Hacia la unión con Dios

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ʽLa ciencia hincha, sólo el amor edificaʼ

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 10, 2018

Estas palabras de san Pablo en 1Co 8, 1, expresan lo que está ocurriendo con tanta frecuencia hoy: algunos católicos, asumiendo la responsabilidad que tienen, han acogido la invitación que hace la Iglesia de formarse estudiando la doctrina que enseña el Magisterio y que son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

  • Cartas y encíclicas pontificias

  • Documentos eclesiales

  • Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

  • Derecho canónico

  • Catecismo

  • Liturgia

  • Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Infortunadamente, muchos olvidan que, además de la doctrina, es necesario que la persona también estudie y —sobre todo— que viva la teología espiritual, que enseña todo lo que se relaciona con la ascética y la mística:

La ascética es el proceso purificador del alma, en el que predomina la voluntad del creyente por acercarse a la perfección y la iluminación.

La mística es la unión con la divinidad: una vez alcanzado el estado de pureza, el paso siguiente es el abandono absoluto de lo terrenal en espera de la unión con Dios.

La teología espiritual, también llamada espiritualidad, es aquella parte de  la teología católica que, a partir de los datos revelados y de la experiencia espiritual de los santos, indaga la vida espiritual: su concepto, los modos de progreso desde los inicios hasta la cumbre de la perfección mística.

Pero el objeto de la teología espiritual es la misma vida espiritual y la santidad: se explican los principios (que contienen elementos más especulativos) y las “tres vías” que muestran el camino de ascenso a la santidad desde un punto de vista más práctico. Se presentan las fuentes de la vida interior y su finalidad, la purificación del alma, los progresos del alma, la unión de las almas perfectas con Dios y las gracias extraordinarias. Se describen los principios fundamentales de la vida cristiana, el organismo sobrenatural y la perfección cristiana, el desarrollo normal de la vida cristiana y los fenómenos místicos extraordinarios. Para ello, se examinan los modos de oración y la intensidad recomendada para cada persona en el estado y etapa espiritual en el que se encuentra y se explica todo lo que concierne a la dirección espiritual y al discernimiento de los espíritus.

Por todo lo dicho, la Iglesia siempre ha enseñado que, para alcanzar el fin para el cual fue creado, todo bautizado debería no solo estudiar la doctrina, sino vivir la espiritualidad —la ascética y la mística—, para llegar a la santidad, a la unión con Dios.

Así, podemos afirmar que quienes ponen los medios para vivir una sólida vida espiritual, en busca de la santidad, sin preocuparse por formarse doctrinalmente, podrán equivocarse en conceptos y hasta podrían errar moralmente (aunque su interés en la santidad los librará con frecuencia de este defecto).

Por el contrario, quienes estudian la doctrina del Magisterio eclesial, sin ocuparse debidamente en su santidad, difícilmente se equivocarán en conceptos doctrinales, pero se quedarán cortos en su camino hacia la santidad, que es mucho más importante que el conocimiento, como se puede ver a continuación.

Jesucristo dejó perfectamente claro que todos debemos buscar —con la gracia de Dios—, la santidad, la perfección:

Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (Mt 5, 48)

El primer Papa, san Pedro, también lo mandó:

Así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos. (1P 1, 15)

Y lo reiteró:

Como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy Yo. (1P 1, 16)

Lo mismo enseñó san Pablo, el otro pilar de la Iglesia:

Nos ha elegido en Él, antes de la fundación del Mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia. (Ef 1, 4)

…para presentarnos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él. (Col 1, 22)

Y nos impulsa a conseguirlo:

Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados… (Col 3, 12)

A veces, como Jesús, usa la palabra: “Perfección”, en vez de: “Santidad”:

Para que os mantengáis perfectos. (Col 4, 12)

Hasta cuando dirige cartas a sus destinatarios los llama con ese nombre:

A todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación. (Rm 1, 7)

El apóstol Santiago también nos impulsa a esa perfección:

La paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros. (St 1, 4)

Esa doctrina no es solamente neotestamentaria. Desde el Antiguo Testamento se enseñaba:

Habla a toda la comunidad de los Israelitas y diles: Sed santos, porque Yo, vuestro Dios, soy santo. (Lv 19, 2)

Santificaos y sed santos. (Lv 20, 7)

Sed, pues, santos para Mí, pues yo soy santo. (Lv 20, 26)

Santos han de ser para su Dios. (Lv 21, 6)

Santificaos y sed santos, pues Yo soy santo. (Lv 11, 44)

Reiterándolo versículo a versículo:

Sed, pues santos, porque Yo soy santo. (Lv 11, 45)

Y todo esto lo enseñaron los Padres de la Iglesia:

“La perfección cristiana sólo tiene un límite: el de no tener límite” (San Gregorio de Nisa, De vita Moysis, 1, 5).

Asimismo lo enseña nuestra Madre, la Santa Iglesia Católica:

“Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40).

«Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo […] para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos» (LG 40).

El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística” […] Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2014)

Y los santos lo expresan sencillamente como Amor:

«Tras el destierro en la tierra espero gozar de ti en la Patria, pero no quiero amontonar méritos para el Cielo, quiero trabajar sólo por vuestro amor» (Santa Teresa del Niño Jesús, Acte d’offrande á l’Amour miséricordieux: Récréations pieuses-Priéres).

Tal y como lo enseñaron ella y tantos otros santos y también la Iglesia (ver cita anterior: LG 40), la santidad, la perfección del ser humano, consiste en la plenitud del amor, en la unión con el Amor, es amar con el Amor de Dios, es el Amor mismo.

Se puede concluir que es mucho más importante ser santos que sabios: es más importante la unión de Amor con el Dios–Amor que saber todo lo de Dios.

Además, existe un peligro inmenso para quienes concentran sus esfuerzos en el conocimiento, y dejan de lado su unión con Dios, su santidad: la soberbia. La historia lo ha demostrado: son innumerables las personas que se llenaron de conocimiento y cayeron en la tentación de la vanagloria y pretendieron desde entonces reducir todas las cosas espirituales a lo racional: si algo espiritual no se ajusta a sus conocimientos doctrinales, lo rechazan o lo ponen en duda. No se dan cuenta que Dios está muy por encima de la capacidad racional del ser humano y que su acción en el alma no puede ser interpretada o condicionada por el intelecto de unas simples criaturas. Tampoco advierten que el espíritu tiene sus propias leyes operativas, distintas e infinitamente más altas que las del raciocinio humano, que son inefables, inalcanzables, siempre un misterio, sobre todo tras la caída original, por la que el ser humano quedó tan falible, desvalido e incapacitado para amar con el Amor de Dios.

Algunos de ellos han llegado hasta el atrevimiento de cuestionar al Santo Padre, a la Iglesia, al Espíritu Santo. Es por eso que san Pablo escribió esa frase que intitula el presente artículo:

La ciencia hincha, solo el amor edifica. (1Co 8,1)

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¿Reencarnación o Resurrección?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 29, 2017

El cristiano, el que cree en Cristo, cree que Jesucristo es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, y que se hizo hombre para pagar el pecado de soberbia que el ser humano cometió de querer ser como Dios; por eso, por los pecados de los hombres, sufrió y murió. Si Cristo pagó sus pecados, ¿qué razón tiene volver a una nueva vida (reencarnar) a pagar lo malo que se hizo en la anterior?

Y, ¿de qué serviría el bautismo, por el cual se nos borra el pecado por el que merecíamos un castigo infinito?

Además, el revivir el sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual fuimos salvados del castigo que merecíamos. ¿Qué sentido tendría la celebración eucarística si existiese la reencarnación?

¿Y qué decir de la Unción de los Enfermos, que se aplica a quienes están más cerca del último y único viaje hacia la eternidad?

Dios se inventó también otra muestra de amor por los hombres: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 20, 23). Los sacerdotes tienen la potestad de representar a Dios y, en su Nombre, perdonar los pecados en el sacramento de la Reconciliación, la confesión, el único lugar donde el reo se declara culpable, y es perdonado. Si se cree en la reencarnación, en la que se «purifican» los pecados, vida tras vida, ¿para qué sirve la confesión que inventó el mismo Dios?

Por extensión podría preguntarse también: ¿cuál es la razón de ser de los apóstoles y discípulos y de sus sucesores, los obispos y sacerdotes, escogidos por el mismo Dios para administrar ese y los demás sacramentos?

Por otra parte, la doctrina de la reencarnación podría invitar a la irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas, además de esta, existe la posibilidad de que no se exija mucho para vivir bien la vida presente, pues pensará que siempre quedarán otras reencarnaciones dónde mejorar. En cambio, si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene solamente esta vida para llegar a la meta, no permitirá que se le escapen las oportunidades para ser mejor.

«Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9, 27).

 

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Para llegar a la contemplación

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2016

Todos debemos conocer la doctrina católica; por eso se predica desde hace dos mil años. Todos debemos creer en Jesús, cumplir los mandamientos y hacer obras de misericordia, porque eso nos dará la vida eterna. Todos debemos recibir los Sacramentos: allí está la gracia para ayudarnos. Y todos debemos orar; pero, ¿todos debemos llegar a vivir esas experiencias de unión mística con Dios en la contemplación?

La Revelación nos enseña la felicidad eterna en el Cielo y, por los santos, sabemos que han vivido esas experiencias, que parecen presagiar lo que nos espera allá, en la Vida eterna: consuelos, gozos y deleites espirituales que en nada se pueden comparar con los placeres terrenales.

Es algo que superará con creces todas nuestras ansias de felicidad. Cuando estos santos «vuelven» de sus estados místicos, suelen gritar anhelantes: «¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me devolviste a la tierra? ¡Aquí no encuentro nada que me complazca como lo que acabo de vivir!…» Y desde entonces sólo quieren volver a tener esas experiencias divinas.

Eso fue lo que le hizo exclamar a san Pablo: «Pero lo que tenía por ganancia, lo considero ahora como pérdida. Más aún, todo lo considero al presente como pérdida, en comparación con eso tan extraordinario que es conocer a Cristo Jesús, mi Señor. A causa de Él ya nada tiene valor para mí, y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo» (Flp 3, 7-8).

Esas experiencias divinas son un adelanto de lo que será el Cielo, un presagio de lo maravilloso que nos espera a todos; aunque no en todos tendrá la misma intensidad. ¿Por qué lo sabemos? Porque para eso fuimos creados y, como dijo san Agustín, nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Dios.

Ninguna otra cosa, persona o circunstancia podrá llenar las ansias que el Creador puso en nuestros corazones, precisamente para que lo buscáramos a Él. Los placeres terrenales, la riqueza, el poder, la honra o el bienestar material palidecen ante el encuentro de nuestro ser con Dios. Y esto ocurre porque la alteza del ser humano —hecho a su imagen y semejanza— no se satisface con menos.

Y, ¿cómo lograrlo? Primero es necesario que nos despojemos de todo lo que traemos, incluso de ese criterio de querer lograr algo. Es Dios quien hace toda la tarea, purificándonos. Basta que, dejado el pecado, seamos almas de oración: un constante y confiado trato con Él.

Constante para que, en el momento de la prueba —los desiertos espirituales, la sequedad espiritual, la falta de gusto por la oración, etc.—, sigamos firmes en la fe; una fe pura, que no se apoya en imágenes, pensamientos ni sentimientos, sino que cree contra toda falta de evidencia.

Y trato confiado con Dios, para aprender a esperarlo todo de Él, sabiendo que nos ama tanto, que parece que se hubiera vuelto loco por nosotros, como explica santa Catalina de Siena: porque está ebrio de amor por los hombres y sabiendo que le fallarían, los sacó de la nada, para amarlos; luego los persiguió hasta hacerse  uno de ellos para salvarlos; después se hizo Hostia para alimentarlos y llenarlos de bendiciones; y, finalmente, les dio una última tabla de salvación, para llevárselas al fin al Cielo, y allí abrazarlas en un abrazo de amor eterno: el Sacramento de la Penitencia.

En resumen, después de desechar el pecado de nuestras vidas, orar con perseverancia, fe pura y amor desinteresado, esperar en la oración con perseverancia el maravilloso momento de la visita divina, que nos hará más felices de lo que nunca soñamos, ya aquí en la tierra, mientras esperamos el encuentro definitivo con el Amor de los amores, en la dicha eterna.

 

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La Presentación del Señor (cuando cae en domingo)

Posted by pablofranciscomaurino en enero 27, 2014

Una vida entregada a Dios

El Niño–Dios fue llevado al templo por sus padres, para ser presentado a Dios–Padre, como muestra de su entrega total para llevar a cabo el plan que le había trazado desde la eternidad: salvar a los hombres.

Efectivamente como nos lo cuenta el Evangelio, cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

Este evento fue anunciado siglos antes por el profeta Malaquías, como lo leemos en la primera lectura: «el Señor entrará en el santuario; «Miradlo entrar».

La fiesta de hoy nos recuerda que Jesús se presentó en el templo para llevar a cabo ese plan divino de salvar a la humanidad, como el autor de la Carta a los Hebreos nos lo cuenta: que Jesús, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos, esclavos del pecado y de la muerte.

Esto significa que ya somos libres de ambos: ¡podemos evitar el pecado y así salvarnos de la que san Francisco de Asís llamaba la segunda muerte: la eterna!

Pero, como siempre ocurre, todavía podemos llegar más lejos, si queremos: podemos entregarnos nosotros mismos al Señor, como lo hizo Jesús, para trabajar por esa liberación, la mayor de todas.

Así lo han hecho muchos, en trascurso de la vida de la Iglesia, y hoy renuevan esa entrega: son las personas que han escuchado el llamado de Dios a la Vida Consagrada: religiosos, religiosas, anacoretas, eremitas, vírgenes… Todos dedicados a la causa de Jesucristo: salvar y santificar a la mayor cantidad de personas y retornar la gloria que le quitamos al Padre con nuestros pecados.

Unámonos a ellos; unámonos al ideal de Jesucristo.

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Purificar los apegos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2012

 

Antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

 

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

 

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

 

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas están hechas a imagen y semejanza de Dios y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

 

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

 

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

 

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

 

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

 

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

 

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

 

Pero, para eso, hace falta la purificación: purificarnos de los apetitos desordenados y apegos por las criaturas, para amar con pureza absoluta a Dios nuestro Señor. La alteza y la sublimidad de un Dios no admite menos: Él no puede competir con sus criaturas. Para amarlo, entonces, debemos deshacernos de nuestro “amor” desordenado por las criaturas, y amarlas en Él, como lo que son: hechura de Dios.

 

¡Cuántas veces, por ejemplo, sufrimos porque no tenemos lo necesario o, peor, porque no poseemos lujos y cosas superfluas! ¡Cuántas otras deseamos vivir la vida de quienes tienen más que nosotros! A veces —incluso— nos enamoramos de objetos de devoción, como un rosario, una imagen determinada o una capilla en la que nos “sentimos” más cerca de Dios…

 

Otras veces nos aferramos a ideas específicas como cuando, por ejemplo, afirmamos que el amor a Dios se le demuestra viviendo de tal o cual manera. Y hasta nos atrevemos a juzgar a quienes no piensan o actúan como nosotros, llegando a pecar contra la caridad. Los católicos principiantes, por ejemplo, critican a quienes, durante la Eucaristía, no se paran o arrodillan cuando deben, a quienes cantan fuerte para que los demás los vean, a quienes se arrodillan fingiendo mucha devoción… Por su parte, los verdaderos cristianos están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, que ni se dan cuenta de cómo lo están haciendo los demás; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón.

 

Hay quienes llegan a contrariar algunas normas de la Iglesia Católica, afirmando que está equivocada o, peor, que es retrógrada o que no tiene sentido común. Así, sus ideas se ponen por encima de las de Dios, quien las dejó establecidas, por intermedio de la Iglesia que Él mismo fundó.

 

Ese aferramiento a algunas ideas llega, incluso, a disputas y a ofensas a hermanos en la Fe o a seres queridos, quienes —en nuestra mente, por supuesto— están por debajo de nuestras ideas.

 

El apego por las personas, que no es amor, sino egoísmo, es querer lograr beneficios personales de una relación. El esposo que ama a su cónyuge más por los beneficios que ella le depara que por el deseo de hacerla feliz, por ejemplo, la está usando, no amando. El día que comience a trabajar exclusivamente para hacerla feliz, sin esperar nada a cambio (ni siquiera la sensación de ser amado), ya podrá afirmar que empezó a amarla de verdad. ¿No es verdad que nuestro amor por los seres queridos está lleno de esas impurezas? Casi siempre esperamos algo a cambio.

 

Pero el apego más difícil de destruir en nuestras almas es el apego a nosotros mismos: ¡Cuánto nos importa el “qué dirán”, lo que los demás piensen de nosotros, su aprobación, su admiración, la imagen que proyectamos a los demás o a Dios…!

 

Muchas veces buscamos a Dios para servirnos de Él y no para servirlo a Él; Dios se convierte, entonces, en un objeto del cual nos valemos para sacar beneficios egoístas y no en el Dios a quien amamos.

 

¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

 

Él nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano.

 

Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

 

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

 

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama santidad.

 

Él nos demuestra con su vida, muerte y Resurrección que no hay sino un modo de llegar al Cielo: purificados.

 

Una opción es la santidad, la otra es el purgatorio. Todos podemos escoger: esperar a que después de la muerte se nos limpien las impurezas e imperfecciones para poder gozar de la bienaventuranza eterna o limpiarnos, en vida, de esos apegos y apetitos desordenados hasta no tener nada más que el corazón asido a Dios, llenándonos así de innumerables deleites y gozos espirituales, que serán para nosotros un presagio de esa imperecedera y creciente felicidad celestial.

 

Esa fue la senda que nos mostró Jesucristo y, en la historia, los que se consideraron cristianos —seguidores de Cristo—, hicieron lo mismo.

 

Solo así se explica que los santos hubieran sido capaces de vivir completamente desapegados de las criaturas y de sí mismos, y dedicados a dar gloria a Dios, a ayudarlo a salvar almas y a repartir su amor por doquier…

 

Solo así se entiende el martirio: amor más grande que ninguno, olvido de sí mayor que todos, entrega total; posible solamente porque ya no hay apego a nada, ni a sí mismos…

 

Purificados así, viviremos como Dios lo quiso inicialmente: en la misma condición de nuestros primeros padres antes del pecado original: en estado de inocencia y de gracia. De inocencia, es decir, sin apegos que nos desvíen del camino a Dios; y de gracia, llenos del Espíritu Santo, como nuestra Madre, la Virgen María quien, sin mancha de pecado original, vivió enteramente para Dios sus acciones, sus palabras, sus pensamientos y hasta sus sentimientos.

 

Cuanto más arraigados están los apegos a las cosas, a las ideas, a las personas y a nosotros mismos, tanto más duele arrancarlos del corazón.

 

¡Pero bien vale la pena!

 

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La necesaria purificación para recibir al Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2011

Como la llama del Amor de Dios —el Espíritu Santo— es amplísima e inmensa, cuando toca a la persona, cuya voluntad es estrecha y angosta, ella siente esa estrechura y angostura suya, hasta que, de tanto quemarla, la dilate y la ensanche, haciéndola capaz de Dios.

Esta llama es sabrosa y dulce, pero la persona tiene el paladar de su espíritu incapaz de esa sabrosura y dulzura por los apetitos desordenados; por esto la siente desabrida y amarga, y no puede gustar del dulce manjar del amor de Dios. Además, a pesar de sentirse cerca de esta amplísima y sabrosísima llama, no siente su sabor, sino su miseria, que es lo único que tiene en sí misma.

Esta llama también es de inmensas rique­zas y deleites, y la persona por sí misma es pobrísima y no tiene bien ninguno ni alguna cosa de qué satisfacerse; por eso, aunque conoce y siente cla­ramente sus miserias, su pobreza y su malicia, al verlas cerca de las riquezas, la bondad y los deleites de la llama, no los puede reconocer, porque la malicia no comprende a la bondad, ni los deleites bajos a los sublimes, sino hasta que esta llama acabe de purificar al alma y con su transformación la enriquezca, la glorifique y la deleite.

De esta manera, se puede decir que pelean en el alma dos fuerzas opuestas: Dios —que es todas las perfecciones en sí mismo— contra todos los hábitos imperfectos que hay en ella; Dios gana esa batalla transformando al alma en sí mismo, suavizándola, pacificándola y esclareciéndola. Y así, purificada el alma, se dispone, se hace apta, capaz de Dios, de sus altísimas delicias.

* San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, canción 1ª, verso 4, 23

 

 

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Adoración Eucarística y Sagrada Escritura*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 4, 2011

La adoración eucarística: confesión de la divinidad de Jesucristo

 A lo largo de la Tradición de la Iglesia se ha formulado el siguiente axioma teológico: “Lex orandi, lex credendi”. Esta expresión tiene su origen en una colección de diez propuestas sobre la gracia, expuestas con motivo de la controversia pelagiana. Actualmente suele ser citado a propósito del valor dogmático de la liturgia, que nos ayuda a entender con mayor precisión la fe de la Iglesia. La oración con la que el pueblo de Dios ha rezado en la liturgia, va por delante de su formulación dogmática; hasta el punto de que en la liturgia encontramos un importantísimo elemento de discernimiento para definir los contenidos de la fe.

 Pues bien, sin pretender aplicar de forma unívoca este axioma al estudio de la adoración en el Nuevo Testamento, sí que podemos hacerlo análogamente. En los Evangelios descubrimos diversos pasajes en los que Jesús es adorado, de lo cual se desprende una profesión de fe en su divinidad. Si Jesús es adorado, es señal inequívoca de que es confesado como verdadero Dios. No en vano, en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel había sido educado para adorar solamente al Señor: «No adorarás a otro dios» (Ex 23, 24), «No adorarás a dioses extranjeros» (Ex 34, 14), «Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4, 10). Quiero exponer a continuación algunos pasajes del Nuevo Testamento, en los que Jesús es adorado:

 + Nacimiento de Jesús: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo (proskyneo)» (Mt 2, 2); «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2, 11).

 + Curación del ciego de nacimiento: «Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que está hablando, ése es”. Él dijo: “Creo, Señor”. Y le adoró (proskyneo) (y se postró ante él)» (Jn 9, 35-38).

 + Jesús camina sobre las aguas: «Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”. En cuanto subió a la barca le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él) diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”» (Mt 14, 31-33).

 + Aparición de Jesús resucitado: «De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él)» (Mt 28, 9).

 + Ascensión al Cielo: «Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado al cielo. Ellos le adoraron (proskyneo) y se volvieron a Jerusalén con gran alegría» (Lc 24, 50-52).

 + Misión de los discípulos: «Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos le adoraron (proskyneo) (se postraron ante él), pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”» (Mt 28, 16-20).

 + Adoración expresada en las cartas paulinas: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo; y toda lengua proclame que Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11).

+ La adoración a Jesús contrasta en el Nuevo Testamento, con el rechazo de la adoración a los apóstoles, a los emperadores romanos, e incluso a los ángeles. Obviamente, esto da una autoridad, mayor si cabe, a los pasajes evangélicos que hemos aducido, en los que Jesús es adorado. Veamos algunos textos:

a) Rechazo de la adoración a los apóstoles: «Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose le quiso rendir homenaje. Pero Pedro lo levantó diciéndole: “Levántate, que soy un hombre como tú» (Hch 10, 25-26).

b) Rechazo de la adoración a los emperadores romanos (figurados por la bestia del Apocalipsis): «El que adore a la bestia y a su imagen y reciba su marca en la frente o en la mano, ése beberá del vino del furor de Dios, escanciado sin mezcla en la copa de su ira, y será atormentado con fuego y azufre en presencia de los santos ángeles y del Cordero» (Ap 14, 9-10).

c) Rechazo de la adoración a los mismos ángeles: «Caí a los pies (del ángel) para adorarlo, pero él me dijo: “No lo hagas, yo soy como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús; a Dios has de adorar”. El testimonio de Jesús es el testimonio del profeta» (Ap 19, 10).

 Tras examinar estos textos, en los que la postración ante Jesucristo es  plenamente equiparable a la adoración a Yahvé, podemos y debemos hacer una aplicación a nuestros días y a nuestra situación eclesial. Actualmente, se han difundido en los ambientes secularizados diversas presentaciones del rostro de Jesús, en las que su divinidad brilla por su ausencia. La tendencia arriana ha sido constante a lo largo de la historia de la Iglesia, pero actualmente alcanza una fuerza especial. Más que negar expresamente la divinidad de Jesucristo, la estrategia parece consistir en no afirmarla explícitamente; en diluir el misterio de su Encarnación en la teoría del pluralismo religioso; en considerarle uno más entre los profetas…

 En la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, se publicó la Instrucción Pastoral “Teología y secularización en España”, en la que se describen detalladamente dichas desviaciones cristológicas:

 «Este modo de proceder lleva a consecuencias difícilmente compatibles con la fe, como son: 1) vaciar de contenido ontológico la filiación divina de Jesús; 2) negar que en los Evangelios se afirme la preexistencia del Hijo; y, 3)  considerar que Jesús no vivió su pasión y su muerte como entrega redentora, sino como fracaso. Estos errores son fuente de grave confusión, llevando a no pocos cristianos a concluir equivocadamente que las enseñanzas de la Iglesia sobre Jesucristo no se apoyan en la Sagrada Escritura o deben ser radicalmente reinterpretadas» (Teología y secularización en España, nº 30).

 No es casualidad, ni puede serlo, que el oscurecimiento de la afirmación de la divinidad de Jesucristo en estos ambientes teológicos españoles y occidentales, haya coincidido milimétricamente con la puesta en cuestión o con el abandono de la adoración eucarística. Apoyándonos en el mencionado axioma “Lex orandi, lex credendi”, confiamos en que la expansión en España de la adoración eucarística, concretada especialmente en la “Adoración Perpetua”, será el germen del que brotará una sana cristología, conforme a la Tradición de la Iglesia y a la Sagrada Escritura.

Adoradores en espíritu y verdad

El texto bíblico cumbre sobre la adoración es sin duda el que el Evangelio de San Juan nos ofrece con motivo del diálogo con la Samaritana. Tal es así que me dispongo ahora a hacer un comentario exegético detallado de los versículos fundamentales de  este pasaje (Jn 4, 19-26), de forma que extraigamos de él algunas enseñanzas, que puedan servirnos de ayuda en nuestra vocación adoradora.

v. 19 «La mujer le dice: “Señor, veo que eres un profeta”»: La Samaritana abre su corazón a Jesús, al comprobar que es un profeta. Este hombre ha tenido la capacidad de conocer su vida por dentro, y eso es señal de que es un hombre de Dios. Pues bien, ante los hombres de Dios, se suele abrir el corazón, planteando las dudas y cuestiones determinantes de la existencia.

v. 20 «Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén»: La Samaritana le propone al “profeta” la vieja controversia entre samaritanos y judíos acerca del verdadero lugar de adoración a Dios. Desde la fuente de Jacob se contempla el monte Garizim, por lo que la pregunta estaba servida: ¿Era en Garizim o en Jerusalén donde se había de dar culto a Dios?

v. 21 «Jesús le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre”»: Jesús responde a la Samaritana con unas palabras de revelación que remiten al futuro: “Se acerca la hora” en que ambos santuarios perderán su significado. Este giro de San Juan (“se acerca la hora”), lo podemos encontrar también en otros pasajes de su Evangelio (Jn 5, 25.28), y tiene un matiz escatológico: la luz alborea con la persona misma de Jesús; en Él se anuncia la nueva forma de adoración a Dios, para la cual es irrelevante el lugar del culto.

Llegado ese momento, también los samaritanos adorarán al Padre. He aquí una velada promesa de que todos —judíos, samaritanos, paganos— están llamados al conocimiento y a la adoración del Dios verdadero. En la cumbre de la revelación, no será la pertenencia a un pueblo determinado el factor que distinga a los verdaderos adoradores de los falsos, sino la disposición personal a acoger la luz de la revelación que se dirige a todos los pueblos.

v. 22 «Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos»: Ahora bien, Jesús hace constar que la salvación ha tenido un camino histórico establecido por Dios, a través del pueblo judío. El culto de los samaritanos tuvo su origen en ambiciones y enfrentamientos políticos. Por ello, el Mesías esperado viene de los judíos.

El papel de Israel ha sido importantísimo en la Historia de la Salvación, pero ha llegado ya a su final (v. 17 «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo»). Llegado ahora Cristo, los samaritanos y todos los demás pueblos estarán en igualdad de condiciones para acoger la plenitud de la revelación.

v. 23 «Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le adoren así»: Con una concisión y densidad insuperables, Jesús formula la siguiente expresión: “Los verdaderos adoradores del Padre, le adorarán en espíritu y en verdad”. Algunos han interpretado esta doble adoración de forma equivocada o insuficiente:

+ Por la “adoración en espíritu” se entendería la actitud moral interior, en contraste con el mero culto exterior ritualista del Antiguo Testamento que era reprochado por los profetas.

+ Y la “adoración en verdad” se interpretaría en referencia a la novedad de Cristo, en contraste con las “sombras” del Antiguo Testamento. Por ejemplo, los sacrificios de animales eran sombra del sacrificio de Cristo, la circuncisión era sombra del bautismo (cfr. Col 2, 11-12), etc.

Pero no parecen aceptables dichas interpretaciones… El término “pneuma” (espíritu) no puede entenderse en el sentido moral o antropológico; sino más bien en el sentido de “espíritu divino”, como por norma general es utilizado en San Juan. Además, en esta ocasión no hay duda alguna, puesto que en el versículo siguiente (v. 24) especificará: “Dios es pneuma”.

Por lo tanto, en el caso presente Jesucristo no estaba contraponiendo el culto meramente ritualista al culto espiritual, sino que va mucho más allá: “espíritu” y “verdad” se refieren al “Espíritu Santo” y al “Verbo”. Es decir, los auténticos adoradores adorarán al Padre, en el Espíritu Santo y en Jesucristo. La segunda y la tercera persona de la Santísima Trinidad, nos introducen en su escuela de adoración… Adoramos por Ellos, con Ellos y en Ellos.

En el diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3, 3-8), queda claro que el hombre necesita nacer de nuevo, nacer del Espíritu (Jn 3, 3-8)  para acoger el don de Dios. El hombre terreno no tiene por sí mismo acceso a Dios, sino que esa intimidad con Dios le es regalada gratuitamente. Dios capacita al hombre para poder relacionarse con Él. El encuentro del hombre con Dios es un regalo de este último, que le eleva gratuitamente a la condición de “hijo”. Somos “hijos” en el Hijo, por el Espíritu Santo. La adoración en “espíritu” tiene lugar en el único templo agradable al Padre, el Cuerpo de Cristo resucitado (Jn 2, 19-22).

v. 24 «Dios es espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»: Jesús da como razón profunda de esta adoración, precisamente el ser o la naturaleza de Dios: “Dios es espíritu”, lo cual trae a la memoria que Dios es inaccesible para los que somos seres carnales y materiales. Para encontrarse con Dios se requiere una elevación del hombre, a la condición de “hombre espiritual”. Por ello, lo decisivo no es el lugar donde se realice la adoración externa (en Jerusalén o en Garizim), sino nuestro acceso a la divinización, en Cristo, por el Espíritu Santo.

Este episodio de la samaritana deja claras las distancias entre la soteriología cristiana y la soteriología gnóstica: frente a la concepción de que el ser divino no es accesible más que para los sabios o los puros (cfr. Escritos de Nag-Hammadi), el Evangelio de San Juan se centra en la clave de la Revelación misericordiosa de Dios a todas las naciones, manifestada en el mediador entre Dios y los hombres —el Salvador del mundo— que es Jesucristo.

v. 25 «La mujer le dice: “Sé que ha de venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo”»: La Samaritana no entiende las palabras de Cristo, y mira al futuro esperando al Mesías, que lo anunciará todo. Jesús le quiere hacer entender que el futuro ha llegado: ¡es el presente!

v. 26 «Jesús le dice: “Soy yo, el que habla contigo”»: Jesús se da a conocer a la mujer como el Mesías esperado, mediante la fórmula de revelación “Ego Eimí”. Resuena aquí, de forma evidente, la expresión joánica que refiere a Cristo el “Yo Soy” (Yahvé) del Antiguo Testamento.

Se alcanza aquí el punto culminante del diálogo entre Jesús y la Samaritana: Él es el dador del agua viva, así como el “lugar” del nuevo culto a Dios. Los samaritanos, imagen de cada uno de nosotros, llegan por fin a la fe en Jesucristo, el Salvador del mundo.

La conclusión de este pasaje evangélico de San Juan, auténtica cumbre de la pedagogía con la que la Sagrada Escritura nos introduce en la escuela de la adoración, es la siguiente: La adoración no es otra cosa que la expresión de la espiritualidad bautismal; la consecuencia lógica de haber sido introducidos en el seno de la Trinidad. Somos hijos en el Hijo, y en Él, por el Espíritu Santo, somos adoradores del Padre.

Ésta es —en la vida presente— y será —por toda la eternidad— nuestra vocación: ser adoradores del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo. Llegados a este punto, ¿cómo no traer a colación aquellas palabras de mi querido paisano y santo patrón, Ignacio de Loyola: «El hombre ha sido creado para dar Gloria a Dios»? San Pablo lo refleja en un bello himno de la Carta a los Efesios: «Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya» (Ef 1, 3-6).

“Proskynesis” y “ad-oratio”

Vuelvo de nuevo al encuentro de la JMJ de Colonia, ya que en él encontramos un riquísimo filón de reflexiones. Pues bien, en la celebración eucarística dominical de clausura, Benedicto XVI aprovechó para hacer una inolvidable catequesis sobre la adoración. (¡He aquí un ejemplo emblemático de la Pastoral Juvenil “fuerte”, a la que me he referido al inicio de esta charla!). Partiendo del hecho de que la Eucaristía es la actualización del Sacrificio de Cristo, el Papa afirma:

«Esta primera transformación fundamental, de la violencia en amor, de la muerte en vida, lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo: sus consanguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, como hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la Última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión; el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que “libertad” no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos; verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aún cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra sólo será posible en el segundo paso que nos presenta la Última Cena. La palabra latina para adoración es ad-oratio; contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque Aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser».

Vamos a servirnos en este momento de la conferencia, de la reflexión etimológica que el Papa Benedicto XVI realiza sobre el término adoración, según sus acepciones griega y latina.

A) Proskynesis: En la adoración, la santidad y la grandeza de Dios tienen algo de abrumador para la criatura, que se ve sumergida en su nada. Frente a la inmensidad de Dios y frente a su santidad, nos admiramos y maravillamos en su presencia, y reconocemos nuestra pequeñez e indignidad…

B) Ad-oratio: Pero, por otro lado, tiene lugar también una segunda experiencia complementaria, inseparable de la anterior: Nos conmovemos por el hecho de que un Dios infinitamente superior a nosotros se haya fijado en nuestra pequeñez, y nos ame con ternura… La adoración es la expresión de la reacción del hombre sobrecogido por la proximidad de Dios, por su belleza, por su bondad y por su verdad.

Ejemplos de la actitud de adoración, bajo la perspectiva de la proskynesis, los podemos observar en textos bíblicos como el del profeta Ezequiel impactado por la gloria de Yahvé (Ez 1, 27-28), o el de Saulo ante la aparición de Cristo resucitado. Leamos este último:

«Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo,  cayó en tierra y oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él respondió: ¿Quién eres, Señor?  Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.  Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer. Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie.  Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco.  Pasó tres días sin ver, sin beber y sin comer» (Hch 9, 3-9).

Por otra parte, un ejemplo de la actitud de adoración bajo la segunda perspectiva, la ad-oratio, lo encontramos en el texto bíblico de la adoración de los Magos de Oriente al Niño Dios: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron…» (Mt 2,11). La trascendencia infinita de Dios está “contenida” y “escondida” en la débil humanidad de aquel niño de Belén. Dios Padre envía su “beso” de amor a la humanidad en la ternura de ese niño. La única respuesta adecuada por nuestra parte es devolver ese beso a Dios, en el acto de la adoración. El gesto que tradicionalmente  realizamos en Navidad al besar la imagen del Niño Dios, es una de las expresiones más significativas de esa ad-oratio a la que se refiere el Papa. La adoración no es sólo sumisión, sino que también se traduce en un misterio de “comunión” y de “unión”.

Comentando el pasaje bíblico del “Evangelio de la Infancia” de San Mateo, el Papa Benedicto XVI hizo el siguiente comentario durante la adoración eucarística de la JMJ de Colonia: «Queridos amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros “se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo” (cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación del espíritu, y pidámosle a Él que nos guíe».

Pero tengamos en cuenta que estas dos facetas o perspectivas de la adoración, la proskynesis y la ad-oratio, no se dan por separado, sino que se integran en el mismo acto de adoración. Dicho de otro modo, la adoración es algo sencillo y complejo, al mismo tiempo: cuanto más nos acercamos a Dios, la adoración es más simple, hasta el punto de que la proskynesis y la ad-oratio se confunden y se identifican. En la adoración se integran plenamente el “santo temor de Dios” y el “amor a Dios”, como una sola y misma realidad.

Por el contrario, en la medida en que nuestro pecado nos mantiene lejos de Dios, esos dos aspectos —proskynesis y ad-oratio— pueden llegar a experimentarse de una forma discordante, e incluso contradictoria. Por ello, es importante que recurramos a la Sagrada Escritura, como escuela de adoración. En ella aprendemos que la adoración es la expresión del hombre impresionado por la proximidad de Dios. En efecto, la adoración es conciencia viva de nuestro pecado, confusión silenciosa (Job 42, 1-6), veneración palpitante (Sal 5,8), homenaje jubiloso (Sal 95,1-6)…

Gestos de adoración

Tal y como la adoración es descrita en la Sagrada Escritura, implica todo nuestro ser. En consecuencia, es lógico que la expresemos a través de gestos exteriores, en los que se traduce la soberanía divina, así como nuestra respuesta conmovida. Por otra parte, y dado que existe en nosotros una cierta tendencia a resistirnos a la voluntad de Dios y a reducir nuestra oración a meros ritos exteriores, es importante subrayar que la adoración sincera que agrada a Dios es la que brota del corazón.

Los dos gestos fundamentales en los que se expresa la adoración son la “postración” y el “ósculo”; en los que convergen el temor reverente y la atracción fascinante, de la criatura respecto a Dios:

A) La postración, fuera de su sentido religioso, expresa una actitud impuesta a la fuerza por un adversario más poderoso. Así, por ejemplo, Babilonia lo impone a los israelitas cautivos (Is 51,23). En este sentido, es frecuente encontrar en los bajorrelieves asirios a los vasallos del rey arrodillados, con la cabeza prosternada hasta el suelo. Pero en la Sagrada Escritura pronto se nos invita a realizar el signo de postración, como el signo de sometimiento libre, consciente y gozoso a la majestad de Dios. De esta forma, imitamos a Moisés, postrado en el Sinaí en el momento en que recibe las Tablas de la Ley (cf. Ex 34, 8); aprendemos del profeta Daniel, quien tres veces al día, con las manos extendidas, se arrodillaba ante Yahvé (cf. Dn  6, 11); acogemos humildemente la invitación del salmo 95 —«Entrad, adoremos, postrémonos, ¡de rodillas ante Yahvé que nos ha hecho!» (cf. Ps 95, 6)—; evocamos a aquel leproso que, de rodillas ante Jesús, suplicó ser limpiado (cfr. Mc 1, 40); seguimos los pasos de aquel pescador de Galilea, el primero de los papas de la Iglesia, quien se postró de rodillas y oró fervientemente, para pedir a Dios la resurrección de Tabita, en Jope (cf. Hch 9, 40).

B) El ósculo añade al respeto y a la sumisión, el signo de la adhesión íntima y amorosa… Los paganos besaban sus ídolos, pero ese gesto, en el fiel israelita, está reservado para Yahvé: «Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron» (1 R 19, 18).

Sólo Yahvé tiene derecho a la adoración. Si bien el Antiguo Testamento  conoce la postración delante de los hombres (Gen 23, 7.12; 2 Sb 24,20; 2 Re 2,15; 4,37), prohíbe rigurosamente todo gesto de adoración susceptible de ser interpretado como una rivalidad hacia Yahvé: bien sea a ídolos, astros (Dt 4, 19) o dioses extranjeros (Ex 34,14; Nm 25,2). No cabe duda de que la erradicación de todo signo idolátrico fue educando al pueblo de Israel hacia una adoración auténtica. Así se entiende la valentía de Mardoqueo: «Todos los servidores del rey, adscritos a la Puerta Real, doblaban la rodilla y se postraban ante Amán, porque así lo había ordenado el rey; pero Mardoqueo ni doblaba la rodilla ni se postraba. Vio Amán que Mardoqueo no doblaba la rodilla ni se postraba ente él, y se llenó de ira» (Est 3, 2.5). Observamos la misma coherencia en otros pasajes, tales como el de los tres niños judíos ante la estatua de Nabucodonosor: «Sidrac, Mesak y Abdénago tomaron la palabra y dijeron al rey Nabucodonosor: “No necesitamos darte una respuesta sobre este particular. Nuestro Dios, a quien servimos, es capaz de librarnos del horno de fuego ardiente y de tu mano, oh rey. Y si no lo hace, has de saber, oh rey, que nosotros no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que has erigido”». (Dan 3,16-18).

En este contexto bíblico, entendemos la respuesta que Jesús da al tentador cuando le pide que se arrodille ante él: «…al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto» (Mt 4,10).

 Con respecto a los gestos exteriores de la adoración (postración y ósculo), me permito llamar la atención sobre el proceso de secularización que con frecuencia se constata en no pocas celebraciones litúrgicas.

 + Algunos sacerdotes y seglares suprimen o cambian los términos con los que la liturgia se refiere a la trascendencia de Dios. Así, por ejemplo, en vez de rezar: “Dios todopoderoso”, corrigen diciendo “Dios cercano”, etc.

 + En muchas iglesias se ha suprimido mayoritariamente el gesto de arrodillarse en el momento de la Consagración. Lo mismo podemos decir con respecto a la genuflexión ante el sagrario.

 + El beso con el que tradicionalmente se adora al Niño Dios en Navidad, o la cruz de Cristo el Viernes Santo, también son frecuentemente suprimidos o sustituidos por meras inclinaciones, aduciendo motivos de higiene o brevedad.

 Todo ello, además de comportar una falta de obediencia a nuestra Madre la Iglesia, supone también el haber asumido, sin el debido juicio crítico, los postulados de la secularización.

Adoración: combate de purificación

 La auténtica adoración a Dios implica una purificación plena, tanto de las concepciones religiosas, como de nuestros criterios, juicios y afectos… Para iluminar este aspecto, bien podríamos recurrir al gesto de la purificación que Jesús hizo en el Templo de Jerusalén, tal y como lo narra el Evangelio de San Juan (Jn 2, 13-25). En efecto, la expulsión de los mercaderes del Templo es una imagen de la purificación de cada uno de nosotros, así como de las propias estructuras eclesiales, de forma que sólo habite en nosotros la gloria de Dios. Al ver el gesto profético del Maestro, los discípulos recordaron las palabras del Antiguo Testamento: «El celo de tu casa me devora» (Jn 2, 17); es decir, allí donde el amor de Dios lo llena todo, no caben idolatrías.

 Pero en el caso presente vamos a apoyarnos en el texto del Génesis, en el que se narra el misterioso episodio de Jacob luchando contra Dios (Gn 32, 23-33), ya que tiene un carácter paradigmático. La reciente catequesis que sobre este texto predicó el Santo Padre, en la Audiencia General del 25 de mayo, ha dado una especial actualidad a este relato. Merece la pena que lo escuchemos:

«Como afirma también el Catecismo de la Iglesia Católica, “la tradición espiritual de la Iglesia ha tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una victoria de la perseverancia” (n. 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha por conocer su nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad, fruto de conversión y de perdón.

La noche de Jacob en el vado de Yaboc se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios, que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a cuerpo simbólico, no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso; que parece inalcanzable. Por esto, el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor; entonces la lucha no puede menos de culminar en la entrega de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos misericordiosas de Dios».

En la oración en general, y especialmente en la oración de adoración, se libra una gran batalla contra el propio yo. La adoración supone un giro copernicano en la concepción vital de nuestra existencia. Se trata del paso de una cosmovisión “egocéntrica” a otra “cristocéntrica”. Ahora bien, como es obvio, esa tarea de centrar nuestra vida en Cristo, no se reduce a una convicción racional, sino que supone toda una tarea de desapego de cuanto nos “descentra” del verdadero “centro”.

La primera batalla que ha de tener lugar en la oración de adoración, es la firme decisión de realizarla. Decía Karl Rahner que, «quien sólo hace oración cuando tiene ganas, quiere decir que se ha resignado a tener cada vez menos ganas de hacer oración». No adorar con perseverancia es ya perder una batalla; porque la oración es el primer deber de un cristiano, el primero de sus apostolados. El conocido refrán español: “primero es la obligación, y luego la devoción”, olvida que la oración es nuestra primera obligación.

En un ambiente donde reina el pragmatismo y la búsqueda de los éxitos fáciles y rápidos, se cae frecuentemente en el peligro de ver la oración como una actividad postergable, o simplemente, prescindible. Recordamos a propósito, aquellas otras palabras de Jesús: «Esta clase de demonios con nada puede ser arrojada sino con la oración» (Mc 9, 29). Sin la fidelidad a la oración, que supere nuestras apetencias, la vida espiritual llegará muy pronto a un punto en el que tocará techo.

En la rica tradición de los Padres del Desierto, con mucha frecuencia se ha descrito la oración en términos de “batalla” y “combate”; lo cual es muy sanador de la concepción ligada  a la “Nueva Era”, en la que se confunde la oración con una técnica de relajación y de búsqueda de bienestar interior. Baste citar el siguiente texto:

«Unos hermanos preguntaron al abad Agatón: “Padre, ¿cuál es la virtud que exige más esfuerzo en la vida religiosa?”. El les respondió: “Perdonadme, pero estimo que nada exige tanto trabajo como el orar a Dios. Si el hombre quiere orar a su Dios, los demonios, sus enemigos, se apresurarán a interrumpir su oración, pues saben muy bien que nada les hace tanto daño como la oración que sube hacia Dios. En cualquier otro trabajo que emprenda el hombre en la vida religiosa, por mucho esfuerzo y paciencia que dicho trabajo exija, tendrá y logrará algún descanso. La oración exige un penoso y duro combate hasta el último suspiro».

Santa Teresa de Jesús, en la cumbre de la mística española, da testimonio de la lucha interior que se produce en la batalla por la perseverancia en la oración, y lo hace con su habitual gracejo y simpatía: «Con frecuencia me ocurría que me ocupaba en esperar que transcurriese rápido el tiempo de la oración, deseando que pasase rápida la hora, hasta el punto que escuchaba cómo sonaban las horas del reloj. Muchas veces hubiese abrazado cualquier penitencia, con tal de no recogerme a hacer oración» (Vida.8, 6).

Superada la tentación contra la perseverancia, frente a la que siempre habremos de estar atentos, la segunda batalla que se libra en la oración de adoración es la purificación de nuestros miedos, incertidumbres, afectos, formas de pensar y de juzgar la existencia, etc. Como decía Jean Lafrance, conocido autor de diversas obras sobre la oración: «La verdadera oración tiene más que ver con la espeleología que con el alpinismo. Trepar hasta arriba por la escalera de la oración es ante todo descender al abismo de la humildad. (…) Si te hace experimentar la miseria de tu impotencia para orar, te dará al mismo tiempo la fuerza para soportarlo y te indicará el medio de clamar a él. Cuando más toques el fondo de tu pobreza, más te elevarás a Dios en la súplica. Cuanto mayor es la fuerza con que una pelota es lanzada al suelo, más rebota hacia arriba».

Que nadie piense que estas reflexiones sobre la “noche oscura” se refieren exclusivamente a los místicos que están en los últimos grados de la vida espiritual. En realidad, la purificación del alma comienza en el mismo momento en que nos tomamos en serio la oración de adoración. Lo que tiene lugar en el alma de cada adorador, es muy similar a lo que describe San Juan de la Cruz, en su ejemplo del “tronco arrojado al fuego”:

«Una vez en medio de las llamas, comienza un lento proceso hasta conseguir que toda la humedad salga fuera y para ello, las llamas “hacen llorar” al tronco, expulsando el agua que tiene dentro. El tronco se afea en un primer momento, con mal olor y totalmente ennegrecido, y de esta forma va sacando fuera todo lo que lleva en su interior contrario al fuego. Finalmente, “purificado de sus pasiones”, se convierte en hermosa brasa, que se confunde con el fuego, y da calor de vida a toda la habitación». (Cf. Noche, libro segundo, 10).

En resumen: La adoración es purificación; la purificación es santificación; y la santificación es glorificación de Dios.

En la escuela de la JMJ: Hacia una espiritualidad de la adoración

Las diversas reflexiones que el Papa Benedicto XVI nos brindó en torno a la adoración eucarística realizada en la JMJ de Colonia, son una buena referencia para extraer conclusiones y hacer aplicaciones en la espiritualidad del adorador.

Aprovechando el lema de aquella JMJ en Alemania —«Hemos venido a adorarlo»—, fijémonos en unas palabras del Papa, pronunciadas en vísperas de su viaje a Alemania, después del ángelus del domingo 7 de agosto:

«Miles de jóvenes están a punto de partir, o ya están en camino, hacia Colonia con motivo de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tiene como lema “Hemos venido a adorarlo” (Mateo 2, 2). Se puede decir que toda la Iglesia se está movilizando espiritualmente para vivir este evento extraordinario, contemplando a los magos como singulares modelos en la búsqueda de Cristo, ante el cual arrodillarse en adoración. Pero, ¿qué significa adorar? ¿Se trata quizá de una actitud de otros tiempos, carente de sentido para el hombre contemporáneo? ¡No! Una conocida oración, que muchos rezan por la mañana y por la tarde, inicia precisamente con estas palabras: “Te adoro, Dios mío, te amo con todo el corazón…”. En la aurora y en el atardecer, el creyente renueva cada día su “adoración”, es decir su reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo. Es un reconocimiento lleno de gratitud, que parte desde lo más hondo del corazón y envuelve todo el ser, porque sólo adorando y amando a Dios sobre todas las cosas el hombre puede realizarse plenamente. 

Los Magos adoraron al Niño de Belén, reconociendo en Él al Mesías prometido, al Hijo unigénito del Padre, en el cual, como afirma San Pablo, “habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). (…) Los Santos son quienes han acogido este don y se han convertido en verdaderos adoradores del Dios vivo, amándolo sin reservas en cada momento de sus vidas. Con el próximo encuentro de Colonia, la Iglesia quiere proponer a todos los jóvenes del tercer milenio esta santidad, que es la cumbre del amor. 

¿Quién mejor que María nos puede acompañar en este exigente itinerario de santidad? ¿Quién mejor que Ella nos puede enseñar a adorar a Cristo? Que sea Ella quien ayude especialmente a las nuevas generaciones a reconocer en Cristo el verdadero rostro de Dios, a adorarlo, amarlo y servirlo con total entrega».

Ciertamente, esta cita que hemos leído, descubre un corazón enamorado de Dios; el corazón de Benedicto XVI, quien pasará a la historia por su invitación perseverante a la adoración. El Papa nos habla de los santos como los verdaderos adoradores del Dios vivo: Entre ellos los Magos de Oriente, que lo dejaron todo para salir al encuentro del Dios hecho hombre; pero sobre todo, nos propone el modelo de María, quien habiendo engendrado a su Hijo en la carne, le adoró en “espíritu y verdad”.

Si la santidad es la vocación a la que todos los cristianos estamos llamados; y si, como Benedicto XVI había subrayado, la santidad es la condición indispensable para que seamos verdaderos adoradores de Dios; entonces, la conclusión que se deriva es contundente: «La adoración no es un lujo, sino una prioridad» (cf. Benedicto XVI, ángelus del 28-8-2005, Castelgandolfo).

Es decir, Benedicto XVI había incluido la adoración eucarística en la JMJ, para coronar la invitación que su predecesor, el Beato Juan Pablo II, nos dirigió a todos: “No tengáis miedo a ser santos”. Santidad y adoración son conceptos íntimamente unidos. La santidad posibilita la auténtica adoración; al mismo tiempo que la adoración es fuente de santidad.

Actitud de adoración, como estilo de vida cristiana

 A veces se afirma equivocadamente que la adoración eucarística subraya unilateralmente la dimensión vertical de la espiritualidad católica, en detrimento de la dimensión horizontal, social o caritativa. ¡Nada más lejos de la realidad! Bastaría citar tantas experiencias de sanación de los “pobres de Yahvé”, que están teniendo lugar en torno a las capillas de Adoración Perpetua.

 El reconocimiento de que Dios se hace uno de nosotros, poniéndose en nuestras manos, dándose como alimento para la vida del mundo; fundamenta el modelo cristiano de la solidaridad y de la caridad. En la noche de la institución de la Eucaristía, Jesús se ciñó la toalla a la cintura y se arrodilló ante nosotros, realizando el gesto del lavatorio de los pies. La adoración eucarística alimenta en nosotros los mismos sentimientos del Corazón de Cristo; «el cual no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango, pasando por uno de tantos» (Flp 2, 6-7).

 Para que el prójimo, y de forma especial los pobres, ocupen el lugar central que deben ocupar en nuestra vida, es indispensable que nuestro “yo” sea destronado. Y para que nuestro “yo” sea destronado, es necesario que la adoración ponga a Cristo en el centro de nuestra existencia. Cuando Cristo ocupa el lugar debido, el resto de las preocupaciones y ocupaciones (muy especialmente nuestra relación con el prójimo), como consecuencia se ven ordenadas.

 Imaginemos una chaqueta caída en el suelo… Si alguien recogiese esa prenda de vestir sujetándola desde el extremo de una de sus mangas, o desde uno de sus bolsillos, el resultado sería un notable desbarajuste. Hay que coger la chaqueta desde los hombros, para colgarla adecuadamente en su percha.

            Con la adoración ocurre algo similar: adorar es coger la vida “por los hombros”, y no “por la manga”. Quien pone a Dios en la cumbre de los valores de su existencia, observa que “todo lo demás” pasa a ocupar el lugar que le corresponde. Adorando a Dios se aprende a relativizar todas las cosas que, aún siendo importantes, no deben ocupar el lugar central, que no les corresponde. La educación en la adoración es totalmente necesaria para el vencimiento de las tentaciones de idolatría, en todas sus versiones y facetas: «Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto» (Mt 4, 10).

En la escuela de Jesús —el verdadero adorador del Padre—, aprendemos que la adoración no se reduce a un momento puntual realizado en la capilla, sino que es una dimensión esencial de la vida del creyente. Se trata de una actitud de vida, la actitud de adoración, tal y como lo expresa San Pablo: «Así que, hermanos, os ruego por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios. Éste es vuestro culto espiritual (“latreia”, del verbo latreo —adorar—)» (Rm 12, 1).

 En resumen, la Sagrada Escritura no sólo nos invita a “hacer” oración de adoración, sino a “ser” adoradores en espíritu y en verdad; viviendo nuestra existencia como una ocasión providencial  de testimoniar la gloria de Dios. He aquí una buena definición del adorador: “el testigo de la gloria de Dios”.

En la Bula del Jubileo del año 2000, el Beato Juan Pablo II pronunciaba estas hermosas palabras: «Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos». Concluyamos invocando a la Santísima Virgen María, como aquella que nos entregó y nos sigue entregando el Cuerpo y la Sangre de su Hijo para la adoración.

¡De la mano de María, adoremos a Jesucristo!

Monseñor José Ignacio Munilla Aguirre, obispo de San Sebastián

 

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Ciclo C, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2010

‘Sólo una cosa es necesaria’

 

Después de afirmar Jesús que una sola cosa es necesaria, siguió hablando de la mejor parte. Como se deduce fácilmente, son dos cosas diferentes: 1) la única necesaria y 2) la parte mejor.

La parte mejor es la que escogió María: escuchar a Jesús. Y eso es lo que se explica en las predicaciones, lo que se enseña en los escritos…, y quizá por eso, ya lo sabemos. Pero, ¿cuál es la única cosa necesaria?

Es lógico deducir que Jesús se refiere a la finalidad última de la vida. Por eso es que es tan importante.

La palabra «necesario» aparece de nuevo en Hb 9, 23: «Era, pues, necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas». Aunque en este texto se está hablando del templo, como en casi toda la Palabra de Dios, aquí se encierra un significado místico.

En las realidades sobrenaturales, pues, está la meta, la finalidad. Y lo necesario, lo que se requiere, es la purificación de lo que llama la figura de este mundo, el mundo que pasa.

Solo con esta purificación o renovación se llegará a la única meta para la que fuimos hechos, por la única que vale la pena vivir.

Es más, incluso ahora, aquí en la tierra, se pueden pregustar las maravillas del Cielo, por una renovación interior: «Los que ya fueron iluminados probaron el don sobrenatural, recibieron el Espíritu Santo y saborearon la maravillosa palabra de Dios con una experiencia del mundo futuro». (Hb 6, 4-5)

¿A qué se refiere con «la experiencia del mundo futuro»? A la unión con Dios: solo esta unión realiza al ser humano.

Es lo que hoy llamamos la experiencia mística, que más que hablarle a Dios es dejar que Él se nos comunique. Experiencia mística que es imposible sin la oración: lo que hacía María, la parte mejor.

¿Cuánto oramos? ¿Cuánto invertimos diariamente en nuestra felicidad?

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La purificación del amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

 

El amor en las almas de elección es una tendencia hacia Dios y hacia cuanto se relaciona con Él; tendencia que con el ejercicio y el sacrificio crece y crece hasta poder llamarse incendio. Este incendio lleva al alma hacia la unión con Dios de un modo irresistible, por decirlo así.

No sucede esto del mismo modo en las almas ordina­rias, en las cuales el amor no es una tendencia sino un esfuerzo del alma hacia Dios. Este esfuerzo naturalmente va haciéndose fácil a medida que el alma se ejercita en las obras del amor, y si es fiel puede granjearse la predilección de Dios, y su amor crece y crece hasta ha­cerse incendio, como se ha dicho, en las almas de espe­cial elección de Dios.

Pero en ambos casos el Amor se resiente de nuestra imperfección, y es como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene, porque el Amor se va amoldando al ser y modo natural del sujeto que lo recibe, resultando imperfecto como es él. Como Dios es la pureza y simplicidad por excelencia, natural­mente le desagradan estas imperfecciones; por eso el Espíritu Santo mismo se encarga de purificar este amor por medio de un admirable proceso, lento a veces, pero seguro siempre. A esto llamamos la purificación del amor y por ella, como se ha dicho, Dios se convierte para el alma en amarguísima mirra[1].

El proceso se verificará más o menos así:

El alma plena de este divinísimo amor, fuente de ale­grías celestiales, origen de plenitudes desconocidas fuera de él, siente que se entrega a él, con dulzuras y alegrías inefables que la hacen exclamar llena de júbilo, palabras de amor.

Otras veces se muestra satisfecha por la perfección de su Amado, y convida a todas las criaturas para que la ayuden a cantar su amor. Su vida es un festín de alegrías y dulzuras incom­prensibles para los mundanos. Ella, es decir, el alma herida por este amor, echa lejos de sí los afectos de la tierra, y ama la soledad porque en ella se le comunica el Amado de su corazón; por eso guarda su secreto llena de júbilo.

Mas este amor, por muy puro que parezca, en el fon­do tiene algo humano, algo de satisfacción propia, al­guna de tantas malezas de las que sabe producir la naturaleza humana caída, y que le impiden el brillo diamantino que debe tener a los ojos de Dios.

Pero aguardad: Dios va a purificarlo de su escoria para que nada lo empañe.

Esta alma que estaba embriagada de amor, comienza a sentir desolaciones hon­das e inexplicables ansias insaciables,… ¡languideces ex­trañas!… ¡Busca por donde quiera al Amado de su alma, a quien cree haber perdido! Inquiere por todas partes… Pregunta a su propia conciencia… pulsa su corazón… Como no obtiene respuesta, se vuelve al mismo Amado y llorosa dice: “¿En dónde puede encontrarte mi alma que está abrasada en ansias de un amor desolado; dónde he de buscarte, dulzura mía?”

Así, estas desolaciones, ansias y embriagueces amoro­samente dolorosas van arrancando del alma los gustos de la tierra que en ella permanecían, a pesar de todo le van quitando el amor a las satisfaccioncillas; los pequeños in­tereses propios que lleva como ocultos, se le acaban. El amor se hace menos sensible, se simplifica. Desaparece el apego a las prácticas exteriores. El sufrimiento comienza a serle amable y como de imperiosa necesidad.

¡Ay! el alma así herida llega por fin al “Sólo Dios basta” de Santa Teresa y, como quien pasa de un hemisferio a otro, se encuentra en una vida completamente nueva. Nada echa de menos y lo tiene todo, sin tener nada. La vehemencia de los deseos cede su puesto a la dulce tran­quilidad de una plenitud desconocida. Parece que todo calla en su interior y que el exterior, aunque sea turbulen­to, difícil, no penetra en ella. He aquí la transición.

Es que el amor purificado trae su atmósfera propia. Un vacío de criaturas, una como especie de dejadez y abandono amoroso, suceden a aquel abismo insondable de desolaciones y penas interiores. Ella misma cree ha­ber desaparecido y la paz de aquella alma es mar sin riberas. Cierta placidez se refleja en su semblante y la bondad de su corazón hacia el prójimo parece que se refina en condescendencias inesperadas.

Pero, deja alma afortunada que la herida aún no ha adquirido toda su profundidad. Esta plácida tarde de ve­rano ha de transformarse en mar de amarguras dulces y de negruras luminosas. Bien pronto destacará en aquella llaga de amor, un punto nuevo doloroso.

Una amargura que se parece a la ausencia de Dios que sentía en los principios de la desolación amarga se pre­senta entonces; pero bien comprende el alma que Dios está con ella. Es una pena honda… honda… Quizás sea la repercusión sentida y como grabada en la parte supe­rior del espíritu, del reposado deseo que Dios tiene de unírsele, de fundirla en Él, y el alma afortunada no sabe explicársela. Esto constituye un dolor fino y recio que la hiere duramente y que es el medio de Dios para terminar la lenta purificación de aquel amor.

En este estado el alma, libre de todo lazo de interés propio, hace suyos los intereses de Dios. La voluntad lle­na de energía para todo aquello que se refiere al bien de Dios, unificándose con la de Él, parece que se pierde en ella. No sabe ya querer lo que Dios no quiere y quiere lo que Él quiere como en el mismo querer de Dios. Dice entonces con San Pablo: “Vivo mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Y he ahí la etapa del celo que consume. “Dame almas y toma lo demás”, es lo único que dice. El celo, en este estado del alma, es como la válvula que da salida a las avenidas del Amor y alivia el alma que sólo se alimenta del los sacrificios que Él le impone. Como cierva herida, clama por la gloria de su Señor y no tiene consuelo si no la ve cumplida y he aquí el mar de dolor, del cual el alma no quiere por ninguna cosa, ni del cielo ni de la tierra, aliviarse.

Nada busca ya para ella; ya ha muerto místicamente y sólo suspira por la extensión de la gloria de Dios; tiene sed abrasadora de darle lo que Él con tanto afán busca: las almas. Quisiera no sólo darle las que ya están creadas sino crearle millones más para coronarlo. Surgen enton­ces mil deseos imposibles, que Dios recibe como realida­des. Ella quiere darle a Dios lo mismo que tiene, como si de ello careciera. Quiere con vivas ansias que termine pronto el imperio del pecado y gime por no realizar este deseo; quiere tener millones de corazones para amar y entrañas para envolver al prójimo. En medio del casi in­menso dolor que la hace sentir el ver a Dios ofendido, quiere morir y exclama con Santa Magdalena de Pazzis: “Padecer y no morir…”.

Hace entonces suyos las lamentaciones de Jeremías por la desolación de la gloria de Dios menoscabada. Ya pide a los peñascos sus cuevas para retirarse a llorar el desconocimiento de Dios, ya quiere como los cautivos de Israel colgar su arpa de los cipreses a orillas de los ríos de Babilonia, porque no quiere cantos en la tierra de los pecadores. No quiere consuelo mientras el Dios de su alma no sea amado de todos.

En fin, esta alma feliz vive de amor muriendo y quiere recibir en sí todos los tiros que el pecado asesta contra la gloria de su Amado. Y en el mar de su dolor, Dios es para ella, como dice el Cantar de los Cantares: “Hacecito de mirra”. Es decir que la amargura que le causa estará siempre con ella.

Efectivamente, esta pena, esta agonía interior, la acom­pañará hasta que, al dejar la tierra, suba como incienso de suave olor, a gozar de la gloria del que tanto amó y por quien tanto sufrió, en compañía de la legión de al­mas, hijas de su celo, frutos de su martirio.

Estas almas, aunque estén en lo más recóndito de una cartuja, son esencialmente apostólicas porque así lo re­quiere la fuerza de su amor; salvan las almas como los más denodados misioneros y son poderosos ante Dios de modo estupendo.

La meditación asidua de la Sagrada Pasión

Las almas que tienen atractivo especial por los miste­rios de la Pasión, se alimentan del amor de compasión y reciben, por medio de él, los fenómenos de purificación de que hemos hablado antes; y aunque sus agonías y penas interiores son ordinariamente de otro género, las llevan a un resultado semejante y terminan en una altura que, delante de Dios, da el rendimiento del más subido apostolado, si el alma es constantemente fiel.

Para estas almas llega del mismo modo Dios a ser manojito de mirra porque se empapan en los dolores de Jesús en su Sagrada Pasión, la meditan contemplando la Divinidad tan inseparable y misteriosamente unida a ese Cuerpo y Alma oprimidos por el dolor y la humilla­ción, y cada uno de los atributos divinos va produciendo en aquellas almas, a través del amor de compasión, una influencia purificadora de conocimiento y de amor. Aún en los menores detalles de la Sagrada Pasión, ven flotar las grandezas de la Divinidad, y por eso su meditación es propiamente una subida contemplación. Los dolores ínti­mos de Jesús tocan la fibra más delicada de esas almas, porque conocen que el origen de su intensidad son los atributos de la divinidad, en ellos reflejada.

Estas almas llegan a reflejar en sí el majestuoso dolor de pésame que brota la Pasión de Jesús, y comprenden de modo estupendo —insondable— la amargura del amabi­lísimo Corazón de Jesús, bajo cuyo conocimiento parece que se aniquilan delante de Dios.

Venturosas almas que purificadas por el amor de com­pasión, abrazando el Crucifijo y con Él, los intereses de Dios menoscabados en el mundo, gritan como la Esposa de los Cantares: “Manojito de mirra es mi Amado para mí”.

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* Introducción del libro: Manojitos de mirra, de la beata Laura Montoya

   Hermanas Lauritas: cra. 4 nº 11-45 sur, Bogotá, Colombia. Tel.: 3335542


[1] Entiéndase que la mirra es una resina fina, olorosa y amarga, perfecto símbolo de la Pa­sión de Jesús que es fino amor, perfume delicado del alma, que la contempla y amargura honda y profunda para el corazón amante y agradecido

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Los estigmas místicos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

El estigma es una huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos que estaban en éxtasis, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo.

Siempre se ha explicado que, en el proceso de la santidad a la que todos estamos llamados, y queriendo retribuir de algún modo el derroche de amor de Cristo para con nosotros, algunos han deseado identificarse tanto con Él, que Dios, en su inmensa misericordia y cuando su infinita sabiduría lo determina, les otorga el privilegio de vivir su misma Pasión, confiriéndoles participar de los estigmas que marcaron las manos, los pies y el costado de Jesús.

San Francisco de Asís fue el primero, en la historia del cristianismo, en recibir este milagro del amor divino. Luego, varias santas y santos han tenido la misma experiencia con estigmas visibles o invisibles.

Por otra parte, es admirable verificar cómo estos y todos los santos vivieron tantos y tan altos deleites y gozos espirituales, que nunca retrocedieron en la búsqueda de esa felicidad que se da en el encuentro con la divinidad. Solo así se puede explicar el martirio.

Sabemos también que ninguna vida santa estuvo exenta de sufrimiento. De hecho, los místicos, como san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, afirman que es imposible llegar a Dios sin pasar por la Cruz de Cristo.

El primero de ellos explica que el corazón del hombre debe estar vacío para que pueda entrar Dios, ya que Él no puede competir con las criaturas. Es necesario, por lo tanto, que se purifique de los apegos que posee, para vaciarse por completo y, así, ser llenado por Dios, único que puede calmar las ansias de felicidad que bullen siempre en su interior. Ese proceso de purificación se lleva a cabo atravesando dos «noches» —la noche oscura del sentido y la noche oscura del espíritu— dolorosas, antes de llegar al estado de perfección.

Para san Pablo de la Cruz ese estado de perfección es la muerte mística, que el alma debe experimentar para llegar con santidad a la divinidad. Muerta, es decir, purificada de todos los apegos y apetitos desordenados, el alma se hace susceptible del inefable Amor divino.

En ambos santos, morir a las imperfecciones es indispensable para que Dios pueda abrasar al alma con su amor, llenándola de esos maravillosos deleites y gozos espirituales, con los que queda prendada de Él y deseosa de nunca más apartarse de esa fuente inagotable de felicidad, por la que vive y muere de amor.

Estas imperfecciones o impurezas del alma consisten en que el ser humano, por la herida que le dejó el pecado original, se apega a lo creado: el cosmos, las plantas, los animales, los otros seres humanos y él mismo.

En vez de descubrir en las criaturas al Creador, y vivir enamorado de Él, admirándolo y alabándolo y bendiciéndolo por su propia vida y por la existencia de las demás criaturas, se queda absorto en ellas y en sí mismo, y hasta se enamora desordenadamente de sí mismo y de las otras criaturas, dándose y dándoles más valor que a Dios: lo creado se convierte en la finalidad de su vida y de su actuar, olvidándose de darle gloria a quien le dio la vida y le promete la eterna felicidad en el Cielo.

Por eso vino Jesús: para remediar el desprecio que el hombre le hizo a su Creador, sufrió una horrible Pasión y murió en una Cruz. Ahora el ser humano ha sido perdonado y tiene derecho a la felicidad sin fin.

Además, Jesucristo quiere que todos seamos tan felices como lo fueron los santos. De hecho, Él mismo nos dijo que fuéramos santos como nuestro Padre celestial. Y ser santo consiste en no pasar por el purgatorio, ese estado donde las almas pagan la pena temporal y se purgan de sus apegos, de sus apetitos desordenados, de sus imperfecciones…, en una palabra: de sus impurezas; pues nada impuro entrará en el Cielo para gozar del Amor infinito e inefable que Dios nos tiene preparado.

Y, como si fuera poco, se puede comenzar a experimentar esa dicha en la vida presente.

Quienes desean lograr ambas cosas, ser verdaderos santos y vivir en esta existencia esas dulzuras espirituales —regalo de Dios— tan enriquecedoras y bellas como ninguna otra, saben que es necesario ser cristiano hasta las últimas consecuencias, es decir, seguir decididamente a Cristo. Y eso significa vivir como Él y morir como Él.

A esa fascinante invitación se puede responder aceptando los estigmas místicos, es decir, unas marcas o señales en el alma, que, como los estigmas del cuerpo, son dolorosas, pero que están revestidas de la experiencia de lo divino y que, por lo tanto, llevarán al alma a paladear los más altos y más sublimes deleites que pueda experimentar el ser humano, deleites que no se pueden comparar con los placeres físicos, emocionales o afectivos que esta vida temporal pueda deparar.

Esas marcas místicas hacen sufrir, puesto que desarraigan en nosotros los apegos. Pero, luego de la herida, aparece una cicatriz en el alma, el estigma, prueba irrefutable de una batalla ganada en esa guerra por la felicidad eterna, y señal de deferencia divina.

A veces, la lucha interior —la ascética— será la encargada de ir eliminando los apegos; otras veces, el mismo Dios hará el trabajo sin participación activa del alma —la mística—: como para el ser humano es imposible lograr la santidad, el Señor, dueño de todo, irá puliendo esas impurezas del alma, los apetitos desordenados, para hacerla más digna de sí, más apta para su grandioso Amor. Ambos procesos producen dolor; de hecho, cuanto más arraigados están los apegos, tanto más duele erradicarlos.

Así, el alma va subiendo hacia Dios, hasta que es envuelta por ese Amor infinito, que llena todas sus ansias interiores de eterna bienaventuranza.

El proceso es dirigido por el Espíritu Santo y, en ocasiones, extrañará al alma el sistema que Él utiliza y los vericuetos por donde es guiada; pero ha de saberse que la sabiduría del Santo Espíritu sobrepasa infinitamente la del hombre, con lo que queda claro que la criatura no debe pretender entenderlo, pues no lo lograría.

Las virtudes teologales son las únicas que pueden llevar al alma a tan añorada meta.

Fe, creer en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…, en fin, en todo lo que se afirma en el Credo y en todo lo que está consignado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Esperanza en la vida eterna, donde y cuando el alma se encontrará con ese Ser maravilloso que sobrepasará con creces toda idea de felicidad: toda la belleza, toda la bondad, toda la verdad, todo el amor en un solo ser.

Y, por último, la Caridad o el Amor que se presiente ya en esta vida, en la entrega total a hacer la voluntad de Dios y a servir a los hombres, nuestros hermanos.

La consigna, entonces, es luchar por erradicar los apegos cuanto se pueda y, luego, abandonarse místicamente en Dios amándolo sin reservas egoístas, con la esperanza puesta en Él y solo en Él, y llenos de fe.

La Pasión del Señor

En cada renglón de la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo se encuentran lecciones utilísimas que el alma no debe desaprovechar, si quiere llegar a gozar de las delicias espirituales, junto a Dios.

Por eso, para cada estigma místico, vale la pena desgranar esas enseñanzas, paso a paso, como se muestra a continuación.

 

El estigma místico del servicio humilde

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo. Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde». Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo». Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo.

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. (Jn 13, 1-17)

Desde los primeros versículos, san Juan, el apóstol y evangelista, despierta en sus lectores la curiosidad por lo que va a suceder, escribiendo que Jesús, «sabiendo que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Es el modo de prepararse el alma para iniciar el camino hacia Dios: amar hasta el extremo, sin reservas. Se entrevé ya que el compromiso es total, que nada se debe guardar el alma para sí misma: se trata de una entrega completa, «hasta el extremo».

Lavar los pies era una labor de esclavos, y Jesús quiere que hagamos lo mismo con nuestros hermanos: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo». Si el Maestro da ese ejemplo, sus discípulos, los cristianos, ¿qué debemos hacer? ¿Servimos así a nuestros hermanos? Cuando prestamos cualquier servicio, ¿lo hacemos con esos sentimientos? ¿Hasta qué punto está el alma dispuesta a llegar?, ¿hasta la esclavitud?… «Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica». Se vislumbra una promesa: quien ponga en práctica este consejo será feliz, con el concepto de felicidad de todo un Dios. ¿No vale la pena intentarlo?

Un vistazo a nuestra vida pasada hará a más de uno recordar todas aquellas ocasiones en las que prestamos servicios por algún interés oscuro y escondido: para que nos admiren, para que digan que somos buenos…; y Jesús lo que desea es nuestra humildad. Otras veces lo hicimos para ganarnos la aceptación de alguien y sacar de él o de ella algún provecho, para «cobrar» más adelante el servicio…; y Jesús busca que aprendamos a amar sin esperar nada a cambio. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¡Cuánto por corregir!

Cada corrección producirá una cicatriz, pero nos acercará a la meta final.

A continuación, léase lo que el mismo Jesús dictó acerca de este episodio del Evangelio a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús[1], a comienzos del siglo XX:

«Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles… Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.»

Y nosotros, ¿cuántas veces excluimos a los demás porque, a nuestro juicio, son pecadores? ¿Cuántas veces los despreciamos, en vez de aprender el inmenso Amor que acongoja el Corazón de Jesús por la pérdida de las almas y la continua invitación que les hace: «os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo.».? ¿Qué tan lejos estamos de tener los sentimientos de Jesús?

¿Recordamos que hay que «humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas […] ceñirse con la mortificación y la propia abnegación […] lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos»? ¿Cuánta rudeza hay para con los pecadores? ¿Nos humillamos realmente? ¿Nos abnegamos y nos mortificamos por los pecadores y por nuestros seres queridos? ¿Cuántas veces divulgamos los defectos de los demás?; o, por el contrario, ¿los disimulamos y los excusamos como Jesús quiere?

Para erradicar estas infecciones se requiere de mucha lucha interior (ascética) y de ayuda del Espíritu Santo (mística), lucha y ayuda espiritual que producirán en nuestras almas el estigma místico del servicio humilde. 

Por lo tanto, conviene realizar actos de servicio llenos de humildad, muestras de cariño fraternal para con los pecadores, orar y mortificarse constantemente por ellos, saber abnegarse en los gustos y en las aficiones, entrenarse en callar cuando se ven los defectos de los demás, disculparlos siempre…

Además, es imprescindible orar para pedir la ayuda del Espíritu Santo, con perseverancia y confiando en que esa ayuda llegará, cuando y como Él lo juzgue mejor.

 

El estigma místico del amor a los enemigos

Sigamos analizando el Evangelio:

«No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra Mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy». Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar». (Jn 13, 18-19. 21)

Jesús estaba dolido por la certeza que tenía de que Judas lo traicionaría pero, a pesar de saberlo, Él no hará lo mismo: «aun cuando [las almas] estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas».

En estos versículos se deduce un gesto maravilloso del Amor divino: devolver bien por mal, ahogar el mal en abundancia de bien. ¿Actuamos así? ¿Hacemos esto por quienes nos ofenden? ¿Lo hacemos con cariño, con amor verdadero?, ¿como Jesús? ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por la ira!

En cambio, Jesús, delante de Judas, dice lo que va a suceder, como dándole una oportunidad más para que recapacite. Y lo seguirá haciendo: más y más oportunidades para estimular el amor de quien lo hiere.

¿Cuántas oportunidades le damos a quienes nos ofenden? ¿Les hablamos con cariño, pensando en su bienestar espiritual? O, por el contrario, ¿los ignoramos? O, peor, ¿nos lanzamos a atacarlos?…

¡Cuánto cuesta purificarnos en este sentido! Pero vale la pena: compartiremos con Nuestro Señor el dolor que le causamos los hombres durante toda la historia de la humanidad; al fin y al cabo, nos lo merecíamos nosotros, ¡no Él!. Y lo mejor: tendremos otro estigma místico, muestra de su predilección por nosotros, con lo que iremos ganando en pureza, para —algún día— hacernos aptos de su Amor total y disfrutar de los gozos y deleites espirituales que nos tiene reservados.

 

El estigma místico del amor al prójimo

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en Él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto. Hijos míos, Yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde Yo voy, ustedes no pueden venir. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como Yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por Mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». (Jn 13, 31-38)

Las fuerzas para seguir al Señor y para morir por Él no son nuestras: nos las da el Espíritu Santo, cuando lo juzgue necesario. Para llegar a gozar de la felicidad, es cierto, tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestros apegos por las criaturas, de modo que Jesús viva en nosotros.

Pero Él especifica que primero debemos amarnos como nos amó Jesús. Después llegará esa fuerza que nos hará capaces de dar la vida, en una muerte mística, para poder tener acceso al Cielo: solo cuando estemos totalmente puros seremos idóneos para gozar de la felicidad que nos ofrece Dios.

Ese paso previo, amarnos como nos amó Jesús, ¿cómo lo estamos viviendo? Jesús nos amó padeciendo y muriendo en una Cruz. ¿Nos amamos así? ¿No es verdad que todavía queda mucho por purificar? ¿No es verdad que todavía estamos muy apegados a nosotros mismos?

Amar significa vivir y morir por la felicidad de quien amamos; ¿estamos haciendo eso por los demás? ¿Cuánto oramos por ellos? ¿Cuántos sacrificios ofrecemos por ellos? ¿Cuánto tiempo les damos?…

Solo cuando aprendamos a amar, podremos seguir al Señor en la muerte mística, presagio de nuestra felicidad.

 

El estigma místico de aceptar el desprecio

Acudamos de nuevo al Evangelio:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que Yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a Mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes? Les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora su pecado no tiene disculpa. El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que nadie hizo jamás, no serían culpables de pecado; pero las han visto y me han odiado a Mí y a mi Padre. Así se cumple la palabra que se puede leer en su Ley: Me odiaron sin causa alguna. Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser Él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de Mí. Y ustedes también darán testimonio de Mí, pues han estado conmigo desde el principio. Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a Mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho». (Jn 15, 18 — 16, 4)

Esta perícopa muestra otro proceso de purificación —indispensable— que se lleva a cabo en el alma de quien desea llegar a la muerte mística del yo, y permitir así la acción imponderable del Espíritu Santo en el alma.

El mundo nos odia, porque seguimos a Cristo y, por eso mismo, no somos del mundo.

El mundo, en la Escritura, casi siempre da a entender los apegos por las criaturas, el apetito desordenado de bienes terrenos o, como dijera el mismo evangelista, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida. Esto significa que nuestro corazón está arraigado en los bienes —criaturas, al fin y al cabo—, con lo que le impedimos a Dios su acción benéfica en nuestra alma.

Una vez eliminado el apego por el mundo, puestas las miras en el Creador, el Espíritu Santo abraza al alma con su Amor, mientras que el resto de los hombres (apegados todavía al mundo) nos ve como extraños, locos o estúpidos. Y es que el demonio les dice que a esos tales hay que odiarlos, puesto que con su testimonio gritan que hay que arrancar todo placer mundano, cosa que el mundo no puede aceptar, dado el apego tan grande con que los tiene dominados.

Ese odio que nos tienen ya se lo tuvieron a Jesús. Y fue tan grande, que lo mataron. ¿Somos capaces de soportar por amor a Jesús el desdén, el desprecio, el odio? Hay que sacar el bisturí para cortar donde sea necesario. O, si no podemos solos, orar para que el Señor lo haga: que nos purifique de nuestro apego al «qué dirán», del apego a nuestra imagen, etc. Dolerá, pero se limpiará nuestro corazón para que quepa Jesús más a sus anchas, más cómodo, desde donde nos llenará de su Amor.

El estigma que quedará, el del desprecio de los demás, nos enseñará a valorar las cosas, las circunstancias y los seres como son en realidad, no como erróneamente las valorábamos antes. Y así nos iremos dando cuenta de que, junto a Dios somos unas simples criaturas que nada merecen, pero que son infinitamente amadas por el Señor.

 

El estigma místico de no sentir a Dios

«Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver». Algunos discípulos se preguntaban: «¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”?» Y se preguntaban: «¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir». Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: «Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver. En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo. La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo! Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero Yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo». (Jn 16, 16-22)

Sucede con frecuencia (y aun en medio del desprecio de los demás y de otras heridas): sentimos que Dios no está presente, que se ha alejado; parece como que se olvidó de nosotros… Primero, habíamos sentido su presencia, quizá con visiones espirituales, quizá con locuciones interiores, quizá con sentimientos de gozo… Y, de pronto, sequedad, silencio.

Es el momento de dar gracias: el Señor nos está enseñando que no debemos apoyarnos en esas cosas para progresar en la vida espiritual y/o nos está probando (en el sentido de producir el efecto que se necesita): nos está purificando, para que desaparezcan esos apegos a los favores espirituales que a veces nos regala, para que nuestro corazón lo ame solo a Él, no a sus dones.

Con esta purificación avanza muchísimo más el alma, que si nos regalara más y más obsequios espirituales. Es necesario aprender, además, que esas gracias vienen a nuestra alma porque Él así lo quiere, no por mérito alguno de nuestra parte. Además, poco a poco iremos aprendiendo si esas cosas que sentimos provienen realmente de Dios o, por el contrario, las envía el demonio o son producto de nuestra imaginación, en razón de nuestra pequeñez.

Como se ve, en la medida que avanza nuestra meditación de la Pasión de Nuestro Señor, el Espíritu Santo va purificando y embelleciendo al alma para hacerla más apta de la alteza de Dios, para que, como lo dijo en el extracto evangélico que estamos analizando, nuestro corazón se llenará de alegría, y nadie nos podrá arrebatar ese gozo.

Pero los estigmas deben seguir viniendo, hasta que lleguemos a la muerte mística, encuentro profundo con la deidad.

 

El estigma místico de la obediencia

Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras voy a orar». Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia, y les dijo: «Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos». Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: «Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú». (Mc 14, 32-36)

Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo. (Lc 22, 44)

Es este un momento realmente impresionante en la vida de Cristo, en el nunca se profundizará suficientemente. Como hombre que era, llegó a sentir «temor y angustia» «de muerte» ante la inminente Pasión. Y como hombre, suplicó que, «si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora».

Tal vez hemos pasado por momentos similares: angustias que se manifiestan en circunstancias determinadas, como aflicción, congoja o ansiedad; temores opresivos sin causa precisa; o simplemente aprietos, situaciones apuradas… ¿Cómo reaccionamos? ¿Queremos aceptar radicalmente la voluntad de Dios? ¿Queremos llevar este estigma para consolar al Señor, para ayudarlo a salvar almas, para hacer justicia (somos nosotros quienes deberíamos pasar por ese momento y por toda la Pasión), para darle gloria a Dios, en fin, para amar?

Es más: ¿somos generosos como lo fue Jesús? ¿Decimos en esos momentos difíciles con Jesús «No se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú»?

Si, en medio de los aprietos, temores y angustias nos ofrecemos voluntariamente a Dios para seguir sufriendo por amor a Él y por amor a la humanidad, habremos marcado el alma con este maravilloso estigma, con el que nos acercaremos paulatinamente a la añorada muerte mística: sólo desear, saber y entender la vida de Jesús —humilde despreciado y desconocido—, camino, verdad y vida[2].

Esto es, nada menos, que la santidad misma: hacer en todo momento la Voluntad de Dios, sabiendo que es siempre lo mejor para nosotros, aun cuando sea dolorosa y parezca difícil de realizar o, incluso, imposible.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir. Recordemos que siempre contamos con su ayuda divina para todo lo que nos pida.

Leamos las palabras que, al respecto, le dijo a sor Josefa Menéndez:

«Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos…, después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… Les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní…, a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarlo, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador, y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…» [3]

Nacen varias preguntas: ¿Nos ponemos en actitud de silencio y oración siempre que llegan la angustia, la amargura, la tristeza? ¿Nos ofrecemos como víctimas para salvar a tantas y tantas almas que, sin otra ayuda se perderían irremediablemente? ¿Cuánta es nuestra generosidad? ¿Nos gana el miedo a la hora de padecer por Cristo, con Cristo y en Cristo, aceptando radicalmente la Voluntad de nuestro amoroso Padre?…

«Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde…, en un establo, lejos de mi casa y de mi patria…, de noche…, en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre san José…, no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa…; y, sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazareth y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas…, a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consiste en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.»

 

El estigma místico de permanecer despiertos

Sigue la narración de la Pasión:

Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne, débil». Y se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras. Al volver otra vez, los encontró de nuevo dormidos, pues no podían resistir el sueño y no sabían qué decirle. Vino por tercera vez, y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Está hecho, llegó la hora. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores». (Mc 14, 37-41)

¡Cuántas veces nos «dormimos» haciendo oración, cuántas veces nos «dormimos» en nuestros egoísmos y no escuchamos al Señor, cuántas veces nos «dormimos» en nuestra pereza y no hacemos lo que Él nos pide!

A los Apóstoles les quedó perfectamente claro que para no caer en la tentación hay que estar despiertos y orar. Y, ¿a nosotros? Las tentaciones vienen cada momento. Por consiguiente, ¿cuánto tiempo diario dedicamos a la oración mental, a ese diálogo (no monólogo) entre Dios y la criatura? ¿Acaso no sabemos que es imposible amar a alguien sin entablar una amistad? Y, ¿cómo entablaremos una amistad sin iniciar un trato y ser asiduos en él?

Jesús nos dio ejemplo: muchas veces se retiraba a orar en el silencio y la soledad; incluso cuando estaba cansado de predicar y hacer milagros; de mañana, antes de que amaneciera, o en la noche; al comenzar su vida pública o al prepararse para escoger a sus Apóstoles. Tanto lo hizo, que un día sus Apóstoles le pidieron que les enseñara a orar.

Solo las mujeres y hombres de oración pueden llegar a la santidad. Y solo ellos podrán adquirir los estigmas místicos…

«Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia…, para que hiciesen oración conmigo…, para descansar en ellos…; pero, ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia…, y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: «Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz».

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: «No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…» ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: «Padre mío». Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. ¡Muchas se perderían…, muchísimas me ofenderían y otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… Y, sin embargo, ¡inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y, sin embargo…, ¡ah!, en aquel momento vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña…, ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… Y, ¿quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…» [4]

Dice Jesús: «Quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas». Y nosotros, ¿cuántas veces, en nuestros momentos difíciles, acudimos a refugiarnos vanamente en las criaturas, en vez de acudir al Creador?, ¿al único que puede aliviarnos totalmente?

Por otra parte, ¿cómo reaccionamos ante ese derroche de amor, ante ese derramamiento de la preciosísima Sangre de Jesús, postrado en oración? ¿Le volvemos la espalda, como Él dice? ¿Somos fieles en escuchar su voz?…, ¿o la escuchamos pero sin seguirla? ¿No es verdad que, a veces, respondemos al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caemos en el sueño de la tibieza? ¿Qué dicen nuestras obras?, ¿que ya hemos trabajado bastante?, ¿que hemos sido escrupulosamente fieles hasta en los menores detalles, que hemos mortificado nuestra naturaleza y hemos llevado una vida de abnegación y que bien podemos permitirnos ahora un poco más de libertad?, ¿que ya no somos niños, que ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación?… ¿Que nos podemos dispensar de lo que nos molesta?…

¡Cuánta valentía y perseverancia nos falta! ¡Debemos permanecer despiertos para llevar la Cruz con Jesús y, después, participar de su eterna gloria en el Cielo! El único que puede dárnosla es Él. ¿Qué esperamos?

 

El estigma místico de aceptar la traición

Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. .Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?» Contestaron: «A Jesús el Nazareno». Jesús dijo: «Yo soy». Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. (Jn 18, 1-5)

El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; deténganlo y llévenlo bien custodiado». Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús diciendo: «¡Maestro, Maestro!» y lo besó. (Mc 14, 44-45)

Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48)

Todos hemos sido traicionados alguna vez: grandes traiciones o traiciones pequeñas. ¿Cómo reaccionamos? ¿Sabemos perdonar? ¿Aceptamos esas traiciones como lo que son: la Cruz de Cristo que se nos ofrece para purificarnos?

Otra cosa: cuando nos traicionan, ¿nos acordamos de la inmensa traición que le hicimos a Jesús?

Escuchémoslo:

«Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah!, ¿qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho…, que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden…, y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas…, ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas!, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce…, uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid…, porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: «Yo soy».

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas…, había llegado mi hora…, y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.» [5]

¡Cuánto nos enseña este estigma de la traición! No hay mucho qué añadir. ¡Aquí tenemos tanto por mejorar!

 

El estigma místico de apreciar el abandono

Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mt 26, 56b)

Entonces lo apresaron y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a distancia. Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor; Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. Como estaba ahí sentado en la claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo, dijo: «Este también estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». Como una hora más tarde, otro afirmaba: «Seguramente éste estaba con Él, pues, además, es galileo». De nuevo Pedro lo negó diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo cantó. El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de Él y a darle golpes. Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó». Y proferían toda clase de insultos contra Él. (Lc 22, 54-65)

¿Nos hemos sentido abandonados?, ¿solos? ¿Hemos experimentado la negación de un amigo, de un ser querido? Aunque duela, es necesario pasar por este trance: sentirse abandonado de los nuestros es un estigma místico que limpia profundamente al alma. Nos desapega de nuestro amor propio, de ese deseo impuro de sentirnos amados por las criaturas; así, el alma se vacía para que ingrese solo el Amor de Dios, con el que podremos ascender libres —sin peso alguno— por esa escalera hacia la unión mística con Dios.

De modo, pues, que cuando venga el abandono, la mayor soledad de todas, ¡a dar gracias a Dios! Y a aprovechar al máximo esa oportunidad.

«¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña…, si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia, impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… El también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.» [6]

 

El estigma místico de estimar el silencio

Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías. Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo. Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días». Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» Pero Jesús se quedó callado. (Mt 26, 57-63)

Puede sorprender este silencio de Jesús ante las acusaciones injustas. El ejemplo que nos dejó es muy útil para nuestra alma. Se purificará de ese excesivo amor propio, principal escollo para llegar a Dios. Efectivamente, la soberbia fue el pecado con el que Lucifer atacó a Dios, el mismo con el que Adán y Eva ofendieron a Dios y es el que ahora se interpone entre el Amor de Dios y la criatura. Solo la humildad atrae las gracias de Dios.

Por eso conviene hacer un examen profundo: ¿cómo actuamos cuando nos critican? ¿Qué hacemos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que hablan mal de nosotros? ¿Nos produce dolor o ira que nos acusen falsamente?… No somos todavía como Cristo si nos defendemos, si nos excusamos, si nos ponemos a exponer o a alegar causas o razones para explicar nuestras acciones o para que se borre de las mentes de los demás la culpa que se nos imputa…

Visto el silencio desde otro punto de vista, preguntémonos: ¿Por qué hablamos tanto? ¿Cuáles son los vacíos que queremos llenar con tantas palabras?

Otra vez, es mucho lo que debemos corregir y, también, es mucho lo que el Espíritu Santo debe reparar.

 

El estigma místico de la valentía

De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?». Jesús respondió: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y dijo: «¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír sus palabras blasfemas. ¿Qué les parece?» Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte. (Mc 14, 61-64)

Jesús sabía que su respuesta lo llevaría a la muerte; sin embargo, no solo no dudó un momento en contestar afirmativamente, sino que reiteró su asentimiento diciendo lo que ellos estaban esperando para condenarlo: «Un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». Ya no había necesidad de hacer más preguntas: a su juicio, era culpable.

Esa valentía no es posible si el amor de Dios no está en nuestros corazones.

 

El estigma místico de unirse a la prisión de Jesús

Luego comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!» (Mt 26, 67-68)

Veamos ahora lo que sintió y vivió Jesús en la prisión, para acompañarlo místicamente:

«Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera…, pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre…, ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza, ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse…, con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación…, una contrariedad…, una pena de familia o un momento de soledad y desolación…, decirme desde el fondo del alma: «te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad»?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí…, y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia…, después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa…, cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos…, escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir…, ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…»

¿Comprenderemos, ahora, los sentimientos del Corazón más amante del mundo? ¿Seremos capaces de seguir sus huellas?

 

Los estigmas místicos de la flagelación

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. (Jn 19, 1)

El Cuerpo de Jesús ya estaba lleno de heridas y moretones producidos por los golpes de los soldados y, además, estaba —como vimos— exhausto por el cansancio de la noche anterior: primero, las emociones que vivió en la despedida con sus apóstoles y la traición de Judas; luego, la oración intensa en Getsemaní; después, la noche solitaria y fría en la cárcel; más adelante, la levantada y el traslado para el juicio con Pilato; éste lo mandó a Herodes, quien lo devolvió… Y ahora, pone sus brazos mansamente en la columna, para ser atado a ella, y los soldados empiezan a descargar terribles azotes con cuerdas embreadas y con varas, llenos de malvada crueldad…

Al meditar en esto, muchos santos mártires se han entregado voluntariamente a compartir esa afrenta física y psicológica que sufrió Jesús por amor, con un desprendimiento tal, que han logrado llegar a los altares. Otros muchos, escondidos en el silencio de la historia, han seguido sus pasos, dejándose azotar hasta tocar casi la muerte…

Y nosotros, ¿no es verdad que cuidamos nuestro cuerpo con exagerada y casi enfermiza autocompasión? ¿No nos quejamos, a veces, por una pequeña herida que nos hacemos?

Si el alma se ve impulsada por el Espíritu Santo a compartir este dolor del Amor de los amores y sólo si nuestro director espiritual lo autoriza y en la medida que él lo autorice, haremos muy bien en aliviar los padecimientos de Cristo, completando, como diría san Pablo en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Pero aquí encontramos más tesoros:

«Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto…, sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno, sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo…, sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilato, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros…, ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas…, las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah! ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor…, contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.»

Aceptemos la flagelación diaria que nos producen cuando nos critican, nos ofenden, nos vituperan, nos hieren, nos quitan nuestros derechos, nos amenazan o pasan por encima de nosotros…, en todas las circunstancias adversas de la vida. Aceptemos también cada dolor físico que, por pequeño que sea, se hará grande por el amor con que lo hagamos: accidentes, enfermedades, cirugías, etc. Eso, con constancia y unión a lo que sufrió Jesús, poco a poco, será bálsamo para las heridas del Señor y producirá los estigmas místicos de la flagelación en nuestras almas… ¡Amemos con Él y como Él!

 

El estigma místico de la coronación de espinas

Los soldados lo llevaron al pretorio, que es el patio interior, y llamaron a todos sus compañeros. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas. Después comenzaron a saludarlo: «¡Viva el rey de los judíos!» Y lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y se arrodillaban ante Él para rendirle homenaje. (Mc 15, 16-19)

¿Coronarnos de espinas? Sí: Dios, Rey, Señor de señores, Creador y dueño del universo, prefirió una corona de espinas a la que merecía.

Y nosotros, simples criaturas de barro, llenos de pecados, de faltas de amor, de faltas de obediencia, de faltas de fe, de faltas de humildad… ¿qué merecemos?

A veces creemos que merecemos cosas y, ¿qué tenemos que no nos lo haya dado Dios? Dios nos dio la vida, el cuerpo y el alma que poseemos, las cualidades que nos regaló… Un solo momento que el Creador deje de pensar en nosotros para darnos la vida y…, ¡moriremos! ¡Ni siquiera la vida que tenemos es nuestra!: nuestro ser es prestado. Somos nada; esta es la realidad más verídica y cierta de la vida.

Dios le dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3, 14). Cuando el hombre se hace consciente de que su vida es prestada, de que es nada, es cuando conoce la verdad, su verdadera realidad. Y es cuando se hace humilde: deja la soberbia.

Y, ¿qué méritos tenemos? De hecho, ¡nos merecíamos el infierno! Otra cosa es que Jesús pagó nuestro rescate.

Por consiguiente, ¿de qué nos gloriamos?; ¿de qué presumimos?; ¿qué nos merecemos?…

Sí; es verdad: Jesús nos ama, y nos ama tanto que dio su vida para regalarnos la posibilidad de ir al Cielo. Pero eso es otro regalo inmerecido. Y son inmerecidos todos los demás regalos: la Iglesia, los sacerdotes, el Sacramento de la Reconciliación cada vez que pecamos, la Eucaristía, el poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los demás Sacramentos…, en fin, las muestras de la infinita misericordia de Dios.

¡Coronémonos de espinas!: aceptemos toda cruz que nos llegue para acallar nuestra soberbia y, si es mayor nuestro amor y agradecimiento,  —con la anuencia del Espíritu Santo, es decir, del director espiritual, cómo y cuándo él lo permita—, compartamos con ese Jesús–Amor esa corona de espinas que usaron y usan muchos santos.

Hagamos un propósito firme: ¡Ya nunca más dejaremos que la soberbia —sentirnos más que la nada que somos— aflore en nuestras vidas! Y, si alguna vez fallamos (que seguro fallaremos), a rectificar y a dar la gloria sólo a Dios.

Ahora, acompañemos en los sentimientos que abrumaban a Jesús:

«Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿conque eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían…, otros me insultaban…, otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales…, entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo…, como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehuyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehusan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah! ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y…, quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y, sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria…, más consuelo…, más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo…, se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?»

Recordémoslo: somos nada. Desde esta humildad iniciaremos nuestro viaje místico hacia el encuentro con Dios, para que nos siga llenando de su ser y de su amor, hasta que, purificados por completo en una muerte mística de nuestro «yo» (que tanto estorba), viva Cristo en nosotros, como lo expresó san Pablo: «Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

El estigma místico de que sean preferidos los demás

Hay que borrar toda imperfección, y una de ellas es querer ser preferidos a los demás. Leamos:

Cada año, con ocasión de la Pascua, Pilato solía dejar en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había uno, llamado Barrabás, que había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín. Cuando el pueblo subió y empezó a pedir la gracia como de costumbre, Pilato les preguntó: «¿Quieren que ponga en libertad al rey de los judíos?» Pues Pilato veía que los jefes de los sacerdotes le entregaban a Jesús por una cuestión de rivalidad. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato les dijo: «¿Qué voy a hacer con el que ustedes llaman rey de los judíos?». La gente gritó: «¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Y gritaron con más fuerza: «¡Crucifícalo!» Pilato quiso dar satisfacción al pueblo: dejó, pues, en libertad a Barrabás y sentenció a muerte a Jesús. (Mc 15, 6-15)

Nunca hubo un juicio más injusto para un Hombre tan justo:

«Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y, ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!…, ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!…, ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilato ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!»

¿Aprenderemos?

 

El estigma místico de cargar la cruz cada día

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. (Jn 19, 17)

Ya lo había anunciado Él mismo: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga»(Lc 9, 23). Ahora lo está cumpliendo.

Nosotros, que queremos seguirlo, ¿cargamos con la cruz de cada día?, ¿nos negamos a nosotros mismos? O, más bien, ¿nos damos todos los gustos egoístas y materiales posibles?…

Es verdad que se necesita mucha valentía para aceptar y vivir este propósito tan elevado pero, ¿vamos a dejar solo a Jesús? Ya otros han emprendido esta gigantesca tarea de amor, y se han ganado el Cielo y las delicias diarias del contacto directo con Dios: unos toques espirituales de la divinidad que no se pueden cambiar por nada en el mundo. ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena!

«En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del Cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras, almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro…, sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo, y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios…, y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo…, y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!» [7]

¿Nos uniremos valerosamente a ese par de Corazones que destilan tanto amor? Ya sé que no somos capaces pero, ¡con ellos lo lograremos!

Lo repito: ¡Vale la pena!

En ese momento, un tal Simón de Cirene, que es el padre de Alejandro y de Rufo, volvía del campo; los soldados lo obligaron a que llevara la Cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

Ahora veamos cómo cargar la Cruz:

«Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado, o sea, que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas sí pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, que se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme…, consolarme…, se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento…; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas, en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.» [8]

Hagamos este propósito: cuando llegue la Cruz, digámosle al Señor:

«Gracias, Jesús, por ese privilegio que me das, gracias por hacerme compartir tus sufrimientos, gracias por dejar que yo —siendo nada— te dé gloria de esta manera tan especial, gracias por esta muestra de tu predilección por mí… Y si quieres más, ¡tómame y haz de mí lo que quieras!

¿Necesitas que sufra un poco más por ti? –He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu palabra. Déjame mostrarte mi amor.

¿Te sirve que padezca más por la salvación de las almas? –¡Aquí me tienes! Déjame mostrarte mi amor.

¿Quieres que soporte mucho más dolor, que me una aún más a ti en la Cruz? –Sé que me darás las fuerzas para soportarlo. Tómame y haz lo que desees. Soy tuyo… ¡Para siempre!»

¡Que difícil es para un alma acostumbrada a vivir en la blandura de su propio egoísmo dar este paso! Pero solo quienes lo han intentado han comprendido lo que es el amor verdadero; han aprendido que solo así se encuentra la paz, la alegría y la felicidad verdaderas.

Antes de esta experiencia, nada sabemos del amor, nada entendemos de progreso espiritual… Después de traspasar este umbral, lo que creíamos que nos daría felicidad es apenas un esbozo tosco, minúsculo y pobre de la legítima, verdadera e imperecedera felicidad. Se entra a una estancia de placeres jamás imaginados, antesala del Cielo.

 

El estigma místico de la crucifixión

Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús. Después de clavar a Jesús en la Cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: «No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca». (Jn 18; 23-24)

Si es difícil aceptar el estigma místico de cargar la Cruz de Cristo, ¡cuánto nos costará ser crucificados místicamente con Él! Nos quejamos por cualquier pinchazo que nos hacemos y, ¿vamos a ser capaces de soportar una crucifixión?

Pero hay un camino para llenarnos de valor: pensemos en el ser humano que más amemos: un hijo, por ejemplo. Si se nos aparece Jesucristo y nos dice: «¿Qué serías capaz de hacer por él? ¿Serías capaz de morir en una cruz, como Yo?» Estoy seguro de que si Jesús nos garantizara la salvación de nuestro hijo si morimos así, nadie dudaría en entregarse a ese tormento, pidiéndole a Dios la fortaleza necesaria para soportarlo.

Pensemos que a quien más debemos amar es a Jesús: fue capaz de morir como nos lo merecíamos nosotros. Si Él ha hecho eso por nosotros, ¿nosotros qué debemos hacer por Él?

Los que deberíamos padecer semejante suplicio somos nosotros. Es más: merecíamos soportar ese castigo toda la eternidad, puesto que ofendimos a un Dios eterno. Lo justo es que nosotros paguemos nuestra deuda, no Él. Por lo tanto, llenémonos de fortaleza divina y —valientes— devolvamos Amor con amor; nunca alcanzaremos ese Amor (con mayúscula) pero, por lo menos, daremos lo que podamos.

Y, ¿cómo haremos tal cosa? Místicamente. Espiritualmente.

Vayamos al Calvario con Él, junto con los estigmas místicos que hemos estudiado (viviéndolos ya) y, desnudos de toda atadura del «yo» y de cualquier otro apego, coloquémonos detrás de la Cruz, donde nadie nos puede ver; dejemos que los clavos, después de traspasar a Jesús y al santo madero de la Cruz, atraviesen también nuestras manos y pies para perder con Jesús toda libertad humana, para anonadarnos y anularnos con Él y para llenarnos de la fuerza de su Amor.

Tres clavos, que representan las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad, con las que nos quedamos, después de despojarnos de todo lo demás, para ir al encuentro con la divinidad: creer en Dios por encima de todo, sin prueba alguna y aun contra toda expectativa, esperar en el encuentro definitivo con Él para ser inmensa e infinitamente felices y amarlo por encima de todas las cosas[9].

Tres clavos que arrancarán de nuestras vidas a los tres enemigos del hombre: la Fe acabará con las insidias del Demonio; la Esperanza nos apartará del atractivo del mundo; y la Caridad nos concentrará tanto en el Amor de los amores, que nada nos atraerán los apetitos de la carne.

Tres clavos que nos alejarán de la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Tres clavos que nos pondrán las únicas metas por las que lucharemos de ahora en adelante: dar gloria a Dios Padre, ayudar a Jesucristo a salvar almas y repartir el Amor del Espíritu Santo.

Luego de esta mística crucifixión, solo queda esperar el abrazo y el abraso del Amor divino, felicidad en plenitud de cualquier ser humano. Y, luego, el Cielo.

«Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero…, ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha…, resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda…, ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren…, los nervios se desgarran…, los huesos se descoyuntan…, ¡el dolor es inmenso!…, mis pies quedan traspasados…, ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados…, este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del Cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el Cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y, ¿qué rehusarás a mi amor? »

 

El estigma místico del perdón

Siempre impresiona volver a oír cómo, después de semejante ensañamiento, Jesús es capaz de perdonar a sus verdugos:

Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34a)

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades…; mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

Se necesita estar muy desapegado para llegar a este extremo. Pero muchos, comenzando por Esteban, llegaron al mismo límite de Amor.

Basta amar con el Corazón de Dios. Podemos empezar orando por nuestros agresores, todos los días. Y es más fácil hacerlo a través de la Virgen María, nuestra Madre, porque para ella todos somos hermanos: tanto los agredidos como los agresores están en su corazón de Madre. Su dulzura nos facilitará el camino del perdón. Día a día, oración tras oración, Ella irá ablandando nuestro corazón de piedra hasta hacernos amar a nuestros enemigos; sí, amar; amar con toda el alma a nuestros ofensores. Y llegar hasta el extremo de ofrecer esas afrentas por ellos mismos, con el deseo de que sean felices. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús, y Él es nuestra meta: desde la cruz en la que estemos, amar con perdón sincero a todos los que nos tienen en esa cruz.

¡Qué bella purificación!: no solo nos hacemos aptos del Amor de Dios, sino que nos llenamos de paz. Paz interior que brota hacia los demás. Paz verdadera; de esa que nunca se va. Paz que se conduele del arrepentido:

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Porque había sobre la Cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de Mí cuando entres en tu Reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes…, ella te conduce a la vida eterna.

 

El estigma místico del desamparo total

Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. .Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Jn 25, 25-27)

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

Se despojó de todo lo que tenía. Nos dio lo último que le quedaba: su Madre, para que también fuera nuestra.

Pero ahí no paró en el desamparo: llegó hasta el final. Quiso sentir la soledad completa; quiso experimentar hasta el abandono de su Padre:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber. Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». (Mt 27, 45-49)

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

Este misterio tan profundo del deseo de Jesús de quedar tan desamparado jamás se entenderá por completo. Los teólogos afirman que habría bastado que derramara una sola gota de su Sangre para lograr la Redención, pero Jesús quiso llegar al expolio total, a su aniquilación total.

Lo hizo quizá para enseñarnos generosidad, amor, entrega. ¡O, mejor, lo hizo para que supiéramos que aquí en la tierra es posible la purificación que tendría lugar en el purgatorio! San Juan de la Cruz lo afirma así: los que llegan a estas alturas gozan en vida de algunos de los toques que Dios dará eterna y crecientemente en la gloria del Cielo… Y esto se da, puesto que el alma se ha purificado; se ha embellecido hasta ser digna de las caricias de Dios. ¡Oh inefables bellezas del Amor divino! ¡Cuán deseables son!… Pedacitos de Cielo…

 

El estigma místico de la agonía

Pero Jesús quiso más; ¡más todavía!:

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed», y con esto también se cumplió la Escritura. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. Jesús probó el vino y dijo: «Todo está cumplido». (Jn 19, 28-30a)

¡Oh Padre mío!…, tengo sed de tu gloria…, y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: «Todo está consumado».

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

¿Qué le quedó por dar?…

Y, a nosotros, ¿cuánto nos falta por entregar? ¿Cuánto tenemos reservado para nuestro egoísmo, para nuestras bajezas, para nuestra comodidad, para nuestra soberbia…?

Sed de la gloria del Padre, sed de almas, sed de que el mundo conozca el Amor de Dios. Solo estas tres cosas nos importarán de ahora en adelante. ¡No más sed de otras cosas!

El resultado de purificarnos así, a través del sufrimiento, como lo hizo Jesús, será obtener la verdadera alegría.

Dios, al ver que como consecuencia del pecado aparecieron el dolor, la enfermedad y la muerte, las convirtió —como milagro de su Amor— en medios positivos para nuestro beneficio.

He aquí la verdadera alegría: la mala apariencia, las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte… el desamparo. Así se facilita la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, la fuerza del amor verdadero.

«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». (Lc 9, 23b)

 

 


[1] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[2] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo paciente, La muerte mística, Colección: Clásicos de espiritualidad, B.A.C., Madrid, España, 2000.

[3] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[4] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[5] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[6] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[7] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[8] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[9] Cf. San Juan de la Cruz, Noche.

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¿Existe el purgatorio?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

 

Es muy frecuente oír que el purgatorio no existe.

Acudamos a la Biblia para refrescar algunos conceptos:

«Al que calumnie al Hijo del Hombre se le perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo, no se le perdonará, ni en este mundo, ni en el otro.» (Mt 12, 32)

De esta frase de Jesús se desprende que hay pecados que se perdonan en “este mundo”, y hay pecados que se perdonan “en el otro”.

Si así es, si se perdonan en la otra vida, ¿dónde se perdonan?

¿En el infierno? No puede ser, porque en el infierno no hay Redención.

¿En el cielo? Tampoco puede ser, porque allí nada ni nadie puede entrar manchado:

«Nada manchado entrará en ella [en la Nueva Jerusalén], ni los que cometen maldad y mentira, sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero.» (Ap 21, 27)

Debe haber entonces un lugar —un estado— donde se perdonen los pecados en el otro mundo, donde se purifican las almas antes de entrar al cielo. Ese estado es llamado purgatorio por los católicos.

Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda. (Mt 18, 34)

«Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo.» (Mt 5, 25–26)

Son palabras de Jesús que hablan explícitamente de un lugar (“allí”) en donde “saldrás” “hasta que hayas pagado”.

Del infierno no puede ser, pues de allá nadie sale nunca.

Del cielo tampoco, porque allí no se paga nada.

En la Biblia se habla de la necesaria purificación. Pablo, por ejemplo, habla de una salvación pasando por el fuego:

«Sobre este cimiento se puede construir con oro, plata, piedras preciosas, madera, caña o paja. Un día se verá el trabajo de cada uno. Se hará público en el día del juicio, cuando todo sea probado por el fuego. El fuego, pues, probará la obra de cada uno. Si lo que has construido resiste al fuego, serás premiado. Pero si la obra se convierte en cenizas, el obrero tendrá que pagar. Se salvará, pero no sin pasar por el fuego.» (1Co 3, 12-15)

Y, hablando de la necesidad de la muerte de Cristo, la carta a los hebreos explica esa purificación:

«Tal vez fuera necesario purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales; pero esas mismas realidades necesitan sacrificios más excelentes.» (Hb 9, 23)

Por otra parte, Pablo ruega para que el Señor le conceda misericordia a Onesíforo, ya muerto:

«Que el Señor bendiga a la familia de Onesíforo, pues a menudo vino a confortarme y no se avergonzó de mis cadenas. Apenas llegó a Roma, se puso a buscarme hasta que me encontró. El Señor le conceda que alcance misericordia ante el Señor aquel día; tú conoces mejor que nadie los servicios que me prestó en Éfeso.» (2Tm 1, 16-18)

En el segundo libro de los Macabeos hay otra clara alusión al purgatorio:

«Efectuó entre sus soldados una colecta y entonces envió hasta dos mil monedas de plata a Jerusalén a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado. Todo esto lo hicieron muy bien inspirados por la creencia de la resurrección, pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido cosa inútil y estúpida orar por ellos. Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren como creyentes; de ahí que su inquietud era santa y de acuerdo con la fe. Esta fue la razón por la cual Judas ofreció este sacrificio por los muertos; para que fueran perdonados de su pecado.» (2M 12, 43–46)

Si los compañeros caídos habían sido buenos, ya se habrían ganado el cielo, y no tendrían necesidad de ese sacrificio ofrecido por Judas ni, como dice el texto, «orar por ellos».

Si —por el contrario— habían sido malos, se habrían ganado el infierno; y ya nada los salvaría.

La frase: «Judas ofreció este sacrificio por los muertos» obliga a pensar que algunos muertos no van ni al infierno ni al cielo. Entonces, ¿a dónde van? Es obvio deducir que irán a purgarse para ganarse esa «valiosa recompensa para los que mueren como creyentes».

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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