Hacia la unión con Dios

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¿Reencarnación o Resurrección?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 29, 2017

El cristiano, el que cree en Cristo, cree que Jesucristo es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, y que se hizo hombre para pagar el pecado de soberbia que el ser humano cometió de querer ser como Dios; por eso, por los pecados de los hombres, sufrió y murió. Si Cristo pagó sus pecados, ¿qué razón tiene volver a una nueva vida (reencarnar) a pagar lo malo que se hizo en la anterior?

Y, ¿de qué serviría el bautismo, por el cual se nos borra el pecado por el que merecíamos un castigo infinito?

Además, el revivir el sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual fuimos salvados del castigo que merecíamos. ¿Qué sentido tendría la celebración eucarística si existiese la reencarnación?

¿Y qué decir de la Unción de los Enfermos, que se aplica a quienes están más cerca del último y único viaje hacia la eternidad?

Dios se inventó también otra muestra de amor por los hombres: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 20, 23). Los sacerdotes tienen la potestad de representar a Dios y, en su Nombre, perdonar los pecados en el sacramento de la Reconciliación, la confesión, el único lugar donde el reo se declara culpable, y es perdonado. Si se cree en la reencarnación, en la que se «purifican» los pecados, vida tras vida, ¿para qué sirve la confesión que inventó el mismo Dios?

Por extensión podría preguntarse también: ¿cuál es la razón de ser de los apóstoles y discípulos y de sus sucesores, los obispos y sacerdotes, escogidos por el mismo Dios para administrar ese y los demás sacramentos?

Por otra parte, la doctrina de la reencarnación podría invitar a la irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas, además de esta, existe la posibilidad de que no se exija mucho para vivir bien la vida presente, pues pensará que siempre quedarán otras reencarnaciones dónde mejorar. En cambio, si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene solamente esta vida para llegar a la meta, no permitirá que se le escapen las oportunidades para ser mejor.

«Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio» (Hb 9, 27).

 

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Tiempo Pascual*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2014

 

1.- Exposición dogmática

 

La Iglesia, que nos recuerda cada año en su Liturgia los sucesos de la vida del Salvador, de los cuales nos invita a participar, celebra en las fiestas pascuales el aniversario del triunfo de Jesús, vencedor de la muerte. He aquí, en frase de Bossuet, el aconte­cimiento central de toda la historia. Hacia él converge todo en la vida de Cristo, siendo también el punto culminante de la vida de la Iglesia en su ciclo litúrgico[1].

La resurrección del Salvador es el suceso más glorioso de su existencia, la prueba más fehaciente de su divinidad y la base inconmovible de toda nuestra fe[2]. La Pascua de Cristo, o su paso de la muerte a la vida y de la tierra al Cielo, es, en efecto, la consagración de la victoria definitiva que ha ganado contra el demonio, la carne y el mundo[3]. Para eso se encarnó el Verbo, para eso sufrió, para eso murió. De derecho, también nosotros hemos resucitado con Él; mas, de hecho, la virtud de este misterio va obrando en los fieles durante el curso entero de su vida y especialmente en las fiestas pascuales, a fin de hacerlos pasar del pecado a la gracia, y algún día, de la gracia a la gloria[4]. Por eso el martirologio romano proclama «la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo Solemnidad de las Solemnidades y nuestra Pascua».

Esta fórmula corresponde a la que nos anunciaba el Naci­miento del Mesías, porque el ciclo del Natalicio, aun cuando cronológicamente venga primero, lógicamente depende del de Pascua. Dios se hizo hombre (Navidad) con la única mira de hacernos dioses (Pascua). En la encarnación el alma de Jesús nacía a la vida divina, gozando de la visión beatífica; y en su Resurrección, su mismo Cuerpo entra en la gloria del Padre. Pues así como en Navidad teníamos que nacer con Jesús a su nueva vida, así en Pascua, nuestras almas han de imitar la vida gloriosa, que hoy inaugura[5]. Por eso la Semana pascual era la fiesta de los bautizados, y la Iglesia, concentrando todo su cariño de madre sobre aquellos que san Pablo llama «los recién nacidos», los robustecía, dándoles durante siete días seguidos, además de la Eucaristía[6], instrucciones acerca de la Resurrección, tipo de nuestra vida sobrenatural. También nos recuerda muy especial­mente el Tiempo Pascual, durante los 40 días que siguen a la Resurrección, a Jesús fundando su Iglesia.

Al ciclo de la Encarnación, en que hemos adorado al Hijo de Dios revestido de nuestra humanidad, corresponde el ciclo de la Redención, en que, por su inmolación, nos comunica su divinidad. Los tiempos deCuaresma y de Pasión son tiempos de lucha y de victoria. El tiempo Pascual glorifica esa vida divina, que compenetra y transfigura la santa humanidad de Cristo en su Resurrección y Ascensión. El tiempo de Pentecostés nos muestra al Espíritu Santo fomentando esa vida divina en nuestras almas, y nos prepara a la resurrección futura, que se manifestará también en nuestros cuerpos. Antes, pues, todos recibían los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía el día de Pascua, o bien el de Pentecostés, porque ellos les recor­daban anualmente el doble aniversario del triunfo de Cristo y de su místico Cuerpo[7].

El ciclo Pascual evoca anualmente el recuerdo de nuestro Bautismo, de nuestra Confirmación y Comunión, el cual debería penetrarnos siempre más y más de esa vida nueva, que sólo alcanzará cabal perfección el día del postrer advenimiento de Jesús.

El tiempo Pascual es una imagen del Cielo, una irradiación de la Pascua eterna, principal objetivo de nuestra actual existencia.

Y la Iglesia, que lloraba en el Tiempo de Pasión por su Jesús y por los pecadores, tiene ahora un doble motivo por el cual alegrarse, pues Jesús ha resucitado y, además, le han nacido nume­rosos hijos. Ese júbilo es como un gusto anticipado de nuestra resurrección y de nuestra entrada en la Patria celestial, adonde el Maestro se ha ido para prepararnos un lugar, al cual tendrá a bien conducirnos el Espíritu Santo, que Él nos envía.

 

2.- Exposición histórica

 

La liturgia del tiempo Pascual nos invita a seguir hasta la Ascensión a Jesús en sus distintas apariciones del Sepulcro, de Emaús, del Cenáculo y de Galilea. Lo vemos poniendo los cimientos de su Iglesia y preparando a sus discípulos al misterio de su Ascensión a los cielos.

En la mañana del domingo, antes del amanecer, María Magdalena y otras dos santas mujeres se fueron al sepulcro, adonde llegaron a la salida del sol. Era el primer día de la semana judía, era el domingo de Pascua. Un ángel acababa de rodar la gran losa que cerraba el sepulcro y los guardias, des­pavoridos, habían huido de allí. La Magdalena, al ver abierto el sepulcro, vuelve presurosa a Jerusalén para avisar de ello a Pedro y a Juan; y mientras tanto, el Ángel anuncia a las otras dos mujeres que Cristo ha resu­citado. Los dos Apóstoles corren en seguida al sepul­cro de Jesús, y comprueban que el Maestro ha desaparecido.

María Magdalena, yendo de nuevo al sepulcro, ve por vez primera a Cristo resucitado. Al atardecer del día, los dos discípulos que van camino de Emaús, ven también al Señor, y volviéndose inmediatamente a Jerusalén a comunicarlo a los Apóstoles, les dicen éstos que el Salvador se ha aparecido a Pedro. En la misma tarde, Cristo se manifiesta a sus discípulos congregados en el Cenáculo. Ocho días después, se les aparece de nuevo y convence a Tomás, que dudaba de la verdad de su Resurrección.

Después de la Octava de Pascua, los discípulos se volvieron a Galilea, y un día en que siete de ellos pescan en el lago de Genesaret, Jesús se les aparece de nuevo.

También se aparece a más de 500 discípulos suyos en una montaña que Él de antemano les había señalado. Tal vez fue en el Tabor, o bien en alguna de los colinas de junto al lago, como la de las Bienaventuranzas.

 

3.- Exposición litúrgica

 

El tiempo Pascual, que empieza la noche del Sábado Santo y termina con la solemnidad de Pentecostés, viene a ser como un día de fiesta no interrumpida, en la cual se celebran uno tras otro los misterios de la Resurrección y Ascensión del Salvador y la venida del Espíritu Santo a la Iglesia. La fecha de la Pascua, de la que dependen todas las demás fiestas movibles, fue objeto de decretos conciliares muy solemnes. Habiendo muerto Jesús y resucitado por la Pascua judía, y debiendo reemplazar la celebración de estos misterios a los ritos mosaicos, que no eran sino figura de ellos, la Iglesia conservó para la fiesta Pascual la manera de contar de los judíos. Entre el año lunar, del que ellos se valían, y el año solar con el que ahora nos guiamos, hay una diferencia de 11 días; de donde resulta que el día de la Pascua oscila entre el 22 de Marzo y el 25 de Abril. Por donde el Concilio Niceno decretó que la Pascua se había de cele­brar siempre el domingo después de la luna llena que sigue al 21 de Marzo.

En el tiempo Pascual, la Iglesia adorna sus templos con toda la magnificencia que le es posible y el órgano deja oír sus armo­niosos acordes. Ciertas oraciones, como la antífona Regina Coeli, se rezan de pie, cual conviene a triunfadores; y en todos esos 50 días la Iglesia no ayuna, porque tiene consigo al Esposo[8]. Introitos, antífonas, versillos, responsos, todos van seguidos del grito entusiasta, desde el Sábado Santo: «¡Aleluya, aleluya, aleluya!».

El Cirio pascual, símbolo de la presencia visible de Jesús, nos alumbra todo este tiempo con su radiante llama, y se emplean ornamentos blancos, símbolo de júbilo y de pureza. «Mostrad en vuestra vida la inocencia significada por la blancura de vuestros vestidos». Así hablaba san Agustín a los neófitos, revestidos de blancas túnicas durante toda la octava pascual; y esa misma recomendación nos sigue haciendo la santa madre Iglesia.

Mientras duraba el tiempo Pascual la Iglesia no admitía antaño fiestas ordinarias de santos, para no distraer la atención de los fieles de la contemplación de Cristo triunfador, y todavía hoy se suprimen los sufragios.

 

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 

 

[1] La Misa, memorial de la rasión de Jesús y de su Resurrección, ha sido como el grano de mostaza del que procede toda la liturgia católica.»(Dom Cabrol). Habiendo Cristo resucitado en domingo, desde ese día empezó a sustituir al sábado, celebrándose en él oficialmente el Sacrificio cristiano. En consecuencia de eso, el aniversario de la Resurrección se celebró desde entonces el domingo que venía tras de la Pascua judía. La preparación de esta festividad era la Cua­resma. La fiesta se alargaba durante todo el Tiempo pascual, y en el de Pentecostés se venían a cosechar sus sazonados frutos. Así que, la semana, el año cristiano y el culto católico gravitan en torno del misterio pascual.

 

[2]«Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe» (1 Co 15, 14).

 

[3]Habéis sido resucitados con Él en el Bautismo por la fe en el poder de Dios, que lo ha resucitado de entre los muertos» (Col 2, 12).

 

[4]Dios nos ha dado la victoria por nuestro Señor Jesucristo (1Co 15, 57.) Nos ha hecho resucitar con Cristo, y nos ha sentado con Él en los cielos.» (Ef. 2, 6.)

 

[5] «Tú que, nacido de la Virgen, naces ahora del sepulcro» (Himno de Maitines). Nació de María Virgen como salió del sepulcro sellado.

 

[6] Durante toda la octava Pascual asistían los padres con sus hijos a la Misa y comulgaban en ella, siendo esto una norma general; así que unos y otros comulgaban la semana entera, siendo esto raro en aquellos tiempos.

 

[7] Así como la liturgia cuaresmal estaba destinada de un modo peculiar a la recepción de los Sacramentos de muertos, la liturgia pascual hacía participar en los Sacramentos de vivos. Hasta el siglo XII, en todas las catedrales de occidente, los parvulitos, después de haber recibido el Bautismo en la noche del sábado, recibían inmediatamente la Confirmación y la Eucaristía, que es prenda segura da la vida eterna. Ya dijo Jesús: «Al que comiere mi Carne, yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 54).

 

[8] El domingo nos recuerda cada semana el tiempo Pascual; y por eso se con­serva esta práctica de no ayunar ningún domingo del año.

 

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Ciclo C, X domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en junio 1, 2013


¡Tremenda noticia!

San Pablo cuenta en la carta a los gálatas que persiguió a la Iglesia con furia, la devastó: intentó apagar a la Iglesia, destruirla, aniquilarla, hacerla desaparecer, porque eso es lo propio del que devasta… Pero actuaba por celo, no por vanagloria, ni por odio, sino porque era ‘celoso’ de las tradiciones paternas.

Ahora predica a Jesucristo, con celo divino, que es una prueba de que se enamoró perdidamente de Él, del Amor personificado.

¿Y por qué? Porque este Amor resucita, como resucitó Elías al hijo de la viuda de Sarepta, que le dio posada: «al niño le volvió la respiración y revivió. Elías tomó al niño, lo llevó al piso bajo y se lo entregó a su madre, diciendo: “Mira, tu hijo está vivo”».

Por eso cantamos en el salmo de hoy: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado […] Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.»

Y, del mismo modo, Jesús resucitó al hijo de la viuda de Naím: «”¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!”. El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.»

Estas dos resurrecciones son una prefiguración de la resurrección de Cristo y —llenémonos de dicha— ¡de la nuestra!

Ante la evidencia de esas resurrecciones, todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Por eso nosotros, los cristianos, vivimos contando esa noticia —Evangelio significa: la buena noticia— maravillosa, la más grande noticia de todas: ¡Vamos a la dicha!, ¡vamos al Amor!, ¡vamos a la auténtica felicidad!

¿Se te nota que estás feliz? ¿Se te nota que eres cristiano?… ¿Lo notan todos en tu casa, en tu trabajo, entre los que te tratan?

¿O no te diferencias de los que no creen en Cristo?

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Ciclo A, V domingo de Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 2, 2011

Está vivo, ¡resucitó!

Nadie lo podía creer, pero ahí estaba el muerto: tenía las manos y los pies atados con vendas y la cabeza cubierta con un velo. Así se comenzaron a cumplir las palabras del Señor: «Voy a abrir las tumbas de ustedes, oh pueblo mío, haré que se levanten de sus tumbas […] Entonces, cuando haya abierto sus tumbas y los haya hecho levantarse, sabrán que yo soy el Señor. Pondré en ustedes mi Espíritu y vivirán. –Palabra del Señor.»

Es que la verdadera muerte no es lo que creemos los hombres: es la imposibilidad de ganar la dicha eterna en el Cielo, estar en el pecado, vivir sin la gracia de Dios. Todo eso es muerte: sin esperanza, sin ilusión, sin vida de fe; sin tener presente la existencia verdadera de la Santísima Trinidad, de Santa María Virgen, de los ángeles, de los santos, de los que se limpian sus pecados en el purgatorio…

Y de los demonios, que buscan por todos los medios que muramos una y otra vez a la vida sobrenatural, que vivamos según la carne: que nos ocupemos exclusivamente del placer, del tener, del poder o de la fama…, y así nos olvidemos de lo que Dios tiene preparado a los que lo aman.

Esta muerte es peor que la separación del alma y el cuerpo: es muerte en vida, y es eterna, si no resucitamos a través de la confesión de nuestros pecados. ¡Esa reconciliación con Dios es la resurrección que, más que la de Lázaro, nos lleva a la verdadera Vida: ya no estamos en la carne, sino que vivimos en el espíritu, pues el Espíritu de Dios habita en nosotros! Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en nosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a nuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en nosotros.

Morir es, pues, tener pecados mortales. Enfermarnos es tener pecados veniales. Y para ambos hay remedio: la resurrección del Sacramento de la Reconciliación y el arrepentimiento sincero, junto con el inicio de una nueva vida: Vida de Dios, vida para Dios.

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Ciclo C, XXVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 4, 2010

Generosos o castigados

 

Si el Señor amenaza a las naciones ricas, no es por sus riquezas, es porque son indiferentes ante las desdichas ajenas: «¡Ay de ustedes, los primeros de la primera de las naciones, a quienes acude todo el mundo»; es porque descansan en su orgullo y se sienten seguros por sí mismos, no por Dios.

Lo mismo sucede con las personas ricas: ellas no son malas por tener dinero o poder; lo son si son egoístas e indiferentes a la suerte ajena, o si no ponen su confianza en el Señor sino en el dinero y el poder…

Escuchemos lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: Pero tú, hombre de Dios, huye de todo eso. Procura ser religioso y justo. Vive con fe y amor, constancia y bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado…

Las palabras claves de este escrito son: «fe y amor, constancia y bondad». Fe para creer que es Dios quien nos ayuda a dejar el egoísmo. Amor para darlo a los demás, única manera de dejar el egoísmo. Después, constancia para ejercitar esas obras de caridad. Y, por último, bondad para seguir en ese camino hasta el Cielo, lo que lograremos si seguimos estos consejos.

¿Cómo estamos utilizando los bienes que recibimos en esta vida? ¿Se benefician muchos de ellos o los usamos únicamente para nuestro propio beneficio? ¿Tenemos cosas que no usamos?, ¿las guardamos en forma egoísta?…

¿O más bien somos generosos con nuestros parientes necesitados?… Eso es amor. Si no lo hacemos, tendremos una mala noticia tras la Resurrección: nuestra perdición eterna, como le sucedió al rico del Evangelio: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos.»

Y allí será tarde para todo, hasta para avisarle a los demás; tal vez tengamos que oír algo parecido a lo que Abraham le dijo al rico: Si no escuchan a la Iglesia, aunque resucite un muerto, no se convencerán.

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La reencarnación y el cristianismo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 19, 2010

¿SON COMPATIBLES?

 

Cada vez se incrementa el número de cristianos que dicen creer en la reencarnación. Los hay, incluso, quienes aseguran que está descrita en la Biblia.

 

¿Dice algo la Biblia al respecto?

Veamos primero el Antiguo Testamento:

En el salmo 39, que es una meditación sobre la brevedad de la vida, dice: «Señor, no me mires con enojo, para que pueda alegrarme antes de que me vaya y ya no exista más» (v. 14).

Job, en medio de su terrible enfermedad, le suplica a Dios, a quien creía culpable de su sufrimiento: «Puesto que son pocos los días que me quedan apártate de mí, que goce un poco de alegría, antes de que me vaya, para no volver más, a la región de tinieblas y de sombra» (10, 20-21).

Una mujer, en una audiencia, hace reflexionar al rey David: «Todos somos mortales y así como el agua que se derrama en tierra no se puede recoger, así tampoco Dios devuelve la vida.» (2S 14, 14)

En el libro de la Sabiduría hay otra cita: «El hombre, en su maldad, es capaz de quitar la vida, pero no puede hacer que vuelva el aliento cuando se ha escapado, ni puede llamar de nuevo al alma que ha partido.» (16, 14)

Estas citas muestran implícitamente que para el cristiano no es posible la creencia en la reencarnación.

Pero fue en el año 200 antes de Cristo cuando se iluminó para siempre el tema del más allá. En esa época entró en el pueblo judío la fe en la resurrección, y quedó definitivamente descartada la posibilidad de la reencarnación. Según esta novedosa explicación divina, al morir una persona recupera inmediatamente la vida; pero no en la tierra, sino en otra dimensión llamada la eternidad. Y comienza a vivir una vida distinta, sin límites de tiempo ni espacio. Es una vida que ya no puede morir más, denominada vida eterna.

Esta enseñanza aparece por primera vez en la Biblia en el libro de Daniel. Allí, un ángel le revela un gran secreto: «Muchos de los que duermen en la tumba se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el horror y la vergüenza eterna.» (12, 2)

La segunda vez que se encuentra esta certeza es en un relato en que el rey Antíoco IV de Siria tortura a 7 hermanos judíos para obligarlos a abandonar su fe. Mientras moría el segundo, dijo al rey: «Asesino, nos quitas la presente vida, pero el Rey del mundo nos resucitará. Nos dará una vida eterna a nosotros que morimos por sus leyes.» (2 Mc 7, 9)

Y al morir el séptimo exclamó: «Ahora mis hermanos han terminado de sufrir un breve tormento por una vida que no se agotará; están ahora en la amistad de Dios. Tú, en cambio, sufrirás las penas merecidas por tu soberbia.» (2 Mc 7, 36)

 

Ahora veamos citas del Nuevo Testamento:

El mismo Jesús confirmó oficialmente esta doctrina con la parábola del rico y el pobre Lázaro:

«Había un hombre rico que se vestía con ropa finísima y comía regiamente todos los días. Había también un pobre, llamado Lázaro, todo cubierto de llagas, que estaba tendido a la puerta del rico. Hubiera deseado saciarse con lo que caía de la mesa del rico, y hasta los perros venían a lamerle las llagas.

Pues bien, murió el pobre y fue llevado por los ángeles al cielo junto a Abraham. También murió el rico, y lo sepultaron.

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: “Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas”. Abraham le respondió: “Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.”

El otro replicó: “Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, a mis cinco hermanos: que vaya a darles su testimonio para que no vengan también ellos a parar a este lugar de tormento”. Abraham le contestó: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen”.

El rico insistió: “No lo harán, padre Abraham; pero si alguno de entre los muertos fuera donde ellos, se arrepentirían”. Abraham le replicó: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite uno de entre los muertos, no se convencerán”.» (Lc 16, 19-31)

No dijo Jesús que a este hombre rico le correspondiera reencarnarse para purgar sus faltas.

Así mismo, cuando Jesús moría en la Cruz, cuenta el evangelio que uno de los ladrones crucificado a su lado le pidió: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino.» (Lc 23, 42)

Si Jesús hubiera admitido la posibilidad de la reencarnación, tendría que haberle dicho: «Ten paciencia, debes pasar por varias reencarnaciones hasta purificarte completamente». Pero su respuesta fue: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (v. 43)

Si «hoy» iba a estar en el paraíso es porque nunca más podía volver a nacer en este mundo.

San Pablo también rechaza la reencarnación: al escribir a los filipenses les dice: «Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de irme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. Pero, pensando en ustedes, conviene que yo permanezca en esta vida.» (1, 23-24)

Si hubiera creído posible la reencarnación, inútiles habrían sido sus deseos de morir, ya que volvería a encontrarse con la frustración de una nueva vida terrenal.

Y explicando a los corintios lo que sucede el día de nuestra muerte les dice: «Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Se siembra como cosa despreciable, y resucita para la gloria. Se siembra un cuerpo impotente, y resucita lleno de vigor. Se siembra un cuerpo material, y despierta un cuerpo espiritual.» (1Co 15, 42-44)

La afirmación bíblica más contundente de que la reencarnación es insostenible para un cristiano la tiene la carta a los hebreos: «Los hombres mueren una sola vez y después viene para ellos el juicio.» (9, 27)

¿Puede, entonces, un cristiano creer en la reencarnación? Queda claro que no. La idea de tomar otro cuerpo y regresar a la tierra después de la muerte es absolutamente incompatible con las enseñanzas de la Biblia.

 

La Resurrección de Jesucristo es la verdad culminante de la fe de los cristianos en él, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, trasmitida como fundamental por la Tradición Apostólica, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial.

Cristo resucitó. El misterio de la Resurrección de Cristo es un acontecimiento real, que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento.

Hecho único en la historia de la humanidad, la Resurrección muestra aspectos precisos: Jesús establece relaciones directas con sus discípulos, mediante el tacto (Cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (Cf. Lc 24, 39. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Los invita así a reconocer que Él no es solo espíritu (Cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (Cf. Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27).

Este cuerpo auténtico y real posee, sin embargo, al mismo tiempo las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (Cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4), porque su humanidad ya no puede ser detenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre.

La Resurrección de Cristo no fue siquiera un retorno a la vida terrena, como en las resurrecciones que él había realizado antes, en las cuales las personas volvían a tener —por el poder de Jesús— una vida terrena «ordinaria»; en cierto momento volverán a morir. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente: en su cuerpo resucitado pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio.

Y los cristianos creen firmemente que también ellos resucitarán, como Jesús.

 

Por eso, el cristianismo es esencialmente diferente a la creencia en la reencarnación, la creencia de que el alma, tras la muerte, migra de un cuerpo a otro.

Quien cree en la reencarnación no puede profesar su fe en la resurrección; igualmente, el que sostiene la resurrección no puede creer en la reencarnación.

 

Pero no solo las Sagradas Escrituras impiden creer en la reencarnación. Además, hay algunas reflexiones que pueden ayudar a comprender mejor las discrepancias que hay entre el cristianismo y la reencarnación:

 

El cristiano, el que cree en Cristo, cree que Jesucristo es Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, y que se hizo hombre para pagar el pecado de soberbia que el ser humano cometió de querer ser como Dios; por eso, por los pecados de los hombres, sufrió y murió. Si Cristo pagó sus pecados, ¿qué razón tiene volver a una nueva vida (reencarnar) a pagar lo malo que se hizo en la anterior?

 

Y, ¿de qué serviría el Bautismo, por el cual se nos borra el pecado por el que merecíamos un castigo infinito?

 

Además, el revivir el sacrificio de Cristo en la Cruz, por el cual fuimos salvados del castigo que merecíamos. ¿Qué sentido tendría la celebración eucarística si existiese la reencarnación?

 

¿Y qué decir de la Unción de los Enfermos, que se aplica a quienes están más cerca del último y único viaje hacia la eternidad?

 

Dios se inventó también otra muestra de amor por los hombres: «Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 20, 23). Los sacerdotes tienen la potestad de representar a Dios y, en su Nombre, perdonar los pecados en el sacramento de la Reconciliación, la confesión, el único lugar donde el reo se declara culpable, y es perdonado. Si se cree en la reencarnación, en la que se «purifican» los pecados, vida tras vida, ¿para qué sirve la confesión que inventó el mismo Dios?

 

Por extensión podría preguntarse también: ¿cuál es la razón de ser de los apóstoles y discípulos y de sus sucesores, los obispos y sacerdotes, escogidos por el mismo Dios para administrar ese y los demás sacramentos?

 

Por otra parte, la doctrina de la reencarnación podría invitar a la irresponsabilidad. En efecto, si uno cree que va a tener varias vidas, además de esta, existe la posibilidad de que no se exija mucho para vivir bien la vida presente, pues pensará que siempre quedarán otras reencarnaciones dónde mejorar. En cambio, si uno sabe que el milagro de existir no se repetirá, que tiene solamente esta vida para llegar a la meta, no permitirá que se le escapen las oportunidades para ser mejor.

  

 

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Ciclo C, II domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2010

¡Y se nos perdonan los pecados!

 

Algunos dicen que se confiesan directamente con Dios; que el sacerdote es, a veces, otro pecador como cualquiera de nosotros o incluso peor, y que Dios no necesita intermediarios.

¿No sería bueno creer al único que no se ha equivocado jamás?, ¿al amigo que dio la vida por sus amigos?, ¿al que ha vencido a la muerte?, ¿al único que ha resucitado?

Efectivamente, en el Evangelio de hoy se nos cuenta que, después de resucitado, Jesús dijo a los doce: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…».

Dios, que sabe nuestra debilidad para entender, quiso resucitar antes de instituir el Sacramento de la Reconciliación, para que creyéramos: el portentoso milagro de la Resurrección precedió al milagro de amor de Dios por el cual los sacerdotes reciben de Él poder para perdonar en su Nombre. Es como si quisiera decirnos: «Te demuestro mi poder volviendo a la vida, para que sepas que yo tengo el poder de perdonarte, si sigues mis indicaciones: si te confiesas con un sacerdote.

Fue Él quien nos creó, quien nos dio todo lo que tenemos, quien nos salvó de la muerte eterna; por Él, ahora podemos vivir eternamente. Y a Él (el sacerdote es Cristo que perdona) es a quien acudimos en busca del perdón.

Pero eso sólo será posible si seguimos las reglas que Él puso: primero: nuestro sincero arrepentimiento; segundo: que hagamos el propósito firme de no volver a pecar; y tercero: que tengamos la humildad de contar a otro mortal nuestros pecados, que otro pecador escuche nuestras faltas.

Ante esa humildad de quienes se declaran culpables, en vez del castigo que merecen, por su infinita misericordia, los perdona, una y otra vez…, y ¡cuantas veces sea necesario!

Es el camino que Dios nos preparó; y en él está nuestra salvación. Sigámoslo, y encontraremos la felicidad.

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Ciclo B, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 5, 2009

Vivir y morir por el ideal más grande

 

Es impresionante ver el valor san Pedro y los demás Apóstoles: querían explicarle a la gente la felicidad que los embargaba; querían que todo el mundo se enterara que el ser humano puede ser feliz; habían encontrado la llave de la felicidad; nada les importaba: ni el sufrimiento, ni la cárcel, ni las críticas, ni que los encarcelaran, ni que los condenaran a muerte…

Y todo se basaba en un argumento que recoge hoy la primera lectura, de la boca de san Pedro: «Mataron al Señor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.»

Los demás Apóstoles se contaban unos a otros la misma noticia: Jesús resucitó y, por consiguiente, nosotros resucitaremos también. ¡Y resucitaremos a una vida de felicidad eterna!

Habían entendido que por este ideal, por esparcir esta noticia, vale la pena cualquier sacrificio; vale la pena hasta sacrificar la propia vida que, al fin y al cabo, es transitoria, efímera.

Jesús les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan».

Para ser felices es, por lo tanto, indispensable que nos arrepintamos, que consigamos el perdón de nuestros pecados y que, como dice la segunda lectura, no pequemos más. Y así conoceremos a Dios, que nos llevará al Cielo.

Sabremos que lo conocemos si cumplimos sus mandatos: los de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Si alguien los guarda, el auténtico amor de Dios está en él.

Si los Apóstoles y los primeros cristianos eran capaces de dejarse matar por este ideal, nosotros deberíamos preferir morir antes que dejar de cumplir uno de sus mandamientos; porque sabemos que si así lo hacemos lograremos la meta.

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El error que cometió san Pablo

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2008

Hablaba san Pablo a los atenienses en el areópago, acerca del “Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él” (Hch 17, 24) y, saltándose el relato de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor, les predicó la Resurrección de Jesucristo.

Cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros le decían: “Sobre esto te escucharemos en otra ocasión”. (Hch 17, 32)

Este fracaso de san Pablo nos da una lección clara acerca de la importancia de la predicación de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Efectivamente, sabemos que luego el Apóstol se dirigió a predicar en Corinto. Y es a los corintios, precisamente, a quienes les dice en su primera carta: “Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Co 2, 2). Se ve, pues, que san Pablo aprendió la lección.

Y nosotros, ¿aprendimos esta lección?

Poco a poco, en los tiempos modernos, se incrementa el discurso de la Resurrección de Cristo y decrece con él la predicación de la Cruz de Cristo. Poco a poco se retiran de los templos las imágenes de Cristo crucificado y se colocan las de Cristo resucitado. Es evidente que se quiere enseñar la virtud teologal de la Esperanza, proclamar el bienestar de la resurrección, el fin maravilloso que nos espera; pero parece que se nos están olvidando los medios para conseguirlo: la sabiduría de la Cruz.

Sabiduría, dice el Diccionario, es “Conducta prudente en la vida”, es decir, el adecuado modo de vivir para conseguir la felicidad, la suerte de los bienaventurados en el Cielo. La misma sabiduría que enseñaban los apóstoles: “Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Co 2, 7).

Y ¿dónde está esa sabiduría divina? En la Cruz de Cristo; nos lo dice claramente el Apóstol: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Porque […] los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1, 20. 22-24a).

Pero el versículo continúa: “escándalo para los judíos, locura para los gentiles”. Escándalo para algunos que creen que el cristianismo es llegar al Cielo sin pasar por la cruz; locura para quienes piensan todavía que es posible pasar esta vida sin cruz.

¡No! ¡Necesitamos pasar por la Cruz para purificarnos, y así poder entrar en el Cielo, es decir, conseguir la felicidad! Y, ¿cómo lo sabemos? Porque no ignoramos que a la gloria eterna “no entrará cosa impura” (Ap 21, 27).

¡Dejémonos purificar! No cometamos más el error de san Pablo; corrijámonos como él lo hizo. Amemos la Cruz; Dios la permite porque nos ama como hijos: “Vosotros sufrís, pero es para vuestro bien, y Dios os trata como a hijos” (Hb 12, 7a).

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

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Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2008

 

 

Preparados para la muerte

 

La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible. Ninguna frase tiene tanta contundencia.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte. Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo. Nos estamos preparando para lo eventual, para lo que pueda pasar. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos? Como las vírgenes del Evangelio de hoy, teniendo preparado el aceite: hacer la voluntad de Dios.

Así sucederá lo que nos dice la segunda lectura: cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del Cielo. Y resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros nos reuniremos con ellos, llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y estaremos con el Señor para siempre, inmensa y eternamente felices, junto a nuestros seres queridos.

Esta es la verdadera sabiduría: buscar la voluntad de Dios y hacerla. Un director espiritual nos puede orientar; aprendamos nuestra Fe leyendo y meditando el Catecismo de la Iglesia Católica, luego la Biblia, después el Código de derecho canónico  y los documentos de la Iglesia… Y vivamos de acuerdo con esa doctrina.

Apasionarse por esta sabiduría, como dice el libro de la sabiduría en la primera lectura de hoy, es la mejor de las ambiciones; el que trasnocha a causa de ella estará pronto sin preocupaciones. Y, lo que es mejor, se habrá preparado para la única realidad inevitable del ser humano.

  

 

 

 

 

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¿Debemos hacernos la señal de la cruz?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2008

 Algunos cristianos piensan que no se deben santiguar ni hacer la señal de la Cruz, porque dicen que la Cruz es señal de muerte, y que Cristo no está muerto, está vivo, está resucitado.

Veamos algunos apartes del la Biblia, para saber si estos cristianos aciertan:

Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba. (Col 1, 20)

Ustedes estaban muertos por sus pecados, y su misma persona no estaba circuncidada, pero Dios los hizo revivir junto a Cristo: ¡nos perdonó todas nuestras faltas! Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la cruz y lo suprimió. Les quitó su poder a las autoridades del mundo superior, las humilló ante la faz del mundo y las llevó como prisioneros en el cortejo triunfal de su cruz. (Col 2, 13-15)

Destruyó el odio en la cruz, y habiendo reunido a los dos pueblos, los reconcilió con Dios por medio de la misma cruz. (Ef 2, 16)

O sea, que Jesús nos reconcilió por medio de la cruz. Pero hay más: lo que engrandeció a Jesucristo fue la cruz:

Se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 8-11)

Desdichadamente, muchos no quieren a la cruz «porque —dicen ellos— la Cruz es señal de muerte, y Cristo está vivo, está resucitado»:

Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando. (Flp 3, 18)

Pablo llora por eso. Es más: dice que lo único que lo enorgullece es la cruz de Cristo:

En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. (Ga 6, 14)

A pesar de que dice en otra parte que vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado, Pablo no quiere sentirse orgulloso sino únicamente de la cruz de Cristo.

Levantemos la mirada hacia Jesús, que dirige esta competición de la fe y la lleva a su término. Él escogió la cruz en vez de la felicidad que se le ofrecía; no tuvo miedo a la humillación y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. (He 12, 2)

Es la cruz la que lo llevó a la derecha de Dios. Y también es la cruz la que deben cargar los que desean seguirlo:

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. (Mt 16, 24; Mc 8, 34)

Aunque para algunos, la cruz resulta una locura:

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. ¡Y no con discursos sofisticados! Pues entonces la cruz de Cristo ya no tendría sentido. Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios. Ya lo dijo la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la pericia de los instruidos. Sabios, entendidos, teóricos de este mundo: ¡cómo quedan puestos! ¿Y la sabiduría de este mundo? Dios la dejó como loca. Pues el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios cuando ponía por obra su sabiduría; entonces a Dios le pareció bien salvar a los creyentes con esta locura que predicamos. Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros predicamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. (1Co 1, 17-25)

Llama mucho la atención estas palabras de Pablo, en las que dice que él predica a un Mesías crucificado; no dice «a un Mesías resucitado», sino «a un Mesías crucificado». Y luego, para dar a entender cómo el hombre con su supuesta sabiduría nunca alcanzará la sabiduría de Dios, afirma que hasta la debilidad de Dios es más fuerte: la cruz de Cristo.

Pedro, por su parte, confirma esa doctrina:

Él cargó con nuestros pecados en el madero de la cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empezáramos una vida santa. Y por su suplicio han sido sanados. (1Pe 2, 24)

Sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado.

Sin la cruz, Aquél que es la vida no hubiera sido clavado en le leño. Si no hubiese sido clavado, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no podríamos disfrutar del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado…

Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

La glorificación de Cristo pasa a través del suplicio de la cruz y la antítesis sufrimiento–glorificación se hace fundamental en la historia de la redención: Cristo, encarnado en su realidad concreta humano–divina, se somete voluntariamente a la humillante condición de esclavo (la cruz, del latín «crux», es decir, tormento, estaba reservada a los esclavos), y el infame suplicio se transforma en gloria imperecedera. Por eso la cruz es el símbolo y el compendio del cristianismo:

«Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tendrá por él vida eterna». (Jn 3, 14-15)

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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