Hacia la unión con Dios

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Habrá diferentes grados de Gloria*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 21, 2018

TRES EXPLICACIONES QUE CLARIFICAN ESTE CRITERIO:

1) Aunque la felicidad en el Cielo sea plena y perfecta para todos, no es igual para todos, sino proporcional a los méritos de cada uno.

Como vivimos bombardeados por la idea de la igualdad, que triunfó en el mundo a partir de la Revolución Francesa de 1789 —cuyo lema era precisamente Libertad, Igualdad y Fraternidad— y más aún después del surgimiento del comunismo, cuya noción radical de igualdad impregnó de tal modo las corrientes políticas, económicas y sociales del mundo de nuestros días, afirmar que en el Cielo la felicidad no es igual para todos choca a mucha gente: «¿Entonces, en el Cielo, unos serán más felices que otros?»

—¡Sí, exactamente! La felicidad en el Cielo será proporcional a los méritos de cada uno, como acaba de ser dicho. Sucede que cada uno será plenamente feliz en la medida de su capacidad de ser feliz, lo que depende de su correspondencia y fidelidad a las gracias que a lo largo de la vida recibió de Dios. Si una persona dilató su alma por un amor más generoso a Dios, recibirá un don mayor de amor de Dios y de gloria y será más feliz que otra que abrió menos su corazón a Dios. Si una fue más devota de Nuestra Señora que otra, es normal que esté más próxima de la Virgen Santísima.

Pero no sólo eso: la gratuidad del amor de Dios es tal que a unos Dios amó más que a otros, y dilató el corazón de ellos de modo que puedan recibir un mayor grado de amor y bienaventuranza.

Así, el premio final de la felicidad en el Cielo será una resultante de la gratuidad de la elección divina y de la correspondencia de cada alma. Uno podrá haber sido llamado a ocupar un lugar más alto, pero por haber correspondido menos, quedará en un nivel más bajo, y viceversa. A esos diversos niveles y modos de felicidad corresponden las diversas mansiones (“cielos”) en la Casa del Padre celestial.

Además, es necesario considerar que en el Cielo no hay pecados ni defectos, por lo tanto no hay envidia. Cada uno se alegrará con la gloria de su hermano, de su superior. Y esa alegría le traerá un aumento accidental de felicidad. O sea, la gloria de cada uno revertirá en felicidad para todos los demás, y cuanto más él fuere elevado en gloria, más felicidad él ocasionará a los otros, que tienen menos. Tenemos de ello un pálido ejemplo en esta Tierra, con los padres que se alegran que el hijo progrese y se eleve más que ellos. Entre las meras criaturas, Nuestra Señora es la que produce más felicidad a los otros, exactamente por estar encima de todos como Reina del Cielo.

Una vez más cabe el comentario: ¡cómo es seria y bella la vida en esta Tierra! No fuimos puestos aquí para jugar… sino para volvernos santos. “Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48).

http://www.fatima.org.pe/articulo-14-pregunta-la-felicidad-en-el-cielo-sera-igual-para-todos

2) La unidad de objeto en la bienaventuranza no impide la infinita variedad de la recompensa. “Es una corona de justicia la que nos espera”, dice el Apóstol (2a. Tim. IV-8); y ahora la justicia quiere que cada quien reciba según sus Obras. Esto es lo que nos ha prometido el Hijo de Dios (Mat. XVI-27). Cuando vendrá en su gloria, El asignará a cada uno de nosotros el lugar que debe ocupar en la casa de su Padre y en ella hay una multitud de moradas (Juan XIV-2). Del lugar que nos será asignado, veremos todos al mismo Dios y viviremos de su misma Vida, pero sin embargo, no de la misma manera. La potencia de visión estará medida conforme a nuestras virtudes y a nuestros méritos, y entraremos así más o menos profundamente en los Misterios del Ser Divino. Pero ¿qué importa, desde el momento que tendremos nuestra plenitud? Si las estrellas del firmamento pudieran hablar, no se les oiría ninguna queja, ningún murmullo de las bóvedas del azur donde están suspendidas. Y sin embargo, dice S. Pablo, “Su claridad no es la misma” (I Cor. XV-41). Pero cada una de ellas está contenta con el manto de luz del que Dios la ha revestido.

En la multitud de los espíritus bienaventurados, cuyos esplendores varían la medida de las comunicaciones divinas, se ve resplandecer la aureola de los Mártires, de los Apóstoles, de los Doctores, y de las Vírgenes. (Suma Teológica, Cuestión 97) La Fe, el amor, la ciencia, la pureza, son recompensadas en proporción de los esfuerzo, que han hecho para crecer en este mundo y bien lejos está que se les envidie; reciben, con el Dios que los corona, el homenaje de una admiración universal.

http://www.laverdadcatolica.org/ElCielo.htm

3) La definición del Cielo que nos da el Catecismo de la Iglesia Católica es:

“El Cielo es la participación en la naturaleza divina, gozar de Dios por toda la eternidad, la última meta del inagotable deseo de felicidad que cada hombre lleva en su corazón. Es la satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano y consiste en la más perfecta comunión de amor con la Trinidad, con la Virgen María y con los Santos. Los bienaventurados serán eternamente felices, viendo a Dios tal cual es.” Catecismo de la Iglesia Católica, 1023-1029, 1721-1722.

Existen diferentes tipos o niveles de felicidad en el Cielo, pero esto no se debe a que el Cielo sea diferente, sino a que las personas que llegan a él son diferentes. La felicidad será plena para todo el que llegue al Cielo. No es que unos sean más felices que otros, todos serán totalmente felices en la intimidad con Dios, pues todos estarán totalmente llenos de Dios. La diferencia está en que, así como hay vasos grandes a los que les cabe más agua que a otros más pequeños, de la misma manera, hay almas más santas y otras menos, de acuerdo con la capacidad que cada uno desarrolló a lo largo de su vida.

http://es.catholic.net/op/articulos/7566/cat/394/que-es-el-cielo.html

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Cuando un hombre no valora a su novia

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 12, 2016

Si un hombre rechaza a su novia o no la respeta, es porque no la valora; y no la valora porque ella le dio la oportunidad de tratarla así, porque no se hizo valorar.

Es mucho más frecuente de lo que se piensa —y de lo que se querría— encontrar mujeres que piensan en la posibilidad de seguir la relación con un hombre que las desprecia, ofende o maltrata psicológicamente. Actuar así es darle razones para que las valore menos aún: los hombres valoramos sólo lo que nos cuesta, y lo valoramos más si nos cuesta más; y muchos aplican este mismo criterio en las mujeres: valoran mucho más a aquellas mujeres que más trabajo les cuesta conquistar y a las que más trabajo les cuesta mantener cerca de sí.

Por eso, para que un hombre la trata así la valore —y para que ella misma aprenda a valorarse—, es necesario que lo rechace durante mucho tiempo (meses): no contestarle mensajes ni llamadas, no recibirle visitas, evitar encuentros con él (si viene por la calle, preferir dar la vuelta a toda la manzana)…

Además, solo al rechazarlo así, podrá descubrir si todavía está verdaderamente interesado en ella, si le queda algo de aprecio por ella: si es capaz de perseverar buscándola todo ese tiempo a pesar de sus rechazos, es porque hay algo en su corazón que se puede rescatar y, lo que es mejor, al ver la seguridad y la entereza de esa mujer, tendrá un mejor y más elevado concepto suyo, por lo que será posible que se empiece a enamorar… Pero si no es capaz, si no insiste, es porque no la ama en absoluto, y esto la hará comprender que jamás llegaría a ser feliz con él, razón con la que podrá tomar la decisión de borrarlo de su mente y de su corazón, para que tenga la posibilidad de entender que puede seguir adelante sin él. Cuando una mujer comprende esto, es cuando comienza a tener autoestima; efectivamente, es cuando dice: “Yo no necesito a nadie para ser feliz; me basta con el amor que sé que Dios me tiene”.

Pero la principal finalidad de actuar de ese modo es ayudarlo a mejorar como ser humano, pues será entonces cuando él podrá darse cuenta de lo mal que se ha portado y quizá comience a valorar sólo lo que se debe valorar y a respetar a los demás seres humanos. Y ayudar a alguien así es un acto de caridad cristiana, es cumplir con la obra de misericordia que nos enseña la Iglesia: Corregir al que yerra. Por el contrario, si no actúa así, omitirá un acto de amor verdadero.

Los hombres que actúan así requieren que los ayuden a darse cuenta de que no saben amar, pero que pueden aprender. Por eso, las mujeres que están con ellos deben alejarse y, mientras tanto, deben orar mucho por ellos, para que el Señor los ayude a recapacitar y a entender el amor verdadero que se le debe a un ser humano.

Si hacen esto, ayudarán a Nuestro Señor a mejorar la vida de esos hombres equivocados, y recibirán una recompensa muy grande en el Cielo.

 

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Ciclo B, XXXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 12, 2012

¿Premio o castigo?

 

Pocas veces pensamos en las postrimerías del hombre: nuestro juicio, el Cielo, el Infierno y el Purgatorio.

Al final del año litúrgico, la Iglesia nos pone de presente estas ineludibles realidades, para que pensemos en ellas. Nos estamos preparando para lo que pueda pasar, para lo eventual: tenemos seguro médico, seguro de accidentes, seguro para proteger el carro o la casa de un robo, seguro de estudios, seguro de incendio, seguro de terremoto, en fin, seguro para todo. Y nada de eso es seguro: no es seguro que nos enfermemos, que tengamos un accidente, que nos estrellemos en nuestro carro o que nos roben…

Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Habrá premio y habrá castigo: el profeta Daniel nos lo dice hoy: muchos se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno. Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Jesús, como lo dice hoy la Carta a los Hebreos, ha ofrecido por los pecados un solo sacrificio, y presentó a los hombres el camino de la salvación. Quienes se acojan a su bondad, y aprovechen ese sacrificio, mediante una sola oblación serán llevados a la perfección para siempre: serán santificados.

Y, ¿cómo debemos acogernos a su bondad?

Cumpliendo los mandamientos, aprovechando los Sacramentos y haciendo oración. Solo quienes hagan esto serán los elegidos que se congregarán desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte. Y serán eternamente felices.

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Ciclo A, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 28, 2008

¿Pensamos como Dios?

 

Nuestros caminos son diferentes de los caminos de Dios. ¿Por qué? Porque nosotros vivimos en el tiempo, mientras que Él vive en la eternidad. Él sabe lo que ocurre y lo que ocurrirá; como nos dice en la primera lectura, Él está por encima del tiempo, por encima del espacio y por encima de nuestros proyectos.

Quienes entienden esto e intentan adecuar su existencia a esta realidad son capaces de comprender las palabras de san Pablo: por una parte siento gran deseo de irme para estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor; pero, pensando en ustedes, conviene que yo me quede aquí, ya que podré seguirles enseñando el camino a la felicidad verdadera.

Y, consecuentemente, los que se dan cuenta de que esta vida es pasajera, de que luego vendrá otra infinita, advertirán que las disposiciones de Dios son más sabias, aunque a primera vista el hombre crea lo contrario, pues Él ve desde la perspectiva eterna; además, nos ama infinitamente más de lo que podríamos llegar a imaginar.

Por esto, Jesús dice en el Evangelio que los últimos serán primeros, y los primeros serán últimos. Estas palabras significan mucho más de lo que se deduce inicialmente:

Para el prototipo del hombre de hoy, por ejemplo, los “triunfadores” son los que poseen dinero y cosas materiales, los que experimentan más placeres, los que logran acceder al poder o a la fama…

Pero para el Señor lo que vale es vivir en gracia de Dios: amarlo a Él y al prójimo y, cada vez que pecamos gravemente, confesarnos; ser humildes y sencillos, sin engreírnos por nada; vivir las virtudes que nos distinguen como cristianos, es decir, la Fe, la Esperanza y el Amor; practicar las virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; hacer oración, saber ofrecer y agradecer a Dios la vida: dichas y desdichas, trabajo y descanso, etc.

Lo que Jesús quiere es que hagamos, con y por amor, lo que debemos hacer para llevarnos al Cielo, y allá, derramar sobre nosotros todo su amor, eternamente.

 

 

 

 

 

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¿Existe el purgatorio?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda. (Mt 18, 34)

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación. Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, Pablo ruega para que el Señor le conceda misericordia a Onesíforo, ya muerto:

«Que el Señor bendiga a la familia de Onesíforo, pues a menudo vino a confortarme y no se avergonzó de mis cadenas. Apenas llegó a Roma, se puso a buscarme hasta que me encontró. El Señor le conceda que alcance misericordia ante el Señor aquel día; tú conoces mejor que nadie los servicios que me prestó en Éfeso.» (2Tm 1, 16-18)

En el segundo libro de los Macabeos hay otra clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado. Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2M 12, 43–46)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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