Hacia la unión con Dios

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Junio 29

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 9, 2014

SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos

¿Un simple ser humano tiene las llaves del Reino de los Cielos? Sí. ¿Y por qué? Porque Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», y esto le fue revelado por el Padre que está en los Cielos. Por eso Jesucristo le dijo: «Tú eres la piedra —Pedro— sobre la que edifico Mi Iglesia».

Es verdad que las elecciones de Dios producen sufrimientos: Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Hizo morir por la espada a Santiago, el hermano de Juan. Al ver que esto les gustaba a los judíos, se atrevió a prender también a Pedro.

Lo mismo nos cuenta san Pablo: «Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente».

Pero luego viene el premio. Continúa escribiendo san Pablo: «El Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A Él la gloria por los siglos de los siglos.»

Y Pedro, cundo volvió en sí: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.»

Dos enseñanzas nos quedan: mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios. Orar, pues, por el sucesor de san Pedro, el Papa actual. Y orar mucho, para que nos guíe adecuadamente hacia la felicidad eterna.

Y, segunda, obedecerlo en todo, porque Jesús le dijo: «Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» Atar y desatar: dar órdenes o derogarlas. Son órdenes dadas por amor, para el éxito en ese viaje hacia la dicha sin fin.

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Ciclo B, II domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2009

El plan de felicidad para el mundo

 

Inspiración con la que Dios llama a algún estado. Esta es la definición de la palabra “vocación”. ¿La hemos sentido?

Hoy todos los textos nos hablan de ese llamado de Dios a cada uno de sus hijos.

Porque a cada uno de nosotros nos corresponde un papel, la función que debemos desempeñar en esta vida, para llevar a cabo el plan que Dios trazó desde la eternidad.

En ese plan se llevará a cabo el ideal de la Nueva Jerusalén: un mundo lleno de amor, paz y alegría, un mundo donde solo habrá felicidad, con el cual soñamos todos y por el cual —aun sin saberlo— luchamos todos.

Pero luchamos a veces equivocadamente: según nuestro propio parecer. Nos olvidamos de que existe un plan maestro, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios.

Por eso, hoy podemos seguir el ejemplo de Samuel, que aprendió del sacerdote Elí a escuchar la voz del Maestro, de Aquél que ideó ese plan perfecto: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. O el de los dos discípulos de Juan Bautista que, al oír sus palabras: “Este es el Cordero de Dios”, dejaron a su antiguo maestro y se fueron en pos de la mismísima Sabiduría encarnada: Jesucristo.

Él está ahí, en frente de nosotros, durante la Eucaristía, llamándonos por nuestro nombre, para darnos nuestra misión, esa pequeñita misión que hace parte de todo el plan de felicidad para el mundo.

Y si queremos que ese plan se lleve a cabo, repetiremos las palabras del salmo, diciéndoselas a Él: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Solo el hecho de hacer parte del grupo que llevará a cabo ese plan ya es una gran alegría: ¡Luchamos por un Reino que no tendrá fin!

Entonces conoceremos dónde vive el Maestro; como a los discípulos, nos dirá: “Venid y lo veréis”. Y veremos que Él vive en el reino del amor, el reino de la felicidad auténtica. ¿No vale la pena?

 

 

 

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Ciclo A, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 30, 2008

Servir al Rey y reinar con Él

 

Estamos acostumbrados a recordar con algo de preocupación el Evangelio del día de hoy. Es que asusta un poco eso de que algunos serán puestos a su izquierda y oirán de boca de Dios: «¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!»

Pero vale la pena revisar las otras lecturas para descubrir que Dios está aquí, que viene en busca de sus ovejas; se ocupará de ellas como el pastor que se ocupa de su rebaño, las llevará a descansar. Incluso buscará a la que esté perdida, volverá a traer a la que esté extraviada, curará a la que esté herida, reanimará a la que esté enferma, velará por la que esté sana; las cuidará con justicia.

El universo entero le quedará sometido, y así vencerá al mal, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies, hasta el último de sus enemigos: la muerte.

Solo el Rey de reyes, el Señor de los señores, el dueño de la creación puede lograr todo eso. Por tal razón, se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey.

Súbditos de ese eterno soberano como somos, podremos llegar a escuchar su alentadora promesa: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo».

¿Vimos hambrientos y les dimos de comer? ¿Vimos sedientos y les dimos de beber? ¿Vimos forasteros y los recibimos, o sin ropa y los vestimos? ¿Vimos enfermos o en la cárcel, y los fuimos a ver? El Rey dijo que cuando lo hicimos con alguno de los más pequeños de sus hermanos, se lo hicimos a Él.

A estas obras de misericordia corporales hay que añadir las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con cariño y prudencia al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos.

¿Queremos vivir inmensamente felices en el Cielo, junto al Rey? En este momento, al final del año litúrgico, ¡qué bien cae este examen de conciencia! Comencemos este año que viene con el propósito firme de servir.

 

 

 

 

 

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