Hacia la unión con Dios

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Bienaventuranzas y Dones del Espíritu Santo en el itinerario hacia la unión con Dios

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2017

Basados en la clasificación tradicional de los santos místicos —san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y otros muchos— se ha establecido un orden ascendente de las personas que buscan la santidad, a medida que avanzan. Estas etapas se denominan las edades espirituales, y tienen su fundamento en la Biblia, en los Padres de la Iglesia (orientales y latinos), en santos autores de la Edad Media y hasta en el Magisterio apostólico. Todos esto se puede corroborar en el libro: Síntesis de espiritualidad católica, de los sacerdotes José Rivera, y José María Iraburu:

http://www.gratisdate.org/texto.php?idl=55&a=47.

Estas edades espirituales han recibido diferentes denominaciones; aquí usaremos la más adecuada a nuestros tiempos:

1. Principiantes

2. Avanzados

3. Perfectos

Ahora bien: en esta clasificación se han insertado los dones del Espíritu Santo, procurando explicar cómo esos dones van ayudando a quienes recorren esas 3 etapas buscando la santidad, la unión con Dios.

San Agustín, obispo de Hipona, en el libro De serm. Dom. in monte, relaciona las bienaventuranzas enumeradas por San Mateo (5,3-12), con los dones del Espíritu Santo; usando como base esta explicación, santo Tomás de Aquino explica también la relación de los Dones con las Bienaventuranzas en la Suma teológica – Parte I-IIae – Cuestión 69. Sorprende comprobar tanta similitud en las apreciaciones de san León Magno, en su Sermón sobre las bienaventuranzas (n° 95, 1-9: PL 54, 461-466), con lo que se ratifica la inspiración del Espíritu Santo sobre estos temas.

Primero, es necesario conocer los textos:

Estas son las bienaventuranzas del Evangelio de san Mateo (5, 3-12):

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Por su parte, en la Biblia Vulgata —que es la traducción de la Biblia oficial de la Iglesia—, en el libro de Isaías (11, 2-3) están descritos los dones del Espíritu Santo, así:

Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y piedad de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas.

Principiantes

En los principiantes, los dones son incipientes y, por eso mismo, las bienaventuranzas apenas se desarrollan.

Avanzados

Por su parte, quienes ya son adelantados reciben de Dios la gracia de vivir las primeras 3 bienaventuranzas y afianzar los primeros 3 dones así:

  1. Por el don del Temor, aquel miedo a ofender a un Ser tan bueno, desarrollan grandemente la virtud de la obediencia: al director espiritual, a los superiores, a la jerarquía eclesiástica, a la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia, al Papa. Además, no les gusta gobernar ni mandar; encuentran su gozo en dejarse mandar, aun por los inferiores, en todo lo que no es pecado.

Son los que Jesús llama Pobres en el espíritu, es decir, quienes ya viven en un grado muy elevado la virtud de la Humildad. De ellos es el Reino de los Cielos, según lo afirmó también Jesús.

  1. El don de la Piedad se manifiesta en 2 modos: siendo generosos con todos y desarrollando la virtud de la religión, la que mueve a dar a Dios el culto debido de adoración, alabanza, bendición, glorificación…

Esta generosidad para con Dios y para con los demás es la que los hace verdaderamente Mansos y, al mismo tiempo, su mansedumbre los vuelve generosos en grado muy elevado. Y es por eso que poseerán no solamente esta tierra (la gente valora mucho esta virtud), sino también la Tierra prometida.

  1. Reciben el don de la Ciencia, que consiste en un discernimiento que los faculta para percibir la inmensa gravedad del pecado, con la luz que Dios les da. Por eso no pueden menos que llorar. Lloran los pecados propios y ajenos. Y reciben la promesa de que serán consolados.

Perfectos

En una primera etapa, Dios les afianza:

  1. El don de la Fortaleza, que se manifiesta primero en el dominio sobre los apegos y, después, en el Hambre y sed de justicia, de conocer y ajustarse a los misterios divinos ocultos. Ellos serán saciados del mismo Dios/Justicia, que es el acopio de todas las virtudes.

  1. Con el don del Consejo, aprenden a vivir desprendidos de sí mismos y abandonarse totalmente a la Voluntad divina por una tempestad de amor que el Espíritu Santo hace nacer en sus corazones. Son ahora Misericordiosos con todos, porque están saciados de Dios. Y alcanzarán misericordia: ¡gozarán del objeto de su amor!

Y después reciben:

  1. El don de la Inteligencia, que consiste en la simplicidad de la verdad, la caridad y la unidad. Son ahora Puros, Limpios de corazón; y por eso verán a Dios, es decir, experimentarán la contemplación (de los atributos divinos, infinitamente dignos de amor): lo que “ni el ojo vio, mi el oído oyó…”. Es el cognocere de la Verdad: un descanso en el gozo, por encima de toda actividad…

  1. Y el don de la Sabiduría que los induce continuamente a hacer siempre y en todo su Voluntad; por eso, están unidos al Espíritu divino. Son los pacíficos, los que trabajan por la paz. Serán hijos de Dios, serán quienes descansan en su paz.

  1. Finalmente, llegan a adquirir la Caridad perfecta: Padecen persecución por la justicia (por ajustarse a Dios). De ellos es el Reino de los Cielos.

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La sabiduría de Dios nos mezcló su vino y puso su mesa *

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2015

La Sabiduría se ha construido su casa. La Potencia personal de Dios Padre se preparó como casa propia todo el universo, en el que habita por su poder, y también lo preparó para aquel que fue creado a imagen y semejanza de Dios y que consta de una naturaleza en parte visible y en parte invisible.

Plantó siete columnas. Al hombre creado de nuevo en Cristo, para que crea en él y observe sus mandamientos, le ha dado los siete dones del Espíritu Santo; con ellos, estimulada la virtud por el conocimiento y recíprocamente manifestado el conocimiento por la virtud, el hombre espiritual llega a su plenitud, afianzado en la perfección de la fe por la participación de los bienes espirituales.

Y así, la natural nobleza del espíritu humano queda elevada por el don de fortaleza, que nos predispone a buscar con fervor y a desear los designios divinos, según los cuales ha sido hecho todo; por el don de consejo, que nos da discernimiento para distinguir entre los falsos y los verdaderos designios de Dios, increados e inmortales, y nos hace meditarlos y profesarlos de palabra al darnos la capacidad de percibirlos; y por el don de entendimiento, que nos ayuda a someternos de buen grado a los verdaderos designios de Dios y no a los falsos.

Ha mezclado el vino en la copa y ha puesto la mesa. Y en el hombre que hemos dicho, en el cual se hallan mezclados como en una copa lo espiritual y lo corporal, la Potencia personal de Dios juntó a la ciencia natural de las cosas el conocimiento de ella como creadora de todo; y este conocimiento es como un vino que embriaga con las cosas que atañen a Dios. De este modo, alimentando a las almas en la virtud por sí misma, que es el pan celestial, y embriagándolas y deleitándolas con su instrucción, dispone todo esto a manera de alimentos destinados al banquete espiritual, para todos los que desean participar del mismo.

Ha despachado a sus criados para que anuncien el banquete. Envió a los apóstoles, siervos de Dios, encargados de la proclamación evangélica, la cual, por proceder del Espíritu, es superior a la ley escrita y natural, e invita a todos a que acudan a aquel en el cual, como en una copa, por el misterio de la encarnación tuvo lugar una mezcla admirable de la naturaleza divina y humana, unidas en una sola persona, aunque sin confundirse entre sí. Y clama por boca de ellos: «El insensato, que venga a mí. El insensato, que piensa en su interior que no hay Dios, renunciando a su impiedad, acérquese a mí por la fe, y sepa que yo soy el Creador y Señor de todas las cosas.»

Y dice: Quiero hablar a los faltos de juicio: Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado. Y, tanto a los faltos de obras de fe como a los que tienen el deseo de una vida más perfecta, dice: «Venid, comed mi cuerpo, que es el pan que os alimenta y fortalece; bebed mi sangre, que es el vino de la doctrina celestial que os deleita y os diviniza; porque he mezclado de manera admirable mi sangre con la divinidad, para vuestra salvación.»

Del Comentario de Procopio de Gaza, obispo, sobre el libro de los Proverbios (Cap. 9: PG 87, 1, 1299-1303)

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Ciclo B, El Sagrado Corazón de Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2015

EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

El regalo que se desprecia

El Amor eterno determinó, desde la eternidad, salvar a sus elegidos y, como lo cuenta el profeta Oseas, se le revolvía el Corazón, pues les enseñó a caminar, los buscaba, se inclinaba ante ellos, los trataba de atar con lazos de amor…

Pero nosotros le fuimos esquivos: creamos nuestras propias ideologías para manejar nuestras vidas: llenos de soberbia, quisimos gobernarnos por nuestra cuenta, y rechazamos el Amor, que está más allá de toda filosofía: el Amor que nos creó.

Ese mismísimo Amor vino, en Persona, a rescatarnos, y nosotros no solamente lo rechazamos sino que lo violentamos y lo matamos.

Pero Él no se rindió: su amor infinito no soportó perdernos, y se manifestó como el órgano del cuerpo al cual le atribuimos ser la sede del amor. Es el Corazón de Jesús: ese horno que arde de amor por nosotros, a pesar de ser tan despreciado y olvidado.

Y, aunque despreciado y olvidado por la mayoría, permitió que una lanza nos abriera un camino para entrar allí, donde podemos refrescarnos del desamor en que vivimos y donde podemos aprender a ser como Dios: amor para dar. Solo así recuperaremos nuestra esencia, que nace del hecho de que fuimos hechos a imagen y semejanza de un Dios-Amor.

Si queremos realizarnos como seres humanos, en esta escuela de Amor debemos pasar muchas horas, meditando, contemplando, tratando de desentrañar el secreto para ser felices, concentrando nuestra mirada en cada una de esas fibras, que laten de amor por los hombres: allí está escondida la sabiduría eterna, esa que supera toda filosofía, eso que ni ojo vio, ni oído oyó, ni llegó jamás a la mente de un ser humano…

¡Nos dio todo lo necesario para ser felices! Y nos lo sigue dando.

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La ciencia al servicio de la Fe

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 5, 2014

«La fe no perjudica ni se opone a la civilización ni al progreso, antes al contrario, cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita.» Este trozo del libro Un llamamiento al amor, ayuda a comprender un aspecto que puede olvidarse con facilidad: el Creador del universo es el mismo Creador del ser humano y es, en consecuencia, quien más sabe de nosotros mismos.

Por eso, conviene que los médicos, además de estudiar mucho y seguir los criterios de la ética profesional, se dejen conducir por Dios, quien es la infinita sabiduría. Y eso es fácil: se trata, simplemente, de poner la profesión al servicio de la vida, de la salud y del bienestar biológico y psicológico de los individuos.

Los médicos que hacen lo correcto, lo hacen por amor y oran por sus pacientes siempre tienen la asistencia del Espíritu Santo, de la Sabiduría increada. Son mejores médicos y mejores seres humanos.

Hacer lo contrario es poner los conocimientos científicos al servicio de la muerte, como cuando se realizan abortos o se eliminan seres humanos viejos, porque están enfermos y su enfermedad no tiene cura.

Y esto es luchar contra Dios, contra sus leyes: decidir por Él la muerte o la vida es usurpar su derecho inalienable: fue Él quien dio la vida y, por ello, es Él el único que puede quitarla.

Luchar contra Dios es, además, un acto estúpido: ¿quién podrá ganarle? Tarde o temprano llegará el juicio final, y entonces ya no le valdrán las disculpas al médico: «Es que yo quería solucionarle el problema a esa niña embarazada… »; «Sus padres la matarían si no abortaba»; «No tenía la plata para mantener a su hijo»; «Ella no quería tener ese hijo»; «Habría sido un hijo no deseado», o: «Se trataba de un caso que ya no tenía cura…»; «Sus familiares me autorizaron a hacer la eutanasia»…

Allá, en el juicio, solo se oirá la verdad: «¡Homicidio!»; y se emitirá la sentencia.

Pero, siempre que quede un poco de vida, hay la posibilidad de recapacitar, rectificar y cambiar; el médico que se ha equivocado puede, además, pedir perdón a Dios, y recibirá, no solo ese perdón, sino la gracia para poner su ciencia al servicio del bien.

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Oración para los momentos difíciles

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2014

 

Señor, sé que eres un abismo de infinita bondad, misericordia y amor; sé que me creaste solo por amor y para ser feliz, que me amas con un amor tan grande que me es imposible ni siquiera imaginar, que diste tu vida por mí…

Sé que estás de continuo junto a mí, cuidándome, facilitando todo para mi bien, aun lo que a mí me parece negativo…

Sé también que eres un abismo de infinito poder: para ti no existen cosas imposibles; sé que si me permites algo o mucho sufrimiento, es para mi bien; sé que, aunque no lo comprenda, lo malo que me suceda lo has permitido por tu infinita misericordia: nada escapa a tu sabiduría…

Sé que eres un abismo de infinita sabiduría; tú sabes más; tú sabes mejor que yo lo que me conviene para encontrar la felicidad eterna en el Cielo, que es lo único que verdaderamente importa.

 

Es esta esperanza la que me tiene que hacer vivir alegre, lleno de gozo, pues me tienes preparada una dicha sin fin; para eso me creaste.

Sé que esa felicidad llenará absolutamente todos los anhelos de mi corazón: tu infinita belleza, tu infinita bondad y tu infinita sabiduría colmarán mi ser de todo lo que deseé siempre…

Todo lo espero de ti, confío total y exclusivamente en ti: confío en la inmensidad de tu bondad, poder y sabiduría. Te pido que nada me haga temer: que frente a los enemigos más poderosos, frente a los más grandes males, frente a los infortunios más graves, esté seguro de ti, confíe totalmente en ti. Que cuanto mayor sea el apremio, cuanto mayor sea el peligro, tanto más espere todo de ti; y que si no viera tu mano providente, más y más confíe en ti, me aferre a la seguridad de que tu amor por mí es infinito, incalculable…

 

Señor, te amo con un amor diminuto junto al tuyo, pero con todo lo que puede amar esta criatura pequeña, pobre y pecadora.

Inflámame en tu amor para que me confunda contigo, que eres el Amor mismo: purifica mi miseria y quema todas mis impurezas con ese Amor ardiente, para que ya no tenga apegos por las criaturas y te ame exclusivamente a ti, el Creador; que no tenga apetitos desordenados por cosas, personas, ideas, ni por mí mismo… Así te amaré como tú mereces ser amado y viviré buscando únicamente tu Reino de Amor, de paz y de alegría, despreocupado de todo lo demás…

Señor, creo en ti, pero aumenta mi Fe.

Señor, lo espero todo de ti, pero aumenta mi Esperanza.

Señor, te amo, pero aumenta mi Caridad.

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Ciclo B, XXVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 22, 2013

La pregunta más importante

 

La filosofía, que busca establecer, entre otras cosas, el sentido del vivir y el obrar humano, no ha sido suficiente para establecer el camino a la felicidad. Mucho menos han servido las otras ciencias o la tecnología… Solo Dios, nuestro creador, puede satisfacer el anhelo ferviente que hay en nuestro ser: la eterna felicidad.

Así lo entendió el hombre que corrió hacia Jesucristo y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».

Es que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es la Sabiduría encarnada; en Él encontramos todas las respuestas a las preguntas que tenemos sobre nosotros, nuestro origen, nuestra esencia, la finalidad de nuestra vida y nuestro destino y, además, sobre nuestro Creador y sus planes sobre nosotros.

En el libro de la Sabiduría se nos muestra en forma de figura —como en sombras— a ese Jesucristo; efectivamente, habla así:

Preferí la Sabiduría a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella. No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro. La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso. Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Y la Sabiduría infinita, eterna, le enseñó a aquel hombre los dos secretos para alcanzar la auténtica felicidad eterna: primero, cumplir los mandamientos; y segundo, desapegarse del dinero.

Hasta aquí llegó la sagacidad que mostró inicialmente este hombre, pues se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil es para los ricos —los que están apegados al dinero— entrar en el Reino de Dios!».

En cambio, a quienes aceptan el reto, la Sabiduría les asegura aquí, en esta tierra, el ciento por uno; ¡y la Vida eterna en el mundo futuro!

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Ciclo B, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2012

‘Es que somos humanos’

 

Esta frase es la disculpa más utilizada: «Es que soy humano, y por eso…», como si ser humanos consistiera siempre en hacer lo malo. ¿Acaso no es humano servir, hacer obras de caridad, ser generoso, etc.? Efectivamente, lo humano no es solo lo negativo: porque somos humanos también hacemos el bien. No son los animales —ni tampoco los ángeles— los que hacen los orfanatos, ancianatos, dispensarios de salud gratuitos…

En realidad, cuando hablamos así, lo que queremos decir es que no somos aún muy espirituales, sino que somos todavía muy carnales, como dice san Pablo.

Y son carnales, como nos explica hoy el apóstol Santiago, quienes tienen envidias y rivalidades, los que viven en guerras y contiendas…

También lo son quienes acechan al justo, porque les resulta incómodo: porque se opone a sus malas acciones, les echa en cara sus pecados, les reprende su educación errada; tal y como nos lo explica hoy el libro de la Sabiduría.

Dicen esos carnales: «Veamos si sus palabras son verdaderas; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él».

En cambio, el espiritual posee la sabiduría que viene de arriba, que ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

Otra característica del hombre carnal es que quiere ser el primero, el más reconocido, el más apreciado y respetado…; es decir: el que más soberbia tiene.

Para prevenirnos de este error, Jesús sentenció:

«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Somos humanos; por supuesto. Pero podemos —y debemos— ser humanos espirituales; no humanos carnales.

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Ciclo B, XXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2012

¿Cumplir mandamientos?

 

La segunda acepción de la palabra Sabiduría, según la Academia de la Lengua, es: Conducta prudente en la vida o en los negocios. Es, pues, el secreto de la felicidad, de la felicidad auténtica: quien tenga tal conducta en la vida será feliz.

Y los mandamientos de Dios, como nos lo explica hoy el Deuteronomio, son nuestra sabiduría a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: «Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente». Y, más adelante dice: ¿Cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy nos da Dios?

Quien cumpla esos mandatos será, entonces, feliz.

Santiago, en la segunda lectura, va más lejos: si aceptamos dócilmente cumplir esos mandatos que están en la Palabra de Dios, nos salvaremos, ¡llegaremos a la felicidad eterna en el Cielo, donde no habrá más sufrimiento, estrés, angustia, enfermedades, muerte!…

Pero nos advierte que, para lograr esto, es indispensable llevar esa Palabra a la práctica y no limitarnos a escucharla, engañándonos a nosotros mismos.

Finalmente, en el Evangelio, san Marcos nos recuerda que Cristo, nada menos que la sabiduría encarnada, la infinita sabiduría, nos insta a que no honremos a Dios únicamente con los labios, ni menos aún con preceptos humanos; que cumplamos los divinos.

Y añade que es de dentro, del corazón del hombre, de donde salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad…

Para evitar todas esas maldades, que salen de dentro y hacen al hombre impuro, nos dio los mandamientos.

Cumplirlos es, pues, el acto más sensato, más prudente, el que más nos lleva a la felicidad y, por lo tanto, es el mejor negocio que podemos hacer en esta vida.

¿Cómo despreciarlos, creyendo que son una imposición divina?

 

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Purificar los apegos

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 25, 2012

 

Antes del pecado original, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a algunas ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

 

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

 

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

 

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan deparar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que esas criaturas están hechas a imagen y semejanza de Dios y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

 

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos un gran apetito por el placer, por el poseer, por el poder y por la fama.

 

Tantos y tantos hombres que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir ese pequeñísimo gusto de poseer, momentáneo y fugaz, que llene sus vacíos interiores.

 

Otros muchos, cautivados por el goce y aterrados de la idea del dolor, enfilan todos sus esfuerzos a conseguir su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, idea que ni siquiera existe en sus cabezas.

 

El poder, como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás, es otra meta de algunos pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

 

Por último, el deseo de que los demás nos aprecien, nos estimen en algo, nos aplaudan, vean que somos buenos, etc., es la pobre perspectiva de muchos, que intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de desventura y sinsabores…

 

Dios, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, es decir, los apegos por las criaturas, podemos ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que tenemos en nuestro interior.

 

Pero, para eso, hace falta la purificación: purificarnos de los apetitos desordenados y apegos por las criaturas, para amar con pureza absoluta a Dios nuestro Señor. La alteza y la sublimidad de un Dios no admite menos: Él no puede competir con sus criaturas. Para amarlo, entonces, debemos deshacernos de nuestro “amor” desordenado por las criaturas, y amarlas en Él, como lo que son: hechura de Dios.

 

¡Cuántas veces, por ejemplo, sufrimos porque no tenemos lo necesario o, peor, porque no poseemos lujos y cosas superfluas! ¡Cuántas otras deseamos vivir la vida de quienes tienen más que nosotros! A veces —incluso— nos enamoramos de objetos de devoción, como un rosario, una imagen determinada o una capilla en la que nos “sentimos” más cerca de Dios…

 

Otras veces nos aferramos a ideas específicas como cuando, por ejemplo, afirmamos que el amor a Dios se le demuestra viviendo de tal o cual manera. Y hasta nos atrevemos a juzgar a quienes no piensan o actúan como nosotros, llegando a pecar contra la caridad. Los católicos principiantes, por ejemplo, critican a quienes, durante la Eucaristía, no se paran o arrodillan cuando deben, a quienes cantan fuerte para que los demás los vean, a quienes se arrodillan fingiendo mucha devoción… Por su parte, los verdaderos cristianos están tan concentrados en amar a Dios y en darle gloria, que ni se dan cuenta de cómo lo están haciendo los demás; y si se percatan de algo, recuerdan sus propias fallas, y comprenden a los demás, se arrepienten y piden perdón.

 

Hay quienes llegan a contrariar algunas normas de la Iglesia Católica, afirmando que está equivocada o, peor, que es retrógrada o que no tiene sentido común. Así, sus ideas se ponen por encima de las de Dios, quien las dejó establecidas, por intermedio de la Iglesia que Él mismo fundó.

 

Ese aferramiento a algunas ideas llega, incluso, a disputas y a ofensas a hermanos en la Fe o a seres queridos, quienes —en nuestra mente, por supuesto— están por debajo de nuestras ideas.

 

El apego por las personas, que no es amor, sino egoísmo, es querer lograr beneficios personales de una relación. El esposo que ama a su cónyuge más por los beneficios que ella le depara que por el deseo de hacerla feliz, por ejemplo, la está usando, no amando. El día que comience a trabajar exclusivamente para hacerla feliz, sin esperar nada a cambio (ni siquiera la sensación de ser amado), ya podrá afirmar que empezó a amarla de verdad. ¿No es verdad que nuestro amor por los seres queridos está lleno de esas impurezas? Casi siempre esperamos algo a cambio.

 

Pero el apego más difícil de destruir en nuestras almas es el apego a nosotros mismos: ¡Cuánto nos importa el “qué dirán”, lo que los demás piensen de nosotros, su aprobación, su admiración, la imagen que proyectamos a los demás o a Dios…!

 

Muchas veces buscamos a Dios para servirnos de Él y no para servirlo a Él; Dios se convierte, entonces, en un objeto del cual nos valemos para sacar beneficios egoístas y no en el Dios a quien amamos.

 

¡Saquemos de nuestro corazón todos los apetitos desordenados por cualquier criatura para que, libre y —sobre todo— puro, ame exclusivamente a Dios!

 

Él nos dio ejemplo con su propia vida para deshacernos de todos esos apegos y para que así, purificados, vayamos al encuentro personal e íntimo con Él, donde experimentaremos los gozos y deleites espirituales más sublimes que pueda vivir el ser humano.

 

Basta ver su vida: treinta años como uno cualquiera de los hombres, pobre y trabajador, siendo Dios; tres años dedicado a enseñar a todos los hombres que Dios–Padre es amor, a curar enfermos y a resucitar muertos; y, por último, morir cruelmente, como un esclavo, colgado de una cruz, derramando toda su sangre por amor a los hombres.

 

Mirémoslo: clavado a una cruz, desnudo, sin libertad (ni siquiera para llevarse una mano a la cara), sin honra, sin amigos… y, lo que es peor, experimentando el abandono de su Padre: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!».

 

Es el expolio total, la entrega total a la voluntad de su Padre, el abandono total en Él. Este es el único camino para la purificación total en esta tierra, y se llama santidad.

 

Él nos demuestra con su vida, muerte y Resurrección que no hay sino un modo de llegar al Cielo: purificados.

 

Una opción es la santidad, la otra es el purgatorio. Todos podemos escoger: esperar a que después de la muerte se nos limpien las impurezas e imperfecciones para poder gozar de la bienaventuranza eterna o limpiarnos, en vida, de esos apegos y apetitos desordenados hasta no tener nada más que el corazón asido a Dios, llenándonos así de innumerables deleites y gozos espirituales, que serán para nosotros un presagio de esa imperecedera y creciente felicidad celestial.

 

Esa fue la senda que nos mostró Jesucristo y, en la historia, los que se consideraron cristianos —seguidores de Cristo—, hicieron lo mismo.

 

Solo así se explica que los santos hubieran sido capaces de vivir completamente desapegados de las criaturas y de sí mismos, y dedicados a dar gloria a Dios, a ayudarlo a salvar almas y a repartir su amor por doquier…

 

Solo así se entiende el martirio: amor más grande que ninguno, olvido de sí mayor que todos, entrega total; posible solamente porque ya no hay apego a nada, ni a sí mismos…

 

Purificados así, viviremos como Dios lo quiso inicialmente: en la misma condición de nuestros primeros padres antes del pecado original: en estado de inocencia y de gracia. De inocencia, es decir, sin apegos que nos desvíen del camino a Dios; y de gracia, llenos del Espíritu Santo, como nuestra Madre, la Virgen María quien, sin mancha de pecado original, vivió enteramente para Dios sus acciones, sus palabras, sus pensamientos y hasta sus sentimientos.

 

Cuanto más arraigados están los apegos a las cosas, a las ideas, a las personas y a nosotros mismos, tanto más duele arrancarlos del corazón.

 

¡Pero bien vale la pena!

 

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Ciclo A, XVII domingo de Tiempo Ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2011

El mejor negocio del mundo

Las palabras: «Te doy sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de ti ni la tendrá después» pueden parecer anecdóticas, porque ser inteligentes y sabios es algo poco valorado actualmente. Hoy, para muchos, lo que importa es tener dinero y poder para disfrutar de la vida presente: placeres, admiración, fama…

Por eso, resulta también pintoresca la historia de Salomón y la de otros muchos que llenan las páginas de las biografías de hombres célebres que, según el juicio del mundo, no supieron vivir.

Sin embargo, al revisar las vidas de quienes se llenaron de posesiones, placer, dinero, fama y aplausos, podemos encontrarnos con la sorpresa de que las estadísticas muestran que en ellos hubo —y hay— más tratamientos psicológicos y psiquiátricos, más búsqueda infructuosa de la verdad… y más suicidios.

Al leer hoy la carta de san Pablo a los Romanos podemos descubrir en ella algo que puede ayudar a tantos problemas psicológicos, algo que da la paz. En uno de sus apartes dice: «Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman». Esto quiere decir que el Creador nuestro ofrece a sus criaturas el verdadero bienestar, la auténtica felicidad.

Es indispensable que recordemos lo que pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí ya no habrá oportunidad para arrepentirse; ahora sí.

En el Evangelio, Dios mismo nos lo repite de una manera más clara: El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo; el hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. También es como un comerciante que busca perlas finas; si llega a sus manos una de gran valor, se va, vende cuanto tiene, y la compra. Esta es, pues, la mejor inversión de la vida: vender todo el egoísmo, el afán desmesurado de placer, los apegos a las cosas y el deseo insano de alabanzas o de poder, y cambiarlos por bienestar eterno, por felicidad imperecedera, por Cielo.

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Ciclo A, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 28, 2011

El gran misterio que nos llenará de dicha

El Señor es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad, nos dice la primera lectura. Ante esa realidad, debemos contestar como Moisés: «Señor, si realmente nos miras con buenos ojos, ven y camina en medio de nosotros; aunque seamos un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

De hecho, eso fue lo que sucedió: Jesús le dice a Nicodemo en el Evangelio —y nos dice hoy a todos— que ¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no lo envió al mundo para condenar al mundo, sino para que se salve el mundo gracias a Él.

Efectivamente, Dios Padre, compadecido de la suerte de los hombres tras el pecado original, envió a Dios Hijo para que pagara la factura que debíamos por nuestros pecados y así quedáramos libres de nuestra culpa.

Ahora, Dios Espíritu Santo, es decir, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, se hace presente entre nosotros, especialmente cuando nos bautizamos, porque nos limpia del pecado original y cuando nos confirmamos, porque ese mismo Espíritu Santo nos está fortaleciendo como soldados de Cristo en la lucha contra el mal. Del mismo modo, son las Tres Personas divinas las que nos perdonan los pecados cuando nos confesamos, las que nos preparan el viaje a la eternidad cuando se nos administra el sacramento de la Unción de los Enfermos, las que unen sacramentalmente a los que se casan, las que ordenan a los sacerdotes…

En la segunda lectura, san Pablo nos alienta diciendo que estemos alegres, que sigamos progresando, que nos animemos mutuamente, que tengamos un mismo sentir y que vivamos en paz, pues el Dios del amor y de la paz, la Santísima Trinidad —toda la belleza, toda la bondad, toda la sabiduría— estará con nosotros.

Invoquemos a la Santísima Trinidad diciendo todos los días: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo», mientras esperamos disfrutarla, dichosos, el Cielo.

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‘Nadie se muere la víspera’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 4, 2011

 

Por supuesto que nadie se muere la víspera: todos mueren el día de su muerte, pero esta frase que tanto se repite da a entender que existe una fecha exacta en la que cada ser humano morirá, y que no es adelantable ni postergable. Por extensión, muchas personas la aplican a todo acontecimiento: todo está predeterminado.

Entre los no cristianos, se habla del destino. Los católicos —obviamente— no creen en el destino, pero sí hay algunos que dicen esa frase explicando que Dios tiene establecidas las fechas de la muerte y de todos los sucesos de la vida, y que nada ni nadie puede cambiarlas.

Tal vez esos cristianos católicos han olvidado que uno de los mayores regalos que ha recibido el ser humano de parte de Dios es su libertad, y que Dios no puede dar algo para quitarlo después. Por eso, cualquier hombre puede matar a otro cuando lo desee, y Dios no intervendrá en esa decisión ni en esa acción, a no ser que, por su inmensa misericordia, determine que conviene evitar el suceso, cosa que hará solamente en ocasiones especiales.

Otro aspecto en el que Dios es inmutable son las leyes que asignó a la naturaleza; Él, en su infinita sabiduría, creó el cosmos y lo puso a funcionar con determinadas leyes: la trayectoria de los astros, las catástrofes naturales, los cambios climáticos…; todo eso puede ocasionar muertes y desastres, dependiendo de las circunstancias, el día y la hora. Además, los accidentes, las guerras, las mutaciones genéticas, las enfermedades, epidemias, etc., pueden producir cambios en la historia, tanto en la pérdida de vidas como en su calidad. El azar impuesto por Dios en el cosmos y en la naturaleza humana incide en el devenir humano.

También puede tratarse de católicos que tienen marcada tendencia a ser exageradamente providencialistas: todo sucede, según ellos, por disposición de la Divina Providencia. Debe tenerse en cuenta que, si bien Dios interviene eventualmente en la historia del hombre para su bien y guiado por su infinita sabiduría, los acontecimientos que vive son el resultado de circunstancias adicionales: el pecado original que dejó al ser humano con la propensión al mal, las tentaciones del maligno, las positivas insinuaciones del Espíritu Santo y de los ángeles y la ayuda de la gracia divina…; y, sobre todo, su libertad individual.

O quizá esos católicos no leyeron en la Biblia las ocasiones en las que Dios cambió sus planes, bien para castigar, bien para dar o negar dones a determinadas personas… Baste recordar la promesa que le hiciera a Moisés de disfrutar de la tierra prometida, la cual solo atisbó desde lejos unos momentos antes de su muerte…

En resumen, el ser humano es libre: podemos cambiar nuestro destino para bien o para mal; la ley del azar impuesta por Dios en el universo determina muchos de los acontecimientos que nos acaecen; y Dios interviene esporádicamente para propiciar nuestro bien.

Por lo tanto, sí se puede morir la víspera: la vida, según la inteligencia cristiana, es toda una aventura.

 

 

 

 

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El Abandono en la Divina Providencia*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 25, 2011

 

I. Verdades consoladoras.

 

Una de las verdades mejor establecidas y de las más consoladoras que se nos han revelado es que nada nos sucede en la tierra, excepto el pecado, que no sea porque Dios lo quiere; Él es quien envía las riquezas y la pobreza; si estáis enfermos, Dios es la causa de vuestro mal; si habéis recobrado la salud, es Dios quien os la ha devuelto; si vivís, es solamente a Él a quien debéis un bien tan grande; y cuando venga la muerte a concluir vuestra vida, será de su mano de quien recibiréis el golpe mortal.

Pero, cuando nos persiguen los malvados, ¿debemos atribuirlo a Dios? Sí, también le podéis acusar a Él del mal que sufrís. Pero no es la causa del pecado que comete vuestro enemigo al maltrataros, y sí es la causa del mal que os hace este enemigo mientras peca.

No es Dios quien ha inspirado a vuestro enemigo la perversa voluntad que tiene de haceros mal, pero es Él quien le ha dado el poder. No dudéis, si recibís alguna llaga, es Dios mismo quien os ha herido. Aunque todas las criaturas se aliaran contra vosotros, si el Creador no lo quiere, si Él no se une a ellas, si Él no les da la fuerza y los medios para ejecutar sus malos designios, nunca llegarán a hacer nada: No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo Alto, decía el Salvador del mundo a Pilatos. Lo mismo podemos decir a los demonios y a los hombres, incluso a las criaturas privadas de razón y de sentimiento. No, no me afligiríais, ni me incomodaríais como hacéis si Dios no lo hubiera ordenado así; es Él quien os envía, Él es quien os da el poder de tentarme y afligirme: No tendríais ningún poder sobre mí si no os fuera dado de lo Alto.

Si meditáramos seriamente, de vez en cuando, este artículo de nuestra fe, no se necesitaría más para ahogar todas nuestras murmuraciones en las pérdidas, en todas las desgracias que nos suceden. Es el Señor quien me había dado los bienes, es Él mismo quien me los ha quitado; no es ni esta partida, ni este juez, ni este ladrón quien me ha arruinado; no es tampoco esta mujer que me ha envenenado con sus medicamentos; si este hijo ha muerto… todo esto pertenecía a Dios y no ha querido dejármelo disfrutar más largo tiempo.

 

CONFIEMOS EN LA SABIDURÍA DE DIOS

 

Es una verdad de fe que Dios dirige todos los acontecimientos de que se lamenta el mundo; y aún más, no podemos dudar de que todos los males que Dios nos envía nos sean muy útiles: no podemos dudar sin suponer que al mismo Dios le falta la luz para discernir lo que nos conviene.

Si, muchas veces, en las cosas que nos atañen, otro ve mejor que nosotros lo que nos es útil, ¿no será una locura pensar que nosotros vemos las cosas mejor que Dios mismo, que Dios que está exento de las pasiones que nos ciegan, que penetra en el porvenir, que prevé los acontecimientos y el efecto que cada causa debe producir? Vosotros sabéis que a veces los accidentes más importunos tienen consecuencias dichosas, y que por el contrario los éxitos más favorables pueden acabar finalmente de manera funesta. También es una regla que Dios observa a menudo, de ir a sus fines por caminos totalmente opuestos a los que la prudencia humana acostumbra escoger.

En la ignorancia en que estamos de lo que debe acaecernos posteriormente, ¿cómo osaremos murmurar de lo que sufrimos por la permisión de Dios? ¿No tememos que nuestras quejas conduzcan a error, y que nos quejamos cuando tenemos el mayor motivo para felicitamos de su Providencia? José es vendido, se le lleva como esclavo, y se le encarcela; si se afligiera de sus desgracias, se afligiría de su felicidad, pues son otros tantos escalones que elevan insensiblemente hasta el trono de Egipto. Saúl ha perdido las asnas de su padre; es necesario irlas a buscar muy lejos e inútilmente; mucha preocupación y tiempo perdido, es cierto; pero si esta pena le disgusta, no hubiera habido disgusto tan irracional, visto que todo esto estaba permitido para conducirle al profeta que debe ungirle de parte del Señor, para que sea el rey de su pueblo.

¡Cuánta será nuestra confusión cuando comparezcamos delante de Dios, y veamos las razones que habrá tenido de enviarnos estas cruces que hemos recibido tan a pesar nuestro! He lamentado la muerte del hijo único en la flor de la edad: ¡Ay!, pero si hubiera vivido algunos meses o algunos años más, hubiera perecido a manos de un enemigo, y habría muerto en pecado mortal. No he podido consolarme de la ruptura de este matrimonio: Si Dios hubiera permitido que se hubiera realizado, habría pasado mis días en el duelo y la miseria. Debo treinta o cuarenta años de vida a esta enfermedad que he sufrido con tanta impaciencia. Debo mi salvación eterna a esta confusión que me ha costado tantas lágrimas. Mi alma se hubiera perdido de no perder este dinero. ¿De qué nos molestamos?… ¡Dios carga con nuestra conducta, y nos preocupamos! Nos abandonamos a la buena fe de un médico, porque lo suponemos entendido en su profesión; él manda que se os hagan las operaciones más violentas, alguna vez que os abran el cráneo con el hierro; que se os horade, que os corten un miembro para detener la gangrena, que podría llegar hasta el corazón. Se sufre todo esto, se queda agradecido y se le recompensa liberalmente, porque se juzga que no lo haría si el remedio no fuera necesario, porque se piensa que hay que fiar en su arte; ¡y no le concederemos el mismo honor a Dios! Se diría que no nos fiamos de su sabiduría y que tenemos miedo de que nos descaminara. ¡Cómo!, ¿entregáis vuestro cuerpo a un hombre que puede equivocarse y cuyos menores errores pueden quitaros la vida, y no podéis someteros a la dirección del Señor?

Si viéramos todo lo que Él ve, querríamos infaliblemente todo lo que Él quiere; se nos vería pedirle con lágrimas las mismas aficiones que procuramos apartar por nuestros votos y nuestras oraciones. A todos nos dice lo que dijo a los hijos del Zebedeo: Nescítis quid petatis; hombres ciegos, tengo piedad de vuestra ignorancia, no sabéis lo que pedís; dejadme dirigir vuestros intereses, conducir vuestra fortuna, conozco mejor que vosotros lo que necesitáis; si hasta ahora hubiera tenido consideración a vuestros sentimientos y a vuestros gustos, estaríais ya perdidos y sin recurso.

 

CUANDO DIOS NOS PRUEBA

 

¿Pero queréis estar persuadidos que en todo lo que Dios permite, en todo lo que os sucede, sólo se persigue vuestro verdadero interés, vuestra verdadera dicha eterna? Reflexionad un poco en todo lo que ha hecho por vosotros. Ahora estáis en la aflicción; pensad que el autor de ella, es el mismo que ha querido pasar toda su vida en dolores para ahorraros los eternos; que es el mismo que tiene su ángel a vuestro lado, velando bajo su mandato en todos vuestros caminos y aplicándose a apartar todo lo que podría herir vuestro cuerpo o mancillar vuestra alma; pensad que el que os ata a esta pena es el mismo que en nuestros altares no cesa de rogar y de sacrificarse mil veces al día para expiar vuestros crímenes y para apaciguar la cólera de su Padre a medida que le irritáis; que es el que viene a vosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía, el que no tiene mayor placer, que el de conversar con vosotros y el de unirse a vosotros. Tras estas pruebas de amor, ¡qué ingratitud más grande desconfiar de Él, dudar sobre si nos visita para hacernos bien o para perjudicarnos! &emdash;¡Pero me hiere cruelmente, hace pesar su mano sobre mí! &emdash;¿Qué habéis de temer de una mano que ha sido perforada, que se ha dejado clavar a la cruz por vosotros? &emdash;¡Me hace caminar por un camino espinoso! &emdash;¿Si no hay otro para ir al cielo, desgraciados seréis, si preferís perecer para siempre antes que sufrir por un tiempo! ¿No es éste el mismo camino que ha seguido antes que vosotros y por amor vuestro? ¿Habéis encontrado alguna espina que no haya señalado, que no haya teñido con su sangre? ¡Me presenta un cáliz lleno de amargura! Sí, pero pensad que es vuestro divino Redentor quien os lo presenta; amándoos tanto corno lo hace, ¿podría trataros con rigor si no tuviera una extraordinaria utilidad o una urgente necesidad? Tal vez habéis oído hablar del príncipe que prefirió exponerse a ser envenenado antes que rechazar el brebaje que su médico le había ordenado beber, porque había reconocido siempre en este médico mucha fidelidad y mucha afección a su persona. Y nosotros, cristianos, ¡rechazaremos el cáliz que nos ha preparado nuestro divino Maestro, osaremos ultrajarle hasta ese punto! Os suplico que no olvidéis esta reflexión; si no me equivoco, basta para hacernos amar las disposiciones de la voluntad divina por molestas que nos parezcan. Además, éste es el medio de asegurar infaliblemente nuestra dicha incluso desde esta vida.

 

ARROJARSE EN LOS BRAZOS DE DIOS

 

Supongo, por ejemplo, que un cristiano se ha liberado de todas las ilusiones del mundo por sus reflexiones y por las luces que ha recibido de Dios, que reconoce que todo es vanidad, que nada puede llenar su corazón, que lo que ha deseado con las mayores ansias es a menudo fuente de los pesares más mortales; que apenas si se puede distinguir lo que nos es útil de lo que nos es nocivo, porque el bien y el mal están mezclados casi por todas partes, y lo que ayer era lo más ventajoso es hoy lo peor; que sus deseos no hacen más que atormentarle, que los cuidados que toma para triunfar le consumen y algunas veces le perjudican, incluso en sus planes, en lugar de hacerlos avanzar; que, al fin y al cabo, es una necesidad el que se cumpla la voluntad de Dios, que no se hace nada fuera de su mandato y que no ordena nada a nuestro respecto que no nos sea ventajoso.

Después de percibir todo esto, supongo también que se arroja a los brazos de Dios como un ciego, que se entrega a Él, por decirlo así, sin condiciones ni reservas, resuelto enteramente a fiarse a Él en todo y de no desear nada, no temer nada, en una palabra, de no querer nada más que lo que Él quiera, y de querer igualmente todo lo que Él quiera; afirmo que desde este momento esta dichosa criatura adquiere una libertad perfecta, que no puede ser contrariada ni obligada, que no hay ninguna autoridad sobre la tierra, ninguna potencia que sea capaz de hacerle violencia o de darle un momento de inquietud.

Pero, ¿no es una quimera que a un hombre le impresionen tanto los males como los bienes? No, no es ninguna quimera; conozco personas que están tan contentas en la enfermedad como en la salud, en la riqueza como en la indigencia; incluso conozco quienes prefieren la indigencia y la enfermedad a las riquezas y a la salud.

Además no hay nada más cierto que lo que os voy a decir: Cuanto más nos sometamos a la voluntad de Dios, más condescendencia tiene Dios con nuestra voluntad. Parece que desde que uno se compromete únicamente a obedecerle, Él sólo cuida de satisfacernos: y no sólo escucha nuestras oraciones, sino que las previene, y busca hasta el fondo de nuestro corazón estos mismos deseos que intentamos ahogar para agradarle y los supera a todos.

En fin, el gozo del que tiene su voluntad sumisa a la voluntad de Dios es un gozo constante, inalterable, eterno. Ningún temor turba su felicidad, porque ningún accidente puede destruirla. Me lo represento como un hombre sentado sobre una roca en medio del océano; ve venir hacia él las olas más furiosas sin espantarse, le agrada verlas y contarlas a medida que llegan a romperse a sus pies; que el mar esté calmo o agitado, que el viento impulse las olas de un lado o del otro, sigue inalterable porque el lugar donde se encuentra es firme e inquebrantable.

De ahí nace esa paz, esta calma, ese rostro siempre sereno, ese humor siempre igual que advertimos en los verdaderos servidores de Dios.

 

PRÁCTICA DEL ABANDONO CONFIADO

 

Nos queda por ver cómo podemos alcanzar esta feliz sumisión. Un camino seguro para conducirnos es el ejercicio frecuente de esta virtud. Pero como las grandes ocasiones de practicarla son bastante raras, es necesario aprovechar las pequeñas que son diarias y cuyo buen uso nos prepara en seguida para soportar los mayores reveses, sin conmovernos. No hay nadie a quien no sucedan cien cosillas contrarias a sus deseos e inclinaciones, sea por nuestra imprudencia o distracción, sea por la inconsideración o malicia de otro, ya sean el fruto de un puro efecto del azar o del concurso imprevisto de ciertas causas necesarias. Toda nuestra vida está sembrada de esta clase de espinas que sin cesar nacen bajo nuestras pisadas, que producen en nuestro corazón mil frutos amargos, mil movimientos involuntarios de aversión, de envidia, de temor, de impaciencia, mil enfados pasajeros, mil ligeras inquietudes, mil turbaciones que alteran la paz de nuestra alma al menos por un momento. Se nos escapa por ejemplo una palabra que no quisiéremos haber dicho o nos han dicho otra que nos ofende; un criado sirve mal o con demasiada lentitud, un niño os molesta, un importuno os detiene, un atolondrado tropieza con vosotros, un caballo os cubre de lodo, hace un tiempo que os desagrada, vuestro trabajo no va como desearíais, se rompe un mueble, se mancha un traje o se rompe. Sé que en todo esto no hay que ejercitar una virtud heroica, pero os digo que bastaría para adquirirla infaliblemente si quisiéramos; pues si alguien tuviera cuidado para ofrecer a Dios tolas estas contrariedades y aceptarlas como dadas por su Providencia, y si además se dispusiera insensiblemente a una unión muy íntima con Dios, será capaz en poco tiempo de soportar los más tristes y funestos accidentes de la vida.

A este ejercicio que es tan fácil, y sin embargo tan útil para nosotros y tan agradable a Dios que ni puedo decíroslo, hemos de añadir también otro. Pensad todos los días, por las mañanas, en todo lo que pueda sucederos de molesto a lo largo del día. Podría suceder que en este día os trajeran la nueva de un naufragio, de una bancarrota, de un incendio; quizá antes de la noche recibiréis alguna gran afrenta, alguna confusión sangrante; tal vez sea la muerte la que os arrebatará la persona más querida de vosotros; tampoco sabéis si vais a morir vosotros mismos de una manera trágica y súbitamente. Aceptad todos estos males en caso de que quiera Dios permitirlos; obligad vuestra voluntad a consentir en este sacrificio y no os deis ningún reposo hasta que no la sintáis dispuesta a querer o a no querer todo lo que Dios quiera o no quiera.

En fin, cuando una de estas desgracias se deje en efecto sentir, en lugar de perder el tiempo quejándose de los hombres o de la fortuna, id a arrojaros a los pies de vuestro divino Maestro, para pedirle la gracia de soportar este infortunio con constancia. Un hombre que ha recibido una llaga mortal, si es prudente no correrá detrás del que le ha herido, sino ante todo irá al médico que puede curarle. Pero si en semejantes encuentros, buscarais la causa de vuestros males, también entonces deberíais ir a Dios pues no puede ser otro el causante de vuestro mal.

Id pues a Dios, pero id pronto, inmediatamente, que sea éste el primero de todos vuestros cuidados; id a contarle, por así decirlo, el trato que os ha dado, el azote de que se ha servido para probaros. Besad mil veces las manos de vuestro Maestro crucificado, esas manos que os han herido, que han hecho todo el mal que os aflige. Repetid a menudo aquellas palabras que también Él decía a su Padre, en lo más agudo de su dolor: Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía; Fiat voluntas tua. Sí mi Dios, en todo lo que queráis de mí hoy y siempre, en el cielo y en la tierra, que se haga esta voluntad, pero que se haga en la tierra como se cumple en el cielo.

 

 

II. Las adversidades son útiles a los justos, necesarias a los pecadores

 

Ved a esta madre amante que con mil caricias mira de apaciguar los gritos de su hijo, que le humedece con sus lágrimas mientras le aplican el hierro y el fuego; desde el momento en que esta dolorosa operación se hace ante sus ojos y por su mandato, ¿quién va a dudar de que este remedio violento debe ser muy útil a este hijo que después encontrará una perfecta curación o al menos el alivio de un dolor más vivo y duradero?

Hago el mismo razonamiento cuando os veo en la adversidad. Os quejáis de que se os maltrate, os ultrajen, os denigren con calumnias, que os despojen injustamente de vuestros bienes: Vuestro Redentor; este nombre es aún más tierno que el de padre o madre, vuestro Redentor es testigo de todo lo que sufrís, Él os lleva en su seno, y ha declarado que cualquiera que os toque, le toca a Él mismo en la niña del ojo; sin embargo. Él mismo permite que seáis atravesado, aunque pudiera fácilmente impedirlo, ¡y dudáis que esta prueba pasajera no os procure las más sólidas ventajas! Aunque el Espíritu Santo no hubiera llamado bienaventurados a los que sufren aquí abajo, aunque todas las páginas de la Escritura no hablaran en favor de las adversidades, y no viéramos que son el pago más corriente de los amigos de Dios, no dejaría de creer que nos son infinitamente ventajosas. Para persuadirme, basta saber que Dios ha preferido sufrir todo lo que la rabia de los hombres ha podido inventar en las torturas más horribles, antes de yerme condenado a los menores suplicios de la otra vida; basta, dije, que sepa que es Dios mismo quien me prepara, quien me presenta el cáliz de amargura que debo beber en este mundo. Un Dios que ha sufrido tanto para impedirme sufrir, no se dará el cruel e inútil placer de hacerme sufrir ahora.

 

HAY QUE CONFIAR EN LA PROVIDENCIA

 

Para mí, cuando veo a un cristiano abandonarse al dolor en las penas que Dios le envía, digo en primer lugar: «He aquí un hombre que se aflige de su dicha; ruega a Dios que le libre de la indigencia en que se encuentra y debería darle gracias de haberle reducido a ella. Estoy seguro que nada mejor podría acaecerle que lo que hace el motivo de su desolación; para creerlo tengo mil razones sin réplica. Pero si viera todo lo que Dios ve, si pudiera leer en el porvenir las consecuencias felices con las que coronará estas tristes aventuras, ¿cuánto más no me aseguraría en mi pensamiento?

En efecto, si pudiéramos descubrir cuales son los designios de la Providencia, es seguro que desearíamos con ardor los males que sufrimos con tanta repugnancia.

¡Dios mío!, si tuviéramos un poco más de fe, si supiéramos cuánto nos amáis, cómo tenéis en cuenta nuestros intereses, ¿cómo miraríamos las adversidades? Iríamos en busca de ellas ansiosamente, bendeciríamos mil veces la mano que nos hiere.

«¿Qué bien puede proporcionarme esta enfermedad que me obliga a interrumpir todos mis ejercicios de piedad?», dirá tal vez alguien. «¿Qué ventaja puedo obtener de la pérdida de todos mis bienes que me sitúa en el desespero, de esta confusión que abate mi valor y que lleva la turbación a mi espíritu?» Es cierto que estos golpes imprevistos, en el momento en que hieren acaban algunas veces con aquellos sobre quienes caen y les sitúan fuera del estado de aprovecharse inmediatamente de su desgracia: Pero esperad un momento y veréis que es por allí por donde Dios os prepara para recibir sus favores más insignes. Sin este accidente, es posible que no hubierais llegado a ser peor, pero no hubierais sido tan santo. ¿No es cierto que desde que os habéis dado a Dios, no os habíais resuelto a despreciar cierta gloria fundada en alguna gracia del cuerpo o en algún talento del espíritu, que os atraía la estima de los hombres? ¿No es cierto que teníais aún cierto amor al juego, a la vanidad, al lujo? ¿No es cierto que no os había abandonado el deseo de adquirir riquezas, de educar a vuestros hijos con los honores del mundo? Quizá incluso cierto afecto, alguna amistad poco espiritual disputaba aún vuestro corazón a Dios. Sólo os faltaba este paso para entrar en una libertad perfecta; era poco, pero, en fin, no hubierais podido hacer aún este último sacrificio; sin embargo, ¿ de cuántas gracias no os privaba este obstáculo? Era poco, pero no hay nada que cueste tanto al alma cristiana como el romper este último lazo que le liga al mundo o a ella misma; sólo en esta situación siente una parte de su enfermedad; pero le espanta el pensamiento de su remedio, porque el mal está tan cerca del corazón que sin el socorro de una operación violenta y dolorosa, no se le puede curar; por esto ha sido necesario sorprenderos, que cuando menos pensabais en ello, una mano hábil haya llevado el hierro adelante en la carne viva, para horadar esta úlcera oculta en el fondo de vuestras entrañas; sin este golpe, duraría aún vuestra languidez. Esta enfermedad que se detiene, esta bancarrota que os arruina, esta afrenta que os cubre de vergüenza, la muerte de esta persona que lloráis, todas estas desgracias harán en un instante lo que no hubieran hecho todas vuestras meditaciones, lo que todos vuestros directores hubieran intentado inútilmente.

 

 

 

 

 

VENTAJAS INESPERADAS DE LAS PRUEBAS

 

Y si la aflicción en que estáis por voluntad de Dios, os hastía de todas las criaturas, si os compromete a daros enteramente a vuestro Creador, estoy seguro que le estaréis más agradecidos por lo que os ha afligido, que por lo que le hubierais ofrecido en vuestros votos si os evitaba la aflicción; los demás favores que habéis recibido de Él, comparados con esta desgracia, no serán a vuestros ojos más que pequeños favores. Siempre habéis mirado las bendiciones temporales que ha derramado hasta ahora sobre vuestra familia como los efectos de su bondad hacia vosotros; pero entonces veréis claramente que nunca os amó tanto como cuando trastornó todo lo que había hecho para vuestra prosperidad, y que si había sido liberal al daros las riquezas, el honor, los hijos y la salud, ha sido pródigo al quitaros todos estos bienes.

No hablo de los méritos que se adquieren por la paciencia; por lo general, es cierto que se gana más para el cielo en un día de adversidad que durante varios años pasados en la alegría, por santo que sea el uso que se haga de ella.

Todo el mundo conoce que la prosperidad nos debilita; y es mucho cuando un hombre dichoso, según el mundo, se toma la pena de pensar en el Señor una o dos veces por día; las ideas de los bienes sensibles que le rodean ocupan tan agradablemente su espíritu que olvida con mucho lodo lo demás. Por el contrario la adversidad nos lleva de un modo natural a elevar los ojos al cielo, para, mediante esta visión, suavizar la amarga impresión de nuestros males. Sé que se puede glorificar a Dios en toda clase de estados y que no deja de honrarle la vida de un cristiano que le sirve en una alegre fortuna; pero ¡quién asegura que este cristiano le honra tanto como el hombre que le bendice en los sufrimientos! Se puede decir que el primero es semejante a un cortesano asiduo y regular, que no abandona nunca a su príncipe, que le sigue al consejo, que todo lo hace a gusto, que hace honor a sus fiestas; pero que el segundo es como un valiente capitán, que toma las ciudades para su rey, que le gana las batallas, a través de mil peligros y a precio de su sangre, que lleva lejos la gloria de las armas de su señor y los límites de su imperio.

Del mismo modo, un hombre que disfruta de una salud robusta, que posee grandes riquezas, que vive en honor, que tiene la estima del mundo, si este hombre usa como debe de todas estas ventajas, si las recibe con agradecimiento, si las refiere a Dios como a su divino Maestro por una conducta tan cristiana; pero si la Providencia le despoja de todos estos bienes, si le consume de dolores y de miserias y si en medio de tantos males, persevera en los mismos sentimientos, en las mismas acciones de gracias, si sigue al Señor con la misma prontitud y la misma docilidad, por un camino tan difícil, tan opuesto a sus inclinaciones, entonces es cuando publica las grandezas de Dios y la eficacia de su gracia, del modo más generoso y brillante.

 

OCASIONES DE MÉRITOS Y DE SALVACIÓN

 

Juzgad de ahí la gloria que deben esperar de Jesucristo las personas que le habrán glorificado en un camino tan espinoso. Entonces será cuando nosotros reconoceremos cuánto nos habrá amado Dios, dándonos las ocasiones de merecer una recompensa tan abundante; entonces nos reprocharemos a nosotros mismos el habernos quejado de lo que debería aumentar nuestra felicidad; de haber gemido, de haber suspirado, cuando deberíamos habernos alegrado; de haber dudado de la bondad de Dios, cuando nos daba las señales más seguras. Si un día han de ser así nuestros sentimientos, ¿por qué no entrar desde hoy en una disposición tan feliz? ¿Por qué no bendecir a Dios en medio de los males de esta vida, si estoy seguro que en el cielo le daré gracias eternas?

Todo esto nos hace ver que sea cuál sea el modo como vivamos deberíamos recibir siempre toda adversidad con alegría. Si somos buenos, la adversidad nos purifica y nos vuelve mejores, nos llena de virtudes y de méritos; si somos viciosos, nos corrige y nos obliga a ser virtuosos.

 

 

III. Recurso a la oración

 

Es extraño que habiéndose comprometido Jesucristo tan a menudo y tan solemnemente a atender todos nuestros votos, la mayor parte de los cristianos se quejan todos los días de no ser escuchados. Pues, no se puede atribuir la esterilidad de nuestras oraciones a la naturaleza de los bienes que pedimos, ya que no ha exceptuado nada en sus promesas: Omnia quaecumque Orantes petitis credite quia accipietis (creed que obtendréis cuanto pidiereis por la oración). Tampoco se puede atribuir esta esterilidad a la indignidad de los que piden, pues lo ha prometido a toda clase de personas sin excepción: Omnis qui petit accipit (quien pide, recibe). ¿De dónde puede venir que tantas oraciones nuestras sean rechazadas? ¿Quizás no se deba a que como la mayor parte de los hombres son igualmente insaciables e impacientes en sus deseos, hacen demandas tan excesivas o con tanta urgencia que cansan, que desagradan al Señor o por su indiscreción o por su importunidad? No, no; la única razón por la que obtenemos tan poco de Dios es porque le pedimos demasiado poco y con poca insistencia.

Es cierto que Jesucristo nos ha prometido de parte de su Padre, concedernos todo, incluso las cosas mas pequeñas; pero nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada. En San Mateo se nos ha dicho: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura: Quaerite primum regnum Dei, et haec omnia adicientur vobis.

 

PARA OBTENER BIENES

 

No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores.

He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón. Dios le había dado la libertad de pedir todo lo que quisiera, él le suplicó de concederle la sabiduría, que necesitaba para cumplir santamente con sus deberes de la realeza. No hizo ninguna mención ni de los tesoros ni de la gloria del mundo; creyó que haciéndole Dios una oferta tan ventajosa tendría la ocasión de obtener bienes considerables. Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía. Quia postulasti verbum hoc, et non petisti tibi dies multos, nec divitias…, ecce feci tibi secundum sermones tuos: Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto: Sed et haec quae non postulasti, divitias scilicet et gloriam.

Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos debemos extrañar que hasta ahora hayamos orado sin éxito. Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las criaturas; tras estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos.

Sin estas gracias primeras, todo lo demás podría ser perjudicial y de ordinario así es; he aquí por qué somos rechazados. Murmuramos, acusamos al Cielo de dureza, de poca fidelidad en sus promesas. Pero nuestro Dios es un Padre lleno de bondad, que prefiere sufrir nuestras quejas y nuestras murmuraciones, antes que apaciguarías con presentes que nos serían funestos.

 

PARA APARTAR LOS MALES

 

Lo que he dicho de los bienes, lo digo también de los males de que deseamos vernos libres. Alguien dirá que él no suspira por una gran fortuna, que se contentaría con salir de esta extrema indigencia en la que sus desgracias lo han reducido; deja la gloria y la alta reputación para los que la ansían, desearía tan sólo evitar el oprobio en que le sumergen las calumnias de sus enemigos; en fin, puede pasarse de los placeres, pero sufre dolores que no puede soportar; desde hace tiempo está rogando, pide al Señor con insistencia a ver si quiere suavizarlos; pero le encuentra inexorable. No me sorprende; tenéis males secretos mucho mayores que los males de que os quejáis, sin embargo son males de los que no pedís ser librados; si para conseguirlo hubierais hecho la mitad de las oraciones que habéis hecho para ser curados de los males exteriores, haría ya mucho tiempo que hubierais sido librados de los unos y de los otros. La pobreza os sirve para mantener en humildad a vuestro espíritu, orgulloso por naturaleza; el apego extremo que tenéis por el mundo os hace necesarias estas medicinas que os afligen; en vosotros las enfermedades son como un dique contra la inclinación que tenéis por el placer, contra esta pendiente que os arrastraría a mil desgracias. El descargaros de estas cruces, no sería amaros, sino odiaros cruelmente, a no ser que os concedan las virtudes que no tenéis. Si el Señor os viera con cierto deseo de estas virtudes, os las concedería sin dilación y no sería necesario pedir el resto.

 

NO SE PIDE BASTANTE

 

Ved cómo por no pedir bastante, no recibimos nada, porque Dios no podría limitar su liberalidad a pequeños objetos, sin perjudicarnos a nosotros mismos. Os ruego observéis que no digo que no se puedan pedir prosperidades temporales sin ofenderle, y pedir ser liberados de las cruces bajo las que gemimos; sé que para rectificar las oraciones por las que se solicita este tipo de gracias basta con pedirlas con la condición de que no sean contrarias ni a la gloria de Dios, ni a nuestra propia salvación; pero como es difícil que sea glorioso a Dios el escucharos o útil para vosotros, si no aspiráis a mayores dones, os digo que en tanto os contentéis con poco, corréis el riesgo de no obtener nada.

¿Queréis que os dé un buen método para pedir la felicidad incluso temporal, método capaz de forzar a Dios para que os escuche? Decidle de todo corazón: Dios mío, dadme tantas riquezas que mi corazón sea satisfecho o inspiradme un desprecio tan grande que no las desee más; libradme de la pobreza o hacédmela tan amable que la prefiera a todos los tesoros de la tierra; que cesen estos dolores, o lo que será aún más glorioso para Vos, haced que cambien en delicias para mí y que lejos de afligirme y de turbar la paz de mi alma lleguen a ser, a su vez, la fuente más dulce de alegría. Podéis descargarme de la cruz; podéis dejármela, sin que sienta el peso. Podéis extinguir el fuego que me quema; podéis hacer, que en lugar de apagarlo para que no me queme, me sirva de refrigerio, como lo fue para los jóvenes hebreos en el horno de Babilonia. Os pido lo uno o lo otro. ¿Qué importa el modo como yo sea feliz? Si lo soy por la posesión de los bienes terrestres, os daré eternas acciones de gracias; si lo soy por la privación de estos mismos bienes, será un prodigio más gloria a vuestro nombre quedará estaré aún más reconocido.

He aquí una oración digna de ser ofrecida a Dios por un verdadero cristiano. Cuando roguéis de este modo, ¿sabéis cuál es el efecto de vuestros votos? En primer lugar estaréis contento suceda lo que suceda; ¿acaso desean otra cosa los que están deseosos de bienes temporales que estar contentos? En segundo lugar, no solamente no obtendréis infaliblemente una de las dos cosas que habéis perdido, sino que ordinariamente obtendréis las dos. Dios os concederá el disfrute de las riquezas; y para que las poseáis sin apego y sin peligro, os inspirará a la vez un desprecio saludable. Pondrá fin a vuestros dolores, y además os dejará una sed ardiente que os dará el mérito de la paciencia, sin que sufráis. En una palabra, os hará felices en esta vida y temiendo que vuestra dicha no os corrompa, os hará conocer y sentir la vanidad. ¿Se puede desear algo más ventajoso? Nada, sin duda. Pero como una ventaja tan preciosa es digna de ser pedida, acordaos también que merece ser pedida con insistencia. Pues la razón por la que se obtiene tan poco, no es solamente porque se pide poco, es también porque, se pida poco o mucho, no se pide bastante.

 

PERSEVERANCIA EN LA ORACIÓN

 

¿Queréis que todas vuestras oraciones sean eficaces infaliblemente? ¿Queréis forzar a Dios a satisfacer todos vuestros deseos? En primer lugar digo que no hay que cansarse de orar. Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos.

Cuando se concibe verdaderamente hasta dónde llega la bondad de Dios, jamás se cree uno rechazado, jamás se podría creer que desee quitarnos toda esperanza. Pienso, lo confieso, que cuando veo que más me hace insistir Dios en pedir una misma gracia, más siento crecer en mí la esperanza de obtenerla; nunca creo que mi oración haya sido rechazada, hasta que me doy cuenta de que he dejado de orar; cuando tras un año de solicitaciones, me encuentro en tanto fervor como tenía al principio, no dudo del cumplimiento de mis deseos; y lejos de perder valor después de tan larga espera, creo tener motivo para regocijarme, porque estoy persuadido que seré tanto más satisfecho cuanto más largo tiempo se me haya dejado rogar. Si mis primeras instancias hubieran sido totalmente inútiles, jamás hubiera reiterado los mismos votos, mi esperanza no se hubiera sostenido; ya que mi asiduidad no ha cesado, es una razón para mi el creer que seré pagado liberalmente.

En efecto, la. conversión de san Agustín no fue concedida a santa Mónica hasta después de diez y seis años de lágrimas; pero también fue una conversión incomparablemente más perfecta que la que había pedido. Todos sus deseos se limitaban a ver reducida la incontinencia de este joven en los límites del matrimonio, y tuvo el placer de verle abrazar los más elevados consejos de castidad evangélica. Había deseado solamente que se bautizara, que fuera cristiano, y ella le vio elevado al sacerdocio, a la dignidad episcopal.

En fin, ella sólo pedía a Dios verle salir de la herejía y Dios hizo de él la columna de la Iglesia y el azote de los herejes de su tiempo. Si después de un año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera desanimado, si después de diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día, que este hijo desgraciado se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza había añadido la avaricia y la ambición; silo hubiera abandonado todo entonces por desesperación, ¡cuál hubiera sido su ilusión! ¿Qué agravio no hubiera hecho a su hijo? ¡De qué consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!

 

UNA CONFIANZA OBSTINADA

 

Para terminar, me dirijo a aquellas personas que veo inclinadas a los pies del altar, para obtener estas preciosas gracias que Dios tiene tanta complacencia en vernos pedir. Almas dichosas, a quienes Dios da a conocer la vanidad de las cosas mundanas, almas que gemís bajo el yugo de vuestras pasiones y que rogáis para ser librados de ellas, almas fervientes que estáis inflamadas del deseo de amar a Dios y de servirle como los santos le han servido y usted que solicita la conversión de este marido, de esta persona querida, no os canséis de rogar, sed constantes, sed infatigables en vuestras peticiones; si se os rechaza hoy, mañana lo obtendréis todo; si no obtenéis nada este año, el año próximo os será más favorable; sin embargo, no penséis que vuestros afanes sean inútiles: Se lleva la cuenta de todos vuestros suspiros, recibiréis en proporción al tiempo que hayáis empleado en rogar; se os está amasando un tesoro que os colmará de una sola vez, que excederá a todos vuestros deseos.

Es necesario descubriros hasta el fin los resortes secretos de la Providencia: La negativa que recibís ahora no es más que un fingimiento del que Dios se sirve para inflamar más vuestro fervor. Ved cómo obra respecto a la Cananea, cómo rehúsa verla y oírla, cómo la trata de extranjera y más duramente aún. ¿No diréis que la importunidad de esta mujer le irrita más y más? Sin embargo, dentro de Él, la admira y está encantado de su confianza y de su humildad; y por esto la rechaza. ¡Oh clemencia disfrazada, que toma la máscara de la crueldad con qué ternura rechazas a los que más quieres escuchar! Guardaos de dejaros sorprender; al contrario, urgid tanto más cuanto más os parezca que sois rechazados.

Haced como la Cananea, servios contra Dios mismo de las razones que pueda tener para rechazaros. Es cierto debéis decir, que favorecerme sería dar a los perros el pan de los hijos, no merezco la gracia que pido, pero tampoco pretendo que se me conceda por mis méritos, es por los méritos de mi amable Redentor. Si, Señor, debéis temer que haya más consideración a mi indignidad que a vuestra promesa, y que queriendo hacerme justicia os engañéis a vos mismo. Si fuera más digno de vuestros beneficios, os seria menos glorioso el hacerme partícipe de ellos. No es justo hacer favores a un ingrato; ¡oh, Señor!, no es vuestra justicia lo que yo imploro, sino vuestra misericordia. ¡Mantén tu ánimo! dichoso de ti que has comenzado a luchar tan bien contra Dios; no le dejes tranquilo; le agrada la violencia que le hacéis, quiere ser vencida. Haceos notar por vuestra importunidad, haced ver en vosotros un milagro de constancia; forzad a Dios a dejar el disfraz y a deciros con admiración:

Magna est fides tua, fiat tibi sicut vis: Grande es tu fe; confieso que no puedo resistirte más; vete, tendrás lo que deseas, tanto en esta vida como en la otra.

 

 

 

 

 

 

 

 

III. EJERCICIO PARTICULAR DE CONFORMIDAD CON LA DIVINA PROVIDENCIA

 

La práctica de este piadoso ejercicio es de suma importancia, a causa de las preciosas ventajas que extraen siempre las personas que lo realizan bien.

 

1. Actos de fe, de esperanza y de caridad

 

I. En primer lugar se hace un acto de fe en la Providencia divina. Se intenta penetrarse bien de esta verdad de que Dios toma un cuidado continuo y muy atento, no solamente de todas las cosas en general, sino también de cada una en particular, de nosotros sobre todo, de nuestra alma, de nuestro cuerpo, de todo lo que nos interesa; que su solicitud, a la que nada escapa, se extiende a nuestra reputación, a nuestros trabajos, a nuestras necesidades de toda clase, a nuestra salud como a nuestras enfermedades, a nuestra vida como a nuestra muerte y hasta al menor de nuestros cabellos que no puede caer sin su permiso.

II. Luego del acto de fe, se hace un acto de esperanza. Entonces, se excita uno a una firme confianza en que esta Providencia divina proveerá a todo lo que nos concierne, que nos dirigirá, nos defenderá con una vigilancia y una afección más que paternal y nos gobernará de tal modo que suceda lo que suceda, si nos sometemos a su dirección, todo nos será favorable y volverá en bien nuestro, incluso las cosas que parezcan más contrarias.

III. A estos dos actos hay que añadir el de la caridad. Se testimonia a la divina Providencia el más vivo afecto, el amor más tierno, como un niño lo testimonia a su buena madre refugiándose en sus brazos; se hacen protestas de un amor absoluto por todos sus designios, por impenetrables que sean, sabiendo que son el fruto de una sabiduría infinita que no puede equivocarse y de una bondad soberana que no puede querer más que la perfección de sus criaturas; se hace de tal modo que este aprecio sea bastante práctico para disponemos a hablar de buena gana de la Providencia e incluso a tomar su defensa altamente contra los que se permitan negarla o criticaría.

 

2. Acto de filial abandono a la Providencia

 

Después de haber renovado muchas veces estos actos y de haberse penetrado bien de ellos, el alma se abandona a la divina Providencia, reposa y duerme dulcemente en sus brazos, como un niño en los brazos de su madre. Hace suyas entonces aquellas palabras de David: En paz me duermo luego que me acuesto porque tú, Señor, me das seguridad (Sal. 4, 9-10). O bien dirá con el mismo profeta: El Señor es mi Pastor; nada me falta. Me pone en verdes pastos y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me guía por las rectas sendas, por amor de su nombre y por mi perfección. ¡Oh mi Señor! guiado por vuestra mano y cubierto por vuestra protección, aunque haya de pasar por un valle tenebroso, en medio de mis enemigos, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado son mi consuelo. Tú pones ante mi una mesa, enfrente de mis enemigos. Sólo bondad y benevolencia me acompañan todos los días de mi vida, y estaré en la casa del Señor por muy largos años (Sal. 22).

Llena de la alegría que le inspira también suaves palabras el alma recibe con respeto a esta dichosa disposición, todos los acontecimientos presentes de manos de la divina Providencia y espera todos los venideros con una dulce tranquilidad de espíritu, con una paz deliciosa. Vive como un niño, al abrigo de toda inquietud. Pero esto no quiere decir que ella permanezca en una espera ociosa de las cosas teniendo necesidad de ellas o que descuide el aplicarse a los asuntos que se presenten. Al contrario, hace por su parte, todo lo que depende de su mano, para llevarlos bien, emplea en ellos todas sus facultades; pero sólo se da a tales cuidados bajo la dirección de Dios, no mira su propia previsión más que como sometida enteramente a la de Dios y le abandona la libre disposición de todo, no esperando otro éxito que el que está en los designios de la voluntad divina.

 

3. Utilidad de este ejercicio

 

¡Oh! ¡Cuánta gloria y honor da a Dios el alma dispuesta de este modo!

Verdaderamente es una gran gloria para Él el tener una criatura tan apegada a su Providencia, tan dependiente de su conducta, llena de una esperanza tan firme y disfrutando de un reposo de espíritu tan profundo en espera de lo que tenga a bien enviarle. Y también, ¡cuánto cuidado no tomará Dios de tal alma! Él vela sobre las menores cosas que le interesan: Inspira a los hombres establecidos para gobernarla todo lo que es necesario para dirigirla bien; y si por el motivo que sea, esos hombres quisieran obrar en relación con ella de un modo que le fuera perjudicial, Él haría surgir obstáculos a sus designios por caminos secretos e inesperados y les forzaría a adoptar lo que sería más ventajoso para esta alma querida.

El Señor guarda a cuantos lo aman (Sal. 144,20). Si la Escritura da ojos a este Dios de bondad, es para velar por ellos; si le atribuye orejas es para escucharlos; si manos, es para defenderlos. Y quien les toque, toca al Señor en la niña de los ojos. Los niños serán llevados a la cadera, dice el Señor por boca del profeta Isaías, y serán acariciados sobre las rodillas. Como consuela una madre a su hijo, así os consolaré yo a vosotros (Is. 66, 12-13). En Oseas: Yo enseñé a andar a Efraín, le llevé en brazos (Os. 11,3). Mucho tiempo antes Moisés había dicho: En el desierto has visto como te ha llevado el Señor, tu Dios, como lleva un hombre a su hijo, por todo el camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar (Deut. 1, 31). También dice Dios en Isaías: Mamarás a los pechos de los reyes, recibirás un alimento delicioso y divino, y sabrás, mediante una dulce experiencia, con qué solicitud Yo, el Señor, soy tu Salvador (Is. 60, 16). ¡ Oh! ¡ dichosa situación para un alma!

En la persona de Noé se encuentra una imagen sensible de la felicidad que gusta el que se abandona completamente a Dios. Noé estaba en reposo y en paz en el arca con los leones, los tigres, los osos porque Dios le conducía mientras que las espantosas lluvias caían del cielo y en medio del trastorno general de los elementos y de toda la naturaleza. Por el contrario, los demás estaban en la más extraña confusión de cuerpo y de espíritu, perdían sus bienes, sus mujeres, sus hijos y hasta ellos mismos se perdían, tragados despiadadamente por las olas. Del mismo modo el alma que se abandona a la Providencia, que le deja el timón de su barca, boga con tranquilidad en el océano de esta vida, en medio de las tempestades del cielo y de la tierra, mientras que los que quieren gobernarse ellos mismos el Sabio los llama almas en tinieblas, excluidas de tu eterna Providencia (Sab. 17, 1-2) están en continua agitación y, no teniendo por piloto más que su voluntad inconstante y ciega, acaban en un funesto naufragio después de haber sido el juguete de los vientos y de la tempestad.

Abandonémonos completamente a la divina Providencia, dejémosle todo el poder de disponer de nosotros; comportémonos como sus verdaderos hijos, sigámosla con verdadero amor como a nuestra madre; confiémonos a ella en todas nuestras necesidades, esperemos sin inquietud que aporte los remedios de su caridad. En fin, dejémosla obrar y ella nos proveerá de todo en el tiempo, en el lugar y del modo más conveniente; ella nos conducirá por caminos admirables al reposo del espíritu y a la dicha a que estamos llamados a gozar incluso desde esta vida, como un anticipo de la eterna felicidad que nos ha sido prometida.

 

Jean-Pierre DE CAUSSADE, S.J.

 

 

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Ciclo A, VI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 21, 2011

El secreto de la sabiduría

 

Hoy se nos habla mucho de sabiduría: son muchos los libros, conferencias, cursos y programas de radio y televisión que tocan el tema; además, nuevas creencias como el esoterismo se esparcen por todas partes tratando de llenar de información a todos sobre un mejor modo de vivir.

Las lecturas de hoy nos muestran lo que vino a decirnos el mismísimo Dios al respecto: inmediatamente después de un elogio —¡Qué grande es la sabiduría del Señor, qué fuerte y poderoso es Él! Él todo lo ve—, la primera lectura nos dice que la mirada del Padre se posa sobre los que lo temen, frase que se repite en muchos pasajes de la Biblia, el mensaje que envió a los hombres quien los creó.

Quiere decir esto que la sabiduría se inicia con el temor de Dios. Pero no está muy de moda el temor de Dios en nuestros días. Se habla —en cambio—todo el tiempo del amor a Dios. Lo que no se recuerda con frecuencia es que el amor está unido al temor: temo herir al Amor; lo amo tanto que no quiero ofenderlo.

La segunda lectura nos dice que esta sabiduría no procede de este mundo:

«Esta sabiduría no fue conocida por ninguna de las cabezas de este mundo, pues de haberla conocido, no habrían crucificado al Señor de la Gloria. Recuerden la Escritura: “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman”. Pero a nosotros nos lo reveló Dios.»

Con esta sabiduría —se deduce fácilmente de las palabras de Dios— seremos eterna y totalmente felices.

Y ¿cómo se puede conocer esta sabiduría? Lo dice el mismo Dios en el Evangelio de hoy: se trata simplemente de cumplir los mandamientos, hasta el más pequeño:

«El que ignore el último de esos mandamientos y enseñe a los demás a hacer lo mismo, será el más pequeño en el Reino de los Cielos. En cambio el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los Cielos.»

¿Los cumplimos?

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Ciclo A, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 15, 2011

Para ver en la oscuridad

 

Los ejércitos cuentan desde hace mucho tiempo con un aparato que sirve para observar los movimientos del enemigo en la noche. Hoy, por la oscuridad en la que vivimos, la mayoría de las veces no vemos al enemigo oculto: el egoísmo, la soberbia, la gula, la envidia, la lujuria, la ira y la pereza que sentimos y, a veces, consentimos. Todo esto nos muestra claramente que ese enemigo invisible —pero real— nos gana algunas batallas.

Como lo importante es no perder la guerra, conviene que sepamos dónde está ese enemigo, cuáles son sus armas y sus estrategias.

Lo primero que hay que saber es que usa unas técnicas muy sutiles, y la primera de ellas es la misma que usó contra nuestros primeros padres: incitarnos a la altivez y al apetito desordenado de ser preferidos a otros, a la satisfacción y al envanecimiento por la contemplación de las propias capacidades, a veces hasta con menosprecio de los demás. Pero no lo hace de frente. Nos puede sugerir que las palabras de Jesús del Evangelio de hoy: «Ustedes son la sal de la tierra» «Ustedes son la luz del mundo» son para sentirnos muy importantes, más de lo que somos.

Sólo si cumplimos los requisitos de la primera lectura de hoy seremos la luz del mundo, seremos la sal de la tierra, como lo quiere el Señor: que compartamos el pan con el hambriento, que no volvamos la espalda a nuestros hermanos, que no haya gente explotada, que apartemos el gesto amenazador y las palabras perversas, que demos pan al hambriento y que ayudemos al hombre oprimido.

Y seremos como san Pablo, quien sin oratoria ni grandes teorías esparció por gran parte del mundo conocido la Buena Noticia de un Mesías crucificado. Él mismo se sintió débil, tímido y tembloroso. Sus palabras y su mensaje no contaron con los recursos de la oratoria, sino con manifestaciones de Espíritu y poder, para que nuestra fe se apoyara, no en sabiduría humana, sino en el poder de Dios.

Y con ese poder de Dios veremos al enemigo en la oscuridad. Y lo venceremos.

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El Papa afirma la importancia de la Clausura en la Iglesia*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 11, 2010

 

El Papa Benedicto XVI expresó su reconocimiento y estima a los hombres y mujeres que se retiran a la vida contemplativa, durante la catequesis que pronunció durante la Audiencia General.

El Papa quiso subrayar la importancia de esta vocación dentro de la Iglesia, al hablar de una nueva santa medieval, Juliana de Norwich, escritora y mística inglesa del siglo XIV.

“Las mujeres y los hombres que se retiran para vivir en compañía de Dios, precisamente gracias a esta decisión suya, adquieren un gran sentido de compasión por las penas y debilidades de los demás”, afirmó el Papa.

Estas personas son “amigas y amigos de Dios”, “disponen de una sabiduría que el mundo, del que se alejan, no posee, y con amabilidad la comparten con aquellos que llaman a sus puertas”.

Ante los fieles congregados en el Aula Pablo VI, el Papa aseguró su “admiración y reconocimiento” a los monasterios de clausura, “que, hoy más que nunca, son oasis de paz y de esperanza, precioso tesoro para toda la Iglesia, especialmente al recordar la primacía de Dios y la importancia de una oración constante e intensa para el camino de fe”.

De esto es ejemplo Juliana, que tras unas revelaciones místicas, se retiró como anacoreta a una celda cerca de la iglesia de san Julián de Norwich, explicó el Papa.

“Podría sorprendernos e incluso dejarnos perplejos esta decisión de vivir ‘recluida’, como se decía en sus tiempos”, aunque Juliana no fuese una excepción: “en aquellos siglos un número considerable de mujeres optó por este tipo de vida, adoptando reglas elaboradas a propósito para ellas”, explicó el Papa.

Las anacoretas o “reclusas”, dentro de su celda, se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. “De esta forma, maduraban una sensibilidad humana y religiosa finísima, que las hacía veneradas por la gente”, añadió.

Esta, subrayó el Pontífice, “no era una decisión individualista; precisamente con esta cercanía al Señor maduraba en ella también la capacidad de ser consejera para muchos, de ayudar a cuantos vivían en dificultad en esta vida”.

Amor divino

Juliana de Norwich es conocida por una única obra, las Revelaciones del Amor divino, que tuvo durante una enfermedad que la llevó al borde de la muerte.

“Fue el propio Señor quien, quince años después de estos acontecimientos extraordinarios, le reveló el sentido de esas visiones”, la revelación del “amor divino”, explicó el Papa.

Este libro “contiene un mensaje de optimismo fundado en la certeza de ser amados por Dios y de ser protegidos por su Providencia”.

El tema del amor divino “vuelve a menudo en las visiones de Juliana de Norwich quien, con una cierta audacia, no duda en compararlo también al amor materno”.

“Este es uno de los mensajes más característicos de su teología mística. La ternura, la solicitud y la dulzura de la bondad de Dios hacia nosotros son tan grandes, que a nosotros peregrinos en la tierra nos evocan el amor de una madre por sus propios hijos”, afirmó.

El propio Catecismo de la Iglesia Católica, subrayó Benedicto XVI, “recoge las palabras de Juliana de Norwich cuando expone el punto de vista de la fe católica sobre un argumento que no deja de constituir una provocación para todos los creyentes: Si Dios es sumamente bueno y sabio, ¿por qué existen el mal y el sufrimiento de los inocentes?”

Precisamente, apuntó, “los santos, se plantean esta pregunta. Iluminados por la fe, nos dan una respuesta que abre nuestro corazón a la confianza a la esperanza: en los misteriosos designios de la Providencia, también del mal sabe sacar Dios un bien más grande, como escribió Juliana de Norwich”.

“Si entregamos a Dios, a su inmenso amor, los deseos más puros y más profundos de nuestro corazón, nunca seremos decepcionados. ‘Y todo estará bien’, ‘todo será para bien’”, concluyó el Papa.

 

 

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Ciclo C, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

Purificar los apegos

 

En el libro de la Sabiduría se nos enseña que el hombre es infinitamente menos sabio que Dios y que, por lo tanto, todo juicio que haga de la realidad siempre será inexacto. Dios, por el contrario, lo conoce todo en su perfecta dimensión. Además, se pone de manifiesto que sus intenciones son más altas que las del ser humano, el cual sólo puede ir creciendo con la ayuda del Espíritu Santo.

Uno de los aspectos de la sabiduría divina fue siempre la alta dignidad del hombre, para el que no estaba planeada la esclavitud. Sin embargo, nuestra pequeñez de miras sólo comenzó a vislumbrar que la libertad es un derecho de todo hijo de Dios, cuando el Espíritu Santo, por intermedio de san Pablo, empezó a explicarlo en su carta a Filemón, como nos lo muestra la segunda lectura.

¡Cuántas no serán las verdades que están todavía ocultas a nuestros ojos!

Si meditamos el Evangelio de hoy, por ejemplo, el Espíritu Santo nos ayudará a desentrañar uno de los misterios más útiles de la doctrina cristiana: el ser humano llegará a ser totalmente santo, como nos lo pide Dios, cuando, libre de apegos, lo ame sobre todas las cosas. De hecho, nada impuro entrará en el Reino de los Cielos; mientras estemos apegados a las criaturas no podremos amar totalmente al Creador.

Eso es lo que hoy nos enseña Jesús: que la criatura no puede preferir las cosas, los otros hombres, las ideas propias o a sí mismo más que a Dios. Y la experiencia nos muestra que muchas veces Dios está en un segundo lugar.

¿Acaso no preferimos a las cosas cuando descuidamos la Eucaristía o la oración o la confesión, porque «tenemos mucho trabajo»? ¿Quién puede decir que ama más a Dios que a sus seres queridos si, en caso de que mueran, llora desconsolado, sin aceptar la voluntad de Dios, olvidando que Él es la misma sabiduría y el mismo Amor, y que si lo permitió es para nuestro bien, aunque no lo entendamos? ¿No es verdad que a veces nos desalentamos porque Dios no nos concede lo que le pedimos?

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Ciclo C, Santísima Trinidad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 8, 2010

¡Vivir una vida divina!

 

En la primera lectura la Sabiduría habla en nombre propio; es el Hijo de Dios que fue engendrado por el Padre antes de todas las criaturas, desde siempre.

En la segunda, se afirma que ya se nos ha dado el Espíritu Santo, y por Él el amor de Dios–Padre se va derramando en nuestros corazones.

Y en el Evangelio, Jesús nos dice que todo lo que tiene el Padre es suyo. Por eso nos dijo que el Espíritu Santo tomará de lo de Jesús para revelárnoslo a nosotros.

Así pues, se recuerda hoy ese misterio insondable del Dios uno y trino: es un solo Dios, una sola esencia, una sola sustancia, una sola naturaleza; pero a la vez tres Personas distintas, que viven en la gloria eterna.

Y nosotros hacemos alarde de esperar esa misma Gloria de Dios que consiste, según el Apóstol Pablo, en el amor de Dios.

Pero para que esto se haga realidad es necesario que permitamos que el Espíritu de la Verdad nos guíe en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que nos dirá lo que escuchó del Padre y nos anunciará hasta lo que ha de venir; y así Jesús será glorificado.

Si damos paso al Espíritu Santo, nos sentiremos seguros en las aflicciones, sabiendo que la prueba ejercita la paciencia, que la paciencia nos hace madurar y que la madurez aviva la esperanza, la cual no nos dejará frustrados.

Y, ¿cómo dar paso al Espíritu Divino? Primero, cumpliendo los mandamientos; segundo, recibiendo frecuentemente los Sacramentos, para obtener la gracia (fuerza de Dios) necesaria; y tercero, orando: teniendo una vida de intimidad con este Dios trinitario, que no está lejano, sino que vive dentro de nosotros y nos hace vivir.

Así, pronto resplandecerá en nosotros una verdadera vida divina, no meramente humana: Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— guiará nuestras obras, palabras y pensamientos, tal y como lo haría Él…

Es como un anticipo de lo que ocurrirá en la vida eterna.

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El catolicismo, ¿garante de la felicidad?

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 26, 2009

Más del 90% de los latinos son católicos. Y más de ese mismo porcentaje viven con estrés. Esta realidad percibida por los psicólogos y los psiquiatras de las clases socioeconómicas que pueden acceder a ellos es evidente en las cantinas, en las tiendas de esquina, en los campos de tejo, en los altos índices de riñas y muertes que suceden en esos lugares, en las inmensas ganancias de las empresas que producen la cerveza y el aguardiente…

En la guía espiritual de las almas también se nota una incidencia cada vez mayor de estrés, tanto que ya se pide que la acción pastoral y el Sacramento de la Reconciliación se circunscriban a su realidad, sin pisar el terreno de la psicología.

Son muchas las preguntas que surgen ante esta realidad: ¿Acaso la Iglesia fundada por Cristo no es la respuesta para el hombre de hoy? Si la religión Católica es la verdadera, ¿qué está sucediendo? ¿Es —tal vez— que no vivimos bien el cristianismo?…

De las respuestas a estas preguntas depende la estabilidad individual y eclesial. No podemos dejarlas sin respuestas despreocupadamente. Es imprescindible analizar con profundidad y valentía la situación: ¿De qué nos sirve ser católicos si estamos en condición similar a la de los demás?

Al estudiar las vidas de los santos nos encontramos con algo común a todos: la persuasión de que esta vida es pasajera, de que (como dice la canción) la meta no está en esta tierra, es un cielo que está más allá. Y estar persuadido es tener la convicción, es tener por veraz y cierta una cosa que ya ni la razón puede negar.

Desde el Antiguo Testamento se ve esa persuasión en el segundo de los hermanos Macabeos, quien dijo en su suplicio: «Asesino, nos quitas la presente vida, pero el Rey del mundo nos resucitará. Nos dará una vida eterna a nosotros que morimos por sus leyes»; parecidas fueron las palabras del cuarto de ellos: «Más vale morir a manos de los hombres y aguardar las promesas de Dios que nos resucitará; tú, en cambio, no tendrás parte en la resurrección para la vida.»; luego, la madre de todos anima al menor, el último que le quedaba: «No temas a ese verdugo, sino que, haciéndote digno de tus hermanos, recibe la muerte para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en el tiempo de la misericordia.»

También en el Nuevo Testamento se puede descubrir esa convicción en muchas de las palabras del mismo Jesucristo; convicción que llevó a los mártires de estos dos últimos milenios a sufrir con valentía y sin perder la paz, hasta dar la vida por amor a Dios. Son ya innumerables esos testimonios de quienes no amaron tanto su vida terrestre cuanto la futura y definitiva, junto a ese Dios que colmará todas sus ansias de bondad, de belleza, de sabiduría y de amor.

Nosotros, los católicos de hoy y de estas latitudes, ¿hasta dónde somos capaces de llegar?  ¿seguiremos ese mismo camino o no somos tan valientes o, mejor, no estamos tan convencidos como los mártires? Esta es la prueba de oro del católico.

¿Qué estamos dispuestos a perder por amor a Cristo? ¿la salud? ¿los seres queridos? ¿la honra? (¡cuánto nos excusamos a veces!) ¿los bienes que poseemos? (¡cómo nos quejamos!) ¿nuestros caprichos? (¿cuántas veces nos molestamos cuando nos impiden realizar las cosas como queremos?) ¿las habilidades que tenemos?…

La lista es bastante grande, interminable. Cada lector puede hacer su propio examen de conciencia. Y decidir qué hacer: o amar a Dios con toda el alma, con todo el corazón y con todas las fuerzas y poner toda la confianza en Él, o vivir con estrés, como un pagano.

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Ciclo B, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 31, 2009

La misión de los apóstoles

 

Los doce apóstoles enviados por Jesucristo curaban muchos enfermos, pero los católicos de este siglo no logramos lo mismo: hoy no se ven los milagros de antaño.

Esta realidad hace que muchos se pregunten si es posible que la fuerza de Dios haya disminuido.

No. Lo que ha mermado es la fe de los actuales apóstoles y discípulos de Jesús: estamos desaprovechando la gracia que «superabundantemente derramó sobre nosotros toda sabiduría y prudencia».

Elegidos antes de la constitución del mundo para lleva la Buena Nueva a nuestros congéneres, podemos empapar todas nuestras acciones en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo por todos, para que seamos santos e inmaculados ante Él, de manera que esas acciones realicen la curación que quiere hoy Jesús para todos los hombres: que puedan oír los sordos que no escuchan la voz del amor, que se levanten y anden los paralíticos que el odio no deja caminar hacia la paz y la perfecta caridad, que hablen los mudos que no confían en el sacramento de la reconciliación, ¡que no haya más ciegos al amor de Dios!

El sendero que nos escoge Jesús es claro: no llevar ni pan ni alforja ni dinero, esto es, no confiar tanto en los valores humanos, sino en la fuerza y el poder de Dios; calzarse con las sandalias del servicio continuo, sin mirar el cansancio personal.

Oración, sacrificio y ansias de llegar a todos. Para Dios no hay acción pequeña: las acciones, las palabras y hasta los pensamientos nobles ofrecidos a Él tienen —empapados en su Sangre— valor infinito para que, célibes o casados, cumplamos con la misión que tenemos todos, como sus apóstoles y discípulos de estos tiempos.

Ya sabemos que eso es lo que el Señor nos pide. ¿Qué respondemos a ese llamado de amor?

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Ciclo B, domingo de ramos

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

La esencia de la sabiduría divina

 

Hoy se nos presentan dos acontecimientos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Es difícil entender su relación, pues primero Jesús es aclamado como Dios y luego es torturado hasta la muerte como un esclavo; este es uno de los misterios más maravillosos de nuestra fe: un Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios.

Esto nos ensaña que en la medida en que el ser humano se despoja de sus ataduras, de sus apegos, de sus malas inclinaciones, en esa medida crece su capacidad espiritual, se hace más cercano a Dios…

Debemos morir al pecado y a las malas acciones para poder llegar a Dios, a ese estado en el cual Él gobierna nuestras acciones: ya no tomamos las decisiones, basados en criterios humanos, sino que es el Espíritu Santo quien nos ilustra, quien nos dirige, quien decide por nosotros.

Así, cada acto estará lleno de la sabiduría divina, es decir, ya actuaremos según Dios y no según nuestro pobre modo de entender, equivocándonos con frecuencia, pues estamos viciados por el pecado original.

Así lo hizo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría encarnada. Y, ¿cómo lo hizo? Él mismo nos lo dice: No me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

En la segunda lectura está la esencia de esta sabiduría: Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Si hacemos eso, reconocernos criaturas, seres falibles, capaces de caer, necesitados de Dios, Él nos engrandecerá también a nosotros y nos dará la sabiduría, con la que llegaremos a la meta de todo ser humano: la felicidad.

 

 

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Cómo defendernos del Maligno

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

 

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

 

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

 

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

 

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

 

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

 

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

 

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

 

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

 

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

 

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

 

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

 

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

 

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

 

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

 

   

  

 

 

 

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II domingo después de Navidad

Posted by pablofranciscomaurino en enero 8, 2009

Y la Palabra se hizo carne

 

Este domingo —que no se celebra sino en algunos lugares del mundo— es una continuación de los misterios que acabamos de celebrar: el Altísimo, el Invisible, la Luz verdadera, la Luz que ilumina a todo hombre, llegaba al mundo.

Ya estaba en el mundo, este mundo que se hizo por esa Luz, este mundo que no la recibió. Vino a su propia casa, y los suyos no la recibieron; pero a todos los que la recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios.

Y, ¿cuál es esa Luz? La sabiduría: Salí, dice la primera lectura, de la boca del Altísimo, y como una niebla cubrí la tierra. Mi morada está en lo más alto del Cielo, mi trono en la columna de nube, pero eché raíces en el pueblo glorificado por el Señor —nosotros—, en su dominio, que es su herencia.

He aquí la Sabiduría encarnada, el Hijo de Dios. Quien lo sigue, no yerra: es decir, sabe vivir.

Por eso, san Pablo no puede menos que gritar: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en el Cielo, en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales, pues aprendimos a vivir!

Pero hay que tener en cuenta que Cristo–Dios nos eligió antes de crear el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha, tal y como veía san Pablo a los efesios: viviendo, en Cristo Jesús, la fe y el amor para con todos. ¿Vivimos así? ¿Qué nos falta?

Casi siempre, lo que nos falta es abandonarnos a sus designios, dejar que Él haga sus planes con nosotros, pues Él es la Sabiduría en sí mismo.

Comenzamos y proseguimos solos nuestros propios planes, en vez de consultar en la oración lo que la Sabiduría infinita quiere, para que se realice en nosotros lo que nos tiene preparado.

San Juan pronostica en el Evangelio de hoy que quienes la sigan —a la Sabiduría— van a recibir su plenitud. Plenitud de amor, de paz y de alegría. ¿Qué más queremos?

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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Santa María, Madre de Dios

Posted by pablofranciscomaurino en enero 4, 2009

 

 

Cómo obtener la sabiduría

 

De todos los títulos que se han dado a María, ¿cuál es el mejor? El calendario litúrgico está lleno de ellos. Pero el hecho de que sea la Madre de Dios, hace de ella la criatura más excelsa de las todas.

Nuestra madre no formó nuestras almas, solo nuestros cuerpos y, sin embargo, son nuestras madres. Así, María, la que formó el cuerpo de Jesús, es Madre Dios.

Esta sorprendente realidad, que repetimos cada vez que rezamos el avemaría, fue la que avistaron los pastores que corrieron al pesebre: Dios hecho hombre, su santísima Madre y su padre adoptivo.

Solo las mentes sencillas, sin complicaciones ni enredos, solo los que se saben criaturas de Dios, es decir, los humildes, pueden alcanzar el deleite de los prodigios de Dios, siempre escondidos en la pequeñez de la vida diaria, ocultos a los «sabios» y «doctos». Esa es otra de las paradojas cristianas: muchos de los que se creen instruidos en la ciencia, en la tecnología, en las artes, y aun en la filosofía, la doctrina y la teología están más lejos de la felicidad.

Aunque nos sea de utilidad, no necesitamos la instrucción —caudal de conocimientos adquiridos—, sino la sabiduría: conducta prudente en la vida, esto es, saber de dónde venimos y para dónde vamos, y cuál es la dirección que debemos dar a nuestras vidas.

Solo con la actitud de ponernos frente a Dios, observar detenidamente su grandeza y nuestra pequeñez, y empezar a deducir todo lo que de ello se desprende, se inicia el camino de la verdadera sabiduría. Y al final está la entraña de la dicha sin fin.

María, la Madre de Dios, que es también Madre nuestra y asiento de la sabiduría, puede obtenerla para nosotros y para nuestros seres queridos. ¿No es este el momento para comenzar a ser sabios? ¿Qué esperamos? Pidámosle a Ella su intercesión para llegar a su Hijo, que es la Sabiduría encarnada.

 

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