Hacia la unión con Dios

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¿La dirección espiritual ejercida por laicos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 13, 2018

La historia de la Iglesia está plagada de fieles laicos que fueron excelentes directores espirituales: santa Teresita del Niño Jesús, por ejemplo, dirigía a las novicias del convento de Lisieux; santa Catalina de Siena, aun antes de hacerse terciaria dominica, es decir, siendo todavía seglar, fue escogida por muchos para ser dirigidos por ella; se contaban entre ellos varios sacerdotes que la llamaban madre espiritual o simplemente mamá. Como estos dos —una religiosa y otra seglar—, hay varios ejemplos de laicos (no clérigos) y seglares (no religiosos) que fueron directores espirituales.

Otro ejemplo más numeroso: existe la Prelatura Personal del Opus Dei, que está dividida en dos secciones: la masculina y la femenina. Entre ellos, desde su fundación —1928 y 1930, respectivamente—, únicamente fieles laicos han dirigido siempre a todos sus miembros (más de cien mil en la actualidad), pues en esa prelatura los sacerdotes son confesores, no directores espirituales de los fieles laicos: directoras espirituales mujeres para la sección femenina y directores espirituales varones (laicos y, además, seglares) para la sección masculina. Y así está estipulado en sus normas (constituciones), aprobadas por la Iglesia.

Aunque el director espiritual ideal es el presbítero, el Espíritu Santo ha escogido a muchos seglares laicos para ejercer esa delicada e importantísima labor, como lo acabamos de mostrar. En estos tiempos se ha producido una verdadera crisis de directores espirituales sacerdotes, pues muchos de ellos dicen no tener tiempo o no lo tienen, o porque no están preparados para ello, como se verá más abajo. Por eso, el Espíritu Santo ha tenido que suplir esa falta incrementando las personas laicas seglares con los carismas (dones) necesarios para este servicio.

Para complementar este tema, se sugiere leer estos 2 documentos: uno está el escrito de una mujer del Vaticano, profesora del Instituto Superior de Ciencias Religiosas en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), en el que se deduce que las mujeres pueden ser directoras espirituales, si tiene las condiciones. El documento se llama: Cualidades de una buena dirección espiritual:

https://wp.me/pfQgb-O7

El segundo documento es: La dirección espiritual. Allí están consignadas las características clave para la dirección espiritual adecuada y para elegir bien al director espiritual. De dodos modos es muy delicado elegir bien al director espiritual: tiene que ser una persona de oración, de intensa vida interior, lleno del amor de Dios (que se le note en todas sus actitudes), delicadísimo en el trato (aunque fuerte cuando hay que serlo), lleno de la virtudes natural, sobrenaturalcardinal de la prudencia, muy bien formado doctrinalmente y consciente de la grandísima responsabilidad que tiene su misión:

https://wp.me/pfQgb-I3

Son muy pocos quienes afirman que es preferible que el director espiritual sea un hombre (santa Faustina Kowalska, por ejemplo, no estaba de acuerdo con que las mujeres fueran directoras espirituales, pues decía ella que algunas características de la femineidad son un riesgo para desempeñar bien esa delicada y gravísima misión).

 

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La castidad y la pureza en la vida sacerdotal, en audio

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 29, 2018

Si desea escuchar esta charla, haga clic aquí:

https://www.4shared.com/web/embed/audio/file/fa44VUSMee?type=NORMAL&widgetWidth=530&showArtwork=true&playlistHeight=0&widgetRid=740833123909

 

Si desea verla, haga clic aquí:

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Atenuantes del pecado de abortar

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 2, 2017

La periodista Claudia Palacios publicó en el periódico EL TIEMPO el artículo:

Atenuantes del pecado de abortar: La Iglesia debe reconocer que el derecho canónico perdona el aborto en 10 causales:

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/claudia-palacios/atenuantes-del-pecado-de-abortar-125474

 

Sobre este artículo, hay que aclarar algunas cosas:

1) Las «10 causales para que las sanciones no sean aplicadas» de las que habla la periodista se refieren no a la justicia divina (la de Dios) sino a las sanciones eclesiales (las de la Iglesia); por eso, los códices 1.323 y 1.324 del Código de Derecho Canónico están enmarcadas en el LIBRO VI: DE LAS SANCIONES EN LA IGLESIA.

Esto quiere decir que, aunque la Iglesia contemple esos atenuantes para la pena que impone a los pecadores, Dios castigará de todos modos el aborto a quienes no se arrepientan sinceramente y se acojan al Sacramento de la Reconciliación (confesión), por ser un homicidio realizado con premeditación (lo pensó antes de abortar), alevosía (contra una persona sin correr el riesgo de una reacción defensiva) y ventaja (de un superior contra un ser humano inferior e indefenso).

Comparándolo con la justicia penal, supongamos que a un homicida, por cometer este delito coaccionado por miedo grave o para evitar un perjuicio grave, en vez de una pena de 30 años, se le aplica una de 25 ó 20. Pero ese delito no deja de llamarse homicidio.

En el caso del aborto siempre se pretende la muerte de un ser humano no-nacido: es homicidio, aunque en algunos casos haya atenuantes.

Así, pues, si algunas jóvenes no abortaron «por temor a convertirse en pecadoras», como lo dice la periodista, hicieron bien pues, aunque la justicia de la Iglesia atenúe sus penas, el aborto sigue siendo un pecado gravísimo.

2) La cita que hace la periodista (que no está en el Código de Derecho Canónico): «No queda sujeto a pena quien cuando infringió una ley o precepto aún no había cumplido 16 años», vale para todos los delitos, como ella misma lo dice. Podríamos preguntar: ¿Si un joven de 15 años y 11 meses mata a un compañero de la escuela a puñaladas, ¿será que no es consciente del mal que hace? ¿Acaso se hará consciente el mes siguiente, cuando cumpla 16?

La experiencia demuestra que la conciencia acusa indefinidamente a las jóvenes que se realizan un aborto siendo menores de 16 años, prueba de que sabían que actuaron mal.

3) La fuente de la periodista —el sacerdote que l«pide no revelar su nombre para no meterse en líos con su comunidad»— no es buena, pues no es un auténtico seguidor de Jesucristo quien, por defender la verdad, llegó hasta las últimas consecuencias: dio su vida. Asimismo, todos los mártires de la Iglesia dieron su vida en defensa de la verdad; no fueron cobardes. Por eso, las opiniones de este sacerdote no deberían tenerse en cuenta.

Por otra parte, nace la pregunta: ¿A qué le teme este anónimo sacerdote? Según la periodista, fue él quien le reveló los códices que hablan de los atenuantes, «esa verdad que la mayoría de los sacerdotes y la alta jerarquía de la Iglesia, según él, se niegan a divulgar por miedo a perder el control sobre la conciencia de las personas». ¿Acaso el Código de Derecho Canónico -donde se encuentran esos códices- no fue publicado por la Iglesia hace más de treinta años?, ¿acaso no se consigue en todas las librerías católicas y en varios lugares de la Red? Véase, por ejemplo, la página oficial del Vaticano:

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html.

4) Parafraseando a la periodista, podemos decir que el problema no es [Su Santidad] Francisco, ni la pesada estructura eclesial; es la ignorancia de quienes se atreven a cuestionar personas e instituciones sin conocimiento de causa, como se demostró en los 3 numerales anteriores.

 

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Oraciones para antes y después de confesar

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2017

 

Oración del sacerdote antes de recibir confesiones

Dame, Señor, sabiduría asistente de tus sedes, para que sepa juzgar a tu pueblo en justicia, y a tus pobres en el juicio. Hazme tratar las llaves del reino de los cielos, de modo que no se lo abra a nadie al que se le deba cerrar, ni se lo cierre a nadie al que se lo deba abrir. Que sea mi intención pura, mi celo sincero, mi caridad paciente, mi trabajo fructuoso. Que haya en mí suavidad no remisa, aspereza no severa; que no desprecie al pobre, ni adule al rico. Hazme suave para animar a los pecadores, prudente para interrogarlos, experto para instruirlos. Concédeme, te ruego, habilidad para apartarlos del mal, diligencia para confirmarlos en el bien, industria para promoverlos a lo mejor, madurez en las respuestas, rectitud en los consejos, luz en las cosas oscuras, sagacidad en las complejas, victoria en las arduas; que no me detenga en coloquios inútiles, y no me contamine en las corrupciones; que salve a otros, no me pierda yo mismo. Amén.

Oración del sacerdote después de recibir confesiones

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, recibe este ministerio como obsequio mío como aquel amor dignísimo por el que absolviste a todos los pecadores que a ti han acudido, y cualquier cosa que en la administración de este sacramento realice negligentemente o menos dignamente, tú lo suplas y te dignes satisfacerlo por ti mismo. Encomiendo a tu dulcísimo Corazón a todos y a cada uno que se han confesado conmigo, rogándote que los custodies y los preserves de las recaídas y que después de la miseria de esta vida los conduzcas conmigo a los gozos eternos. Amén.

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Cómo se prepara el sacerdote para la Santa Misa y como da gracias*

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2017

La OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS DEL SUMO PONTÍFICE expidió el documento: El sacerdote en la “Praeparatio” y en la Acción de Gracias de la Santa Misa, el cual se puede leer en la siguiente dirección:

http://www.vatican.va/news_services/liturgy/details/ns_lit_doc_20100621_sac-praeparatio_sp.html

Esos textos aparecen en el Misal Romano (2008), en el apéndice VI, pp 1097-1103. Ahí se pueden encontrar. Son los siguientes:

PREPARACIÓN PARA LA MISA:

  1. Oración de san Ambrosio

  2. Oración de santo Tomás de Aquino

  3. Oración a la Santísima Virgen María

  4. Fórmula de la intención

ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA MISA:

  1. Oración de santo Tomás de Aquino

  2. Invocaciones a Nuestro Santísimo Redentor

  3. Oblación de sí mismo

  4. Oración a Jesucristo Crucificado

  5. Oración para pedir a Dios todas las gracias, atribuida al Papa Clemente XI

  6. Oración a la Santísima Virgen María

Sin embargo, he aquí otros que se han usado también:

Oración a todos los Ángeles y Santos antes de la Misa

Ángeles, Arcángeles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades, Virtudes de los cielos, Querubines y Serafines, Santos y Santas todos de Dios, especialmente mis Patronos, intercedan por mí para que pueda ofrecer dignamente a Dios omnipotente este sacrificio, para alabanza y gloria de su Nombre y en beneficio mío y de toda su Santa Iglesia. Amén.

Oración al Santo en cuyo honor se celebra la Misa

Oh San/Santa N., yo, miserable pecador, confiando en tus méritos, ofrezco ahora para tu honor y gloria el santísimo sacramento del Cuerpo y de la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Te ruego humilde y devotamente que intercedas hoy por mí, para que ofrezca digna y aceptablemente este sacrificio, y pueda alabar eternamente a Dios contigo y con todos sus elegidos y reinar junto a Él. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Fórmula de la intención de la Santa Misa

Yo quiero celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y confeccionar el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo según el rito de la Santa Iglesia Romana, para alabanza de Dios omnipotente y de toda la Iglesia triunfante, para mi beneficio y el de toda la Iglesia militante, por todos los que se encomendaron a mis oraciones en general y en particular, y por la feliz situación de la Santa Iglesia Romana. Amén.

El Señor omnipotente y misericordioso nos conceda la alegría con la paz, la enmienda de la vida, tiempo de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo, y la perseverancia en las buenas obras. Amén.

 

Yo te adoro, Señor

Yo te adoro, Señor Jesucristo. Creo en Ti como Hijo de Dios, engendrado por el Padre, con quien compartes una misma naturaleza, unidos en un inmenso abrazo de amor, haciendo entrega al Padre de toda tu voluntad. Te confieso, Señor, como Dios y Hombre verdadero que, bajando del cielo a la tierra, reveló el amor del Padre, de quien con tu muerte en la Cruz cumpliste hasta el fin y siempre su voluntad.

Creo, también, que estás presente real y verdaderamente como Dios y Hombre en el Santísimo Sacramento del altar, donde se renueva de manera incruenta el sacrificio cruento de la Cruz.

También te doy gracias porque, por nosotros los hombres, te entregas cada día como víctima propiciatoria al Padre, dándole así el honor y la gloria que le son debidos y que ningún otro le podemos dar. De manera muy especial quiero darte gracias por haber elegido a este indigno siervo tuyo al estado sacerdotal para, en tu nombre, ofrecer por los hombres este sacrificio, con mi propia voz y mis propias manos.

Concédeme también que, por la sublimidad de este misterio, con el debido santo temor, con verdadero dolor y arrepentimiento, me acerque humildemente al altar.

Haz también que con atención y reverencia sepa ejercer el sagrado ministerio que me has encomendado. Sobre todo, concédeme la gracia de saber identificarme contigo, ofreciéndome al Padre como víctima de salvación. Concede este mismo espíritu de ofrecimiento y devoción a todos aquellos que asistan y participan en este santo sacrificio, de manera que, sabedores de la sublimidad de este Sacramento, participen de él con toda voluntad y entendimiento, ofreciéndose al Padre como víctimas de salvación.

En nombre de ellos y en el mío propio, Señor, Jesús, una vez más nos inmolamos contigo en el mismo sacrificio al Padre, dándole así todo honor, gloria, adoración y acción de gracias por todos. Sacrificio de propiciación por los pecados y por la salvación del mundo entero, y para pedir para nosotros tu divina gracia.

Mira piadosamente, Señor, Padre Santo, esta Hostia Inmaculada que tu querido Hijo te ofreció en la Cruz. Mira el rostro de tu Ungido, en quien siempre te has complacido. Por Él, a quien nos diste por hermano y nos vas a dar por alimento, danos, Señor, con paternal benevolencia, tu gracia y todo lo necesario y útil para nuestra santificación.

Acuérdate de todos aquellos por quienes tenemos la obligación de orar y de aquellos que nos lo han pedido. Acuérdate de los atribulados y afligidos, de los pecadores, de tu Iglesia santa y de todo el género humano. Amén.

ORACIONES AL REVESTIRSE:

Al lavar las manos

Da, Señor, la virtud a mis manos para que toda mancha sea removida y pueda servirte con una mente y un cuerpo puros.

Al ponerse el amito

Impón, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de salud, para combatir las asechanzas diabólicas.

Al ponerse el alba

Purifica, Señor, y limpia mi corazón, para que purificado con la sangre del Cordero merezca el gozo sempiterno.

Al ponerse el cíngulo

Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza y extingue en mis miembros el humor libidinoso, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y castidad.

Al ponerse la estola

Devuélveme, Señor, el estado de inmortalidad, que perdimos con el pecado de nuestros primeros padres: y, aunque indigno de acercarme a tu sagrado misterio concédeme la eterna gloria.

Al ponerse la casulla

Señor, que dijiste: mi yugo es suave y mi carga ligera; haz que lo lleve de tal manera, que me haga digno de conseguir tu gracia. Amén.

 

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Lo que dijo un pastor sobre los pastores

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2015

La carta pastoral de monseñor Paul S. Loverde, obispo de la diócesis de Arlington, dejó muchas enseñanzas para todos sus fieles, no solo acerca de su tema principal, la pornografía, sino otros muchos tópicos.

Efectivamente, ese documento, además de analizar profundamente la relación de la pornografía con la esencia del ser humano desde el punto de vista antropológico y teológico, aporta criterios clarísimos (como pocas veces se ha hecho) para entender el tema y deja orientaciones puntuales de grandísima riqueza para todas las poblaciones.

Una de las novedades que se puede destacar se refiere a la orientación para los sacerdotes.

Con su autoridad, el señor obispo menciona algo que quizá es verdaderamente oportuno, tanto para el tema de la pornografía como para su propia santidad y su pastoral. Se trata de la recomendación que les hace a los sacerdotes:

“Todos los sacerdotes deben tener una dirección espiritual permanente y frecuente. Estos encuentros con su director son una oportunidad invalorable e íntima de oír la voz del Maestro y de responder a su voluntad. Las conversaciones con los directores deben ser siempre francas y completas, sin esconder ninguna de las frustraciones y tentaciones de su ministerio, y revelar todas sus faltas. La humilde aceptación de dirección es una defensa segura contra los peligros de la impureza.” (IV)

He aquí un pastor que conoce las artimañas que el demonio usa en contra del clero, para destruir indirectamente a toda su feligresía. Es que Satanás sabe que es más eficaz herir al pastor, para que se dispersen las ovejas, que el pecado del escándalo es su técnica más fructífera; por eso mismo Jesús se admiró gritando: ¡Ay de los que producen escándalo!, ¡más les valiera que les ataran una rueda de molino al cuello y los lanzaran al mar!

Parece, de hecho, que esto le ha dado muy buenos resultados últimamente. No falta el día en el que nos recuerden algún desmán de un sacerdote, bien sea a través de los medios de comunicación, bien en conversaciones privadas…

Pero el obispo, el pastor, no se queda ahí: sabe él que el sacramento de la Reconciliación trae al alma del ministro ordenado la gracia necesaria para triunfar en la lucha contra el mal. Por eso añade:

“Ningún sacerdote puede ser un ministro de reconciliación idóneo si no busca con frecuencia la absolución. Los sacerdotes deben practicar con frecuencia la confesión en el sacramento de la penitencia. La demora o la disminución de la importancia de la confesión es señal de un corazón impenitente.” (Idem)

Y, ¿por qué se publicó este documento?

“Todos los sacerdotes deben rendir cuentas de sus actos privados y públicos. En realidad, como ministros de Cristo, ningún acto es verdaderamente privado, con excepción de su oración personal, y aun los frutos de ella deben ser discutidos abiertamente con su director. No permitan nunca que surja una vida privada que deban mantener en secreto de sus hermanos.” (Idem)

¡Buen pastor! Con pastores así y la obediencia de todos, la Iglesia se mostrará otra vez santa.

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A todas las mujeres*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 24, 2015

POR FAVOR Y POR AMOR, TENGA DISTANCIA CON EL SACERDOTE.

Señorita, señora:
Cuando usted, en un arranque de emotividad, siente el impulso de lanzarse al cuello del cura párroco y cogerlo a besos, o siente ganas de expresarle su amor y gratitud, por favor, piénselo bien, evite la abrazadera, evite la tocadera; eso, definitivamente, no es sano ni conveniente.

No es tan solo porque hay que guardar la distancia, compostura y las apariencias, sino porque usted está ante un ministro del Señor, y con su actitud puede convertirse en una tentación y la cáscara en el camino del presbítero.

Un sacerdote merece reverencia y respeto, por amor; también un poco de distancia.

Tanto usted como él son humanos, y pueden hacerse daño con éstas y otras emotivas manifestaciones afectivas.

La distancia entre el sacerdote y el laico (en este caso, la laica), así el sea su confesor o usted sea su hija espiritual, es necesaria.
Por otra parte, ni el padre deja de ser hombre ni usted mujer, así el interés primero sea tan sólo el de acercar el alma hacia Dios.

No lo llame por su apodo, tampoco le diga Carlitos a secas, él para usted, como para cualquier otro se llama el padre Carlos, padre Juan o padre Andrés.
No viva llamándolo como si fuera su amigo íntimo, no lo acose, déjelo crecer en su unidad con Dios, y no divida su corazón.

Queremos sacerdotes santos, pero también nosotros tenemos que actuar con santidad ante ellos.
Queremos sacerdotes célibes, ¿cierto?
Entonces, no los tentemos ni les hagamos daño con esas actitudes que van quebrantando su voluntad y poniendo en riesgo su vida consagrada.

Por último, por favor, ¡use ropa decente!
No es necesario que se arregle y se maquille así para la Santa Misa, no es necesario el uso de esos escotes pronunciados, ni ese colorete rojo encendido.

No ande sonriéndole al padre, mientras él da el sermón, ni le demuestre a las demás feligresas que usted ocupa un lugar de predilección en su corazón.

Un cura, para ser amigo de nuestra alma, tendrá que guardar un poco de distancia con nosotros, así lo queramos con todo el corazón y el nos aprecie de la misma manera.

¡A cuidar a nuestros sacerdotes!
No son tan solo las hienas de los medios de comunicación las que los despellejan; a veces, sin querer, son sus mismos feligreses.

Dios las bendiga.
Felipe Gómez

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Llegar a la perfección

Posted by pablofranciscomaurino en junio 2, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea…, y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con Él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su Hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar, están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre —como hizo Jesús— con afán redentor, pues el panorama es desolador: son muy pocos los hombres que cumplen con la Ley de amor que nos dejó. Conviene recordar que muchos no hacen lo único que les daría la vida eterna, esto es: amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al Cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor, y pasará de ser algo pobre o carente de valor a convertirse en un acto valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo desde que recibimos el Bautismo.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, saber que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y, si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Pablo de la Cruz: pudo identificarse tanto con Cristo que vivió místicamente la Pasión y la Muerte de Jesucristo y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron nuestros pecados.

Siguiendo este camino llegará el día en que podamos afirmar con toda verdad y plenitud lo que dijo el apóstol: «Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí».

 

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Carta del demonio a los sacerdotes

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2015

Hola.Sacerdote

Yo sé que tú eres sacerdote, y por eso quiero darte algunos consejos que te podrían ayudar.

El primero es que no te esfuerces tanto: ¡relájate! Descansa: el mundo jamás va a cambiar; los hombres no son libres: están condicionados por la genética, por la sociedad, por sus problemas psicológicos, por el medio ambiente…, en fin, por tantas circunstancias, que eso de pensar en que se pueden convertir es una utopía.

Por eso, no te sacrifiques: no des misa los lunes (¿qué importa que los fieles se queden sin misa un día a la semana?, como todos, tú también tienes derecho a descansar, y los domingos son muy pesados para un sacerdote); abre el servicio parroquial solo unas horas; no destines tiempo para a confesar a los feligreses o dirigirlos espiritualmente; tampoco organices o aceptes predicar muchos retiros, catequizar o dar charlas de formación: ya es suficiente trabajo tener que administrar una parroquia…

Antes se decía que el sacerdote que escogiera la parroquia más necesitada, pobre, apartada o peligrosa se santificaría más; hoy nadie cree esa clase de tonterías.

En las homilías no les hables a tus parroquianos de mandamientos ni normas de comportamiento; no los llenes de cargos de conciencia: eso los va a afectar. Déjalos vivir lo mejor que puedan. Que se diviertan, que disfruten lo que alcancen; al fin y al cabo, la vida ya es pesada… ¿Para qué ponerles más cargas? Piensa: ¿No es más caritativo dejarlos en paz? Háblales de lo que les guste, de cosas agradables, de cosas positivas: del bienestar, del único progreso que importa: el material. No se te ocurra tocarles el tema de su condenación, del Infierno ni mucho menos de mí… (que crean que yo no existo, ni el Infierno).

No hables de fiestas de precepto, ni de obligaciones ni de normas… (ahuyentarás a los fieles).

Nada les prediques de ayunos y abstinencias, ni expliques la diferencia que hay entre ambos. Eso de que hay que dominar la carne que se opone al espíritu y santificarse pasó de moda: que hagan apenas lo necesario para ayudar a los demás.

Nunca hables de la cruz: es lo que más alejamientos produce (disminuirá mucho la asistencia). Hablarles de mortificaciones es cosa de retrógrados, medioeval, inconcebible hoy; y de nada sirve.

Además, así te alabarán, se llenarán de admiración por ti. Eso no es falta de humildad, más bien es algo útil: serán muchos los que vendrán a ti y los que asistirán a los ritos que presides, y a todos ellos los podrás ayudar.

A propósito: conviértete en un cura “moderno”, de esos que piensan distinto a los antiguos, que todo lo creían pecado y mal. Cuando puedas, manifiesta tu oposición al celibato sacerdotal y tu aprobación al aborto y a las uniones homosexuales (no estarías de moda si no lo haces), a la adopción de hijos por parte de esas parejas del mismo sexo, etc.

No vale la pena que te arriesgues por la verdad: alguien despreciado o muerto poco o nada puede hacer.

Dile a quienes se divorciaron e iniciaron una nueva relación que pueden comulgar (y que la Iglesia va a cambiar la norma que tiene sobre esto), que no es pecado ser infiel ni vivir en unión libre, que no hay obligación de ir a misa… Enseña tus ideas propias, no lo que enseña la Iglesia. Ese supuesto “derecho” que tenían los católicos de que se les enseñara solo catolicismo es falso.

Usa un lenguaje desinhibido: llama a las cosas por el nombre que usan los jóvenes “actuales”, no temas que haya quienes te reprueben por vulgar y bajo: ellos son simplemente anticuados.

No uses sotana ni traje eclesiástico alguno (como el clerigman). Antes se pensaba que el sacerdote debía ser reconocible por un modo de vestir que pusiera de manifiesto su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia y, además, recordar así al mundo que Dios existe. Hoy, por el contrario, es necesario que los clérigos no se distingan de los demás, para hacerse más cercanos a ellos. El concepto de lo “sagrado” o “consagrado” está quedando en el pasado, y no es bueno que se les recuerde a los hombres que Dios existe.

Deja que los laicos de la parroquia tengan más participación: que hagan lo que quieran sin tu supervisión: que catequicen y prediquen con errores doctrinales, que enseñen espiritualidades heréticas y que organicen los grupos basados en amistades, envidias, intrigas…, y no en el servicio a Dios y a la comunidad.

No sigas lo que dice el Misal. Recuerda que tú eres dueño de la Liturgia; cámbiala como quieras: quita y añade lo que te parezca. La novedad es muy querida por los feligreses y tú eres mejor y sabes más que la Congregación para el culto divino y disciplina de los Sacramentos (como todo el Vaticano, que son unos retrógrados). Y si alguno dice que te falta humildad o te tilda de desobediente, ignóralo: ¡la Iglesia tiene que evolucionar! Eso de que “El que es fiel en lo poco…” es un argumento amañado. Y si te hablan de la obediencia de Cristo hasta la muerte, explícales que eso se aplica solo a Él. Mientras más se pierda el respeto por las cosas y personas sagradas, mientras más se gane libertad en esto, mejor: Dios estará más cercano.

Cambia las palabras de la Consagración: en vez de decir: “Esto es mi Cuerpo…”, di: “Este es mi Cuerpo…”; en vez de: “…que será entregado por vosotros y por muchos…”, di: “…que será entregado por vosotros y por todos los hombres…” (así me aseguro de que no haya Eucaristía).

No continúes esa costumbre monótona de usar siempre los ornamentos que se prescriben para las solemnidades, fiestas, memorias, ferias… ¿Qué importa si es una u otra? Eso no es desobediencia, sino diversidad. Además, en pleno siglo XXI los católicos ya no están para obediencias a normas…

No prepares los sermones con oración y sacrificios: sal y di lo que se te ocurra. Y no te importe si repites lo que ya se leyó o si no dejas una idea clara en quienes te escuchan, por tanto que divagas…

Trata la Hostia y el vino consagrados como unas simples cosas, como un signo, nunca como si Dios estuviera ahí presente, verdaderamente: tíralos, no les hagas reverencias, pasa por delante sin arrodillarte ante ellos… Así seguirá perdiéndose la fe en la presencia real de Dios en ese Sacramento.

Deja que los laicos entren cada vez más en el presbiterio y asuman también cada vez más las responsabilidades de los clérigos —así harías una Iglesia “abierta”—: que realicen las funciones reservadas a los sacerdotes y diáconos, que lleven la Hostia consagrada sin el más mínimo respeto…

Consecuente con lo que te acabo de decir, la evolución de la Iglesia es imperante: lo que antes se consideraba pecado, hoy debes llamarlo enfermedad. No hables de la Confesión sacramental: no es necesaria, sino para que las personas se desahoguen; es una terapia psicológica, como todos los ritos litúrgicos.

Conviene que tanto en público como en privado desautorices a la Iglesia y promuevas las divisiones. Habla cada vez más de una iglesia tradicionalista y de otra progresista, máxime si eres profesor de teología; así la dividirás más.

En este campo de la teología es bueno que se impulsen nuevas ideas e iniciativas (diferentes a las de la enseñanza tradicional de la Iglesia), que tanto enriquecen y que jamás se deberían rechazar, aunque parezcan traicionar la esencia misma de la fe: es necesario que la desanquilosemos y, por eso, que la desanclemos del Vaticano y del papa. Y, ya que hablamos del papa, promueve el rechazo a sus palabras y actuaciones y, si es novedoso de algún modo, llámalo anticristo y antipapa, y desautoriza su elección a cualquier costo: no es el Espíritu Santo quien lo eligió, sino el producto de un montón de intrigas y juegos políticos.

Acoge las nuevas ideas en las que se afirma que los evangelios no son fieles a la verdad histórica, sino que fueron escritos para una enseñanza y, por eso, tergiversaron los hechos. Del mismo modo, toma todo lo escrito en la Biblia como algo susceptible de interpretación libre y personal de cualquier teólogo e, incluso, de laicos.

Pero lo más importante para mis intereses es que dejes de orar, que no te confieses nunca, que te alejes la dirección espiritual (¿Qué puede saber otro de ti?) y que no reces el Oficio divino: no pierdas tu tiempo en esas tonterías; lo importante es que trabajes para mejorar tu entorno y el de los demás, para que este mundo sea mejor.

Un mundo mejor es en el que el progreso material se note; en el que las desigualdades desaparezcan; en el que haya armonía con el cosmos y una fraternidad universal, forjada por hombres y mujeres de carne y hueso, no por ángeles. Dios está muy ocupado en las cosas del Cielo, como para tener tiempo o interés en las problemáticas mundiales de la pobreza, la discriminación, la explotación, la sociedad de consumo que acaba con el bienestar, del hambre, la contaminación, la escasez de agua, la destrucción del hábitat, etc. Estos son problemas reales; los únicos auténticos problemas. Por estar rezando, los hombres descuidaron lo principal: sus vidas verdaderas aquí en la tierra.

Ten gran familiaridad con las mujeres: mantén con ellas relaciones más “abiertas”: salúdalas con besos y abrazos. Olvídate de que eres persona consagrada a Dios. ¿Acaso no son hijas de Dios y, por lo tanto, tus hermanas?

Y, cuando decidas ayudarme más, podrás buscar una para tenerla de amante…

O, si te atrae, entrégate a las relaciones homosexuales y, si puedes, viola niños. ¡Si supieras cuánto me ayuda que seas pedófilo!

Todo esto, ¿qué tiene de malo? ¡Tantos lo hacen! Las ciencias modernas dicen que eso está en la naturaleza humana y que esas fuerzas no se deben violentar.

Si haces todo esto, me ayudarás a destruir el plan de Dios y, lo que es mejor, podré llamarte HIJO MÍO. Y así conseguiremos que muchos más lo sean.

Tu amigo y, si así lo deseas, a partir de ahora: tu padre,

SATANÁS

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La eficacia de la labor sacerdotal

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 20, 2015

La vida plena de un cristiano es unirse a la de Cristo. Pero esa unión no es la de un amigo que acompaña a otro, sino la del que vive intensamente su vida. Su unión es tan íntima, que sufre con lo que él sufre, goza con lo que él goza, desea lo que él desea… y así, sucesivamente.

Algunos han vivido así su relación con él. La gracia de Dios ha sido tan penetrante, que han podido comprender que no hubo en la vida de Jesús un anhelo más grande que el de salvar a las almas del terrible destino a que se veían abocadas por el pecado de soberbia que habían cometido contra su Dios, contra su hacedor, contra su eterno benefactor.

Entre las muchas cosas que se pueden rememorar están las palabras de san Pablo: Sufro en mi carne lo que le falta a Cristo. ¡Ese es el verdadero sentido de la vida del cristiano: ayudar a Jesús a redimir a los hombres! Pero no como quien se une a otro para hacer una buena labor en el mundo, no. Es siendo otros Cristos en medio de las gentes, ofreciendo cada instante de la vida a Dios Padre -como hizo Jesús- con afán redentor: el panorama es desolador; son muy pocos los hombres que cumplen con la ley de amor que nos dejó. Conviene recordar una y otra vez las palabras del aquel sacerdote que afirmaba que muchos se inventan “sus propias religioncitas”, y que no hacen lo único que les dará la vida eterna, esto es, amar como amó Jesús. ¡Cuántos estarán errando el camino al cielo! Para completar, son pocos los que ayudan a Cristo a pedir perdón a su Padre por las faltas cometidas.

En el alma sacerdotal, cada acción, cada palabra, cada pensamiento ofrecido al Padre en común unión con Cristo será un acto redentor y pasará de ser algo carente de valor a convertirse en uno valiosísimo, pues tendrá la bendición y la fuerza de todo un Dios. El brazo justiciero del Padre se verá sostenido otra vez y, por un tiempo más, seguirá su curso el tiempo de la misericordia.

Esa es la misión del sacerdote: corredimir intensa y profundamente. Y todos los bautizados participamos del sacerdocio de Cristo de alguna manera.

Para eso, es necesario profundizar en la vida de Jesucristo, que sepamos que lo que redimió al mundo fue su Cruz. Si somos generosos, podremos ofrecer al Padre nuestra pequeña cruz de cada día uniéndola a la de Cristo, de manera que, así ofrendada, se potencialice su acción hasta salvar a todos.

Y si somos realmente libres y amamos de veras, podemos llegar a la perfección: crucificarnos con él en su Cruz, anulando todo ego y poniéndonos en sus manos para decirle que haga de nosotros lo que quiera. Ahí es cuando comenzaremos a ser discípulos suyos. Eso fue lo que logró san Francisco de Asís: pudo identificarse tanto con Cristo que las llagas de sus manos, pies, cabeza, costado… se marcaron en su cuerpo, y sintió, como Jesús, los dolores que le produjeron. Pronto llegará el día en que podamos afirmar con plenitud lo que dijo el apóstol: “Vivo yo, pero no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

 

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Ciclo B, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2013

Para que te vaya bien

Nuestro Creador —el que sabe cómo seremos felices— nos dice hoy en el Deuteronomio: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras vivan; así prolongarás tu vida. Y ponlo por obra, para que te vaya bien.»

Pero los judíos tenían 613 mandamientos para cumplir en la Ley de Moisés. Y, si los revisamos, en realidad eran difíciles de llevar a cabo. Por eso, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Sabía que, al menos cumpliendo el principal, conseguiría que le fuera bien.

Jesús le respondió, no solamente cuál es el primero, sino también el segundo:

«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que éstos».

Si nos dejamos llevar por la idea de cumplir únicamente el segundo, como muchos de los seguidores de la Teología de la Liberación, nos concentraremos tanto en buscar el bienestar temporal de nuestros hermanos, que nos olvidaremos que todos estamos hechos para la felicidad eterna en el Cielo.

Si, por el contrario, nos dedicamos a amar a Dios con toda el alma, ese amor nos llevará a amar lo que Él más ama: la salvación de sus hijos.

Para lograr esa salvación de todos, Dios estableció el sacerdocio Cristo, como nos lo cuenta hoy la Carta a los Hebreos: «El sacerdocio salva definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios.»

Ahora bien: el sacerdote lo que hace es ofrecer sacrificios a Dios. Y, ¿cuál es el mejor sacrificio? El escriba contestó: «Amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Hagamos esto para que nos vaya bien.

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Ciclo A, XXXI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2011

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

¿A quién predicamos?

Todos podemos estorbar los planes de Dios. De hecho, lo hemos obstaculizado siempre que omitimos hacer el bien que podíamos, cuando pensamos mal, cuando al hablar suscitamos el mal, cuando hacemos el mal…

Las lecturas de hoy hacen referencia a un mal que estorba más que todos los demás males: la soberbia. Y en la soberbia caemos todos cuando, por ejemplo, al ver que no hacemos tanto mal como otros, nos juzgamos superiores; cuando creemos que somos buenos católicos y por eso nos sentimos mejores que los demás; cuando cumplimos los deberes cristianos… Es que la soberbia es tan sutil, que a veces ni nos damos cuenta de que se nos cuela con apariencias de bien.

Pero el escándalo, es decir, las acciones o palabras que son causa de que otros obren mal o piensen mal, es el que más daño hace a los designios de Dios: aquel sacerdote, catequista o predicador que no es capaz de predicar a Cristo, sino de predicarse a sí mismo.

También aquellos los que se engríen por hacer las lecturas de la Misa, por acolitar, por cantar en las celebraciones o por repartir la comunión…, están impidiendo que la gracia de Dios llegue a las almas; están siendo obstáculo de Dios: creen que son servidores de Dios, pero se predican a sí mismos.

Además, se hacen merecedores de que Dios, como dice la primera lectura, les lance la maldición, porque ninguno toma su oficio en serio, y porque se han desviado del camino, según dice el Señor de los ejércitos, y han hecho que muchos tropiecen.

La actitud correcta es la que san Pablo nos presenta hoy: a pesar de que los apóstoles de Cristo habían podido aparecer como grandes, se hicieron pequeños: ni siquiera valoraban su propia vida: estaban dispuestos hasta a darla por Cristo.

O, como dice Jesús en el Evangelio: El más grande entre ustedes será el servidor de todos. Porque el que se pone por encima, será humillado, y el que se rebaja, será puesto en alto.

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Sacerdotalis Caelibatus*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2011

SACERDOTALIS CAELIBATUS
ENCÍCLICA DE SU SANTIDAD
PABLO VI
SOBRE EL CELIBATO SACERDOTAL

 

A los obispos,
a los hermanos en el sacerdocio,
a los fieles de todo el mundo católico

 

INTRODUCCIÓN

1. EL CELIBATO SACERDOTAL HOY

Situación actual

1. El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras.

Pero en el clima de los nuevos fermentos, se ha manifestado también la tendencia, más aún, la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo.

Una promesa nuestra al Concilio

2. Este estado de cosas, que sacude la conciencia y provoca la perplejidad en algunos sacerdotes y jóvenes aspirantes al sacerdocio y engendra confusión en muchos fieles, nos obliga a poner un término a la dilación para mantener la promesa que hicimos a los venerables padres del concilio, a los que declaramos nuestro propósito de dar nuevo lustre y vigor al celibato sacerdotal en las circunstancias actuales [1]. Entretanto, larga y fervorosamente hemos invocado las necesarias luces y ayudas del espíritu Paráclito, y hemos examinado, en la presencia de Dios, los pareceres y las instancias que nos han llegado de todas partes, ante todo de varios pastores de la Iglesia de Dios.

Amplitud y gravedad de la cuestión

3. La gran cuestión relativa al sagrado celibato del clero en la Iglesia se ha presentado durante mucho tiempo a nuestro espíritu en toda su amplitud y en toda su gravedad. Debe todavía hoy subsistir la severa y sublimadora obligación para los que pretenden acercarse a las sagradas órdenes mayores? Es hoy posible, es hoy conveniente la observancia de semejante obligación? No será ya llegado el momento para abolir el vínculo que en la Iglesia une el sacerdocio con el celibato? No podría ser facultativa esta difícil observancia? No saldría favorecido el ministerio sacerdotal, facilitada la aproximación ecuménica? Y si la áurea ley del sagrado celibato debe todavía subsistir con qué razones ha de probarse hoy que es santa conveniente? Y con qué medios puede observarse y cómo convertirse de carga en ayuda para la vida sacerdotal?

La realidad y los problemas

4. Nuestra atención se ha detenido de modo particular en las objeciones que de varias formas se han formulado o se formulan contra el mantenimiento del sagrado celibato. Efectivamente, un tema tan importante y tan complejo nos obliga, en virtud de nuestro servicio apostólico, a considerar lealmente la realidad y los problemas que implica, pero iluminándolos, como es nuestro deber y nuestra misión, con la luz de la verdad que es Cristo, con el anhelo de cumplir en todo la voluntad de aquel que nos ha llamado a este oficio, y de manifestarnos como efectivamente somos ante la Iglesia, el siervo de los siervos de Dios.

2. OBJECIONES CONTRA EL CELIBATO SACERDOTAL

El celibato y el Nuevo Testamento

5. Se puede decir que nunca, como hoy, el terna del celibato eclesiástico se ha investigado con mayor intensidad y bajo todos sus aspectos, en el plano doctrinal, histórico, sociológico, psicológico y pastoral, y frecuentemente con intenciones fundamentalmente rectas, aunque a veces la palabras puedan haberlas traicionado.

Miremos honradamente las principales objeciones contra le ley del celibato eclesiástico, unido al sacerdocio.

La primera parece que proviene de la fuente más autorizada: el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, no exige e! celibato de los sagrados ministros, sino que más bien o propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6).

Los Padres de la Iglesia

6. La íntima relación que los padres de la iglesia y los escritores eclesiásticos establecieron a lo largo de os siglos, entre la vocación al sacerdocio ministerial la sagrada virginidad encuentra su origen en mentalidades y situaciones históricas muy diversas de las nuestras. Muchas veces en los textos patrísticos se recomienda al clero, más que el celibato, la abstinencia con el uso del matrimonio, y las razones que se aducen en favor de la castidad perfecta de los sagrados ministros parecen a veces inspiradas en un excesivo pesimismo sobre la condición humana de la carne, o en una particular concepción de la pureza necesaria para el contacto con las cosas sagradas. Además los argumentos va no estarían en armonía con todos los ambientes socioculturales, donde la Iglesia está llamada hoy a actuar, por medio de sus sacerdotes.

Vocación y celibato

7. Una dificultad que muchos notan consiste en el hecho de que con la disciplina vigente del celibato se hace coincidir el carisma de la vocación sacerdotal con el carisma de la perfecta castidad, como estado de vida del ministro de Dios; y por eso se preguntan si es justo alejar del sacerdocio a los que tendrían vocación ministerial, sin tener la de la vida célibe.

El celibato y la escasez de clero

8. Mantener el celibato sacerdotal en la Iglesia traería además un daño gravísimo, allí donde la escasez numérica del clero, dolorosamente reconocida y lamentada por el mismo concilio [2], provoca situaciones dramáticas, obstaculizando la plena realización del plan divino de la salvación y poniendo a veces en peligro la misma posibilidad del primer anuncio del evangelio. Efectivamente, esta penuria de clero que preocupa, algunos la atribuyen al peso de la obligación del celibato.

Sombras en el celibato

9. No faltan tampoco quienes están convencidos de que un sacerdocio con el matrimonio no sólo quitaría la ocasión de infidelidades, desórdenes y dolorosas defecciones, que hieren y llenan de dolor a toda la Iglesia, sino que permitiría a los ministros de Cristo dar un testimonio más completo de vida cristiana, incluso en el campo de la familia, del cual su estado actual los excluye.

Violencia a la naturaleza

10. Hay también quien insiste en la afirmación según la cual el sacerdote, en virtud de su celibato, se encuentra en una situación física y psicológica antinatural, dañosa al equilibrio y a la maduración de su personalidad humana. Así sucede -dicen- que a menudo el sacerdote se agoste y carezca de calor humano, de una plena comunión de vida y de destino con el resto de sus hermanos, y se vea forzado a una soledad que es fuente de amargura y de desaliento. Todo esto ¿no indica acaso una injusta violencia y un injustificable desprecio de valores humanos que se derivan de la obra divina de la creación, y que se integran en la obra de la redención, realizada por Cristo?

Formación inadecuada

11. Observando además el modo como un candidato al sacerdocio llega a la aceptación de un compromiso tan gravoso, se alega que en la práctica es el resultado de una actitud pasiva, causada muchas veces por una formación no del todo adecuada y respetuosa de la libertad humana, más bien que el resultado de una decisión auténticamente personal; ya que el grado de conocimiento y de autodecisión del joven y su madurez psicofísica son bastante inferiores, y en todo caso desproporcionadas respecto a la entidad, a las dificultades objetivas y a la duración del compromiso que toma sobre sí.

3. CONFIRMACIÓN DEL CELIBATO ECLESIÁSTICO.
RECONOZCAMOS EL DON DE DIOS

12. No ignoramos que se pueden proponer también otras objeciones contra el sagrado celibato. Es este un tema muy complejo que toca en lo vivo la concepción habitual de la vida y que introduce en ella la luz superior, que proviene de la divina revelación; una serie interminable de dificultades se presentará a los que «no… entienden esta palabra» (Mt 19, 11), no conocen u olvidan el «don de Dios» (cf. Jn 4, 10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.

Testimonio del pasado y del presente

13. Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados —subdiáconos, diáconos, presbíteros, obispos— que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad y también con relativa facilidad. Este grandioso fenómeno prueba una, singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio de «luz del mundo» y de «sal de la tierra» (cf. Mt 5, 13-114). No podemos silenciar nuestra admiración; en todo ello sopla, sin duda ninguna, el espíritu de Cristo.

Confirmación de la validez del celibato

14. Pensarnos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.

La potestad de la Iglesia

15. Ciertamente, el carisma de la vocación sacerdotal, enderezado al culto divino y al servicio religioso y pastoral del Pueblo de Dios, es distinto del carisma que induce a la elección del celibato como estado de vida consagrada (cf. n. 5, 7); mas, la vocación sacerdotal, aunque divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante sin la prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma.

Propósito de la encíclica

16. Con espíritu de fe, consideramos, por lo mismo favorable la ocasión que nos ofrece la divina providencia para ilustrar nuevamente y de una manera más adaptada a los hombres de nuestro tiempo, las razones profundas del sagrado celibato, ya que, si las dificultades contra la fe «pueden estimular el espíritu a una más cuidadosa y profunda inteligencia de la misma» [3], no acontece de otro modo con la disciplina eclesiástica, que dirige la vida de los creyentes.

Nos mueve el gozo de contemplar en esta ocasión y desde este punto, de vista la divina riqueza y belleza de la Iglesia de Cristo, no siempre inmediatamente descifrable a los ojos humanos, porque es obra del amor del que es cabeza divina de la Iglesia, y porque se manifiesta en aquella perfección de santidad (cf. Ef 5, 25-27), que asombra al espíritu humano y encuentra insuficientes las fuerzas del ser humano para dar razón de ella.

I. ASPECTOS DOCTRINALES

1. LOS FUNDAMENTOS DEL CELIBATO SACERDOTAL

El concilio y el celibato

17. Ciertamente, como ha declarado el Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, la virginidad «no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias Orientales»[4], pero el mismo sagrado concilio no ha dudado confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos.

Argumentos antiguos puestos a nueva luz

18. No es la primera vez que se reflexiona sobre la «múltiple conveniencia» (1.c) del celibato para los ministros de Dios; y aunque las razones aducidas han sido diversas, según la diversa mentalidad y las diversas situaciones, han estado siempre inspiradas en consideraciones específicamente cristianas, en el fondo de las cuales late la intuición de motivos más profundos. Estos motivos pueden venir a mejor luz, no sin el influjo del Espíritu Santo, prometido por Cristo a los suyos para el conocimiento de las cosas venideras (cf. Jn 16, 13) y para hacer progresar en el pueblo de Dios la inteligencia del misterio de Cristo y de la Iglesia, sirviéndose también de la experiencia procurada por una penetración mayor de las cosas espirituales a través de los siglos [5].

A. DIMENSIÓN CRISTOLÓGICA

La novedad de Cristo

19. El sacerdocio cristiano, que es nuevo, solamente puede ser comprendido a la luz de la novedad de Cristo, pontífice sumo y eterno sacerdote, que ha instituido el sacerdocio ministerial, como real participación de su único sacerdocio [6]. El ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios (1Cor 4, 1) tiene por consiguiente en él también el modelo directo y el supremo ideal (cf. 1Cor 11, 1). El Señor Jesús, unigénito de Dios, enviado por el Padre al mundo, se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento (Jn 3, 5; Tit 3, 5), entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre (Jn 4, 34; 17, 4), Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación (2Cor 5, 17; Gál 6, 15), introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad (cf. Gál 3, 28).

Matrimonio y celibato en la novedad de Cristo

20. El matrimonio, que por voluntad de Dios continúa la obra de la primera creación (Gén 2, 18), asumido en el designio total de la salvación, adquiere también él nuevo significado y valor. Efectivamente, Jesús le ha restituido su primitiva dignidad (Mt 19, 38), lo ha honrado (cf. Jn 2, 1-11) y lo ha elevado a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia (Ef 5, 32). Así los cónyuges cristianos, en el ejercicio del mutuo amor, cumpliendo sus específicos deberes y tendiendo a la santidad que les es propia, marchan juntos hacia la patria celestial. Cristo, mediador de un testamento mas excelente (Heb 8, 6), ha abierto también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (1Cor 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y completo la realidad, profundamente innovadora, del Nuevo Testamento.

Virginidad y sacerdocio en Cristo mediador

21. Cristo, Hijo único del Padre, en virtud de su misma encarnación, ha sido constituido mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre [7].

El celibato por el reino de los cielos

22. Jesús, que escogió los primeros ministros de la salvación y quiso que entrasen en la inteligencia de los misterios del reino de los cielos (Mt 13, 11; Mc 4, 11; Lc 8, 10), cooperadores de Dios con título especialísimo, embajadores suyos (2Cor 5, 20), y les llamó amigos y hermanos (Jn 15, 15; 20, 17), por los cuales se consagró a sí mismo, a fin de que fuesen consagrados en la verdad (Jn 17, 19), prometió una recompensa superabundante a todo el que hubiera abandonado casa, familia, mujer e hijos por el reino de Dios (Lc 18, 29-30). Más aún, recomendó también [8], con palabras cargadas de misterio y de expectación, una consagración todavía más perfecta al reino de los cielos por medio de la virginidad, como consecuencia de un don especial (Mt 19, 11-12). La respuesta a este divino carisma tiene como motivo el reino de los cielos (Ibíd.. v. 12); e igualmente de este reino, del evangelio (Mc 20, 29-30) y del nombre de Cristo (Mt 19,29) toman su motivo las invitaciones de Jesús a las arduas renuncias apostólicas, para una participación más íntima en su suerte.

Testimonio de Cristo

23. Es, pues, el misterio de la novedad de Cristo, de todo lo que él es y significa; es la suma de los más altos ideales del evangelio, y del reino; es una especial manifestación de la gracia que brota del misterio pascual del redentor, lo que hace deseable y digna la elección de la virginidad, por parte de los llamados por el Señor Jesús, con la intención no solamente de participar de su oficio sacerdotal, sino también de compartir con él su mismo estado de vida.

Plenitud de amor

24. La respuesta a la vocación divina es una respuesta de amor al amor que Cristo nos ha demostrado de manera sublime (Jn 15, 13; 3, 16); ella se cubre de misterio en el particular amor por las almas, a las cuales él ha hecho sentir sus llamadas más comprometedoras (cf. Mc 1, 21). La gracia multiplica con fuerza divina las exigencias del amor que, cuando es auténtico, es total, exclusivo, estable y perenne, estímulo irresistible para todos los heroísmos. Por eso la elección del sagrado celibato ha sido considerada siempre en la Iglesia «como señal y estímulo de caridad» [9]; señal de un amor sin reservas, estímulo de una caridad abierta a todos. Quién jamás puede ver en una vida entregada tan enteramente y por las razones que hemos expuesto, señales de pobreza espiritual, de egoísmo, mientras que por el contrario es, y debe ser, un raro y por demás significativo ejemplo de vida, que tiene como motor y fuerza el amor, en el que el hombre expresa su exclusiva grandeza? Quién jamás podrá dudar de la plenitud moral y espiritual de una vida de tal manera consagrada, no ya a un ideal aunque sea el más sublime, sino a Cristo y a su obra en favor de una humanidad nueva, en todos los lugares y en todos los tiempos?

Invitación al estudio

25. Esta perspectiva bíblica y teológica, que asocia nuestro sacerdocio ministerial al de Cristo, y que de la total y exclusiva entrega de Cristo a su misión salvífica saca el ejemplo y la razón de nuestra asimilación a la forma de caridad y de sacrificio, propia de Cristo redentor, nos parece tan fecunda y tan llena de verdades especulativas y prácticas, que os invitamos a vosotros, venerables hermanos, invitamos a los estudiosos de la doctrina cristiana y a los maestros de espíritu y a todos los sacerdotes capaces de las intuiciones sobrenaturales sobre su vocación, a perseverar en el estudio de estas perspectivas y penetrar en sus íntimas y fecundas realidades, de suerte que el vínculo entre el sacerdocio y el celibato aparezca cada vez mejor en su lógica luminosa y heroica, de amor único e ilimitado hacia Cristo Señor y hacia su Iglesia.

B. DIMENSIÓN ECLESIOLÓGICA

El celibato y el amor de Cristo y del sacerdote por la Iglesia

26. «Apresado por Cristo Jesús» (Fil 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 26-27).

Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne, ni por la sangre (Jn 1, 13)[10].

Unidad y armonía en la vida sacerdotal: el ministerio de la palabra

27. El sacerdote, dedicándose al servicio del Señor Jesús y de su cuerpo místico en completa libertad más facilitada gracias a su total ofrecimiento, realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida sacerdotal [11]. Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y para la oración. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles, los ecos más vibrantes y profundos.

El oficio divino y la oración

28. Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia, como Cristo (cf. Lc 2, 49; 1Cor 7,. 32-33), su ministro, a imitación del sumo sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro (Heb 9, 24; 7, 25), recibe, del atento y devoto rezo del oficio divino, con el que él presta su voz a la Iglesia que ora juntamente con su esposo [12], alegría e impulso incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es una función exquisitamente sacerdotal (Hch 6, 2).

El ministerio de la gracia y de la eucaristía

29. Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño en la propia santificación encuentra efectivamente nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la eucaristía, en la que se encierra todo el bien de la Iglesia [13] actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto.

Vida plenísima y fecunda

30. ¿Qué otras consideraciones más podríamos hacer sobre el aumento de capacidad, de servicio, de amor, de sacrificio del sacerdote por todo el pueblo de Dios? Cristo ha dicho de sí: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto» (Jn 12, 24). Y el apóstol Pablo no dudaba en exponerse a morir cada día, para poseer en sus fieles una gloria en Cristo Jesús (cf. 1Cor 14, 31). Así el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallar la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios.

El sacerdote célibe en la comunidad de los fieles

31. En medio de la comunidad de los fieles, confiados a sus cuidados, el sacerdote es Cristo presente; de ahí la suma conveniencia de que en todo reproduzca su imagen y en particular de que siga su ejemplo, en su vida íntima lo mismo que en su vida de ministerio. Para sus hijos en Cristo el sacerdote es signo y prenda de las sublimes y nuevas realidades del reino de Dios, del que es dispensador, poseyéndolas por su parte en el grado más perfecto y alimentando la fe y la esperanza de todos los cristianos, que en cuanto tales están obligados a la observancia de la castidad, según el propio estado.

Eficacia pastoral del celibato

32. La consagración a Cristo, en virtud de un título nuevo y excelso cual es el celibato, permite además al sacerdote, como es evidente también en el campo práctico, la mayor eficiencia y la mejor actitud psicológica y afectiva para el ejercicio continuo de la caridad perfecta, que le permitirá, de manera más amplia y concreta, darse todo para utilidad de todos (2Cor 12, 15) [14] y le garantiza claramente una mayor libertad y disponibilidad en el ministerio pastoral [15], en su activa y amorosa presencia en medio del mundo al que Cristo lo ha enviado (Jn 17, 18), a, fin de que pague enteramente a todos los hijos de Dios la deuda que se les debe (Rom 1, 14).

C. DIMENSIÓN ESCATOLÓGICA

El anhelo del pueblo de Dios por el reino celestial

33. El reino de Dios que no es de este mundo (Jn 18, 36), está aquí en la tierra presente en misterio y llegará a su perfección con la venida gloriosa del Señor Jesús [16]. De este reino la Iglesia forma aquí abajo como el germen y el principio; y mientras que va creciendo lenta, pero seguramente, siente el anhelo de aquel reino perfecto y desea, con todas sus fuerzas, unirse a su rey en la gloria [17].

En la historia, el Pueblo de Dios, peregrino, está en camino hacia su verdadera patria (Fil 3, 20) donde se manifestará en toda su plenitud la filiación divina de los redimidos (1Jn 3, 2) y donde resplandecerá definitivamente la belleza transfigurada de la Esposa del Cordero divino [18].

El celibato como signo de los bienes celestiales

34. Nuestro Señor y Maestro ha dicho que «en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo» (Mt 22, 30). En el mundo de los hombres, ocupados en gran número en los cuidados terrenales y dominados con gran frecuencia por los deseos de la carne (cf. 1Jn 2, 16), el precioso don divino de la perfecta continencia por el reino de los cielos constituye precisamente «un signo particular de los bienes celestiales» [19], anuncia la presencia sobre la tierra de los últimos tiempos de la salvación (cf. 1Cor 7, 29-31) con el advenimiento de un mundo nuevo, y anticipa de alguna manera la consumación del reino, afirmando sus valores supremos, que un día brillarán en todos los hijos de Dios. Por eso, es un testimonio de la necesaria tensión del Pueblo de Dios hacia la meta última de su peregrinación terrenal y un estímulo para todos a alzar la mirada a las cosas que están allá arriba, en donde Cristo está sentado a la diestra del Padre y donde nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, hasta que se manifieste en la gloria (Col 3, 1-4).

2. EL CELIBATO EN LA VIDA DE LA IGLESIA

En la antigüedad

35. El estudio de los documentos históricos sobre el celibato eclesiástico sería demasiado largo, pero muy instructivo. Baste la siguiente indicación: en la antigüedad cristiana los padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en oriente como en occidente, de la práctica libre del celibato en los sagrados ministros [20], por su gran conveniencia con su total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia.

La Iglesia de Occidente

36. La Iglesia de Occidente, desde los principios del siglo IV, mediante la intervención de varios concilios provinciales y de los sumos pontífices, corroboró, extendió y sancionó esta práctica [21]. Fueron sobre todo los supremos pastores y maestros de la Iglesia de Dios, custodios e intérpretes del patrimonio de la fe y de las santas costumbres cristianas, los que promovieron, defendieron y restauraron el celibato eclesiástico, en las sucesivas épocas de la historia, aun cuando se manifestaban oposiciones en el mismo clero y las costumbres de una sociedad en decadencia no favorecían ciertamente los heroísmos de la virtud. La obligación del celibato fue además solemnemente sancionada por el sagrado Concilio ecuménico Tridentino [22] e incluida finalmente en el Código de Derecho Canónico (can. 132,1) [nuevo can. 277].

El magisterio pontificio más reciente

37. Los sumos pontífices más cercanos a nosotros desplegaron su ardentísimo celo y su doctrina para iluminar y estimular al clero a esta observancia [23] y no querernos dejar de rendir un homenaje especial a la piadosísima memoria de nuestro inmediato predecesor, todavía vivo en el corazón del mundo, el cual, en el Sínodo romano pronunció, entre la sincera aprobación de nuestro clero de la urbe, las palabras siguientes: «Nos llega al corazón el que… alguno pueda fantasear sobre la voluntad o la conveniencia para la Iglesia católica de renunciar a lo que, durante siglos y siglos, fue y sigue siendo una de las glorias más nobles y más puras de su sacerdocio. La ley del celibato eclesiástico, y el cuidado de mantenerla, queda siempre como una evocación de las batallas de los tiempos heroicos, cuando la Iglesia de Dios tenía que combatir, y salió victoriosa, por el éxito de su trinomio glorioso, que es siempre símbolo de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y católica» [24]

La Iglesia de Oriente

38. Si es diversa la legislación de la Iglesia de Oriente en materia de disciplina del celibato en el clero, como fue finalmente establecida por el Concilio Trullano desde el año 692 [25], y como ha sido abiertamente reconocido por el Concilio Vaticano II [26], esto es debido también a una diversa situación histórica de aquella parte nobilísima de la Iglesia, situación a la que el Espíritu Santo ha acomodado su influjo providencial y sobrenaturalmente.

Aprovechamos esta ocasión para expresar nuestra estima y nuestro respeto a todo el clero de las Iglesias orientales y para reconocer en él ejemplos de fidelidad y de celo que lo hacen digno de sincera veneración.

La voz de los Padres orientales

39. Pero nos es también motivo de aliento para perseverar en la observancia de la disciplina en relación al celibato del clero, la apología que los padres orientales nos han dejado sobre la virginidad. Resuena en nuestro corazón, por ejemplo, la voz de san Gregorio Niseno, que nos recuerda que «la vida virginal es la imagen de la felicidad que nos espera en el mundo futuro» [27], y no menos nos conforta el encomio del sacerdocio, que seguimos meditando, de san Juan Crisóstomo, ordenado a ilustrar la necesaria armonía que debe reinar entre la vida privada del ministro del altar y la dignidad de la que está revestido, en orden a sus sagradas funciones: «a quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo» [28].

Significativas indicaciones en la tradición oriental

40. Por lo demás no es inútil observar que también en el oriente solamente los sacerdotes célibes son ordenados obispos y los sacerdotes mismos no pueden contraer matrimonio después de la ordenación sacerdotal; lo que deja entender que también aquellas venerables Iglesias poseen en cierta medida el principio del sacerdocio celibatario y el de una cierta conveniencia entre el celibato y el sacerdocio cristiano, del cual los obispos poseen el ápice y la plenitud [29].

La fidelidad de la Iglesia de Occidente a su propia tradición

41. En todo caso, la Iglesia de Occidente no puede faltar en su fidelidad a la propia y antigua tradición, y no cabe pensar que durante siglos haya seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada una de las almas y del Pueblo de Dios, la haya en cierto modo comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jurídicas, haya reprimido la libre expansión de las más profundas realidades de la naturaleza y de la gracia.

Casos especiales

42. En virtud de la norma fundamental del gobierno de la Iglesia Católica, a la que arriba hemos aludido (n. 15), de la misma manera que por una parte queda confirmada la ley que requiere la elección libre y perpetua del celibato en aquellos que son admitidos a las sagradas órdenes, se podrá por otra permitir el estudio de las particulares condiciones de los ministros sagrados casados, pertenecientes a Iglesias o comunidades cristianas todavía separadas de la comunión católica, quienes, deseando dar su adhesión a la plenitud de esta comunión y ejercitar en ella su sagrado ministerio, fuesen admitidos a las funciones sacerdotales; pero en condiciones que no causen perjuicio a la disciplina vigente sobre el sagrado celibato.

Y que la autoridad de la Iglesia no rehúye el ejercicio de esta potestad lo demuestra la posibilidad, propuesta por el reciente concilio ecuménico, de conferir el sacro diaconado incluso a hombres de edad madura, que viven en el matrimonio [30].

Confirmación

43. Pero todo esto no significa relajación de la ley vigente y no debe interpretarse como un preludio de su abolición. Y más bien que condescender con esta hipótesis, que debilita en las almas el vigor y el amor que hace seguro y feliz el celibato, y oscurece la verdadera doctrina que justifica su existencia y glorifica su esplendor, promuévase el estudio en defensa del concepto espiritual y del valor moral de la virginidad y del celibato [31].

Don que Dios dará si se le pide

44. La sagrada virginidad es un don especial, pero la Iglesia entera de nuestro tiempo, representada solemne y universalmente por sus pastores responsables, y respetando siempre, como ya hemos dicho, la disciplina de las Iglesias Orientales, ha manifestado su plena certeza en el Espíritu de “que el don del celibato, tan congruente con el sacerdocio del Nuevo Testamento, lo otorgará generosamente el Padre, con tal de que los que por el sacramento del orden participan del sacerdocio de Cristo, más aún toda la Iglesia, lo pidan con humildad e insistencia [32]

La oración del Pueblo de Dios

45. Y hacemos en espíritu un llamamiento a todo el Pueblo de Dios, para que, cumpliendo con su deber de procurar el incremento de las vocaciones sacerdotales [33], suplique instantemente al Padre de todos, al esposo divino de la Iglesia y al Espíritu Santo, que es su alma, para que, por intercesión de la Bienaventurada Virgen y Madre de Cristo y de la Iglesia, comunique especialmente en nuestro tiempo este don divino, del cual el Padre ciertamente no es avaro, y para que las almas se dispongan a él con espíritu de profunda fe y de generoso amor.

Así, en nuestro mundo, que tiene necesidad de la gloria de Dios (cf. Rom 3, 23), los sacerdotes, configurados cada vez más perfectamente con el sacerdote único y sumo, sean gloria refulgente de Cristo (2Cor 8, 23) y por su medio sea magnificada «la gloria de la gracia» de Dios en el mundo de hoy (cf. Ef 1, 6).

El mundo de hoy y el celibato sacerdotal

46. Sí, venerables y carísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos «en el corazón de Jesucristo» (Fil 1, 8); precisamente el mundo en que hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y de transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de las humanas conquistas, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas a los más altos y sagrados valores del alma, a fin de que a este tiempo nuestro no le falte la rara e incomparable luz de las más sublimes conquistas del espíritu.

La escasez numérica de los sacerdotes

47. Nuestro Señor Jesucristo no vaciló en confiar a un puñado de hombres, que cualquiera hubiera juzgado insuficientes por número y calidad, la misión formidable de la evangelización del mundo entonces conocido; y a este «pequeño rebaño» le advirtió que no se desalentase (Lc 12, 32), porque con Él y por Él, gracias a su constante asistencia (Mt 28, 20), conseguirían la victoria sobre el mundo (Jn 16, 33). Jesús nos ha enseñado también que el reino de Dios tiene una fuerza íntima y secreta, que le permite crecer y llegar a madurar sin que el hombre lo sepa (Mc 4, 26-29). La mies del reino de los cielos es mucha y los obreros, hoy lo mismo que al principio, son pocos; ni han llegado jamás a un número tal que el juicio humano lo haya podido considerar suficiente. Pero el Señor del reino exige que se pida, para que el dueño de la mies mande los obreros a su campo (Mt 9, 37-38). Los consejos y la prudencia de los hombres no pueden estar por encima de la misteriosa sabiduría de aquel que en la historia de la salvación ha desafiado la sabiduría y el poder de los hombres, con su locura y su debilidad (1Cor 1, 20-31).

El arrojo de la fe

48. Hacemos un llamamiento al arrojo de la fe para expresar la profunda convicción de la Iglesia, según la cual una respuesta más comprometedora y generosa a la gracia, una confianza más explícita y cualificada en su potencia misteriosa y arrolladora, un testimonio más abierto y completo del misterio de Cristo, nunca la harán fracasar, a pesar de los cálculos humanos y de las apariencias exteriores, en su misión de salvar al mundo entero. Cada uno debe saber que lo puede todo en aquel que es el único que da la fuerza a las almas (Fil 4, 13) y el incremento a su Iglesia (1Cor 3, 6-7).

La raíz del problema

49. No se puede asentir fácilmente a la idea de que con la abolición del celibato eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida o en la atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en las familias, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante, la fe y los sacramentos; por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera raíz.

3. EL CELIBATO Y LOS VALORES HUMANOS

Renunciar al matrimonio por amor

50. La Iglesia, como más arriba decíamos (cf. n. 10), no ignora que la elección del sagrado celibato, al comprender una serie de severas renuncias que tocan al hombre en lo íntimo, lleva también consigo graves dificultades y problemas, a los que son especialmente sensibles los hombres de hoy. Efectivamente, podría parecer que el celibato no va de acuerdo con el solemne reconocimiento de los valores humanos, hecho por parte de la Iglesia en el reciente concilio; pero una consideración más atenta hace ver que el sacrificio del amor humano, tal corno es vivido en la familia, realizado por el sacerdote por amor de Cristo, es en realidad un homenaje rendido a aquel amor. Todo el mundo reconoce en realidad que la criatura humana ha ofrecido siempre a Dios lo que es digno del que da y del que recibe

El celibato, don de la gracia

51. Por otra parte, la Iglesia no puede y no debe ignorar que la elección del celibato, si se la hace con humana y cristiana prudencia y con responsabilidad, está presidida por la gracia, la cual no destruye la naturaleza, ni le hace violencia, sino que la eleva y le da capacidad y vigor sobrenaturales. Dios, que ha creado al hombre y lo ha redimido, sabe lo que le puede pedir y le da todo lo que es necesario a fin de que pueda realizar todo lo que su creador y redentor le pide. San Agustín, que había amplía y dolorosamente experimentado en sí mismo la naturaleza del hombre, exclamaba: «Da lo que mandes y manda lo que quieras« [34]

Dificultades superables

52. El conocimiento leal de las dificultades reales del celibato es muy útil, más aún, necesario, para que con plena conciencia se dé cuenta perfecta de lo que su celibato pide para ser auténtico y benéfico; pero con la misma lealtad no se debe atribuir a aquellas dificultades un valor y un peso mayor del que efectivamente tienen en el contexto humano y religioso, o declararlas de imposible solución.

El celibato no contraría la naturaleza

53. No es justo repetir todavía (cf. n. 10), después de lo que la ciencia ha demostrado va, que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar a exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26-27), no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas le hacen dominador de los propios apetitos físicos, psicológicos y afectivos.

Mayor vinculación a Cristo y a la Iglesia

54. El motivo verdadero y profundo del sagrado celibato es, como ya hemos dicho, la elección de una relación personal más íntima y completa con el misterio de Cristo y de la Iglesia, a beneficio de toda la humanidad; en esta elección no hay duda de que aquellos supremos valores humanos tienen modo de manifestarse en máximo grado.

El celibato y la elevación del hombre

55. La elección del celibato no implica la ignorancia o desprecio del instinto sexual y de la afectividad, lo cual traería ciertamente consecuencias dañosas para el equilibrio físico o psicológico, sino que exige lúcida comprensión, atento dominio de sí mismo y sabia sublimación de la propia psiquis a un plano superior. De este modo, el celibato, elevando integralmente al hombre, contribuye efectivamente a su perfección.

El celibato y la maduración de la personalidad

56. El deseo natural y legítimo del hombre de amar a una mujer y de formarse una familia son, ciertamente, superados en el celibato; pero no se prueba que el matrimonio y la familia sean la única vía para la maduración integral de la persona humana. En el corazón del sacerdote no se ha apagado el amor. La caridad, bebida en su más puro manantial (cf. 1Jn 4, 8-16), ejercitada a imitación de Dios y de Cristo, no menos que cualquier auténtico amor, es exigente y concreta (cf. 1Jn 3, 16-18), ensancha hasta el infinito el horizonte del sacerdote, hace más profundo amplio su sentido de responsabilidad -índice de personalidad madura, educa en él, como expresión de una más alta y vasta paternidad, una plenitud y delicadeza de sentimientos [35], que lo enriquecen en medida superabundante.

El celibato y el matrimonio

57. Todo el Pueblo de Dios debe dar testimonio al misterio de Cristo y de su reino, pero este testimonio no es el mismo para todos. Dejando a sus hijos seglares casados la función del necesario testimonio de una vida conyugal y familiar auténtica y plenamente cristiana, la Iglesia confía a sus sacerdotes el testimonio de una vida totalmente dedicada a las más nuevas y fascinadoras realidades del reino de Dios.

Si al sacerdote le viene a faltar una experiencia personal y directa de la vida matrimonial, no le faltará ciertamente, a causa de su misma formación, de su ministerio y por la gracia de su estado, un conocimiento acaso más profundo todavía del corazón humano, que le permitirá penetrar aquellos problemas en su mismo origen y ser así de valiosa ayuda, con el consejo y con la asistencia, para los cónyuges y para las familias cristianas (cf. 1Cor 2, 15). La presencia, junto al hogar cristiano, del sacerdote que vive en plenitud su propio celibato, subrayará la dimensión espiritual de todo amor digno de este nombre, y su personal sacrificio merecerá a los fieles unidos por el sagrado vínculo del matrimonio las gracias de una auténtica unión.

La soledad del sacerdote célibe

58. Es cierto; por su celibato el sacerdote es un hombre solo; pero su soledad no es el vacío, porque está llena de Dios y de la exuberante riqueza de su reino. Además, para esta soledad, que debe ser plenitud interior y exterior de caridad, él se ha preparado, se la ha escogido conscientemente, y no por el orgullo de ser diferente de los demás, no por sustraerse a las responsabilidades comunes, no por desentenderse de sus hermanos o por desestima del mundo. Segregado del, mundo, el sacerdote no está separado del pueblo de Dios, porque ha sido constituido para provecho de los hombres (Heb 5, 1), consagrado enteramente a la caridad (cf. 1Cor 14, 4 s.) y al trabajo para el cual le ha asumido el Señor [36].

Cristo y la soledad sacerdotal

59. A veces la soledad pesará dolorosamente sobre el sacerdote, pero no por eso se arrepentirá de haberla escogido generosamente. También Cristo, en las horas más trágicas de su vida, se quedó solo, abandonado por los mismos que él había escogido como testigos y compañeros de su vida, y que había amado hasta el fin (Jn 13, 1); pero declaró: «Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16, 32). El que ha escogido ser todo de Cristo hallará ante todo en la intimidad con él y en su gracia la fuerza de espíritu necesaria para disipar la melancolía y para vencer los desalientos; no le faltará la protección de la Virgen, Madre de Jesús, los maternales cuidados de la Iglesia a cuyo servicio se ha consagrado; no le faltará la solicitud de su padre en Cristo, el obispo, no le faltará tampoco la fraterna intimidad de sus hermanos en el sacerdocio y el aliento de todo el pueblo de Dios. Y si la hostilidad, la desconfianza, la indiferencia de los hombres hiciesen a veces no poco amarga su soledad, él sabrá que de este modo comparte, con dramática evidencia, la misma suerte de Cristo, como un apóstol, que no es más que aquel que lo ha enviado (cf. Jn 13, 16; 15, 18), como un amigo admitido a los secretos más dolorosos y gloriosos del divino amigo, que lo ha escogido, para que con una vida aparentemente de muerte, lleve frutos misteriosos de vida eterna (cf. Jn 15-16, 20).

II ASPECTOS PASTORALES

1.LA FORMACIÓN SACERDOTAL

Una formación adecuada

60. La reflexión sobre la belleza, importancia e íntima conveniencia de la sagrada virginidad para los ministros de Cristo y de la Iglesia impone también al que en ésta es maestro y pastor el deber de asegurar y promover su positiva observancia, a partir del momento en que comienza la preparación para recibir un don tan precioso.

De hecho, la dificultad y los problemas que hacen a algunos penosa, o incluso imposible la observancia del celibato, derivan no raras veces de una formación sacerdotal que, por los profundos cambios de estos últimos tiempos, ya no resulta del todo adecuada para formar una personalidad digna de un hombre de Dios (1Tim 6, 11).

La ejecución de las normas del concilio

61. El Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II ha indicado ya a tal propósito criterios y normas sapientísimas, de acuerdo con el progreso de la psicología y de la pedagogía y con las nuevas condiciones de los hombres y de la sociedad contemporánea [37]. Nuestra voluntad es que se den cuanto antes instrucciones apropiadas, en las cuales el tema sea tratado con la necesaria amplitud, con la colaboración de personas expertas, para proporcionar un competente y oportuno auxilio a los que tienen en la Iglesia el gravísimo oficio de preparar a los futuros sacerdotes.

Respuesta personal a la vocación divina

62. El sacerdocio es un ministerio instituido por Cristo para servicio de su cuerpo místico que es la Iglesia, a cuya autoridad, por consiguiente, toca admitir en él a los que ella juzga aptos, es decir, a aquéllos a los que Dios ha concedido, juntamente con las otras señales de la vocación eclesiástica, también el carisma del sagrado celibato (cf. n. 15).

En virtud dé este carisma, corroborado por la ley canónica, el hombre está llamado a responder con libre, decisión y entrega total, subordinando el propio yo al beneplácito de Dios que lo llama. En concreto, la vocación divina se manifiesta en individuos determinados, en posesión de una estructura personal propia, a la que la gracia no suele hacer violencia. Por tanto, en el candidato al sacerdocio se debe cultivar el sentido de la receptividad del don divino y de la disponibilidad delante de Dios, dando esencial importancia a los medios sobrenaturales.

El proceso de la naturaleza y el proceso de la gracia

63. Pero es también necesario que se tenga exactamente cuenta de su estado biológico para poderlo guiar y orientar hacia el ideal del sacerdocio. Una formación verdaderamente adecuada debe por tanto coordinar armoniosamente el plano de la gracia y el plano de la naturaleza en sujetos cuyas condiciones reales y efectiva capacidad sean conocidas con claridad. Sus reales condiciones deberán ser comprobadas apenas se delineen las señales de la sagrada vocación con el cuidado más escrupuloso, sin fiarse de un apresurado y superficial juicio, sino recurriendo inclusive a la asistencia y ayuda de un médico o de un psicólogo competente. No se deberá omitir una seria investigación anamnésica para comprobar la idoneidad del sujeto aun sobre esta importantísima línea de los factores hereditarios.

Los no aptos

64. Los sujetos que se descubran física y psíquica o moralmente ineptos, deben ser inmediatamente apartados del camino del sacerdocio: sepan los educadores que éste es para ellos un gravísimo deber; no se abandonen a falaces esperanzas ni a peligrosas ilusiones y no permitan en modo alguno que el candidato las nutra, con resultados dañosos para él y para la Iglesia. Una vida tan total y delicadamente comprometida interna y externamente, como es la del sacerdocio célibe, excluye, de hecho, a los sujetos de insuficiente equilibrio psicofísico y moral, y no se debe pretender que la gracia supla en esto a la naturaleza.

Desarrollo de la personalidad

65. Una vez comprobada la idoneidad del sujeto, y después de haberlo recibido para recorrer el itinerario que lo conducirá a la meta del sacerdocio, se debe procurar el progresivo desarrollo de su personalidad, con la educación física, intelectual y moral ordenada al control y al dominio personal de los instintos, de los sentimientos y de las pasiones.

Necesidad de una disciplina

66. Esta educación se comprobará en la firmeza de ánimo con que se acepte una disciplina personal y comunitaria, cual es la que requiere la vida sacerdotal. Tal disciplina, cuya falta o insuficiencia es deplorable, porque expone a graves riesgos, no debe ser soportada sólo como una imposición desde fuera, sino, por así decirlo, interiorizada, integrada en el conjunto de la vida espiritual como un componente indispensable.

La iniciativa personal

67. El arte del educador deberá estimular a los jóvenes a la virtud sumamente evangélica de la sinceridad (cf. Mt 5, 37) y a la espontaneidad, favoreciendo toda buena iniciativa personal, a fin de que el sujeto mismo aprenda a conocerse y a valorarse, a asumir conscientemente las propias responsabilidades, a formarse en aquel dominio de sí que es de suma importancia en la educación sacerdotal.

El ejercicio de la autoridad

68. El ejercicio de la autoridad, cuyo principio debe en todo caso mantenerse firme, se inspirará en una sabia moderación, en sentimientos pastorales, y se desarrollará como en un coloquio y en un gradual entrenamiento, que consienta al educador una comprensión cada vez más profunda de la psicología del joven y dé a toda la obra educativa un carácter eminentemente positivo y persuasivo.

Una elección consciente

69. La formación integral del candidato al sacerdocio debe mirar a una serena, convencida y libre elección de los graves compromisos que habrá de asumir en su propia conciencia ante Dios y la Iglesia.

El ardor y la generosidad son cualidades admirables de la juventud, e iluminadas y promovidas con constancia, le merecen, con la bendición del Señor, la admiración y la confianza de la Iglesia y de todos los hombres. A los jóvenes no se les ha de esconder ninguna de las verdaderas dificultades personales y sociales que tendrán que afrontar con su elección, a fin de que su entusiasmo no sea superficial y fatuo; pero a una con las dificultades será justo poner de relieve, con no menor verdad y claridad, lo sublime de la elección, la cual, si por una parte provoca en la persona humana un cierto vacío físico y psíquico, por otra aporta una plenitud interior capaz de sublimarla desde lo más hondo.

Una ascesis para la maduración de la personalidad

70. Los jóvenes deberán convencerse que no pueden recorrer su difícil camino sin una ascesis particular, superior a la exigida a todos los otros fieles y propia de los aspirantes al sacerdocio. Una ascesis severa, pero no sofocante, que consista en un meditado y asiduo ejercicio de aquellas virtudes que hacen de un hombre un sacerdote: abnegación de sí mismo en el más alto grado — condición esencial para entregarse al seguimiento de Cristo (Mt 16, 24; Jn 12, 25)—; humildad y obediencia como expresión de verdad interior y de ordenada libertad; prudencia y justicia, fortaleza y templanza, virtudes sin las que no existir una vida religiosa verdadera y profunda; sentido de responsabilidad, de fidelidad y de lealtad en asumir los propios compromisos; armonía entre contemplación y acción; desprendimiento y espíritu de pobreza, que dan tono y vigor a la libertad evangélica; castidad como perseverante conquista, armonizada con todas las otras virtudes naturales y sobrenaturales; contacto sereno y seguro con el mundo, a cuyo servicio el candidato se consagrará por Cristo y por su reino.

De esta manera, el aspirante al sacerdocio conseguirá, con el auxilio de la gracia divina, una personalidad equilibrada, fuerte y madura, síntesis de elementos naturales y adquiridos, armonía de todas sus facultades a la luz de la fe y de la íntima unión con Cristo, que lo ha escogido para sí para el ministerio de la salvación del mundo.

Períodos de experimentación

71. Sin embargo, para juzgar con mayor certeza de a idoneidad de un joven al sacerdocio y para tener sucesivas pruebas de que ha alcanzado su madurez humana y sobrenatural, teniendo presente que es más difícil comportarse bien en la cura de las almas a causa de los peligros externos [38] será oportuno que el compromiso del sagrado celibato se observe durante períodos determinados de experimento, antes de convertirse en estable y definitivo con el presbiterado [39].

La elección del celibato como donación

72. Una vez obtenida la certeza moral de que la madurez del candidato ofrece suficientes garantías, estará él en situación de poder asumir la grave y suave obligación de la castidad sacerdotal, como donación total de sí al Señor y a su Iglesia.

De esta manera, la obligación del celibato que la Iglesia vincula objetivamente a la sagrada ordenación, la hace propia personalmente el mismo sujeto, bajo el influjo de la gracia divina y con plena conciencia y libertad, y como es obvio, no sin el consejo prudente y sabio de experimentados maestros del espíritu, aplicados no ya a imponer, sino a hacer más consciente la grande y libre opción; y en aquel solemne momento, que decidirá para siempre de toda su vida, el candidato sentirá no el peso de una imposición desde fuera, sino la íntima alegría de una elección hecha por amor de Cristo.

2. LA VIDA SACERDOTAL

Una conquista incesante

73. El sacerdote no debe creer que la ordenación se lo haga todo fácil y que lo ponga definitivamente a seguro contra toda tentación o peligro. La castidad no se adquiere de una vez para siempre, sino que es el resultado de una laboriosa conquista y de una afirmación cotidiana. El mundo de nuestro tiempo da gran realce al valor positivo del amor en la relación entre los sexos, pero ha multiplicado también las dificultades y los riesgos en este campo. Es necesario, por tanto, que el sacerdote, para salvaguardar con todo cuidado el bien de su castidad y para afirmar el sublime significado de la misma, considere con lucidez y serenidad su condición de hombre expuesto al combate espiritual contra las seducciones de la carne en sí mismo y en el mundo, con el propósito incesantemente renovado de perfeccionar cada vez más y cada vez mejor su irrevocable oblación, que la compromete a una plena, leal y verdadera fidelidad.

Los medios sobrenaturales

74. Nueva fuerza y nuevo gozo aportará al sacerdote de Cristo el profundizar cada día en la meditación y en la oración los motivos de su donación y la convicción de haber escogido la mejor parte. Implorará con humildad y perseverancia la gracia de la fidelidad, que nunca se niega a quien la pide con corazón sincero, recurriendo al mismo tiempo a los medios naturales y sobrenaturales de que dispone. No descuidará, sobre todo, aquellas normas ascéticas que garantiza la experiencia de la Iglesia, que en las circunstancias actuales no son menos necesarias que en otros tiempos [40].

Intensa vida espiritual

75. Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de aparecerle sin consistencia e incongruente.

La piedad sacerdotal, alimentada en la purísima fuente de la palabra de Dios y de la santísima eucaristía, vivida en el drama de la sagrada liturgia, animada de una tierna e iluminada devoción a la Virgen Madre del sumo eterno sacerdote y reina de los apóstoles  [41], lo pondrá en contacto con las fuentes de una auténtica vida espiritual, única que da solidísimo fundamento a la observancia de la sagrada virginidad.

El espíritu del ministerio sacerdotal

76. Con la gracia y la paz en el corazón, el sacerdote afrontará con magnanimidad las múltiples obligaciones de su vida y de su ministerio, encontrando en ellas, si las ejercita con fe y con celo, nuevas ocasiones de demostrar su total pertenencia a Cristo y a su Cuerpo místico por la santificación propia y de los demás. La caridad de Cristo que lo impulsa (2Cor 5, 14), le ayudará no a cohibir los mejores sentimientos de su ánimo, sino a volverlos más altos y sublimes en espíritu de consagración, a imitación de Cristo, el sumo Sacerdote que participó íntimamente en la vida de los hombres y los amó y sufrió por ellos (Heb 4, 15); a semejanza del apóstol Pablo, que participaba de las preocupaciones de todos (1Cor 9, 22; 2Cor 11, 29), para irradiar en el mundo la luz y la fuerza del evangelio de la gracia de Dios (Hch 20, 24).

Defensa de los peligros

77. Justamente celoso de la propia e íntegra donación al Señor, sepa el sacerdote defenderse de aquellas inclinaciones del sentimiento que ponen en juego una afectividad no suficientemente iluminada y guiada por el espíritu, y guárdese bien de buscar justificaciones espirituales y apostólicas a las que, en realidad, son peligrosas propensiones del corazón.

Ascética viril

78. La vida sacerdotal exige una intensidad espiritual genuina y segura para vivir del Espíritu y para conformarse al Espíritu (Gál 5, 25); una ascética interior exterior verdaderamente viril en quien, perteneciendo con especial título a Cristo, tiene en él y por él crucificada la carne con sus concupiscencias y apetitos (Gál 5, 24), no dudando por esto de afrontar duras largas pruebas (cf. 1Cor 9, 26-27). El ministro de Cristo podrá de este modo manifestar mejor al mundo los frutos del Espíritu, que son: «caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad» (Gál 5, 22-23).

La fraternidad sacerdotal

79. La castidad sacerdotal se incrementa, protege y defiende también con un género de vida, con un ambiente y con una actividad propias de un ministro de Dios; por lo que es necesario fomentar al máximo aquella «íntima fraternidad sacramental»  [42], de la que todos los sacerdotes gozan en virtud de la sagrada ordenación. Nuestro Señor Jesucristo enseñó la urgencia del mandamiento nuevo de la caridad y dio un admirable ejemplo de esta virtud cuando instituía el sacramento de la eucaristía y del sacerdocio católico (Jn 13, 15 y 34-35), y rogó al Padre celestial para que el amor con que el Padre lo amó desde siempre estuviese en sus ministros y él en ellos (Jn 17, 26).

Comunión de espíritu y de vida de los sacerdotes

80. Sea, por consiguiente, perfecta la comunión de espíritu entre los sacerdotes e intenso el intercambio de oraciones, de serena amistad y de ayudas de todo género. No se recomendará nunca bastante a los sacerdotes una cierta vida común entre ellos, toda enderezada al ministerio propiamente espiritual; la práctica de encuentros frecuentes con fraternal intercambio de ideas, de planes y de experiencias entre hermanos; el impulso a las asociaciones que favorecen la santidad sacerdotal.

Caridad con los hermanos en peligro

81. Reflexionen los sacerdotes sobre la amonestación del concilio  [43], que los exhorta a la común participación en el sacerdocio para que se sientan vivamente responsables respecto de los hermanos turbados por dificultades, que exponen a serio peligro el don divino que hay en ellos. Sientan el ardor de la caridad para con ellos, pues tienen más necesidad de amor, de comprensión, de oraciones, de ayudas discretas pero eficaces, y tienen un título para contar con la caridad sin límites de los que son y deben ser sus más verdaderos amigos.

Renovar la elección

82. Queríamos finalmente, como complemento y como recuerdo de nuestro coloquio epistolar con vosotros, venerables hermanos en el episcopado, y con vosotros, sacerdotes y ministros del altar, sugerir que cada uno de vosotros haga el propósito de renovar cada año, en el aniversario de su respectiva ordenación, o también todos juntos espiritualmente en el Jueves Santo, el día misterioso de la institución del sacerdocio, la entrega total y confiada a Nuestro Señor Jesucristo, de inflamar nuevamente de este modo en vosotros la conciencia de vuestra elección a su divino servicio, y de repetir al mismo tiempo, con humildad y ánimo, la promesa de vuestra indefectible fidelidad al único amor de él y a vuestra castísima oblación (cf. Rom 12, 1).

3. DOLOROSAS DESERCIONES

La verdadera responsabilidad

83. En este punto, nuestro corazón se vuelve con paterno amor, con gran estremecimiento y dolor hacia aquellos desgraciados, mas siempre amadísimos y queridísimos hermanos nuestros en el sacerdocio, que manteniendo impreso en su alma el sagrado carácter conferido en la ordenación sacerdotal, fueron o son desgraciadamente infieles a las obligaciones contraídas al tiempo de su consagración.

Su lamentable estado y las consecuencias privadas y públicas que de él se derivan mueven a algunos a pensar si no es precisamente el celibato propiamente responsable en algún modo de tales dramas y de los escándalos que por ellos sufre el Pueblo de Dios. En realidad, la responsabilidad recae no sobre el sagrado celibato en sí mismo, sino sobre una valoración a su tiempo no siempre suficiente y prudente de las cualidades del candidato al sacerdocio o sobre el modo con que los sagrados ministros viven su total consagración.

Motivos para las dispensas

84. La iglesia es sensibilísima a la triste suerte de estos sus hijos y tiene por necesario hacer toda clase de esfuerzos para prevenir o sanar las llagas que se le infieren con su defección. Siguiendo el ejemplo de nuestros inmediatos predecesores, también hemos querido y dispuesto que la investigación de las causas que se refieren a la ordenación sacerdotal se extienda a otros motivos gravísimos no previstos por la actual legislación canónica (cf. CIC can. 214) [nuevos cán. 290-291], que pueden dar lugar a fundadas y reales dudas sobre la plena libertad y responsabilidad del candidato al sacerdocio y sobre su idoneidad para el estado sacerdotal, con el fin de liberar de las cargas asumidas a cuantos un diligente proceso judicial demuestre efectivamente que no son aptos.

Justicia y caridad de la Iglesia

85. Las dispensas que eventualmente se vienen concediendo, en un porcentaje verdaderamente mínimo en comparación con el gran número de sacerdotes sanos y dignos, al mismo tiempo que proveen con justicia a la salud espiritual de los individuos, demuestran también la solicitud de la Iglesia por la tutela del sagrado celibato y la fidelidad integral de todos sus ministros. Al hacer esto, la Iglesia procede siempre con la amargura en el corazón, especialmente en los casos particularmente dolorosos en los que el negarse a rehusar llevar dignamente el yugo suave de Cristo se debe a crisis de fe, o a debilidades morales, por lo mismo frecuentemente responsables y escandalosas.

Llamamiento doloroso

86. Oh si supiesen estos sacerdotes cuánta pena, cuánto deshonor, cuánta turbación proporcionan a la santa Iglesia de Dios, si reflexionasen sobre la solemnidad y la belleza de los compromisos que asumieron, y sobre los peligros en que van a encontrarse en esta vida y en la futura, serían más cautos y más reflexivos en sus decisiones, más solícitos en la oración y más lógicos e intrépidos para prevenir las causas de su colapso espiritual y moral.

Solicitud hacia sacerdotes jóvenes

87. La madre Iglesia dirige particular interés hacía los casos de los sacerdotes todavía jóvenes que habían emprendido con entusiasmo y celo su vida de ministerio. ¿No les es quizá fácil hoy, en la tensión del deber sacerdotal, experimentar un momento de desconfianza, de duda, de pasión, de locura? Por esto, la Iglesia quiere que, especialmente en estos casos, se tienten todos los medios persuasivos, con el fin de inducir al hermano vacilante a la calma, a la confianza, al arrepentimiento, a la recuperación, y sólo cuando el caso ya no presenta solución alguna posible, se aparta al desgraciado ministro del ministerio a él confiado.

La concesión de las dispensas

88. Si se muestra irrecuperable para el sacerdocio, pero presenta todavía alguna disposición seria y buena para vivir cristianamente como seglar, la Sede Apostólica, estudiadas todas las circunstancias, de acuerdo con el ordinario o superior religioso, dejando que al dolor venza todavía el amor, concede a veces la dispensa pedida, no sin acompañarla con la imposición de obras de piedad y de reparación, a fin de que quede en el hijo desgraciado, mas siempre querido, un signo saludable del dolor maternal de la Iglesia y un recuerdo más vivo de la común necesidad de la divina misericordia.

Estímulo y aviso

89. Tal disciplina, severa y misericordiosa al mismo tiempo, inspirada siempre en justicia y en verdad, en suma prudencia y discreción, contribuirá sin duda a confirmar a los buenos sacerdotes en el propósito de una vida pura y santa y servirá de aviso a los aspirantes al sacerdocio, para que con la prudente guía de sus educadores, avancen hacia el altar con pleno conocimiento, con supremo desinterés, con arrojo de correspondencia a la gracia divina y a la voluntad de Cristo y de la Iglesia.

Consuelos

90. No queremos, por fin, dejar de agradecer con gozo profundo al Señor advirtiendo que no pocos de los que fueron desgraciadamente infieles por algún tiempo a su compromiso, habiendo recurrido con conmovedora buena voluntad a todos los medios idóneos, y principalmente a una intensa vida de, oración, de humildad, de esfuerzos perseverantes sostenidos con la asiduidad al sacramento de la penitencia, han vuelto a encontrar por gracia del sumo sacerdote la vía justa y han llegado a ser, para regocijo de todos, sus ejemplares ministros.

4. LA SOLICITUD DEL OBISPO

El obispo y sus sacerdotes

91. Nuestros queridísimos sacerdotes tienen el derecho y el deber de encontrar en vosotros, venerables hermanos en el episcopado, una ayuda insustituible y valiosísima para la observancia más fácil y feliz de los deberes contraídos. Vosotros los habéis recibido y destinado al sacerdocio, vosotros habéis impuesto las manos sobre sus cabezas, a vosotros os están unidos para el honor sacerdotal y en virtud del sacramento del orden, ellos os hacen presentes a vosotros en la comunidad de sus fieles, a vosotros os están unidos con ánimo confiado y grande, tomando sobre sí, según su grado, vuestros oficios y vuestra solicitud [44]. Al elegir el sagrado celibato, han seguido el ejemplo, vigente desde la antigüedad, de los obispos de Oriente y Occidente. Lo que constituye entre el obispo y el sacerdote un motivo nuevo de comunión y un factor propicio para vivirla más íntimamente.

Responsabilidad y caridad pastoral

92. Toda la ternura de Jesús por sus apóstoles se manifestó con toda evidencia cuando Él los hizo ministros de su cuerpo real y místico (cf. Jn 13-17); y también vosotros, en cuya persona «está presente en medio de los creyentes Nuestro Señor Jesucristo, pontífice sumo» [45], sabéis que lo mejor de vuestro corazón y de vuestras atenciones pastorales se lo debéis a los sacerdotes y a los jóvenes que se preparan para serlo [46]. Por ningún otro modo podéis vosotros manifestar mejor esta vuestra convicción que por la consciente responsabilidad, por la sinceridad e invencible caridad con la que dirigiréis la educación de los alumnos del santuario y ayudaréis con todos los medios a los sacerdotes a mantenerse fieles a su vocación y a sus deberes.

El corazón del obispo

93. La soledad humana del sacerdote, origen no último de desaliento y de tentaciones, sea atendida ante todo con vuestra fraterna y amigable presencia y acción [47] Antes de ser superiores y jueces, sed para vuestros sacerdotes maestros, padres, amigos y hermanos buenos y misericordiosos, prontos a comprender, a compadecer, a ayudar. Animad por todos los modos a vuestros sacerdotes a una amistad personal y a que se os abran confiadamente, que no suprima, sino que supere con la caridad pastoral el deber de obediencia jurídica, a fin de que la misma obediencia sea más voluntaria, leal y segura. Una devota amistad y una filial confianza con vosotros permitirá a los sacerdotes abriros sus almas a tiempo, confiaros sus dificultades en la certeza de poder disponer siempre de vuestro corazón para confiaros también las eventuales derrotas, sin el servil temor del castigo, sino en la espera filial de corrección, de perdón y de socorro, que les animará a emprender con nueva confianza su arduo camino.

Autoridad y paternidad

94. Todos vosotros, venerables hermanos, estáis ciertamente convencidos de que devolver a un ánimo sacerdotal el gozo y el entusiasmo por la propia vocación, la paz interior y la salvación, es un ministerio urgente y glorioso que tiene un influjo incalculable en una multitud de almas. Si en un cierto momento os veis constreñidos a recurrir a vuestra autoridad y a una justa severidad con los pocos que, después de haber resistido a vuestro corazón, causan con su conducta escándalo al pueblo de Dios, al tomar las necesarias medidas procurad poneros delante todo su arrepentimiento. A imitación de Nuestro Señor Jesucristo, pastor y obispo de nuestras almas (1Pe 2, 25), no quebréis la caña cascada, ni apaguéis la mecha humeante (Mt 12, 20); sanad como Jesús las llagas (cf. Mt 9, 12), salvad lo que estaba perdido (cf. Mt 18, 11), id con ansia y amor en busca de la oveja descarriada para traerla de nuevo al calor del redil (cf. Lc 15, 4 s.) e intentad como Él, hasta el fin (cf. Lc 22, 48), el reclamo al amigo infiel.

Magisterio y vigilancia

95. Estamos seguros, venerables hermanos, de que no dejaréis de tentar nada por cultivar asiduamente en vuestro clero, con vuestra doctrina y prudencia, con vuestro fervor pastoral, el ideal sagrado del celibato; y que no perderéis jamás de vista a los sacerdotes que han abandonado la casa de Dios, que es su verdadera casa, sea cual sea el éxito de su dolorosa aventura, porque ellos siguen siendo por siempre hijos vuestros.

5. LA AYUDA DE LOS FIELES

Responsabilidad de todo el Pueblo de Dios

96. La virtud sacerdotal es un bien de la Iglesia entera; es una riqueza y gloria no humana, que redunda en edificación y beneficio de todo el pueblo de Dios. Por eso, queremos dirigir nuestra afectuosa y apremiante exhortación a todos los fieles, nuestros hijos en Cristo, a fin de que se sientan responsables también ellos de la virtud de sus hermanos, que han tomado la misión de servirles en el sacerdocio para su salvación. Pidan y trabajen por las vocaciones sacerdotales y ayuden a los sacerdotes con devoción con amor filial, con dócil colaboración, con afectuosa intención de ofrecerles el aliento de una alegre correspondencia a sus cuidados pastorales. Animen a estos sus padres en Cristo a superar las dificultades de todo género que encuentran para cumplir sus deberes con plena fidelidad, para edificación del mundo. Cultiven con espíritu de fe y de caridad cristiana un profundo respeto y una delicada reserva respecto al sacerdote, de modo particular de su condición de hombre enteramente consagrado a Cristo y a su Iglesia.

Invitación a los seglares

97. Nuestra invitación se dirige en particular a aquellos seglares que buscan más asidua e intensamente a Dios y tienden a la perfección cristiana en la vida seglar. Estos podrán con su devota y cordial amistad ser una gran ayuda a los sagrados ministros. Los laicos, en efecto, integrados en el orden temporal y al mismo tiempo empeñados en una correspondencia más generosa y perfecta a la vocación bautismal, están en condiciones, en algunos casos, de iluminar y confortar al sacerdote, que, en el ministerio de Cristo de la Iglesia, podría recibir daño en la integridad de su vocación de ciertas situaciones y de cierto turbio espíritu del mundo. De este modo, todo el Pueblo de Dios honrará a Nuestro Señor Jesucristo en los que le representan y de los que Él dijo: «Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a aquel que me ha enviado» (Mt 10, 40), prometiendo cierta recompensa al que ejercite la caridad de alguna manera con sus enviados (Ibíd., v. 42).

CONCLUSIÓN

La intercesión de María

98. Venerables hermanos nuestros, pastores del rebaño de Dios que está debajo de todos los cielos, y amadísimos sacerdotes hermanos e hijos nuestros: estando para concluir esta carta que os dirigimos con el ánimo abierto a toda la caridad de Cristo, os invitamos a volver con renovada confianza y con filial esperanza la mirada y el corazón a la dulcísima Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, para invocar sobre el sacerdocio católico su maternal y poderosa intercesión. El Pueblo de Dios admira y venera en ella la figura y el modelo de la Iglesia de Cristo en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con él. María Virgen y Madre obtenga a la Iglesia, a la que también saludamos como virgen y madre [48], el que se gloríe humildemente y siempre de la fidelidad de sus sacerdotes al don sublime de la sagrada virginidad, y el que vea cómo florece y se aprecia en una medida siempre mayor en todos los ambientes, a fin de que se multiplique sobre la tierra el ejército de los que siguen al divino Cordero adondequiera que él vaya (Ap 14, 4).

Firme esperanza de la Iglesia

99. La Iglesia proclama altamente esta esperanza suya en Cristo; es consciente de la dramática escasez del número de sacerdotes en comparación con las necesidades espirituales de la población del mundo; mas está firme en su esperanza, fundada en los infinitos y misteriosos recursos de la gracia, que la calidad espiritual de los sagrados ministros engendrará también la cantidad, porque a Dios todo le es posible (Mc 10, 27; Lc 1, 37).

En esta fe y en esta esperanza sea a todos auspicio de las gracias celestes y testimonio de nuestra paternal benevolencia, la bendición apostólica que os impartimos con todo el corazón.

Dado en Roma, en San Pedro, el 24 del mes de junio del año 1967, quinto de nuestro pontificado.

PAULUS PP. VI


NOTAS

[1] Carta del 10 octubre 1965 al Emmo. Card. E. Tisserant, leída en la 146 Congregación general, el 11 de octubre.

[2] Concilio Vaticano II, Decr. Christus Dominus, n. 35; Apostolicam actuositatem, n. 1; Presbyterorum ordinis, n. 10, 11; Ad gentes, n. 19, 38.

[3] Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et spes, n. 62.

[4] Decr. Presbyter. ordinis, n. 1.6.

[5] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 8.

[6] Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 28; Decr. Presbyter. ordinis, n. 2.

[7] Decr. Presbyter. ordinis, n. 16.

[8] Decr. Presbyter. ordinis, n. 16.

[9] Const. Lumen gentium, n. 42.

[10] Cf. Const. dogm. Lumen gentium, n. 42; Decr. Presbyter. ordinis, n. 16.

[11] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 14.

[12] Cf. Decr.  Presbyter. ordinis, n. 13.

[13] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 5.

[14] Decr. Optatain totius, n. 10.

[15] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16.

[16] Const. past. Gaudiurn et spes, n. 39.

[17] Const. dogm. Lumen gentium, n. 5.

[18] Const. dogm. Lumen gentium, n. 48.

[19] Concilio Vaticano II, Decr. Perfectae caritatis, n. 12.

[20] Cf. Tertuliano, De exhort. castitatis, 13: PL 2, 978; San Epifanio, Adv. haer. 2, 48, 9 y 59, 4: PL 41, 869. 1025; San Efrén, Carmina nisibena, 18, 19, ed. G. Bickell. (Lipsiae 1866), 122; Eusebio de Cesárea, Demonstr. evang., 1, 9: PG 22, 81; San Cirilo de Jerusalén, Catech., 12, 25: PG 33, 757; San Ambrosio, De offic. ministr., 1, 50: PL 16, 97 s.; San Austín, De moribus Eccl. cathol., 1, 32: PL 32, 1339; San Jerónimo, Adv. Vigilant., 2: PL 23, 340-41; Sinesio, Obispo de Tolem., Epist., 105: PG 66, 1485.

[21] La primera vez en el Concilio de Elvira en España (c. a. 300), c. 33; Mansi 2, 11.

[22] Ses. 24, can. 9-10.

[23] San Pío X, Exhort. Haerent animo: ASS 41 (1908) 555-577; Benedicto XV, Carta al Arzob. de Praga F. Kordac, 29 enero 1920: AAS 12 (1920) 57 s.; Alloc. consist. 16 dic. 1920: AAS 12 (1920) 585-588; Pío XI, Enc. Ad catholici sacerdoti: AAS 28 (1936) 24-30; Pío XII, Exhort. Menti nostrae: AAS 42 (1950) 657-702; Enc. Sacra virginitas: AAS 46 (1954) 161-191; Juan XXIII, Enc. Sacerdotii nostri primordia: AAS 51 (1959) 554-556.

[24] Aloc. II al Sínodo romano, 26 enero 1960: AAS 52 (1960) 235-236 (texto latino, 226).

[25] Can. 6, 12, 13, 48: Mansi 11, 944-948, 965.

[26] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16.

[27] De virginitate, 13: PG 46, 381-382.

[28] De sacerdotio, 1, 3, 4: PG 48, 642.

[29] Const. dogm. Lumen gentium, n. 21, 28, 64.

[30] Const. cit., n. 29.

[31] Const. cit., n. 42.

[32] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16.

[33] Decr. Optatam totius, n. 2;  Presbyter. ordinis, n. 11.

[34] Confes., 1, 29, 40: PL 32, 796.

[35] Cf. 1 Tes 2, 11; 1 Cor 4, 15; 2 Cor 6, 13; Gál 4, 19; 1 Tim 5, 1-2.

[36] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 3.

[37] Decr. Optatam totius, n. 3-11; cf. Decr. Perfectae caritatis, 11. 12.

[38] Santo Tomás de Aquino, S. Th 2-2, q. 184, a. 8, c.

[39] Decr. Optatam totius, n. 12.

[40] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 16, 18.

[41] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 18.

[42] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 8.

[43] Decr. cit., ibíd.

[44] Const. dogm. Lumen gentium, n. 28.

[45] Const. dogm. Lumen gentium, u. 21.

[46] Decr.  Presbyter. ordinis, n. 7.

[47] Decr. cit., ibíd.

[48] Const. dogm. Lumen gentium, n. 63, 64.

 

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Sacerdotes, profetas y reyes

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2011

En el Antiguo Testamento aparecen tres tipos de mediadores entre Dios y su pueblo: el sacerdote, el profeta y el rey.

Eran instrumentos y representantes especiales de Dios. A través de su ministerio era edificado el pueblo (Dt 17, 14 — 18, 22).

Nuestro Señor Jesucristo, el Divino Mediador, el perfecto mediador, reúne en sí esos tres tipos de mediadores, siendo al mismo tiempo Sacerdote, Profeta y Rey. En el Nuevo Testamento a Jesús se le dan los tres títulos:

  1. sacerdote (Hb 4, 14-16; cf Jn 19, 23; Ap 1, 13)

  2. profeta-nabi (Lc 24, 19) y

  3. rey (Jn 6, 15; 18, 33-37: ambiguo, pero véanse en los cuatro evangelios la entrada mesiánica en Jerusalén [Mt 21, 1-11 y par] y la inscripción sobre la cruz [Mt 27, 37-42 y par]).

Como sacerdote ofrece el sacrificio de su misma Persona por todos los hombres; como profeta nos revela el carácter de Dios y nos explica el plan de la salvación; y como rey gobierna el vasto imperio del Reino de los Cielos.

Cristo como sacerdote

El sacerdote del Antiguo Testamento era un hombre consagrado divinamente para representar a los hombres delante de Dios. Para poder conseguir el favor divino para los representados, el sacerdote ofrecía sacrificios. Cristo se ofreció a sí mismo como “El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para reconciliar a los hombres con Dios. Su ministerio sacerdotal no ha terminado (Hb 7, 25). Él es nuestro actual Sacerdote, que intercede al Padre a nuestro favor.

Jesucristo fue el Sacerdote que se ofreció a Sí mismo como víctima y salvó al mundo.

Cristo como profeta

El profeta traía el mensaje de Dios a los hombres por predicación y por predicción de acontecimientos futuros. Cristo hizo estas dos cosas (Mt 5 al 7, comparado con Mt 24) Moisés profetizó de Cristo como El Profeta. (Hch 3, 22-26, comparado con Mt 21, 10-11) Como apunta el Dr. J. M Pendleton: «Ninguno habló jamás como Él en la manera autorizada de enseñar; en la adaptación de lo que dijo a la generalidad del pueblo; en su revelación del carácter de Dios; en su descripción de la naturaleza; en su manifestación del camino de salvación; en la luz que arrojó sobre la doctrina de la inmortalidad del alma, la resurrección del cuerpo, la gloria del cielo y las miserias del infierno. ¿Quién entre los sabios, filósofos, patriarcas o profetas, jamás habló como Él? En la majestad de su incomparable superioridad avanza, arrancando de sus enemigos este elogio involuntario: “Nunca ha hablado hombre así como este habla” (Jn 7, 46)».

Jesucristo fue el Profeta que, por hablar alto en nombre de Dios, se lo quitaron los hombres de encima.

Cristo como rey

Los judíos, basados especialmente en las profecías de David y de Daniel, creían que el Mesías sería un rey, y acertaban, con la única diferencia de que su reino no era de este mundo. Jesús declara ante Pilato su posición como rey (Jn 18, 36-37) El ladrón arrepentido lo reconoció como rey y le pidió lugar en su reino (Lc 23, 42). Los cristianos esperamos su segunda venida, en la cual se manifestará como «Rey de Reyes y Señor de Señores» (1Tm 6, 14-16). Es el deber de los siervos de Dios predicar su Palabra y hacer súbditos para este reino mientras el Señor viene, sabiendo que Él pagará a cada uno conforme a su labor.

Jesucristo, como lo proclama el título de la Cruz, es el Rey que se ha atraído a Sí todos los corazones.

En la Tradición apostólica

La tríada aparece en la Tradición apostólica a propósito de la bendición del Aleo: reyes, sacerdotes y profetas. Más tarde aparece en textos patrísticos y Eusebio de Cesarea (t 340 ca.) la usa en un sentido cristológico. Se encuentra también en la época medieval, pero no aparece como tema dominante hasta la época de los reformadores, especialmente con Calvino. Empieza a usarse en el siglo XVII, haciéndose más frecuente en el siglo XIX con Newman, que de forma novedosa propone que la eclesiología debe atender al triple ministerio de la Iglesia, cuyo ministerio profético asegura la regla de la verdad contra la tentación del racionalismo, el ministerio sacerdotal guía al culto contra la superstición, y el ministerio real conduce a la santidad contra la ambición y la tiranía. De esta forma los tres ministerios se atemperan mutuamente y se libran uno al otro de sus peculiares tentaciones. Así, el culto frena el racionalismo, la verdad vence la superstición y la piedad mitiga el peso de la ley.

Ya en el siglo XX, un estudio católico clave sobre la tríada fue el de J. Fuchs en 1941. Y. Congar había empezado a usarla como principio eclesiológico en la década de 1930, convirtiéndola en principio organizador de su obra clásica sobre los laicos. La tríada, en forma de maestro, rey y sacerdote, fue aplicada por Pío XII a Cristo en su encíclica Mystici corporis. G. Philips recurrió a ella también en su estudio sobre los laicos. Estaba, pues, madura en la época del Vaticano II.

El Concilio la aplica a Cristo, a los laicos y a los ministros ordenados. En este último caso sigue el orden maestro-sacerdote-pastor/rey (LG 25-27; CD 12-16; PO 4-6), mientras que aplicada a los laicos el orden es sacerdote-profeta-rey (LG 34-36). Quizá su función más importante consista en indicar la igualdad radical en dignidad de todos los cristianos: «Por tanto, el pueblo de Dios, por Él elegido, es uno: un Señor, una fe, un bautismo (Ef 4, 5). Es común la dignidad de los miembros, que deriva de su regeneración en Cristo […]. Aun cuando algunos, por voluntad de Cristo, han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los demás, existe una auténtica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acción común a todos los fieles en orden a la edificación del cuerpo de Cristo» (LG 32).

Un pueblo de sacerdotes

Hay una diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico que es esencial y no cuestión de grado (essentia et non gradu tantum [LG 10]). El sacerdote ministerial realiza un servicio distinto en la comunidad, pero eso no significa que por ello sea más santo que los laicos. Hay que buscar en la Lumen gentium los elementos clave que muestran en qué sentido es esencialmente diferente el sacerdocio de los laicos del sacerdocio de los ordenados, al igual que los elementos que muestran lo que tienen de común.

Todos están consagrados, por lo que sus obras son verdaderos sacrificios espirituales (Rm 12, 1) y un testimonio para los demás (LG 10). El sacerdocio común se ejerce en la vida sacramental de la Iglesia (LG 11). La vida de sacrificio de los laicos es «espiritual» (está regida por el Espíritu Santo): Cristo se «asocia íntimamente [a los laicos] a su vida y a su misión y los hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres […], pues todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el cotidiano trabajo, el descanso del alma y de cuerpo, si son hechos en el Espíritu, e incluso las mismas pruebas de la vida si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (1Pe 2, 5), que en la celebración de la eucaristía se ofrecen piadosísimamente al Padre junto con la oblación del cuerpo del Señor» (LG 34).

Un pueblo de profetas

Sabemos por las Actas del Concilio que LG describe la función profética de todo el pueblo: es una participación en la función profética de Cristo; consiste en el testimonio, la alabanza, la confesión de la fe y el sensus fidei. Más tarde LG 35 desarrolla el tema de la función profética de los laicos: establecidos como testigos, dotados del sensus fidei y la gracia de la palabra «de modo que el poder del evangelio pueda resplandecer en la vida diaria de la familia y la sociedad», convirtiéndose en heraldos de esperanza, sin ocultar la razón de la misma, de forma que, «incluso ocupados en sus tareas temporales, puedan los laicos desempeñar la valiosa labor de procurar ahondar diligentemente en el conocimiento de la verdad revelada y de pedir encarecidamente a Dios el don de la sabiduría».Al tratar de los obispos, Lumen gentium 25 subraya la importancia de la predicación del evangelio, e insiste en que son maestros autorizados del mismo (Magisterio). La proclamación del Evangelio es la primera tarea de los sacerdotes, que tienen además la responsabilidad de un amplio ministerio en la Palabra (PO 4).

Un pueblo de reyes

Finalmente, el oficio real no está tan desarrollado como los otros dos oficios en el capítulo II de LG, donde se dice que es común a todos los bautizados y lo ejercen por una parte los obispos (LG 27, donde se le da el nombre de «oficio pastoral»; Obispos) y por otra los laicos (LG 36, en relación a la tarea pastoral de los sacerdotes; cf PO 6). A propósito de estos últimos se dice: «También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: reino de verdad y de vida, reino de santidad v de gracia, reino de justicia. de amor y de paz […]. Deben, por tanto, los fieles, conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios… En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado […]. Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia […]. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas… Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí» (LG 36). El oficio pastoral de los obispos (LG 27) y de los presbíteros (PO 6) es una participación especial en el oficio real de Cristo. Estos se ocupan de los fieles de un modo global, nunca de manera dominante. sino como siervos.

El Bautismo y la situación del fiel según su condición de vida

Cada católico es proclamado en su Bautismo como Sacerdote, Profeta, y Rey, y en la Confirmación es confirmado oficialmente por el obispo de sus tres mismos derechos y deberes: Sacerdote, Profeta y Rey.

Quien recibe el Bautismo queda revestido de Jesús, el Mesías, lo que significa que la misma vida de Cristo está presente y actúa en el que ha recibido el Bautismo.
El bautizado, unido a Cristo en la Iglesia, es como Cristo Sacerdote, Profeta y Rey, y está llamado a dar testimonio del Señor en este mundo.

Pero después se va concretando lo específico de cada vocación, de la misión de cada uno.

Eso «específico» de cada vocación ha influido en todos los ámbitos de la Iglesia; así, se puede ver, por ejemplo, la estructura de los libros centrales del Código de Derecho canónico: II. Del pueblo de Dios; III. La función de enseñar en la Iglesia; IV. De la función de santificar en la Iglesia.

Asimismo, en algunos fieles se desarrolla más lo sacerdotal que lo profético o lo real; en otros se enfatiza más el aspecto profético que lo sacerdotal o lo real; y, finalmente, en otros sobresale más su aspecto real.

Así, se ha concretado en la idea de un triple oficio, que tradicionalmente se ha explicado como la situación del fiel según su condición de vida:

  1. Los clérigos, que ejercen sobre todo la función sacerdotal

  2. La vida consagrada, en los que descolla su función profética

  3. Los seglares, cuyo énfasis de vida es su función real

La función sacerdotal de los clérigos

La figura del clérigo evoca imágenes de sacrificio y de mediación. El sacerdote es aquel que ofrece el sacrificio para rendir culto a Dios y darle gracias por su presencia divina en el mundo. El sacerdote es también un mediador, aquel que está ante Dios e intercede por el pueblo. Esto quiere decir que el sacerdote está ante Dios para pedir perdón, para implorar la paz y la gracia. Y es ésta la verdadera y propia función del seglar que participa en el misterio de la salvación de Cristo.

La función profética de la vida consagrada

Quien vive la vida consagrada es aquel que, profundamente inmerso en la voluntad de Dios y la conoce desde dentro. Y sólo entonces el profeta es un instrumento que transmite la voluntad divina a los otros con su vida ejemplar, que anuncia el estilo de vida de los glorificados, de manera que se entienda y se siga.

La función real de los seglares

La identificación del seglar como rey indica que son ellos quienes plasman con más claridad la condición o función real de Jesucristo: se refiere al mismo sentido que se le da a esta palabra cuando al final del año litúrgico se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. El prefacio de esta solemnidad recoge la teología de esta celebración, más allá de la imagen que de los “reyes” de este mundo (por ejemplo el rey de España, o un Presidente de una República) podamos tener:

“Porque, ungiéndolo con óleo de alegría,
consagraste Sacerdote eterno y Rey del universo
a tu Unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
para que, ofreciéndose a sí mismo,
como víctima inmaculada y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana;
y sometiendo a su poder la creación entera
entregara a tu Majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y de la gracia,
el reino de la justicia, del amor y de la paz.”

En la dimensión del seglar como rey se resalta el poder, el señorío del seglar sobre la creación, puesto que desde su condición secular, permaneciendo esencialmente en el mundo, es por lo que puede ser instrumento del Señor para someter la creación entera a su Señorío.

El sacerdote y el religioso, por supuesto, están en el mundo…, pero es un estar en el mundo como lugar sociológico, más que teológico. El estar en el mundo, su vocación y misión, desde su condición sacerdotal y profética, es para anunciar y dirigir las realidades terrenas hacia un horizonte: el más allá; señalar los bienes que no son de este mundo… Mientras que la presencia del seglar en el mundo es plenamente teológica: es el lugar en el que lo coloca su vocación y misión —la secularidad— para, desde esa realeza y señorío, recapitular todas las cosas en Cristo y presentarlas al Padre, que es donde aparece su dimensión sacerdotal: consagrar el mundo a Dios.

Los que recibieron el orden sagrado, aunque algunas veces pueden tratar asuntos seculares, incluso ejerciendo una profesión secular, están ordenados principal y directamente al sagrado ministerio, por razón de su vocación particular; en tanto que los religiosos, por su estado, dan un preclaro y eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas.

A los seglares, por su parte, pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales. Viven en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida. Allí están llamados por Dios a cumplir su propio cometido, guiándose por el espíritu evangélico, de modo que, igual que la levadura, contribuyan desde dentro a la santificación del mundo y de este modo descubran a Cristo a los demás, brillando, ante todo, con el testimonio de su vida, fe, esperanza y caridad. A ellos, muy en especial, corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen continuamente según el espíritu de Jesucristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor.

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La soledad del sacerdote

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 21, 2011

Es una verdad innegable: el ejercicio del sacerdocio implica momentos de soledad, especialmente en lugares como las parroquias de algunos barrios o pueblos alejados, etcétera; y esto es, a veces, duro y difícil.

Sin embargo, cuando se tienen en cuenta las características de la vocación sacerdotal, se deducen los privilegios, gracias y exenciones que se conceden al sacerdote para que goce de ellos, y que están anejas a su dignidad y ministerio:

  • En primer lugar, está claro que el camino escogido por Dios para los presbíteros es más excelente que el del sacramento del matrimonio.

El matrimonio, siendo sólo signo, termina en los límites de esta forma de vida terrestre. El matrimonio es signo de la vida definitiva: Dios y yo.

El matrimonio es signo de la virginidad evangélica. Después, cuando acabe la vida terrestre, no habrá signos: sólo la realidad. Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir.

El sacramento significa, mientras que la virginidad evangélica es lo significado.

El sacerdote no necesita de una imagen (el cónyuge) para amar a Dios: dirige sus afectos y su amor (obras) en una entrega directa a Dios, diríamos, sin intermediarios.

Esto no quiere decir que la virginidad evangélica acerque más a la santidad que el matrimonio: una mujer o un hombre casado puede ser más santo que un sacerdote o una monja, y al revés. La mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado. Pero el camino, como se escribió más arriba, es más excelente.

Y si el casado se siente acompañado por una mujer imperfecta (sólo Dios es perfecto), ¿qué podrá decir el sacerdote que es acompañado por la misma perfección?

  • En segundo lugar, esa virginidad evangélica, vivida en grado heroico —como lo pide Dios a todos sus hijos—, los hace libres: ya no está en sus vidas aquella idea de que toda mirada a una mujer es impura, o que todo trato con ellas está manchado.

Al sacerdote puro y casto le han calado hasta el fondo las palabras de san Agustín: ama y haz lo que quieras. Porque su amor es casto, porque su amor está dirigido al alma de esa persona, como el que siente un padre por su hija, en el que ni siquiera se trae a la mente la palabra sexo.

Y esa libertad, que sí es verdadera, los hace capaces de amar con tanta intensidad y con tanta pureza, que nunca se sentirán solos.

  • En tercer lugar, el sacerdote tiene la certeza absoluta de que es privilegiado por el amor de Dios y el de la Santísima Virgen María.

Los “otros Cristos”, que diría santa Margarita, son privilegiados por las prerrogativas de los hijos predilectos de Dios, y como tales, se hacen uno con Él al administrar los Sacramentos; comparten su dolor por las almas uniéndose de una manera íntima a Cristo en la Cruz; son hombres eminentes llamados a cooperar en la salvación de los hombres; sus oraciones son escuchadas con más atención…; es decir, no pueden sentirse solos.

  • En cuarto lugar, la solicitud que Dios les pide por las almas que están a su cargo, su celo apostólico fundado en el amor de Dios, los hace acercarse a esas almas de tal manera que nunca dejarán de orar y sacrificarse por ellas, y nunca tendrán tiempo para pensar en sí mismos ni para sentirse solos.
  • En quinto lugar, siempre habrá fieles que oren y se sacrifiquen por ellos: aun cuando un sacerdote crea que las almas que le han sido confiadas no oren por él, ha de saber que siempre hay millones de católicos que oran a diario por los sacerdotes, y que Dios no deja esas oraciones sin respuesta. Esta compañía espiritual nunca les faltará.

La soledad está presente cuando falta el amor, y un sacerdote tiene ceca de sí al Amor mismo.

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El sacerdote, ¿penitente?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 18, 2011

 

Muchos católicos están dejando de confesar sus pecados en el tribunal divino, en el cual, al declararse el reo culpable, siempre se le concede el perdón. Así evaden tontamente la gracia de Dios que llega a través de este Sacramento.

Quien diga que no ha pecado es un mentiroso, dijo San Juan… ¡Cuántos sacerdotes pasan meses enteros sin confesarse! ¡Los que deben tener viva la llama del amor de Dios para quemar a los demás! ¡Los que son canales de la gracia divina para los hombres! ¡Los que deben ser otros Cristos!

La confesión de los pecados veniales y hasta de las faltas de amor para con el Esposo Divino hacen crecer la gracia de Dios para ejercer este trabajo con las personas; ¿cómo despreciarla? ¡Está al lado: con el presbítero amigo, con el obispo, con el antiguo maestro!

Llanto salía de los ojos de Jesús a comienzos de siglo cuando dictaba a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, actualmente en proceso de beatificación:

«¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las personas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

«He confiado a cada uno de ellos cierto número de personas para que con su predicación, sus consejos y, sobretodo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

«¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las personas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las personas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

«¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las personas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas personas la vida de la Gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así…, me reciben así…, viven y mueren así…!»

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Ciclo A, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 20, 2010

Él mismo viene

 

Hoy es un día de espera. Las lecturas nos muestran la espera del Mesías: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?», fue lo que dijo san Juan. Y san Pablo: «Sean también ustedes pacientes y no se desanimen, porque la venida del Señor está cerca». «Calma, no tengan miedo, porque ya viene su Dios»: Isaías. ¿Tenemos, en esta etapa de preparación a la Navidad, la misma actitud de espera que tenían los judíos y los primeros cristianos? ¿Cómo nos estamos preparando?

Ya viene el Señor para alojarse en el corazón de cada uno de nosotros.

Viene para abrazarnos —y abrasarnos— con su amor…

Viene para decirnos que no le importan nuestros pecados, que se los entreguemos, que los quiere…, para perdonarlos…, para manifestar su misericordia.

Viene para manifestarnos que su amor está por encima de nuestros defectos, que nos ama tal y como somos, y que nadie nos amará tanto como Él, que Él es el único que nunca traiciona, que podemos contar con Él ahora y siempre… ¿Cómo hacer caso omiso a semejante llamado?

Es el momento de decir que sí: entreguémosle nuestros pecados en el sacramento de la Reconciliación, al sacerdote —Cristo que perdona—, que los borrará de su mente, para siempre. Y, ya reconciliados, vivamos sus mandatos de amor y esperemos a ese Amor (con mayúscula), con una vida más limpia, más pura, más acorde con el acontecimiento que se nos viene encima.

Preparemos la novena de aguinaldos, las invitaciones, la comida, alistemos la sala para los invitados…; pero, muy especialmente, preparemos Pula casa de nuestro corazón para el eminente Inquilino que, a partir de ese día, vivirá en ella… Y que esa casa se mantenga siempre limpia, siempre amable, siempre dispuesta al amor: se convertirá en un hogar luminoso, apacible y alegre, y viviremos así en la verdadera casa del Padre.

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El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

Por don Juan Silvestre, consultor de la Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

 

1. Eucaristía, Iglesia y María: relación con el sacerdote

“Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia” [1]. Estas palabras del venerable Juan Pablo II constituyen un marco adecuado y nos introducen en el tema que trataremos de desarrollar brevemente en este artículo: El encuentro del sacerdote con María en la celebración eucarística.

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y Resurrección del Señor, “se realiza la obra de nuestra redención” [2] y de ahí se pueda afirmar que “hay un influjo causal de la Eucaristía en los orígenes mismos de la Iglesia” [3]. En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo. Por tanto, “en la sugestiva correlación entre la Eucaristía que edifica la Iglesia y la Iglesia que hace a su vez la Eucaristía, la primera afirmación expresa la causa primaria: la Iglesia puede celebrar y adorar el misterio de Cristo presente en la Eucaristía precisamente porque el mismo Cristo se ha entregado antes a ella en el sacrificio de la Cruz” [4]. La Eucaristía precede cronológica y ontológicamente la Iglesia y de este modo se comprueba una vez más que el Señor nos ha “amado primero”.

Al mismo tiempo, Jesús ha perpetuado su entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. En aquella “hora”, Jesús anticipa su muerte y su Resurrección. De ahí que podamos afirmar que “en este don, Jesucristo entregaba a la Iglesia la actualización perenne del misterio pascual” [5]. Todo el Triduum paschale está como incluido, anticipado y “concentrado” para siempre en el don eucarístico. Por eso, todo presbítero que celebra la Santa Misa, junto con la comunidad que participa en ella, vuelve a la “hora” de la Cruz y de la glorificación, vuelve espiritualmente al lugar y a la hora Santa de la redención [6]. En la Eucaristía nos adentramos en el acto oblativo de Jesús y así, participando en su entrega, en su cuerpo y su sangre, nos unimos a Dios [7].

En este “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. “Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro” [8]. En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel “¡He aquí a tu hijo!” del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros “¡He aquí a tu Madre!” (Jn 19,26.27).

“Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado” [9]. Por eso “vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. (…) María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía” [10]. La presencia de la Santísima Virgen en la celebración eucarística ordinaria y habitual será el punto que trataremos de desarrollar.

La recomendación de la celebración cotidiana de la Santa Misa, aún cuando no hubiera participación de fieles, deriva por una parte valor objetivamente infinito de cada celebración eucarística; y “además está motivado por su singular eficacia espiritual, porque si la Santa Misa se vive con atención y con fe, es formativa en el sentido más profundo de la palabra, pues promueve la conformación con Cristo y consolida al sacerdote en su vocación” [11]. En este camino de conformación y transformación, el encuentro del sacerdote con María en la Santa Misa cobra una importancia particular. En realidad, “por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” [12].

 

2. En la Misa de Pablo VI

Su maternal presencia la experimentamos en dos momentos significativos de la celebración eucarística según el Misal romano en su editio typica tertia, expresión ordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino: el Confiteor del acto penitencial y la Plegaria eucarística.

2.1. El Confiteor.  En el camino hacia el Señor nos damos cuenta de nuestra propia indignidad. El hombre antes Dios se siente pecador y de sus labios brota espontáneamente la confesión de la miseria propia. Se hace necesario pedir a lo largo de la celebración que el mismo Dios nos transforme y acepte que participemos en esa actio Dei que configura la liturgia. De hecho, el espíritu de conversión continua es una de las condiciones personales que hace posible la actuosa participacitio de los fieles y del mismo sacerdote celebrante. “No se puede esperar una participación activa en la liturgia eucarística cuando se asiste superficialmente, sin antes examinar la propia vida (…). Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación” [13].

El acto penitencial, que “se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión general de toda la comunidad” [14] facilita que nos conformemos a los sentimientos de Cristo, que pongamos los medios para hacer posible aquel “estar con Dios” y a la vez nos “fuerza” a salir de nosotros mismos, nos mueve a rezar con y por los otros: no estamos solos. Por la comunión de los santos ayudamos y nos sentimos ayudados y sostenidos los unos por los otros. Es en este contexto donde encontramos una de las modalidades de la oración litúrgica mariana, la que se presenta como recuerdo de la intercesión de Santa María en el Confiteor. Como recordaba Pablo VI “el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora del pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado” [15].

El Confiteor, genuina fórmula de confesión, se encuentra con diversas redacciones a partir del siglo IX en ámbito monástico. De ahí pasará a las iglesias del clero secular y lo encontramos como un elemento fijo en el Ordo de la Curia papal anterior a 1227 [16].

“Ideo precor beatam Mariam semper Virginem”. “Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, (…) que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor”.

Ella, en comunión con Cristo, único mediador, reza al Padre por todos los fieles, sus hijos. Como recuerda el Concilio “la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo” [17].

Santa María “cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz” [18]. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. “De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo” [19]. Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” [20].

2.2. La Plegaria Eucarística. Por lo que se refiere a la memoria de María en las Plegarias eucarísticas del Misal Romano “dicha memoria cotidiana, por su colocación en el centro del santo Sacrificio, debe ser tenida como una forma particularmente expresiva del culto que la Iglesia rinde a la Bendita del Altísimo (cfr. Lc 1, 28)” [21].

Este recuerdo de Santa María se manifiesta de dos modos: su presencia en la Encarnación y su intercesión en la gloria. Acerca del primer punto podemos recordar que el “sí” de María es la puerta por la que Dios se encarna, entra en el mundo. De este modo, María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, y por tanto de nuestra salvación. “La Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio” [22].

Así lo encontramos expresado por ejemplo en el prefacio de la Plegaria eucarística II, que se remonta a la Traditio apostolica, y en el Post-sanctus de la IV. Las dos expresiones son muy semejantes:

“tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra del Espíritu Santo y nacido de María, la Virgen, fuera nuestro Salvador y Redentor” (PE II)

“El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen” (PE IV)

En el contexto de la Plegaria eucarística esta confesión de fe destaca la cooperación de Santa María en el misterio de la Encarnación y su vínculo con Cristo, así como la acción del Espíritu Santo. Con ella se trata de presentar la Eucaristía como presencia verdadera y auténtica del Verbo encarnado que ha sufrido y ha sido glorificado. La Eucaristía, mientras remite a la Pasión y a la Resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación.

Como señala Juan Pablo II, “María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor” [23]. María aparece así ligada a la relación Encarnación-Eucaristía.

Por otra parte, la presencia de Santa María en la Plegaria eucarística, también nos presenta su intercesión en la gloria. Su recuerdo en la Comunión de los Santos es típico del Canon romano y se encuentra en las otras Plegarias del Misal romano, en sintonía con las Anáforas orientales. “La tensión escatológica suscitada por la Eucaristía expresa y consolida la comunión con la Iglesia celestial. No es casualidad que en las anáforas orientales y en las Plegarias eucarísticas latinas se recuerde siempre con veneración a la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo nuestro Dios y Señor” [24].

La memoria de Santa María en el Canon romano se enriqueció con títulos solemnes que recuerdan la proclamación del dogma de la Maternidad divina en el Concilio de Éfeso (431) y probablemente expresiones que se recogen en las homilías de los Papas [25]. La mención solemne del Canon romano reza: “in primis gloriosae semper virginis Mariae Genetricis Dei, et Domini nostri Iesu Christi” veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor” (Canon Romano).

Santa María es exaltada con los títulos de gloriosa y semper Virgo, como la llama San Epifanio [26]. Por otra parte, la expresión utilizada, “Genetrix Dei” es utilizada con frecuencia por los Padres latinos, especialmente por san Ambrosio. Su inclusión en el Canon romano es anterior al Papa León Magno, y muy probablemente fue introducida antes del Concilio de Éfeso [27]. Finalmente es recordada como la primera entre todos los santos.

El significado de esta mención y recuerdo puede ser triple [28]: primero porque la Iglesia haciendo memoria de Santa María entra en comunión con Ella; en segundo lugar su recuerdo es lógico pues deriva de la condición de santidad y gloria propia de la Madre de Dios [29]; finalmente por la intercesión, que por medio de ella, se pide a Dios [30]: “por sus méritos y oraciones [de Santa María y de los santos] concédenos [Señor] en todo tu protección”.

En un contexto similar al del Canon romano, si bien con pequeñas variaciones, se encuentra la petición a Santa María y a los santos para alcanzar la vida eterna: “así con María, la Virgen Madre de Dios, (…) merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas” (PE II)

“con María, la Virgen Madre de Dios, (…) por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda” (PE III) [31]

“Padre de bondad, que todos tus hijos nos reunamos en la heredad de tu reino, con María, la Virgen Madre de Dios (…) y allí, junto con toda la creación, libre ya del pecado y de la muerte,

te glorifiquemos por Cristo, Señor nuestro… (PE IV)

3. En la Misa de san Pío V

Finalmente, en el Misal romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, expresión extraordinaria de la Lex orandi de la Iglesia católica de rito latino, encontramos mencionada a Santa María en otros dos momentos de la celebración eucarística. Por una parte, en la súplica a la Santísima Trinidad que reza el sacerdote después del Lavabo y pone fin al rito ofertorial.

En esta oración se lee: “Suscipe sancta Trinitas, hanc oblationem quam tibi offerimus ob memoriam passionis…; et in honorem beatae Mariae semper Virginis…”

Esta oración resume las intenciones y los frutos del sacrificio como un epílogo del ofertorio. Efectivamente después de recordar que la ofrenda se hace en memoria de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor aparecen mencionados la Santísima Virgen y los santos San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo. La mención de María se sitúa en el contexto de aquella veneración que la Santa Iglesia, con amor especial, le tributa por el lazo indisoluble que existe entre Ella y la obra salvífica de su Hijo. Al mismo tiempo, en Ella admira y ensalza el fruto más espléndido de la Redención [32]. En esta oración se recuerda que “en la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María” [33].

La mención a María la encontramos también en el embolismo Líbera nos después del Pater noster. Allí se recoge:

“Líbera nos, quaesumus Domine, ab omnibus malis, praeteritis, praesentibus et futuris: et intercedente beata et gloriosa semper Virgine Dei Genitrice Maria (…) da propitius pacem in diebus nostris…”

Una vez más, también esta oración manifiesta esa perfecta unidad que existe entre la Lex orandi y la Lex credendi, pues “la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el misterio pascual” [34]. De hecho, esta oración nos muestra que “por el carácter de intercesión, que se manifestó por primera vez en Caná de Galilea, la mediación de María continúa en la historia de la Iglesia y del mundo” [35].

4. Conclusión

Al acabar este breve recorrido por el Ordo Missae jalonado por significativos encuentros con Santa María podemos afirmar con uno de los grandes santos de nuestro tiempo: “Para mí, la primera devoción mariana -me gusta verlo así- es la Santa Misa (…) Ésta es una acción de la Trinidad: por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora. En este insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. El trato con Jesús en el Sacrificio del Altar, trae consigo necesariamente el trato con María, su Madre” [36].

________________________________________

1 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 53.

2 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.

3 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 21.

4 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 14.

5 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 5.

6 Cfr. JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 4.

7 Cfr. BENEDICTO XVI, enc. Deus caritas est, n. 13.

8 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

9 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

10 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 57.

11 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 80.

12 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

13 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 55.

14 Institutio Generalis Missalis Romani, n. 55.

15 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57.

16 V. RAFFA, Liturgia eucaristica. Mistagogia della Messa: della storia e della teologia alla pastorale pratica, Roma 2003, p. 272-274.

17 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 60.

18 CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 62.

19 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

20 CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18.

21 PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 10.

22 BENEDICTO XVI, Audiencia general, 12-VIII-2009.

23 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 55.

24 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 19.

25 Cf. S. MEO, “La formula mariana Gloriosa semper Virgo Maria Genitrix Dei et Domini nostri Iesu Christi nel Canone romano e presso due Pontefici del V secolo” in PONTIFICIA ACADEMIA MARIANA INTERNATIONALIS, De primordiis cultus mariani, Acta Congressus Mariologici-mariani in Lusitania anno 1967 celebrati, vol. II, Romae 1970, pp. 439-458.

26 Cfr. M. RIGHETTI, Historia de la liturgia I, Madrid 1956, p. 334.

27 M. AUGE, L’anno liturgico: è Cristo stesso presente nella sua Chiesa, Città del Vaticano 2009, p. 247

28 Cfr. J. CASTELLANO, “In comunione con la Beata Vergine Maria. Varietà di espressioni della preghiera liturgica mariana”, Rivista liturgica 75 (1988) 59.

29 “La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

30 “La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la Llena de gracia (Lc 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en El, la inhabitación del Espíritu” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, n. 57).

31 “La reciente plegaria eucarística III que expresa con intenso anhelo el deseo de los orantes de compartir con la Madre la herencia de hijos: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen” (PABLO VI, exh. apost. Marialis cultus, 10)

32 Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum concilium, n. 102.

33 JUAN PABLO II, enc. Ecclesia de Eucharistia, n. 58.

34 BENEDICTO XVI, exh. apost. post. Sacramentum caritatis, n. 34.

35 JUAN PABLO II, enc. Redemptoris mater, n. 40.

36 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, La Virgen del Pilar. Libro de Aragón, Madrid 1976, p. 99.

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Ciclo C, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 3, 2010

¿Preocupados?

 

Quizá no nos demos cuenta, pero la religión católica es la religión de la Esperanza: ya no pasaremos hambre ni sed, no nos hará daño el sol ni el bochorno. Y Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos. Ni hambre o sed de libertad, de alegría, de paz. Nada nos hará daño. Felices, contemplaremos al Amor mismo, al Bien mismo, a la misma Bondad, cara a cara, todo junto.

Una felicidad que llena pero en la que, a la vez, se desea más.

El Dios que es todopoderoso, que es el dueño de la vida y de todo cuanto existe, no permitirá más sufrimientos, penas o dolores. Él supera a todos, y nadie podrá arrebatarnos de sus manos amorosas… ¡para siempre!

¿No es verdad que esto se nos olvida? ¿No es verdad que, muchas veces, nuestra vida pasa sin el color de la Esperanza? ¿No es verdad que hay algo que no nos deja vivir felices aquí abajo? Sabemos que necesitamos algo que no encontramos en la tierra…

¿Y si viviéramos con esa ilusión? Imaginemos una vida como debe ser la del cristiano —el bautismo nos dio una vida nueva— llena de esperanza en la Resurrección: ningún trabajo será duro, ningún esfuerzo será suficiente para luchar por la Vida que no tiene fin, por la paz y la alegría perennes…

Es más: sin esto, todo es nada: nada vale la pena si no triunfamos en la competencia por la otra vida, si no alcanzamos la inmortalidad, si no hacemos de nuestra muerte el día al nacimiento verdadero. Así es el catolicismo: hasta de lo más negativo para los hombres —la muerte— nace lo más positivo: la Vida eterna, donde habrá fuentes de aguas vivas, como lo dice la Liturgia.

Entre otras, esta es la misión del sacerdote: enseñar el sentido de nuestra existencia, el que aprendió del Buen Pastor: que lo que necesitamos para ser felices no lo encontraremos acá.

Y por eso el laico debe orar, ofrecer sacrificios y apoyar mucho a los sacerdotes, para que sean buenos pastores.

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El problema no es el celibato*

Posted by pablofranciscomaurino en marzo 11, 2010

 

     ¿Se puede vivir hoy el celibato? ¿Se puede ofrecer como alternativa de amor a un hombre o a una mujer moderna? ¿Es razonable o es locura hablar del celibato ahora, en el siglo XXI?  La respuesta obvia es la siguiente: son centenares de miles las personas que encuentran hoy la felicidad en el celibato cristiano. Es la simple observación de un hecho indiscutible. Pese a todas las advertencias freudianas y a las publicaciones acerca del comportamiento sexual escandaloso, dentro como fuera de la Iglesia, tanto entre sacerdotes como entre personas casadas, hay millares de personas normales que actualmente viven célibes, se sienten interiormente libres y aman con un amor fuerte, valiente, rebelde. Sin embargo, viene bien plantearse su significado y justificación en el mundo actual.   

     En primer lugar, cabría aclarar un equívoco. La pregunta: ¿por qué no se casan los curas?, está mal formulada. Lo correcto sería preguntar: ¿por qué la Iglesia no ordena sacerdotes a hombres casados? Porque nunca se casaron los sacerdotes y, si nos atenemos a los datos que brinda el Evangelio, del único que  sabemos que estuvo casado es de San Pedro, porque se menciona a su suegra. Los apóstoles abandonaron todo para seguir al Señor y, desde temprano, muchos de los  que se consagraban al servicio de la comunidad cristiana lo hacían en estado de virginidad. Hubo también, en esta primera fase de propagación y de desarrollo del cristianismo, todavía en vías de organización y, por decirlo así, de experimentación, hombres casados que fueron sacerdotes, elegidos y ordenados siguiendo la tradición judaica.              

Asimismo, en las Iglesias orientales, no se casan los sacerdotes, aunque sí se pueden ordenar legítimamente personas casadas. Pero los obispos, y un buen número de sacerdotes, viven célibes. La diferencia de disciplina se explica por el hecho de que la continencia perfecta no pertenece a la esencia del sacerdocio. Incluso hoy, dentro de la Iglesia Católica Romana hay sacerdotes casados que proceden de la Iglesia Anglicana o de otras confesiones cristianas, en las cuales vivían en matrimonio. Son conversos que han pedido ser admitidos en la Iglesia Católica y ésta los acoge en la totalidad de su condición.  

     Impresiona, por otro lado, constatar cómo los tiempos de crisis del celibato coinciden con tiempos de crisis del matrimonio. Son los dos sacramentos de la Iglesia que tienen que ver con la generación de la vida: de la vida humana y de la vida sobrenatural. Actualmente no sólo se ven grietas en el celibato; también el matrimonio como fundamento de la sociedad es cada vez más frágil y el esfuerzo por vivir bien la relación conyugal no es menos pequeño. El matrimonio para los sacerdotes no arregla los problemas. Si se aboliera el celibato pasaríamos, en la práctica, a la separación de matrimonios de sacerdotes y se tendría que lidiar por añadidura, con el nuevo problema que implicarían los curas divorciados. Cuando una fidelidad no es posible, la otra tampoco lo es: una lealtad conduce a otra.   

     Lo que sorprende es la insistencia en que la Iglesia, debería suprimir la imposición del celibato sacerdotal. Es una conclusión equivocada.  En primer lugar, porque la Iglesia no impone el celibato a nadie. Hacerlo sería un ultraje al derecho natural. Cada persona es libre de elegir su propio estado de vida y sólo tiene que responder ante Dios de su elección. Otra cosa es que la Iglesia contemple, en su sabiduría, entre las señales de vocación sacerdotal, la previa recepción del don del  celibato. Estamos aquí ante un nuevo orden de ideas: el sobrenatural y esto es lo que, quizás, muchos no logran entender.  

     Antes de la ordenación el candidato da fe, bajo juramento, de haber recibido el don del celibato.  Ya sacerdote  lo vive, fortalecido en la fe y en la oración, lo único que puede sostenerlo en su decisión a lo largo de la vida. Y se espera de él, que una vez asumido, permanezca fiel al compromiso. Y la puerta queda abierta para que, quien no se vea en capacidad de vivirlo, pida la dimisión. Nadie puede ser sometido a sobrellevar una obligación más allá de su fuerza de espíritu o su carácter. Si es incapaz de hacerlo, que se dedique a otra causa. Lo deshonesto es traicionar la palabra dada, engañar a la comunidad religiosa y a los fieles, llevar una doble vida en contra de los principios morales que, en teoría, proclama. Es cuestión de hombría de bien, de lealtad, que es un valor humano apreciable.  

     Partiría de una premisa equivocada quien aspirara al sacerdocio pensando que, en el fondo, no le interesan las mujeres, o que su preferencia sexual no está del todo definida y que por tanto el celibato no le significaría mayor problema. Condición para la ordenación de un sacerdote es ser hombre viril, en todo el sentido de la palabra. Virilidad que se traduce en madurez afectiva y plena salud en el funcionamiento de sus órganos sexuales. El sacerdocio no es refugio  de débiles emocionales, ni lugar para encubrir pervertidos sexuales, ni para quienes tienen problemas a la hora de definir su identidad.              

Otro equívoco es la relación que se quiere establecer entre el celibato y los desahogos de carácter sexual, incluso aberrante. El problema no es el celibato, sino la infidelidad. Y esto afecta tanto a sacerdotes como a personas casadas. El día que los paparazzi persigan a los maridos infieles para mostrar sus debilidades, quizás no tendrían noticieros y periódicos otro tema qué tratar. Y esto, dicho con dolor, porque la lealtad y la fidelidad son virtudes humanas, necesarias en toda sociedad civilizada. Ante los casos recientes cabría decir, con todo respeto, que una persona que vive una doble vida y se niega a cumplir obligaciones asumidas libremente,  está haciendo traición a su conciencia y a su hombría de bien. Y hace mejor si pide honestamente la dimisión a su ministerio, aunque el carácter sacerdotal, nunca lo perderá. Pero la Iglesia, no puede ser sujeto de modificaciones basadas en las veleidades de unos pocos. Ni se la puede señalar como la culpable de sus debilidades. Y menos pretender que ofrezca una disciplina light, para acomodarla dócilmente a las flaquezas humanas o mundanas.  

Padre Javier Abad Gómez  

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Imagen del buen pastor*

Posted by pablofranciscomaurino en enero 9, 2010

¿Quién ha de ser puesto a toda costa, aun contra su voluntad, al frente del rebaño para apacentarlo con su ejemplo de vida? El que, muerto ya a las tendencias de la carne, vive según el espíritu. El que tiene en nada la prosperidad terrena, afronta sin temor la adversidad y ambiciona exclusivamente las riquezas del mundo interior. El que se halla dotado para la empresa gracias a un cuerpo lo bastante vigoroso y a un espíritu poco impresionable ante las ofensas. El que, lejos de sentirse arrastrado por la codicia de lo ajeno, reparte a manos llenas de lo suyo. El que, a impulsos de una entrañable piedad, se inclina al pronto perdón, pero sin desviarse de la justicia con una indulgencia más allá de lo razonable. El que no comete pecado y, en cambio, llora las culpas ajenas como propias. El que se conduele cordialmente de la flaqueza del prójimo y se congratula de su bien, como si se tratara del provecho personal. El que en todas sus obras predica con el ejemplo sin tener de qué avergonzarse, al menos por lo que al pasado se refiere. El que emplea la vida en regar con el caudal de su doctrina los corazones resecos de sus hermanos. El que, mediante la asidua práctica de la oración, ha llegado a comprobar por experiencia que puede al­canzar del Señor cuanto pidiere, considerando como dirigidas a él las palabras del profeta: Aún no habrás acabado de hablar, cuando te responderé: Aquí me tienes.

Supongamos que se nos presentara por las buenas un individuo con la pretensión de que mediásemos en favor suyo ante un poderoso enfadado con él. De no conocerlo, le responderíamos sin más: «Dis­pensa, pero mal pudiera hablar por ti a un señor de quien ni soy amigo, ni siquiera conocido». Ahora bien, si uno rehuye hacer de conciliador ante un seme­jante por el hecho de no gozar de su confianza, ¿con qué cara se arroga el oficio de mediador entre Dios y su pueblo quien no se sabe en la amistad divina con una vida santa? O ¿cómo se atreve a implorar del Señor misericordia para los demás quien ignora si está en paz con él?

De la Regla pastoral de San Gregorio Magno, papa (P. 1, cap.  10; PL 77, 23 A)

 

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Jesucristo, ideal del sacerdote*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2009

PRÓLOGO

Poner en manos de nuestros sacerdotes, y sobre todo de los jóvenes, el precioso librito: Jesucristo ideal del sacerdote, del P. José Frassinetti (1804 – 1868) es dar a conocer la vida ejemplar de un sacerdote humilde y modesto, gran trabajador y luchador, inteligente y eficaz, cuál fue su autor, que comprendió los problemas de su tiempo y contribuyó, con su predicación y sus escritos, a darle una solución adecuada.

Continua seguirá siendo cierto que las palabras mueven, pero los ejemplos conquistan.

Vivimos tiempos difíciles. Es cierto. Pero, ¿cuándo el ministerio sacerdotal y la acción de la Iglesia se han realizado en tiempo fáciles? El sacerdote José Frassinetti vio tiempos similares a los nuestros: bien difíciles, como ahora. Tiempos de cambio, de confusión, de siembra de errores no solamente en el campo de la cultura y de la política, sino también en el ámbito religioso. Pero conoció su tiempo y sus problemas, sus errores y dudas, y sobre todo sus peligros en el ámbito religioso y respondió, como sacerdote, a las responsabilidades de la hora, estudiando, predicando y escribiendo, mientras desarrollaba sus actividades ministeriales permanentemente.

Es interesante hacer notar su certera visión de las necesidades urgentes de su tiempo, a las cuales dedicó sus esfuerzos. Catequesis, pastoral de la juventud, predicación sólida del Evangelio: formación de los sacerdotes para la unidad de conducción pastoral en los problemas de la moral católica.

¿Acaso estos problemas no son ahora también nuestros grandes problemas? Tenía pasta de santo. Por eso está introducida y adelantada su causa de beatificación. Estaba convencido que para ser eficaz en su apostolado, era necesario que él mismo predicara primero, con su ejemplo personal, lo que enseñaba a los demás con su palabra.

Así lo hizo siempre. La verdad es que no hay otro camino. Hombre de oración todo lo esperaba de Dios, trabajando de su parte y escribiendo, como si fuera un sacerdote que modestamente cumple su deber, sin llamar la atención.

Desde muy joven, he sentido admiración por este sacerdote tan humilde y tan eficaz; tan activo y tan estudioso; tan valiente y tan decidido frente al error que siempre combatió, y tan caritativo con los hombres a quienes amó. Siendo joven sacerdote conocí su obra “Compendio de la teología Moral de San Alfonso María de Ligorio”, traducido de la cuarta edición italiana por D. Ramón M. García Abad, en su cuarta edición española, en dos tomos, publicado en 1901. Su prestigio como confesor y director espiritual bien conocido, multiplicó las ediciones de esta su obra en Italia y fuera de ella. Lo que puede un sacerdote, unido a Jesucristo por la Fe, la Esperanza y la Caridad está documentado, una vez más, en este librito. Tengo fe en que su lectura levantará el ánimo de los sacerdotes que desean, que quieren cumplir con sus responsabilidades, en estos momentos en que el Pueblo de Dios necesita encontrar luz y orientación en ellos. Son tiempos difíciles: es cierto, pero son tiempos post-conciliares que han abierto rumbos nuevos. El Concilio ha puesto en manos de todos, al alcance de los pueblos, y en su propia lengua los tesoros de las verdades reveladas siempre vivas y nuevas para transformar nuestras vidas y nuestras actividades en la unidad del Cuerpo Místico. Faltan animadores: sabios y fervorosos sacerdotes que muevan con sus predicaciones y sus escritos y arrastren con sus ejemplos a un mundo que necesita volver a Dios, sin el cual la vida no tiene sentido. La vida del Siervo de Dios José Frassinetti ejercerá influencia eficaz en los sacerdotes que se sienten obligados a la obra postconciliar que recién comienza y que deberá retomar la vida y la actividad cristianas.

B. Aires, 5 de Mayo de 1970

Cardenal A. Caggiano Arzobispo de Buenos Aires

 

JESÚS A SUS SACERDOTES

Sacerdote ministro mío, yo te escogí de entre mi pueblo, para que en mi nombre y con mi autoridad instruyas las almas que redimí con mi Sangre, las sueltes de las ataduras del pecado, ofrezcas para ellas el sacrificio eucarístico, y para que con tus plegarias y tu sagrado ministerio las santifiques colmándolas de los dones celestiales. Tú eres mi representante ante el pueblo cristiano y por ello, en lo posible, has de copiarme imitándome fielmente. Estudia mi vida divina e imítala acabadamente. Esto será suficiente para que seas un buen sacerdote.

 

CAPÍTULO I

VIDA INTERIOR Y EXTERIOR DEL SACERDOTE

SEGÚN JESUCRISTO

 

VIDA INTERIOR

Yo soy el espejo sin mancha y la imagen (substancial) de la bondad divina. (Sb 7, 26). Tú también, en cuanto lo permita la fragilidad humana, has de ser imagen y espejo inmaculado de mi bondad. Evita no solo los pecados graves, sino también las faltas más insignificantes, de forma tal que nunca peques advertidamente. Mucho me desagradan los pecados veniales que a sabiendas y voluntariamente cometen los seglares; mucho más desagradables me resultan cuando son cometidos por mis ministros. Ni te parezca exigencia excesiva la mía, si pretende de ti que no me ofendas ni mucho ni poco. No pretende menos un padre de sus hijos ni un soberano de sus súbditos. Sé entonces espejo sin mancha. A la vez has de ser la imagen de mi bondad. Para ello no es suficiente mantenerse limpio de pecado: es necesario el ornamento de todas las virtudes. No te conformes con evitar lo que me pueda ofender; busca lo que me agrada; en fin, esfuérzate por alcanzar la perfección.

Las Sagradas Escrituras, las enseñanzas y los ejemplos de los santos te recuerdan continuamente que el sacerdote debe aspirar de una manera muy especial a la perfección; que el sacerdote que no se empeña en alcanzar la perfección, corre serio riesgo de perder la gloria eterna. No desmayes entonces: esmérate para ser espejo inmaculado de mi bondad.

 

VIDA EXTERIOR

Mi vida, si bien sumamente perfecta, fue una vida normal y por ello puede ser modelo para todo ser humano. No vivía yo en los desiertos, sino en las ciudades en continuo contacto con los hombres para hacerles bien. Toda vez que así lo requería la gloria de mi Padre celestial y la salud de las almas, gustoso asistía a las fiestas rodeado de mis discípulos: hasta acudí a fiestas de bodas (Mt 9, 10; Jn 2, 2) Normalmente no me imponía largos ayunos: “ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe” (Mt 11, 19), y tampoco se los imponía a mis discípulos (Mt 9, 14) Profundo era mi amor por la pobreza: a pesar de ello consentí que mis discípulos guardaran algún dinero para las necesidades diarias (Jn 4, 8; 12, 6). Tu vida también ha de ser normal, sin extravagancias, para que los fieles no se sientan ofendidos en su debilidad y en sus necesidades acudan a ti con mayor confianza. Otra es la regla que yo impongo a los que yo impongo a vivir apartados del mundo; ellos buscan mi gloria de una manera distinta. Si tú no has recibido esta vocación extraordinaria, sea tu vida perfecta y normal como la mía.

 

CAPÍTULO II

LAS VIRTUDES DEL SACERDOTE SEGÚN JESUCRISTO

 

LA HUMILDAD

 Bien podía yo decir a los judíos: “no busco la gloria mía” (Jn 8, 50) Por lo tanto no busques nunca tu gloria, sino la mía. Toda vez que en tu ministerio buscares tu gloria, usurparás lo que me pertenece y que yo a nadie cedo: “No cederé mi gloria a ningún otro” (Is 42, 8). Si prestas atención, verás que los sacerdotes vanidosos nunca consiguen algo verdaderamente sólido; no quiero valerme de la colaboración de ellos. Los que corren en pos de la gloria, al final padecen confusión pues mi Palabra se cumple: “El que se ensalza será humillado” (Lc 18, 14)

¿Te acuerdas? Al leproso curado ordené que con nadie hiciera mención del milagro (Mt 8, 4) Devolví la vista a los ciegos, mas les impuse que nadie se enterara de ello (Mt 9, 30). Devolví la vida a la niña muerta: exigí con energía que nada se propagara (Mc 5, 43). Vela para que quede escondido cuanto podría redundar honor de tu persona.

Por otro lado no rehúyas de prestar servicios humildes a tu prójimo. En la última cena yo lavé los pies a mis discípulos:”Yo que soy el Señor y el Maestro les he lavado los pies” (Jn 13, 14). A la luz de estos ejemplos: ¿habrá algún acto de caridad que, con fundada razón, estimes comprometedor para tu dignidad? En el ejercicio de tu ministerio sé el siervo de todos; no lo olvides, “yo no vine para ser servido, sino para servir” (Mt 20, 28). Si yo permitiera que el mundo se olvidara de ti y tus superiores estimaren no acudir a tu colaboración en tareas importantes, no te quejes por ello. Recuerda que durante 30 años viví apartado: en ese lapso de tiempo no prediqué, no tuve discípulos, no obré milagros; me conocían por el hijo del carpintero (Mt 13, 55). Sin embargo, en aquel período oscuro mucha fue la gloria que yo tributé a mi Padre celestial. Gloria que tú verás y contemplarás a la luz de la eternidad. Tú también me proporcionarás mucha gloria si aprendes a vivir en humildad y resignado al olvido. Nada necesito: sólo me glorifica aquel que cumple mi voluntad. Cuando la muchedumbre, deslumbrada por mi omnipotencia, “querían apoderarse de mí para hacerme rey, huí a la montaña escondiéndome de ellos” (Jn 6, 15). Yo me ocuparé de glorificarte, porque cuando quiero: “Levanto del polvo al desvalido, alzo al pobre de su miseria” (Sal 112, 7) No te preocupes por alcanzar renombre y honores. Acuérdate de mis Palabras: “aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29) La humildad del corazón es la que debes pedirme constantemente y la que debes alcanzar a toda costa. Toda aparente humildad, cuando no está arraigada en el corazón, no sería más que hipocresía y fina soberbia. Conócete a ti mismo, examina tus debilidades, tus perniciosas inclinaciones, tus pecados. Haz un examen detenido de lo que has hecho mal, pero ten presente que puedes haber hecho otro tanto o quizás más y no te percatas de ello por impedírtelo tu orgullo y que muchísimo más podrías haber hecho de no haber mediado mi divina gracia. Nada tienes que te pertenezca, en lo humano y en lo sobrenatural: nada eres, diría yo, menos que la nada, pues la nada ni peca ni encierra maldad. Domina a la soberbia y sumérgete en las profundidades de la santa humildad conociéndote a ti mismo.

Sólo entonces habrás alcanzado la verdadera humildad, la que se aprende de mí y que es el único sólido cimiento de las demás virtudes.

 

MANSEDUMBRE

Para que aprendieras esta virtud te he dejado ejemplos en abundancia; serás manso si alcanzas la virtud de los humildes de corazón. Mansamente eludí la persecución de Herodes (Mt 2, 14). Cuando los fariseos quisieron prenderme, mansamente me escurrí de sus manos (Mt 12, 15), y otro tanto hice cuando quisieron arrojarme por un despeñadero (Lc 4, 30). Reprendí a mis discípulos cuando querían invocar las llamas del cielo sobre los samaritanos que no me recibieron y los invité a que imitaran mi espíritu de mansedumbre (Lc 9, 55). Me tildaron de poseído y mansamente contesté que no era tal (Jn 8, 49). Cuando quisieron apedrearme, me escondí y abandoné el Templo escapándome del furor de mis enemigos (Jn 8, 59). Toda mi pasión, desde el beso de Judas hasta la muerte en la cruz fue un solo ejemplo de mansedumbre sin interrupción. Aprende de mí esta maravillosa virtud y aún pudiendo vengar las ofensas y humillar a tus enemigos, habla y actúa con mansedumbre de acuerdo a los ejemplos que te he dejado. No olvides lo que fue escrito de mí… “mi bienamado en quien me siento complacido… no porfiará, ni se oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña endeble, ni apagará la llamita titilante” (Mt 12, 18-20). No olvides estas enseñanzas cuando creas ofendido tu amor propio y consideres tu justo derecho a reaccionar en defensa de tu personalidad. Sea constante tu mansedumbre. Se manso con todos; no imites a los que proceden mansamente en las relaciones con los poderosos y los ricos, y se vuelven ásperos con los débiles y los pobres. La sumisión ante los poderosos y adinerados sólo es indigna bajeza, y la altanería con que son tratados los débiles y pobres yo la vengaré pues “rindo justicia al mendigo y defiendo los derechos del pobre” (Sal 139, 13).

 

FORTALEZA

Mas que la mansedumbre no se vuelva en debilidad. Yo soy el Cordero de Dios (Jn.1, 29), pero sé indignarme (Ap 6, 16), y mis ministros que yo envío como corderos (Lc.10, 3) deben, según mis ejemplos, estallar en arrebatos de santa indignación. Has leído que merecieron mi ira los pertinaces y los enceguecidos hipócritas (Mc.3, 5), y los tildé de “raza de víboras” (Mt.12, 24).

Lanzaba yo mi indignación contra los pérfidos hipócritas para contrarrestar el daño que causaban a los simples de corazón. Igualmente debes tú levantar la voz contra los que seducen a las almas y precaver al pueblo cristiano contra las asechanzas. “Cuidaos contra los escribas” (Mc.12, 38), repetía yo a la multitud, sin tomar en cuenta el odio que, cada vez más profundo ellos volcaban contra mi persona. Los malvados seductores esgrimen, en apoyo de su nefasto cometido, mis lecciones de mansedumbre, humildad y caridad, pues no admiten trabas en su obra de destrucción. Aquellas lecciones no son para ellos, y tú no dejes de levantar tu voz contra ellos haciendo caso omiso de sus quejas y de sus enojos: usa la espada de la Palabra divina y subyuga a mis enemigos. Mucho daño ha causado al pueblo cristiano la falsa mansedumbre de mis sacerdotes, permitiendo que deplorables errores pongan raíces, broten y se multipliquen en el seno de la Iglesia. Este tipo de timidez adormece a los vigías del campo y envalentona al enemigo para sembrar cizaña.

 

PRUDENCIA

Con mis ejemplos te he enseñado como no tenía miedo a los seductores de las almas; por ello no has de descuidar las lecciones de prudencia que te he dado. Cuando el bien de las almas así lo exija no titubees en obrar virilmente: pero, si el enfrentamiento es evitable, no arriesgues inútilmente. Cuando los judíos me buscaban para darme muerte, yo los eludía, pues no había llegado aún mi hora (Jn 7, 1). Sé precavido. Yo dije “sean simples como palomas y prudentes como las serpientes” (Mt 10, 16). Opina bien de todos, si ello no involucra daño alguno para ti o para terceros: sé simple como la paloma. Por el contrario, si vislumbras algún perjuicio, ponte en guardia: sé prudente como la serpiente. Los perversos quisieran que todos mis ministros no fueran más que palomas para dominarlos a su antojo; mas yo quiero que sean serpientes precavidas, conocedoras de las mañas de los enemigos. Cuida tu conciencia y las almas que yo te confío: no las entregues desaprensivamente a cualquiera. Tu sencillez sea cauta, sabia e iluminada y evitarás que de ella haga estrago la maldad de los enemigos.

 

OBEDIENCIA

Dijo el apóstol que yo fui “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8).

Acaté la voluntad de mi Padre y también fui sumiso a José y a María (Lc 2, 51) Esta virtud te hará vencedor de tus enemigos (Pr 21, 28). Acata las órdenes de tu obispo: él es mi representante y a él has prometido obediencia. Nada hagas, ni aún lo que te pareciere bueno, contrariando sus directivas; no te ciñas a cumplir solamente las órdenes que recibes de él: sé también cabal intérprete y fiel ejecutor de sus consejos. Sé sumiso por espíritu de obediencia y no por humanos e intrascendentes intereses. Yo, que soy fiel y todo lo puedo, premiaré tu obediencia material y espiritualmente.

 

CASTIDAD

Milagro único a través de los siglos, yo he nacido de Madre Virgen. No lo olvides: permití que mis enemigos me calumniasen, pero nunca de sensualidad. Claro está que mi pureza superaba infinitamente la de los ángeles. Esta es la virtud que has de poseer en grado sumo; como si hubiera dicho especialmente para mis ministros “serán como los ángeles del Señor” Eso has de ser: ángel sobre la tierra: en las miradas, en los actos, en las palabras y en los pensamientos. Si tú lo quieres lo conseguirás: mi gracia no te faltará. Si no quieres ser ángel, serás diablo. Esto es lo que generalmente ocurre a todos los cristianos, pero muy especialmente a mis sacerdotes. El vicio que se opone a esta virtud es, para el hombre, el más natural y el que con mayor sutileza se adentra en su corazón para dominarlo. Por lo general en mis ministros se insinúa como inocente apreciación de la belleza; a veces se encubre bajo las apariencias de caridad y compasión por los seres afligidos o bajo el velamen de la devoción que cultivan ellos. Mas cuando ese vicio se ha adueñado del corazón, sin que ellos se percaten, mis ministros se sienten arrebatados por una euforia que produce dulce ilusión, y una y otra aumentan día tras día. Bien podrían a esta altura darse cuenta, mis sacerdotes, que ese afecto ha dejado de ser puro, pero euforia e ilusión le restan toda fuerza de reacción y acaban de compadecerse de su propia debilidad, y ya no hay temor que los detenga. Pecado mortal, sacrilegio, peligro de condena eterna, ya han perdido el tremendo significado que encierran. El vicio de la impureza, gravísimo de por sí, lo es más aún en mis sacerdotes porque en ellos involucra, a la vez, profanación de mi Cuerpo y de mi Sangre y de todas las almas que yo les he confiado. Acuérdate, sacerdote, que sólo con mi auxilio evitarás las ocasiones y mantendrás un corazón puro e inconmovible entre los embates del placer.

 

MORTIFICACIÓN

Desde Belén hasta el Gólgota, mi vida fue un ininterrumpido ejercicio de mortificación. Tu vida también, a pesar de la humana flaqueza, debe ser sacrificada. Debe manifestarse hasta en las habitaciones privadas en las cuales evitarás toda decoración superflua. Sea tu mesa sobria y moderada, rehuyendo de los alimentos refinados. Sea tu vestimenta prolija, más no lujosa y siempre de acuerdo con lo que al respecto disponen las autoridades eclesiásticas. Sean tus descansos medidos y sosegados, y al solo objeto de reponer energías evitando dedicarles más tiempo de lo necesario. El eclesiástico activo y diligente no dispone de mucho tiempo para el recreo y además preferirá destinar el dinero de que dispone en obras de bien moral y material. Mortifica también tu curiosidad: no malgastes tus horas en conocer cosas que no hagan a tu ministerio y al bien de las almas. Finalmente, evita todo lo que de una u otra manera ponga en riesgo tu castidad: la mortificación es la defensa más segura para mantener esta inapreciable virtud.

 

DESAPEGO DE LOS BIENES TERRENALES

He nacido en un pesebre y muy pobres fueron los pañales que me abrigaron recién nacido; exilado y entre privaciones pasé mi infancia; la pobreza fue la compañera de toda mi vida al punto que, con fundamento, puedo decir: “los zorros tienen su cueva y su nido las aves, más el Hijo del hombre no tiene ni siquiera una piedra en la cual recostar su cabeza” (Mt 8, 20) No tuve en cuenta los bienes terrenales y al mismo desapego eduqué a mis íntimos. Dirás que disponer de dinero y de medios materiales es útil para alcanzar más y mejores resultados en el bien; te diré que no hay argumentos valederos contra la sabiduría de mis ejemplos. Los santos que mejor copiaron mi vida fueron o se volvieron pobres; cuanto más se distinguieron en la pobreza, más brillantes y duraderas fueron las obras con que glorificaron mi nombre. Yo soy Aquel que todo lo hice de la nada: esta es la regla de la cual no me aparto en la realización de mis obras. Ama la pobreza: acepta pérdidas y sufrimientos. Lo necesario nunca te faltará: más confiarás tú en mí y más generoso seré yo contigo. Descalzos y sin provisiones enviaba yo mis discípulos y sin embargo nunca padecieron necesidad. (Lc 22, 35-36)

Lo que acabo de decirte no implica que no debas vivir del fruto de tu ministerio: es justo que sea así. Empero, no hagas nada con el propósito de recibir retribuciones materiales. El objeto de tu apostolado es exclusivamente el de glorificarme. Acepta la retribución que se te ofrezca, más no la exijas: sólo podrías echar a perder el resultado de tu obra. No pretendas atesorar durante tu vida con la intención de destinar tus bienes a la realización de obras piadosas después de tu muerte. Destina al servicio de mi causa lo que posees mientras vivas: no demores. Es bueno que alivies las necesidades de tus parientes pobres, cuida empero, de hacerlo con mensura. Trabaja en mi viña con desinterés: eres sacerdote y no dés motivo para que te digan que eres comerciante. No lo olvides: yo que todo lo podía, dejé que mi madre María y el custodio de mi vida, José, se sustentaran con el trabajo de sus propias manos.

 

CARIDAD

“Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12) ¡Y cuanto amé a las almas! Por ellas entregué mi vida divina. “Yo soy el buen Pastor: el buen Pastor entrega su vida por las ovejas” (Jn 10, 11) Por la salvación de las almas dalo todo: hasta la vida. Ten compasión de las almas que se hallan abandonadas y expuestas a los embates del enemigo. De mí se ha escrito: “Al ver la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Pero has de compadecerte de ellas eficazmente. El sacerdote que me ama se preocupa por todas las almas. Te he dejado ejemplos de cómo también las necesidades materiales de mis creaturas merecieron especial atención de mi parte. No había distingo en mi llamado cuando exclamaba: “venid a mí los que andáis agobiados y oprimidos y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Todo mi Evangelio atestigua que yo nunca me negué a aliviar las necesidades, aún las de carácter material. Me causaba pena la muchedumbre hambrienta: “Me da pena esta multitud” (Mc 8, 2) y satisfice aquella necesidad con uno de los milagros más clamorosos. Me llegué a la casa del centurión para sanar al criado enfermo: “Yo mismo iré a curarlo” (Mt 8, 7). Sin demora seguí al apenado padre que me pedía que le devolviese la hija que acababa de morir: “…Jesús se levantó y lo siguió” (Mt 9, 19). Me mostré inconmovible en el episodio de la Cananea, mas yo sólo pretendía acrecentar su fe: “¡Mujer, que grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (Mt 15, 28). Apiádate, pues, de todas las necesidades de tu prójimo y provee lo mejor que puedas. El pobre, el desvalido y el enfermo han de hallar en ti al padre tierno que comparte entrañablemente las penas de sus hijos y las alivia sin demora. No se endurezca tu corazón por la rutina de ser habitual espectador de tantas miserias.

Sé sensible y no permitas que se apague en ti la llama de la caridad. Hasta en los momentos en que tú mismo sientes necesidad de ser consolado, no dejes de consolar a los afligidos que acuden a ti. Camino al Calvario di ánimo a las mujeres que lloraban (Lc 23, 28). Desde la cruz dirigí palabras consoladoras a mi Madre y al discípulo predilecto (Jn 19,26). No te enfrasques en litigios mundanos, llevado por una caridad mal entendida. A los dos hermanos que quisieron conocer mi opinión sobre la partición de bienes les impartí una lección sobre la avaricia. Procede tú del mismo modo cuando seas llamado a ocuparte de cuestiones y negocios humanos.

 

ACATAMIENTO A LA VOLUNTAD DE DIOS

A mi persona se referían aquellas palabras: “En el libro de la ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón” (Sl. 39,9). Sea este el programa de tu vida: dar cumplimiento acabado a mi voluntad: es lo que debes hacer si quieres controlar todos tus afectos. Dije yo: “No busco mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado”(Jn 5,30); “mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me envió” (Jn.4, 34); más aún “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el Cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt.12,50). Cuando en el huerto Pedro quiso defenderme de los enemigos, yo contuve su vehemencia diciéndole que “es necesario que yo beba el cáliz que me ha dado el Padre” (Jn 18, 11), y es sabido cuán amargo era aquel cáliz. El programa de mi vida fue hacer la voluntad del Padre; sea tu programa el acatamiento y cumplimiento de mi voluntad siempre: en la buena y en la mala y cualesquiera sean los acontecimientos que sobrecogen al mundo. Mi voluntad es infinitamente buena, dulce agradable: todo lo bueno lo hallarás en ella. En su órbita ha de moverse tu vida, en lo espiritual y en lo material. Conforme a mi voluntad serán las aspiraciones de tu corazón, los frutos del trabajo sacerdotal, el volumen de gracia en la tierra y de gloria en el cielo. Lo que yo mando y dispongo configura un orden admirable: todo se desarrolla de acuerdo con mi voluntad, y serena felicidad. Si llegas a ser un enamorado de mi voluntad, todo lo que habitualmente te causa repugnancia y sufrimiento moral, dolencias físicas, carencia de recursos temporales, lo aceptaras con ánimo alegre y alcanzarás la perfecta adhesión a mis divinos quereres. Hay momentos en los cuales el poder de las tinieblas parece doblegar a mis secuaces; cuando la inocencia es considerada delito y la iniquidad título de honor. Más esto no es novedoso. En los momentos cruciales de mi pasión exclamé: “Esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

En aquellos trances un ángel me brindó consuelo, y tú también hallarás alivio en la oración. Yo padecí momentos de temor (Mc 14, 33), tú también lo tendrás: no temas, igual que a los mártires te será proporcionado el vigor que te hiciere falta. Hallándome abandonado y escarnecido opté por callar con dignidad o contestar con palabras claras y terminantes. Que conozcan los enemigos la serena altivez de que hacen gala mis elegidos en los momentos de dolor. Yo me abandoné en las manos de mi Padre (Lc 23, 46): haz otro tanto, confía en mí. Nada podrían haberme hecho sin mi permiso y nada podrían contra ti. De haberlo querido “más de doce legiones de ángeles habría enviado el Padre celestial en mi auxilio” (Mt 26, 53); si yo quiero, esas mismas legiones acudirán en tu defensa. Tú no te perteneces, eres mío; confía en mí que no he de fallarte.

 

LA ORACIÓN

“Mi nombre es Emmanuel, eso es, Dios con nosotros” (Mt 1, 23). Acuérdate de mi presencia, pues yo soy Dios que permanece siempre en ti. Nada hallarás dentro de ti ni derredor tuyo tan íntimo como mi presencia. Sea tu corazón el tabernáculo viviente de mi infinita majestad. Ora como yo te he enseñado y cuando lo haces públicamente hazlo en la forma que prescribe la Iglesia. Pide todo lo bueno que deseas, pero en definitiva que todo se resuelva y se te dé según mi voluntad. Sé constante en tu oración, ¿recuerdas? “…oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras” (Mt 26, 44): conviene insistir y cada vez con mayor afecto y confianza. A hora temprana me apartaba para orar; bueno será que así lo hagas tú también, y ello te ayudará a evitar las distracciones y a dedicarte a la meditación, importantísima forma de oración, que te otorgará fuerza y no te dejará envuelto por la fascinación de las vanidades del mundo actual, y en ella hallarás el equilibrio tan necesario para apreciar adecuadamente los bienes celestiales. Durante la meditación estaré siempre cerca de tuyo; se avivará en tu corazón el fuego de la caridad y tu espíritu se fusionará con el mío. Tu oración se elevará hacia mi trono cual perfumado incienso. Si deseas sólo lo que yo deseo, obtendrás lo que pides. La oración y el sacrificio asegurarán resultados firmes y saludables a tu ministerio. Bríndale a tu espíritu, de tanto en tanto, un período de recogimiento; de ello se beneficiarán las almas que Dios te ha confiado y mayor será la gloria que tributarás a tu Creador.

A veces ocurre que uno se dedica tanto al bien de otros que descuida alimentar su espíritu. Es conveniente que mi ministro olvide por un tiempo a su prójimo y descanse en mi presencia, ocupándose de sí mismo: así le exigía yo a mis apóstoles al regreso de sus tareas misioneras (Mc 6, 30). Finalmente, no olvides que la oración te ayudará a alcanzar y mantener todas las demás virtudes.

 

LA SANTA MISA

El sacrificio de mi Cuerpo y de mi Sangre ora, satisface, alaba, da gracias con infinita eficacia. La Misa es la oración por excelencia: la mayor de mis obras que refleja acabadamente mi divino poder y la misma se cumple, sacerdote, por tu ministerio. Quise ofrecer el primer sacrificio “en un cenáculo amplio y suntuosamente decorado” (Mc 14, 15). Así será tu corazón cuando celebras la Misa: amplio por la confianza en mi divina bondad, de suerte que esperes, para ti y todos los demás, el don de las gracias más apreciables. Te acercarás al altar con deseo incontenible, haciendo tuyas las palabras: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes…” (Lc 22, 15); deseoso que la santa Misa resulte para ti, para la Iglesia, para los fieles, el maná que satisface con creces todas las necesidades. Hállese tu corazón convenientemente decorado, durante la celebración, para que yo pueda, en tu compañía y en esplendor de caridad, consumar la Cena divina. Aunque tuvieras que celebrar una sola Misa en tu vida tú tendrías que aspirar a la mayor santidad y adornar tu corazón con las más grandes virtudes; pero piensa que celebras todos los días. Vela que igualmente dispuestos y preparados se encuentren los corazones de los cristianos que comparten mi Mesa; también para ellos yo soy el Pan de cada día. Deja abierto de par en par mi cenáculo para las almas que aborrecen el pecado. No me molesta estar con ellas. No repares en defectos nimios o imperfecciones de los que se acercan a mí: tú los tienes, quizás mayores, y sin embargo permito que ofrezcas el sacrificio todos los días. ¿Serán estos defectos o imperfecciones menos censurables en ti porque eres sacerdote?

 

CAPÍTULO III

CELO DEL SACERDOTE

 

CELO POR EL RESPETO Y EL DECORO DE LAS IGLESIAS

Decía el salmista (Sal 68, 10): “el celo de tu casa me devora”. De aquel celo yo te he proporcionado repetidas muestras. Con insólita indignación arrojé los profanadores del templo y exigí perentoriamente que fuese retirado del templo todo lo que no condecía con el lugar santo. No toleres que mi casa, en la cual estoy presente en la Eucaristía, sea profanada. En algunos casos, mis sacerdotes excesivamente tímidos, no se oponen con vigor a las profanaciones; en otros, resultan negligentes en el cuidado de los elementos destinados al culto. Si obrasen con mayor decisión y sin falsa mansedumbre, muchos irrespetuosos quedarían fuera de los templos y yo no recibiría tantas ofensas. Y si obraran con mayor diligencia, brillaría el aseo y la limpieza en los altares y en los ornamentos. De seguro que no permitirían en sus habitaciones y en su mesa vajilla y mantelería raída. No se impute el desorden, el desaseo y el descuido a pobreza o falta de medios; a los sacerdotes que sienten celo por el brillo de mi casa no les hago faltar lo necesario. Esmérate, sacerdote, en la imitación de mi celo: evita toda profanación de mi casa y cuida en ella el orden y el decoro: así proceden los que creen que yo habito en el templo, día y noche, realmente presente en la Eucaristía.

 

LA PREDICACIÓN CON EL EJEMPLO

Tu celo ha de manifestarse con mayor ahínco en la salvación de las almas y especialmente con la predicación de la Palabra divina. He aquí los ejemplos que te he dejado para tu enseñanza. En primer lugar ten presente que “las turbas se admiraban por mi doctrina, porque yo les enseñaba con autoridad” (Mt 7, 29). Autoridad que me era propia no sólo por el hecho de ser yo maestro divino, sino también porque mis palabras eran respaldadas por mis ejemplos: todos sabían que ponía en práctica lo que pregonaba. De mí se dijo: “comencé por hacer y luego prediqué” (Hch 1, 1). Tú también tienes autoridad para anunciar la Palabra divina; autoridad que es propia del carácter sagrado y que obra eficazmente en los corazones de los hombres.

Pero esa autoridad por sí sola no hace fructífera la predicación, que debe ser acompañada por una vida ejemplar. El Pueblo de Dios juzgará bien de ti cuando se convenza de que predicas lo que prácticas. Si lo que enseñas no está avalado por una actuación ejemplar, los fieles dudarán de la sinceridad de tus palabras y te tildarán de hipócrita. Resulta deplorable la predicación cuando el sacerdote soberbio pregona la humildad, el avaro la generosidad y el sensual la continencia. Le pregunto yo a mi sacerdote: “¿Por qué te atreves a anunciar mis mandamientos y a pregonar mi alianza?” (Sal 49, 16).

 

PREDICACIÓN ATRAYENTE

Todos me ensalzaban, pues mis palabras estaban repletas de gracia: (Lc 4, 22) mis palabras concitaban con suavidad la atención del pueblo. Sean tus palabras afectuosas y consoladoras: los fieles te escucharán con gusto y sacarán provecho de tu predicación. No me agradan los ministros que truenan de continuo contra los pecadores y reparten el sabroso pan de mi Palabra con un dejo de acritud. Habla como lo hacen un padre, un hermano, un amigo: tus palabras rebosarán de gracia y hallarán oídos atentos y voluntades dispuestas.

 

PREDICACIÓN FERVIENTE

Mi predicación era a la vez convincente y sencilla: puedes comprobarlo leyendo el Evangelio. Todos entendían mis palabras, hasta los más incultos. Las turbas me seguían para escucharme y sacaban provecho de mis sermones. A menudo resulta tortuosa y no muy clara la predicación de algunos sacerdotes que la vanidad arrastra a una oratoria hueca e inútil: parecerían perseguir un fácil halago antes que esforzarse por calar hondo en el corazón de los hombres. No existe una predicación barata y otra de lujo, una de alto vuelo y una plebeya. Mi Palabra es una sola y posee todos los atributos para saciar el hambre de todas las almas, sea que pertenezcan ellas a encumbrados y cultos o a plebeyos e ignorantes. El hambre de la verdad aguijonea a todas las almas por igual, sin distinción de clase, región o cultura.

 

PREDICACIÓN SABIA

Si recomiendo sencillez en la predicación, no por esto apruebo la dejadez y negligencia de los sacerdotes que no se preparan como es debido para anunciar mis palabras y llenan los oídos de los fieles con sermones fríos, huecos y desabridos.

Los que me escuchaban admirados, preguntaban: “¿de dónde le viene a este tanta sabiduría?” (Mt 13, 54). Tu predicación debe ser sencilla y a la vez sabia, sólida, substancial y provechosa para el espíritu. Por ello, antes de predicar, medita bien lo que vas a anunciar, fundamenta tu exposición con argumentos sólidos y valederos aptos para sacudir las voluntades y convencer las inteligencias. No te diriges a mi grey para dilucidar un pleito humano: de tu boca quedan pendientes las almas que yo rescaté con mi Sangre. Una preparación concienzuda evitará que tu predicación se pierda en expresiones vulgares, en sentimientos fáciles o en argumentaciones de dudoso contenido. Mientras tú hablas yo te escucho, y tendrás que rendir cuenta del trato poco respetuoso, negligente unas veces, ridículo otras, que has dispensado al sagrado ministerio de la Palabra.

 

CÓMO CONQUISTAR A LOS PECADORES

Dije a mis discípulos que serían “pescadores de hombres” (Mt 1, 17). Los pescadores habitualmente, se sirven de la red o del anzuelo para obtener buenos resultados en su faena. Mis ministros pescan con la red cuando anuncian la Palabra de Dios a los fieles reunidos y atraen a más pecadores; se valen del anzuelo, cuando privadamente alientan al pecador para que haga retorno a la casa del Padre. Durante mi vida terrenal yo usé red y anzuelo para conquistar a los pecadores. De ello encontrarás muchos ejemplos en las páginas del Evangelio. Públicamente prediqué a multitudes y también en privado atendí a la conversión de los pecadores. No desperdicié ocasión alguna para traerlos al bien. Pedían algún bien terrenal y yo aprovechaba el momento para insuflarles la gracia del espíritu. El paralítico se acercó para que yo le devolviese el uso de sus miembros: aproveché para instarlo a dejar el pecado. Lo dejé sano de cuerpo y alma. (Mt.9, 2) Cuando acude a ti el pecador en busca de algún servicio, sugiérele que retome la buena senda. Si los pecadores no se me acercaban, yo iba en busca de ellos en cualquier lugar que fuere. Las habladurías de los malvados me tenían sin cuidado. Recuerda las calumnias de que me hicieron objeto: “he aquí el comilón y bebedor, amigo de los publicanos y pecadores” (Mt 11, 19). Sin ser invitado alguna vez acudí espontáneamente a la casa de los pecadores; así lo hice con Zaqueo a quien dije: “Hoy he de quedarme contigo en tu casa” (Lc 19, 5) Haz que los pecadores entiendan cual es el móvil que te guía en quedarte con ellos: por supuesto que no la aprobación de sus extravíos sino el deseo de devolverlos al recto camino. Ni el cansancio me detenía en la búsqueda de los pecadores.

Cansado me senté junto al pozo de Sicar, y allí convertí a la mujer samaritana que había ido por agua natural, y yo le desperté el deseo de los manantiales eternos. Aún cansado, atesora toda ocasión para santificar las almas; ese es el entrañable deseo de mi corazón.

 

PRONTITUD EN ATENDER A LOS PECADORES

Los pecadores acudían a mí en cualquier circunstancia aún no del todo oportuna. Me hallaba de reunión cuando se presentó la Magdalena: no sólo la atendí, sino que la defendí ante Simón que la miraba de reojo por ser mujer de mala fama. No obligues a los pecadores a idas y venidas: atiéndelos en cualquier momento se te presenten y aprovecha la ocasión para reconciliarlos conmigo. Algunos sacerdotes se fastidian si se los llama al confesionario en hora incómoda para ellos y no titubean en postergar la recepción de la confesión y otras veces niegan la absolución no habiendo ello motivo suficiente. Al parecer estos ministros míos no tienen la menor idea de lo grave y penoso que resulta para el pecador ver postergado su reintegro a la gracia y amistad con Dios. Apenas el ladrón dio señales de arrepentimiento, lo perdoné y le prometí la vida eterna: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43), sin embargo hasta momentos antes había volcado blasfemias e injurias sobre mi divina persona. No seas frío e insensible con los pecadores que en algún momento te hayan hecho objeto de ofensas: atiéndelos con el trato que se dispensa al mejor de los amigos. Así lo exigen tu ministerio y mis enseñanzas.

 

DULZURA CON LOS PECADORES

Muy especialmente te recomiendo que recibas a los pecadores con caridad y amabilidad, para que no se asusten y se alejen de ti, que eres el médico de sus almas. Amables fueron mis modales con Zaqueo, la Magdalena, la Samaritana y la mujer de mala fama encontrada en flagrante adulterio. Temía esta ser apedreada; yo confundí el falso celo de los que la acusaban y los obligué a marcharse en silencio. A ella le pregunté si alguien la había condenado, me contestó que no y agregué yo: “Tampoco yo he de condenarte, vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8, 11). Tú también eres pecador y falta te hace mi misericordia; pero mi promesa queda en pié, y tú recibirás el trato que hayas dispensado a tus hermanos (Lc 6, 38).

 

CONDESCENDENCIA CON LAS ALMAS DÉBILES

Yo enseñaba la perfección, ello no obstante, perdonaba las imperfecciones y debilidades de los hombres. Así procedí con Nicodemo, gran amigo mío, pero temeroso de las reacciones de mis enemigos. Le agradaba mi compañía, mas me visitaba en horas de la noche. Temía ser considerado discípulo mío. Debilidad humana que yo supe disimular; no lo rechacé, al contrario: quise granjearme su afecto. En su momento, ya fortalecido en mi amor y mi amistad, me defendió ante los fariseos; después de mi muerte embalsamó mi cuerpo y más tarde padeció persecución por mi nombre (Jn 19, 39). La condescendencia te cautivará paulatinamente el corazón de los hombres. Muchos hay, aún hoy, que se avergüenzan de mí y temen la decisión de mis enemigos. Por ello, no los obligues a actos de religión que, aún siendo laudables, no son absolutamente necesarios. Quieren seguirme, pero con cierto recelo y, con tino, conviene exigirles sólo lo que es necesario. Paulatinamente se animarán y dejarán de lado el respeto humano que los entorpece. Sé extremadamente caritativo con los pecadores que se acercan al confesionario; por graves que sean las culpas trata a los pecadores de acuerdo a lo que necesitan y no según sus merecimientos. Cuanto más profundo es el abismo en que ha caído el pecador, tanto más comprensivo debe ser el sacerdote que recibe la confesión de sus pecados.

 

CUIDADO DE LAS ALMAS PIADOSAS Y DE LOS NIÑOS

Tú eres, sacerdote, el cuidador de la viña que yo he regado con mi sangre y de la cual forman parte todas las almas cristianas. Primeramente cuida a los niños, tiernas flores que necesitan más que ninguno de tu dedicación y celo. Me encantaba estar con ellos. A los discípulos que querían alejar de mí a los niños por temor que me causasen molestias, decía: “Dejad a los niños, no le impidáis que se acerquen a mí” (Mt 14, 19). Los acariciaba y bendecía. Instrúyelos con paciencia. Que sepan cuanto yo los amo y como quiero llenarlos de dones en esta y en la otra vida. Que me amen con toda la fuerza de su tierno corazón y aborrezcan con toda la fuerza de su voluntad el pecado. Despierta en ellos el amor a Dios: que sean para mí los primeros sentimientos de esos tiernos corazones y, no lo olvides, el amor hacia mí los ayudará a conservar la inocencia bautismal. Procura que en la formación de los niños sean los primeros y mejores colaboradores tuyos, los mismos padres; a ellos, en primer término, corresponde cumplir con todos los deberes hacia sus hijos y cuando ello, por cualquier motivo no sea posible, encomienda la educación de esos párvulos al buen corazón y a la iluminada inteligencia de las almas piadosas. Después de los niños, encomiendo a tu especial cuidado las almas que son deseosas de la cristiana perfección.

A mis discípulos, que más cerca mío estaban, hablaba de las verdades arcanas: “a vosotros se os concede la gracia de conocer los misterios del reino de los cielos” (Mt 13,11). Corregía en ellos hasta los defectos más insignificantes, fruto a veces de apego que sentían hacia mi persona. Así lo hice cuando discutían “cuál de ellos fuese el mayor” y cuando querían que “a los que no pertenecían al grupo se les prohibiese arrojar los espíritus malos” (Lc 22, 24; Mt 9, 37). En el sermón de la última cena, los fui preparando para mi partida de este mundo: los iluminé, los animé y quise que estuvieran listos para enfrentar los acontecimientos inmediatos y futuros (Jn 14). No descuidé la especial dedicación a las mujeres que creían en mí, dispuestas a seguir mis enseñanzas hasta la perfección. Permití que en mis andanzas evangélicas me siguiesen algunas mujeres que yo había librado del espíritu maligno o a las cuales yo había devuelto la salud del cuerpo. Estuvieron a mi lado camino al Calvario junto a mi Madre. Dedícate pues con especial esmero a cultivar las almas piadosas. Es justo que dispenses amor más profundo a las almas que más profundamente me aman. El corazón de las almas piadosas es el terreno mejor preparado para que tus desvelos sacerdotales rindan buenos y cuantioso frutos. Dales ánimo e insufla confianza en aquellas que quieren permanecer castas: ayúdalas a perseverar en ese estado; si lo consiguen se enriquecerán todas las demás virtudes. Instalas a acercarse todos los días al banquete eucarístico: allí encontrarán la fuerza que las hará invencibles.

 

LOS JÓVENES QUE ASPIRAN AL SACERDOCIO

Especialísimo ha de ser el cuidado que dedicas a los jóvenes que sienten inclinación al estado sacerdotal. Ellos deben ser perfectos para sí y para el pueblo cristiano al cual deberán enseñar y trazar el camino hacia Dios. Cuidados muy especiales dediqué yo a mis discípulos para que fuesen buenos ministros. Los mantuve constantemente a mi lado para que nada se les escapara, de mis enseñanzas, vieran de cerca mis milagros y aprendiesen todas las virtudes apostólicas. Si se te acercaran jóvenes que quieren ser sacerdotes, cuida de su espíritu, enséñales como vivir desapegados del mundo, incúlcales el deseo santidad y el propósito firme de colaborar en la santificación de los demás. Para que sean ángeles sobre la tierra, condúcelos diariamente a comer el Pan de los ángeles que los irá formando y fortaleciendo para que, llegado el momento, asciendan al Altar del Señor. Grave es la responsabilidad de los que se dedican a la formación de mis ministros.

 

SABIDURÍA ESPIRITUAL

Ten presente que para la formación de las almas piadosas, de cualquiera condición ellas sean, has de poseer profundos conocimientos de la vida espiritual: de no ser así tu guía será traba y no auxilio. Para este importantísimo cometido es preciso que estudies lo que al respecto han enseñado los maestros de vida espiritual y entre ellos los santos que junto con la sabiduría poseían el conocimiento cabal de los recónditos caminos que llevan a la santidad. Ora y estudia: si tú haces lo que debes no te faltará mi auxilio. Siempre quise que en mi Iglesia hubiese abundancia de almas privilegiadas, de espíritus superiores. No importa saber donde están y cuántos son: lo importante es que los haya y que mis ministros están capacitados para guiarlos por los sublimes caminos del Cielo. Duele decirlo: mucha es la ignorancia de la vida espiritual entre mis ministros y por no entenderla no la valoran como es debido. Estudia, entonces, y serás guía esclarecida y luminosa para las almas que quieren correr en pos de la perfección.

 

LAS MUJERES Y SU FORMACIÓN ESPIRITUAL

En este terreno has de moverte con extrema cautela, de esta depende la salvación de tu alma y de las almas que te confío. Sea tu mayor cuidado valorar en las mujeres exclusivamente el alma que yo he redimido para conducirla a la gloria. Vela para que tu corazón no quede turbado por efectos que no sean espirituales y por más piadosas que ellas sean, no hallen en ti motivo de una mal entendida liberalidad. Vean todos que en el trato con las mujeres, tus modales, sin ser groseros, son serenamente serios. Permití a mis enemigos que me calumniasen a su antojo, más ni una sola palabra irrespetuosa pronunciaron que ofendiera mi pureza: claro está que no les di motivo. Sin embargo yo sané a las mujeres de sus enfermedades físicas y morales, permití que me siguiesen durante mi predicación y era fácil comprender cuanto yo valoraba el favor de su piedad (Lc 8, 2-3). Quedó consignado en el Evangelio que yo… amaba a Marta y María… La mujer ha de encontrar en el sacerdote el padre que la consuele, el maestro que la instruya, el guía que la acompañe, el pastor que la apaciente. ¿Podrá censurarse esta mi divina enseñanza? Si a pesar de toda la prudencia y de una conducta irreprochable, hallares quien te critique o injurie, no te preocupes, yo soy tu juez.

 

LOS COLABORADORES EN EL MINISTERIO

En el cumplimiento de la misión que me encomendó el Padre, quise tener colaboradores: “escogió a doce para tenerlos en su compañía y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). “Señaló el Señor otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de si” (Lc 10, 1)… En esto también has de imitarme en cuanto lo permita tu estado de sacerdote. Esta imitación yo espero especialmente de los Obispos que deben elegir dignos ministros capacitados para colaborar con ellos en el cuidado de la grey para que todas mis ovejas tengan cabida en los celestiales rebaños. Jóvenes hay que dan muestra de vocación eclesiástica, convendrá que tú los ayudes a alcanzar lo que desean aconsejando a los padres para que no sólo no pongan trabas sino que alienten en sus hijos tan admirable vocación. Ello requerirá de ti sacrificios y más horas de trabajo, no importa: maravilloso galardón será para ti haber abierto la puerta del sacerdocio a nuevos ministros. Aprovecha también la colaboración de tus colegas sacerdotes: con finos tratos y amistosas recomendaciones conseguirás que otros ministros hagan rendir buenos frutos a los talentos que yo les he dado: esto también lo exige la salvación de las almas. De mucho provecho para el apostolado serán las reuniones periódicas entre sacerdotes y la comunicación de santas iniciativas redundará, sin duda, en bien de la grey y de sus pastores. Útiles también te serán en el apostolado los laicos: guíalos con prudencia y firmeza, dales ánimo en los momentos difíciles y tu ministerio contará con eficaces colaboradores.

 

LA BUENA PRENSA

Otro elemento que actualmente no ha de descuidarse para que la obra del sacerdote alcance más y mejores frutos es la prensa. Libros, periódicos, folletos, revistas son inapreciables colaboradores en el ministerio cuando son vehículos de mis enseñanzas. Menester es acudir a los servicios de todos los medios de difusión para contrarrestar, en lo posible, los estragos que entre las almas causan las impresiones inmorales y enemigas de la Verdad. Que lleguen mis enseñanzas a todos los hogares, a los talleres, a los rincones más apartados; urge que con vigor sea combatido el error para poder salvar a los que caen en el. Mis enemigos no reparan en sacrificios y gastos para seducir a las almas y alejarlas de mí. Que hagan lo mismo mis ministros con celo y dedicación y los resultados positivos no faltarán.

 

TRATO UNIFORME CON EL PRÓJIMO

En el cuidado de las almas procura dispensar a todos el mismo trato amable y bondadoso: no establezcas diferencias entre las personas. De mí dijeron los fariseos: “Tu no reparas en nadie” (Mt 22, 16), dando testimonio de mi imparcialidad en el trato con las personas, fueran ellas encumbradas o plebeyas. Se lee en Isaías: “Ungido por el Señor, fui enviado a evangelizar a los pobres” (Is 61, 1). Entre las prerrogativas de mi misión, yo destacaba las siguientes “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, el evangelio es predicado a los pobres” (Mt 11, 5). ¿Qué he de decir de aquellos ministros míos que no encuentran ni tiempo ni lugar para atender a los pobres y están siempre disponibles para los ricos? Para el pobre está ocupado o se siente cansado mi ministro: para el rico, aún en horas inoportunas, le sobran tiempo y energías para atenderlos. Esa bajeza no ha de caber en mis sacerdotes. Si alguna preferencia cabe, ella debe ser para los pobres: yo los prefiero y de entre ellos escogí mi Madre y mis discípulos. Sea tu trato respetuoso, atento, amable con todos: con los que te aprecian y con los que demuestran no sentir excesiva simpatía por ti. Trabaja con el mismo celo para la salud de todas las almas indistintamente: “no hagáis acepción de personas vosotros que creéis en Jesucristo, nuestro Señor glorificado” (St 2, 1) Si procedes diversamente, tu servicio no me resultará agradable y serás ocasión de escándalo y no de admiración.

 

LA DOCTRINA NECESARIA

“Yo soy la luz verdadera que ilumina todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9). Tu doctrina no ha de ser otra que la mía y únicamente la hallarás en el manantial que yo he hecho brotar, si quieres poseer celo santo e iluminado. El manantial de que te hablo se halla en la Iglesia católica y su custodio y dispensador es el sucesor de aquel a quien yo dije: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Por ti, Pedro, he rogado para que no desfallezca tu fe… fortalece tus hermanos… apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Por lo tanto tu doctrina ha de concordar siempre con la doctrina de mi Vicario en la tierra, el Romano Pontífice. Lo que es verdad para él, será tu verdad; lo que es falso para él, será falso también para ti. Su sabiduría no es otra que la mía, pues yo se la he comunicado. No te dejes engañar: las doctrinas contrarias a la doctrina de mi Vicario son todas falsas; nadie sacará provecho de ellas que perecerán junto con los que las aceptan.

Sólo mi doctrina es la verdadera y la que debe poseer mi sacerdote: si no la posee dejará de ser sal y será corrupción, no será luz, más tinieblas, no apóstol más seductor. Duros y constantes fueron los embates de mis enemigos contra la doctrina del Romano Pontífice y hasta algunos católicos, no atreviéndose a negarla, buscan debilitarla capciosamente. Mas los humildes la aceptan tal cual es y rinden gracias a Dios por haber querido levantar ese faro de luz en medio del mar bravío y tempestuoso que es el mundo. Hasta hay sacerdotes que se atreven a poner en tela de juicio la conducción de la Iglesia por parte de mi Vicario. Como si los hijos dijeran al padre: “Tú no sabes conducir la familia”, al juez: “tú no sabes administrar la justicia”, al sacerdote: “tú no conoces los límites del santuario: nosotros te enseñaremos la prudencia, la justicia y el derecho”. Los que así obran no son mis ministros. Mis ministros son los que, con amor, docilidad y humildad, obedecen al Vicario que es mi representante en la tierra.

 

PALABRAS FINALES

Sacerdote ministro mío, en las pocas líneas que acabas de leer no está contenido todo lo que has de saber para imitarme acabadamente. Yo soy libro que nunca se termina de leer y estudiar. Estas breves advertencias te serán útiles y despertarán en ti el deseo cada vez más fuerte de conocerme mejor. Yo te daré luz y fervor. Si algunos sacerdotes no son muy fervientes, ello se debe a que no me estudian mucho y por ende no alcanzan a conocerme bien. Podría yo decirles “¿Tanto tiempo que estoy con vosotros, y no me habéis conocido?” (Jn 19, 4). La verdadera sabiduría es conocerme a mí: haz tuyas las palabras del Apóstol: “No me precié de saber alguna cosa, sino Jesucristo, y este crucificado” (1Co 2, 2)

 

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ALIANZA DE PAZ

Tú, Señor, perdona mis pecados y borra todas mis maldades. Enséñame a hacer tu voluntad. Dame un espíritu bueno. Ponme junto a ti. No permitas que me separe de ti. Cuídame como la pupila de los ojos. Sin ti, polvo y ceniza como soy, no puedo hacer nada.

Yo en tu nombre, confiando en tu gracia, propongo no reservarme nada para mí, sino el perfecto cumplimiento de tu ley abrazado a tu santa Cruz.

Por eso nada te pido para mi, ni los bienes, ni la vida, ni la muerte. De esta manera que haya concordancia entre tu voluntad y la mía.

En mí y en todos, esté presente tu misericordia, ahora y por la eternidad.

Amén.

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Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2009

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

REFLEXIONES DEL CARDENAL CLAÚDIO HUMMES
CON MOTIVO DEL XL ANIVERSARIO DE LA CARTA ENCÍCLICA
«SACERDOTALIS CAELIBATUS»
DEL PAPA PABLO VI

La importancia del celibato sacerdotal

Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.

En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe:  “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundamentada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía:  “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”” (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en:  Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).

Desarrollo histórico

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe:  “El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña” (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33:  “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma:  “El Señor Jesús (…) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (…). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos” (ib., n. 89, p. 34).

En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos:  “Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)” (ib., n. 360, p. 134).

Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).

En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.

Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.

El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de  noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).

La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre:  “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de derecho canónico, can. 277, 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).

El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina:  “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres  creyentes  que  viven  como célibes y  que tienen  la  voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos” (n. 1579).

En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el “hambre eucarística” del pueblo de Dios, se reconoce “la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina”. Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.

El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

Las razones del sagrado celibato

En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales:  “El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras” (n. 1).

Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye:  “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana” (n. 14).

“Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos” (n. 17).

Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.

Las razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres:  su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (n. 19).

El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia. (…) Cristo, mediador de un testamento más excelente (cf. Hb 8, 6), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (cf. 1 Co 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n. 20).

Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres” (n. 21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.

Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó “amigos”. Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el recordado Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.

Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia “constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Sacerdotalis caelibatus, 34).

En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.

Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.

La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma:  “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.

“Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio (cf. nn. 27-29).

El valor de la castidad y del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro.

Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad:  “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11).

Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos:  “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se  alude, presenta  el  celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35):  en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.

El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes “se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia” (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica:  “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21).

La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.

Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.

Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro:  ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la “nueva creación”, hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Medios para ser fieles al celibato

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.

Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de lo Absoluto”. La Pastores dabo vobis afirma:  “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo:  “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (n. 42).

En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. “La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio” (ib., 16).

El sacerdocio no es más que “vivir íntimamente unidos a él” (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como “una forma de amistad” (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio:  la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.

El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total:  enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.

Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice:  “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis caelibatus, 75).

Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.

Sin esta clara perspectiva, cualquier “impulso misionero” está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.

Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular:  la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.

El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.

Los sacerdotes, cuanto más radicalmente sean hombres de Dios, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.

Conclusión:  una vocación santa

La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia:  el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.

La exhortación afirma:  “Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:  el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan” (n. 27).

Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se fundamenta el radicalismo evangélico, dice:  “El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (n. 72).

La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.

A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI:  “El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase:  “Dominus pars (mea)“, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe:  la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundamentar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres”.

 22 de diciembre de 2006

 

 

Card. CLÁUDIO HUMMES, o.f.m.
Prefecto de la Congregación para el clero

  

 

 

 

 

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Sobre el caso del padre Alberto

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2009

He aquí algunas precisiones:

1) El padre Alberto tuvo 7 años de estudio en el seminario para pensar si aceptaba el celibato, luego de los cuáles, decidió comprometerse. Y lo hizo libremente, cuando ya era un adulto; nadie lo obligó.

2) Si las palabras del padre Alberto fueron, como se dice en algunos medios: “nunca voy a pedir perdón por amar a una mujer”, está usando una falacia, pues nadie espera que alguien pida perdón por algo bueno (amar a alguien), sino por algo malo: no cumplir la obligación a la que él mismo se comprometió libremente.

3) Dicen también las noticias que el padre pidió perdón “a aquellos que se sintieron ofendidos por sus acciones”. Esto es otra falacia pues, según las noticias “Cutié y la mujer que le conquistó el corazón no eligieron un lugar apartado para darse amor, sino las turísticas y concurridas playas de Miami Beach, plagadas de paparazzi”. El pecado que cometió, pues, se llama escándalo, palabra que él aprendió en el seminario y que significa piedra de tropiezo, y según la Real Academia de la Lengua, “acción o palabra que es causa de que alguien obre mal”, y por el cual el mismo Jesús dijo: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar […]. Por lo tanto, ¡tengan cuidado! (Lc 17, 1-3; Mt 18, 6-7;  Mc 9. 42). Esto quiere decir que el padre Alberto debe arrepentirse sinceramente, confesarse y corregirse y, además, ofrecer muchos sacrificios, oraciones, actos de caridad, limosnas e indulgencias para reparar tanto daño que hizo en tantas partes, y así evitar o reducir el tiempo que tendrá que pasar en el purgatorio. Y que todos lo ayudemos con nuestras oraciones.

4) Los que exigen a la Iglesia que permita el matrimonio de los sacerdotes no saben cuáles son las razones por las que se tomó esa decisión. Valdría la pena que, antes de opinar, se informaran primero de ellas. Por ejemplo: dicen que el celibato es un invento de los curas. En las Sagradas Escrituras —palabra de Dios— se lee: “El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor” (1Co 7, 32-34a. 35).

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio: “Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!”. (Mt 19, 12)

Además de las bíblicas, la Iglesia tiene más razones para recomendar el celibato sacerdotal, ¿Las conocen los críticos? (Si desea conocer más acerca de esto, puede leer en este mismo blog el artículo: ¿Sacerdotes casados?)

5) Argumentan que permitir el matrimonio a los sacerdotes acabarían estas situaciones escandalosas pues, según ellos, es muy frecuente que a los sacerdotes les pasen estas cosas; por lo tanto, ya que los índices de infidelidad conyugal son tan altos, podrían también pedir que se legalice la poligamia: así se acabaría el problema. ¿Es esa la solución?

6) En el fondo de todo esto está escondido un ambiente generalizado de hedonismo silencioso, en el que se cree que lo más importante en la vida es el placer y, sobre todo, el genital: pocos pueden entender hoy que existen —y existieron siempre— seres humanos que no están encadenados por esa esclavitud del cuerpo, que son libres para comprometerse a ideales más altos, que pueden vivir con la vista puesta en el espíritu —como hizo Gandhi y otros muchos hombres de otras religiones, credos y filosofías de vida en el mundo entero—, pues sabían que la vida más elevada –enraizada en valores espirituales— premia con deleites infinitamente más encumbrados que los del cuerpo. ¡Pobres seres humanos! ¡Qué miras tan bajas! ¡Pudiendo llegar tan alto…!

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