes de este mundo, a quienes Jesús no incluyó en el grupo de sus discípulos.

Salieron de entre nosotros; pero no eran de los nuestros. Si hubiesen sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros. Pero sucedió así para poner de manifiesto que no todos son de los nuestros. (1Jn 2, 19)

Es que…

…la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. (1Co 3:19)

Por eso, se tenían que ir.

Pero están a tiempo, si quieren enmendarse:

¡Nadie se engañe! Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio. (1Co 3, 18).

 

 

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Practicar la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2018

El Magisterio de la Iglesia, custodio de la Revelación Universal, de la Palabra de Dios, nos ha enseñado que debemos practicar las obras de misericordia.

Y a esto nos ha invitado Su Santidad Francisco, no solo durante el año del jubileo, sino en muchas de sus predicaciones y entrevistas y, finalmente, en su exhortación apostólica: Gaudete et exultate.

En este documento, cita a Jesús, en el Evangelio según san Mateo, capítulo 25:

“Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” (25,35-36)

Hay que recordar que, en esta perícopa evangélica, Jesús comienza explicando cómo vamos a ser juzgados (vv 31-32); en consecuencia, lo que Jesús nos dice es por qué seremos juzgados: si hicimos o no esas obras de misericordia.

Por eso es muy importante que sepamos cuál es la razón por la que debemos amar así al prójimo.

Jesús, cuando fue interrogado malintencionadamente por un fariseo sobre cuál es el mayor mandamiento de la Ley, le dijo:

“Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente.” (Mt 22, 37; Mc 12, 30)

Y añadió:

“Este es el mayor y el primer mandamiento.” (Mt 22, 38)

Y, para que quedara claro que este mandamiento es diferente del segundo, continuó:

“El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Mt 22, 39; Mc 12, 31)

Son, pues, 2 mandamientos distintos.

Pero quien conoce a Dios descubre que Él ama sin medida a los seres humanos; y esto se hizo evidente en la prueba más grande de su amor: en la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.

Y quien ama a alguien ama lo que ese alguien ama; y si Dios ama tanto al ser humano, quien ama verdaderamente a Dios, deberá amar al prójimo.

Por todo esto, debemos deducir que la causa del amor al prójimo es el amor a Dios. Dicho de otra manera: la razón por la que debemos amar al prójimo es que amamos a Dios. O mejor: amar al prójimo es la consecuencia lógica de amar a Dios.

Pero hay que aclarar que, en el itinerario del crecimiento en el amor al prójimo, el seguidor de Cristo va descubriendo que los hermanos tienen unas necesidades para su vida temporal y otras para alcanzar la Vida eterna; y que estas últimas son más importantes. Efectivamente, la Palabra de Dios dice que nuestra vida, aquí en la Tierra, es muy corta:

Recuerda que mi vida es un soplo. (Jb 7, 7a)

Oh sí, de unos palmos hiciste mis días, mi existencia cual nada es ante ti; sólo un soplo, todo hombre que se yergue, nada más una sombra el humano que pasa. (Sal 39, 6-7a)

¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!  (St 4, 14b)

Por esto, los cristianos más avanzados en el camino del amor saben que las ayudas materiales que les hagan a sus hermanos se les acabarán con esta vida presente: darles de comer, de beber, vestido, posada, visitarlos, etc. son obras de misericordia que les servirán mientras estén vivos. En cambio, si los ayudan a salvarse, ¡esa dicha sí que les durará eternamente! Y si los ayudan a santificarse, ¡mejor será para ellos!: alcanzarán un grado mayor de gloria en el Cielo.

El mismo Jesús nos lo dijo:

Trabajad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece. (Jn 6, 27a)

Así, pues, los cristianos más avanzados, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales de sus hermanos, se ocupan más —y principalmente— de sus necesidades espirituales.

Así hacía san Pablo; él decía: Nosotros no ponemos nuestro interés en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas. (2Co 4, 18)

Y explicaba la razón: es que la apariencia de este mundo pasa. (1Co 7, 31b)

Por eso exhortaba a todos: Buscad las cosas de arriba. (Col 3, 1b) Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. (Col 3, 2)

Porque nosotros somos ciudadanos del cielo. (Flp 3, 20a)

Pero vale la pena preguntarnos por qué insistía tanto en este tema. Y la respuesta es que él temía que nos concentráramos mucho en nuestras necesidades temporales y que, sin darnos cuenta, nos fuéramos olvidando de la felicidad auténtica: el Cielo.

Y eso le pasó a uno de sus discípulos: Demas me ha abandonado por amor a este mundo. (2Tm 4, 10a)

Él sabía que a muchos cristianos les ocurriría lo mismo; por eso escribió: Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; pero los que viven según el espíritu, lo espiritual. (Rm 8,5)

Y también: el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna(Ga 6, 8)

De ese error se queja hoy el Santo Padre en el nº 100 de su exhortación apostólica:

Lamento que a veces las ideologías nos lleven a dos errores nocivos. Por una parte, el de los cristianos que separan estas exigencias del Evangelio de su relación personal con el Señor, de la unión interior con él, de la gracia. Así se convierte al cristianismo en una especie de ONG, quitándole esa mística luminosa que tan bien vivieron y manifestaron san Francisco de Asís, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Calcuta y otros muchos. A estos grandes santos ni la oración, ni el amor de Dios, ni la lectura del Evangelio les disminuyeron la pasión o la eficacia de su entrega al prójimo, sino todo lo contrario.

Como se puede deducir de estas palabras del Papa, las obras de misericordia católicas son infinitamente superiores a lo que hace una ONG, puesto que estas últimas no nacen del amor de Dios: son filantropía pura (hacer el bien porque es bueno). En cambio, el amor cristiano nace de su fuente: la intensidad del amor a Dios es tan alta, que el cristiano se desvive por el prójimo, se da por entero, desgastándose, día a día, sirviéndolo, sólo por amor a Dios.

Por eso, Jesús nos previno, cuando le contestó a la hermana de Lázaro: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola.” (Lc 10, 41-42) Y esta es: la salvación.

Ahora bien: los cristianos debemos trabajar por la salvación de todos, sin dejar de ejercer la caridad en las cosas temporales. Eso fue lo que determinaron las autoridades de la Iglesia naciente, como nos lo cuenta el mismo san Pablo, cuando las visitó para determinar cómo trabajarían por la salvación de las personas:

Reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. (Ga 2, 9-10)

Es evidente, pues, que nadie —absolutamente nadie— está exento de la obligación de ayudar a los pobres y necesitados. Bien lo expresó san Cesáreo de Arlés:

Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo Él mismo: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos”, [porque] cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad. (Sermón 25, 1: CCL 103, 111)

Debemos, pues, practicar siempre la caridad completa: ayudar a nuestros hermanos tanto en sus necesidades temporales como en las eternas.

Pero jamás olvidemos de que lo que quiere Dios es la felicidad de su criatura predilecta —el ser humano— y la felicidad, para que sea auténtica, no debe acabar, debe ser eterna (una felicidad que algún día acabará no es verdadera).

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Las ‘riquezas’ de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2017

 

—Ese Vaticano es riquísimo. ¿Por qué no venden todas esas obras de arte y esos edificios, para darle el dinero a los pobres?

—El Papa vive en medio de riquezas, mientras hay millones de personas muriendo de hambre.

—¿No predican la caridad? Y mírenlos: llenos de oro.

—Los curas tienen plata por montones. ¿Dónde está su amor por los pobres y necesitados? ¿Por qué no cumplen el voto de pobreza que emitieron?

—A nosotros nos piden dinero con frecuencia, pero ellos no dan nada.

—La Iglesia Católica es la institución más rica de la Tierra. Y tiene poder político, influencias; no solo dinero.

Estos y muchos argumentos más se emiten, tanto en conversaciones familiares y sociales, como en los medios de comunicación.

 

Al respecto, hay 2 conceptos que suelen no tenerse en cuenta cuando se habla de este tema:

El primero es la función de la Iglesia Católica o, como se diría hoy a nivel empresarial: su misión.

La misión de una empresa contesta la pregunta “¿Cuál es nuestra razón de ser? Sirve como un punto de referencia para que todos los miembros de la empresa actúen en función de esa misión, es decir, lograr que se establezcan objetivos, diseñen estrategias, tomen decisiones y se ejecuten tareas, bajo ese criterio. Además, la misión le da identidad y personalidad a una empresa, permitiendo así distinguirla de otras empresas similares.

Asumiendo esta definición, la misión de la Iglesia Católica es la que le dio su Fundador:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. » (Mt 28, 19)

«Id por todo el Mundo y predicar el Evangelio a toda criatura.» (Mc 16, 15)

Como se ve, en estas frases queda clarísima, pues, la función de la Iglesia: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR.

En ninguna parte de esta definición de su misión se expresa que la Iglesia deba solucionar problemas de orden temporal y, mucho menos, económicos.

Al contrario, en la escena en la que una mujer derrama sobre Jesucristo un perfume de alabastro, sus discípulos hablaron sobre el derroche que eso significaba; efectivamente, dijeron: «Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres» (Mt 26, 9; Mc 14, 5; Jn 12, 5); pero Él contestó: «Pobres en todo tiempo los tendréis con vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; Jn 12, 8). Esto significa, primero, que la misión de Jesús ni de la Iglesia que fundaba no era acabar con la pobreza material; y segundo, que de todos modos la pobreza material jamás acabará.

Por todo lo dicho, están erradísimos quienes reclaman esa función para la Iglesia.

 

El segundo concepto que se olvida mucho es que, a pesar de que esa no es su función —su misión—, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda en los desastres naturales, en las guerras y en todas las calamidades de cualquier parte del Mundo: no hay ningún gobierno u ONG que ayude más. Y fuera de los momentos en los que hay desastres o calamidades, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda ordinariamente a la humanidad con sus innumerables instituciones de caridad: hospitales, horfanatos, ancianatos, centros educativos, jornadas de salud, etc., etc., etc.

 

En resumen: la Iglesia no fue fundada para solucionar problemas económicos ni para acabar con la pobreza material; a pesar de eso, es la institución que más ayuda a la humanidad.

 

Alguien argumentará que el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, afirmó: «Quiero una Iglesia pobre, para los pobres», y es verdad; pero ¿a qué pobreza se refería el Santo Padre? A la misma pobreza a la que se refirió Jesús cuando aseguró: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Pero este concepto debe entenderse como lo ha enseñado siempre la Iglesia: tal y como lo exponen san Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, y santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69, quienes explican la relación de los Dones del Espíritu Santo con las Bienaventuranzas.

Ellos revelan que, por el don del Temor, ese miedo a ofender a un Ser tan bueno, las personas desarrollan grandemente la virtud de la Humildad, pero entendida según la primera acepción del diccionario: «el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y el obrar de acuerdo con ese conocimiento». Y por eso es que Jesús los llama Pobres de espíritu, es decir, esas personas que ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. En otras palabras, según la enseñanza divina, los pobres de espíritu son los humildes. Y a quienes tienen esa hermosa virtud es a quienes se refería el Papa Francisco: una Iglesia compuesta por hombres y mujeres que conocen sus propias limitaciones y debilidades y que obran de acuerdo con ese conocimiento.

 

Alguno habrá que haya entendido a Su Santidad Francisco, no como lo ha enseñado siempre la Iglesia, sino como el mundo entiende a los pobres: aquellas personas necesitadas, que ni siquiera tienen lo necesario para vivir dignamente.

Y es así como algunos quieren que viva la Iglesia: sin medios para realizar su función: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR: se necesita dinero para construir y mantener los templos donde se puedan congregar los fieles a celebrar la Misa, a recibir los Sacramentos y a que se les proclame y predique la Palabra de Dios; se necesita dinero para editar y publicar los documentos con los que la Iglesia forma a sus fieles; se necesita dinero para que los sacerdotes vivan dignamente, y así puedan ejercer bien su labor, etc.

A nadie le parece bien que los trabajadores carezcan de lo necesario para realizar su labor, pero a la Iglesia algunos le quieren negar ese derecho. Entienden que tanto profesionales como artesanos deben tener lo necesario para vivir, pero no les conceden ese derecho a otros ciudadanos, como los sacerdotes y religiosos. Piden que se venda el Vaticano y todos los tesoros que contiene, pero jamás se les ocurriría pedir que se vendan los edificios y haberes del Gobierno y de los políticos, de las empresas y sus empresarios, de los profesionales, de los negociantes, etc.

Hay quienes piensan que todos los seres humanos tienen derecho a salir de la pobreza material y hasta luchan por ello, pero quieren a la Iglesia en malas condiciones materiales y económicas…

 

No sobra hacer una claridad a quienes afirman que los curas deberían cumplir su voto de pobreza: emiten este voto únicamente quienes se entregan a una vida consagrada; ni los diáconos (hay casi 45.000 en el Mundo) ni los sacerdotes (en la actualidad, casi 416.000 presbíteros y cerca de 52.000 obispos) ni el Papa hacen el voto de la pobreza, a no ser que sean religiosos, es decir, que pertenezcan a un instituto de vida consagrada. A la fecha, son casi 737.000 personas de vida consagrada en la Iglesia; los demás no hacen votos.

 

Por último, sería muy bueno que no generalizáramos: alguna vez alguien dijo:

—Es que los curas son ladrones y viven súper bien.

Uno le respondió:

—¿Y es que los conoces a todos?

—No —dijo el otro—, pero sí conozco a un cura que…

—Entonces di que conoces UN cura que…

 

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Noviembre 1

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

TODOS LOS SANTOS

Nuestra fiesta

Cuando Jesús nos dijo a todos que fuéramos santos como su Padre, simplemente repitió lo que Dios ya había dicho doce siglos antes, en el Levítico, capítulo 20, versículo 26. Y es lo mismo que el primer Papa, san Pedro, escribió en su primera encíclica (1P 1, 15).

Nuestra vocación a la santidad —la unión plena con Dios— está, pues, en la médula de la Revelación de Dios al ser humano: es nuestro deber ser santos. Y si Dios nos lo pide, es porque sabe que contamos con su gracia para lograrlo.

Por eso, al final de los tiempos, Juan vio una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos, para la gloria de Dios.

¡Nos vio a nosotros! A los que Dios llama hijos de Dios, pues ¡lo somos!, como bien lo dice san Pablo en la segunda lectura.

Y, ¿cómo tenemos esa certeza? Él mismo nos responde: «Todo el que tiene esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.» La pregunta obvia que nace es esta: ¿Tenemos esa esperanza?

La esperanza proviene de la Palabra de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.» Somos pobres si nos sentimos necesitados de Dios; no lo somos si confiamos en el dinero, en nuestras posesiones, en nuestras habilidades…

Y con las demás bienaventuranzas se acrecienta nuestra esperanza porque, como Jesús lo prometió, seremos consolados, heredaremos la tierra, quedaremos saciados, alcanzaremos misericordia, veremos a Dios, nos llamarán Hijos de Dios, será nuestro el reino de los cielos ¡y nuestra recompensa será grande en el cielo!

Hoy celebramos a todos los que, con la gracia de Dios lo lograron.

¿Estamos haciendo todo para que un día nos celebren esta solemnidad?

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Las obras de misericordia*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2008

Espirituales

1. Enseñar al que no sabe

2. Dar buen consejo al que lo necesita

3. Corregir al que yerra

4. Perdonar las injurias

5. Consolar al triste

6. Sufrir con paciencia las molestias de nuestros prójimos

7. Rogar a Dios por los vivos y por los muertos

Corporales

1. Visitar a los enfermos

2. Dar de comer al hambriento

3. Dar de beber al sediento

4.Visitar a los presos

5. Vestir al desnudo

6. Dar posada al peregrino

7. Enterrar a los muertos

Iglesia Católica

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