Hacia la unión con Dios

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El Sagrado Corazón de Jesús*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2010

 

El Protestantismo en el siglo XVI, y el Jansenismo en el XVII, habían puesto todos los medios posibles para desfigurar uno de los dogmas esenciales del cristianismo, cual es el amor de Dios a todos los hombres.

Era pues menester que el Espíritu de Amor, que rige siempre a la Iglesia, encon­trase un medio nuevo para oponerse a la herejía avasa­lladora, a fin de que la Esposa de Cristo, lejos de ver disminuir su amor a Jesús, lo sintiese acrecentado cada día más y más.

En el culto católico, en esa norma tan segura de nuestra creencia, fue donde se veri­ficó tal manifestación, al instituirse la solemnidad del Corazón sacratísimo de Jesús.

Un autor anónimo del siglo XII, tenido por san Bernardo, nos habla en el Oficio de este día de la majestad de este Santo de los Santos, de esta Arca del Testamento del Cora­zón de Jesús, tierno amigo de las almas[1].

Las dos vírgenes benedic­tinas santa Gertrudis y santa Matilde (siglo XIII), tuvieron una visión muy clara de toda la magnitud de la devoción al Sagrado Corazón. San Juan evangelista, apareciéndose a la primera, le anunció que «la revelación de los dulcísimos latidos del Corazón de Jesús, que él mismo había oído al recostarse sobre su pecho, estaba reservada para los últimos tiempos, cuando el mundo, envejecido y enfriado en el divino amor, ten­dría que calentarse con la revelación de estos misterios»[2]. Este Corazón, dicen las dos santas, es un altar sobre el que Cristo se ofrece al Padre como Hostia perfecta y en todo agradable. Es un incensario de oro, del que se elevan hasta el Padre tantas columnas de incienso, cuantos son los hombres por los cuales Cristo padeció. En este Corazón se ennoblecen y se tornan gra­tas al Padre las alabanzas y acciones de gracias que a Dios damos y todas cuantas buenas obras hacemos.

Mas para hacer que este culto fuese público y oficial, la Provi­dencia suscitó primeramente a san Juan Eudes, el cual compuso ya en 1670 un Oficio y Misa del Sagrado Corazón.

Después escogió Dios a santa Margarita María Alacoque, a la que Jesús mostró su Corazón, en Paray-le-Monial, el 16 de Junio de 1675, domingo del Corpus, mandándole que se estableciese una fiesta del Sagrado Corazón el viernes que sigue a la Octava del Santísimo Sacramento. Del beato Claudio de la Colombiére, jesuita y confesor de la vidente salesa, heredó la Compañía de Jesús el celo para extenderla más y más. Dignóse luego Jesús aparecerse a la sierva de Dios, sor Josefa Menéndez (en Poitiers, Francia) y al venerable padre Hoyos (en España).

La solemnidad del Sagrado Corazón resume todas las fases de la vida de Jesús, que la liturgia había recorrido desde Adviento hasta el Corpus, y constituye como un tríptico admirable con todos los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de la existencia del Salvador, gastada toda ella en amar a su Padre y a los hombres. De ahí que esta solemnidad se halle colocada en un punto culminante, desde donde se puede abarcar de una sola mirada el pasado trabajoso de los actos redentores de Cristo, y el glorioso porvenir de las victorias que obtendrá mediante la acción del Espíritu Santo en las almas hasta la consumación de los siglos.

Viene esta solemnidad después de otras de Cristo, y así las completa condensándolas todas en un objeto único material, que es el Cora­zón de carne de un Dios, y otro formal, o sea, la inmensa caridad de Cristo simbolizada en ese Corazón. Esta festividad no se rela­ciona con ningún misterio en particular de la vida del Salvador, sino que los abarca todos; y, por ende, la devoción al Sagrado Corazón se extiende a todos los beneficios que durante todo el año nos ha prodigado la caridad divina. Ésta es la fiesta del amor de Dios a los hombres. Lejos de compartir la Iglesia la esterilizadora frialdad jansenista, que concibe a Dios como un genio dañino y temible, nos invita a considerarlo ante todo como a bondadoso Padre, diciéndonos que sintamos del Señor en bondad, que lo llame­mos Padre a boca llena y a Jesús Hermano nuestro mayor, que ha tenido a bien compartir con nosotros la herencia eterna.

Cualquiera que sea la función que el corazón desempeñe en el organismo humano, cierto es que se ha tomado por sabios e ignorantes como centro de las emociones que producen en esa víscera su correspondiente sacudida, considerándolo, por lo mismo, como asiento del amor. Y no hay en este culto tan extendido, tan fecundo en frutos espirituales, pugna alguna con ninguno de los principios dogmáticos, ni es una condescendencia con el senti­mentalismo moderno, ni una devoción de niños y mujerzuelas. Jesús quiere y pide que se honre a su sacratísimo Corazón, porque con ello se honra también a toda su persona divino-humana, toda vez que el culto va directa o indirectamente a la persona. Ya el Papa Pío XI elevó el rito de esta hermosa fiesta, dándole Misa y Oficio nuevo con octava.

Las manifestaciones del amor de Cristo, haciendo resaltar más la ingratitud de los hombres, que no corresponden sino con frialdad e indiferencia, son causa de que esta solemnidad ofrezca también un aspecto de reparación.

Vayamos a la escuela del Corazón de Jesús, cuyo amor dulce y humilde a nadie rechaza, y en Él encontraremos descanso para nuestras almas.

Dos pensamientos dominantes hay en esta solemnidad: el amor que Jesús nos tiene y la reparación que se le debe por el desamor y las ofensas de los hombres.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] Lecciones del 2º noct. Los editores de las obras de san Buenaventura reivindican este texto par su ilustre doctor.

[2] Heraldo del divino Amor. Libro IV, c. 4.

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