Hacia la unión con Dios

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‘Nadie se muere la víspera’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2011

 

Por supuesto que nadie se muere la víspera: todos mueren el día de su muerte, pero esta frase que tanto se repite da a entender que existe una fecha exacta en la que cada ser humano morirá, y que no es adelantable ni postergable. Por extensión, muchas personas la aplican a todo acontecimiento: todo está predeterminado.

Entre los no cristianos, se habla del destino. Los católicos —obviamente— no creen en el destino, pero sí hay algunos que dicen esa frase explicando que Dios tiene establecidas las fechas de la muerte y de todos los sucesos de la vida, y que nada ni nadie puede cambiarlas.

Tal vez esos cristianos católicos han olvidado que uno de los mayores regalos que ha recibido el ser humano de parte de Dios es su libertad, y que Dios no puede dar algo para quitarlo después. Por eso, cualquier hombre puede matar a otro cuando lo desee, y Dios no intervendrá en esa decisión ni en esa acción, a no ser que, por su inmensa misericordia, determine que conviene evitar el suceso, cosa que hará solamente en ocasiones especiales.

Otro aspecto en el que Dios es inmutable son las leyes que asignó a la naturaleza; Él, en su infinita sabiduría, creó el cosmos y lo puso a funcionar con determinadas leyes: la trayectoria de los astros, las catástrofes naturales, los cambios climáticos…; todo eso puede ocasionar muertes y desastres, dependiendo de las circunstancias, el día y la hora. Además, los accidentes, las guerras, las mutaciones genéticas, las enfermedades, epidemias, etc., pueden producir cambios en la historia, tanto en la pérdida de vidas como en su calidad. El azar impuesto por Dios en el cosmos y en la naturaleza humana incide en el devenir humano.

También puede tratarse de católicos que tienen marcada tendencia a ser exageradamente providencialistas: todo sucede, según ellos, por disposición de la Divina Providencia. Debe tenerse en cuenta que, si bien Dios interviene eventualmente en la historia del hombre para su bien y guiado por su infinita sabiduría, los acontecimientos que vive son el resultado de circunstancias adicionales: el pecado original que dejó al ser humano con la propensión al mal, las tentaciones del maligno, las positivas insinuaciones del Espíritu Santo y de los ángeles y la ayuda de la gracia divina…; y, sobre todo, su libertad individual.

O quizá esos católicos no leyeron en la Biblia las ocasiones en las que Dios cambió sus planes, bien para castigar, bien para dar o negar dones a determinadas personas… Baste recordar la promesa que le hiciera a Moisés de disfrutar de la tierra prometida, la cual solo atisbó desde lejos unos momentos antes de su muerte…

En resumen, el ser humano es libre: podemos cambiar nuestro destino para bien o para mal; la ley del azar impuesta por Dios en el universo determina muchos de los acontecimientos que nos acaecen; y Dios interviene esporádicamente para propiciar nuestro bien.

Por lo tanto, sí se puede morir la víspera: la vida, según la inteligencia cristiana, es toda una aventura.

 

 

 

 

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¡No me lo merezco!

Posted by pablofranciscomaurino en abril 8, 2011

¡No me lo merezco! Esta es la exclamación de quienes están recibiendo una afrenta, ofensa o agresión… De hecho, tenemos en la cabeza una lista de las cosas que «nos merecemos» y otra de las que consideramos «injusticias» contra nosotros. Y pensamos que cuanto más «buenos» somos tanto más beneficios debemos obtener.

Pero, ¿qué es lo que realmente merecemos? Con el pecado original ofendimos a un Ser eterno y, dado que el castigo se da de acuerdo con la calidad del ofendido, nuestro castigo debe ser así: eterno; sumado a ese están todos nuestros pecados personales.

Esto se agrava al pensar en el derroche de amor que hemos recibido de su parte: dejando la riqueza del Cielo, se rebajó hasta la pequeñez de su criatura; siendo Rey nació de un pobre carpintero en un establo; dueño del universo, vivió y trabajó como uno de tantos; y después de semejante ejemplo de vida ordinaria y humilde, dedicó tres años de su vida a enseñar a todos el Amor de su Padre y a llenarnos de esperanza en la vida eterna y feliz que nos prometió. Finalmente, se dejó maltratar infamemente: azotado, cargado con la Cruz y clavado en ella, murió después de una agonía atroz; además, parecía que buscaba las humillaciones adrede: se dejó escarnecer de sus propios amigos que lo abandonaron —uno lo traicionó y el principal lo negó—, de los sacerdotes judíos —los sacerdotes de su Padre— que se burlaban de Él y lo juzgaban, de las autoridades civiles que lo condenaron, del ladrón que lo repudió, de la humanidad a la que amó hasta el extremo, de cada uno de los pecadores por los que derramó toda su sangre en la Cruz…

Hoy todavía sigue a cada ser humano con su mirada, con su providencia, y le da, una y otra vez, nuevas oportunidades para que encuentre la auténtica felicidad, junto a Él; pero la humanidad sigue empecinada en huir de Jesús, en despreciarlo, en olvidarlo, ¡a Él, el camino, la verdad y la vida!: para completar la lista de afrentas contra Dios, se alzan nuestros apegos y apetitos desordenados con los que lo reemplazamos y a los que les damos el amor que le debemos a Él y, así, lo herimos de nuevo, como cebándonos en ofenderlo…

Cualquier escarnio que recibamos en esta vida es, pues, nada, comparado con lo que realmente merecemos. Así lo decía san Pablo de la Cruz, en el siglo XVIII, cada vez que era ofendido, vituperado, agredido o humillado: «Gracias, Dios mío: es mucho más lo que merezco».

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