Hacia la unión con Dios

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Ciclo B, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 19, 2012

La verdad que nos libera

Testigo es la persona que da testimonio de algo o lo atestigua, o quien tiene directo y verdadero conocimiento de algo.

Jesús, en el Evangelio de hoy, le dijo eso a Pilato, precisamente: «Para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad». Él es, pues, el único que posee directo y verdadero conocimiento de la verdad.

Él, es, por consiguiente, quien nos puede guiar a la posesión total de esa verdad que tanto ha inquietado a nuestras almas; efectivamente, todo ser humano se pregunta quién es, de dónde viene, que vino a hacer en esta tierra…, y mil cosas más: por qué existe el sufrimiento, por qué hay personas que tienen tantos bienes y otros no, por qué unos se enferman y otros no, etc.

Pero ese conocimiento de la verdad es producto de su esencia: Él es Dios; y es el Rey: « Yo soy rey. […] Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

Y esto lo proclama el libro de Daniel: «Le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.»

Y, ¿por qué es Rey? La respuesta está en el Apocalipsis: «Jesucristo es el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su Sangre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Miren: Él viene en las nubes. Todo ojo lo verá; también los que lo atravesaron. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán por su causa. Sí. Amén. Dice el Señor Dios: “Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso”.»

Y ha convertido a algunos en un reino y los ha hecho sacerdotes de su Padre.

¿A quiénes? Él mismo responde: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz.»

Si escuchamos su voz, somos de la verdad; ¡la que nos hará libres!

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Sacerdotes, profetas y reyes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2011

En el Antiguo Testamento aparecen tres tipos de mediadores entre Dios y su pueblo: el sacerdote, el profeta y el rey.

Eran instrumentos y representantes especiales de Dios. A través de su ministerio era edificado el pueblo (Dt 17, 14 — 18, 22).

Nuestro Señor Jesucristo, el Divino Mediador, el perfecto mediador, reúne en sí esos tres tipos de mediadores, siendo al mismo tiempo Sacerdote, Profeta y Rey. En el Nuevo Testamento a Jesús se le dan los tres títulos:

  1. sacerdote (Hb 4, 14-16; cf Jn 19, 23; Ap 1, 13)

  2. profeta-nabi (Lc 24, 19) y

  3. rey (Jn 6, 15; 18, 33-37: ambiguo, pero véanse en los cuatro evangelios la entrada mesiánica en Jerusalén [Mt 21, 1-11 y par] y la inscripción sobre la cruz [Mt 27, 37-42 y par]).

Como sacerdote ofrece el sacrificio de su misma Persona por todos los hombres; como profeta nos revela el carácter de Dios y nos explica el plan de la salvación; y como rey gobierna el vasto imperio del Reino de los Cielos.

Cristo como sacerdote

El sacerdote del Antiguo Testamento era un hombre consagrado divinamente para representar a los hombres delante de Dios. Para poder conseguir el favor divino para los representados, el sacerdote ofrecía sacrificios. Cristo se ofreció a sí mismo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para reconciliar a los hombres con Dios. Su ministerio sacerdotal no ha terminado (Hb 7, 25). Él es nuestro actual Sacerdote, que intercede al Padre a nuestro favor.

Jesucristo fue el Sacerdote que se ofreció a Sí mismo como víctima y salvó al mundo.

Cristo como profeta

El profeta traía el mensaje de Dios a los hombres por predicación y por predicción de acontecimientos futuros. Cristo hizo estas dos cosas (Mt 5 al 7, comparado con Mt 24) Moisés profetizó de Cristo como El Profeta. (Hch 3, 22-26, comparado con Mt 21, 10-11) Como apunta el Dr. J. M Pendleton: «Ninguno habló jamás como Él en la manera autorizada de enseñar; en la adaptación de lo que dijo a la generalidad del pueblo; en su revelación del carácter de Dios; en su descripción de la naturaleza; en su manifestación del camino de salvación; en la luz que arrojó sobre la doctrina de la inmortalidad del alma, la resurrección del cuerpo, la gloria del cielo y las miserias del infierno. ¿Quién entre los sabios, filósofos, patriarcas o profetas, jamás habló como Él? En la majestad de su incomparable superioridad avanza, arrancando de sus enemigos este elogio involuntario: “Nunca ha hablado hombre así como este habla” (Jn 7, 46)».

Jesucristo fue el Profeta que, por hablar alto en nombre de Dios, se lo quitaron los hombres de encima.

Cristo como rey

Los judíos, basados especialmente en las profecías de David y de Daniel, creían que el Mesías sería un rey, y acertaban, con la única diferencia de que su reino no era de este mundo. Jesús declara ante Pilato su posición como rey (Jn 18, 36-37) El ladrón arrepentido lo reconoció como rey y le pidió lugar en su reino (Lc 23, 42). Los cristianos esperamos su segunda venida, en la cual se manifestará como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (1Tm 6, 14-16). Es el deber de los siervos de Dios predicar su Palabra y hacer súbditos para este reino mientras el Señor viene, sabiendo que Él pagará a cada uno conforme a su labor.

Jesucristo, como lo proclama el título de la Cruz, es el Rey que se ha atraído a Sí todos los corazones.

En la Tradición apostólica

La tríada aparece en la Tradición apostólica a propósito de la bendición del Aleo: reyes, sacerdotes y profetas. Más tarde aparece en textos patrísticos y Eusebio de Cesarea (t 340 ca.) la usa en un sentido cristológico. Se encuentra también en la época medieval, pero no aparece como tema dominante hasta la época de los reformadores, especialmente con Calvino. Empieza a usarse en el siglo XVII, haciéndose más frecuente en el siglo XIX con Newman, que de forma novedosa propone que la eclesiología debe atender al triple ministerio de la Iglesia, cuyo ministerio profético asegura la regla de la verdad contra la tentación del racionalismo, el ministerio sacerdotal guía al culto contra la superstición, y el ministerio real conduce a la santidad contra la ambición y la tiranía. De esta forma los tres ministerios se atemperan mutuamente y se libran uno al otro de sus peculiares tentaciones. Así, el culto frena el racionalismo, la verdad vence la superstición y la piedad mitiga el peso de la ley.

Ya en el siglo XX, un estudio católico clave sobre la tríada fue el de J. Fuchs en 1941. Y. Congar había empezado a usarla como principio eclesiológico en la década de 1930, convirtiéndola en principio organizador de su obra clásica sobre los laicos. La tríada, en forma de maestro, rey y sacerdote, fue aplicada por Pío XII a Cristo en su encíclica Mystici corporis. G. Philips recurrió a ella también en su estudio sobre los laicos. Estaba, pues, madura en la época del Vaticano II.

El Concilio la aplica a Cristo, a los laicos y a los ministros ordenados. En este último caso sigue el orden maestro-sacerdote-pastor/rey (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6), mientras que aplicada a los laicos el orden es sacerdote-profeta-rey (LG 34-36). Quizá su función más importante consista en indicar la igualdad radical en dignidad de todos los cristianos: «Por tanto, el pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo […]. Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).

Un pueblo de sacerdotes

Hay una diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico que es esencial y no cuestión de grado (essentia et non gradu tantum [LG 10]). El sacerdote ministerial realiza un servicio distinto en la comunidad, pero eso no significa que por ello sea más santo que los laicos. Hay que buscar en la Lumen gentium los elementos clave que muestran en qué sentido es esencialmente diferente el sacerdocio de los laicos del sacerdocio de los ordenados, al igual que los elementos que muestran lo que tienen de común.

Todos están consagrados, por lo que sus obras son verdaderos sacrificios espirituales (Rm 12, 1) y un testimonio para los demás (LG 10). El sacerdocio común se ejerce en la vida sacramental de la Iglesia (LG 11). La vida de sacrificio de los laicos es «espiritual» (está regida por el Espíritu Santo): Cristo se «asocia íntimamente [a los laicos] a su vida y a su misión y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres […], pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1Pe 2, 5), que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor» (LG 34).

Un pueblo de profetas

Sabemos por las Actas del Concilio que LG describe la función profética de todo el pueblo: es una participación en la función profética de Cristo; consiste en el testimonio, la alabanza, la confesión de la fe y el sensus fidei. Más tarde LG 35 desarrolla el tema de la función profética de los laicos: establecidos como testigos, dotados del sensus fidei y la gracia de la palabra «de modo que el poder del evangelio pueda resplandecer en la vida diaria de la familia y la sociedad», convirtiéndose en heraldos de esperanza, sin ocultar la razón de la misma, de forma que, «incluso ocupados en sus tareas temporales, puedan los laicos desempeñar la valiosa labor de procurar ahondar diligentemente en el conocimiento de la verdad revelada y de pedir encarecidamente a Dios el don de la sabiduría».Al tratar de los obispos, Lumen gentium 25 subraya la importancia de la predicación del evangelio, e insiste en que son maestros autorizados del mismo (Magisterio). La proclamación del Evangelio es la primera tarea de los sacerdotes, que tienen además la responsabilidad de un amplio ministerio en la Palabra (PO 4).

Un pueblo de reyes

Finalmente, el oficio real no está tan desarrollado como los otros dos oficios en el capítulo II de LG, donde se dice que es común a todos los bautizados y lo ejercen por una parte los obispos (LG 27, donde se le da el nombre de «oficio pastoral»; Obispos) y por otra los laicos (LG 36, en relación a la tarea pastoral de los sacerdotes; cf PO 6). A propósito de estos últimos se dice: «También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad v de gracia, reino de justicia. de amor y de paz […]. Deben, por tanto, los fieles, conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios… En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado […]. Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia […]. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas… Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí» (LG 36). El oficio pastoral de los obispos (LG 27) y de los presbíteros (PO 6) es una participación especial en el oficio real de Cristo. Estos se ocupan de los fieles de un modo global, nunca de manera dominante. sino como siervos.

El Bautismo y la situación del fiel según su condición de vida

Cada católico es proclamado en su Bautismo como Sacerdote, Profeta, y Rey, y en la Confirmación es confirmado oficialmente por el obispo de sus tres mismos derechos y deberes: Sacerdote, Profeta y Rey.

Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús, el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.
El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo.

Pero después se va concretando lo específico de cada vocación, de la misión de cada uno.

Eso «específico» de cada vocación ha influido en todos los ámbitos de la Iglesia; así, se puede ver, por ejemplo, la estructura de los libros centrales del Código de Derecho canónico: II. Del pueblo de Dios; III. La función de enseñar en la Iglesia; IV. De la función de santificar en la Iglesia.

Asimismo, en algunos fieles se desarrolla más lo sacerdotal que lo profético o lo real; en otros se enfatiza más el aspecto profético que lo sacerdotal o lo real; y, finalmente, en otros sobresale más su aspecto real.

Así, se ha concretado en la idea de un triple oficio, que tradicionalmente se ha explicado como la situación del fiel según su condición de vida:

  1. Los clérigos, que ejercen sobre todo la función sacerdotal

  2. La vida consagrada, en los que descolla su función profética

  3. Los seglares, cuyo énfasis de vida es su función real

La función sacerdotal de los clérigos

La figura del clérigo evoca imágenes de sacrificio y de mediación. El sacerdote es aquel que ofrece el sacrificio para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo. El sacerdote es también un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es ésta la verdadera y propia función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

La función profética de la vida consagrada

Quien vive la vida consagrada es aquel que, profundamente inmerso en la voluntad de Dios y la conoce desde dentro. Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros con su vida ejemplar, que anuncia el estilo de vida de los glorificados, de manera que se entienda y se siga.

La función real de los seglares

La identificación del seglar como rey indica que son ellos quienes plasman con más claridad la condición o función real de Jesucristo: se refiere al mismo sentido que se le da a esta palabra cuando al final del año litúrgico se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. El prefacio de esta solemnidad recoge la teología de esta celebración, más allá de la imagen que de los “reyes” de este mundo (por ejemplo el rey de España, o un Presidente de una República) podamos tener:

“Porque, ungiéndolo con óleo de alegría,
consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu Unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que, ofreciéndose a sí mismo,
como víctima inmaculada y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu Majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y de la gracia,
el reino de la justicia, del amor y de la paz.”

En la dimensión del seglar como rey se resalta el poder, el señorío del seglar sobre la creación, puesto que desde su condición secular, permaneciendo esencialmente en el mundo, es por lo que puede ser instrumento del Señor para someter la creación entera a su Señorío.

El sacerdote y el religioso, por supuesto, están en el mundo…, pero es un estar en el mundo como lugar sociológico, más que teológico. El estar en el mundo, su vocación y misión, desde su condición sacerdotal y profética, es para anunciar y dirigir las realidades terrenas hacia un horizonte: el más allá; señalar los bienes que no son de este mundo… Mientras que la presencia del seglar en el mundo es plenamente teológica: es el lugar en el que lo coloca su vocación y misión —la secularidad— para, desde esa realeza y señorío, recapitular todas las cosas en Cristo y presentarlas al Padre, que es donde aparece su dimensión sacerdotal: consagrar el mundo a Dios.

Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular; en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los seglares, por su parte, pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

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Ciclo C, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 29, 2010

¿Desde dónde reina Cristo?

Como nos cuenta la primera lectura, cuando los dirigentes de las tribus de Israel vinieron a hablar con David, le dijeron: «El Señor te dijo: «”Tú eres el que guiará a mi pueblo, tú llegarás a ser el rey de Israel”.» Con esto, según los Padres de la Iglesia, se estaba anunciando el reinado del descendiente de David: Jesucristo.

Efectivamente, porque se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz, Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los Cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor.

Eso es lo que resalta la segunda lectura de hoy: Él renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo, y logró ese puesto por una sola razón: porque derramó la Sangre en la Cruz.

Los Padres de la Iglesia y muchos santos defienden la idea de que Jesucristo reinó desde la Cruz. Efectivamente, el Evangelio nos cuenta que había sobre la cruz un letrero que decía: «Este es el Rey de los judíos». Y, cuando los sacerdotes le pidieron a Pilato que corrigiera el escrito, se negó.

Y, ¿cómo reinó? Con su humildad: los jefes se burlaban de Él diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él: le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Hasta uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero Jesús callaba; fue con la humildad como derrotó la soberbia del Demonio.

Cruz y humildad, pues, son el Trono y la corona de este Rey.

Eso fue lo que descubrió el otro malhechor; por eso le dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino».

Si nosotros también lo advertimos, escucharemos igualmente sus palabras: «En verdad te digo que estarás conmigo en el paraíso».

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Nuestro Señor Jesucristo Rey*

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 28, 2010

 

«A Jesucristo Rey de reyes venid y adorémoslo.» Hoy es el día de proclamar su realeza, de decir entre suspiros: ¡Venga a nosotros tu reino! de decir al Padre: « ¡Padre, glorifica a tu Hijo! ».

«La revolución ha comenzado por proclamar los derechos del hombre, y no terminará sino al proclamar los derechos de Dios.» Así decía en el siglo XIX el conde de Maistre.

«Jesucristo no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de conquista y de rescate.»

«Así que Cristo es Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza» (San Cirilo de Alejandría) en virtud de aquella admirable unión que llaman hipostática, la cual le da pleno domino no sólo sobre los hombres, sino hasta sobre los ángeles y aun sobre todas las criaturas. (Pío XI).

Y ¿qué de extraño tiene sea Rey de los hombres el que fue Rey de los siglos?

Pero Jesucristo no es Rey para exigir tributos o para armar un ejército y pelear visiblemente contra sus enemigos. Es Rey para gobernar los espíritus, para proveer eternamente al mundo, para llevar al reino de los Cielos a los que creen, esperan y aman. El Hijo de Dios, igual al Padre, el Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas, si quiso ser Rey de Israel fue pura dignación y no una promoción: fue una señal de misericordia, no un aumento de poder (San Agustín).

Nadie tema que vaya a perder algo porque se someta al «suavísimo imperio» de Cristo. No teman las sociedades, porque Él es quien las funda y las sustenta. No teman los poderosos porque «no quita los reinos mortales quien da los celestiales». No teman tampoco los individuos, porque servir a Cristo es reinar. Es un Amo tal, que no esclaviza, ni esquilma a sus servidores; un Pastor y un Señor que no engorda con la carne de su rebaño, ni se viste con sus lanas, ni se regala con su leche, antes se desvive por los suyos, y se les entrega con todos sus haberes ya desde la tierra, hasta que sean capaces de poseerlo y de gozarlo más cumplidamente allá en el Cielo. Tiene derecho a todo mando y a todo honor; pero exige poco y hasta llega a decir que «su reino no es de este mundo». Por eso, nada hay de más irracional y más incomprensible que el grito rabioso de esa chusma que todavía vocifera: «¡No queremos que Cristo reine sobre nosotros!» Piensan los insensatos que les va a privar de la libertad cuando se la va a acrecentar y perfeccionar, pros­cribiendo tan sólo el libertinaje, tan fatal para las almas como para los cuerpos, para las naciones como para los individuos, ya que «lo que hace míseros a los pueblos es el pecado».

Conviene, pues, que Él reine: oportet Illum regnare, porque su reinado «es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz». Quiere ante todo reinar en las inteligencias, en las volun­tades y en los corazones de los hombres. Es un reinado antes que todo espiritual, el aparato exterior lo tiene en poco y huye ahora del fasto externo, como huyó cuando los hombres quisieron tributarle los honores de Rey, y por eso sigue humilde y «escon­dido en nuestros altares bajo las figuras de pan y de vino».

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

   

 

 

 

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Dios es tan bueno…*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 26, 2009

Hace mucho tiempo en un reino distante, vivía un rey que no creía en la bondad de Dios, tenia, sin embargo, un súbdito que siempre le recordaba acerca de esa verdad, en todas las situaciones decía:

–¡Rey mío, no se desanime, porque todo lo que Dios hace es perfecto, él nunca se equivoca!

Un día el rey salió a cazar con su súbdito, y una fiera de la jungla lo atacó. El súbdito consiguió matar al animal, pero no evitó que su majestad perdiese
el dedo meñique de la mano derecha. El rey, furioso por lo que había ocurrido y sin mostrar agradecimiento por los esfuerzos de su siervo por salvarle la vida, le preguntó:

–Y ahora, ¿qué me dices? ¿Dios es bueno? Si Dios fuera bueno yo no hubiera sido atacado y no hubiera perdido mi dedo.

El siervo respondió:

–Rey mío, a pesar de toda esas cosas solamente puedo decirle que Dios es bueno y que quizá perder un dedo sea para su bien; todo lo que Dios hace es perfecto, Él nunca se equivoca.

El rey, indignado con la respuesta del súbdito, mandó que fuese preso a la celda más oscura y más fétida del calabozo.

 Después de algún tiempo, el rey salió nuevamente a cazar, y fue atacado esta vez por una tribu de indios que vivían en la selva. Estos indios eran temidos por todos, pues se sabía que hacían sacrificios humanos para sus dioses.

Inmediatamente después que capturaron al rey, comenzaron a preparar llenos de júbilo el ritual del sacrificio. Cuando ya tenían todo listo, y el rey estaba delante del altar, el sacerdote indígena, al examinar a la víctima, observó furioso:

–¡Este hombre no puede ser sacrificado pues es defectuoso!… Le falta un dedo.

El rey, pues, fue liberado.

Al volver al palacio, muy alegre y aliviado, liberó a su súbdito y pidió que fuera a su presencia.

Al ver a su siervo, lo abrazó afectuosamente diciendo:

–Dios fue realmente bueno conmigo. Tú debes haberte enterado que escapé justamente porque no tenía uno de mis dedos. Ahora tengo una gran deuda en mi corazón. Pero me queda una duda: si Dios es tan bueno, ¿porqué permitió que estuvieras preso, tú que tanto lo defendiste?

El siervo sonrió y dijo:

–Rey mío, si yo hubiera estado junto a usted en esa caza, seguramente habría sido sacrificado en su lugar, ya que no me falta ningún dedo. Por lo tanto, acuérdese  siempre, que todo lo que Dios hace es perfecto, Él nunca se equivoca.

Dios te cuidará siempre.

 

Anónimo

 

   

 

 

 

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Epifanía del Señor

Posted by pablofranciscomaurino en enero 17, 2009

 

Oro, incienso y mirra

 

Traían en sus alforjas el más noble de todos los metales, el aroma para las cosas sacras y para los sacerdotes, y el más precioso de los bálsamos. El viaje fue largo, agotador y lo hicieron después de mucho estudio astrológico, pero no fue óbice para estos tres enigmáticos personajes que sintieron la necesidad de rendir homenaje y observar a un niño, de una familia pobre, nacido en una pesebrera cercana a un pueblo olvidado: Belén.

¿Qué tenía de especial ese niño? Era, nada menos, el que vencería a la muerte y traería la salud para la humanidad. Rey de reyes y Señor de señores, creador de todo el universo… ¡Dios hecho Niño!

Nosotros, ¿qué esfuerzo hemos hecho para llegar a Él? ¡Busquémoslo! Encontraremos dificultades. A veces perderemos, como los magos, la estrella que nos guía; pero si persistimos sin desanimarnos —como ellos— nos iluminará de nuevo y seguiremos el camino. Y tarde o temprano llegaremos a la meta.

He aquí la puerta que debemos abrir para iniciar ese camino: tiene dos cerrojos. El primero es la oración: oración, que no es palabrería o repetir de memoria y sin atención las preces que aprendimos de niños, sino el diálogo confiado de un hijo con su Padre, completamente seguro de que nos oye y de que nos hablará a través de los acontecimientos de la vida.

Y segundo, la actitud de servicio sacrificado a los demás, como Jesús, que pasó haciendo el bien durante su vida terrena, lo que significa pensar más en los demás que en nosotros mismos.

Comenzando por los nuestros —el amor tiene un orden—, luego los compañeros de trabajo, los vecinos, aquellos con quienes negociamos…

Llegaremos más cansados a casa, pero tendremos la satisfacción de ser útiles a Dios y a la humanidad.

Y si así actuamos, encontraremos ese Dios–Niño que colma todas las ansias de felicidad del ser humano.

  

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Ciclo A, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 30, 2008

Servir al Rey y reinar con Él

 

Estamos acostumbrados a recordar con algo de preocupación el Evangelio del día de hoy. Es que asusta un poco eso de que algunos serán puestos a su izquierda y oirán de boca de Dios: «¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!»

Pero vale la pena revisar las otras lecturas para descubrir que Dios está aquí, que viene en busca de sus ovejas; se ocupará de ellas como el pastor que se ocupa de su rebaño, las llevará a descansar. Incluso buscará a la que esté perdida, volverá a traer a la que esté extraviada, curará a la que esté herida, reanimará a la que esté enferma, velará por la que esté sana; las cuidará con justicia.

El universo entero le quedará sometido, y así vencerá al mal, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies, hasta el último de sus enemigos: la muerte.

Solo el Rey de reyes, el Señor de los señores, el dueño de la creación puede lograr todo eso. Por tal razón, se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey.

Súbditos de ese eterno soberano como somos, podremos llegar a escuchar su alentadora promesa: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo».

¿Vimos hambrientos y les dimos de comer? ¿Vimos sedientos y les dimos de beber? ¿Vimos forasteros y los recibimos, o sin ropa y los vestimos? ¿Vimos enfermos o en la cárcel, y los fuimos a ver? El Rey dijo que cuando lo hicimos con alguno de los más pequeños de sus hermanos, se lo hicimos a Él.

A estas obras de misericordia corporales hay que añadir las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con cariño y prudencia al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos.

¿Queremos vivir inmensamente felices en el Cielo, junto al Rey? En este momento, al final del año litúrgico, ¡qué bien cae este examen de conciencia! Comencemos este año que viene con el propósito firme de servir.

 

 

 

 

 

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