Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Reino de Dios’

Hay 2 clases de católicos:

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 23, 2016

  • los que hablan, discuten y opinan (sobre el Papa, lo que dijo, lo que dicen los demás, etc.) y

  • los que trabajan por el Reino de Dios y su justicia: orando, reparando, procurando su propia santificación y evangelizando con el ejemplo.

¿A qué grupo perteneces?

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Ciclo B, XI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2012

Vivimos desterrados

Con frecuencia olvidamos que esta vida presente es un viaje hacia la eternidad. Que estamos de paso. Que somos expatriados.

Esta auténtica realidad hace cambiar nuestra perspectiva de la vida. San Pablo, en la segunda lectura, nos lo recuerda: estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Y es tal nuestra confianza, que preferimos lo contrario: desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Y añade que todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir premio o castigo por lo que hayamos hecho mientras teníamos este cuerpo.

Por eso, en la primera lectura, Ezequiel habla de un árbol. Se trata del Árbol bajo el cual nos debemos cobijar si queremos conseguir a la única meta por la que vale la pena luchar: desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor.

Ese Árbol es el Reino de Dios, del que nos habla Jesús en el Evangelio de hoy: como la semilla que se echa en la tierra y germina y va creciendo, sin que se sepa cómo, la tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Y cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Así, el Reino de Dios va creciendo en el alma de cada cristiano si se riega y se abona, es decir: si cumple los mandamientos, frecuenta los Sacramentos y ora frecuentemente.

También ese Reino es como un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Esto quiere decir que si el cristiano abona y riega su alma con esas tres costumbres (los mandamientos, los Sacramentos y la oración), su santidad crecerá cada vez más, y podrá llegar dichoso a vivir eternamente en el amor, en la paz y en la alegría auténticas, junto al Señor, la meta para la cual fue creado.

Y por añadidura, ya aquí en la tierra, experimentará una existencia llena de amor, paz y alegría, que irradiará a los demás, casi sin darse cuenta.

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Ciclo A, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 16, 2011

El milagro de la Fe

Cada vez que nos cuentan la escena de san Pedro caminando sobre el agua, su miedo y su caída, nos entra en el corazón la idea de que, como él, también nos hundiríamos por nuestra falta de fe.

Efectivamente, es frecuente que en nuestra vida nos hayamos encontrado con muchos episodios en los cuales dudamos de Dios o, lo que es lo mismo, confiamos más en otras cosas: nuestras capacidades, estudios, experiencia, el haber aprendido a sortear algunos problemas y otras habilidades más…

Otras veces, lo que nos sucede es que pretendemos que Dios actúe siempre en forma extraordinaria, con milagros…

O creemos que se presenta solamente con signos portentosos visibles, como le pasó a Elías, según cuenta la primera lectura. Hoy Dios no acostumbra a venir de un modo prodigioso o extraordinario; lo hace casi siempre en forma callada, velada, en el silencio de la oración, como una suave brisa, como dice el texto.

Y se presenta a las almas sencillas, humildes. Si revisamos la historia de la Iglesia, observaremos que los verdaderos milagros se operan en aquellos seres que no están llenos de sí mismos, que se sienten simples criaturas frente a un Dios todopoderoso, que se dan cuanta de sus limitaciones, que trabajan con sencillez por la felicidad de los demás, por la Iglesia, por el Reino de Dios…

Por eso san Pablo nos cuenta en la segunda lectura que siente una tristeza muy grande y una pena continua, hasta el punto que desearía ser rechazado y alejado de Cristo —que es a quien él más añora— en lugar de sus hermanos. Es que él desea que todos seamos inmensamente felices junto a Dios.

Queda como lección que quien desee, con egoísmo, hacer o ver milagros, nunca los hará ni los verá. Pero aquellos que no se buscan a sí mismos, sino que prefieren servir a Dios y a sus hermanos, calladamente, serán testigos del milagro más grande del amor de Dios: la fe, la suave brisa de la conversión, la paz y el gozo interiores que da Dios a los que lo aman verdaderamente.

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Ciclo A, VIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 7, 2011

Dios o el dinero

 

¿Andamos preocupados por la vida? Fijémonos en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros y, sin embargo, el Padre del Cielo, nuestro Padre, las alimenta. ¿No valemos mucho más que las aves? ¡Qué poca fe tenemos!

Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, el Padre nuestro, sabe que necesitamos todo eso. Oigamos lo que nos dice hoy: «¿Puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidara, yo nunca me olvidaría de ti.»

Y, ¿qué hacer para lograr que Él no se olvide de nosotros? Él también nos lo dice: Buscar primero el Reino de Dios y la Justicia de Dios, y se nos darán también todas las cosas que necesitamos.

Pero como nadie puede servir a dos patrones (necesariamente odiará a uno y amará al otro, o bien cuidará al primero y despreciará al otro), no podemos servir al mismo tiempo a Dios y al dinero. Es necesario que, de ahora en adelante, nos ocupemos más en saber la voluntad de Dios y en cumplirla, que en ganar más dinero o tener más cosas.

Cuando falta el dinero, ¿nos angustiamos más que cuando nos falta la Eucaristía del domingo? ¿Qué pensamientos ocupan más nuestra mente: nuestras posesiones o el estar en paz con Dios, confesados? ¿Llegamos a hacer cosas deshonestas por ganar un poco más de dinero? ¿Cobramos lo justo? ¿Pagamos lo justo? ¿Damos o pedimos comisiones «por debajo de cuerda»? ¿Cumplimos nuestro horario de trabajo o le robamos unos minutos a la empresa?…

Los hechos hablan más que las palabras. No podemos servir a Dios y al dinero.

Si queremos que nunca nos falte lo necesario —ni lo material ni lo espiritual—, tenemos que escoger.

«Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios lo que se merece.»

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Ciclo C, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 12, 2010

¿Está alegre tu corazón?

Casi todos los hombres buscan continuamente las diversiones y las distracciones, e inventan una y mil formas para gozar, es decir, usar las cosas y aprovechar las circunstancias para experimentar placer con ello.

A veces esto sucede porque hay muchas penas; al fin y al cabo, ¿no es este mundo «un valle de lágrimas»? Pero en la mayoría de las ocasiones esta actitud obedece a que el hombre no tiene paz ni alegría en su corazón, razón que mueve a muchos a buscarlas en las sectas y en el esoterismo…

El católico se distingue de los demás —esencialmente— por tres características: la Fe: creemos en todo lo que decimos en el Credo y en lo que está escrito en el Catecismo; la Esperanza: sabemos que nos espera el premio a nuestros esfuerzos; y la Caridad: estamos seguros de que el amor es el verdadero y único camino que lleva a la felicidad verdadera.

Las lecturas de hoy nos enseñan que la alegría del cristiano nace de la Esperanza. Isaías nos dice: Festejen a Jerusalén, gocen con ella, alégrense de su alegría…, se alegrará su corazón.

San Pablo nos urge para que luchemos por ella: el cristiano debe su alegría a la gloria de la Cruz de Cristo, no a la vanagloria personal —a menudo nos creernos más de lo que somos—, ya que es sólo eso: vana gloria.

A su vez, san Lucas nos cuenta cómo Jesús envió a setenta y dos discípulos a dar a todos la más nueva, positiva y alegre noticia: está cerca de ustedes el Reino de Dios, la alegría y la paz absolutas.

Algo que llama la atención es que Jesús les dice a esos enviados que no lleven talega, alforja ni sandalias; esto es, a no poner las ilusiones en las cosas, sino en el motivo de nuestra verdadera esperanza: ¡el día en que se cumplirá lo que hoy nos hace dueños de la alegría!

¿Nos hemos dado cuenta alguna vez que también nosotros somos portadores de esta Buena Noticia?

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Ciclo B, Ascensión del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2009

¿Para qué subió Jesús?

 

“Subiendo a la altura, repartió dones a los hombres.” Eso fue lo que lo hizo subir: poder repartir regalos a los miembros de la Iglesia: Dios dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, etc.

Y, ¿qué pretendía con ello? Que hubiera una adecuada organización de los miembros de la Iglesia, en las funciones del servicio, pues todos pertenecemos a un cuerpo: somos el Cuerpo místico de Cristo.

Por eso debemos ayudarnos los unos a los otros con los dones que cada uno recibió, para que todos crezcamos espiritualmente, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo, a la felicidad personal y social, a la santidad individual y gremial.

Él sube, podríamos decir, para poder organizar la Iglesia desde allá. Porque no se trataba sólo de cumplir la misión de Jesús: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» Había que organizase.

De hecho, Jesús se presentó a ellos después de su pasión, y les dio numerosas pruebas de que vivía. Durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. En una ocasión en que estaba reunido con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.»

Después, los apóstoles salieron a predicar en todos los lugares, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban. Y se fueron organizando, dirigidos por el Espíritu Santo, hasta conformar la Iglesia que conocemos hoy: con una cabeza invisible —Cristo—, una visible —el Santo Padre—, toda la jerarquía y el pueblo fiel, obediente a la jerarquía, caminando hacia la unión con Dios, hacia la felicidad eterna.

 

   

 

 

 

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Ciclo B, domingo de resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

 

 

Busquen las cosas de arriba

 

Es muy triste encontrarse con cristianos que todavía no han entendido el mensaje de Jesús. Él no vino a solucionar nuestros problemas terrenales: personales, familiares, laborales, económicos o sociales; Él vino para pagar nuestras culpas y llevarnos al Cielo, a la felicidad absoluta. Y nos enseñó todo lo que debemos saber para conseguir este objetivo.

Debemos dar por supuesto que, si cumplimos lo que nos pide, seremos también felices aquí y, como si fuera poco, solucionaremos muchos de nuestros problemas terrenales; pero eso será una consecuencia, no la finalidad de la vida del cristiano.

La vida terrenal es apenas “una mala noche en una mala posada”, como dijo santa Teresa de Jesús. El mensaje cristiano se centra en la Resurrección: Jesús resucitó, y nosotros lo haremos también: a una vida feliz, inmensamente feliz, eternamente feliz, absolutamente feliz. En la tierra la felicidad que se puede alcanzar es relativa; no absoluta.

Es más: de hecho ya estamos resucitados si hemos sido bautizados, pues vivimos con esa meta en la mira: quien todavía pone todas sus esperanzas en las cosas temporales está muerto; muerto en vida, como si no se hubiera bautizado.

Por eso, san Pablo nos enseña en la segunda lectura que si hemos sido resucitados con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Nos dice que por lo único que vale la pena luchar es por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

También Jesús le dijo a Marta que una sola cosa es la necesaria: el Reino de Dios, el Cielo. ¿Es así? ¿Se nos nota que es eso lo único que buscamos? ¿Está nuestro interés centrado ahí?

Recordemos que dijo que al que busque el Reino de Dios todo se le dará por añadidura. ¡Felicidad absoluta allá y felicidad relativa aquí! ¿Qué más queremos?

¿O es que estamos todavía como los apóstoles, que no habían entendido todavía la Escritura, como dice el Evangelio de hoy?

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