Hacia la unión con Dios

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Cómo actuar ante las agresiones

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Cuando alguien es agredido constantemente, ¿debe soportar cristianamente esas ofensas?, ¿debe poner la otra mejilla, como enseñó Jesús?

¿Hasta qué punto esa actitud sería  masoquista?, ¿no es un error quedarse callado para que la situación se torne cada vez peor?, ¿no es mejor hablar con el agresor para que detenga los ataques?, ¿debe detenerlo usando cualquier medio, para preservar la dignidad que tiene como hijo de Dios?…

Se mezclan aquí dos actitudes: la de poner la otra mejilla propuesta por Jesús y la obligación que tenemos de hacer respetar nuestra dignidad de hijos de Dios.

¿Cómo conciliar ambos criterios? ¿Cuál es el justo medio que, como decía santo Tomás, es el punto que define toda virtud?

El criterio cristiano nos dicta las normas básicas: es necesario, primero, orar mucho por el agresor; después, ofrecer pequeños sacrificios por él; por último, en el momento más oportuno, hablarle con amor cristiano, explicándole que estamos preocupados por su comportamiento, no tanto por lo que nos hace sufrir, sino por su salud espiritual, por su salvación, recordándole que Dios, que todo lo ve, está observando su conducta.

Si ese “momento oportuno” no se da, debemos asumir que el mal que hay que erradicar es más grande y que requiere de mayor trabajo espiritual; por lo tanto, debemos deducir que el Señor quiere que oremos más, que ofrezcamos más mortificaciones por quien nos agrede, antes de hablar con él.

Pero si todo lo dicho no da resultado —especialmente si con ese comportamiento se van a perjudicar otros—, después de un tiempo prudencial, es necesario poner todos los medios humanos para evitar ese daño.

Para entender mejor esto conviene poner un ejemplo. El caso más frecuente es el de una mujer que es violentada verbal y psicológicamente por su marido y que, además, le es infiel. Ella, siguiendo el consejo descrito arriba, ora y ofrece pequeños sacrificios y habla con él, pero nada consigue.

Supongamos que se trata de una mujer que trabaja y que con ese trabajo puede mantenerse a sí misma y a sus hijos; hará bien en separarse de su marido, pues no es cristiano tolerar esas agresiones y, sobre todo, permitir que sus hijos sean expuestos a ese ambiente de gritos, insultos, humillaciones y burlas (la infidelidad es también una burla)…

Pero si la mujer depende económicamente de su marido y sus hijos son pequeños todavía, además de poner toda la diligencia para buscar trabajo, debe acudir a la autoridad competente (una comisaría o inspección de familia, juzgado de familia, la fiscalía…), y presentar el caso, para recibir asesoría psicológica y/o ayuda legal, de modo que se corrija esa conducta injusta.

Y mientras se llevan a cabo esos trámites, si no se logran evitar algunas agresiones, conviene soportarlas cristianamente, como san Pablo lo recomendó y como Cristo lo hizo, por amor a los hijos y ofreciéndolas por ellos y por la conversión de su esposo.

 

 

 

 

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