Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Predicar’

Lo que se debe predicar*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 22, 2019

“Si os propusiera mis ideas,

también yo sería de aquellos pastores que,

en lugar de apacentar las ovejas,

se apacientan a sí mismos. […]

Esto dice el Señor:

¡Ay de los pastores que se apacientan a sí mismos!”

(De san Agustín, obispo, Sobre los pastores: sermón 46, 1-2: CCL 41, 529)

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Las ‘riquezas’ de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2017

 

—Ese Vaticano es riquísimo. ¿Por qué no venden todas esas obras de arte y esos edificios, para darle el dinero a los pobres?

—El Papa vive en medio de riquezas, mientras hay millones de personas muriendo de hambre.

—¿No predican la caridad? Y mírenlos: llenos de oro.

—Los curas tienen plata por montones. ¿Dónde está su amor por los pobres y necesitados? ¿Por qué no cumplen el voto de pobreza que emitieron?

—A nosotros nos piden dinero con frecuencia, pero ellos no dan nada.

—La Iglesia Católica es la institución más rica de la Tierra. Y tiene poder político, influencias; no solo dinero.

Estos y muchos argumentos más se emiten, tanto en conversaciones familiares y sociales, como en los medios de comunicación.

 

Al respecto, hay 2 conceptos que suelen no tenerse en cuenta cuando se habla de este tema:

El primero es la función de la Iglesia Católica o, como se diría hoy a nivel empresarial: su misión.

La misión de una empresa contesta la pregunta “¿Cuál es nuestra razón de ser? Sirve como un punto de referencia para que todos los miembros de la empresa actúen en función de esa misión, es decir, lograr que se establezcan objetivos, diseñen estrategias, tomen decisiones y se ejecuten tareas, bajo ese criterio. Además, la misión le da identidad y personalidad a una empresa, permitiendo así distinguirla de otras empresas similares.

Asumiendo esta definición, la misión de la Iglesia Católica es la que le dio su Fundador:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. » (Mt 28, 19)

«Id por todo el Mundo y predicar el Evangelio a toda criatura.» (Mc 16, 15)

Como se ve, en estas frases queda clarísima, pues, la función de la Iglesia: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR.

En ninguna parte de esta definición de su misión se expresa que la Iglesia deba solucionar problemas de orden temporal y, mucho menos, económicos.

Al contrario, en la escena en la que una mujer derrama sobre Jesucristo un perfume de alabastro, sus discípulos hablaron sobre el derroche que eso significaba; efectivamente, dijeron: «Podría haberse vendido a gran precio y darlo a los pobres» (Mt 26, 9; Mc 14, 5; Jn 12, 5); pero Él contestó: «Pobres en todo tiempo los tendréis con vosotros» (Mt 26, 11; Mc 14, 7; Jn 12, 8). Esto significa, primero, que la misión de Jesús ni de la Iglesia que fundaba no era acabar con la pobreza material; y segundo, que de todos modos la pobreza material jamás acabará.

Por todo lo dicho, están erradísimos quienes reclaman esa función para la Iglesia.

 

El segundo concepto que se olvida mucho es que, a pesar de que esa no es su función —su misión—, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda en los desastres naturales, en las guerras y en todas las calamidades de cualquier parte del Mundo: no hay ningún gobierno u ONG que ayude más. Y fuera de los momentos en los que hay desastres o calamidades, la Iglesia Católica es la institución que más ayuda ordinariamente a la humanidad con sus innumerables instituciones de caridad: hospitales, horfanatos, ancianatos, centros educativos, jornadas de salud, etc., etc., etc.

 

En resumen: la Iglesia no fue fundada para solucionar problemas económicos ni para acabar con la pobreza material; a pesar de eso, es la institución que más ayuda a la humanidad.

 

Alguien argumentará que el Papa Francisco, al iniciar su pontificado, afirmó: «Quiero una Iglesia pobre, para los pobres», y es verdad; pero ¿a qué pobreza se refería el Santo Padre? A la misma pobreza a la que se refirió Jesús cuando aseguró: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Pero este concepto debe entenderse como lo ha enseñado siempre la Iglesia: tal y como lo exponen san Agustín, en el libro De serm. Dom. in monte, y santo Tomás de Aquino, en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69, quienes explican la relación de los Dones del Espíritu Santo con las Bienaventuranzas.

Ellos revelan que, por el don del Temor, ese miedo a ofender a un Ser tan bueno, las personas desarrollan grandemente la virtud de la Humildad, pero entendida según la primera acepción del diccionario: «el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y el obrar de acuerdo con ese conocimiento». Y por eso es que Jesús los llama Pobres de espíritu, es decir, esas personas que ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. En otras palabras, según la enseñanza divina, los pobres de espíritu son los humildes. Y a quienes tienen esa hermosa virtud es a quienes se refería el Papa Francisco: una Iglesia compuesta por hombres y mujeres que conocen sus propias limitaciones y debilidades y que obran de acuerdo con ese conocimiento.

 

Alguno habrá que haya entendido a Su Santidad Francisco, no como lo ha enseñado siempre la Iglesia, sino como el mundo entiende a los pobres: aquellas personas necesitadas, que ni siquiera tienen lo necesario para vivir dignamente.

Y es así como algunos quieren que viva la Iglesia: sin medios para realizar su función: ENSEÑAR, BAUTIZAR, PREDICAR: se necesita dinero para construir y mantener los templos donde se puedan congregar los fieles a celebrar la Misa, a recibir los Sacramentos y a que se les proclame y predique la Palabra de Dios; se necesita dinero para editar y publicar los documentos con los que la Iglesia forma a sus fieles; se necesita dinero para que los sacerdotes vivan dignamente, y así puedan ejercer bien su labor, etc.

A nadie le parece bien que los trabajadores carezcan de lo necesario para realizar su labor, pero a la Iglesia algunos le quieren negar ese derecho. Entienden que tanto profesionales como artesanos deben tener lo necesario para vivir, pero no les conceden ese derecho a otros ciudadanos, como los sacerdotes y religiosos. Piden que se venda el Vaticano y todos los tesoros que contiene, pero jamás se les ocurriría pedir que se vendan los edificios y haberes del Gobierno y de los políticos, de las empresas y sus empresarios, de los profesionales, de los negociantes, etc.

Hay quienes piensan que todos los seres humanos tienen derecho a salir de la pobreza material y hasta luchan por ello, pero quieren a la Iglesia en malas condiciones materiales y económicas…

 

No sobra hacer una claridad a quienes afirman que los curas deberían cumplir su voto de pobreza: emiten este voto únicamente quienes se entregan a una vida consagrada; ni los diáconos (hay casi 45.000 en el Mundo) ni los sacerdotes (en la actualidad, casi 416.000 presbíteros y cerca de 52.000 obispos) ni el Papa hacen el voto de la pobreza, a no ser que sean religiosos, es decir, que pertenezcan a un instituto de vida consagrada. A la fecha, son casi 737.000 personas de vida consagrada en la Iglesia; los demás no hacen votos.

 

Por último, sería muy bueno que no generalizáramos: alguna vez alguien dijo:

—Es que los curas son ladrones y viven súper bien.

Uno le respondió:

—¿Y es que los conoces a todos?

—No —dijo el otro—, pero sí conozco a un cura que…

—Entonces di que conoces UN cura que…

 

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Oración del predicador para obtener la verdadera caridad*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 11, 2017

Señor, de verdad busco la auténtica felicidad de las personas que me escuchan y, por eso, quiero inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones: haz que nunca olvide que debo ser como Tú: misericordioso con ellos.

Me es más fácil exaltar lo malo de quienes me escuchan que lo bueno y generalizar diciendo que todos yerran; para mi impaciencia y soberbia, resulta más cómodo enfrentar a las personas con sus pecados y errores que llevarlos con amor a que mejoren: haz que sin perder la firmeza en la verdad, hable con caridad, con suavidad.

Que imite la caridad que usaba san Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.

Que nadie pueda pensar que me dejo llevar por los arranques de mi espíritu. Me es difícil conservar la debida moderación, necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obro sólo para hacer prevalecer mi criterio o desahogar mi mal humor.

Concédeme mirar con bondad a todos. Que me ponga a su servicio, a imitación de tu Hijo Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar. Que me avergüence de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; que si algún dominio ejerzo sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.

Que imite a Jesús en su modo de obrar con los apóstoles, que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.

Que cuando corrija una conducta errónea deponga todo juicio y condena, que hable dominándolos de tal manera como si los hubiera extinguido totalmente.

Que mantenga sereno mi espíritu, que evite las palabras hirientes y los gestos amenazadores con las manos.

Que tenga comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como conviene a un predicador de verdad, que se preocupa sinceramente de la corrección y enmienda de sus hermanos.

En los casos más graves, que te ruegue a Ti con humildad, en vez de arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.

Te pido todo esto, Padre mío, en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, y por la intercesión de María Auxiliadora y de san Juan Bosco, amén.

______________

*Adaptada de una carta de san Juan Bosco

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Ciclo B, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2012

¿Predicarles a los parientes?

 

Muchos sacerdotes enseñan a sus fieles que todo católico debe hacer apostolado y que, como la caridad comienza por casa, es a los de la propia casa a quienes hay que predicar primero. Y es frecuente que quienes los escuchan, obedeciendo tales consejos, lleguen a sus casas a hablar de Dios, con el consecuente —y frecuentísimo— rechazo de sus parientes…

Algunos regresan acongojados a su párroco para contarle lo que les ocurrió, y él les repite lo que leemos en la primera lectura de hoy: «Son un pueblo rebelde, al menos sabrán que hubo un profeta en medio de ellos», como escribió Ezequiel.

Por su parte, Jesús, como nos cuenta el Evangelio, decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

Lo que ocurre es que en la casa, entre los parientes y en nuestra tierra debemos predicar, no con palabras, sino con la vida: si les explicamos lo felices que estamos al haber descubierto a Dios en el camino, seremos rechazados; pero si no les hablamos, sino que nos convertimos en una fuentes de amor, de paz y de alegría, y los llenamos de eso mismo: amor, paz y alegría, y ellos quedarán deslumbrados por nuestro cambio.

No se demorarán en preguntarnos de dónde sacamos ese amor, esa paz y esa alegría, y podremos explicarles que nuestro corazón está en paz, porque tenemos Fe: creemos en un Dios que nos ama y nos cuida; les diremos que vivimos alegres, porque tenemos Esperanza: sabemos que vamos para el Cielo, que el final de la vida es la felicidad; y notarán que estamos llenos del amor de Dios, razón por la cual estamos siempre sirviendo a los demás.

Hay que predicar primero en la casa, a los parientes y en nuestra tierra, pero con el ejemplo, no con palabras.

Pero sabemos que la fuerza para convertir a nuestros seres queridos y parientes proviene de Dios; quien crea que puede convencer a alguien se engaña: a san Pablo le dijo Jesús: «Te basta mi gracia; pues la fuerza se realiza en la debilidad».

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Ciclo A, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2011

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿A quién predicamos?

Todos podemos estorbar los planes de Dios. De hecho, lo hemos obstaculizado siempre que omitimos hacer el bien que podíamos, cuando pensamos mal, cuando al hablar suscitamos el mal, cuando hacemos el mal…

Las lecturas de hoy hacen referencia a un mal que estorba más que todos los demás males: la soberbia. Y en la soberbia caemos todos cuando, por ejemplo, al ver que no hacemos tanto mal como otros, nos juzgamos superiores; cuando creemos que somos buenos católicos y por eso nos sentimos mejores que los demás; cuando cumplimos los deberes cristianos… Es que la soberbia es tan sutil, que a veces ni nos damos cuenta de que se nos cuela con apariencias de bien.

Pero el escándalo, es decir, las acciones o palabras que son causa de que otros obren mal o piensen mal, es el que más daño hace a los designios de Dios: aquel sacerdote, catequista o predicador que no es capaz de predicar a Cristo, sino de predicarse a sí mismo.

También aquellos los que se engríen por hacer las lecturas de la Misa, por acolitar, por cantar en las celebraciones o por repartir la comunión…, están impidiendo que la gracia de Dios llegue a las almas; están siendo obstáculo de Dios: creen que son servidores de Dios, pero se predican a sí mismos.

Además, se hacen merecedores de que Dios, como dice la primera lectura, les lance la maldición, porque ninguno toma su oficio en serio, y porque se han desviado del camino, según dice el Señor de los ejércitos, y han hecho que muchos tropiecen.

La actitud correcta es la que san Pablo nos presenta hoy: a pesar de que los apóstoles de Cristo habían podido aparecer como grandes, se hicieron pequeños: ni siquiera valoraban su propia vida: estaban dispuestos hasta a darla por Cristo.

O, como dice Jesús en el Evangelio: El más grande entre ustedes será el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.

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Ciclo A, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 27, 2008

¿A quién predicamos?

 

Todos podemos estorbar los planes de Dios. De hecho hemos obstaculizado el bien, siempre que omitimos hacer el bien que podíamos, cuando pensamos mal, cuando al hablar suscitamos el mal, cuando hacemos el mal…

Las lecturas de hoy hacen referencia a un mal que estorba más que todos los demás males: la soberbia. Y en la soberbia caemos todos cuando, por ejemplo, al ver que no hacemos tanto mal como otros, nos juzgamos superiores; cuando creemos que somos buenos católicos y por eso nos sentimos mejores que los demás; cuando cumplimos los deberes cristianos… En fin, la soberbia es tan sutil, que a veces ni nos damos cuenta que se nos cuela con apariencias de bien.

Pero el escándalo, es decir, las acciones o palabras que son causa de que otros obren mal o piensen mal, es el que más daño hace a los designios de Dios: aquel sacerdote, catequista o predicador que no es capaz de predicar a Cristo, sino de predicarse a sí mismo.

También aquellos los que se engríen por hacer las lecturas de la Misa, por ser acólitos, por cantar en las celebraciones o por repartir la comunión…, están impidiendo que la gracia de Dios llegue a las almas, están siendo obstáculo de Dios: creen que son servidores de Dios, pero se predican a sí mismos.

Además, se hacen merecedores de que Dios, como dice la primera lectura, les lance la maldición, porque ninguno toma su oficio en serio, y porque se han desviado del camino, según dice el Señor de los ejércitos, y han hecho que muchos tropiecen.

La actitud correcta es la que san Pablo nos presenta hoy: a pesar de que los apóstoles de Cristo habían podido aparecer como grandes se hicieron pequeños: ni siquiera valoraron su propia vida: estaban dispuestos hasta a darla por Cristo.

O, como dice Jesús en el Evangelio: El más grande entre ustedes será el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.

  

 

 

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