Hacia la unión con Dios

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¿Quién va ganando?

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2011


La cruz magnética del gran poder, las velitas de «la virgen», la casa del «equeco», la aromaterapia y todas las demás «variadoterapias» existentes están tomando la delantera en las creencias de la gente.

Los libros que se venden más son los que tratan temas esotéricos; las casas o templos que propagan religiones orientales se llenan de neófitos; los centros de enseñanza de yoga y técnicas de relajación mental no se han perjudicado económicamente sino que, por el contrario, están más boyantes que nunca…

Asimismo, un porcentaje creciente de católicos abandona su credo, para ir tras creencias protestantes (evangélicos o cristianos), testigos de Jehová, mormones, culto al Espíritu Santo y sectas de las más variadas denominaciones.

Hoy se puede decir que por cada parroquia existen aproximadamente unas tres iglesias cristianas y uno o dos centros con creencias contrarias a la Fe católica.

Y, si se le pregunta a diez personas de las que asisten a esos lugares, se puede verificar que nueve fueron bautizadas en la Fe católica.

Algo está sucediendo. Y conviene averiguar qué es. En la superficie de esta situación se ve una especie de «cansancio» de los feligreses, falta de «atractivo» de la Iglesia católica, cierta monotonía en los ritos, malas «estrategias de venta» y, por otra parte, el descrédito producido por los escándalos publicados de algunos miembros de la Iglesia…

Pero en el fondo está la realidad patente: primero, una ignorancia garrafal de muchos católicos en su Fe: no se saben el Credo o lo que significa cada uno de sus artículos, desconocen el efecto interior y espiritual que Dios obra en las almas con los Sacramentos (los viven por costumbre o simplemente como otra opción), no se saben los mandamientos o si se los saben no los ponen en práctica, no oran o ignoran cómo hacerlo; son muy pocos los que saben de la existencia del Catecismo de la Iglesia Católica y de la necesidad de leerlo para aprender las verdades de la Fe (algunos leen la Biblia, pero sin guía que los aleje de erróneas interpretaciones).

Y, segundo, un antitestimonio generalizado: muchos, aferrados a las cosas materiales, a su imagen o a su honra, a los placeres desordenados o al poder, viven un ateísmo práctico rampante.

Concentrados en las cosas temporales, olvidan con frecuencia que poseen un alma espiritual y que están llamados a una vida eternamente feliz. No se acuerdan de agradecer a Dios Padre el habernos creado; ni a Jesús, el inmenso favor que nos hizo al morir por nuestros pecados; ni de rogar al Espíritu Santo para que nos ayude en nuestra santificación.

Y, entre los piadosos, se ven casos de personas que rechazan la cruz como camino de perfección o que se olvidan de los demás, ensimismados, sin pensar en la salvación de las almas.

Y, en su vida personal, familiar, laboral y social se ven como los que no son católicos: apáticos, abúlicos, anhelando un poco de placer, luchando por ganar más dinero o por acreditarse ante los demás… No tienen la paz que da la Fe ni la alegría que da la Esperanza ni la felicidad que da el Amor.

 

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Cómo actuar con otros cristianos

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2009

Desafortunadamente, entre los cristianos se han producido divisiones: en el siglo XI, los cristianos orientales (llamados ortodoxos) se separaron de los cristianos católicos; y, en el siglo XVI, otro tanto hicieron los protestantes y los anglicanos.

De entre los protestantes han proliferado innumerables iglesias, comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Se llamaron después evangélicos y, más recientemente, simplemente cristianos. Y para agravar la situación, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de esta pluralidad, estén genuinamente separadas o no. Jesús, por ejemplo, orando a su Padre, dejó ver que le interesa mucho la unidad de los cristianos:

«No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Jn 17, 20-21)

El problema se presenta cuando tenemos que conversar con nuestros hermanos cristianos no católicos, sobre todo esos que pretenden convencernos para que dejemos el catolicismo y vayamos a su culto o que nos congreguemos en tal o cual denominación.

En ese caso, es preciso tener claro el modo como nos debemos comportar, porque muchas veces podemos llegar a actuar como si no fuéramos cristianos.

1) Orar mucho por todos los cristianos (católicos, orientales, protestantes y anglicanos).

2) Dar testimonio de amor, paz y alegría, en el que se incluye un respeto grande por la forma de pensar de los demás.

3) Una vez que ellos se persuadan de que los respetamos y —sobre todo— de que los amamos, debemos dejar que sea el Señor quien los toque con su gracia, lo que significa confiar en Dios y, por lo tanto, no propiciar  ni permitir las polémicas ni las discusiones:

«Es honra del hombre evitar discusiones. (Pr 20, 3)

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.» (1Tm 2, 8)

«Esto has de enseñar; y conjura en presencia de Dios que se eviten las discusiones de palabras. »  (2Tm 2, 14)

«Evita las discusiones.» (2Tm 2, 23)

4) Si se presenta la oportunidad (que por ejemplo hablen de algún tema), podemos contarles cómo vivimos nuestra vida cristiana, haciéndolos participes de nuestra felicidad, sin quererlos convencer.

5) Si se muestran inquietos, intransigentes o polémicos, les diremos que a nosotros lo único que nos interesa es amarlos, porque aprendimos que Jesús dijo: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35). Así los haremos entender que solo nos interesa seguir a Cristo en el amor; y esta actitud será la que permita que Dios actúe en ellos (aunque lo haga después de pasado un tiempo).

Mientras el cristiano continué actuando de una manera diferente a la que se acaba de describir, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. ¡Las disensiones entre los cristianos son un escándalo! Y esto es grave: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar. Jesús nos dijo cómo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Él? ¡Hasta dar su vida! ¿Daríamos la vida por uno de nuestros hermanos separados? Si la respuesta es negativa, todavía nos falta mucho para llamarnos cristianos católicos.

 

 

 

 

 

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¿Somos discípulos de Jesús?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2008

 

Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.

Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace mucho tiempo, verifiqué algo de eso cuando buscaba con quién instruirme más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oí a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordé y le pregunté si era franciscano. Me respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendí qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!

Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». (Jn 13, 35)

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.

No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, al vivir en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…

Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.

Ánimo, discípulos de Jesús, ¡a amar!, ¡de verdad!, ¡con hechos!, ¡como Jesús!

Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio: «Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno». (Mt 18, 8-9) ¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!

Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores.

¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!

Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21)

  

 

 

 

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Por sus frutos los conoceréis

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La encíclica papal, “Que todos sean uno”, no puede quedarse en el papel, sino en el corazón de los cristianos y, muy especialmente, en el de los católicos.

Es el amor de Cristo el que nos debe distinguir: en esto conocerán que somos sus discípulos. No en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: “En que os amáis los unos a los otros”.

Sin embargo, ¡qué frecuente es la crítica! Cuántas veces se oyen argumentos cargados de agresividad o de intolerancia de labios de cualquier clase de cristianos hablando de otros cristianos… Agresividad o intolerancia mayores que las que puede haber entre religiones tan dispares como el hinduismo y el islamismo u otras tantas.

Ni las disputas teológicas en el ambiente más tolerante de todos, ni la conciliación de criterios con la actitud más adulta y grave posible, ni el análisis más serio y concienzudo bastan. Con amor es como se conquistan los hermanos separados y con amor es como podremos llevar a cabo la unión que la Iglesia pretende, de la mano del Pontífice.

Pero, ¿qué es el amor del que se nos habla? ¿Cómo aplicarlo a esta coyuntura?

De entre las cartas de san Juan y de san Pablo podemos extractar la esencia: el amor es humilde sin límites, como predica la canción de José Luis Perales.

Antes de entrar de lleno en el tema del amor debe tratarse la humildad, “virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, que significa, en este punto del ecumenismo, saber que hemos cometido errores y que debemos pedir perdón, como lo hizo el Santo Padre, y comprender que las divisiones entre los cristianos no siempre han dado resultados negativos:

La reiterativa crítica de los protestantes y de muchas sectas —por ejemplo— acerca de la adoración de las imágenes por parte de los católicos hizo que se pudieran recordar las definiciones del Diccionario de la lengua española: adorar es “Reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina” o “Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido”; mientras que venerar es “Respetar en sumo grado a una persona por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a una cosa por lo que representa o recuerda”. Lo mismo sucede con algunos excesos y defectos que se fueron limando con las críticas de nuestros hermanos retirados.

Un segundo punto es que conviene confesar los grandes beneficios que han dado a la humanidad los trabajos de nuestros hermanos no católicos. Algunos quedaron sorprendidos por el reconocimiento que hizo el Papa en la encíclica a la acción de la gracia de Dios entre ellos. ¡Qué bien queda aquí recordar las palabras de Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”!

Por último, el amor. Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, quienes le acompañaron durante su vida apostólica, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores. ¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos separados? ¿que son pecadores o simplemente que están equivocados? Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no habríamos pensado como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros está con nosotros…

Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús.

 

 

 

 

 

 

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Martín Lutero

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La historia de la Iglesia registra innumerables conquistas espirituales en casi todas las regiones geográficas. Sin embargo, no todas han sido alegrías en ese sentido: son muchas las discordias que, tras su análisis juicioso, han dado como resultado luces enriquecedoras especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero los desenlaces tampoco han producido siempre efectos positivos, dentro de los que deben resaltarse con dolor las divisiones, muy especialmente la del siglo XVI, con Martín Lutero.

Esa escisión deplorable ha dejado, como todas, una herida que ahora toda la Iglesia, con el Santo Padre a la cabeza, intenta remediar por el camino más acorde con su espíritu: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que escogió Jesús y el que las Conferencias Episcopales han recomendado siempre a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para “defender” sus ideas.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido nunca la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución… todo a un costo muy alto, mejor, el más alto costo: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina católica está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los recientemente canonizados; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —justos, por cierto— llenando el santoral de paradigmas que pueden enfervorecer al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos como todos.

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios y el Papa nos piden: que todos los cristianos seamos uno.

Por todo el globo terráqueo muchos se han hecho eco de esas palabras con hechos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos ellos para que, como dijo el Santo Padre, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta milenaria.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

 

 

 

 

 

 

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