Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Psicología’

¿Relaciones sexuales prematrimoniales?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2018

Noviazgo

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¿La masturbación o las relaciones prematrimoniales son pecados?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 6, 2016

Hay quienes dicen que hoy hay que ser más abiertos al tratar los temas de la masturbación y las relaciones prematrimoniales. Y al decir “más abiertos” quieren poner en duda que estén mal, afirman implícitamente que no tienen nada de malo.

La masturbación es pecado, porque se cambia el uso que Dios le dio a la sexualidad: la procreación. Buscar únicamente el placer, haciendo a un lado el uso natural de la sexualidad es herir la esencia misma del ser humano, que fue hecho para amar, entregar su vida para procurar la felicidad de otro o de otros; es volverlo sólo una máquina de placer, no un ser humano que piensa, que ama, que puede dominar sus instintos para vivir con un sentido, para lograr metas altas, sobre todo la del Cielo. ¿Cómo se sentirá Dios al ver que un hijo suyo se masturba, si fue creado para cosas más elevadas, más valiosas, más bellas, más grandes…? ¡Sufre! Y sufre mucho.

Lo mismo ocurre con las relaciones prematrimoniales, en las que las personas se entregan sin comprometerse totalmente a amarse (servir el uno al otro) con todo su ser, para conseguir juntos la felicidad; y esto es que es lo que Dios desea para sus hijos los seres humanos, que fueron creados a su imagen y semejanza: la de Dios-Amor. En vez de la entrega total (en todos los planos: biológico, psicológico y espiritual), que es lo propio del ser humano y que es lo que Dios quiere para ellos, terminan haciendo un acto animal: se usan el uno al otro, para producirse placer. Y usarse mutuamente es ofender el fuero interno del otro, es lo contrario al amor auténtico, porque usarse es convertir al otro en un medio. Y eso, otra vez, hace sufrir a Jesús. En cambio, la entrega comprometida, la entrega total que se hace en el matrimonio, sí es digna del ser humano: cada relación sexual dentro del matrimonio es una expresión de la donación total que hace el uno al otro: ya se lo han dado todo.

Después de leer esto, de ver cuánto sufre Dios cuando pecamos, ¿todavía se puede creer que para abordar este asunto “hay que ser más abiertos”? —Si se dice esto en el sentido de que hay que abrirse a la verdad, conocerla y actuar en consecuencia, podemos asegurar que sí.

 

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Para acabar con el estrés

Posted by pablofranciscomaurino en enero 31, 2014

 

Dios nos creó. Él conoce nuestra psicología mejor que nadie, mejor que cualquier psicólogo. Es el mejor psicólogo del mundo; el mejor de todos los tiempos. Por esto, es obvio que sabe mucho más que todo lo que la ciencia de la psicología ha descubierto hasta hoy y lo que descubrirá hasta el fin del mundo.

Y, para ayudarnos, nos dejó el manual más perfecto para nuestro bienestar: la Revelación Universal, en la que se nos reveló y asimismo nos reveló todo lo que debemos saber de nosotros mismos, para alcanzar la felicidad.

Y hasta se ocupó de los detalles más pequeños. Por ejemplo, nos dejó escrito el secreto para acabar con el estrés:

Unusquisque vestrum proximo suo placeat in bonum ad aedificationem: Que cada uno trate de agradar a su prójimo para su bien y la edificación común (Rm 15, 2).

Non quae sua sunt singuli considerantes sed et ea quae aliorum: Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (Flp 2, 4).

Nemo quod suum est quaerat sed quod alterius: Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás (1Co 10, 24).

Sicut et ego per omnia omnibus placeo non quaerens quod mihi utile est sed quod multis ut salvi fiant: Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse (1Co 10, 33).

Agradar a los demás, buscar su interés, complacer a los demás, no a nosotros mismos.

Pero, ¿agradar a los demás en sus caprichos?, ¿buscar el interés malvado o egoísta de los otros?, ¿complacerlos en lo que les causa daño? No: únicamente para que puedan salvarse, como lo dice la última cita.

En resumen: concentrar todo el interés en el bien auténtico de los demás y usar todos los talentos y capacidades en ello, olvidándonos de nosotros mismos.

Pero, ¿y nosotros? ¿Dónde queda la felicidad propia?

Si miramos atentamente nuestro pasado, podemos recordar que en aquellas oportunidades en las que nos concentramos en nuestros propios problemas fue cuando más nos estresamos; en cambio, cuando —olvidándonos de esos problemas— nos ocupamos de los de los demás, ¡se nos olvidaron los nuestros! o, por lo menos, les dimos menor importancia: la importancia que realmente tenían.

Es que la caridad es terapéutica: cuando me concentro y trabajo para hacer felices a mis seres queridos, es cuando más feliz soy, pues su felicidad es mi felicidad. Y esto lo sabía Dios, mi creador; por eso me dio la amorosa orden de amarlo con todas mis fuerzas, con toda mi alma, con todo mi ser y de amar a los demás como a mí mismo.

Cuando pongo en práctica este mandato, me hago tan dichoso al ver que estoy sirviendo a Dios y a los demás, que ya ni me importan mis problemas.

Cuando pongo en práctica este mandato, es tanto lo que me agrada agradar a Dios, que lo único que me importa es su gloria; es tanto lo que me complace trabajar por la felicidad de los demás, que eso es lo que me hace feliz a mí.

Y aprendo así a asumir el dolor ajeno como propio. San Pablo de la Cruz afirmaba que: «el amor auténtico hace suyas las penas del amado»; por eso asumo la Cruz de Cristo como mía, hago mío el dolor que Él siente cuando ve que tantas personas no se salvarán a pesar de toda la sangre que vertió…, ¡y me siento gozoso de completar en mi carne lo que le falta a la Pasión de Cristo para el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia! (Cf. Col 1, 24: nunc gaudeo in passionibus pro vobis et adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea pro corpore eius quod est Ecclesia.)

Así, todo lo que puedo sufrir lo ofrezco para ayudar a Jesús a salvar personas y para ayudar al Espíritu Santo a santificarlas, y de este modo es como más gloria le doy a Dios Padre.

En resumen: tanto en el gozo como en el dolor ¡ya no tengo estrés! ¡Y soy feliz!

——- o ——-

Hay una forma de saber si estoy poniendo en práctica este consejo; Jesús dijo: Ex abundantia enim cordis os loquitor (Lc 6, 45b): De la abundancia del corazón, habla la boca; dicho de otro modo: De lo que abunda en mi corazón, habla mi boca: Por eso, debo preguntarme: ¿de qué hablo ordinariamente?: ¿de mis cosas, de mis intereses, de mí mismo…?, ¿o de lo de los intereses de los demás?

Para ser más concretos, cada noche debería examinarme preguntándome algo así: «¿Cuántas veces pronuncié hoy los pronombres: “yo”, “”, “mi”, “me”?»

¿De qué hablé más: de los demás o de mí mismo?, ¿de sus cosas o de las mías?, ¿de mis preocupaciones, de mis angustias, de mi estrés, de mis miedos, de mis tristezas… o de las de los demás?»

Las respuestas a estas preguntas determinarán mi grado de egoísmo o, al menos, de egocentrismo y, por lo tanto, mi grado de estrés.

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Ciclo A, domingo de Ramos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

La fortaleza del cristiano

La psicología moderna ha avanzado mucho. Los estudios científicos han dado como resultado novedosas y eficaces técnicas para diagnosticar y tratar muchas enfermedades y carencias, dentro de las que se encuentra la falta de fortaleza, que es la fuerza y el vigor para acometer la lucha en las vicisitudes de la vida.

Y nosotros, algunas veces, hemos querido fortalecer con nuestras palabras a alguna persona que pasa por un mal momento, por una calamidad o que, simplemente, necesita que la escuchen.

De eso es de lo que nos habla hoy la liturgia de la Palabra.

La primera lectura nos explica que Jesús, para fortalecer a los demás, se hizo primero víctima: «Yo no me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los salivazos».

El Evangelio de san Mateo nos recuerda todo lo que Cristo sufrió por nosotros.

Y en la segunda lectura, san Pablo dice que Jesús fue, además, humilde y obediente: «Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».

Aunque esto de reducirse y rebajarse es escándalo para algunas vertientes de la psicología moderna, Cristo ha demostrado que es el camino más eficaz de todos. Y lo prueba la historia: miles y miles de personas que, al escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, no solo se consuelan sino que se llenan de fortaleza, ese vigor que nos ayuda eficazmente a conseguir la felicidad.

Son tres los pasos para lograrlo y, además, para que nuestras palabras sean útiles para los demás: ofrecer a Dios nuestros dolores y sacrificios por ellos; saber que somos simplemente criaturas, esto es, ser humildes; y ser delicadamente obedientes a Dios y a su Iglesia. ¡Cambiaremos el mundo, con Jesús!

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¿Matrimonio para siempre?

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 12, 2009

Cuando el sacerdote recuerda a los contrayentes que la relación de noviazgo culmina y ahora se perpetúa nueva en el sacramento del matrimonio, y los novios aceptan que se unirán “hasta que la muerte los separe”, es indudable que su intención dista mucho de ser otra.

 

Pero el índice de separaciones y el terrible flagelo del divorcio muestran que algo está fallando.

 

Se aducen argumentos tan nimios como la incompatibilidad de caracteres y tan “profundos” como la infidelidad conyugal, aunque hay tanta variabilidad en las posibles causas, que son simplemente impredecibles, como la de la liberación de la mujer y la incomprensión por parte de su marido.

 

La indisolubilidad matrimonial se ha tratado desde el punto de vista moral y se tiene la certeza desde la perspectiva teológica. Pero tanto los hombres como las mujeres hacen abstracción del grave daño que a sí mismos se hacen cuando no toman en serio el concepto perenne del matrimonio. Además, la experiencia cotidiana demuestra en qué modo y cuánto sufren los hijos.

 

El ser humano no se entrega como lo hacen los animales. Estos pueden estar juntos sólo en la cópula, por unos días (mientras dura el período de celo), durante la crianza o, a veces, durante toda la vida; tampoco se ve homogeneidad en el número: pueden ser una o varias hembras las compañeras de un macho, y esta tener varias cópulas con diferentes machos… Es lógico: tienen un alma sensible.

 

El hombre y la mujer poseen, en cambio, un alma espiritual. Efectivamente, además de su cuerpo (como los animales) y su alma (sus sentimientos, su psicología) y, haciendo parte de su esencia, está eso que lo hace pensar en la otra vida y —principal y particularmente útil para hablar del amor— eso que le hace pensar que toda relación marital debe ser para siempre: el aspecto espiritual.

 

Así, los nuevos esposos desean que su relación se perpetúe hasta la muerte y, si fuera posible, después de ella. No hay pareja que no lo haya deseado. El ser humano se mueve en tres planos: el biológico, el psicológico y el espiritual: se ama con el cuerpo, el alma y el espíritu; de otro modo este no sería un amor humano.

 

Lo espiritual tiende a traspasar el umbral de la muerte. Y si lo espiritual es imperecedero, el amor de un ser espiritual deberá ser eterno. La entrega total se da en los tres planos; por tanto, quien ama con un amor verdadero ama para siempre. Si no lo hace así, la conciencia, que dicta todos los sumandos de la ley natural, le reprenderá constantemente y hará de él un ser siempre infeliz que, obviamente, no será capaz de amar lo suficiente para mantener una relación estable, ni para educar adecuadamente a los hijos. He aquí, entonces, una de las razones de los frecuentes fracasos matrimoniales.

 

Desprendiéndose de esta, la otra causa más frecuente de disolución conyugal es el hecho triste, pero incuestionable, de considerar al otro una posesión más: si la dignidad de la mujer —más violada que la del hombre— se sigue vulnerando hasta hacer de ella un objeto de placer sexual, una sirvienta y alguien que se encarga de los hijos, en vez de una compañera del camino hacia la felicidad, con la que se enriquece la relación, ambos cónyuges irán en direcciones dispares y se facilitará el fracaso.

 

Ambos, hombres y mujeres, deberían tener como guía de su relación las siguientes palabras de Hugo de Víctor, en el siglo XII:

 

La mujer no fue sacada del cerebro del hombre, pues nunca se pensó que gobernara, ni de sus pies para que fuera su esclava, sino de su costado para que caminara a su lado, de debajo de su brazo para que fuese por él protegida y de cerca de su corazón para que la amase intensamente.

 

   

 

 

 

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Las exigencias de Jesús para quienes desean seguirlo

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 12, 2009

Son muchos los cristianos que han leído u oído estas palabras de Jesús en Mt 16, 24 o en Mc 8, 34: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». En Lc 9, 23 dice casi lo mismo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame».

Pero quizá las han leído de corrido, sin profundizar en ellas. Por eso huyen de la Cruz. La huída de la Cruz es constante y continua: van ya dos milenios en los que los que se llaman cristianos —es decir, seguidores de Cristo— no quieren saber nada de cruces, sufrimientos, dolores, penas, padecimientos, aflicciones, ni nada por el estilo.

Lo que más impresión causa es que las palabras de Jesús dejan claro que esas son las condiciones para seguirlo. Jesús fue explícito; Él no dijo: «El que quiera venir en pos de mí, venga, que nunca sufrirá» o «El que quiera venir en pos de mí, sólo gozará». Tampoco dijo: «El que quiera venir en pos de mí, diga simplemente: “Creo en Jesús”» o «El que quiera venir en pos de mí, apréndase de memoria la Biblia»… Su frase no admite discusión: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Sin embargo, casi nadie desea la cruz y, mucho menos, negarse a sí mismo: hoy, por el contrario, muchos psicólogos dirían que hay que afianzar el «yo» por encima de todo, hacer crecer la autoestima pues, según ellos, es ese uno de los principales problemas del mundo moderno… Pero la perenne Palabra de Dios, el Creador del cosmos y cuanto contiene, el Eterno, sigue ahí, alzada, para que todos los cristianos la lean: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»

¿A quién le creeremos: a la psicología moderna o a quien nos hizo, a quien nos creó de la nada? ¿Quién sabrá más: la Sabiduría encarnada o los vaivenes de las ciencias humanas?, ¿el Creador o las criaturas hechas por Dios?,  ¿la Verdad eterna e invariable o lo voluble?…

En este punto, el lector quizá se siente metido en una encrucijada, en una situación difícil de entender y sin saber qué decisión tomar. Y esto se debe más que todo a que nos han enseñado a huir del sufrimiento como de algo que va en contra de nuestra felicidad, sin preguntarnos por qué Dios lo ha permitido, sin buscar la razón de ser del sufrimiento. Parece que hubiéramos heredado la norma superficial de huir de él, como hacen los animales, que se guían únicamente por el placer y el dolor: en efecto, consideramos a los analgésicos y a los anestésicos, dos de los mejores resultados de la ciencia.

Y, ¿no es mejor tratar de entender que huir? ¿No se esconde un poco de cobardía en ese huir? Pensemos en quienes han dado su vida por amor a Jesucristo, pensemos en quienes soportaron sufrimientos por amor a Él, pensemos en quienes siguieron las palabras de Jesús hasta las últimas consecuencias: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

 

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