Hacia la unión con Dios

Posts Tagged ‘Sacramento de la Reconciliación’

Oraciones para antes y después de confesar

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 3, 2017

 

Oración del sacerdote antes de recibir confesiones

Dame, Señor, sabiduría asistente de tus sedes, para que sepa juzgar a tu pueblo en justicia, y a tus pobres en el juicio. Hazme tratar las llaves del reino de los cielos, de modo que no se lo abra a nadie al que se le deba cerrar, ni se lo cierre a nadie al que se lo deba abrir. Que sea mi intención pura, mi celo sincero, mi caridad paciente, mi trabajo fructuoso. Que haya en mí suavidad no remisa, aspereza no severa; que no desprecie al pobre, ni adule al rico. Hazme suave para animar a los pecadores, prudente para interrogarlos, experto para instruirlos. Concédeme, te ruego, habilidad para apartarlos del mal, diligencia para confirmarlos en el bien, industria para promoverlos a lo mejor, madurez en las respuestas, rectitud en los consejos, luz en las cosas oscuras, sagacidad en las complejas, victoria en las arduas; que no me detenga en coloquios inútiles, y no me contamine en las corrupciones; que salve a otros, no me pierda yo mismo. Amén.

Oración del sacerdote después de recibir confesiones

Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, recibe este ministerio como obsequio mío como aquel amor dignísimo por el que absolviste a todos los pecadores que a ti han acudido, y cualquier cosa que en la administración de este sacramento realice negligentemente o menos dignamente, tú lo suplas y te dignes satisfacerlo por ti mismo. Encomiendo a tu dulcísimo Corazón a todos y a cada uno que se han confesado conmigo, rogándote que los custodies y los preserves de las recaídas y que después de la miseria de esta vida los conduzcas conmigo a los gozos eternos. Amén.

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‛No hay quién confiese’

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 17, 2015

Después de participar en unos seminarios sobre la nueva evangelización, presentados en su parroquia por un grupo de sacerdotes y laicos comprometidos, una señora quedó convencida de que el apostolado es una necesidad imperiosa: impulsar a sus amigos y conocidos a un proceso de conversión con el cual se inicia el camino a la santidad producirá una renovación de la Iglesia, como lo desea el Santo Padre. También aprendió que el primer paso de esa conversión consiste en lograr que cada uno de sus amigos se acerque al Sacramento de la Reconciliación: la gracia de Dios le llegará a cada uno de tal modo, que lo impulsará a una vida más espiritual, más cerca de Dios.

Fue un trabajo intenso, como se lo habían enseñado: primero, oró fuertemente por el alma de su amigo, con gran confianza en Dios; luego, ofreció algunos pequeños sacrificios por él; y, por último, lo evangelizó: le habló con mucha caridad y respeto del amor de Dios, de la misericordia que tuvo con nosotros, pecadores, muriendo en la Cruz con una muerte atroz, de la oportunidad que nos da siempre que pecamos de acercarnos a Él a través del Sacramento de la Penitencia donde, en vez de castigar a quien se acusa culpable, lo perdona misericordiosamente…

La gracia de Dios no se hizo esperar: este señor, que llevaba veinte años sin confesarse, se conmovió e hizo el propósito de hacerlo en la primera oportunidad. Ella, feliz, se dijo las palabras de Jesús: «Habrá mucha alegría en el Cielo por un pecador que se convierta», y le dio gracias a Dios…

Una semana después, se encontró en la calle con el señor. Ansiosa, le preguntó: «¿Cómo te fue?». Él, sin inmutarse, le dijo: «He visitado 7 iglesias: en unas, me dijeron que tenía que llamar para pedir una cita con el padre; fui a otras antes o después de la Misa, y los padres me dijeron que no podían atenderme; en ninguna iglesia encontré horario para confesiones… Voy a dejarlo para más adelante.»

Ella pensó con tristeza: «Si hubiera podido confesarse, ya estaría en gracia de Dios. Puede que ahora se arrepienta.»

Y oró: «Señor, te pido que los sacerdotes ayuden a salvar más almas».

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Ciclo B, XXIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 23, 2013

El primer puesto

 

Jesús les explicó a los apóstoles que el principal puesto en el Reino de Cielo será para quienes sean capaces de sufrir por ese Reino, como Él, que cumplió la profecía de Isaías que leemos hoy:

«El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos.»

Efectivamente, en la carta a los Hebreos se nos dice que Jesús, el Hijo de Dios, es el Sumo Sacerdote que sufrió y que, por eso, después penetró en el Cielo.

Y, ¿cómo vamos a ser capaces de sufrir así?

El autor de esa misma carta nos contesta: primero, «permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe» y segundo, «vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.» En otras palabras: vivir de la fe, con la ayuda de la gracia.

El primer paso, entonces, consiste en creer en Jesús y en todo los que nos enseña la Iglesia fundada por Él. El segundo es conseguir esa fuerza espiritual, la gracia, que nos hará capaces de cumplir la misión que nos puso a cada uno de nosotros, pues nosotros no lo lograríamos con nuestras propias fuerzas.

Esa gracia se consigue pidiéndola continuamente a Dios y recibiendo con frecuencia los Sacramentos: Eucaristía y Reconciliación.

Pero, además de esos dos medios —fe y gracia—, es necesario asumir una nueva actitud de vida: la humildad.

Santiago y Juan querían ser los primeros; y por eso los otros diez se indignaron. Santiago y Juan tenían soberbia; y los otros también.

Por eso Jesús los corrigió: «el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será el servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos», porque ni yo mismo he venido a ser servido sino a servir.

La humildad, pues, es necesaria para conseguir el mejor puesto en el Cielo. ¡Y vale la pena, porque ese puesto será vitalicio, eterno!

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COMPROMISOS DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2008

 

1.      Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo los compromisos que siguen sería un desorden que Dios no quiere.
 
2.      Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.
 
3.      Hacer algunos minutos diarios de oración mental, meditando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, para profundizar y alimentar las fuentes de oración.
Seguir en esto las indicaciones de mi director espiritual.
 
4.      Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.
Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.
 
5.      Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.
 
6.      Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
 
7.      Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.
 
8.      Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.
Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.
Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.
 
9.      Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.
Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.
 
10.   Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).
Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.
Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.
 
11.   Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.
De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.
Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).
 
12.   Leer y estudiar la vida y la doctrina de san Pablo de la Cruz.
 
13.   Orar constantemente y ofrecer mis sacrificios y trabajos por todos los miembros de la Congregación de la Pasión de Jesucristo, por el incremento y la santidad de sus vocaciones, y por la eficacia de sus trabajos apostólicos.
 
14.   En la medida de mis capacidades y posibilidades —después de orar mucho y de ofrecer mortificaciones—, contar y explicar a cuantos pueda la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y su inmenso Amor por nosotros, y proponer algún modo de corresponder a semejante gracia.
 

 

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ORACIONES DE LOS PASIONISTAS SEGLARES

 

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