Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 9, 2013

¡Ama y haz lo que quieras!

 

 

613 reglas tenían —y tienen— los judíos; desde que las contó san Jerónimo, los hemos entendido un poco mejor. Practicándolas se salvan.

En cambio, nosotros nos salvamos si amamos a Dios y al prójimo. Por supuesto que debemos cumplir los mandamientos, practicar las obras de misericordia espirituales y corporales y, también, procurar vivir los consejos evangélicos. Amar obliga al cumplimiento de todas estas reglas, porque son reglas de amor.

Pero hoy hay muchos católicos que creen que hay que vivir como los judíos: cumpliendo reglas que supuestamente nos salvan. Y este criterio se nos permea a todos, en mayor o menor grado, hasta que el amor de Dios penetra en nuestras almas, y nos damos cuenta de que si amamos, ya estamos cumpliendo todos los mandatos divinos.

San Agustín gritó dichoso cuando lo descubrió: «¡Ama y haz lo que quieras!» Quien ama ya cumple todo: «Amar es cumplir la Ley entera», decía san Pablo.

Por eso Jesús nos dice hoy, como a los judíos de entonces: «A vino nuevo, odres nuevos». El vino nuevo es el amor, y nosotros debemos ser el odre nuevo que lo contiene, como les sucedía a los corintios, a quienes san Pablo veía llenos del amor de Dios y, por eso, no necesitaba pedirles cartas de recomendación. Les decía, como leemos en la segunda lectura: «Ustedes son nuestra carta de recomendación, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Son una carta de Cristo, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón.»

Es que ellos entendieron muy bien que Dios los impregnó de ese amor desde tiempo atrás. Efectivamente, a través del profeta Oseas, ya les había enseñado que Él les hablaba al corazón, como un novio le habla a su novia, y se casa con ella en matrimonio perpetuo, en derecho y justicia, en misericordia y compasión, en fidelidad, y así se penetraron del Señor.

Y nosotros, ¿estamos penetrados del amor del Señor?

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Reglas y más reglas

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2013

Código Penal, Código de Tránsito, Código Civil, Código de Derecho Canónico… Leyes, decretos, normas… Para proteger los derechos de los menores, de los ancianos, de los enfermos de sida, de los homosexuales, etc. Supuestamente tenemos —cada vez más— lo necesario para ser una sociedad justa y equitativa.

Pero, ¿no se establecen las leyes y las normas precisamente porque se incumplen? ¿Para qué instituir reglas en un ambiente sano, donde se cumple todo a cabalidad?

Si en una familia, por ejemplo, todos hacen lo que deben y se cumplen los horarios, ya no se necesitará estar repitiendo cuál es la obligación de cada uno ni la hora en que todos deben llegar a la casa o al apartamento.

Otro tanto habría de esperarse del comportamiento de la sociedad. He aquí un ejemplo sencillo: cuando ya todos los ciudadanos de una urbe no boten basuras en los lugares públicos por fuera de las canecas, no será necesaria la norma, pues ya no existe el mal que la requería. Acabado el desorden, desaparecerá la norma.

Asimismo, en la época del Antiguo Testamento, san Jerónimo contó 613 preceptos, que son los que actualmente rigen al Judaísmo. Una vez llegó la Ley del Amor, promulgada por Jesucristo, todos esos mandamientos legales se hicieron vanos e innecesarios, pues la Nueva Ley los cobija a todos. El apóstol san Pablo se encargó de hacérselo entender a sus coetáneos de muchos modos, y dejó escritos que nos lo recuerdan machacona y enfáticamente, totalizando todas esas prescripciones particulares en la Ley suprema del Amor:

 

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido la Ley. Pues los mandamientos […] se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley.» (Rm 13, 8-10)

Cuando la especie humana llegue a comprender este mensaje de Jesucristo, ya no se necesitarán leyes. Cuando el ser humano evolucione realmente, no necesitará de normas que le recuerden sus obligaciones; simplemente las cumplirá.

La señal inequívoca de la auténtica evolución de nuestra especie será, por lo tanto, la abolición de todos los códigos de leyes, decretos, normas, etc.; entonces desaparecerán los juzgados, los abogados, la policía, los ejércitos…

Sólo en ese momento seremos una sociedad civilizada y unos verdaderos hermanos: hijos de Dios.

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¿Es pecaminoso tatuarse?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2010

 

Algunos sacerdotes y consejeros espirituales instan a las personas a confesarse porque se hicieron un tatuaje pues, dicen, la Biblia lo prohíbe.

La cita bíblica que habla de los tatuajes es: Lv 19, 26-28:

“Ustedes no comerán nada que tenga sangre. No practicarán la magia ni la adivinación. No se cortarán el borde de la cabellera en forma de círculo, ni cortarás el borde de tu barba. No se harán incisiones en la carne a causa de los muertos, ni tampoco se harán tatuajes. Yo soy el Señor.»

En este lugar, Dios quiere corregir costumbres que enseñaban los pueblos vecinos —amonitas, idumeos, moabitas, etc.— al pueblo escogido por Dios: beber la sangre de animales ofrecidos a falsos dioses; querer adivinar lo venidero por el canto de las aves, el vuelo, la manera de comer, etc.; cortarse el cabello y la barba de determinada manera en obsequio de los ídolos; hacerse incisiones en el cuerpo para aplacar a los dioses infernales; grabarse la piel (tatuarse) con el ídolo al cual se consagraban…

Por otra parte, no es lo mismo leer el Antiguo Testamento (AT) que el Nuevo Testamento (NT). Nos lo enseñan los exégetas:

  • Todo lo valioso del AT está interiorizado en el NT: menos acciones externas y más conversión del corazón.
  • La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.
  • Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

La Ley Nueva se condensa en el amor:

Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?”. Él le dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”. (Mt 22-34-40)

Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le contestó: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.”  (Mc 12, 28-31);

Se levantó un legista y dijo, para ponerle a prueba: “Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Él le dijo: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?” Respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.” Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás.”  (Lc 10, 25-28).

Cuando san Agustín lo descubrió experimentalmente gritó: “¡Ama y haz lo que quieras!”.

Faltar a este amor, es decir, dejar de cumplir los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, es lo único por lo que hay que confesarse.

Así lo entendieron los santos; y por eso muchos se tatuaron el nombre de Jesús en el pecho.

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