Hacia la unión con Dios

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¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2018

Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor. Cuando te abandones en mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios. No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tu deseos. Cierra tus ojos del alma y dime con calma: “Jesús yo en ti confío”.

Evita las preocupaciones y angustias y los pensamientos sobre lo que pueda suceder después. No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad. Abandónate confiadamente en Mí. Reposa en Mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “Jesús, yo confío en ti”. Lo que más daño te hace es tu razonamiento y tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera. Cuando me dices: “Jesús yo confío en ti”, no seas como el paciente que le pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo, YO TE AMO. Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración, sigue confiando. Cierra los ojos del alma y confía.

Continúa diciéndome a toda hora: “Jesús yo confío en ti”. Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates con tus preocupaciones inútiles. Las fuerzas de la oscuridad quieren eso: agitarte, angustiarte, quitarte la paz. Confía solo en Mí, abandónate en Mí. Así que no te preocupes, echa en Mí todas tus angustias y duerme tranquilamente. Dime siempre: “Jesús yo confío en ti” y verás grandes milagros. Te lo prometo por Mi AMOR.

 

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Ciclo B, XII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

Criterios humanos

Cuando el Señor le respondió desde la tempestad, como nos lo cuenta la primera lectura, Job quedó pasmado por la sabiduría y el poder de Dios: Él fue quien, entre otros portentos que hizo, encerró al mar, y le dijo: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».

Pero a nosotros, los seres humanos —que tanto nos guiamos con nuestros propios criterios—, se nos olvida con frecuencia la grandeza divina.

Por eso, Él mismo viene hoy a nosotros y nos la recuerda: estando en una barca, con los apóstoles, se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo (criterios divinos). Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» (criterios humanos).

Para ayudarnos a cambiar nuestros criterios y hacerlos como los suyos, nos dice: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?».

Es más: ¿Qué criterios nos guían en cada circunstancia? Si usamos criterios humanos, nos sobrevendrá fácilmente el estrés, los miedos, los temores, las preocupaciones, las angustias… En cambio, si creemos realmente en el amor que Dios tiene por sus criaturas, nos abandonaremos totalmente en Él, en su amor: dejaremos que guíe nuestras vidas.

Y podremos firmar lo que escribió san Pablo en la segunda lectura de hoy: El amor de Cristo nos alegra, al considerar que uno solo murió por todos. Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos (con criterios humanos), sino para Aquel que murió por amor a ellos (con criterios divinos).

De ahora en adelante, como nos lo enseña hoy san Pablo, ya no juzguemos a nadie con criterios humanos —como la crítica, la envidia, la murmuración—; veámoslos como otros hijos de Dios, hermanos nuestros que se equivocan, como nosotros.

Es que el que vive en Cristo es una nueva criatura.

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¿Preocupaciones?

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 16, 2013

La Biblia nos enseña, en el salmo 38: «La vida del hombre sobre la tierra es un soplo»; dos versículos después dice: «Y el hombre se afana por un soplo»Asimismo, el apóstol Santiago afirma: «Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece».

Esta es la mirada cristiana de la vida que han enseñado los santos: «Esta vida es un instante, es humo», decía santa Teresita del Niño Jesús. Y santa Teresa de Jesús: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada». Recordemos siempre —metámonoslo en la cabeza— que esta vida es pasajera.

A veces se nos olvida que en esta vida estamos de paso: que vamos hacia la realidad, pues vivimos en una especie de representación de la realidad, como lo dice san Pablo, el Apóstol: «La representación de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

La realidad es precisamente lo que no vemos: la Santísima Trinidad, la Virgen Madre de Dios, toda la jerarquía celeste (los serafines, los querubines, los tronos, las dominaciones, los principados, las virtudes, las potestades, los arcángeles, los ángeles), los santos…, la luz, la Vida, ¡el reino del amor! Lo que vemos, lo que tocamos, lo que sentimos, es solo apariencia…

Aquí estamos en una prueba de fe, en una prueba de obediencia y en una prueba de amor que, en fin de cuentas, se pueden reducir a una prueba de amor. Así lo escribió san Juan de la Cruz: «Al atardecer de nuestras vidas seremos examinados en el amor»: si amamos —si amamos siempre— seremos premiados con la visión de la realidad: el Amor en persona nos cubrirá y nos llenará, y todas nuestras ansias de felicidad serán colmadas.

Somos católicos; debemos distinguirnos de los ateos: la salud, el dinero, el trabajo, el bienestar (físico, psicológico), el aprecio de los demás, los viajes, el placer, la imagen, etc., son las preocupaciones de los ateos. A nosotros esas cosas nos son indiferentes, porque ponemos nuestra esperanza en la dicha eterna (hacemos un mejor negocio). Ni siquiera nos preocupamos por la muerte, de la que nadie puede escapar, porque es el único modo de llegar a la felicidad auténtica.

Pongamos por escrito las frases azules y verdes de este escrito en los lugares por donde pasemos siempre: una en la cabecera de la cama, otra en el baño, otra en la salida de la casa, otra en el lugar donde trabajamos, etc.; así recordaremos que no podemos vivir como los ateos: preocupados por las cosas de esta vida, que es temporal y es pura apariencia…

Nos veremos allá arriba, después de pasar esta corta prueba, para gozar eternamente del Amor infinito, pues para eso fuimos creados.

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Viviendo el momento presente*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 26, 2012

El pasado ya no te pertenece; el futuro está en las manos de Dios.

Lo que cuenta es el momento presente, la hora, el instante que estás viviendo.

Y, sin embargo, este instante difícilmente se vive a pleno rendimiento, porque se pasa el tiempo en lamentaciones por la vida pasada o llenos de preocupaciones por la que ha de venir.

¡El pasado! Cuando, al resplandor de una madurez más sabia y reflexiva, se te ocurre pensar en tus errores de la vida pasada, se apodera de ti una sensación de angustia y de temor. Todo te parece inútil y la vida se te muestra irreparable­mente manchada.

¡Cuánto te gustaría haberte comportado de otra manera! ¡Cómo te repugnan aquellas acciones! ¡Cómo te parece que has malgastado totalmente muchas energías! ¡Si pudieras volver sobre tus pasos! Este es el sufrimiento de todos, porque todos tenemos un pasado.

Amigo que sufres, no olvides que el recuerdo punzante de tu vida ya pasada puede convertirse —y de hecho se con­vierte— en uno de los obstáculos más graves para la serenidad de tu vida y para la santificación del momento presente, que es lo que nos interesa. Por eso, ya no debes pensar más en el pasado.

Aleja el recuerdo como una tentación.

También el porvenir nos causa preocupaciones perjudiciales.

Un dicho popular nos advierte que “debemos vendarnos la cabeza solamente cuando esté rota”. Si nos adentramos en el laberinto de las combinaciones posibles en que podemos encontrarnos, ¿adonde iremos a parar?

Jesús ha querido quitarnos toda preocu­pación, asegurándonos que nuestro Padre celestial pro­vee por su parte a todas nuestras necesidades. Efectivamente, dijo:

“Por eso les digo: No se inquieten por la vida, pensando qué van a comer, ni por el cuerpo, pensando con qué se van a vestir. Porque la vida vale más que la comida, y el cuerpo más que el vestido. Fíjense en los pájaros: no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que los pájaros! Fíjense en los lirios: no hilan ni tejen; sin embargo, les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana es echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! Tampoco tienen que preocuparse por lo que van a comer o beber; no se inquieten, porque son los paganos de este mundo los que van detrás de esas cosas. El Padre sabe que ustedes las necesitan. Busquen más bien su Reino, y lo demás se les dará por añadidura. (Mt 6, 25-33)

Deja sólo a los que no creen la preocupación del mañana. Nosotros, pobres, pequeños seres, semejantes a la hierba que se mece en el prado hoy y mañana será cortada, debemos limitarnos, ha dicho Jesús, a pensar exclusivamente en el día de hoy: “bástale a cada día su afán” (Mt 6, 34).

Todas las dificultades, las dudas, los temores, los remordimientos de cualquier clase y gravedad, deberían servir únicamente, según las disposiciones soberanas de la Providencia divina (el cuidado de Dios sobre nosotros), para hacernos perder toda con­fianza en nosotros mismos y despertar en nosotros una ilimitada confianza en Él, cuya bondad y poder superan todas nuestras miserias y todos nuestros cálculos. Por tanto, ¿qué podemos temer? Bástale a cada día su congoja, su dolor, su lucha.

Lo importante es llegar a la certeza de que Él nos ama, nos salva, nos guía en todo cuanto nos acontece. Y que nosotros podemos y debemos sencillamente creer en este Amor, fiándonos ciegamente de sus disposiciones adorables.

Para nuestro afán de hoy existe una Providencia par­ticular, suficiente, proporcionada. Para nuestra preocupación de mañana estará presente, de igual manera, otra Providencia particular, suficiente, proporcionada. No sabemos qué sucederá mañana; pero estamos seguros de que, suceda lo que suceda, contaremos con la ayuda que necesitamos.

Es necesario, por consiguiente, vivir al día. Es preciso vivir con serenidad imperturbable: el futuro está en las manos de Dios. El proveerá, como lo hizo abundantemente ayer, como lo está haciendo hoy. La jornada presente es, a fin de cuentas, muy poca cosa y fácilmente superable. Y lo será también la de mañana, con la ayuda de Aquel, que antes de determinar la cruz que ha de ser llevada, se preocupa de saber la capacidad real de cada una de sus criaturas.

Aceptemos, pues, el día de hoy tal y como se nos presenta, tal y como Él nos lo ha preparado. No te detengas en imaginar lo que habrías podido hacer.

Aprende a gustar cada una de las pequeñas y gran­des alegrías que el presente te reserva. La vida no está solamente rociada de amarguras, sino también de una serie ilimitada de pequeñas y grandes satisfacciones.

Las grandes alegrías aceleran por un momento el palpi­tar de la vida. Son las pequeñas alegrías las que resultan más preciosas, más suaves, más sabrosas.

Ninguna vida tiene un camino tan duro y pedregoso que no produzca alguna pequeña flor de alegría. Pero con frecuencia la vista se ofusca y no es capaz de verla y el corazón, que está enfermo, en vez de preocuparse de ella, se consume en el ansia febril de las grandes emociones soñadas para un futuro que, tal vez, no llegará jamás.

El secreto de la vida radica en saber revestir de una apariencia bella y preciosa las pobres cosas que posee­mos en el instante presente.

Aprovechemos, vivamos, iluminemos el instante presente, que para nosotros es la manifestación de la presencia divina y es tan preciosa como Dios mismo.

Extractado del libro: Para sufrir menos… Para sufrir mejor

Autor: Novello Pederzini

Editorial católica: Sin Fronteras

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¿Confías realmente en Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

 

Los problemas económicos agobian y angustian a muchos hoy día. Pero Jesús invita a los suyos a una confianza inquebrantable:

 

«Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y, sin embargo, el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves?

 

¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura? Y, ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!

 

No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas. No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 25-34)

 

¿Crees en Dios? Él es la misma verdad (Jn 14, 6) y, por lo tanto, no puede mentir. Te está diciendo que para Él vales mucho más que las plantas y que los animales, afirma que el Padre sabe qué necesitas, te promete la comida y el vestido: nunca te faltarán. Y, ¿cuál es la condición? «Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas».

 

Buscar el Reino de Dios y la Justicia de Dios consiste en poner tu interés en dar gloria a Dios, ayudarlo a salvar almas y repartir su Amor.

 

Dar gloria a Dios obedeciéndolo, como Jesús, que fue «obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8), es decir, obedecer a la Iglesia que Él fundó.

 

Ayudarlo a salvar almas orando insistentemente por ellas y ofreciendo tus penas por su salvación y, si es posible, trabajando en alguna actividad apostólica.

 

Repartir su Amor, dándole a todos —sin excepción— el Amor que de Él has recibido, perdonándolos como Él te perdonó, trabajando sólo por su bienestar espiritual y material (sin intereses egoístas), sirviendo a la sociedad con los dones que Él te dio.

 

También dijo Jesús: «No se preocupen por el día de mañana […] A cada día le bastan sus problemas». Este es el momento de dejar de pensar en las deudas de mañana o del mes que viene, de dejar de vivir preocupado por ahorrar para el futuro, de dejar de prever todo lo que puede pasar, de dejar de tomar seguros para todo… ¿Es que no confías en Dios? ¿No crees en su Palabra? Mira quién es Él. Lee el salmo 103:

 

¡Bendice al Señor, alma mía!

¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios,

vestido de gloria y majestad,

envuelto de luz como de un manto.

 

Tú despliegas los cielos como un toldo,

construyes sobre las aguas tu piso alto.

Tú haces tu carro de las nubes

y avanzas en alas de los vientos.

Tomas de mensajeros a los vientos

y como servidores un fuego en llamas.

 

Pusiste la tierra sobre sus bases,

por siempre jamás es inamovible.

La cubres con el manto de los océanos,

las aguas se han detenido en las montañas.

 

Ante tu amenaza emprenden la fuga,

se precipitan a la voz de tu trueno;

suben los montes, bajan por los valles

hasta el lugar que Tú les señalaste;

pusiste un límite que no franquearán,

para que no vuelvan a cubrir la tierra.

 

Haces brotar vertientes en las quebradas,

que corren por en medio de los montes,

calman la sed de todos los animales;

allí extinguen su sed los burros salvajes.

Aves del cielo moran cerca de ellas,

en medio del follaje alzan sus trinos.

 

De lo alto de tus moradas riegas los montes,

sacias la tierra del fruto de tus obras;

haces brotar el pasto para el ganado

y las plantas que el hombre ha de cultivar,

 

para que de la tierra saque el pan

y el vino que alegra el corazón del hombre.

El aceite le dará brillo a su rostro

y el pan fortificará su corazón.

 

Los árboles del Señor están colmados,

los cedros del Líbano que plantó.

Allí hacen sus nidos los pajaritos,

en su copa tiene su casa la cigüeña;

para las cabras son los altos montes,

las rocas son escondrijo de los conejos.

 

Pusiste la luna para el calendario

y el sol que sabe a qué hora ha de ponerse.

Tú traes las tinieblas y es de noche,

en que corretean todas las fieras de la selva;

rugen los leoncitos por su presa

reclamando a Dios su alimento.

 

Cuando el sol aparece, se retiran

y vuelven a acostarse en sus guaridas;

el hombre entonces sale a su trabajo,

a su labor, hasta que entre la noche.

 

¡Señor, qué numerosas son tus obras!

Todas las has hecho con sabiduría,

de tus criaturas la tierra está repleta!

 

Mira el gran mar, vasto en todo sentido,

allí bullen en número incontable

pequeños y grandes animales;

por allí circulan los navíos

y Leviatán que hiciste para entretenerte.

 

Todas esas criaturas de ti esperan

que les des a su tiempo el alimento;

apenas se lo das, ellos lo toman,

abres tu mano, y sacian su apetito.

 

Si escondes tu cara, quedan anonadados,

recoges su espíritu, expiran

y retornan a su polvo.

Si envías tu espíritu, son creados

y así renuevas la faz de la tierra.

 

¡Que la gloria del Señor dure por siempre

y en sus obras el Señor se regocije!

Él, que mira a la tierra y ésta tiembla,

y si toca a los montes, echan humo. (Sal 103)

 

¡Ese es tu Dios! El dueño de todo, el que todo lo hizo y el que todo lo puede, ¡y el que te ama tanto!

 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la ley para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió mediante amenazas sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cuál sea el término reservado al bien y al mal. Y aunque nosotros, después de todo esto, perseveramos en nuestra obstinación, no por ello se apartó de nosotros.

 

La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo. Y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo.

 

Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue herido por nuestras rebeldías, por sus llagas hemos sido curados; además, nos redimió de la maldición, haciéndose maldición por nosotros, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana. (De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo: respuesta 2,2-4: PG 31, 914-915)

 

Si hizo todo esto por ti, ¿cómo no te va a ayudar en lo que le pides, siendo tan fácil para Él?

 

Te estoy hablando de confiar en Él. Óyelo, y despeja tus dudas:

 

«Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!». (Lc 11, 9-13)

 

Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. (Mc 11, 24)

 

Otra cosa es necesaria: perseverar.

 

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada qué ofrecerle». Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. (Lc 11, 5-8)

 

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi adversario. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza.» (Lc 18, 1-5)

 

Me dirás que, además de buscar el Reino de Dios y su Justicia, tú pides y pides confiando en Él, y no consigues lo que deseas.

 

Quizá todavía te falta algo:

 

Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

Le traían también niños pequeñitos para que los tocara, pero los discípulos empezaron a reprender a esas personas. Jesús pidió que se los trajeran, diciendo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él». (Lc 18, 13-17)

 

Ser humilde. ¿Sabes qué eres? Ponte frente a ese Dios, Señor de señores, Rey del universo: míralo…, mírate. ¡Qué desproporción! Cuando te des cuenta de tu nada y de su todo, habrás comenzado a ser humilde.

 

Mira nada más tu propio ser: tú eres porque Dios así lo quiere. Él te presta el ser. Él tiene vida propia, nosotros la tenemos prestada:

 

Dios dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes. (Ex 3, 14)

 

Cuando te des cuenta lo grande que es Dios y lo pequeñito que eres tú, y a eso le añadas todos tus pecados, tus errores, tus imperfecciones, tus apetitos desordenados, tus apegos…, sabrás lo poco que vales junto a Dios; sabrás pedir con humildad; sabrás que si te concede lo que pides, no es por tus méritos, sino porque te ama demasiado a pesar de tu pequeñez, de tu condición de pecador, de tu pobreza; y sabrás que si no te da lo que le estás pidiendo es porque no te conviene: Él sabe mucho más que tú lo que te hará bien y lo que no, su sabiduría excede infinitamente a la tuya, Él sabe si todavía no es el momento.

 

Esto es ser como los niños, y es muy bueno. Oye de nuevo a Jesús: «Porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él».

 

Humildad también es aceptar la Voluntad de Dios. Recuerda que lo importante es que te salves y que te lleves al Cielo a muchos. ¿Qué importa sufrir un poco (días, meses, años…) en esta vida, si después te ganarás la felicidad para toda la eternidad? Te lo repito: Él sabe más, Él sabe si necesitas un poco de purificación o la necesitan los tuyos, Él sabe cómo evitarte un poco más el purgatorio.

 

Unas veces, Él sabrá que es necesario que se disminuya un poco tu «yo», y mengüe tu egoísmo: verás providencialmente en qué puedes mejorar, para que rectifiques el camino y se te agrandará el corazón para comprender mejor a los demás…, ¡ganarás méritos para obtener el Cielo!

 

En otras ocasiones, trabajarás para tus hermanos, los hombres: podrás ofrecer a Dios tus penas para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

 

Siempre la Voluntad de Dios será lo mejor: Él sabe más.

 

Si supieras cuánto te ama Dios se irían de tu lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etc. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría.

 

Y tú puedes aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios diciendo: «Acepto la Voluntad de Dios, acato la Voluntad de Dios, aplaudo la Voluntad de Dios, me abandono a la Voluntad de Dios…, ¡amo la Voluntad de Dios!»

 

Por último, recuerda que es necesario que te abandones en tu Padre–Dios, como el niño que deja todos sus problemas en las manos de su Padre. Abandonarse totalmente en quien todo lo puede.

 

Así, y solo así, llegarás a la meta más añorada:

 

«Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lc 7, 50b)

 

 

Recuerda los requisitos principales:

Ø Dar gloria a Dios, obedeciendo a su Iglesia

Ø Ayudar a Jesús a salvar almas, orando y mortificándose por ellos y, si es posible, realizar alguna actividad apostólica

Ø Repartir el amor de Dios, amando a todos como Jesús y perdonándolos como Él te perdonó

Ø Confiar totalmente en Él, sabiendo que todo lo puede y que te ama infinitamente

Ø Perseverar en la oración, esperando el momento de Dios

Ø Ser muy humilde, comprendiendo que Él sabe más y amando la Voluntad de Dios

Ø Abandonarse como un niño en la seguridad de los brazos de su Padre amoroso

 

 

 

 

 

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