Hacia la unión con Dios

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Ciclo A, II domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 24, 2011

Se nos pide ser santos. ¿Podremos?

 

Santo quiere decir: «Perfecto y libre de toda culpa». Es la persona a quien la Iglesia declara tal, y manda que se le dé culto universalmente. Y eso nos piden las lecturas de hoy, que seamos santos: «…a ustedes, que Dios santificó en Cristo Jesús. Pues fueron llamados a ser santos con todos aquellos que por todas partes invocan el Nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y de ellos.» «…me formó desde el seno materno para que fuera su servidor». «Tú serás, además, una luz para las naciones, para que mi salvación llegue hasta el último extremo de la tierra.»

¡Qué responsabilidad tan grande!

«Santo» solo se puede decir de Dios con toda propiedad, que lo es esencialmente; pero por tres circunstancias se dice también de los hombres: gracia, privilegio y participación.

En primer lugar, la gracia, don gratuito de Dios que eleva sobrenaturalmente la criatura racional en orden a la bienaventuranza eterna, es decir, la que se nos da con los sacramentos: el Bautismo que nos inicia en esa gracia y la Confirmación que nos la refuerza; la Confesión de los pecados que nos la devuelve cuando la habíamos perdido; la Eucaristía que nos da el alimento para la vida espiritual, el Matrimonio y el Orden sacerdotal que dan fuerzas para esos dos estados, y la Unción de los Enfermos que vigoriza y prepara el viaje final.

En segundo lugar, el privilegio, ventaja exclusiva los bautizados que gozamos por concesión de Dios Padre. ¡Tenemos el privilegio de haber recibido esa oferta: que seamos enteramente santos, es decir, felices!

Y en tercer lugar, la participación en la Redención: Jesús murió para pagar nuestros pecados y, por eso, somos ahora libres e hijos de Dios Padre por adopción, y tenemos la posibilidad de ganarnos el Cielo, un estado de felicidad imperecedera, lleno de paz y de alegría constantes.

¡Todo esto significa que con la ayuda de Dios podemos ser santos! ¿Qué esperamos para empezar?

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Viernes Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

Aprendió a obedecer

 

Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?

Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.

«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.

Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.

Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…

 

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2008

 

  

 

 

 

 

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

 

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestran su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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Institución de la Eucaristía*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2008

En aquel momento, próxima ya la redención del género humano, mi Corazón no podía contener sus ardores y como era infinito el amor que sentía por los hombres, no quise dejarlos huérfanos.

Para vivir con ellos hasta la consumación de los siglos y demostrarles mi amor, quise ser su alimento, su sostén, su vida, su todo…

¡Ah! ¡Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de mi Corazón a todas las almas! ¡Cuánto deseo que se penetren del amor que sentía por ellas, cuando en el Cenáculo instituí la Eucaristía!

En aquel momento vi a todas las almas, que en el transcurso de los siglos habían de alimentarse de mi Cuerpo y de mi Sangre, y los efectos divinos producidos en muchísimas…

¡En cuántas almas esa Sangre inmaculada engendraría la pureza y la virginidad! ¡En cuántas encendería la llama del amor y del celo! ¡Cuántos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante mis ojos y en mi Corazón…! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de la pasión, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!…

¡Ah! ¡Quién podrá penetrar los sentimientos de mi Corazón en aquellos momentos! Sentimientos de amor, de gozo, de ternura… Mas… ¡cuánta fue también la amargura que embargó mi Corazón!

¡En cuántos corazones manchados por el pecado tendría que entrar… y cómo mi Carne y mi Sangre así profanadas habían de convertirse en causa de condenación para muchas almas!…

¡Ah! ¡Cómo vi en aquel momento todos los sacrilegios y ultrajes y las tremendas abominaciones que habían de cometerse contra Mí! ¡Cuántas horas había de pasar solo en el Sagrario! ¡Cuántas noches! ¡Cuántas almas rechazarían los llamamientos amorosos que, desde esa morada les dirigiría!…

Por amor a las almas, me quedo prisionero en la Eucaristía, para que en todas sus penas y aflicciones puedan venir a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el amigo más fiel. Mas ¡ese amor que se deshace y se consume por el bien de las almas, no ha de ser comprendido!…

Habito en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina en todas las enfermedades de su naturaleza corrompida, y ellos en cambio, se alejan de Mí, me ultrajan y me desprecian…

Pobres ¡pecadores! No os alejéis de Mí… Os espero día y noche en el Sagrario… No os reprenderé vuestros crímenes… No os echaré en cara vuestros pecados… Lo que haré será lavaros con la Sangre de mis llagas; no temáis. Venid a Mí… ¡No sabéis cuánto os amo!

Y vosotras, almas queridas, ¿por qué estáis frías e indiferentes a mi amor? Sé que tenéis que atender a las necesidades de vuestra familia, de vuestra casa, y que el mundo os solicita sin cesar; pero ¿no tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al Prisionero de Amor.

Si vuestro cuerpo está débil y enfermo, ¿no procuráis hallar un momento para ir a buscar al médico que debe sanaros? Venid al que puede haceros recobrar las fuerzas y la salud del alma… Dad una limosna de amor a este mendigo divino que os espera, os llama y os desea.

En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.

¡Ah!… esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín, en el que cada planta produce diferente flor pero todas me recrean con su perfume. Mi sagrado Cuerpo será el sol que las reanime…

Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que os ama con amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotras la gracia incomparable de la vocación, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo.

El mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed.

Si estáis enfermas, Él es vuestro médico: venid, os dará la salud. Si tenéis frío, venid, os calentará. En Él encontraréis el descanso y la felicidad. No os alejéis de Él, que es la Vida, y cuando os pide consuelo, no se lo neguéis.

¡Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón!

¿No soy siempre el mismo?… ¿Acaso he cambiado para vosotras?… No, Yo no cambiaré jamás y hasta el fin de los siglos, os amaré con predilección y con ternura.

Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

Si os pido amor, no me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo.

Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.

Os he escogido para que seáis mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín, venid, decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.

Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. No te turbes, si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter… tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación,… de celo, de mortificación, de obediencia. Ese es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos.

La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta… Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo, alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia, abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón.

Esto haré Yo en tu alma si me dejas trabajar libremente en ella; no sólo brotarán flores enseguida, sino que darás gran consuelo a mi Corazón… Voy buscando consuelo y quiero hallarlo en mis almas escogidas.

Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejarte hacer de Mí lo que quisieras y no sé como he caído y te he disgustado. ¿Me perdonarás? ¡Soy tan miserable! No sirvo para nada…

Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído, tal vez no hubieras hecho ese acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto me consuela. Animo y adelante. Déjame trabajar en ti.

Todo esto se me puso delante al instituir la Eucaristía. El amor me encendía en deseos de ser el alimento de las almas. No me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos me consolarán.

Pero… Entre las almas escogidas ¿no habrá algunas que me causen pena? ¿Perseverarán todas? Este es el grito de dolor que se escapa de mi Corazón… Este es el gemido que quiero que oigan las almas.

Al contemplar entonces a todas las almas que habían de alimentarse de este Pan Divino, vi también las ingratitudes y frialdades de muchas de ellas, en particular de tantas almas escogidas… de tantas almas consagradas… de tantos sacerdotes… ¡Cuánto sufrió mi Corazón! ¡Vi cómo se irían enfriando poco a poco, dando entrada primero a la rutina y al cansancio… después al hastío y finalmente a la tibieza!…

¡Y estoy en el sagrario por ellas! ¡Y espero!… Deseo que esa alma venga a recibirme, que me hable con confianza de esposa; que me cuente sus penas, sus tentaciones, sus enfermedades… que me pida consejo y solicite mis gracias, ya para ella, ya para otras almas… Quizá entre las personas de su familia o las que están a su cargo las hay que están en peligro… tal vez alejadas de Mí… Ven, le digo, dímelo todo con entera confianza… Pregúntame por los pecadores… Ofrécete para reparar… Prométeme que hoy no me dejarás solo… Mira si mi Corazón desea algo de ti que le pueda consolar…

Esto esperaba Yo de aquella alma ¡y de tantas! Mas, cuando se acerca a recibirme, apenas me dice una palabra, porque está distraída, cansada o contrariada. Su salud la tiene intranquila, sus ocupaciones la desazonan, la familia la preocupa, y entre los que conviven o tratan con ella, siempre hay alguien que la molesta.

“–No sé qué decir —confiesa ella misma— estoy fría… me aburro y paso el rato deseando salir de la capilla. ¡No se me ocurre nada!”

-¡Ah! – le contesto – ¿Y así vas a recibirme, alma a quien escogí y a quien he esperado con impaciencia toda la noche?

Sí, la esperaba para descansar en ella; le tenía preparado alivio para todas sus inquietudes; la aguardaba con nuevas gracias pero… como no me las pide… no me pide consejo ni fuerza… tan sólo se queja y apenas se dirige a Mí. Parece que ha venido por cumplimiento… porque es costumbre y porque no tiene pecado mortal que se lo impida. Pero no por amor, no por verdadero deseo de unirse íntimamente a Mí. ¡Qué lejos está esa alma de aquellas delicadezas de amor que Yo esperaba de ella!

¿Y aquel sacerdote?… ¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las almas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

He confiado a cada uno de ellos cierto número de almas para que con su predicación, sus consejos y, sobre todo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las almas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las almas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las almas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas almas la vida de la gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así… me reciben así… viven y mueren así…!

Este fue el más terrible dolor que sentí en la última Cena cuando vi, entre los doce, al primer apóstol infiel, representando a tantos otros que, en el transcurso de los siglos, habían de seguir su ejemplo.

La Eucaristía es invención de amor, es vida y fuerza de las almas, remedio para todas las enfermedades, viático para el paso del tiempo a la eternidad.

Los pecadores encuentran en ella la vida del alma; las almas tibias, el verdadero calor; las almas puras, suave y dulcísimo néctar; las fervorosas, su descanso y el remedio para calmar todas sus ansias; las perfectas, alas para elevarse a mayor perfección.

En fin, las almas religiosas hallan en ella su nido, su amor, y por último, la imagen de los benditos y sagrados votos que las unen íntima e inseparablemente al Esposo Divino.

Sí, almas consagradas; vuestro voto de pobreza está perfectamente representado en esta Hostia pequeña, redonda y fina, lisa y sin peso. Así el alma que ha hecho voto de pobreza, no debe tener ángulos, es decir, aficioncillas a cosas de su uso o de su empleo, ni a su familia ni a su pueblo natal; ha de estar siempre dispuesta a dejar… a cambiar… Nada de la tierra… el corazón libre sin apegos ocultos que lo aprisionen.

Esto no quiere decir que haya de ser insensible. El corazón más amante, puede mantener el voto de pobreza en toda su integridad. Lo esencial para el alma religiosa es que no posea nada sin la aprobación de los Superiores y que esté siempre dispuesta a abandonarlo, a la primera señal de la Voluntad de Dios.

Encontrareis también en la Hostia, pequeña y blanca, la perfecta imagen del voto de castidad. Aquí se halla encubierta, bajo las especies de pan y vino, la presencia real de todo un Dios. Tras este velo estoy Yo con mi Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así el alma consagrada por el voto de la virginidad, debe cubrirse con un velo de modestia y sencillez, de modo que bajo apariencias humanas, se esconda la pureza que la asemeja a los ángeles. Y sabedlo, almas que formáis la corte del Cordero Inmaculado, la gloria que me dais es incomparablemente mayor que me dan estos espíritus angélicos. Pues no han conocido las miserias de la naturaleza humana y no han tenido que luchar ni vencer para ser siempre purísimos.

Además, os asemejáis a mi Madre, que siendo criatura mortal ha vivido en la más perfecta pureza… En medio de todas las miserias humanas y, sin embargo, inmaculada en todos los instantes de su vida. Ella sola me ha glorificado más que todos los espíritus celestes y, atraído por esa pureza, un Dios tomó de Ella carne mortal, habitando en su criatura.

Más aún: el alma que vive consagrada a Mí por el voto de la castidad, se asemeja también, en cuanto puede la criatura, a Mí que soy su Creador, y que habiendo tomado la naturaleza humana con sus miserias, he vivido sin la más ligera sombra de mancha.

Así el alma que hace voto de castidad es una Hostia blanca y pura que rinde constante homenaje a la Majestad divina.

Almas religiosas, encontraréis también en la Eucaristía la imagen perfecta de vuestro voto de obediencia.

Pues en esta Hostia está cubierta y anonadada la grandeza y el poder de todo un Dios. Allí me veréis como sin vida, Yo que soy la vida de las almas y el sostén del mundo. Allí, no soy dueño de ir ni de quedarme, de estar solo o acompañado: bajo esta Hostia, sabiduría, poder, libertad, todo está escondido. Estas especies de pan son las ataduras que me atan y el velo que me cubre. Así el voto de obediencia es para el alma religiosa la cadena que la ata, el velo que la encubre para que no tenga voluntad, ni sabiduría, ni gusto, ni libertad, más que según el beneplácito divino, manifestado por sus Superiores.

Jesús*

* Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, 1991

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Las indulgencias (1)

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 15, 2008

Las indulgencias están relacionadas con la confesión, los pecados, la redención y la comunión de los santos.

Una persona que comete un pecado adquiere obviamente la condición de pecador, se aleja del Señor y queda más inclinado al mal. Además, la justicia reclama una reparación, llamada también pena, expiación o penitencia.

La confesión borra la culpa del pecado y también perdona parte de la penitencia que debía realizarse. Lo que falta por expiar se purifica mediante los sufrimientos y buenas obras de esta vida, con las penas del purgatorio, y mediante las indulgencias.

Las indulgencias

La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto —y cumpliendo determinadas condiciones— consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad del tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos, (cf. Mt 16, 19).

Las indulgencias siempre son aplicables o a sí mismo o a las almas de los difuntos que están en el Purgatorio; no son aplicables a otras personas vivas en la tierra. Algunas indulgencias sólo pueden aplicarse a los difuntos; por ejemplo, rezando por ellos en un cementerio, se consigue una indulgencia parcial, que será plenaria si se hace los días 1 al 8 de noviembre (una cada día).

Para lucrar las indulgencias, tanto plenarias como parciales, es preciso que el fiel se halle en estado de gracia, es decir, que esté confesado de sus pecados mortales.

Indulgencias plenarias

Esta indulgencia tiene un valor muy grande y requiere varias condiciones:

·Que tenga la disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial;

·Que se confiese sacramentalmente de sus pecados;

·Que reciba la sagrada Eucaristía (ciertamente, es mejor recibirla participando en la Santa Misa, pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);

·Que ore según las intenciones del Romano Pontífice: el Credo, un padrenuestro y un aventaría.

Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (una semana antes o después del acto indulgenciado).

Los confesores pueden conmutar, en favor de los que estén legítimamente impedidos, tanto la obra prescrita como las condiciones requeridas (obviamente, excepto el desapego del pecado, incluso venial).

La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día.

Las indulgencias parciales proporcionan una remisión total de la pena temporal.

Cualquier día se puede obtener una indulgencia plenaria, cumpliendo los requisitos expuestos más arriba, en los siguientes casos:

üAdoración a la Eucaristía durante media hora

üRezo del Vía Crucis, recorriendo las catorce estaciones meditando la Pasión del Señor

üRezo del Santo Rosario en un templo o en familia o acompañado de otros

üLectura o audición de la Sagrada Escritura durante media hora

Hay también indulgencias plenarias en circunstancias especiales; por ejemplo:

ØEn el momento de la muerte a quien hubiere rezado algo durante su vida (es muy consolador). En este caso no se precisa la confesión, ni la comunión, ni la oración por el Papa; pero es necesario estar bien dispuesto: en gracia de Dios, rechazando cualquier pecado, y habiendo deseado alguna vez ganar esta indulgencia

ØRezar un padrenuestro y un credo en un santuario o basílica (se concede una vez al año por santuario; santuario es una iglesia con muchos peregrinos, aprobada como santuario por el Obispo correspondiente)

ØRecibir la bendición papal Urbi et Orbi (o escucharla por radio o televisión, en directo)

ØRealizar ejercicios espirituales de al menos tres días completos

ØAsistir a una primera comunión

Hay varios días al año en los que se pueden conseguir indulgencias plenarias, con algunas condiciones; por ejemplo:

v1 de enero: recitando solemnemente el himno: Veni Creator en un templo

vLos viernes de Cuaresma: después de comulgar, rezando ante un crucifijo la oración: Miradme, oh mi amado y buen Jesús

vJueves Santo: recitando el canto: Tantum ergo, durante la exposición que sigue a la Misa

vViernes Santo: asistiendo a los oficios

vSábado Santo: renovando las promesas bautismales en la Vigilia Pascual

vPentecostés: recitando solemnemente el himno: Veni Creator en un templo

vCorpus Christi: participando en la procesión eucarística

v2 de agosto: rezando un padrenuestro y un credo en la catedral o parroquia

v2 de noviembre: visitando un templo

vDesde el día 1 al 8 de noviembre: visitando un cementerio y haciendo oración por los difuntos (aplicable solo a difuntos)

v31 de diciembre: recitando solemnemente el himno: Te Deum en un templo, dando gracias a Dios por los beneficios recibidos el último año

Indulgencias parciales

Cada día pueden ganarse muchas indulgencias parciales, con cumplir sólo tres condiciones:

1.estar en gracia de Dios,

2.realizar las obras que la Iglesia premia con esa indulgencia y

3.tener intención de ganarla.

Las indulgencias parciales proporcionan una remisión de la pena del mismo valor que el mérito ganado por esa misma acción. Dicho de otro modo: en las indulgencias parciales, la Iglesia duplica el mérito de esas acciones.

Algunas de las oraciones premiadas con indulgencia parcial (todas ellas deben rezarse piadosamente, como es lógico):

oEl Ángelus

oEl Magníficat

oLa Salve

oEl Acordaos

oLas Letanías u otras oraciones marianas aprobadas

oLetanías a san José

oLetanías al propio ángel custodio

oEl Credo

oRezar con devoción filial por el Papa una oración aprobada.

oRrezar agradecido la oración por los benefactores

oRezar antes (una oración aprobada de súplica) y después de comer (una de acción de gracias)

oRezar una oración aprobada al empezar y acabar el día o el trabajo

oVisitar al Santísimo adorándolo

oRezar una comunión espiritual

oRecitar una de las oraciones aprobadas de acción de gracias tras la Comunión (Alma de Cristo; Miradme o mi amado y buen Jesús)

oHacer examen de conciencia con propósito de enmendarse

oRezar el Yo pecador… u otro acto de contrición aprobado

oHacer la señal de la cruz diciendo: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Otros ejemplos de indulgencias parciales.

§Decir mentalmente una oración breve al trabajar o al soportar los sufrimientos de la vida.

§Dedicarse uno mismo o gastar bienes en servicio a los demás, por amor a dios

§Privarse libremente de algo grato y correcto, con espíritu de penitencia

§Dar testimonio de la propia fe; trabajar en la enseñanza o trasmisión de la doctrina cristiana

§Usar piadosamente un objeto de piedad bendecido (crucifijo, rosario, escapulario o medalla)

§Dedicar un tiempo a la oración

§Asistir devotamente a cualquier predicación de la palabra de dios

§Asistir piadosamente a una novena pública (a la inmaculada concepción, por ejemplo)

(Adaptado de un documento del Movimiento de Schoenstatt, 2008)

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Qué es ser cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

La mayoría de los cristianos fundamentan su vida de Fe en aspectos accidentales de la misma: en los ritos, en la seguridad que proporciona la cercanía a Dios, en la satisfacción de estar en el camino verdadero, en los beneficios psicológicos y espirituales que proporciona este modo de vida, en los sentimientos y aun en el sentimentalismo… en fin, en un egoísmo rampante: solo pensamos en la ganancia, en el provecho, en la recompensa…

Ser cristiano es, como su nombre lo dice, vivir como Cristo. Y, ¿cómo vivió Cristo?

Primero, durante 30 años, nos dio ejemplo de vida humilde, sencilla, normal, sin aspavientos, como uno de tantos, sin hacerse notar, como su Madre. Trabajó sin descanso, oró sin descanso, amó sin descanso…

Luego, dedicó 3 años más a enseñar, ya no con su ejemplo, sino con su palabra. Esto significa que gastó solo el 10 % de su vida a predicar. En cambio nosotros ¡cuánto hablamos! Parece que la fuerza se nos va por la boca…

Escogió nacer y vivir pobre, en una ciudad miserable y de mala fama (Nazaret era conocida como semillero de ladrones y prostitutas), ejercer una labor despreciada (en la época, Cicerón y otros la consideraban tan vil que no se atrevían a llamar seres humanos a los trabajadores manuales)…

Para finalizar, dio su vida por amor a la humanidad, por cada uno de nosotros que, pecadores, merecíamos únicamente su desprecio y su castigo; y no dio su vida de una manera fácil: con la humillación de una cruz, entre ladrones, y hasta verter la última gota de sangre y agua, según el testimonio de san Juan… ¡Una sola gota habría bastado para redimirnos! ¡Una sola! Pero su amor fue más allá de cualquier expectativa: se desbordó, fue un derroche… Y todo gratis, sin recibir nada a cambio, y por unos pecadores, desagradecidos, mal portados…

¿Vivimos así? ¿Somos como Cristo?

Ser cristianos comienza cuando dedicamos nuestro tiempo a lograr —gratis, sin esperar nada a cambio— los 2 principales objetivos de la Redención:

1) La salvación de las almas y

2) La reparación de la gloria de Dios que,

por nuestros pecados, le hemos quitado

Para dar un testimonio de vida, se debe profundizar con resolución y con todo el corazón en la tríada cristiana:

1. La creación,

2. La Encarnación y

3. La Redención.

Y, como consecuencia de esa meditación, se verá la importancia de vivir con:

Pobreza en el espíritu

Confianza total en Dios

Humildad

Obediencia delicada a Dios y a su Iglesia

Crucificarse con Jesús en el cumplimiento de los 15 mandamientos del católico: 10 de la Ley de Dios y 5 de su Iglesia, en las obras de misericordia corporales y espirituales, en la oración mental y verbal continua, en los actos de mortificación (sacrificios voluntarios)…

Unión a Jesús en la Sagrada Eucaristía

Misericordia con todos

Pureza

Completamente desapegado y confiado únicamente en ti, Padre mío, sabiéndome una pequeña criatura y siendo total y delicadamente obediente a ti y a tu Iglesia, te ofrezco vivir crucificado con Jesús y unido a Él en la Sagrada Eucaristía, ser misericordioso con todos y permanecer indiferente a todo lo que no sea amor, para ser así eco del Espíritu Santo en todos mis actos, palabras y pensamientos, y hasta en mis sentimientos.

Sagrado Corazón de Jesús e Inmaculado Corazón de María, ayúdenme a cumplir este propósito todos los días de mi vida. Amén.

 

 

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